Mostrando entradas con la etiqueta sociedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sociedad. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de julio de 2024

La Universidad post-pandemia

No hace mucho, tuvimos el placer de ser invitados a la Escuela de Arquitectura, en el seno de un Festival dedicado a la difusión de nuestra profesión y a la interacción con los alumnos que ansían forjar su futuro al amparo de nuestro gremio. Sobra decir que nos encanta participar en este tipo de iniciativas destinadas a garantizar la continuidad y mejora de la figura del arquitecto, gracias a la creación de nuevos compañeros destinados a superar con creces los logros actuales.

 

Dentro de esta premisa conceptual en la que entender la Universidad como el recipiente perfecto donde cocinar a fuego lento ese caldo de cultivo que suponen los jóvenes aspirantes, parecía lógico imaginar un espacio docente en ebullición, repleto de estudiantes disfrutando de una de las etapas más importantes de su formación. Por desgracia, la estampa distaba bastante de nuestra expectativa inicial. En el fondo, contábamos con el referente de nuestra propia experiencia, hace ya un tiempo, así como las anteriores visitas organizadas a este mismo centro años atrás.

 

En lugar de encontrar un centro caótico y lleno de vida, nos sorprendió descubrir un espacio de trabajo idílico y muy mejorado, en el que faltaba lo más importante, el usuario. Lejos de intentar estimar la cifra exacta de personas que habitaban la Escuela, muy escasa, preferimos ceñirnos a la percepción en la que todos coincidimos. La Escuela parecía haber cambiado dramáticamente, y no lográbamos entender la razón. Preocupados por esta imagen inicial, y aprovechando el motivo de nuestra visita, nos interesamos en comprender los motivos que habrían podido provocar semejante “tragedia”. A priori, la única explicación que nos pudieron trasladar, responde al efecto surgido a raíz de la pandemia. Lo cual tiene sentido y concuerda con los síntomas detectados en la primera inspección. El centro ha seguido evolucionando en pro del bienestar del alumno, pero no ha sabido o podido evitar, precisamente, su marcha.

 

Originalmente obligados a recurrir a la tecnología para cumplir con las medidas de distanciamiento requeridas por una situación tan extrema, resulta que tras la recuperación de tan ansiada normalidad, la realidad no ha vuelto a ser la misma que esperábamos. La interacción implícita en un ente académico tan importante, ha quedado relegada simplemente al uso de las plataformas virtuales habilitadas para tal fin. Por tanto, el espacio físico se ha convertido en un segundo plano al cual solo acudir en caso de que sea estrictamente necesario.

 

Una primera conclusión podría ser la de aceptar esta herencia como una evolución social lógica e inevitable. Sin embargo, como arquitectos, nos parece que este cambio podría llevar aparejadas ciertas carencias en lo que a los principios básicos de la profesión se refiere. Por supuesto, la tecnología es una herramienta fundamental en la que apoyarse, pero no deberíamos olvidar que nuestra función consiste en manejar dicha tecnología al servicio de nuestros clientes, con el fin de comprender sus necesidades, resolverlas técnicamente, y aportar la confianza necesaria para que todos los agentes intervinientes contribuyan a mejorar su calidad de vida. En todo este proceso, tan relevante es el dominio de la técnica como la habilidad social inherente a la comunicación. Por más que podamos modernizar la profesión, si hay algo irrefutable, es que cada vez son más los profesionales implicados en un proyecto. El concepto de equipo es más importante que nunca, ante la creciente especialización que nutre nuestra labor. Si en ese escenario multidisciplinar, no fomentamos la interacción social más básica, creemos que el sistema educativo actual podría estar perdiendo definitivamente el rumbo.

 

Damos la bienvenida a cuantos avances puedan contribuir a la mejora de nuestro trabajo, pero sin por ello olvidar que al mando de todas esas tecnologías siguen estando las mismas personas que han formado parte fundamental del sector de la construcción durante siglos.

 

No cabe duda que la pandemia supuso un revés difícil de digerir para nuestra sociedad, y que sus consecuencias directas e indirectas no hacen sino comenzar a percibirse. En este mismo blog, ya hemos intentado reflexionar acerca de cómo este giro de los acontecimientos podría afectar a la arquitectura, ya sea mediante la creación de un nuevo concepto de vivienda, o por la influencia del teletrabajo en los posibles movimientos migratorios fuera de las ciudades. No obstante, no habíamos sido conscientes hasta ahora de su efecto en los cimientos mismos de nuestra profesión. Lejos de erigirnos en la solución a este posible problema, nos limitamos a alzar la voz para denunciar una realidad que solo el tiempo dirá si desemboca en un cambio de tendencia definitivo o en una desviación puntual y puramente anecdótica. Es más, quizá siente las bases de una nueva universidad más eficiente y productiva.

 

No obstante, desde nuestra humilde opinión, se está perdiendo la esencia de lo que durante años ha supuesto el espíritu universitario de cuántos hemos discurrido por el ámbito académico de este país. Nadie duda de la necesidad de un cambio, pero nos preocupa que este surja a partir de la eliminación del alumno como pieza clave y presencial en las aulas. Lo virtual resulta útil y prometedor, pero siempre como alternativa a una realidad que no deberíamos descuidar.

 

Sin más, confiamos en que este pequeño apunte contribuya a animar un interesante debate del cual deberían surgir las estrategias necesarias para garantizar en todo momento el fin último de nuestro sistema educativo: preparar al máximo a nuestros jóvenes en pro de un futuro lo más gratificante posible.

domingo, 31 de enero de 2021

Maldita soledad

En la peor pandemia de las últimas décadas, son muchas las preguntas que surgen y muy pocas las respuestas creíbles, o suficientemente convincentes. Creo que somos cada vez más numerosos los ciudadanos que nos vemos obligados a recapacitar sobre todo lo que nos rodea. No cabe duda que la situación sanitaria es preocupante, el panorama social frustrante, y la estabilidad emocional una utopía. No me malinterpretéis, no soy uno de esos que denominan negacionistas. Simplemente me siento a ver lo que está ocurriendo y me invade una enorme tristeza al descubrir que después de un año, seguimos en una situación crítica y sin la más mínima esperanza de cambio. 

Soy consciente de que en este punto serán muchos los que se indignen bajo el paraguas de una vacuna tan esperada como tardía. Ojalá sea esa la solución. De hecho, durante meses ha sido el único clavo al que agarrarnos. Sin embargo, han llegado las fechas señaladas para su puesta en marcha, y parece que, una vez más, son más las dudas que las certezas en torno a este gran avance de la medicina.

Desde hace meses, la única herramienta efectiva parece ser la limitación más o menos radical de nuestra libertad. Lo entiendo. Me da mucha pena que así sea, pero no se puede negar la evidencia. Y como no soy ningún experto sanitario desconozco alternativa alguna que ofrecer. Así que lejos de alimentar un sentimiento de frustración tan extendido entre la mayoría de nosotros, prefiero centrarme en analizar sin más esta cruda realidad.

El aislamiento. El bendito aislamiento. Sí, ha demostrado que mejora unos números más que alarmantes. Eso se lo concedo. Pero, de ahí a considerarlo como una solución válida me parece un salto un poco arriesgado. Creo que es importante hacer una lectura más humana que médica, en este caso. Imagino que es fruto de mis carencias, claro está.

Aislar a la población es una medida tremendamente extrema. Confío en que coincidáis conmigo en esto. No me considero una persona quejica, de hecho me considero muy afortunado. Pero me gustaría empatizar con todos aquellos que no pueden quizás decir lo mismo. 

Intento ponerme en el lugar de alguien a quien esta pandemia le haya venido en mal momento. Sí, a todos nos ha llegado por sorpresa y a nadie agrada un varapalo como este. Pero pensad en todas esas personas que se encuentran en un momento crítico de sus vidas, cualquiera que sea la razón. Pensemos, por ejemplo, en esas personas mayores a las que tanto nos afanamos en proteger, que en sus últimos años de vida quizás están viendo mermada su única esperanza vital, su alegría de vivir, su familia y amigos. Y todo ello bajo una premisa que no siempre ha de cumplirse, la aparente necesidad y deseo de ser protegidos. Pero nadie se ha sentado con todos y cada uno de ellos a preguntarles si realmente están dispuestos a pagar tan alto precio por una salud en muchos casos ya bastante delicada, haya covid o no.

Hagamos un pequeño inciso para alejar a los idiotas. Tengo personas mayores en mi familia y haría lo que fuera por ellos. Que nadie lo dude.

Sin embargo, la cuestión aquí es qué pasa con aquellos que no quieran proteger su salud. Aquellos que ya no tengan nada que proteger. ¿Qué pasa con esas personas que en plena certeza acerca de su final, acaban de descubrir atónitos que es la incertidumbre la principal protagonista de lo que les queda de vida? El miedo, su único compañero de viaje. Miedo a lo desconocido. Miedo al olvido. Miedo a no volver a disfrutar de los suyos. Miedo a que esta nueva realidad haya venido para quedarse. Como decía antes, soy una persona bastante optimista y me niego a creer en estas afirmaciones. No obstante, les invito a encender la televisión media hora y valorar por sí mismos estas palabras. Ante la falta de mejoría, se ha optado por aceptar el miedo y la culpa como únicos recursos con los que encerrar a la gente en sus viviendas. 

Lo sé, son solo unos meses. Y eso es lo que pienso a diario. No pasa nada por quedarse encerrado un periodo determinado. ¿Qué supone este tiempo en el conjunto de una vida? Probablemente, nada. Pero cuidado con ese tipo de conclusiones. Unos meses pueden suponer un suspiro para algunos y una odisea para otros. No se puede generalizar. No me vale el argumento de que nuestros antepasados o los más mayores lo pasaron peor. No lo dudo, pero no me consuela lo más mínimo. E imagino que a ellos, mucho menos. ¿No han pasado ya bastante como para verse de nuevo afectados por todo esto?

Cuando alguien recibe una noticia dramática en cuanto a su salud, imagino que la única esperanza que les alienta es la posibilidad de decidir al menos dónde y con quién pasar esos últimos momentos. Pues ahora mismo, esa opción ha sido eliminada. De raíz.

Cruel, ¿no creéis? A mí me lo parece. Y la solución no sabría describirla. Pero no por ello me puedo permitir el lamentable lujo de obviarlo y borrarlo egoístamente de mi mente. Se trata de un debate moral devastador. Hay personas que se encuentran en un momento fatídico y a ello se han visto obligados a sumar la soledad. 

La maldita soledad. 

Esa penosa acompañante capaz de absorber la energía de cualquiera. Lo siento, pero me niego a renunciar a mi humanidad, por muy hijo de puta que sea este virus. No puedo sino enviar un sentido abrazo a todos aquellos que lo puedan necesitar. Ojalá pudiera acudir en persona a cumplir mi palabra. Ojalá pudierais elegir a la persona más adecuada para ello y compartir con ellos tanto tiempo como quisierais. Os diría que esto pasará, pero no lo sé. Nadie lo sabe. Así que me conformo con reconocer la única verdad que me atrevo a defender. Esto no es igual para todos. Ni lo va a ser. Así que, ánimo.

Mucho ánimo a todos.

martes, 23 de julio de 2019

Cuestion-ando mi vida_Alcohol

No bebo.
-No, no bebo.
Pausa.
Expresión indescriptible de asombro.
-Alcohol, se entiende. Por motivos vitales básicos, líquidos sí que ingiero. Pero alcohol, no.
-¿Nada de nada?
-Casi.
Pausa.
Ahora sí, podemos seguir.
Jamas pensé que una frase tan sencilla pudiera dar lugar a tantas preguntas y en tan numerosas ocasiones.
Si me dieran un euro por cada vez que me he visto enfrentado ante el reto de explicarle a alguien los motivos por los cuales no me gusta ingerir alcohol, me temo que a día de hoy sería rico. Al menos podría decir que mi condición de abstemio me ha servido para algo. Pero no. Desgraciadamente no ha sido así. Cuidado, la parte en que lo explicaba sí; y en varios idiomas. Pero la parte en que esa repentina e incontrolable curiosidad pudiera llegar de algún modo a monetizarse es la que ha fallado estrepitosamente.
Ya sé que resultaría absurdo o incluso ingenuo albergar semejante esperanza con seriedad, sin embargo basta con observar detenidamente la expresión de felicidad que se dibuja automáticamente en el rostro de mis incrédulos interlocutores, en cuanto alcanzan a vislumbrar su próximo reto:
-Pero conmigo una copa te tomas,¿no? Ya verás como al final consigo que te emborraches.
No soy persona de grandes afirmaciones ni tajantes respuestas, sin embargo al amparo de la experiencia me permito humildemente dudar de tan repetida afirmación, pues sinceramente no entiendo qué razones podrían convertir a este osado en el elegido, por encima de todos sus insistentes predecesores. No obstante, ¿quién soy yo para destruir sueños ajenos? Prefiero mantener viva esa llama, ante el firme convencimiento de que no habrá presencia alguna de alcohol.
Es por ello que, a juzgar por la gran cantidad de personas a las que he colmado de objetivos e ilusión a partes iguales, me plantee (no sin ciertas reticencias) como una lejana posibilidad tan inestimable aportación económica. Mejor volver a la realidad. Me temo que va a ser que no. Al menos, jamás ha dado lugar a ello. ¿Por qué debería ser diferente esta vez?
Sea como fuere, pasan los años y me mantengo impertérrito ante el inmovilismo que domina a mi alcohólica tentación, apesadumbrado por mi incapacidad para contentar a tantos y tantos embriagados compañeros.
Sirva esta confesión como disculpa y como aviso a futuros navegantes que, fruto del desconocimiento, pudieran verse irremediablemente atrapados bajo el influjo de un reto tan complejo como atractivo. Y una vez más, que conste que esto no lo digo yo, sino la enorme cantidad de ejemplos que a día de hoy atesoro.
Un brindis (con agua) para todos aquellos que os sintáis identificados o aludidos por el presente relato.
P.D. Basado en hechos reales, cualquier parecido con la realidad deberá de ser resultado del azaroso ejercicio creativo del novelista.

jueves, 9 de febrero de 2017

¿Dos tontos muy tontos?

  • ¡Qué pasada de plaza Juan! ¡Qué cosa tan bonita! No pensaba que pudiese haber un sitio tan agradable en un pueblo como este. Desde luego, vaya “lujazo”.
  • Totalmente. Para que veas que no hace falta demasiado para conseguir que la gente esté a gusto.
  • Pues sí. En eso tienes toda la razón.
  • Sin embargo, fíjate. No se permite jugar a la pelota, ni patinar. ¿No te parece un poco absurdo evitar que la gente disfrute de un sitio como este?
  • Sí, pero eso ya sabemos que es lo normal. Ya no dejan que se juegue en ningún sitio.
  • ¡Qué triste! Luego nos quejamos de que los niños estén todo el día con las consolas esas. No entiendo cómo pueden hacer algo así. ¿A quién se le ocurre?
  • Yo que sé Juan, imagino que los que toman las decisiones tendrán sus razones.
  • Pues no sé yo, la verdad. Si las hay, yo no las veo.
  • Ya Juan, pero las cosas son como son. Es más fácil curarse en salud y evitar las posibles quejas de algún vecino. Hoy día nadie se quiere arriesgar a que pase algo y lo puedan señalar.
  • Vale, pero ese riesgo siempre está ahí. Lo que hay que hacer es que la gente aprenda a convivir y minimizar ese riesgo. Además, si pasa algo pues que cada uno asuma su responsabilidad, ¿no? No me parece tan difícil.
  • Vamos a ver, Juan. ¡Que pareces nuevo! Ya sabes que en este país preferimos prohibir antes que ponernos a enseñar.
  • Desde luego, qué razón tienes. Así nos va. Eso sí, luego nos quejaremos cuando tengamos un país de borregos.
  • No te pongas tremendista tampoco, que eso es así de toda la vida.
  • ¡Anda ya! no me digas eso. Tú y yo nos hemos criado jugando en la calle y no nos ha pasado nada. Y seguro que los que han puesto esos carteles ahí, también. Me jode que los mismos que ahora prohíben a los niños jugar en la plaza, sean quienes tuvieron la oportunidad de criarse en la calle.
  • Ya bueno, Juan. Pero las cosas cambian.
  • ¿En qué quedamos? ¿No decías que esto era algo de toda la vida?
  • ¡Ay! Yo que sé Juan. ¡Qué sabremos tú y yo! Nosotros no somos más que unos don nadie que seguro que no sabemos de la misa la mitad.
  • En eso tienes razón. ¿Qué sabremos tú y yo?

lunes, 4 de mayo de 2015

La vivienda unifamiliar, frente a la familia “univivienda”

A raíz del debate generado la pasada semana en redes sociales, me gustaría retomar este aspecto tan importante de la arquitectura actual. La vivienda familiar, entendida como máximo referente del concepto de hogar en nuestra sociedad, se ha convertido en una inversión casi obligada, asociada a la idea del bienestar, y condicionada a toda una vida de sacrificios económicos.

Sin embargo, esta longevidad derivada de la exagerada cuantía en que se valoran, contrasta enormemente con el núcleo familiar que caracteriza nuestra sociedad. Un ente tan cambiante como este, requiere en principio un espacio lo más flexible posible para permitir adaptarnos a dichas demandas variables.

Tradicionalmente, la vivienda ha sido y, probablemente será, un bien muy codiciado. La inversión inmobiliaria ha marcado una etapa en nuestro país, hasta el punto de lograr que los precios alcanzaran cotas insospechadas, fruto de una lamentable e insostenible especulación. Más allá de centrar el debate en la ética económica, si es que esta existe, considero más interesante concentrarnos en la parte más arquitectónica de este conflicto. Partimos de una base indudable, una vivienda es una necesidad inalienable del ser humano, por no decir un auténtico derecho. Dicho esto, ¿quién nos impuso que este derecho tuviese que hacerse realidad a través de la fórmula de la propiedad? ¿En qué momento se descartó la opción del alquiler? ¿Cuándo se planteó que la vivienda debía ser un bien a conservar toda la vida?

Estas preguntas tan retóricas y complejas, esconden tras de sí un mismo planteamiento profesional: la vivienda surge a partir de las necesidades funcionales de las personas. Nuestra sociedad se organiza en base a núcleos familiares, quienes por lógica tienden a cohabitar bajo un mismo techo, siempre que la economía y las circunstancias particulares lo permiten. Más allá de esta máxima indiscutible, me da pena descubrir cómo hemos silenciado el posible debate hasta el punto de asumir como única opción a barajar, la actual. Comprar una vivienda, nuestra única vivienda.

Pues bien, como profesional, no puedo sino poner en crisis esta afirmación. Pues siendo pragmático, lo primero que me veo obligado a analizar es la idiosincrasia del núcleo familiar que nos caracteriza. La evolución más común hoy día, parte de un núcleo habitacional donde nuestros padres nos crían y educan para que podamos, llegado el momento, crear nuestro propio camino. Este salto personal, se suele materializar cuando finalizada la formación y encontrada una cierta estabilidad económica, nuestra inevitable ansiedad por abandonar la vivienda familiar y emanciparnos junto a nuestra nueva familia, nos sitúa irremediablemente frente a nuestra primera gran decisión. ¿Dónde y cómo vivir?

Por lo general, es en este momento cuando el alquiler hace su aparición en nuestras vidas como alternativa factible a una necesidad imposible de afrontar. De este modo transcurren los años, mientras nuestros esfuerzos y preocupaciones giran en cierto modo en torno a la posibilidad de adquirir un inmueble propio en el cual formalizar una familia. Hitos como la boda o el nacimiento de un hijo suelen ser los detonantes más frecuente para que las precarias familias se acaben adentrando en esta nueva etapa. Hipotecas a cuarenta o cincuenta años se erigen en las grandes salvadoras de nuestra existencia al permitirnos disfrutar al fin de nuestro ansiado tesoro.

Sin embargo, y lejos de alimentar debate alguno acerca del sector bancario de nuestro país, me permito el lujo de analizar objetivamente esta arriesgada inversión. Como jóvenes recién independizados y en situación inestable, no podemos evitar ser coherentes y realistas, adquiriendo un inmueble humilde y acorde a una realidad indiscutible, así como una previsión de futuro estándar. Esto nos lleva directamente hacia una vivienda de entre dos y tres dormitorios, en un barrio cercano a aquello conocido, nuestro trabajo actual o una zona de reciente expansión y precios aún por expandir. Hasta aquí todo normal. Pero ha llegado el momento de preguntarnos más allá. ¿Es posible que esa vivienda adquirida con escasos treinta años, pueda darnos un servicio apropiado durante más de diez o quince años? Mi respuesta es, sin duda, que no. Me explico. Los diez primeros años, deberían estar caracterizados por el aumento de la familia mediante la llegada de niños a la pareja original. Independientemente del número que considere cada familia como límite, los primeros años son relativamente fáciles de resolver con poco espacio, pues la infancia nos permite aún compartir espacios. Pese a todo, hay una regla fundamental, conforme mayor sea un espacio, mayor será el material que almacenaremos en él. Esto quiere decir, que una vivienda de tres dormitorios para una pareja joven, puede resultar excesiva, sin embargo, dado que la tenemos ahí, acabamos adaptándonos a esta realidad a base de ocupar más espacio. En otras palabras, nos malacostumbramos gracias a la amplitud de nuestra gran adquisición. Desde el momento en que esa pareja incorpora un nuevo inquilino a sus vidas, se ve obligada a renunciar a alguna de sus caprichosas mejoras. Según en qué casos, este cambio puede resultar incluso sencillo. No obstante, el paso del tiempo no hace sino empeorar una situación que ya surge lastrada. Mientras más se expanda la familia, o sus miembros, más pequeño e inapropiado resultará el espacio habitable seleccionado. Una vivienda que podría ser considerada como demasiado grande originalmente, llegará inevitablemente a un punto de inflexión en el cual la consideremos demasiado pequeña.

Afortunadamente, toda duda surgida en torno a nuestro hogar es fácilmente acallada ante la evidencia. El periodo vital transcurre mucho más rápido que el avance económico asociado a él. Por ello, nos veremos obligados a adaptarnos a la vivienda que compramos en su día. Segunda vez en que nos malacostumbramos. Una vez más, es la familia la que se adapta a la vivienda y no al revés. Este planteamiento, tan común, arquitectónicamente hablando se trata de una aberración anti-natura, equiparable a que fuese el vehículo propio el que nos dijera a dónde y cuándo ir.

No contentos con esta gráfica tan negativa, la vida nos sorprende con un nuevo y feliz punto de inflexión en nuestras vidas. Nuestros hijos, por una razón o por otra, deciden que ha llegado su momento de volar y encontrar sus propias oportunidades. De este modo, casi sin darnos cuenta, aparece ante nosotros un problema denominado como síndrome del nido vacío. Arquitectónicamente sería traducido como que la familia se ve reducida drásticamente, lo cual desemboca en una nueva adaptación espacial que tiende a aprovechar los espacios anteriormente destinados a los hijos. Una sutil y silenciosa reconquista en la que nos apropiamos nuevamente de aquellos lujosos espacios a los que debimos renunciar en su momento, pero sin hacerlo abiertamente, pues el cariño hacia nuestros hijos y la eterna esperanza de que vuelvan nos impide realizar una reforma integral. Tercer gran error.

Por si todo esto fuera poco, ahora nos encontramos ante una nueva realidad, aún más cruel si cabe. Nuestros hijos, ahogados por la crisis, acaban retrocediendo hasta desembocar nuevamente en la vivienda de sus padres que un día abandonaron. Es entonces cuando se encuentran espacios anclados en un pasado casi olvidado, donde la falta de decisión tiende a mostrar una impersonalidad preocupante. Todo ello acrecentado ante las nuevas necesidades evidentes que acompañan a este adulto obligado a vivir en un contexto de tipo adolescente. Este problema podría ser aparentemente fácil de resolver, pero no hay que olvidar que una de las causas más probables a tal despropósito es la escasez económica. Por tanto, afrontar una reforma, por pequeña que sea, no parece del todo aconsejable. Una vez más, la vivienda se erige en monolito infranqueable, condicionando a sus usuarios. Cuarto error.

Como toda etapa vital, tiene un inicio y un final. Llegará el momento de que se inviertan las tornas y los hijos retomen su camino original. Segundo asalto de un combate ya conocido. Eso sí, ahora las dudas propias de todo padre, ya no son infundadas, sino más bien sufridas, confirmadas y repetibles. Quinto error.

El ocaso de nuestras vidas, suele estar condicionado a una pérdida inevitable de facultades, que salvo rarísimas excepciones, habrá sido difícilmente prevista por aquella pobre y precaria “parejita” que invirtió toda su ilusión en la vivienda de sus sueños. Nuestras necesidades, nos hablan ahora de espacios pequeños pero muy funcionales, donde las distancias se acortan y las prioridades se invierten. Cada metro cuadrado de más se traduce en un dinero del cual ya no disponemos, ni podemos generar. Las reformas, ya no dependen de nosotros, sino de nuestros hijos. Las mejoras de accesibilidad pueden llegar a ser inviables, muy costosas o incluso desconocidas. La limpieza, un arduo trabajo difícil de abarcar. Sexto error.

Ante lo cual surgen dos opciones: por un lado que alguno de los hijos se traslade a la vivienda familiar para cuidar de sus padres (auténtico paradigma del despropósito arquitectónico), por otro lado, encontramos la alternativa de la residencia para ancianos. Un gasto extra, a sumar a la hipoteca de esa antigua e inútil vivienda que ninguno de los hijos quiere. Pese a todo, hay que terminar de pagarla. Así que habrá que duplicar los gastos. Séptimo error.

Por último, y en la peor de las circunstancias (desgraciadamente inevitable) los padres encuentran el fin a sus vidas, dejando en herencia a sus hijos el inmueble originalmente adquirido. Esto conlleva unos gastos por transmisión y plusvalías que se traducen en volver a pagar por un inmueble que probablemente no llegue a tener algún valor inmobiliario para esa familia, y lo que es peor, en raras ocasiones se plantea como alternativa para quienes ya han comenzado su propio camino a través de una maravillosa vivienda recién adquirida. Octavo error.

Pero bueno, esta vez sí, esta vez será diferente. No cometeremos el mismo error. Nosotros vamos a elegir mejor que ellos. Haremos todo lo posible para vender en diez años y mudarnos a una vivienda mejor. Noveno error. Las crisis son tan cíclicas como imprevisibles. No siempre se encuentra el momento idóneo para vender sin perder dinero. Además, si es buen momento para vender es que es mal momento para comprar. Lo cual nos lleva a la imposibilidad del cambio.

Con todo ello, cometo el último y definitivo error, pretender cambiar las cosas desde mi humilde opinión. ¿Quién soy yo para decirle a nadie lo que debe hacer? Si deben equivocarse o no. Si quieren vivir en una vivienda o en otra. Décimo error.

Confío en que sean la excepción que confirma toda regla y encuentren la solución arquitectónica más apropiada o el bienestar económico necesario para acometer las reformas que podrían acallar las deficiencias asociadas a cada una de estas etapas, pues independientemente de la decisión que nos acompañe, algo debemos tener claro, la arquitectura es tan sólo una herramienta a través de la cual encontrar la habitación que mejor se adapte a nosotros, nunca al revés. Todo lo que se aleje de este principio, deberá ser entendido como una situación de emergencia inevitable.

Es por ello que todos y cada uno de los mal denominados errores, podrían ser protagonistas exclusivos de un artículo crítico elaborado, y deberán ser objeto de estudio por nuestro sector como ámbitos de oportunidad de mejora. De hecho, será a lo largo de los próximos post cuando se desarrollen estos interesantes aspectos en detalle. Sea como fuere, más allá de lo acertado o no de la realidad, no cabe duda que la arquitectura debe hacerse cargo de estas nuevas circunstancias que la rodean y afrontar las nuevas problemáticas con decisión. La buena arquitectura se encuentra al servicio de la sociedad, y por tanto, debe estar abierta a modificaciones e innovaciones constantes.


Dejemos que así sea.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Inmaduros e inseguros, ¿es así como queremos ser?

Muchos son los foros en los cuales se debate acerca del preocupante devenir de nuestra sociedad y no menos las veces en que me he encontrado a mi mismo meditando sobre el por qué de esta involución social.

No cabe duda que como todo aspecto relacionado con un proceso tan complejo como el evolutivo, son múltiples los aspectos que condicionan una determinada actitud poblacional y amplísimas las consecuencias culturales y educativas de dichos matices.

Sin embargo, en mi afán por entender el origen, comprender el fin último de este debate, me decanto por una explicación bastante sencilla, capaz no sólo de invertir el proceso evolutivo sino fomentar un desarrollo negativo del ser humano.

Mientras algunos apuntan hacia la maldad o el egoísmo como posibles causantes de tal debacle, yo prefiero atribuir estos defectos a todos y cada uno de nosotros, como consecuencia de actos más comunes y tangibles.

En mi opinión, la principal razón por la cual nos horrorizamos cada día con las anécdotas que nos rodean, es la falta de principios de la que adolece nuestra sociedad.

Evidentemente, este macro-motivo genera a su vez infinidad de motivos secundarios, como la creación de un sistema basado en ensalzar al menos capaz, un modelo de comunicación basado en el morbo derivado de lo negativo, una pseudo libertad que nos aleja de lo más importante, nuestra propia intimidad y su consiguiente habilidad para decidir. La globalización, en lugar de desembocar en un esquema social desde el cual poner en valor el potencial colectivo a partir de las diferentes virtudes individuales, nos limita cada día más mediante la anulación del valor individual en pro de un colectivo curiosamente más individualista y ajeno precisamente al colectivo del que procede. La preocupación por el bienestar de los demás ha cedido su lugar a la preocupación por la imagen trasladada públicamente a nuestros semejantes, mientras nos importa un pimiento su auténtico bienestar o incluso el nuestro.

Valores tan importantes como la amistad, el compañerismo o el disfrute y enriquecimiento personal derivado del altruismo, se han convertido en banales símbolos de la cursilería más recalcitrante y de la obsolescencia social.

Con todos mis respetos, no debemos permitir que esto ocurra, no podemos quedarnos impasibles mientras renunciamos abiertamente al “hoy por ti mañana por mi”, a cambio de una suscripción no solicitada para el “doble rasero” o el famoso “es que no es lo mismo”.

Una de las cosas más detestables de la sociedad actual es algo tan antiguo como hacer a los demás aquello que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros mismos. Esta ausencia total de empatía nos introduce irremediablemente en una espiral que se retroalimenta y nos arma de excusas para justificar nuestras más lamentables decisiones. El doble rasero implícito en la típica respuesta “no es lo mismo” viene a resolver los resquicios de conciencia social que aún permanecen en nuestras modernas mentalidades.

Por último, se tiende a vincular esta tendencia con el indudable egoísmo que caracteriza al ser humano, aportando así unas connotaciones negativas no pertenecientes al concepto objetivo original. Hacer las cosas por nuestro bien, no tiene absolutamente nada que ver con que el motivo de ese bienestar sea el bien o mal ajeno. Ahí es donde se esconde la verdadera conciencia social, en saber elegir la forma de disfrutar sin molestar a los demás, sin perjudicarles a ellos para evitar así sentirnos perjudicados por sus respectivos actos. En definitiva, empatizar para fomentar en los demás lo que nos gustaría que nos hicieran a nosotros.

Pero, sin duda, estos razonamientos podrían ser acusados de una excesiva generalidad. Es por ello, que haría falta analizar el problema con mayor detalle, llegando a una conclusión fundamental, el principal causante de todo esto es tan sencillo como el desarrollo desmesurado de dos de los principales problemas de la sociedad:

La inmadurez y la inseguridad.

La inmadurez de no ser capaz de asumir las consecuencias de nuestros actos, no ser capaces de afrontar los esfuerzos que requieren muchos de ellos. La inmadurez intrínseca en la búsqueda de lo bueno sin aceptar lo menos bueno. Siempre se ha dicho que “el que algo quiere algo le cuesta”, sin embargo, este refrán tradicional cada vez carece de más sentido. Si algo nos cuesta verdadero esfuerzo, ya no lo queremos. Y si aún así lo seguimos queriendo por su importancia dentro del nuevo status social impuesto, entonces parece que alguien nos ha delegado inmediatamente el derecho a tenerlo, y ya que otros se hagan cargo de aquello que nosotros ni podemos ni queremos encarar. Es así como surge la otra gran palabra clave, por no decir mágica. El favor. El favor es esa maravillosa acción por la cual puedes llegar a solicitar a los demás todo aquello que necesites o no quieras aceptar, sin que se genere derecho alguno de reciprocidad y desde la evidente convicción de que es un arma secreta que puedo usar en mi propio beneficio con el único límite que nos llegue a imponer nuestro interlocutor. Porque claro está, en este caso, los valores sociales tradicionales sí son de lo más importantes e inevitables.

El otro gran mal que asola nuestra sociedad es la inseguridad como medio de impulsión humana. La inseguridad es una virtud humana que desemboca irremediablemente en el miedo a sentirnos menos que nuestro vecino, con lo importante que ello resulta dentro de ese nuevo status del que os hablaba. Hemos creado una sociedad en la cual parece que todos debemos ser igual de buenos e importantes, independientemente de nuestra capacidad innata, nuestra preparación o nuestro esfuerzo. Ya no premiamos la excelencia, sino que, una vez más, fomentamos la mediocridad para así lograr que nadie se sienta menospreciado o minusvalorado. Nadie desea esa sensación en sus iguales, evidentemente, pero no acabo de entender en qué momento, el hecho de ser peor que alguien debe constituir una amenaza a mi valía. Lo siento, pero no puedo estar de acuerdo con esta afirmación ni esta nueva filosofía social. Ya está bien.

Basta de igualdades forzadas, mediocridades inducidas, luchemos por ser mejores, para lo cual es fundamental que haya referentes sociales que nos ayuden a avistar nuevos horizontes culturales e intelectuales, que nos inviten a seguir aprendiendo, en definitiva que nos ayuden a mejorar. Para lo cual, es fundamental volver a la madurez y la seguridad como principales referentes de cara a la culminación de estos principios. La generosidad implícita en compartir. Compartir los conocimientos adquiridos para así lograr que sean más los que alcancen nuestro nivel, la humildad necesaria para entender que lo que yo he comprendido sin más, puede que genere nuevos avances desde la perspectiva de otros. Creer en la capacidad de los demás, entender lo importante de un trabajo en equipo. La importancia de perpetuar el saber colectivo a través de la educación como transmisión de conocimiento. Todo lo que sabemos nos viene heredado por lo que, sinceramente, no creo que queramos destrozar en esto también el principio del “hoy por ti, mañana por mi”. Es el momento de recordar todos los avances que hemos podido disfrutar gracias a la generosidad de grandes mentes del pasado.


En definitiva, es fundamental que la sociedad actual luche por recuperar logros pasados para reinterpretarlos en clave contemporánea y seguir aportando nuestro granito de arena de cara a generaciones futuras. No rompamos la cadena social. Asumamos nuestra responsabilidad para con nuestros descendientes, pues no es nuestro presente con lo que estamos jugando, sino que es el futuro lo que realmente hipotecamos.

martes, 7 de octubre de 2014

La “desmitificación” admirada

Este enigmático título no responde sino a uno de los principales procesos evolutivos a los que, inevitablemente, se enfrenta todo ser humano. Concretamente se trata de la transformación progresiva que todos experimentamos a lo largo de nuestra vida, vinculada irremediablemente al proceso de madurez.

Cuando nacemos, necesitamos de unos años para apropiarnos de nuestros actos y hacer uso de la razón. Desde ese mismo instante, nuestros padres se erigen en las figuras idolatradas y fascinantes con que compartimos la infancia. Esos superhéroes capaces de todo, menos de equivocarse.

Personas mitificadas por nuestra ingenuidad y una muestra desproporcionada de cariño familiar.

Inexplicablemente el tiempo nos reconduce hacia una postura más fría e independiente en la cual nuestros padres se van desprendiendo de toda virtud extraordinaria para verse rodeados de mediocridad e incluso defectos. Una metamorfosis tan sorprendente como inevitable. Popularmente aceptada, evidencia la complejidad de la mente humana.

La pubertad y posterior juventud se escapa de nuestras manos al mismo tiempo en que el bucle de cariño hacia nuestros padres nos devuelve a una posición positiva en la cual reconocer más los méritos que los errores. La edad hace el resto y lo que antes era un fanatismo desprovisto de toda razón, se torna en simple admiración.


Un recorrido vital de ida y vuelta, sólo tamizado por la madurez, herramienta empleada por la naturaleza para prepararnos con ayuda del tiempo de cara a las diferentes etapas del bucle en que nos sume la vida, pasando de niños a padres y posteriormente a abuelos. Repetidos giros a través de ese bucle infinito en el cual nos desplazamos por los distintos puntos de vista hasta que dejamos nuestro lugar a los que están por llegar. Un aprendizaje constante y divertido en el cual observar el mismo hecho, al que llamamos vida, desde infinitas perspectivas.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

La silueta

Hoy he sido testigo de excepción de una de esas escenas que no dejan indiferente a nadie, o por lo menos a mi. En un viaje que calificaría como trivial, típico trayecto doméstico en el cual recorres casi por inercia los escasos kilómetros que te separan de tu hogar, me he encontrado absorto en mis pensamientos ante una de esas imágenes tan bonitas como tristes, que inundan nuestro día a día.

Una vez más, la creatividad se muestra como lo que es, una maquinaria algo oxidada que no siempre se activa cuando la accionamos, sino que en la mayoría de los casos decide sorprendernos en el momento más insospechado.

Como decía, el fotograma de la mencionada escena se componía como sigue. Una pronta noche de verano, una ciudad en su fase de adaptación al cambio, calles de recogida, paseantes rezagados en sus indefinidos deambulares. En ese instante concreto, decido emplear mi coche particular para incurrir en la vía pública y recorrer distraído las inmediaciones de mi casa. Al llegar al semáforo de la esquina, no puedo evitar fijarme en el motivo de estas líneas.

Un caminante se postra erguido, inmóvil, concentrado en su objetivo. Una silueta en mitad de la noche, retroiluminada por el escaparate de un concesionario. Una silueta inanimada incapaz de separar su mirada de ese bello objeto que parece erigirse en algo más que una simple coincidencia. Un individuo capaz de recrear el sentimiento de toda una sociedad.

Un ejemplo inmejorable de ese espíritu tan alentador como preocupante que caracteriza nuestro devenir. El paradigma de la ilusión por lograr un objetivo ansiado en la vida, que encierra tras de sí una triste y cruel realidad: el observador obsesionado por lograr lo que no tiene, no encuentra luz alguna que le permita ver todo aquello que le rodea y que sí que tiene a su alcance.

Desde la soledad de mi vehículo no he podido sino recapacitar acerca del simbolismo de esta estampa, una silueta anónima en mitad de la oscuridad fruto de la única luz que parece interesarle, gracias a su innegable capacidad para negar todo aquello que le rodea.

jueves, 12 de septiembre de 2013

El elitismo de los museos


Una vez más me siento aquí para compartir con vosotros mis inquietudes y pensamientos más íntimos, con el fin de trasladarles mis opiniones y críticas concretas acerca de todo aquello que nos rodea en nuestro día a día. Un alarde de cotidianidad y mediocridad intencionada, surgida desde la más sincera humildad e ignorancia.

Definido el contexto, aireo mis palabras en busca de posibles receptores dispuestos a compartir ideas. En este caso, el motivo de mis dudas, no es otro que la concepción de los museos contemporáneos. Apoyado en una tendencia muy clara adquirida por mi Málaga natal, me centro en entender el por qué de esta iniciativa y su consiguiente proliferación de espacios expositivos.

Cabe destacar, ante todo, que no pretendo en modo alguno juzgar este planteamiento, sino estudiar su evolución y analizar en lo posible, aquellos aspectos susceptibles de mejora o, en su defecto, pendientes de comprensión por mi parte.

Como auténtico ignorante en cuanto a Historia del Arte se refiere, y ciudadano tan inculto como inquieto, a partes iguales, me considero un ejemplar medio de estudio, bastante adecuado de cara al entendimiento de la labor efectuada por los museos como intermediarios culturales frente a la sociedad.

Es por ello que interesado en el factor didáctico y dinamizador de los museos, como referentes culturales por antonomasia, me he visto sorprendido en multitud de ocasiones, perplejo ante la magnificencia de determinados emblemas de este arte; así como embargado por el desconcierto, un irremediable cansancio, una intratable saturación visual y en ocasiones, incluso, aburrimiento, ante la desconexión existente entre estos importantísimos edificios, su contenido y yo.

Parto de la base, de que cuando alguien realiza el esfuerzo de acercarse a un museo para pagar la entrada y adentrarse en el recorrido planteado por su gestor a lo largo de su querida colección, lo mínimo que se merece es recibir una contrapartida cultural como recompensa. Con esto quiero decir, que todas esas burdas críticas orientadas a fustigar la incultura e ineptitud ciudadanas, pierden su valor y credibilidad en el mismo momento en que el visitante se acerca al edificio.

En mi opinión, ya ha realizado su parte, ha cumplido. Ha abandonado su cómoda y segura rutina para aprender, para disfrutar de lo desconocido y asimilarlo como conocido. Un proceso tan complejo como interesante.

Dicho esto, entiendo que en el mundo del Arte, como en cualquier otro sector, hay infinitos grados de conocimiento y sabiduría. Sin embargo, me preocupa que en los museos se parte de una base errónea. Si accedes a un museo por libre, sin haber investigado previamente su contenido, lo más probable es que no seas capaz de detectar las principales obras expuestas, ni aprender más allá del nombre del autor, año y nombre de la obra (sin olvidarnos del material con que se elabora). Esa es toda la información que nos ofrece un edificio cultural estándar. Ninguna aclaración del por qué de su instalación allí, ninguna pista acerca de los criterios que lo convierten en un elemento de máxima calidad artística; ni, por tanto, el más mínimo esfuerzo por acercarnos al Arte y con ello fomentar nuestro interés por volver o continuar en casa con nuestro proceso de aprendizaje.

Me temo que el museo se orienta preferentemente hacia aquellos visitantes cultos y/o formados, interesados en ampliar sus conocimientos previos.

En honor a la verdad, cabe dejar claro que cada vez son más las visitas guiadas ofrecidas por la mayoría de contenedores artísticos, en su afán por acercarse al ciudadano medio. No sólo es algo que debemos valorar, sino que podríamos incluso exigir. No en forma de una persona dedicada en cuerpo y alma a un grupo no siempre tan agradecido como debería. Sino como esfuerzo de apertura hacia la gente. No se necesita tanto, pero desde luego, es inapropiado pensar en un modelo tan extremista, en el cual existen dos versiones tan lejanas de museo. Una muy cerrada y opaca en la cual nadie te aporta nada, la diaria. Y una muy abierta y amable en la cual adornan las obras con anécdotas y aclaraciones del por qué de sus creaciones, la eventual.

Estoy seguro de que existen multitud de opciones intermedias que, sin perjudicar en modo alguno los deseos del autor, nos ayuden a encontrar el ansiado equilibrio y, en lo posible, lograr que resulte rentable a todos los niveles.

En una sociedad de la información, donde cada mínimo aspecto de nuestro entorno puede ser consultado en internet, me preocupa que cuente con museos de masas, orientados a unas masas a las cuales no responden, más allá de la instalación de una tienda de souvenirs. Como arquitecto, reconozco que me encuentro situado más bien en el lado de la balanza correspondiente a un espíritu minimalista, pero hay que tener claro que aquí el mínimo, siempre responde a un canon funcional, no estético.

Por desgracia, en ocasiones, me da la sensación de que existe un elitismo predominante en el Arte, que nos filtra a los visitantes en función de su cercanía a un mundo, culturalmente muy elevado. En mi opinión, el grado de cultura de una persona siempre radica no en lo elevado de sus maneras, sino en la habilidad para desenvolverse con la misma soltura sea cual sea el ambiente cultural en que se encuentre. Por ello, considerando los museos como el paradigma de la cultura, me encantaría que me demostraran que son igual de útiles e interesantes tanto para los eruditos o iniciados, como para los novatos e incluso despistados visitantes.

La cultura debería ser un producto turístico, académico o social, pero fácilmente accesible para todos los ciudadanos, sea cual sea su nivel cultural o su grado de interés.

Fácil, hagámoslo fácil.

lunes, 15 de abril de 2013

El síndrome del observador


Mucho se ha hablado acerca de la penosa situación que rodea a la sociedad actual. No menos han sido los intentos por descifrar los posibles motivos que han provocado tal crisis y con ello, entender las repercusiones sociales de tales circunstancias. Existen críticos que defienden una postura de tipo social, es decir, mantienen un discurso en el cual la sociedad en sí misma es la causante de tales males, como resultado de sus propios defectos: avaricia, codicia, ansia de poder...

Otros por el contrario, se postulan hacia una teoría más individualista, donde culpar de este declive a aquellos pocos apoderados que emplean sus influencias para enriquecerse, a costa del resto de la sociedad, potenciando a su vez los defectos sociales antes mencionados.

Ya sea de un modo o de otro, no cabe duda que los principales perjudicados somos los ciudadanos. Y que causa o efecto, existen aspectos sociales que convendría estudiar.

En mi opinión, son muchos los defectos sociales que podrían haber desembocado en este desastre, pero uno de ellos destaca por encima del resto, el síndrome del observador.

Por todos conocida la diferencia entre ver y observar, del mismo modo en que distinguimos oír de escuchar, existe un mal endémico que afecta peligrosamente a esta sociedad. La inmediatez derivada de un progreso tecnológico sin precedentes, una globalización cada vez más agresiva, o el monopolio del marketing, entre otros factores, han derivado en una saturación visual de lo más preocupante. El ciudadano medio se enfrenta cada día a un exceso de información brutal, una cantidad desorbitada de datos e imágenes que nuestro cerebro debe ser capaz de cribar, filtrar de cara a evitar un sobrecalentamiento del sistema. Este proceso evolutivo, está generando un nuevo ser humano, cada vez más “cortoplacista”, más superficial, acostumbrado a analizar las cosas desde un prisma tan lejano como eficiente.

Si nos fijamos en uno de los medios de comunicación visual más tradicionales, el periódico, podremos descubrir estos mismo síntomas. Los amplios periódicos de papel, han tenido que observar atónitos como sus virtuales semejantes se apoderan silenciosos de su cuota de mercado, ante la inmediatez de respuesta y la sencillez de filtrado. Una máquina perfectamente diseñada para el nuevo ser humano. Infinitos titulares decoran páginas en movimiento, rodeadas por tantos anuncios e imágenes como letras. Los artículos, casi escondidos, se mantienen tímidos al acecho, esperando al pobre lector desconcertado o aburrido, que decida acercarse a ellos.

Una evolución tan lógica como peligrosa. Nuestro ansia de conocimientos deriva, paradójicamente, en una ausencia total de cultura. Un exceso de noticias vacías, titulares inconexos y aislados que nos convierten en perfectos charlatanes de ascensor. Máquinas tan eficientes como incultas, capaces de tratar el más recóndito y lejano de los temas, con la misma inexactitud y levedad, con que afrontar la más cercana de las noticias. Expertos conocedores de aspectos que se desvanecen en el tiempo por simple adhesión de nuevos conocimientos. Un bucle infinito por el cual generar sabios de lo actual, actuales inútiles en la verdadera sabiduría.

Con motivo de este nuevo defecto social, la especie se está viendo afectada por una serie de daños colaterales, efectos secundarios que nos convierten en seres atemporales, sin sentimientos. Y no me refiero a la avaricia y ansia de poder que comentaba antes, estas características desgraciadamente se mantienen bien arraigadas, sino a las emociones derivadas de toda observación, entendida como resultado de una simple empatía. El placer de interactuar con la otra persona, intentar entenderla, disfrutar con ella, discutir, aprender, enseñar, divagar, incluso por qué no, compartir el silencio. De no ser así, puede que nos acerquemos irremediablemente a la tan manida invasión de las máquinas, no como resultado de una industrialización excesiva, sino como resultado de una eficiencia extrema. Una ausencia total de humanidad.

Lamentablemente, cada vez con más frecuencia, observo cómo mis semejantes dedican el menor tiempo posible a pensar, con tal de hacer simplemente las cosas como siempre lo han hecho, a ser posible a través de un proceso caótico y corrupto en el cual resultar más listo que los demás.

La crisis está ahí, los ciudadanos tenemos los defectos que tenemos, sin embargo, nuestra principal virtud es la posibilidad y capacidad para aprender de los errores. De nosotros depende, querer ejercer nuestro papel como humanos, o recuperar los rasgos animales más primitivos y emplear nuestra inteligencia para acallar nuestra pasión.

Por mi parte, como siempre digo, elijo seguir siendo como soy, con mis errores y mis escasas virtudes, pero consciente de mi existencia y orgulloso de mi devenir.

Apasionado, empático, débil y alegre, me enfrento cada día a una sociedad cada vez más alejada, perfecta pero plana. Una sociedad capaz y a la vez apocada, quejica pero conformista, prepotente pero manejada. Una sociedad que ninguno queremos pero que, lamentablemente, todos asumimos y aceptamos.  

martes, 19 de febrero de 2013

La arquitectura del color


Mucho se ha hablado ya acerca del manido tema del color. Muchos son los profesionales que han decidido dedicar su tiempo a entender el papel que este elemento juega, ha jugado y jugará, en la arquitectura de nuestras ciudades. Un sin fin de debates, discusiones, referencias históricas y esfuerzos convencidos.

Sin embargo, durante años, he de reconocer que he sido de los que han logrado sobreponerse a tal dilema, concibiendo una arquitectura austera, en la cual el color se veía relegado a una simple circunstancia derivada del uso de un determinado material. Anclado en la supuesta corrección de esta filosofía, he llegado a tachar de gratuito, banal, trivial o incluso artificioso, algunos ejemplos observados entre mis compañeros. Consideraba innecesario ornamentar la arquitectura, ya que lo entendía como una evidente carencia del diseño, un esfuerzo desesperado por animar lo inanimado, por disimular otras vergüenzas, o maquillar una realidad no tan alegre y divertida.

Pues bien, a todos aquellos que se hayan podido dar por aludidos en estas palabras, lo siento.

Una vez más en mi vida, me enorgullece reconocer un error, desde el pedestal en el cual me sitúan los nuevos conocimientos adquiridos. Si algo hay bueno en esta vida, es saber reconocer los errores y aprender de ellos.

No es que entienda ahora el color como la panacea de mi profesión, ni que antes tachara de anticristo la pigmentación de una intervención. Más bien, acabo de abrir un poco más mi mente, hasta asimilar que el color, en sí mismo, no es sino un elemento más del complejo rompecabezas que supone todo proyecto, y lo más importante, un recuerdo humano y sutil de que nuestras obras se conciben para ser albergadas y habitadas por personas, no siempre tan preparadas en la materia, pero, sin duda, más que expertas en el arte de la vida.

En numerosas ocasiones he criticado la ausencia total de conocimientos por parte de la inmensa mayoría de ciudadanos, hasta el punto de no interesarse por lo que ocurre en su urbe y aprender a demandar mayor calidad. Aunque no sería justo, obviar por mi parte, la gran cantidad de ocasiones en las cuales he demandado a mis compañeros un mayor interés por el usuario final de nuestras intervenciones, quien más o menos instruido en el tema, tiene el mismo derecho que el resto a disfrutar de esos espacios que nos empeñamos en diseñar para ellos.

Por todo esto, me gustaría predicar con el ejemplo, y en pleno ejercicio de autocrítica reconocer estas líneas.

Tras años de guerra insensata contra el uso indiscriminado del color, me siento aquí para ofrecerles mi nueva perspectiva profesional. Un lienzo en blanco en el cual permitiros confrontar mis inquietudes y planteamientos más íntimos.

Como les decía, hasta hace poco tiempo, entendía la arquitectura como una serie de actuaciones tamizadas por la hiperrealidad de criterios económicos, funcionales y estéticos, donde el minimalismo representaba un fuerte compromiso con mi conciencia responsable y humilde. Pese a ello, la experiencia me ha permitido gozar del bello deambular que supone vivir una ciudad y convivirla con tus iguales. A lo largo de ese camino, me sorprendo entusiasmando con la idea de que, mi humildad, paradójicamente, ha terminado por llevarme a un nuevo promontorio desde el cual observar prepotente a aquellos que, resignados, se acostumbran a sobrellevar tales novedades, en ocasiones, incómodas.

Tan denostable es quien se cree en posesión de la verdad absoluta, como quien consciente de su necesidad por descubrirla, nunca llega a encontrarla y se rinde a ello.

Dicho esto, me gustaría emplear estas palabras para devolver al color lo que considero suyo. Reconocer desde mi error, la importancia del uso de un ornamento tan básico, con el fin de humanizar nuestros trabajos, tender una mano cálida y cercana hacia nuestros usuarios, no por una necesidad personal, ni mucho menos por propio interés, sino porque es parte indispensable de esta, nuestra profesión. Sí, en ocasiones se hace un mal uso de este y otros elementos, como parte de un virus peligroso y letal, el del famoso “gesto”. Esa muestra innecesaria y por otra parte, lógica, de subjetividad, ese intento por dejar huella o aportar. Pero esto no convierte al color en enemigo, sino a aquellos que no saben utilizarlo.

Confío en que sepan entender este pequeño alegato como una disculpa tan personal como alocada, en la cual recuperar mi estado de equilibrio creativo, recuperando elementos, por desgracia, olvidados en lo más profundo de mis adentros.

Veremos a dónde me lleva esta nueva etapa. De lo que sí puedo estar seguro, es de lo satisfactorio que resulta no parar de aprender y disfrutar con la bellísima y compleja interacción entre ciudadanos y arquitectos.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Al mal tiempo... coherencia


Hola a todos, aquí os dejo mi propuesta para el pasado concurso de microrrelatos del Diario Sur.

Confío en que os guste.

Un saludo.

---------

Tras cinco años estudiando, uno de inmersión en el extranjero y tres trabajando... ¿ahora qué?

Muchos han decidido emular a nuestros antepasados. Otros, sobrevivir ante políticas de empresa cada vez más opresoras. Algunos se consuelan con una prestación por desempleo tan efímera como irreal. El resto, hemos decidido plantarnos, buscar una solución. Nada de huir ni quejarse sin más. Somos emprendedores.

Gente inquieta y valiente capaz de arriesgar por aprender a equivocarse, hasta que acertar carezca de emoción.

Este país necesita, más que nunca, soñadores, utópicos, amantes del trabajo. Suena raro, incluso irrisorio, pero mientras la sociedad no entienda este riesgo como cotidiano, seguiremos a expensas de que otro, ese jefe prepotente y “rácano”que no comparte sus beneficios, venga a salvarnos.

Por mi parte, lo tengo claro. Si algo no me gusta, intento mejorarlo. Si no puedo, aprendo a vivir con ello, lejos de la amargura del apático quejica.



viernes, 7 de septiembre de 2012

Concurso, luego pienso (6/14)


4. Albañilería


Entre pensamientos, dudas y ojeras transcurre una semana crucial. Han llegado el día “D” y la hora “H”. Estamos todos ahí, menos uno. La verdad es que la puntualidad nunca fue una de nuestras grandes virtudes, de ahí que el retraso se asuma con total normalidad. Pese a ello, somos perfectamente conscientes de que se trata de un día especial, no podemos continuar con el plan marcado, salvo que estemos los cuatro. Por esta razón, decidimos llamar al cuarto integrante, el cual tras un sin fin de disculpas, nos confirma que no podrá asistir hoy. Un malentendido telefónico y una inoportuna reunión se han convertido en las causantes de este nuevo contratiempo. Sólo el buen rollo reinante nos permite aceptar la noticia con una sincera sonrisa y un par de bromas hirientes hacia el inesperado ausente.

Ante las nuevas circunstancias, el equipo decide avanzar en el análisis de la ciudad y plantear las alternativas propuestas por cada uno de los tres asistentes hoy, de cara a un primer intento por encontrar un acuerdo global.

En esta línea, vamos exponiendo nuestras ideas, con la firme esperanza de coincidir en nuestros argumentos y facilitar con ello el desarrollo de la reunión.

Tres horas más tarde, la principal sorpresa reside en que estamos completamente de acuerdo: no tenemos ni idea de qué hacer aún. Todo se nos va en buenas intenciones. Pero nos faltan muchos datos para poder descartar alternativas.

Aunque esta tarde me deja una frase que intentaré recordar siempre, una afirmación tan simple como real, una gran verdad que ayuda a entender mejor las cosas. Una revelación que nos brinda uno de nuestros compañeros y que se une al conjunto de lecciones que consigo extraer de esta inspiradora experiencia.

Esta vez me enseña que no debemos anular la ilusión de los demás, por muy en desacuerdo que estemos, sino empatizar con ellos para juntos encontrar la mejor solución, ayudarles a pulir su planteamiento en función de nuestra crítica:

Es muy fácil destruir pero muy complicado ayudar a construir.

Así que, tras horas de deliberación y buenos ratos, aderezados como de costumbre con divagaciones varias, podríamos decir que estamos casi como empezamos. Sólo hay una diferencia fundamental, tenemos aún más claro que debemos seguir investigando acerca de la ciudad en su conjunto, sus relaciones históricas y actuales con el río, las peculiaridades técnicas implícitas en cada propuesta de futuro. Sin olvidar que un día completo de trabajo produce grandes esbozos que, siempre y cuando seamos capaces de aislar entre la morralla, nos proporcionan algo de luz entre la supuesta oscuridad en la que abandonamos el estudio.

Más de doce horas de trabajo empiezan a pesar en el interior de una cabeza a punto de estallar, eso sí, por voluntad propia. Es decir, hemos renunciado al derecho al pataleo de antemano. Sólo queda dormir y confiar en que mañana el amanecer venga acompañado de un poco de inspiración y un mucho de ilusión y ganas.

-------

Sin duda es así, el alba no defrauda a nadie. Las legañas aprovechan unas más que evidentes ojeras como trincheras en el campo de batalla en que se convierte el lavabo. No encuentro la manera de abrir por completo mis ojos. Entre el sueño, el cansancio y los escasos minutos que llevo en este nuevo día, todo parece dispuesto para evitarme el primer sobresalto de este sábado, o quizás domingo, desde luego confío que no lunes. No sabría decir siquiera si es de día o de noche. Mis necesidades fisiológicas han decidido interrumpir mi idilio con Morfeo.

Evidentemente se trata de una decisión unilateral en la cual no me siento más que un mero intermediario, un medio para lograr un fin tan necesario como inapropiado. De hecho, sigo pensando que hay una parte de mí que continua entre sábanas y almohadas. Los intentos en vano por ver algo más que luces borrosas que me taladran el cerebro e incentivan mi creciente desorientación, me invitan amablemente a hacer uso de una de las mayores lecciones aprendidas a lo largo de mi periodo académico: cuando veamos el mismo muro una y otra vez frente a nuestro camino, es momento de alejarse para encontrar las fuerzas requeridas para franquearlo.

Conclusión: Morfeo, ¿dónde lo habíamos dejado?

Ahora sí, mis párpados recuperan su ligereza habitual, mis ojos parecen filtrar adecuadamente la luz y el agua del grifo ha abandonado su repentina acidez.

- Esto marcha - me digo convencido.

Mi velocidad de movimientos recuerda al autentico rey de la selva, ¡qué espectáculo!. No, no me refiero al león africano. Por desgracia, me centro más bien en la selva sudamericana, y en vez del poderoso felino depredador, un parsimonioso perezoso. Así es, cada trayecto que realizo transforma mi diminuto apartamento en la mayor de las mansiones victorianas. A veces me encantaría poder huir de mi cuerpo para observarme incrédulo a lo largo de mi majestuosa hazaña: un pasillo de cinco metros en más de quince minutos. Probablemente tendría tiempo incluso de ir a comprar una cámara de video para constatar tan lamentable cualidad, antes de detectar mi peculiar disociación.

Por suerte, la disociación voluntaria no es una de mis escasas virtudes, así que me conformo con el reloj como única prueba de mi preocupante lentitud. Afortunadamente, son veintisiete años ya los que he compartido conmigo mismo, así que es difícil sorprenderme.

Mi esfuerzo ímprobo da resultado y alcanzo victorioso la habitación del ordenador. Me dispongo a leer el periódico, consultar la actualidad de mis redes sociales y vagar libremente por la red mientras mi cuerpo termina de espabilarse. Me plantearía desayunar algo antes de ducharme, pero si no me fallan las cuentas, ya llego tarde al almuerzo, así que mejor me planteo cómo nutrirme.

El deambular virtual se antoja menos aleatorio que de costumbre. El standby en que se mantienen mis neuronas a lo largo de la noche se evidencia en una búsqueda intencionada de lo que entiendo, puede contribuir a la constitución de una estrategia proyectual en el río. Varios artículos interesantes, un par de imágenes de ciudades concretas y un artista inspirado, acaban por transportarme hasta un bosque del noroeste norteamericano. Un conjunto de piedras alineadas y milimétricamente colocadas que evocan un río inexistente pero conceptual. Un acto repleto de arte y simbolismo que despierta mi lado más abstracto, ese capaz de teorizar sobre elementos tan cotidianos como inverosímiles.

Los siguientes minutos transcurren con mi cuerpo entre los fogones, aunque mi mente continúa colocando piedras manualmente canteadas a lo largo de una línea tan imaginaria como esta propia acción. En un primer momento puede resultar trivial, gratuito o excesivamente artificioso, pero en el fondo esconde una deslumbrante brillantez, la capacidad de invitarme a pensar, soñar, diseñar.

Empiezo a tejer mi tela de araña de nuevos horizontes. Creo un nuevo hilo conductor sobre el que fundamentar mi discurso conceptual. Ofrecer a los ciudadanos el río que tanto añoran sin necesidad de inundar su cauce. Sanar una herida sin necesidad de taparla, sin recurrir a la sutura como mecanismo de cierre. Ante estos casos, lo más peligroso es dejarse llevar por la inmediatez que trae consigo la reacción definida como el acercamiento de orillas. Cuando se abre una brecha de cualquier tipo entre dos elementos previamente unidos, lo primero es intentar recuperar su estabilidad y cohesión anteriores. Para ello, volver a juntar sus extremos o rellenar el nuevo vacío para recuperar el continuo original, son las dos alternativas que podríamos plantearnos.

Sin embargo, una nueva opción acaba de llamar a mi puerta. ¿Por qué no recurrir a una intervención dirigida, por el contrario, a la brecha social, emocional, sin necesidad de ocultar una deformación natural nada vergonzosa? Si objetivizamos esta cuestión, descubrimos que el problema reside en su componente más subjetiva, dado que un accidente geológico no es más que otra característica natural de las muchas que conforman nuestro territorio. Es lo que esta aparente imperfección genera en la conciencia colectiva lo que realmente podríamos calificar como un problema. Por tanto, quizás no sea tan surrealista o desacertado centrarse en la manera de entender la fisonomía de la ciudad por parte de sus usuarios. Atacar sus emociones y su forma de mirar.

No tengo claro si debo actuar de una forma o de otra, pero me alegra haber encontrado un objetivo claro, solucionar un trauma social que afecta a la percepción ciudadana del entorno. Para empezar, acabo de definir la meta, un fin. Sólo falta dilucidar cuales son los medios más apropiados y eficientes para llegar hasta él. La sonrisa reaparece triunfal, mezcla de la satisfacción asociada a este descubrimiento y a la imagen que supone verme devorando la causa del festival de olores surgido con el abandono de la cocina.

¿Qué mejor manera de alimentar mi intelecto que con un cóctel de inspiración y nutrientes?

Desconecto temporalmente, gracias a la inestimable ayuda de lo que algunos denominan la “caja tonta” mientras yo he de reconocerla, inevitablemente, como parte de mi vida. No creo en la estupidez de los elementos, sino en la de sus usuarios. En mi caso, esta pseudo-estupidez me aporta el necesario “descanso del guerrero”. Un apetecible parón en el cual alejarme, una vez más, de mis pensamientos para volver en breve con más fuerza.

Lo prometido es deuda, ha llegado la hora de reavivar las cenizas candentes para afrontar un nuevo asalto en el combate que libro por una ciudad mejor.

Una vez definido mi objetivo, sanar un trauma social bien arraigado en nuestra memoria, prosigo con el enfoque simbólico del proyecto. Aprovechando la investigación generada para la ejecución de mi Proyecto Final de Carrera, activo mi cerebro en clave abstracta. Si algo he aprendido en este tiempo, es que quizás la mejor manera de hacer frente a aspectos de tipo psicológico, es actuar del mismo modo en que se producen los problemas, solventarlos a través de una actuación física capaz de generar emociones.

Empiezo a pensar en el río como un elemento de separación urbana, un muro horizontal que deprimido se eleva por encima de todos los ciudadanos. En esta línea argumental, me empieza a resultar de gran interés recurrir a su antihéroe, erigir un autentico muro que desde su evidente verticalidad genere un efecto de horizontalidad en las mentes de sus usuarios. Un muro que simbolice esta vez la unión entre dos mundos ubicados tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Se suceden los bocetos sin sentido, sin orden ni concierto. Intento que el lápiz transmita unas sensaciones tan sugerentes como esotéricas.

Como no podía ser de otro modo, al cabo de un rato me descubro exhausto y absorto en ideas irrealizables. Pese a que el fondo de mi razonamiento pueda resultar inspirador, no es un camino coherente para alcanzar un proyecto tangible y físicamente realizable. Como poco, puede reforzar el discurso generador del diseño definitivo. Así que abandono este planteamiento, para albergar nuevas esperanzas de éxito.

Reviso actuaciones similares ya debatidas anteriormente en el seno del equipo. Esta vez, analizo aspectos más banales pero igual de importantes. ¿Cómo resuelven el tránsito entre río natural y río modificado en el ejemplo de Niza? Ellos han optado por el embovedamiento, y he de reconocerme a favor de esta iniciativa. La pega: actualmente supondría un coste tan alto como innecesario. Pese a que desde el principio fue una de las ideas que resonó con más fuerza en mi interior, me mantengo fiel a mi compromiso profesional de valorar todas las opciones por igual.

Llego a pensar, incluso, que esta solución debería llevar años ya ejecutada. Es más, no creo que pertenezca a un equipo de arquitectos la responsabilidad de acometer una actuación tan técnica como justificable. Es el tratamiento superficial de dicho embovedamiento lo que debería recaer sobre nuestro gremio. La capa ciudad nos afecta en tanto en cuanto suponga la interacción entre hombre e infraestructura. Lo que ocurra bajo nuestros pies, debe ser tenido en cuenta, sí, pero no me considero, como arquitecto, el más adecuado para interceder en su planificación. Preferiría intervenir exclusivamente en su fachada urbana, aquella capaz de cambiar nuestro día a día.

El cansancio hace mella, este tipo de pseudo-razonamiento con claras trazas de pesimismo y rechazo no muestran sino una necesidad clara de descanso. Puede que refleje, además, un atisbo de frustración, signos de cierta desesperación ante un problema, en ocasiones, demasiado grande para un simple arquitecto. Es entonces cuando se debe parar, recapacitar acerca del trabajo realizado y destacar los aspectos positivos que éste nos ha supuesto. Siempre los hay, más o menos numerosos, pero igual de esperanzadores. Lo suficiente como para dejarnos con buen sabor de boca y animarnos posteriormente a proseguir el camino, con miras a un éxito ansiado y posible.

Una vez más, la noche trae consigo un placentero vacío que genera la organización de ideas meditadas, la negación de los desánimos y la creación de espacio vacante dispuesto a ser cubierto por nuevos debates internos, nuevos planteamientos.



Continuará... (Parte 6/14)