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domingo, 31 de enero de 2021

Maldita soledad

En la peor pandemia de las últimas décadas, son muchas las preguntas que surgen y muy pocas las respuestas creíbles, o suficientemente convincentes. Creo que somos cada vez más numerosos los ciudadanos que nos vemos obligados a recapacitar sobre todo lo que nos rodea. No cabe duda que la situación sanitaria es preocupante, el panorama social frustrante, y la estabilidad emocional una utopía. No me malinterpretéis, no soy uno de esos que denominan negacionistas. Simplemente me siento a ver lo que está ocurriendo y me invade una enorme tristeza al descubrir que después de un año, seguimos en una situación crítica y sin la más mínima esperanza de cambio. 

Soy consciente de que en este punto serán muchos los que se indignen bajo el paraguas de una vacuna tan esperada como tardía. Ojalá sea esa la solución. De hecho, durante meses ha sido el único clavo al que agarrarnos. Sin embargo, han llegado las fechas señaladas para su puesta en marcha, y parece que, una vez más, son más las dudas que las certezas en torno a este gran avance de la medicina.

Desde hace meses, la única herramienta efectiva parece ser la limitación más o menos radical de nuestra libertad. Lo entiendo. Me da mucha pena que así sea, pero no se puede negar la evidencia. Y como no soy ningún experto sanitario desconozco alternativa alguna que ofrecer. Así que lejos de alimentar un sentimiento de frustración tan extendido entre la mayoría de nosotros, prefiero centrarme en analizar sin más esta cruda realidad.

El aislamiento. El bendito aislamiento. Sí, ha demostrado que mejora unos números más que alarmantes. Eso se lo concedo. Pero, de ahí a considerarlo como una solución válida me parece un salto un poco arriesgado. Creo que es importante hacer una lectura más humana que médica, en este caso. Imagino que es fruto de mis carencias, claro está.

Aislar a la población es una medida tremendamente extrema. Confío en que coincidáis conmigo en esto. No me considero una persona quejica, de hecho me considero muy afortunado. Pero me gustaría empatizar con todos aquellos que no pueden quizás decir lo mismo. 

Intento ponerme en el lugar de alguien a quien esta pandemia le haya venido en mal momento. Sí, a todos nos ha llegado por sorpresa y a nadie agrada un varapalo como este. Pero pensad en todas esas personas que se encuentran en un momento crítico de sus vidas, cualquiera que sea la razón. Pensemos, por ejemplo, en esas personas mayores a las que tanto nos afanamos en proteger, que en sus últimos años de vida quizás están viendo mermada su única esperanza vital, su alegría de vivir, su familia y amigos. Y todo ello bajo una premisa que no siempre ha de cumplirse, la aparente necesidad y deseo de ser protegidos. Pero nadie se ha sentado con todos y cada uno de ellos a preguntarles si realmente están dispuestos a pagar tan alto precio por una salud en muchos casos ya bastante delicada, haya covid o no.

Hagamos un pequeño inciso para alejar a los idiotas. Tengo personas mayores en mi familia y haría lo que fuera por ellos. Que nadie lo dude.

Sin embargo, la cuestión aquí es qué pasa con aquellos que no quieran proteger su salud. Aquellos que ya no tengan nada que proteger. ¿Qué pasa con esas personas que en plena certeza acerca de su final, acaban de descubrir atónitos que es la incertidumbre la principal protagonista de lo que les queda de vida? El miedo, su único compañero de viaje. Miedo a lo desconocido. Miedo al olvido. Miedo a no volver a disfrutar de los suyos. Miedo a que esta nueva realidad haya venido para quedarse. Como decía antes, soy una persona bastante optimista y me niego a creer en estas afirmaciones. No obstante, les invito a encender la televisión media hora y valorar por sí mismos estas palabras. Ante la falta de mejoría, se ha optado por aceptar el miedo y la culpa como únicos recursos con los que encerrar a la gente en sus viviendas. 

Lo sé, son solo unos meses. Y eso es lo que pienso a diario. No pasa nada por quedarse encerrado un periodo determinado. ¿Qué supone este tiempo en el conjunto de una vida? Probablemente, nada. Pero cuidado con ese tipo de conclusiones. Unos meses pueden suponer un suspiro para algunos y una odisea para otros. No se puede generalizar. No me vale el argumento de que nuestros antepasados o los más mayores lo pasaron peor. No lo dudo, pero no me consuela lo más mínimo. E imagino que a ellos, mucho menos. ¿No han pasado ya bastante como para verse de nuevo afectados por todo esto?

Cuando alguien recibe una noticia dramática en cuanto a su salud, imagino que la única esperanza que les alienta es la posibilidad de decidir al menos dónde y con quién pasar esos últimos momentos. Pues ahora mismo, esa opción ha sido eliminada. De raíz.

Cruel, ¿no creéis? A mí me lo parece. Y la solución no sabría describirla. Pero no por ello me puedo permitir el lamentable lujo de obviarlo y borrarlo egoístamente de mi mente. Se trata de un debate moral devastador. Hay personas que se encuentran en un momento fatídico y a ello se han visto obligados a sumar la soledad. 

La maldita soledad. 

Esa penosa acompañante capaz de absorber la energía de cualquiera. Lo siento, pero me niego a renunciar a mi humanidad, por muy hijo de puta que sea este virus. No puedo sino enviar un sentido abrazo a todos aquellos que lo puedan necesitar. Ojalá pudiera acudir en persona a cumplir mi palabra. Ojalá pudierais elegir a la persona más adecuada para ello y compartir con ellos tanto tiempo como quisierais. Os diría que esto pasará, pero no lo sé. Nadie lo sabe. Así que me conformo con reconocer la única verdad que me atrevo a defender. Esto no es igual para todos. Ni lo va a ser. Así que, ánimo.

Mucho ánimo a todos.

viernes, 8 de febrero de 2013

¿Por qué?


Desde hace ya algún tiempo me entristece descubrir cómo la negatividad se apodera de mi entorno profesional inmediato. Durante toda mi vida he intentado, en lo posible, no sólo convivir en armonía con mi lado más optimista, sino impregnar a mis allegados de tal alegría y ganas de seguir disfrutando de nuestro día a día. En definitiva, devolver todo lo bueno que he recibido para continuar esa altruista cadena de favores y pequeños detalles, en la cual se debería convertir esta vida. Sin embargo, jamás había sentido tan cercana la desilusión reinante en estos tiempos de crisis.

Más allá de la preocupación que todos tenemos ante la complejidad con que se presenta el futuro económico, me aterra ver que la reacción ante esta evidente adversidad se empieza a tornar, peligrosamente, en resignación.

Sin duda, el golpe definitivo me lo atestó una experiencia tan interesante como evocadora.

En una visita reciente a la Universidad, me encontré rodeado por futuros arquitectos que, lejos de exprimir su etapa académica para cimentar las bases de sus consiguientes carreras profesionales a partir de conceptos como el interés y la pasión propios de un gremio tan vocacional como el nuestro; se encontraban deambulando sin rumbo definido entre asignaturas vacías y noches repletas de tensión y excesos de cruda y desproporcionada realidad.

Mi primera reacción fue de asombro. Escasos segundos después, mi cabeza evidenció el por qué. Si aquellos que ya estamos integrados de lleno en este complicado gremio, que ya hemos saboreado las mieles de la creatividad, nos regocijamos en lo complicado de nuestro devenir, ¿qué esperamos que respiren quienes por definición se encuentran en pleno proceso de aprendizaje, en los albores de un viaje hacia lo que parece ninguna parte?

Siempre que me preguntan acerca de mi etapa universitaria, me cuesta cierto esfuerzo comenzar mi discurso con palabras positivas. Si me ciño a la experiencia personal, la sonrisa es inmediata y rotunda. La satisfacción se desprende con cada letra que rebasa ansiosa los límites de mi boca.

Si, por el contrario, la cuestión se redirige hacia el trasfondo más profesional, las anécdotas se suceden caóticas, mostrando un panorama agridulce repleto de situaciones extremas, al límite de lo que considero mi estado normal de bienestar.

Con esto, me gustaría trasladar un problema detectado entre los jóvenes que hace temblar todos los mimbres de mi conciencia.

Si desproveemos a los jóvenes de la ilusión, de su interés por mejorar lo presente, de su irreverencia, de su capacidad crítica, de sus inquietudes, de sus ganas... ¿qué les vamos a dejar? Y lo que es peor, ¿quién va a asumir ahora ese papel en la sociedad? ¿Cómo vamos a avanzar si no es a raíz del empuje de los que vienen por detrás?

Estas preguntas, evidentemente retóricas, no hacen sino mostrar mi estado de inquietud. Un rumor continuo y maleducado que se empeña desde hace tiempo en distorsionar e interrumpir mi realidad, lastrando poco a poco mi moral.

Por desgracia, lo único que puedo aportar a título personal, son mis humildes palabras de ánimo con las que arengar a estos jóvenes arquitectos, para que crean en lo que hacen, para que sepan que se puede y para que afronten lo que está por llegar con la energía que necesitan.

Sin embargo, cada vez es más frecuente descubrirme en mitad de una charla o conferencia ante jóvenes emprendedores o estudiantes, cual motivador de masas, cual inyección de moral, renunciando al discurso previamente preparado y con ello a la materia académica correspondiente, para centrarme en el lado más humano de mis apesadumbrados oyentes.

Lo siento, pero me niego a aceptar esta situación. No podemos dejarles esta herencia tan horrible. No podemos cruzarnos de brazos ante tal desidia, ante tal desastre social.

Me gustaría que los organismos que, afortunadamente, han asumido a lo largo de la historia este papel, se sacudieran el miedo y la pena, se liberaran de la pesada carga que parece posarse sobre nuestras espaldas, para esforzarse en preparar a estos jóvenes valientes desde un punto de vista activo y decidido. Atajar de raíz el más mínimo esbozo de duda y contribuir desde nuestro presente a allanar todo lo posible su futuro.

Dejémonos de cambios absurdos y entrópicos, para retomar valores ancestrales y recuperar el espíritu docente de los sistemas educativos. Está bien preparar a los alumnos de cara a una realidad difícil, pero sin olvidar que no es aún la suya, y que de ellos depende que nunca lo sea.