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lunes, 23 de marzo de 2020

#YoMeQuedoEnCasa

Mucho se ha visto últimamente esta curiosa etiqueta que decora divertida cada una de nuestras muestras públicas de vida. Bien para expresar el chiste de turno con que destacar y rebajar la evidente tensión del momento, bien para reforzar nuestras más firmes convicciones acerca de lo trascendental de este periodo y lo fundamental de nuestra solidaridad al respecto.

En mi caso, me niego a hablar sobre el virus o la manera en que debemos enfrentarlo, porque me considero un total inepto en la materia. Creo que ya tenemos demasiadas aportaciones en tal sentido, y me preocupa que ante tanto ruido se nos escapen los acordes principales de tan fatídica melodía. Por ello, lejos de quedarme callado ante un cúmulo tan atroz de silencios impuestos por este estado de alarma, he preferido dedicar las pocas neuronas que aún se mantienen activas a estas horas, para analizar lo sucedido desde un punto de vista diferente. Un acercamiento arquitectónico, fruto de la deformación profesional innegable que adereza cada uno de mis actos.

Existe un matiz en todo esto que me resulta aún más interesante y mundano que la erradicación de la pandemia, lo cual por desgracia escapa a mi capacidad de comprensión. Estamos ante una oportunidad única para poner en crisis la tipología de vivienda que parece que estamos convirtiendo en referente del siglo XXI. Sí, sé que suena algo decepcionante, puesto que hoy día la gente dedica sus palabras a objetivos mucho más grandilocuentes o incluso heroicos, pero por mi parte prefiero centrarme en buscarle un lado positivo a lo que nos ocurre. No me cabe duda que la gran mayoría de las personas que puedan leer esto, si alguien lo hace, estarán a estas alturas bastante cansados de esas mismas cuatro paredes que nos obligan a permanecer sitiados contra nuestra voluntad. Sin embargo, siendo pragmáticos, jamás nos hemos visto ante una convivencia tan intensa con nuestra vivienda, y lo que es más importante, con toda la familia. Por tanto, estamos ante una oportunidad inmejorable para aprender de ello.

Creo que entre las múltiples tareas o retos que nos imponemos estos días, deberíamos analizar la forma en que interactuamos con nuestra casa y con cada una de sus estancias, si es que cuenta con más de una. Plantearnos qué zonas de la vivienda estamos usando más y cuáles menos. Qué zonas se podrían utilizar más, o qué ámbitos se han visto más modificados desde que estamos en este confinamiento. Estoy seguro de que muchos salones y comedores se habrán visto desarmados para dar paso a parques infantiles, talleres de manualidades o salas de conciertos improvisados. Quiero pensar que la sala de cine no estará ocupando la totalidad del tiempo del que disponemos, y por desgracia, dudo mucho que las casas se hayan convertido masivamente en bibliotecas dedicadas a la lectura y el aprendizaje. Al menos, no por gusto. Sea como fuere, me interesa enormemente como arquitecto, conocer la realidad que se debe estar manifestando tras cada una de las vivencias que os definen. Ojalá pudiera ir casa por casa para entrevistar a cada uno de vosotros y establecer así las conclusiones pertinentes que desembocaran en la vivienda perfecta, o al menos, nos permitieran establecer una serie de alternativas válidas.

Seamos realistas, tampoco espero una afluencia descontrolada de comentarios y aportaciones anónimas en tal sentido, pero no por ello debo renunciar a la posibilidad de que algunos allegados dediquen un rato de este encierro a compartir sus opiniones o sugerencias al respecto. Como os decía, me encantaría saber la nota que saca vuestra casa ahora que está siendo sometida a un examen tan exhaustivo. Muchos memes hablan de lo arriesgado de conocer a nuestras parejas o familias ahora que estamos obligados a pasar tanto tiempo con ellas. Pues bien, del mismo modo, y desde un planteamiento mucho más serio y constructivo, me encantaría aprovechar la oportunidad implícita siempre en momentos de crisis como este.

En aras de ayudar al estudio me he planteado una serie de preguntas básicas, a modo de ejemplo, que nos permitan iniciar un borrador de informe en esta materia; siempre teniendo en cuenta que tan importante son las respuestas como las premisas de partida de cada caso en particular:

  1. ¿Cuántos dormitorios tenemos en casa? ¿Cuántos somos en la familia? ¿Número de baños?
  2. Llevamos días conviviendo durante 24 horas con nuestra casa. ¿Qué estancia es la más concurrida? ¿Es esa estancia la más grande?
  3. ¿Se ha convertido esa estancia en la más diáfana, o flexible?
  4. ¿Hemos aumentado el tiempo empleado en el dormitorio, con respecto a una semana normal?
  5. ¿Qué papel juegan los niños en esta nueva realidad y qué proporción del diseño de la vivienda está enfocado a ellos o consensuado con ellos?
  6. ¿Ha vuelto la cocina a ocupar un lugar central dentro de la estructura familiar, ahora que tenemos tiempo que dedicar a nuestra alimentación, pero sin los formalismos de eventos puntuales o épocas caseras como las Navidades?
  7. ¿Hemos echado en falta la chimenea como representante histórica del hogar?
  8. ¿Seguimos orgullosos de haber cerrado la terraza para ganarle espacio al salón?
  9. ¿Sigue siendo ridículo ese balcón que nunca habíamos usado hasta ahora?
  10. ¿Hemos conseguido que la familia coma unida en el comedor, alejada de las pantallas y los estímulos visuales propios de esta generación?
  11. ¿Se han convertido en un aliciente las escaleras, en caso de que las tengamos?
  12. ¿Pensamos que las ventanas de nuestra casa deberían ser más grandes o más pequeñas que las que tenemos?
  13. ¿Nos hemos hartado de algún elemento o aspecto en concreto? ¿Se nos ha quedado pequeño el televisor?
  14. ¿Echamos en falta espacios más abiertos? ¿O por el contrario nos gustaría tener más privacidad?
  15. ¿Está nuestra casa preparada para poder trabajar en ella?
  16. ¿Echamos en falta más estancias independientes para poder separar las distintas actividades o hobbies entre los integrantes de la familia?
  17. ¿En qué medida las mascotas han influido en la convivencia familiar de los distintos espacios?
  18. ¿Qué es lo primero que cambiaríamos de nuestra casa si pudieramos reformarla mañana?
  19. ¿Qué es lo último que tocaríamos en tal caso?
  20. ¿Qué nota le daríamos a nuestra casa, del 1 al 10?

Podríamos seguir así durante horas, pero creo que lo importante no es responder cuestiones concretas o preestablecidas, sino que cada uno analice y sea consciente de las características que definen a su vivienda, y a partir de ahí establezca un mínimo listado de pros y contras que nos permitan mejorarla en un futuro. O en su defecto, contribuya a descifrar los entresijos de nuestras necesidades específicas de cara a la búsqueda de nuestra siguiente casa, bien sea en alquiler o en propiedad.

De hecho, creo que esta última cuestión es otra de las grandes preguntas que deberíamos hacernos. ¿Pensáis que vuestra próxima vivienda sería en propiedad o de alquiler? Y si no es mucho preguntar, ¿por qué?

En fin, estoy seguro de que aquellos que sigáis leyendo este artículo habréis captado perfectamente la idea que se esconde tras estos párrafos. Así que confío en que hayan sido capaces de evocar en vosotros un mínimo de inquietud por los espacios que condicionan, ahora más que nunca, vuestro día a día y el de vuestras familias. En definitiva, un ejercicio de reflexión a través del cual entender el posible valor de la arquitectura y el diseño en nuestras vidas. No con el objetivo de halagar a nuestra profesión, sino con el fin de exigirle mucho más.

Los arquitectos siempre nos hemos definido como una herramienta fundamental para la sociedad. Es momento de que os lo creáis y empecéis a ayudarnos a resolver los complejos dilemas espaciales asociados a una sociedad cambiante y en constante e intrépida evolución.

Muchas gracias de antemano por vuestra colaboración.

Ánimo y mucha salud!

#YoAnalizoMiCasa

lunes, 20 de mayo de 2013

De tapitas con... Jordi Vinyals


Un lunes más me encuentro ante uno de los principales referentes arquitectónicos que han condicionado mi carrera. No se trata de un afamado arquitecto, al menos todavía, pero sin duda aspira a convertirse en ello. Apunten bien este nombre: Jordi Vinyals.

La incredulidad podría apoderarse de algunos y desconfiar de tal afirmación, sin embargo, un simple vistazo a su curriculum, acallaría todo intento o amago de duda.

Veintisiete años, cinco idiomas fluidos, más de tres años de experiencia en los mejores estudios europeos del momento (incluidos Miralles, Nouvel y Kuma) y una carrera académica llena de logros, sólo podría verse ensombrecida por su gran trayectoria personal. La cara oculta de toda luna académica, tan importante como obviada en la mayoría de curriculum contemporáneos.

Un amante de la lectura, así como cualquier representación del arte, que no alardea de una cultura admirable y una madurez sorprendente. Humilde erudito, sorprende su aspecto más melómano.

Nuestra amistad surge como toda buena amistad debe surgir, sin querer. Casi de casualidad, nuestras trayectorias se encuentran en un lugar remoto, Berlín, atraídos por un interés común, la arquitectura de esta bella capital europea. Todo ello acompañado del consiguiente interés por el idioma alemán. Para ser completamente sincero, tampoco negaré que su ajetreada vida nocturna y su interminable oferta cultural influyeran en la elección de este destino Erasmus, al menos por mi parte.

Conviviendo en la misma residencia, a pocos meses de su demolición, amigos comunes nos recuerdan que compartimos la misma Escuela de Arquitectura (TUBerlin), lo cual deriva en lo que considero el inicio de todo esto:

Vagamente conocido, mi improvisado compañero de Proyectos, se dirige a mí a escasos segundos de comenzar la exposición con la cual introducirnos a nuestra profesora y futuros compañeros:
    - ¿Prefieres que nos presentemos en Inglés o en Alemán?
    - Ante tremenda tesitura, logro acallar la inmensa carcajada interna que invade mi interior. Sereno, respondo con un conciso: - Lo que prefieras. Empieza, que yo te sigo.

Lo que entendí como un acto de excelente superioridad, resultó ser una muestra más de su grandeza y de mi atrevida valentía. No me mentía un ápice al permitirse elegir entre ambas alternativas, de la misma forma en que mi sinceridad quedó presente al transmitir mi lamentable soltura en ambos idiomas por igual, así como mi garantizada capacidad para secundarle.

Así fue. Afortunadamente decidió iniciar con el inglés, la que sería la primera de muchas de las intervenciones más divertidas que, estoy seguro, ha vivido tan interesante universidad. Capaces de suplir nuestras carencias idiomáticas, especialmente en mi caso, con el desparpajo y simpatía propios de estas latitudes, logramos en pocos días evitar la indiferencia de nuestros asombrados espectadores.

Lo más importante, sin duda, ver que tras toda esa alocada fachada de sonrisas y diversión, se escondía una maravillosa pasión por nuestro trabajo.

A día de hoy, en plena visita por tierras andaluzas, este divertido catalán afincado en París demuestra una vez más su envidiable capacidad para disfrutar de la vida y hacer más fácil la de aquellos que le rodean.

Sin más, les dejo con el desarrollo de nuestra conversación.

Bueno, empecemos fuerte: ¿Que es para ti la arquitectura?
¡Demasiado fuerte! Creo que soy muy joven para dar definiciones, así que prefiero citar algo que leí ayer en un libro de Pallasmaa: “el proyecto moderno ha albergado el intelecto y el ojo, pero ha dejado sin hogar al cuerpo y al resto de los sentidos, así como a nuestros recuerdos, nuestros sueños y nuestra imaginación”. La apunté en mi cuaderno, creo que es una definición muy vigente si pensamos en las crecientes experiencias de distanciamiento y soledad en el mundo tecnológico actual.

Sí que empezamos fuerte, sí. Dicho esto, ¿cuándo decidiste ser arquitecto?
Pues tengo hermano y padre arquitectos, con eso ya te lo he dicho todo! Lo viví en casa desde pequeño, viajábamos mucho y con mi padre perseguíamos las piedras. Cuando empecé la universidad tuve la sensación de que era lo que siempre había querido estudiar.

Y ahora en serio, ¿con qué frecuencia te arrepientes?
Jajajaja. Si hubiera sabido la que venía mejor hubiera estudiado para inspector de hacienda que allí sobra trabajo, jaja. No, en serio, creo que arrepentimiento no es la palabra. Considero que los estudios de arquitectura son muy completos y de ellos aprendí a disfrutar de muchas cosas de dentro y fuera de la arquitectura. Hay pocas carreras que te den eso. Sin embargo, es cierto que después de unos estudios muy exigentes, el futuro profesional es menos esperanzador que nunca. Tengo amigos cercanos, ingenieros o abogados, que al menos pueden, con más o menos suerte, dedicarse a lo que han estudiado. En nuestro país, la mayoría de arquitectos de nuestra generación no pueden dedicarse a ser arquitectos y si lo hacen, aceptan unas condiciones laborales frecuentemente inaceptables.

Estoy de acuerdo, la verdad. ¿Cual consideras que es el proyecto más relevante que has hecho hasta ahora y cómo describirías la experiencia?
Sabes, al final cada proyecto en el que trabajas es relevante. De alguna manera entre el diseño de un mueble y un plan urbanístico, el ejercicio mental es el mismo, lo único que cambia es la escala. En Barcelona tuve la ocasión de llevar el diseño de una silla en mimbre, parece sencillo, pero el ejercicio de dominar un material es interesantísimo. Más tarde ya en Francia, pasé a trabajar en proyectos de gran escala y de urbanismo aprendiendo a coordinarme con toda la maquinaria de los grandes despachos. Enganché el Museo Louvre de Abu Dhabi en pleno desarrollo, me acuerdo la arquitecta americana que parametrizó la cúpula para reducir la temperatura exterior de 50 a 35 grados, y como los ingenieros británicos estudiaban como aguantar la cúpula de 180m de diámetro con 4 apoyos, puras virguerías! Después, mi paso a Kengo Kuma fue una vuelta al despacho familiar, aquí en París somos unos veinte, y uno puede participar plenamente y asumir más responsabilidades. Se respira el ambiente de equipo joven, con muchos proyectos por delante y con ganas de hacer bien las cosas. Justo ahora venimos de entregar un concurso para una filarmónica. Creo que la arquitectura japonesa tiene muy buena recepción en Francia y, ¡esperemos que dure!



¡Espectacular! Y a día de hoy, ¿qué le dirías a un estudiante de primero?
Que si quiere una vida fácil se vaya a la facultad de enfrente, jaja. No, es una buena pregunta. Recuerdo la primera frase que soltó Elías Torres en mi taller de Proyecto Final de Carrera: “A vuestra edad, yo tenía mucha menos idea de arquitectura que vosotros. No tengáis miedo a preguntar, no tengáis miedo a aprender”. Fue un año magnífico… Eso después de que pasara los primeros cursos de la universidad callando muchas peguntas a profesores que escondían su inseguridad intelectual con el descrédito directo al alumnado. A un alumno de primero le diría que pregunte cada frase, ¡cada palabra que no entienda! Solo un alumnado crítico puede cambiar las cosas.


Ojalá pudieras hacerlo, porque es uno de los mejores consejos que podrían recibir. Si tuvieses que escoger un proyecto ajeno, ¿cuál sería y por qué? Y puestos a elegir un arquitecto, ¿quién?
No tengo proyecto preferido, del mismo modo que no tengo arquitecto, color, libro o canción preferida. ¡¿Por qué quedarse con uno?! De cada buen arquitecto se sacan lecciones. Viviendo en París he tenido ocasión de descubrir edificios increíbles, pero tal vez, el último edificio que me impactó fue la casa-museo del arquitecto John Soane en una breve visita a Londres. No te sabría dibujar ni un alzado, ni una planta, ni una sección representativa del proyecto pero es uno de esos proyectos que no entran por el ojo, sino por el ambiente tan especial en que te sumerge. Pero volviendo a la pregunta, personalmente estoy satisfecho de que los últimos Pritzker hayan caído en manos de arquitectos suizos, portugueses y japoneses, creo que evidencia una autocrítica a la arquitectura icónica que ha predominado en los últimos años.

Interesante reflexión. De no haberte decidido por esta profesión, ¿cuál hubieses elegido?
Creo que periodista. ¿¿Aún estoy a tiempo, no?? ¡No lo he descartado! Jaja. Me gusta escribir y creo que los periodistas tienen la oportunidad de leer sobre infinitos temas con un contacto social mucho más cercano del que tenemos los arquitectos.

Siempre hay tiempo, aunque no creo que te haga falta. Jaja. Seamos sinceros, ¿cuál es tu mayor miedo?
Tengo la gran suerte de estar muy activo profesionalmente en estos momentos. Combinar el ritmo de concursos internacionales con calidad de vida personal es un tema que siempre me ha preocupado. La profesión de arquitecto es muy exigente y motivadora, saber encontrar el equilibrio con las demás parcelas de la vida lleva su tiempo.

Desde luego que sí. Bien, ahora que ya te conocemos, la pregunta estrella: ¿cuál es tu consejo para salir de la crisis?
Creo que no soy el más apropiado para dar una respuesta a la crisis española ya que la estoy viviendo desde el extranjero. Me preocupa pensar que un país que ha invertido y generado por primera vez una generación universitaria de las mejores de Europa, no tenga mecanismos para atraer o, al menos conservar, el talento generado. Las universidades españolas están muy bien consideradas en sectores como medicina, ingenierías o arquitectura. Yo mismo he vivido en distintos países y he experimentado este respeto internacional hacia la formación universitaria española. Parece absurdo que un país que hasta hace poco ha vivido años de gran crecimiento económico, no haya sido capaz de generar un tejido empresarial más diversificado, especializado e innovador. ¿Soluciones? Becas de retorno, campus de investigación, fomento a las empresas jóvenes, programas de intercambio… ¡hay que apostar por nuestra generación!

Di que sí, a ver si te oyen. Pero, ¿cómo entraste en esta crisis?¿Cómo puede afectar a esta profesión, y a ti como persona?
Cuando acabé la carrera en el 2010, el empleo de jóvenes arquitectos ya había tocado fondo. Trabajé de prácticas en Miralles&Tagliabue durante seis meses, pero mi objetivo ya estaba en partir al extranjero. Buscaba trabajar en cosas que me motivaran y en Barcelona, los despachos que admiraba ofrecían situaciones insostenibles. Puedo equivocarme, pero creo que en estos momentos es mejor arriesgarse a montar algo por uno mismo o irse al extranjero antes que aceptar determinadas condiciones o tareas de muy bajo aprendizaje. Admiro muchísimo a la gente que, como vosotros, estáis luchando la crisis desde Málaga y que en un contexto tan negativo habéis logrado haceros un hueco. Algunos compañeros arquitectos también lo están logrando en Barcelona, aunque cuesta. En mi caso, preferí irme al extranjero con una beca Leonardo. Francia es un país aún muy activo a nivel de concursos públicos y he tenido la oportunidad de trabajar en despachos donde he podido aprender mucho y evolucionar como arquitecto. Diría que la crisis también tiene sus efectos positivos, se esta gestando una generación mucho más flexible e internacionalizada que espero que luego pueda volver, aportar y cambiar las cosas en casa.


Me alegra saber que compartimos ese optimismo. Por último y más importante, ¿qué queda del joven que se adentró en esta carrera?
¡Las mismas ganas de siempre…que no hay que perderlas!

¡Olé! Puede que la gente piense que esto es un simple homenaje de amigo, pero me gustaría aclarar que es mucho más que eso. Se trata de una muestra inequívoca de admiración con la cual pretendo transmitirles una inyección tan necesaria como interesante de optimismo y humildad. Un placer que, una vez más, considero oportuno compartir para permitirles ser partícipes de un honor de este calibre. Confío en que les guste tanto como a mí. Por mi parte, eres siempre sinónimo de alegría, inteligencia y aprendizaje. Sin más, darte las gracias por tu tiempo y por dejarme disfrutar de tan agradable compañía. Te debo la visita. Sinceramente, un amigo. Un abrazo.

Y hasta aquí nuestro #LunesdeTapitas de hoy.

Un saludo.


De tapitas con...

Jordi Vinyals
Arquitecto




martes, 2 de abril de 2013

Mi alter ego en twitter


Probablemente muchos de vosotros hayáis llegado a este peculiar artículo a través de un tweet, o como poco, estéis familiarizados con términos como retweet, timeline, hashtag... Sea como fuere, me considero uno de los muchos millones de personas que dedican parte de su tiempo a deambular por ese extraño mundo virtual que alguien decidió inventar para nosotros. Sin embargo, no ha sido hasta ahora, tras muchos meses de experimentación y análisis empírico que me veo capacitado para descifrar el complejo código escondido tras esos escasos ciento cuarenta caracteres.

A lo largo de este post, intentaré plasmar el resultado de dicha investigación científico-social, un recorrido por los diferentes perfiles detectados en esta red, donde agrupar a los usuarios en función de sus comportamientos y actitudes. He aquí las diversas especies que pueblan nuestro nuevo mundo:

- El búho: todo usuario principiante decide adentrarse temeroso en este extraño pero interesante escenario, sólo por probar, guiado por la creciente curiosidad generada por su entorno más inmediato y potenciado por los medios de comunicación. Como no podía ser de otro modo, esta fase de adaptación y aprendizaje da lugar al tipo de usuario uno, el búho. Ese personaje dubitativo y algo tímido que comienza a seguir a aquellos famosos y usuarios más seguidos, con idea de entretener sus horas más aburridas del día, sin escribir nada por vergüenza y limitándose a observar desde la distancia en lo que parece la preparación infinita de su descomunal ataque, su primer tweet.

- El funcionario: la fase búho puede durar días o incluso meses, según el tiempo libre del individuo, su afición a la informática, si dispone de smartphone o no, etc. Pese a ello, llega el anunciado día en que rompe una de sus barreras mentales para adentrarse en ese mundo tan llamativo como absurdo, tomando parte en el infantil juego de los “mensajitos”. Desde ese mismo instante, se inicia la segunda fase del proceso, la fase funcionario. Sí. Ese periodo en el cual, nos vamos incorporando a la dinámica poco a poco. De cada tres días que vamos, trabajamos uno. El resto nos dedicamos a observar y justificar nuestra visita con un retweet esporádico, dicho de otro modo, aprovechar el trabajo de otros para aparentar que estamos ahí, “al pie del cañón”.

- La madre coraje: esta nueva fase surge tras un largo periodo de “funcionariado” en el cual encontramos el verdadero sentido de ese tipo de vida, cansarse. Efectivamente, todo cansa, y llega un momento en el que el usuario acaba detestando esa apatía para aventurarse a una etapa más activa y participativa. Es entonces cuando surge la madre coraje que todos llevamos dentro. Un ser defensor por naturaleza, convencido de que cada tweet es una muestra inequívoca de excelencia, un candidato indiscutible a trending topic por el cual merece la pena luchar “a capa y espada”.

La siguiente etapa comienza con un cruce de caminos. Nos encontramos ante un verdadero punto de inflexión en todo este proceso social. Los resultados obtenidos durante el periodo de madre coraje condicionarán nuestro futuro más inmediato. Podemos rendirnos ante la fatalidad en forma de ausencia de seguidores y volver a la fase búho, o incluso optar por acabar con nuestro perfil. O por el contrario derivar en una de las diferentes variantes de lo que denomino la cuarta fase, según sea el grado de “cansino” alcanzado:

- El locutor de radio: es aquel individuo empeñado en describir a sus fieles seguidores cada instante señalado en su vida, un espejo gigante diseñado para reflejar cada aspecto considerado interesante de su alrededor. Ciertos tweets resultan interesantes aunque pocas son las vidas lo suficientemente excitantes como para no resultar algo cansinas.

- El “monologuista”: todos reconocemos el típico perfil del humor, tweets infinitos repletos de frases graciosas y chistes malos, siempre dispuestos a alegrarnos el día y arrancarnos una sonrisa. Sin embargo, de vez en cuando cansa tanta comedia y falta de seriedad en lo relativo a determinados temas de actualidad.

- La Bridget Jones: probablemente una de las más cansinas de este entorno virtual. La protagonista de este estereotipo responde a una necesidad compulsiva por transcribir cada segundo de su vida como si de un diario se tratase. Frases como, en el coche al trabajo, saliendo de la ducha, o de vuelta a casa; son sólo algunos ejemplos de lo que su falta de discreción es capaz de ofrecernos como deleite cotilla.

- El científico: personaje aplicado y concienzudo que, lamentablemente, acaba por creerse su valía hasta el punto de pretender inventar la pólvora una y otra vez con cada uno de sus tweets. En su esfuerzo por destacar e impresionar a sus seguidores suelen aportar información sorprendente y actual muy entretenida. El problema, cuando no encuentran el ansiado trofeo y comienzan a rellenarnos el TL (timeline) con noticias de segundo nivel o demasiado rocambolescas.

- El monotema: generalmente asociados a comerciales y representantes de empresas o productos de una determinada marca, que confunden su interés profesional por vender, con nuestro interés personal por aprender o desconectar. Toda información puede resultar gratificante siempre que no se convierta en una saturación excesiva de noticias similares y con un objetivo tan banal.

- La estrella porno: se caracteriza por creerse actor, sin darse cuenta de que lo único que saber hacer, realmente, es dar por... En fin, cansino por definición, nos “deleita” con una insufrible retahíla de tweets sin sentido y faltos de todo decoro personal.

- El bombero-torero: suele aparecer vinculado a representantes del ámbito político nacional, especialmente entrenados para “marear la perdiz” y demostrar su maestría en el uso del capote. Todo ello aderezado con grandes dosis de “apaga-fuegos” en los cuales mejorar una imagen tan estudiada como frágil, asumiendo el riesgo de salir derrotados ante el desconocimiento de la tecnología y el exceso de intermediarios, con el único objetivo de cosechar alguna victoria parcial en forma de típica foto de éxito y cercanía.

En definitiva, simples estadios intermedios hacia lo que se denomina un buen “tuitero”, un referente de buen comportamiento que deriva en un gran número de seguidores convencidos y desinteresados, atraídos exclusivamente por la valía y calidad de la información facilitada. Dicho de otro modo, deambulamos entre los diferentes tipos de “tuitero” existentes, en nuestro afán por emplear esta oportunidad virtual para lograr convertirnos en las estrellas que no hemos podido ser en la realidad. Todo ello por olvidarnos de que en el fondo, no dejamos de ser personas jugando a ser otras personas, cuando lo único que realmente funciona es ser uno mismo y comportarse con la naturalidad con que lo haríamos en la calle. No necesitamos mayor oportunidad que la que nos brinda el día a día, si lográsemos desprendernos del orgullo, los prejuicios y los tabúes, como parece prometernos el teclado y sus escasos ciento cuarenta caracteres.

Con la sincera intención de que nadie se sienta ofendido por este ingenuo artículo de opinión y entretenimiento, me gustaría trasladarles ahora la patata caliente. Pasaros el turno y daros la oportunidad de mostrar vuestro desacuerdo.

¿En cual de estas fases os encontráis? #mialterego

lunes, 26 de noviembre de 2012

Concurso, luego pienso (10/14)


8. Vidrios

Entre argumentos y conversaciones internas me visita el sueño y me lleva con él hasta el inicio del citado viernes, un día importante que confío sea más corto de lo esperado.

La secuencia, cómica pero triste, sucede de la siguiente manera:

Placentera imagen paradisiaca – ruido infernal que interrumpe la escena – enfado – reconexión cerebral – asociación del sonido con mi despertador – enfado – búsqueda de teléfono móvil – caída de todo lo que inexplicablemente puebla mi mesita de noche – furia – encuentro fortuito con el ansiado dispositivo – muestra desproporcionada de cariño – silencio – felicidad – nueva interrupción – enfado – asimilación de los cinco minutos transcurridos – tristeza – negociación interna, incluidos complejos cálculos matemáticos – autoconvencimiento – manotazo hacia el despertador – silencio – satisfacción – cargo de conciencia – despertador – enfado – apertura ocular – picor – cabezada – segundo intento – mayor picor – lágrimas resecas – ¡otra vez el despertador! – fuego interior – cariño desmesurado ante el angelical canto del "aparatito" – nueva negociación – conciencia – esfuerzo ímprobo – contracción abdominal – salto de sábanas – torpeza – bocazo contra el maravilloso marco de la puerta – estiloso tambaleo – enciendo la luz - ¡Uf! – dolor – lágrimas – nubes – valiente continúo mi camino y me adentro en el mismísimo sol – mano izquierda en azulejos – mano derecha en la entrepierna – levantamiento de taza – apunten... – felicidad – un poco más de felicidad – cisterna – accionamiento del grifo – agua fría en la cara – más lágrimas – suspiro – alzamiento de la vista - ¡vamos ya! - ¿quién eres tú y qué has hecho con mi anterior yo? – recapacito – casi pienso – cierro el grifo – salgo del baño – patada a la indescriptible y amada puerta – dolor infernal – enciendo la luz en busca de daños – risa – breve descanso en la cama – pienso – miro la hora – estrés brutal – carrera para encender el termo – múltiples golpes – toalla – grifo – fría espera – ahora – ¡felicidad! – GRACIAS.

El resto del día no puede sino mejorar. Al menos en lo que a destreza y habilidad se refiere. La mañana me aporta nuevos conocimientos empresariales y un montón de contactos a los que confío en volver a ver, deseándoles lo mejor en sus respectivos proyectos. En lo que al Plan de Negocio se refiere, lo envío sin incidencias. Una llamada de teléfono me confirma la correcta recepción del archivo y me insta al próximo jueves para una nueva despedida y la consiguiente crítica del documento para pulir los posibles errores y discutir los pequeños matices que han sido modificados en esta última entrega.

Más de setenta folios de laboriosa investigación, tanto interna como externa. Una muestra de creatividad y realismo, sin precedentes para mí. Se trata de un trámite necesario y enriquecedor, que no ha hecho sino confirmar nuestro interés por acometer esta nueva hazaña, convencidos de su viabilidad y de la sociedad prevista.

Con la habitual escasez de tiempo que me caracteriza, me dirijo hacia el centro, en busca de un lugar donde nutrirme y cambiar el chip de cara al desarrollo de la tarde. Previo paso por casa para dejar los apuntes y cepillarme los dientes, alcanzo el bar, famoso meeting point del equipo, encontrando la típica estampa que conforma mi mentor frente al mantelito que le colocan junto al menú del día. Una sonrisa, cierta trivialidad mientras da buena cuenta del postre, y a trabajar. No tenemos ganas ni de perder el tiempo. Es momento de terminar cosas y disfrutar de un fin de semana muy esperado.

Comentamos las noticias que no paran de publicar los medios locales, acerca de un concurso, considerado por muchos la panacea de esta urbe en horas bajas. El maná que deberá alimentar las ilusiones del medio millón de ciudadanos que habitan esta metrópolis.

Superado el trámite organizativo que precede cada encuentro, nuestro compañero toma la palabra para explicar la evolución de la propuesta llevada a acabo por su equipo. Concisa y directa, nos encandila desde el primer momento. Acto seguido, ocurre lo mismo con nuestra idea y la solución concreta del anfitrión. Tal festival de diseño deriva en la focalización del equipo hacia el barrio que conecta esta ultima área de trabajo con el puerto. Una zona especial y cercana, tremendamente familiar para mis compañeros, dado que dos de ellos viven en las inmediaciones y el presente estudio se encuentra en él.

Comienza una tormenta de ideas muy fluida y productiva, tanto que nos vemos obligados a desprendernos de nuestras herramientas de trabajo para acercarnos en persona al lugar, trabajo de campo. In situ ponemos en crisis algunas de las ideas lanzadas, mientras reforzamos el resto. La emoción embriaga al equipo y nos anima a recorrer la orilla del río hasta la citada avenida por la cual deprimir nuestro parque. En ella valoramos a fondo la idea de nuestro anfitrión que sale bastante bien parada aunque no ilesa. Lo siguiente que se anima es la noche, que invade nuestra euforia y nos devuelve a la cruda realidad, aquella en la cual nos quedan muchas cosas por dibujar, dos hijos esperan la vuelta de sus padres en la soledad del estudio, y el reloj evidencia un exceso.

Alegres llegamos al estudio y empezamos a dibujar, absortos en el proceso proyectual, ajenos al tic-tac del reloj. Los vegetales se superponen sobre la pared de vidrio de la sala de reuniones en la que nos encontramos. Cada uno sostiene su lápiz o rotulador, empleándolo indistintamente como puntero láser, varita mágica o instrumento de dibujo. Las siguientes horas se agotan con una velocidad que pasa desapercibida ante nuestros ojos. Sólo la melodía de uno de los móviles es capaz de destruir este clímax.

Una de las mujeres nos precipita abruptamente a la realidad. Son las diez de la noche y ninguno hemos pensado, siquiera, en cenar. La cordialidad reinante deriva en una improvisada cena, donde son invitados los miembros del segundo equipo. Tras varias semanas de trabajo conjunto, nos ponemos cara. Se trata de dos jóvenes arquitectos, algo tímidos pero ilusionados. Compartimos nuestras vespertinas hazañas. Las anécdotas y consiguientes bromas se convierten en el hilo conductor de una noche risueña y agradable.

Como no podía ser de otra forma, nos despedimos cariñosos y animados, con nuestros mejores deseos para los dos días de descanso que están por llegar. El resto se resume en un frío tremendo que no parece dispuesto a abandonarme durante el camino de vuelta a casa. Una muestra de aprecio, a todos los efectos, excesiva.

Pero ya da igual, el frío, el cansancio, o cualquier otra contrariedad son paliados por la calidez de un hogar tan gélido como la calle, pero familiar y confortable. Podría acostarme sin problemas, aunque eso convertiría este viernes en un día más. Así que, tras varias dudas, me dispongo a ver una película en ingles, obtenida de mi academia de idiomas, para terminar de cansarme y mejorar en lo posible mi capacidad de comprensión.

Esta vez sí, satisfecho con este interesante thriller, sucumbo ante las tentaciones de alcoba. Almohada de plumas, prima del cálido edredón, dos mullidas mantas y su correspondiente sábana. Una sucursal moderna del paraíso sobre la tierra. Un espectáculo que no me canso de disfrutar. Poco a poco siento como el calor invade mi cuerpo y contagia a mi espacio vital anexo, despertando una sonrisa relajada. El peso específico de mis párpados se eleva exponencialmente con cada nuevo movimiento periódico e inevitable. Del mismo modo, mi peso se reduce ante la disolución de mis múltiples cargas. Comienzo a levitar sobre la habitación sin dejar de sentir el abrazo de mi ropa de cama. Uno, doos, treees, cuuaaatroo, ciiincoooo, seeee...iiiis, sieeeetee, oooochoo, nuuueeeev...

¡Hasta mañana! Será lo mejor.


Continuará... (Parte 10/14)

sábado, 6 de octubre de 2012

Concurso, luego pienso (8/14)


6. Instalaciones

Los días siguientes transcurren bajo una aparente normalidad en la cual perdura una constante preocupación por la temática del concurso que invade cada minuto de mi actividad no vinculada. Por suerte la recopilación de hechos asumidos me aporta cierta relajación y esperanza. Es cuestión de actuar sobre cada uno de los hitos detectados y plasmar en ellos los criterios que relucen en cada reunión.

Desde esta nueva perspectiva se enfoca nuestra siguiente jornada de trabajo. Como de costumbre, el estudio al completo de nuestro compañero se vuelca con nosotros, apoyándonos cada día y resolviendo las necesidades que surgen de cara a la nueva visita. Tal y como les pedimos la última vez, era conveniente que el equipo contase con unos planos a escala uno mil, para empezar la fase de representación y diseño propiamente dichas. Hasta ahora contábamos con el ordenador y un gigantesco montaje de la vista cenital del ámbito de actuación. Hoy debemos dar un paso más.

Nos dividimos en dos equipos para poder actuar simultáneamente sobre dos áreas concretas y así avanzar más rápido. Otro de nuestros compañeros nos sorprende con la incorporación de dos nuevos colaboradores, esta vez dos recién titulados con ganas de participar en un concurso de estas características. Miembros de su estudio, nos comentan que ante el interés mostrado por ambos, él está dispuesto a incluirlos en el equipo. Por supuesto. Es la respuesta unánime que acompaña su planteamiento. Cualquier ayuda es buena a estas alturas. La dinámica, para evitar un excesivo caos, transcurrirá con él como intermediario, creando una especie de sucursal del equipo en su estudio, donde en los ratos de los que dispongan allí, analizarán bajo su supervisión la zona del estadio de fútbol.

En mi caso, me emparejo con mi mentor, mi enlace a este grupo. Un compañero con el que coincidí hace ya más de un año, en la empresa para la cual yo trabajaba. Mi jefe fue quien me lo presentó de cara a la realización de un concurso para la construcción de un edificio muy interesante en nuestra ciudad. Ellos dos, coetáneos y amigos, llevaban tiempo pensando en una colaboración de este tipo en la cual luchar por un encargo de gran magnitud que pudiera suponer un paso al frente para ambos. Perfiles muy diferentes pero compatibles. En medio, como siempre, un servidor. Empleado del primero y su mano derecha en la oficina, me convirtieron de manera instantánea en interlocutor del segundo de cara a la ejecución del diseño. En esta ocasión el rol de anfitrión recaía sobre nosotros y eso implicaba una especial atención a los detalles. Ya desde el principio, el funcionamiento del equipo fue bastante sencillo y eficaz. En su caso por una relación de amistad y respeto, en mi caso, más admiración que amistad y misma ración de respeto.

Sin duda, una de las mejores propuestas generadas en el estudio. Cuando uno trabaja a gusto, se nota. De hecho el resultado, pese a que no logramos el encargo, evidenció este hecho. A partir de ahí, varias ocasiones en las que coincidimos afianzaron una creciente amistad, lo cual derivó en una segunda experiencia concursera. Esta vez un edificio de corte investigador y gran complejidad que nos empeñamos en desarrollar. La dificultad implícita en este nuevo reto, requirió lo mejor del equipo. Mucho de estudiar y aprender, a base de consultar expertos en la materia. Las bases, sin embargo, apostaban por una aproximación diametralmente opuesta al objeto del concurso. Aportado el anteproyecto de la idea, nuestra labor se centraba en la distribución más adecuada al uso previsto, pequeñas modificaciones de emplazamiento y recorridos, y una fachada coherente, eficiente y no menos sugerente. Como cualquier edificio público, la función estética ocupa un lugar primordial. Debíamos generar un emblema que encerrase una máquina muy precisa y delicada, cual reloj suizo de diseño. No nos fue mal, aunque la carga creativa se veía fuertemente disminuida ante lo encorsetado del encargo.

Pocos meses después, la situación económica del país y mis inquietudes personales, me alejaron del estudio al que había dedicado los dos últimos años de mi vida, para intentar una nueva aventura en la cual continuar mi proceso de aprendizaje y evolución profesional. No cabe duda, que el factor melancólico generado por mis experiencias internacionales previas, contribuyeron a esta búsqueda de la felicidad, de nuevas oportunidades.

Las redes sociales, volvieron a unir nuestros caminos, a través de comentarios reveladores que incitaban el cambio, descubriendo en mi mentor un posible aliado, un compañero de viaje dispuesto a aportar su experiencia profesional, más que compatible con mi juventud y mi conocimiento de idiomas.

Este último aspecto, corroboró la primera impresión, nos centramos en la búsqueda de un centro de formación capaz de prepararnos, conjuntamente, para tal destino.

De ahí en adelante, el deporte y la profesión se encargarían de consolidar una relación de amistad y respeto que desembocó en la citada llamada de teléfono que motivó este relato.

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La zona que nos es asignada no es otra que la del puerto, una de las más importantes pero también de las más complejas. Aparecen demasiados aspectos a considerar. El tráfico juega un papel fundamental en este sector, dado que coinciden simultáneamente desplazamientos de tipo ciudadano con su equivalente industrial, asociado a la actividad portuaria propiamente dicha. A eso debemos añadir el papel que juega el tren de mercancías nocturno y su ansiado equivalente diurno que ha estado desde los inicios presente en nuestras divagaciones.

Por último, y no menos importante, considerar el flujo peatonal, generado por ambos paseos marítimos, truncado ante la irrupción de esta superficie productiva.

Una de las claves de esta ciudad es la céntrica localización que ocupa el puerto de mercancías. Este hecho ha generado una tendencia histórica de negación de la costa, ofreciendo siempre la trasera a estas instalaciones y su entorno. Pese a las recientes iniciativas de apertura urbana que ha sufrido este sector, no logra desprenderse de la vitola de límite para sus ciudadanos. No sólo impide un tránsito transversal de acceso a la playa desde el centro histórico de esta ciudad, sino que, además, se ha constituido como un obstáculo frente al flujo longitudinal generado por el paseo marítimo, a través de sus dos escisiones.

Por tanto, uno de los objetivos principales de nuestra propuesta será la de facilitar la interacción entre estos dos tramos. Para ello, necesitamos encontrar un lugar de paso capaz de absorber esta masa de peatones e invitarla a continuar con su camino, disfrutando de un entorno incomparable. Inconvenientes, muchos. Entre otros, asumir que una zona tradicionalmente industrial y alejada del bullicio e interés turístico, debe acoger multitud de visitantes sin decepcionarlos y sin interrumpir la dinámica funcional que justifica esta extensión comercial.

Todas estas características conforman un dilema proyectual complejo, que se verá acrecentado por la presencia de nuestro río. Una nueva barrera que entra en escena para quedarse. No sólo es imprescindible resolver su desembocadura en el mar, sino que constituye el objetivo primordial del concurso al que nos enfrentamos.

Resumiendo, contamos con una estrecha acera junto a un muro que recoge los caminantes que disfrutan del clima cálido y el mar, y los dirige inevitablemente hacia una intersección en la cual confluyen sus vecinos simétricos, una de las avenidas de mayor tráfico, el río y un acceso al puerto de mercancías. Esto se traduce en una amalgama de puentes y pasos elevados sin orden ni concierto. Un río casi imperceptible, una avenida de ocho carriles y dos aceras estrechas, dos puentes más de circulación interna de camiones en el muelle, y un puente metálico espectacular para el paso del ferrocarril. Con este panorama, imagínense la tarea encomendada por el equipo, conectar estas realidades sin perjudicar el cauce fluvial ni lastrar el funcionamiento de este complejo y activo entorno urbano.

Como no podía ser de otra forma, centramos nuestros esfuerzos en resolver la situación desde la perspectiva específica del río. No podemos dejarnos llevar por la euforia, ni por la atracción que suponen todos los conflictos citados anteriormente. Nuestro cometido es diseñar una desembocadura digna que diluya una propuesta global ambiciosa pero concienciada. Un final de ensueño para nuestro parque de parques. Un bonito colofón a tanta expectación suscitada.

Con esta premisa, nos armamos de papel y lápiz y empezamos a plasmar las conversaciones que hemos mantenido a este respecto durante todo este tiempo. Inmediatamente coincidimos en la terminación verde del cauce. Acto seguido, el conjunto de puentes que colmata el nudo viario atrae nuestras miradas. No podemos permitir que se genere una cubrición del río destinada exclusivamente al tráfico rodado, ya que de ser así, el peatón se vería forzosamente relegado a un incómodo segundo plano.

Comienza un debate acerca de la futura ubicación que debería protagonizar la conexión ferrovial para desmembrar esta aglomeración y descubrir un río derrotado por su vecino salado. Este movimiento de fichas, favorecería la siguiente actuación que intentamos encajar, la desviación de los raíles que guían al tren hacia el seno de la plataforma de carga. Es ahí cuando, sin vacilar, comenzamos a trazar viarios alternativos para camiones, trenes y metro. Llevados por la temible euforia, hilvanamos una compleja red de neuronas interconectadas a través del río en sus innumerables infraestructuras. Cada medio de transporte ocupa su lugar, un lugar que nos parece predestinado por la propia configuración de este ámbito. Surgen problemas técnicos que parecemos resolver sin esfuerzo, con ideas tan innovadoras como coherentes. Este éxtasis creativo no encuentra fin, y en escasas horas observamos orgullosos el colorido mural de líneas y superficies en que hemos convertido aquel plano original, sobrio y desnudo.

Para nosotros la tarde acaba aquí. Nos sabemos convencidos y animados. Momento perfecto para desconectar. Ya habrá tiempo mañana para criticar la propuesta y detectar los errores. Esta decisión nos devuelve a la realidad del estudio, silencioso y frío. La ausencia de trabajadores ante el merecido abandono de su puesto de trabajo, nos revela una realidad muy cambiada. La luz artificial, tenue en el global de la estancia, una calma que se adentra por cada uno de nuestros poros hasta descubrirnos retrepados sobre nuestras sillas, sonrientes y agotados.

En ese instante decidimos sin hablar, acercarnos a intercambiar opiniones e interesarnos por la evolución de cada uno de nuestros compañeros. El propietario del local se encuentra ensimismado, dibujando distraído una sugerente conexión deprimida bajo el puente que da cabida a la avenida principal de la ciudad. Parecen haberse repartido el trabajo, centrándose cada uno en la resolución de un área muy concreta. El cuarto integrante, analiza concentrado dos de las áreas principales del recorrido. Por un lado repasa la zona del estadio que supervisa cada mañana junto a nuestros nuevos compañeros, y por otro se empeña en resolver el esquema de tráfico en una zona muy peculiar y trascendente.

Nuestra desconexión actúa como revulsivo ante nuestros colegas, que reaccionan cual resortes ante nuestra iniciativa. Inmediatamente entablamos una trivial conversación, resultado de la intensa confrontación de opiniones acerca de nuestros respectivos avances. El tono relajado y cordial con que nos vamos despidiendo de una nueva jornada de trabajo, contrasta con la tensión y agotamiento que revelan nuestros rostros.

Son más de las once de la noche y este dato nos aleja repentinamente de cualquier estado de relax conocido. Todos recaemos en lo tarde que se nos ha hecho. La cerveza que prometía nuestro estado anterior, es sustituida por una escueta despedida que precede a la disolución del grupo en estampida.

Mañana será otro día, que solían decir algunos.



Continuará... (Parte 8/14)

viernes, 14 de septiembre de 2012

Concurso, luego pienso (7/14)


5. Saneamiento

Ante la fallida embestida con la que afronté el día anterior, esta vez decido asegurar, centrarme en recopilar los pasos que hasta ahora podríamos considerar en firme, enumerar las ideas que hemos establecido ya como nuestra verdad y que deben ser aceptadas por el grupo como campamento base; un punto de partida sobre el cual avanzar, desechando todo aquello que podemos considerar prescindible.

Es entonces cuando me descubro sorprendido y orgulloso a partes iguales, consciente de que este tiempo atrás no ha resultado para nada en balde. Cuando enumero los hitos de proyecto que hemos detectado y debatido en las pasadas reuniones, empiezo a constatar algo que ya sospechaba al inicio de esta aventura: estoy aprendiendo a marchas forzadas sobre mi ciudad y mi profesión. Un curso avanzado e intensivo. Ese descubrimiento hace que todo lo demás merezca la pena.

Los citados hitos se definen como sigue:

Hitos de proyecto.

1- Puerto.
Sin duda una de las claves de esta ciudad y por ende del proyecto. No sólo supone un extremo en nuestro ámbito de estudio, siendo por tanto origen y final al mismo tiempo de una actuación que cambiaría la esencia de toda una urbe, sino que su localización y su influencia histórica han condicionado durante muchos años la identidad ciudadana. Con origen en la fundación fenicia de la ciudad, se le atribuye esta componente mercantil ya desde el siglo X a.C. Por tanto, cualquier iniciativa que nos planteemos deberá contar con la zona portuaria como eje principal de la propuesta.

2- Soterramientos.
Una de las soluciones más interesantes de cara a la reordenación del tráfico es aprovechar una idea ya testada en estas mismas condiciones y que nos permitiría facilitar la entrada y salida de los usuarios, sin por ello perjudicar la estancia de aquellos que permanezcan en sus calles. Parece fundamental ofrecer un nuevo espacio público en la orilla del río para invitar a los ciudadanos a apropiarse de un área tan suyo como el resto, derribando así barreras históricas y no siempre tan psicológicas.

3- Punto de inflexión.
Hablar de soterramiento supone hablar de un punto de inserción y otro de salida. Es decir, analizar en qué punto se supone que deberíamos acometer el enlace viario con la superficie. Esta conexión deberá respetar en lo posible la estructura viaria existente para no interrumpir los flujos correctos ya existentes. Además, la longitud exacta de soterramiento deberá ser analizada con especial interés, dado que a mayor longitud mayor serán las necesidades de implementar el número de entradas y salidas intermedias, con los consiguientes nudos de circulación que se generan en cada punto.

4- Punto de ruptura.
Actualmente la ciudad presenta una peculiaridad muy característica a la par que inapreciable por la mayoría de visitantes. La entrada principal desde la autovía se realiza de forma intuitiva y directa a través de un bulevar de doble carril por sentido de circulación. Sin embargo, a partir del estadio de fútbol, este bulevar se bifurca e invade ambas orillas, mediante una transición no tan intuitiva y por tanto conflictiva. Para que nos entendamos, es como si viniésemos por una cremallera cerrada, hasta que alcanzamos un punto en el cual la cremallera aparece abierta sin previo aviso. Para mayor desconcierto, se da la circunstancia, además, de que el viario intuitivo y agradable por el que circulamos continúa traicionero hacia el mismísimo caos, adentrándose peligroso en el seno del centro histórico, calles laberínticas mediante.

5- Jardín botánico.
Si antes hablábamos del puerto como uno de los extremos de esta actuación, podríamos aplicar sin duda la misma definición para este referente urbano, este atractivo turístico agraviado por una localización alejada y unos accesos tan complejos como poco promocionados. Por tanto, parece evidente que una de las principales bazas de esta actuación debe ser la integración del aclamado vergel. Un oasis de vegetación entre tanto asfalto y hormigón que, desgraciadamente, no logra formar parte del quehacer diario de nuestros vecinos.

6- Presa.
La contundente imagen que supone un muro de casi cien metros de altura en las inmediaciones de una ciudad tan plana como la que nos atañe, podría llegar a convertirse en un símbolo del miedo aterrador hacia los crecientes desastres naturales que arrasan, cada vez con más frecuencia, la corteza terrestre. Pese a los estudios técnicos que afirman la sobrada seguridad encerrada tras la muralla, no son pocas las voces que recuerdan accidentes similares que podrían justificar su eliminación o, al menos, incitar su reducción para disminuir con ello el riesgo asumido con su creación. Más allá del dilema técnico, no cabe duda que su reducción podría ofrecer grandes recompensas a la ciudad; entre otras, la creación de un nuevo parque a modo de balcón-mirador hacia el horizonte urbano y el lago natural que se generaría.

7- Alternativa técnica.
Otra de las opciones que se han barajado a lo largo de estos años de análisis y discusiones, es la restitución de la antigua presa, cauce arriba, permitiendo con ello un control previo que facilitara el funcionamiento de la nueva presa reducida. Para ello, se plantea también la posibilidad de generar otras dos presas intermedias para lograr un descenso gradual del agua embalsada. Dejando nuevamente de lado los pormenores técnicos de esta afirmación, se trataría de una atractiva concatenación de pequeños embalses que, dado en el entorno en el que se situarían, supondrían un nuevo reclamo para los usuarios de esta ciudad.

8- Reforestación.
Cuando uno analiza la historia del problema que nos atañe, la principal conclusión en la que todos coinciden, es en la causa. Las ciudades antiguas fueron siempre inevitablemente asociadas a un aporte de agua natural, en forma de río o embalse. La nuestra no fue diferente, de ahí su conexión al mencionado trayecto fluvial. Hasta aquí todo parece seguir un guión tan común como estándar. Es cuando mencionamos la evolución territorial del entorno inmediato, cuando detectamos una pequeña mella en el discurso. A raíz del reparto de tierras entre los conquistadores, acontecido en los inicios del siglo XVI, se comenzó una modificación masiva de la estructura superficial de la cuenca del río. Los extensos cultivos escondían una deforestación igual de extensa y agresiva. Sin recapacitar acerca de sus posibles consecuencias, se fueron eliminando hectáreas de arboleda con la excusa de alimentar a los ciudadanos. El uso del término excusa no es gratuito ni azaroso, sino que refleja un interés individual de enriquecimiento, ánimo de lucro, por parte de los terratenientes, que fomentaron con su imprudencia la impermeabilidad de una cuenca cada vez más deteriorada y peligrosa. La falta de absorción de unas tierras devastadas, supone un creciente aumento del caudal del río, así como de la virulencia de este. Los torrentes se volvieron cada vez más frecuentes y los días de lluvia no podían ser amortiguados por una tierra absorbente ni una amalgama de copas de árboles.

Por el contrario, las precipitaciones continuadas derivaron en un cauce descontrolado y sobrepasado. Las inundaciones no tardaron en llegar. Y con ello las tragedias. Por tanto, revertir esta situación debe llevar adherido la reforestación como emblema de campaña. No puede ser una solución inmediata ni cortoplacista, pero sí debe acompañar las reacciones que se generen para aportar cierta duración a estas iniciativas. Pensar en corto plazo sin prever el medio y largo plazo, es hipotecar el futuro de nuestras ideas. Condenarlas al fracaso antes de darles, siquiera, la oportunidad de triunfar.

9- Parque.
Una vez recorrido todo el ámbito de actuación, resolviendo los problemas tangenciales que en él acontecen, es momento de acometer el principal dilema del concurso. Intervenir sobre el cauce bajo la presa para contribuir a su integración urbana. Todos coincidimos en que la oferta de espacios públicos y vegetación es la mejor de las opciones para una ciudad acusada de adolecer de mayor cantidad de áreas con estas características, especialmente en la zona centro. Sin embargo, esto no es sino el principio de una ardua tarea. Definir este espacio como parque, sólo nos invita a pensar en una determinada dirección, sin por ello establecer las claves del ansiado diseño. Las dudas se mantienen en aspectos tan importantes como la cota, la presencia o ausencia de agua, el límite variable o invariable de cada sector, etc.

Al analizar el devenir del río por la ciudad, se detectan diferentes contextos, perfectamente reconocibles, que invitan a una solución cambiante pero unitaria. Una manera de absorber tales diferencias e inducir a una integración global, tan necesaria como compleja. De hecho, este se ha convertido en uno de los principales motivos para el fracaso reiterado de nuestras propuestas. Las ideas podían responder positivamente al área concreta en el que había surgido pero empezaban a mostrar sus deficiencias conforme las trasladábamos a lo largo de los seis kilómetros que debemos ordenar. No nos engañemos, sabíamos de lo complicado de este concurso antes de aceptar el reto. Desgraciadamente eso no nos exime de sufrir sus consecuencias. Necesitamos una idea tan ecléctica como su motivo, pero sin olvidar que una de las premisas de partida era lograr la unificación de este accidente geográfico heredado por la trama urbana.

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Como cabría esperar, con los argumentos redactados se escapa parte de mi vitalidad. El cansancio extremo que oprime mis sienes me recuerda lo extenso del día que comienza a expirar. Una señal que no puedo obviar. Necesito continuar la meditación desde una horizontalidad que me permita compartir mis pensamientos con la calidez de mis sábanas y el placentero soporte que me proporciona la almohada.
En este tipo de carreras de fondo, tan importante es el ritmo de trabajo como la frecuencia y duración de los descansos. Suena a frase hecha, pero es una de las múltiples verdades que uno aprende en nuestra bella carrera. Las noches sin dormir son sólo soluciones extremas a problemas ya inalcanzables. Lo correcto, sin duda, aprovechar las horas de concentración y resetear el sistema para retomar nuestra tarea con más fuerza e ilusión.


Continuará... (Parte 7/14)

viernes, 7 de septiembre de 2012

Concurso, luego pienso (6/14)


4. Albañilería


Entre pensamientos, dudas y ojeras transcurre una semana crucial. Han llegado el día “D” y la hora “H”. Estamos todos ahí, menos uno. La verdad es que la puntualidad nunca fue una de nuestras grandes virtudes, de ahí que el retraso se asuma con total normalidad. Pese a ello, somos perfectamente conscientes de que se trata de un día especial, no podemos continuar con el plan marcado, salvo que estemos los cuatro. Por esta razón, decidimos llamar al cuarto integrante, el cual tras un sin fin de disculpas, nos confirma que no podrá asistir hoy. Un malentendido telefónico y una inoportuna reunión se han convertido en las causantes de este nuevo contratiempo. Sólo el buen rollo reinante nos permite aceptar la noticia con una sincera sonrisa y un par de bromas hirientes hacia el inesperado ausente.

Ante las nuevas circunstancias, el equipo decide avanzar en el análisis de la ciudad y plantear las alternativas propuestas por cada uno de los tres asistentes hoy, de cara a un primer intento por encontrar un acuerdo global.

En esta línea, vamos exponiendo nuestras ideas, con la firme esperanza de coincidir en nuestros argumentos y facilitar con ello el desarrollo de la reunión.

Tres horas más tarde, la principal sorpresa reside en que estamos completamente de acuerdo: no tenemos ni idea de qué hacer aún. Todo se nos va en buenas intenciones. Pero nos faltan muchos datos para poder descartar alternativas.

Aunque esta tarde me deja una frase que intentaré recordar siempre, una afirmación tan simple como real, una gran verdad que ayuda a entender mejor las cosas. Una revelación que nos brinda uno de nuestros compañeros y que se une al conjunto de lecciones que consigo extraer de esta inspiradora experiencia.

Esta vez me enseña que no debemos anular la ilusión de los demás, por muy en desacuerdo que estemos, sino empatizar con ellos para juntos encontrar la mejor solución, ayudarles a pulir su planteamiento en función de nuestra crítica:

Es muy fácil destruir pero muy complicado ayudar a construir.

Así que, tras horas de deliberación y buenos ratos, aderezados como de costumbre con divagaciones varias, podríamos decir que estamos casi como empezamos. Sólo hay una diferencia fundamental, tenemos aún más claro que debemos seguir investigando acerca de la ciudad en su conjunto, sus relaciones históricas y actuales con el río, las peculiaridades técnicas implícitas en cada propuesta de futuro. Sin olvidar que un día completo de trabajo produce grandes esbozos que, siempre y cuando seamos capaces de aislar entre la morralla, nos proporcionan algo de luz entre la supuesta oscuridad en la que abandonamos el estudio.

Más de doce horas de trabajo empiezan a pesar en el interior de una cabeza a punto de estallar, eso sí, por voluntad propia. Es decir, hemos renunciado al derecho al pataleo de antemano. Sólo queda dormir y confiar en que mañana el amanecer venga acompañado de un poco de inspiración y un mucho de ilusión y ganas.

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Sin duda es así, el alba no defrauda a nadie. Las legañas aprovechan unas más que evidentes ojeras como trincheras en el campo de batalla en que se convierte el lavabo. No encuentro la manera de abrir por completo mis ojos. Entre el sueño, el cansancio y los escasos minutos que llevo en este nuevo día, todo parece dispuesto para evitarme el primer sobresalto de este sábado, o quizás domingo, desde luego confío que no lunes. No sabría decir siquiera si es de día o de noche. Mis necesidades fisiológicas han decidido interrumpir mi idilio con Morfeo.

Evidentemente se trata de una decisión unilateral en la cual no me siento más que un mero intermediario, un medio para lograr un fin tan necesario como inapropiado. De hecho, sigo pensando que hay una parte de mí que continua entre sábanas y almohadas. Los intentos en vano por ver algo más que luces borrosas que me taladran el cerebro e incentivan mi creciente desorientación, me invitan amablemente a hacer uso de una de las mayores lecciones aprendidas a lo largo de mi periodo académico: cuando veamos el mismo muro una y otra vez frente a nuestro camino, es momento de alejarse para encontrar las fuerzas requeridas para franquearlo.

Conclusión: Morfeo, ¿dónde lo habíamos dejado?

Ahora sí, mis párpados recuperan su ligereza habitual, mis ojos parecen filtrar adecuadamente la luz y el agua del grifo ha abandonado su repentina acidez.

- Esto marcha - me digo convencido.

Mi velocidad de movimientos recuerda al autentico rey de la selva, ¡qué espectáculo!. No, no me refiero al león africano. Por desgracia, me centro más bien en la selva sudamericana, y en vez del poderoso felino depredador, un parsimonioso perezoso. Así es, cada trayecto que realizo transforma mi diminuto apartamento en la mayor de las mansiones victorianas. A veces me encantaría poder huir de mi cuerpo para observarme incrédulo a lo largo de mi majestuosa hazaña: un pasillo de cinco metros en más de quince minutos. Probablemente tendría tiempo incluso de ir a comprar una cámara de video para constatar tan lamentable cualidad, antes de detectar mi peculiar disociación.

Por suerte, la disociación voluntaria no es una de mis escasas virtudes, así que me conformo con el reloj como única prueba de mi preocupante lentitud. Afortunadamente, son veintisiete años ya los que he compartido conmigo mismo, así que es difícil sorprenderme.

Mi esfuerzo ímprobo da resultado y alcanzo victorioso la habitación del ordenador. Me dispongo a leer el periódico, consultar la actualidad de mis redes sociales y vagar libremente por la red mientras mi cuerpo termina de espabilarse. Me plantearía desayunar algo antes de ducharme, pero si no me fallan las cuentas, ya llego tarde al almuerzo, así que mejor me planteo cómo nutrirme.

El deambular virtual se antoja menos aleatorio que de costumbre. El standby en que se mantienen mis neuronas a lo largo de la noche se evidencia en una búsqueda intencionada de lo que entiendo, puede contribuir a la constitución de una estrategia proyectual en el río. Varios artículos interesantes, un par de imágenes de ciudades concretas y un artista inspirado, acaban por transportarme hasta un bosque del noroeste norteamericano. Un conjunto de piedras alineadas y milimétricamente colocadas que evocan un río inexistente pero conceptual. Un acto repleto de arte y simbolismo que despierta mi lado más abstracto, ese capaz de teorizar sobre elementos tan cotidianos como inverosímiles.

Los siguientes minutos transcurren con mi cuerpo entre los fogones, aunque mi mente continúa colocando piedras manualmente canteadas a lo largo de una línea tan imaginaria como esta propia acción. En un primer momento puede resultar trivial, gratuito o excesivamente artificioso, pero en el fondo esconde una deslumbrante brillantez, la capacidad de invitarme a pensar, soñar, diseñar.

Empiezo a tejer mi tela de araña de nuevos horizontes. Creo un nuevo hilo conductor sobre el que fundamentar mi discurso conceptual. Ofrecer a los ciudadanos el río que tanto añoran sin necesidad de inundar su cauce. Sanar una herida sin necesidad de taparla, sin recurrir a la sutura como mecanismo de cierre. Ante estos casos, lo más peligroso es dejarse llevar por la inmediatez que trae consigo la reacción definida como el acercamiento de orillas. Cuando se abre una brecha de cualquier tipo entre dos elementos previamente unidos, lo primero es intentar recuperar su estabilidad y cohesión anteriores. Para ello, volver a juntar sus extremos o rellenar el nuevo vacío para recuperar el continuo original, son las dos alternativas que podríamos plantearnos.

Sin embargo, una nueva opción acaba de llamar a mi puerta. ¿Por qué no recurrir a una intervención dirigida, por el contrario, a la brecha social, emocional, sin necesidad de ocultar una deformación natural nada vergonzosa? Si objetivizamos esta cuestión, descubrimos que el problema reside en su componente más subjetiva, dado que un accidente geológico no es más que otra característica natural de las muchas que conforman nuestro territorio. Es lo que esta aparente imperfección genera en la conciencia colectiva lo que realmente podríamos calificar como un problema. Por tanto, quizás no sea tan surrealista o desacertado centrarse en la manera de entender la fisonomía de la ciudad por parte de sus usuarios. Atacar sus emociones y su forma de mirar.

No tengo claro si debo actuar de una forma o de otra, pero me alegra haber encontrado un objetivo claro, solucionar un trauma social que afecta a la percepción ciudadana del entorno. Para empezar, acabo de definir la meta, un fin. Sólo falta dilucidar cuales son los medios más apropiados y eficientes para llegar hasta él. La sonrisa reaparece triunfal, mezcla de la satisfacción asociada a este descubrimiento y a la imagen que supone verme devorando la causa del festival de olores surgido con el abandono de la cocina.

¿Qué mejor manera de alimentar mi intelecto que con un cóctel de inspiración y nutrientes?

Desconecto temporalmente, gracias a la inestimable ayuda de lo que algunos denominan la “caja tonta” mientras yo he de reconocerla, inevitablemente, como parte de mi vida. No creo en la estupidez de los elementos, sino en la de sus usuarios. En mi caso, esta pseudo-estupidez me aporta el necesario “descanso del guerrero”. Un apetecible parón en el cual alejarme, una vez más, de mis pensamientos para volver en breve con más fuerza.

Lo prometido es deuda, ha llegado la hora de reavivar las cenizas candentes para afrontar un nuevo asalto en el combate que libro por una ciudad mejor.

Una vez definido mi objetivo, sanar un trauma social bien arraigado en nuestra memoria, prosigo con el enfoque simbólico del proyecto. Aprovechando la investigación generada para la ejecución de mi Proyecto Final de Carrera, activo mi cerebro en clave abstracta. Si algo he aprendido en este tiempo, es que quizás la mejor manera de hacer frente a aspectos de tipo psicológico, es actuar del mismo modo en que se producen los problemas, solventarlos a través de una actuación física capaz de generar emociones.

Empiezo a pensar en el río como un elemento de separación urbana, un muro horizontal que deprimido se eleva por encima de todos los ciudadanos. En esta línea argumental, me empieza a resultar de gran interés recurrir a su antihéroe, erigir un autentico muro que desde su evidente verticalidad genere un efecto de horizontalidad en las mentes de sus usuarios. Un muro que simbolice esta vez la unión entre dos mundos ubicados tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Se suceden los bocetos sin sentido, sin orden ni concierto. Intento que el lápiz transmita unas sensaciones tan sugerentes como esotéricas.

Como no podía ser de otro modo, al cabo de un rato me descubro exhausto y absorto en ideas irrealizables. Pese a que el fondo de mi razonamiento pueda resultar inspirador, no es un camino coherente para alcanzar un proyecto tangible y físicamente realizable. Como poco, puede reforzar el discurso generador del diseño definitivo. Así que abandono este planteamiento, para albergar nuevas esperanzas de éxito.

Reviso actuaciones similares ya debatidas anteriormente en el seno del equipo. Esta vez, analizo aspectos más banales pero igual de importantes. ¿Cómo resuelven el tránsito entre río natural y río modificado en el ejemplo de Niza? Ellos han optado por el embovedamiento, y he de reconocerme a favor de esta iniciativa. La pega: actualmente supondría un coste tan alto como innecesario. Pese a que desde el principio fue una de las ideas que resonó con más fuerza en mi interior, me mantengo fiel a mi compromiso profesional de valorar todas las opciones por igual.

Llego a pensar, incluso, que esta solución debería llevar años ya ejecutada. Es más, no creo que pertenezca a un equipo de arquitectos la responsabilidad de acometer una actuación tan técnica como justificable. Es el tratamiento superficial de dicho embovedamiento lo que debería recaer sobre nuestro gremio. La capa ciudad nos afecta en tanto en cuanto suponga la interacción entre hombre e infraestructura. Lo que ocurra bajo nuestros pies, debe ser tenido en cuenta, sí, pero no me considero, como arquitecto, el más adecuado para interceder en su planificación. Preferiría intervenir exclusivamente en su fachada urbana, aquella capaz de cambiar nuestro día a día.

El cansancio hace mella, este tipo de pseudo-razonamiento con claras trazas de pesimismo y rechazo no muestran sino una necesidad clara de descanso. Puede que refleje, además, un atisbo de frustración, signos de cierta desesperación ante un problema, en ocasiones, demasiado grande para un simple arquitecto. Es entonces cuando se debe parar, recapacitar acerca del trabajo realizado y destacar los aspectos positivos que éste nos ha supuesto. Siempre los hay, más o menos numerosos, pero igual de esperanzadores. Lo suficiente como para dejarnos con buen sabor de boca y animarnos posteriormente a proseguir el camino, con miras a un éxito ansiado y posible.

Una vez más, la noche trae consigo un placentero vacío que genera la organización de ideas meditadas, la negación de los desánimos y la creación de espacio vacante dispuesto a ser cubierto por nuevos debates internos, nuevos planteamientos.



Continuará... (Parte 6/14)