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miércoles, 28 de junio de 2017

Bien Málaga, Bien

Aunque sólo sea para variar, hoy me gustaría aprovechar estas letras para poner en valor una actuación tan ínfima como ilusionante, la mejora de la avenida de Andalucía.

Probablemente se trate de una intervención que esté pasando bastante desapercibida, incluso carezca de todo interés para la mayoría de la sociedad, pero personalmente creo importante reconocer lo interesante de este cambio en la ciudad.

Como muchos estarán pensando, soy consciente de que aún no se encuentra terminada en el momento de escribir estas palabras y por tanto, es algo arriesgado celebrar su ejecución. Pero este artículo no va de resultados, va de intenciones.

Como bien sabéis, Málaga en los últimos años ha pecado de falta de iniciativa, exceso de perfeccionismo o más bien de excusas. Sea como fuere, son múltiples los ejemplos que demuestran que en ocasiones necesitamos más de un empujón para lanzarnos y acometer nuevos proyectos en la ciudad. Más bien, somos de esperar a que nuestro “príncipe azul” venga y nos deleite con su magnífica habilidad para engrandecer esa “Super Málaga” que todos queremos.

Ahora que tanto se habla del conflicto del Astoria-Victoria, de si el elegido era más o menos loable, más o menos acertado, más o menos mediático, creo que es fundamental mirar un poco más allá, para entender el verdadero problema que se esconde tras toda esa absurda e interesada polémica. El dilema, o puede que gran error de este núcleo urbano, radica en la falta de interés por hacer cosas, aún a riesgo de equivocarnos. Málaga necesita que ocurran cosas, necesita que se intenten cosas, acertadas o no. Y sí, sé que muchos criticarán estas palabras porque pueden llevar a engaños y poner en riesgo la imagen idílica de esta ciudad. Pero la realidad es bastante explícita.

Lo grave del Astoria-Victoria no es lo ocurrido en el fallo del concurso, no. Lo grave se remonta más atrás, cuando la ciudad adquiere uno de los suelos más interesantes y valiosos de nuestro entorno, urbanísticamente hablando, para nada. Sí, para nada. Se adquieren los terrenos sin saber para qué se van a destinar. Al no tener un destino claro, su único fin es el abandono y la desidia, cuyo resultado no puede ser otro que la ruina, con el peligro que ello conlleva.

Han sido múltiples las ideas que han ido surgiendo alrededor de este entorno, muchas de corte cultural, algunas más humildes, otras más ambiciosas, pero al parecer, ninguna lo suficientemente apropiada o pomposa como para decorar uno de los rincones más agraciados de la Plaza de la Merced. Por ello, la mejor solución no es otra que cerrar a cal y canto este recurso de Málaga hasta que alguien sea capaz de salvarlo de su maldición.

Como este caso, podríamos hablar de La Mundial y Moneo, o la Plaza de Camas, entre otros ejemplos de lo más actuales. El fondo siempre es el mismo, lejos de encontrar al ejecutor perfecto, preferimos dejar que el tiempo y el desuso hagan su trabajo para, llegado el fatídico momento de su inevitable desaparición, resurgir desde un inexplicable interés póstumo, una equivocada añoranza, un desacertado sentido de la protección, para defender lo ya indefendible. No porque no lo valiera, sino porque desgraciadamente ya no lo puede valer.

Por ello, y lejos de convertir este escrito en una crítica destructiva y sin fundamento más, de las que tanto abundan hoy día, prefiero poner el foco en esa otra Málaga, esa Málaga alejada de los flashes, alejada de los “Metros” y los “Balnearios”, esa otra Málaga desgraciadamente olvidada, pese a su evidente importancia en el imaginario colectivo de la ciudad.

Lejos de valorar el resultado final, me centro en la intención que algún día lo provocará. Ya llegará el momento de analizar si se trata de un acierto o un error. Si podríamos haber encontrado una opción mejor, si deberíamos haber hecho aquello otro... Seguro que existirán muchas alternativas, todas válidas, pero desde luego debemos agradecer que se empiece por alguna de ellas.

La avenida de Andalucía no sólo es una de las principales arterias de Málaga, sino que además supone la principal puerta de entrada a la ciudad, al menos para el tráfico rodado. Sin embargo, durante años ha sido abandonada a su suerte hasta convertirse en una imagen deteriorada y algo desaliñada de esa gran urbe que nos empeñamos en vender. Podría parecer que su sino sería convertirse en otro más de esos ejemplos destinados a acumular “mega proyectos” de reforma integral no realizados, hasta que su evidente decadencia nos obligara a actuar sin criterio ni tiempo.

Pero no, en esta ocasión la ciudad ha sabido entender la realidad de este entorno, recurriendo a una intervención sutil y puntual, más propia del urbanismo acuñado por el archiconocido Jaime Lerner en su Curitiba natal, la acupuntura urbana, que de los starchitects que parecen dominar el panorama europeo contemporáneo. Y una vez más, como se suele decir, hay lugar para todos. Así que si esta leve mejora de los márgenes de la avenida, mediante el tratamiento de los alcorques y su alrededor, supone ese primer revulsivo capaz de regenerar poco a poco esta vía de entrada, bienvenida sea. Ya habrá tiempo de decidir si es más o menos acertada estéticamente, más o menos acertada en su concepto, o incluso más o menos acertada económicamente.

Desconozco por completo el origen de esta intervención, su promotor, su creador o su presupuesto, pero mientras esperamos que el tiempo la ponga en su lugar, no nos queda otra que aplaudir que por fin, en nuestra Málaga, nos permitimos el lujo de intentar cosas, más allá de su escala o su grandilocuencia. Tan sólo por el simple hecho de querer aportar un granito de arena hacia la ansiada mejora urbana que todos apoyamos y demandamos.

Gracias Jaime por enseñarnos ese otro camino hacia el éxito, tan alejado del glamour y las fiestas, tan alejado del poder y los medios, gracias por pensar tan sólo en un fin a medio-largo plazo que repercuta en el bien de todos, ya sea de forma directa o indirecta. Gracias.


Y a mi ciudad, gracias. Por intentarlo, por despojarte de ese miedo tradicional a equivocarte, de ese miedo incontrolable a la crítica, de ese miedo inexplicable a la incomprensión. Gracias por iniciar el verdadero camino hacia esa otra Málaga que tanto tiempo llevamos frenando.

lunes, 4 de febrero de 2013

Concurso, luego pienso (14/14)


12. Liquidación de obra

Las siguientes semanas, transcurren inmersas en las diferentes dinámicas que nos mantienen distraídos. No obstante, todos sabemos de este extraño vínculo capaz de unirnos en momentos puntuales. Conectados a través de la sensación de rabia que aumenta con cada nueva noticia, referencia, cita o imagen relacionada con el innombrable evento.

No puedo decir que me arrepienta de lo ocurrido, pero tampoco puedo engañarme y negar que, por más que me alejara de aquel día, no podía evitar pensar en qué hubiese pasado.

Sin apenas percatarme de su presencia, el fatídico día llegó, tranquilo y pausado. Consciente de su importancia y del efecto que en nosotros iba a suponer. No nos llamamos, pero no cabe duda que aquel día no paramos de hablar y pensar en el resto.

Meses más tarde, aún perdura esa inquietud. Ese regusto amargo que vaga a sus anchas entre sombras y rincones. Aunque a día de hoy, lo que crece sin cesar es el miedo a no olvidar, a arrepentirme algún día de todo lo sucedido. Crece la sensación de que existe una parte de mí, que no acaba de cerrar este capítulo de mi vida.

15 de abril de 2012.

Tras más de veinte mil palabras repletas de insensateces y erratas. Tras gran cantidad de horas frente a mi ordenador sin saber muy bien el por qué de este nuevo reto en el que me encuentro sumido. Tras noches sin dormir y días absorto en mis pensamientos literarios. Por fin, no necesito de un diccionario para entender lo que sucede aquí. No requiero ningún buscador de sinónimos para aparentar cierta elocuencia y rigor técnico.

No.

Acabo de entenderlo todo.

Esta maravillosa aventura, no es sino el cierre a una de las etapas más interesantes de mi vida. Una redención merecida del trauma y la vergüenza que residían en lo más profundo de mi ser.

Con estas lapidarias palabras, me despido con alegría de una pesada carga que he llevado conmigo durante meses.

Hoy, día quince de abril, abro una puerta para poder cerrar otra. Ahora entiendo, que la única razón por la cual me adentro en este nuevo territorio profesional, es por necesidad.

Sí.

Necesidad de compartir estas emociones con alguien, desconocidos o no. Necesidad de mostrar al ciudadano medio, la belleza que encierra su ciudad, sea cual sea esta. Necesidad de enseñar a la gente lo complejo que resulta un concurso público. Lo difícil que es pensar ciudad. Lo poco que se hace. Y lo bonito que puede llegar a ser, compartir con compañeros tan inquietos y entusiastas como tú, el amor hacia esta profesión, la pasión y respeto hacia su manifestación más conmovedora, la ciudad. Aquella en la que se esfuma cualquier duda o reticencia sobre el papel que juega la arquitectura en nuestro día a día.

La ciudad la piensan unos, pero tienden a vivirla otros. Ya es hora de que pensadores y usuarios se pongan de acuerdo y empiecen a trabajar en equipo.

¡Viva la ciudad pensada!


Continuará??? Seguro que sí. ;-) (Parte 14/14)

lunes, 14 de enero de 2013

Concurso, luego pienso (13/14)


11. Revestimientos y acabados

¿Qué debo pensar cuando dedico a trabajar más de doce horas diarias y encima me quejo porque no me da tiempo a comprar las cosas necesarias para seguir trabajando en las labores de casa? ¿Debería preocuparme? Lo sé. Son preguntas retóricas así que agradeceré el silencio.

Lo único que se te ocurre en las citadas circunstancias es optimizar tus trayectos en busca de supermercados y tiendas que no supongan un desvío excesivo de la ruta original.

Salir un poco antes para llegar un poco más tarde. No sé, como que no lo acabo de ver. Si antes no era capaz de cumplir mis horarios, esta nueva iniciativa no puede sino empeorar la situación. Eso sin olvidar el riesgo de recaer en el patinaje artístico sobre motocicleta, romper la cadena de frío de algún alimento u olvidar toda la compra en alguna de mis etapas intermedias, para descubrir al día siguiente los misterios de la caducidad prematura. En definitiva, si quiero poder comprar, deberé recurrir al método tradicional, a esa solución inspirada siglos atrás; y no, no me refiero al remedio típico de abuela. No.

Me refiero a la carta, la carta a los Reyes Magos.

Retomo la cordura tras ocho revitalizantes horas de sueño. Afortunadamente no es la cordura lo único que recupero a lo largo de la mañana. Comienzo la semana con un plus de adrenalina al recapacitar sobre lo que está por llegar. Un mes de gran intensidad. Un mes en el que no voy a poder ni añorar la sensación producida al percatarme de mis carencias en la despensa. Treinta días de comida preparada, ojeras, ausencias, molestias de cabeza (no me puedo ni permitir que lleguen a dolor), estrés, soledad, cansancio e ilusión.

Porque no me malinterpreten, soy consciente de mi voluntariedad en este sufrimiento. Sé que está ahí, pero también sé que merecerá la pena, porque se trata de hacer buena arquitectura. Progresar a nivel personal y profesional. Dar un paso al frente, enfrentarme a mis dudas, mis miedos, mi holgazanería, mi espíritu inquieto y crítico. Me alzo para acabar con su influencia sobre mis actos y decisiones. No puedo culpar a nadie de mi situación. De hecho, no debería ni usar esa palabra para referirme a la oportunidad que se me brinda. Estoy donde quiero, cuando quiero y con quienes quiero. El resto, pamplinas derivadas del cansancio acumulado.

Este mes, probablemente será uno de los pocos que recordaré en un tiempo. Y no por lo mal que lo pasé, sino por lo mismo que recuerdo ahora los tres anteriores, porque me han permitido volver a creer en la arquitectura, en mí y en la posibilidad de que esto cambie. En tres meses he pasado de mendigar una beca en cualquier rincón extranjero, a fortalecer mis idiomas para hacerme más competitivo en mi país. De rehuir de mis raíces, a luchar por lo que quede de ellas. De rendirme y escapar, a creer en que siempre queda una última oportunidad en la que confiar.

Esto no significa que haya desechado la idea de abandonar el país para abrir mi mente y conocer mundos y personas tan diferentes como interesantes, capaces de enriquecer mi propia percepción de la vida. No. Más bien, me ha dado el sustento necesario para encontrar mi espacio aquí y preparar desde él mi colaboración con otros profesionales en las mismas circunstancias que yo, sea donde sea que tengan su residencia.

Ser un ciudadano del mundo tiene un peligro oculto, no ser de ningún sitio. Ahora sé que quiero ser de aquí para viajar por el mundo.

Con el citado cansancio acumulado pero convencido del acierto que ha supuesto la decisión de embarcarme en esta aventura, recibo a mis compañeros en nuestro bar. Aparecen uno a uno, empezando por mi mentor, después el anfitrión y por último se espera la inminente llegada de nuestro eficaz intermediario, tanto con su propio equipo como con el de ingenieros. Entre bromas y silencios, pregunto por el ausente, para saber si viene o no. Si mejor lo esperamos en el estudio o para el café. La respuesta me deja algo perplejo. Con gran ambigüedad me anuncian su llegada, aunque con ciertas reservas acerca de lo que ello puede suponer. Me escama el misterio que ocultan sus palabras. No quiero insistir dado que contamos con la presencia de otros clientes y amigos. Me limito a sonreír y esperar.

Veinte minutos después, se confirman mis peores augurios. Parece que la carta a los Reyes ha surtido efecto. Nuestro compañero no viene a trabajar, sino a hablar con nosotros. Sereno nos presenta su discurso, sin duda, muy meditado. Evidencia preocupación y tristeza. Nos define un panorama atroz. Un cúmulo de circunstancias que le obligan a decidir entre el concurso y un proyecto que le ha sido encargado a su estudio.

El problema principal reside en la simultaneidad entre ambos trabajos. Este último, además, se trata de una oportunidad más real y con aires de compromiso. No puede rechazarlo ni derivar parte de sus recursos para continuar con nosotros. Muy a su pesar, debe retirarse. Nos anima a continuar y siente el desenlace, pero nos asegura que no tiene otra opción.

Conociéndolo como lo conocemos, no necesita darnos ninguna explicación para que le apoyemos en su decisión. Sabemos que el más afectado es él. Sólo nos queda aceptarlo y actuar en consecuencia. Ahora la pelota está sobre nuestro tejado. Reinventarnos sin él, o unirnos a su causa.

La deliberación ocupa escasos minutos. De hecho, para ser sincero, diría que ya desde el momento en que le vi entrar afligido al local, supe mi postura ante tal dilema. Sin necesidad de pronunciar sonido alguno, nuestras miradas se entrecruzan y entienden automáticamente.

El silencio se apodera de la mesa.

Un instante más tarde, desciende la tensión, de nuevo con las disculpas del pionero. Nos recalca la posibilidad de prescindir de él sin que ello modifique la dinámica del grupo. Pero, todos sabemos, que su acción ha sido el detonante de una explosión provocada ya hace semanas.

El ritmo no era el adecuado. El proyecto no acababa de arrancar con la fluidez deseada. La magnitud del ámbito era tal, que incluso con todos los integrantes al 100%, nos costaría alcanzar el objetivo. Eso sin mencionar, que las ausencias obligadas por nuestra parte, eran cada vez más frecuentes e inevitables.

Nuestro anfitrión se debatía entre sus clientes y nosotros. Mis fuerzas llevaban semanas al borde del abismo. Es decir, este último contratiempo suponía trasladar toda la responsabilidad hacia el culpable de que estuviésemos aquí. La persona que nos apuntó y nos convocó para que participáramos junto a él. Nuestro director de equipo. Era un mal modo de recompensarle por ello.

Así que, con la misma naturalidad con la que habíamos afrontado estos tres meses de reuniones y diseño, se cerraba la puerta del estudio.

Se acabó.

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Las sensaciones se confunden en mi cabeza. Pese a la tristeza y rabia que me consumen por el fracaso, debo reconocer una alegría oculta y amarga por la finalización de esta situación. El concurso era una grandísima oportunidad, pero el precio también empezaba a resultar alto.

Imagino que todos compartían tan agridulce momento, derrotados pero aliviados al mismo tiempo.

Sin embargo, como parte de la terapia de grupo, nos centramos en destacar el lado positivo de este varapalo. Hemos disfrutado lo acontecido. Abandonamos, sí, pero en un momento clave, justo antes del verdadero sprint. Hasta ahora hemos mantenido una frecuencia casi agradable y el desarrollo actual de la propuesta está aún en una fase muy precaria. Lo cual nos libera de parte de la pena asociada al trabajo desperdiciado.

Una cosa está clara: siempre podremos ver esta experiencia como un máster intensivo y express sobre urbanismo. Un curso magistral sobre nuestra propia ciudad. Esta visión, una vez más sintetizada por el precursor del abandono, resume perfectamente el sentir general en el equipo.

Y así, sin más, es como despedimos la reunión, el concurso, este equipo, este grupo de amigos trabajando juntos: entre risas y planteamientos futuros de cara a conservar, bajo el unánime y firme compromiso establecido, un núcleo de trabajo que hemos demostrado compatible y prometedor.



Continuará... (Parte 13/14)

jueves, 27 de diciembre de 2012

Concurso, luego pienso (12/14)


10. Pinturas

El resto de la semana deambula entre el proyecto empresarial iniciado junto a mi socio y la representación de un concurso en su máximo apogeo. La base teórica adquirida en torno al estrato de la movilidad, comienza a dar sus frutos prácticos. Los dibujos van tejiendo una fina red destinada a recoger todos los aspectos asociados a una ciudad contemporánea de estas características, que son muchos, con la sencillez necesaria para pasar desapercibida.

Vivimos en una sociedad acostumbrada a la interacción virtual entre ciudadanos de todo tipo, ya se encuentren a unos pocos metros de distancia o a miles de kilómetros. La globalización ha traído consigo una inmediatez absoluta al plano social. Esto, entre la gran variedad de ventajas que conlleva, presenta un inconveniente, en mi opinión, preocupante. Nos estamos acostumbrando a acceder a los fines sin recaer en los medios que se requieren para ello, creciendo por tanto una impaciencia generalizada en cuanto a los trayectos intermedios se refiere.

En ocasiones, tardamos menos en cambiar de comunidad autónoma que de municipio. Los transportes, al igual que Internet, han revolucionado el concepto de distancia. La rapidez se ha apoderado de nuestras ciudades. Y más allá del discurso que defienden los partidarios del movimiento slow, se ha producido un cambio radical en la relación existente entre la ciudad y sus habitantes. Atrás quedan los elocuentes esquemas visuales ofrecidos por los integrantes de Barrio Sésamo, acerca de los conceptos de cerca y lejos.

Cada vez son más importantes los hitos, reclamos puntuales, y más irrelevantes los trayectos de servicio. Valga como símil, la comparativa entre una ciudad comunicada por metro y una conectada mediante el tradicional autobús. No cabe duda que en el caso de la ciudad más tradicional, el concepto global que adquiere el visitante de su identidad, en conjunto, es mucho más realista que el collage de postales inconexas ofrecido por la primera.

La ciudad no es sino el reflejo de sus ocupantes, y evoluciona conforme lo hacen sus usuarios, teniendo en cuenta el retardo asociado a la inercia de un ente tan masivo. Es como si intentásemos modificar el sentido de giro en un vaso de agua o en una piscina. El vaso reaccionará inmediatamente a nuestros intereses, mientras la piscina nos requerirá un esfuerzo mayor, o la participación de más compañeros.

Con todo esto, se justifica la actuación planteada en nuestros últimos bocetos. Debemos iniciar el proceso inverso de giro en la mega piscina que conforma nuestra urbe. Si no iniciamos el cambio, nunca lograremos que nuestra ciudad evolucione, ni por supuesto, contaremos con el apoyo necesario entre nuestros vecinos.

Convencidos, por tanto, de la idoneidad de nuestro planteamiento, planificamos la próxima semana como si no se tratase del periodo vacacional comprendido entre Nochebuena y Nochevieja. Una semana complicada para aquellos que tras disfrutar del milagro de la paternidad, observen sorprendidos cómo sus pequeños permanecen en casa a lo largo de la mañana, con la consiguiente demanda de actividades y entretenimientos diversos. Pese a ello alcanzamos un acuerdo bastante coherente, por el cual mantener la actividad del equipo, aunque cediendo cierta flexibilidad a aquellos más afectados por esta circunstancia.

Nuestros mejores deseos se trasmiten a través de cada abrazo de despedida, en vísperas de una festividad que supondrá, sin duda, un antes y un después en la vida de los impacientes menores. No obstante, es percibido desde un punto de vista completamente diferente cuando se observa desde la distancia que generan los años. Quizás las prisas se mantienen, aunque por motivos muy diferentes, pese a tratarse del mismo resultado.

Tras varias demostraciones empíricas de la inmediatez que nos permitimos demandar a la ciudad cuando nos aprieta el reloj, consigo cumplir con los objetivos marcados antes de la citada cena.

Los días de vacaciones aprovechados en familia, nos alejan del concurso lo suficiente como para renovar nuestras fuerzas, sin por ello diluir los logros obtenidos. Cinco días dedicados al avance paulatino y parsimonioso de un proyecto que podría durar años. Sin embargo, la calma aportada por los días de descanso, nos invita irremediablemente a recapacitar acerca de los plazos marcados en los inicios. Contamos con poco más de un mes y, pese a los avances, nos encontramos de nuevo caminando sobre la cuerda floja. El más mínimo error y habremos desperdiciado estos casi tres meses de trabajo.

Establecemos como límite para el proceso de diseño las tres últimas semanas que preceden al día diez de febrero, tatuado imborrable en nuestras cabezas. Entendemos como imprescindible el uso de estos días para la maquetación de los formatos, la correcta disposición y representación de los planos generados. Puede parecer excesivo destinar tres semanas para tal fin, pero la experiencia nos ha enseñado a ser precavidos en este sentido. Un buen proyecto mal presentado, es peor recibido que un proyecto mediocre o incompleto explicado con buenos dibujos y sugerentes imágenes. De ahí que hagamos especial hincapié en la documentación que será finalmente entregada. No nos podemos permitir centrar los recursos en un proceso infinito, como es el diseño de toda actuación, sin prever un plazo de seguridad en el cual redactar y perfeccionar los detalles.

Ya dicen eso de que “hombre precavido vale por dos”, pues en este caso, ocho.

El cuarto día de trabajo nos recuerda una reunión que se estableció la pasada semana y que, personalmente, he de reconocer que había olvidado por completo. Recibimos la visita de un compañero, también arquitecto, muy experimentado en materia de urbanismo, y especialmente, en el diseño de muchos de los enclaves principales de nuestra capital. Aprovechamos su amabilidad para interrogarle en cuanto a las tendencias que han condicionado la estructura en la que vivimos hoy día. Nos desvela grandes aspectos, que pasan desapercibidos a los ojos de un inexperto observador como yo, o incluso se resisten a ser delatados ante las educadas miradas de mis compañeros. Pero fundamentalmente nos ayuda a ver nuestro “problema” desde una perspectiva más amplia. Como gran estudioso de la ciudad, nos matiza muchos de nuestros razonamientos y redirige algunos de nuestros trayectos argumentales.

Sin duda, una nueva oportunidad para aprender de aquellos que saben más. Los arquitectos aparecemos vinculados socialmente al concepto de prepotencia. En mi caso, he de decir en favor de mis compañeros, ya que mi humildad no puede ser valorada como positiva sino como realista, que no responden para nada al prototipo de estirados profesionales preocupados exclusivamente por el bienestar de sus ombligos. Como en la mayoría de los casos, estaremos siendo afectados por los desafortunados actos de algunos pocos que hacen mal uso de sus funciones, desgastando la imagen de todo un sector.

En lo que a mí respecta, este concurso está constituyendo la confirmación de un gremio mayoritariamente profesional y humilde, consciente de sus limitaciones, hasta el punto de recurrir a sus iguales para darles la oportunidad de deleitarnos con su sabiduría. Estas reuniones me muestran un equipo dispar pero respetuoso. Grandes profesionales que lejos de mirarme por encima del hombro, me brindan el mayor de sus respetos, aún cuando sería comprensible lo contrario, ante la evidente desigualdad que nos precede.

En vez de perdernos en una batalla orgullosa por imponer nuestras creencias por encima del resto, asumimos las virtudes de cada uno, aprendiendo a valorar cada comentario con los matices que cada personalidad le imprime. Mantenemos un orden improvisado en cada momento de intervención, para exprimir cada aportación ajena hasta el punto de sopesar los diferentes pros y contras con total franqueza. Esta actitud, indispensable para el funcionamiento de un equipo, sólo se puede llevar a cabo partiendo de una premisa básica: cada pieza de la máquina es importante e imprescindible. Cada uno de nosotros sabe del bien que le aporta el consenso y las críticas del grupo. Así las acepta, las emite y las contrarresta. Siempre con el optimismo necesario para no perder de vista el carácter constructivo de las opiniones.

Como ya dije en su momento, mi compañero lo resumió con gran elocuencia:

- Ya sabemos que es muy fácil destruir, y extremadamente difícil ayudar a construir, así que escuchemos lo que tiene que decir, e intentemos valorar los aspectos positivos que, a buen seguro, su comentario encierra - Expresó uno de mis compañeros, a lo largo de uno de los múltiples debates surgidos.

Entenderán que considere este concurso, como una oportunidad única de cara al desarrollo de mi personalidad y mis aptitudes técnicas. Si algo he defendido desde hace años es que todas las personas pueden llegar a enseñarte algo, si eres capaz de escuchar y estás dispuesto a aprender. No me equivoqué.

Mi agradecimiento no podría ser más sincero, con cada nueva contribución a este bien común que nos hemos planteado.

Compromisos varios me obligan a abandonar apesadumbrado la reunión urbanística que acabamos de improvisar, molesto con la coincidencia temporal de ambos eventos, pero confiado en la acertada representación que suponen mis compañeros-maestros.

Me apresuro todo lo posible para reincorporarme rápidamente al coloquio. Algo más de una hora después, hago mi reaparición. Parece no haber cambiado nada, salvo el tono cada vez más distendido de los participantes. Compartimos inquietudes y anécdotas con la misma complicidad y relajación con que amenizamos cada periódica reunión.

La conclusión de este encuentro, aunque parcialmente ausente, la defino como muy positiva. Con la marcha del invitado, coincidimos en esta lectura y sintetizamos las claves aportadas.

El Año Nuevo nos aporta un merecido descanso, alguna que otra discreta confesión y un creciente interés por mejorar. Nada que no sepamos ya, tras tantos años de rutina similar. Todo son buenos propósitos que rara vez se materializan. Por ello, inauguramos la agenda con un planning estricto y detallado, que confiamos se convierta en el ingrediente secreto de una fórmula predestinada al éxito. Cinco semanas contadas. Tres de ellas, ya descartadas anteriormente. Eso hace un total de dos semanas, teniendo en cuenta que ésta trae una tara en forma de puente.

¿Se percibe el agobio?

Una de las respuestas más evidentes podría ser la de no secundar este puente. Pero, si el día de Nochebuena fue señalado por su relevancia infantil, no hará falta mencionar el papel que juega en todo esto la visita de los Tres Reyes Magos, por más que la Globalización y su correspondiente influencia americana se empeñen en imponer tradiciones lejanas. Santa Claus gana enteros entre los más pequeños, pero nuestro querido día seis de enero, sigue dispuesto a luchar por sus derechos sobre las costumbres y tradiciones populares de nuestro país.

A eso, debemos añadir las abarrotadas cabalgatas de la víspera, ya sean detrás de los Reyes y sus pajes, de los escurridizos caramelos, o tras la búsqueda de cualquier otro obsequio. Las circunstancias, de un modo u otro, nos obligan a descartar estos días de trabajo, tachando dos nuevos cuadros de nuestro particular almanaque.

Confiemos en que los Reyes sean benevolentes a la hora de valorar nuestro comportamiento durante el pasado año.



Continuará... (Parte 12/14)

jueves, 13 de diciembre de 2012

Concurso, luego pienso (11/14)


9. Cubierta

¡Buenos días! Parece decirme la habitación, al verme despertar mis músculos, desperezarme divertido entre bostezos y suspiros. Pronto descubro que el saludo más apropiado sería el de buenas tardes. Las manillas marcan unas preocupantes cuatro de la tarde. Pese a ello, me niego a romper la inmensa tranquilidad con la que he recibido este sábado. Consulto curioso el móvil en busca de algún reclamo social en forma de llamada o mensaje. Nada perturba mi soledad. Sólo un hambre que se erige en necesidad conforme avanza la mañana-tarde.

Tras la correspondiente visita de rigor, me adentro en territorio comanche. La mala cara que visto me impide salir a comprar algo de comer, así que me va a tocar improvisar algo con lo que tenga en casa. Es entonces cuando reparo en el poco tiempo libre que tengo durante la semana. No hay más que restos y recuerdos de un tiempo mejor. ¡Vaya! Parece que el sábado me va a requerir otro aporte de creatividad.

En nada comparable al desgaste mental de estos días, se hace aún más liviano por la presión fisiológica a la que me somete un creciente vacío estomacal. Parece mentira, hasta qué punto somos capaces de improvisar en situaciones de verdadera necesidad. Lo peor de todo, es que no puedo decir que sea la peor comida que he tenido a bien cocinarme en estos meses, desde mi emancipación definitiva. La juventud ya no es lo que era, cierto. Pero tampoco nos las apañamos tan mal.

Bajo este clima de autocompasión y motivación interna, se esfuma esquivo el ansiado fin de semana. Las películas, series y retransmisiones deportivas colmatan mis cuarenta y ocho horas de huelga personal. Cual recién nacido bebé, mi actividad vital se ciñe a dormir, comer, dormir, cenar y un sin fin de sinsentidos que me esfuerzo por disfrutar en los descansos entre una actividad y la siguiente. Dos ciclos vitales completos, que lejos de ayudarme en mi enriquecimiento personal, contribuyen a una desconexión total del entorno que habito. Encuentro el auténtico karma, donde quiera que esté. Un estado de paz y silencio neuronal sin precedentes. Terapia de choque.

El lunes, tan puntual como de costumbre, acude a su cita activo y competente, con ganas de transmitir su energía a todo aquel somnoliento que permanece anclado en un falso paraíso terrenal, donde las preocupaciones son argumentos vinculados al celuloide.

Hoy, tras un intenso mes de jornadas formativas diversas, recupero algo de tiempo libre, el suficiente como para pensar. Me detengo unos instantes a recuperar los mandos de una vida que parecía controlada por el azar, el estrés y sus respectivos secuaces.

Organizo mi agenda, mi casa, mis tareas y, para no perder el ritmo, preparo mi próxima reunión del grupo. La comida casera y una buena ducha, hacen el resto. Desprendo entusiasmo por los cuatro costados, un derroche de simpatía que no puede evitar afectar a mis conciudadanos. Así da gusto. Nada ha cambiado, salvo mi actitud.

Afronto las primeras conversaciones del equipo con total optimismo, dispuesto a contagiar a mis compañeros. No me hace falta insistir, dado que parece que hemos sufrido procesos similares. Sorprendentemente, el lunes acude con complejo de viernes. Levitamos desde el bar hasta el estudio con soltura. En escasos minutos, el único sonido predominante es el del suave deslizar del grafito sobre el preparado de celulosa. Cada integrante materializa sus inquietudes en forma de improvisada propuesta. Somos conscientes de las carencias que presentan nuestros ingenuos esbozos del pasado viernes. Progresivamente el discurso abandona el tono intimista para tornarse en público y rozar lo vulgar. Los turnos de palabra empiezan a superponerse ante un exceso de ímpetu que no logramos eludir. De soslayo se presentan candidaturas sólidas aunque todavía tímidas. El furor de nuestro intelecto eclipsa el indudable talento que atesoran estos cuatro sillones.

Nuestro lado más sereno colisiona con nuestro perfil más intrépido y osado. Por un lado surgen valientes propuestas decididas a revertir la dinámica de un barrio estancado, mientras su opuesto redunda en la austera realidad en que la crisis ha convertido las políticas de inversión. La necesidad de acción que evidencia este dramático escenario, se refugia bajo el paraguas protector de las deudas y la consiguiente conciencia social. Pese al deseo de mejora que invade nuestro espíritu profesional, debemos actuar con la suficiente responsabilidad como para otorgarle cierta viabilidad a un proyecto, de por sí, utópico.

Las pasarelas voladas y futuristas, contrastan con contenidos gestos de elegancia y sencillez. Nos desconcierta el eterno dilema entre forma y función, proyecto emblema o trampolín. La búsqueda de una imagen capaz de devolver la ilusión a los ciudadanos, o un paso intermedio que provoque un cambio meditado y sutil. Comparamos las tendencias americanas adoptadas por los países árabes basadas en el show business, con el reciclaje y sobriedad de la nueva sostenibilidad europea. Referentes icónicos como Gehry o el mismísimo Calatrava, frente a sus detractores conceptuales Lacaton y Vassal.

Ninguno oculta sus preferencias, del mismo modo, que ninguno condena sus descartes. En esta línea, continúa el progreso de las propuestas, obteniendo ordenaciones sugerentes de un barrio que de correcto, aburre. Una normalidad tan corriente como asumida, hasta el punto de no permitir reproche alguno. Las sugerencias se atisban como críticas, mientras un análisis más exhaustivo denota unas carencias a priori imperceptibles, casi inimaginables. Lo que tan acertadamente denominó el gran Jaime Lerner, como Acupuntura Urbana. Actuaciones ínfimas y puntuales que están pensadas para influenciar un barrio completo e invertir su evolución decadente.

Empleando una alegoría energética basada en el principio de acción-reacción y la delgada matriz que engloba los elementos de un determinado conjunto, aprovecha para recalcar la importancia de los pequeños detalles, los desapercibidos desajustes del sistema.

En pleno proceso creativo, una de las múltiples llamadas que “amenizan” la escena, responde a una de las peticiones que más hemos luchado por ejecutar. Desde hace ya varias semanas, el equipo se mantiene expectante acerca de la contribución de uno de los grandes entendidos en materia ferroviaria. Un referente en el sector que consideramos primordial de cara a la definición de una solución técnica factible para la mejora de este importante medio de transporte. Modificar su trazado actual, implementar el sistema con la incorporación de un metro ligero, o priorizar unas iniciativas frente a otras, son simples apuestas ingenuas, si no se cuenta con el respaldo adecuado. De ahí la alegría que brota de la sonrisa de mi mentor, antes de anunciar para mañana la confirmación de esta importante cita.

Su dilatada experiencia, unida a una indiscutible dedicación y entusiasmo, convierten a nuestro próximo invitado en una pieza clave de nuestro diseño.

El resto de la tarde parece transcurrir supeditada ante tal novedad. Con la impaciencia de un cándido infante en las horas previas a su cumpleaños, me mantengo absorto en la idealización de esta reunión, que sólo el tiempo y la amenaza permanente de fracaso han podido elevar a la categoría de especial. No sabría explicar racionalmente el por qué de esta emoción.

Tan lento, como cabría esperar, transcurre un nuevo día de curso, comida industrial y agitación innecesaria. Las cuatro y media señalan algo más que una simple combinación de horas y minutos. Proclaman el inicio de una clase magistral. Un placer incomprensible, que no me atrevo a negar. Más de cinco horas de investigación y deleite en materia ferroviaria. Un descubrimiento tras otro, que me despiertan un interés oculto sobre un medio de transporte tan tradicional como innovador. Un referente del pasado preocupado por condicionar el presente sin menospreciar al futuro. Una sólida oposición al tráfico aéreo, que aprendo a justificar con razones de peso. Un mundo nuevo para mí, capaz de captar mi atención hasta límites insospechados. Es en estos casos cuando mi corta edad se pone de manifiesto ante mis experimentados compañeros. No me preocupo de meditar mis preguntas por miedo a equivocarme, sólo me cercioro de evitar interrupciones innecesarias o molestas.

Cerca de las diez de la noche, mi mentor le recuerda a su amigo, que pese a que podríamos continuar esta conversación durante otras cinco horas, va llegando el momento de cerrar la sesión, si perdura su manifiesto interés por visionar el inminente partido de fútbol que enfrentará al principal representante de la ciudad con uno de los gigantes de la competición nacional. Un partidazo, que estaría dispuesto a sacrificar con tal de avanzar en una propuesta de tráfico que cada vez considero más arraigada a la ciudad, cimentada en sólidos fundamentos.

El proceso de agradecimientos, saludos y despedidas se precipita ante la premura con que se acerca el citado acontecimiento deportivo-social.

A continuación, preparamos nuestra marcha en pleno estado de júbilo y satisfacción por la realización de un buen trabajo, un paso en firme que no hace sino invitarnos a proseguir con la marcha. El aval que necesitábamos para afianzar el posicionamiento de nuestro nuevo campamento base. Ese lugar de aparente seguridad, desde el cual planificar la siguiente acometida con total libertad, sin los miedos generados por unos débiles soportes.

La rutina previa al merecido descanso es más placentera que de costumbre. Una agradable sensación me acompaña durante la cena. La comida encargada bajo mi casa no tiene nada que envidiarle al mejor de los manjares. Mi cansancio se oculta respetuoso ante una euforia contenida pero patente.

Todo son buenas noticias que se suceden como partes de un caso práctico de contagio positivo. El bienestar interior, una vez más, condiciona el entorno para envolverlo bajo un suave y estiloso telón que nos muestra sólo aquello destinado a ayudar.

Parece que estamos cerca de tocar techo, si es que no lo hemos hecho ya.

En cuanto al fútbol, digamos que mejor no hablar demasiado.


Continuará... (Parte 11/14)

lunes, 26 de noviembre de 2012

Concurso, luego pienso (10/14)


8. Vidrios

Entre argumentos y conversaciones internas me visita el sueño y me lleva con él hasta el inicio del citado viernes, un día importante que confío sea más corto de lo esperado.

La secuencia, cómica pero triste, sucede de la siguiente manera:

Placentera imagen paradisiaca – ruido infernal que interrumpe la escena – enfado – reconexión cerebral – asociación del sonido con mi despertador – enfado – búsqueda de teléfono móvil – caída de todo lo que inexplicablemente puebla mi mesita de noche – furia – encuentro fortuito con el ansiado dispositivo – muestra desproporcionada de cariño – silencio – felicidad – nueva interrupción – enfado – asimilación de los cinco minutos transcurridos – tristeza – negociación interna, incluidos complejos cálculos matemáticos – autoconvencimiento – manotazo hacia el despertador – silencio – satisfacción – cargo de conciencia – despertador – enfado – apertura ocular – picor – cabezada – segundo intento – mayor picor – lágrimas resecas – ¡otra vez el despertador! – fuego interior – cariño desmesurado ante el angelical canto del "aparatito" – nueva negociación – conciencia – esfuerzo ímprobo – contracción abdominal – salto de sábanas – torpeza – bocazo contra el maravilloso marco de la puerta – estiloso tambaleo – enciendo la luz - ¡Uf! – dolor – lágrimas – nubes – valiente continúo mi camino y me adentro en el mismísimo sol – mano izquierda en azulejos – mano derecha en la entrepierna – levantamiento de taza – apunten... – felicidad – un poco más de felicidad – cisterna – accionamiento del grifo – agua fría en la cara – más lágrimas – suspiro – alzamiento de la vista - ¡vamos ya! - ¿quién eres tú y qué has hecho con mi anterior yo? – recapacito – casi pienso – cierro el grifo – salgo del baño – patada a la indescriptible y amada puerta – dolor infernal – enciendo la luz en busca de daños – risa – breve descanso en la cama – pienso – miro la hora – estrés brutal – carrera para encender el termo – múltiples golpes – toalla – grifo – fría espera – ahora – ¡felicidad! – GRACIAS.

El resto del día no puede sino mejorar. Al menos en lo que a destreza y habilidad se refiere. La mañana me aporta nuevos conocimientos empresariales y un montón de contactos a los que confío en volver a ver, deseándoles lo mejor en sus respectivos proyectos. En lo que al Plan de Negocio se refiere, lo envío sin incidencias. Una llamada de teléfono me confirma la correcta recepción del archivo y me insta al próximo jueves para una nueva despedida y la consiguiente crítica del documento para pulir los posibles errores y discutir los pequeños matices que han sido modificados en esta última entrega.

Más de setenta folios de laboriosa investigación, tanto interna como externa. Una muestra de creatividad y realismo, sin precedentes para mí. Se trata de un trámite necesario y enriquecedor, que no ha hecho sino confirmar nuestro interés por acometer esta nueva hazaña, convencidos de su viabilidad y de la sociedad prevista.

Con la habitual escasez de tiempo que me caracteriza, me dirijo hacia el centro, en busca de un lugar donde nutrirme y cambiar el chip de cara al desarrollo de la tarde. Previo paso por casa para dejar los apuntes y cepillarme los dientes, alcanzo el bar, famoso meeting point del equipo, encontrando la típica estampa que conforma mi mentor frente al mantelito que le colocan junto al menú del día. Una sonrisa, cierta trivialidad mientras da buena cuenta del postre, y a trabajar. No tenemos ganas ni de perder el tiempo. Es momento de terminar cosas y disfrutar de un fin de semana muy esperado.

Comentamos las noticias que no paran de publicar los medios locales, acerca de un concurso, considerado por muchos la panacea de esta urbe en horas bajas. El maná que deberá alimentar las ilusiones del medio millón de ciudadanos que habitan esta metrópolis.

Superado el trámite organizativo que precede cada encuentro, nuestro compañero toma la palabra para explicar la evolución de la propuesta llevada a acabo por su equipo. Concisa y directa, nos encandila desde el primer momento. Acto seguido, ocurre lo mismo con nuestra idea y la solución concreta del anfitrión. Tal festival de diseño deriva en la focalización del equipo hacia el barrio que conecta esta ultima área de trabajo con el puerto. Una zona especial y cercana, tremendamente familiar para mis compañeros, dado que dos de ellos viven en las inmediaciones y el presente estudio se encuentra en él.

Comienza una tormenta de ideas muy fluida y productiva, tanto que nos vemos obligados a desprendernos de nuestras herramientas de trabajo para acercarnos en persona al lugar, trabajo de campo. In situ ponemos en crisis algunas de las ideas lanzadas, mientras reforzamos el resto. La emoción embriaga al equipo y nos anima a recorrer la orilla del río hasta la citada avenida por la cual deprimir nuestro parque. En ella valoramos a fondo la idea de nuestro anfitrión que sale bastante bien parada aunque no ilesa. Lo siguiente que se anima es la noche, que invade nuestra euforia y nos devuelve a la cruda realidad, aquella en la cual nos quedan muchas cosas por dibujar, dos hijos esperan la vuelta de sus padres en la soledad del estudio, y el reloj evidencia un exceso.

Alegres llegamos al estudio y empezamos a dibujar, absortos en el proceso proyectual, ajenos al tic-tac del reloj. Los vegetales se superponen sobre la pared de vidrio de la sala de reuniones en la que nos encontramos. Cada uno sostiene su lápiz o rotulador, empleándolo indistintamente como puntero láser, varita mágica o instrumento de dibujo. Las siguientes horas se agotan con una velocidad que pasa desapercibida ante nuestros ojos. Sólo la melodía de uno de los móviles es capaz de destruir este clímax.

Una de las mujeres nos precipita abruptamente a la realidad. Son las diez de la noche y ninguno hemos pensado, siquiera, en cenar. La cordialidad reinante deriva en una improvisada cena, donde son invitados los miembros del segundo equipo. Tras varias semanas de trabajo conjunto, nos ponemos cara. Se trata de dos jóvenes arquitectos, algo tímidos pero ilusionados. Compartimos nuestras vespertinas hazañas. Las anécdotas y consiguientes bromas se convierten en el hilo conductor de una noche risueña y agradable.

Como no podía ser de otra forma, nos despedimos cariñosos y animados, con nuestros mejores deseos para los dos días de descanso que están por llegar. El resto se resume en un frío tremendo que no parece dispuesto a abandonarme durante el camino de vuelta a casa. Una muestra de aprecio, a todos los efectos, excesiva.

Pero ya da igual, el frío, el cansancio, o cualquier otra contrariedad son paliados por la calidez de un hogar tan gélido como la calle, pero familiar y confortable. Podría acostarme sin problemas, aunque eso convertiría este viernes en un día más. Así que, tras varias dudas, me dispongo a ver una película en ingles, obtenida de mi academia de idiomas, para terminar de cansarme y mejorar en lo posible mi capacidad de comprensión.

Esta vez sí, satisfecho con este interesante thriller, sucumbo ante las tentaciones de alcoba. Almohada de plumas, prima del cálido edredón, dos mullidas mantas y su correspondiente sábana. Una sucursal moderna del paraíso sobre la tierra. Un espectáculo que no me canso de disfrutar. Poco a poco siento como el calor invade mi cuerpo y contagia a mi espacio vital anexo, despertando una sonrisa relajada. El peso específico de mis párpados se eleva exponencialmente con cada nuevo movimiento periódico e inevitable. Del mismo modo, mi peso se reduce ante la disolución de mis múltiples cargas. Comienzo a levitar sobre la habitación sin dejar de sentir el abrazo de mi ropa de cama. Uno, doos, treees, cuuaaatroo, ciiincoooo, seeee...iiiis, sieeeetee, oooochoo, nuuueeeev...

¡Hasta mañana! Será lo mejor.


Continuará... (Parte 10/14)

miércoles, 21 de noviembre de 2012

2012: Odisea de la rutina


Con motivo de un nuevo concurso literario sobre arquitectura y ciudad, decidí afrontar este reto desde un punto de vista diferente. Una aventura que, pese a no haber resultado premiada, me ha aportado mucho en el plano tanto profesional como personal. 

Confío en que os guste o, como poco, os haga pensar.

Un saludo.
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- Buenos días, ¿estás bien? Tienes mala cara.

- Buenos días. Sí, aunque no he conseguido dormir nada esta noche. He tenido, de nuevo, ese sueño tan peculiar.

- ¿Otra vez? Ya está bien. Déjate ya de tonterías y olvida ese tema. Además, deberías darte prisa o llegarás tarde.

Quizá tenga razón, debería olvidarme de estos sueños absurdos. Sin embargo, cada vez me parece más real todo lo ocurrido. No sé, puede que me esté volviendo loco. Desde luego, no puedo volver a llegar tarde; no más castigos. Mejor será que me vaya. Decidido, cojo mi mochila y me dispongo a abandonar la casa. Los mismos cinco pasos de siempre. De no ser por la oscuridad que me rodea y la inestimable aportación de mi familia, este trayecto sería tan sólo un ejemplo más de mi lamentable rutina. Pese a ello, logro esquivar los múltiples obstáculos que invaden el caótico pasillo. La escalera se muestra ante mí peligrosa y traicionera. Sólo la cálida presencia de mi anciana vecina, logra amenizar este mal trago. Cada mañana se asoma a darme los buenos días, con su característica esencia de rosas que tanto me gusta. Ocho tramos más tarde, alcanzo victorioso el portal. No necesito oír al amable conserje para saber que su mañana se presenta dura, a juzgar por su alcohólico hedor.

Con el ruido de apertura de la puerta, dejo atrás la seguridad del hogar, estático y tranquilo. Este umbral da paso a la jungla. Un universo de prisas, voces, mal olor y miedo. Por más veces que recorra este mismo trayecto, cada día parece tratarse de una nueva ciudad. Sólo los excrementos de perro y restos de orín me confirman mi ubicación. A escasos cincuenta pasos del quiosco, los vehículos fluyen endiablados, inconscientes, ansiosos por alcanzar un objetivo que odian con todas sus fuerzas. No lo entiendo.

Resignado, espero con calma al semáforo. Pese a sentirme arropado en este acto tan social, nadie parece recaer en mi presencia, ni en la de ningún otro. Las únicas voces que rompen el incómodo silencio, más allá del atronador ruido de fondo, son aquellas inmersas en lejanas conversaciones telefónicas. Por fin, me entretengo con la histriónica música del verde. Al otro lado, alcanzo esa paradisiaca panadería que adorna nuestro deambular. Un placer para los sentidos que me anuncia el giro de sesenta grados hacia la nueva vía. Su pronunciada pendiente, su deteriorada solería y alguna que otra humedad procedente de los madrugadores cubos de limpieza, convierten esta ascensión en un auténtico reto para mi integridad. Me imagino esos pobres ciclistas agotados, concentrados en sus próximas pedaladas, sea cual sea el estado de la carretera. Por si no fuera suficiente, mi cautela parece molestar por igual a aquellos que, estresados, deciden arriesgarse en el ascenso, así como a nuestros opuestos, que animados por la pendiente descienden atropellados e imprecisos, como si no fuesen capaces de verme.

Tras varios cientos de pasos, dependo completamente de mi querido autobús. Los siguientes doce minutos, hasta su llegada, transcurren en un mar de dudas. Mi timidez, me origina siempre una estúpida sensación de inquietud, un miedo interior ante la posible equivocación que me llevara al otro extremo de la ciudad. Varios empujones y cinco paradas más tarde, me apeo hacia la acera, sin antes tropezar con ese maldito bordillo. Por suerte, una amable y recia señora me frena y evita el desastre... ¡Pero no! Cuento con la inestimable ayuda de los operarios que han decidido, sin avisar, vallar hoy la vía para una inoportuna reparación en fachada. Este desagradable encontronazo me devuelve a la realidad. Una vez más, voy a llegar tarde. No importa lo temprano que me despierte, o lo rápido que intente ir.

Otros cientos de pasos, abarrotadas aceras, ese inexplicable mobiliario que las invade y alguna que otra losa suelta, culminan mi rutinaria odisea. Por fin, mi segundo hogar. De nuevo, la seguridad y sosiego se apoderan de mis aceleradas pulsaciones. Las próximas horas resultarán un deleite para mis sentidos.

- ¡Ey! Por lo que veo, has vuelto a llegar tarde.

- Ya, lo siento. No hay manera.

- Es que sigo sin entender tu maldita manía de no venirte conmigo a clase. Con lo fácil que sería salir juntos en mi coche.

- Ya lo sé. Pero te recuerdo que lo necesito para sentirme plenamente independiente. ¿Qué haría si no, cuando tu no pudieses venir?

- Pues lo que haces cada día.

- Sí, pero entonces no me sería tan fácil, ¿no crees? Además, tengo la extraña sensación de que es la única forma de conseguir, poco a poco, mi sueño. 

- ¡Qué pesado con tu sueño! Ya te he dicho muchas veces que no hay manera de que accedas hasta aquí como los demás. Es más, ni siquiera sé porque te empeñas en venir. Si yo pudiera quedarme en casa, como tú...

- Si estuvieras en mi situación, harías exactamente lo que yo. Del mismo modo, que te despertarías en mitad de la noche, excitado por la inexplicable sensación de libertad que me invade cada vez que sueño con esa ciudad universalmente accesible de la que te hablé.


2012: Odisea de la rutina
by Álvaro Fernández

jueves, 1 de noviembre de 2012

Concurso, luego pienso (9/14)


7. Carpinterías

Efectivamente, ese mañana ya es hoy, y con ello llega un nuevo día repleto de dudas. Con los razonamientos de ayer aún rondando mi cabeza, me enfrento a los quehaceres de esta mañana para poder dedicar nuevamente la tarde a continuar con el proyecto.

La hora de la comida supone para mí un pequeño paréntesis antes de una nueva acometida. Acudo al lugar de encuentro puntual, sí. Puntual a mi retraso. Una vez más, la hora oficial impuesta por el equipo indica únicamente una referencia sobre la cual calcular la posible hora de inicio. En mi caso, pasan cerca de veinte minutos las cuatro y media, convocatoria inicial. Ya hay un compañero en el estudio. Otro termina de comer en el bar del primero. El cuarto no está ni al parecer se le espera. Acaban de hablar con él y ha decidido quedarse en su estudio con su equipo para avanzar un poco más su propuesta de cara a mañana.

Ante esta novedad, recojo al comensal y nos acercamos al estudio para reclutar al tercer integrante en activo. Este nos recibe ocupado con su trabajo, enseñándonos unos bocetos bien definidos de su propuesta y disculpándose por tener que ausentarse unos instantes para terminar de resolver un asunto de su estudio.

Mientras tanto, nosotros repetimos la rutina de estos dos últimos meses. Nos acercamos al despacho que se nos ha cedido para dejar el material. Cogemos todos los planos y nos dirigimos hacia la sala de reuniones en la que estamos acostumbrados a trabajar, aprovechando una gran mesa en la cual colocar el conjunto de planos que representan los seis kilómetros de actuación.

Durante el proceso por el cual mi mentor va sacando el séquito de rotuladores que acompaña a mi solitario lápiz, discutimos acerca de la propuesta que nos acaba de enseñar nuestro compañero. Satisfechos con su idea, pasamos a debatir aquellos aspectos de nuestra propuesta que no acabamos de entender, o que a lo largo del día nos han suscitado ciertas dudas. Coincidimos en muchas de ellas, aunque la mayoría parecen fáciles de solucionar. Ante esta conclusión, nos planteamos cuál podría ser nuestro próximo paso. Una de las opciones sería empezar a dibujar con el ordenador las trazas que muestra el trabajado plano sobre el cual nos apoyamos en estos momentos.

Descartamos la opción de delinear lo diseñado, dado que faltan ciertos flecos por atar. Así que consideramos más productivo generar un esquema de tráfico en el cual indicar las modificaciones que hemos previsto, para enviárselo a nuestros compañeros del segundo estudio y que comiencen a producir los esquemas conceptuales de la idea.

Como sabrán, en los concursos se suele limitar la cantidad de planos a entregar, en adelante formatos. De la misma forma, se suele establecer el tamaño de dichos formatos, según el estándar DIN, en el cual el folio corriente se corresponde con el estándar DIN-A4. Dos folios unidos por su lado mayor, forman un A3. Dos A3 un A2. Y así hasta el A0, formato normalizado de mayor dimensión. Aunque poco usado en nuestra profesión, también existe el A5 como resultado de dividir un A4 por la mitad.

En este caso, el máximo permitido es de 5 A0, pudiendo presentar cuántos formatos de dicho tamaño consideremos oportunos por debajo de dicho número.

En nuestro caso, las primeras pruebas de maquetación, nos demuestran que dada la gran dimensión del elemento a representar, necesitaremos como mínimo tres formatos para definir la propuesta a escala apropiada. Uno inicial será el encargado de mostrar las referencias empleadas, los esquemas que justifican el desarrollo entregado y los aspectos destacables sobre los cuales actuar. El quinto, según la cantidad de información que finalmente seamos capaces de generar, incluirá las veinticinco secciones del río requeridas por las bases y tantos renderizados, también denominados fotorrealismos o fotomontajes, como decidamos y podamos asumir.

Sin dudarlo un instante, me pongo delante del ordenador y empiezo un esquema que preveo terminar en menos de tres horas, para asegurarme de que hoy quede enviado a nuestra sucursal.

El tiempo transcurre entre clics del ratón, consultas sobre la representación del plano, comentarios acerca de la música seleccionada y puestas en común de las matizaciones que va generando mi compañero para la zona del puerto.

A lo largo de la tarde van surgiendo conflictos en el diseño de este sector, dado que la modificación de un único elemento afecta al resto de piezas que conforman esta compacta maquinaria. En mi caso, lo realmente complicado parece establecer el límite de la zona seleccionada para reestructurar el trafico. No es fácil actuar sobre un vial sin que eso genere un cierto caos en la manzana anexa. Finalmente tras varias ampliaciones, fijamos un área comprendida entre el río y las vías principales situadas a su alrededor. Lo cual supone un esfuerzo extra, no sólo de estudiar su situación actual, sino de entender sus implicaciones a nivel global.

De este modo, mi esquema refleja gran parte de las decisiones que continúa estableciendo mi mentor en su plano. Cada nuevo vegetal que sitúa sobre el plano base, permanece intacto escasos segundos, ofreciendo una colorida estampa en cuestión de minutos. Al inicio y final de cada vegetal, me incorporo al diseño para contribuir en lo posible y asimilar las modificaciones realizadas de cara a mi esquema.

Con esta dinámica, cerramos un día muy intenso pero no tan productivo. Nos emplazamos a mañana para finiquitar mi tarea y presentar la propuesta al grupo. Con esta misión clara transcurren las horas que nos separan del nuevo asalto. Con una sorprendente puntualidad, rara excepción en nuestra parsimoniosa trayectoria, retomamos el trabajo en el mismo lugar donde lo dejamos, como si las horas pasadas se hubiesen transformado en minutos. Continuamos aplicados y concentrados en nuestro objetivo. El resto del grupo se va incorporando a sus respectivas tareas, mientras nosotros cerramos el esquema de tráfico que compartimos inmediatamente con ellos, tanto aquí como en el segundo campo base, donde continúa nuestro cuarto integrante, dirigiendo a su equipo.

El presente día se nos presenta más corto que de costumbre, los diferentes compromisos a los que debemos hacer frente, nos obligan a abandonar el estudio con antelación. Sabido por todos, en similares circunstancias, nos apresuramos en cerrar el trabajo para que mañana nos sea aún más fácil de recuperar.

Una educada pero fría despedida nos marca el camino hacia nuestros próximos encuentros. Personalmente, ya llego tarde. Mis clases semanales de inglés, comenzaron a las siete de la tarde, siendo ya las siete y media. Resignado, renuncio a la primera hora para concentrarme en la segunda de ellas. Una vez más, me encuentro en mi moto, no sin cierto estrés, volando por esas mismas calles que acabo de analizar y plasmar en mis dibujos.

Lamentablemente no dispongo del tiempo suficiente como para recapacitar acerca de mis acciones. Sólo tengo ojos y neuronas para mi moto y las circunstancias externas que afectan a mi conducción. La búsqueda de atajos y el peligroso zig-zag entre el resto de vehículos, auguran lo inevitable. Tras varias maniobras de dudosa elegancia, me adentro en una de las pequeñas callejuelas que deberán proporcionarme cierto margen de maniobra para suplir otros posibles contratiempos que, sin duda, surgirán a lo largo de mi trayecto. Para colmo de males, la lluvia hace aparición tímida y sutil, lo cual representa un peligro aún mayor si cabe, ya que apenas me percato de ello. Las prisas crecen por momentos. No sólo me preocupa llegar tarde, sino que un exceso de agua, para lo cual no voy preparado, podría suponer la guinda de este peculiar pastel. No puedo llegar tarde y encima empapado en agua.

Todas estas deliberaciones internas se transmiten automáticamente en un grado más de giro en mi puño derecho. Todo se traduce en más estrés y equivalente velocidad. Cada vez, mis sentidos se encuentran más concentrados en la conducción, en cada peatón que hace el amago de cruzar la vía, no consciente de mi futura presencia por miedo a una lluvia cada vez más molesta y notoria.

Observo cada coche que asoma su morro marcando su territorio en el próximo cruce. Cada semáforo. Cada señal. Hasta que todo este contexto decide volcarse ante mí, desafiante pero escurridizo. En un instante, aparece un estrechísimo callejón que no había acertado a ver con la abundante lluvia que amenaza mi visión, mi reacción no es sino buscar la señal que me indique mi preferencia en dicho cruce. ¡Maldición! Se trata de un ceda al paso, escoltado por un deslizante paso de cebra pintado sobre la tradicional calzada de adoquines pulidos por el paso de los años. Combinación explosiva la que parece resultar de esta coctelera.

Las siguientes décimas de segundo, duran horas en mi cabeza. Raudo y veloz reduzco mi velocidad y presiono la maneta de los frenos. Consciente del riesgo que ello supone, pero obligado por las circunstancias, recibo la visita indeseada de mi rueda trasera, quien reacciona instantáneamente a mi acción de frenado, perdiendo toda adherencia e incorporándose en paralelo a la fiesta. Una caída podría ser bastante peligrosa en estas condiciones, así que suelto el freno, enderezo la moto y me lanzo al cruce completamente entregado a mi suerte.

No puedo hacer más que confiar en la ausencia de vehículos en la calle perpendicular. Sin por ello olvidar, que sigo inmerso en un proceso de malabarista para controlar una moto completamente encabritada, desbocada, ansiosa por emprender su propio camino.

La próxima décima de segundo se convierte en el instante de tiempo mínimo que se supone que debería ocupar. Sólo me centro en prepararme para lo peor. Afortunadamente, recupero la conciencia total, unos metros más adelante, perplejo ante la normalidad que reina de nuevo en mi viaje. No gozo del descanso necesario para saborear la increíble explosión de adrenalina que parece diluirse progresivamente en mi organismo, sólo oculta por una alegría serena pero indescriptible y un cansancio desproporcionado. Únicamente me puedo permitir reducir algo la velocidad antes de abandonar definitivamente la trampa mortal en la que pareció convertirse el adoquín. Los diez minutos que me separan de mi objetivo, no superan el cenit alcanzado unos momentos atrás. Llego victorioso, contra todo pronóstico, a mi academia, intentando ocultar mi satisfacción para mostrar el respeto que me demanda un retraso más que evidente. Una vestimenta poco presentable y húmeda, que acompaña a un rostro demacrado.

Eso sí, estoy ahí. Me siento, dedico todos mis sentidos a relajarme y recuperar el dominio sobre mi mente. Aún me queda una hora de concentración en la que mantener una conversación en inglés sobre los sistemas educativos de diferentes países. Todo ello, con una preocupación lejana que deambula entre mis pensamientos y ausencias: aún tengo que volver a casa, bajo una lluvia cada vez más segura y orgullosa de sí misma.

Doce de la noche. Proclamo este día como terminado. Por fin gozo de unos instantes para mí. El trayecto hacia el dormitorio se torna en paseo triunfal hacia la gloria. Lo mejor de todo, saber que mañana ya es viernes, no cualquier viernes, sino en el que termino uno de los dos cursos para jóvenes emprendedores que simultaneo por las mañanas.

Por si esto fuera poco, supone además el último día de trabajo con el Plan de Empresa que llevo un mes redactando. Crear tu propia empresa debería ser siempre motivo de alegría, pero el cansancio me aleja cada día más de tal sensación. Mi capacidad creativa se debate entre el inicio de mi futuro y un concurso de gran magnitud en el cual se nos invita entre líneas a reestructurar una ciudad entera, nuestra ciudad.

Palabras como exhausto, reventado o seco, pierden aquí su sentido. Me sorprende ver lo que hace creer en algo. Nunca pensé que podría diversificar tanto mis esfuerzos, teniendo en cuenta que cada día, afronto infinidad de novedades que debo entender y asimilar para poder aplicarlas acto seguido en mis variopintos retos.

Que nadie malinterprete mis palabras. No me quejo para nada de lo acontecido, sino que me enorgullece ver que sigo aquí, dispuesto a dar más.



Continuará... (Parte 9/14)