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miércoles, 24 de julio de 2024

La Universidad post-pandemia

No hace mucho, tuvimos el placer de ser invitados a la Escuela de Arquitectura, en el seno de un Festival dedicado a la difusión de nuestra profesión y a la interacción con los alumnos que ansían forjar su futuro al amparo de nuestro gremio. Sobra decir que nos encanta participar en este tipo de iniciativas destinadas a garantizar la continuidad y mejora de la figura del arquitecto, gracias a la creación de nuevos compañeros destinados a superar con creces los logros actuales.

 

Dentro de esta premisa conceptual en la que entender la Universidad como el recipiente perfecto donde cocinar a fuego lento ese caldo de cultivo que suponen los jóvenes aspirantes, parecía lógico imaginar un espacio docente en ebullición, repleto de estudiantes disfrutando de una de las etapas más importantes de su formación. Por desgracia, la estampa distaba bastante de nuestra expectativa inicial. En el fondo, contábamos con el referente de nuestra propia experiencia, hace ya un tiempo, así como las anteriores visitas organizadas a este mismo centro años atrás.

 

En lugar de encontrar un centro caótico y lleno de vida, nos sorprendió descubrir un espacio de trabajo idílico y muy mejorado, en el que faltaba lo más importante, el usuario. Lejos de intentar estimar la cifra exacta de personas que habitaban la Escuela, muy escasa, preferimos ceñirnos a la percepción en la que todos coincidimos. La Escuela parecía haber cambiado dramáticamente, y no lográbamos entender la razón. Preocupados por esta imagen inicial, y aprovechando el motivo de nuestra visita, nos interesamos en comprender los motivos que habrían podido provocar semejante “tragedia”. A priori, la única explicación que nos pudieron trasladar, responde al efecto surgido a raíz de la pandemia. Lo cual tiene sentido y concuerda con los síntomas detectados en la primera inspección. El centro ha seguido evolucionando en pro del bienestar del alumno, pero no ha sabido o podido evitar, precisamente, su marcha.

 

Originalmente obligados a recurrir a la tecnología para cumplir con las medidas de distanciamiento requeridas por una situación tan extrema, resulta que tras la recuperación de tan ansiada normalidad, la realidad no ha vuelto a ser la misma que esperábamos. La interacción implícita en un ente académico tan importante, ha quedado relegada simplemente al uso de las plataformas virtuales habilitadas para tal fin. Por tanto, el espacio físico se ha convertido en un segundo plano al cual solo acudir en caso de que sea estrictamente necesario.

 

Una primera conclusión podría ser la de aceptar esta herencia como una evolución social lógica e inevitable. Sin embargo, como arquitectos, nos parece que este cambio podría llevar aparejadas ciertas carencias en lo que a los principios básicos de la profesión se refiere. Por supuesto, la tecnología es una herramienta fundamental en la que apoyarse, pero no deberíamos olvidar que nuestra función consiste en manejar dicha tecnología al servicio de nuestros clientes, con el fin de comprender sus necesidades, resolverlas técnicamente, y aportar la confianza necesaria para que todos los agentes intervinientes contribuyan a mejorar su calidad de vida. En todo este proceso, tan relevante es el dominio de la técnica como la habilidad social inherente a la comunicación. Por más que podamos modernizar la profesión, si hay algo irrefutable, es que cada vez son más los profesionales implicados en un proyecto. El concepto de equipo es más importante que nunca, ante la creciente especialización que nutre nuestra labor. Si en ese escenario multidisciplinar, no fomentamos la interacción social más básica, creemos que el sistema educativo actual podría estar perdiendo definitivamente el rumbo.

 

Damos la bienvenida a cuantos avances puedan contribuir a la mejora de nuestro trabajo, pero sin por ello olvidar que al mando de todas esas tecnologías siguen estando las mismas personas que han formado parte fundamental del sector de la construcción durante siglos.

 

No cabe duda que la pandemia supuso un revés difícil de digerir para nuestra sociedad, y que sus consecuencias directas e indirectas no hacen sino comenzar a percibirse. En este mismo blog, ya hemos intentado reflexionar acerca de cómo este giro de los acontecimientos podría afectar a la arquitectura, ya sea mediante la creación de un nuevo concepto de vivienda, o por la influencia del teletrabajo en los posibles movimientos migratorios fuera de las ciudades. No obstante, no habíamos sido conscientes hasta ahora de su efecto en los cimientos mismos de nuestra profesión. Lejos de erigirnos en la solución a este posible problema, nos limitamos a alzar la voz para denunciar una realidad que solo el tiempo dirá si desemboca en un cambio de tendencia definitivo o en una desviación puntual y puramente anecdótica. Es más, quizá siente las bases de una nueva universidad más eficiente y productiva.

 

No obstante, desde nuestra humilde opinión, se está perdiendo la esencia de lo que durante años ha supuesto el espíritu universitario de cuántos hemos discurrido por el ámbito académico de este país. Nadie duda de la necesidad de un cambio, pero nos preocupa que este surja a partir de la eliminación del alumno como pieza clave y presencial en las aulas. Lo virtual resulta útil y prometedor, pero siempre como alternativa a una realidad que no deberíamos descuidar.

 

Sin más, confiamos en que este pequeño apunte contribuya a animar un interesante debate del cual deberían surgir las estrategias necesarias para garantizar en todo momento el fin último de nuestro sistema educativo: preparar al máximo a nuestros jóvenes en pro de un futuro lo más gratificante posible.

jueves, 18 de julio de 2024

El tamaño importa

Hace un tiempo nos encontramos en el estudio con una noticia acerca de la que denominaban como “La casa más angosta del mundo”. Según explicaba, la vivienda se había construido en una pequeña parcela surgida entre dos edificaciones existentes, con dos fachadas cuyas dimensiones eran de 72cm y 122cm, respectivamente. Sin embargo, no es el único ejemplo de vivienda estrecha que se puede encontrar. Más allá del alarde técnico que este tipo de vivienda tan extrema supone, nos valió para fomentar un interesante debate acerca de las limitaciones que impone la normativa actual en nuestro entorno y si se debería contemplar la posibilidad de analizar estos casos tan especiales con un extra de flexibilidad bajo el prisma de singularidad que conlleva.

 

En otras palabras, la duda fundamental que nos gustaría trasladar a quien quiera recoger el guante, es si la normativa debe priorizar o poner el foco más en la cantidad o en la calidad. En muchos otros ámbitos profesionales, este es un debate constante donde es posible que en el equilibrio resida la virtud. Sin embargo, dentro del marco normativo actual, ese ansiado equilibrio es directamente, ilegal. La normativa, en su afán por defender los derechos de los ciudadanos y unos mínimos de habitabilidad asociados a ellos, se ha centrado tradicionalmente en la definición de unas superficies mínimas pensadas para garantizar la calidad de los espacios en base, fundamentalmente, a la cantidad de metros cuadrados y sus dimensiones. Hasta aquí, todo correcto. Donde surge la duda es cuando la ciudad, fruto de un crecimiento en muchos casos orgánico, durante décadas, provoca irregularidades, o fallos en la matriz, para los cuales la única solución posible parece ser la arquitectura, en el sentido más amplio de la palabra. Es decir, cuando cumplir la normativa resulte imposible y la única opción viable sea descartar por completo su uso, ¿tendría quizá sentido darle una oportunidad al intelecto, en forma de diseño, para encontrar formas de suplir esas carencias mediante un derroche de talento?

 

Mi respuesta es clara. Sí, por supuesto que sí. Personalmente, creo que vivimos en una época dominada por la tendencia a regular lo máximo posible una realidad a todos los efectos imperfecta. Me explico. La ciudad no es sino el resultado de la evolución de cientos de años de intervenciones diversas, bajo el influjo de culturas y tendencias normativas igualmente diferentes. Actualmente, el urbanismo parece convencido de controlar ese aparente caos bajo una red creciente de leyes, decretos y ordenanzas cada vez más complejas, mediante las cuales proteger, regular y direccionar esta evolución. Controlar pasado, presente y futuro de nuestras ciudades a través del establecimiento de límites que no se deben sobrepasar. Lejos de juzgar el acierto implícito en esta filosofía, me gustaría poner el acento sobre el riesgo inherente a una estrategia basada en limitar la creatividad. Si algo me atrajo de esta profesión, fue siempre su capacidad para mejorar la vida de las personas usando nuestra imaginación como herramienta principal. Parece lógico que cuando algo tan difuso como la imaginación de cada cual se encuentra con un futuro usuario anónimo, surja la necesidad de generar unas reglas del juego con las que evitar injusticias derivadas de la priorización de los intereses personales frente a las necesidades de los demás. No obstante, el terreno de juego no siempre es tan idílico como nos gustaría pensar y es ahí cuando la normativa se convierte en irreal, inútil y contraproducente. 

 

No todos los casos son iguales, ni de lejos, pero sí la normativa que los regula. Bien. La igualdad es algo evidente y los agravios algo a erradicar. Estamos de acuerdo. Pero, pongamos ahora un ejemplo similar al que dio origen a este pequeño artículo. En mi barrio cuento con una parcela muy por debajo de los mínimos exigidos por la ordenanza en cuestión, que además no cumple con las dimensiones mínimas exigidas al uso residencial, pero que podría dar lugar a una vivienda digna de diseño con la que solucionar mi necesidad imperante de habitar, al amparo de un derecho tan básico como el que establece la Constitución. Por tanto, ¿quién establece los límites de la dignidad en lo que a una vivienda se refiere? ¿Qué ocurre si mi sueño consiste en vivir en una vivienda diferente? Si mi única intención es la de cumplir dicho sueño sin que por ello afecte negativamente a ningún otro ciudadano, ¿qué sentido tiene prohibirlo sin más? Recordemos que hablamos de un derecho, no una obligación. Es decir, si no hay negocio alguno implicado en esta idea, ¿por qué se impide la posibilidad de defenderla? Como todos sabemos, la normativa ya permite a día de hoy construir de forma extraordinaria en suelos no urbanizables bajo unas premisas muy concretas, entre las que destaca por encima de todas el interés público de la actuación planteada. Me pregunto si sería muy insensato considerar la investigación y la innovación como un interés público legítimo. ¿Se podrían considerar estos casos extremos como un lugar para la experimentación, siempre que el promotor y usuario sean la misma persona y no exista coacción alguna de por medio? 

 

Soy consciente de que alguien podría llevar esto al extremo: ¿Qué ocurre si yo, un ciudadano más, decido que quiero vivir en un sótano? ¿La ley me lo permite? La respuesta es no. Pero, ¿podría apelar igualmente a mi libertad de decisión? Y su reacción opuesta: ¿Dónde está el límite, entonces, de la creación consentida de infraviviendas?

 

Como arquitecto me veo incapaz de resolver estos dilemas, pero me puedo permitir el lujo de opinar acerca de lo que a mi parecer podría resultar positivo para nuestro gremio. Sin duda, reconozco que me atrae sobremanera el escenario utópico en el cual defender mis ideas de diseño hasta el punto de sobrepasar ciertos límites en pro de una evolución infinita. No creo que nadie dude que para avanzar, muchas veces, es necesario renunciar a lo que hay. Me seduce la idea de contar con un escenario controlado en el cual empujar los límites para seguir mejorando la calidad de vida de las personas. Al fin y al cabo, ¿qué otra forma nos queda para poner en crisis las leyes que nos condicionan? Con esto no pretendo fomentar la revolución ni nada parecido. La radicalidad de este argumento no es otra que la de cuestionarme la autoridad normativa cuando esta no ofrezca solución a la realidad que nos rodea, siempre proporcionando los instrumentos y protocolos necesarios para que este proceso de diseño sufra los mismos controles de calidad que cualquier otro proyecto. De hecho, todo esto surge desde la premisa de que cuando la cantidad no sea suficiente, parece lógico decantar la balanza hacia el lado de la calidad para suplir las carencias detectadas. A priori, me parece una medida coherente que podría ayudarnos a abrir nuevos horizontes muy interesantes. Por desgracia, nos encontramos muy lejos de esta pequeña ensoñación, pero no está de más dedicar un segundo de nuestro tiempo al debate.

miércoles, 21 de diciembre de 2022

Oslo, el placer de lo bien hecho

Como era de esperar, el viaje a la capital noruega se podría definir como un auténtico éxito. En primer lugar lo justo sería establecer las condiciones de partida. Puente en España, cuatro días libres para descubrir nuevos lugares. Saliendo desde Málaga, la compañía Flyr se ofrece como una oportunidad con vuelo directo. No la conocía pero se ha convertido en una de mis compañías favoritas, por detalles tan sencillos como la botella de agua con la que obsequian a todos los pasajeros. Puede parecer absurdo, pero dadas las múltiples dificultades asociadas a la posesión de líquidos en un aeropuerto así como el elevado coste de los productos a bordo, me parece cuanto menos plausible que se piense en el usuario a ese nivel. 

Embarcamos con tiempo de sobra y sin protocolos absurdos. La mascarilla, un vago recuerdo de tiempos pasados. Los tiempos, clavados. La salida del avión, con la misma fluidez que el embarque, nos dirige sin remedio hasta nuestro destino. Un aeropuerto cómodo e intuitivo desde el que coger un tren hacia la estación central de la ciudad. Dos alternativas, versión express y cada cinco minutos o versión regional cada treinta, aproximadamente. Por la diferencia de precio, nos decantamos por el regional. Diez euros menos, tan solo cuesta once, y diez minutos más de trayecto, para un total de veintiocho. 

La estación central se ubica en pleno corazón de la urbe, convirtiendo este desplazamiento en altamente eficiente. De ahí, nos acercamos a nuestro hotel, citibox, a escasos cuatro minutos a pie de la estación. Una manzana completa repleta de habitaciones pequeñas pero bien diseñadas, donde se optimizan los procesos para abaratar la factura final y simplificar cada estancia. Todo funciona, es un placer. Soltamos las maletas y nos lanzamos a la calle. 

Nos reciben el frío, una limpieza exquisita, además de esa amable sensación de confianza y seguridad que no nos abandonará en todo el viaje. Los noruegos nos deleitan con un derroche de educación y simpatía con el que no contábamos. Si todo parecía fácil ya de por sí, ellos se encargan de garantizar el resultado. La única pega, nos ha costado encontrar restaurantes en los que degustar la comida típica del lugar, aunque imagino que este es un mal propio de las grandes ciudades europeas, plagadas de franquicias atractivas y reconocidas que han terminado por erradicar al local de su propio ecosistema. 

Dicho lo anterior, el precio se erige en principal protagonista de la escena. Sin queja alguna sobre la calidad de los alimentos, cabe destacar la elevada suma a abonar en cada sentada. Menús desorbitados aunque adaptados al entorno. No significa que no se pueda comer barato, sino que es necesario redefinir el concepto de barato. Pese a todo, este mínimo inconveniente, más que nada por esperable, se oculta tras la belleza de una ciudad moderna y acogedora, donde caminar durante horas y disfrutar de un sinfín de ejemplos maravillosos de diseño. Un recital de edificios dominados por el eclecticismo contemporáneo del acero, el cristal, la piedra y la madera, bajo el imponente influjo de esas majestuosas avenidas peatonales o de tráfico casi inexistente en las que perderse sin miedo alguno. 

En tres días completos de turismo, pudimos visitar las principales atracciones de la zona, adentrarnos en algún que otro museo e incluso hacer senderismo por uno de los múltiples parques cercanos. Kilómetros de recorrido donde la única máxima que se repite es la pulcritud. Todo luce perfecto pese a la aparente naturalidad y desenfado con que el día transcurre a tu paso. Ni rastro de la rigidez que cabría esperar ante semejante alarde de perfeccionismo. Los niños abarrotan los parques ataviados con sus monos todoterreno mediante los cuales restregarse sin tapujos por el suelo, ante la atenta pero divertida mirada de sus progenitores. Un ejemplo más de lo familiar que resulta está ciudad a ojos de cualquiera que se digne a visitarla. 

Me llevo el recuerdo de fachadas majestuosas y bien rehabilitadas, en contraste con la simplicidad de algunos barrios periféricos o el esplendor de cristal que inunda las áreas más céntricas de Oslo. Una de esas visitas que ya apetece repetir. Y por si esto fuera poco, me siento de nuevo en el vehículo de Flyr que se dispone a traernos de vuelta, botella de agua en mano, mientras observo atónito cómo los operarios del aeropuerto lavan a presión el avión para garantizar el correcto funcionamiento de su fuselaje. Aquí todo funciona. El auténtico placer de lo bien hecho. 

Gracias Oslo, volveremos.

domingo, 19 de junio de 2022

Mallorca

Las primeras veces siempre son las más auténticas, emocionantes y sorprendentes de todas. En este caso, ha sido Mallorca. Mi primera visita a la isla. No puedo decir que acudiera sin el más mínimo conocimiento al respecto, pues se trata de uno de los destinos turísticos por excelencia en nuestro país y eso implica que soy de los pocos que aún no había estado por allí. Los tópicos acerca de la mayoría de población de origen alemán o el color turquesa del mar no me han decepcionado para nada. El coche de alquiler venía con todos los menús en la lengua de la Merkel. La primera foto indiscutible, esas aguas transparentes que decoran el perímetro insular, en su mayoría escarpado. 

Superadas las novatadas propias de estos casos, me llevo algunas reflexiones interesantes. Por un lado, la invasión ciclista que caracteriza cada rincón. No se tarda demasiado en entender el por qué. Carreteras sinuosas, recorridos llanos de bastante longitud combinados con ascensiones con gran desnivel y hermosas vistas. Contrastes interesantes que enamoran a los amantes de las dos ruedas. Amplío este abanico deliberadamente a raíz de la enorme presencia de motocicletas que imagino responden a los mismos incentivos ya mencionados para sus hermanas pequeñas. Como tercer ingrediente de este curioso y ajetreado ejemplo de tráfico, aparecen, aparecemos, los innumerables coches de alquiler que serpentean erráticos por estos lares, más preocupados por alcanzar el desconocido destino que por cumplir con las exigencias establecidas por la DGT. Resultado de este curioso cocktail: nada que no pudiéramos prever. Caos. Un riesgo innecesario pero al parecer inevitable, tan solo reducido por la evidente componente de buenrollismo asociado al viajero que se desplaza por diversión. Pese a todo, un peligro omnipresente que igual se debería intentar evitar, aunque a ver quién es el guapo que se atreve a eliminar alguno de estos factores de la ecuación. 

Por otro lado, me ha llamado la atención una arquitectura de calidad, en cuanto a la vivienda unifamiliar se refiere, y una masificación hotelera importante en determinadas localizaciones. A diferencia de su vecina Menorca, creo que me he sentido atraído por muchas más casas privilegiadas de las que esperaba. Cada acantilado es una nueva oportunidad para compartir orgullosos el preciado tesoro turquesa que decora con seguridad sus generosos ventanales. Pizcas del lujo más incontestable que flirtean, sin embargo, con una gran variedad de escalas y estilos. Villas modernas, entendidas como cubitos blancos plagados de cristal, se codean con robustas mansiones de piedra que bien podrían haber habitado los antiguos romanos o algún ciudadano castellano del interior peninsular. Quizás la clave de todo este eclecticismo serían las contraventanas, de diversos colores pero enorme protagonismo. Hogares de hormigón y piedra que reflejan con maestría a sus homólogos acuáticos. Un sinfín de yates que, manteniendo esa amalgama de estilos y escalas, anuncian con descaro la existencia de los mejores spots, que dirían los modernos. En este caso, igual de simples y blancos pero con algo menos de cristal.

Resulta casi insultante los ejemplares que navegan por la isla, repletos de anónimos millonarios, famosos en racha y ostentosos sin blanca. Todos ellos convencidos de lo acertado de su perspectiva y lo afortunado de su flexibilidad. Pues si algo envidio de sus ocupantes, es la facilidad para deambular entre las calas sin necesidad de acumular kilómetros de riesgo y calor a sus vehículos. Supongo que lo valoran. Quizás ellos anhelen igualmente lo entretenido de estos vaivenes de asfalto. Sea como fuere, una razón más para alargar los incisivos de aquellos humildes visitantes que nos conformamos con la crítica fácil y la foto de la vergüenza. Siempre hubo clases, que dirían los tiesos. Haber estudiado, que dirían los sabios. Como si algo de esto tuviera realmente que ver con la educación o la cultura. Dinero, dinero y más dinero. Un turismo de pasta, no precisamente gastronómica. Iba a decir de nivel, pero no me atrevería a emplear este término, después de haber oído hablar de Magaluf, donde todo vale menos mejorar. Algo parecido a este blog, que puede que estéis pensando muchos. De ser así, invitados quedáis a cerrar esta ventana para continuar desperdiciando petroleo en vuestras esqueléticas barcazas. 

Por mi parte, prefiero centrarme en mi particular aventura: seguir conociendo mundo, aprendiendo realidades y acumulando momentos. Gracias por llegar hasta el final, y si no has estado aún en Mallorca, confío en que estas torpes palabras sean el revulsivo definitivo para tachar esta bella isla de la lista. 

Volveré, como todo lo malo. Volveré.

lunes, 23 de marzo de 2020

#YoMeQuedoEnCasa

Mucho se ha visto últimamente esta curiosa etiqueta que decora divertida cada una de nuestras muestras públicas de vida. Bien para expresar el chiste de turno con que destacar y rebajar la evidente tensión del momento, bien para reforzar nuestras más firmes convicciones acerca de lo trascendental de este periodo y lo fundamental de nuestra solidaridad al respecto.

En mi caso, me niego a hablar sobre el virus o la manera en que debemos enfrentarlo, porque me considero un total inepto en la materia. Creo que ya tenemos demasiadas aportaciones en tal sentido, y me preocupa que ante tanto ruido se nos escapen los acordes principales de tan fatídica melodía. Por ello, lejos de quedarme callado ante un cúmulo tan atroz de silencios impuestos por este estado de alarma, he preferido dedicar las pocas neuronas que aún se mantienen activas a estas horas, para analizar lo sucedido desde un punto de vista diferente. Un acercamiento arquitectónico, fruto de la deformación profesional innegable que adereza cada uno de mis actos.

Existe un matiz en todo esto que me resulta aún más interesante y mundano que la erradicación de la pandemia, lo cual por desgracia escapa a mi capacidad de comprensión. Estamos ante una oportunidad única para poner en crisis la tipología de vivienda que parece que estamos convirtiendo en referente del siglo XXI. Sí, sé que suena algo decepcionante, puesto que hoy día la gente dedica sus palabras a objetivos mucho más grandilocuentes o incluso heroicos, pero por mi parte prefiero centrarme en buscarle un lado positivo a lo que nos ocurre. No me cabe duda que la gran mayoría de las personas que puedan leer esto, si alguien lo hace, estarán a estas alturas bastante cansados de esas mismas cuatro paredes que nos obligan a permanecer sitiados contra nuestra voluntad. Sin embargo, siendo pragmáticos, jamás nos hemos visto ante una convivencia tan intensa con nuestra vivienda, y lo que es más importante, con toda la familia. Por tanto, estamos ante una oportunidad inmejorable para aprender de ello.

Creo que entre las múltiples tareas o retos que nos imponemos estos días, deberíamos analizar la forma en que interactuamos con nuestra casa y con cada una de sus estancias, si es que cuenta con más de una. Plantearnos qué zonas de la vivienda estamos usando más y cuáles menos. Qué zonas se podrían utilizar más, o qué ámbitos se han visto más modificados desde que estamos en este confinamiento. Estoy seguro de que muchos salones y comedores se habrán visto desarmados para dar paso a parques infantiles, talleres de manualidades o salas de conciertos improvisados. Quiero pensar que la sala de cine no estará ocupando la totalidad del tiempo del que disponemos, y por desgracia, dudo mucho que las casas se hayan convertido masivamente en bibliotecas dedicadas a la lectura y el aprendizaje. Al menos, no por gusto. Sea como fuere, me interesa enormemente como arquitecto, conocer la realidad que se debe estar manifestando tras cada una de las vivencias que os definen. Ojalá pudiera ir casa por casa para entrevistar a cada uno de vosotros y establecer así las conclusiones pertinentes que desembocaran en la vivienda perfecta, o al menos, nos permitieran establecer una serie de alternativas válidas.

Seamos realistas, tampoco espero una afluencia descontrolada de comentarios y aportaciones anónimas en tal sentido, pero no por ello debo renunciar a la posibilidad de que algunos allegados dediquen un rato de este encierro a compartir sus opiniones o sugerencias al respecto. Como os decía, me encantaría saber la nota que saca vuestra casa ahora que está siendo sometida a un examen tan exhaustivo. Muchos memes hablan de lo arriesgado de conocer a nuestras parejas o familias ahora que estamos obligados a pasar tanto tiempo con ellas. Pues bien, del mismo modo, y desde un planteamiento mucho más serio y constructivo, me encantaría aprovechar la oportunidad implícita siempre en momentos de crisis como este.

En aras de ayudar al estudio me he planteado una serie de preguntas básicas, a modo de ejemplo, que nos permitan iniciar un borrador de informe en esta materia; siempre teniendo en cuenta que tan importante son las respuestas como las premisas de partida de cada caso en particular:

  1. ¿Cuántos dormitorios tenemos en casa? ¿Cuántos somos en la familia? ¿Número de baños?
  2. Llevamos días conviviendo durante 24 horas con nuestra casa. ¿Qué estancia es la más concurrida? ¿Es esa estancia la más grande?
  3. ¿Se ha convertido esa estancia en la más diáfana, o flexible?
  4. ¿Hemos aumentado el tiempo empleado en el dormitorio, con respecto a una semana normal?
  5. ¿Qué papel juegan los niños en esta nueva realidad y qué proporción del diseño de la vivienda está enfocado a ellos o consensuado con ellos?
  6. ¿Ha vuelto la cocina a ocupar un lugar central dentro de la estructura familiar, ahora que tenemos tiempo que dedicar a nuestra alimentación, pero sin los formalismos de eventos puntuales o épocas caseras como las Navidades?
  7. ¿Hemos echado en falta la chimenea como representante histórica del hogar?
  8. ¿Seguimos orgullosos de haber cerrado la terraza para ganarle espacio al salón?
  9. ¿Sigue siendo ridículo ese balcón que nunca habíamos usado hasta ahora?
  10. ¿Hemos conseguido que la familia coma unida en el comedor, alejada de las pantallas y los estímulos visuales propios de esta generación?
  11. ¿Se han convertido en un aliciente las escaleras, en caso de que las tengamos?
  12. ¿Pensamos que las ventanas de nuestra casa deberían ser más grandes o más pequeñas que las que tenemos?
  13. ¿Nos hemos hartado de algún elemento o aspecto en concreto? ¿Se nos ha quedado pequeño el televisor?
  14. ¿Echamos en falta espacios más abiertos? ¿O por el contrario nos gustaría tener más privacidad?
  15. ¿Está nuestra casa preparada para poder trabajar en ella?
  16. ¿Echamos en falta más estancias independientes para poder separar las distintas actividades o hobbies entre los integrantes de la familia?
  17. ¿En qué medida las mascotas han influido en la convivencia familiar de los distintos espacios?
  18. ¿Qué es lo primero que cambiaríamos de nuestra casa si pudieramos reformarla mañana?
  19. ¿Qué es lo último que tocaríamos en tal caso?
  20. ¿Qué nota le daríamos a nuestra casa, del 1 al 10?

Podríamos seguir así durante horas, pero creo que lo importante no es responder cuestiones concretas o preestablecidas, sino que cada uno analice y sea consciente de las características que definen a su vivienda, y a partir de ahí establezca un mínimo listado de pros y contras que nos permitan mejorarla en un futuro. O en su defecto, contribuya a descifrar los entresijos de nuestras necesidades específicas de cara a la búsqueda de nuestra siguiente casa, bien sea en alquiler o en propiedad.

De hecho, creo que esta última cuestión es otra de las grandes preguntas que deberíamos hacernos. ¿Pensáis que vuestra próxima vivienda sería en propiedad o de alquiler? Y si no es mucho preguntar, ¿por qué?

En fin, estoy seguro de que aquellos que sigáis leyendo este artículo habréis captado perfectamente la idea que se esconde tras estos párrafos. Así que confío en que hayan sido capaces de evocar en vosotros un mínimo de inquietud por los espacios que condicionan, ahora más que nunca, vuestro día a día y el de vuestras familias. En definitiva, un ejercicio de reflexión a través del cual entender el posible valor de la arquitectura y el diseño en nuestras vidas. No con el objetivo de halagar a nuestra profesión, sino con el fin de exigirle mucho más.

Los arquitectos siempre nos hemos definido como una herramienta fundamental para la sociedad. Es momento de que os lo creáis y empecéis a ayudarnos a resolver los complejos dilemas espaciales asociados a una sociedad cambiante y en constante e intrépida evolución.

Muchas gracias de antemano por vuestra colaboración.

Ánimo y mucha salud!

#YoAnalizoMiCasa

miércoles, 28 de junio de 2017

Bien Málaga, Bien

Aunque sólo sea para variar, hoy me gustaría aprovechar estas letras para poner en valor una actuación tan ínfima como ilusionante, la mejora de la avenida de Andalucía.

Probablemente se trate de una intervención que esté pasando bastante desapercibida, incluso carezca de todo interés para la mayoría de la sociedad, pero personalmente creo importante reconocer lo interesante de este cambio en la ciudad.

Como muchos estarán pensando, soy consciente de que aún no se encuentra terminada en el momento de escribir estas palabras y por tanto, es algo arriesgado celebrar su ejecución. Pero este artículo no va de resultados, va de intenciones.

Como bien sabéis, Málaga en los últimos años ha pecado de falta de iniciativa, exceso de perfeccionismo o más bien de excusas. Sea como fuere, son múltiples los ejemplos que demuestran que en ocasiones necesitamos más de un empujón para lanzarnos y acometer nuevos proyectos en la ciudad. Más bien, somos de esperar a que nuestro “príncipe azul” venga y nos deleite con su magnífica habilidad para engrandecer esa “Super Málaga” que todos queremos.

Ahora que tanto se habla del conflicto del Astoria-Victoria, de si el elegido era más o menos loable, más o menos acertado, más o menos mediático, creo que es fundamental mirar un poco más allá, para entender el verdadero problema que se esconde tras toda esa absurda e interesada polémica. El dilema, o puede que gran error de este núcleo urbano, radica en la falta de interés por hacer cosas, aún a riesgo de equivocarnos. Málaga necesita que ocurran cosas, necesita que se intenten cosas, acertadas o no. Y sí, sé que muchos criticarán estas palabras porque pueden llevar a engaños y poner en riesgo la imagen idílica de esta ciudad. Pero la realidad es bastante explícita.

Lo grave del Astoria-Victoria no es lo ocurrido en el fallo del concurso, no. Lo grave se remonta más atrás, cuando la ciudad adquiere uno de los suelos más interesantes y valiosos de nuestro entorno, urbanísticamente hablando, para nada. Sí, para nada. Se adquieren los terrenos sin saber para qué se van a destinar. Al no tener un destino claro, su único fin es el abandono y la desidia, cuyo resultado no puede ser otro que la ruina, con el peligro que ello conlleva.

Han sido múltiples las ideas que han ido surgiendo alrededor de este entorno, muchas de corte cultural, algunas más humildes, otras más ambiciosas, pero al parecer, ninguna lo suficientemente apropiada o pomposa como para decorar uno de los rincones más agraciados de la Plaza de la Merced. Por ello, la mejor solución no es otra que cerrar a cal y canto este recurso de Málaga hasta que alguien sea capaz de salvarlo de su maldición.

Como este caso, podríamos hablar de La Mundial y Moneo, o la Plaza de Camas, entre otros ejemplos de lo más actuales. El fondo siempre es el mismo, lejos de encontrar al ejecutor perfecto, preferimos dejar que el tiempo y el desuso hagan su trabajo para, llegado el fatídico momento de su inevitable desaparición, resurgir desde un inexplicable interés póstumo, una equivocada añoranza, un desacertado sentido de la protección, para defender lo ya indefendible. No porque no lo valiera, sino porque desgraciadamente ya no lo puede valer.

Por ello, y lejos de convertir este escrito en una crítica destructiva y sin fundamento más, de las que tanto abundan hoy día, prefiero poner el foco en esa otra Málaga, esa Málaga alejada de los flashes, alejada de los “Metros” y los “Balnearios”, esa otra Málaga desgraciadamente olvidada, pese a su evidente importancia en el imaginario colectivo de la ciudad.

Lejos de valorar el resultado final, me centro en la intención que algún día lo provocará. Ya llegará el momento de analizar si se trata de un acierto o un error. Si podríamos haber encontrado una opción mejor, si deberíamos haber hecho aquello otro... Seguro que existirán muchas alternativas, todas válidas, pero desde luego debemos agradecer que se empiece por alguna de ellas.

La avenida de Andalucía no sólo es una de las principales arterias de Málaga, sino que además supone la principal puerta de entrada a la ciudad, al menos para el tráfico rodado. Sin embargo, durante años ha sido abandonada a su suerte hasta convertirse en una imagen deteriorada y algo desaliñada de esa gran urbe que nos empeñamos en vender. Podría parecer que su sino sería convertirse en otro más de esos ejemplos destinados a acumular “mega proyectos” de reforma integral no realizados, hasta que su evidente decadencia nos obligara a actuar sin criterio ni tiempo.

Pero no, en esta ocasión la ciudad ha sabido entender la realidad de este entorno, recurriendo a una intervención sutil y puntual, más propia del urbanismo acuñado por el archiconocido Jaime Lerner en su Curitiba natal, la acupuntura urbana, que de los starchitects que parecen dominar el panorama europeo contemporáneo. Y una vez más, como se suele decir, hay lugar para todos. Así que si esta leve mejora de los márgenes de la avenida, mediante el tratamiento de los alcorques y su alrededor, supone ese primer revulsivo capaz de regenerar poco a poco esta vía de entrada, bienvenida sea. Ya habrá tiempo de decidir si es más o menos acertada estéticamente, más o menos acertada en su concepto, o incluso más o menos acertada económicamente.

Desconozco por completo el origen de esta intervención, su promotor, su creador o su presupuesto, pero mientras esperamos que el tiempo la ponga en su lugar, no nos queda otra que aplaudir que por fin, en nuestra Málaga, nos permitimos el lujo de intentar cosas, más allá de su escala o su grandilocuencia. Tan sólo por el simple hecho de querer aportar un granito de arena hacia la ansiada mejora urbana que todos apoyamos y demandamos.

Gracias Jaime por enseñarnos ese otro camino hacia el éxito, tan alejado del glamour y las fiestas, tan alejado del poder y los medios, gracias por pensar tan sólo en un fin a medio-largo plazo que repercuta en el bien de todos, ya sea de forma directa o indirecta. Gracias.


Y a mi ciudad, gracias. Por intentarlo, por despojarte de ese miedo tradicional a equivocarte, de ese miedo incontrolable a la crítica, de ese miedo inexplicable a la incomprensión. Gracias por iniciar el verdadero camino hacia esa otra Málaga que tanto tiempo llevamos frenando.

miércoles, 20 de julio de 2016

Error fatal vs Incidencia de visado

Poco más que añadir, ¿no creéis? Si eres arquitecto, automáticamente habrás podido comprobar el macabro poder que ejercen estas simples palabras sobre nuestro bienestar. Irremediablemente, nuestras mentes se ven inundadas de infinitas anécdotas que lejos de resultar agradables, arrancan paradójicamente sinceras sonrisas en nuestros cariacontecidos rostros.

Dicen que es muy fina la línea que separa el amor del odio. Quizás sea esta la razón. Sin duda la prefiero ante la alternativa más lógica, la insinuada y no poco fundada locura del arquitecto.

Para los no familiarizados con tan “diabólicas” expresiones, intentaré acercaros un poco más a la realidad de nuestro gremio, a través de sus más simples y afiladas aristas.

“Error fatal” es una de esas expresiones que generan una interesante animadversión en su incrédulo lector. En un primer momento, es imposible no sentir una innombrable cantidad de furia contenida (salvo aquellos casos en los que lejos de ser filtrada, dicha fuerza de la naturaleza se vio abocada al elemento móvil más cercano en ese momento, véanse el ratón y el teclado como ejemplos más comunes), surgida de la frustración más irracional, fruto no sólo del cansancio al que suele preceder tan emblemático hito educativo, sino además del mensaje claro y conciso que es trasladado inmediatamente a tu cerebro: ¡no has guardado y lo sabes!

¿Cuántas horas de mi vida habré perdido?

Sin embargo, lo curioso de este momento radica en ese instante posterior en el cual analizas la situación desde la resignación del experto, para reconocer admirado la elocuencia y simplicidad del mensaje informático empleado: ERROR FATAL. Perdonad que recurra a las mayúsculas pero era importante transmitir la grandilocuencia de estas pocas letras.

En definitiva, estas palabras describen una realidad más común de lo que debería, en la cual los aplicados y desmotivados alumnos de arquitectura enfrentan su enésima noche sin dormir, una nueva velada dominada por el insomnio obligado, en la cual los automatismos de nuestro cuerpo aprovechan para delinear los recuerdos de lo que hace horas pareció una genial idea. Incontables horas sentado frente a la oscura pantalla del software CAD de turno, donde las líneas de colores parecen deambular ante la atenta mirada de un eje de coordenadas como único referente de la sensatez humana. Valiente referente, por cierto. Horas en las que tu mente ensaya comprometida los diferentes estados de ánimo atribuibles a todo ser humano, cual actor en prácticas. Una montaña rusa de sentimientos dominados por un único elemento común, esa impertérrita pantalla negra donde las líneas se entrelazan cual fiel recreación del mismísimo firmamento.

Puede que esta redacción os resulte caótica e incluso sin sentido, pero no sabría expresar de mejor modo ese maravilloso instante, normalmente asociado al amanecer, en que el reloj anuncia asustado la cercanía del tan temido límite de entrega con que nuestros queridos profesores habrían decidido condicionar nuestras vidas. En ese instante, sin dormir, sin comer y sin capacidad alguna ya para hablar (las únicas fuerzas restantes se centran en no destrozar el teclado con un somnoliento cabezazo), es cuando debemos afrontar la redacción del texto descriptivo que exprese el significado escondido tras el diseño definido durante tantas horas de altibajos. Es entonces, cuando la mayor cantidad posible de palabras debe inundar la pantalla bajo la dirección de un inexistente sentido literario y la inalcanzable estética coherente y cuidada que se espera de un texto de ese calibre. Una retahíla no filtrada destinada a rellenar con ahínco el hueco perfectamente previsto lustros atrás en su correspondiente panel. Una serie de párrafos enfundados en un elegante traje de seriedad, que sin embargo, jamás creo que hayan sido leídos por nadie (incluido el propio autor) pese a lo cómico y prometedor de su contenido.

Pues bien, situados ya en esa romántica estampa donde el rojizo destello del amanecer invade la insolente y desordenada habitación, centrados en hilar palabras con cierta dignidad; justo en ese instante, es cuando el ordenador, fruto del mismo cansancio reinante en la estancia cede definitivamente al agotamiento para deleitarte con un sincero y sutil SOS con el que anunciar su irremediable desconexión. Tal cual. Lo más maquiavélico de este hecho, es tan cruel anuncio de una muerte anunciada e inevitable. Unos segundos de pura incredulidad que vienen a desatar el clímax final de la exaltación sentimental sufrida. Un mensaje en una pantalla.

Ira, furia, odio, desesperación, depresión, resignación.

Un sencillo gesto asiente ante el detalle de aviso por parte del ordenador, dando así autorización al desastre. Cierre automático del programa, y con él, horas y más horas de ebullición intelectual, los últimos reductos de la esperanza ingenua del alumno fiel, trazos profundos de un diseño trasnochado, o un nuevo de ejemplo de creatividad desperdiciada sin más.

A partir de ahí, sólo queda descansar, aquello que deberíamos haber hecho siglos atrás, para afrontar una última batida, siempre surgida desde el peor de los escenarios previstos. Un ejercicio admirable de eficiencia y alarde mnemotécnico por el cual esbozar lo ya generado en pocos minutos, con idea de maquillar un hundimiento más que probable, con el recuerdo de lo que pudo ser y no fue.

Bendita la hora en que aprendimos a guardar a cada instante.

En ocasiones, cuando varios compañeros se reúnen en cónclave frente a algún ajeno al sector, suelen lograr en sus sorprendidos interlocutores las mayores muestras de pena y compasión ante tal grado de desgracia y crudeza.

No es ese mi objetivo, sino más bien permitir que tanto propios como ajenos contribuyan a la necesaria transformación de este tópico drama en la atípica parodia que debería ser.

Eso sí, error fatal, célebre y aventajado emisario de la desgracia, podría ser calificado de indefenso principiante ante nuestro siguiente protagonista.

Sí señores. La versión 2.0 del mismísimo Error Fatal. Ni más ni menos que la temida e inevitable “Incidencia de Visado”. Si el contexto anterior lo conformaban el insomnio, el cansancio y la presión académica; en este caso, los actores principales resultan ser nuevamente el cansancio, la infinita creatividad burocrática de este país y el innegable amor por el ayer que contagia al sector de los clientes. Una coctelera de estrés, agotamiento, frustración e incomprensión, aderezada con toneladas de desidia, que desemboca en la indescriptible espera desesperada en torno a un sencillo email. Aquel que marcará el destino de tu día, tu proyecto, tu cliente, y por qué no, el sustento de tu familia.

La agónica espera que antecede al mencionado email culmina, como no podía ser de otro modo, innumerables llamadas sin éxito mediante, con la llegada de un mensaje a tu bandeja de entrada. Mensaje recibido del Colegio de Arquitectos. Mientras tu cerebro procesa la información de tan esperado invitado para confirmar que es efectivamente quien dice ser, por fin, esta ceremonia precede al mensaje correcto, no como las múltiples experiencias fallidas anteriores en las que no se trataba más que del típico mensaje publicitario de la empresa de muebles de siempre.

Abres el mensaje con una mezcla sin igual de ilusión y pánico. Tus ojos recorren atropellados los contenidos inútiles que adornan toda comunicación. No puede ser. De un seco frenazo no sin derrapar, tu mirada se clava en la primera frase de tan esperado anuncio: Incidencia de visado.

A lo cual acompaña un ingenioso extracto de El Quijote, oportunamente mezclado con ciertos retales de literatura normativa del más alto nivel. Conclusión, una verborrea incomprensible que tan sólo sirve como condimento al plato principal, un suculento filete de negación por el cual se nos invita amablemente a corregir algún aspecto de suma importancia en la redacción de una memoria técnica repleta de datos, o la repetición de algún plano mal delineado o incluso mal impreso. Todos ellos aspectos formales, por pura definición del control documental asociado al visado, y en muchos casos fruto de una interpretación diversa en cuanto al modo en que expresar la misma información.

En definitiva, lejos de entrar en una crítica no ansiada en este artículo, un nuevo retraso que desde ese mismo instante nos vemos obligados a explicar a nuestro incrédulo cliente. Una nueva decepción atribuible a nuestro servicio. Uno más de los múltiples obstáculos que guían el camino del arquitecto moderno. Maestros de la psicología ante propios y ajenos, más bien los primeros. Un máster no académico acerca de las más extremas explosiones de tipo emocional.

Una incidencia más en tan agradable recorrido desde lo privado a lo público, para retornar henchido de ganas y fuerzas renovadas a nuestro privado incitador.

Muchas gracias a todos los que con vuestro esfuerzo diario pobláis nuestra vida de inolvidables lecciones profesionales capaces de trascender el límite de lo personal.


lunes, 4 de mayo de 2015

La vivienda unifamiliar, frente a la familia “univivienda”

A raíz del debate generado la pasada semana en redes sociales, me gustaría retomar este aspecto tan importante de la arquitectura actual. La vivienda familiar, entendida como máximo referente del concepto de hogar en nuestra sociedad, se ha convertido en una inversión casi obligada, asociada a la idea del bienestar, y condicionada a toda una vida de sacrificios económicos.

Sin embargo, esta longevidad derivada de la exagerada cuantía en que se valoran, contrasta enormemente con el núcleo familiar que caracteriza nuestra sociedad. Un ente tan cambiante como este, requiere en principio un espacio lo más flexible posible para permitir adaptarnos a dichas demandas variables.

Tradicionalmente, la vivienda ha sido y, probablemente será, un bien muy codiciado. La inversión inmobiliaria ha marcado una etapa en nuestro país, hasta el punto de lograr que los precios alcanzaran cotas insospechadas, fruto de una lamentable e insostenible especulación. Más allá de centrar el debate en la ética económica, si es que esta existe, considero más interesante concentrarnos en la parte más arquitectónica de este conflicto. Partimos de una base indudable, una vivienda es una necesidad inalienable del ser humano, por no decir un auténtico derecho. Dicho esto, ¿quién nos impuso que este derecho tuviese que hacerse realidad a través de la fórmula de la propiedad? ¿En qué momento se descartó la opción del alquiler? ¿Cuándo se planteó que la vivienda debía ser un bien a conservar toda la vida?

Estas preguntas tan retóricas y complejas, esconden tras de sí un mismo planteamiento profesional: la vivienda surge a partir de las necesidades funcionales de las personas. Nuestra sociedad se organiza en base a núcleos familiares, quienes por lógica tienden a cohabitar bajo un mismo techo, siempre que la economía y las circunstancias particulares lo permiten. Más allá de esta máxima indiscutible, me da pena descubrir cómo hemos silenciado el posible debate hasta el punto de asumir como única opción a barajar, la actual. Comprar una vivienda, nuestra única vivienda.

Pues bien, como profesional, no puedo sino poner en crisis esta afirmación. Pues siendo pragmático, lo primero que me veo obligado a analizar es la idiosincrasia del núcleo familiar que nos caracteriza. La evolución más común hoy día, parte de un núcleo habitacional donde nuestros padres nos crían y educan para que podamos, llegado el momento, crear nuestro propio camino. Este salto personal, se suele materializar cuando finalizada la formación y encontrada una cierta estabilidad económica, nuestra inevitable ansiedad por abandonar la vivienda familiar y emanciparnos junto a nuestra nueva familia, nos sitúa irremediablemente frente a nuestra primera gran decisión. ¿Dónde y cómo vivir?

Por lo general, es en este momento cuando el alquiler hace su aparición en nuestras vidas como alternativa factible a una necesidad imposible de afrontar. De este modo transcurren los años, mientras nuestros esfuerzos y preocupaciones giran en cierto modo en torno a la posibilidad de adquirir un inmueble propio en el cual formalizar una familia. Hitos como la boda o el nacimiento de un hijo suelen ser los detonantes más frecuente para que las precarias familias se acaben adentrando en esta nueva etapa. Hipotecas a cuarenta o cincuenta años se erigen en las grandes salvadoras de nuestra existencia al permitirnos disfrutar al fin de nuestro ansiado tesoro.

Sin embargo, y lejos de alimentar debate alguno acerca del sector bancario de nuestro país, me permito el lujo de analizar objetivamente esta arriesgada inversión. Como jóvenes recién independizados y en situación inestable, no podemos evitar ser coherentes y realistas, adquiriendo un inmueble humilde y acorde a una realidad indiscutible, así como una previsión de futuro estándar. Esto nos lleva directamente hacia una vivienda de entre dos y tres dormitorios, en un barrio cercano a aquello conocido, nuestro trabajo actual o una zona de reciente expansión y precios aún por expandir. Hasta aquí todo normal. Pero ha llegado el momento de preguntarnos más allá. ¿Es posible que esa vivienda adquirida con escasos treinta años, pueda darnos un servicio apropiado durante más de diez o quince años? Mi respuesta es, sin duda, que no. Me explico. Los diez primeros años, deberían estar caracterizados por el aumento de la familia mediante la llegada de niños a la pareja original. Independientemente del número que considere cada familia como límite, los primeros años son relativamente fáciles de resolver con poco espacio, pues la infancia nos permite aún compartir espacios. Pese a todo, hay una regla fundamental, conforme mayor sea un espacio, mayor será el material que almacenaremos en él. Esto quiere decir, que una vivienda de tres dormitorios para una pareja joven, puede resultar excesiva, sin embargo, dado que la tenemos ahí, acabamos adaptándonos a esta realidad a base de ocupar más espacio. En otras palabras, nos malacostumbramos gracias a la amplitud de nuestra gran adquisición. Desde el momento en que esa pareja incorpora un nuevo inquilino a sus vidas, se ve obligada a renunciar a alguna de sus caprichosas mejoras. Según en qué casos, este cambio puede resultar incluso sencillo. No obstante, el paso del tiempo no hace sino empeorar una situación que ya surge lastrada. Mientras más se expanda la familia, o sus miembros, más pequeño e inapropiado resultará el espacio habitable seleccionado. Una vivienda que podría ser considerada como demasiado grande originalmente, llegará inevitablemente a un punto de inflexión en el cual la consideremos demasiado pequeña.

Afortunadamente, toda duda surgida en torno a nuestro hogar es fácilmente acallada ante la evidencia. El periodo vital transcurre mucho más rápido que el avance económico asociado a él. Por ello, nos veremos obligados a adaptarnos a la vivienda que compramos en su día. Segunda vez en que nos malacostumbramos. Una vez más, es la familia la que se adapta a la vivienda y no al revés. Este planteamiento, tan común, arquitectónicamente hablando se trata de una aberración anti-natura, equiparable a que fuese el vehículo propio el que nos dijera a dónde y cuándo ir.

No contentos con esta gráfica tan negativa, la vida nos sorprende con un nuevo y feliz punto de inflexión en nuestras vidas. Nuestros hijos, por una razón o por otra, deciden que ha llegado su momento de volar y encontrar sus propias oportunidades. De este modo, casi sin darnos cuenta, aparece ante nosotros un problema denominado como síndrome del nido vacío. Arquitectónicamente sería traducido como que la familia se ve reducida drásticamente, lo cual desemboca en una nueva adaptación espacial que tiende a aprovechar los espacios anteriormente destinados a los hijos. Una sutil y silenciosa reconquista en la que nos apropiamos nuevamente de aquellos lujosos espacios a los que debimos renunciar en su momento, pero sin hacerlo abiertamente, pues el cariño hacia nuestros hijos y la eterna esperanza de que vuelvan nos impide realizar una reforma integral. Tercer gran error.

Por si todo esto fuera poco, ahora nos encontramos ante una nueva realidad, aún más cruel si cabe. Nuestros hijos, ahogados por la crisis, acaban retrocediendo hasta desembocar nuevamente en la vivienda de sus padres que un día abandonaron. Es entonces cuando se encuentran espacios anclados en un pasado casi olvidado, donde la falta de decisión tiende a mostrar una impersonalidad preocupante. Todo ello acrecentado ante las nuevas necesidades evidentes que acompañan a este adulto obligado a vivir en un contexto de tipo adolescente. Este problema podría ser aparentemente fácil de resolver, pero no hay que olvidar que una de las causas más probables a tal despropósito es la escasez económica. Por tanto, afrontar una reforma, por pequeña que sea, no parece del todo aconsejable. Una vez más, la vivienda se erige en monolito infranqueable, condicionando a sus usuarios. Cuarto error.

Como toda etapa vital, tiene un inicio y un final. Llegará el momento de que se inviertan las tornas y los hijos retomen su camino original. Segundo asalto de un combate ya conocido. Eso sí, ahora las dudas propias de todo padre, ya no son infundadas, sino más bien sufridas, confirmadas y repetibles. Quinto error.

El ocaso de nuestras vidas, suele estar condicionado a una pérdida inevitable de facultades, que salvo rarísimas excepciones, habrá sido difícilmente prevista por aquella pobre y precaria “parejita” que invirtió toda su ilusión en la vivienda de sus sueños. Nuestras necesidades, nos hablan ahora de espacios pequeños pero muy funcionales, donde las distancias se acortan y las prioridades se invierten. Cada metro cuadrado de más se traduce en un dinero del cual ya no disponemos, ni podemos generar. Las reformas, ya no dependen de nosotros, sino de nuestros hijos. Las mejoras de accesibilidad pueden llegar a ser inviables, muy costosas o incluso desconocidas. La limpieza, un arduo trabajo difícil de abarcar. Sexto error.

Ante lo cual surgen dos opciones: por un lado que alguno de los hijos se traslade a la vivienda familiar para cuidar de sus padres (auténtico paradigma del despropósito arquitectónico), por otro lado, encontramos la alternativa de la residencia para ancianos. Un gasto extra, a sumar a la hipoteca de esa antigua e inútil vivienda que ninguno de los hijos quiere. Pese a todo, hay que terminar de pagarla. Así que habrá que duplicar los gastos. Séptimo error.

Por último, y en la peor de las circunstancias (desgraciadamente inevitable) los padres encuentran el fin a sus vidas, dejando en herencia a sus hijos el inmueble originalmente adquirido. Esto conlleva unos gastos por transmisión y plusvalías que se traducen en volver a pagar por un inmueble que probablemente no llegue a tener algún valor inmobiliario para esa familia, y lo que es peor, en raras ocasiones se plantea como alternativa para quienes ya han comenzado su propio camino a través de una maravillosa vivienda recién adquirida. Octavo error.

Pero bueno, esta vez sí, esta vez será diferente. No cometeremos el mismo error. Nosotros vamos a elegir mejor que ellos. Haremos todo lo posible para vender en diez años y mudarnos a una vivienda mejor. Noveno error. Las crisis son tan cíclicas como imprevisibles. No siempre se encuentra el momento idóneo para vender sin perder dinero. Además, si es buen momento para vender es que es mal momento para comprar. Lo cual nos lleva a la imposibilidad del cambio.

Con todo ello, cometo el último y definitivo error, pretender cambiar las cosas desde mi humilde opinión. ¿Quién soy yo para decirle a nadie lo que debe hacer? Si deben equivocarse o no. Si quieren vivir en una vivienda o en otra. Décimo error.

Confío en que sean la excepción que confirma toda regla y encuentren la solución arquitectónica más apropiada o el bienestar económico necesario para acometer las reformas que podrían acallar las deficiencias asociadas a cada una de estas etapas, pues independientemente de la decisión que nos acompañe, algo debemos tener claro, la arquitectura es tan sólo una herramienta a través de la cual encontrar la habitación que mejor se adapte a nosotros, nunca al revés. Todo lo que se aleje de este principio, deberá ser entendido como una situación de emergencia inevitable.

Es por ello que todos y cada uno de los mal denominados errores, podrían ser protagonistas exclusivos de un artículo crítico elaborado, y deberán ser objeto de estudio por nuestro sector como ámbitos de oportunidad de mejora. De hecho, será a lo largo de los próximos post cuando se desarrollen estos interesantes aspectos en detalle. Sea como fuere, más allá de lo acertado o no de la realidad, no cabe duda que la arquitectura debe hacerse cargo de estas nuevas circunstancias que la rodean y afrontar las nuevas problemáticas con decisión. La buena arquitectura se encuentra al servicio de la sociedad, y por tanto, debe estar abierta a modificaciones e innovaciones constantes.


Dejemos que así sea.

jueves, 12 de septiembre de 2013

El elitismo de los museos


Una vez más me siento aquí para compartir con vosotros mis inquietudes y pensamientos más íntimos, con el fin de trasladarles mis opiniones y críticas concretas acerca de todo aquello que nos rodea en nuestro día a día. Un alarde de cotidianidad y mediocridad intencionada, surgida desde la más sincera humildad e ignorancia.

Definido el contexto, aireo mis palabras en busca de posibles receptores dispuestos a compartir ideas. En este caso, el motivo de mis dudas, no es otro que la concepción de los museos contemporáneos. Apoyado en una tendencia muy clara adquirida por mi Málaga natal, me centro en entender el por qué de esta iniciativa y su consiguiente proliferación de espacios expositivos.

Cabe destacar, ante todo, que no pretendo en modo alguno juzgar este planteamiento, sino estudiar su evolución y analizar en lo posible, aquellos aspectos susceptibles de mejora o, en su defecto, pendientes de comprensión por mi parte.

Como auténtico ignorante en cuanto a Historia del Arte se refiere, y ciudadano tan inculto como inquieto, a partes iguales, me considero un ejemplar medio de estudio, bastante adecuado de cara al entendimiento de la labor efectuada por los museos como intermediarios culturales frente a la sociedad.

Es por ello que interesado en el factor didáctico y dinamizador de los museos, como referentes culturales por antonomasia, me he visto sorprendido en multitud de ocasiones, perplejo ante la magnificencia de determinados emblemas de este arte; así como embargado por el desconcierto, un irremediable cansancio, una intratable saturación visual y en ocasiones, incluso, aburrimiento, ante la desconexión existente entre estos importantísimos edificios, su contenido y yo.

Parto de la base, de que cuando alguien realiza el esfuerzo de acercarse a un museo para pagar la entrada y adentrarse en el recorrido planteado por su gestor a lo largo de su querida colección, lo mínimo que se merece es recibir una contrapartida cultural como recompensa. Con esto quiero decir, que todas esas burdas críticas orientadas a fustigar la incultura e ineptitud ciudadanas, pierden su valor y credibilidad en el mismo momento en que el visitante se acerca al edificio.

En mi opinión, ya ha realizado su parte, ha cumplido. Ha abandonado su cómoda y segura rutina para aprender, para disfrutar de lo desconocido y asimilarlo como conocido. Un proceso tan complejo como interesante.

Dicho esto, entiendo que en el mundo del Arte, como en cualquier otro sector, hay infinitos grados de conocimiento y sabiduría. Sin embargo, me preocupa que en los museos se parte de una base errónea. Si accedes a un museo por libre, sin haber investigado previamente su contenido, lo más probable es que no seas capaz de detectar las principales obras expuestas, ni aprender más allá del nombre del autor, año y nombre de la obra (sin olvidarnos del material con que se elabora). Esa es toda la información que nos ofrece un edificio cultural estándar. Ninguna aclaración del por qué de su instalación allí, ninguna pista acerca de los criterios que lo convierten en un elemento de máxima calidad artística; ni, por tanto, el más mínimo esfuerzo por acercarnos al Arte y con ello fomentar nuestro interés por volver o continuar en casa con nuestro proceso de aprendizaje.

Me temo que el museo se orienta preferentemente hacia aquellos visitantes cultos y/o formados, interesados en ampliar sus conocimientos previos.

En honor a la verdad, cabe dejar claro que cada vez son más las visitas guiadas ofrecidas por la mayoría de contenedores artísticos, en su afán por acercarse al ciudadano medio. No sólo es algo que debemos valorar, sino que podríamos incluso exigir. No en forma de una persona dedicada en cuerpo y alma a un grupo no siempre tan agradecido como debería. Sino como esfuerzo de apertura hacia la gente. No se necesita tanto, pero desde luego, es inapropiado pensar en un modelo tan extremista, en el cual existen dos versiones tan lejanas de museo. Una muy cerrada y opaca en la cual nadie te aporta nada, la diaria. Y una muy abierta y amable en la cual adornan las obras con anécdotas y aclaraciones del por qué de sus creaciones, la eventual.

Estoy seguro de que existen multitud de opciones intermedias que, sin perjudicar en modo alguno los deseos del autor, nos ayuden a encontrar el ansiado equilibrio y, en lo posible, lograr que resulte rentable a todos los niveles.

En una sociedad de la información, donde cada mínimo aspecto de nuestro entorno puede ser consultado en internet, me preocupa que cuente con museos de masas, orientados a unas masas a las cuales no responden, más allá de la instalación de una tienda de souvenirs. Como arquitecto, reconozco que me encuentro situado más bien en el lado de la balanza correspondiente a un espíritu minimalista, pero hay que tener claro que aquí el mínimo, siempre responde a un canon funcional, no estético.

Por desgracia, en ocasiones, me da la sensación de que existe un elitismo predominante en el Arte, que nos filtra a los visitantes en función de su cercanía a un mundo, culturalmente muy elevado. En mi opinión, el grado de cultura de una persona siempre radica no en lo elevado de sus maneras, sino en la habilidad para desenvolverse con la misma soltura sea cual sea el ambiente cultural en que se encuentre. Por ello, considerando los museos como el paradigma de la cultura, me encantaría que me demostraran que son igual de útiles e interesantes tanto para los eruditos o iniciados, como para los novatos e incluso despistados visitantes.

La cultura debería ser un producto turístico, académico o social, pero fácilmente accesible para todos los ciudadanos, sea cual sea su nivel cultural o su grado de interés.

Fácil, hagámoslo fácil.

lunes, 20 de mayo de 2013

De tapitas con... Jordi Vinyals


Un lunes más me encuentro ante uno de los principales referentes arquitectónicos que han condicionado mi carrera. No se trata de un afamado arquitecto, al menos todavía, pero sin duda aspira a convertirse en ello. Apunten bien este nombre: Jordi Vinyals.

La incredulidad podría apoderarse de algunos y desconfiar de tal afirmación, sin embargo, un simple vistazo a su curriculum, acallaría todo intento o amago de duda.

Veintisiete años, cinco idiomas fluidos, más de tres años de experiencia en los mejores estudios europeos del momento (incluidos Miralles, Nouvel y Kuma) y una carrera académica llena de logros, sólo podría verse ensombrecida por su gran trayectoria personal. La cara oculta de toda luna académica, tan importante como obviada en la mayoría de curriculum contemporáneos.

Un amante de la lectura, así como cualquier representación del arte, que no alardea de una cultura admirable y una madurez sorprendente. Humilde erudito, sorprende su aspecto más melómano.

Nuestra amistad surge como toda buena amistad debe surgir, sin querer. Casi de casualidad, nuestras trayectorias se encuentran en un lugar remoto, Berlín, atraídos por un interés común, la arquitectura de esta bella capital europea. Todo ello acompañado del consiguiente interés por el idioma alemán. Para ser completamente sincero, tampoco negaré que su ajetreada vida nocturna y su interminable oferta cultural influyeran en la elección de este destino Erasmus, al menos por mi parte.

Conviviendo en la misma residencia, a pocos meses de su demolición, amigos comunes nos recuerdan que compartimos la misma Escuela de Arquitectura (TUBerlin), lo cual deriva en lo que considero el inicio de todo esto:

Vagamente conocido, mi improvisado compañero de Proyectos, se dirige a mí a escasos segundos de comenzar la exposición con la cual introducirnos a nuestra profesora y futuros compañeros:
    - ¿Prefieres que nos presentemos en Inglés o en Alemán?
    - Ante tremenda tesitura, logro acallar la inmensa carcajada interna que invade mi interior. Sereno, respondo con un conciso: - Lo que prefieras. Empieza, que yo te sigo.

Lo que entendí como un acto de excelente superioridad, resultó ser una muestra más de su grandeza y de mi atrevida valentía. No me mentía un ápice al permitirse elegir entre ambas alternativas, de la misma forma en que mi sinceridad quedó presente al transmitir mi lamentable soltura en ambos idiomas por igual, así como mi garantizada capacidad para secundarle.

Así fue. Afortunadamente decidió iniciar con el inglés, la que sería la primera de muchas de las intervenciones más divertidas que, estoy seguro, ha vivido tan interesante universidad. Capaces de suplir nuestras carencias idiomáticas, especialmente en mi caso, con el desparpajo y simpatía propios de estas latitudes, logramos en pocos días evitar la indiferencia de nuestros asombrados espectadores.

Lo más importante, sin duda, ver que tras toda esa alocada fachada de sonrisas y diversión, se escondía una maravillosa pasión por nuestro trabajo.

A día de hoy, en plena visita por tierras andaluzas, este divertido catalán afincado en París demuestra una vez más su envidiable capacidad para disfrutar de la vida y hacer más fácil la de aquellos que le rodean.

Sin más, les dejo con el desarrollo de nuestra conversación.

Bueno, empecemos fuerte: ¿Que es para ti la arquitectura?
¡Demasiado fuerte! Creo que soy muy joven para dar definiciones, así que prefiero citar algo que leí ayer en un libro de Pallasmaa: “el proyecto moderno ha albergado el intelecto y el ojo, pero ha dejado sin hogar al cuerpo y al resto de los sentidos, así como a nuestros recuerdos, nuestros sueños y nuestra imaginación”. La apunté en mi cuaderno, creo que es una definición muy vigente si pensamos en las crecientes experiencias de distanciamiento y soledad en el mundo tecnológico actual.

Sí que empezamos fuerte, sí. Dicho esto, ¿cuándo decidiste ser arquitecto?
Pues tengo hermano y padre arquitectos, con eso ya te lo he dicho todo! Lo viví en casa desde pequeño, viajábamos mucho y con mi padre perseguíamos las piedras. Cuando empecé la universidad tuve la sensación de que era lo que siempre había querido estudiar.

Y ahora en serio, ¿con qué frecuencia te arrepientes?
Jajajaja. Si hubiera sabido la que venía mejor hubiera estudiado para inspector de hacienda que allí sobra trabajo, jaja. No, en serio, creo que arrepentimiento no es la palabra. Considero que los estudios de arquitectura son muy completos y de ellos aprendí a disfrutar de muchas cosas de dentro y fuera de la arquitectura. Hay pocas carreras que te den eso. Sin embargo, es cierto que después de unos estudios muy exigentes, el futuro profesional es menos esperanzador que nunca. Tengo amigos cercanos, ingenieros o abogados, que al menos pueden, con más o menos suerte, dedicarse a lo que han estudiado. En nuestro país, la mayoría de arquitectos de nuestra generación no pueden dedicarse a ser arquitectos y si lo hacen, aceptan unas condiciones laborales frecuentemente inaceptables.

Estoy de acuerdo, la verdad. ¿Cual consideras que es el proyecto más relevante que has hecho hasta ahora y cómo describirías la experiencia?
Sabes, al final cada proyecto en el que trabajas es relevante. De alguna manera entre el diseño de un mueble y un plan urbanístico, el ejercicio mental es el mismo, lo único que cambia es la escala. En Barcelona tuve la ocasión de llevar el diseño de una silla en mimbre, parece sencillo, pero el ejercicio de dominar un material es interesantísimo. Más tarde ya en Francia, pasé a trabajar en proyectos de gran escala y de urbanismo aprendiendo a coordinarme con toda la maquinaria de los grandes despachos. Enganché el Museo Louvre de Abu Dhabi en pleno desarrollo, me acuerdo la arquitecta americana que parametrizó la cúpula para reducir la temperatura exterior de 50 a 35 grados, y como los ingenieros británicos estudiaban como aguantar la cúpula de 180m de diámetro con 4 apoyos, puras virguerías! Después, mi paso a Kengo Kuma fue una vuelta al despacho familiar, aquí en París somos unos veinte, y uno puede participar plenamente y asumir más responsabilidades. Se respira el ambiente de equipo joven, con muchos proyectos por delante y con ganas de hacer bien las cosas. Justo ahora venimos de entregar un concurso para una filarmónica. Creo que la arquitectura japonesa tiene muy buena recepción en Francia y, ¡esperemos que dure!



¡Espectacular! Y a día de hoy, ¿qué le dirías a un estudiante de primero?
Que si quiere una vida fácil se vaya a la facultad de enfrente, jaja. No, es una buena pregunta. Recuerdo la primera frase que soltó Elías Torres en mi taller de Proyecto Final de Carrera: “A vuestra edad, yo tenía mucha menos idea de arquitectura que vosotros. No tengáis miedo a preguntar, no tengáis miedo a aprender”. Fue un año magnífico… Eso después de que pasara los primeros cursos de la universidad callando muchas peguntas a profesores que escondían su inseguridad intelectual con el descrédito directo al alumnado. A un alumno de primero le diría que pregunte cada frase, ¡cada palabra que no entienda! Solo un alumnado crítico puede cambiar las cosas.


Ojalá pudieras hacerlo, porque es uno de los mejores consejos que podrían recibir. Si tuvieses que escoger un proyecto ajeno, ¿cuál sería y por qué? Y puestos a elegir un arquitecto, ¿quién?
No tengo proyecto preferido, del mismo modo que no tengo arquitecto, color, libro o canción preferida. ¡¿Por qué quedarse con uno?! De cada buen arquitecto se sacan lecciones. Viviendo en París he tenido ocasión de descubrir edificios increíbles, pero tal vez, el último edificio que me impactó fue la casa-museo del arquitecto John Soane en una breve visita a Londres. No te sabría dibujar ni un alzado, ni una planta, ni una sección representativa del proyecto pero es uno de esos proyectos que no entran por el ojo, sino por el ambiente tan especial en que te sumerge. Pero volviendo a la pregunta, personalmente estoy satisfecho de que los últimos Pritzker hayan caído en manos de arquitectos suizos, portugueses y japoneses, creo que evidencia una autocrítica a la arquitectura icónica que ha predominado en los últimos años.

Interesante reflexión. De no haberte decidido por esta profesión, ¿cuál hubieses elegido?
Creo que periodista. ¿¿Aún estoy a tiempo, no?? ¡No lo he descartado! Jaja. Me gusta escribir y creo que los periodistas tienen la oportunidad de leer sobre infinitos temas con un contacto social mucho más cercano del que tenemos los arquitectos.

Siempre hay tiempo, aunque no creo que te haga falta. Jaja. Seamos sinceros, ¿cuál es tu mayor miedo?
Tengo la gran suerte de estar muy activo profesionalmente en estos momentos. Combinar el ritmo de concursos internacionales con calidad de vida personal es un tema que siempre me ha preocupado. La profesión de arquitecto es muy exigente y motivadora, saber encontrar el equilibrio con las demás parcelas de la vida lleva su tiempo.

Desde luego que sí. Bien, ahora que ya te conocemos, la pregunta estrella: ¿cuál es tu consejo para salir de la crisis?
Creo que no soy el más apropiado para dar una respuesta a la crisis española ya que la estoy viviendo desde el extranjero. Me preocupa pensar que un país que ha invertido y generado por primera vez una generación universitaria de las mejores de Europa, no tenga mecanismos para atraer o, al menos conservar, el talento generado. Las universidades españolas están muy bien consideradas en sectores como medicina, ingenierías o arquitectura. Yo mismo he vivido en distintos países y he experimentado este respeto internacional hacia la formación universitaria española. Parece absurdo que un país que hasta hace poco ha vivido años de gran crecimiento económico, no haya sido capaz de generar un tejido empresarial más diversificado, especializado e innovador. ¿Soluciones? Becas de retorno, campus de investigación, fomento a las empresas jóvenes, programas de intercambio… ¡hay que apostar por nuestra generación!

Di que sí, a ver si te oyen. Pero, ¿cómo entraste en esta crisis?¿Cómo puede afectar a esta profesión, y a ti como persona?
Cuando acabé la carrera en el 2010, el empleo de jóvenes arquitectos ya había tocado fondo. Trabajé de prácticas en Miralles&Tagliabue durante seis meses, pero mi objetivo ya estaba en partir al extranjero. Buscaba trabajar en cosas que me motivaran y en Barcelona, los despachos que admiraba ofrecían situaciones insostenibles. Puedo equivocarme, pero creo que en estos momentos es mejor arriesgarse a montar algo por uno mismo o irse al extranjero antes que aceptar determinadas condiciones o tareas de muy bajo aprendizaje. Admiro muchísimo a la gente que, como vosotros, estáis luchando la crisis desde Málaga y que en un contexto tan negativo habéis logrado haceros un hueco. Algunos compañeros arquitectos también lo están logrando en Barcelona, aunque cuesta. En mi caso, preferí irme al extranjero con una beca Leonardo. Francia es un país aún muy activo a nivel de concursos públicos y he tenido la oportunidad de trabajar en despachos donde he podido aprender mucho y evolucionar como arquitecto. Diría que la crisis también tiene sus efectos positivos, se esta gestando una generación mucho más flexible e internacionalizada que espero que luego pueda volver, aportar y cambiar las cosas en casa.


Me alegra saber que compartimos ese optimismo. Por último y más importante, ¿qué queda del joven que se adentró en esta carrera?
¡Las mismas ganas de siempre…que no hay que perderlas!

¡Olé! Puede que la gente piense que esto es un simple homenaje de amigo, pero me gustaría aclarar que es mucho más que eso. Se trata de una muestra inequívoca de admiración con la cual pretendo transmitirles una inyección tan necesaria como interesante de optimismo y humildad. Un placer que, una vez más, considero oportuno compartir para permitirles ser partícipes de un honor de este calibre. Confío en que les guste tanto como a mí. Por mi parte, eres siempre sinónimo de alegría, inteligencia y aprendizaje. Sin más, darte las gracias por tu tiempo y por dejarme disfrutar de tan agradable compañía. Te debo la visita. Sinceramente, un amigo. Un abrazo.

Y hasta aquí nuestro #LunesdeTapitas de hoy.

Un saludo.


De tapitas con...

Jordi Vinyals
Arquitecto