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viernes, 26 de agosto de 2016

El poder de la fotogenia

En los últimos años todos hemos sufrido una enorme transformación vital, aparentemente sin ser siquiera conscientes. Cada momento de nuestra vida ha de estar asociado a una imagen que lo corrobore. Al fin y al cabo, todo lo que no se registra, directamente no existe. Sé que suena exagerado, pero cada día esta realidad es mayor, hasta el punto de que si un momento no es fotogénico en sí mismo, deja de tener valor social para nosotros. Si no nos genera una cierta cantidad de interacciones socio-virtuales, no merece la pena retratarla, y ni mucho menos vivirla.

Acabo de regresar de un viaje donde la gente acudía a playas paradisíacas para acercarse con cuidado a la orilla e intentar inmortalizar una instantánea de lo mas veraniega, cuando el contexto real nos devuelve una realidad paralela bien diferente.

Si pudiésemos acceder a cualquiera de esas imágenes probablemente veríamos a una persona feliz, disfrutando de un lugar casi virgen sin más compañía que el supuesto realizador de la foto, si es que este es necesario ya. Un agua cristalina, una arena blanca y fina, un sol espléndido y radiante. Síntomas todos de un excepcional día de playa.

Sin embargo, la verdadera escena es algo más cutre, triste y preocupante. Segundos antes de tan preciosa imagen, el protagonista de la escena ha acudido a su enésimo photocall del día, en un barco moderno donde le acompañan decenas de iguales con la misma intención que él. Aterrados ante la idea de que el sol los roce siquiera, se protegen bajo el techo de la embarcación, como segunda piel que superponer a sus sombreros, gafas, prendas largas y en algunos casos incluso parasoles.

Ante el miedo al agua o incluso la incapacidad para nadar, asisto atónito al despropósito que genera la embarcación en su intento por alcanzar la arena, un lugar en el cual garantizar un desembarco seco y seguro para los teóricos bañistas.

Alcanzada la ubicación deseada tras una serie de innumerables y complejas maniobras, hordas de turistas alocados acuden raudos hasta el mejor “spot” posible. Ese en el cual evitar a sus compañeros de viaje, sin acercarse demasiado al agua y sin alejarse en exceso de la sombra mas cercana.

Empieza el show con una secuencia indescriptible de posturas y “saltitos” sacados del auténtico manual del viajero moderno, en la cual plasmar toda la felicidad que les proporciona tan bellísima estampa. Los más presumidos incluso desafían la incidencia del sol durante varios minutos bajo la atenta y sorprendida mirada de sus compañeros de viaje, quienes en gran número esperan ya ansiosos, agazapados bajo la sombra, a que su barco les lleve a su siguiente atrezo, previa maniobra aún mas arriesgada del obediente capitán.

Ante esta realidad, me asaltan las siguientes dudas:

- ¿Qué significa esa foto para ellos? ¿Qué sentido tiene destrozar el escenario con legiones de barcos que infectan e infestan tan paradisiacos paisajes? ¿Por qué fingir una experiencia a cambio de estropear la de aquellos que sí intentan vivirla?

- ¿Qué les impide recurrir a un póster como verdadero photocall de sus próximas vacaciones? En el fondo eso sí resultaría un engaño, ¿no? ¿Estaremos cerca de llegar a eso? Como poco les resultaría más barato.

- ¿Para cuándo las fotos de los catálogos con los paisajes reales, llenos de hoteles y atestados de gente?

- ¿Seríamos capaces de viajar hoy día si nos prohibieran hacer fotos, o como poco compartirlas?

Veréis, no tengo nada en contra de la fotografía, la cual considero un arte que muchos nos empeñamos en trivializar y desprestigiar. También soy consciente de que para poder disfrutar de los sitios, se requieren unas mínimas infraestructuras, y que si se pretende que estas estén al alcance de la mayoría, se necesita una gran cantidad de ellas para no caer en un lujo basado en la exclusividad. Incluso que todos tenemos derecho a vivir nuestra vida como queramos. Vale.

¿Pero hasta qué punto hipotecamos el producto para poder venderlo? ¿Hasta qué punto lo privamos de su verdadero valor añadido en pro de masas inconscientes en busca desesperada de imágenes que simulen experiencias inolvidables? ¿Hasta qué punto merece la pena universalizar lugares tan vírgenes y salvajes?

Igual es que no deberíamos acudir a estos lugares en masa. Igual no deberíamos tener la oportunidad de acudir a estos rincones tan remotos, sino disfrutar de aquellos que realmente estén a nuestro alcance.

Y lo que es peor, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llevar la mentira con tal de ser socialmente aceptados?




miércoles, 17 de septiembre de 2014

La silueta

Hoy he sido testigo de excepción de una de esas escenas que no dejan indiferente a nadie, o por lo menos a mi. En un viaje que calificaría como trivial, típico trayecto doméstico en el cual recorres casi por inercia los escasos kilómetros que te separan de tu hogar, me he encontrado absorto en mis pensamientos ante una de esas imágenes tan bonitas como tristes, que inundan nuestro día a día.

Una vez más, la creatividad se muestra como lo que es, una maquinaria algo oxidada que no siempre se activa cuando la accionamos, sino que en la mayoría de los casos decide sorprendernos en el momento más insospechado.

Como decía, el fotograma de la mencionada escena se componía como sigue. Una pronta noche de verano, una ciudad en su fase de adaptación al cambio, calles de recogida, paseantes rezagados en sus indefinidos deambulares. En ese instante concreto, decido emplear mi coche particular para incurrir en la vía pública y recorrer distraído las inmediaciones de mi casa. Al llegar al semáforo de la esquina, no puedo evitar fijarme en el motivo de estas líneas.

Un caminante se postra erguido, inmóvil, concentrado en su objetivo. Una silueta en mitad de la noche, retroiluminada por el escaparate de un concesionario. Una silueta inanimada incapaz de separar su mirada de ese bello objeto que parece erigirse en algo más que una simple coincidencia. Un individuo capaz de recrear el sentimiento de toda una sociedad.

Un ejemplo inmejorable de ese espíritu tan alentador como preocupante que caracteriza nuestro devenir. El paradigma de la ilusión por lograr un objetivo ansiado en la vida, que encierra tras de sí una triste y cruel realidad: el observador obsesionado por lograr lo que no tiene, no encuentra luz alguna que le permita ver todo aquello que le rodea y que sí que tiene a su alcance.

Desde la soledad de mi vehículo no he podido sino recapacitar acerca del simbolismo de esta estampa, una silueta anónima en mitad de la oscuridad fruto de la única luz que parece interesarle, gracias a su innegable capacidad para negar todo aquello que le rodea.

viernes, 8 de febrero de 2013

¿Por qué?


Desde hace ya algún tiempo me entristece descubrir cómo la negatividad se apodera de mi entorno profesional inmediato. Durante toda mi vida he intentado, en lo posible, no sólo convivir en armonía con mi lado más optimista, sino impregnar a mis allegados de tal alegría y ganas de seguir disfrutando de nuestro día a día. En definitiva, devolver todo lo bueno que he recibido para continuar esa altruista cadena de favores y pequeños detalles, en la cual se debería convertir esta vida. Sin embargo, jamás había sentido tan cercana la desilusión reinante en estos tiempos de crisis.

Más allá de la preocupación que todos tenemos ante la complejidad con que se presenta el futuro económico, me aterra ver que la reacción ante esta evidente adversidad se empieza a tornar, peligrosamente, en resignación.

Sin duda, el golpe definitivo me lo atestó una experiencia tan interesante como evocadora.

En una visita reciente a la Universidad, me encontré rodeado por futuros arquitectos que, lejos de exprimir su etapa académica para cimentar las bases de sus consiguientes carreras profesionales a partir de conceptos como el interés y la pasión propios de un gremio tan vocacional como el nuestro; se encontraban deambulando sin rumbo definido entre asignaturas vacías y noches repletas de tensión y excesos de cruda y desproporcionada realidad.

Mi primera reacción fue de asombro. Escasos segundos después, mi cabeza evidenció el por qué. Si aquellos que ya estamos integrados de lleno en este complicado gremio, que ya hemos saboreado las mieles de la creatividad, nos regocijamos en lo complicado de nuestro devenir, ¿qué esperamos que respiren quienes por definición se encuentran en pleno proceso de aprendizaje, en los albores de un viaje hacia lo que parece ninguna parte?

Siempre que me preguntan acerca de mi etapa universitaria, me cuesta cierto esfuerzo comenzar mi discurso con palabras positivas. Si me ciño a la experiencia personal, la sonrisa es inmediata y rotunda. La satisfacción se desprende con cada letra que rebasa ansiosa los límites de mi boca.

Si, por el contrario, la cuestión se redirige hacia el trasfondo más profesional, las anécdotas se suceden caóticas, mostrando un panorama agridulce repleto de situaciones extremas, al límite de lo que considero mi estado normal de bienestar.

Con esto, me gustaría trasladar un problema detectado entre los jóvenes que hace temblar todos los mimbres de mi conciencia.

Si desproveemos a los jóvenes de la ilusión, de su interés por mejorar lo presente, de su irreverencia, de su capacidad crítica, de sus inquietudes, de sus ganas... ¿qué les vamos a dejar? Y lo que es peor, ¿quién va a asumir ahora ese papel en la sociedad? ¿Cómo vamos a avanzar si no es a raíz del empuje de los que vienen por detrás?

Estas preguntas, evidentemente retóricas, no hacen sino mostrar mi estado de inquietud. Un rumor continuo y maleducado que se empeña desde hace tiempo en distorsionar e interrumpir mi realidad, lastrando poco a poco mi moral.

Por desgracia, lo único que puedo aportar a título personal, son mis humildes palabras de ánimo con las que arengar a estos jóvenes arquitectos, para que crean en lo que hacen, para que sepan que se puede y para que afronten lo que está por llegar con la energía que necesitan.

Sin embargo, cada vez es más frecuente descubrirme en mitad de una charla o conferencia ante jóvenes emprendedores o estudiantes, cual motivador de masas, cual inyección de moral, renunciando al discurso previamente preparado y con ello a la materia académica correspondiente, para centrarme en el lado más humano de mis apesadumbrados oyentes.

Lo siento, pero me niego a aceptar esta situación. No podemos dejarles esta herencia tan horrible. No podemos cruzarnos de brazos ante tal desidia, ante tal desastre social.

Me gustaría que los organismos que, afortunadamente, han asumido a lo largo de la historia este papel, se sacudieran el miedo y la pena, se liberaran de la pesada carga que parece posarse sobre nuestras espaldas, para esforzarse en preparar a estos jóvenes valientes desde un punto de vista activo y decidido. Atajar de raíz el más mínimo esbozo de duda y contribuir desde nuestro presente a allanar todo lo posible su futuro.

Dejémonos de cambios absurdos y entrópicos, para retomar valores ancestrales y recuperar el espíritu docente de los sistemas educativos. Está bien preparar a los alumnos de cara a una realidad difícil, pero sin olvidar que no es aún la suya, y que de ellos depende que nunca lo sea.