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jueves, 16 de junio de 2022

Vete a cagar

Cuando uno lee o escucha una expresión tan castiza cómo ésta, lo primero que hace es ponerse en posición de guerra. Una llamada a la violencia en toda regla. Los niveles de tensión se disparan, la adrenalina entra en escena, la ira comienza a crecer y los aires de venganza se convierten en un auténtico torrente descontrolado. Un torbellino de emociones que no suele traer más que ruina y caos. No falla. Como ya estableció Newton en su día, se trata de una acción que desata inevitablemente una reacción que no difiere mucho de lo descrito, independientemente de lo pacífico que seas. Pacífico, que no pacifista. Pues el primero rehúye cualquier conflicto, el segundo simplemente lucha para evitarlo. En fin, curiosidades del lenguaje. Anécdotas aparte, enviar a alguien a cagar es una falta de educación importante, una ofensa que recomiendo no efectuar, por más merecida que pueda parecer. Un ataque indiscriminado hacia la persona que lo recibe, no importa la relación que se tenga con ella o los esfuerzos realizados por suavizar su significado. “Vete a cagar” es un insulto con todas las letras. Sin embargo, y aquí viene la reflexión surrealista de hoy, quizás no nos hemos parado lo suficiente a analizar el verdadero sentido de esta expresión. Como tantas otras veces, hemos optado por dar por hecho cosas sin siquiera preguntarnos los motivos que podrían existir para justificarlas. Me explico. Cagar como tal, entendido como el acto de defecar o eliminar los residuos generados por nuestro cuerpo, en sí mismo no es algo malo o despreciable. Es algo común y necesario que supone la culminación a un proceso de nutrición fundamental para sobrevivir. Es cierto que lidera el ranking de lo escatológico pero no por ello se le puede asignar el título de antihéroe por definición. En definitiva es tan antiguo como el comer. Y tan necesario o más, si me lo permitís. Sin duda, más educado. 

Recurriendo a un debate más conceptual, por todos es sabido que se considera como norma de buena conducta que antes de entrar, siempre antes, se ha de dejar salir. Sé que el símil no es demasiado sutil pero sí efectivo. Lo correcto es salir para luego poder entrar. Por tanto, defecar antes de comer, sería lo más apropiado. Ahora bien, sea educado o no, todos tendemos a evitar conversaciones como esta. La razón, evidente. Es una imagen desagradable. Lo cual nos lleva a la segunda gran reflexión. No voy a entrar en si lo bello es lo único que merece ser valorado, dejando fuera de todo debate lo menos agraciado. Sería muy oportunista por mi parte. No. La reflexión gira más bien en torno a la privacidad. Es decir, cuando reconocemos algo como habitual pero intentamos por todos los medios que no sea conocido por los demás, eso no es más que recelo, un deseo gigantesco de intimidad. Lo cual sitúa al acto de expulsar los excrementos como uno de los momentos más privados y por tanto personales que alguien puede tener. En un mundo donde la globalización y la libertad de expresión se han asociado para garantizar la total transparencia social, por no decir exposición ilimitada, de cada rincón de nuestra vida, parecería coherente valorar en su justa medida que aún existan recovecos en los que reclamar nuestra individualidad más recalcitrante. Punto positivo, diría yo. Si a eso, le añadimos un contexto familiar donde el susodicho comparte hogar con su esposa, cuatro hijos, la suegra, dos perros, el novio espabilado de la mayor, el gatito de la menor y las tortugas del mediano, igual se nos presenta algo más placentero el hecho de evadirnos con excusa, acudiendo precisamente al excusado. Otra expresión, cargada de significado, aunque interpretada desde un prisma muy diferente al que da origen a esta reflexión. 

Por tanto, recapitulando, tenemos que "soltar lastre" es un acto caracterizado por un ejercicio de educación extremo, en el que el afortunado protagonista se permite el lujo de desconectar de todo y de todos. Un acto casi de misericordia con nosotros mismos, dadas las circunstancias. Interesante giro de los acontecimientos. Que no el único. Aún nos queda el argumento definitivo en este “alegato de mierda”. Está bien, un poco duro, puede que hasta soez. Pero como ya sabemos, lo soez no quita lo valiente. En fin. 

En una sociedad de la inmediatez como esta en la que vivimos, donde la sobreexcitación de nuestros sentidos está a la orden del día, podría parecer hasta sensato pensar que en los momentos de paz es donde mejor nos desarrollamos como seres humanos, alejados del mundano ruido que nos rodea a diario. Sin ir más lejos, hace poco me decían que la meditación no es más que la capacidad para concentrarse en una única cosa. Algo casi imposible estos días. Por tanto, encontrarnos en un lugar donde nadie más debería molestarnos, donde el ruido está controlado, la luz optimizada y el objetivo bien definido, podría ser catalogado de idóneo. Idóneo para enfocar todos nuestros sentidos a aquello que nos atañe exclusivamente y por completo, durante el periodo que se precise. Tanto es así, que del máster en etiquetas del champú, no son pocos los que se han aficionado a la lectura de "sobreváter", empleando ese silencio para culturizarse y aprender cosas que requieran de un mínimo de tranquilidad y calma. Un momento de exaltación de la amistad con uno mismo, en el que agasajarnos con el privilegio de la cultura. Un ejercicio de crecimiento personal de lo más significativo. Una oportunidad para liberarnos de nuestros tabúes más afianzados, nuestras barreras más altas y nuestras cargas más pesadas. Si a todo esto le sumamos el hecho de lo que muchos estaréis pensando, que hoy día ni cagar le dejan a uno. Pues nos encontramos con la baza definitiva: la exclusividad. 

Cualquiera no se puede permitir el lujo de cagar a gusto. Sólo algunos privilegiados saben a lo que me refiero. Y, para más inri, resulta que es gratis. ¿A quién no le gusta un verdadero regalo gratuito con el que enderezar hasta el día más torcido? Pues eso. Lo que yo os decía. Que llevamos años mirando hacia otro lado cuando la respuesta a todos nuestros problemas estaba justo enfrente de nuestras narices, o más bien tras ellas. Y todo por un malentendido del lenguaje. Probablemente, un ejemplo más de la eficacia, en este caso negativa, del juego del teléfono. Cada vez estoy más seguro de que esta expresión surgió como un cumplido que tan solo las envidias, el paso del tiempo, la testarudez de las personas y la falta de perspectiva han convertido en esta enorme injusticia. El inodoro ha sido maltratado socialmente durante años, lustros, decenios; me atrevería a decir. Un disparate sin igual. Ya lo dejó entrever Duchamp, un visionario de los que ya no quedan. 

Cagar es vivir, pero además vivir en el lado educado, tranquilo, culto y exclusivo de la vida. Y por cero euros. Qué maravilla. Por todo esto, como podréis imaginar y seguro entenderéis, no me queda más opción que enviaros a todos a cagar. 

Sí, tú, ¡vete a cagar!

domingo, 15 de octubre de 2017

El individuo colectivo

Viajar a Japón supone un salto cultural sin precedentes, pero esto es algo que no sorprenderá a nadie. Al menos, no hasta que vaya personalmente al país nipón.

Más allá de todo lo que hayáis podido oír ya, puesto que este viaje no sólo está de moda sino que se ha convertido en visita obligada entre los más inquietos, me quedaría con:

Su abarrotada y extravagante capital, donde el occidental, diría casi más el europeo, se siente trasladado a otra dimensión en la cual conviven la más absoluta educación, esa implícita elegancia y la innata solemnidad de sus movimientos dentro de un orden inquebrantable, con los barrios más estrafalarios en los que el manga se convierte en la realidad y los humanos somos el cómic que los entretiene;

El cercano parque natural de Nikko en el cual todo queda relegado a un merecido segundo plano dominado por la magnificencia de la naturaleza en estado puro, con cascadas inabarcables, lagos infinitos y senderos embriagadores;

La melancólica contemporaneidad de kioto, en la cual los templos invaden la trama urbana para recordar a sus habitantes aquel esplendor que los engendró, bajo la atenta mirada del río que deambula sin alardes por uno de sus laterales, puesto que es en Arashiyama donde reivindica su auténtico protagonismo para regar el bosque de bambú y deleitar al visitante con su imponente estampa;

La naturaleza salvaje y casi virgen de Miyajima, una isla abrupta y acogedora donde los ciervos y los humanos se funden con su vegetación, sus ríos y sus playas;

La ancestral ruta entre Magome y Tsumago que nos traslada a épocas pasadas donde los trayectos eran una experiencia en sí mismos, en los que disfrutar de la frondosa arboleda bañada de torrentes y cascadas naturales bajo la constante amenaza del oso como posible e inesperada compañía;

El atrevimiento y la liberación de Osaka donde parece relajarse la influencia del Tokio más estricto;

O las aguas termales de Hakone, donde disfrutar de ese calor indescriptible que tan sólo es capaz de generar la naturaleza desatada de sus humeantes y a la vez frondosas laderas, bajo el influjo del esquivo monte Fuji, a través de uno de los mejores momentos del día, aquel en el cual recuperar el culto al cuerpo, pero no desde la nueva tendencia a moldearlo, sino desde el punto de vista del onsen, el baño más profundo y relajante donde aislarse del mundo y su endiablado ritmo para concentrarse en el cuidado y aseo de nuestra piel, nuestro pelo, nuestras uñas, nuestra mente.

En definitiva, un recorrido tan variado como enriquecedor, a través del cual descubrir nuestras más negadas virtudes y recordar nuestros más que laureados defectos. Un ejercicio de autocrítica de lo más placentero. Una “master class” de lo más sobrecogedora.

Todo ello bajo el telón imperturbable que impregna cada rincón de este maravilloso país. Un contexto continuo generado por sus infinitas delicias gastronómicas, demostrando que hay mucha vida detrás del sushi; esa comodísima eficiencia que permite que el mundo gire siempre al mismo ritmo, sin fallos, sin retrasos, sin desidia, sin faltas, sin reproches, sin malas caras, sin alardes. Porque, sí, una de las cosas quizás más impactantes es que la amabilidad extrema es tan sólo lo normal, que ser servicial no es algo que requiera el mayor reconocimiento, que la actitud y las ganas de trabajar resultan indiscutibles, que el error no siempre es aceptable; un mundo aparte en el cual la tecnología y la naturaleza no son incompatibles, donde la limpieza y el orden acaban por pasar desapercibidas, donde lo extremadamente moderno convive con lo más tradicional e histórico, donde lo vernáculo se potencia, lo innovador se admira, y lo necesario se inventa.

Un país del cual me traigo un sinfín de sorpresas agradables, comandadas por esa impecable sensación de seguridad, en el sentido más amplio de la palabra. Seguridad que se traduce en tranquilidad. Tranquilidad que se traduce en disfrute. Disfrute que se traduce en respeto. Respeto que se traduce en admiración.

Admiración por sus múltiples virtudes y respeto por sus escasos defectos. No dudo que los tendrán, por mi parte tan sólo puedo mencionar su incapacidad para comunicarse, para compartir sus inquietudes, sus opiniones, su atractiva cultura, sus interesantísimas costumbres. Defecto compartido por ellos como anfitriones, y por nosotros como maleducados invitados incapaces de aprender ni el más sencillo de sus vocablos. Esa triste sensación de haber perdido una oportunidad única de abrir un poco más nuestras mentes. Un mundo complejo en el cual contrasta la saturación más absoluta de mensajes y señales con la ausencia total de información. Infinidad de símbolos ininteligibles e imposibles siquiera de adivinar. Un ejercicio de intimismo forzado que nos obliga a dar un paso al frente y aprender a marchas forzadas, más por intuición y ganas de ayudar, que por la existencia de útiles referencias que nos puedan guiar.

Como ejemplo el metro de Tokio, el cual destaca por su caótica red de líneas entrelazadas bajo una paleta de colores tan extensa como, en ocasiones, imperceptible. Dos empresas encubiertas bajo el mismo plano de líneas, que nos guían a través de un sinfín de trayectos de transición e innumerables tornos de control.

Un placer para los amantes de la accesibilidad universal, si es que hay alguno más como yo. Un alarde humilde y sin excesos que todo lo baña, que todo lo alcanza.

Un conjunto perfectamente ordenado en el cual destacan las hordas de personas aparentemente iguales, cumpliendo a rajatabla el estricto código de vestimenta laboral, escrito o no. Un grupo homogéneo y mimetizado en el cual los matices son tan sutiles como obligados. Esa necesidad de destacar dentro del guión establecido. Un afán por encontrarse y valorarse a uno mismo sin por ello abandonar su aceptado anonimato.

Pero donde más me han sorprendido es en su forma de entender el espacio, un espacio abarrotado de gente, pero donde tu ámbito vital es casi sagrado, del mismo modo en que los edificios de estrechas fachadas colmatan la trama urbana sin por ello tocarse. Esbeltas medianeras separadas tan sólo unos centímetros, lo suficiente para diferenciarse de sus vecinos, pero no como para destruir la armoniosa melodía de sus iguales. Un individualismo de lo más colectivo, una colectividad de lo más individual.

Un país que en ocasiones parece trazado bajo el influjo de esas enormes plumas estilográficas que con determinación y suavidad recorren el mejor de los lienzos para recrearse en la sencillez más compleja, en la complejidad más sencilla, que se esconde tras su espectacular caligrafía.

Me quedo con ese peculiar concepto de masa, su orden, esos característicos y comunes matices diferenciadores, su magnífica gastronomía, sus onsen, su simpatía, su seguridad, y su ejemplo imborrable de pacífico respeto.

Muchas gracias Japón, por esta inolvidable invitación a volver.

miércoles, 4 de junio de 2014

El placer de disfrutar


La inteligencia, como la cultura, no depende del grado máximo que somos capaces de alcanzar sino de nuestra capacidad para adaptarnos en cada momento al entorno que nos rodea.

Esta reflexión, lejos de resultar gratuita, responde a una inquietud personal que me acecha hace tiempo: 

¿Soy menos inteligente si disfruto por igual de un buen partido de fútbol y de una buena obra de arte? ¿Se supone que debo considerarme menos culto por no gozar exclusivamente con placeres de primer nivel?

Cuando uno analiza la situación que genera lo que nos empeñamos en llamar vida, se da cuenta que no deja de ser un cúmulo de circunstancias que nos rodean y nos dibujan un contexto concreto en cada momento, unas veces considerado más culto y otras menos. Así que, si partimos de la base de que el objetivo en la vida es indiscutible, ser feliz, no nos queda otra respuesta que la de aprovechar cada instante, independientemente de las características que lo configuren.

Dicho esto, será más inteligente y culto aquel capaz de adaptarse mejor a la diversidad reinante, aquel cuya cintura permita una mayor flexibilidad social.

¿Como puede el “culto” considerarse culto si no sabe disfrutar de los placeres más simples?

Desde que tengo uso de razón he aprendido que la complejidad es una gráfica que surge de la ausencia total de esta, la sencillez, y va aumentando progresivamente hasta alcanzar su grado máximo. Por lo tanto, como en una etapa de montaña, no es más importante el último esfuerzo sino entender que a cada pedalada avanzamos un poco más hacia nuestro destino, debiendo acometer los retos uno a uno, sin conquistar una cima hasta no haber superado la anterior.

Del mismo modo, los grados máximos de inteligencia y cultura se basan en la superación de aquellos niveles que los preceden. Y un error muy habitual es el de alcanzar la cima para acabar olvidando el camino recorrido hasta ella.

Por todo ello, entiendo que la inteligencia no depende de la “altura” en la que nos movamos sino de la conciencia global que nos exige cada situación, nuestra capacidad para entender cada sorpresa que nos depare la vida, nuestra capacidad para afrontarla en su justa medida, y lo más importante, nuestra capacidad para disfrutar a lo largo de todo el proceso.

Aún ahora, os estaréis preguntando qué ha podido motivar tan peculiar retahíla de pensamientos inconexos. Quizás sea el último partido acontecido, o más bien, puede que sea el último concierto que escuché. O puede que sea la última exposición de arte que vi publicada hace unos días.

Pero la verdad es que la respuesta es más bien de tipo holística, lo cual podría haber definido fácilmente como “general o global”, pero claro, entonces no sería un texto tan culto. En fin, como decía, se trata del conjunto de supuestos planteados los que originan este deambular conceptual.

Cuando uno analiza sus últimos días y descubre un panorama cultural tan diverso, se encuentra con que la riqueza de su vida no depende del valor que otros se empeñan en asignarle a cada una de esas experiencias, sino que la clave está en el, exitoso o no, intento por mantener una constante fundamental, la satisfacción personal.

Esta incógnita depende sólo de la ilusión, las emociones, la alegría o la felicidad, todas ellas intangibles que sin embargo se pueden palpar fácilmente en una simple mirada, una sincera sonrisa o un fortuito gesto. No nos hace falta mayor tesis doctoral que un ojo crítico dispuesto a dedicar un instante a los demás.

Ser feliz es tan complejo como nosotros queramos que sea. Oportunidades para serlo inundan cada segundo de nuestras vidas. Un buen partido de fútbol, una tertulia entre amigos, una buena cena en compañía, un rincón de soledad, un abanico de frescura, un derroche de aventura, un concierto del grupo que supo arrancar aquella sonrisa, una exposición del artista al cual no conoces ni conocerás pero que sin embargo invade tus pensamientos más íntimos...

Todas ellas, situaciones muy diferentes que generan una sensación muy similar a cuando una película traspasa la barrera del cine para adentrarse en lo más profundo de tu ser, ese libro desconocido que parece haber robado las palabras que describían tu anhelada infancia, un beso irrepetible que siempre pareció estar ahí; en definitiva, múltiples caras de una misma moneda, la más importante, la emoción.

Hace falta haber practicado deporte para entender la emoción de celebrar un gol, una derecha definitiva a la línea, una canasta en el último segundo. Haber intentado cantar para apreciar los matices de una bonita voz empeñada en remover cada uno de tus órganos internos. Haber intentado pensar, para valorar una obra de arte capaz de desmontar todas tus creencias tatuadas a fuego.

Ser feliz pasa por valorar lo inmenso que rodea a cada instante, entender todo lo que encierra tras su fachada de sencillez y naturalidad, pues no es hasta entonces que no se aprecia lo bueno que, sin duda, forma parte de todo momento vital.

En este sentido, puedo decir orgulloso, que más allá de la inteligencia que esto denote frente a los grandes sabios que juzgan desde el desconocimiento de sus pseudo-tronos sociales, en un sólo fin de semana he logrado disfrutar plenamente de un concierto de música, de una derrota en un partido de fútbol entre amigos, de una victoria ajena en la final de la Champions, de la presentación de una exposición de arte, del último capítulo de una serie de moda, o de una barbacoa sencilla en familia.

Con todo mi respeto, ¿no es más inteligente quien aprende a disfrutar de aquello que le rodea que quien se esfuerza en negar determinados aspectos de su vida para centrarse sólo en aquellos que a priori define como dignos o adecuados?

Lo siento, pero una vez más, en la variedad y la sencillez está el gusto.

A todos los que me lean, por favor, aprovechad la oportunidad de gozar con los placeres que se presenten ante vosotros, aunque estos vengan en forma de texto incoherente y sin rigor literario.

Muchas gracias por contribuir a que mi entorno sea tan variado como interesante.

Un abrazo a todos.

martes, 25 de marzo de 2014

La Bola


  • Hola Juan, ¿cómo estás? ¡Qué alegría de verte!
  • Desde luego. Hay que ver que no nos vemos nunca y nos vamos a ver ahora todos lo días.
  • Lo que son las cosas Juan. Aunque tampoco pareces muy contento.
  • ¡Qué va! Calla, que no sabes bien el disgusto que tengo encima.
  • ¿Y eso?
  • ¿Cómo que “y eso” chiquillo? Pero, ¿tú en que mundo vives? ¿No viste el partido de ayer?
  • ¡Ah! Es verdad, que había ayer Champions. Si te soy sincero no lo vi, estoy cada vez más desconectado del fútbol.
  • ¡¿Cómo?! No te digo yo a ti, encima esto. No me digas eso, me cago en todo lo que se menea. Pero, ¿tú no tienes sangre o qué? ¿Qué puede haber más importante a esa hora que los octavos de final de la Champions League? Así nos va.
  • Venga ya Juan, que eres muy exagerado.
  • ¿Exagerado? No me calientes, no me calientes. Que ya tuve bastante ayer con tener que acostarme sin cenar ni nada. A mi mujer no le dejé ni que me diera las buenas noches, así que imagínate el panorama.
  • Pero... ¿por qué? ¿Qué más te da si ganan o no?
  • Vamos a ver, ¿cómo puedes decirme algo así? Esos partidos hay que ganarlos sí o sí, y más con lo que cobra esa gente.
  • Pues eso mismo digo yo. Si cobran tanto es porque sois unos fanáticos y lo permitís.
  • ¡Uffff! Va a ser mejor que cambiemos de tema, si no al final te la llevas.
  • Sí, será mejor, que no tengo yo ganas de conflicto. Oye lo que quería yo preguntarte, aparte del disgusto del fútbol, ¿cómo llevas lo de tu empresa? Eso sí que ha tenido que ser duro, ¿no?
  • ¿De qué estás hablando? ¿Qué pasa con mi empresa?
  • Me contaron que habíais perdido el concurso aquel en el que estuviste trabajando tantos meses.
  • ¡Ah sí! ¿Y qué más da?
  • ¿Perdona? Fueron muchos los esfuerzos que se hicieron para que ahora la empresa haya sido rechazada. Ha tenido que ser un drama para ti.
  • ¡Ni de coña! ¿Estamos locos? Por mi a la empresa le pueden dar mucho por ahí. A mi me da lo mismo, ¿no ves que yo voy a cobrar lo mismo a final de mes tanto si se gana como si no? Que se joda mi jefe, que ya gana bastante.
  • Pero bueno Juan, ¿eso cómo va a ser? Así que la empresa a la cual dedicas la mayoría de tu tiempo y de la cual dependen tantas familias a las que conoces... te da igual; pero que un equipo con el cual no tienes relación alguna pierda un partido al cual ni siquiera has asistido, te amarga la noche y el resto de la semana. Lo tuyo no es muy normal, lo siento.
  • ¡Ostia! No te digo yo a ti que al final me dabas tú el día. Por cosas como esta es por lo que estoy yo amargado. Desde luego que siempre fuiste un raro. Me vas a perdonar, yo me alegro mucho de verte, pero va a ser mejor que me vaya, directamente. Porque lo que está claro es que no tienes ni puñetera idea de nada.
  • Pues nada Juan, que te sea leve. Ya nos vemos. A ver si la próxima vez te pillo algo más animado, o como poco, un día en el que no hayas tenido fútbol la noche anterior.
  • Nos vemos. Hay que ver las cosas que deseas. Desde luego, como perdamos la vuelta, más te vale no cruzarte conmigo.
  • Sin duda. Estaré atento. Jajaja.
  • Déjate de coñas, que esto es muy serio.
  • ¿Serio? Lo tuyo sí que es de coña.
  • ¡Anda ya! ¡Ten cuidadito y aprende a disfrutar de la vida! Que falta te hace.

jueves, 12 de septiembre de 2013

El elitismo de los museos


Una vez más me siento aquí para compartir con vosotros mis inquietudes y pensamientos más íntimos, con el fin de trasladarles mis opiniones y críticas concretas acerca de todo aquello que nos rodea en nuestro día a día. Un alarde de cotidianidad y mediocridad intencionada, surgida desde la más sincera humildad e ignorancia.

Definido el contexto, aireo mis palabras en busca de posibles receptores dispuestos a compartir ideas. En este caso, el motivo de mis dudas, no es otro que la concepción de los museos contemporáneos. Apoyado en una tendencia muy clara adquirida por mi Málaga natal, me centro en entender el por qué de esta iniciativa y su consiguiente proliferación de espacios expositivos.

Cabe destacar, ante todo, que no pretendo en modo alguno juzgar este planteamiento, sino estudiar su evolución y analizar en lo posible, aquellos aspectos susceptibles de mejora o, en su defecto, pendientes de comprensión por mi parte.

Como auténtico ignorante en cuanto a Historia del Arte se refiere, y ciudadano tan inculto como inquieto, a partes iguales, me considero un ejemplar medio de estudio, bastante adecuado de cara al entendimiento de la labor efectuada por los museos como intermediarios culturales frente a la sociedad.

Es por ello que interesado en el factor didáctico y dinamizador de los museos, como referentes culturales por antonomasia, me he visto sorprendido en multitud de ocasiones, perplejo ante la magnificencia de determinados emblemas de este arte; así como embargado por el desconcierto, un irremediable cansancio, una intratable saturación visual y en ocasiones, incluso, aburrimiento, ante la desconexión existente entre estos importantísimos edificios, su contenido y yo.

Parto de la base, de que cuando alguien realiza el esfuerzo de acercarse a un museo para pagar la entrada y adentrarse en el recorrido planteado por su gestor a lo largo de su querida colección, lo mínimo que se merece es recibir una contrapartida cultural como recompensa. Con esto quiero decir, que todas esas burdas críticas orientadas a fustigar la incultura e ineptitud ciudadanas, pierden su valor y credibilidad en el mismo momento en que el visitante se acerca al edificio.

En mi opinión, ya ha realizado su parte, ha cumplido. Ha abandonado su cómoda y segura rutina para aprender, para disfrutar de lo desconocido y asimilarlo como conocido. Un proceso tan complejo como interesante.

Dicho esto, entiendo que en el mundo del Arte, como en cualquier otro sector, hay infinitos grados de conocimiento y sabiduría. Sin embargo, me preocupa que en los museos se parte de una base errónea. Si accedes a un museo por libre, sin haber investigado previamente su contenido, lo más probable es que no seas capaz de detectar las principales obras expuestas, ni aprender más allá del nombre del autor, año y nombre de la obra (sin olvidarnos del material con que se elabora). Esa es toda la información que nos ofrece un edificio cultural estándar. Ninguna aclaración del por qué de su instalación allí, ninguna pista acerca de los criterios que lo convierten en un elemento de máxima calidad artística; ni, por tanto, el más mínimo esfuerzo por acercarnos al Arte y con ello fomentar nuestro interés por volver o continuar en casa con nuestro proceso de aprendizaje.

Me temo que el museo se orienta preferentemente hacia aquellos visitantes cultos y/o formados, interesados en ampliar sus conocimientos previos.

En honor a la verdad, cabe dejar claro que cada vez son más las visitas guiadas ofrecidas por la mayoría de contenedores artísticos, en su afán por acercarse al ciudadano medio. No sólo es algo que debemos valorar, sino que podríamos incluso exigir. No en forma de una persona dedicada en cuerpo y alma a un grupo no siempre tan agradecido como debería. Sino como esfuerzo de apertura hacia la gente. No se necesita tanto, pero desde luego, es inapropiado pensar en un modelo tan extremista, en el cual existen dos versiones tan lejanas de museo. Una muy cerrada y opaca en la cual nadie te aporta nada, la diaria. Y una muy abierta y amable en la cual adornan las obras con anécdotas y aclaraciones del por qué de sus creaciones, la eventual.

Estoy seguro de que existen multitud de opciones intermedias que, sin perjudicar en modo alguno los deseos del autor, nos ayuden a encontrar el ansiado equilibrio y, en lo posible, lograr que resulte rentable a todos los niveles.

En una sociedad de la información, donde cada mínimo aspecto de nuestro entorno puede ser consultado en internet, me preocupa que cuente con museos de masas, orientados a unas masas a las cuales no responden, más allá de la instalación de una tienda de souvenirs. Como arquitecto, reconozco que me encuentro situado más bien en el lado de la balanza correspondiente a un espíritu minimalista, pero hay que tener claro que aquí el mínimo, siempre responde a un canon funcional, no estético.

Por desgracia, en ocasiones, me da la sensación de que existe un elitismo predominante en el Arte, que nos filtra a los visitantes en función de su cercanía a un mundo, culturalmente muy elevado. En mi opinión, el grado de cultura de una persona siempre radica no en lo elevado de sus maneras, sino en la habilidad para desenvolverse con la misma soltura sea cual sea el ambiente cultural en que se encuentre. Por ello, considerando los museos como el paradigma de la cultura, me encantaría que me demostraran que son igual de útiles e interesantes tanto para los eruditos o iniciados, como para los novatos e incluso despistados visitantes.

La cultura debería ser un producto turístico, académico o social, pero fácilmente accesible para todos los ciudadanos, sea cual sea su nivel cultural o su grado de interés.

Fácil, hagámoslo fácil.