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jueves, 18 de julio de 2024

El tamaño importa

Hace un tiempo nos encontramos en el estudio con una noticia acerca de la que denominaban como “La casa más angosta del mundo”. Según explicaba, la vivienda se había construido en una pequeña parcela surgida entre dos edificaciones existentes, con dos fachadas cuyas dimensiones eran de 72cm y 122cm, respectivamente. Sin embargo, no es el único ejemplo de vivienda estrecha que se puede encontrar. Más allá del alarde técnico que este tipo de vivienda tan extrema supone, nos valió para fomentar un interesante debate acerca de las limitaciones que impone la normativa actual en nuestro entorno y si se debería contemplar la posibilidad de analizar estos casos tan especiales con un extra de flexibilidad bajo el prisma de singularidad que conlleva.

 

En otras palabras, la duda fundamental que nos gustaría trasladar a quien quiera recoger el guante, es si la normativa debe priorizar o poner el foco más en la cantidad o en la calidad. En muchos otros ámbitos profesionales, este es un debate constante donde es posible que en el equilibrio resida la virtud. Sin embargo, dentro del marco normativo actual, ese ansiado equilibrio es directamente, ilegal. La normativa, en su afán por defender los derechos de los ciudadanos y unos mínimos de habitabilidad asociados a ellos, se ha centrado tradicionalmente en la definición de unas superficies mínimas pensadas para garantizar la calidad de los espacios en base, fundamentalmente, a la cantidad de metros cuadrados y sus dimensiones. Hasta aquí, todo correcto. Donde surge la duda es cuando la ciudad, fruto de un crecimiento en muchos casos orgánico, durante décadas, provoca irregularidades, o fallos en la matriz, para los cuales la única solución posible parece ser la arquitectura, en el sentido más amplio de la palabra. Es decir, cuando cumplir la normativa resulte imposible y la única opción viable sea descartar por completo su uso, ¿tendría quizá sentido darle una oportunidad al intelecto, en forma de diseño, para encontrar formas de suplir esas carencias mediante un derroche de talento?

 

Mi respuesta es clara. Sí, por supuesto que sí. Personalmente, creo que vivimos en una época dominada por la tendencia a regular lo máximo posible una realidad a todos los efectos imperfecta. Me explico. La ciudad no es sino el resultado de la evolución de cientos de años de intervenciones diversas, bajo el influjo de culturas y tendencias normativas igualmente diferentes. Actualmente, el urbanismo parece convencido de controlar ese aparente caos bajo una red creciente de leyes, decretos y ordenanzas cada vez más complejas, mediante las cuales proteger, regular y direccionar esta evolución. Controlar pasado, presente y futuro de nuestras ciudades a través del establecimiento de límites que no se deben sobrepasar. Lejos de juzgar el acierto implícito en esta filosofía, me gustaría poner el acento sobre el riesgo inherente a una estrategia basada en limitar la creatividad. Si algo me atrajo de esta profesión, fue siempre su capacidad para mejorar la vida de las personas usando nuestra imaginación como herramienta principal. Parece lógico que cuando algo tan difuso como la imaginación de cada cual se encuentra con un futuro usuario anónimo, surja la necesidad de generar unas reglas del juego con las que evitar injusticias derivadas de la priorización de los intereses personales frente a las necesidades de los demás. No obstante, el terreno de juego no siempre es tan idílico como nos gustaría pensar y es ahí cuando la normativa se convierte en irreal, inútil y contraproducente. 

 

No todos los casos son iguales, ni de lejos, pero sí la normativa que los regula. Bien. La igualdad es algo evidente y los agravios algo a erradicar. Estamos de acuerdo. Pero, pongamos ahora un ejemplo similar al que dio origen a este pequeño artículo. En mi barrio cuento con una parcela muy por debajo de los mínimos exigidos por la ordenanza en cuestión, que además no cumple con las dimensiones mínimas exigidas al uso residencial, pero que podría dar lugar a una vivienda digna de diseño con la que solucionar mi necesidad imperante de habitar, al amparo de un derecho tan básico como el que establece la Constitución. Por tanto, ¿quién establece los límites de la dignidad en lo que a una vivienda se refiere? ¿Qué ocurre si mi sueño consiste en vivir en una vivienda diferente? Si mi única intención es la de cumplir dicho sueño sin que por ello afecte negativamente a ningún otro ciudadano, ¿qué sentido tiene prohibirlo sin más? Recordemos que hablamos de un derecho, no una obligación. Es decir, si no hay negocio alguno implicado en esta idea, ¿por qué se impide la posibilidad de defenderla? Como todos sabemos, la normativa ya permite a día de hoy construir de forma extraordinaria en suelos no urbanizables bajo unas premisas muy concretas, entre las que destaca por encima de todas el interés público de la actuación planteada. Me pregunto si sería muy insensato considerar la investigación y la innovación como un interés público legítimo. ¿Se podrían considerar estos casos extremos como un lugar para la experimentación, siempre que el promotor y usuario sean la misma persona y no exista coacción alguna de por medio? 

 

Soy consciente de que alguien podría llevar esto al extremo: ¿Qué ocurre si yo, un ciudadano más, decido que quiero vivir en un sótano? ¿La ley me lo permite? La respuesta es no. Pero, ¿podría apelar igualmente a mi libertad de decisión? Y su reacción opuesta: ¿Dónde está el límite, entonces, de la creación consentida de infraviviendas?

 

Como arquitecto me veo incapaz de resolver estos dilemas, pero me puedo permitir el lujo de opinar acerca de lo que a mi parecer podría resultar positivo para nuestro gremio. Sin duda, reconozco que me atrae sobremanera el escenario utópico en el cual defender mis ideas de diseño hasta el punto de sobrepasar ciertos límites en pro de una evolución infinita. No creo que nadie dude que para avanzar, muchas veces, es necesario renunciar a lo que hay. Me seduce la idea de contar con un escenario controlado en el cual empujar los límites para seguir mejorando la calidad de vida de las personas. Al fin y al cabo, ¿qué otra forma nos queda para poner en crisis las leyes que nos condicionan? Con esto no pretendo fomentar la revolución ni nada parecido. La radicalidad de este argumento no es otra que la de cuestionarme la autoridad normativa cuando esta no ofrezca solución a la realidad que nos rodea, siempre proporcionando los instrumentos y protocolos necesarios para que este proceso de diseño sufra los mismos controles de calidad que cualquier otro proyecto. De hecho, todo esto surge desde la premisa de que cuando la cantidad no sea suficiente, parece lógico decantar la balanza hacia el lado de la calidad para suplir las carencias detectadas. A priori, me parece una medida coherente que podría ayudarnos a abrir nuevos horizontes muy interesantes. Por desgracia, nos encontramos muy lejos de esta pequeña ensoñación, pero no está de más dedicar un segundo de nuestro tiempo al debate.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Concurso, luego pienso (12/14)


10. Pinturas

El resto de la semana deambula entre el proyecto empresarial iniciado junto a mi socio y la representación de un concurso en su máximo apogeo. La base teórica adquirida en torno al estrato de la movilidad, comienza a dar sus frutos prácticos. Los dibujos van tejiendo una fina red destinada a recoger todos los aspectos asociados a una ciudad contemporánea de estas características, que son muchos, con la sencillez necesaria para pasar desapercibida.

Vivimos en una sociedad acostumbrada a la interacción virtual entre ciudadanos de todo tipo, ya se encuentren a unos pocos metros de distancia o a miles de kilómetros. La globalización ha traído consigo una inmediatez absoluta al plano social. Esto, entre la gran variedad de ventajas que conlleva, presenta un inconveniente, en mi opinión, preocupante. Nos estamos acostumbrando a acceder a los fines sin recaer en los medios que se requieren para ello, creciendo por tanto una impaciencia generalizada en cuanto a los trayectos intermedios se refiere.

En ocasiones, tardamos menos en cambiar de comunidad autónoma que de municipio. Los transportes, al igual que Internet, han revolucionado el concepto de distancia. La rapidez se ha apoderado de nuestras ciudades. Y más allá del discurso que defienden los partidarios del movimiento slow, se ha producido un cambio radical en la relación existente entre la ciudad y sus habitantes. Atrás quedan los elocuentes esquemas visuales ofrecidos por los integrantes de Barrio Sésamo, acerca de los conceptos de cerca y lejos.

Cada vez son más importantes los hitos, reclamos puntuales, y más irrelevantes los trayectos de servicio. Valga como símil, la comparativa entre una ciudad comunicada por metro y una conectada mediante el tradicional autobús. No cabe duda que en el caso de la ciudad más tradicional, el concepto global que adquiere el visitante de su identidad, en conjunto, es mucho más realista que el collage de postales inconexas ofrecido por la primera.

La ciudad no es sino el reflejo de sus ocupantes, y evoluciona conforme lo hacen sus usuarios, teniendo en cuenta el retardo asociado a la inercia de un ente tan masivo. Es como si intentásemos modificar el sentido de giro en un vaso de agua o en una piscina. El vaso reaccionará inmediatamente a nuestros intereses, mientras la piscina nos requerirá un esfuerzo mayor, o la participación de más compañeros.

Con todo esto, se justifica la actuación planteada en nuestros últimos bocetos. Debemos iniciar el proceso inverso de giro en la mega piscina que conforma nuestra urbe. Si no iniciamos el cambio, nunca lograremos que nuestra ciudad evolucione, ni por supuesto, contaremos con el apoyo necesario entre nuestros vecinos.

Convencidos, por tanto, de la idoneidad de nuestro planteamiento, planificamos la próxima semana como si no se tratase del periodo vacacional comprendido entre Nochebuena y Nochevieja. Una semana complicada para aquellos que tras disfrutar del milagro de la paternidad, observen sorprendidos cómo sus pequeños permanecen en casa a lo largo de la mañana, con la consiguiente demanda de actividades y entretenimientos diversos. Pese a ello alcanzamos un acuerdo bastante coherente, por el cual mantener la actividad del equipo, aunque cediendo cierta flexibilidad a aquellos más afectados por esta circunstancia.

Nuestros mejores deseos se trasmiten a través de cada abrazo de despedida, en vísperas de una festividad que supondrá, sin duda, un antes y un después en la vida de los impacientes menores. No obstante, es percibido desde un punto de vista completamente diferente cuando se observa desde la distancia que generan los años. Quizás las prisas se mantienen, aunque por motivos muy diferentes, pese a tratarse del mismo resultado.

Tras varias demostraciones empíricas de la inmediatez que nos permitimos demandar a la ciudad cuando nos aprieta el reloj, consigo cumplir con los objetivos marcados antes de la citada cena.

Los días de vacaciones aprovechados en familia, nos alejan del concurso lo suficiente como para renovar nuestras fuerzas, sin por ello diluir los logros obtenidos. Cinco días dedicados al avance paulatino y parsimonioso de un proyecto que podría durar años. Sin embargo, la calma aportada por los días de descanso, nos invita irremediablemente a recapacitar acerca de los plazos marcados en los inicios. Contamos con poco más de un mes y, pese a los avances, nos encontramos de nuevo caminando sobre la cuerda floja. El más mínimo error y habremos desperdiciado estos casi tres meses de trabajo.

Establecemos como límite para el proceso de diseño las tres últimas semanas que preceden al día diez de febrero, tatuado imborrable en nuestras cabezas. Entendemos como imprescindible el uso de estos días para la maquetación de los formatos, la correcta disposición y representación de los planos generados. Puede parecer excesivo destinar tres semanas para tal fin, pero la experiencia nos ha enseñado a ser precavidos en este sentido. Un buen proyecto mal presentado, es peor recibido que un proyecto mediocre o incompleto explicado con buenos dibujos y sugerentes imágenes. De ahí que hagamos especial hincapié en la documentación que será finalmente entregada. No nos podemos permitir centrar los recursos en un proceso infinito, como es el diseño de toda actuación, sin prever un plazo de seguridad en el cual redactar y perfeccionar los detalles.

Ya dicen eso de que “hombre precavido vale por dos”, pues en este caso, ocho.

El cuarto día de trabajo nos recuerda una reunión que se estableció la pasada semana y que, personalmente, he de reconocer que había olvidado por completo. Recibimos la visita de un compañero, también arquitecto, muy experimentado en materia de urbanismo, y especialmente, en el diseño de muchos de los enclaves principales de nuestra capital. Aprovechamos su amabilidad para interrogarle en cuanto a las tendencias que han condicionado la estructura en la que vivimos hoy día. Nos desvela grandes aspectos, que pasan desapercibidos a los ojos de un inexperto observador como yo, o incluso se resisten a ser delatados ante las educadas miradas de mis compañeros. Pero fundamentalmente nos ayuda a ver nuestro “problema” desde una perspectiva más amplia. Como gran estudioso de la ciudad, nos matiza muchos de nuestros razonamientos y redirige algunos de nuestros trayectos argumentales.

Sin duda, una nueva oportunidad para aprender de aquellos que saben más. Los arquitectos aparecemos vinculados socialmente al concepto de prepotencia. En mi caso, he de decir en favor de mis compañeros, ya que mi humildad no puede ser valorada como positiva sino como realista, que no responden para nada al prototipo de estirados profesionales preocupados exclusivamente por el bienestar de sus ombligos. Como en la mayoría de los casos, estaremos siendo afectados por los desafortunados actos de algunos pocos que hacen mal uso de sus funciones, desgastando la imagen de todo un sector.

En lo que a mí respecta, este concurso está constituyendo la confirmación de un gremio mayoritariamente profesional y humilde, consciente de sus limitaciones, hasta el punto de recurrir a sus iguales para darles la oportunidad de deleitarnos con su sabiduría. Estas reuniones me muestran un equipo dispar pero respetuoso. Grandes profesionales que lejos de mirarme por encima del hombro, me brindan el mayor de sus respetos, aún cuando sería comprensible lo contrario, ante la evidente desigualdad que nos precede.

En vez de perdernos en una batalla orgullosa por imponer nuestras creencias por encima del resto, asumimos las virtudes de cada uno, aprendiendo a valorar cada comentario con los matices que cada personalidad le imprime. Mantenemos un orden improvisado en cada momento de intervención, para exprimir cada aportación ajena hasta el punto de sopesar los diferentes pros y contras con total franqueza. Esta actitud, indispensable para el funcionamiento de un equipo, sólo se puede llevar a cabo partiendo de una premisa básica: cada pieza de la máquina es importante e imprescindible. Cada uno de nosotros sabe del bien que le aporta el consenso y las críticas del grupo. Así las acepta, las emite y las contrarresta. Siempre con el optimismo necesario para no perder de vista el carácter constructivo de las opiniones.

Como ya dije en su momento, mi compañero lo resumió con gran elocuencia:

- Ya sabemos que es muy fácil destruir, y extremadamente difícil ayudar a construir, así que escuchemos lo que tiene que decir, e intentemos valorar los aspectos positivos que, a buen seguro, su comentario encierra - Expresó uno de mis compañeros, a lo largo de uno de los múltiples debates surgidos.

Entenderán que considere este concurso, como una oportunidad única de cara al desarrollo de mi personalidad y mis aptitudes técnicas. Si algo he defendido desde hace años es que todas las personas pueden llegar a enseñarte algo, si eres capaz de escuchar y estás dispuesto a aprender. No me equivoqué.

Mi agradecimiento no podría ser más sincero, con cada nueva contribución a este bien común que nos hemos planteado.

Compromisos varios me obligan a abandonar apesadumbrado la reunión urbanística que acabamos de improvisar, molesto con la coincidencia temporal de ambos eventos, pero confiado en la acertada representación que suponen mis compañeros-maestros.

Me apresuro todo lo posible para reincorporarme rápidamente al coloquio. Algo más de una hora después, hago mi reaparición. Parece no haber cambiado nada, salvo el tono cada vez más distendido de los participantes. Compartimos inquietudes y anécdotas con la misma complicidad y relajación con que amenizamos cada periódica reunión.

La conclusión de este encuentro, aunque parcialmente ausente, la defino como muy positiva. Con la marcha del invitado, coincidimos en esta lectura y sintetizamos las claves aportadas.

El Año Nuevo nos aporta un merecido descanso, alguna que otra discreta confesión y un creciente interés por mejorar. Nada que no sepamos ya, tras tantos años de rutina similar. Todo son buenos propósitos que rara vez se materializan. Por ello, inauguramos la agenda con un planning estricto y detallado, que confiamos se convierta en el ingrediente secreto de una fórmula predestinada al éxito. Cinco semanas contadas. Tres de ellas, ya descartadas anteriormente. Eso hace un total de dos semanas, teniendo en cuenta que ésta trae una tara en forma de puente.

¿Se percibe el agobio?

Una de las respuestas más evidentes podría ser la de no secundar este puente. Pero, si el día de Nochebuena fue señalado por su relevancia infantil, no hará falta mencionar el papel que juega en todo esto la visita de los Tres Reyes Magos, por más que la Globalización y su correspondiente influencia americana se empeñen en imponer tradiciones lejanas. Santa Claus gana enteros entre los más pequeños, pero nuestro querido día seis de enero, sigue dispuesto a luchar por sus derechos sobre las costumbres y tradiciones populares de nuestro país.

A eso, debemos añadir las abarrotadas cabalgatas de la víspera, ya sean detrás de los Reyes y sus pajes, de los escurridizos caramelos, o tras la búsqueda de cualquier otro obsequio. Las circunstancias, de un modo u otro, nos obligan a descartar estos días de trabajo, tachando dos nuevos cuadros de nuestro particular almanaque.

Confiemos en que los Reyes sean benevolentes a la hora de valorar nuestro comportamiento durante el pasado año.



Continuará... (Parte 12/14)

jueves, 1 de noviembre de 2012

Concurso, luego pienso (9/14)


7. Carpinterías

Efectivamente, ese mañana ya es hoy, y con ello llega un nuevo día repleto de dudas. Con los razonamientos de ayer aún rondando mi cabeza, me enfrento a los quehaceres de esta mañana para poder dedicar nuevamente la tarde a continuar con el proyecto.

La hora de la comida supone para mí un pequeño paréntesis antes de una nueva acometida. Acudo al lugar de encuentro puntual, sí. Puntual a mi retraso. Una vez más, la hora oficial impuesta por el equipo indica únicamente una referencia sobre la cual calcular la posible hora de inicio. En mi caso, pasan cerca de veinte minutos las cuatro y media, convocatoria inicial. Ya hay un compañero en el estudio. Otro termina de comer en el bar del primero. El cuarto no está ni al parecer se le espera. Acaban de hablar con él y ha decidido quedarse en su estudio con su equipo para avanzar un poco más su propuesta de cara a mañana.

Ante esta novedad, recojo al comensal y nos acercamos al estudio para reclutar al tercer integrante en activo. Este nos recibe ocupado con su trabajo, enseñándonos unos bocetos bien definidos de su propuesta y disculpándose por tener que ausentarse unos instantes para terminar de resolver un asunto de su estudio.

Mientras tanto, nosotros repetimos la rutina de estos dos últimos meses. Nos acercamos al despacho que se nos ha cedido para dejar el material. Cogemos todos los planos y nos dirigimos hacia la sala de reuniones en la que estamos acostumbrados a trabajar, aprovechando una gran mesa en la cual colocar el conjunto de planos que representan los seis kilómetros de actuación.

Durante el proceso por el cual mi mentor va sacando el séquito de rotuladores que acompaña a mi solitario lápiz, discutimos acerca de la propuesta que nos acaba de enseñar nuestro compañero. Satisfechos con su idea, pasamos a debatir aquellos aspectos de nuestra propuesta que no acabamos de entender, o que a lo largo del día nos han suscitado ciertas dudas. Coincidimos en muchas de ellas, aunque la mayoría parecen fáciles de solucionar. Ante esta conclusión, nos planteamos cuál podría ser nuestro próximo paso. Una de las opciones sería empezar a dibujar con el ordenador las trazas que muestra el trabajado plano sobre el cual nos apoyamos en estos momentos.

Descartamos la opción de delinear lo diseñado, dado que faltan ciertos flecos por atar. Así que consideramos más productivo generar un esquema de tráfico en el cual indicar las modificaciones que hemos previsto, para enviárselo a nuestros compañeros del segundo estudio y que comiencen a producir los esquemas conceptuales de la idea.

Como sabrán, en los concursos se suele limitar la cantidad de planos a entregar, en adelante formatos. De la misma forma, se suele establecer el tamaño de dichos formatos, según el estándar DIN, en el cual el folio corriente se corresponde con el estándar DIN-A4. Dos folios unidos por su lado mayor, forman un A3. Dos A3 un A2. Y así hasta el A0, formato normalizado de mayor dimensión. Aunque poco usado en nuestra profesión, también existe el A5 como resultado de dividir un A4 por la mitad.

En este caso, el máximo permitido es de 5 A0, pudiendo presentar cuántos formatos de dicho tamaño consideremos oportunos por debajo de dicho número.

En nuestro caso, las primeras pruebas de maquetación, nos demuestran que dada la gran dimensión del elemento a representar, necesitaremos como mínimo tres formatos para definir la propuesta a escala apropiada. Uno inicial será el encargado de mostrar las referencias empleadas, los esquemas que justifican el desarrollo entregado y los aspectos destacables sobre los cuales actuar. El quinto, según la cantidad de información que finalmente seamos capaces de generar, incluirá las veinticinco secciones del río requeridas por las bases y tantos renderizados, también denominados fotorrealismos o fotomontajes, como decidamos y podamos asumir.

Sin dudarlo un instante, me pongo delante del ordenador y empiezo un esquema que preveo terminar en menos de tres horas, para asegurarme de que hoy quede enviado a nuestra sucursal.

El tiempo transcurre entre clics del ratón, consultas sobre la representación del plano, comentarios acerca de la música seleccionada y puestas en común de las matizaciones que va generando mi compañero para la zona del puerto.

A lo largo de la tarde van surgiendo conflictos en el diseño de este sector, dado que la modificación de un único elemento afecta al resto de piezas que conforman esta compacta maquinaria. En mi caso, lo realmente complicado parece establecer el límite de la zona seleccionada para reestructurar el trafico. No es fácil actuar sobre un vial sin que eso genere un cierto caos en la manzana anexa. Finalmente tras varias ampliaciones, fijamos un área comprendida entre el río y las vías principales situadas a su alrededor. Lo cual supone un esfuerzo extra, no sólo de estudiar su situación actual, sino de entender sus implicaciones a nivel global.

De este modo, mi esquema refleja gran parte de las decisiones que continúa estableciendo mi mentor en su plano. Cada nuevo vegetal que sitúa sobre el plano base, permanece intacto escasos segundos, ofreciendo una colorida estampa en cuestión de minutos. Al inicio y final de cada vegetal, me incorporo al diseño para contribuir en lo posible y asimilar las modificaciones realizadas de cara a mi esquema.

Con esta dinámica, cerramos un día muy intenso pero no tan productivo. Nos emplazamos a mañana para finiquitar mi tarea y presentar la propuesta al grupo. Con esta misión clara transcurren las horas que nos separan del nuevo asalto. Con una sorprendente puntualidad, rara excepción en nuestra parsimoniosa trayectoria, retomamos el trabajo en el mismo lugar donde lo dejamos, como si las horas pasadas se hubiesen transformado en minutos. Continuamos aplicados y concentrados en nuestro objetivo. El resto del grupo se va incorporando a sus respectivas tareas, mientras nosotros cerramos el esquema de tráfico que compartimos inmediatamente con ellos, tanto aquí como en el segundo campo base, donde continúa nuestro cuarto integrante, dirigiendo a su equipo.

El presente día se nos presenta más corto que de costumbre, los diferentes compromisos a los que debemos hacer frente, nos obligan a abandonar el estudio con antelación. Sabido por todos, en similares circunstancias, nos apresuramos en cerrar el trabajo para que mañana nos sea aún más fácil de recuperar.

Una educada pero fría despedida nos marca el camino hacia nuestros próximos encuentros. Personalmente, ya llego tarde. Mis clases semanales de inglés, comenzaron a las siete de la tarde, siendo ya las siete y media. Resignado, renuncio a la primera hora para concentrarme en la segunda de ellas. Una vez más, me encuentro en mi moto, no sin cierto estrés, volando por esas mismas calles que acabo de analizar y plasmar en mis dibujos.

Lamentablemente no dispongo del tiempo suficiente como para recapacitar acerca de mis acciones. Sólo tengo ojos y neuronas para mi moto y las circunstancias externas que afectan a mi conducción. La búsqueda de atajos y el peligroso zig-zag entre el resto de vehículos, auguran lo inevitable. Tras varias maniobras de dudosa elegancia, me adentro en una de las pequeñas callejuelas que deberán proporcionarme cierto margen de maniobra para suplir otros posibles contratiempos que, sin duda, surgirán a lo largo de mi trayecto. Para colmo de males, la lluvia hace aparición tímida y sutil, lo cual representa un peligro aún mayor si cabe, ya que apenas me percato de ello. Las prisas crecen por momentos. No sólo me preocupa llegar tarde, sino que un exceso de agua, para lo cual no voy preparado, podría suponer la guinda de este peculiar pastel. No puedo llegar tarde y encima empapado en agua.

Todas estas deliberaciones internas se transmiten automáticamente en un grado más de giro en mi puño derecho. Todo se traduce en más estrés y equivalente velocidad. Cada vez, mis sentidos se encuentran más concentrados en la conducción, en cada peatón que hace el amago de cruzar la vía, no consciente de mi futura presencia por miedo a una lluvia cada vez más molesta y notoria.

Observo cada coche que asoma su morro marcando su territorio en el próximo cruce. Cada semáforo. Cada señal. Hasta que todo este contexto decide volcarse ante mí, desafiante pero escurridizo. En un instante, aparece un estrechísimo callejón que no había acertado a ver con la abundante lluvia que amenaza mi visión, mi reacción no es sino buscar la señal que me indique mi preferencia en dicho cruce. ¡Maldición! Se trata de un ceda al paso, escoltado por un deslizante paso de cebra pintado sobre la tradicional calzada de adoquines pulidos por el paso de los años. Combinación explosiva la que parece resultar de esta coctelera.

Las siguientes décimas de segundo, duran horas en mi cabeza. Raudo y veloz reduzco mi velocidad y presiono la maneta de los frenos. Consciente del riesgo que ello supone, pero obligado por las circunstancias, recibo la visita indeseada de mi rueda trasera, quien reacciona instantáneamente a mi acción de frenado, perdiendo toda adherencia e incorporándose en paralelo a la fiesta. Una caída podría ser bastante peligrosa en estas condiciones, así que suelto el freno, enderezo la moto y me lanzo al cruce completamente entregado a mi suerte.

No puedo hacer más que confiar en la ausencia de vehículos en la calle perpendicular. Sin por ello olvidar, que sigo inmerso en un proceso de malabarista para controlar una moto completamente encabritada, desbocada, ansiosa por emprender su propio camino.

La próxima décima de segundo se convierte en el instante de tiempo mínimo que se supone que debería ocupar. Sólo me centro en prepararme para lo peor. Afortunadamente, recupero la conciencia total, unos metros más adelante, perplejo ante la normalidad que reina de nuevo en mi viaje. No gozo del descanso necesario para saborear la increíble explosión de adrenalina que parece diluirse progresivamente en mi organismo, sólo oculta por una alegría serena pero indescriptible y un cansancio desproporcionado. Únicamente me puedo permitir reducir algo la velocidad antes de abandonar definitivamente la trampa mortal en la que pareció convertirse el adoquín. Los diez minutos que me separan de mi objetivo, no superan el cenit alcanzado unos momentos atrás. Llego victorioso, contra todo pronóstico, a mi academia, intentando ocultar mi satisfacción para mostrar el respeto que me demanda un retraso más que evidente. Una vestimenta poco presentable y húmeda, que acompaña a un rostro demacrado.

Eso sí, estoy ahí. Me siento, dedico todos mis sentidos a relajarme y recuperar el dominio sobre mi mente. Aún me queda una hora de concentración en la que mantener una conversación en inglés sobre los sistemas educativos de diferentes países. Todo ello, con una preocupación lejana que deambula entre mis pensamientos y ausencias: aún tengo que volver a casa, bajo una lluvia cada vez más segura y orgullosa de sí misma.

Doce de la noche. Proclamo este día como terminado. Por fin gozo de unos instantes para mí. El trayecto hacia el dormitorio se torna en paseo triunfal hacia la gloria. Lo mejor de todo, saber que mañana ya es viernes, no cualquier viernes, sino en el que termino uno de los dos cursos para jóvenes emprendedores que simultaneo por las mañanas.

Por si esto fuera poco, supone además el último día de trabajo con el Plan de Empresa que llevo un mes redactando. Crear tu propia empresa debería ser siempre motivo de alegría, pero el cansancio me aleja cada día más de tal sensación. Mi capacidad creativa se debate entre el inicio de mi futuro y un concurso de gran magnitud en el cual se nos invita entre líneas a reestructurar una ciudad entera, nuestra ciudad.

Palabras como exhausto, reventado o seco, pierden aquí su sentido. Me sorprende ver lo que hace creer en algo. Nunca pensé que podría diversificar tanto mis esfuerzos, teniendo en cuenta que cada día, afronto infinidad de novedades que debo entender y asimilar para poder aplicarlas acto seguido en mis variopintos retos.

Que nadie malinterprete mis palabras. No me quejo para nada de lo acontecido, sino que me enorgullece ver que sigo aquí, dispuesto a dar más.



Continuará... (Parte 9/14)

viernes, 7 de septiembre de 2012

Concurso, luego pienso (6/14)


4. Albañilería


Entre pensamientos, dudas y ojeras transcurre una semana crucial. Han llegado el día “D” y la hora “H”. Estamos todos ahí, menos uno. La verdad es que la puntualidad nunca fue una de nuestras grandes virtudes, de ahí que el retraso se asuma con total normalidad. Pese a ello, somos perfectamente conscientes de que se trata de un día especial, no podemos continuar con el plan marcado, salvo que estemos los cuatro. Por esta razón, decidimos llamar al cuarto integrante, el cual tras un sin fin de disculpas, nos confirma que no podrá asistir hoy. Un malentendido telefónico y una inoportuna reunión se han convertido en las causantes de este nuevo contratiempo. Sólo el buen rollo reinante nos permite aceptar la noticia con una sincera sonrisa y un par de bromas hirientes hacia el inesperado ausente.

Ante las nuevas circunstancias, el equipo decide avanzar en el análisis de la ciudad y plantear las alternativas propuestas por cada uno de los tres asistentes hoy, de cara a un primer intento por encontrar un acuerdo global.

En esta línea, vamos exponiendo nuestras ideas, con la firme esperanza de coincidir en nuestros argumentos y facilitar con ello el desarrollo de la reunión.

Tres horas más tarde, la principal sorpresa reside en que estamos completamente de acuerdo: no tenemos ni idea de qué hacer aún. Todo se nos va en buenas intenciones. Pero nos faltan muchos datos para poder descartar alternativas.

Aunque esta tarde me deja una frase que intentaré recordar siempre, una afirmación tan simple como real, una gran verdad que ayuda a entender mejor las cosas. Una revelación que nos brinda uno de nuestros compañeros y que se une al conjunto de lecciones que consigo extraer de esta inspiradora experiencia.

Esta vez me enseña que no debemos anular la ilusión de los demás, por muy en desacuerdo que estemos, sino empatizar con ellos para juntos encontrar la mejor solución, ayudarles a pulir su planteamiento en función de nuestra crítica:

Es muy fácil destruir pero muy complicado ayudar a construir.

Así que, tras horas de deliberación y buenos ratos, aderezados como de costumbre con divagaciones varias, podríamos decir que estamos casi como empezamos. Sólo hay una diferencia fundamental, tenemos aún más claro que debemos seguir investigando acerca de la ciudad en su conjunto, sus relaciones históricas y actuales con el río, las peculiaridades técnicas implícitas en cada propuesta de futuro. Sin olvidar que un día completo de trabajo produce grandes esbozos que, siempre y cuando seamos capaces de aislar entre la morralla, nos proporcionan algo de luz entre la supuesta oscuridad en la que abandonamos el estudio.

Más de doce horas de trabajo empiezan a pesar en el interior de una cabeza a punto de estallar, eso sí, por voluntad propia. Es decir, hemos renunciado al derecho al pataleo de antemano. Sólo queda dormir y confiar en que mañana el amanecer venga acompañado de un poco de inspiración y un mucho de ilusión y ganas.

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Sin duda es así, el alba no defrauda a nadie. Las legañas aprovechan unas más que evidentes ojeras como trincheras en el campo de batalla en que se convierte el lavabo. No encuentro la manera de abrir por completo mis ojos. Entre el sueño, el cansancio y los escasos minutos que llevo en este nuevo día, todo parece dispuesto para evitarme el primer sobresalto de este sábado, o quizás domingo, desde luego confío que no lunes. No sabría decir siquiera si es de día o de noche. Mis necesidades fisiológicas han decidido interrumpir mi idilio con Morfeo.

Evidentemente se trata de una decisión unilateral en la cual no me siento más que un mero intermediario, un medio para lograr un fin tan necesario como inapropiado. De hecho, sigo pensando que hay una parte de mí que continua entre sábanas y almohadas. Los intentos en vano por ver algo más que luces borrosas que me taladran el cerebro e incentivan mi creciente desorientación, me invitan amablemente a hacer uso de una de las mayores lecciones aprendidas a lo largo de mi periodo académico: cuando veamos el mismo muro una y otra vez frente a nuestro camino, es momento de alejarse para encontrar las fuerzas requeridas para franquearlo.

Conclusión: Morfeo, ¿dónde lo habíamos dejado?

Ahora sí, mis párpados recuperan su ligereza habitual, mis ojos parecen filtrar adecuadamente la luz y el agua del grifo ha abandonado su repentina acidez.

- Esto marcha - me digo convencido.

Mi velocidad de movimientos recuerda al autentico rey de la selva, ¡qué espectáculo!. No, no me refiero al león africano. Por desgracia, me centro más bien en la selva sudamericana, y en vez del poderoso felino depredador, un parsimonioso perezoso. Así es, cada trayecto que realizo transforma mi diminuto apartamento en la mayor de las mansiones victorianas. A veces me encantaría poder huir de mi cuerpo para observarme incrédulo a lo largo de mi majestuosa hazaña: un pasillo de cinco metros en más de quince minutos. Probablemente tendría tiempo incluso de ir a comprar una cámara de video para constatar tan lamentable cualidad, antes de detectar mi peculiar disociación.

Por suerte, la disociación voluntaria no es una de mis escasas virtudes, así que me conformo con el reloj como única prueba de mi preocupante lentitud. Afortunadamente, son veintisiete años ya los que he compartido conmigo mismo, así que es difícil sorprenderme.

Mi esfuerzo ímprobo da resultado y alcanzo victorioso la habitación del ordenador. Me dispongo a leer el periódico, consultar la actualidad de mis redes sociales y vagar libremente por la red mientras mi cuerpo termina de espabilarse. Me plantearía desayunar algo antes de ducharme, pero si no me fallan las cuentas, ya llego tarde al almuerzo, así que mejor me planteo cómo nutrirme.

El deambular virtual se antoja menos aleatorio que de costumbre. El standby en que se mantienen mis neuronas a lo largo de la noche se evidencia en una búsqueda intencionada de lo que entiendo, puede contribuir a la constitución de una estrategia proyectual en el río. Varios artículos interesantes, un par de imágenes de ciudades concretas y un artista inspirado, acaban por transportarme hasta un bosque del noroeste norteamericano. Un conjunto de piedras alineadas y milimétricamente colocadas que evocan un río inexistente pero conceptual. Un acto repleto de arte y simbolismo que despierta mi lado más abstracto, ese capaz de teorizar sobre elementos tan cotidianos como inverosímiles.

Los siguientes minutos transcurren con mi cuerpo entre los fogones, aunque mi mente continúa colocando piedras manualmente canteadas a lo largo de una línea tan imaginaria como esta propia acción. En un primer momento puede resultar trivial, gratuito o excesivamente artificioso, pero en el fondo esconde una deslumbrante brillantez, la capacidad de invitarme a pensar, soñar, diseñar.

Empiezo a tejer mi tela de araña de nuevos horizontes. Creo un nuevo hilo conductor sobre el que fundamentar mi discurso conceptual. Ofrecer a los ciudadanos el río que tanto añoran sin necesidad de inundar su cauce. Sanar una herida sin necesidad de taparla, sin recurrir a la sutura como mecanismo de cierre. Ante estos casos, lo más peligroso es dejarse llevar por la inmediatez que trae consigo la reacción definida como el acercamiento de orillas. Cuando se abre una brecha de cualquier tipo entre dos elementos previamente unidos, lo primero es intentar recuperar su estabilidad y cohesión anteriores. Para ello, volver a juntar sus extremos o rellenar el nuevo vacío para recuperar el continuo original, son las dos alternativas que podríamos plantearnos.

Sin embargo, una nueva opción acaba de llamar a mi puerta. ¿Por qué no recurrir a una intervención dirigida, por el contrario, a la brecha social, emocional, sin necesidad de ocultar una deformación natural nada vergonzosa? Si objetivizamos esta cuestión, descubrimos que el problema reside en su componente más subjetiva, dado que un accidente geológico no es más que otra característica natural de las muchas que conforman nuestro territorio. Es lo que esta aparente imperfección genera en la conciencia colectiva lo que realmente podríamos calificar como un problema. Por tanto, quizás no sea tan surrealista o desacertado centrarse en la manera de entender la fisonomía de la ciudad por parte de sus usuarios. Atacar sus emociones y su forma de mirar.

No tengo claro si debo actuar de una forma o de otra, pero me alegra haber encontrado un objetivo claro, solucionar un trauma social que afecta a la percepción ciudadana del entorno. Para empezar, acabo de definir la meta, un fin. Sólo falta dilucidar cuales son los medios más apropiados y eficientes para llegar hasta él. La sonrisa reaparece triunfal, mezcla de la satisfacción asociada a este descubrimiento y a la imagen que supone verme devorando la causa del festival de olores surgido con el abandono de la cocina.

¿Qué mejor manera de alimentar mi intelecto que con un cóctel de inspiración y nutrientes?

Desconecto temporalmente, gracias a la inestimable ayuda de lo que algunos denominan la “caja tonta” mientras yo he de reconocerla, inevitablemente, como parte de mi vida. No creo en la estupidez de los elementos, sino en la de sus usuarios. En mi caso, esta pseudo-estupidez me aporta el necesario “descanso del guerrero”. Un apetecible parón en el cual alejarme, una vez más, de mis pensamientos para volver en breve con más fuerza.

Lo prometido es deuda, ha llegado la hora de reavivar las cenizas candentes para afrontar un nuevo asalto en el combate que libro por una ciudad mejor.

Una vez definido mi objetivo, sanar un trauma social bien arraigado en nuestra memoria, prosigo con el enfoque simbólico del proyecto. Aprovechando la investigación generada para la ejecución de mi Proyecto Final de Carrera, activo mi cerebro en clave abstracta. Si algo he aprendido en este tiempo, es que quizás la mejor manera de hacer frente a aspectos de tipo psicológico, es actuar del mismo modo en que se producen los problemas, solventarlos a través de una actuación física capaz de generar emociones.

Empiezo a pensar en el río como un elemento de separación urbana, un muro horizontal que deprimido se eleva por encima de todos los ciudadanos. En esta línea argumental, me empieza a resultar de gran interés recurrir a su antihéroe, erigir un autentico muro que desde su evidente verticalidad genere un efecto de horizontalidad en las mentes de sus usuarios. Un muro que simbolice esta vez la unión entre dos mundos ubicados tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Se suceden los bocetos sin sentido, sin orden ni concierto. Intento que el lápiz transmita unas sensaciones tan sugerentes como esotéricas.

Como no podía ser de otro modo, al cabo de un rato me descubro exhausto y absorto en ideas irrealizables. Pese a que el fondo de mi razonamiento pueda resultar inspirador, no es un camino coherente para alcanzar un proyecto tangible y físicamente realizable. Como poco, puede reforzar el discurso generador del diseño definitivo. Así que abandono este planteamiento, para albergar nuevas esperanzas de éxito.

Reviso actuaciones similares ya debatidas anteriormente en el seno del equipo. Esta vez, analizo aspectos más banales pero igual de importantes. ¿Cómo resuelven el tránsito entre río natural y río modificado en el ejemplo de Niza? Ellos han optado por el embovedamiento, y he de reconocerme a favor de esta iniciativa. La pega: actualmente supondría un coste tan alto como innecesario. Pese a que desde el principio fue una de las ideas que resonó con más fuerza en mi interior, me mantengo fiel a mi compromiso profesional de valorar todas las opciones por igual.

Llego a pensar, incluso, que esta solución debería llevar años ya ejecutada. Es más, no creo que pertenezca a un equipo de arquitectos la responsabilidad de acometer una actuación tan técnica como justificable. Es el tratamiento superficial de dicho embovedamiento lo que debería recaer sobre nuestro gremio. La capa ciudad nos afecta en tanto en cuanto suponga la interacción entre hombre e infraestructura. Lo que ocurra bajo nuestros pies, debe ser tenido en cuenta, sí, pero no me considero, como arquitecto, el más adecuado para interceder en su planificación. Preferiría intervenir exclusivamente en su fachada urbana, aquella capaz de cambiar nuestro día a día.

El cansancio hace mella, este tipo de pseudo-razonamiento con claras trazas de pesimismo y rechazo no muestran sino una necesidad clara de descanso. Puede que refleje, además, un atisbo de frustración, signos de cierta desesperación ante un problema, en ocasiones, demasiado grande para un simple arquitecto. Es entonces cuando se debe parar, recapacitar acerca del trabajo realizado y destacar los aspectos positivos que éste nos ha supuesto. Siempre los hay, más o menos numerosos, pero igual de esperanzadores. Lo suficiente como para dejarnos con buen sabor de boca y animarnos posteriormente a proseguir el camino, con miras a un éxito ansiado y posible.

Una vez más, la noche trae consigo un placentero vacío que genera la organización de ideas meditadas, la negación de los desánimos y la creación de espacio vacante dispuesto a ser cubierto por nuevos debates internos, nuevos planteamientos.



Continuará... (Parte 6/14)

lunes, 21 de mayo de 2012

Málaga vs Barcelona


Recientemente he podido disfrutar de una visita tan interesante como instructiva a la capital catalana, actual referente del litoral mediterráneo nacional. La admiración suscitada ha derivado en una mirada crítica hacia el caso de Málaga, como ciudad mediterránea de similares características, fundamentalmente geográficas, que sin embargo alberga a sólo un tercio de la población condal.

Lejos de cualquier apreciación o lectura política, me gustaría valorar una estructura urbana ejemplar. Una muestra evidente del buen hacer de una ciudad. Un hito nacional que refleja una creencia incuestionable en la importancia del diseño.

Porque más allá de las circunstancias concretas que rodean a cada una de las metrópolis mediterráneas, la principal diferencia, en mi opinión, radica en la importancia que cada sociedad dedica al valor de la arquitectura. Dicho de otro modo, en Barcelona el ciudadano medio asume la arquitectura como una muestra necesaria de diseño, en el más amplio sentido de esta palabra; en cambio, en Málaga parece que el término arquitectura se encuentra asociado más al concepto de construcción, especulación y riqueza.

Fue sorprendente descubrir como un barcelonés, no vinculado al sector, se interesó por mi profesión desde el respeto y admiración que entiendo que cualquier profesional se merece. Me impactó cómo se refirió a su vida cotidiana en términos de diseño, declarando como evidente que sus amigos llamaran a un arquitecto para reformar su cocina. Esta aparente trivialidad, supuso para mí una increíble alegría, ya que me justificó tal decisión apoyándose en la necesidad de recurrir a un técnico capaz de pensar y optimizar el espacio, velando en todo momento por su correcta ejecución. Para todos aquellos que, como yo, os hayáis decidido a ejercer esta bella profesión en la capital de la Costa del Sol, entenderéis la inmensa diferencia existente.

Los malagueños recurrimos en todo momento al amigo de un amigo, capaz de hacerte “lo mismo” por menos. Ese “manitas” que es capaz de montarte una cocina entera sin despeinarse, independientemente del diseño que pueda llevar asociada.

Que nadie malinterprete mis palabras. Admiro la capacidad que tienen algunos para abordar los retos constructivos más complejos. Es más, envidio a aquellos bendecidos por el don de la destreza y la habilidad necesarias para realizar tal hazaña. Sin embargo, no entiendo, ni entenderé, como alguien puede renunciar a la idoneidad de los espacios que conforman su vivienda, por ahorrarse algo de dinero. A veces creo que no somos conscientes de la cantidad de horas que pasamos en casa. Sin duda, entendemos la cuantía económica asociada a este derecho fundamental, pero no lo valoramos lo suficiente.

Por ello, me gustaría poner de manifiesto que son actividades complementarias, para nada incompatibles. Podemos contar con los servicios de ambos profesionales sin por ello renunciar a ningún privilegio.

De hecho, el por qué de este alegato se refleja en cada calle de la ciudad condal. Un respeto por los edificios histórico-turísticos que la conforman y caracterizan, que, por el contrario, no se malinterpreta hacia un estatismo excesivo e insensato. Más allá de los gustos, no cabe duda que Barcelona es una ciudad en constante evolución, asumiendo los aciertos y errores cometidos en el proceso creativo de la ciudad.

Ya desde el planeamiento de Cerdá se apostaba por una estructura coherente y de largo recorrido. Un llamamiento a la arquitectura contemporánea para que ocupe el rol que hasta ahora han sabido evidenciar sus predecesores. Al igual que en cualquier otro sector de la vida, el aprendizaje continuo se basa en la selección de referentes y la improvisación de nuevos modelos, conforme a las necesidades concretas de la nueva ciudadanía.

Cuando uno deambula a través de su retícula, se percata de que cada pequeño rincón presenta una muestra inconfundible de diseño, un intento valiente y descarado por destacar y mejorar su entorno. Si os animáis a visitar la ciudad, probablemente no os dediquéis a tal análisis de sus entresijos, pero sin duda, aquellos interesados en la ciudad y su arquitectura, regresaréis tan sorprendidos como yo. Cansados de tanto caminar y mirar en infinitas direcciones. Agotados por el esfuerzo que supone absorber toda la información posible, exprimir la visita para aprender todo lo posible.

Como malagueño orgulloso e inconformista, confío en las posibilidades de esta espectacular urbe, mi casa, capaz no sólo de igualar el poderío catalán, sino incluso superarlo. De hecho, soy más bien partidario de la posibilidad de ofrecer una alternativa propia e irrepetible. No pretendo crear una versión sureña de Barcelona, ni entrar en competencia con ella, sino aprender de sus errores y aciertos para crear la Málaga que a todos nos gustaría tener.