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miércoles, 19 de noviembre de 2014

El libro_p16

Capítulo 16

¡Y tanto que nos quedó!

Aquellos días repletos de buenos momentos e inolvidables recuerdos, se fueros diluyendo sutilmente en nuestra aceptada rutina hasta el punto de protagonizar gran parte de nuestros recursos como pareja. Todo giraba en torno a esa determinada anécdota junto al río, ese extraño peatón que tanto nos llamó la atención en la plaza, o la bella mujer a la que igual no debía haber observado tanto rato durante la cena. Cualquier excusa parecía perfecta para rememorar algún aspecto concreto de tan maravillosa semana.

Tanto es así, que cuando Miriam se acercó cariacontecida, con un rictus hasta ahora desconocido, un semblante del todo desfigurado y un temblor imparable, no pude sino pensar en que nuestra tremenda alegría alemana acababa de finalizar, cualquiera que fuese la razón para ello.

Estupefacto, me dirigí hacia ella, convencido de que no podía ser sino una trabajada broma con la que poder reírse de mí durante semanas. Sin embargo, algo en mi interior me decía que esta vez era diferente. No era su mirada la que se escondía en su bello rostro. No era su sonrisa la que protegía su dulce boca, ni su pelo el que decoraba su escultural cabeza. Todo su ser rezumaba un aroma diferente, nuevo para mi. Fue entonces cuando renuncié a mi estúpido orgullo y me centré en ella, más allá de que pudiese estar cayendo en su jocosa trampa. No me sentía capaz de arriesgarme. Había logrado transmitirme una inquietud, que hacía rato que había dejado de resultarme siquiera soportable.

Tan ligera que casi resultaba irreal, se desprendió hacia mis brazos desconsolada. La preocupación se hacía cargo de mí, bloqueando cualquier atisbo de capacidad comunicativa. Las palabras de atascaban una tras otra en espera de la valiente frase que se atreviera a guiarlas. No sabía qué hacer. Era la primera vez que me mostraba ese lado. La fuerte y estable Miriam había dado lugar a una frágil y vulnerable joven que no encontraba fin a su pánico.

El desconcierto no hacía sino crecer, mientras su cabeza se fundía en mi pecho. Inerte, sin alma. Su abrazo parecía más bien una llamada de socorro que la inmensa felicidad con que solía recibirme. Atónito, mi sentido protector logró zafarse del miedo inicial para, sin no pocas dificultades, cuestionarle el por qué de tan peculiar comportamiento.

Su respuesta fue tan concisa como elocuente:
- No sé qué decir. No sé si alegrarme o llorar. Y eso que aún no lo he compartido contigo.
- Miriam, relájate. No sé de qué me estás hablando, pero necesito que te calmes y me lo expliques tranquilamente. Seguro que no es para tanto. - espeté sin la menor convicción. Sabía que Miriam no era de ese tipo de mujeres que hacen una montaña de un grano de arena o que se ahogan en un vaso de agua.
- Eso intento, pero no creas que es fácil. - Incapaz de acabar la frase, sus lágrimas eran cada vez más numerosas.
- Bueno, mujer. - la abracé con todas mis fuerzas. - Habrá que intentarlo con más fuerza, ¿no? ¿O nos vamos a quedar así toda la tarde?
- Ojalá. -musitó entre sollozos.
- Vale, Miriam. Ya está. - La aparté suavemente de mí para poder ver su humedecido rostro. - Venga, cuéntame. ¿Qué es lo que ha pasado?
- ¿Recuerdas la noche del club que estaba en la orilla del río?
- ¿Te refieres a la noche del Watergate? Pues claro, cómo voy a olvidarla. Sabes que aún no he olvidado ni un sólo instante del viaje. Aunque, he de reconocer que ya empiezo a tener ciertas ganas de hacerlo. Hace casi tres meses que volvimos, y aún seguimos hablando de todo aquello como si fuese ayer.
- Diez semanas.
- ¿Qué?
- Diez semanas, eso es lo que hace que volvimos. Diez semanas exactas. Algo más de setenta días. Poco más de dos meses.
- Ufff, qué precisión. Desde luego no se te escapa una. Menos mal que nuestro aniversario lo tengo ya memorizado, si no la presión ahora mismo sería total. - Intenté sin éxito que mi sonrisa aliviase un poco la tensión que se había generado.
- Tranquilo. No he sido yo quien lo ha recordado. Sabes que soy casi tan mala como tú para esto de las fechas. Pero se ve que en esto no hay demasiado lugar a dudas.
- Bueno, Miriam, déjate de rollos y ve al grano, que me vas a poner de los nervios.
- Pues eso, como te decía. Imagino que recuerdas aquella noche.

Sin duda, mi afirmación era del todo sincera. Era imposible olvidar aquella noche. Lo que comenzó con una sencilla cena “de paso”, en aquel curioso puesto de kebab de la esquina de la estación de Alexander Platz, como entretenimiento gastronómico durante la espera del tren que debía llevarnos a la famosa discoteca que tantas veces nos habían recomendado, culminó en la habitación del hotel a altas horas de la noche, en una mezcla explosiva de amor y atracción a partes iguales. Un cúmulo de sensaciones que, por fin, habíamos logrado canalizar más allá del inevitable cansancio derivado de las interminables caminatas diarias. Aquella noche, no sé si sería el kebab, la humedad del río o el ritmazo de aquel innombrable dj, pero la llegada al hotel en el taxi fue apoteósica. En cuanto el vehículo se paró frente a la puerta de nuestro humilde hostal, la mirada de Miriam cambió por completo. No hacía falta mucho más, conocía perfectamente esa mirada cruzada. Me apresuré a abonar la carrera, sin preocuparme por si el redondeo sería apropiado o no, lo cual a juzgar por su sonrisa debía significar que sí. Mi intento por guardar la cartera de nuevo en el bolsillo resultó en vano, puesto que un destello de fogosidad interceptó mi mano con decisión y me dirigió sin discusión hacia nuestra habitación. No sabría decir cómo llegué exactamente hasta nuestra tercera planta, pero desde luego he de decir que me encantó la sensación.

Una vez en la habitación, tuve la genial idea de intentar preguntar el porqué de aquella reacción. Acto fallido que ella se apresuró a abortar con un elocuente susurro, que seguido de un beso indescriptible, eliminaron cualquier arrebato comunicador que pudiera existir en mí. Desde aquel delicioso gesto, toda la noche pasó a ser un animoso ejemplo de obediencia en el cual quedaba terminantemente prohibido sonreír, dado que era lo único que parecía interrumpir su cortejo. El clásico “¿de qué te ríes?, de nada”, me impedía disfrutar al máximo de un acontecimiento, que sin ser único (no sería del todo justo calificarlo como tal), empezaba a sentir como si lo fuera.

Los minutos precedían a las horas, y tan sólo los primeros rayos de luz pudieron zanjar tan improvisada polémica. Una discusión de lo más agitada en la que afortunadamente, ambos estábamos completamente de acuerdo.

- ¡Pues claro! - se me escapó una risilla traviesa.- ¿Cómo olvidar algo así, cariño?
- Pues eso digo yo. Para mi también fue algo inolvidable. Aunque hasta hoy no había sido consciente de cuanto. ¿Recuerdas que esta mañana te dije que me había levantado con el cuerpo raro? Pues no era la primera vez. Llevo toda la semana con el cuerpo cortado, el estómago levantado, en fin, ¿en serio no te has dado cuenta de nada? - a lo cual evidentemente preferí no contestar. Haciendo del silencio mi mejor aliado. - ¡Joder! Lorenzo, ¡qué difícil me lo pones! Me sentía mal y decidí ir al médico a ver si es que había pillado el virus ese que tiene ahora todo el mundo. Pero el médico, muy gracioso por cierto, me ha dicho que no. Que no exactamente. Que sí que había pillado algo, pero que no lo llamaría aún virus.
- … - Su mirada inquisitiva me ejercía una presión brutal. Todo mi cuerpo estaba inmóvil. Algo en mi interior empezaba a construir una imagen mental que, inmediatamente, anulaba toda habilidad para pensar o, incluso, hablar.
- ¡¿Cariño?! Por favor, dime algo. Por esto es por lo que no me veía capaz de venir a casa. No encontraba la fuerza para contártelo y esperar tu respuesta. Lo siento.
- ¿Qué sientes? ¿De qué se supone que estamos hablando exactamente?
- ¿En serio? - A lo cual respondí con un gesto afirmativo algo burlón. - Estoy embarazada, me acaban de confirmar que ha salido positivo. - Cualquier unidad de tiempo que intentara emplear para describir aquel instante se quedaría corto. No existe expresión alguna capaz de relatar el atemporal periodo que prosiguió a su descomunal anuncio. ¿Horas, días, años? No sé. Tan sólo el crecimiento exponencial, a modo de protuberancia, de sus ojos sobre las cuencas evidenciaban el transcurrir del tiempo en mi cerebro. Todo se volvió silencio, pausa, infinidad. - ¿Hola? Dime algo, por favor. Yo tampoco me lo esperaba. Ni siquiera lo podía imaginar, me decía “No Miriam, ni te lo plantees”, “eso no te puede pasar a ti”. Pero se ve que sí, me ha pasado, bueno, nos ha pasado. Lo siento, de verdad, aún podemos evitar que pase, pero necesito que me hables, por favor.
- ¿Cómo?
- ¿Cómo qué? No pretenderás que lo repita, ¿no? - Sin dejarle terminar la frase, todo el silencio acumulado se tornó en pasión y cariño. Un amor sin límites se apoderó de mí, sin el más mínimo beneficio a la duda. Una felicidad incontrolable me invadía por dentro. El más elocuente de mis abrazos se encargó de responder sus preguntas con tinte de plegaria. Nada más, un abrazo, una mirada, lágrimas y un beso eterno. No hizo falta más.

Tan sólo nueve meses después de nuestro ansiado viaje a tierras berlinesas, la vida nos deleitó con uno de esos regalos que jamás llegaremos a entender, que jamás podremos agradecer, que jamás dejaremos de querer. No sólo nos convirtió en la pareja más feliz del mundo, sino que trajo consigo a un espléndido “bebote” con cara de sinvergüenza. Un mini yo, con la preciosa mirada de su madre.



Álex, fue el nombre elegido. No podía ser otro. En honor a la famosa plaza, a la estación donde todo empezó, al rincón del que nunca me gustaría volver. Un homenaje al viaje que nos unió, al hostal que nos acogió, a aquel extraño reloj que nos situó, y aquel irrepetible kebab que nos nutrió. Un “gracias” transformado en nombre. Un nombre que representara su gracia. Un emblema de la ciudad, trasladado al símbolo de nuestra felicidad. Por aquel hostal que supo ocultar una maravillosa plaza que, por deseo del destino, formaría desde aquel día parte indivisible de nuestras vidas.

domingo, 9 de noviembre de 2014

El libro_p15

Capítulo 15

Eran las siete de la tarde cuando la noche ya cerrada enmarcó nuestro curioso deambular por aquella maravillosa calle, un continuo de tiendas lujosas donde la ostentación más exagerada convivía en aparente normalidad con productos igualmente exclusivos e inasequibles pero que podrían ser definidos como elegantes. Un esplendor basado en el diseño, los brillos, llamativos colores y máxima calidad.

Friedrichstrasse, o algo así la llamaban. Lejos de convertirse en un referente de moda para nosotros, sí que contenía ese grado necesario de extravagancia, tanto en los contenidos como en sus brillantes envoltorios, suficiente para erigirse como un objetivo interesante y capaz de generar infinidad de conversaciones banales pero divertidas. Un buen rato repleto de quejas y llantos amargos en los cuales simular un deseo inexistente por lucir esa inexplicable excelencia.

A escasos metros de allí, en un desvío muy recomendado y casi obligatorio, se encontraba el paraíso del dulce, haciendo esquina junto a la famosa Gendarmenmarkt. Una tienda tradicional donde los monumentos más emblemáticos se rendían a la delicadeza del chocolate mejor moldeado. Desde la puerta de Brandemburgo al mejor de los museos, todas estas enormes y detalladas maquetas sucumbían ante un sencillo pero inolvidable volcán en constante actividad. Una erupción de sabores inducidos. Un reclamo insuperable. Uno de esos locales que poseen la envidiada virtud de acoger a vecinos y extraños por igual, con la misma naturalidad e interés.

Como humilde sustitutivo orientado a saciar la sed generada por dichas carísimas obras de arte gastronómico, salimos equipados con varios de los bombones de la casa, clasificados en función de su contenido en cacao, alegrándonos así la noche entre risas manchadas pero orgullosas. Ese puntito de picardía tan importante, un capricho fundamental, un regalo vital irresistible. Continuamos nuestro aleatorio vagar por la ciudad, recorriendo la citada avenida en dirección norte, donde la estación del S-Bahn a la cual daba nombre, también denominada estación de metro rápido, garantizaba un tránsito peatonal ininterrumpido a su alrededor. Oleadas de personas que descendían en manada y accedían en grupos más irregulares pero no menos numerosos. Un flujo enorme de personas anónimas unidas por su indudable rutina.

Un espectáculo propio de grandes ciudades como esta, que ya sea por suerte o por desgracia, quienes procedíamos de ciudades más pequeñas como Málaga desconocíamos por completo. Esa belleza implícita en el estrés propio de tal transferencia. Las prisas asociadas al acto de subir o bajar del metro. Un protocolo casi ceremonial en el cual los viajeros esperan impacientes la apertura de las puertas desde ambos lados del umbral. Unos estáticos, otros en movimiento descendiente hasta alcanzar la parada frente a los primeros. Unos instantes tensos e impersonales en los cuales nadie parece percatarse de su imagen especular. Absortos en su rutina, realizan la misma acción una y otra vez. Desde el metro, esperan la llegada del momento en que las puertas se desbloqueen para poder abandonar el vagón entre la multitud que espera educadamente que finalice el proceso de salida para acelerar con disimulo y optar a los mejores asientos vacantes. Un transbordo más, una nueva experiencia.

Tras las imponentes vías elevadas que empleaban las principales líneas asociadas a esta importante parada, se escondía en el silencio de la oscuridad más introvertida un flujo no menos importante pero mucho más discreto. Un movimiento más tranquilo y sutil que condicionaba a la ciudad en igual medida, pese a que lograra pasar desapercibido para la gran mayoría. El abundante río Spree recorría la ciudad siempre a la espalda de los diferentes rincones de esta gran capital. Uno de esos elementos fundamentales, que al igual que ocurría con los innumerables canales que recorrían la ciudad, no acababan de recibir el reconocimiento que merecían.

El puente del cual procedíamos se posaba con suavidad sobre la intersección con Oranienburger Strasse, una calle de menor rango pero perfectamente equiparable en cuanto a su fama. El número de locales, así como el glamour de estos, se reducía considerablemente. Las tiendas más relevantes daban lugar a desconocidas cervecerías, restaurantes y modestas viviendas. Como complemento a esta nueva realidad urbana, un elenco de portentosas féminas, todas rubias, altas, esbeltas y ataviadas por ceñidos atuendos cuyo único denominador común parecía ser el plumón corto blanco, aderezaban sonrientes y respetuosas el caminar de los abundantes y sorprendidos visitantes.

A unos cuantos cientos de metros, la ligera curva que presentaba el trazado viario nos dirigió hacia nuestro ansiado objetivo. Frente a nosotros se alzaba el Kunsthaus Tacheles. Una casa okupa, más bien considerada como bloque de viviendas, donde las diferentes plantas se abrían a turistas e invitados con el mayor de los descaros. Entre un sin fin de grafitis variados, emanaban unas primeras plantas más opacas que custodiaban a las plantas altas donde los espacios expositivos y talleres de trabajo, se alternaban con tiendas de souvenirs de fabricación propia y un interesante bar-cafetería en la cima, no apto para víctimas del vértigo. Por su parte, la trasera del edificio destacaba por el vacío del gran patio medianero, en el cual un indescriptible biergarten ofrecía una alternativa más terrenal en la cual disfrutar del entorno entre amigos y actuaciones improvisadas.

Aquella decadencia controlada, aquel paradigma del arte urbano más reivindicativo y polémico, yacía desde hacía años entre los principales emblemas oficiales de la ciudad. Un eterno rumor de derrumbe que contrastaba con su indestructible éxito turístico y social. Sea como fuere, aquel ruinoso edificio representaba una gran parte del Berlín más auténtico, justo al lado del lujo más recalcitrante y prometedor de la capital.

Por su parte, ejemplos como Cassiopeia (en el barrio de Friedrichshain), establecían una alternativa menos mediática al movimiento diferenciador de esa otra Berlín. Esa capaz de sacar pecho en la peor de las situaciones y enorgullecerse de las carencias con ingenio y simple libertad. La East Side Gallery, la Iglesia del Recuerdo, Check Point Charlie, el Oberbaumbrücke, Hauptbahnhof o la renovada Alexander Platz formaban parte indiscutible de ese peculiar encanto basado en una esencia única. Un homenaje sincero y bien resuelto al contraste más extremo como reclamo y referente ciudadano. Una ciudad basada en los llenos más brillantes rodeados por los vacíos más prometedores. Sonidos diversos en perfecta armonía con la intensa melodía de silencios. Una maravillosa clase magistral sobre el respeto al pasado como principal medio para soñar el futuro.

Aún recuerdo su magia, su particular identidad. Aquella que permite al visitante disfrutar de la melancólica postal retratada en un genial parque de atracciones abandonado en pleno parque urbano, con la misma intensidad con que goza ante una pista de esquí artificial erigida de la noche a la mañana en plena Potsdamer Platz. Discotecas surgidas del encanto encerrado entre las cuatro paredes de un antiguo matadero o un indestructible búnker, enfrentadas a un espacio de ocio de lo más tecnológico y vanguardista.

Un paseo infinito desde lo moderno a lo tradicional, de lo destruido a lo reconstruido, de lo deseado a lo encontrado, ilusión y respeto, admiración y osadía como ingredientes fundamentales de esta receta espectacular.

Todo ese amor por la diferencia, ese recital fuera de lo común, no pudo sino fomentar en nosotros un sentimiento de agradecimiento y bienestar ante nuestra situación. Un vínculo innegable con nuestras peculiaridades como pareja, que nos ayudó a entender como claves de nuestra atracción y nuestro rebosante valor añadido.

Grandes momentos que desembocaron en un verdadero homenaje a nuestra relación, nuestro porvenir, una alfombra roja que no pensábamos desaprovechar. Serían muchos los años que pasasen, las ciudades que pudiésemos visitar, las personas que apareciesen en nuestras vidas, pero sin duda, una cosa permanecía inamovible en nuestras memorias, en nuestros corazones. Una frase capaz de revertir cualquier atisbo de tristeza o duda en nuestras vidas. Un resorte frenético que provocaba inmediatamente la más sincera e inevitable de nuestras sonrisas.

Siempre nos quedará Berlín, cariño”.


miércoles, 22 de octubre de 2014

El libro_p14

Capítulo 14

Pasión, cariño, deseo, ilusión, felicidad... aquello que algunos se empeñaban en definir como una maravillosa segunda oportunidad. A juzgar por nuestra edad entonces y tras todo lo ocurrido, más bien me referiría a ello como el logro pleno de nuestra joven relación, a pesar de aquel periodo de cierta inestabilidad.

Afortunadamente todo aquello pasó, y como suelen decir, no pudo con nosotros sino que consiguió hacernos más fuertes. Nuestra relación dio un paso definitivo hacia la total confianza que nos guiaba al uno hacia el otro. Meses de pura alegría ante el ambiente de optimismo y empatía que nos rodeaba.

El cenit de una complicidad sin parangón, que alcanzó su grado más elevado en aquella inolvidable semana primaveral. Un viaje soñado que nos permitió afianzar desde la experiencia esta nueva realidad. Un momento que pertenecía exclusivamente a nosotros, y que, independientemente de que pudiesen aparecer otros bajones, permanecería en nuestros recuerdos para siempre.

Como no podía ser de otro modo, un evento de tal importancia, vino inevitablemente acompañado de un cierto estrés impropio de un objetivo tan alegre y divertido. Desde la elección del destino, la estancia y el horario de vuelo, hasta la organización de las distintas rutas previstas por la ciudad. Un debate constante recubierto de cierta tensión, pero amortiguado por la ilusión que nos mantenía enganchados a lo que imaginábamos que sería una gran aventura.

He de reconocer que parte de aquellas dudas podrían estar motivadas por una de esas grandes frases que a todos nos han dicho alguna vez, fruto de la experiencia de nuestros allegados, y que decía tal que así:

Cuidadito con estos viajes, que no tienen término medio. O salen muy bien, o volvéis sin hablaros. Son muchas horas juntos y se darán múltiples situaciones a las que no os habéis enfrentado antes. De vuestra complicidad dependerá el resultado final. Pero bueno, ya me contarás, tampoco quiero fastidiarte las vacaciones”.

Son de esos consejos, que por más que intenten acabar con un enfoque positivo y alentador, no dejan de minar nuestra pasión y contagiarnos de los miedos adquiridos por otros a lo largo de sus vidas. A día de hoy puedo decir que no le faltaba razón, pero no sé si supe agradecerlo como quizás merecía.

Volviendo a nuestro ansiado trayecto, las dudas se convirtieron en decisiones y las opciones en tan sólo alternativas, como debería ser. Todo parecía encajado, el trabajo previo estaba resuelto. A partir de entonces, dependería de nosotros disfrutar de ello, o dejarnos llevar por la aleatoriedad asociada a la suerte.

El destino finalmente resultó ser Berlín, esa grandiosa ciudad repleta de historia y modernidad a partes iguales. La capital alemana se había deshecho de grandes candidatas como el tópico romanticismo de París, la historia imborrable de Roma o el exotismo de Praga y Budapest.

Finalmente, nos vimos seducidos por esa extraña combinación entre oferta cultural y fiesta, todo ello como parte de un marco incomparable, considerado referente europeo de contemporaneidad. Como no podía ser de otra manera, nuestros escasos recursos nos obligaban a recurrir al low cost como solución más asequible, lo cual indudablemente derivó en un conjunto de horarios poco agradables, dejémoslo ahí. Llegar de noche a una ciudad desconocida siempre genera cierta tensón, más aún si el idioma oficial se aleja tanto de lo que podríamos definir como conocido. Pese a ello, éramos conscientes de que estas eran las cosas que realmente convertían a este viaje en una excitante aventura. Superadas las inevitables preocupaciones y objeciones trasmitidas por ambas familias, nos despedimos de ellos con sensaciones enfrentadas, por un lado nuestra ilusión y nerviosismo, propios de una decisión así, mientras que en su lado de la orilla el protagonista no era otro que el miedo. Supongo que no podía haber sido de otro modo, pero he de reconocer que en aquel momento no le di demasiada importancia. Mi única preocupación era el avión, tres horas que temía resultaran eternas. Como consuelo, música, sueño y la tranquilizadora sonrisa de Miriam.

El reloj superaba escasamente las doce de la noche, cuando ese incomprensible piloto decidió deleitarnos con un speech que bien podía haber inspirado uno de esos graciosísimos sketch televisivos. Decir que no entendimos ni una sola palabra, sería quedarnos demasiado cortos. El desconcierto general nos tranquilizó, mientras que una amable azafata se dirigía a nosotros para aclarar con una leve sonrisa que se iba a comenzar con la maniobra de aterrizaje, conforme al horario previsto y que la temperatura en Berlín era de 2ºC.

Tras agradecer con enorme sinceridad su ayuda, nos miramos sorprendidos, intentando sin éxito disimular nuestra reacción ante el dato tan impactante que nos acababa de mencionar. 2ºC. ¿En serio? Lo único que pude decir en aquel momento, introduciendo las palabras con calzador entre las carcajadas encerradas tras mi avergonzada mano, fue:

- Cariño, pues igual ibas a tener razón con que lo de venir en pantalón corto y camiseta no era lo más apropiado.

Evidentemente, la última palabra sirvió como luz verde para las múltiples carcajadas que se agolpaban en mis adentros. Perdido todo atisbo de vergüenza o discreción, no pudimos sino reír al compás de los cariñosos golpes que me propinaba Miriam, mientras contenía sin éxito las carcajadas y sus consiguientes lágrimas. Tal fue el escándalo, que fueron varios los vecinos de asiento que se contagiaron de nuestra risa nerviosa y se unieron a la recién inaugurada fiesta del humor y el frío.

Acto seguido, tras toda una serie de cruces de miradas cómplices, se apagaron poco a poco los ánimos y el silencio volvió a apoderarse del pasaje, mientras Miriam me susurraba al oído:

- ¡Qué vergüenza cariño! No te puedes estar callado, ¿verdad? Seguro que ya somos oficialmente los catetos del avión. Jajaja.
- ¡Anda ya! Si estaban todos muertos de risa. A ver si te vas a pensar que somos los únicos gilipollas en manga corta. Jajaja. Todos lo habían pensado, pero igual he sido yo el único dispuesto a compartirlo. Al final, es tan sólo un tema de generosidad y sinceridad, cariño, nada más.- le guiñé el ojo con tierna complicidad.
- Ya, eso va a ser. ¡Qué rollo que tienes! Jajaja.

Abrazados e incómodos, como no podía ser de otro modo en aquellos diabólicos asientos, nos disponíamos a afrontar mi miedo a aterrizar. Salvo por aquellas pequeñas turbulencias al final, no pude justificar mis miedos, hasta el punto de participar entusiasmado en el momento “aplauso final” con que se despide todo vuelo satisfactorio. Es entonces cuando el miedo se convierte en alegría y cansancio a partes iguales. Las prisas de repente invaden la cabina y todos se impacientan ante la proximidad a abandonar el aparato.

Confirmando que no dejábamos atrás ninguna de nuestras pertenencias, como buen caballero, me aseguraba de llevar conmigo la gran mayoría de bultos que, sin duda, no me pertenecían más que en un ínfimo y respetuoso porcentaje. Dos maletas de mano, un “bolsito” y una pequeña mochila con las pertenencias de mayor valor. Todo eso, mientras Miriam se ponía precavida la rebeca y yo me esforzaba por no perder mi jersey. Preocupaciones que se desmoronaron súbitamente ante la sorpresa mayor, el aeropuerto de Berlín, algo así como Schönefeld decían que se llamaba, se caracterizaba por carecer de fingers de recogida. Sí señores. Esa fue la broma final del viaje. 2ºC que se sentían como si el mercurio hubiese decidido ir en busca del centro de la Tierra, y se presentaban ante nosotros de lo más cariñosos nada más cruzar el umbral de la puerta. No era bastante con evitar cualquier extravío, no desprenderse al vacío a través de aquella minúscula e incómoda escalerilla, sino que además había que hacerlo sobreponiéndose a la más espeluznante de las tiritonas. Un temblor sin precedentes me indicaba lo peligroso de aquella inesperada hazaña. Miriam, escondida tras la manga de su fina rebeca, me gritaba con la mirada que me pusiera mi jersey inmediatamente. La ralentización de mis actos, fruto de un frio tan aterrador, contribuyó a que cruzara los escasos metros que me separaban del edificio de bienvenida, con tan sólo una manga debidamente introducida, y el muestrario de equipajes de mano arrastrados de mala manera por la terminal.

Sin más, nos acercamos algo perdidos y aún tiritando al puesto de información, por aquello de consultar la dirección exacta que debíamos tomar hacia el metro y posteriormente hasta la parada más cercana a nuestro hostel. Fue entonces cuando la “frialdad alemana” quedó más que patente, en el momento en que aquella seria mujer nos espetó con dureza:

Lo siento pero hoy no va a ser posible utilizar el metro debido a la huelga anunciada esta misma mañana”.

Parecía imposible, pero sí, aún cabía sufrir los efectos de un jarro de agua fría sobre nosotros. En aquel momento no podíamos ocultar el pánico. Hasta tal punto, que la “frialdad alemana” dio paso a su no menos característica educación. Preocupada nos recomendó el uso de un taxi para evitar cualquier riesgo y alcanzar nuestro alojamiento a la mayor brevedad posible, puesto que la alternativa parecía ser exclusivamente un autobús que nos dejaba a varias líneas de distancia de nuestra ansiada cama.

La desilusión era ahora la gran protagonista, dinero o tiempo. Ambos los teníamos reducidos. Más de lo que nos hubiese gustado. Así que resignados nos dirigimos con paciencia hacia la línea de taxis que se postraba ante nosotros.

Presa de la indecisión, nos debatíamos entre dos malas soluciones que no acababan de convencernos. En aquel instante, fue cuando la “educación alemana” se tornó con sorpresa en la tremenda “amabilidad alemana”. Fuera tópicos. Todos aquellos mitos tradicionales se derrumbaban. Una alegre pareja alemana, algo más mayor que nosotros, se acercó para ofrecernos su coche en un perfecto español. Estupefacto me giré en busca de la aprobación de Miriam, quien respondió anticipadamente con su evidente sonrisa. Sin dudarlo, agradecimos aquel detalle con tintes de regalo divino y nos apresuramos por presentarnos y entablar conversación con nuestros recién descubiertos salvadores.

Ella, profesora de español en un instituto de las afueras de Berlín y él, ejecutivo de una conocida marca de coches. Su amor por España les venía de lejos. Sus padres, en ambos casos alemanes, habían forjado sus respectivas relaciones en nuestro país. Aquel curioso acontecimiento no sólo había cautivado a esta familia, sino que los había unido por completo a la esencia que emana de nuestro territorio. Para ellos, cada día de vacaciones era una oportunidad para retornar a sus orígenes y disfrutar de unas jornadas de sol y playa en la mejor de las compañías. Por un lado, ella, rubia de pelo liso, alta y muy sonriente, sentía especial devoción por Mallorca, donde hacía ya casi cuarenta años se habían conocido sus padres, él de Brandemburgo y ella de Hamburgo. Por su parte, él, más precario con el español aunque igualmente solvente, destacaba por su altura, anchura, y un pelo semi-largo castaño perfectamente cuidado. El caso de sus padres, ambos originarios de Hannover, respondía más a la típica pareja de estudiantes que en su momento decidieron aventurarse a España en su primer viaje juntos para descubrir la Costa del Sol, la Axarquía y terminar entendiendo el estilo de vida propio de La Alpujarra granadina.



Tan sólo fue la primera de sus múltiples visitas al sur de Europa, pero tras casi más de cincuenta años seguían hablando de ello como si hubiese transcurrido en ese mismo verano. De hecho, aquel era el motivo del viaje que los había dirigido directamente a nosotros en aquella fría noche berlinesa. Sin saberlo, habíamos compartido el vuelo desde Málaga, resultando el fin de su idílico viaje, con el cual cedernos el testigo de cara a nuestra soñada visita. Enamorados de Andalucía como nosotros, y en especial de Málaga, no nos fue difícil cimentar una sincera amistad basada en intereses comunes, edades similares y el tremendo afecto y agradecimiento generado. También imagino, que el largo trayecto que nos separaba del alojamiento, fue otro factor determinante.

lunes, 30 de junio de 2014

El libro_p13


Capítulo 13

  • Ufff.- Era la única palabra que me sentía capaz de articular. Sin duda, mi estado de angustia había logrado superar la barrera de mi piel, en forma de un gélido sudor.
  • Cariño, me estás empezando a asustar. Por favor, dime lo que tengas que decir. Sea lo que sea lo entenderé pero, por favor, no me hagas esto más difícil.
  • Lo siento Miriam. De verdad que lo siento. Pero creo que no tienes ni idea de lo que es estar realmente asustado. Esa es la clave de todo esto. El susto y el miedo han dado lugar a un terror indescriptible, puro pánico irracional. Mi cerebro se bloquea y no encuentro salida alguna. Verte ahí, seria, callada y expectante, no hace sino empeorar una situación que ya de por sí resulta insoportable, créeme.- Inevitablemente los sentimientos fluían sin remedio. Cada palabra rasgaba mi garganta como si de un alambre de espino se tratase. Por si esto fuese poco, sus lágrimas decidieron hacer acto de presencia e invadir con descaro esas mejillas que tantas veces había admirado.- Por favor, no me hagas esto. Sabes que no puedo verte llorar.
  • Lo siento, pero la primera vez que hablamos me pediste que siempre te fuese sincera.
  • Ufff.- Nuevamente, recurrí a la palabra mágica para intentar armarme de valor y afrontar una situación que me sobrepasaba de largo. Respiré hondo, me limpié la cara y clavé mi derrotada mirada en ella.- Miriam, ven aquí.- Obediente me ofreció su mano y se dirigió hacia mi pecho como un obediente “animalillo”. La abracé con ternura. Sentir de nuevo como su alma se desprendía de su cuerpo para entregarse completamente a mí, me dio la energía extra que necesitaba. La sostuve firme frente a mí y proseguí con mi recién descubierto discurso.- Te quiero. Lo sabes. Sabes que jamás haría nada que pudiese entristecer lo más mínimo tu existencia. No podría soportar hacerte daño. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida y he tenido la suerte de darme cuenta a tiempo. Sin embargo, como siempre, existe una cara oculta que nos hace temblar de miedo. Un miedo atroz a perderte, a despertar y que todo esto no haya sido más que un sueño. No cambiaría nada de mi vida, nada que pudiera alejarme de ti. Pero, por más que haya intentado ocultarlo, hay algo de mí que me avergüenza, algo que me hace sentir la persona más insegura del mundo. Un complejo físico que se ha erigido en un tremendo lastre anímico.
    Cada mañana me levanto contando los minutos para verte y me acuesto, imaginando cada segundo hasta tu regreso. Veinticuatro horas, los trescientos sesenta y cinco días del año. Tan sólo un instante ínfimo e insignificante es capaz de enturbiar todo esto. Ese asqueroso instante que se empeñaba en trasladarme a este fatídico momento. El momento en el que tú y yo, afrontaríamos la realidad. Esa realidad que nos muestra un escenario en el cual una chica como tú jamás podría estar con un tullido como yo.
  • Shhhh.- Condescendiente se lanzó hacia mí, decidida a acallar mis palabras con su dedo. Esta vez no, era el momento de hablarlo. Lo que tuviese que ser, sería. No había marcha atrás. Eran muchas, quizás demasiadas, las veces que habíamos evitado esta transcendental conversación, pero ya no más.
  • Miriam, déjame acabar. Me lo has pedido tú. Tú también me pediste que fuese honesto contigo y creo que no lo he sido del todo. No quiero soportar esta carga ni un día más.
  • Está bien, pero no digas esas cosas. No pienso dejar que nadie hable así de ti, ni siquiera tú mismo.- Esbozó una tímida sonrisa a la cual no pude corresponder.
  • Como decía, ambos sabemos que no soy el novio perfecto. Son muchas las razones que me llevan a creer esto, pero sin duda hay una que destaca por encima de todas. Miriam, ¡joder!, eres la más guapa e inteligente de todo el maldito instituto, y yo casi no recuerdo ya como era mi puñetero rostro.
    ¡Nunca he sido un lince o un modelo de excepción, pero es que ahora encima me estoy quedando ciego!

Mientras que las palabras abandonaban orgullosas mi cuerpo para inundar cada centímetro de mi entorno como si del mejor antídoto contra la tristeza se tratase, el efecto parecía convertirse en su opuesto al encuentro con Miriam. Todo lo que en mí resultaba tranquilidad y alivio, en ella parecía tornarse en una opresión difícil de ocultar.
Por diferentes motivos pero la misma razón, ambos nos descubrimos sumidos en un infinito silencio que ni la presencia de algunos despistados compañeros parecía romper.
Sólo existía ella, yo, la nada, retales de un dolor que desgarraba mi ser por última vez.

Desgraciadamente, ese instante duró más de lo deseado y su impasible cara de asombro y pena comenzó a generar en mí una tensión que recordaba peligrosamente a aquella de la que creía haberme desprendido para siempre. Agobiado, dolido, desconcertado. La impaciencia acabó apoderándose de mí.

  • Miriam, ¿estás bien? Por favor, dime algo.
  • ¡¿En serio?! ¡¿Cómo quieres que esté bien si mi novio, la persona a la que he admirado durante todo este tiempo, ha resultado ser un completo idiota, un inepto incapaz de ver más allá de su propio ego?!- aquella reacción me dejó completamente sorprendido, absorto en un lenguaje corporal hasta entonces desconocido.-
    Sé lo difícil que esto ha debido ser para ti. Soy consciente de que no puedo, ni podré jamás, entender lo que debes haber pasado. Todo eso está muy bien. Pero una cosa es perder la visión y otra muy diferente es que me hayas tenido todo este tiempo ahí y no hayas aprendido una mierda sobre mí. Mi vida ha sido mucho mejor que la tuya, al menos aparentemente. Pero sabes lo frustrante que ha sido siempre para mí, no poder ser la niña perfecta que todos esperaban que fuera. Cada error, cada duda, cada acierto, todo parecía volverse en mi contra. Si era guapa, por serlo, si era lista, por serlo. Nunca era suficiente para lo que podría ser. Cuando lo único verdaderamente importante para mí, era ser simplemente normal, una más. Poder equivocarme y aprender de ello sin sentirme juzgada a cada paso. Como ves, no somos tan diferentes como crees. Yo también he vuelto a nacer a tu lado. Yo también me he reencontrado en tus brazos, tu sonrisa y tu mirada.
    Me ofendes si crees realmente que no soy capaz de ver más allá de tus ojos. Me importa un comino que no vayas a poder ser piloto, no necesitas la vista para seguir guiando mi camino. Siento ser tan dura contigo, pero ya basta de pena e inseguridades. Si algo he aprendido de ti es a valorar lo que tengo en vez de añorar lo que nunca tuve ni tendré. Te tengo a ti, me haces feliz, y estoy segura de que ni en la peor de las oscuridades dejarías de verlo. Me sobra con saber que estás ahí, eso es todo.
    No te digo por donde me paso los comentarios y cuchicheos de nuestros queridos compañeros. No me importa si me creen merecedora de ti o no. No me importan las bromas que hagan sobre nosotros, los menosprecios que decoren sus atentas miradas. Todo eso me da igual, pero para ello necesito saber que estás conmigo en esto. Que vas a ser ese chico valiente y seguro de sí mismo del que me enamoré. Hace mucho que superé tus defectos y no voy a dejar que me traslades nuevamente a un barro del que hace tiempo que salimos.
    Amor, te quiero. Ciego o no. Sordo o no. Gordo, flaco, alto o bajo. Te quiero a ti, por lo que eres, por lo que representas para mi, por cómo me haces sentir. Eso es todo lo que necesitas saber. Sé que llevabas demasiado aguantando esa carga que habías decidido auto-imponerte, pero necesito que lo superes. Ya te dije en su día que no dejaría que nada ni nadie se interpusiera entre nosotros, así que más te vale ponerte las pilas.- Una nueva sonrisa decoró la maravillosa escena. El primer impacto había dado lugar en mí a un sentimiento de orgullo inexplicable. No sólo fui incapaz de no responder a su sonrisa, sino que tampoco pude evitar que nuestros pechos se fundieran con pasión.
  • Miriam, lo siento. Tienes razón, creo que no he estado a la altura.
  • No te preocupes cariño. El miedo suele obligarnos a actuar como estúpidos.
  • Lo sé, pero este miedo era demasiado fuerte. Ni cuando me dijeron que podía perder totalmente la visión, sentí ese vacío infranqueable que me prometía la posibilidad de perderte.
  • No seas tonto. Estoy aquí y mientras así lo desees, aquí seguiré.
  • Gracias Miriam. En serio, por todo. Hasta para dar hostias tienes estilo. Jajaja.
  • Un placer. Jajaja.

Entre risas fuimos recuperando, poco a poco, esa normalidad perdida, aunque una cosa había cambiado, algo que jamás volvería a ser igual. No habría más dudas ni más miedos o, al menos, eso era lo que pensaba en aquel momento.

lunes, 3 de febrero de 2014

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Capítulo 11

Pocas cosas en mi vida podrían ser descritas con tanto lujo de detalles como aquella sonrisa perfecta. Un cúmulo de matices e imperfecciones capaz de conformar el mayor paradigma posible de la belleza, la perfección.

Tópicos aparte, cada instante con ella suponía un aluvión de emociones que invadían mis pensamientos hasta apoderarse de todo resquicio de duda o negatividad. Sé que en ocasiones se alude a la utopía, la ingenuidad fruto del amor o la ilusión del principio, pero me enorgullece poder decir que más allá de lo que pasase mañana, por destructivo que pudiera resultar, jamás podría desprenderme de esto. En tan sólo unos meses mi vida había pasado de convertirse en un reto diario por sobrevivir y alcanzar mi tan ansiada mediocridad, a una felicidad extrema ante la cual la única lucha posible es la de mantener los pies en la tierra y evitar desprenderme de una mediocridad casi olvidada.

Pensé que el tiempo se apoderaría de nuestra relación, que la ilusión inicial se desvanecería, incluso llegué a temer que haber logrado mi objetivo pudiera condicionar mi pasión. Meses más tarde, seguía emocionándome al recordar nuestro primer beso, los vellos aún se erizaban al visionar lo ocurrido. Y lo que es más importante, el pasado, lejos de ser un retal melancólico que me alejara de mi presente, se erguía en los cimientos de una realidad cada vez más prometedora.

Todos mis días contaban con un primer beso, una primera caricia, un primer abrazo y una primera sonrisa. De hecho, raro era el día que no contaba con múltiples primeros besos.

Sin embargo, la felicidad sentimental acabó atrayendo una inevitable bajada de mi rendimiento académico, fruto de la compartimentación de mi cerebro, donde mi relación ocupaba una superficie exponencialmente mayor. Afortunadamente, una de las máximas de la vida se cumplió sin excepciones y el hecho de estar contento y a gusto conmigo mismo vino a suplir dichas carencias, logrando una eficacia sin igual, optimizando el tiempo empleado para mis tareas al máximo con el fin de dedicar el mayor tiempo posible a ella, mi musa, mi otro yo.

En casa, desgraciadamente, no siempre entendieron las cosas como yo. A pesar de que mis esfuerzos por mantener mis resultados daban poco a poco sus frutos, mis padres mostraban una preocupación notoria sobre mi, en palabras de mi madre, obsesión por esa chica.

Quiero pensar, que aparte de luchar por el bienestar presente y futuro de su hijo, en el fondo no podían dejar de verme como ese chico desprotegido y condicionado, incapaz de realizar una vida normal e independiente. Por mi parte, la lectura era completamente opuesta. Encontrar a una persona tan increíble y enamorada de mi, suponía el broche de oro a mi integración social y me doctoraba en mi nueva vida, aquella en la que luchar exclusivamente por ser uno más. Un joven preocupado por sus estudios y sus amores, no precisamente en ese orden. Lo tenía. Tenía unos estudios que me interesaban mucho más de lo que podría haber pensado inicialmente y contaba con el apoyo y la compañía de alguien capaz de relegar ese interés a un distanciado pero meritorio segundo plano.

Tan sólo existía un “pero” en nuestra idílica relación. Seguía manteniendo un tabú que no me atrevía a tratar con franqueza. Ambos sabíamos que yo no era como los demás, pero en el fondo nunca habíamos hablado de ello. Probablemente por miedo a que ella pudiera asustarse o, en su caso, por evitarme un mal rato o generar cualquier tipo de malentendido que me alejara de ella. Era muy bonito sentir cómo ella se volcaba en mi sin miedos ni celos. Me hacía sentir la persona más afortunada del mundo, aunque al final siempre acabara apareciendo esa nimiedad que lo estropeaba. En mis adentros era consciente de que algún día tendría que armarme de valor y abrirle la última de mis puertas. Pero, sinceramente, aún no me sentía lo suficientemente seguro de mi mismo ni de nuestra relación como para acometer tan temible tarea. Y eso me entristecía. Por muy oculto que quedara tras toneladas de indudable felicidad, lograba asomar su presencia.

Como suele ocurrir, las mejores cosas de esta vida, ocurren casi sin querer.

Una mañana más, en mi paseo hacia el instituto, me encontré con ella a mitad de camino para disfrutar de los últimos momentos del trayecto junto a ella y deleitarnos con nuestro tradicional café de la esquina. Lejos quedaban ya aquellas aventuras estresantes y complicadas con las que alcanzar la esquiva puerta del centro. Aprovechando aquellos infinitos momentos de alegría, nuestra conversación giró en torno a uno de esos temas que no pasan desapercibidos.

Dado que aquel maravilloso e inolvidable beso había dado lugar a otros del mismo calibre y los momentos junto a ella pasaron de ser bonitas excepciones para convertirse en una placentera rutina, decidimos que no tenía sentido seguir ocultando la evidencia. No más caricias furtivas, no más imposturas mal fingidas, no más besos encarcelados. Ya habían pasado varias semanas y la satisfacción añadida a todo lo que se considera prohibido o desconocido ya carecía de sentido.

Firmes en nuestro recién definido acuerdo, coincidencias del destino, durante unas jornadas deportivas organizadas por el instituto en el que compartíamos equipo de voleibol, no pude evitar ajustar cuentas pendientes con mi pasado y reaccionar ante su acercamiento sonriente. Esta vez sí, esta vez la besaría y no dejaría pasar la oportunidad de compartir con ella mi deseo y mi admiración. Lo ocurrido con Sandra justo antes de iniciarse mi particular calvario no podía repetirse y pensé que no había mejor manera de cerrar esa etapa que cambiando las tornas de mi actitud frente a un instante peligrosamente parecido.

Inmerso en tales discusiones internas, Miriam pareció leer como tantas otras veces mis pensamientos y me guiñó cómplice uno de sus maravillosos ojos, indicando con ello su aprobación de lo que fuera estaba tramando en silencio.

Cual sensible robot, obedecí firme a su llamada y me dirigí a ella hasta alcanzar glorioso la comisura de sus labios. Mis brazos se adherían convencidos alrededor de los suyos, motivados por la euforia reinante.

Sin embargo, lo que para nosotros suponía una liberación definitiva, entre nuestros compañeros generó reacciones muy diversas. Y lo que es peor, ante los alumnos de otras clases, una sorpresa mayúscula. Nadie en el instituto era ajeno a los rumores que se oían acerca de nuestra relación pero, imagino que debido a lo que ella representaba dentro del escalafón de las niñas del “insti” y mis especiales circunstancias, nunca habían llegado a establecerse como una de las comidillas oficiales del mini pueblo en el que estudiábamos.

Por todo ello, ese beso y posterior derroche de cariño, no pudo sino desatar lo peor de cada uno, hasta descubrirnos lo cruel que podemos llegar a ser en ocasiones. Las risillas nerviosas dieron progresivamente lugar a carcajadas sarcásticas hasta que, en pocos minutos, la presión ejercida sobre nosotros desde todos los ángulos posibles era atroz, insoportable. La tensión fluía en torno a nuestro improvisado partido y no era precisamente el fin deportivo lo que motivaba tal ambiente. La competitividad, en este caso social, se apoderó de aquellos considerados como líderes de la manada y sus reacciones no se hicieron esperar. Las niñas que ostentaban el cetro de las más guapas se dirigían a ella como si su relación conmigo les confirmase su condición de fracasada. Mi beso se había convertido en su sentencia definitiva y en la excusa perfecta para desprestigiar a quien todas consideraban como una auténtica rival.

Por su parte, los niños, fieles a nuestra propia idiosincrasia, se decantaban más bien por la sorna y las bromas de mal gusto para ensalzarme al pódium de los héroes, desde el cual emplear la ironía para arrojarme al vacío.

Si fuese el único afectado en esta situación, he de reconocer que no me hubiese alterado lo más mínimo, dado que una de las cosas para las cuales me habían preparado con más ahínco en mi casa, era para la posible burla fácil de mis compañeros. Y no puedo engañar a nadie, cuando has pasado por tanto, cuanto menos aprendes a relativizar ciertas estupideces. Pero no. No estaba sólo en esto. Y era la primera vez en que no acompañaba esa frase con un rotundo “afortunadamente”. Todo ese entorno hostil despertó los peores fantasmas de mi cabeza, destapando mi principal duda acerca de nuestra relación: mi problema, mi maldito problema.

Avergonzado y algo incómodo, me derrumbé y me dejé llevar por el infante que puebla en cada uno de nosotros, abandonando la escena con el firme convencimiento de que eso acallaría las voces y alejaría a Miriam del tornado que se acababa de generar. Nada más lejos de la realidad. Como no podía ser de otro modo, aquello no hizo sino incentivar a los aburridos alumnos, hasta alcanzar al unísono toda una serie de cánticos hirientes hacia mi persona. Enfurecido y devastado, me dispuse a recoger mis pertenencias antes de retomar el camino de vuelta, huyendo más de mí mismo que de los presentes.

Preocupada, Miriam seguía mis pasos a escasa distancia, deseando alcanzarme para aclarar las cosas. Su estela no sólo no me ayudaba, sino que ejercía sobre mí una presión añadida difícil de afrontar. Era uno de esos momentos en los que la soledad parece erigirse en la única compañía posible. Todo esto era nuevo para mí y era consciente de que me estaba viendo superado por las circunstancias. Conforme más se acercaba el sonido de sus pasos, mayor era la energía con que aceleraba mi huida.

Recorrimos así casi todo el instituto hasta alcanzar por fin nuestro aula. Acorralado y sin ideas, la desesperación se hizo cargo de la situación reaccionando ante Miriam como si fuera ella la culpable de aquel desaguisado. Sin éxito, intenté persuadirla para que me dejara sólo y simplemente se olvidara de lo ocurrido.

  • Miriam, déjame en paz. Como verás, no es un buen momento.
  • Ven aquí.
  • ¡No!
  • Vamos a ver, ¿se puede saber que mosca te ha picado? ¿Me he perdido algo? ¿En serio vas a dejar que esta panda de gilipollas te amarguen la fiesta? No te ofendas, pero me niego a creer que el chico duro y luchador del que me enamoré vaya a derrumbarse ante cuatro “graciosillos” de poca monta.
  • Tú no lo entiendes, Miriam. Es mucho más complicado que todo eso.
  • Bien, sorpréndeme. Aquí me tienes. Deléitame con esa aparente complejidad que se permite el lujo de alejarme de la persona a la que más quiero en esta vida.
  • Miriam. Por favor, ya me conoces.
  • ¡Ni Miriam ni hostias! Tú también me conoces a mí y sabes que todos los payasos que están gritando ahí fuera me importan un bledo. Sólo estoy aquí por ti, porque jamás te había visto tan agobiado. Ni cuando recibías un aviso del director tras otro por tus reincidentes retrasos. Así que creo que merezco una explicación. Y no se te ocurra repetir eso de que es complicado. No me gusta ver como mi novio me huye por todo el instituto como si fuese la portadora de algún mal contagioso. Hasta donde yo sé, no he hecho nada que te haya podido molestar, ¿o sí?

Hundido y sin salida, no pude sino respirar hondo y pedirle que se sentara, pasando por alto uno de los momentos más especiales con que me había encontrado en todo el día. La emoción del momento le había llevado a referirse a mi como su novio. Un placer para mis oídos, un punto de inflexión en nuestra relación que me veía obligado a obviar ante lo delicado de nuestra conversación.

  • Está bien, si eso es lo que quieres, creo que tienes toda la razón. Te mereces una explicación.

lunes, 25 de noviembre de 2013

El libro_p10


Capítulo 10

Efectivamente el día comenzó conforme a lo esperado, envuelto por un clima de cansancio, dolor y tremenda dureza. Como si de un asiduo borracho me tratase, la resaca protagonizaba mis pensamientos, bloqueando toda posible actividad neuronal.

Así, sin pensar, abandoné mi cuarto apartando la puerta de mi camino con un gesto simple pero inexplicablemente cargado de emociones. Conmocionado por el hecho de verme atraído por la puerta de mi cuarto, me dirijo hacia el baño pensativo. Buscando respuestas a las muchas preguntas surgidas tras el inmenso malestar con que parecía presentarse el día.

Una vez más, lo que yo consideraba sutileza y discreción, resultaba más bien un ruidoso y descuidado deambular a lo largo del infinito pasillo. Los golpes y traspiés se sucedían con cada paso, anunciando a los cuatro vientos mi despertar. Como no podía ser de otro modo, mi madre se acercó a mí convencida de mi adormecido caminar, para recibirme con un cariñoso buenos días, que no sólo me alegrase un poco la mañana, sino saciase su curiosidad más irracional contribuyendo a su propio bienestar como madre.

Sin embargo, lo que pudo ser un mero saludo matinal, se convirtió en un auténtico drama para ella. Encontrar a tu hijo ensangrentado y dolorido, con la mirada perdida y una inexplicable e impropia desidia, no sería jamás calificado como una grata sorpresa. Prueba de ello fue su desconsolado grito. Un ruido tan atroz como para lograr rescatarme de mi abstracción y devolverme a mi cruda y surrealista realidad.

Tras intentar sin éxito que explicara tan aterradora imagen, su primera reacción fue la de dirigirse rauda y veloz hacia el teléfono para llamar a urgencias y avisar lo antes posible a mi equipo médico. Consciente de la fatalidad que se avecinaba, interrumpí su inconsciente maniobra de emergencia mentando a mi hermano, quien alertado por los gritos de mi madre asomaba su espectro por el salón. La escena con la que enfrentarse era a todos los efectos difícil de digerir. Por un lado, un hermano ensangrentado y culpándolo de algo que aún desconocía, por otro lado una madre en pleno estado de pánico y estrés maternal quien alertada por su hijo mayor, dejaba el teléfono sobre la mesa a la vez que desviaba su acusadora mirada hacia el recién aparecido protagonista. Un circo familiar del cual no parecía poder escapar.

Como no podía ser de otro modo, mi madre rápidamente percibió la tensión existente en nuestras miradas y se dirigió hacia él para reprenderle por lo que parecía, sin lugar a dudas, un exceso de poder entre hermanos. Una batalla en toda regla.

Al borde de una auténtica tragedia familiar, logro frenar su primer impulso y explicarle no sin dificultad lo ocurrido, agradeciendo a mi hermano su grandilocuente gesto y maldiciendo entre risas su desafortunado descuido con mi puerta.

Destensado el ambiente, aprovecho para dirigirme a mi hermano. Tenía razón, era el momento de luchar de verdad y dejar de ser ese llorica consentido en el que me había convertido. Era el momento de coger el toro por los cuernos y afrontar de una vez por todas mi nueva realidad, la única posible, la mía. De mí dependía que fuera una realidad feliz o no.

Convencido de todo ello, nos esforzamos en integrar a nuestra madre en lo sucedido, empezando por aclarar los motivos del sentido abrazo en que nos veíamos fundidos. Ella, aislada y desconcertada no lograba sino llorar ante la explosión de emociones vividas a lo largo de la mañana y el espectacular derroche de cariño entre hermanos, consciente de que lo que acaba de presenciar marcaría un definitivo antes y un después en la relación familiar. Empapada en lágrimas pero sonriente, se mantenía firme ante nosotros, paciente, calmada aunque ansiosa. Tras satisfacer nuestra necesidad de agradecimientos y alegrías recién descubierta, nos miramos cómplices y comenzamos a reír, desternillados sólo de pensar en lo que estaría pasando por la cabeza de nuestra matriarca. Sin duda, un sin fin de porqués aderezados con no menos cantidad de miedos.

Divertidos, la acompañamos hasta el sofá donde sentados en torno a la mesilla, relatamos con todo lujo de detalles las últimas horas transcurridas en su hogar. Como hermano mayor me tocaba a mí comenzar la historia, indicando a mi madre el contexto inmediato que dio origen a toda la conversación posterior, intentando suavizar y preparar el terreno para lo que estaba por llegar. Mi hermano, consciente de mi deferencia, me sucedía en el momento en que se acercaba su estelar intervención, transmitiendo a mi madre su punto de vista y empleando, sorprendentemente, casi con exactitud las mismas palabras con que se dirigió a mí el día anterior. Mientras nuestra interlocutora mostraba ciertos indicios de shock, por mi parte, aún me estremecía al oír las duras palabras que me sacudieron hace ya un siglo.

Tras ello, llega de nuevo mi turno, mi oportunidad para compartir mis pensamientos y los posibles motivos de la espeluznante imagen que me preside. Siguiendo la línea marcada por mi compañero narrador, mantengo el mismo tono de sinceridad extrema, permitiendo a mi madre analizar las cosas desde una perspectiva directa y real, asumiendo por fin la madurez que nos guiaba y un nuevo estadio en nuestra relación madre-hijos. De este modo, les traslado mi ira y posterior humillación, mis razonamientos y por último lo más importante, mi conclusión a todo aquello. Mi gran decisión.

Instante en el cual oímos la puerta de entrada y mi padre hace acto de presencia. Como se suele decir, éramos pocos y parió la abuela. Si ya de por sí estábamos ante un verdadero circo, que mi padre hiciese su entrada triunfal justo ahora, era el colofón a tan “tarantiniano” guión.

Impactado, inquieto y preocupado, opta por renunciar a sus múltiples dudas y decantarse por la más pragmática de las opciones, empleando el silencio como principal arma de escucha. Impasible, se acercó a la cocina para desprenderse del pan y los periódicos, mientras volvía ensimismado hacia el sofá, ocupando su lugar junto a mi madre.

Contagiado por su reacción, opté por introducirle levemente nuestra conversación y así poder continuar con mi trabajado discurso, el cual alcanzaba ahora su clímax.

Como ya había anunciado previamente, era el momento de compartir mi conclusión, mi decisión. Motivado por las palabras de mi hermano y condicionado por mi indudable cansancio y la sangre reseca de mi improvisado disfraz de Halloween, me centro en elegir muy bien las palabras de lo que, por supuesto, supondría la bomba final de este maravilloso despertar.

Expectantes, sus miradas despedazaban cada uno de mis gestos, muecas o movimientos. Sentía el deseo insaciable de saber con que impregnaban cada rincón de la habitación. Sin necesidad de palabras, sus mensajes me llegaban con total claridad. Sin embargo era consciente de lo importante de este monólogo y, por tanto, del poder de los silencios y las pausas como parte del conjunto.

Así, alcanzado el punto exacto requerido, me dirijo a ellos con gran clarividencia, provisto de una inesperada elocuencia.

  • Familia, estas últimas horas han supuesto un verdadero punto de inflexión para mí. Como no podía ser de otro modo, el sismo generado por mi hermano ha desembocado en un imparable tsunami de emociones y pensamientos. El sueño y el cansancio han hecho el resto para permitir la fermentación de estas ideas, el reposo necesario para toda maduración. Tenéis razón. He perdido el norte. No soy ni la sombra de lo que era, y lo que es peor, ni el recuerdo de lo que me hubiese gustado ser. Pero la pena y las lamentaciones no van a reparar el daño que he cometido. Daño a esta familia, daño a mí mismo. Lo siento mucho. Por primera vez en años, me han sacado de mi lugar de confort hasta observar atónito lo estúpido de mi existencia. Ser consciente de mis errores debe ser el primer paso hacia mi resurgir. Me he dado cuenta de que me ha faltado la personalidad y fuerza de voluntad necesarias para acometer el objetivo que me impuse aquel inolvidable 20 de abril. Las palabras se las suele llevar el viento y en este caso ha sido un autentico vendaval lo que me ha desviado de mi trayecto. Ahora lo tengo claro. No puedo esperar que la vida cambie para mí, soy yo quien debe hacerlo. Es importante contar con la idea y las intenciones, pero lo que se necesita son objetivos claros, hechos. Es por ello que he decidido acometer un nuevo reto vital, retomar la senda anterior y continuar mi formación a través del instituto. Creo que soy muy capaz de afrontarlo y para ello necesito más que nunca vuestra ayuda. Pero no como padres guiados por la piedad y el amor incondicional, sino como amigos sinceros y convencidos de lo que es mejor para mí. No quiero más miedos, más mimos, más trato especial. Soy uno más, que lo único que ha demostrado hasta ahora es no saber estar a la altura de las circunstancias. Suena duro, pero todos sabéis que tengo razón. He mantenido a mamá casi encerrada a mi costa, esclava de mi supuesta enfermedad. Es injusto, lo siento. Pero todo va a cambiar, tiene que hacerlo. Y para ello, qué mejor que volver al instituto y convertirme en un niño normal, algo mayor sí, pero normal.

Por fin, un esbozo de sonrisa se apoderaba del ambiente y sin grandes excesos lograba relajar la tensión reinante.

Durante unos instantes no hubo más que silencio. Siquiera miradas incómodas, ni enfados, ni desprecios, ni carcajadas. Nada. Tan sólo tres miradas perdidas bajo la atenta y desconcertada mirada del emisor del mensaje.

Trascurrieron varios minutos de este modo tan peculiar hasta que mi madre, se armó del valor necesario para abandonar su limbo y dirigirse a mí. Sorprendentemente calmada y convencida de lo que estaba a punto de decir, recuperó inmediatamente sus facciones de ternura y sencillez, para trasladarme una opinión teñida de cátedra.

  • Hijo mío. Gracias por ser tan sincero y hacernos partícipes de tus inquietudes. Gracias por mostrarnos sin tapujos todo lo que ronda por esa cabecita. Sabes que lo que acabas de plantearnos supone un cambio radical en tu vida para el cual no sabemos si estás realmente preparado. De hecho, ninguno de tus médicos se ha atrevido hasta ahora a sugerirnos tal atrevimiento. Además, como bien has dicho somos tu familia y todo lo que hacemos lo hacemos en busca de lo mejor para ti, para vosotros. Incluidos los posibles errores que sé que hemos cometido. Pero me gustaría dejar clara una cosa, en este caso no ha habido error alguno. Sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer. Sabes que no eres uno más, aunque nos pese. Y por tanto, pretender serlo es sin duda un error garrafal. No intentes ser lo que no eres. A lo largo de toda tu vida, hemos estado ahí para guiar tus pasos hacia lo que considerábamos era la mejor de las opciones que tú mismo nos indicabas. Jamás ha sido ni será nuestra intención que vivas una vida que no es la tuya. Es por ello que no vamos a interceder en tus decisiones, más allá de nuestra humilde opinión. En este caso, mi opinión ya la sabes. Mi respuesta sería no. Pero no me corresponde a mi responder a tal cuestión, sino a ti. Y he de reconocer, que por más que me atemorice, creo que es la mejor de las respuestas posibles. Sólo quiero que tengas claro que el motivo de este nuevo esfuerzo no puede ser hacer lo que hacen los demás, sino hacer aquello que consideras que debes hacer. Dicho esto, cuenta conmigo para lo que necesites, siempre estaré ahí para vosotros, me cueste lo que me cueste.
  • Gracias mamá.
  • Una cosa más, como madre que soy no puedo evitar imponerte una ultima condición.
  • Jajaja. Dime mamá.
  • Si decides apuntarte al instituto, será en el mismo instituto que tu hermano, para así contar con él como apoyo en caso de que lo necesites.
  • Está bien mamá. Si ese es tu deseo, así lo haré. Pero como hijo tuyo que soy, sabes que también soy incapaz de renunciar a mi correspondiente condición. - las sonrisas vuelven a protagonizar la escena – Si voy al instituto de mi hermano será manteniendo mi independencia y con libertad para hacer las cosas a mi manera.
  • A quién habrá salido el niño eh! - decía con sorna mi padre, dirigiendo su pícara mirada hacia mi madre.
  • Está bien, hijo. No me convence del todo la idea, pero creo que te mereces ese voto de confianza. No me hagas cambiar de opinión.

Una sonrisa común dio lugar a un abrazo colectivo de esos que perduran para siempre en la memoria. Por fin, parecía retomábamos la normalidad. Hasta el punto de que mi madre respondía a los múltiples chistes de mi padre sobre mi lamentable estado con fuerzas renovadas, lanzándome un pellizco por sentarme así en su sofá y enviándome directamente a la ducha, donde me esperaba una buena sesión de esponja y algodón, un buen repaso de chapa y pintura del cual no habría ser humano capaz de librarme.