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domingo, 31 de enero de 2021

Maldita soledad

En la peor pandemia de las últimas décadas, son muchas las preguntas que surgen y muy pocas las respuestas creíbles, o suficientemente convincentes. Creo que somos cada vez más numerosos los ciudadanos que nos vemos obligados a recapacitar sobre todo lo que nos rodea. No cabe duda que la situación sanitaria es preocupante, el panorama social frustrante, y la estabilidad emocional una utopía. No me malinterpretéis, no soy uno de esos que denominan negacionistas. Simplemente me siento a ver lo que está ocurriendo y me invade una enorme tristeza al descubrir que después de un año, seguimos en una situación crítica y sin la más mínima esperanza de cambio. 

Soy consciente de que en este punto serán muchos los que se indignen bajo el paraguas de una vacuna tan esperada como tardía. Ojalá sea esa la solución. De hecho, durante meses ha sido el único clavo al que agarrarnos. Sin embargo, han llegado las fechas señaladas para su puesta en marcha, y parece que, una vez más, son más las dudas que las certezas en torno a este gran avance de la medicina.

Desde hace meses, la única herramienta efectiva parece ser la limitación más o menos radical de nuestra libertad. Lo entiendo. Me da mucha pena que así sea, pero no se puede negar la evidencia. Y como no soy ningún experto sanitario desconozco alternativa alguna que ofrecer. Así que lejos de alimentar un sentimiento de frustración tan extendido entre la mayoría de nosotros, prefiero centrarme en analizar sin más esta cruda realidad.

El aislamiento. El bendito aislamiento. Sí, ha demostrado que mejora unos números más que alarmantes. Eso se lo concedo. Pero, de ahí a considerarlo como una solución válida me parece un salto un poco arriesgado. Creo que es importante hacer una lectura más humana que médica, en este caso. Imagino que es fruto de mis carencias, claro está.

Aislar a la población es una medida tremendamente extrema. Confío en que coincidáis conmigo en esto. No me considero una persona quejica, de hecho me considero muy afortunado. Pero me gustaría empatizar con todos aquellos que no pueden quizás decir lo mismo. 

Intento ponerme en el lugar de alguien a quien esta pandemia le haya venido en mal momento. Sí, a todos nos ha llegado por sorpresa y a nadie agrada un varapalo como este. Pero pensad en todas esas personas que se encuentran en un momento crítico de sus vidas, cualquiera que sea la razón. Pensemos, por ejemplo, en esas personas mayores a las que tanto nos afanamos en proteger, que en sus últimos años de vida quizás están viendo mermada su única esperanza vital, su alegría de vivir, su familia y amigos. Y todo ello bajo una premisa que no siempre ha de cumplirse, la aparente necesidad y deseo de ser protegidos. Pero nadie se ha sentado con todos y cada uno de ellos a preguntarles si realmente están dispuestos a pagar tan alto precio por una salud en muchos casos ya bastante delicada, haya covid o no.

Hagamos un pequeño inciso para alejar a los idiotas. Tengo personas mayores en mi familia y haría lo que fuera por ellos. Que nadie lo dude.

Sin embargo, la cuestión aquí es qué pasa con aquellos que no quieran proteger su salud. Aquellos que ya no tengan nada que proteger. ¿Qué pasa con esas personas que en plena certeza acerca de su final, acaban de descubrir atónitos que es la incertidumbre la principal protagonista de lo que les queda de vida? El miedo, su único compañero de viaje. Miedo a lo desconocido. Miedo al olvido. Miedo a no volver a disfrutar de los suyos. Miedo a que esta nueva realidad haya venido para quedarse. Como decía antes, soy una persona bastante optimista y me niego a creer en estas afirmaciones. No obstante, les invito a encender la televisión media hora y valorar por sí mismos estas palabras. Ante la falta de mejoría, se ha optado por aceptar el miedo y la culpa como únicos recursos con los que encerrar a la gente en sus viviendas. 

Lo sé, son solo unos meses. Y eso es lo que pienso a diario. No pasa nada por quedarse encerrado un periodo determinado. ¿Qué supone este tiempo en el conjunto de una vida? Probablemente, nada. Pero cuidado con ese tipo de conclusiones. Unos meses pueden suponer un suspiro para algunos y una odisea para otros. No se puede generalizar. No me vale el argumento de que nuestros antepasados o los más mayores lo pasaron peor. No lo dudo, pero no me consuela lo más mínimo. E imagino que a ellos, mucho menos. ¿No han pasado ya bastante como para verse de nuevo afectados por todo esto?

Cuando alguien recibe una noticia dramática en cuanto a su salud, imagino que la única esperanza que les alienta es la posibilidad de decidir al menos dónde y con quién pasar esos últimos momentos. Pues ahora mismo, esa opción ha sido eliminada. De raíz.

Cruel, ¿no creéis? A mí me lo parece. Y la solución no sabría describirla. Pero no por ello me puedo permitir el lamentable lujo de obviarlo y borrarlo egoístamente de mi mente. Se trata de un debate moral devastador. Hay personas que se encuentran en un momento fatídico y a ello se han visto obligados a sumar la soledad. 

La maldita soledad. 

Esa penosa acompañante capaz de absorber la energía de cualquiera. Lo siento, pero me niego a renunciar a mi humanidad, por muy hijo de puta que sea este virus. No puedo sino enviar un sentido abrazo a todos aquellos que lo puedan necesitar. Ojalá pudiera acudir en persona a cumplir mi palabra. Ojalá pudierais elegir a la persona más adecuada para ello y compartir con ellos tanto tiempo como quisierais. Os diría que esto pasará, pero no lo sé. Nadie lo sabe. Así que me conformo con reconocer la única verdad que me atrevo a defender. Esto no es igual para todos. Ni lo va a ser. Así que, ánimo.

Mucho ánimo a todos.

martes, 2 de julio de 2013

De bueno... tonto


Hoy me he levantado polémico, sí. En el buen sentido, como siempre, pero sí. Resulta que hoy es uno de esos días en los que me cuesta más mantenerme firme ante la adversidad. Harto de nadar contracorriente, me siento aquí para desahogarme y puede que incluso, alzar este canto desesperado en busca de posibles amigos que decidan unirse a esta triste pero necesaria queja.

Titulo este artículo como lo que soy. No os preocupéis. Estoy cada día más orgulloso de poder definirme así, de bueno tonto. Por más años que pasen, nadie es capaz de cambiar mi opinión al respecto. No soporto a la gente que huye de esta afirmación como si de un león se tratara.

Es que tú eres demasiado bueno.
De bueno es que eres tonto.
Tu problema es que la gente se ríe de ti en tu cara y no te enteras ....

Todas ellas expresiones tan crueles como reales. Pero, sin duda, la peor de todas:

¿De qué te sirve? ¿Tú te crees que lo van a valorar, que cuando llegue el momento no te la van a hacer? Tú lo que tienes que hacer es pensar más en ti.

Lo siento, pero no puedo más. ¿Cómo hemos podido llegar a esto? No me creo que haya nadie en este mundo al que le moleste que lo traten bien. Nada más. No estoy hablando de agasajar ni halagar a nadie. No hablo de hipocresía, no hablo de falsedad. Sólo hablo de naturalidad. Ser uno mismo y sacar lo mejor que tenemos dentro para hacer un poco más fácil la vida de quienes nos rodean. Y fijaos que no he empleado la palabra amigos o familia, siquiera conocidos. No necesito conocerte para tratarte bien. Evidentemente, mientras más te conozca y mayor sea el cariño que nos une, mejor será mi trato. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto asumir como punto de partida una visión optimista y alegre?

Es muy fácil quejarnos de nuestra mala suerte, nuestras desgracias y el mal ajeno sin pararse a analizar nuestras acciones y nuestro día a día. Yo no me considero perfecto, ni de lejos. Pero hago lo posible por aspirar a ello. La vida me pone en mi sitio y me enseña a diario que la perfección es un lejano tren en marcha, que se aleja progresivamente de mi, por más que yo intente correr. Imagino que una de las claves de la felicidad es asumir esta utopía, para entender la autoexigencia en su justa medida. Sin embargo, me preocupa que la inmensa mayoría de personas que lean estas palabras, sentirán vergüenza ajena, me tomarán por loco o algo peor, y con suerte sólo se referirán a mi para reírse entre amigos de mi estupidez. Pero eso, lógicamente, me da igual. Lo que me quita algo el sueño, es que estoy rodeado de gente dispuesta a exigir sin ofrecer. Me entristece saber que es más probable cruzarme con alguien egoísta que generoso, alguien ensimismado en sus únicos y exclusivos intereses que alguien capaz de hacerte partícipe de los suyos.

Hace algún tiempo, fui testigo indirecto de una de las historias más penosas que jamás haya podido escuchar. Uno de esos momentos en la vida, que marcan un antes y un después. De esos que te hacen pensar, pensar de verdad.

Una hija, afligida por la injusticia y el desazón, se dirige a su madre desconsolada, repleta de lágrimas. Su infortunio ha decidido volver a hacer acto de presencia para recordarle lo complejo que tiñe de ruina cada paso en su vida. Una vez más, lo que parecía un proyecto de futuro serio y consolidado, se torcía ante sí para mostrarle la más cruda de las realidades. No sólo estaba equivocada, sino que ahora era ella quien estaba ahí destrozada, mientras su inminente enemigo se regocijaba en su triunfo. No podía pasarle más que a ella. No aprendo, repetía entre llantos de amargura. En definitiva, uno de esos dramas tan difíciles de aceptar.

Su madre, impasible y paciente contertulia, escuchaba atentamente tan lamentable situación. Con ese cariño que sólo ellas son capaces de ofrecer, pañuelo en mano, secaba en silencio las lágrimas que bañaban las sonrosadas mejillas de su derrotada hija. Una mirada comprensiva y tierna, acompañaba sutil los pocos gestos puntuales de aprecio y ánimo con que demostraba su imperturbable atención. La tranquilidad propia de la sabiduría y la experiencia al servicio de su vehemente pequeña.

La razón por la que cuento esto no es otra que la impactante reacción de su madre.

Cuando su hija pareció vaciar el baúl de la tristeza, esta madre supo entender su momento y se dirigió a ella con voz pausada, afectiva y firme. Tu problema, hija mía, es que eres demasiado buena. No puedes ir por ahí así. La gente se aprovecha de ti. Tienes que pensar más en ti y tener un poco más de maldad.

¡Espectacular! Seguro que a ninguno os ha sorprendido, del mismo modo en que reaccioné yo. Sin embargo, el tiempo jugó su papel y asimilé lo peligroso de tal respuesta. No critico a una madre por querer lo mejor para su hija. No. Nos critico a todos, critico a la sociedad por permitir que esa sea la única reacción posible. Por acorralar a esa madre hasta el punto de desearle a su hija mayor maldad. ¿Somos conscientes de lo que ello supone? Puede que esta conclusión suene algo desproporcionada, pero os aseguro que no querría verme en esa situación. Y lo peor, es que estoy seguro de que la única razón por la cual aún no me he visto ahí, es porque no soy padre. Hubiese reaccionado exactamente igual, y eso es lo que me asusta y entristece a partes iguales.

Pues bien, a aquellos que hayan aguantado hasta el final de este lamentable conjunto de palabras, os diré algo. No os dejéis llevar por una sociedad infectada de negatividad y desleal competencia. Si vuestro interior os pide recibir al vecino con una sonrisa, desearle los buenos días en el ascensor o ayudar a la viejecita del quinto a bajar el carro de la compra... ¡Hacedlo! No os desaniméis si vuestros gestos son ignorados, malinterpretados o reprochados. No. Sabemos que lo realmente importante es la sonrisa con la cual uno se va a la cama. El silencio de conciencia necesario para dormir placenteramente. No sé por qué, pero sigo creyendo en que más allá de lo que la vida nos tenga previsto deparar, será mucho más llevadero si va acompañado de buenas sensaciones.

Haced una prueba, cuando vayáis a un comercio, dirigíos al dependiente como si lo conocierais, con una sincera sonrisa y un contundente saludo. Tratadlo como os gustaría que os trataran a vosotros. Sólo eso. Ni más ni menos. Con respeto, eso sí, y sin invadir la intimidad de nadie. En definitiva, con educación. Esa palabra casi obsoleta que, fruto de la evolución, ha derivado en una versión más madura y perversa de sí misma, maleducado. Una de las palabras más empleadas, curiosamente entre maleducados. Paradojas de la vida. Volviendo a mi sugerencia, mi experiencia personal es que, salvando algunas esporádicas excepciones, suelo salir del comercio con una sonrisa aún mayor que aquella con la que entré. Os lo recomiendo. Es una sensación brutal. ;-)

Dicho esto, confío en que estas reflexiones que deambulan en mi inquieta cabeza, nos sirvan a todos para pensar un poco más acerca de lo que representa nuestro día a día, aquello que nos convierte en lo que somos y en lo que nos gustaría realmente ser; que, con matices, nos une en torno a un mismo objetivo, ser felices.


martes, 14 de mayo de 2013

Hasta mañana si Dios quiere


Hola a todos, esta vez me siento ante las teclas de mi ordenador con la inquietud de quien reconoce un gran momento en su vida, con el miedo de la responsabilidad que esto supone, y con el dolor de la pena que encierra.

Probablemente se trate del momento más difícil en mi corta carrera como pseudo-escritor. Sin duda, el más difícil como persona. Esta noche me enfrento a algo que llevaba años deseando hacer. Hoy, empieza mi homenaje a la persona más importante que jamás haya conocido, la persona que más me ha podido querer, o al menos, la que mejor me ha sabido transmitir su infinito amor.

Mi Abuela María.

Sé que a estas alturas, todos aquellos que la conocierais ya estaréis embargados por la emoción y la tristeza a partes iguales. Por ello me gustaría aclarar que no es mi intención darle un disgusto a nadie. Me conformo con ser capaz de sobrellevar el mío y con ello brindar un más que merecido homenaje a una mujer, MUJER, de las que no se olvidan. En otras palabras, la bondad en forma humana. No sólo abuela, sino madre, amiga, hermana, tía. Todos ellos, términos empleados en su máximo esplendor.

En ocasiones, creemos que una mujer que tiene un hijo, se convierte automáticamente en madre. Del mismo modo, si su hijo tiene una hija, alcanza el título de abuela. Pero no. A partir de ahora, estas palabras no van a ser la definición estricta y biológica que todos conocemos. En mi opinión, madre y abuela, son once escasas letras que esconden tras de sí una responsabilidad enorme. Muy pocas personas son merecedoras de este título más que nobiliario. Madre sólo es aquella capaz de transmitir su amor hacia un hijo sin titubeos, reproches ni excusas. Aquella dispuesta siempre a escuchar sin por ello dejar de educar. A consolar cuando la situación lo requiera, y a regañar cuando menos le apetezca. Una fuente infinita de ternura y madurez. Madre, al fin y al cabo.

Dicho esto, imagínense lo complejo de alcanzar el grado de abuela. Madres que superado el arduo proceso de la maternidad, saben asumir su nuevo rol, ese segundo plano tan injusto como necesario. Una madre en la sombra, a todas luces una amiga fiel.

Aprovecho el día de la madre para felicitar a la mejor madre que jamás haya conocido, mi abuela.

Veinticuatro años de auténtico placer. ¡Gracias!

Aún recuerdo como su cara sonrosada mostraba una tierna y humilde sonrisa al oír divertida la anécdota de mi nacimiento. Mi fealdad no pudo sino convertirme en el hazmerreír cariñoso de mis familiares más cercanos, en un intento por restar tensión al momento del parto. Escasos segundos después, ante el jolgorio generado a mi costa, mi abuela se armó de valor para superar su infranqueable respeto hacia los demás y su inigualable prudencia, para retirarme del centro de atención y defenderme cual leona entre sus brazos.

¡No le digáis eso a mi niño! ¡Con lo guapo que es!

Probablemente, mi familia estaba en lo cierto, ante mi escasa belleza infantil, pero no contaban con el desgarrador amor que mi abuela era capaz de generar. Apenas me conocía hacía unos segundos y ya me quería más que a su propia vida. Y no es una frase hecha. Os puedo garantizar que tuvo veinticuatro años para demostrármelo cada día.

Lo más increíble de todo esto, es que yo no era su único nieto. Siquiera el primero. Simplemente era de su equipo. Era un miembro más de su familia. Ese amplio pero acotado círculo en el cual algunos tuvimos la suerte de nacer. No sólo suerte por tenerla a nuestro lado, sino por poder decir abiertamente que conocemos lo que es el amor verdadero. Puro cariño escondido tras una de esas sonrisas que paralizan el mundo a sus pies.

Aún hoy me levanta el ánimo cuando más lo necesito.

No sabría expresar en palabras lo que mis lágrimas se empeñan en derrochar. Jamás pude devolverle un ápice de su incondicional y desproporcionado cariño. Curiosamente, mi racional comportamiento e impostura habitual, no fueron capaces de mantenerse firmes ante una avalancha de sensibilidad de este calibre.

Raro es el día que no recuerde alguna de sus múltiples virtudes. Raro es el día en que no la recuerdo sonriente y convencida al despedirse antes de dormir, con su característico:

Hasta mañana si Dios quiere. Que sueñes con los angelitos.

Cada noche nos despedíamos con una muestra de fe que jamás dudé en secundar, arropado por su inquebrantable creencia, no sólo en la religión, sino en la bondad de la gente en general. Lejos de abrigar debate cultural o religioso alguno, me quedo con su capacidad para querer a los demás, para creer en los demás, para confiar en todos ellos.

A veces pensamos que las personas mayores están algo perjudicadas por el paso de los años, y que nuestra juventud suple con euforia la falta de experiencia. Error. Mi abuela me enseñó que necesitaría más de cien años de vida, para llegar a entenderla en toda su magnitud. Me enseñó algunas de las lecciones más importantes que jamás aprenderé. Me enseñó a querer sin condiciones. Me enseñó a ser humilde. Me enseñó a ser bueno. Me enseñó a saber escuchar. Me enseñó, pese a todo, a afrontar con optimismo mis carencias más innatas. En pocas palabras, no paró de enseñarme.

De hecho, que esté aquí hoy a pecho descubierto, removiendo lo más profundo de mi ser, no es sino el resultado de su doctrina y enseñanzas. No podemos dejar de decir aquello que pensamos, ya sea la vergüenza o el orgullo quien nos coarte. No podemos dejar de agradecer lo que por fortuna nos es regalado.

¡GRACIAS! Donde quiera que estés, ¡GRACIAS! Gracias por estar siempre ahí sin que parecieras estar. Gracias por tus “rasquiñas”, tus abrazos, tus besos, tus miradas, tus palabras, tus silencios, tus sonrisas, tus lecciones, tus filetes empanados, tus... simplemente por ser como eras, por ser como fuiste, por ser como eres.

Jamás te olvidaré y lo único que siento, es no haberte dicho todo esto más a menudo. Siento que este descomunal pellizco me haya desprovisto de toda elocuencia. No ser capaz de mostrar al mundo todo lo que tú significabas. No saber decir lo que realmente pienso, lo mucho que te admiro, te quiero y te respeto.

A la mujer más importante de mi vida, porque sin ti, ninguno de mis seres más queridos serían quienes son hoy día. Sin ti, no sería ni la mitad de hombre, hijo y nieto de lo que soy ahora. Sin ti, jamás podría entender lo que supone que algún día me convierta en padre y puede que hasta abuelo.

Cada abrazo que doy, lo hago en tu honor. Cada vez que logro hacer feliz a alguien, sé que es parte de la deuda que mantengo contigo. Cada sonrisa que regalo, es el fiel reflejo de lo que supiste entregarme. Cada paso que avanzo, sé que estás a mi lado.

TE QUIERO Y SIEMPRE TE QUERRÉ.

Hasta mañana si Dios quiere. Que sueñes con tus iguales, abuela.

domingo, 30 de diciembre de 2012

El libro_p01


Capítulo 1

Austera navidad aquella en la que hace hoy más de 25 años decidí hacer acto de presencia en una fría y sobria sala del hospital materno de Málaga. La humedad penetrante del Mediterráneo se introducía por cada poro de piel de los expectantes familiares y amigos que abarrotaban una sala de espera tan preocupada como emocionada. Pequeñas muestras de cansancio lograban escabullirse entre tanta tensión y alegría contenida. Las ojeras comenzaban a protagonizar tan señalado momento.

Los móviles se erigieron en banda sonora obligada de un evento de tal magnitud. Desgraciadamente las respuestas se sucedían exactas entre los diferentes interlocutores, ansiosos por modificar el guion de este pequeño thriller familiar. Dos familias a punto de convertirse en tres. Más de una veintena de personas recluidas en los escasos quince metros cuadrados destinados a tal fin.

Un rectángulo sencillo y tímido, donde las menudas ventanas se encargaban de iluminar tan angosto espacio. Decorado en un blanco sucio, producto de un uso ininterrumpido a lo largo de sus abundantes años de vida, el acomodo correspondía a unos desgastados asientos de plástico verde, apoyados sobre una inhóspita estructura metálica. La altura libre interior rondaba lo dos metros y medio, pese a que con el paso de las horas, parecía descender amenazante hacia los absortos usuarios. En uno de sus extremos, el pasillo agonizaba hacia unas puertas abatibles que, sin duda, jamás habían sido tan observadas como aquel día. Cada silueta o indicio de sombra tras su umbral se apoderaba de las respiraciones de toda la sala al unísono.

Señalaban aproximadamente las 16:15h cuando un apuesto doctor acompañado de sus fieles enfermeras y un cariacontecido matrona se adentraron entre la multitud buscando a los intranquilos abuelos. La situación no hacía más que enrarecerse con cada nuevo paso del pálido séquito. Los asistentes acompasaban sus lentos movimientos de retirada con un gélido y desesperado silencio sepulcral. La distancia entre abuelos y médicos era inversamente proporcional a la cantidad de lágrimas contenidas por los primeros.

El doctor principal no era otro que el inseparable amigo de la infancia de mi padre. Sus treinta y dos años, recién cumplidos, le convertían en uno de los responsables más jóvenes de su departamento. Sin embargo, su cercanía a la familia y su más que consolidado curriculum le avalaban ante la importancia de lo que estaba a punto de comunicar. Su rostro no hacía sino reflejar la tensión vivida y las emociones que, evidentemente, se empeñaba en esconder tras un velo impasible de serena profesionalidad. Habían sido más de dos días de trabajo sin descanso, cincuenta y dos horas de ilusión y sufrimiento, iniciadas con la llamada insegura y temerosa de mi progenitor.

Para Juan, no podía existir mayor honor que el de ayudar en el parto de la mujer de su mejor amigo. Pese a ello, tantas horas contenían momentos de duda y orgullo por igual. Tanto sufrimiento cobraba ahora sentido. Era el momento de afrontar una conversación con la que había soñado innumerables veces en los últimos meses. Una escena inolvidable, allí plantado frente a Raúl, mi abuelo, su segundo padre. Rodeado por los más allegados a tan querida familia, en muchos casos, considerados también de su círculo más próximo. Con el firme convencimiento de que jamás podría haber imaginado tal desarrollo.

  • Raúl, Celia, buenas tardes.
  • Juan, por favor, ¿qué pasa? ¿A qué se debe tanto misterio?
  • Siento deciros que el parto se complicó hace algunas horas. Me hubiese gustado manteneros más informados, pero la situación me demandaba al cien por cien.
  • No me digas eso Juan. ¿Cómo están? Dime que todo ha salido bien.
  • Todo comenzó como esperábamos. Su nuera ha dilatado bien, teniendo en cuenta que se trataba de una primeriza. A las doce y cuarto de anoche nos preparamos para extraer al bebé conforme a lo que considerábamos un parto corriente. Por desgracia, el bebé no encontraba la posición correcta para su extracción sin daños, así que nos decantamos por preparar a Isabel para entrar en quirófano. Fueron minutos de mucha tensión, en los cuales dilucidar el futuro de todo el proceso. Nuestra prioridad siempre fue la de apoyar un parto natural. Sin embargo, nos veíamos obligados a pensar en la salud de ambos protagonistas. Muy a mi pesar, la única solución fue la de no alargar más esa agonía y atajar por el camino más seguro. Para ello, preparamos todo el equipo de trabajo, coordinamos a todos los profesionales y nos dispusimos al traslado con las mayor celeridad posible. Como sabéis los quirófanos se encuentran a tres plantas de donde nos encontrábamos, y el pasillo suele convertirse en una fiel recreación del Nueva York de mediodía. Sin más, abrigamos bien a su nuera y enviamos a un par de compañeros para que reservaran quirófano y prepararan todo el material. Durante dicho trayecto, no sabemos muy bien las razones, pero el proceso volvió a dar un giro radical. Entrando en el ascensor, su nuera anunció con un grito desgarrador lo que ninguno podíamos siquiera imaginar.
  • Juan, déjate de detalles y dinos cómo están todos.
  • Como te decía, el grito nos dejó sin palabras. Instantáneamente nos giramos hacia ella para averiguar qué era exactamente lo que iba mal. No estábamos preparados para ninguna complicación. De manera que nos apresuramos a seguir sus dolorosos gestos. Nos indicaba que algo iba mal en su útero. El primero en alcanzar la parte trasera de la camilla fue su hijo, quien ausente de todo color se precipitó inconsciente hacia el suelo. Acto seguido el matrona se contagió de tan inesperada reacción, contribuyendo al surrealismo reinante en la escena. No sabíamos por donde empezar entre tantos frentes abiertos. Mientras tanto la puerta del ascensor repetía una y otra vez el amago de cierre con el que impedía mi paso y el de dos de mis ayudantes. Sólo una de las enfermeras parecía estar en condiciones de informarnos. Se acercó temerosa hacia el centro de la escena. Irremediablemente no pudo articular palabra alguna antes de desplomarse. Los compañeros de planta se apresuraban a acudir al lugar y atender a los perjudicados. Mi perplejidad crecía a marchas forzadas mientras esquivaba los cuerpos e intentaba entender los balbuceos de su nuera. Sólo alcanzaba a descifrar algo parecido a “aquí”, instante en el cual su mano agarró la mía con una fuerza desmedida. El dolor era indescriptible. Con la otra mano, aún pudo encontrar a la única compañera que se mantenía erguida frente a mí. El caos aumentaba por momentos mientras algunos auxiliares gritaban desconcertados.
  • Juan, por dios.
  • Perdonadme, pero vuestro hijo ha hecho especial hincapié en que os preparara para esto antes de entrar a la habitación. ¿Por dónde iba?
  • La gente gritaba en el pasillo...
  • ¡Ah sí! Gracias. Efectivamente los gritos y peticiones de auxilio se sucedían a lo largo y ancho del citado pasillo. Mientras tanto, hacía un esfuerzo titánico por tranquilizar a Isabel e instarle a que me soltara, cuando un sentido quejido silenció a los más de doce empleados que se agolpaban alrededor. Todos nos miramos impactados. Logré zafarme de las afiladas uñas de Isabel para observar incrédulo la inaudita imagen que se presentaba ante mí. Una leve sonrisa se dibujaba en mi rostro conforme encajaba las desordenadas piezas en mi cabeza. Una satisfacción tan grande como efímera, dado que escasas décimas de segundo después me unía a la improvisada fiesta pijama que había organizado su nieto. Lo siguiente que recuerdo es a su hijo con la cabeza vendada, dirigiéndose socarrón a Isabel: “Muy pronto ha empezado este a darme quebraderos de cabeza, ¿no crees?” A lo cual Isabel respondió con su particular dulzura y su inigualable sonrisa: “Desde luego, es que en esta familia no podemos hacer nada como la gente normal”. Todo ello mientras las lágrimas de alegría se depositaban delicadas y cariñosas sobre su risueño nieto, quien tan sólo unos minutos antes había decidido darnos a todos la bienvenida con un llanto prematuro tras salir por si sólo del útero de su madre. Sin que ninguno de nosotros acertáramos a ayudarle en tal importante tarea, justo en el momento más inoportuno y complicado, pero, sin duda, en el mejor que jamás hubiese podido elegir.
  • Pero, entonces, ¿todo ha salido bien?
  • Bueno, si obviamos los cuatro puntos de sutura que ha recibido su hijo en la cabeza, algún que otro moratón entre mis compañeros, mi maltrecha mano y la vergüenza que mantiene callado aquí al gran matrona, se podría decir que sí. Que son ustedes abuelos de un fornido y cachondo "pequeñajo" que en vez de un pan ha preferido traer cientos de carcajadas y la mejor de las anécdotas que recuerdo, bajo su minúsculo brazo. Tres kilos seiscientos gramos de valentía e independencia, quinientos cuarenta y dos milímetros de pura felicidad.
  • Gracias. ¡Qué alegría más grande Juan! ¡Y que mal me lo has hecho pasar “cabrito”! Menos mal que conozco bien a mi hijo, y sé perfectamente que todo esto ha sido fruto de su peculiar sentido del humor. Si no...

Según me cuenta siempre mi padre, entre risas, en aquel momento toda la sala empezó a reír entre abrazos, soltando toda la adrenalina acumulada durante tantas horas de espera y especulaciones. Una fiesta improvisada con la que siempre había soñado. Un recital de carcajadas e inmejorables deseos, todos ellos aderezados por cariñosos insultos hacia su persona.

No me canso de escuchar esta historia, por más veces que pueda oírla. Me encanta cada vez que cuenta esta anécdota en presencia de mi madre, quien no puede sino reírse ante lo esperpéntico de mi nacimiento, mientras vuelve a mirarme con la ternura que sólo ella sabe transmitir. Al fin y al cabo, mi nacimiento es un fiel reflejo de mi existencia, un ejemplo más de mi especial condición. No hay mejor imagen que defina lo que hasta ahora ha resultado ser mi vida, que aquel cúmulo ecléctico de emociones y experiencias enfrentadas. Un recital de lágrimas, sonrisas, insultos y abrazos.