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jueves, 12 de septiembre de 2013

El elitismo de los museos


Una vez más me siento aquí para compartir con vosotros mis inquietudes y pensamientos más íntimos, con el fin de trasladarles mis opiniones y críticas concretas acerca de todo aquello que nos rodea en nuestro día a día. Un alarde de cotidianidad y mediocridad intencionada, surgida desde la más sincera humildad e ignorancia.

Definido el contexto, aireo mis palabras en busca de posibles receptores dispuestos a compartir ideas. En este caso, el motivo de mis dudas, no es otro que la concepción de los museos contemporáneos. Apoyado en una tendencia muy clara adquirida por mi Málaga natal, me centro en entender el por qué de esta iniciativa y su consiguiente proliferación de espacios expositivos.

Cabe destacar, ante todo, que no pretendo en modo alguno juzgar este planteamiento, sino estudiar su evolución y analizar en lo posible, aquellos aspectos susceptibles de mejora o, en su defecto, pendientes de comprensión por mi parte.

Como auténtico ignorante en cuanto a Historia del Arte se refiere, y ciudadano tan inculto como inquieto, a partes iguales, me considero un ejemplar medio de estudio, bastante adecuado de cara al entendimiento de la labor efectuada por los museos como intermediarios culturales frente a la sociedad.

Es por ello que interesado en el factor didáctico y dinamizador de los museos, como referentes culturales por antonomasia, me he visto sorprendido en multitud de ocasiones, perplejo ante la magnificencia de determinados emblemas de este arte; así como embargado por el desconcierto, un irremediable cansancio, una intratable saturación visual y en ocasiones, incluso, aburrimiento, ante la desconexión existente entre estos importantísimos edificios, su contenido y yo.

Parto de la base, de que cuando alguien realiza el esfuerzo de acercarse a un museo para pagar la entrada y adentrarse en el recorrido planteado por su gestor a lo largo de su querida colección, lo mínimo que se merece es recibir una contrapartida cultural como recompensa. Con esto quiero decir, que todas esas burdas críticas orientadas a fustigar la incultura e ineptitud ciudadanas, pierden su valor y credibilidad en el mismo momento en que el visitante se acerca al edificio.

En mi opinión, ya ha realizado su parte, ha cumplido. Ha abandonado su cómoda y segura rutina para aprender, para disfrutar de lo desconocido y asimilarlo como conocido. Un proceso tan complejo como interesante.

Dicho esto, entiendo que en el mundo del Arte, como en cualquier otro sector, hay infinitos grados de conocimiento y sabiduría. Sin embargo, me preocupa que en los museos se parte de una base errónea. Si accedes a un museo por libre, sin haber investigado previamente su contenido, lo más probable es que no seas capaz de detectar las principales obras expuestas, ni aprender más allá del nombre del autor, año y nombre de la obra (sin olvidarnos del material con que se elabora). Esa es toda la información que nos ofrece un edificio cultural estándar. Ninguna aclaración del por qué de su instalación allí, ninguna pista acerca de los criterios que lo convierten en un elemento de máxima calidad artística; ni, por tanto, el más mínimo esfuerzo por acercarnos al Arte y con ello fomentar nuestro interés por volver o continuar en casa con nuestro proceso de aprendizaje.

Me temo que el museo se orienta preferentemente hacia aquellos visitantes cultos y/o formados, interesados en ampliar sus conocimientos previos.

En honor a la verdad, cabe dejar claro que cada vez son más las visitas guiadas ofrecidas por la mayoría de contenedores artísticos, en su afán por acercarse al ciudadano medio. No sólo es algo que debemos valorar, sino que podríamos incluso exigir. No en forma de una persona dedicada en cuerpo y alma a un grupo no siempre tan agradecido como debería. Sino como esfuerzo de apertura hacia la gente. No se necesita tanto, pero desde luego, es inapropiado pensar en un modelo tan extremista, en el cual existen dos versiones tan lejanas de museo. Una muy cerrada y opaca en la cual nadie te aporta nada, la diaria. Y una muy abierta y amable en la cual adornan las obras con anécdotas y aclaraciones del por qué de sus creaciones, la eventual.

Estoy seguro de que existen multitud de opciones intermedias que, sin perjudicar en modo alguno los deseos del autor, nos ayuden a encontrar el ansiado equilibrio y, en lo posible, lograr que resulte rentable a todos los niveles.

En una sociedad de la información, donde cada mínimo aspecto de nuestro entorno puede ser consultado en internet, me preocupa que cuente con museos de masas, orientados a unas masas a las cuales no responden, más allá de la instalación de una tienda de souvenirs. Como arquitecto, reconozco que me encuentro situado más bien en el lado de la balanza correspondiente a un espíritu minimalista, pero hay que tener claro que aquí el mínimo, siempre responde a un canon funcional, no estético.

Por desgracia, en ocasiones, me da la sensación de que existe un elitismo predominante en el Arte, que nos filtra a los visitantes en función de su cercanía a un mundo, culturalmente muy elevado. En mi opinión, el grado de cultura de una persona siempre radica no en lo elevado de sus maneras, sino en la habilidad para desenvolverse con la misma soltura sea cual sea el ambiente cultural en que se encuentre. Por ello, considerando los museos como el paradigma de la cultura, me encantaría que me demostraran que son igual de útiles e interesantes tanto para los eruditos o iniciados, como para los novatos e incluso despistados visitantes.

La cultura debería ser un producto turístico, académico o social, pero fácilmente accesible para todos los ciudadanos, sea cual sea su nivel cultural o su grado de interés.

Fácil, hagámoslo fácil.

miércoles, 26 de junio de 2013

El libro_p05


Capítulo 5

20 de Abril del 90.
Hola, chata, ¿cómo estás? 

¿Te sorprende que te escriba? 

Tanto tiempo es normal. 

Pues es que estaba aquí solo, 

me había puesto a recordar, 

me entró la melancolía 

y te tenía que hablar. (...)

Cantaban los Celtas Cortos en una de sus canciones más famosas. No podría decir que fuese una coincidencia, pero desde luego sí que se convirtió en uno de esos recuerdos que marcan una época de tu vida. Cada vez que sonaba tan curiosa melodía, no podía evitar el cúmulo de similitudes que asaltaban mi desordenada cabeza. Esa mezcla agridulce de melancolía y buenos deseos. Una carta dedicada a aquella bonita compañera que, con el paso del tiempo, había decidido abandonar su vida, sin dejar el más mínimo rastro. Un recuerdo amable destinado a cambiar un presente insuficiente y tornarlo en un futuro mejor. Un hito en el camino, una piedra angulosa capaz de frenarte para siempre o desviar tu sino hacia el destino que nunca soñaste, pero que siempre supiste anhelar.

Desde luego, este tipo de acontecimientos, suponen un riesgo excesivo en cualquier experiencia vital. Son situaciones tan intensas y emotivas que resultan difíciles de asimilar, y por tanto nos trasladan peligrosamente al mismísimo filo de la navaja, nos envían directamente a ese precipicio infinito en el cual, una delgada y tambaleante cuerda es nuestra única esperanza de mantenernos vivos. Tan sólo la paciencia, el equilibrio personal y el apoyo de nuestro entorno pueden acercarnos al milagro que nos aleje del desastre. Son momentos delicados en los cuales la más mínima racha de viento o contratiempo nos depararía una caída atroz.

Pues bien, quince años de aparente felicidad y una familia unida fueron mis únicos recursos defensivos ante la noticia que agitó todos los cimientos de mi recién iniciada existencia. Meses de pruebas médicas, analíticas varias, suposiciones, teorías tan diversas como erróneas, así como un compendio inabarcable de consejos de catálogo, sin fundamentos, se vieron derogados ante la fatídica decisión de mi equipo de diagnóstico.

Tras descartar desesperados todo tipo de enfermedades raras y desconocidas para mí, que incluso llegó a incluir entre risas una que llevara mi nombre, qué paradoja; por fin, la visita al hospital nos aportó algo más que dudas. La conclusión a la que pudieron llegar fue bastante sencilla y descorazonadora. Mis síntomas respondían inevitablemente a mi enfermedad. Sí, tal cual. Infinidad de similitudes pero ninguna coincidencia. Estaba ante una de las mayores incógnitas a las que jamás me había podido enfrentar. Sólo que en este caso, me resultaría bastante más complicado eso de despejarla.

Mis médicos no daban crédito a mi particular afección. Emplear palabras como frustración, dudas, cansancio, desazón, incluso la ausencia en todos los sentidos de crédito, sería poco para describir el ambiente reinante aquel día en mi habitación.

Nunca pensé que un homenaje pudiera tornarse en algo tan extraño como macabro. Mi nombre, mi historia, mis idas y venidas, todo yo... se veía de un día para otro asociado a aspectos tan negativos como dolorosos. Resulta muy difícil estar preparado para algo así, un duro golpe capaz de hundir al más fuerte, despojarte de toda esperanza y sumirte en el más cruel de los silencios. Un vasto vacío infinito en el cual parece no existir apoyo o descanso alguno, más que pura y desoladora soledad. Aislamiento, sin más.

Fueron muchos los días que permanecí en ese estado casi catatónico, intentando en vano escuchar las forzadas palabras de ánimo que se oían a mi alrededor, como un lejano susurro, débil, titubeante y triste.

Sin embargo, y de repente, la vida irrumpió en mí con tal fuerza que la oscuridad y el desierto emocional en el que me encontraba, se vieron inundados de una profunda y deslumbrante luz. La luz de la ilusión y el optimismo. En ese momento entendí que mi desgracia, escondía tras de sí mi principal esperanza. Si me enfrentaba a una enfermedad tan desconocida como imprevisible, contaba con una gran baza a mi favor, ¡todo es posible! Tanto lo peor como lo mejor. Y desde luego, mi vida no estaba ahora preparada para más desgracias, así que era el momento de creer en ese equilibrio que muchos defienden, para confiar en que de un modo u otro, me tocaba empezar a subir.

Una inmensa oportunidad para redescubrir el mundo, volver a empezar. Al fin y al cabo, ¿no es eso la vida? Un continuo aprendizaje en el cual comprender aquello que te rodea hasta entender aquello que te compone. Pues sí. Eso es. Nada había cambiado realmente, eran los demás quienes no podían asimilar lo que yo encerraba, pero nadie me había dicho nunca que mi existencia dependiera de ello, esa era una labor que me correspondía íntegramente a mí. Esa, afortunadamente, era mi responsabilidad, y era entonces cuando comenzaba a ejercerla.

Desde ese día, no habría más llantos melancólicos ni tristezas asociadas a lo que pudo ser y no fue. Cada sonrisa, cada lágrima, cada ojera y cada carcajada servirían, para siempre, a lo que estaba por venir. A aquello que me había sido permitido disfrutar. En definitiva, a vivir.

Lo primero que hice fue devolver a mi familia una de tantas muestras de cariño leal y desinteresado con que me habían agasajado durante todos estos meses. Me levanté de la cama de un salto, repleto de ganas y alegría, me adentré en el dormitorio de mis padres y de un certero brinco me planté entre sus brazos. Sólo mi emoción y una interminable sonrisa pudieron acallar el amago de infarto con que se despertaron mis atónitos progenitores. Se habían acostado con la amargura y zozobra como únicas compañeras de alcoba, para despertar al día siguiente rodeados de toneladas de ilusión y júbilo. Todo ello, sin olvidar lo que supone en su estado original que sean los ininteligibles gritos de su hijo quienes interrumpieran su obligado y esquivo idilio con Morfeo.

Escasos segundos de angustia dieron lugar a un festín de abrazos y lágrimas que no pudieron sino despertar al “empanado” de mi hermano, quien aún con los ojos pegados por sus inmensas legañas, se contagió de tal entusiasmo y felicidad emulando mi anterior acrobacia con igual puntería.

Desde aquel día, la congoja y la pena, darían paso a la mera incertidumbre, en el más amplio y optimista sentido de la palabra. En mi caso, mi principal motor, en el suyo, su mayor preocupación. Pero desde luego, sin duda, la mejor de las noticias.

Poco a poco, fui reencontrando mi bienestar previo a aquel fatídico desvanecimiento en el patio del colegio. Llevaba meses apartado del mundo que un día creí como mío. Por tanto, una de mis primeras tareas consistía en recuperar el tiempo perdido y ponerme al día con mis deberes. Nunca pensé que pudiera disfrutar tanto de esos ejercicios. Cada ecuación, cada fórmula, cada relato y cada vocablo extranjero suponían un nuevo peldaño en mi peculiar pero necesaria ascensión. No sin las correspondientes quejas de mi hermano, quien ajeno a todo lo que fluía por mi interior, se enfadaba ante el interés con que me enfrentaba a todo lo que él parecía odiar.

En paralelo a mi búsqueda del conocimiento infantil que se me presumía, la edad y el tiempo libre hicieron que me aficionara de nuevo a la lectura, eso sí, con las dificultades que eso suponía. La alimentación también jugaba un papel fundamental. Habían sido meses muy complicados en una etapa de crecimiento fundamental. Mi exagerada delgadez evidenciaba aún, aquellos problemas de los cuales mi mente ya había logrado desprenderse. Fue un verdadero placer recuperar el apetito voraz con que deleitaba a todos meses atrás. Sentir ese baile de sabores que amenizaba cada degustación. Consciente de cada centímetro de mi lengua, cada matiz aderezado por su correspondiente aroma. Un festival de sensaciones que nunca debí olvidar.

El proceso de regeneración mental dio lugar, poco a poco, a una recuperación ejemplar. Los días traían consigo fuerzas renovadas. La báscula confirmaba con exactitud lo que mi sonrisa ya anunciaba previamente. Las facciones de mi cara reivindicaban su hegemonía original. Mis ojos volvían a ser el fondo de una cavidad repleta de ilusión y alegría, que difícilmente compartía su lamentable pérdida de eficacia.

Afortunadamente, esa pérdida parcial de visión no me impedía observar con esperanza los grandes avances alcanzados en mi proceso de puesta a punto. El lado positivo de este tipo de evoluciones radica en la consciencia de un pasado fatal ante un presente más que prometedor. El dilema del vaso de agua, resulta más sencillo cuando el proceso es de llenado y a mitad de camino nos planteamos el estado del mismo.

Aún quedaba mucho recorrido por andar, pero la distancia alcanzada suponía un verdadero abismo para mis vigorosas facultades.

Este era mi momento y la impaciencia se apoderaba de mi con la vehemencia de un adolescente encerrado. Cada mañana, atormentaba sonriente a mi santa madre, ansioso por adentrarme nuevamente en la jungla urbana en la que me crié y en la que me recordaba con gran maestría. ¿Por qué no iba a poder valerme por mi mismo ahora? Mi inmadurez, más peligrosa que mi ceguera, me impedía ver peligro alguno tras el desafiante umbral de mi puerta. La rutina adquirida en los desplazamientos domésticos de mi controlada vivienda, acrecentaban aún más mi pletórica valentía, ajeno quizá al complejo mundo al cual pretendía enfrentarme.

  • Mamá, ¿cuánto queda?
  • No empecemos, ¡eh!
  • Vale. No te preocupes. No empiezo. Sólo era por saber si quedaba mucho. Nada más.
  • La madre que te parió, que soy yo. ¡Mira que eres pesado! - me decía mientras me dedicaba una de sus tiernas y cuidadosas sonrisas.
  • Bueno, tampoco es para ponerse así. Son ya casi las diez de la mañana y sólo te lo he preguntado un par de veces. - mi pícara mirada se cruzaba con su sorprendida expresión de paciencia infinita – Está bien, quizá más que un par, puedan ser varias docenas. Pero es que llevo ya más de dos horas en pleno ajetreo. Es normal que se me olvide algún que otro dato. Jajaja.
  • Jajaja. ¡Qué rollo tienes! Déjate de pamplinas, suelta el jamón de la nevera y ponte a estudiar, que es lo que tienes que hacer.
  • De verdad mamá, no sabes apreciar el placer de mi compañía.
  • Como no te sientes de una vez, vas a ser tu quien no disfrute más de mi presencia.
  • ¡Ofú! Pues nada, me voy. Solitario y abandonado me dirijo a mi tarea.
  • ¡Qué víctima eres! ¿A quién habrás salido? Porque está claro que a mi, que llevo todo el día sudando la gota gorda para levantar a esta familia, no. jajaja. - se reía mientras con un delicado guiño me invitaba cariñosamente a seguir con los deberes.

Y así, entre discusiones y carcajadas, nos hacíamos compañía mutuamente para llevar lo mejor posible un encierro tan agobiante como divertido. Un conjunto de paredes indisolubles que se erigía ante nosotros como la gran fortaleza que nos defendía de un entorno hostil y un miedo interno que se deslizaba sigiloso entre bambalinas.


lunes, 8 de abril de 2013

El libro_p04


Capítulo 4

Ansioso, expectante, incluso desesperado, ultimo los segundos que restan para el desagradable sonido de mi despertador. La presión ejercida por los recientes retrasos y posteriores reprimendas me pesan sobremanera en esta fría mañana.

Por fin, el parpadeo que precede al ruido infernal hace acto de presencia y mi mano reacciona rauda y veloz para frenar el proceso estándar. No me gustaría hacer partícipes a mis padres o mi hermano de mi surrealista plan. Este tremendo madrugón podría ser malentendido por mis preocupados parientes, quienes ya mostraron su descontento y consiguiente preocupación en la pasada cena.

Feliz por mi pronta reacción, me dirijo orgulloso hacia el pasillo, toalla en mano y rodeado por un halo de sorprendente optimismo. El reloj parece mi principal aliado en esta batalla tan personal como necesaria. El desayuno, la elección de mi vestimenta o, incluso el rasurado matinal parecen relegados a un sombrío segundo plano.

Jamás había sentido tanto el deambular del agua sobre mi cuerpo. Parece que cada gota se desprendiera de sus vecinas para reivindicar su inevitable individualidad en lo que se asemeja a una extraña celebración callejera. La temperatura perfecta me recuerda el por qué de todo esto, me dibuja distraída una leve pero intensa sonrisa en mi rostro. Un relajado suspiro que invade mi cuerpo, del mismo modo en que lo hace el líquido elemento, sutil pero contundente, eficaz.

El momento toalla, recupera su trivialidad original, negado frente a la celeridad de mis medidos movimientos. Cada nuevo hito en esta estudiada mañana, corrobora los plazos previstos y con ello, genera una nueva satisfacción que deriva en mayor efusividad y nerviosismo controlado. Uno de esos momentos en los que todo a tu alrededor demanda una sobriedad y silencio imposibles de alcanzar. Todo tu cuerpo emana adrenalina contenida, tus músculos se contraen impacientes, preparados.

La calle, por fin. Todo marcha. No sabría decir, para ser sincero, si los zapatos son realmente del mismo par, si los calcetines coinciden, si el peine ha llegado a ordenar mis húmedos cabellos, o si la mochila contiene alguno de los materiales que necesitaré más adelante. Sólo me preocupa una cosa, el paso firme e irremediable de mis suizas agujas. Y desde luego, es de lo poco que podría garantizar con seguridad, seguimos llevándonos bien.

La odisea diaria se presenta más amable que de costumbre, solitaria a la par que original. Los olores parecen similares, sin embargo el conjunto revela una pureza hasta ahora olvidada. Los ruidos, sin duda, no son sino una vaga muestra de mi anterior referencia. Mi alegría sigue en aumento y su representante hormonal, continua su lento pero constante llenado del vaso de mi autocontrol. Las buenas noticias se suceden y mi sonrisa comienza a tornarse en nerviosa.

8:59h. En pleno éxtasis emocional, reconozco la ansiada puerta de mi recién bautizado como querido instituto. No quepo en mi gozo. La hora cuadra, mi reloj corrobora tal triunfo y por si esto fuera poco, la voz aliviada de mi hermano resuena cual canto gregoriano en mis adentros. ¡Lo logré! Voy a oír el timbre por primera vez.

  •  Oye, lo has hecho. Me alegro.
  • Gracias. No podía permitirme un fallo más.
  • Pero bueno, ¿a qué hora te has levantado? Eres un auténtico personaje. Cuando me he levantado ya te habías ido. Y por lo que parece no has desayunado, ¿verdad?
  • A ver. Tampoco le vamos a pedir peras al olmo, ¿no? Jajaja. Déjame disfrutar de mi pequeño logro. Ya, si eso, mañana desayuno.
  • Anda, cómete esto que te he pillado en casa. ¡Cómo te conozco! Sabía que te habías venido en plan valiente.
  • Gracias tío, eres un máquina. Menos mal, porque ya empezaba el estómago a dirigir a la orquesta. Jajaja. Si es que te tengo que querer...
  • Déjate de rollos! Come y calla. Jajaja.
  • Vale, lo haré. Luego te veo.

Instante en el cual el sonido angelical del timbre interrumpe nuestra improvisada tertulia anunciando mi llegada triunfal. Confiado me dirijo hacia mi aula, consciente de mi tremenda valía. Mentiría si dijera que no me siento como un auténtico superhéroe. Las caras sorprendidas de mis compañeros, sólo son mejoradas por la peculiar sonrisa de mi director, quien me felicita entre dientes por mi pequeño éxito. Pese a mi timidez, me adentro en la clase feliz, observando al tendido, mientras el profesor me saluda casi tan sorprendido como yo mismo. Acto que se ve acompañado de las risas de mis compañeros, quienes no podrían estar más de acuerdo con el “gestito” espontáneo de mi maestro de tecnología.

Lejos de avergonzarme, decido dar el golpe en la mesa definitivo, y alzar temeroso la voz para dar los buenos días con sorna al perplejo grupo, acompañado por un atrevido intento de chiste, que sorprendentemente, mis compañeros parecen aceptar de buena gana. Momento en el cual, mi hermano se apodera remotamente de mis actos, teledirigiendo mi mirada hacia la tercera fila, justo a mi lado, la mesa en la cual se sienta algo dormida aún, su improvisada candidata a mujer del año.

El recorrido de mis ojos parece ralentizarse hasta casi detenerse por completo en su búsqueda ilusionada del objetivo. Cual es mi sorpresa, al encontrar frente a mi, dos preciosos ojos verdes, arropados por unas elegantes cejas y unas pobladas pestañas. Un festival de colores organizados bajo la batuta de una naturalidad impactante y una belleza que difícilmente podría describir con palabras. Un regalo del destino que parecía presentarse ante mí. Perplejo, me paralizo de arriba a abajo, con una estúpida sonrisa que decora mi impasible rostro.

Segundos con complejo de horas preceden al instante definitivo, el momento en el cual esos maravillosos ojos se cierran suavemente en su camino hacia el suelo, mientras su bello rostro evidencia un cierto tono sonrosado que acompaña una ínfima sonrisa que deja entrever sus tímidos dientes, todo ello bajo el inexplicable efecto del slow motion. Una mínima mueca que en mi cerebro es recibida como la mayor de las alegrías jamás anunciadas.

Supongo que para ella pudo ser un simple acto reflejo, pero he de reconocer que fueron necesarios algunos minutos más para permitir a mi cuerpo recuperar el control sobre una situación que hacía ya tiempo dejó de existir. El profesor llevaba un rato intentando despertar nuestras neuronas con una inexplicable perorata repleta de tecnicismos, capaz de domar a la más fiera de las criaturas que habitan este mundo. Sin embargo, harían falta toneladas del peor de los tranquilizantes para apagar el fuego que acababan de encender en mi interior. Y lo peor, que se lo debía a mi hermano, mi hermano pequeño. Tendría que decirle que sí, que tenía razón, que estaba en lo cierto. En fin, imagino que merece la pena y que, en el fondo, se lo merece.

Tecnología, matemáticas, informática, economía... un sin fin de asignaturas que esperan respetuosas en el porche de mi cabeza a que mi nueva inquietud abandone la casa y les permita entrar. No logro olvidar esa mirada, esas mejillas sonrojadas y perfiladas con maestría frente al mini espejo que toda chica parece llevar en su bolso, o quizás, la imagen que había decidido crearme de ellas. Ahora me parece increíble que durante todos estos días me hubiese podido perder tal espectáculo. Hasta qué punto podía estar obsesionado con fingir una normalidad forzada, que había obviado una de las mejores imágenes que podrían decorar ese tradicional mural en que se convierten los recuerdos.

Mi objetivo acababa de cambiar radicalmente. Llegar puntual, pasar desapercibido, integrarme, aprender; todo eso quedaba relegado a un meritorio segundo plano. Las veinticuatro horas del día en mi nueva vida, encontraban su sentido en tanto en cuanto contasen con la aportación de mi nueva musa. Cada movimiento parecía conducirme directamente hacia ella, del mismo modo en que los imanes se adhieren a la puerta de la nevera. Un fenómeno conocido pero inexplicable, asumido pero opaco.

Podría recrearme en todo ese rollo de las mariposas, las hormiguitas y demás cursiladas, pero mi pragmatismo me lleva a mostrar una realidad mucho más racional, más fría. Prefiero contar mi versión de lo que muchos denominan amor a primera vista. En mi opinión, es bastante más cercano a una tremenda obsesión, sólo que afortunadamente, desprendida de toda esa negatividad peyorativa. Una cariñosa obsesión por conocer cada íntimo detalle que configura su interesantísima existencia. Un deseo pasional por entregarle toda esa ternura y bondad contenidas bajo el telón de mi teatral impostura. Un sentimiento tan profundo como transparente, donde su felicidad ocupa el lugar más alto, en un inestable equilibrio entre alegría y tristeza, entre amor y odio.

Sé que no puedo contarle todo esto a mis amigos, si no, probablemente, empezarían por dudar de mi masculinidad y posteriormente, usarme para amenizar sus ratos de aburrimiento. Pero, por primera vez en mucho tiempo, me gustaría permitirme el lujo de desencadenar mis emociones, derrumbar el interminable dique con que sellé hace años todo un mar de pensamientos. Es el momento de liberarme, dejar fluir mis ideas, como si nadie las pudiera ver, sólo ella, sólo yo. Un rincón de total sinceridad en el cual depositar cada gramo de humanidad que aún respiro.

Soy consciente de que si ella pudiera leer mi mente, huiría despavorida ante tanta ilusión desproporcionada. Soy aún más consciente de que las probabilidades de que una chica como ella se fije siquiera en mí, son prácticamente nulas. Soy, a ratos, vagamente consciente de que, incluso, cabe la posibilidad de que me acerque a ella y sea yo quien decida alejarme poco a poco. No olvido mi inseparable don para alejarme de toda aquella persona que parece sentir por mí algo parecido a lo que acabo de expresar. Pero bueno, no hace falta ir tan deprisa. Como buen romántico utópico, lo único que me importa ahora mismo, es disfrutar de este peculiar cortejo. Este acercamiento tan sutil como intenso. Es como si me hubiesen devuelto a esos fatídicos quince años, cuando mi querida Sandra protagonizaba con tanto estilo cada episodio de mi recién descubierta adolescencia

Sólo puedo dar las gracias por todo esto. Por recuperar algo que pensaba perdido.

Pues sí, han pasado sólo diez años, ya han transcurrido más de tres mil quinientos días desde aquel. Pero, sin saber muy bien por qué, mi cuerpo salda conmigo una deuda generada tanto tiempo atrás. Por fin, puedo gritar en silencio que vuelvo a ser yo. ¡Sí! Estoy de nuevo aquí, y esta vez, vengo para quedarme, así que mejor que se preparen. No más psicólogos, no más complejos, no más excesos ni ausencias. Simplemente yo, en busca de un nuevo nosotros que me permita entenderlos mejor a ellos.