martes, 14 de mayo de 2013

Hasta mañana si Dios quiere


Hola a todos, esta vez me siento ante las teclas de mi ordenador con la inquietud de quien reconoce un gran momento en su vida, con el miedo de la responsabilidad que esto supone, y con el dolor de la pena que encierra.

Probablemente se trate del momento más difícil en mi corta carrera como pseudo-escritor. Sin duda, el más difícil como persona. Esta noche me enfrento a algo que llevaba años deseando hacer. Hoy, empieza mi homenaje a la persona más importante que jamás haya conocido, la persona que más me ha podido querer, o al menos, la que mejor me ha sabido transmitir su infinito amor.

Mi Abuela María.

Sé que a estas alturas, todos aquellos que la conocierais ya estaréis embargados por la emoción y la tristeza a partes iguales. Por ello me gustaría aclarar que no es mi intención darle un disgusto a nadie. Me conformo con ser capaz de sobrellevar el mío y con ello brindar un más que merecido homenaje a una mujer, MUJER, de las que no se olvidan. En otras palabras, la bondad en forma humana. No sólo abuela, sino madre, amiga, hermana, tía. Todos ellos, términos empleados en su máximo esplendor.

En ocasiones, creemos que una mujer que tiene un hijo, se convierte automáticamente en madre. Del mismo modo, si su hijo tiene una hija, alcanza el título de abuela. Pero no. A partir de ahora, estas palabras no van a ser la definición estricta y biológica que todos conocemos. En mi opinión, madre y abuela, son once escasas letras que esconden tras de sí una responsabilidad enorme. Muy pocas personas son merecedoras de este título más que nobiliario. Madre sólo es aquella capaz de transmitir su amor hacia un hijo sin titubeos, reproches ni excusas. Aquella dispuesta siempre a escuchar sin por ello dejar de educar. A consolar cuando la situación lo requiera, y a regañar cuando menos le apetezca. Una fuente infinita de ternura y madurez. Madre, al fin y al cabo.

Dicho esto, imagínense lo complejo de alcanzar el grado de abuela. Madres que superado el arduo proceso de la maternidad, saben asumir su nuevo rol, ese segundo plano tan injusto como necesario. Una madre en la sombra, a todas luces una amiga fiel.

Aprovecho el día de la madre para felicitar a la mejor madre que jamás haya conocido, mi abuela.

Veinticuatro años de auténtico placer. ¡Gracias!

Aún recuerdo como su cara sonrosada mostraba una tierna y humilde sonrisa al oír divertida la anécdota de mi nacimiento. Mi fealdad no pudo sino convertirme en el hazmerreír cariñoso de mis familiares más cercanos, en un intento por restar tensión al momento del parto. Escasos segundos después, ante el jolgorio generado a mi costa, mi abuela se armó de valor para superar su infranqueable respeto hacia los demás y su inigualable prudencia, para retirarme del centro de atención y defenderme cual leona entre sus brazos.

¡No le digáis eso a mi niño! ¡Con lo guapo que es!

Probablemente, mi familia estaba en lo cierto, ante mi escasa belleza infantil, pero no contaban con el desgarrador amor que mi abuela era capaz de generar. Apenas me conocía hacía unos segundos y ya me quería más que a su propia vida. Y no es una frase hecha. Os puedo garantizar que tuvo veinticuatro años para demostrármelo cada día.

Lo más increíble de todo esto, es que yo no era su único nieto. Siquiera el primero. Simplemente era de su equipo. Era un miembro más de su familia. Ese amplio pero acotado círculo en el cual algunos tuvimos la suerte de nacer. No sólo suerte por tenerla a nuestro lado, sino por poder decir abiertamente que conocemos lo que es el amor verdadero. Puro cariño escondido tras una de esas sonrisas que paralizan el mundo a sus pies.

Aún hoy me levanta el ánimo cuando más lo necesito.

No sabría expresar en palabras lo que mis lágrimas se empeñan en derrochar. Jamás pude devolverle un ápice de su incondicional y desproporcionado cariño. Curiosamente, mi racional comportamiento e impostura habitual, no fueron capaces de mantenerse firmes ante una avalancha de sensibilidad de este calibre.

Raro es el día que no recuerde alguna de sus múltiples virtudes. Raro es el día en que no la recuerdo sonriente y convencida al despedirse antes de dormir, con su característico:

Hasta mañana si Dios quiere. Que sueñes con los angelitos.

Cada noche nos despedíamos con una muestra de fe que jamás dudé en secundar, arropado por su inquebrantable creencia, no sólo en la religión, sino en la bondad de la gente en general. Lejos de abrigar debate cultural o religioso alguno, me quedo con su capacidad para querer a los demás, para creer en los demás, para confiar en todos ellos.

A veces pensamos que las personas mayores están algo perjudicadas por el paso de los años, y que nuestra juventud suple con euforia la falta de experiencia. Error. Mi abuela me enseñó que necesitaría más de cien años de vida, para llegar a entenderla en toda su magnitud. Me enseñó algunas de las lecciones más importantes que jamás aprenderé. Me enseñó a querer sin condiciones. Me enseñó a ser humilde. Me enseñó a ser bueno. Me enseñó a saber escuchar. Me enseñó, pese a todo, a afrontar con optimismo mis carencias más innatas. En pocas palabras, no paró de enseñarme.

De hecho, que esté aquí hoy a pecho descubierto, removiendo lo más profundo de mi ser, no es sino el resultado de su doctrina y enseñanzas. No podemos dejar de decir aquello que pensamos, ya sea la vergüenza o el orgullo quien nos coarte. No podemos dejar de agradecer lo que por fortuna nos es regalado.

¡GRACIAS! Donde quiera que estés, ¡GRACIAS! Gracias por estar siempre ahí sin que parecieras estar. Gracias por tus “rasquiñas”, tus abrazos, tus besos, tus miradas, tus palabras, tus silencios, tus sonrisas, tus lecciones, tus filetes empanados, tus... simplemente por ser como eras, por ser como fuiste, por ser como eres.

Jamás te olvidaré y lo único que siento, es no haberte dicho todo esto más a menudo. Siento que este descomunal pellizco me haya desprovisto de toda elocuencia. No ser capaz de mostrar al mundo todo lo que tú significabas. No saber decir lo que realmente pienso, lo mucho que te admiro, te quiero y te respeto.

A la mujer más importante de mi vida, porque sin ti, ninguno de mis seres más queridos serían quienes son hoy día. Sin ti, no sería ni la mitad de hombre, hijo y nieto de lo que soy ahora. Sin ti, jamás podría entender lo que supone que algún día me convierta en padre y puede que hasta abuelo.

Cada abrazo que doy, lo hago en tu honor. Cada vez que logro hacer feliz a alguien, sé que es parte de la deuda que mantengo contigo. Cada sonrisa que regalo, es el fiel reflejo de lo que supiste entregarme. Cada paso que avanzo, sé que estás a mi lado.

TE QUIERO Y SIEMPRE TE QUERRÉ.

Hasta mañana si Dios quiere. Que sueñes con tus iguales, abuela.

lunes, 22 de abril de 2013

Berlín cum laude


Hace algún tiempo asistí a la lectura de una tesis doctoral en la Universidad de Málaga, no sólo la primera lectura a la que tengo el placer de asistir, sino la primera que se lee en la Escuela de Arquitectura de Málaga.

A priori, este dato podría resultar razón suficiente para inaugurar el casillero de asistencias a tesis de mi agenda profesional. Sin embargo, no fue este el principal motivo que me llevó al Salón de Actos. La citada tesis versaba sobre Berlín, sin duda la ciudad de mis amores. Para mayor interés, si cabe, el análisis de esta bella urbe se plantea desde una metodología tan personal como arriesgada, a partir del estudio de una película rodada en tal ciudad hace más de 25 años, “El cielo sobre Berlín”. Lo cual, no sólo integra una variable tan interesante como el cine en la ecuación, sino que nos traslada directamente a uno de los episodios más relevantes del pasado siglo en nuestro continente. La presencia caduca del Muro de Berlín no hace sino introducir la entropía en este complejo análisis urbano.

Por tanto, sentarme a escuchar un estudio detallado sobre la evolución de Berlín, desde finales de los setenta hasta nuestros días, les garantizo que es uno de los mejores planes, incluso placeres, que podría encontrar en mi búsqueda profesional de conocimientos.

El evocador título, nos muestra lugares olvidados de una ciudad que si son observados con atención pueden llegar a generar un itinerario no sólo por su presente sino por su historia pasada y futura.

De la extensa introducción realizada por la doctoranda, no puedo sino recaer en la bella definición empleada para referirse a los fragmentos de un todo, como muestras puntuales de la identidad de un conjunto. La belleza implícita en dicho acercamiento, no radica sólo en su potencia conceptual, sino en su acertado empleo para el caso de Berlín. Para todos aquellos que hayan gozado de la capital alemana post-muro, sabrán entender lo impregnada que queda cada visita, de estos infinitos fragmentos del urbanismo más interesante y único. Un sin fin de retales, vacíos y oportunidades que, dada su vasta extensión, sólo pueden ser recorridos a través de múltiples itinerarios aislados e inconexos, que generan poco a poco el mapa global de nuestra propia Berlín mental. El mayor ejemplo de este peculiar fenómeno se evidencia en el masivo uso del metro, un medio de transporte tan eficiente como “descontextualizador”. Podríamos transitar todas y cada una de las estaciones que decoran el extenso territorio de la capital, sin por ello conocer ni el 10% de la ciudad. Un ejercicio de acupuntura turística, con el cual conocer los lugares más emblemáticos y archiconocidos de cada distrito. Un catálogo de imágenes sugerentes que representa con mayor o menor acierto el barrio al cual representa. Pero sería absurdo imaginar que dicho catálogo pudiera reflejar el verdadero significado de una capital tan experimentada y castigada a lo largo de la historia.

Quizás la concepción urbana de todo ciudadano, no deja de ser eso, un álbum personal de los cientos posibles, en el cual colocar las principales imágenes de tu ciudad. Los principales rincones de tu entorno. Las visiones más concretas, sólo posibles desde una perspectiva igual de concreta. En definitiva, hablar de urbanismo es hablar de ciudadanos, de personas. Por tanto, afrontar un análisis aparentemente científico y objetivo desde una intencionada subjetividad, puede que se trate de uno de los mayores aciertos y ejercicios de humildad que podamos realizar.

Como saben, el mundo de la investigación, en ocasiones, responde a unos estrictos protocolos que apuestan por una ansiada garantía de éxito. Influencia del rigor científico, tendemos a buscar ecuaciones perfectas que nos devuelvan un resultado igual de perfecto.

Con lo cual, aprovecho estas líneas, para trasladarles un interesante debate surgido en aquella mañana de tesis, y que ronda a menudo mi cabeza en busca de batalla.

¡Debemos los humanos alejarnos de nuestra humanidad para entender el propio comportamiento humano? ¿Somos lo suficientemente inteligentes como para disociarnos de nuestro yo subjetivo en pro de un ejercicio académico correcto y objetivo? Jamás dudaré de la inteligencia de alguien capaz de dedicar tantísimas horas de su vida a la investigación de un hecho que no sólo considera relevante, sino que lo entiende lo bastante interesante como para contribuir humildemente en el complejo proceso del conocimiento. Sin embargo, no creo que la investigación deba ceñirse a un enfoque lineal y estandarizado, en tanto en cuanto, la vida, no actúa como tal, y los ciudadanos que le dan sentido, tampoco.

Por tanto, a modo de conclusión, me gustaría elaborar este pequeño alegato en favor de la subjetividad, no como paradigma de la investigación científica, sino como alternativa del devenir humano. En mi opinión, tan necesarios son los protocolos como las intuiciones, los reglamentos como la aleatoriedad, el conjunto como sus fragmentos, el rigor como la ilusión.

Investigadores, doctores, alumnos, catedráticos, profesionales, ciudadanos..., desde mi total y humilde desconocimiento, sea cual sea el campo de intervención en el cual decidamos adentrarnos, sea cual sea la labor en la cual nos volquemos, no olvidemos que somos lo que somos gracias a que nos fue permitido elegir. Conforme a determinados criterios, sí. En base a un razonamiento lógico, sí. Pero no en base a una lógica preestablecida, sino al resultado de un mecanismo de pensamiento capaz e intencionado.

Cualquier acercamiento es válido si el destino es atractivo, coherente y evocador. Dejemos a los humanos actuar como humanos, y a las ciudades evolucionar como ciudades.

lunes, 15 de abril de 2013

El síndrome del observador


Mucho se ha hablado acerca de la penosa situación que rodea a la sociedad actual. No menos han sido los intentos por descifrar los posibles motivos que han provocado tal crisis y con ello, entender las repercusiones sociales de tales circunstancias. Existen críticos que defienden una postura de tipo social, es decir, mantienen un discurso en el cual la sociedad en sí misma es la causante de tales males, como resultado de sus propios defectos: avaricia, codicia, ansia de poder...

Otros por el contrario, se postulan hacia una teoría más individualista, donde culpar de este declive a aquellos pocos apoderados que emplean sus influencias para enriquecerse, a costa del resto de la sociedad, potenciando a su vez los defectos sociales antes mencionados.

Ya sea de un modo o de otro, no cabe duda que los principales perjudicados somos los ciudadanos. Y que causa o efecto, existen aspectos sociales que convendría estudiar.

En mi opinión, son muchos los defectos sociales que podrían haber desembocado en este desastre, pero uno de ellos destaca por encima del resto, el síndrome del observador.

Por todos conocida la diferencia entre ver y observar, del mismo modo en que distinguimos oír de escuchar, existe un mal endémico que afecta peligrosamente a esta sociedad. La inmediatez derivada de un progreso tecnológico sin precedentes, una globalización cada vez más agresiva, o el monopolio del marketing, entre otros factores, han derivado en una saturación visual de lo más preocupante. El ciudadano medio se enfrenta cada día a un exceso de información brutal, una cantidad desorbitada de datos e imágenes que nuestro cerebro debe ser capaz de cribar, filtrar de cara a evitar un sobrecalentamiento del sistema. Este proceso evolutivo, está generando un nuevo ser humano, cada vez más “cortoplacista”, más superficial, acostumbrado a analizar las cosas desde un prisma tan lejano como eficiente.

Si nos fijamos en uno de los medios de comunicación visual más tradicionales, el periódico, podremos descubrir estos mismo síntomas. Los amplios periódicos de papel, han tenido que observar atónitos como sus virtuales semejantes se apoderan silenciosos de su cuota de mercado, ante la inmediatez de respuesta y la sencillez de filtrado. Una máquina perfectamente diseñada para el nuevo ser humano. Infinitos titulares decoran páginas en movimiento, rodeadas por tantos anuncios e imágenes como letras. Los artículos, casi escondidos, se mantienen tímidos al acecho, esperando al pobre lector desconcertado o aburrido, que decida acercarse a ellos.

Una evolución tan lógica como peligrosa. Nuestro ansia de conocimientos deriva, paradójicamente, en una ausencia total de cultura. Un exceso de noticias vacías, titulares inconexos y aislados que nos convierten en perfectos charlatanes de ascensor. Máquinas tan eficientes como incultas, capaces de tratar el más recóndito y lejano de los temas, con la misma inexactitud y levedad, con que afrontar la más cercana de las noticias. Expertos conocedores de aspectos que se desvanecen en el tiempo por simple adhesión de nuevos conocimientos. Un bucle infinito por el cual generar sabios de lo actual, actuales inútiles en la verdadera sabiduría.

Con motivo de este nuevo defecto social, la especie se está viendo afectada por una serie de daños colaterales, efectos secundarios que nos convierten en seres atemporales, sin sentimientos. Y no me refiero a la avaricia y ansia de poder que comentaba antes, estas características desgraciadamente se mantienen bien arraigadas, sino a las emociones derivadas de toda observación, entendida como resultado de una simple empatía. El placer de interactuar con la otra persona, intentar entenderla, disfrutar con ella, discutir, aprender, enseñar, divagar, incluso por qué no, compartir el silencio. De no ser así, puede que nos acerquemos irremediablemente a la tan manida invasión de las máquinas, no como resultado de una industrialización excesiva, sino como resultado de una eficiencia extrema. Una ausencia total de humanidad.

Lamentablemente, cada vez con más frecuencia, observo cómo mis semejantes dedican el menor tiempo posible a pensar, con tal de hacer simplemente las cosas como siempre lo han hecho, a ser posible a través de un proceso caótico y corrupto en el cual resultar más listo que los demás.

La crisis está ahí, los ciudadanos tenemos los defectos que tenemos, sin embargo, nuestra principal virtud es la posibilidad y capacidad para aprender de los errores. De nosotros depende, querer ejercer nuestro papel como humanos, o recuperar los rasgos animales más primitivos y emplear nuestra inteligencia para acallar nuestra pasión.

Por mi parte, como siempre digo, elijo seguir siendo como soy, con mis errores y mis escasas virtudes, pero consciente de mi existencia y orgulloso de mi devenir.

Apasionado, empático, débil y alegre, me enfrento cada día a una sociedad cada vez más alejada, perfecta pero plana. Una sociedad capaz y a la vez apocada, quejica pero conformista, prepotente pero manejada. Una sociedad que ninguno queremos pero que, lamentablemente, todos asumimos y aceptamos.  

lunes, 8 de abril de 2013

El libro_p04


Capítulo 4

Ansioso, expectante, incluso desesperado, ultimo los segundos que restan para el desagradable sonido de mi despertador. La presión ejercida por los recientes retrasos y posteriores reprimendas me pesan sobremanera en esta fría mañana.

Por fin, el parpadeo que precede al ruido infernal hace acto de presencia y mi mano reacciona rauda y veloz para frenar el proceso estándar. No me gustaría hacer partícipes a mis padres o mi hermano de mi surrealista plan. Este tremendo madrugón podría ser malentendido por mis preocupados parientes, quienes ya mostraron su descontento y consiguiente preocupación en la pasada cena.

Feliz por mi pronta reacción, me dirijo orgulloso hacia el pasillo, toalla en mano y rodeado por un halo de sorprendente optimismo. El reloj parece mi principal aliado en esta batalla tan personal como necesaria. El desayuno, la elección de mi vestimenta o, incluso el rasurado matinal parecen relegados a un sombrío segundo plano.

Jamás había sentido tanto el deambular del agua sobre mi cuerpo. Parece que cada gota se desprendiera de sus vecinas para reivindicar su inevitable individualidad en lo que se asemeja a una extraña celebración callejera. La temperatura perfecta me recuerda el por qué de todo esto, me dibuja distraída una leve pero intensa sonrisa en mi rostro. Un relajado suspiro que invade mi cuerpo, del mismo modo en que lo hace el líquido elemento, sutil pero contundente, eficaz.

El momento toalla, recupera su trivialidad original, negado frente a la celeridad de mis medidos movimientos. Cada nuevo hito en esta estudiada mañana, corrobora los plazos previstos y con ello, genera una nueva satisfacción que deriva en mayor efusividad y nerviosismo controlado. Uno de esos momentos en los que todo a tu alrededor demanda una sobriedad y silencio imposibles de alcanzar. Todo tu cuerpo emana adrenalina contenida, tus músculos se contraen impacientes, preparados.

La calle, por fin. Todo marcha. No sabría decir, para ser sincero, si los zapatos son realmente del mismo par, si los calcetines coinciden, si el peine ha llegado a ordenar mis húmedos cabellos, o si la mochila contiene alguno de los materiales que necesitaré más adelante. Sólo me preocupa una cosa, el paso firme e irremediable de mis suizas agujas. Y desde luego, es de lo poco que podría garantizar con seguridad, seguimos llevándonos bien.

La odisea diaria se presenta más amable que de costumbre, solitaria a la par que original. Los olores parecen similares, sin embargo el conjunto revela una pureza hasta ahora olvidada. Los ruidos, sin duda, no son sino una vaga muestra de mi anterior referencia. Mi alegría sigue en aumento y su representante hormonal, continua su lento pero constante llenado del vaso de mi autocontrol. Las buenas noticias se suceden y mi sonrisa comienza a tornarse en nerviosa.

8:59h. En pleno éxtasis emocional, reconozco la ansiada puerta de mi recién bautizado como querido instituto. No quepo en mi gozo. La hora cuadra, mi reloj corrobora tal triunfo y por si esto fuera poco, la voz aliviada de mi hermano resuena cual canto gregoriano en mis adentros. ¡Lo logré! Voy a oír el timbre por primera vez.

  •  Oye, lo has hecho. Me alegro.
  • Gracias. No podía permitirme un fallo más.
  • Pero bueno, ¿a qué hora te has levantado? Eres un auténtico personaje. Cuando me he levantado ya te habías ido. Y por lo que parece no has desayunado, ¿verdad?
  • A ver. Tampoco le vamos a pedir peras al olmo, ¿no? Jajaja. Déjame disfrutar de mi pequeño logro. Ya, si eso, mañana desayuno.
  • Anda, cómete esto que te he pillado en casa. ¡Cómo te conozco! Sabía que te habías venido en plan valiente.
  • Gracias tío, eres un máquina. Menos mal, porque ya empezaba el estómago a dirigir a la orquesta. Jajaja. Si es que te tengo que querer...
  • Déjate de rollos! Come y calla. Jajaja.
  • Vale, lo haré. Luego te veo.

Instante en el cual el sonido angelical del timbre interrumpe nuestra improvisada tertulia anunciando mi llegada triunfal. Confiado me dirijo hacia mi aula, consciente de mi tremenda valía. Mentiría si dijera que no me siento como un auténtico superhéroe. Las caras sorprendidas de mis compañeros, sólo son mejoradas por la peculiar sonrisa de mi director, quien me felicita entre dientes por mi pequeño éxito. Pese a mi timidez, me adentro en la clase feliz, observando al tendido, mientras el profesor me saluda casi tan sorprendido como yo mismo. Acto que se ve acompañado de las risas de mis compañeros, quienes no podrían estar más de acuerdo con el “gestito” espontáneo de mi maestro de tecnología.

Lejos de avergonzarme, decido dar el golpe en la mesa definitivo, y alzar temeroso la voz para dar los buenos días con sorna al perplejo grupo, acompañado por un atrevido intento de chiste, que sorprendentemente, mis compañeros parecen aceptar de buena gana. Momento en el cual, mi hermano se apodera remotamente de mis actos, teledirigiendo mi mirada hacia la tercera fila, justo a mi lado, la mesa en la cual se sienta algo dormida aún, su improvisada candidata a mujer del año.

El recorrido de mis ojos parece ralentizarse hasta casi detenerse por completo en su búsqueda ilusionada del objetivo. Cual es mi sorpresa, al encontrar frente a mi, dos preciosos ojos verdes, arropados por unas elegantes cejas y unas pobladas pestañas. Un festival de colores organizados bajo la batuta de una naturalidad impactante y una belleza que difícilmente podría describir con palabras. Un regalo del destino que parecía presentarse ante mí. Perplejo, me paralizo de arriba a abajo, con una estúpida sonrisa que decora mi impasible rostro.

Segundos con complejo de horas preceden al instante definitivo, el momento en el cual esos maravillosos ojos se cierran suavemente en su camino hacia el suelo, mientras su bello rostro evidencia un cierto tono sonrosado que acompaña una ínfima sonrisa que deja entrever sus tímidos dientes, todo ello bajo el inexplicable efecto del slow motion. Una mínima mueca que en mi cerebro es recibida como la mayor de las alegrías jamás anunciadas.

Supongo que para ella pudo ser un simple acto reflejo, pero he de reconocer que fueron necesarios algunos minutos más para permitir a mi cuerpo recuperar el control sobre una situación que hacía ya tiempo dejó de existir. El profesor llevaba un rato intentando despertar nuestras neuronas con una inexplicable perorata repleta de tecnicismos, capaz de domar a la más fiera de las criaturas que habitan este mundo. Sin embargo, harían falta toneladas del peor de los tranquilizantes para apagar el fuego que acababan de encender en mi interior. Y lo peor, que se lo debía a mi hermano, mi hermano pequeño. Tendría que decirle que sí, que tenía razón, que estaba en lo cierto. En fin, imagino que merece la pena y que, en el fondo, se lo merece.

Tecnología, matemáticas, informática, economía... un sin fin de asignaturas que esperan respetuosas en el porche de mi cabeza a que mi nueva inquietud abandone la casa y les permita entrar. No logro olvidar esa mirada, esas mejillas sonrojadas y perfiladas con maestría frente al mini espejo que toda chica parece llevar en su bolso, o quizás, la imagen que había decidido crearme de ellas. Ahora me parece increíble que durante todos estos días me hubiese podido perder tal espectáculo. Hasta qué punto podía estar obsesionado con fingir una normalidad forzada, que había obviado una de las mejores imágenes que podrían decorar ese tradicional mural en que se convierten los recuerdos.

Mi objetivo acababa de cambiar radicalmente. Llegar puntual, pasar desapercibido, integrarme, aprender; todo eso quedaba relegado a un meritorio segundo plano. Las veinticuatro horas del día en mi nueva vida, encontraban su sentido en tanto en cuanto contasen con la aportación de mi nueva musa. Cada movimiento parecía conducirme directamente hacia ella, del mismo modo en que los imanes se adhieren a la puerta de la nevera. Un fenómeno conocido pero inexplicable, asumido pero opaco.

Podría recrearme en todo ese rollo de las mariposas, las hormiguitas y demás cursiladas, pero mi pragmatismo me lleva a mostrar una realidad mucho más racional, más fría. Prefiero contar mi versión de lo que muchos denominan amor a primera vista. En mi opinión, es bastante más cercano a una tremenda obsesión, sólo que afortunadamente, desprendida de toda esa negatividad peyorativa. Una cariñosa obsesión por conocer cada íntimo detalle que configura su interesantísima existencia. Un deseo pasional por entregarle toda esa ternura y bondad contenidas bajo el telón de mi teatral impostura. Un sentimiento tan profundo como transparente, donde su felicidad ocupa el lugar más alto, en un inestable equilibrio entre alegría y tristeza, entre amor y odio.

Sé que no puedo contarle todo esto a mis amigos, si no, probablemente, empezarían por dudar de mi masculinidad y posteriormente, usarme para amenizar sus ratos de aburrimiento. Pero, por primera vez en mucho tiempo, me gustaría permitirme el lujo de desencadenar mis emociones, derrumbar el interminable dique con que sellé hace años todo un mar de pensamientos. Es el momento de liberarme, dejar fluir mis ideas, como si nadie las pudiera ver, sólo ella, sólo yo. Un rincón de total sinceridad en el cual depositar cada gramo de humanidad que aún respiro.

Soy consciente de que si ella pudiera leer mi mente, huiría despavorida ante tanta ilusión desproporcionada. Soy aún más consciente de que las probabilidades de que una chica como ella se fije siquiera en mí, son prácticamente nulas. Soy, a ratos, vagamente consciente de que, incluso, cabe la posibilidad de que me acerque a ella y sea yo quien decida alejarme poco a poco. No olvido mi inseparable don para alejarme de toda aquella persona que parece sentir por mí algo parecido a lo que acabo de expresar. Pero bueno, no hace falta ir tan deprisa. Como buen romántico utópico, lo único que me importa ahora mismo, es disfrutar de este peculiar cortejo. Este acercamiento tan sutil como intenso. Es como si me hubiesen devuelto a esos fatídicos quince años, cuando mi querida Sandra protagonizaba con tanto estilo cada episodio de mi recién descubierta adolescencia

Sólo puedo dar las gracias por todo esto. Por recuperar algo que pensaba perdido.

Pues sí, han pasado sólo diez años, ya han transcurrido más de tres mil quinientos días desde aquel. Pero, sin saber muy bien por qué, mi cuerpo salda conmigo una deuda generada tanto tiempo atrás. Por fin, puedo gritar en silencio que vuelvo a ser yo. ¡Sí! Estoy de nuevo aquí, y esta vez, vengo para quedarme, así que mejor que se preparen. No más psicólogos, no más complejos, no más excesos ni ausencias. Simplemente yo, en busca de un nuevo nosotros que me permita entenderlos mejor a ellos.

martes, 2 de abril de 2013

Mi alter ego en twitter


Probablemente muchos de vosotros hayáis llegado a este peculiar artículo a través de un tweet, o como poco, estéis familiarizados con términos como retweet, timeline, hashtag... Sea como fuere, me considero uno de los muchos millones de personas que dedican parte de su tiempo a deambular por ese extraño mundo virtual que alguien decidió inventar para nosotros. Sin embargo, no ha sido hasta ahora, tras muchos meses de experimentación y análisis empírico que me veo capacitado para descifrar el complejo código escondido tras esos escasos ciento cuarenta caracteres.

A lo largo de este post, intentaré plasmar el resultado de dicha investigación científico-social, un recorrido por los diferentes perfiles detectados en esta red, donde agrupar a los usuarios en función de sus comportamientos y actitudes. He aquí las diversas especies que pueblan nuestro nuevo mundo:

- El búho: todo usuario principiante decide adentrarse temeroso en este extraño pero interesante escenario, sólo por probar, guiado por la creciente curiosidad generada por su entorno más inmediato y potenciado por los medios de comunicación. Como no podía ser de otro modo, esta fase de adaptación y aprendizaje da lugar al tipo de usuario uno, el búho. Ese personaje dubitativo y algo tímido que comienza a seguir a aquellos famosos y usuarios más seguidos, con idea de entretener sus horas más aburridas del día, sin escribir nada por vergüenza y limitándose a observar desde la distancia en lo que parece la preparación infinita de su descomunal ataque, su primer tweet.

- El funcionario: la fase búho puede durar días o incluso meses, según el tiempo libre del individuo, su afición a la informática, si dispone de smartphone o no, etc. Pese a ello, llega el anunciado día en que rompe una de sus barreras mentales para adentrarse en ese mundo tan llamativo como absurdo, tomando parte en el infantil juego de los “mensajitos”. Desde ese mismo instante, se inicia la segunda fase del proceso, la fase funcionario. Sí. Ese periodo en el cual, nos vamos incorporando a la dinámica poco a poco. De cada tres días que vamos, trabajamos uno. El resto nos dedicamos a observar y justificar nuestra visita con un retweet esporádico, dicho de otro modo, aprovechar el trabajo de otros para aparentar que estamos ahí, “al pie del cañón”.

- La madre coraje: esta nueva fase surge tras un largo periodo de “funcionariado” en el cual encontramos el verdadero sentido de ese tipo de vida, cansarse. Efectivamente, todo cansa, y llega un momento en el que el usuario acaba detestando esa apatía para aventurarse a una etapa más activa y participativa. Es entonces cuando surge la madre coraje que todos llevamos dentro. Un ser defensor por naturaleza, convencido de que cada tweet es una muestra inequívoca de excelencia, un candidato indiscutible a trending topic por el cual merece la pena luchar “a capa y espada”.

La siguiente etapa comienza con un cruce de caminos. Nos encontramos ante un verdadero punto de inflexión en todo este proceso social. Los resultados obtenidos durante el periodo de madre coraje condicionarán nuestro futuro más inmediato. Podemos rendirnos ante la fatalidad en forma de ausencia de seguidores y volver a la fase búho, o incluso optar por acabar con nuestro perfil. O por el contrario derivar en una de las diferentes variantes de lo que denomino la cuarta fase, según sea el grado de “cansino” alcanzado:

- El locutor de radio: es aquel individuo empeñado en describir a sus fieles seguidores cada instante señalado en su vida, un espejo gigante diseñado para reflejar cada aspecto considerado interesante de su alrededor. Ciertos tweets resultan interesantes aunque pocas son las vidas lo suficientemente excitantes como para no resultar algo cansinas.

- El “monologuista”: todos reconocemos el típico perfil del humor, tweets infinitos repletos de frases graciosas y chistes malos, siempre dispuestos a alegrarnos el día y arrancarnos una sonrisa. Sin embargo, de vez en cuando cansa tanta comedia y falta de seriedad en lo relativo a determinados temas de actualidad.

- La Bridget Jones: probablemente una de las más cansinas de este entorno virtual. La protagonista de este estereotipo responde a una necesidad compulsiva por transcribir cada segundo de su vida como si de un diario se tratase. Frases como, en el coche al trabajo, saliendo de la ducha, o de vuelta a casa; son sólo algunos ejemplos de lo que su falta de discreción es capaz de ofrecernos como deleite cotilla.

- El científico: personaje aplicado y concienzudo que, lamentablemente, acaba por creerse su valía hasta el punto de pretender inventar la pólvora una y otra vez con cada uno de sus tweets. En su esfuerzo por destacar e impresionar a sus seguidores suelen aportar información sorprendente y actual muy entretenida. El problema, cuando no encuentran el ansiado trofeo y comienzan a rellenarnos el TL (timeline) con noticias de segundo nivel o demasiado rocambolescas.

- El monotema: generalmente asociados a comerciales y representantes de empresas o productos de una determinada marca, que confunden su interés profesional por vender, con nuestro interés personal por aprender o desconectar. Toda información puede resultar gratificante siempre que no se convierta en una saturación excesiva de noticias similares y con un objetivo tan banal.

- La estrella porno: se caracteriza por creerse actor, sin darse cuenta de que lo único que saber hacer, realmente, es dar por... En fin, cansino por definición, nos “deleita” con una insufrible retahíla de tweets sin sentido y faltos de todo decoro personal.

- El bombero-torero: suele aparecer vinculado a representantes del ámbito político nacional, especialmente entrenados para “marear la perdiz” y demostrar su maestría en el uso del capote. Todo ello aderezado con grandes dosis de “apaga-fuegos” en los cuales mejorar una imagen tan estudiada como frágil, asumiendo el riesgo de salir derrotados ante el desconocimiento de la tecnología y el exceso de intermediarios, con el único objetivo de cosechar alguna victoria parcial en forma de típica foto de éxito y cercanía.

En definitiva, simples estadios intermedios hacia lo que se denomina un buen “tuitero”, un referente de buen comportamiento que deriva en un gran número de seguidores convencidos y desinteresados, atraídos exclusivamente por la valía y calidad de la información facilitada. Dicho de otro modo, deambulamos entre los diferentes tipos de “tuitero” existentes, en nuestro afán por emplear esta oportunidad virtual para lograr convertirnos en las estrellas que no hemos podido ser en la realidad. Todo ello por olvidarnos de que en el fondo, no dejamos de ser personas jugando a ser otras personas, cuando lo único que realmente funciona es ser uno mismo y comportarse con la naturalidad con que lo haríamos en la calle. No necesitamos mayor oportunidad que la que nos brinda el día a día, si lográsemos desprendernos del orgullo, los prejuicios y los tabúes, como parece prometernos el teclado y sus escasos ciento cuarenta caracteres.

Con la sincera intención de que nadie se sienta ofendido por este ingenuo artículo de opinión y entretenimiento, me gustaría trasladarles ahora la patata caliente. Pasaros el turno y daros la oportunidad de mostrar vuestro desacuerdo.

¿En cual de estas fases os encontráis? #mialterego

jueves, 14 de marzo de 2013

En un abrir y cerrar de ojos


Así es como se encuentra a una persona importante. De la misma manera en que podemos llegar a perderla. Todo ello sin tener la más mínima capacidad de reacción, tan sólo un instante alegre, feliz, relajado, sincero.

Siempre he defendido que no hay mejor manera de conocer a alguien, que a través de un abrazo. Ese momento de sinceridad total por el cual dos personas se entregan en cuerpo y alma, sin otra intención que la simple transmisión de sentimientos. Un espacio de tiempo mínimo, donde cada uno se muestra tal y como es, más allá de fachadas e imposturas.

Las palabras dicen que se las lleva el viento, por más que nos molestemos en plasmarlas en papel. Los detalles y regalos, son simples muestras banales de aparente complicidad. Sin embargo, cualquiera de estas dos vías, no hace sino prepararnos de cara a ese gran momento, en el cual las miradas se conectan, las sonrisas brillan con luz propia y los cuerpos se entrelazan hasta confundirse en uno mismo. Una reacción química inexplicable que evidencia la más mínima errata en el discurso que nos empeñamos en redactar.

En mi opinión, no es hasta ese momento que sabemos si realmente estamos ante alguien valioso o no. Escasos instantes capaces de mostrarnos al principiante temeroso, o al experto manipulador. Un detalle repleto de conjuntos. Un gesto físico evocador de los más intangibles sentimientos.

Jamás olvidaré esos pocos abrazos que me mostraron la belleza que encierra la vida en el interior de cada ser humano, la grandeza escondida tras innumerables capas de luchas sociales, derrotas, desconfianzas, miedos y errores. Instantes que difícilmente nos atrevemos a reconocer. Nos basta con disfrutar en silencio de esa inyección indescriptible de felicidad. No importa si estamos ante uno de los mayores inconvenientes de nuestra existencia, o si por el contrario, acabamos de experimentar la mejor de las alegrías. Esta felicidad es especial. Es simplemente eso, pura satisfacción espiritual.

En esta línea, me gustaría intentar describir y compartir con todos vosotros uno de mis ejemplos más apreciados. Me encontraba en mi casa, aún absorto en mis pensamientos, intentando asimilar lo que considero una de esas noticias que nuestro cerebro repele hasta la saciedad, una tragedia personal de las que marcan tu vida, un punto de inflexión que nos revela el verdadero valor de las cosas. En plena consecución de los hechos, la tristeza bloqueaba todo intento por existir, por tomar las riendas de la situación, imponer mi deber familiar ante mi desesperado vacío personal. Momento en el cual, el destino decidió enfrentar mi lamentable deambular con el no menos lamentable discurrir de un familiar, o más bien, la demacrada carcasa exterior de lo que en otro momento solía ser. El silencio reinante en la minúscula habitación, retumbaba entre los más de diez espectros presentes.

El resultado de dicho encuentro fortuito, acabó con una explosión desorbitada de cariño y ternura, tan inesperada como agradecida. Condescendencia a raudales. Cuatro brazos inanimados a punto de recibir una carga inmensa de energía, un instante eterno en el cual pude sentir toda una vida adulta entregada a mis temblorosos brazos. Una conexión tan profunda que nunca me he atrevido a expresar ni compartir, pese a la indiscutible certeza que me asegura confiada una evidente reciprocidad, de esas que no necesitan confirmación. Con la misma naturalidad con que se presentó ante mí, desapareció. No hubo palabras, ni gestos, sólo lágrimas y dolor.

Nunca sabré con seguridad si la otra persona pudo sentir lo que aún estremece cada músculo de mi cuerpo. Nunca sabré siquiera, si le gustó. Si fue consciente. Pero, en el fondo, sé de la magia contenida entre ambos. Sé que siempre podré estarle agradecida por enseñarme lo que el verdadero amor es capaz de generar.

Múltiples son los abrazos memorables que decoran mis recuerdos, aunque ninguno tan intenso y relevante como este. Por ellos, y por los que confío estén aún por llegar, es que me libero hoy aquí.

Cada uno que elija su propia definición de abrazo. Mientras tanto, intentaré seguir haciendo de la mía, la única posible.


miércoles, 6 de marzo de 2013

El libro_p03


Capítulo 3

Al fin sólo. Me encantan estos ratos de risas con el sinvergüenza de mi hermano, pero después de un día tan largo, necesito enormemente este momento de tranquila soledad. Lo que son las cosas, quién me iba a decir a mí hace unos años que me alegraría este silencio. Con la de noches que pasé desesperado, sin nada que hacer. Noches repletas de pensamientos vacíos. Tan sólo mi pequeña linterna, la luz parpadeante de mi despertador digital y los coches noctámbulos bajo mi ventana. No sabría decir el número exacto de estas noches de insomnio, pero desde luego fueron muchas más de las que me hubiese gustado contar.

Horas y más horas de angustia contenida, lágrimas encerradas tras el dique de mi orgullo. Demasiadas emociones para un “niñato” de mi edad. Ahora recuerdo la pseudo madurez con que pretendía afrontar tantas noticias y sesiones. Resulta incluso irrisorio lo convencido que estaba de mi entereza, de mi avanzada edad. No podía estar más equivocado. Sólo era un chaval obligado a renunciar a mis pensamientos y decisiones de un niño de quince años, preocupado por el fallo en el último partido de fútbol, el dificilísimo examen de mates o el mensaje ambiguo e irritante de mi supuesta mejor amiga. En fin, lo típico a esa edad. En vez de eso, me tenía que sentar incómodo en el diván de mi psicólogo particular, para contarle cada ínfimo detalle de mis últimas cuarenta y ocho horas, o más bien fingir mi ansiada normalidad a través de los detalles observados en mis compañeros. Cuando lo que realmente me apetecía decirle, era que no podía pensar en nada más que sus estúpidas sesiones, sus jodidas terapias y sus insoportables ejercicios. Odiaba cada segundo que pasaba allí, cada rutinaria pregunta, cada uno se sus inútiles esfuerzos por convencerme del sencillo origen de mi desgracia y mis preocupaciones.

¡No! Soñar contigo no era sinónimo de apertura. No. Sufrir ataques de ansiedad en mitad de una clase no era ninguna muestra de avance. No. Verme cada vez más aislado, más alejado de mis amigos, no podía ser el resultado de mi inevitable salto de madurez. No.

La única razón de mis interminables minutos frente a la fría ventana de mi dormitorio, mis innumerables juegos imaginarios para distraer mi caótico cerebro, mis cambios desorbitados de ánimo y mi incipiente estrés infantil, no eran más que el resultado de aquel perverso descubrimiento. Un anuncio directo y conciso. Sencillo en su forma, pero increíblemente complejo en su fondo.
Siempre se habla de traumas como aquellos recuerdos que se anclan firmemente en nuestro cerebro, invadiendo cada milímetro de nuestro ser. Una imagen que representa miles, millones de sensaciones incontrolables, dispuestas a distorsionar nuestra realidad cada vez que le place. Un momento, una vida.

Mi caso resultó ser algo diferente, no surgió como un hecho puntual destinado a contagiar el resto de mi existencia, sino que el hecho en sí no significaba sino el anuncio de lo que estaba por llegar, un sórdido anticipo de un desastre mucho mayor. Las lapidarias palabras que sentencian toda una historia, la mía. Quince años son pocos, sí, pero los considero despreciables frente a una noticia de tal magnitud. No deseo a nadie que tenga que pasar por esto, y mucho menos a tan temprana edad. Evidentemente, sólo el tiempo te enseña a valorar que los hay que ni siquiera llegan a poder asimilarlo, a entender la otra cara de la moneda, a apreciar lo afortunado de su descubrimiento, a disfrutar de lo vivido de cara a lo que queda por vivir. Suena obvio, pero no es hasta que se experimenta algo así, que no aprendemos a dar gracias. Gracias por estar aquí. Gracias por tener a esos pesados chiquillos en los que se convirtieron tus amigos, gracias por poder aborrecer cada instante en familia, gracias por esas noches de tremenda soledad, en las cuales gozar de la mejor de las compañías posibles, la tuya. No sólo es momento de valorar lo realmente importante frente a las banalidades que nos rodean día a día. Esos sinsentidos que se empeñan en copar cada neurona de nuestra alocada cabecita. No. Se trata de mirar al futuro con la frente bien alta, con la humildad de quien reconoce sus errores pasados y el orgullo de quien se esfuerza por exprimir cada resquicio de presente.

No es que ahora me equivoque menos, no es que ahora haya encontrado por fin la felicidad absoluta, es simplemente que he aprendido a buscarla, incluso en los errores.

No calificaría de error precisamente aquella fiebre alta que me llevó directamente a la cama en aquella mañana de lunes. Es de esos momentos que parece que pudieras vivir infinitas veces, con todo lujo de detalles, como si nunca fuese tan real como la siguiente.

Estaba en clase de educación física, cuando Sandra se acercó preocupada a mí. Sus delicados ojos verdes se postraban ante mí con un ligero velo de lágrimas que convertía su belleza en un fulgor resplandeciente de ilusión. Su cariacontecida expresión me impactó más que el hecho de verme allí sobre el patio de mi colegio, sin fuerzas, derrotado, carente de toda intención por continuar el presente partido de fútbol en que resultaba hasta el momento perdedor. Hubiese rezado durante días por poder captar la atención de Sandra como lo hice. Sin embargo, ni su perfecta sonrisa ni sus divertidos rizos al viento, parecían retirarme del abismo en el que mi mañana parecía sumirse. Todo a mi alrededor se tornaba en desagradables muestras de un penoso día. El banco que tanto ansiaba parecía alejarse con paso firme y decidido, el calor sofocante que evidenciaba mi sudada camiseta se tornaba en un profundo frío que recorría irreverente los rincones más recónditos de mi adolescente cuerpo, incluso las sonrosadas mejillas de mi amada Sandra se iban desprendiendo de su inexplicable encanto. Pocos segundos después, la realidad que hasta ahora había considerado como única y coherente, parecía desvanecerse ante los retales histriónicos de una odisea mental que no lograda analizar. Los colores se entremezclaban con sueños extraños y espeluznantes, protagonistas de un entorno tan inestable como dinámico. Lo siguiente que recuerdo es un mareo como nunca había tenido y lo que, según me contaron, dio lugar a mi primer gran desmayo.

Cuando abrí los ojos, mi vida había cambiado por completo. No sabía dónde estaba, cómo había llegado hasta allí, ni por qué todos vestían esas inmaculadas batas de hospital, pero de lo que estaba completamente seguro es de que estaba ante un verdadero punto de inflexión en mi vida. No podría explicarlo, sólo es algo que sientes. No importa la pseudo-normalidad que todos se empeñan en transmitirte, las sonrisas forzadas que invaden tu habitación, las múltiples e hipócritas visitas repletas de pena y simpatía a partes iguales. Las caras eran las mismas de siempre, pero cubiertas por una nueva y desconocida fachada. En el fondo, todo me recordaba peligrosamente a aquellos momentos de distorsión y caos que precedieron a mi desvanecimiento repentino. Una realidad diferente, rara, convulsa, pero tremendamente familiar.

Tras varias semanas hospitalizado, convertido en un simple ratoncillo de laboratorio ante el desconcierto de mis médicos, las exigencias económicas del centro y la creciente demanda de espacio, acabaron conmigo en lo que en otros tiempos consideraba mi hogar. Las mismas sábanas, los mismos juguetes, cada muesca en el marco de mi puerta, los mismos muelles rotos, ese olor tan peculiar a, simplemente, casa. Un sin fin de recuerdos que sólo hacían acrecentar aún más mi desconexión. Todo me parecía lejano, desprovisto de todo cariño, todo calor. Por el contrario, ese recalcitrante conjunto de imágenes no representaba alegría ni tranquilidad alguna, no había seguridad en ellas. Mi existencia deambulaba entre las repetitivas calles del mayor de los laberintos. Sin rumbo, sin objetivos, sin el menor interés.

Mentiría si dijera que las semanas siguientes fueron asentando toda esta inestabilidad. Ni el tiempo ni los esfuerzos realizados por mi entorno, lograban reordenar las piezas de este desastroso puzzle en que parecía haberse convertido mi cabeza. La tremenda preocupación de mi madre no podía ser disimulada con una simple mueca de su boca, la ausencia de humor en mi padre evidenciaba mucho más que un fingido cansancio repentino y el desconcierto reflejado en los sorprendidos ojos de mi pequeño hermano no pasaban desapercibidos para nadie, y menos para mí. Pero, desgraciadamente, estas preocupantes señales se diluían en mis agotados pensamientos como simples e ínfimas partes de un todo inabarcable, inmenso.

Las semanas se sucedían obedientes e introvertidas, cual temida línea de procesionarias en su decidido camino entre pino y pino. Una serie indeterminada de días, horas, minutos, segundos, meses. En definitiva, muestras de una pesada carga teñida de rutinaria normalidad.

Interminables jornadas caseras, rodeado de una extraña nebulosa a la que todos se referían como mi nueva realidad y que, por el contrario, sólo parecía hacer honor a su nombre en aquellas desagradables visitas al diván. Por su parte, el mundo se mostraba ante mí convencido de que la mejor manera de afrontar este revés era obviarlo, en lo que supongo se derramaba a espuertas la inmensa fe depositada en el profesional habilitado y recomendado para tal fin. Conversaciones donde el sonido no hacía sino luchar por enmascarar las dolorosas palabras que vociferaban sus silencios.

No fue hasta aquel ansiado veinte de abril que la tortilla no completó su lenta y trabajada rotación. Un vuelco radical en lo que peligrosamente comenzaba a considerar mi vida. Un nuevo punto de inflexión, un nuevo fin en mi vida capaz de generar mi verdadero principio. Otra de esas experiencias inolvidables que, sin duda, decorarían divertidas el mural de fotos de mi existencia.