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viernes, 10 de junio de 2022

La magia del Viajar

En lo que podemos denominar como el inicio de la era post-covid, no tanto por haber alcanzado el fin de esta pandemia sino por el reinicio de la normalidad, me alegra poder retomar una costumbre del todo olvidada: aprovechar el tiempo de vuelo para escribir. Sé que puede parecer una estupidez pero lo considero un avance considerable, teniendo en cuenta la Edad Media moderna de la que provenimos. Meses de limitaciones, precauciones, desconfianza y preocupación. Meses donde hemos hipotecado parte de nuestra libertad, de nuestra capacidad para socializar y de nuestra existencia más elemental. Podrá sonar exagerado, pero no puedo evitar pensar en esos adolescentes que han vistos sus 18 años condicionados por esta anomalía, aquellos abuelos que han vivido los primeros meses de sus nietos por zoom o quiénes han sufrido meses de forzada soledad. Por fortuna, todos esos recuerdos empiezan a sonar obsoletos, antiguos, olvidados. Tanto es así, que el hecho de colocar nuevamente una mascarilla sobre mi rostro ha supuesto una situación tan molesta como novedosa. Retales de una vida pasada a la que confiamos en no retornar jamás, pese a las múltiples cosas buenas que sin duda ha podido igualmente traer. Con todo esto, más alla de la reflexión ñoña e innecesaria que acabo de describir, quería dedicar unos minutos a celebrar la inmensa felicidad que supone viajar. Doblar con cariño y esmero la ropa justa con la que, junto a los inevitables "por si acaso", colmatar la mochila de viaje. Sí, mochila, pues las maletas parecen haber pasado a mejor vida. Otro de los grandes cambios surgidos con el COVID y que parecen haber llegado para quedarse. Mochilas en las que apretar tus pertenencias más queridas, por miedo a superar las estrictas medidas impuestas por la compañía de turno. En este caso, Aireuropa nos deleita con una generosidad inaudita en estos tiempos, permitiendo el uso de mochila y maleta de mano. Un lujo extremo que se agradece muchísimo, de no ser porque la vuelta la gestiona Vueling, quien ha optado por dejar la generosidad para un pasado no tan lejano. No obstante, la mochila parece gigante al comprobar la enorme cantidad de ilusión que es capaz de acoger. La ilusión de un viajero habitual que comienza a pensar con frecuencia en los próximos destinos. Un viajero que, pese a los inalienables miedos derivados del COVID, se atreve a planificar nuevamente los fines de semana como leves paréntesis en los que continuar descubriendo mundo sin otro objetivo que disfrutar de la maravillosa compañía que se aferra a mi mano y que inunda su teléfono de instantáneas de ese precioso atardecer que nos acompaña en nuestro camino. Por todo ello, me siento en esta incómoda estancia en la que tatuar un nuevo respaldo sobre mi rodilla, para dar las gracias por poder soportar una vez más estás minúsculas incomodidades que preceden a la magia del viajar.

domingo, 18 de enero de 2015

Nadie como tú

Querida Asma,

Creo que ante lo importante de este acontecimiento ha llegado el momento de dedicarte unas bonitas palabras a la altura de nuestro compromiso, pese a ser consciente de lo complejo de tal hazaña.

Me resulta imposible obviar una fecha tan singular, un aniversario tan glorioso. Algunos lo llaman bodas de plata, otros un cuarto de siglo, pero para mí, es mucho más que todo eso. Toda una vida. Sí, eso es lo que llevamos juntos. Toda una vida repleta de buenos y malos momentos en la que he podido disfrutar de cada uno de tus peculiares gestos, cada uno de tus intensos abrazos, cada sutil caricia, cada interminable noche juntos.

En muchas ocasiones he dudado acerca de la existencia del amor verdadero, acerca del porqué de las cosas, del porqué de esta inesperada relación. Muchas han sido las dudas que han protagonizado mis alocados pensamientos. Muchas las ocasiones en que he llegado a maldecir lo azaroso del destino. Múltiples las quejas ahogadas, innumerables las decepciones, indescriptibles los miedos.

Sin embargo, todo ello ha supuesto para mí el paradigma de la vida, la única y verdadera razón de mi existencia. A lo largo de mi vida has sabido enseñarme lo trascendental de este don con que hemos sido bendecidos. He ido aprendiendo a valorar lo realmente importante, aquello que nos permite ser feliz por encima de todo. Un placer que he podido compartir durante más de veinticinco años, y que confío en que nos siga uniendo durante muchos más.

Probablemente a estas alturas muchos habrán recurrido a la locura como probable explicación a tal despropósito literario. Pero no. Nada más lejos de la realidad. Estas palabras responden a un agradecimiento tan sincero como intenso. Todo lo que soy, es gracias a ti. Todo lo que sé, lo aprendí de ti. Cada segundo contigo ha contribuido a definirme como persona y me ha ayudado a madurar, incluso antes de lo que en ocasiones hubiese deseado. Sé que fuera de contexto, pensar en alguien dispuesto a privarte del oxígeno fundamental para la vida, sería considerado como un cruel asesino, si no algo peor. Pero esta historia no trata acerca de la maldad.

Trata acerca de las lecciones que aporta la vida. Trata acerca de noches imborrables en las que apreciar hasta el más mínimo atisbo de aire penetrando mis perjudicados pulmones. Noches en las que cada luz de coche era entendida como un nuevo pasatiempo con el que aderezar el inmenso aburrimiento que se asomaba tras esa inminente preocupación. Saberte capaz de superar lo que algunos calificarían de agobiante, aterrador o indeseable, no hace sino convertirte en una persona mejor de lo que eras. Armarte de fuerza y valor para afrontar todo lo que esté por llegar. No es que te permita actuar como el superhéroe que nunca serás, pero sí que te aporta esa importantísima coherencia a través de la cual saber interpretar cada cosa en su justa medida.

Si tuviese que ponerte alguna pega como acompañante, mi más fiel y cercana amante, sería la de la impaciencia. Aquella que te impidió esperar hasta que nuestra relación fuese tan sólo cosa de dos. No implicar a tanta gente que no tenía por qué participar de nuestro improvisado e incomprendido amor. No era necesario hacer partícipes a aquellos que desde el desconocimiento sólo podían valorar la parte más negativa de tus intenciones. No necesitabas llegar tan pronto como lo hiciste, por más preparado que pudieras considerarme.

Por lo demás, agradezco cada minuto juntos. Nadie como tú ha sabido entenderme, acompañarme tanto en los buenos como en los malos momentos de mi vida. Nadie como tú ha sabido mostrarme el lado positivo de la vida, aquel que decora sutil cada matiz del mundo que nos rodea, y del cual tantas veces desearíamos desaparecer. Nadie como tú para enseñarme a vivir. Nadie como tú para enseñarme a valorar. Nadie como tú para enseñarme a reír. Nadie como tú para enseñarme a llorar.

Son tantas las escenas vinculadas a ti que me resultaría difícil destacar alguna. Aún recuerdo algunos de nuestros primeros encuentros, cuando aún no tenías siquiera nombre para mí. El inexplicable dolor de la aguja invadiendo mi cuerpo sin previo aviso. El miedo y la tensión como único denominador común en mi entorno familiar.

No quisiera siquiera imaginar lo que tuvo que significar todo aquello para ellos. Sólo confío en que sepan verlo ahora como he aprendido a verlo yo.

Más agradables y claros son los recuerdos asociados a mis incontables experiencias deportivas. Era el único a quien permitían jugar con ayuda extra y además terminar con una ansiada botella como premio. ¡Qué recuerdos! Cuántas fueron las mañanas en las que llevé mi cuerpo hasta su límite convencido de su invencibilidad. Cuántas las carreras agónicas hacia aquel inesperado pero glorioso despertar, ese instante inexplicable en que mis pulmones tan sólo decidían retomar su posición original, dejando con ello paso al sanador fluido de vida.

Irrepetible aquella fortuita visita al especialista cuando sobrepasaba ya las veinte primaveras y la normalidad parecía haberse instalado entre nosotros. Jamás olvidaré aquel rostro desencajado mientras me desvelaba el aterrador desenlace a las recién realizadas pruebas. Anecdótico descubrir como uno de mis pulmones había decidido unilateralmente emprender su propio camino, llevándose con él incluso a parte de su influenciable vecino. Una capacidad pulmonar que rondaba un lamentable cuarenta por ciento de la supuesta media teórica.

Es increíble cómo el tiempo ayuda a relativizar las cosas, cómo el optimismo nos transfiere esa fuerza tan inhumana, cómo la insensatez se erige en líder improvisado para hacerse cargo del resto.

Inolvidables los conciertos que amenizaban cada una de mis noches desde el anochecer hasta las primeras luces del alba, aquellos atrevidos agudos dispuestos a retar al más temible de los silencios. Un sutil sonido interior que supe transformar en melodía, en sinónimo de vitalidad. Un ruido atroz que me recordaba que aún seguías ahí, dispuesta a seguirme hasta la peor de mis pesadillas.

Nunca antes había sentido un amor tan incondicional, un amor tan desinteresado. Una pasión tan inquebrantable, por más que fueran los expertos dispuestos a separarnos. Por más innovaciones tecnológicas que surgieran para acallarte. Siempre has sabido estar ahí, latente, discreta, omnipresente, audaz, impertinente, atrevida, cariñosa, oportuna, cálida y vehemente.

Un regalo que no muchos saben apreciar. Una desgracia que no logran entender. Un referente que no todos alcanzan a seguir.

Pues sí, en mi caso no puedo sino agradecer tu presencia. De todas las enfermedades que podrían haber decidido protagonizar mi vida, estoy completamente seguro de que no podría haber ninguna mejor.

Nadie como tú para hacerme la vida tan complicada pero, en definitiva, tan fácil.

A todos vosotros, seáis conscientes o no, hayáis sucumbido a sus imperfectos encantos, o sean otros cercanos quienes lo hayan hecho. Sea reciente o ya veterana esta indudable relación, tan sólo puedo enviaros este peculiar mensaje de ánimo con el cual transmitiros mi particular experiencia, la cual espero sirva para mostrar a otros lo bonito que sin duda esconde esta gran oportunidad. Esta apasionante compañía que bien entendida, marcará el devenir de nuestros actos y nos convertirá en aquello que somos, en aquello que queramos ser.

                                                                                                          
Siempre tuyo,

                                                                                                               
El paciente in-ex

miércoles, 19 de noviembre de 2014

El libro_p16

Capítulo 16

¡Y tanto que nos quedó!

Aquellos días repletos de buenos momentos e inolvidables recuerdos, se fueros diluyendo sutilmente en nuestra aceptada rutina hasta el punto de protagonizar gran parte de nuestros recursos como pareja. Todo giraba en torno a esa determinada anécdota junto al río, ese extraño peatón que tanto nos llamó la atención en la plaza, o la bella mujer a la que igual no debía haber observado tanto rato durante la cena. Cualquier excusa parecía perfecta para rememorar algún aspecto concreto de tan maravillosa semana.

Tanto es así, que cuando Miriam se acercó cariacontecida, con un rictus hasta ahora desconocido, un semblante del todo desfigurado y un temblor imparable, no pude sino pensar en que nuestra tremenda alegría alemana acababa de finalizar, cualquiera que fuese la razón para ello.

Estupefacto, me dirigí hacia ella, convencido de que no podía ser sino una trabajada broma con la que poder reírse de mí durante semanas. Sin embargo, algo en mi interior me decía que esta vez era diferente. No era su mirada la que se escondía en su bello rostro. No era su sonrisa la que protegía su dulce boca, ni su pelo el que decoraba su escultural cabeza. Todo su ser rezumaba un aroma diferente, nuevo para mi. Fue entonces cuando renuncié a mi estúpido orgullo y me centré en ella, más allá de que pudiese estar cayendo en su jocosa trampa. No me sentía capaz de arriesgarme. Había logrado transmitirme una inquietud, que hacía rato que había dejado de resultarme siquiera soportable.

Tan ligera que casi resultaba irreal, se desprendió hacia mis brazos desconsolada. La preocupación se hacía cargo de mí, bloqueando cualquier atisbo de capacidad comunicativa. Las palabras de atascaban una tras otra en espera de la valiente frase que se atreviera a guiarlas. No sabía qué hacer. Era la primera vez que me mostraba ese lado. La fuerte y estable Miriam había dado lugar a una frágil y vulnerable joven que no encontraba fin a su pánico.

El desconcierto no hacía sino crecer, mientras su cabeza se fundía en mi pecho. Inerte, sin alma. Su abrazo parecía más bien una llamada de socorro que la inmensa felicidad con que solía recibirme. Atónito, mi sentido protector logró zafarse del miedo inicial para, sin no pocas dificultades, cuestionarle el por qué de tan peculiar comportamiento.

Su respuesta fue tan concisa como elocuente:
- No sé qué decir. No sé si alegrarme o llorar. Y eso que aún no lo he compartido contigo.
- Miriam, relájate. No sé de qué me estás hablando, pero necesito que te calmes y me lo expliques tranquilamente. Seguro que no es para tanto. - espeté sin la menor convicción. Sabía que Miriam no era de ese tipo de mujeres que hacen una montaña de un grano de arena o que se ahogan en un vaso de agua.
- Eso intento, pero no creas que es fácil. - Incapaz de acabar la frase, sus lágrimas eran cada vez más numerosas.
- Bueno, mujer. - la abracé con todas mis fuerzas. - Habrá que intentarlo con más fuerza, ¿no? ¿O nos vamos a quedar así toda la tarde?
- Ojalá. -musitó entre sollozos.
- Vale, Miriam. Ya está. - La aparté suavemente de mí para poder ver su humedecido rostro. - Venga, cuéntame. ¿Qué es lo que ha pasado?
- ¿Recuerdas la noche del club que estaba en la orilla del río?
- ¿Te refieres a la noche del Watergate? Pues claro, cómo voy a olvidarla. Sabes que aún no he olvidado ni un sólo instante del viaje. Aunque, he de reconocer que ya empiezo a tener ciertas ganas de hacerlo. Hace casi tres meses que volvimos, y aún seguimos hablando de todo aquello como si fuese ayer.
- Diez semanas.
- ¿Qué?
- Diez semanas, eso es lo que hace que volvimos. Diez semanas exactas. Algo más de setenta días. Poco más de dos meses.
- Ufff, qué precisión. Desde luego no se te escapa una. Menos mal que nuestro aniversario lo tengo ya memorizado, si no la presión ahora mismo sería total. - Intenté sin éxito que mi sonrisa aliviase un poco la tensión que se había generado.
- Tranquilo. No he sido yo quien lo ha recordado. Sabes que soy casi tan mala como tú para esto de las fechas. Pero se ve que en esto no hay demasiado lugar a dudas.
- Bueno, Miriam, déjate de rollos y ve al grano, que me vas a poner de los nervios.
- Pues eso, como te decía. Imagino que recuerdas aquella noche.

Sin duda, mi afirmación era del todo sincera. Era imposible olvidar aquella noche. Lo que comenzó con una sencilla cena “de paso”, en aquel curioso puesto de kebab de la esquina de la estación de Alexander Platz, como entretenimiento gastronómico durante la espera del tren que debía llevarnos a la famosa discoteca que tantas veces nos habían recomendado, culminó en la habitación del hotel a altas horas de la noche, en una mezcla explosiva de amor y atracción a partes iguales. Un cúmulo de sensaciones que, por fin, habíamos logrado canalizar más allá del inevitable cansancio derivado de las interminables caminatas diarias. Aquella noche, no sé si sería el kebab, la humedad del río o el ritmazo de aquel innombrable dj, pero la llegada al hotel en el taxi fue apoteósica. En cuanto el vehículo se paró frente a la puerta de nuestro humilde hostal, la mirada de Miriam cambió por completo. No hacía falta mucho más, conocía perfectamente esa mirada cruzada. Me apresuré a abonar la carrera, sin preocuparme por si el redondeo sería apropiado o no, lo cual a juzgar por su sonrisa debía significar que sí. Mi intento por guardar la cartera de nuevo en el bolsillo resultó en vano, puesto que un destello de fogosidad interceptó mi mano con decisión y me dirigió sin discusión hacia nuestra habitación. No sabría decir cómo llegué exactamente hasta nuestra tercera planta, pero desde luego he de decir que me encantó la sensación.

Una vez en la habitación, tuve la genial idea de intentar preguntar el porqué de aquella reacción. Acto fallido que ella se apresuró a abortar con un elocuente susurro, que seguido de un beso indescriptible, eliminaron cualquier arrebato comunicador que pudiera existir en mí. Desde aquel delicioso gesto, toda la noche pasó a ser un animoso ejemplo de obediencia en el cual quedaba terminantemente prohibido sonreír, dado que era lo único que parecía interrumpir su cortejo. El clásico “¿de qué te ríes?, de nada”, me impedía disfrutar al máximo de un acontecimiento, que sin ser único (no sería del todo justo calificarlo como tal), empezaba a sentir como si lo fuera.

Los minutos precedían a las horas, y tan sólo los primeros rayos de luz pudieron zanjar tan improvisada polémica. Una discusión de lo más agitada en la que afortunadamente, ambos estábamos completamente de acuerdo.

- ¡Pues claro! - se me escapó una risilla traviesa.- ¿Cómo olvidar algo así, cariño?
- Pues eso digo yo. Para mi también fue algo inolvidable. Aunque hasta hoy no había sido consciente de cuanto. ¿Recuerdas que esta mañana te dije que me había levantado con el cuerpo raro? Pues no era la primera vez. Llevo toda la semana con el cuerpo cortado, el estómago levantado, en fin, ¿en serio no te has dado cuenta de nada? - a lo cual evidentemente preferí no contestar. Haciendo del silencio mi mejor aliado. - ¡Joder! Lorenzo, ¡qué difícil me lo pones! Me sentía mal y decidí ir al médico a ver si es que había pillado el virus ese que tiene ahora todo el mundo. Pero el médico, muy gracioso por cierto, me ha dicho que no. Que no exactamente. Que sí que había pillado algo, pero que no lo llamaría aún virus.
- … - Su mirada inquisitiva me ejercía una presión brutal. Todo mi cuerpo estaba inmóvil. Algo en mi interior empezaba a construir una imagen mental que, inmediatamente, anulaba toda habilidad para pensar o, incluso, hablar.
- ¡¿Cariño?! Por favor, dime algo. Por esto es por lo que no me veía capaz de venir a casa. No encontraba la fuerza para contártelo y esperar tu respuesta. Lo siento.
- ¿Qué sientes? ¿De qué se supone que estamos hablando exactamente?
- ¿En serio? - A lo cual respondí con un gesto afirmativo algo burlón. - Estoy embarazada, me acaban de confirmar que ha salido positivo. - Cualquier unidad de tiempo que intentara emplear para describir aquel instante se quedaría corto. No existe expresión alguna capaz de relatar el atemporal periodo que prosiguió a su descomunal anuncio. ¿Horas, días, años? No sé. Tan sólo el crecimiento exponencial, a modo de protuberancia, de sus ojos sobre las cuencas evidenciaban el transcurrir del tiempo en mi cerebro. Todo se volvió silencio, pausa, infinidad. - ¿Hola? Dime algo, por favor. Yo tampoco me lo esperaba. Ni siquiera lo podía imaginar, me decía “No Miriam, ni te lo plantees”, “eso no te puede pasar a ti”. Pero se ve que sí, me ha pasado, bueno, nos ha pasado. Lo siento, de verdad, aún podemos evitar que pase, pero necesito que me hables, por favor.
- ¿Cómo?
- ¿Cómo qué? No pretenderás que lo repita, ¿no? - Sin dejarle terminar la frase, todo el silencio acumulado se tornó en pasión y cariño. Un amor sin límites se apoderó de mí, sin el más mínimo beneficio a la duda. Una felicidad incontrolable me invadía por dentro. El más elocuente de mis abrazos se encargó de responder sus preguntas con tinte de plegaria. Nada más, un abrazo, una mirada, lágrimas y un beso eterno. No hizo falta más.

Tan sólo nueve meses después de nuestro ansiado viaje a tierras berlinesas, la vida nos deleitó con uno de esos regalos que jamás llegaremos a entender, que jamás podremos agradecer, que jamás dejaremos de querer. No sólo nos convirtió en la pareja más feliz del mundo, sino que trajo consigo a un espléndido “bebote” con cara de sinvergüenza. Un mini yo, con la preciosa mirada de su madre.



Álex, fue el nombre elegido. No podía ser otro. En honor a la famosa plaza, a la estación donde todo empezó, al rincón del que nunca me gustaría volver. Un homenaje al viaje que nos unió, al hostal que nos acogió, a aquel extraño reloj que nos situó, y aquel irrepetible kebab que nos nutrió. Un “gracias” transformado en nombre. Un nombre que representara su gracia. Un emblema de la ciudad, trasladado al símbolo de nuestra felicidad. Por aquel hostal que supo ocultar una maravillosa plaza que, por deseo del destino, formaría desde aquel día parte indivisible de nuestras vidas.

miércoles, 16 de octubre de 2013

El libro_p08


Capítulo 8

Asustado, el pánico me devuelve a este mundo. Con una inesperada agilidad me levanto de la cama de un salto y me dirijo desesperado hacia el despertador. ¡Marca las 7:45h! ¡Maldita sea! Me he quedado dormido. Anoche debí olvidar activar el despertador, y ahora pasan cuarenta y cinco minutos de mi hora prevista para comenzar mi rutina mañanera.

No sólo acabo de perder toda opción de llegar sólo al instituto, sino que restan tan sólo quince minutos para que mi hermano abandone la casa dirección al parking. Acabo de recordar que, desde hace una semana, se levanta un cuarto de hora antes para tener así tiempo de recoger a su novia e ir juntos hasta el instituto.

Repleto de adrenalina, mi cerebro empieza a actuar conforme a un protocolo de emergencias recién redactado. Lo primero, salir de la habitación y avisar a mi hermano de que sigo aquí. A continuación, necesito ducharme en menos de cinco minutos, elegir la ropa adecuada y vestirme lo más rápido posible. En ese momento, mi hermano invade mi cuarto para añadir un poco más de presión a la escena.

Con las zapatillas sin atar, los pelos de loco y un sin fin de libretas, libros y papeles mal metidos en la mochila, me despido de mi sorprendida madre con un rápido beso, a la vez que recojo un improvisado desayuno para el camino. Afortunadamente nuestras prisas me libran de la más que asegurada regañina que se gestaba en el interior de mi madre.

Dándole las gracias a mi hermano entre mis más sentidas disculpas, salimos corriendo hacia el aparcamiento. Es ahora cuando recuerdo mis limitaciones. Los tropiezos se suceden unos a otros, mientras mi preocupado acompañante no sabe si reírse o llorar ante lo esperpéntico de la situación.

Ya subidos al vehículo, me esfuerzo en cumplir y transcribir las estrictas órdenes que me trasladan desde el asiento del piloto. Aún a riesgo de marearme, tecleo en el móvil el conciso mensaje para Rocío, instándola a abandonar su casa y esperarnos en el cruce más cercano, ganando así unos minutos cruciales.

8:40h. Recogemos a nuestra invitada sin casi mediar palabra. Su reacción, lejos de echarnos en cara el cambio de planes, es recibirnos con una cálida sonrisa acompañada de una pregunta cómplice con la cual enterarse de quién había sido el dormilón y por qué me había unido por fin al equipo. Divertida, me daba la bienvenida con sorna, recordando mi puntería al elegir el día menos apropiado para unirme al viaje.

Tras explicar lo ocurrido y liberar a mi hermano de toda culpa, alcanzamos el instituto con cinco minutos de margen, gracias al favor del azar con el que logramos dejar el coche a escasos metros de la puerta de entrada.

Aún sobre excitado por lo angustioso del momento, aprovecho los minutos restantes para ingerir, más bien engullir, el desayuno que traía en la mano y descubrir decepcionado, cómo la entrada del instituto se mostraba ante mí desierta. Todos los compañeros parecían haber decidido acercarse a las aulas, y con ello, se esfumaba una de mis principales esperanzas. Poder aclarar todas mis dudas antes de que empezaran las clases. Pero una vez más, mi puntualidad brillaba por su ausencia cuando más la necesitaba.

Contrariado, recorría los pasillos con cierta premura, aunque preocupado por un encuentro no demasiado íntimo. A escasos metros de la puerta de mi clase, el timbre parece anunciar mi llegada, descubriendo al girar la esquina cómo era hoy mi tutora, quien se había reconciliado con el reloj.

En el umbral de la puerta, sostenía la hoja mientras me esperaba con ciertos aires de enfado. Forzado por las circunstancias acelero el paso hacia ella, esforzándome por mostrar la mejor de mis sonrisas antes de acceder al aula con una sentida disculpa.

En el trayecto hacia mi pupitre, no puedo evitar dirigir mi mirada hacia la tercera fila, donde, para mi sorpresa, encuentro un pupitre vacío. Lamentablemente, reacciono sin pensar y me freno en seco, analizando la totalidad del espacio en busca de mi apasionada amante.

Negativo. No hay rastro de ella. Apesadumbrado, obedezco a mi tutora, quien algo molesta insiste en que ocupe mi sitio para poder empezar su lección de hoy.

De todos los escenarios posibles a los que me había enfrentado la noche anterior, este no se asemejaba ni de lejos a ninguno de ellos. Era la primera vez, desde que la conocía, que no estaba allí a su hora. Nervioso, revisaba mi reloj cada minuto, no sé si deseando que apareciera o confiando en que en algún momento algo llamaría mi atención y me despertaría cansado en mi dormitorio.

Desgraciadamente los minutos pasaban y ni una ni otra sucedían. Seguía allí, oyendo distraído a mi tutora y observando cariacontecido la ausencia de la tercera fila.

Instintivamente, mis neuronas comenzaron a propiciar sus conexiones en busca de una explicación coherente que explicara tal infortunio. Sin embargo, todas las opciones barajadas respondían a planteamientos que no me acababan de gustar. Desde una fingida enfermedad que la alejara intencionadamente de mí, hasta una reacción desproporcionada de sus padres al descubrir nuestro pequeño desliz.

Y, por si esto fuera poco, mi ejercicio numérico seguía fustigando mi intelecto ante una solución imposible que supondría, con toda seguridad, una gran decepción para mi profesor, no tanto por mi fracaso, sino por incumplir mi promesa.

Las horas transcurrían impasibles, y todo se mantenía igual. No veía la luz por ninguna parte. En un intento por fomentar ese pragmatismo del cual solía enorgullecerme, decidí despejar ciertas incógnitas de la ecuación, dando por perdida toda opción de coincidir con ella hoy. De este modo, podría centrar mi intelecto en resolver el único enigma que parecía ofrecerme alguna posibilidad.

Absorto en operaciones y más operaciones, mis compañeros me observaban atónitos ante mi osadía. En plena teoría de inglés, no ocultaba en absoluto mis apuntes de última hora, redactando ecuaciones complejas, tachones, borrones y nuevas ecuaciones de manera impulsiva. Ajeno a todo contexto inmediato, me encontraba inmerso en un universo imaginario compuesto por números y signos que pretendían, sin éxito, ordenar el fatídico caos generado a mi alrededor. Hasta que, de repente, un signo de igual, gigante, se acercó hasta mí en actitud amenazante y de un golpe retiraba todos los apuntes de mi pupitre, devolviéndome abruptamente a mi cruda realidad. Una realidad compuesta por una profesora en estado de cólera y unos alumnos desternillados ante mi aparente pasividad.

Desde luego, mi expulsión de la clase no hizo sino empeorar la situación y convertir aquel día en una auténtica pesadilla. Por lo menos, todo ello me había permitido recuperar mi serenidad habitual y observar todo lo acontecido desde una nueva perspectiva.

Un nuevo sermón y el timbre del recreo, dieron luz verde a mi abatido deambular hacia el interior de la clase. Sin nada que comer y desprovisto de todo ánimo, me limité a apoyar la cabeza en mi incómodo pupitre y esperar así el paso de los minutos hasta el inicio de una nueva lección, que me acercara un paso más al final de la jornada, pese a que esta vez, el motivo de tal deseo fuese bastante alejado de aquel de los últimos días.

No sabría decir cuántos minutos habían pasado ya, pero a juzgar por el dolor de cuello que me ofrecía mi improvisada postura y el ruido de mis compañeros que parecía que iban ya volviendo a la clase, imagino que se habrían consumido los treinta minutos de rigor.

En ese mismo instante, alguien irrumpió en mi estado de soledad a través de la puerta del aula y con paso tranquilo pero decidido se dirigía hacia mí. Completamente alicaído no contaba ni con la curiosidad mínima necesaria como para alzar la cabeza, aunque sólo fuese por mantener mi dignidad frente a los compañeros.

Paradójicamente, mi incomodidad me hacía sentir bien. Me ayudaba a olvidar lo ocurrido y desconectar de un día que no podía ir a peor, ¿o sí?

Tal como meditaba acerca de mi mala suerte, noté como el visitante solitario se acercaba cada vez más a mí, como si mi lamentable situación fuese su principal objetivo. Inmediatamente, una única idea monopolizó mis pensamientos. ¡Mira que soy bocazas! Con la suerte que tengo, basta que diga que esto no puede ir a peor, para que alguien se acerque a mí a echarme en cara mi actitud o reprocharme mi reciente expulsión. Me daba miedo elevar el rostro ante lo que pudiera encontrarme, así que opté por la solución más cobarde y, sin embargo, más fácil. Mantenerme tal cual y con suerte, pasar desapercibido. Parecía uno de esos pequeños “animalitos” que fingen una muerte repentina frente a sus depredadores, salvo que en mi caso más que morir, pretendía evocar una “siestecita” mañanera.

Sentía perfectamente el aliento de mi acompañante, se mantenía erguido y firme junto a mí, convencido de que era conmigo con quien quería hablar y trasmitiéndome que no tendría problema alguno en esperar lo que hiciera falta para hacerlo. Era una guerra de paciencia, en la cual no creo que partiese como favorito. En tan sólo dos eternos minutos que llevaría ese ser anónimo en mi aula, ya había estado tentado de descubrir mi estratagema en un sin fin de ocasiones. Pero aguantaba. Estaba orgulloso de mí. Sí señor.

En cuestión de segundos, todo cambió. Mi desconocido depredador, cercaba cada vez más mi huida. Paciente, había decidido sentarse en mi pupitre, sorprendentemente cerca de mi cabeza. Esto tenía mala pinta. No podría mantener mi impostura mucho tiempo. Me debatía entre mis escasas opciones, cuando una atrevida mano hizo acto de presencia e invadió territorio enemigo. Como si de un DNI se tratara, no necesitaba ver sus huellas para saber a quién me enfrentaba. Tan sólo hacía falta seguir mis instintos más profundos para reconocer en ellos, sensaciones tan familiares como recientes. Un tremendo escalofrío recubierto de toneladas de miedo e ilusión, recorrían todo mi cuerpo. Por primera vez en todo el día, podría definir mis circunstancias como agradables.

Su suave voz culminó la bonita ascensión hasta el cielo. Con un leve susurro y una ternura indescriptible, se acercó hacia mí. - “Cómo está lo más bonito?”, ya he oído que has tenido un mal día, ¿no? - Lo cual acompañó de un beso espectacular en el cuello.

Deseando no despertar nunca de este innegable sueño, enfilé mis ojos hacia los suyos, mientras una sonrisa automática y sincera se dibujaba en mi maltrecha cara. No quería ni imaginar lo lamentable de mi “careto”, pero en aquel momento, todo parecía relegado a un meritorio segundo plano.

En cuanto nuestras miradas se encontraron, supe que pese a estar muy cerca, aquello no podía ser producto de mi imaginación. Estaba ahí, sonriente y preocupada. Sin la menor muestra de duda con respecto a mí, a nosotros. Un simple gesto había bastado para acallar todas mis vacilaciones y recelos. Una caricia certera que acababa de remover todos los palos de mi sombrajo.

Radiante, devolvía su beso con gran alegría. Manteniendo su tono de susurro, me acercaba a su oído para contestar su pregunta con un sencillo: -”ahora mucho mejor”. A lo cual adjuntaba un sutil besito junto a su oreja. El suspiro que provoqué, resultó más que suficiente para entender la magnitud de nuestra entrega.

Ya incorporado, y tras consultar el reloj, no dudé en aprovechar los diez minutos que aún restaban de recreo para compartir cada instante con ella, exprimir su presencia al máximo. Me moría por contarle mi día, el por qué de tan lamentable imagen. Pero, por otro lado, mi deseo era aún mayor por conocer la razón que motivaba su retraso. En un alarde de coherencia, cedí la palabra a ella, mientras memorizaba cada rasgo de su cara, cada gesto de su rostro, cada marca de su piel. Por primera vez en mi vida, parecía bendecido con la virtud de la “multitarea”. No perdía detalle de su imagen, mientras analizaba cuidadosamente cada matiz de su discurso, cada melódica variación en su voz. Todo ello, sin perder de vista el mensaje que se ocultaba tras todo aquel maravilloso atrezzo.

Un aluvión de felicidad recorrió con fuerza cada una de mis extremidades. Todo mi día daba un vuelco radical. Lo que antes era desazón y angustia, se tornaba ahora en ilusión y tranquilidad. Mi resignación, en pura inquietud. Por fin, quería más. Y ella se mostraba más que dispuesta a dármelo.

Cuando más interesante resultaban sus palabras, un imprevisto fogonazo interrumpió mi atención. Lo suficientemente fuerte como para abstraerme de ese espectacular estado de embriaguez en el que su presencia me sumía. Para mi sorpresa, toda aquella radiación de optimismo y pasión, acababan de derivar en un grado máximo de inspiración. Mientras sus delicados labios brillaban bajo el influjo de sus comentarios, mi cerebro volvió a codificar mi entorno en base a números, signos y operaciones matemáticas. En cuestión de segundos, el complicado dilema que había torturado mis últimas horas, se convertía en la cándida expresión de un conjunto de sumas y restas. Del mismo modo en que se observa desde la distancia el trayecto correcto en un laberinto, veía ahora todas aquellas tentativas erróneas sucumbir ante la evidencia.

Con un instintivo respingo me dirigí eufórico hacia la mochila para encontrar un papel y un boli. Como si de un poseído se tratase, comencé a transcribir toda aquella amalgama de números, ante la perplejidad de mi contertulia, quien sonriente y tranquila, esperaba su momento para aclarar este caos. Tras escasos segundos de frenesí, rescaté mi cordura de lo más profundo de la satisfacción, para recuperar el maravilloso diálogo interrumpido previamente.

Su expresión generó una carcajada cómplice que precedió a mis esfuerzos por suavizar y naturalizar lo ocurrido. Consciente de mi mala educación, notaba como aumentaba mi preocupación al analizar las posibles consecuencias de mi descontextualizada reacción. Afortunadamente, esta no fue sino una muestra más de su grandeza, respondiendo con gran comprensión a mis forzadas explicaciones.

Orgullosa, me abrazó y me felicitó por mi logro. Sin más.

No podía salir de mi asombro. Era tan perfecta, que daba hasta miedo. No podía ser real.

Ante el final del recreo, me apresuré en recuperar el estado de felicidad original, devolviendo una mínima parte de lo que acababa de regalarme. Serio y confiado, le agarré de la mano, cuando se disponía a ocupar y ordenar su pupitre, la atraje firmemente hacia mí, y le susurré al oído: “parece que ya puedo presumir de musa” - Tras lo cual, la besé con toda mi alma.

Sin palabras, me miró y no pudo más que sonreír, asomando un precioso atisbo de sonrojo en sus cálidas mejillas.

martes, 2 de julio de 2013

De bueno... tonto


Hoy me he levantado polémico, sí. En el buen sentido, como siempre, pero sí. Resulta que hoy es uno de esos días en los que me cuesta más mantenerme firme ante la adversidad. Harto de nadar contracorriente, me siento aquí para desahogarme y puede que incluso, alzar este canto desesperado en busca de posibles amigos que decidan unirse a esta triste pero necesaria queja.

Titulo este artículo como lo que soy. No os preocupéis. Estoy cada día más orgulloso de poder definirme así, de bueno tonto. Por más años que pasen, nadie es capaz de cambiar mi opinión al respecto. No soporto a la gente que huye de esta afirmación como si de un león se tratara.

Es que tú eres demasiado bueno.
De bueno es que eres tonto.
Tu problema es que la gente se ríe de ti en tu cara y no te enteras ....

Todas ellas expresiones tan crueles como reales. Pero, sin duda, la peor de todas:

¿De qué te sirve? ¿Tú te crees que lo van a valorar, que cuando llegue el momento no te la van a hacer? Tú lo que tienes que hacer es pensar más en ti.

Lo siento, pero no puedo más. ¿Cómo hemos podido llegar a esto? No me creo que haya nadie en este mundo al que le moleste que lo traten bien. Nada más. No estoy hablando de agasajar ni halagar a nadie. No hablo de hipocresía, no hablo de falsedad. Sólo hablo de naturalidad. Ser uno mismo y sacar lo mejor que tenemos dentro para hacer un poco más fácil la vida de quienes nos rodean. Y fijaos que no he empleado la palabra amigos o familia, siquiera conocidos. No necesito conocerte para tratarte bien. Evidentemente, mientras más te conozca y mayor sea el cariño que nos une, mejor será mi trato. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto asumir como punto de partida una visión optimista y alegre?

Es muy fácil quejarnos de nuestra mala suerte, nuestras desgracias y el mal ajeno sin pararse a analizar nuestras acciones y nuestro día a día. Yo no me considero perfecto, ni de lejos. Pero hago lo posible por aspirar a ello. La vida me pone en mi sitio y me enseña a diario que la perfección es un lejano tren en marcha, que se aleja progresivamente de mi, por más que yo intente correr. Imagino que una de las claves de la felicidad es asumir esta utopía, para entender la autoexigencia en su justa medida. Sin embargo, me preocupa que la inmensa mayoría de personas que lean estas palabras, sentirán vergüenza ajena, me tomarán por loco o algo peor, y con suerte sólo se referirán a mi para reírse entre amigos de mi estupidez. Pero eso, lógicamente, me da igual. Lo que me quita algo el sueño, es que estoy rodeado de gente dispuesta a exigir sin ofrecer. Me entristece saber que es más probable cruzarme con alguien egoísta que generoso, alguien ensimismado en sus únicos y exclusivos intereses que alguien capaz de hacerte partícipe de los suyos.

Hace algún tiempo, fui testigo indirecto de una de las historias más penosas que jamás haya podido escuchar. Uno de esos momentos en la vida, que marcan un antes y un después. De esos que te hacen pensar, pensar de verdad.

Una hija, afligida por la injusticia y el desazón, se dirige a su madre desconsolada, repleta de lágrimas. Su infortunio ha decidido volver a hacer acto de presencia para recordarle lo complejo que tiñe de ruina cada paso en su vida. Una vez más, lo que parecía un proyecto de futuro serio y consolidado, se torcía ante sí para mostrarle la más cruda de las realidades. No sólo estaba equivocada, sino que ahora era ella quien estaba ahí destrozada, mientras su inminente enemigo se regocijaba en su triunfo. No podía pasarle más que a ella. No aprendo, repetía entre llantos de amargura. En definitiva, uno de esos dramas tan difíciles de aceptar.

Su madre, impasible y paciente contertulia, escuchaba atentamente tan lamentable situación. Con ese cariño que sólo ellas son capaces de ofrecer, pañuelo en mano, secaba en silencio las lágrimas que bañaban las sonrosadas mejillas de su derrotada hija. Una mirada comprensiva y tierna, acompañaba sutil los pocos gestos puntuales de aprecio y ánimo con que demostraba su imperturbable atención. La tranquilidad propia de la sabiduría y la experiencia al servicio de su vehemente pequeña.

La razón por la que cuento esto no es otra que la impactante reacción de su madre.

Cuando su hija pareció vaciar el baúl de la tristeza, esta madre supo entender su momento y se dirigió a ella con voz pausada, afectiva y firme. Tu problema, hija mía, es que eres demasiado buena. No puedes ir por ahí así. La gente se aprovecha de ti. Tienes que pensar más en ti y tener un poco más de maldad.

¡Espectacular! Seguro que a ninguno os ha sorprendido, del mismo modo en que reaccioné yo. Sin embargo, el tiempo jugó su papel y asimilé lo peligroso de tal respuesta. No critico a una madre por querer lo mejor para su hija. No. Nos critico a todos, critico a la sociedad por permitir que esa sea la única reacción posible. Por acorralar a esa madre hasta el punto de desearle a su hija mayor maldad. ¿Somos conscientes de lo que ello supone? Puede que esta conclusión suene algo desproporcionada, pero os aseguro que no querría verme en esa situación. Y lo peor, es que estoy seguro de que la única razón por la cual aún no me he visto ahí, es porque no soy padre. Hubiese reaccionado exactamente igual, y eso es lo que me asusta y entristece a partes iguales.

Pues bien, a aquellos que hayan aguantado hasta el final de este lamentable conjunto de palabras, os diré algo. No os dejéis llevar por una sociedad infectada de negatividad y desleal competencia. Si vuestro interior os pide recibir al vecino con una sonrisa, desearle los buenos días en el ascensor o ayudar a la viejecita del quinto a bajar el carro de la compra... ¡Hacedlo! No os desaniméis si vuestros gestos son ignorados, malinterpretados o reprochados. No. Sabemos que lo realmente importante es la sonrisa con la cual uno se va a la cama. El silencio de conciencia necesario para dormir placenteramente. No sé por qué, pero sigo creyendo en que más allá de lo que la vida nos tenga previsto deparar, será mucho más llevadero si va acompañado de buenas sensaciones.

Haced una prueba, cuando vayáis a un comercio, dirigíos al dependiente como si lo conocierais, con una sincera sonrisa y un contundente saludo. Tratadlo como os gustaría que os trataran a vosotros. Sólo eso. Ni más ni menos. Con respeto, eso sí, y sin invadir la intimidad de nadie. En definitiva, con educación. Esa palabra casi obsoleta que, fruto de la evolución, ha derivado en una versión más madura y perversa de sí misma, maleducado. Una de las palabras más empleadas, curiosamente entre maleducados. Paradojas de la vida. Volviendo a mi sugerencia, mi experiencia personal es que, salvando algunas esporádicas excepciones, suelo salir del comercio con una sonrisa aún mayor que aquella con la que entré. Os lo recomiendo. Es una sensación brutal. ;-)

Dicho esto, confío en que estas reflexiones que deambulan en mi inquieta cabeza, nos sirvan a todos para pensar un poco más acerca de lo que representa nuestro día a día, aquello que nos convierte en lo que somos y en lo que nos gustaría realmente ser; que, con matices, nos une en torno a un mismo objetivo, ser felices.


jueves, 14 de marzo de 2013

En un abrir y cerrar de ojos


Así es como se encuentra a una persona importante. De la misma manera en que podemos llegar a perderla. Todo ello sin tener la más mínima capacidad de reacción, tan sólo un instante alegre, feliz, relajado, sincero.

Siempre he defendido que no hay mejor manera de conocer a alguien, que a través de un abrazo. Ese momento de sinceridad total por el cual dos personas se entregan en cuerpo y alma, sin otra intención que la simple transmisión de sentimientos. Un espacio de tiempo mínimo, donde cada uno se muestra tal y como es, más allá de fachadas e imposturas.

Las palabras dicen que se las lleva el viento, por más que nos molestemos en plasmarlas en papel. Los detalles y regalos, son simples muestras banales de aparente complicidad. Sin embargo, cualquiera de estas dos vías, no hace sino prepararnos de cara a ese gran momento, en el cual las miradas se conectan, las sonrisas brillan con luz propia y los cuerpos se entrelazan hasta confundirse en uno mismo. Una reacción química inexplicable que evidencia la más mínima errata en el discurso que nos empeñamos en redactar.

En mi opinión, no es hasta ese momento que sabemos si realmente estamos ante alguien valioso o no. Escasos instantes capaces de mostrarnos al principiante temeroso, o al experto manipulador. Un detalle repleto de conjuntos. Un gesto físico evocador de los más intangibles sentimientos.

Jamás olvidaré esos pocos abrazos que me mostraron la belleza que encierra la vida en el interior de cada ser humano, la grandeza escondida tras innumerables capas de luchas sociales, derrotas, desconfianzas, miedos y errores. Instantes que difícilmente nos atrevemos a reconocer. Nos basta con disfrutar en silencio de esa inyección indescriptible de felicidad. No importa si estamos ante uno de los mayores inconvenientes de nuestra existencia, o si por el contrario, acabamos de experimentar la mejor de las alegrías. Esta felicidad es especial. Es simplemente eso, pura satisfacción espiritual.

En esta línea, me gustaría intentar describir y compartir con todos vosotros uno de mis ejemplos más apreciados. Me encontraba en mi casa, aún absorto en mis pensamientos, intentando asimilar lo que considero una de esas noticias que nuestro cerebro repele hasta la saciedad, una tragedia personal de las que marcan tu vida, un punto de inflexión que nos revela el verdadero valor de las cosas. En plena consecución de los hechos, la tristeza bloqueaba todo intento por existir, por tomar las riendas de la situación, imponer mi deber familiar ante mi desesperado vacío personal. Momento en el cual, el destino decidió enfrentar mi lamentable deambular con el no menos lamentable discurrir de un familiar, o más bien, la demacrada carcasa exterior de lo que en otro momento solía ser. El silencio reinante en la minúscula habitación, retumbaba entre los más de diez espectros presentes.

El resultado de dicho encuentro fortuito, acabó con una explosión desorbitada de cariño y ternura, tan inesperada como agradecida. Condescendencia a raudales. Cuatro brazos inanimados a punto de recibir una carga inmensa de energía, un instante eterno en el cual pude sentir toda una vida adulta entregada a mis temblorosos brazos. Una conexión tan profunda que nunca me he atrevido a expresar ni compartir, pese a la indiscutible certeza que me asegura confiada una evidente reciprocidad, de esas que no necesitan confirmación. Con la misma naturalidad con que se presentó ante mí, desapareció. No hubo palabras, ni gestos, sólo lágrimas y dolor.

Nunca sabré con seguridad si la otra persona pudo sentir lo que aún estremece cada músculo de mi cuerpo. Nunca sabré siquiera, si le gustó. Si fue consciente. Pero, en el fondo, sé de la magia contenida entre ambos. Sé que siempre podré estarle agradecida por enseñarme lo que el verdadero amor es capaz de generar.

Múltiples son los abrazos memorables que decoran mis recuerdos, aunque ninguno tan intenso y relevante como este. Por ellos, y por los que confío estén aún por llegar, es que me libero hoy aquí.

Cada uno que elija su propia definición de abrazo. Mientras tanto, intentaré seguir haciendo de la mía, la única posible.


miércoles, 22 de febrero de 2012

La arquitectura de la vida



Como arquitectos, nos sentimos atraídos por el hecho de generar algo de la nada, esa ilusión implícita en la creatividad que caracteriza un proyecto. Partir de unas premisas para inventar un nuevo elemento capaz de mejorar el anterior y con ello facilitar la vida a alguien.

Pues bien, hoy estoy aquí para alejarme de este principio, a base de llevarlo hasta el final de sus consecuencias. Pretendo por un día abandonar la temática puramente arquitectónica con la que suelo enfocar cada post, para hacer un homenaje a la vida, como súmmum mismo de la arquitectura.

Recientemente he presenciado uno de los momentos más bonitos e interesantes que he podido vivir hasta ahora. Una explosión de júbilo e ilusión altamente contagiosa. Un simple hecho capaz de emular al más complejo de los milagros. Una de las principales razones por las cuales entiendo que estamos aquí.

Todo esto, no es sino un homenaje a mi tocayo, ese “personajillo” indefenso y debilucho, capaz de traer consigo toneladas de felicidad. Pese a su corta edad, en escasas horas logró aquello por lo cual todos luchamos y probablemente jamás conseguiremos. Fue capaz de alegrar la vida a infinidad de personas, simplemente con su presencia. El más mínimo gesto de su pequeño rostro actúa como fuente infinita de luz, iluminando hasta el ultimo rincón de su entorno, hasta el último centímetro de piel ajena.

Ni que decir tiene que se trata de actos incomparables; sin embargo, puede ser un buen ejemplo que ayude a entender y admirar la profesión, esa satisfacción indescriptible asociada a la realización de un diseño, la creación de una idea, el parto de un hijo.

En ocasiones nuestro gremio se ha visto perjudicado ante las críticas reiteradas que nos tachan de utópicos, prepotentes o pseudoartistas. No seré yo quien les reste razón. Pese a ello, entiendo que no es la profesión la culpable de nuestros defectos sino la propia condición humana que nos caracteriza. Esta es la razón por la cual me gustaría describir el por qué de nuestro día a día, cuando los trámites burocráticos, reuniones y demás actividades puramente empresariales nos lo permiten.

La creatividad, también conocida como inspiración artística, es esa extraña y tímida amante que decide visitarnos sin previo aviso, ya sea en mitad de la noche o en el tumulto de un bar. Su grandeza recae precisamente en la arbitrariedad aparentemente asociada a su llegada. Un simple clic que protagoniza y esclaviza nuestros sentidos. Un escalofrío que recorre cada una de nuestras neuronas para llamarlas a filas y requerir su presencia. Un toque de corneta que nos anuncia el inicio de las más dura y bella de todas las batallas. Una explosión nuclear de ideas en cuya onda expansiva se recrean nuestros pensamientos e inquietudes. Ese momento mágico en el cual la luz invade cada rincón de las entrañas, mientras se esfuerza en absorber cada vestigio luminoso del exterior, logrando mostrarnos una realidad oculta tras un velo de incertidumbre. Es entonces cuando no existe otra opción que la de centrarnos en resolver la gran cantidad de ecuaciones hasta ahora complejas, todas ellas de resultado incierto pero emocionante.

Realmente podríamos decir que se trata de un proceso en el cual el cuerpo se ve bombardeado por infinidad de sensaciones y emociones contrapuestas que no hacen sino eclipsar nuestro entorno, en una mezcla de júbilo y cierto estrés. Como su símil natural, todo proceso creativo requiere de un encargo (aunque no precise dos personas) y un periodo de gestación de la idea en el cual investigar acerca de los múltiples aspectos que componen la situación, así como la búsqueda de referentes tanto en nuestro entorno más inmediato como en opiniones más académicas y literarias. Este proceso puede ser más largo o menos, pero siempre está. Se trata de un requisito imprescindible. No es hasta que se considera asimilado por nuestra mente, cuando la sabia naturaleza nos invita a intervenir.

Lo bueno ha llegado. Sólo queda disfrutar y exprimir cada instante.

Tras dicha explosión viene la calma, un merecido descanso en el cual aún inmersos en un cóctel de cambios, la realidad enmascarada se esconde esta vez ante una felicidad aun no asimilada pero ya digerida. Es ahora cuando debemos desconectar levemente y prepararnos para el proceso de maduración de la idea, en el cual ordenar las pinceladas de genialidad que se ven ya esbozadas entre tanto alboroto. Lo más recomendable, una buena cabezada que permita a nuestra mente reorganizarse y volver a ver la realidad desde la perspectiva habitual, a una distancia prudencial, suficiente como para recuperar la capacidad de elegir y guiar los acontecimientos y pasos a seguir por nuestra idea.

Si ahora os digo que esa idea se llama Álvaro y que más que un edificio es un potencial usuario, no cambia más que la perfección del resultado y la identidad de sus creadores, pero la alegría, orgullo y satisfacción son los mismos; eso sí, elevados a la enésima potencia. Sin más, deciros, afortunados padres, que como arquitecto, así como hermano y tío, me enorgullece escribir que sois un ejemplo a seguir en mi profesión, y que venga cuando venga la inspiración, siempre procuraré estar preparado y dispuesto para recibirla, se llame como se llame.


A aquellos padres no vinculados al proceso creativo, confío esto os sirva para encontrar con mayor facilidad el camino hasta entender y disfrutar de la arquitectura. A los compañeros que ya hayan pasado por dicha experiencia paternal, confío que vuestros proyectos, independientemente de su grandeza, representen tan sólo una mínima muestra de lo que ese hijo puede llegar a significar.