En lo que podemos denominar como el inicio de la era post-covid, no tanto por haber alcanzado el fin de esta pandemia sino por el reinicio de la normalidad, me alegra poder retomar una costumbre del todo olvidada: aprovechar el tiempo de vuelo para escribir. Sé que puede parecer una estupidez pero lo considero un avance considerable, teniendo en cuenta la Edad Media moderna de la que provenimos. Meses de limitaciones, precauciones, desconfianza y preocupación. Meses donde hemos hipotecado parte de nuestra libertad, de nuestra capacidad para socializar y de nuestra existencia más elemental. Podrá sonar exagerado, pero no puedo evitar pensar en esos adolescentes que han vistos sus 18 años condicionados por esta anomalía, aquellos abuelos que han vivido los primeros meses de sus nietos por zoom o quiénes han sufrido meses de forzada soledad. Por fortuna, todos esos recuerdos empiezan a sonar obsoletos, antiguos, olvidados. Tanto es así, que el hecho de colocar nuevamente una mascarilla sobre mi rostro ha supuesto una situación tan molesta como novedosa. Retales de una vida pasada a la que confiamos en no retornar jamás, pese a las múltiples cosas buenas que sin duda ha podido igualmente traer. Con todo esto, más alla de la reflexión ñoña e innecesaria que acabo de describir, quería dedicar unos minutos a celebrar la inmensa felicidad que supone viajar. Doblar con cariño y esmero la ropa justa con la que, junto a los inevitables "por si acaso", colmatar la mochila de viaje. Sí, mochila, pues las maletas parecen haber pasado a mejor vida. Otro de los grandes cambios surgidos con el COVID y que parecen haber llegado para quedarse. Mochilas en las que apretar tus pertenencias más queridas, por miedo a superar las estrictas medidas impuestas por la compañía de turno. En este caso, Aireuropa nos deleita con una generosidad inaudita en estos tiempos, permitiendo el uso de mochila y maleta de mano. Un lujo extremo que se agradece muchísimo, de no ser porque la vuelta la gestiona Vueling, quien ha optado por dejar la generosidad para un pasado no tan lejano. No obstante, la mochila parece gigante al comprobar la enorme cantidad de ilusión que es capaz de acoger. La ilusión de un viajero habitual que comienza a pensar con frecuencia en los próximos destinos. Un viajero que, pese a los inalienables miedos derivados del COVID, se atreve a planificar nuevamente los fines de semana como leves paréntesis en los que continuar descubriendo mundo sin otro objetivo que disfrutar de la maravillosa compañía que se aferra a mi mano y que inunda su teléfono de instantáneas de ese precioso atardecer que nos acompaña en nuestro camino. Por todo ello, me siento en esta incómoda estancia en la que tatuar un nuevo respaldo sobre mi rodilla, para dar las gracias por poder soportar una vez más estás minúsculas incomodidades que preceden a la magia del viajar.
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viernes, 10 de junio de 2022
domingo, 18 de enero de 2015
Nadie como tú
Querida Asma,
Creo que ante lo importante de este
acontecimiento ha llegado el momento de dedicarte unas bonitas
palabras a la altura de nuestro compromiso, pese a ser consciente de
lo complejo de tal hazaña.
Me resulta imposible obviar una fecha
tan singular, un aniversario tan glorioso. Algunos lo llaman bodas de
plata, otros un cuarto de siglo, pero para mí, es mucho más que
todo eso. Toda una vida. Sí, eso es lo que llevamos juntos. Toda una
vida repleta de buenos y malos momentos en la que he podido disfrutar
de cada uno de tus peculiares gestos, cada uno de tus intensos
abrazos, cada sutil caricia, cada interminable noche juntos.
En muchas ocasiones he dudado acerca de
la existencia del amor verdadero, acerca del porqué de las cosas,
del porqué de esta inesperada relación. Muchas han sido las dudas
que han protagonizado mis alocados pensamientos. Muchas las ocasiones
en que he llegado a maldecir lo azaroso del destino. Múltiples las
quejas ahogadas, innumerables las decepciones, indescriptibles los
miedos.
Sin embargo, todo ello ha supuesto para
mí el paradigma de la vida, la única y verdadera razón de mi
existencia. A lo largo de mi vida has sabido enseñarme lo
trascendental de este don con que hemos sido bendecidos. He ido
aprendiendo a valorar lo realmente importante, aquello que nos
permite ser feliz por encima de todo. Un placer que he podido
compartir durante más de veinticinco años, y que confío en que nos
siga uniendo durante muchos más.
Probablemente a estas alturas muchos
habrán recurrido a la locura como probable explicación a tal
despropósito literario. Pero no. Nada más lejos de la realidad.
Estas palabras responden a un agradecimiento tan sincero como
intenso. Todo lo que soy, es gracias a ti. Todo lo que sé, lo
aprendí de ti. Cada segundo contigo ha contribuido a definirme como
persona y me ha ayudado a madurar, incluso antes de lo que en
ocasiones hubiese deseado. Sé que fuera de contexto, pensar en
alguien dispuesto a privarte del oxígeno fundamental para la vida,
sería considerado como un cruel asesino, si no algo peor. Pero esta
historia no trata acerca de la maldad.
Trata acerca de las lecciones que
aporta la vida. Trata acerca de noches imborrables en las que
apreciar hasta el más mínimo atisbo de aire penetrando mis
perjudicados pulmones. Noches en las que cada luz de coche era
entendida como un nuevo pasatiempo con el que aderezar el inmenso
aburrimiento que se asomaba tras esa inminente preocupación. Saberte
capaz de superar lo que algunos calificarían de agobiante, aterrador
o indeseable, no hace sino convertirte en una persona mejor de lo que
eras. Armarte de fuerza y valor para afrontar todo lo que esté por
llegar. No es que te permita actuar como el superhéroe que nunca
serás, pero sí que te aporta esa importantísima coherencia a
través de la cual saber interpretar cada cosa en su justa medida.
Si tuviese que ponerte alguna pega como
acompañante, mi más fiel y cercana amante, sería la de la
impaciencia. Aquella que te impidió esperar hasta que nuestra
relación fuese tan sólo cosa de dos. No implicar a tanta gente que
no tenía por qué participar de nuestro improvisado e incomprendido
amor. No era necesario hacer partícipes a aquellos que desde el
desconocimiento sólo podían valorar la parte más negativa de tus
intenciones. No necesitabas llegar tan pronto como lo hiciste, por
más preparado que pudieras considerarme.
Por lo demás, agradezco cada minuto
juntos. Nadie como tú ha sabido entenderme, acompañarme tanto en
los buenos como en los malos momentos de mi vida. Nadie como tú ha
sabido mostrarme el lado positivo de la vida, aquel que decora sutil
cada matiz del mundo que nos rodea, y del cual tantas veces
desearíamos desaparecer. Nadie como tú para enseñarme a vivir.
Nadie como tú para enseñarme a valorar. Nadie como tú para
enseñarme a reír. Nadie como tú para enseñarme a llorar.
Son tantas las escenas vinculadas a ti
que me resultaría difícil destacar alguna. Aún recuerdo algunos de
nuestros primeros encuentros, cuando aún no tenías siquiera nombre
para mí. El inexplicable dolor de la aguja invadiendo mi cuerpo sin
previo aviso. El miedo y la tensión como único denominador común
en mi entorno familiar.
No quisiera siquiera imaginar lo que
tuvo que significar todo aquello para ellos. Sólo confío en que
sepan verlo ahora como he aprendido a verlo yo.
Más agradables y claros son los
recuerdos asociados a mis incontables experiencias deportivas. Era el
único a quien permitían jugar con ayuda extra y además terminar
con una ansiada botella como premio. ¡Qué recuerdos! Cuántas
fueron las mañanas en las que llevé mi cuerpo hasta su límite
convencido de su invencibilidad. Cuántas las carreras agónicas
hacia aquel inesperado pero glorioso despertar, ese instante
inexplicable en que mis pulmones tan sólo decidían retomar su
posición original, dejando con ello paso al sanador fluido de vida.
Irrepetible aquella fortuita visita al
especialista cuando sobrepasaba ya las veinte primaveras y la
normalidad parecía haberse instalado entre nosotros. Jamás olvidaré
aquel rostro desencajado mientras me desvelaba el aterrador desenlace
a las recién realizadas pruebas. Anecdótico descubrir como uno de
mis pulmones había decidido unilateralmente emprender su propio
camino, llevándose con él incluso a parte de su influenciable
vecino. Una capacidad pulmonar que rondaba un lamentable cuarenta por
ciento de la supuesta media teórica.
Es increíble cómo el tiempo ayuda a
relativizar las cosas, cómo el optimismo nos transfiere esa fuerza
tan inhumana, cómo la insensatez se erige en líder improvisado para
hacerse cargo del resto.
Inolvidables los conciertos que
amenizaban cada una de mis noches desde el anochecer hasta las
primeras luces del alba, aquellos atrevidos agudos dispuestos a retar
al más temible de los silencios. Un sutil sonido interior que supe
transformar en melodía, en sinónimo de vitalidad. Un ruido atroz
que me recordaba que aún seguías ahí, dispuesta a seguirme hasta
la peor de mis pesadillas.
Nunca antes había sentido un amor tan
incondicional, un amor tan desinteresado. Una pasión tan
inquebrantable, por más que fueran los expertos dispuestos a
separarnos. Por más innovaciones tecnológicas que surgieran para
acallarte. Siempre has sabido estar ahí, latente, discreta,
omnipresente, audaz, impertinente, atrevida, cariñosa, oportuna,
cálida y vehemente.
Un regalo que no muchos saben apreciar.
Una desgracia que no logran entender. Un referente que no todos
alcanzan a seguir.
Pues sí, en mi caso no puedo sino
agradecer tu presencia. De todas las enfermedades que podrían haber
decidido protagonizar mi vida, estoy completamente seguro de que no
podría haber ninguna mejor.
Nadie como tú para hacerme la vida tan
complicada pero, en definitiva, tan fácil.
A todos vosotros, seáis conscientes o
no, hayáis sucumbido a sus imperfectos encantos, o sean otros
cercanos quienes lo hayan hecho. Sea reciente o ya veterana esta
indudable relación, tan sólo puedo enviaros este peculiar mensaje
de ánimo con el cual transmitiros mi particular experiencia, la cual
espero sirva para mostrar a otros lo bonito que sin duda esconde esta
gran oportunidad. Esta apasionante compañía que bien entendida,
marcará el devenir de nuestros actos y nos convertirá en aquello
que somos, en aquello que queramos ser.
Siempre tuyo,
El paciente in-ex
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miércoles, 19 de noviembre de 2014
El libro_p16
Capítulo 16
¡Y
tanto que nos quedó!
Aquellos
días repletos de buenos momentos e inolvidables recuerdos, se fueros
diluyendo sutilmente en nuestra aceptada rutina hasta el punto de
protagonizar gran parte de nuestros recursos como pareja. Todo giraba
en torno a esa determinada anécdota junto al río, ese extraño
peatón que tanto nos llamó la atención en la plaza, o la bella
mujer a la que igual no debía haber observado tanto rato durante la
cena. Cualquier excusa parecía perfecta para rememorar algún
aspecto concreto de tan maravillosa semana.
Tanto
es así, que cuando Miriam se acercó cariacontecida, con un rictus
hasta ahora desconocido, un semblante del todo desfigurado y un
temblor imparable, no pude sino pensar en que nuestra tremenda
alegría alemana acababa de finalizar, cualquiera que fuese la razón
para ello.
Estupefacto,
me dirigí hacia ella, convencido de que no podía ser sino una
trabajada broma con la que poder reírse de mí durante semanas. Sin
embargo, algo en mi interior me decía que esta vez era diferente. No
era su mirada la que se escondía en su bello rostro. No era su
sonrisa la que protegía su dulce boca, ni su pelo el que decoraba su
escultural cabeza. Todo su ser rezumaba un aroma diferente, nuevo
para mi. Fue entonces cuando renuncié a mi estúpido orgullo y me
centré en ella, más allá de que pudiese estar cayendo en su jocosa
trampa. No me sentía capaz de arriesgarme. Había logrado
transmitirme una inquietud, que hacía rato que había dejado de
resultarme siquiera soportable.
Tan
ligera que casi resultaba irreal, se desprendió hacia mis brazos
desconsolada. La preocupación se hacía cargo de mí, bloqueando
cualquier atisbo de capacidad comunicativa. Las palabras de atascaban
una tras otra en espera de la valiente frase que se atreviera a
guiarlas. No sabía qué hacer. Era la primera vez que me mostraba
ese lado. La fuerte y estable Miriam había dado lugar a una frágil
y vulnerable joven que no encontraba fin a su pánico.
El
desconcierto no hacía sino crecer, mientras su cabeza se fundía en
mi pecho. Inerte, sin alma. Su abrazo parecía más bien una llamada
de socorro que la inmensa felicidad con que solía recibirme.
Atónito, mi sentido protector logró zafarse del miedo inicial para,
sin no pocas dificultades, cuestionarle el por qué de tan peculiar
comportamiento.
Su
respuesta fue tan concisa como elocuente:
-
No sé qué decir. No sé si alegrarme o llorar. Y eso que aún no lo
he compartido contigo.
-
Miriam, relájate. No sé de qué me estás hablando, pero necesito
que te calmes y me lo expliques tranquilamente. Seguro que no es para
tanto. - espeté sin la menor convicción. Sabía que Miriam no era
de ese tipo de mujeres que hacen una montaña de un grano de arena o
que se ahogan en un vaso de agua.
-
Eso intento, pero no creas que es fácil. - Incapaz de acabar la
frase, sus lágrimas eran cada vez más numerosas.
-
Bueno, mujer. - la abracé con todas mis fuerzas. - Habrá que
intentarlo con más fuerza, ¿no? ¿O nos vamos a quedar así toda la
tarde?
-
Ojalá. -musitó entre sollozos.
-
Vale, Miriam. Ya está. - La aparté suavemente de mí para poder ver
su humedecido rostro. - Venga, cuéntame. ¿Qué es lo que ha pasado?
-
¿Recuerdas la noche del club que estaba en la orilla del río?
-
¿Te refieres a la noche del Watergate? Pues claro, cómo voy
a olvidarla. Sabes que aún no he olvidado ni un sólo instante del
viaje. Aunque, he de reconocer que ya empiezo a tener ciertas ganas
de hacerlo. Hace casi tres meses que volvimos, y aún seguimos
hablando de todo aquello como si fuese ayer.
-
Diez semanas.
-
¿Qué?
-
Diez semanas, eso es lo que hace que volvimos. Diez semanas exactas.
Algo más de setenta días. Poco más de dos meses.
-
Ufff, qué precisión. Desde luego no se te escapa una. Menos mal que
nuestro aniversario lo tengo ya memorizado, si no la presión ahora
mismo sería total. - Intenté sin éxito que mi sonrisa aliviase un
poco la tensión que se había generado.
-
Tranquilo. No he sido yo quien lo ha recordado. Sabes que soy casi
tan mala como tú para esto de las fechas. Pero se ve que en esto no
hay demasiado lugar a dudas.
-
Bueno, Miriam, déjate de rollos y ve al grano, que me vas a poner de
los nervios.
-
Pues eso, como te decía. Imagino que recuerdas aquella noche.
Sin
duda, mi afirmación era del todo sincera. Era imposible olvidar
aquella noche. Lo que comenzó con una sencilla cena “de paso”,
en aquel curioso puesto de kebab de la esquina de la estación
de Alexander Platz, como entretenimiento gastronómico durante
la espera del tren que debía llevarnos a la famosa discoteca que
tantas veces nos habían recomendado, culminó en la habitación del
hotel a altas horas de la noche, en una mezcla explosiva de amor y
atracción a partes iguales. Un cúmulo de sensaciones que, por fin,
habíamos logrado canalizar más allá del inevitable cansancio
derivado de las interminables caminatas diarias. Aquella noche, no sé
si sería el kebab, la humedad del río o el ritmazo de aquel
innombrable dj, pero la llegada al hotel en el taxi fue apoteósica.
En cuanto el vehículo se paró frente a la puerta de nuestro humilde
hostal, la mirada de Miriam cambió por completo. No hacía falta
mucho más, conocía perfectamente esa mirada cruzada. Me apresuré a
abonar la carrera, sin preocuparme por si el redondeo sería
apropiado o no, lo cual a juzgar por su sonrisa debía significar que
sí. Mi intento por guardar la cartera de nuevo en el bolsillo
resultó en vano, puesto que un destello de fogosidad interceptó mi
mano con decisión y me dirigió sin discusión hacia nuestra
habitación. No sabría decir cómo llegué exactamente hasta nuestra
tercera planta, pero desde luego he de decir que me encantó la
sensación.
Una
vez en la habitación, tuve la genial idea de intentar preguntar el
porqué de aquella reacción. Acto fallido que ella se apresuró a
abortar con un elocuente susurro, que seguido de un beso
indescriptible, eliminaron cualquier arrebato comunicador que pudiera
existir en mí. Desde aquel delicioso gesto, toda la noche pasó a
ser un animoso ejemplo de obediencia en el cual quedaba
terminantemente prohibido sonreír, dado que era lo único que
parecía interrumpir su cortejo. El clásico “¿de qué te ríes?,
de nada”, me impedía disfrutar al máximo de un acontecimiento,
que sin ser único (no sería del todo justo calificarlo como tal),
empezaba a sentir como si lo fuera.
Los
minutos precedían a las horas, y tan sólo los primeros rayos de luz
pudieron zanjar tan improvisada polémica. Una discusión de lo más
agitada en la que afortunadamente, ambos estábamos completamente de
acuerdo.
-
¡Pues claro! - se me escapó una risilla traviesa.- ¿Cómo olvidar
algo así, cariño?
-
Pues eso digo yo. Para mi también fue algo inolvidable. Aunque hasta
hoy no había sido consciente de cuanto. ¿Recuerdas que esta mañana
te dije que me había levantado con el cuerpo raro? Pues no era la
primera vez. Llevo toda la semana con el cuerpo cortado, el estómago
levantado, en fin, ¿en serio no te has dado cuenta de nada? - a lo
cual evidentemente preferí no contestar. Haciendo del silencio mi
mejor aliado. - ¡Joder! Lorenzo, ¡qué difícil me lo pones! Me
sentía mal y decidí ir al médico a ver si es que había pillado el
virus ese que tiene ahora todo el mundo. Pero el médico, muy
gracioso por cierto, me ha dicho que no. Que no exactamente. Que sí
que había pillado algo, pero que no lo llamaría aún virus.
-
… - Su mirada inquisitiva me ejercía una presión brutal. Todo mi
cuerpo estaba inmóvil. Algo en mi interior empezaba a construir una
imagen mental que, inmediatamente, anulaba toda habilidad para pensar
o, incluso, hablar.
-
¡¿Cariño?! Por favor, dime algo. Por esto es por lo que no me veía
capaz de venir a casa. No encontraba la fuerza para contártelo y
esperar tu respuesta. Lo siento.
-
¿Qué sientes? ¿De qué se supone que estamos hablando exactamente?
-
¿En serio? - A lo cual respondí con un gesto afirmativo algo
burlón. - Estoy embarazada, me acaban de confirmar que ha salido
positivo. - Cualquier unidad de tiempo que intentara emplear para
describir aquel instante se quedaría corto. No existe expresión
alguna capaz de relatar el atemporal periodo que prosiguió a su
descomunal anuncio. ¿Horas, días, años? No sé. Tan sólo el
crecimiento exponencial, a modo de protuberancia, de sus ojos sobre
las cuencas evidenciaban el transcurrir del tiempo en mi cerebro.
Todo se volvió silencio, pausa, infinidad. - ¿Hola? Dime algo, por
favor. Yo tampoco me lo esperaba. Ni siquiera lo podía imaginar, me
decía “No Miriam, ni te lo plantees”, “eso no te puede pasar a
ti”. Pero se ve que sí, me ha pasado, bueno, nos ha pasado. Lo
siento, de verdad, aún podemos evitar que pase, pero necesito que me
hables, por favor.
-
¿Cómo?
-
¿Cómo qué? No pretenderás que lo repita, ¿no? - Sin dejarle
terminar la frase, todo el silencio acumulado se tornó en pasión y
cariño. Un amor sin límites se apoderó de mí, sin el más mínimo
beneficio a la duda. Una felicidad incontrolable me invadía por
dentro. El más elocuente de mis abrazos se encargó de responder sus
preguntas con tinte de plegaria. Nada más, un abrazo, una mirada,
lágrimas y un beso eterno. No hizo falta más.
Tan
sólo nueve meses después de nuestro ansiado viaje a tierras
berlinesas, la vida nos deleitó con uno de esos regalos que jamás
llegaremos a entender, que jamás podremos agradecer, que jamás
dejaremos de querer. No sólo nos convirtió en la pareja más feliz
del mundo, sino que trajo consigo a un espléndido “bebote” con
cara de sinvergüenza. Un mini yo, con la preciosa mirada de su
madre.
Álex,
fue el nombre elegido. No podía ser otro. En honor a la famosa
plaza, a la estación donde todo empezó, al rincón del que nunca me
gustaría volver. Un homenaje al viaje que nos unió, al hostal que
nos acogió, a aquel extraño reloj que nos situó, y aquel
irrepetible kebab que nos nutrió. Un “gracias”
transformado en nombre. Un nombre que representara su gracia. Un
emblema de la ciudad, trasladado al símbolo de nuestra felicidad.
Por aquel hostal que supo ocultar una maravillosa plaza que, por
deseo del destino, formaría desde aquel día parte indivisible de
nuestras vidas.
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miércoles, 16 de octubre de 2013
El libro_p08
Capítulo 8
Asustado,
el pánico me devuelve a este mundo. Con una inesperada agilidad me
levanto de la cama de un salto y me dirijo desesperado hacia el
despertador. ¡Marca las 7:45h! ¡Maldita sea! Me he quedado dormido.
Anoche debí olvidar activar el despertador, y ahora pasan cuarenta y
cinco minutos de mi hora prevista para comenzar mi rutina mañanera.
No
sólo acabo de perder toda opción de llegar sólo al instituto, sino
que restan tan sólo quince minutos para que mi hermano abandone la
casa dirección al parking. Acabo de recordar que, desde hace una
semana, se levanta un cuarto de hora antes para tener así tiempo de
recoger a su novia e ir juntos hasta el instituto.
Repleto
de adrenalina, mi cerebro empieza a actuar conforme a un protocolo de
emergencias recién redactado. Lo primero, salir de la habitación y
avisar a mi hermano de que sigo aquí. A continuación, necesito
ducharme en menos de cinco minutos, elegir la ropa adecuada y
vestirme lo más rápido posible. En ese momento, mi hermano invade
mi cuarto para añadir un poco más de presión a la escena.
Con
las zapatillas sin atar, los pelos de loco y un sin fin de libretas,
libros y papeles mal metidos en la mochila, me despido de mi
sorprendida madre con un rápido beso, a la vez que recojo un
improvisado desayuno para el camino. Afortunadamente nuestras prisas
me libran de la más que asegurada regañina que se gestaba en el
interior de mi madre.
Dándole
las gracias a mi hermano entre mis más sentidas disculpas, salimos
corriendo hacia el aparcamiento. Es ahora cuando recuerdo mis
limitaciones. Los tropiezos se suceden unos a otros, mientras mi
preocupado acompañante no sabe si reírse o llorar ante lo
esperpéntico de la situación.
Ya
subidos al vehículo, me esfuerzo en cumplir y transcribir las
estrictas órdenes que me trasladan desde el asiento del piloto. Aún
a riesgo de marearme, tecleo en el móvil el conciso mensaje para
Rocío, instándola a abandonar su casa y esperarnos en el cruce más
cercano, ganando así unos minutos cruciales.
8:40h.
Recogemos a nuestra invitada sin casi mediar palabra. Su reacción,
lejos de echarnos en cara el cambio de planes, es recibirnos con una
cálida sonrisa acompañada de una pregunta cómplice con la cual
enterarse de quién había sido el dormilón y por qué me había
unido por fin al equipo. Divertida, me daba la bienvenida con sorna,
recordando mi puntería al elegir el día menos apropiado para unirme
al viaje.
Tras
explicar lo ocurrido y liberar a mi hermano de toda culpa, alcanzamos
el instituto con cinco minutos de margen, gracias al favor del azar
con el que logramos dejar el coche a escasos metros de la puerta de
entrada.
Aún
sobre excitado por lo angustioso del momento, aprovecho los minutos
restantes para ingerir, más bien engullir, el desayuno que traía en
la mano y descubrir decepcionado, cómo la entrada del instituto se
mostraba ante mí desierta. Todos los compañeros parecían haber
decidido acercarse a las aulas, y con ello, se esfumaba una de mis
principales esperanzas. Poder aclarar todas mis dudas antes de que
empezaran las clases. Pero una vez más, mi puntualidad brillaba por
su ausencia cuando más la necesitaba.
Contrariado,
recorría los pasillos con cierta premura, aunque preocupado por un
encuentro no demasiado íntimo. A escasos metros de la puerta de mi
clase, el timbre parece anunciar mi llegada, descubriendo al girar la
esquina cómo era hoy mi tutora, quien se había reconciliado con el
reloj.
En
el umbral de la puerta, sostenía la hoja mientras me esperaba con
ciertos aires de enfado. Forzado por las circunstancias acelero el
paso hacia ella, esforzándome por mostrar la mejor de mis sonrisas
antes de acceder al aula con una sentida disculpa.
En
el trayecto hacia mi pupitre, no puedo evitar dirigir mi mirada hacia
la tercera fila, donde, para mi sorpresa, encuentro un pupitre vacío.
Lamentablemente, reacciono sin pensar y me freno en seco, analizando
la totalidad del espacio en busca de mi apasionada amante.
Negativo.
No hay rastro de ella. Apesadumbrado, obedezco a mi tutora, quien
algo molesta insiste en que ocupe mi sitio para poder empezar su
lección de hoy.
De
todos los escenarios posibles a los que me había enfrentado la noche
anterior, este no se asemejaba ni de lejos a ninguno de ellos. Era la
primera vez, desde que la conocía, que no estaba allí a su hora.
Nervioso, revisaba mi reloj cada minuto, no sé si deseando que
apareciera o confiando en que en algún momento algo llamaría mi
atención y me despertaría cansado en mi dormitorio.
Desgraciadamente
los minutos pasaban y ni una ni otra sucedían. Seguía allí, oyendo
distraído a mi tutora y observando cariacontecido la ausencia de la
tercera fila.
Instintivamente,
mis neuronas comenzaron a propiciar sus conexiones en busca de una
explicación coherente que explicara tal infortunio. Sin embargo,
todas las opciones barajadas respondían a planteamientos que no me
acababan de gustar. Desde una fingida enfermedad que la alejara
intencionadamente de mí, hasta una reacción desproporcionada de sus
padres al descubrir nuestro pequeño desliz.
Y,
por si esto fuera poco, mi ejercicio numérico seguía fustigando mi
intelecto ante una solución imposible que supondría, con toda
seguridad, una gran decepción para mi profesor, no tanto por mi
fracaso, sino por incumplir mi promesa.
Las
horas transcurrían impasibles, y todo se mantenía igual. No veía
la luz por ninguna parte. En un intento por fomentar ese pragmatismo
del cual solía enorgullecerme, decidí despejar ciertas incógnitas
de la ecuación, dando por perdida toda opción de coincidir con ella
hoy. De este modo, podría centrar mi intelecto en resolver el único
enigma que parecía ofrecerme alguna posibilidad.
Absorto
en operaciones y más operaciones, mis compañeros me observaban
atónitos ante mi osadía. En plena teoría de inglés, no ocultaba
en absoluto mis apuntes de última hora, redactando ecuaciones
complejas, tachones, borrones y nuevas ecuaciones de manera
impulsiva. Ajeno a todo contexto inmediato, me encontraba inmerso en
un universo imaginario compuesto por números y signos que
pretendían, sin éxito, ordenar el fatídico caos generado a mi
alrededor. Hasta que, de repente, un signo de igual, gigante, se
acercó hasta mí en actitud amenazante y de un golpe retiraba todos
los apuntes de mi pupitre, devolviéndome abruptamente a mi cruda
realidad. Una realidad compuesta por una profesora en estado de
cólera y unos alumnos desternillados ante mi aparente pasividad.
Desde
luego, mi expulsión de la clase no hizo sino empeorar la situación
y convertir aquel día en una auténtica pesadilla. Por lo menos,
todo ello me había permitido recuperar mi serenidad habitual y
observar todo lo acontecido desde una nueva perspectiva.
Un
nuevo sermón y el timbre del recreo, dieron luz verde a mi abatido
deambular hacia el interior de la clase. Sin nada que comer y
desprovisto de todo ánimo, me limité a apoyar la cabeza en mi
incómodo pupitre y esperar así el paso de los minutos hasta el
inicio de una nueva lección, que me acercara un paso más al final
de la jornada, pese a que esta vez, el motivo de tal deseo fuese
bastante alejado de aquel de los últimos días.
No
sabría decir cuántos minutos habían pasado ya, pero a juzgar por
el dolor de cuello que me ofrecía mi improvisada postura y el ruido
de mis compañeros que parecía que iban ya volviendo a la clase,
imagino que se habrían consumido los treinta minutos de rigor.
En
ese mismo instante, alguien irrumpió en mi estado de soledad a
través de la puerta del aula y con paso tranquilo pero decidido se
dirigía hacia mí. Completamente alicaído no contaba ni con la
curiosidad mínima necesaria como para alzar la cabeza, aunque sólo
fuese por mantener mi dignidad frente a los compañeros.
Paradójicamente,
mi incomodidad me hacía sentir bien. Me ayudaba a olvidar lo
ocurrido y desconectar de un día que no podía ir a peor, ¿o sí?
Tal
como meditaba acerca de mi mala suerte, noté como el visitante
solitario se acercaba cada vez más a mí, como si mi lamentable
situación fuese su principal objetivo. Inmediatamente, una única
idea monopolizó mis pensamientos. ¡Mira que soy bocazas! Con la
suerte que tengo, basta que diga que esto no puede ir a peor, para
que alguien se acerque a mí a echarme en cara mi actitud o
reprocharme mi reciente expulsión. Me daba miedo elevar el rostro
ante lo que pudiera encontrarme, así que opté por la solución más
cobarde y, sin embargo, más fácil. Mantenerme tal cual y con
suerte, pasar desapercibido. Parecía uno de esos pequeños
“animalitos” que fingen una muerte repentina frente a sus
depredadores, salvo que en mi caso más que morir, pretendía evocar
una “siestecita” mañanera.
Sentía
perfectamente el aliento de mi acompañante, se mantenía erguido y
firme junto a mí, convencido de que era conmigo con quien quería
hablar y trasmitiéndome que no tendría problema alguno en esperar
lo que hiciera falta para hacerlo. Era una guerra de paciencia, en la
cual no creo que partiese como favorito. En tan sólo dos eternos
minutos que llevaría ese ser anónimo en mi aula, ya había estado
tentado de descubrir mi estratagema en un sin fin de ocasiones. Pero
aguantaba. Estaba orgulloso de mí. Sí señor.
En
cuestión de segundos, todo cambió. Mi desconocido depredador,
cercaba cada vez más mi huida. Paciente, había decidido sentarse en
mi pupitre, sorprendentemente cerca de mi cabeza. Esto tenía mala
pinta. No podría mantener mi impostura mucho tiempo. Me debatía
entre mis escasas opciones, cuando una atrevida mano hizo acto de
presencia e invadió territorio enemigo. Como si de un DNI se
tratara, no necesitaba ver sus huellas para saber a quién me
enfrentaba. Tan sólo hacía falta seguir mis instintos más
profundos para reconocer en ellos, sensaciones tan familiares como
recientes. Un tremendo escalofrío recubierto de toneladas de miedo e
ilusión, recorrían todo mi cuerpo. Por primera vez en todo el día,
podría definir mis circunstancias como agradables.
Su
suave voz culminó la bonita ascensión hasta el cielo. Con un leve
susurro y una ternura indescriptible, se acercó hacia mí. - “Cómo
está lo más bonito?”, ya he oído que has tenido un mal día,
¿no? - Lo cual acompañó de un beso espectacular en el cuello.
Deseando
no despertar nunca de este innegable sueño, enfilé mis ojos hacia
los suyos, mientras una sonrisa automática y sincera se dibujaba en
mi maltrecha cara. No quería ni imaginar lo lamentable de mi
“careto”, pero en aquel momento, todo parecía relegado a un
meritorio segundo plano.
En
cuanto nuestras miradas se encontraron, supe que pese a estar muy
cerca, aquello no podía ser producto de mi imaginación. Estaba ahí,
sonriente y preocupada. Sin la menor muestra de duda con respecto a
mí, a nosotros. Un simple gesto había bastado para acallar todas
mis vacilaciones y recelos. Una caricia certera que acababa de
remover todos los palos de mi sombrajo.
Radiante,
devolvía su beso con gran alegría. Manteniendo su tono de susurro,
me acercaba a su oído para contestar su pregunta con un sencillo:
-”ahora mucho mejor”. A lo cual adjuntaba un sutil besito junto a
su oreja. El suspiro que provoqué, resultó más que suficiente para
entender la magnitud de nuestra entrega.
Ya
incorporado, y tras consultar el reloj, no dudé en aprovechar los
diez minutos que aún restaban de recreo para compartir cada instante
con ella, exprimir su presencia al máximo. Me moría por contarle mi
día, el por qué de tan lamentable imagen. Pero, por otro lado, mi
deseo era aún mayor por conocer la razón que motivaba su retraso.
En un alarde de coherencia, cedí la palabra a ella, mientras
memorizaba cada rasgo de su cara, cada gesto de su rostro, cada marca
de su piel. Por primera vez en mi vida, parecía bendecido con la
virtud de la “multitarea”. No perdía detalle de su imagen,
mientras analizaba cuidadosamente cada matiz de su discurso, cada
melódica variación en su voz. Todo ello, sin perder de vista el
mensaje que se ocultaba tras todo aquel maravilloso atrezzo.
Un
aluvión de felicidad recorrió con fuerza cada una de mis
extremidades. Todo mi día daba un vuelco radical. Lo que antes era
desazón y angustia, se tornaba ahora en ilusión y tranquilidad. Mi
resignación, en pura inquietud. Por fin, quería más. Y ella se
mostraba más que dispuesta a dármelo.
Cuando
más interesante resultaban sus palabras, un imprevisto fogonazo
interrumpió mi atención. Lo suficientemente fuerte como para
abstraerme de ese espectacular estado de embriaguez en el que su
presencia me sumía. Para mi sorpresa, toda aquella radiación de
optimismo y pasión, acababan de derivar en un grado máximo de
inspiración. Mientras sus delicados labios brillaban bajo el influjo
de sus comentarios, mi cerebro volvió a codificar mi entorno en base
a números, signos y operaciones matemáticas. En cuestión de
segundos, el complicado dilema que había torturado mis últimas
horas, se convertía en la cándida expresión de un conjunto de
sumas y restas. Del mismo modo en que se observa desde la distancia
el trayecto correcto en un laberinto, veía ahora todas aquellas
tentativas erróneas sucumbir ante la evidencia.
Con
un instintivo respingo me dirigí eufórico hacia la mochila para
encontrar un papel y un boli. Como si de un poseído se tratase,
comencé a transcribir toda aquella amalgama de números, ante la
perplejidad de mi contertulia, quien sonriente y tranquila, esperaba
su momento para aclarar este caos. Tras escasos segundos de frenesí,
rescaté mi cordura de lo más profundo de la satisfacción, para
recuperar el maravilloso diálogo interrumpido previamente.
Su
expresión generó una carcajada cómplice que precedió a mis
esfuerzos por suavizar y naturalizar lo ocurrido. Consciente de mi
mala educación, notaba como aumentaba mi preocupación al analizar
las posibles consecuencias de mi descontextualizada reacción.
Afortunadamente, esta no fue sino una muestra más de su grandeza,
respondiendo con gran comprensión a mis forzadas explicaciones.
Orgullosa,
me abrazó y me felicitó por mi logro. Sin más.
No
podía salir de mi asombro. Era tan perfecta, que daba hasta miedo.
No podía ser real.
Ante
el final del recreo, me apresuré en recuperar el estado de felicidad
original, devolviendo una mínima parte de lo que acababa de
regalarme. Serio y confiado, le
agarré de la mano, cuando se disponía a ocupar y ordenar su
pupitre, la atraje
firmemente hacia mí, y le susurré al oído: “parece que ya puedo
presumir de musa” - Tras lo cual, la besé con toda mi alma.
Sin
palabras, me miró y no pudo más que sonreír, asomando un precioso
atisbo de sonrojo en sus cálidas mejillas.
martes, 2 de julio de 2013
De bueno... tonto
Hoy me he levantado polémico, sí. En
el buen sentido, como siempre, pero sí. Resulta que hoy es uno de
esos días en los que me cuesta más mantenerme firme ante la
adversidad. Harto de nadar contracorriente, me siento aquí para
desahogarme y puede que incluso, alzar este canto desesperado en
busca de posibles amigos que decidan unirse a esta triste pero
necesaria queja.
Titulo este artículo como lo que soy.
No os preocupéis. Estoy cada día más orgulloso de poder definirme
así, de bueno tonto. Por más años que pasen, nadie es capaz de
cambiar mi opinión al respecto. No soporto a la gente que huye de
esta afirmación como si de un león se tratara.
Es que tú eres demasiado bueno.
De bueno es que eres tonto.
Tu problema es que la gente se ríe
de ti en tu cara y no te enteras ....
Todas ellas expresiones tan crueles
como reales. Pero, sin duda, la peor de todas:
¿De qué te sirve? ¿Tú te crees
que lo van a valorar, que cuando llegue el momento no te la van a
hacer? Tú lo que tienes que hacer es pensar más en ti.
Lo siento, pero no puedo más. ¿Cómo
hemos podido llegar a esto? No me creo que haya nadie en este mundo
al que le moleste que lo traten bien. Nada más. No estoy hablando de
agasajar ni halagar a nadie. No hablo de hipocresía, no hablo de
falsedad. Sólo hablo de naturalidad. Ser uno mismo y sacar lo mejor
que tenemos dentro para hacer un poco más fácil la vida de quienes
nos rodean. Y fijaos que no he empleado la palabra amigos o familia,
siquiera conocidos. No necesito conocerte para tratarte bien.
Evidentemente, mientras más te conozca y mayor sea el cariño que
nos une, mejor será mi trato. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto
asumir como punto de partida una visión optimista y alegre?
Es muy fácil quejarnos de nuestra mala
suerte, nuestras desgracias y el mal ajeno sin pararse a analizar
nuestras acciones y nuestro día a día. Yo no me considero perfecto,
ni de lejos. Pero hago lo posible por aspirar a ello. La vida me pone
en mi sitio y me enseña a diario que la perfección es un lejano
tren en marcha, que se aleja progresivamente de mi, por más que yo
intente correr. Imagino que una de las claves de la felicidad es
asumir esta utopía, para entender la autoexigencia en su justa
medida. Sin embargo, me preocupa que la inmensa mayoría de personas
que lean estas palabras, sentirán vergüenza ajena, me tomarán por
loco o algo peor, y con suerte sólo se referirán a mi para reírse
entre amigos de mi estupidez. Pero eso, lógicamente, me da igual. Lo
que me quita algo el sueño, es que estoy rodeado de gente dispuesta
a exigir sin ofrecer. Me entristece saber que es más probable
cruzarme con alguien egoísta que generoso, alguien ensimismado en
sus únicos y exclusivos intereses que alguien capaz de hacerte
partícipe de los suyos.
Hace algún tiempo, fui testigo
indirecto de una de las historias más penosas que jamás haya podido
escuchar. Uno de esos momentos en la vida, que marcan un antes y un
después. De esos que te hacen pensar, pensar de verdad.
Una hija, afligida por la injusticia y
el desazón, se dirige a su madre desconsolada, repleta de lágrimas.
Su infortunio ha decidido volver a hacer acto de presencia para
recordarle lo complejo que tiñe de ruina cada paso en su vida. Una
vez más, lo que parecía un proyecto de futuro serio y consolidado,
se torcía ante sí para mostrarle la más cruda de las realidades.
No sólo estaba equivocada, sino que ahora era ella quien estaba ahí
destrozada, mientras su inminente enemigo se regocijaba en su
triunfo. No podía pasarle más que a ella. No aprendo, repetía
entre llantos de amargura. En definitiva, uno de esos dramas tan
difíciles de aceptar.
Su madre, impasible y paciente
contertulia, escuchaba atentamente tan lamentable situación. Con ese
cariño que sólo ellas son capaces de ofrecer, pañuelo en mano,
secaba en silencio las lágrimas que bañaban las sonrosadas mejillas
de su derrotada hija. Una mirada comprensiva y tierna, acompañaba
sutil los pocos gestos puntuales de aprecio y ánimo con que
demostraba su imperturbable atención. La tranquilidad propia de la
sabiduría y la experiencia al servicio de su vehemente pequeña.
La razón por la que cuento esto no es
otra que la impactante reacción de su madre.
Cuando su hija pareció vaciar el baúl
de la tristeza, esta madre supo entender su momento y se dirigió a
ella con voz pausada, afectiva y firme. Tu problema, hija mía, es
que eres demasiado buena. No puedes ir por ahí así. La gente se
aprovecha de ti. Tienes que pensar más en ti y tener un poco más de
maldad.
¡Espectacular! Seguro que a ninguno os
ha sorprendido, del mismo modo en que reaccioné yo. Sin embargo, el
tiempo jugó su papel y asimilé lo peligroso de tal respuesta. No
critico a una madre por querer lo mejor para su hija. No. Nos critico
a todos, critico a la sociedad por permitir que esa sea la única
reacción posible. Por acorralar a esa madre hasta el punto de
desearle a su hija mayor maldad. ¿Somos conscientes de lo que ello
supone? Puede que esta conclusión suene algo desproporcionada, pero
os aseguro que no querría verme en esa situación. Y lo peor, es que
estoy seguro de que la única razón por la cual aún no me he visto
ahí, es porque no soy padre. Hubiese reaccionado exactamente igual,
y eso es lo que me asusta y entristece a partes iguales.
Pues bien, a aquellos que hayan
aguantado hasta el final de este lamentable conjunto de palabras, os
diré algo. No os dejéis llevar por una sociedad infectada de
negatividad y desleal competencia. Si vuestro interior os pide
recibir al vecino con una sonrisa, desearle los buenos días en el
ascensor o ayudar a la viejecita del quinto a bajar el carro de la
compra... ¡Hacedlo! No os desaniméis si vuestros gestos son
ignorados, malinterpretados o reprochados. No. Sabemos que lo
realmente importante es la sonrisa con la cual uno se va a la cama.
El silencio de conciencia necesario para dormir placenteramente. No
sé por qué, pero sigo creyendo en que más allá de lo que la vida
nos tenga previsto deparar, será mucho más llevadero si va
acompañado de buenas sensaciones.
Haced una prueba, cuando vayáis a un
comercio, dirigíos al dependiente como si lo conocierais, con una
sincera sonrisa y un contundente saludo. Tratadlo como os gustaría
que os trataran a vosotros. Sólo eso. Ni más ni menos. Con respeto,
eso sí, y sin invadir la intimidad de nadie. En definitiva, con
educación. Esa palabra casi obsoleta que, fruto de la evolución, ha
derivado en una versión más madura y perversa de sí misma,
maleducado. Una de las palabras más empleadas, curiosamente entre
maleducados. Paradojas de la vida. Volviendo a mi sugerencia, mi
experiencia personal es que, salvando algunas esporádicas
excepciones, suelo salir del comercio con una sonrisa aún mayor que
aquella con la que entré. Os lo recomiendo. Es una sensación
brutal. ;-)
Dicho esto, confío en que estas
reflexiones que deambulan en mi inquieta cabeza, nos sirvan a todos
para pensar un poco más acerca de lo que representa nuestro día a
día, aquello que nos convierte en lo que somos y en lo que nos
gustaría realmente ser; que, con matices, nos une en torno a un
mismo objetivo, ser felices.
jueves, 14 de marzo de 2013
En un abrir y cerrar de ojos
Así es como se encuentra a una persona importante. De la misma manera en que podemos llegar a perderla. Todo ello sin tener la más mínima capacidad de reacción, tan sólo un instante alegre, feliz, relajado, sincero.
Siempre he defendido que no hay mejor
manera de conocer a alguien, que a través de un abrazo. Ese momento
de sinceridad total por el cual dos personas se entregan en cuerpo y
alma, sin otra intención que la simple transmisión de sentimientos.
Un espacio de tiempo mínimo, donde cada uno se muestra tal y como
es, más allá de fachadas e imposturas.
Las palabras dicen que se las lleva el
viento, por más que nos molestemos en plasmarlas en papel. Los
detalles y regalos, son simples muestras banales de aparente
complicidad. Sin embargo, cualquiera de estas dos vías, no hace sino
prepararnos de cara a ese gran momento, en el cual las miradas se
conectan, las sonrisas brillan con luz propia y los cuerpos se
entrelazan hasta confundirse en uno mismo. Una reacción química
inexplicable que evidencia la más mínima errata en el discurso que
nos empeñamos en redactar.
En mi opinión, no es hasta ese momento
que sabemos si realmente estamos ante alguien valioso o no. Escasos
instantes capaces de mostrarnos al principiante temeroso, o al
experto manipulador. Un detalle repleto de conjuntos. Un gesto físico
evocador de los más intangibles sentimientos.
Jamás olvidaré esos pocos abrazos que
me mostraron la belleza que encierra la vida en el interior de cada
ser humano, la grandeza escondida tras innumerables capas de luchas
sociales, derrotas, desconfianzas, miedos y errores. Instantes que
difícilmente nos atrevemos a reconocer. Nos basta con disfrutar en
silencio de esa inyección indescriptible de felicidad. No importa si
estamos ante uno de los mayores inconvenientes de nuestra existencia,
o si por el contrario, acabamos de experimentar la mejor de las
alegrías. Esta felicidad es especial. Es simplemente eso, pura
satisfacción espiritual.
En esta línea, me gustaría intentar
describir y compartir con todos vosotros uno de mis ejemplos más
apreciados. Me encontraba en mi casa, aún absorto en mis
pensamientos, intentando asimilar lo que considero una de esas
noticias que nuestro cerebro repele hasta la saciedad, una tragedia
personal de las que marcan tu vida, un punto de inflexión que nos
revela el verdadero valor de las cosas. En plena consecución de los
hechos, la tristeza bloqueaba todo intento por existir, por tomar las
riendas de la situación, imponer mi deber familiar ante mi
desesperado vacío personal. Momento en el cual, el destino decidió
enfrentar mi lamentable deambular con el no menos lamentable
discurrir de un familiar, o más bien, la demacrada carcasa exterior
de lo que en otro momento solía ser. El silencio reinante en la
minúscula habitación, retumbaba entre los más de diez espectros
presentes.
El resultado de dicho encuentro
fortuito, acabó con una explosión desorbitada de cariño y ternura,
tan inesperada como agradecida. Condescendencia a raudales. Cuatro
brazos inanimados a punto de recibir una carga inmensa de energía,
un instante eterno en el cual pude sentir toda una vida adulta
entregada a mis temblorosos brazos. Una conexión tan profunda que
nunca me he atrevido a expresar ni compartir, pese a la indiscutible
certeza que me asegura confiada una evidente reciprocidad, de esas
que no necesitan confirmación. Con la misma naturalidad con que se
presentó ante mí, desapareció. No hubo palabras, ni gestos, sólo
lágrimas y dolor.
Nunca sabré con seguridad si la otra
persona pudo sentir lo que aún estremece cada músculo de mi cuerpo.
Nunca sabré siquiera, si le gustó. Si fue consciente. Pero, en el
fondo, sé de la magia contenida entre ambos. Sé que siempre podré
estarle agradecida por enseñarme lo que el verdadero amor es capaz
de generar.
Múltiples son los abrazos memorables
que decoran mis recuerdos, aunque ninguno tan intenso y relevante
como este. Por ellos, y por los que confío estén aún por llegar,
es que me libero hoy aquí.
Cada uno que elija su propia definición
de abrazo. Mientras tanto, intentaré seguir haciendo de la mía, la
única posible.
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miércoles, 22 de febrero de 2012
La arquitectura de la vida
Como arquitectos, nos sentimos atraídos por el hecho de generar algo de la nada, esa ilusión implícita en la creatividad que caracteriza un proyecto. Partir de unas premisas para inventar un nuevo elemento capaz de mejorar el anterior y con ello facilitar la vida a alguien.
Pues bien, hoy estoy aquí para alejarme de este principio, a
base de llevarlo hasta el final de sus consecuencias. Pretendo por un día
abandonar la temática puramente arquitectónica con la que suelo enfocar cada
post, para hacer un homenaje a la vida, como súmmum mismo de la arquitectura.
Recientemente he presenciado uno de los momentos más bonitos
e interesantes que he podido vivir hasta ahora. Una explosión de júbilo e
ilusión altamente contagiosa. Un simple hecho capaz de emular al más complejo
de los milagros. Una de las principales razones por las cuales entiendo que
estamos aquí.
Todo esto, no es sino un homenaje a mi tocayo, ese
“personajillo” indefenso y debilucho, capaz de traer consigo toneladas de felicidad.
Pese a su corta edad, en escasas horas logró aquello por lo cual todos luchamos
y probablemente jamás conseguiremos. Fue capaz de alegrar la vida a infinidad
de personas, simplemente con su presencia. El más mínimo gesto de su pequeño
rostro actúa como fuente infinita de luz, iluminando hasta el ultimo rincón de
su entorno, hasta el último centímetro de piel ajena.
Ni que decir tiene que se trata de actos incomparables; sin
embargo, puede ser un buen ejemplo que ayude a entender y admirar la profesión,
esa satisfacción indescriptible asociada a la realización de un diseño, la
creación de una idea, el parto de un hijo.
En ocasiones nuestro gremio se ha visto perjudicado ante las
críticas reiteradas que nos tachan de utópicos, prepotentes o pseudoartistas.
No seré yo quien les reste razón. Pese a ello, entiendo que no es la profesión
la culpable de nuestros defectos sino la propia condición humana que nos
caracteriza. Esta es la razón por la cual me gustaría describir el por qué de
nuestro día a día, cuando los trámites burocráticos, reuniones y demás
actividades puramente empresariales nos lo permiten.
La creatividad, también conocida como inspiración artística,
es esa extraña y tímida amante que decide visitarnos sin previo aviso, ya sea
en mitad de la noche o en el tumulto de un bar. Su grandeza recae precisamente
en la arbitrariedad aparentemente asociada a su llegada. Un simple clic que
protagoniza y esclaviza nuestros sentidos. Un escalofrío que recorre cada una
de nuestras neuronas para llamarlas a filas y requerir su presencia. Un toque
de corneta que nos anuncia el inicio de las más dura y bella de todas las
batallas. Una explosión nuclear de ideas en cuya onda expansiva se
recrean nuestros pensamientos e inquietudes. Ese momento mágico en el cual la
luz invade cada rincón de las entrañas, mientras se esfuerza en absorber cada
vestigio luminoso del exterior, logrando mostrarnos una realidad oculta tras un
velo de incertidumbre. Es entonces cuando no existe otra opción que la de
centrarnos en resolver la gran cantidad de ecuaciones hasta ahora complejas,
todas ellas de resultado incierto pero emocionante.
Realmente podríamos decir que se trata de un proceso en el
cual el cuerpo se ve bombardeado por infinidad de sensaciones y emociones contrapuestas
que no hacen sino eclipsar nuestro entorno, en una mezcla de júbilo y cierto
estrés. Como su símil natural, todo proceso creativo requiere de un encargo
(aunque no precise dos personas) y un periodo de gestación de la idea en el
cual investigar acerca de los múltiples aspectos que componen la situación, así
como la búsqueda de referentes tanto en nuestro entorno más inmediato como en
opiniones más académicas y literarias. Este proceso puede ser más largo o
menos, pero siempre está. Se trata de un requisito imprescindible. No es hasta
que se considera asimilado por nuestra mente, cuando la sabia naturaleza nos
invita a intervenir.
Lo bueno ha llegado. Sólo queda disfrutar y exprimir cada
instante.
Tras dicha explosión viene la calma, un merecido descanso en
el cual aún inmersos en un cóctel de cambios, la realidad enmascarada se
esconde esta vez ante una felicidad aun no asimilada pero ya digerida. Es ahora
cuando debemos desconectar levemente y prepararnos para el proceso de
maduración de la idea, en el cual ordenar las pinceladas de genialidad
que se ven ya esbozadas entre tanto alboroto. Lo más recomendable, una buena
cabezada que permita a nuestra mente reorganizarse y volver a ver la realidad
desde la perspectiva habitual, a una distancia prudencial, suficiente como para
recuperar la capacidad de elegir y guiar los acontecimientos y pasos a seguir
por nuestra idea.
Si ahora os digo que esa idea se llama Álvaro y que más que
un edificio es un potencial usuario, no cambia más que la perfección del resultado
y la identidad de sus creadores, pero la alegría, orgullo y satisfacción son
los mismos; eso sí, elevados a la enésima potencia. Sin más, deciros,
afortunados padres, que como arquitecto, así como hermano y tío, me enorgullece
escribir que sois un ejemplo a seguir en mi profesión, y que venga cuando
venga la inspiración, siempre procuraré estar preparado y dispuesto para
recibirla, se llame como se llame.
A aquellos padres no vinculados al proceso creativo, confío esto os sirva para encontrar con mayor facilidad el camino hasta entender y disfrutar de la arquitectura. A los compañeros que ya hayan pasado por dicha experiencia paternal, confío que vuestros proyectos, independientemente de su grandeza, representen tan sólo una mínima muestra de lo que ese hijo puede llegar a significar.
A aquellos padres no vinculados al proceso creativo, confío esto os sirva para encontrar con mayor facilidad el camino hasta entender y disfrutar de la arquitectura. A los compañeros que ya hayan pasado por dicha experiencia paternal, confío que vuestros proyectos, independientemente de su grandeza, representen tan sólo una mínima muestra de lo que ese hijo puede llegar a significar.
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