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domingo, 30 de julio de 2017

El beso

En ocasiones, la conversación me ha llevado a debatir acerca de qué aspectos de cualquier relación son los más importantes. ¿Cuáles son las claves del éxito o el fracaso? ¿Qué nos lleva a encontrar en la otra persona lo que algunos denominan complicidad?

Pues bien, en mi opinión, la respuesta es clara. De hecho no creo q sea la primera vez que escribo sobre este tema, quizás sí la vez en que lo haga de forma más directa y explícita.

La clave de toda relación es la autenticidad.

Siempre se ha dicho que cuando más se liga es cuando menos se busca. ¿Por qué? ¿Mala suerte? ¿Broma del destino? ¿Tentación? No. Simplemente es cuando menos nos esforzamos en dejar de ser nosotros mismos.

Es por eso que la clave de toda relación no es la cama, ni el dinero, ni el físico. Todo eso ayuda, claro. Pero no es hasta que la abrazas que no sabes si puede ser la persona o no. No es hasta que la abrazas que no averiguas si merece la pena, si todo lo que ves y lo que te empeñas en ver tiene fundamento. Es sólo cuando sostienes a alguien en tus brazos que sientes su verdadera expresión.

Un abrazo es un instante infinito en el cual dos personas renuncian abiertamente a su individualidad para celebrar orgullosos el placer de la interrelación. Un gesto tan sumiso como dominante. La comunión perfecta entre dos personas. Y todo ello en un espacio tan corto de tiempo que solo queda lugar para la autenticidad. Nada de errores, nada de aciertos, nada de intentos por arreglar, nada de excusas, nada de arrepentimientos. Pensadlo. Probad a abrazar a alguien a quien no os apetece abrazar. Probad a dejaros abrazar por quien no os invita a hacerlo.

Pero desde luego, si importante es el abrazo, más aún lo es el beso.

Si el abrazo es la puerta por la cual acceder hacia personas valiosas, el beso es la ventana por la cual llegar hasta una pareja de verdad. Si el abrazo nos abre la vía de la amistad, es el beso quien nos define si dicho camino conduce hasta el amor o no.

Evidentemente, no todos los besos responden a un objetivo tan grandilocuente. Lo sé. Tan válido es quien se reconoce soltero y a gusto en su individualidad como quien se entrega a su pareja en busca de un nosotros mejor. Por mi parte, prefiero centrarme en el lado más romántico del beso.

Besos de amor, de pasión, de ira, de indiferencia, de ilusión, de tristeza, de cariño, de activación, de culminación, de atrevimiento, de confirmación, de despedida, de duda, de consolidación. Besos al fin y al cabo, ejerciendo su labor. Su incalculable misión.

Ese milagroso momento en el cual dos personas se mezclan, se encuentran, se reivindican y se entregan. Cuatro labios acompañados por dos lenguas contenidas en sus respectivas bocas, dispuestas a abandonar decididas y valientes su hogar, aunque sólo sea una vez, aunque esta sea la única vez. La vez que todo lo justifique, que todo lo cree, que todo lo afirme.

Esa mirada, seguida de un sentido abrazo que anuncie el inevitable beso a través del cual gritar bien alto lo que no nos atrevemos a decir.

Un beso es como el internet de toda persona. Una herramienta infinita capaz de conectarnos con personas de lo más dispar, por muy lejos que se encuentren, por muy diferente que piensen, por muy ajenos que nos puedan resultar. El beso es internacional, multilingüe, atemporal y gratuito. Libre en todos los sentidos. Un simple gesto con infinitos significados, infinitas interpretaciones. Un lugar en el mundo que es común a todos los hogares. Un recurso para el que todos venimos preconfigurados.

Un placer donde todos los sentidos se unen para homenajear el mas ínfimo y sencillo de los detalles, donde nuestras obedientes manos acompañan el gesto y amplifican su alcance, donde nuestros nervios se concentran en trasladar y traducir cada pequeño matiz, donde nuestra lengua renuncia a su poder para mostrar su lado más simple y explícito, donde nuestro oído se debate entre nuestros latidos y los suyos, donde nuestro olfato se esfuerza en traducir sus infinitos aromas a la par que acompasa nuestro nivel de pasión y deseo, y donde nuestra visión se empaña para evitar cualquier distracción mientras envía sus energías al resto de compañeros de batalla.

Un escenario perfecto sin más atrezo que el mensaje auténtico que necesitemos enviar.

Es por eso, que cada vez que beso a esa persona especial, el resto del mundo deja de existir. Tan sólo hay una sensación mejor en esta vida, y es cuando es esa otra persona quien inicia de motu proprio tan magnífica sinfonía con un único y afortunado espectador, yo.

¿Pero, si tan increíble es el beso o incluso el abrazo como medios de expresión, cómo es que recurro a tan extensa acumulación de vocablos? Fácil. No siempre se puede disfrutar físicamente de ese beso o de aquel abrazo. No siempre existe esa posibilidad tan evidente. En ocasiones la distancia, física o no, nos lo impide. Pero no por ello se ha de renunciar a ellos, ¿no creéis?

Un abrazo a todos. Si habéis entendido lo escrito, comprenderéis que no comparta nada más.

jueves, 14 de marzo de 2013

En un abrir y cerrar de ojos


Así es como se encuentra a una persona importante. De la misma manera en que podemos llegar a perderla. Todo ello sin tener la más mínima capacidad de reacción, tan sólo un instante alegre, feliz, relajado, sincero.

Siempre he defendido que no hay mejor manera de conocer a alguien, que a través de un abrazo. Ese momento de sinceridad total por el cual dos personas se entregan en cuerpo y alma, sin otra intención que la simple transmisión de sentimientos. Un espacio de tiempo mínimo, donde cada uno se muestra tal y como es, más allá de fachadas e imposturas.

Las palabras dicen que se las lleva el viento, por más que nos molestemos en plasmarlas en papel. Los detalles y regalos, son simples muestras banales de aparente complicidad. Sin embargo, cualquiera de estas dos vías, no hace sino prepararnos de cara a ese gran momento, en el cual las miradas se conectan, las sonrisas brillan con luz propia y los cuerpos se entrelazan hasta confundirse en uno mismo. Una reacción química inexplicable que evidencia la más mínima errata en el discurso que nos empeñamos en redactar.

En mi opinión, no es hasta ese momento que sabemos si realmente estamos ante alguien valioso o no. Escasos instantes capaces de mostrarnos al principiante temeroso, o al experto manipulador. Un detalle repleto de conjuntos. Un gesto físico evocador de los más intangibles sentimientos.

Jamás olvidaré esos pocos abrazos que me mostraron la belleza que encierra la vida en el interior de cada ser humano, la grandeza escondida tras innumerables capas de luchas sociales, derrotas, desconfianzas, miedos y errores. Instantes que difícilmente nos atrevemos a reconocer. Nos basta con disfrutar en silencio de esa inyección indescriptible de felicidad. No importa si estamos ante uno de los mayores inconvenientes de nuestra existencia, o si por el contrario, acabamos de experimentar la mejor de las alegrías. Esta felicidad es especial. Es simplemente eso, pura satisfacción espiritual.

En esta línea, me gustaría intentar describir y compartir con todos vosotros uno de mis ejemplos más apreciados. Me encontraba en mi casa, aún absorto en mis pensamientos, intentando asimilar lo que considero una de esas noticias que nuestro cerebro repele hasta la saciedad, una tragedia personal de las que marcan tu vida, un punto de inflexión que nos revela el verdadero valor de las cosas. En plena consecución de los hechos, la tristeza bloqueaba todo intento por existir, por tomar las riendas de la situación, imponer mi deber familiar ante mi desesperado vacío personal. Momento en el cual, el destino decidió enfrentar mi lamentable deambular con el no menos lamentable discurrir de un familiar, o más bien, la demacrada carcasa exterior de lo que en otro momento solía ser. El silencio reinante en la minúscula habitación, retumbaba entre los más de diez espectros presentes.

El resultado de dicho encuentro fortuito, acabó con una explosión desorbitada de cariño y ternura, tan inesperada como agradecida. Condescendencia a raudales. Cuatro brazos inanimados a punto de recibir una carga inmensa de energía, un instante eterno en el cual pude sentir toda una vida adulta entregada a mis temblorosos brazos. Una conexión tan profunda que nunca me he atrevido a expresar ni compartir, pese a la indiscutible certeza que me asegura confiada una evidente reciprocidad, de esas que no necesitan confirmación. Con la misma naturalidad con que se presentó ante mí, desapareció. No hubo palabras, ni gestos, sólo lágrimas y dolor.

Nunca sabré con seguridad si la otra persona pudo sentir lo que aún estremece cada músculo de mi cuerpo. Nunca sabré siquiera, si le gustó. Si fue consciente. Pero, en el fondo, sé de la magia contenida entre ambos. Sé que siempre podré estarle agradecida por enseñarme lo que el verdadero amor es capaz de generar.

Múltiples son los abrazos memorables que decoran mis recuerdos, aunque ninguno tan intenso y relevante como este. Por ellos, y por los que confío estén aún por llegar, es que me libero hoy aquí.

Cada uno que elija su propia definición de abrazo. Mientras tanto, intentaré seguir haciendo de la mía, la única posible.