Mostrando entradas con la etiqueta emoción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta emoción. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de junio de 2020

BAUTIZO DE VUELO

Son las cinco de la tarde de un sábado cualquiera de primavera. Mi habitual soledad se ve interrumpida por una presencia difícil de definir. No se trata de una persona, o ser vivo en concreto. Es más bien una sensación de inquietud y emoción que me solivianta sin descanso. La hora es importante, quizás más que nunca. Sé que es preferible esperar a que te esperen. Sin embargo, una hora de trayecto me separa de mi ansiado objetivo, lo cual añade gran cantidad de variables asociadas al tráfico y al simple hecho de conducir un vehículo propio. Todas estas inseguridades no hacen sino acrecentar esa peculiar desazón que me domina desde dentro. 

Intento organizar mis movimientos conforme a un estudiado plan. Una hoja de ruta a través de la cual controlar el origen, los preparativos, el destino y las alternativas. Todas las fases previstas se han ido cumpliendo con matemática precisión. Almuerzo satisfactorio. Siesta reparadora completada. Preparación de la casa para la marcha, realizada. Llega el momento de ducharse y preparar la ropa para lo que está por venir. Hay tiempo. La ducha puede prolongarse un poco más de lo recomendado. Sentir el agua deslizando por el cuerpo se convierte en un bálsamo de lo más eficiente. Aseado y perfumado, el vestidor me saluda con su habitual sumisión, ofreciendo sus mejores galas a mi servicio. Algo cómodo, sin duda. Pantalones vaqueros y camiseta negra. Un clásico. Sin embargo, el tejido no cae hoy como esperaba. Decido modificar mi decisión. Mejor será un polo del mismo color. Algo más ajustado y probablemente apropiado para contrarrestar el viento que sin duda me espera con vehemencia acumulada. Zapatillas del mismo color y chaqueta motera a juego. No es algo que busque, más bien, es algo que me encuentra a mí. No suelo mirar este tipo de cosas, pues los colores moteros suelen estar bastante limitados. Más aún en mi armario.

Sea como fuere, me armo de casco, gafas de sol y mascarilla. Estoy listo. Son las seis de la tarde. Sí, lo sé. Una hora suena excesiva. Pero, he preferido ahorrar algunas circunstancias irrelevantes para la historia, como el cuidado de plantas, y la colocación de algunas prendas desordenadas. En fin, quehaceres diarios que todo el mundo comparte, pero difícilmente divulga.

Lo dicho, son las seis. Recibo respuesta a mi mensaje de control: “Tranquilo, no necesitas traer nada que no sea a ti mismo”. Todo correcto. Ha llegado el momento. Lanzo convencido mi pierna sobre la montura retro que me recibe. Como siempre, se encuentra dispuesta a seguir acumulando kilómetros conmigo. Su depósito lleno. Sus neumáticos en perfecto estado. Arranca obediente al primer intento. Ruge con rabia y alegría. Se sabe preparada. Conoce lo que le espera. Carretera y viento. ¿Qué más se puede pedir? Con cariño le indico que ha llegado el momento de disfrutar. Piso con firmeza la palanca y me devuelve un chasquido metálico repleto de fuerza y potencia. El embrague me entrega toda su furia con enorme suavidad. Solo tengo que relajar la mano para que los más de setenta caballos se alineen bajo mis piernas. La temperatura se eleva gradualmente como resultado de su propia emoción. Cruzo victorioso la puerta del garaje y comienza oficialmente mi viaje. Dedico los primeros metros de recorrido a calentar. Cada cosa necesita su tiempo, y el entorno urbano que me rodea se muestra perfecto para ello. Alcanzo una de las vías interurbanas que me guían hacia la carretera principal. Aumenta la velocidad y con ello la vibración que envía la máquina en todas direcciones. Me reconozco nervioso y feliz. Sentimientos sencillos pero tremendamente profundos. Segunda rotonda de mi camino. Una ambulancia decide interponerse en mi camino, sin luces ni señales que la autoricen a ello. Primer susto. No sabría decir si debería interpretarlo como algún tipo de aviso, pero no puedo negar que la duda surca divertida mi cabeza durante unos instantes. Un posible conductor despistado podría haber terminado con esta historia antes de la cuenta. Pero afortunadamente, todos nos mantenemos en ese estado de relax que solo un sábado por la tarde nos puede aportar.

Ahí está. La autovía ha llegado. Segundo susto. Me vengo algo arriba en la incorporación y casi adelanto mi entrada en el carril adecuado. Nada que lamentar aún. Mis guantes se adentran decididos en esa nube de insectos en que se ha convertido el aire primaveral que me refresca y balancea a partes iguales. La moto ruge cada vez con más orgullo. Se sabe grande. Ha nacido para ello.

Son las siete menos cuarto de la tarde. Tras algunas incertidumbres en el tramo final, puedo confirmar que mis notas mentales han sido correctas y me han traído directamente hasta aquí. El aeródromo se erige frente a mí como un edificio humilde que anuncia una inmensa extensión de asfalto y naves. Para alguien acostumbrado a viajar no destaca por su tamaño. Pero para alguien que no ha volado en un privado jamás, diría que impresiona su dimensión. El lugar se recrea en este hecho. Nada más llegar, una avioneta se presenta ante mí en lo que parece una maniobra de mantenimiento cotidiana. Un par de personas parlotean distraídas con un empleado concentrado en sus labores. Quedan quince minutos para mi teórica llegada, pero decido avisar de mi adelanto por si eso ayuda a facilitar en modo alguno las cosas.

Desciendo con suavidad de mi montura y observo con gran sorpresa cómo cada apéndice de mi cuerpo recupera su sensibilidad original. La sangre reconquista aquellos rincones hasta ese momento negados por la postura, la velocidad y las vibraciones. Mis manos se reencuentran a sí mismas. Las piernas recuerdan su función primigenia. Mi espalda se coloca donde debe. Una cremallera me separa del frescor que mi torso comienza a reclamar. El sudor se asoma tímido a mis poros, pero logro frenar el proceso justo a tiempo. La brisa que decora la escena contribuye a una sensación de confort inesperada. La cercanía al evento no me disuade de continuar. Ni siquiera las alas que se acercan a mí. Me alegra ver que me mantengo firme en mi objetivo. Resuenan aún las palabras de quien advirtió el riesgo implícito en un acto que no puedo controlar de ninguna de las maneras. Una vez abandone la conocida normalidad del suelo que piso o los asientos que frecuento, estaré solo. Sin más esperanza que la experiencia de un desconocido en quien sin embargo confío hasta el punto de cederle mi seguridad sin reservas. Curiosa la mentalidad humana.

En ese instante, una voz me desconecta de mis pensamientos. Mi anfitrión me saluda desde lejos. Acaba de leer mi mensaje. Ya está todo listo. Me invita a cruzar la puerta y aparcar mi motocicleta junto a la pista. Una imagen de singular belleza. Lástima no dedicarle un instante más. Cuestión de prioridades, imagino. Me dirijo diligente hacia mi recién descubierto seguro de vida. Amable y extrovertido, me presenta a nuestro nuevo medio de transporte y me anuncia la compañía de una amigo que vendrá con nosotros. Acepto sin rechistar, con cierta alegría. Me gusta conocer gente y me relaja que la situación no dependa exclusivamente de mis habilidades sociales para lograr el éxito.

No obstante, solo un porcentaje ínfimo de mis neuronas se centra en la conversación trivial que nos atañe. Gran parte de mi cerebro sigue ensimismado en ese corcel brillante que se postra elegante ante nosotros. Una esbelta figura que parece diseñada al detalle. Es más, es precisamente así como está fabricada. Sus curvas se moldean bajo el influjo de ese caprichoso viento que ha de guiar y mantener sus movimientos. Algo menos de diez metros de envergadura y sabiduría. Un contenedor de conocimientos que no solo la hacen posible, sino que acumulan anécdotas y lecciones diarias. Varios cientos de horas de vuelo la avalan. Más de ochocientas a mi anfitrión. Confianza más que merecida. Nada que objetar. Como parte del proceso, intervienen las bromas para calmar los nervios y regodearnos en la inexperiencia que emano a cada paso. Me presenta al tercer pasajero. Ahora sí, retomo la dedicación total de mi atención. Bueno, casi total. Una parte de mí sigue inmerso en la ardua tarea de gestionar mis emociones.

Nos acompaña un experto piloto que ha decidido hoy volver a su segunda casa, tras muchos meses de desconexión. Al final, no cabe duda de que las aficiones son algo difícil de olvidar. Pocas son las frases que intercambiamos antes de que me anuncien su pasado. Dotado de gran experiencia se enorgullece de haber sobrevivido a una de las más complicadas de todas las que acumula. Una de esas que nadie querría tener que superar, pero que cualquiera se alegraría de contar. No sé si es el momento, al menos para mí. Pese a todo, hace rato ya que me entregué a la escena, y me intriga muchísimo su currículum. Puede parecer temible, pero reconforta de un modo extraño que la persona que se sienta tras de mí sepa todo lo que implica un vuelo de estas características. Un error inexplicable frenó su maniobra de despegue con gran virulencia hasta alcanzar una verticalidad tan pausada como letal. Carente de potencia, su cuerpo se veía abocado al desastre como parte de un fuselaje sentenciado. Afortunadamente, alguna extraña habilidad ha sabido borrar de su mente los peores momentos vividos. Lo siguiente, declaraciones de amigos afanados en su búsqueda. Un aparato destrozado pero fiel, capaz de no sucumbir a la tremenda inflamabilidad de un tanque repleto de gasolina con plomo de cien octanos. Una bomba que jamás culminó su activación. Múltiples fracturas por todo el cuerpo, un rostro renovado y una partida de nacimiento reiniciada por completo, avalan a un agradecido “jovencito” que acaba de alcanzar la mayoría de edad por segunda vez en su vida. No puedo sino celebrar su triunfo y compartir su nivel de agradecimiento.

Hechas las presentaciones, es momento de despegar. Todo lo comentado hasta entonces ocupa un lugar secundario pero imperturbable. Cinturón abrochado y cascos colocados. El piloto comienza a hacerse cargo de la situación. Yo incluido. Con profesionalidad va radiando lo que ocurre para hacerme partícipe de cada paso. Los chequeos de rigor me devuelven a lo único importante, esa realidad tan llamativa. Nivel de potencia ajustado. Botones diversos, apropiadamente accionados. Revoluciones en su punto. Pruebas de recuperación y fallo asimétrico del motor, superadas. Posición de espera en pista, alcanzada. Pedimos permiso por radio para despegar. Nadie nos avisa de su presencia. No obstante, este avión se considera de manipulación visual y hacemos gala de ello. Pese al silencio radiofónico, avistamos un aparato en plena maniobra de despegue. Bien visto. Su acción recibe el educado reproche pertinente, y nos devuelven la disculpa de rigor. Ahora sí. Pista libre. El viento se presenta caprichoso. Tanto es así que nos disponemos a despegar en la dirección contraria a la que acaban de emplear nuestros inesperados predecesores. No pregunto. No quiero resultar impertinente, y además, carezco del criterio necesario siquiera para dudar. Motor a tope de revoluciones, una velocidad aproximada de ciento treinta kilómetros por hora y nuestro tren se separa finalmente del asfalto. Estamos volando. El avión se mueve ligeramente, pero lo justo para dotar de veracidad al momento. El miedo sigue ahí, controlado, dentro de los límites permitidos. Es la adrenalina la que va ganando con calma la batalla. La belleza de las imágenes acaba por acallar cualquier muestra de sentimientos encontrados. Solo placer. Una perspectiva nueva, doméstica y palpable. Recorremos con delicadeza los alrededores de la pista, hasta cruzarla en su vertical a más de mil quinientos pies. La belleza de un pantano cercano, la cresta de la montaña en que se posa habilidosa una peculiar urbe y el sol de tarde que nos golpea sin descanso. Las escenas se suceden en nuestro camino de vuelta hacia la costa. Volvemos a superar el aeródromo. El mar se acerca estrepitosamente. Desde la torre de control del aeropuerto más cercano nos indican la presencia de una aeronave en nuestras inmediaciones, por lo que nos recomiendan mantener una altitud de mil pies. Desde mi asiento, la costa se muestra aún más atractiva que de costumbre. Los acantilados se superponen con las calas tan características de la zona. El mar, tranquilo, sosegado, aporta un extra de calma a mis intrépidos ojos. Es entonces cuando el vuelo se transforma en maravilloso. La sensación de surcar el aire tan cerca de la costa, y a la vez tan lejos. Un sutil movimiento de mano, y el avión responde obediente. Un leve tirón y recuperamos altura. Un suave empujón, y descendemos nuevamente a la barrera indicada. Los distintos instrumentos contribuyen al objetivo. Son muchos, pero me centro solo en aquellos que parecen importantes para mí en este preciso instante. Altitud y deriva. El resto, vistas y diversión.

La vuelta se hace más llevadera, al dejar que sea el piloto automático el que nos dirija de vuelta a casa. Esto nos permite centrar nuestros sentidos en la conversación, la admiración del paisaje que surge ahora junto a mi ventana y la búsqueda de compañeros que nos anuncian su presencia por radio.

La pista se vislumbra nuevamente bajo nuestros pies. La recorremos en busca del extremo apropiado para iniciar la maniobra de aterrizaje. Viramos con gran virulencia y disponemos todos los instrumentos para este interesante procedimiento. Reducimos velocidad, ubicamos el morro en la dirección adecuada con los pedales, y nos enfrentamos al viento con respeto y descaro. En lo que definirían como una pasada en baja, o quizás, un motor al aire, recorremos la pista a escasos metros de altura para retomar de repente el máximo de potencia hasta recuperar con violencia la altura deseada. Una sensación de vacío sin precedentes se apropia de mi estómago. Nada que temer. Tan solo una sensación nueva y del todo impactante. Un alarde de fuerza y potencia desatada.

Esta vez sí, enfilamos la pista a la velocidad adecuada y controlando la escasa incidencia del viento lateral, así como el correcto posicionamiento del avión, nos acercamos al suelo. Esto se acaba. Pero antes, varios segundos de silencio en los que esperar el impacto. Una tensa calma en la que disfrutar del aterrizaje con todas sus letras. Con gran suavidad, tomamos tierra e iniciamos el proceso de frenado, para dirigirnos directamente al hangar, donde abandonar la avioneta y con ello, una de las mejores experiencias de mi vida.

No sé si he sabido expresar adecuadamente algo tan grandioso, pero os garantizo que merece la pena.

Ya en tierra, pero aún dentro de la cabina, compartimos una agradable conversación acerca de tan noble afición y un sinfín de anécdotas que me acercan a mis compañeros y me inducen un mayor interés por el aire, si cabe. Una envidia sana corroe mis adentros. Me alegro por ellos. Han encontrado la alegría de vivir en tan atractivo ejercicio. Y lo mejor de todo, me han permitido formar parte de ello. Gracias. No puedo decir más, muchas gracias.

Victoriosos, compartimos una conversación más mundana frente a unos refrescos. Sin duda, estoy ante alguien distinto, especial. Jamás me cansaré de conocer a gente capaz de llenar una conversación con sentido.

Finalmente, ya de noche, nos despedimos y retomo el control de mi motocicleta. Casi una hora de vuelta me separa de la casa, pero la adrenalina aún me domina, y podría conducir durante horas. No quiero que esto se acabe. Y a juzgar por lo intenso de lo vivido, dudo mucho que lo haga.

Gracias amigo por la invitación. Me alegro de haberte tomado la palabra. 

miércoles, 4 de junio de 2014

El placer de disfrutar


La inteligencia, como la cultura, no depende del grado máximo que somos capaces de alcanzar sino de nuestra capacidad para adaptarnos en cada momento al entorno que nos rodea.

Esta reflexión, lejos de resultar gratuita, responde a una inquietud personal que me acecha hace tiempo: 

¿Soy menos inteligente si disfruto por igual de un buen partido de fútbol y de una buena obra de arte? ¿Se supone que debo considerarme menos culto por no gozar exclusivamente con placeres de primer nivel?

Cuando uno analiza la situación que genera lo que nos empeñamos en llamar vida, se da cuenta que no deja de ser un cúmulo de circunstancias que nos rodean y nos dibujan un contexto concreto en cada momento, unas veces considerado más culto y otras menos. Así que, si partimos de la base de que el objetivo en la vida es indiscutible, ser feliz, no nos queda otra respuesta que la de aprovechar cada instante, independientemente de las características que lo configuren.

Dicho esto, será más inteligente y culto aquel capaz de adaptarse mejor a la diversidad reinante, aquel cuya cintura permita una mayor flexibilidad social.

¿Como puede el “culto” considerarse culto si no sabe disfrutar de los placeres más simples?

Desde que tengo uso de razón he aprendido que la complejidad es una gráfica que surge de la ausencia total de esta, la sencillez, y va aumentando progresivamente hasta alcanzar su grado máximo. Por lo tanto, como en una etapa de montaña, no es más importante el último esfuerzo sino entender que a cada pedalada avanzamos un poco más hacia nuestro destino, debiendo acometer los retos uno a uno, sin conquistar una cima hasta no haber superado la anterior.

Del mismo modo, los grados máximos de inteligencia y cultura se basan en la superación de aquellos niveles que los preceden. Y un error muy habitual es el de alcanzar la cima para acabar olvidando el camino recorrido hasta ella.

Por todo ello, entiendo que la inteligencia no depende de la “altura” en la que nos movamos sino de la conciencia global que nos exige cada situación, nuestra capacidad para entender cada sorpresa que nos depare la vida, nuestra capacidad para afrontarla en su justa medida, y lo más importante, nuestra capacidad para disfrutar a lo largo de todo el proceso.

Aún ahora, os estaréis preguntando qué ha podido motivar tan peculiar retahíla de pensamientos inconexos. Quizás sea el último partido acontecido, o más bien, puede que sea el último concierto que escuché. O puede que sea la última exposición de arte que vi publicada hace unos días.

Pero la verdad es que la respuesta es más bien de tipo holística, lo cual podría haber definido fácilmente como “general o global”, pero claro, entonces no sería un texto tan culto. En fin, como decía, se trata del conjunto de supuestos planteados los que originan este deambular conceptual.

Cuando uno analiza sus últimos días y descubre un panorama cultural tan diverso, se encuentra con que la riqueza de su vida no depende del valor que otros se empeñan en asignarle a cada una de esas experiencias, sino que la clave está en el, exitoso o no, intento por mantener una constante fundamental, la satisfacción personal.

Esta incógnita depende sólo de la ilusión, las emociones, la alegría o la felicidad, todas ellas intangibles que sin embargo se pueden palpar fácilmente en una simple mirada, una sincera sonrisa o un fortuito gesto. No nos hace falta mayor tesis doctoral que un ojo crítico dispuesto a dedicar un instante a los demás.

Ser feliz es tan complejo como nosotros queramos que sea. Oportunidades para serlo inundan cada segundo de nuestras vidas. Un buen partido de fútbol, una tertulia entre amigos, una buena cena en compañía, un rincón de soledad, un abanico de frescura, un derroche de aventura, un concierto del grupo que supo arrancar aquella sonrisa, una exposición del artista al cual no conoces ni conocerás pero que sin embargo invade tus pensamientos más íntimos...

Todas ellas, situaciones muy diferentes que generan una sensación muy similar a cuando una película traspasa la barrera del cine para adentrarse en lo más profundo de tu ser, ese libro desconocido que parece haber robado las palabras que describían tu anhelada infancia, un beso irrepetible que siempre pareció estar ahí; en definitiva, múltiples caras de una misma moneda, la más importante, la emoción.

Hace falta haber practicado deporte para entender la emoción de celebrar un gol, una derecha definitiva a la línea, una canasta en el último segundo. Haber intentado cantar para apreciar los matices de una bonita voz empeñada en remover cada uno de tus órganos internos. Haber intentado pensar, para valorar una obra de arte capaz de desmontar todas tus creencias tatuadas a fuego.

Ser feliz pasa por valorar lo inmenso que rodea a cada instante, entender todo lo que encierra tras su fachada de sencillez y naturalidad, pues no es hasta entonces que no se aprecia lo bueno que, sin duda, forma parte de todo momento vital.

En este sentido, puedo decir orgulloso, que más allá de la inteligencia que esto denote frente a los grandes sabios que juzgan desde el desconocimiento de sus pseudo-tronos sociales, en un sólo fin de semana he logrado disfrutar plenamente de un concierto de música, de una derrota en un partido de fútbol entre amigos, de una victoria ajena en la final de la Champions, de la presentación de una exposición de arte, del último capítulo de una serie de moda, o de una barbacoa sencilla en familia.

Con todo mi respeto, ¿no es más inteligente quien aprende a disfrutar de aquello que le rodea que quien se esfuerza en negar determinados aspectos de su vida para centrarse sólo en aquellos que a priori define como dignos o adecuados?

Lo siento, pero una vez más, en la variedad y la sencillez está el gusto.

A todos los que me lean, por favor, aprovechad la oportunidad de gozar con los placeres que se presenten ante vosotros, aunque estos vengan en forma de texto incoherente y sin rigor literario.

Muchas gracias por contribuir a que mi entorno sea tan variado como interesante.

Un abrazo a todos.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Arquitectura sensorial, arquitectura social

La nada en la arquitectura

De sobra es conocido el debate en la arquitectura surgido entre el lleno y el vacío. Un equilibrio tan complejo como necesario que, cual código binario, representa la identidad de toda actuación.

Dentro de este esquema de unos y ceros, no cabe duda que la nada aparece asociada al vacío como representante de la ausencia. Sin embargo, ambos conceptos, pese a la gran cantidad de similitudes que encierran, nos permiten distinguir pequeños matices que nos invitan a entender la Nada, como un concepto en sí mismo.

Mientras el vacío responde a un espacio no construido que logra erigirse en un algo muy arquitectónico, en mi opinión la nada, es algo mucho más complejo que apunta a aspectos más emocionales y menos constructivos. Cuando, de ahora en adelante, me refiera a la Nada, lo haré entendiendo un matiz muy especial de este término: la nada entendida no tanto como ausencia, sino como anhelo de algo. Un deseo reivindicativo que nos invita a encontrar ese algo al que se nos impide acceder. Ese algo que nos fue prohibido, sustraído o arrebatado. Al fin y al cabo, la emoción.

Aún más conocido es el eterno debate entre forma y función, estética y uso. Sin duda, la clave de este debate no es otra que la citada emoción. Es la encargada de desnivelar la balanza.

Por otro lado, cabe destacar el hecho de que en una sociedad cada vez más saturada de información, donde el exceso de oferta empieza a agotar la demanda, se revaloriza la máxima de que vale más una imagen que mil palabras. Y en este momento de inmediatez global, una experiencia vale más que mil imágenes. El exceso de datos nos lleva a asociar los conceptos a experiencias personales que nos ayudan a retener la información, distinguiendo unas cosas de otras. Serán recordadas exclusivamente aquellas que traspasen la barrera de lo cotidiano para ser asimiladas por nuestro cerebro como parte importante de nuestra existencia. Una vez más, la emoción es la que lidera nuestro aprendizaje y se erige como clave de la ecuación.

Así surgió uno de los conceptos más estudiados a lo largo del desarrollo de mi Proyecto Fin de Carrera (PFC): la “Nada”. Ese espacio sin uso aparente, que se integra en la ciudad aunque parezca no formar parte de ella. La “Nada” entendida como ausencia total de algo, o como la huella imborrable de un algo desaparecido. Por ello, la “Nada” en muchos casos es más explicita e interesante que el “Algo”. La “Nada” hace pensar y plantearnos que habría antes, o el por qué de su existencia.

Estas ideas y reflexiones guiaron mi análisis hacia conceptos nuevos en mi formación y hacia grandes representantes del arte y la filosofía como John Cage, Marcel Duchamp, Robert Rauschenberg, Solá Morales..., artistas capaces de hacernos pensar y reflexionar sobre cosas tan cotidianas como el vacío, la nada, el silencio. En definitiva, hacernos ver las cosas desde una nueva perspectiva.

Desde dicho PFC pretendí, a una escala menor y más humilde, provocar un efecto similar sobre el ciudadano. Inducirle a replantearse o reflexionar sobre cosas que quizás eran consideradas como normales, con idea de evitar que estas se dirijan irremediablemente al olvido.

Así surgen en la propuesta ideas como mantener en lo posible los vacíos urbanos (terrain vague) como referentes ciudadanos y parte indivisible del concepto ciudad. Partiendo de esta premisa, mi investigación provocó la conexión con Rauschenberg (autor de De Kooning erased): borrar lo existente mostrando simplemente el resultado de este borrón, pero rompiendo todo concepto preestablecido y, curiosamente, poniendo en valor el desaparecido boceto original de De Kooning, que con anterioridad al borrado no era sino uno más de los múltiples bocetos que realizó.

El gesto de borrar algo y mostrar su huella, nos conduce inevitablemente a plantearnos el origen, el motivo del borrado.

Cuando Duchamp descontextualizaba esos elementos cotidianos en sus famosos readymades, pretendía que con un simple gesto el observador se planteara nuevos contextos que aportarían tantos matices nuevos, como para cambiar completamente el significado original del elemento.

Esta intención motivó, por ejemplo, mi acción de descontextualizar la fachada, es decir, demoler los edificios alineados a vial, pero manteniendo la fachada mediante una estructura auxiliar que le permita continuar en pie en su emplazamiento original (como en una obra de rehabilitación) pero dentro de un nuevo e inmediato contexto, destinado a animar al ciudadano a ser consciente de este elemento y de su ubicación.

Una fachada separada del edificio, aislada, deja de concebirse como fachada y se convierte en un muro, con el simple gesto de la demolición.

Posteriormente será el visitante, o el observador, quien deberá aportar su mirada a este gesto, interpretando y reflexionando al respecto.

Lo cual introduce una de las grandes variables que contribuyen al verdadero entendimiento de la arquitectura, como una más de las artes existentes. Como ya indicó Duchamp, el papel del observador es fundamental en cualquier disciplina del arte.

Es por ello que la componente de subjetividad que motiva cada manifestación artística nos induce a recurrir al observador como elemento esencial del proceso, el elemento destinado a culminar el mensaje iniciado por el artista.

Del mismo modo, en la arquitectura, resulta primordial contar con el usuario como pieza básica de todo proyecto. No es casualidad que el término observador, haya sido sustituido por el concepto de usuario. Como pueden imaginar, lo que diferencia a la arquitectura de otras disciplinas artísticas como la escultura, es el trabajo con espacios que deberán ser habitados por su teórico observador, para convertirse en usuario. Por tanto, en mi opinión, cuando un proyecto se realiza pensando en el observador, se aleja del origen mismo de la profesión. Por el contrario, conforme más nos acerquemos al usuario y sus necesidades, más eficaz y coherente será la actuación.

Arquitectura y usuario son dos elementos indivisibles, permitiendo sin embargo, que aparezcan diferentes maneras de dirigirse a este target, ya sea desde una perspectiva funcional, estética o emocional.

En esta línea, el empleo de la nada, no puede sino responder a un deseo de tipo emocional, sensorial, con el cual emplear la arquitectura para actuar en las emociones de sus usuarios, estableciendo con ellos una interacción de carácter sentimental.

Como uno de los grandes referentes de esta arquitectura, en mi opinión, podríamos destacar el museo judío de Berlín, de Daniel Libeskind, un verdadero ejemplo de arquitectura emocional.

A lo largo de dicho museo, el espectador se torna paulatinamente en usuario, casi sin querer. De manera sutil, el continente se convierte en contenido, sin por ello caer en la prepotencia de un protagonismo excesivo. Con gran elegancia y humildad logra asumir este nuevo rol, elevando la mirada cuando se le exige aglutinar toda la importancia, y agachándola cuando la situación le exige asumir un papel más sumiso, donde otorgar el protagonismo a las obras que alberga. Por tanto, convierte la visita al museo en una verdadera experiencia que enriquece, sin lugar a dudas, la colección para la cual surge.

Todo lo que me esfuerce en explicar mediante palabras, no alcanzará ni de lejos lo que realmente supone acceder al edificio personalmente. Por ello, invito a todos a visitarlo.

De este modo, mis escritos serán buenos en tanto en cuanto les traslade las emociones experimentadas en primera persona durante mi estancia allí. No sólo por enriquecer la lectura de estos párrafos, sino por inducir al lector a sentirse partícipe del relato, deseando intervenir en esta experiencia y matizar personalmente mis opiniones. Convertir un vacío en el máximo exponente de la negación, la nada.

Asimismo, la arquitectura será buena, en tanto en cuanto logre trasladar al usuario la satisfacción de una necesidad resuelta, un divertimento gozado o un aprendizaje activo. Al fin y al cabo, permitir al observador-usuario cerrar el ciclo del arte, asumiendo su rol subjetivo para aportar las sensaciones y emoción que toda obra requiere para lograr el apellido “de arte”.

Superar la barrera de lo emocional, por otra parte, resulta realmente difícil dentro de un tablero de juego en el cual cada pieza se convierte en un objetivo igualmente potencial, sea cual sea su procedencia, cultura o condición. Esta reflexión me lleva a poner en duda la esencia misma de la globalización en la arquitectura, empeñada en objetivar seres subjetivos, eliminar sus peculiaridades para dirigirse a ellos de manera inequívoca y lineal.

Del mismo modo que la arquitectura más emocional de toda su historia, la religiosa, ha entendido durante años que debía materializar su discurso de manera completamente diferente en función de su público objetivo, resulta cuanto menos pretencioso, aspirar al logro de edificios globales que a su vez sean capaces de traspasar sus barreras personales.

En este sentido, no cabe duda de que dentro de la arquitectura residencial, será mas sencillo encontrar el objetivo emocional en viviendas unifamiliares de autoconstrucción, donde el usuario final es conocido y parte activa del proceso de diseño, que en los malogrados bloques plurifamiliares donde el promotor se erige en cliente, sustituyendo al usuario por un estándar tan analítico como impersonal, de nuevo un ser subjetivo que tendemos a objetivar.

La industrialización, la globalización y el capitalismo, han logrado convertir la arquitectura en un mercado inmobiliario donde la obtención de beneficios premia sobre la habitabilidad, donde la eficiencia de recursos frena la creatividad; en definitiva, un alejamiento progresivo de la sociedad contemporánea, caracterizada por una participación evidente y constante en el día a día de sus iguales, con cada vez mayores conexiones pseudo-sociales y una creciente borrachera informativa.

No será hasta que nos reencontremos con el nuevo entorno social, que la arquitectura no recuperará su lugar, su papel fundamental dentro del proceso vital del ser humano.


lunes, 8 de abril de 2013

El libro_p04


Capítulo 4

Ansioso, expectante, incluso desesperado, ultimo los segundos que restan para el desagradable sonido de mi despertador. La presión ejercida por los recientes retrasos y posteriores reprimendas me pesan sobremanera en esta fría mañana.

Por fin, el parpadeo que precede al ruido infernal hace acto de presencia y mi mano reacciona rauda y veloz para frenar el proceso estándar. No me gustaría hacer partícipes a mis padres o mi hermano de mi surrealista plan. Este tremendo madrugón podría ser malentendido por mis preocupados parientes, quienes ya mostraron su descontento y consiguiente preocupación en la pasada cena.

Feliz por mi pronta reacción, me dirijo orgulloso hacia el pasillo, toalla en mano y rodeado por un halo de sorprendente optimismo. El reloj parece mi principal aliado en esta batalla tan personal como necesaria. El desayuno, la elección de mi vestimenta o, incluso el rasurado matinal parecen relegados a un sombrío segundo plano.

Jamás había sentido tanto el deambular del agua sobre mi cuerpo. Parece que cada gota se desprendiera de sus vecinas para reivindicar su inevitable individualidad en lo que se asemeja a una extraña celebración callejera. La temperatura perfecta me recuerda el por qué de todo esto, me dibuja distraída una leve pero intensa sonrisa en mi rostro. Un relajado suspiro que invade mi cuerpo, del mismo modo en que lo hace el líquido elemento, sutil pero contundente, eficaz.

El momento toalla, recupera su trivialidad original, negado frente a la celeridad de mis medidos movimientos. Cada nuevo hito en esta estudiada mañana, corrobora los plazos previstos y con ello, genera una nueva satisfacción que deriva en mayor efusividad y nerviosismo controlado. Uno de esos momentos en los que todo a tu alrededor demanda una sobriedad y silencio imposibles de alcanzar. Todo tu cuerpo emana adrenalina contenida, tus músculos se contraen impacientes, preparados.

La calle, por fin. Todo marcha. No sabría decir, para ser sincero, si los zapatos son realmente del mismo par, si los calcetines coinciden, si el peine ha llegado a ordenar mis húmedos cabellos, o si la mochila contiene alguno de los materiales que necesitaré más adelante. Sólo me preocupa una cosa, el paso firme e irremediable de mis suizas agujas. Y desde luego, es de lo poco que podría garantizar con seguridad, seguimos llevándonos bien.

La odisea diaria se presenta más amable que de costumbre, solitaria a la par que original. Los olores parecen similares, sin embargo el conjunto revela una pureza hasta ahora olvidada. Los ruidos, sin duda, no son sino una vaga muestra de mi anterior referencia. Mi alegría sigue en aumento y su representante hormonal, continua su lento pero constante llenado del vaso de mi autocontrol. Las buenas noticias se suceden y mi sonrisa comienza a tornarse en nerviosa.

8:59h. En pleno éxtasis emocional, reconozco la ansiada puerta de mi recién bautizado como querido instituto. No quepo en mi gozo. La hora cuadra, mi reloj corrobora tal triunfo y por si esto fuera poco, la voz aliviada de mi hermano resuena cual canto gregoriano en mis adentros. ¡Lo logré! Voy a oír el timbre por primera vez.

  •  Oye, lo has hecho. Me alegro.
  • Gracias. No podía permitirme un fallo más.
  • Pero bueno, ¿a qué hora te has levantado? Eres un auténtico personaje. Cuando me he levantado ya te habías ido. Y por lo que parece no has desayunado, ¿verdad?
  • A ver. Tampoco le vamos a pedir peras al olmo, ¿no? Jajaja. Déjame disfrutar de mi pequeño logro. Ya, si eso, mañana desayuno.
  • Anda, cómete esto que te he pillado en casa. ¡Cómo te conozco! Sabía que te habías venido en plan valiente.
  • Gracias tío, eres un máquina. Menos mal, porque ya empezaba el estómago a dirigir a la orquesta. Jajaja. Si es que te tengo que querer...
  • Déjate de rollos! Come y calla. Jajaja.
  • Vale, lo haré. Luego te veo.

Instante en el cual el sonido angelical del timbre interrumpe nuestra improvisada tertulia anunciando mi llegada triunfal. Confiado me dirijo hacia mi aula, consciente de mi tremenda valía. Mentiría si dijera que no me siento como un auténtico superhéroe. Las caras sorprendidas de mis compañeros, sólo son mejoradas por la peculiar sonrisa de mi director, quien me felicita entre dientes por mi pequeño éxito. Pese a mi timidez, me adentro en la clase feliz, observando al tendido, mientras el profesor me saluda casi tan sorprendido como yo mismo. Acto que se ve acompañado de las risas de mis compañeros, quienes no podrían estar más de acuerdo con el “gestito” espontáneo de mi maestro de tecnología.

Lejos de avergonzarme, decido dar el golpe en la mesa definitivo, y alzar temeroso la voz para dar los buenos días con sorna al perplejo grupo, acompañado por un atrevido intento de chiste, que sorprendentemente, mis compañeros parecen aceptar de buena gana. Momento en el cual, mi hermano se apodera remotamente de mis actos, teledirigiendo mi mirada hacia la tercera fila, justo a mi lado, la mesa en la cual se sienta algo dormida aún, su improvisada candidata a mujer del año.

El recorrido de mis ojos parece ralentizarse hasta casi detenerse por completo en su búsqueda ilusionada del objetivo. Cual es mi sorpresa, al encontrar frente a mi, dos preciosos ojos verdes, arropados por unas elegantes cejas y unas pobladas pestañas. Un festival de colores organizados bajo la batuta de una naturalidad impactante y una belleza que difícilmente podría describir con palabras. Un regalo del destino que parecía presentarse ante mí. Perplejo, me paralizo de arriba a abajo, con una estúpida sonrisa que decora mi impasible rostro.

Segundos con complejo de horas preceden al instante definitivo, el momento en el cual esos maravillosos ojos se cierran suavemente en su camino hacia el suelo, mientras su bello rostro evidencia un cierto tono sonrosado que acompaña una ínfima sonrisa que deja entrever sus tímidos dientes, todo ello bajo el inexplicable efecto del slow motion. Una mínima mueca que en mi cerebro es recibida como la mayor de las alegrías jamás anunciadas.

Supongo que para ella pudo ser un simple acto reflejo, pero he de reconocer que fueron necesarios algunos minutos más para permitir a mi cuerpo recuperar el control sobre una situación que hacía ya tiempo dejó de existir. El profesor llevaba un rato intentando despertar nuestras neuronas con una inexplicable perorata repleta de tecnicismos, capaz de domar a la más fiera de las criaturas que habitan este mundo. Sin embargo, harían falta toneladas del peor de los tranquilizantes para apagar el fuego que acababan de encender en mi interior. Y lo peor, que se lo debía a mi hermano, mi hermano pequeño. Tendría que decirle que sí, que tenía razón, que estaba en lo cierto. En fin, imagino que merece la pena y que, en el fondo, se lo merece.

Tecnología, matemáticas, informática, economía... un sin fin de asignaturas que esperan respetuosas en el porche de mi cabeza a que mi nueva inquietud abandone la casa y les permita entrar. No logro olvidar esa mirada, esas mejillas sonrojadas y perfiladas con maestría frente al mini espejo que toda chica parece llevar en su bolso, o quizás, la imagen que había decidido crearme de ellas. Ahora me parece increíble que durante todos estos días me hubiese podido perder tal espectáculo. Hasta qué punto podía estar obsesionado con fingir una normalidad forzada, que había obviado una de las mejores imágenes que podrían decorar ese tradicional mural en que se convierten los recuerdos.

Mi objetivo acababa de cambiar radicalmente. Llegar puntual, pasar desapercibido, integrarme, aprender; todo eso quedaba relegado a un meritorio segundo plano. Las veinticuatro horas del día en mi nueva vida, encontraban su sentido en tanto en cuanto contasen con la aportación de mi nueva musa. Cada movimiento parecía conducirme directamente hacia ella, del mismo modo en que los imanes se adhieren a la puerta de la nevera. Un fenómeno conocido pero inexplicable, asumido pero opaco.

Podría recrearme en todo ese rollo de las mariposas, las hormiguitas y demás cursiladas, pero mi pragmatismo me lleva a mostrar una realidad mucho más racional, más fría. Prefiero contar mi versión de lo que muchos denominan amor a primera vista. En mi opinión, es bastante más cercano a una tremenda obsesión, sólo que afortunadamente, desprendida de toda esa negatividad peyorativa. Una cariñosa obsesión por conocer cada íntimo detalle que configura su interesantísima existencia. Un deseo pasional por entregarle toda esa ternura y bondad contenidas bajo el telón de mi teatral impostura. Un sentimiento tan profundo como transparente, donde su felicidad ocupa el lugar más alto, en un inestable equilibrio entre alegría y tristeza, entre amor y odio.

Sé que no puedo contarle todo esto a mis amigos, si no, probablemente, empezarían por dudar de mi masculinidad y posteriormente, usarme para amenizar sus ratos de aburrimiento. Pero, por primera vez en mucho tiempo, me gustaría permitirme el lujo de desencadenar mis emociones, derrumbar el interminable dique con que sellé hace años todo un mar de pensamientos. Es el momento de liberarme, dejar fluir mis ideas, como si nadie las pudiera ver, sólo ella, sólo yo. Un rincón de total sinceridad en el cual depositar cada gramo de humanidad que aún respiro.

Soy consciente de que si ella pudiera leer mi mente, huiría despavorida ante tanta ilusión desproporcionada. Soy aún más consciente de que las probabilidades de que una chica como ella se fije siquiera en mí, son prácticamente nulas. Soy, a ratos, vagamente consciente de que, incluso, cabe la posibilidad de que me acerque a ella y sea yo quien decida alejarme poco a poco. No olvido mi inseparable don para alejarme de toda aquella persona que parece sentir por mí algo parecido a lo que acabo de expresar. Pero bueno, no hace falta ir tan deprisa. Como buen romántico utópico, lo único que me importa ahora mismo, es disfrutar de este peculiar cortejo. Este acercamiento tan sutil como intenso. Es como si me hubiesen devuelto a esos fatídicos quince años, cuando mi querida Sandra protagonizaba con tanto estilo cada episodio de mi recién descubierta adolescencia

Sólo puedo dar las gracias por todo esto. Por recuperar algo que pensaba perdido.

Pues sí, han pasado sólo diez años, ya han transcurrido más de tres mil quinientos días desde aquel. Pero, sin saber muy bien por qué, mi cuerpo salda conmigo una deuda generada tanto tiempo atrás. Por fin, puedo gritar en silencio que vuelvo a ser yo. ¡Sí! Estoy de nuevo aquí, y esta vez, vengo para quedarme, así que mejor que se preparen. No más psicólogos, no más complejos, no más excesos ni ausencias. Simplemente yo, en busca de un nuevo nosotros que me permita entenderlos mejor a ellos.