Mostrando entradas con la etiqueta integración social. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta integración social. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de marzo de 2013

El libro_p03


Capítulo 3

Al fin sólo. Me encantan estos ratos de risas con el sinvergüenza de mi hermano, pero después de un día tan largo, necesito enormemente este momento de tranquila soledad. Lo que son las cosas, quién me iba a decir a mí hace unos años que me alegraría este silencio. Con la de noches que pasé desesperado, sin nada que hacer. Noches repletas de pensamientos vacíos. Tan sólo mi pequeña linterna, la luz parpadeante de mi despertador digital y los coches noctámbulos bajo mi ventana. No sabría decir el número exacto de estas noches de insomnio, pero desde luego fueron muchas más de las que me hubiese gustado contar.

Horas y más horas de angustia contenida, lágrimas encerradas tras el dique de mi orgullo. Demasiadas emociones para un “niñato” de mi edad. Ahora recuerdo la pseudo madurez con que pretendía afrontar tantas noticias y sesiones. Resulta incluso irrisorio lo convencido que estaba de mi entereza, de mi avanzada edad. No podía estar más equivocado. Sólo era un chaval obligado a renunciar a mis pensamientos y decisiones de un niño de quince años, preocupado por el fallo en el último partido de fútbol, el dificilísimo examen de mates o el mensaje ambiguo e irritante de mi supuesta mejor amiga. En fin, lo típico a esa edad. En vez de eso, me tenía que sentar incómodo en el diván de mi psicólogo particular, para contarle cada ínfimo detalle de mis últimas cuarenta y ocho horas, o más bien fingir mi ansiada normalidad a través de los detalles observados en mis compañeros. Cuando lo que realmente me apetecía decirle, era que no podía pensar en nada más que sus estúpidas sesiones, sus jodidas terapias y sus insoportables ejercicios. Odiaba cada segundo que pasaba allí, cada rutinaria pregunta, cada uno se sus inútiles esfuerzos por convencerme del sencillo origen de mi desgracia y mis preocupaciones.

¡No! Soñar contigo no era sinónimo de apertura. No. Sufrir ataques de ansiedad en mitad de una clase no era ninguna muestra de avance. No. Verme cada vez más aislado, más alejado de mis amigos, no podía ser el resultado de mi inevitable salto de madurez. No.

La única razón de mis interminables minutos frente a la fría ventana de mi dormitorio, mis innumerables juegos imaginarios para distraer mi caótico cerebro, mis cambios desorbitados de ánimo y mi incipiente estrés infantil, no eran más que el resultado de aquel perverso descubrimiento. Un anuncio directo y conciso. Sencillo en su forma, pero increíblemente complejo en su fondo.
Siempre se habla de traumas como aquellos recuerdos que se anclan firmemente en nuestro cerebro, invadiendo cada milímetro de nuestro ser. Una imagen que representa miles, millones de sensaciones incontrolables, dispuestas a distorsionar nuestra realidad cada vez que le place. Un momento, una vida.

Mi caso resultó ser algo diferente, no surgió como un hecho puntual destinado a contagiar el resto de mi existencia, sino que el hecho en sí no significaba sino el anuncio de lo que estaba por llegar, un sórdido anticipo de un desastre mucho mayor. Las lapidarias palabras que sentencian toda una historia, la mía. Quince años son pocos, sí, pero los considero despreciables frente a una noticia de tal magnitud. No deseo a nadie que tenga que pasar por esto, y mucho menos a tan temprana edad. Evidentemente, sólo el tiempo te enseña a valorar que los hay que ni siquiera llegan a poder asimilarlo, a entender la otra cara de la moneda, a apreciar lo afortunado de su descubrimiento, a disfrutar de lo vivido de cara a lo que queda por vivir. Suena obvio, pero no es hasta que se experimenta algo así, que no aprendemos a dar gracias. Gracias por estar aquí. Gracias por tener a esos pesados chiquillos en los que se convirtieron tus amigos, gracias por poder aborrecer cada instante en familia, gracias por esas noches de tremenda soledad, en las cuales gozar de la mejor de las compañías posibles, la tuya. No sólo es momento de valorar lo realmente importante frente a las banalidades que nos rodean día a día. Esos sinsentidos que se empeñan en copar cada neurona de nuestra alocada cabecita. No. Se trata de mirar al futuro con la frente bien alta, con la humildad de quien reconoce sus errores pasados y el orgullo de quien se esfuerza por exprimir cada resquicio de presente.

No es que ahora me equivoque menos, no es que ahora haya encontrado por fin la felicidad absoluta, es simplemente que he aprendido a buscarla, incluso en los errores.

No calificaría de error precisamente aquella fiebre alta que me llevó directamente a la cama en aquella mañana de lunes. Es de esos momentos que parece que pudieras vivir infinitas veces, con todo lujo de detalles, como si nunca fuese tan real como la siguiente.

Estaba en clase de educación física, cuando Sandra se acercó preocupada a mí. Sus delicados ojos verdes se postraban ante mí con un ligero velo de lágrimas que convertía su belleza en un fulgor resplandeciente de ilusión. Su cariacontecida expresión me impactó más que el hecho de verme allí sobre el patio de mi colegio, sin fuerzas, derrotado, carente de toda intención por continuar el presente partido de fútbol en que resultaba hasta el momento perdedor. Hubiese rezado durante días por poder captar la atención de Sandra como lo hice. Sin embargo, ni su perfecta sonrisa ni sus divertidos rizos al viento, parecían retirarme del abismo en el que mi mañana parecía sumirse. Todo a mi alrededor se tornaba en desagradables muestras de un penoso día. El banco que tanto ansiaba parecía alejarse con paso firme y decidido, el calor sofocante que evidenciaba mi sudada camiseta se tornaba en un profundo frío que recorría irreverente los rincones más recónditos de mi adolescente cuerpo, incluso las sonrosadas mejillas de mi amada Sandra se iban desprendiendo de su inexplicable encanto. Pocos segundos después, la realidad que hasta ahora había considerado como única y coherente, parecía desvanecerse ante los retales histriónicos de una odisea mental que no lograda analizar. Los colores se entremezclaban con sueños extraños y espeluznantes, protagonistas de un entorno tan inestable como dinámico. Lo siguiente que recuerdo es un mareo como nunca había tenido y lo que, según me contaron, dio lugar a mi primer gran desmayo.

Cuando abrí los ojos, mi vida había cambiado por completo. No sabía dónde estaba, cómo había llegado hasta allí, ni por qué todos vestían esas inmaculadas batas de hospital, pero de lo que estaba completamente seguro es de que estaba ante un verdadero punto de inflexión en mi vida. No podría explicarlo, sólo es algo que sientes. No importa la pseudo-normalidad que todos se empeñan en transmitirte, las sonrisas forzadas que invaden tu habitación, las múltiples e hipócritas visitas repletas de pena y simpatía a partes iguales. Las caras eran las mismas de siempre, pero cubiertas por una nueva y desconocida fachada. En el fondo, todo me recordaba peligrosamente a aquellos momentos de distorsión y caos que precedieron a mi desvanecimiento repentino. Una realidad diferente, rara, convulsa, pero tremendamente familiar.

Tras varias semanas hospitalizado, convertido en un simple ratoncillo de laboratorio ante el desconcierto de mis médicos, las exigencias económicas del centro y la creciente demanda de espacio, acabaron conmigo en lo que en otros tiempos consideraba mi hogar. Las mismas sábanas, los mismos juguetes, cada muesca en el marco de mi puerta, los mismos muelles rotos, ese olor tan peculiar a, simplemente, casa. Un sin fin de recuerdos que sólo hacían acrecentar aún más mi desconexión. Todo me parecía lejano, desprovisto de todo cariño, todo calor. Por el contrario, ese recalcitrante conjunto de imágenes no representaba alegría ni tranquilidad alguna, no había seguridad en ellas. Mi existencia deambulaba entre las repetitivas calles del mayor de los laberintos. Sin rumbo, sin objetivos, sin el menor interés.

Mentiría si dijera que las semanas siguientes fueron asentando toda esta inestabilidad. Ni el tiempo ni los esfuerzos realizados por mi entorno, lograban reordenar las piezas de este desastroso puzzle en que parecía haberse convertido mi cabeza. La tremenda preocupación de mi madre no podía ser disimulada con una simple mueca de su boca, la ausencia de humor en mi padre evidenciaba mucho más que un fingido cansancio repentino y el desconcierto reflejado en los sorprendidos ojos de mi pequeño hermano no pasaban desapercibidos para nadie, y menos para mí. Pero, desgraciadamente, estas preocupantes señales se diluían en mis agotados pensamientos como simples e ínfimas partes de un todo inabarcable, inmenso.

Las semanas se sucedían obedientes e introvertidas, cual temida línea de procesionarias en su decidido camino entre pino y pino. Una serie indeterminada de días, horas, minutos, segundos, meses. En definitiva, muestras de una pesada carga teñida de rutinaria normalidad.

Interminables jornadas caseras, rodeado de una extraña nebulosa a la que todos se referían como mi nueva realidad y que, por el contrario, sólo parecía hacer honor a su nombre en aquellas desagradables visitas al diván. Por su parte, el mundo se mostraba ante mí convencido de que la mejor manera de afrontar este revés era obviarlo, en lo que supongo se derramaba a espuertas la inmensa fe depositada en el profesional habilitado y recomendado para tal fin. Conversaciones donde el sonido no hacía sino luchar por enmascarar las dolorosas palabras que vociferaban sus silencios.

No fue hasta aquel ansiado veinte de abril que la tortilla no completó su lenta y trabajada rotación. Un vuelco radical en lo que peligrosamente comenzaba a considerar mi vida. Un nuevo punto de inflexión, un nuevo fin en mi vida capaz de generar mi verdadero principio. Otra de esas experiencias inolvidables que, sin duda, decorarían divertidas el mural de fotos de mi existencia.

martes, 29 de enero de 2013

El libro_p02


Capítulo 2

De no ser por lo común de estos delirios momentáneos, me preocuparía descubrirme inmerso en tales recuerdos, más allá de los inútiles esfuerzos ejercidos por mi profesor por mantener mi atención al máximo nivel.

Desde hace años, mi psicólogo se había empeñado en explicarme como terapia de defensa ante mis momentos de bajón, que recurriera a aquellos recuerdos e imágenes que me evocaran sentimientos de alegría y satisfacción.

Por supuesto, asistir resignado a mi enésima reprimenda del director, tras un nuevo retraso en mi horario de llegada, no es precisamente lo que calificaría como una mañana perfecta. Tan sólo llevo dos semanas en mi nuevo reto docente y ya me siento en el despacho del mandamás como en mi propia casa. Desde luego, tantas incidencias y castigos no contribuyen a mi inserción social en un grupo tan numeroso como opaco.

Desde mi entrada en el aula el pasado lunes, todos mis compañeros han sabido sobreponerse a mi presencia con sorprendente pasividad. En ocasiones he llegado a maldecir mi suerte por no verme capaz de utilizar mi recién descubierto superpoder de la invisibilidad, en beneficio propio. Catorce compañeros y doce compañeras que, lejos de interesarse por el nuevo, continúan con sus respectivas rutinas sin siquiera saludarme en lo que, personalmente, considero mi propia hora de llegada.

Resulta paradójico que sea yo quien se queje de la aparente ceguera de quienes me rodean, pero desgraciadamente no encuentro el camino hacia sus respectivas circunstancias vitales, un sendero apacible hacia lo que me gustaría que fuera una relación de grupo normal. A lo largo de toda mi vida, las irregularidades sociales me han acompañado como al que más, aunque lo ocurrido en estos quince días de clase, no tiene parangón.

Reconozco que mi llegada tardía derivó en una entrada torcida en el colectivo, ya que los propios profesores recibieron mi osadía como una muestra hiriente de insultante prepotencia, una conducta rebelde que debía ser frenada de manera implacable frente al resto de los alumnos.

No resultó nada fácil convencer a mi hermano de que no necesitaba ayuda ni protección alguna frente a lo que considerábamos una injusticia importante. De hecho, este acontecimiento volvió a reabrir un concurrido debate familiar acerca de la idoneidad de mi reincorporación al sistema escolar. Mi padre, como solía hacer siempre, se posicionaba de mi lado, recurriendo al humor para despojar de hierro al asunto y recuperar su estado natural de bienestar. Por el contrario, mi madre asumía su rol protector, preocupada por todo aquello que pudiera llegar a representar el más mínimo inconveniente o amenaza en la idílica vida de su pequeño, por más que yo me reivindicara como un adulto de más de 25 años. Parece inevitable que una madre, independientemente de su edad, la de sus hijos y el estado civil en que se encuentren, actúe como la hembra responsable en que un día se convirtió, cuestionando cada decisión aparentemente arriesgada que pudiéramos tomar, así como confirmar a cada momento nuestro correcto equilibrio nutricional o la apropiada elección de ropa de abrigo (incluso en verano). Una madre, madre es. Y la mía no va a ser la excepción.

Hasta aquí todo parece seguir un guión de lo más coherente, de no ser por la inesperada reacción de mi hermano pequeño, quien tiende a erigirse en mi segunda madre, mi hermano mayor, cada vez que la conversación se tiñe de drama. Entiendo que le duela cualquier amago de ofensa sobre un miembro de su familia, especialmente desde que asimiló que mi caso era especial. Imagino que en ello tendrán algo que ver mis padres, que puede que, sin querer, lo hayan condicionado en algún modo con tanta preocupación. En el fondo no les culpo, por más que me puedan molestar esas muestras evidentes de desconfianza hacia mi persona, por más que me duela recordar que ni soy, ni puedo comportarme como uno más. Sin embargo, es parte de mi idiosincrasia el luchar por mi independencia y libertad de decisión. De no ser por ello, no estaría ahora donde estoy.

Acabada la tertulia y posterior sobremesa familiar, me encierro en mi dormitorio para analizar todo lo ocurrido hoy, destripar mis posibles errores y pulir mi recorrido de cara a un éxito que necesito como agua de mayo. Esta mañana el director había sido tajante: “un retraso más y me veré obligado a expulsarle una semana del centro. No me puedo permitir excepciones, más aún después de que usted mismo sea quien me ha solicitado expresamente ser tratado como uno más. Intento ponerme en su lugar y valoro su esfuerzo, pero como comprenderá, no puedo mostrar un doble rasero frente a sus compañeros”. Mis repetidas afirmaciones no eran ninguna impostura. Soy perfectamente consciente del problema y el primer interesado en solucionarlo. Lo importante ahora es definir mi estrategia para hacerlo. Por enésima vez, memorizo los horarios de autobuses, calculo los kilómetros exactos de trayecto y me cercioro de que no existe alternativa alguna. Seguro de mi planteamiento, decido madrugar aún más, pese a que ello suponga desayunar sólo en mi casa y renunciar por completo a la ayuda que suelen ofrecerme mi madre y mi hermano. Mi abuelo siempre me repetía aquello de que el que algo quiere, algo le cuesta. Así que el hecho de dormir media hora menos no debería suponer un obstáculo para mi ansiado objetivo. Con cierto resquemor me dirijo hacia mi querido despertador, dispuesto a adelantar la hora que dará comienzo a mi nuevo día, cuando mi hermano hace acto de presencia en el cuarto.

  • Oye, ¿qué tal? - me pregunta con cierto aire de preocupación reflejado en su cara.
  • Aquí, viendo a ver a qué hora me levanto mañana.
  • ¿No te habrá molestado algo de lo que te he dicho, no? Es que me he dado cuenta de que en cuanto has podido, te has desmarcado para encerrarte en tu cuarto.
  • No te preocupes, ya sé que todo lo que me decís es por mi bien. Pero hay veces que me resulta demasiado repetitivo escuchar, una y otra vez, lo inútil que puedo llegar a ser. Yo no me veo como vosotros lo hacéis. Sé que soy especial, pero me niego a pensar que lo único que me queda es resignarme y aguantar. Lo siento, pero no. Ya me conoces.
  • Y tanto que lo sé. Eres muy cabezón. Eso sí, puedes estar tranquilo, nosotros te queremos tal y cómo eres. Por más que nos duela ver cómo te empeñas en algo que te puede llegar a dañar. Cursiladas aparte, no pienso dejar que nadie se ría de ti o que el maldito director te trate como si no valieras nada.
  • No. No te equivoques. No tengo ningún problema con el director. No olvides que fui yo el que le pidió que me tratara así. Ahí fuera, la única forma de sobrevivir es coger al toro por los cuernos, ya lo sabes. Lo malo es que no te voy a negar que, a veces, me cuesta mantenerme en mi posición.
  • Me imagino. Sólo te lo voy a decir una vez, ¿vale? ¿Quieres venirte mañana conmigo para garantizar que llegas a tu hora? Creo que te vendría bien ganar algo de tiempo y que se relajen un poco los ánimos por el “insti”.
  • Tienes razón, pero ya he decidido que voy a madrugar más, precisamente para evitar cualquier riesgo.
  • Mira que eres, ¡eh! Como quieras. Si lo que quieres es poner las calles, bien. Pero, ¿por qué no me dejas, al menos, que te acompañe? Así podré ayudarte en un caso extremo.
  • Te lo agradezco, de verdad. Pero en eso he de mantenerme firme. Voy a llegar puntual y, además, voy a hacerlo sólo. No porque no quiera que vengas, que me encantaría, sino por demostrarme que soy capaz. Lo necesito. Aún así, valoro mucho todo lo que estás haciendo por mí. No sé si podré devolvértelo algún día, pero gracias.
  • No me seas “nenaza”. ¿Para qué estamos los hermanos pequeños? Ya me cansé de hacer el papel del hermano “tocapelotas”. Ahora prefiero ser el hermano confidente. Jaja. Por cierto, ahora que estamos solos. ¿Me ha parecido ver hoy en tu clase un “pivón”? No estarás haciendo todo esto para ganártela, ¿no? - momento en el cual su rostro abandona su versión más preocupada y maternal para tornarse en socarrona y desenfadada, propia del hermano pequeño que es.
  • Jajaja. ¡Qué tonto eres! No sé de quién me hablas. Te recuerdo que hasta ahora, las únicas personas que conozco en el instituto, son nuestro querido director y su simpática secretaria. La cual, por cierto, me gustaría señalar antes de que me digas nada, que tiene la edad de mamá. ¡Que ya te veía venir! - confío en que haya logrado disimular la vergüenza que mis mejillas se empeñan en revelar.
  • Lo que tu digas, pero la niña esa es como para que hagas un esfuerzo. Y si no, fíjate mañana y me dices. Jajaja. Bueno, te dejo que voy a hablar con Rocío. Me toca cumplir o seré yo mañana el que tenga problemas.
  • Valiente calzonazos estás hecho. ¡Anda sí! Mejor será que te largues. Jajaja. Buenas noches.
  • Buenas noches. - responde ofreciéndome como despedida un sentido y cálido abrazo, al cual correspondo orgulloso.