En lo que podemos denominar como el inicio de la era post-covid, no tanto por haber alcanzado el fin de esta pandemia sino por el reinicio de la normalidad, me alegra poder retomar una costumbre del todo olvidada: aprovechar el tiempo de vuelo para escribir. Sé que puede parecer una estupidez pero lo considero un avance considerable, teniendo en cuenta la Edad Media moderna de la que provenimos. Meses de limitaciones, precauciones, desconfianza y preocupación. Meses donde hemos hipotecado parte de nuestra libertad, de nuestra capacidad para socializar y de nuestra existencia más elemental. Podrá sonar exagerado, pero no puedo evitar pensar en esos adolescentes que han vistos sus 18 años condicionados por esta anomalía, aquellos abuelos que han vivido los primeros meses de sus nietos por zoom o quiénes han sufrido meses de forzada soledad. Por fortuna, todos esos recuerdos empiezan a sonar obsoletos, antiguos, olvidados. Tanto es así, que el hecho de colocar nuevamente una mascarilla sobre mi rostro ha supuesto una situación tan molesta como novedosa. Retales de una vida pasada a la que confiamos en no retornar jamás, pese a las múltiples cosas buenas que sin duda ha podido igualmente traer. Con todo esto, más alla de la reflexión ñoña e innecesaria que acabo de describir, quería dedicar unos minutos a celebrar la inmensa felicidad que supone viajar. Doblar con cariño y esmero la ropa justa con la que, junto a los inevitables "por si acaso", colmatar la mochila de viaje. Sí, mochila, pues las maletas parecen haber pasado a mejor vida. Otro de los grandes cambios surgidos con el COVID y que parecen haber llegado para quedarse. Mochilas en las que apretar tus pertenencias más queridas, por miedo a superar las estrictas medidas impuestas por la compañía de turno. En este caso, Aireuropa nos deleita con una generosidad inaudita en estos tiempos, permitiendo el uso de mochila y maleta de mano. Un lujo extremo que se agradece muchísimo, de no ser porque la vuelta la gestiona Vueling, quien ha optado por dejar la generosidad para un pasado no tan lejano. No obstante, la mochila parece gigante al comprobar la enorme cantidad de ilusión que es capaz de acoger. La ilusión de un viajero habitual que comienza a pensar con frecuencia en los próximos destinos. Un viajero que, pese a los inalienables miedos derivados del COVID, se atreve a planificar nuevamente los fines de semana como leves paréntesis en los que continuar descubriendo mundo sin otro objetivo que disfrutar de la maravillosa compañía que se aferra a mi mano y que inunda su teléfono de instantáneas de ese precioso atardecer que nos acompaña en nuestro camino. Por todo ello, me siento en esta incómoda estancia en la que tatuar un nuevo respaldo sobre mi rodilla, para dar las gracias por poder soportar una vez más estás minúsculas incomodidades que preceden a la magia del viajar.
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viernes, 10 de junio de 2022
martes, 24 de septiembre de 2013
El libro_p07
Capítulo 7
El
conserje nos despedía con sorna tras esperar nuestro reiterado
retraso, ansioso por poder cerrar la cancela de entrada al edificio.
Su sonrisa cómplice no sólo indicaba un secreto a voces sino que
permitía observar orgulloso, cómo mi acompañante devolvía el
gesto con gran elegancia y consciente de la situación, mientras
apretaba orgullosa mi mano junto a su vientre. Paradojas de la vida,
me veía de nuevo asociado a un retraso en el instituto, aunque en
este caso mucho más agradable y esperanzador.
Mi
imborrable sonrisa, sólo comparable a la de ella, evidenciaba lo
especial de lo que acababa de ocurrir. La secuencia iniciada con gran
tristeza, interrumpida por una inesperada sorpresa y continuada por
una explosión nuclear de euforia, habían desembocado
inevitablemente en lo que, desde ese mismo momento, sería bautizado
como el mejor instante de mi vida. Conmovido por el surrealismo que
acababa de acontecer y animado por la inmensa alegría que invadía
cada poro de mi piel, me desprendía de toda timidez para afrontar
confiado el mayor reto de mi vida. Era ese maravilloso momento con el
que tantas veces había soñado. Aquel que siempre había tenido que
vivir a través de la experiencia de mi hermano.
Mi
primer beso. Mi primer muestra de amor verdadero. O lo que yo pensaba
que lo sería.
Mis
labios habían encontrado triunfales el ansiado objetivo. Su calidez
se veía truncada ante su repentina y gélida respuesta. Nada. Ni el
mas mínimo gesto. Ni la mas mínima muestra de alegría o enfado.
Nada. Impaciente, los siguientes segundos me parecieron horas. De
nuevo, mis peores augurios se apoderaban de mis pensamientos. Todo
era miedo y enfado ante mi excesiva confianza, ante mi estúpido
alarde de motivación extrema. Era consciente de que, como solíamos
decir coloquialmente, “acababa de venirme arriba a tope”. Y lo
que es peor, esa grandilocuente locura suponía tirar por la borda
tantos días de preparativos y cuidados acercamientos, tantos días
de coherente flirteo en busca de allanar un terreno hasta ahora puede
que inexistente.
La
tan temida “cobra”, expresión empleada para definir el rechazo y
consiguiente huida de tu objetivo en el momento del beso, se
apoderaba irremediablemente de mis pensamientos...
Segundos
de amargura y desconsuelo que sólo podían terminar con una muestra
más de mi rocambolesco día.
Sin
mediar palabra, me apartó levemente de su boca para dedicarme una
impenetrable y misteriosa mirada. Tras una inmensidad en silencio y
esperándome lo peor, su sonrisa hizo de nuevo acto de presencia y
noté como su mano se apoyaba con ternura en mi nuca, mientras sus
dedos se enredaban con maestría entre mis cabellos. Un tremendo
escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Con gran delicadeza y no menos
decisión, su mano se aferro a mi y me inclino de nuevo hacia ella,
esta vez sí, para corresponder mi apasionado atrevimiento con una
descarga inexplicable de sensualidad. Sus labios, repletos de vida,
se rozaban sutiles contra mis labios, a la espera de una
correspondencia que indicara el momento de afianzar el contacto, en
busca de que nuestras lenguas invadiera la recién generada caverna
que nos separaba y unía a partes iguales. Sentir mi lengua junto a
la suya, fue la señal definitiva de que aquel era el día, el día
por el que tanto había luchado. La razón por la cual estaba ahí,
desafiando a médicos y familiares.
Por
fin, estaba vivo, completamente vivo.
Mientras
nuestros labios saboreaban las mieles del éxito, mis manos lograron
desprenderse del bloqueo inicial para adentrarse valientes y
descaradas en el terreno de su fisonomía. Naturalmente, la primera
reacción fue la de abrazar su cuerpo con delicadeza, sentir en las
yemas de los dedos el calor que desprendía su espalda. Su sencillo
top no era capaz de contener la infinidad de sensaciones que brotaban
de su piel. Tras unos instantes, mis manos aprovecharon la creciente
confianza adquirida en sí mismas, para separar sus caminos y abarcar
el máximo terreno posible. Mientras mi mano izquierda emuló su
gesto en busca del cuello, mi mano derecha recorrió en sentido
contrario su espalda hasta encontrar victorioso el bolsillo trasero
de sus vaqueros. Sentir sus glúteos tersos y bien formados bajo mi
mano, fue algo que irremediablemente provocó un aumento de la
intensidad en mis besos. Sin embargo, el culmen de esta experiencia
lo encontré al retomar la posición original, esta vez levantando la
camiseta que llevaba puesta, para poder disfrutar del suave y
agradable tacto de su espalda. Curiosamente fue entonces ella, quien
en respuesta a mi atrevimiento, reaccionó con decisión, apretando
nuestros cuerpos mientras me transmitía entregada sus innegables
muestras de pasión.
Todo
lo que antes era timidez, dudas y miedo, se había convertido en
pasión, adrenalina y un sin fin de sensaciones hasta entonces
desconocidas, con sus correspondientes manifestaciones físicas.
Lamentablemente,
nuestro retraso no hacía sino ir en aumento, y a pesar de que podría
haber permanecido así durante toda mi vida, sabía que debíamos
abandonar el edificio antes de que la situación empeorara; todo
ello, claro está, gracias al hecho de que acababa de descubrir esa
sorprendente seguridad en que aquello no podía ser flor de un día,
sino que no era sino el primer paso de muchos.
Con
la misma facilidad con que habíamos unidos nuestros cuerpos, estos
se desprendieron el uno del otro, emplazando la alegría a cualquier
otro momento.
Y
así es como comenzó una nueva etapa en mi vida. En nuestra vida.
El
resto del día se convirtió en una verdadera odisea para mí.
Disimular todo lo que se cocía en mi interior frente a mis padres y
mi hermano, era un objetivo tan necesario como complejo. No hay nada
peor que simular una aparente normalidad cuando la realidad difiere
tanto de ese estándar. Era consciente de que mis padres puede que
hasta se alegraran de haberlo sabido. Sin duda, mi hermano hubiese
explotado de ilusión. El problema era que de haberlo sabido, no me
cabía la menor duda de que sería incapaz de mantener ese secreto.
Y
que nadie se confunda, estaba deseando compartir todo lo ocurrido con
él, incluso con mis padres. Pero había una pequeña parte de mí
que me recordaba que existía la posibilidad de que ella pudiera
arrepentirse, pensárselo mejor o por qué no, reaccionar de manera
extraña. Sea cual fuere su reacción, prefería ser cauto y esperar
al resultado, antes de iniciar un proceso de acercamiento a mi
familia que pudiera desembocar nuevamente en un fracaso social. No
creo que estuvieran preparados para un nuevo contratiempo. Era mejor
dejarlo estar y que aprovechasen mi estado de felicidad anterior para
ir recargando pilas.
Eso
no quita que mi cerebro no fuese a cien mil por hora. Un día feliz
que, sin embargo, ocultaba una tarde de lo más extensa. No veía el
momento de irme a la cama y acelerar con ello el tiempo que me
quedaba hasta volver a verla. Volver a sentir su cuerpo, disfrutar de
su increíble sonrisa y de la satisfacción que supone saber que eres
tú quien motiva tal obra de arte, tal muestra de alegría y belleza
sin parangón.
Por
si esto fuera poco, resolver el acertijo de mi querido profesor
resultaba ahora de lo más difícil, ante mi evidente distracción.
Cada número me recordaba a ella, cada operación matemática parecía
llevar su nombre. Si avanzaba en la resolución, me acordaba de mi
grandiosos triunfo. Si erraba, me animaba pensando en lo que me
acababa de ocurrir.
Imposible.
Hoy no soy capaz. Lo peor de todo es que me daba igual. En mi opinión
estaba más que justificado y no me cabía la menor duda de que hasta
el profesor lo entendería si le explicara el motivo que se escondía
tras este fracaso matemático.
Mi
fingida normalidad no pasó desapercibida ante nadie. Más bien, dio
lugar a un verdadero interrogatorio.
- ¿Se puede saber qué te pasa?
- Nada, ¿por qué? Disfruto de este solomillo. Está muy bueno.
Desgraciadamente
mi adulador intento por cambiar de tema y desviar la atención hacia
la comida, no parecía dar resultado.
- ¿Seguro que estás bien? No sé, te veo muy serio. Como distraído. ¿No te ha pasado nada en el colegio?
- ¡Que no Mamá! - “Pobrecilla”. No sabía como acabar con esto sin cambiar el tono. Entiendo que se preocupe, pero ya he decidido que no es el momento de compartirlo con ellos. Desgraciadamente, se me olvidaba ese tremendo don que adquieren las mujeres en el parto, por el cual intuyen todo lo que ocurre en tu cabeza. Aquello de “te conozco como si te hubiese parido”, era algo muy real.
- ¿No habrás vuelto a llegar tarde, no? Si te pasa algo en el instituto, me lo dirás, imagino. Ya sabes que no me pienso enfadar si tu director vuelve a hablar contigo. Prefiero estar al tanto de todo y lo sabes.
- Tranquila mamá. - El estrés empezaba a apoderarse de mí. Me sentía acorralado y era incapaz de mentir a mi madre, después de todo lo que había hecho por mi. Entonces, cuando el desastre parecía mi única salida, mi cerebro retomó parte de su actividad intelectual y me iluminó el camino de huida. Por fin, una escapatoria decente. - Es sólo que estoy algo preocupado por lo que pase mañana.
- ¿Ves? Lo sabía. ¿Qué pasa mañana?
- Nada, me preocupa que las cosas no transcurran como yo esperaba.
- ¿A qué te refieres? ¿Algo va mal? ¿No te gusta el curso o es que estás teniendo problemas con los compañeros? Mira que te lo dije.
- Tranquila mujer. No es eso. El problema es que mi profesor me ha planteado un ejercicio de matemáticas que no logro resolver. Es un acertijo clásico que se supone que debería ser capaz de descifrar, pero no lo veo. Jaja. Qué paradoja, ¿no? - Esta casualidad, suponía el toque de humor que se convertiría en el detalle definitivo de mi elaborada trama de escape, con el que zanjar la conversación y cambiar de tema. En definitiva, sabía que mi madre no acababa de secundar mis bromas acerca de mi situación actual.
- ¡Ah! Pues haberlo dicho. Seguro que tu padre puede echarte una mano.
- No te ofendas papá, pero me temo que es algo bastante complejo. Lo que pasa es que el profesor me tiene muy bien valorado y confía en mí. Se ve que demasiado. Y, desde luego, no me gustaría perder ese trato preferencial y que se desilusione.
- Bueno hijo, pero si es tan difícil, entenderá que te cueste solucionarlo. Vamos, digo yo. Lo único que tengo claro es que no quiero verte preocupado por algo así.
- Mamá, ya está bien. Tengo que intentarlo y si no lo consigo, es normal que me enfade.
- Pero...
- Lo siento mamá, pero ya soy mayorcito y estoy decidido a hacer lo que me gusta, cueste lo que cueste. No te preocupes. Lo peor que puede pasar es que mañana me encuentre más cansado de lo normal. Eso es todo. Una más que probable noche sin dormir, y listo. Ya verás cómo lo logro. - Eso era seguro. Esa noche tenía claro que no iba a ser capaz de conciliar el sueño. Demasiadas emociones, demasiado en qué pensar. Aunque las matemáticas fueran lo de menos, quizá puede que se convirtieran en un socorrido entretenimiento para cuando la desesperación se apoderara de mí.
- ¡Ay mi niño! ¡Que cabezón eres! A quién habrá salido, ¡eh!. - exclamó mi madre, mientras dedicaba una acusadora mirada a mi padre.
- Ya sabía yo, que al final me salpicaba a mí. Con lo “calladito” que estaba yo aquí...
- Déjate de tonterías. Ya sabes lo que dijo el médico...
- Venga ya mujer. Vamos a comer antes de que reciba alguien más. No pasa nada. Está bien que el niño intente solucionar lo que el profesor le ha planteado. Si él cree que puede hacerlo, por algo será.
- Desde luego, no será por tu habilidosa genética.
- Ya está. Me tocó. Como el “Luisma” es tonto... Jajaja.
El
comentario de mi padre, una vez más, desataba las risas de todos.
Ese mar de carcajadas, inspirado en un célebre personaje de la
televisión, no sólo zanjaba la discusión, sino que me permitía
relajarme por fin. Objetivo conseguido. No sin esfuerzo, había
superado la tormenta.
Mi
madre, por el contrario, seguía preocupada y no olvidaría este tema
tan fácilmente. Su mirada mostraba una incertidumbre e inquietud
difíciles de esquivar. Puede que hubiese perdido esta batalla, pero
no la guerra. Así que más me valía disimular mañana mi cansancio
y hacer todo lo posible hoy por dormir lo suficiente como para
lograrlo. Todos conocían lo incisiva que podía ser mi madre, cuando
de la salud y bienestar de sus hijos se trataba. Y... la tenía que
comprender.
Consciente
de mi estrategia y con un leve atisbo de culpa que asomaba por mi
subconsciente, me acerqué a mi madre, le di un cariñoso beso, le
dediqué mi mejor sonrisa y me despedí de ella deseándole las
buenas noches.
- No te preocupes mamá. Te prometo que haré todo lo que pueda por resolverlo lo antes posible y dormir lo máximo, ¿vale?
- Vale. - dijo mi madre con voz cansada. Resignada me devolvió el beso y me guiñó el ojo, cómplice a la par que consciente de mi testarudez.
Pese
a la mini crisis a la que acababa de enfrentarme, me dirigía hacia
mi cuarto con mi objetivo más que cumplido. Mis padres ya tenían
tema de conversación para toda la noche y mi hermano no osaría
siquiera a entrar en mi cuarto, dada su inexplicable alergia a todo
lo relacionado con las matemáticas. De este modo, podría mantener
mi secreto hasta mañana, cuando pudiera verla y confirmar hasta qué
punto, lo que acababa de vivir esa tarde, era real.
La
noche, curiosamente, transcurrió pesada entre los entresijos de mi
coartada y mi inevitable realidad.
La
frustración debida a mi incapacidad para dar con la clave del enigma
matemático al que parecía enfrentarme, crecía de manera
exponencial, conforme mi grado de cansancio iba del mismo modo en
aumento. Todo ello, provocaba que mis pensamientos relacionados con
los acontecimientos de esa misma tarde, se tornaran progresivamente
hacia la negatividad más absoluta, resucitando esos viejos fantasmas
que me alejaban de ella.
Agotado,
derrotado y completamente abatido, el cansancio terminó por
sobreponerse a mi mermada ilusión y a mi destrozado orgullo.
Finalmente, mi querido despertador marcaba las 4:20 de la mañana
cuando decidí sucumbir al desastre y rendirme ante la evidencia,
adoptando la posición horizontal que me trasladaría directamente al
tan ansiado mañana.
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martes, 3 de septiembre de 2013
El libro_p06
Capítulo
6
Un
nuevo día se presenta ante nosotros con las mismas legañas y el
mismo inexplicable cansancio con que tiene a bien recibirnos
habitualmente.
Los
días de gloriosa puntualidad se han ido sucediendo con gran maestría
hasta el punto de que he logrado despojar a mis incrédulos
compañeros de esa inevitable “sonrisilla” con la que se
enfrentaban a mi llegada. Cada vez resultan más lejanos aquellos
días fatídicos en los que mis retrasos me impedían acceder a ellos
como el compañero que, sin duda, soy. Ahora son los deberes que
pueblan nuestra pesada mochila quienes protagonizan nuestro ajetreado
día a día.
No
podría ocultar mi gran temor a ser nuevamente rechazado ante mi
extrema dedicación al curso, mi obsesión por aprender y mantenerme
al día en lo exigido. No sólo temía erigirme en el nuevo empollón
del grupo sino evidenciar mi lamentable ausencia de entretenimientos
extra escolares que pudieran alejarme en cierto modo de mi labor
docente. Sin embargo, se ve que la edad nos situaba ante una realidad
diferente a la que yo conocía. En este recién descubierto contexto,
la sabiduría y obtención de buenos resultados, no implicaba en modo
alguno motivo de burla entre mis compañeros, sino en la mayoría de
los casos una gran indiferencia y, en determinados casos concretos,
incluso algo de admiración e interés por mis conocimientos.
Mi
recuperación alcanzaba ahora su cota más alta, al empezar a
considerarme a mi mismo uno más, simplemente eso, un alumno del
montón. Puede que algunos no entiendan esta afirmación, pero no
sabría expresar mejor lo que desde aquel periodo vendría a llamarse
satisfacción. Simple alegría por volver a sentir esa normalidad de
la cual, hace años, fui despojado.
Hoy
en día, mis preocupaciones volvían a centrarse en esas banalidades
que nos hacen tan humanos. Olvidar mis objetivos de trivial para
centrarme en lo trivial de mis objetivos.
Esto
no esconde el desinterés cultural que mi madre parecía intuir. No.
Por el contrario, mi vida reivindicaba su lugar preferente para
deleitarme con esas pequeñas cosas que nos hacen tan especiales.
Mis
nuevos compañeros comenzaban a recorrer el arduo camino hacia mi
amistad, y lo más importante, me enseñaban el sendero por el cual
acceder a la suya. Un deambular muy interesante e inspirador que
hacía mucho que no experimentaba.
La
única pega a tan delicioso avance personal, recaía sobre mi recién
descubierta timidez. Esa inexplicable reacción que me impedía
articular palabra alguna cuando mi interlocutor dejaba de ser alguno
de mis compañeros para convertirse en ella, mi compañera, la chica
de la tercera fila.
Mi
miedo a que los demás notasen mi obsesivo interés, eclipsaba
incluso mi temor a que ella pudiera descubrirme. Todo lo andado, en
mi proceso de integración social en el grupo, no podía verse
abandonado ante un falso movimiento hacia la que parecía candidata
unánime a reina de la fiesta.
Entre
líneas me esforzaba por obtener cualquier dato sobre ella o sus
amigos, que pudiera acercarme a mi objetivo. El resultado: las
muestras de admiración se completaban con celosos intentos por
derrocar tan inminente reinado, entre sus supuestas iguales. Mientras
el sector masculino coincidía orgulloso en un acuerdo absoluto sobre
su belleza sin igual, las representantes del sector femenino se
debatían entre una interesada amistad y sus incorruptibles enemigas,
dispuestas a despreciar cada una de sus innegables virtudes.
Sea
cual fuere la razón que motivaba a cada uno de ellos, mi conclusión
resultaba cada vez más evidente. Si yo me consideraba aislado por
deméritos propios, su situación no difería mucho de mi desgracia
aunque por motivos bien diferentes. Su relación con la clase era
bastante peculiar. Un mundo con dos caras muy alejadas. Por un lado,
la sonriente mirada con que devolvían sus intentos de acercamiento;
por otro lado, sus tardíos y amargos ecos de crítica con que eran
posteriormente analizados sus actos.
En
definitiva, empezaba a encontrar ciertas similitudes conmigo,
salvando claramente las distancias.
Poco
a poco, casi obligado por las amenazas del valiente de mi hermano,
superaba a duras penas las barreras que me alejaban de ella. Cada
mirada, cada intercambio de ideas, cada ejercicio en común se
transformaba en mi principal fuente de energía de cara al próximo
día, a mi próximo reto frente a ella. Una máquina algo oxidada y
“fallona” que, por suerte, contaba con un motor que se
realimentaba con cada nuevo logro.
He
de reconocer que, no sé si fruto de mi gran ilusión o de su cierto
aislamiento, mis acercamientos eran recibidos, desde mi punto de
vista, con aparente alegría. Sería algo pretencioso decir que
empezábamos a llevarnos bien, pero la realidad era que cada vez
sucedían con mayor frecuencia esos “fortuitos” encuentros. Lo
mejor de todo, era que ella comenzaba a sentirse parte de la
ecuación, aportando inconscientemente su pequeño granito de arena a
esta mega construcción que me había dispuesto a erigir.
Los
intencionados retrasos con que forzaba ser el último en abandonar la
clase con ella, daban lugar a unas interesantísimas conversaciones
con las que aprender acerca de sus inquietudes y sus hobbies
antes de abandonar el instituto y retomar cada uno nuestros
respectivos caminos a casa.
Esta
extraña costumbre no pasaba desapercibida en casa, ante las
reprimendas de mi madre por mis cada vez más frecuentes y amplios
descuidos frente a la hora estipulada para el almuerzo.
Mi
hermano, que no era ni de lejos ajeno a mi cuidada e improvisada
estrategia, supo ganarse mi confianza para contribuir como aliado en
la consecución de tan trabajada conquista, acercándome en coche a
casa y con ello suplir los retrasos derivados de aquellos extensos
ratos de charla y flirteo con que cerrábamos distraídos el día de
clase.
Cabe
dejar claro, que su actitud, lejos de resultar altruista, escondía
una estrategia no menos interesada por buscar aliados frente a
posibles retrasos en los que él pudiera verse sumido en su intento
por disfrutar al máximo de la compañía de su querida Rocío.
Como
dos simples jóvenes de nuestra edad, nos utilizábamos mutuamente
como coartadas frente a nuestros permisivos padres, quienes más que
conscientes de nuestras sospechosas prácticas, se enorgullecían de
la química con la que nos compenetrábamos mi hermano y yo.
Un
nuevo hito en nuestra inmejorable relación que afianzaba con creces
una amistad tan especial. Un apoyo sin igual en los malos momentos y,
afortunadamente, no menos importante en los buenos.
Sin
embargo, el apoyo de mi hermano no era mi principal alegría. Cada
día, como si de una cita premeditada se tratara, el sonido del
timbre de salida representaba para mi el inicio de mi verdadero día.
La lenta y estudiada maniobra de recogida de la mochila, se veía
correspondida por varias sonrisas pícaras entre mis apresurados
compañeros, tan sólo eclipsadas por el fulgor de la más tierna y
tranquila de todas. Aquella que paciente, esperaba mientras mantenía
mi eficiente impostura.
Nuestro
compromiso no hablado era total. No importaba quien se nos dirigiera
o cuales fueran las circunstancias que precedieran al final de las
clases, el resultado siempre era el mismo. Inmediatamente nuestras
miradas se cruzaban inquietas en busca de esa confirmación
silenciosa que nos permitiera relajarnos, conscientes de que una vez
más, disfrutaríamos de nuestra ansiada tertulia. Era curioso ver
cómo a lo largo del día nos evitábamos, confiados en el final de
la jornada, como ese pequeño espacio de tiempo en el cual disfrutar
el uno del otro, lejos de toda mirada indiscreta, lejos de todo
cotilleo, lejos de todo. Solos ella y yo. Mi recién bautizado
paraíso.
Como
cada día, hoy no me gustaría encontrar esa famosa excepción que
tiende a confirmar la regla. Nervioso, la última hora de clase
transcurre entre ecuaciones matemáticas y algún que otro problema
algo complejo de resolver. Más aún si el 90% de mis neuronas
parecían dedicadas a una única operación matemática, tan sencilla
como utópica. 1+1=X. Y ese era mi problema. Todo se resumía en la
tremenda incógnita que habitaba esquiva pero omnipresente entre mis
más ansiados sueños. Las dudas se multiplicaban sin control, fruto
de la creciente ansiedad con que afrontaba la melodía que indicaba
el fin del día académico y el inicio de mi principal tarea.
Apenas
diez minutos antes del final de la clase, el profesor nos sorprendió
con uno de esos problemas casi irresolubles, con que motivar a los
alumnos más aventajados y fomentar entre el resto una sensación de
envidia sana y admiración a partes iguales. Tras varias preguntas
bastante incisivas emitidas al conjunto de la clase, el silencio más
absoluto se apoderó de todo el aula. La tensión aumentaba
descontrolada mientras mi intelecto mantenía su anunciada huelga
indefinida. De este modo, transcurrieron los últimos instantes de
clase, sin que ningún compañero mostrara el más mínimo interés
en el pequeño reto planteado. Sin más, el tiempo llegó a su fin y
con ello, la estampida general que solía suceder a tan añorada
melodía.
La
estúpida sonrisa se apoderaba irremediablemente de mí, pese a mis
esfuerzos por esconder un secreto a voces. Totalmente inmerso en mi
meditada actuación, centraba mis movimientos en un laborioso e
intencionado proceso de organización de mi pupitre y mi mochila,
cuando justo tras de mí, la sensación de alguien que se acercaba me
obligó a girarme consciente de que esta premura no podía sino
significar un manifiesto interés, por su parte, en contar con mi
presencia. Incapaz ya de ocultar mi ilusión y pensando en ese
ingenioso comentario que convirtiera ese momento en inolvidable,
aprovechaba la ralentización de la escena para recrearme en su
belleza. Sin embargo, donde esperaba encontrar sus maravillosos ojos
verdes aderezados por una de sus innumerables y fascinantes muecas,
resultó que se encontraban los fríos y profundos ojos marrones de
mi profesor, cuyas lentes de contacto monopolizaron la escena ante la
cercanía de mi inesperado interlocutor y el tremendo chasco asociado
a él. Estupefacto y algo avergonzado, me dirigí a él con un saludo
entrecortado que intenté disimular como un ingenuo gesto de
sorpresa.
Este
pequeño giro de los acontecimientos respondía a una sincera
preocupación surgida en mi maestro, quien incapaz de ocultar su
decepción, me reprendía por no haber manifestado ninguna opinión
acerca del problema recién planteado. Confuso, me preguntaba si
había algún problema que pudiera motivar tal falta de interés.
Mi
repentina tartamudez no hacia sino aumentar. Inquieto me apresuré en
encontrar una ingeniosa excusa que pudiera reconquistar su extinta
confianza en mi, al tiempo que me permitiera resolver este
contratiempo a la mayor brevedad posible. Todo ello, con la
suficiente naturalidad como para alejar cualquier atisbo o sombra de
duda acerca de mi entrega en su clase.
Con
no pocos problemas, logré convencer a mi interlocutor de que no
tenia por qué preocuparse, si no que se trataba simplemente de un
conjunto de circunstancias puntuales, comandadas por una mala noche y
un pico en mi gráfica de timidez.
Tras
la consiguiente conversación improvisada de tipo matemático-social,
todo parecía recobrar su normalidad. Afectuosos, nos despedimos,
emplazándonos a nuestra próxima hora en común, con el firme
compromiso por mi parte, de encontrar la solución a tan complejo
ejercicio.
Capeado
el temporal, mi cerebro se desprendía poco a poco de su espontánea
tarea para centrarse en mi objetivo original. Un nuevo giro de
cabeza, esta vez a “cámara superrápida”, acompañaba mi gran
inquietud por el desafortunado e inapropiado imprevisto. La celeridad
y brusquedad de mi gesto, no pudo evitar su fatídico resultado. La
tercera fila se encontraba ya completamente vacía. A continuación,
toda una serie de nerviosos y desesperados gestos vinieron a
confirmar mis peores augurios. El fatídico día había llegado. Mi
musa me había abandonado. Mi increíble racha triunfal había
alcanzado su previsible final. La ausencia de compañero alguno,
refrendaba una soledad aún mayor que se apoderaba a pasos
agigantados de mi incrédulo y desolado cuerpo.
No
me lo podía creer. Se había ido, sin más. Ni siquiera me había
avisado de que tuviera prisa. Ni un mísero adiós.
No
puede ser.
En
realidad, es lógico que se haya ido. ¿Qué iba a hacer? ¿Se iba a
quedar esperando que terminara de hablar con el profesor? Desde
luego, ya le vale. Y todo por culpa del maldito problema. ¿A quién
le importa ese estúpido acertijo? No me lo puedo creer, ¡qué mala
suerte tengo!
Abatido
termino mi proceso de empaquetado con inusual eficacia.
¿A
quién quiero engañar? En el fondo, yo sabía que esto tenía que
pasar. Una cosa es que fuera simpática, y otra muy diferente que
estuviera interesada en mí. Esto me pasa por “flipado”. Ella es
un “pivón” y yo soy un simple “don nadie”. ¿Qué esperaba?
¿Cómo he podido ser tan iluso? Hablaba conmigo porque no tenía
nada mejor que hacer, y punto.
Ensimismado
en mis tétricos pensamientos, abandonaba la clase y, con ella, un
pedacito de mi recién descubierta ilusión. Triste y melancólico
enfilaba la puerta en dirección a la escalera, cuando un inesperado
golpe, acompañado de un grito de fingida indignación, interrumpían
mi lamentable transcurrir.
- ¡Hey! ¿Dónde vas con tanta prisa? ¿Pensabas irte así, sin más? - Esa voz. Desde lo más profundo de mi subconsciente, reconocía ese tono tan familiar. Inmediatamente mis cinco sentidos retomaban sus funciones para concentrarse en este nuevo imprevisto. Aún desconcertado, detenía mi marcha para dirigirme a él.
- ¿Qué pasa? - Me esforzaba en decir, aún algo confundido. Mientras emitía esta inexpresiva expresión, mi tono cambiaba progresivamente desde la neutralidad inicial, hacia su máxima manifestación de felicidad, al descubrir atónito, cómo la culpable de tales acusaciones no era sino lo mas bonito de mi vida. Ella. Esta vez sí, sus penetrantes ojos y su impresionante mueca estaban ahí, sonrientes y juguetones.
- ¡Hey! ¿Qué... Qué haces aquí? Pensaba que te habías ido.
- ¿Cómo me iba a ir sin despedirme de ti? ¿Por quién me tomas? Esa es la imagen que tienes de mi... desde luego...
Su saludo se acababa de convertir en la chispa que encendiera toda una explosión de júbilo y extrema satisfacción ante la sorpresa del día. La irrefutable confirmación de mis mejores deseos. Estaba ahí, me había esperado en la puerta del aula a que terminara. Eso solo podía significar una cosa.Y convencido de mi argumentación interior, me deje simplemente llevar por mi euforia, consciente de lo que se estaba cocinando en mi interior, aunque despojado de todo criterio. Con fuerzas renovadas y armado de un valor desconocido para mí, interrumpí su frase para rodear su esbelta figura con mi tembloroso brazo, en un gesto rápido y directo. Sin titubeos. Por primera vez desde que la conocía, las dudas se habían alejado de mí.Estaba completamente seguro de que era el momento, era el lugar. Ahora o nunca.Sin más, ordené a mis labios surcar el océano de incertidumbre que siempre nos había separado para atracar en la seguridad de sus carnosos e impactados labios. Un placer sin igual, que desgraciadamente, no parecía ser correspondido, a juzgar por su inerte reacción. Inmóvil, su boca mostraba el evidente contagio sufrido ante la parálisis de todo su cuerpo; sólo dos amplísimas cuencas colmatadas por sus atónitos ojos, evidenciaban restos de vida.
“¡¿En
serio?! No puede ser”- pensé.
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lunes, 22 de abril de 2013
Berlín cum laude
Hace algún tiempo asistí a la lectura
de una tesis doctoral en la Universidad de Málaga, no sólo la
primera lectura a la que tengo el placer de asistir, sino la primera
que se lee en la Escuela de Arquitectura de Málaga.
A priori, este dato podría resultar
razón suficiente para inaugurar el casillero de asistencias a tesis
de mi agenda profesional. Sin embargo, no fue este el principal
motivo que me llevó al Salón de Actos. La citada tesis versaba
sobre Berlín, sin duda la ciudad de mis amores. Para mayor interés,
si cabe, el análisis de esta bella urbe se plantea desde una
metodología tan personal como arriesgada, a partir del estudio de
una película rodada en tal ciudad hace más de 25 años, “El cielo
sobre Berlín”. Lo cual, no sólo integra una variable tan
interesante como el cine en la ecuación, sino que nos traslada
directamente a uno de los episodios más relevantes del pasado siglo
en nuestro continente. La presencia caduca del Muro de Berlín no
hace sino introducir la entropía en este complejo análisis urbano.
Por tanto, sentarme a escuchar un
estudio detallado sobre la evolución de Berlín, desde finales de
los setenta hasta nuestros días, les garantizo que es uno de los
mejores planes, incluso placeres, que podría encontrar en mi
búsqueda profesional de conocimientos.
El evocador título, nos muestra
lugares olvidados de una ciudad que si son observados con atención
pueden llegar a generar un itinerario no sólo por su presente sino
por su historia pasada y futura.
De la extensa introducción realizada
por la doctoranda, no puedo sino recaer en la bella definición
empleada para referirse a los fragmentos de un todo, como muestras
puntuales de la identidad de un conjunto. La belleza implícita en
dicho acercamiento, no radica sólo en su potencia conceptual, sino
en su acertado empleo para el caso de Berlín. Para todos aquellos
que hayan gozado de la capital alemana post-muro, sabrán entender lo
impregnada que queda cada visita, de estos infinitos fragmentos del
urbanismo más interesante y único. Un sin fin de retales, vacíos y
oportunidades que, dada su vasta extensión, sólo pueden ser
recorridos a través de múltiples itinerarios aislados e inconexos,
que generan poco a poco el mapa global de nuestra propia Berlín
mental. El mayor ejemplo de este peculiar fenómeno se evidencia en
el masivo uso del metro, un medio de transporte tan eficiente como
“descontextualizador”. Podríamos transitar todas y cada una de
las estaciones que decoran el extenso territorio de la capital, sin
por ello conocer ni el 10% de la ciudad. Un ejercicio de acupuntura
turística, con el cual conocer los lugares más emblemáticos y
archiconocidos de cada distrito. Un catálogo de imágenes sugerentes
que representa con mayor o menor acierto el barrio al cual
representa. Pero sería absurdo imaginar que dicho catálogo pudiera
reflejar el verdadero significado de una capital tan experimentada y
castigada a lo largo de la historia.
Quizás la concepción urbana de todo
ciudadano, no deja de ser eso, un álbum personal de los cientos
posibles, en el cual colocar las principales imágenes de tu ciudad.
Los principales rincones de tu entorno. Las visiones más concretas,
sólo posibles desde una perspectiva igual de concreta. En
definitiva, hablar de urbanismo es hablar de ciudadanos, de personas.
Por tanto, afrontar un análisis aparentemente científico y objetivo
desde una intencionada subjetividad, puede que se trate de uno de los
mayores aciertos y ejercicios de humildad que podamos realizar.
Como saben, el mundo de la
investigación, en ocasiones, responde a unos estrictos protocolos
que apuestan por una ansiada garantía de éxito. Influencia del
rigor científico, tendemos a buscar ecuaciones perfectas que nos
devuelvan un resultado igual de perfecto.
Con lo cual, aprovecho estas líneas,
para trasladarles un interesante debate surgido en aquella mañana de
tesis, y que ronda a menudo mi cabeza en busca de batalla.
¡Debemos los humanos alejarnos de
nuestra humanidad para entender el propio comportamiento humano?
¿Somos lo suficientemente inteligentes como para disociarnos de
nuestro yo subjetivo en pro de un ejercicio académico correcto y
objetivo? Jamás dudaré de la inteligencia de alguien capaz de
dedicar tantísimas horas de su vida a la investigación de un hecho
que no sólo considera relevante, sino que lo entiende lo bastante
interesante como para contribuir humildemente en el complejo proceso
del conocimiento. Sin embargo, no creo que la investigación deba
ceñirse a un enfoque lineal y estandarizado, en tanto en cuanto, la
vida, no actúa como tal, y los ciudadanos que le dan sentido,
tampoco.
Por tanto, a modo de conclusión, me
gustaría elaborar este pequeño alegato en favor de la subjetividad,
no como paradigma de la investigación científica, sino como
alternativa del devenir humano. En mi opinión, tan necesarios son
los protocolos como las intuiciones, los reglamentos como la
aleatoriedad, el conjunto como sus fragmentos, el rigor como la ilusión.
Investigadores, doctores, alumnos,
catedráticos, profesionales, ciudadanos..., desde mi total y humilde
desconocimiento, sea cual sea el campo de intervención en el cual
decidamos adentrarnos, sea cual sea la labor en la cual nos
volquemos, no olvidemos que somos lo que somos gracias a que nos fue
permitido elegir. Conforme a determinados criterios, sí. En base a
un razonamiento lógico, sí. Pero no en base a una lógica
preestablecida, sino al resultado de un mecanismo de pensamiento
capaz e intencionado.
Cualquier acercamiento es válido si el
destino es atractivo, coherente y evocador. Dejemos a los humanos
actuar como humanos, y a las ciudades evolucionar como ciudades.
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lunes, 8 de abril de 2013
El libro_p04
Capítulo 4
Ansioso,
expectante, incluso desesperado, ultimo los segundos que restan para
el desagradable sonido de mi despertador. La presión ejercida por
los recientes retrasos y posteriores reprimendas me pesan sobremanera
en esta fría mañana.
Por
fin, el parpadeo que precede al ruido infernal hace acto de presencia
y mi mano reacciona rauda y veloz para frenar el proceso estándar.
No me gustaría hacer partícipes a mis padres o mi hermano de mi
surrealista plan. Este tremendo madrugón podría ser malentendido
por mis preocupados parientes, quienes ya mostraron su descontento y
consiguiente preocupación en la pasada cena.
Feliz
por mi pronta reacción, me dirijo orgulloso hacia el pasillo, toalla
en mano y rodeado por un halo de sorprendente optimismo. El reloj
parece mi principal aliado en esta batalla tan personal como
necesaria. El desayuno, la elección de mi vestimenta o, incluso el
rasurado matinal parecen relegados a un sombrío segundo plano.
Jamás
había sentido tanto el deambular del agua sobre mi cuerpo. Parece
que cada gota se desprendiera de sus vecinas para reivindicar su
inevitable individualidad en lo que se asemeja a una extraña
celebración callejera. La temperatura perfecta me recuerda el por
qué de todo esto, me dibuja distraída una leve pero intensa sonrisa
en mi rostro. Un relajado suspiro que invade mi cuerpo, del mismo
modo en que lo hace el líquido elemento, sutil pero contundente,
eficaz.
El
momento toalla, recupera su trivialidad original, negado frente a la
celeridad de mis medidos movimientos. Cada nuevo hito en esta
estudiada mañana, corrobora los plazos previstos y con ello, genera
una nueva satisfacción que deriva en mayor efusividad y nerviosismo
controlado. Uno de esos momentos en los que todo a tu alrededor
demanda una sobriedad y silencio imposibles de alcanzar. Todo tu
cuerpo emana adrenalina contenida, tus músculos se contraen
impacientes, preparados.
La
calle, por fin. Todo marcha. No sabría decir, para ser sincero, si
los zapatos son realmente del mismo par, si los calcetines coinciden,
si el peine ha llegado a ordenar mis húmedos cabellos, o si la
mochila contiene alguno de los materiales que necesitaré más
adelante. Sólo me preocupa una cosa, el paso firme e irremediable de
mis suizas agujas. Y desde luego, es de lo poco que podría
garantizar con seguridad, seguimos llevándonos bien.
La
odisea diaria se presenta más amable que de costumbre, solitaria a
la par que original. Los olores parecen similares, sin embargo el
conjunto revela una pureza hasta ahora olvidada. Los ruidos, sin
duda, no son sino una vaga muestra de mi anterior referencia. Mi
alegría sigue en aumento y su representante hormonal, continua su
lento pero constante llenado del vaso de mi autocontrol. Las buenas
noticias se suceden y mi sonrisa comienza a tornarse en nerviosa.
8:59h.
En pleno éxtasis emocional, reconozco la ansiada puerta de mi recién
bautizado como querido instituto. No quepo en mi gozo. La hora
cuadra, mi reloj corrobora tal triunfo y por si esto fuera poco, la
voz aliviada de mi hermano resuena cual canto gregoriano en mis
adentros. ¡Lo logré! Voy a oír el timbre por primera vez.
- Oye, lo has hecho. Me alegro.
- Gracias. No podía permitirme un fallo más.
- Pero bueno, ¿a qué hora te has levantado? Eres un auténtico personaje. Cuando me he levantado ya te habías ido. Y por lo que parece no has desayunado, ¿verdad?
- A ver. Tampoco le vamos a pedir peras al olmo, ¿no? Jajaja. Déjame disfrutar de mi pequeño logro. Ya, si eso, mañana desayuno.
- Anda, cómete esto que te he pillado en casa. ¡Cómo te conozco! Sabía que te habías venido en plan valiente.
- Gracias tío, eres un máquina. Menos mal, porque ya empezaba el estómago a dirigir a la orquesta. Jajaja. Si es que te tengo que querer...
- Déjate de rollos! Come y calla. Jajaja.
- Vale, lo haré. Luego te veo.
Instante
en el cual el sonido angelical del timbre interrumpe nuestra
improvisada tertulia anunciando mi llegada triunfal. Confiado me
dirijo hacia mi aula, consciente de mi tremenda valía. Mentiría si
dijera que no me siento como un auténtico superhéroe. Las caras
sorprendidas de mis compañeros, sólo son mejoradas por la peculiar
sonrisa de mi director, quien me felicita entre dientes por mi
pequeño éxito. Pese a mi timidez, me adentro en la clase feliz,
observando al tendido, mientras el profesor me saluda casi tan
sorprendido como yo mismo. Acto que se ve acompañado de las risas de
mis compañeros, quienes no podrían estar más de acuerdo con el
“gestito” espontáneo de mi maestro de tecnología.
Lejos
de avergonzarme, decido dar el golpe en la mesa definitivo, y alzar
temeroso la voz para dar los buenos días con sorna al perplejo
grupo, acompañado por un atrevido intento de chiste, que
sorprendentemente, mis compañeros parecen aceptar de buena gana.
Momento en el cual, mi hermano se apodera remotamente de mis actos,
teledirigiendo mi mirada hacia la tercera fila, justo a mi lado, la
mesa en la cual se sienta algo dormida aún, su improvisada candidata
a mujer del año.
El
recorrido de mis ojos parece ralentizarse hasta casi detenerse por
completo en su búsqueda ilusionada del objetivo. Cual es mi
sorpresa, al encontrar frente a mi, dos preciosos ojos verdes,
arropados por unas elegantes cejas y unas pobladas pestañas. Un
festival de colores organizados bajo la batuta de una naturalidad
impactante y una belleza que difícilmente podría describir con
palabras. Un regalo del destino que parecía presentarse ante mí.
Perplejo, me paralizo de arriba a abajo, con una estúpida sonrisa
que decora mi impasible rostro.
Segundos
con complejo de horas preceden al instante definitivo, el momento en
el cual esos maravillosos ojos se cierran suavemente en su camino
hacia el suelo, mientras su bello rostro evidencia un cierto tono
sonrosado que acompaña una ínfima sonrisa que deja entrever sus
tímidos dientes, todo ello bajo el inexplicable efecto del slow
motion. Una mínima mueca que en mi cerebro es recibida como la
mayor de las alegrías jamás anunciadas.
Supongo
que para ella pudo ser un simple acto reflejo, pero he de reconocer
que fueron necesarios algunos minutos más para permitir a mi cuerpo
recuperar el control sobre una situación que hacía ya tiempo dejó
de existir. El profesor llevaba un rato intentando despertar nuestras
neuronas con una inexplicable perorata repleta de tecnicismos, capaz
de domar a la más fiera de las criaturas que habitan este mundo. Sin
embargo, harían falta toneladas del peor de los tranquilizantes para
apagar el fuego que acababan de encender en mi interior. Y lo peor,
que se lo debía a mi hermano, mi hermano pequeño. Tendría que
decirle que sí, que tenía razón, que estaba en lo cierto. En fin,
imagino que merece la pena y que, en el fondo, se lo merece.
Tecnología,
matemáticas, informática, economía... un sin fin de asignaturas
que esperan respetuosas en el porche de mi cabeza a que mi nueva
inquietud abandone la casa y les permita entrar. No logro olvidar esa
mirada, esas mejillas sonrojadas y perfiladas con maestría frente al
mini espejo que toda chica parece llevar en su bolso, o quizás, la
imagen que había decidido crearme de ellas. Ahora me parece
increíble que durante todos estos días me hubiese podido perder tal
espectáculo. Hasta qué punto podía estar obsesionado con fingir
una normalidad forzada, que había obviado una de las mejores
imágenes que podrían decorar ese tradicional mural en que se
convierten los recuerdos.
Mi
objetivo acababa de cambiar radicalmente. Llegar puntual, pasar
desapercibido, integrarme, aprender; todo eso quedaba relegado a un
meritorio segundo plano. Las veinticuatro horas del día en mi nueva
vida, encontraban su sentido en tanto en cuanto contasen con la
aportación de mi nueva musa. Cada movimiento parecía conducirme
directamente hacia ella, del mismo modo en que los imanes se adhieren
a la puerta de la nevera. Un fenómeno conocido pero inexplicable,
asumido pero opaco.
Podría
recrearme en todo ese rollo de las mariposas, las hormiguitas y demás
cursiladas, pero mi pragmatismo me lleva a mostrar una realidad mucho
más racional, más fría. Prefiero contar mi versión de lo que
muchos denominan amor a primera vista. En mi opinión, es bastante
más cercano a una tremenda obsesión, sólo que afortunadamente,
desprendida de toda esa negatividad peyorativa. Una cariñosa
obsesión por conocer cada íntimo detalle que configura su
interesantísima existencia. Un deseo pasional por entregarle toda
esa ternura y bondad contenidas bajo el telón de mi teatral
impostura. Un sentimiento tan profundo como transparente, donde su
felicidad ocupa el lugar más alto, en un inestable equilibrio entre
alegría y tristeza, entre amor y odio.
Sé
que no puedo contarle todo esto a mis amigos, si no, probablemente,
empezarían por dudar de mi masculinidad y posteriormente, usarme
para amenizar sus ratos de aburrimiento. Pero, por primera vez en
mucho tiempo, me gustaría permitirme el lujo de desencadenar mis
emociones, derrumbar el interminable dique con que sellé hace años
todo un mar de pensamientos. Es el momento de liberarme, dejar fluir
mis ideas, como si nadie las pudiera ver, sólo ella, sólo yo. Un
rincón de total sinceridad en el cual depositar cada gramo de
humanidad que aún respiro.
Soy
consciente de que si ella pudiera leer mi mente, huiría despavorida
ante tanta ilusión desproporcionada. Soy aún más consciente de que
las probabilidades de que una chica como ella se fije siquiera en mí,
son prácticamente nulas. Soy, a ratos, vagamente consciente de que,
incluso, cabe la posibilidad de que me acerque a ella y sea yo quien
decida alejarme poco a poco. No olvido mi inseparable don para
alejarme de toda aquella persona que parece sentir por mí algo
parecido a lo que acabo de expresar. Pero bueno, no hace falta ir tan
deprisa. Como buen romántico utópico, lo único que me importa
ahora mismo, es disfrutar de este peculiar cortejo. Este acercamiento
tan sutil como intenso. Es como si me hubiesen devuelto a esos
fatídicos quince años, cuando mi querida Sandra protagonizaba con
tanto estilo cada episodio de mi recién descubierta adolescencia
Sólo
puedo dar las gracias por todo esto. Por recuperar algo que pensaba
perdido.
Pues
sí, han pasado sólo diez años, ya han transcurrido más de tres
mil quinientos días desde aquel. Pero, sin saber muy bien por qué,
mi cuerpo salda conmigo una deuda generada tanto tiempo atrás. Por
fin, puedo gritar en silencio que vuelvo a ser yo. ¡Sí! Estoy de
nuevo aquí, y esta vez, vengo para quedarme, así que mejor que se
preparen. No más psicólogos, no más complejos, no más excesos ni
ausencias. Simplemente yo, en busca de un nuevo nosotros que me
permita entenderlos mejor a ellos.
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viernes, 8 de febrero de 2013
¿Por qué?
Desde hace ya algún tiempo me
entristece descubrir cómo la negatividad se apodera de mi entorno
profesional inmediato. Durante toda mi vida he intentado, en lo
posible, no sólo convivir en armonía con mi lado más optimista,
sino impregnar a mis allegados de tal alegría y ganas de seguir
disfrutando de nuestro día a día. En definitiva, devolver todo lo
bueno que he recibido para continuar esa altruista cadena de favores
y pequeños detalles, en la cual se debería convertir esta vida. Sin
embargo, jamás había sentido tan cercana la desilusión reinante en
estos tiempos de crisis.
Más allá de la preocupación que
todos tenemos ante la complejidad con que se presenta el futuro
económico, me aterra ver que la reacción ante esta evidente
adversidad se empieza a tornar, peligrosamente, en resignación.
Sin duda, el golpe definitivo me lo
atestó una experiencia tan interesante como evocadora.
En una visita reciente a la
Universidad, me encontré rodeado por futuros arquitectos que, lejos
de exprimir su etapa académica para cimentar las bases de sus
consiguientes carreras profesionales a partir de conceptos como el
interés y la pasión propios de un gremio tan vocacional como el
nuestro; se encontraban deambulando sin rumbo definido entre
asignaturas vacías y noches repletas de tensión y excesos de cruda
y desproporcionada realidad.
Mi primera reacción fue de asombro.
Escasos segundos después, mi cabeza evidenció el por qué. Si
aquellos que ya estamos integrados de lleno en este complicado
gremio, que ya hemos saboreado las mieles de la creatividad, nos
regocijamos en lo complicado de nuestro devenir, ¿qué esperamos que
respiren quienes por definición se encuentran en pleno proceso de
aprendizaje, en los albores de un viaje hacia lo que parece ninguna
parte?
Siempre que me preguntan acerca de mi
etapa universitaria, me cuesta cierto esfuerzo comenzar mi discurso
con palabras positivas. Si me ciño a la experiencia personal, la
sonrisa es inmediata y rotunda. La satisfacción se desprende con
cada letra que rebasa ansiosa los límites de mi boca.
Si, por el contrario, la cuestión se
redirige hacia el trasfondo más profesional, las anécdotas se
suceden caóticas, mostrando un panorama agridulce repleto de
situaciones extremas, al límite de lo que considero mi estado normal
de bienestar.
Con esto, me gustaría trasladar un
problema detectado entre los jóvenes que hace temblar todos los
mimbres de mi conciencia.
Si desproveemos a los jóvenes de la
ilusión, de su interés por mejorar lo presente, de su irreverencia,
de su capacidad crítica, de sus inquietudes, de sus ganas... ¿qué
les vamos a dejar? Y lo que es peor, ¿quién va a asumir ahora ese
papel en la sociedad? ¿Cómo vamos a avanzar si no es a raíz del
empuje de los que vienen por detrás?
Estas preguntas, evidentemente
retóricas, no hacen sino mostrar mi estado de inquietud. Un rumor
continuo y maleducado que se empeña desde hace tiempo en
distorsionar e interrumpir mi realidad, lastrando poco a poco mi
moral.
Por desgracia, lo único que puedo
aportar a título personal, son mis humildes palabras de ánimo con
las que arengar a estos jóvenes arquitectos, para que crean en lo
que hacen, para que sepan que se puede y para que afronten lo que
está por llegar con la energía que necesitan.
Sin embargo, cada vez es más frecuente
descubrirme en mitad de una charla o conferencia ante jóvenes
emprendedores o estudiantes, cual motivador de masas, cual inyección
de moral, renunciando al discurso previamente preparado y con ello a
la materia académica correspondiente, para centrarme en el lado más
humano de mis apesadumbrados oyentes.
Lo siento, pero me niego a aceptar esta
situación. No podemos dejarles esta herencia tan horrible. No
podemos cruzarnos de brazos ante tal desidia, ante tal desastre
social.
Me gustaría que los organismos que,
afortunadamente, han asumido a lo largo de la historia este papel, se
sacudieran el miedo y la pena, se liberaran de la pesada carga que
parece posarse sobre nuestras espaldas, para esforzarse en preparar a
estos jóvenes valientes desde un punto de vista activo y decidido.
Atajar de raíz el más mínimo esbozo de duda y contribuir desde
nuestro presente a allanar todo lo posible su futuro.
Dejémonos de cambios absurdos y
entrópicos, para retomar valores ancestrales y recuperar el espíritu
docente de los sistemas educativos. Está bien preparar a los alumnos
de cara a una realidad difícil, pero sin olvidar que no es aún la
suya, y que de ellos depende que nunca lo sea.
lunes, 14 de enero de 2013
Concurso, luego pienso (13/14)
11. Revestimientos
y acabados
¿Qué
debo pensar cuando dedico a trabajar más de doce horas diarias y
encima me quejo porque no me da tiempo a comprar las cosas necesarias
para seguir trabajando en las labores de casa? ¿Debería
preocuparme? Lo sé. Son preguntas retóricas así que agradeceré el
silencio.
Lo
único que se te ocurre en las citadas circunstancias es optimizar
tus trayectos en busca de supermercados y tiendas que no supongan un
desvío excesivo de la ruta original.
Salir
un poco antes para llegar un poco más tarde. No sé, como que no lo
acabo de ver. Si antes no era capaz de cumplir mis horarios, esta
nueva iniciativa no puede sino empeorar la situación. Eso sin
olvidar el riesgo de recaer en el patinaje artístico sobre
motocicleta, romper la cadena de frío de algún alimento u olvidar
toda la compra en alguna de mis etapas intermedias, para descubrir al
día siguiente los misterios de la caducidad prematura. En
definitiva, si quiero poder comprar, deberé recurrir al método
tradicional, a esa solución inspirada siglos atrás; y no, no me
refiero al remedio típico de abuela. No.
Me
refiero a la carta, la carta a los Reyes Magos.
Retomo
la cordura tras ocho revitalizantes horas de sueño. Afortunadamente
no es la cordura lo único que recupero a lo largo de la mañana.
Comienzo la semana con un plus
de adrenalina al recapacitar sobre lo que está por llegar. Un mes de
gran intensidad. Un mes en el que no voy a poder ni añorar la
sensación producida al percatarme de mis carencias en la despensa.
Treinta días de comida preparada, ojeras, ausencias, molestias de
cabeza (no me puedo ni permitir que lleguen a dolor), estrés,
soledad, cansancio e ilusión.
Porque
no me malinterpreten, soy consciente de mi voluntariedad en este
sufrimiento. Sé que está ahí, pero también sé que merecerá la
pena, porque se trata de hacer buena arquitectura. Progresar a nivel
personal y profesional. Dar un paso al frente, enfrentarme a mis
dudas, mis miedos, mi holgazanería, mi espíritu inquieto y crítico.
Me alzo para acabar con su influencia sobre mis actos y decisiones.
No puedo culpar a nadie de mi situación. De hecho, no debería ni
usar esa palabra para referirme a la oportunidad que se me brinda.
Estoy donde quiero, cuando quiero y con quienes quiero. El resto,
pamplinas derivadas del cansancio acumulado.
Este
mes, probablemente será uno de los pocos que recordaré en un
tiempo. Y no por lo mal que lo pasé, sino por lo mismo que recuerdo
ahora los tres anteriores, porque me han permitido volver a creer en
la arquitectura, en mí y en la posibilidad de que esto cambie. En
tres meses he pasado de mendigar una beca en cualquier rincón
extranjero, a fortalecer mis idiomas para hacerme más competitivo en
mi país. De rehuir de mis raíces, a luchar por lo que quede de
ellas. De rendirme y escapar, a creer en que siempre queda una última
oportunidad en la que confiar.
Esto
no significa que haya desechado la idea de abandonar el país para
abrir mi mente y conocer mundos y personas tan diferentes como
interesantes, capaces de enriquecer mi propia percepción de la vida.
No. Más bien, me ha dado el sustento necesario para encontrar mi
espacio aquí y preparar desde él mi colaboración con otros
profesionales en las mismas circunstancias que yo, sea donde sea que
tengan su residencia.
Ser
un ciudadano del mundo tiene un peligro oculto, no ser de ningún
sitio. Ahora sé que quiero ser de aquí para viajar por el mundo.
Con
el citado cansancio acumulado pero convencido del acierto que ha
supuesto la decisión de embarcarme en esta aventura, recibo a mis
compañeros en nuestro bar. Aparecen uno a uno, empezando por mi
mentor, después el anfitrión y por último se espera la inminente
llegada de nuestro eficaz intermediario, tanto con su propio equipo
como con el de ingenieros. Entre bromas y silencios, pregunto por el
ausente, para saber si viene o no. Si mejor lo esperamos en el
estudio o para el café. La respuesta me deja algo perplejo. Con gran
ambigüedad me anuncian su llegada, aunque con ciertas reservas
acerca de lo que ello puede suponer. Me escama el misterio que
ocultan sus palabras. No quiero insistir dado que contamos con la
presencia de otros clientes y amigos. Me limito a sonreír y esperar.
Veinte
minutos después, se confirman mis peores augurios. Parece que la
carta a los Reyes ha surtido efecto. Nuestro compañero no viene a
trabajar, sino a hablar con nosotros. Sereno nos presenta su
discurso, sin duda, muy meditado. Evidencia preocupación y tristeza.
Nos define un panorama atroz. Un cúmulo de circunstancias que le
obligan a decidir entre el concurso y un proyecto que le ha sido
encargado a su estudio.
El
problema principal reside en la simultaneidad entre ambos trabajos.
Este último, además, se trata de una oportunidad más real y con
aires de compromiso. No puede rechazarlo ni derivar parte de sus
recursos para continuar con nosotros. Muy a su pesar, debe retirarse.
Nos anima a continuar y siente el desenlace, pero nos asegura que no
tiene otra opción.
Conociéndolo
como lo conocemos, no necesita darnos ninguna explicación para que
le apoyemos en su decisión. Sabemos que el más afectado es él.
Sólo nos queda aceptarlo y actuar en consecuencia. Ahora la pelota
está sobre nuestro tejado. Reinventarnos sin él, o unirnos a su
causa.
La
deliberación ocupa escasos minutos. De hecho, para ser sincero,
diría que ya desde el momento en que le vi entrar afligido al local,
supe mi postura ante tal dilema. Sin necesidad de pronunciar sonido
alguno, nuestras miradas se entrecruzan y entienden automáticamente.
El
silencio se apodera de la mesa.
Un
instante más tarde, desciende la tensión, de nuevo con las
disculpas del pionero. Nos recalca la posibilidad de prescindir de él
sin que ello modifique la dinámica del grupo. Pero, todos sabemos,
que su acción ha sido el detonante de una explosión provocada ya
hace semanas.
El
ritmo no era el adecuado. El proyecto no acababa de arrancar con la
fluidez deseada. La magnitud del ámbito era tal, que incluso con
todos los integrantes al 100%, nos costaría alcanzar el objetivo.
Eso sin mencionar, que las ausencias obligadas por nuestra parte,
eran cada vez más frecuentes e inevitables.
Nuestro
anfitrión se debatía entre sus clientes y nosotros. Mis fuerzas
llevaban semanas al borde del abismo. Es decir, este último
contratiempo suponía trasladar toda la responsabilidad hacia el
culpable de que estuviésemos aquí. La persona que nos apuntó y nos
convocó para que participáramos junto a él. Nuestro director de
equipo. Era un mal modo de recompensarle por ello.
Así
que, con la misma naturalidad con la que habíamos afrontado estos
tres meses de reuniones y diseño, se cerraba la puerta del estudio.
Se
acabó.
-------
Las sensaciones se confunden en mi cabeza. Pese a la tristeza y rabia que me consumen por el fracaso, debo reconocer una alegría oculta y amarga por la finalización de esta situación. El concurso era una grandísima oportunidad, pero el precio también empezaba a resultar alto.
Imagino
que todos compartían tan agridulce momento, derrotados pero
aliviados al mismo tiempo.
Sin
embargo, como parte de la terapia de grupo, nos centramos en destacar
el lado positivo de este varapalo. Hemos disfrutado lo acontecido.
Abandonamos, sí, pero en un momento clave, justo antes del verdadero
sprint.
Hasta ahora hemos mantenido una frecuencia casi agradable y el
desarrollo actual de la propuesta está aún en una fase muy
precaria. Lo cual nos libera de parte de la pena asociada al trabajo
desperdiciado.
Una
cosa está clara: siempre podremos ver esta experiencia como un
máster intensivo y express
sobre urbanismo. Un curso magistral sobre nuestra propia ciudad. Esta
visión, una vez más sintetizada por el precursor del abandono,
resume perfectamente el sentir general en el equipo.
Y
así, sin más, es como despedimos la reunión, el concurso, este
equipo, este grupo de amigos trabajando juntos: entre risas y
planteamientos futuros de cara a conservar, bajo el unánime y firme
compromiso establecido, un núcleo de trabajo que hemos demostrado
compatible y prometedor.
Continuará...
(Parte 13/14)
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