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viernes, 10 de junio de 2022

La magia del Viajar

En lo que podemos denominar como el inicio de la era post-covid, no tanto por haber alcanzado el fin de esta pandemia sino por el reinicio de la normalidad, me alegra poder retomar una costumbre del todo olvidada: aprovechar el tiempo de vuelo para escribir. Sé que puede parecer una estupidez pero lo considero un avance considerable, teniendo en cuenta la Edad Media moderna de la que provenimos. Meses de limitaciones, precauciones, desconfianza y preocupación. Meses donde hemos hipotecado parte de nuestra libertad, de nuestra capacidad para socializar y de nuestra existencia más elemental. Podrá sonar exagerado, pero no puedo evitar pensar en esos adolescentes que han vistos sus 18 años condicionados por esta anomalía, aquellos abuelos que han vivido los primeros meses de sus nietos por zoom o quiénes han sufrido meses de forzada soledad. Por fortuna, todos esos recuerdos empiezan a sonar obsoletos, antiguos, olvidados. Tanto es así, que el hecho de colocar nuevamente una mascarilla sobre mi rostro ha supuesto una situación tan molesta como novedosa. Retales de una vida pasada a la que confiamos en no retornar jamás, pese a las múltiples cosas buenas que sin duda ha podido igualmente traer. Con todo esto, más alla de la reflexión ñoña e innecesaria que acabo de describir, quería dedicar unos minutos a celebrar la inmensa felicidad que supone viajar. Doblar con cariño y esmero la ropa justa con la que, junto a los inevitables "por si acaso", colmatar la mochila de viaje. Sí, mochila, pues las maletas parecen haber pasado a mejor vida. Otro de los grandes cambios surgidos con el COVID y que parecen haber llegado para quedarse. Mochilas en las que apretar tus pertenencias más queridas, por miedo a superar las estrictas medidas impuestas por la compañía de turno. En este caso, Aireuropa nos deleita con una generosidad inaudita en estos tiempos, permitiendo el uso de mochila y maleta de mano. Un lujo extremo que se agradece muchísimo, de no ser porque la vuelta la gestiona Vueling, quien ha optado por dejar la generosidad para un pasado no tan lejano. No obstante, la mochila parece gigante al comprobar la enorme cantidad de ilusión que es capaz de acoger. La ilusión de un viajero habitual que comienza a pensar con frecuencia en los próximos destinos. Un viajero que, pese a los inalienables miedos derivados del COVID, se atreve a planificar nuevamente los fines de semana como leves paréntesis en los que continuar descubriendo mundo sin otro objetivo que disfrutar de la maravillosa compañía que se aferra a mi mano y que inunda su teléfono de instantáneas de ese precioso atardecer que nos acompaña en nuestro camino. Por todo ello, me siento en esta incómoda estancia en la que tatuar un nuevo respaldo sobre mi rodilla, para dar las gracias por poder soportar una vez más estás minúsculas incomodidades que preceden a la magia del viajar.

martes, 24 de septiembre de 2013

El libro_p07


Capítulo 7

El conserje nos despedía con sorna tras esperar nuestro reiterado retraso, ansioso por poder cerrar la cancela de entrada al edificio. Su sonrisa cómplice no sólo indicaba un secreto a voces sino que permitía observar orgulloso, cómo mi acompañante devolvía el gesto con gran elegancia y consciente de la situación, mientras apretaba orgullosa mi mano junto a su vientre. Paradojas de la vida, me veía de nuevo asociado a un retraso en el instituto, aunque en este caso mucho más agradable y esperanzador.

Mi imborrable sonrisa, sólo comparable a la de ella, evidenciaba lo especial de lo que acababa de ocurrir. La secuencia iniciada con gran tristeza, interrumpida por una inesperada sorpresa y continuada por una explosión nuclear de euforia, habían desembocado inevitablemente en lo que, desde ese mismo momento, sería bautizado como el mejor instante de mi vida. Conmovido por el surrealismo que acababa de acontecer y animado por la inmensa alegría que invadía cada poro de mi piel, me desprendía de toda timidez para afrontar confiado el mayor reto de mi vida. Era ese maravilloso momento con el que tantas veces había soñado. Aquel que siempre había tenido que vivir a través de la experiencia de mi hermano.

Mi primer beso. Mi primer muestra de amor verdadero. O lo que yo pensaba que lo sería.

Mis labios habían encontrado triunfales el ansiado objetivo. Su calidez se veía truncada ante su repentina y gélida respuesta. Nada. Ni el mas mínimo gesto. Ni la mas mínima muestra de alegría o enfado. Nada. Impaciente, los siguientes segundos me parecieron horas. De nuevo, mis peores augurios se apoderaban de mis pensamientos. Todo era miedo y enfado ante mi excesiva confianza, ante mi estúpido alarde de motivación extrema. Era consciente de que, como solíamos decir coloquialmente, “acababa de venirme arriba a tope”. Y lo que es peor, esa grandilocuente locura suponía tirar por la borda tantos días de preparativos y cuidados acercamientos, tantos días de coherente flirteo en busca de allanar un terreno hasta ahora puede que inexistente.

La tan temida “cobra”, expresión empleada para definir el rechazo y consiguiente huida de tu objetivo en el momento del beso, se apoderaba irremediablemente de mis pensamientos...

Segundos de amargura y desconsuelo que sólo podían terminar con una muestra más de mi rocambolesco día.

Sin mediar palabra, me apartó levemente de su boca para dedicarme una impenetrable y misteriosa mirada. Tras una inmensidad en silencio y esperándome lo peor, su sonrisa hizo de nuevo acto de presencia y noté como su mano se apoyaba con ternura en mi nuca, mientras sus dedos se enredaban con maestría entre mis cabellos. Un tremendo escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Con gran delicadeza y no menos decisión, su mano se aferro a mi y me inclino de nuevo hacia ella, esta vez sí, para corresponder mi apasionado atrevimiento con una descarga inexplicable de sensualidad. Sus labios, repletos de vida, se rozaban sutiles contra mis labios, a la espera de una correspondencia que indicara el momento de afianzar el contacto, en busca de que nuestras lenguas invadiera la recién generada caverna que nos separaba y unía a partes iguales. Sentir mi lengua junto a la suya, fue la señal definitiva de que aquel era el día, el día por el que tanto había luchado. La razón por la cual estaba ahí, desafiando a médicos y familiares.

Por fin, estaba vivo, completamente vivo.

Mientras nuestros labios saboreaban las mieles del éxito, mis manos lograron desprenderse del bloqueo inicial para adentrarse valientes y descaradas en el terreno de su fisonomía. Naturalmente, la primera reacción fue la de abrazar su cuerpo con delicadeza, sentir en las yemas de los dedos el calor que desprendía su espalda. Su sencillo top no era capaz de contener la infinidad de sensaciones que brotaban de su piel. Tras unos instantes, mis manos aprovecharon la creciente confianza adquirida en sí mismas, para separar sus caminos y abarcar el máximo terreno posible. Mientras mi mano izquierda emuló su gesto en busca del cuello, mi mano derecha recorrió en sentido contrario su espalda hasta encontrar victorioso el bolsillo trasero de sus vaqueros. Sentir sus glúteos tersos y bien formados bajo mi mano, fue algo que irremediablemente provocó un aumento de la intensidad en mis besos. Sin embargo, el culmen de esta experiencia lo encontré al retomar la posición original, esta vez levantando la camiseta que llevaba puesta, para poder disfrutar del suave y agradable tacto de su espalda. Curiosamente fue entonces ella, quien en respuesta a mi atrevimiento, reaccionó con decisión, apretando nuestros cuerpos mientras me transmitía entregada sus innegables muestras de pasión.

Todo lo que antes era timidez, dudas y miedo, se había convertido en pasión, adrenalina y un sin fin de sensaciones hasta entonces desconocidas, con sus correspondientes manifestaciones físicas.

Lamentablemente, nuestro retraso no hacía sino ir en aumento, y a pesar de que podría haber permanecido así durante toda mi vida, sabía que debíamos abandonar el edificio antes de que la situación empeorara; todo ello, claro está, gracias al hecho de que acababa de descubrir esa sorprendente seguridad en que aquello no podía ser flor de un día, sino que no era sino el primer paso de muchos.

Con la misma facilidad con que habíamos unidos nuestros cuerpos, estos se desprendieron el uno del otro, emplazando la alegría a cualquier otro momento.

Y así es como comenzó una nueva etapa en mi vida. En nuestra vida.

El resto del día se convirtió en una verdadera odisea para mí. Disimular todo lo que se cocía en mi interior frente a mis padres y mi hermano, era un objetivo tan necesario como complejo. No hay nada peor que simular una aparente normalidad cuando la realidad difiere tanto de ese estándar. Era consciente de que mis padres puede que hasta se alegraran de haberlo sabido. Sin duda, mi hermano hubiese explotado de ilusión. El problema era que de haberlo sabido, no me cabía la menor duda de que sería incapaz de mantener ese secreto.

Y que nadie se confunda, estaba deseando compartir todo lo ocurrido con él, incluso con mis padres. Pero había una pequeña parte de mí que me recordaba que existía la posibilidad de que ella pudiera arrepentirse, pensárselo mejor o por qué no, reaccionar de manera extraña. Sea cual fuere su reacción, prefería ser cauto y esperar al resultado, antes de iniciar un proceso de acercamiento a mi familia que pudiera desembocar nuevamente en un fracaso social. No creo que estuvieran preparados para un nuevo contratiempo. Era mejor dejarlo estar y que aprovechasen mi estado de felicidad anterior para ir recargando pilas.

Eso no quita que mi cerebro no fuese a cien mil por hora. Un día feliz que, sin embargo, ocultaba una tarde de lo más extensa. No veía el momento de irme a la cama y acelerar con ello el tiempo que me quedaba hasta volver a verla. Volver a sentir su cuerpo, disfrutar de su increíble sonrisa y de la satisfacción que supone saber que eres tú quien motiva tal obra de arte, tal muestra de alegría y belleza sin parangón.

Por si esto fuera poco, resolver el acertijo de mi querido profesor resultaba ahora de lo más difícil, ante mi evidente distracción. Cada número me recordaba a ella, cada operación matemática parecía llevar su nombre. Si avanzaba en la resolución, me acordaba de mi grandiosos triunfo. Si erraba, me animaba pensando en lo que me acababa de ocurrir.

Imposible. Hoy no soy capaz. Lo peor de todo es que me daba igual. En mi opinión estaba más que justificado y no me cabía la menor duda de que hasta el profesor lo entendería si le explicara el motivo que se escondía tras este fracaso matemático.

Mi fingida normalidad no pasó desapercibida ante nadie. Más bien, dio lugar a un verdadero interrogatorio.

  • ¿Se puede saber qué te pasa?
  • Nada, ¿por qué? Disfruto de este solomillo. Está muy bueno.

Desgraciadamente mi adulador intento por cambiar de tema y desviar la atención hacia la comida, no parecía dar resultado.

  • ¿Seguro que estás bien? No sé, te veo muy serio. Como distraído. ¿No te ha pasado nada en el colegio?
  • ¡Que no Mamá! - “Pobrecilla”. No sabía como acabar con esto sin cambiar el tono. Entiendo que se preocupe, pero ya he decidido que no es el momento de compartirlo con ellos. Desgraciadamente, se me olvidaba ese tremendo don que adquieren las mujeres en el parto, por el cual intuyen todo lo que ocurre en tu cabeza. Aquello de “te conozco como si te hubiese parido”, era algo muy real.
  • ¿No habrás vuelto a llegar tarde, no? Si te pasa algo en el instituto, me lo dirás, imagino. Ya sabes que no me pienso enfadar si tu director vuelve a hablar contigo. Prefiero estar al tanto de todo y lo sabes.
  • Tranquila mamá. - El estrés empezaba a apoderarse de mí. Me sentía acorralado y era incapaz de mentir a mi madre, después de todo lo que había hecho por mi. Entonces, cuando el desastre parecía mi única salida, mi cerebro retomó parte de su actividad intelectual y me iluminó el camino de huida. Por fin, una escapatoria decente. - Es sólo que estoy algo preocupado por lo que pase mañana.
  • ¿Ves? Lo sabía. ¿Qué pasa mañana?
  • Nada, me preocupa que las cosas no transcurran como yo esperaba.
  • ¿A qué te refieres? ¿Algo va mal? ¿No te gusta el curso o es que estás teniendo problemas con los compañeros? Mira que te lo dije.
  • Tranquila mujer. No es eso. El problema es que mi profesor me ha planteado un ejercicio de matemáticas que no logro resolver. Es un acertijo clásico que se supone que debería ser capaz de descifrar, pero no lo veo. Jaja. Qué paradoja, ¿no? - Esta casualidad, suponía el toque de humor que se convertiría en el detalle definitivo de mi elaborada trama de escape, con el que zanjar la conversación y cambiar de tema. En definitiva, sabía que mi madre no acababa de secundar mis bromas acerca de mi situación actual.
  • ¡Ah! Pues haberlo dicho. Seguro que tu padre puede echarte una mano.
  • No te ofendas papá, pero me temo que es algo bastante complejo. Lo que pasa es que el profesor me tiene muy bien valorado y confía en mí. Se ve que demasiado. Y, desde luego, no me gustaría perder ese trato preferencial y que se desilusione.
  • Bueno hijo, pero si es tan difícil, entenderá que te cueste solucionarlo. Vamos, digo yo. Lo único que tengo claro es que no quiero verte preocupado por algo así.
  • Mamá, ya está bien. Tengo que intentarlo y si no lo consigo, es normal que me enfade.
  • Pero...
  • Lo siento mamá, pero ya soy mayorcito y estoy decidido a hacer lo que me gusta, cueste lo que cueste. No te preocupes. Lo peor que puede pasar es que mañana me encuentre más cansado de lo normal. Eso es todo. Una más que probable noche sin dormir, y listo. Ya verás cómo lo logro. - Eso era seguro. Esa noche tenía claro que no iba a ser capaz de conciliar el sueño. Demasiadas emociones, demasiado en qué pensar. Aunque las matemáticas fueran lo de menos, quizá puede que se convirtieran en un socorrido entretenimiento para cuando la desesperación se apoderara de mí.
  • ¡Ay mi niño! ¡Que cabezón eres! A quién habrá salido, ¡eh!. - exclamó mi madre, mientras dedicaba una acusadora mirada a mi padre.
  • Ya sabía yo, que al final me salpicaba a mí. Con lo “calladito” que estaba yo aquí...
  • Déjate de tonterías. Ya sabes lo que dijo el médico...
  • Venga ya mujer. Vamos a comer antes de que reciba alguien más. No pasa nada. Está bien que el niño intente solucionar lo que el profesor le ha planteado. Si él cree que puede hacerlo, por algo será.
  • Desde luego, no será por tu habilidosa genética.
  • Ya está. Me tocó. Como el “Luisma” es tonto... Jajaja.

El comentario de mi padre, una vez más, desataba las risas de todos. Ese mar de carcajadas, inspirado en un célebre personaje de la televisión, no sólo zanjaba la discusión, sino que me permitía relajarme por fin. Objetivo conseguido. No sin esfuerzo, había superado la tormenta.

Mi madre, por el contrario, seguía preocupada y no olvidaría este tema tan fácilmente. Su mirada mostraba una incertidumbre e inquietud difíciles de esquivar. Puede que hubiese perdido esta batalla, pero no la guerra. Así que más me valía disimular mañana mi cansancio y hacer todo lo posible hoy por dormir lo suficiente como para lograrlo. Todos conocían lo incisiva que podía ser mi madre, cuando de la salud y bienestar de sus hijos se trataba. Y... la tenía que comprender.

Consciente de mi estrategia y con un leve atisbo de culpa que asomaba por mi subconsciente, me acerqué a mi madre, le di un cariñoso beso, le dediqué mi mejor sonrisa y me despedí de ella deseándole las buenas noches.

  • No te preocupes mamá. Te prometo que haré todo lo que pueda por resolverlo lo antes posible y dormir lo máximo, ¿vale?
  • Vale. - dijo mi madre con voz cansada. Resignada me devolvió el beso y me guiñó el ojo, cómplice a la par que consciente de mi testarudez.
Pese a la mini crisis a la que acababa de enfrentarme, me dirigía hacia mi cuarto con mi objetivo más que cumplido. Mis padres ya tenían tema de conversación para toda la noche y mi hermano no osaría siquiera a entrar en mi cuarto, dada su inexplicable alergia a todo lo relacionado con las matemáticas. De este modo, podría mantener mi secreto hasta mañana, cuando pudiera verla y confirmar hasta qué punto, lo que acababa de vivir esa tarde, era real.

La noche, curiosamente, transcurrió pesada entre los entresijos de mi coartada y mi inevitable realidad.

La frustración debida a mi incapacidad para dar con la clave del enigma matemático al que parecía enfrentarme, crecía de manera exponencial, conforme mi grado de cansancio iba del mismo modo en aumento. Todo ello, provocaba que mis pensamientos relacionados con los acontecimientos de esa misma tarde, se tornaran progresivamente hacia la negatividad más absoluta, resucitando esos viejos fantasmas que me alejaban de ella.

Agotado, derrotado y completamente abatido, el cansancio terminó por sobreponerse a mi mermada ilusión y a mi destrozado orgullo. Finalmente, mi querido despertador marcaba las 4:20 de la mañana cuando decidí sucumbir al desastre y rendirme ante la evidencia, adoptando la posición horizontal que me trasladaría directamente al tan ansiado mañana.

martes, 3 de septiembre de 2013

El libro_p06


Capítulo 6

Un nuevo día se presenta ante nosotros con las mismas legañas y el mismo inexplicable cansancio con que tiene a bien recibirnos habitualmente.

Los días de gloriosa puntualidad se han ido sucediendo con gran maestría hasta el punto de que he logrado despojar a mis incrédulos compañeros de esa inevitable “sonrisilla” con la que se enfrentaban a mi llegada. Cada vez resultan más lejanos aquellos días fatídicos en los que mis retrasos me impedían acceder a ellos como el compañero que, sin duda, soy. Ahora son los deberes que pueblan nuestra pesada mochila quienes protagonizan nuestro ajetreado día a día.

No podría ocultar mi gran temor a ser nuevamente rechazado ante mi extrema dedicación al curso, mi obsesión por aprender y mantenerme al día en lo exigido. No sólo temía erigirme en el nuevo empollón del grupo sino evidenciar mi lamentable ausencia de entretenimientos extra escolares que pudieran alejarme en cierto modo de mi labor docente. Sin embargo, se ve que la edad nos situaba ante una realidad diferente a la que yo conocía. En este recién descubierto contexto, la sabiduría y obtención de buenos resultados, no implicaba en modo alguno motivo de burla entre mis compañeros, sino en la mayoría de los casos una gran indiferencia y, en determinados casos concretos, incluso algo de admiración e interés por mis conocimientos.

Mi recuperación alcanzaba ahora su cota más alta, al empezar a considerarme a mi mismo uno más, simplemente eso, un alumno del montón. Puede que algunos no entiendan esta afirmación, pero no sabría expresar mejor lo que desde aquel periodo vendría a llamarse satisfacción. Simple alegría por volver a sentir esa normalidad de la cual, hace años, fui despojado.

Hoy en día, mis preocupaciones volvían a centrarse en esas banalidades que nos hacen tan humanos. Olvidar mis objetivos de trivial para centrarme en lo trivial de mis objetivos.

Esto no esconde el desinterés cultural que mi madre parecía intuir. No. Por el contrario, mi vida reivindicaba su lugar preferente para deleitarme con esas pequeñas cosas que nos hacen tan especiales.

Mis nuevos compañeros comenzaban a recorrer el arduo camino hacia mi amistad, y lo más importante, me enseñaban el sendero por el cual acceder a la suya. Un deambular muy interesante e inspirador que hacía mucho que no experimentaba.

La única pega a tan delicioso avance personal, recaía sobre mi recién descubierta timidez. Esa inexplicable reacción que me impedía articular palabra alguna cuando mi interlocutor dejaba de ser alguno de mis compañeros para convertirse en ella, mi compañera, la chica de la tercera fila.

Mi miedo a que los demás notasen mi obsesivo interés, eclipsaba incluso mi temor a que ella pudiera descubrirme. Todo lo andado, en mi proceso de integración social en el grupo, no podía verse abandonado ante un falso movimiento hacia la que parecía candidata unánime a reina de la fiesta.

Entre líneas me esforzaba por obtener cualquier dato sobre ella o sus amigos, que pudiera acercarme a mi objetivo. El resultado: las muestras de admiración se completaban con celosos intentos por derrocar tan inminente reinado, entre sus supuestas iguales. Mientras el sector masculino coincidía orgulloso en un acuerdo absoluto sobre su belleza sin igual, las representantes del sector femenino se debatían entre una interesada amistad y sus incorruptibles enemigas, dispuestas a despreciar cada una de sus innegables virtudes.

Sea cual fuere la razón que motivaba a cada uno de ellos, mi conclusión resultaba cada vez más evidente. Si yo me consideraba aislado por deméritos propios, su situación no difería mucho de mi desgracia aunque por motivos bien diferentes. Su relación con la clase era bastante peculiar. Un mundo con dos caras muy alejadas. Por un lado, la sonriente mirada con que devolvían sus intentos de acercamiento; por otro lado, sus tardíos y amargos ecos de crítica con que eran posteriormente analizados sus actos.

En definitiva, empezaba a encontrar ciertas similitudes conmigo, salvando claramente las distancias.

Poco a poco, casi obligado por las amenazas del valiente de mi hermano, superaba a duras penas las barreras que me alejaban de ella. Cada mirada, cada intercambio de ideas, cada ejercicio en común se transformaba en mi principal fuente de energía de cara al próximo día, a mi próximo reto frente a ella. Una máquina algo oxidada y “fallona” que, por suerte, contaba con un motor que se realimentaba con cada nuevo logro.

He de reconocer que, no sé si fruto de mi gran ilusión o de su cierto aislamiento, mis acercamientos eran recibidos, desde mi punto de vista, con aparente alegría. Sería algo pretencioso decir que empezábamos a llevarnos bien, pero la realidad era que cada vez sucedían con mayor frecuencia esos “fortuitos” encuentros. Lo mejor de todo, era que ella comenzaba a sentirse parte de la ecuación, aportando inconscientemente su pequeño granito de arena a esta mega construcción que me había dispuesto a erigir.

Los intencionados retrasos con que forzaba ser el último en abandonar la clase con ella, daban lugar a unas interesantísimas conversaciones con las que aprender acerca de sus inquietudes y sus hobbies antes de abandonar el instituto y retomar cada uno nuestros respectivos caminos a casa.

Esta extraña costumbre no pasaba desapercibida en casa, ante las reprimendas de mi madre por mis cada vez más frecuentes y amplios descuidos frente a la hora estipulada para el almuerzo.

Mi hermano, que no era ni de lejos ajeno a mi cuidada e improvisada estrategia, supo ganarse mi confianza para contribuir como aliado en la consecución de tan trabajada conquista, acercándome en coche a casa y con ello suplir los retrasos derivados de aquellos extensos ratos de charla y flirteo con que cerrábamos distraídos el día de clase.

Cabe dejar claro, que su actitud, lejos de resultar altruista, escondía una estrategia no menos interesada por buscar aliados frente a posibles retrasos en los que él pudiera verse sumido en su intento por disfrutar al máximo de la compañía de su querida Rocío.

Como dos simples jóvenes de nuestra edad, nos utilizábamos mutuamente como coartadas frente a nuestros permisivos padres, quienes más que conscientes de nuestras sospechosas prácticas, se enorgullecían de la química con la que nos compenetrábamos mi hermano y yo.

Un nuevo hito en nuestra inmejorable relación que afianzaba con creces una amistad tan especial. Un apoyo sin igual en los malos momentos y, afortunadamente, no menos importante en los buenos.

Sin embargo, el apoyo de mi hermano no era mi principal alegría. Cada día, como si de una cita premeditada se tratara, el sonido del timbre de salida representaba para mi el inicio de mi verdadero día. La lenta y estudiada maniobra de recogida de la mochila, se veía correspondida por varias sonrisas pícaras entre mis apresurados compañeros, tan sólo eclipsadas por el fulgor de la más tierna y tranquila de todas. Aquella que paciente, esperaba mientras mantenía mi eficiente impostura.

Nuestro compromiso no hablado era total. No importaba quien se nos dirigiera o cuales fueran las circunstancias que precedieran al final de las clases, el resultado siempre era el mismo. Inmediatamente nuestras miradas se cruzaban inquietas en busca de esa confirmación silenciosa que nos permitiera relajarnos, conscientes de que una vez más, disfrutaríamos de nuestra ansiada tertulia. Era curioso ver cómo a lo largo del día nos evitábamos, confiados en el final de la jornada, como ese pequeño espacio de tiempo en el cual disfrutar el uno del otro, lejos de toda mirada indiscreta, lejos de todo cotilleo, lejos de todo. Solos ella y yo. Mi recién bautizado paraíso.

Como cada día, hoy no me gustaría encontrar esa famosa excepción que tiende a confirmar la regla. Nervioso, la última hora de clase transcurre entre ecuaciones matemáticas y algún que otro problema algo complejo de resolver. Más aún si el 90% de mis neuronas parecían dedicadas a una única operación matemática, tan sencilla como utópica. 1+1=X. Y ese era mi problema. Todo se resumía en la tremenda incógnita que habitaba esquiva pero omnipresente entre mis más ansiados sueños. Las dudas se multiplicaban sin control, fruto de la creciente ansiedad con que afrontaba la melodía que indicaba el fin del día académico y el inicio de mi principal tarea.

Apenas diez minutos antes del final de la clase, el profesor nos sorprendió con uno de esos problemas casi irresolubles, con que motivar a los alumnos más aventajados y fomentar entre el resto una sensación de envidia sana y admiración a partes iguales. Tras varias preguntas bastante incisivas emitidas al conjunto de la clase, el silencio más absoluto se apoderó de todo el aula. La tensión aumentaba descontrolada mientras mi intelecto mantenía su anunciada huelga indefinida. De este modo, transcurrieron los últimos instantes de clase, sin que ningún compañero mostrara el más mínimo interés en el pequeño reto planteado. Sin más, el tiempo llegó a su fin y con ello, la estampida general que solía suceder a tan añorada melodía.

La estúpida sonrisa se apoderaba irremediablemente de mí, pese a mis esfuerzos por esconder un secreto a voces. Totalmente inmerso en mi meditada actuación, centraba mis movimientos en un laborioso e intencionado proceso de organización de mi pupitre y mi mochila, cuando justo tras de mí, la sensación de alguien que se acercaba me obligó a girarme consciente de que esta premura no podía sino significar un manifiesto interés, por su parte, en contar con mi presencia. Incapaz ya de ocultar mi ilusión y pensando en ese ingenioso comentario que convirtiera ese momento en inolvidable, aprovechaba la ralentización de la escena para recrearme en su belleza. Sin embargo, donde esperaba encontrar sus maravillosos ojos verdes aderezados por una de sus innumerables y fascinantes muecas, resultó que se encontraban los fríos y profundos ojos marrones de mi profesor, cuyas lentes de contacto monopolizaron la escena ante la cercanía de mi inesperado interlocutor y el tremendo chasco asociado a él. Estupefacto y algo avergonzado, me dirigí a él con un saludo entrecortado que intenté disimular como un ingenuo gesto de sorpresa.

Este pequeño giro de los acontecimientos respondía a una sincera preocupación surgida en mi maestro, quien incapaz de ocultar su decepción, me reprendía por no haber manifestado ninguna opinión acerca del problema recién planteado. Confuso, me preguntaba si había algún problema que pudiera motivar tal falta de interés.

Mi repentina tartamudez no hacia sino aumentar. Inquieto me apresuré en encontrar una ingeniosa excusa que pudiera reconquistar su extinta confianza en mi, al tiempo que me permitiera resolver este contratiempo a la mayor brevedad posible. Todo ello, con la suficiente naturalidad como para alejar cualquier atisbo o sombra de duda acerca de mi entrega en su clase.

Con no pocos problemas, logré convencer a mi interlocutor de que no tenia por qué preocuparse, si no que se trataba simplemente de un conjunto de circunstancias puntuales, comandadas por una mala noche y un pico en mi gráfica de timidez.

Tras la consiguiente conversación improvisada de tipo matemático-social, todo parecía recobrar su normalidad. Afectuosos, nos despedimos, emplazándonos a nuestra próxima hora en común, con el firme compromiso por mi parte, de encontrar la solución a tan complejo ejercicio.

Capeado el temporal, mi cerebro se desprendía poco a poco de su espontánea tarea para centrarse en mi objetivo original. Un nuevo giro de cabeza, esta vez a “cámara superrápida”, acompañaba mi gran inquietud por el desafortunado e inapropiado imprevisto. La celeridad y brusquedad de mi gesto, no pudo evitar su fatídico resultado. La tercera fila se encontraba ya completamente vacía. A continuación, toda una serie de nerviosos y desesperados gestos vinieron a confirmar mis peores augurios. El fatídico día había llegado. Mi musa me había abandonado. Mi increíble racha triunfal había alcanzado su previsible final. La ausencia de compañero alguno, refrendaba una soledad aún mayor que se apoderaba a pasos agigantados de mi incrédulo y desolado cuerpo.

No me lo podía creer. Se había ido, sin más. Ni siquiera me había avisado de que tuviera prisa. Ni un mísero adiós.

No puede ser.

En realidad, es lógico que se haya ido. ¿Qué iba a hacer? ¿Se iba a quedar esperando que terminara de hablar con el profesor? Desde luego, ya le vale. Y todo por culpa del maldito problema. ¿A quién le importa ese estúpido acertijo? No me lo puedo creer, ¡qué mala suerte tengo!

Abatido termino mi proceso de empaquetado con inusual eficacia.

¿A quién quiero engañar? En el fondo, yo sabía que esto tenía que pasar. Una cosa es que fuera simpática, y otra muy diferente que estuviera interesada en mí. Esto me pasa por “flipado”. Ella es un “pivón” y yo soy un simple “don nadie”. ¿Qué esperaba? ¿Cómo he podido ser tan iluso? Hablaba conmigo porque no tenía nada mejor que hacer, y punto.

Ensimismado en mis tétricos pensamientos, abandonaba la clase y, con ella, un pedacito de mi recién descubierta ilusión. Triste y melancólico enfilaba la puerta en dirección a la escalera, cuando un inesperado golpe, acompañado de un grito de fingida indignación, interrumpían mi lamentable transcurrir.

  • ¡Hey! ¿Dónde vas con tanta prisa? ¿Pensabas irte así, sin más? - Esa voz. Desde lo más profundo de mi subconsciente, reconocía ese tono tan familiar. Inmediatamente mis cinco sentidos retomaban sus funciones para concentrarse en este nuevo imprevisto. Aún desconcertado, detenía mi marcha para dirigirme a él.
  • ¿Qué pasa? - Me esforzaba en decir, aún algo confundido. Mientras emitía esta inexpresiva expresión, mi tono cambiaba progresivamente desde la neutralidad inicial, hacia su máxima manifestación de felicidad, al descubrir atónito, cómo la culpable de tales acusaciones no era sino lo mas bonito de mi vida. Ella. Esta vez sí, sus penetrantes ojos y su impresionante mueca estaban ahí, sonrientes y juguetones.
  • ¡Hey! ¿Qué... Qué haces aquí? Pensaba que te habías ido.
  • ¿Cómo me iba a ir sin despedirme de ti? ¿Por quién me tomas? Esa es la imagen que tienes de mi... desde luego...

    Su saludo se acababa de convertir en la chispa que encendiera toda una explosión de júbilo y extrema satisfacción ante la sorpresa del día. La irrefutable confirmación de mis mejores deseos. Estaba ahí, me había esperado en la puerta del aula a que terminara. Eso solo podía significar una cosa.

    Y convencido de mi argumentación interior, me deje simplemente llevar por mi euforia, consciente de lo que se estaba cocinando en mi interior, aunque despojado de todo criterio. Con fuerzas renovadas y armado de un valor desconocido para mí, interrumpí su frase para rodear su esbelta figura con mi tembloroso brazo, en un gesto rápido y directo. Sin titubeos. Por primera vez desde que la conocía, las dudas se habían alejado de mí.

    Estaba completamente seguro de que era el momento, era el lugar. Ahora o nunca.

    Sin más, ordené a mis labios surcar el océano de incertidumbre que siempre nos había separado para atracar en la seguridad de sus carnosos e impactados labios. Un placer sin igual, que desgraciadamente, no parecía ser correspondido, a juzgar por su inerte reacción. Inmóvil, su boca mostraba el evidente contagio sufrido ante la parálisis de todo su cuerpo; sólo dos amplísimas cuencas colmatadas por sus atónitos ojos, evidenciaban restos de vida.

“¡¿En serio?! No puede ser”- pensé.

lunes, 22 de abril de 2013

Berlín cum laude


Hace algún tiempo asistí a la lectura de una tesis doctoral en la Universidad de Málaga, no sólo la primera lectura a la que tengo el placer de asistir, sino la primera que se lee en la Escuela de Arquitectura de Málaga.

A priori, este dato podría resultar razón suficiente para inaugurar el casillero de asistencias a tesis de mi agenda profesional. Sin embargo, no fue este el principal motivo que me llevó al Salón de Actos. La citada tesis versaba sobre Berlín, sin duda la ciudad de mis amores. Para mayor interés, si cabe, el análisis de esta bella urbe se plantea desde una metodología tan personal como arriesgada, a partir del estudio de una película rodada en tal ciudad hace más de 25 años, “El cielo sobre Berlín”. Lo cual, no sólo integra una variable tan interesante como el cine en la ecuación, sino que nos traslada directamente a uno de los episodios más relevantes del pasado siglo en nuestro continente. La presencia caduca del Muro de Berlín no hace sino introducir la entropía en este complejo análisis urbano.

Por tanto, sentarme a escuchar un estudio detallado sobre la evolución de Berlín, desde finales de los setenta hasta nuestros días, les garantizo que es uno de los mejores planes, incluso placeres, que podría encontrar en mi búsqueda profesional de conocimientos.

El evocador título, nos muestra lugares olvidados de una ciudad que si son observados con atención pueden llegar a generar un itinerario no sólo por su presente sino por su historia pasada y futura.

De la extensa introducción realizada por la doctoranda, no puedo sino recaer en la bella definición empleada para referirse a los fragmentos de un todo, como muestras puntuales de la identidad de un conjunto. La belleza implícita en dicho acercamiento, no radica sólo en su potencia conceptual, sino en su acertado empleo para el caso de Berlín. Para todos aquellos que hayan gozado de la capital alemana post-muro, sabrán entender lo impregnada que queda cada visita, de estos infinitos fragmentos del urbanismo más interesante y único. Un sin fin de retales, vacíos y oportunidades que, dada su vasta extensión, sólo pueden ser recorridos a través de múltiples itinerarios aislados e inconexos, que generan poco a poco el mapa global de nuestra propia Berlín mental. El mayor ejemplo de este peculiar fenómeno se evidencia en el masivo uso del metro, un medio de transporte tan eficiente como “descontextualizador”. Podríamos transitar todas y cada una de las estaciones que decoran el extenso territorio de la capital, sin por ello conocer ni el 10% de la ciudad. Un ejercicio de acupuntura turística, con el cual conocer los lugares más emblemáticos y archiconocidos de cada distrito. Un catálogo de imágenes sugerentes que representa con mayor o menor acierto el barrio al cual representa. Pero sería absurdo imaginar que dicho catálogo pudiera reflejar el verdadero significado de una capital tan experimentada y castigada a lo largo de la historia.

Quizás la concepción urbana de todo ciudadano, no deja de ser eso, un álbum personal de los cientos posibles, en el cual colocar las principales imágenes de tu ciudad. Los principales rincones de tu entorno. Las visiones más concretas, sólo posibles desde una perspectiva igual de concreta. En definitiva, hablar de urbanismo es hablar de ciudadanos, de personas. Por tanto, afrontar un análisis aparentemente científico y objetivo desde una intencionada subjetividad, puede que se trate de uno de los mayores aciertos y ejercicios de humildad que podamos realizar.

Como saben, el mundo de la investigación, en ocasiones, responde a unos estrictos protocolos que apuestan por una ansiada garantía de éxito. Influencia del rigor científico, tendemos a buscar ecuaciones perfectas que nos devuelvan un resultado igual de perfecto.

Con lo cual, aprovecho estas líneas, para trasladarles un interesante debate surgido en aquella mañana de tesis, y que ronda a menudo mi cabeza en busca de batalla.

¡Debemos los humanos alejarnos de nuestra humanidad para entender el propio comportamiento humano? ¿Somos lo suficientemente inteligentes como para disociarnos de nuestro yo subjetivo en pro de un ejercicio académico correcto y objetivo? Jamás dudaré de la inteligencia de alguien capaz de dedicar tantísimas horas de su vida a la investigación de un hecho que no sólo considera relevante, sino que lo entiende lo bastante interesante como para contribuir humildemente en el complejo proceso del conocimiento. Sin embargo, no creo que la investigación deba ceñirse a un enfoque lineal y estandarizado, en tanto en cuanto, la vida, no actúa como tal, y los ciudadanos que le dan sentido, tampoco.

Por tanto, a modo de conclusión, me gustaría elaborar este pequeño alegato en favor de la subjetividad, no como paradigma de la investigación científica, sino como alternativa del devenir humano. En mi opinión, tan necesarios son los protocolos como las intuiciones, los reglamentos como la aleatoriedad, el conjunto como sus fragmentos, el rigor como la ilusión.

Investigadores, doctores, alumnos, catedráticos, profesionales, ciudadanos..., desde mi total y humilde desconocimiento, sea cual sea el campo de intervención en el cual decidamos adentrarnos, sea cual sea la labor en la cual nos volquemos, no olvidemos que somos lo que somos gracias a que nos fue permitido elegir. Conforme a determinados criterios, sí. En base a un razonamiento lógico, sí. Pero no en base a una lógica preestablecida, sino al resultado de un mecanismo de pensamiento capaz e intencionado.

Cualquier acercamiento es válido si el destino es atractivo, coherente y evocador. Dejemos a los humanos actuar como humanos, y a las ciudades evolucionar como ciudades.

lunes, 8 de abril de 2013

El libro_p04


Capítulo 4

Ansioso, expectante, incluso desesperado, ultimo los segundos que restan para el desagradable sonido de mi despertador. La presión ejercida por los recientes retrasos y posteriores reprimendas me pesan sobremanera en esta fría mañana.

Por fin, el parpadeo que precede al ruido infernal hace acto de presencia y mi mano reacciona rauda y veloz para frenar el proceso estándar. No me gustaría hacer partícipes a mis padres o mi hermano de mi surrealista plan. Este tremendo madrugón podría ser malentendido por mis preocupados parientes, quienes ya mostraron su descontento y consiguiente preocupación en la pasada cena.

Feliz por mi pronta reacción, me dirijo orgulloso hacia el pasillo, toalla en mano y rodeado por un halo de sorprendente optimismo. El reloj parece mi principal aliado en esta batalla tan personal como necesaria. El desayuno, la elección de mi vestimenta o, incluso el rasurado matinal parecen relegados a un sombrío segundo plano.

Jamás había sentido tanto el deambular del agua sobre mi cuerpo. Parece que cada gota se desprendiera de sus vecinas para reivindicar su inevitable individualidad en lo que se asemeja a una extraña celebración callejera. La temperatura perfecta me recuerda el por qué de todo esto, me dibuja distraída una leve pero intensa sonrisa en mi rostro. Un relajado suspiro que invade mi cuerpo, del mismo modo en que lo hace el líquido elemento, sutil pero contundente, eficaz.

El momento toalla, recupera su trivialidad original, negado frente a la celeridad de mis medidos movimientos. Cada nuevo hito en esta estudiada mañana, corrobora los plazos previstos y con ello, genera una nueva satisfacción que deriva en mayor efusividad y nerviosismo controlado. Uno de esos momentos en los que todo a tu alrededor demanda una sobriedad y silencio imposibles de alcanzar. Todo tu cuerpo emana adrenalina contenida, tus músculos se contraen impacientes, preparados.

La calle, por fin. Todo marcha. No sabría decir, para ser sincero, si los zapatos son realmente del mismo par, si los calcetines coinciden, si el peine ha llegado a ordenar mis húmedos cabellos, o si la mochila contiene alguno de los materiales que necesitaré más adelante. Sólo me preocupa una cosa, el paso firme e irremediable de mis suizas agujas. Y desde luego, es de lo poco que podría garantizar con seguridad, seguimos llevándonos bien.

La odisea diaria se presenta más amable que de costumbre, solitaria a la par que original. Los olores parecen similares, sin embargo el conjunto revela una pureza hasta ahora olvidada. Los ruidos, sin duda, no son sino una vaga muestra de mi anterior referencia. Mi alegría sigue en aumento y su representante hormonal, continua su lento pero constante llenado del vaso de mi autocontrol. Las buenas noticias se suceden y mi sonrisa comienza a tornarse en nerviosa.

8:59h. En pleno éxtasis emocional, reconozco la ansiada puerta de mi recién bautizado como querido instituto. No quepo en mi gozo. La hora cuadra, mi reloj corrobora tal triunfo y por si esto fuera poco, la voz aliviada de mi hermano resuena cual canto gregoriano en mis adentros. ¡Lo logré! Voy a oír el timbre por primera vez.

  •  Oye, lo has hecho. Me alegro.
  • Gracias. No podía permitirme un fallo más.
  • Pero bueno, ¿a qué hora te has levantado? Eres un auténtico personaje. Cuando me he levantado ya te habías ido. Y por lo que parece no has desayunado, ¿verdad?
  • A ver. Tampoco le vamos a pedir peras al olmo, ¿no? Jajaja. Déjame disfrutar de mi pequeño logro. Ya, si eso, mañana desayuno.
  • Anda, cómete esto que te he pillado en casa. ¡Cómo te conozco! Sabía que te habías venido en plan valiente.
  • Gracias tío, eres un máquina. Menos mal, porque ya empezaba el estómago a dirigir a la orquesta. Jajaja. Si es que te tengo que querer...
  • Déjate de rollos! Come y calla. Jajaja.
  • Vale, lo haré. Luego te veo.

Instante en el cual el sonido angelical del timbre interrumpe nuestra improvisada tertulia anunciando mi llegada triunfal. Confiado me dirijo hacia mi aula, consciente de mi tremenda valía. Mentiría si dijera que no me siento como un auténtico superhéroe. Las caras sorprendidas de mis compañeros, sólo son mejoradas por la peculiar sonrisa de mi director, quien me felicita entre dientes por mi pequeño éxito. Pese a mi timidez, me adentro en la clase feliz, observando al tendido, mientras el profesor me saluda casi tan sorprendido como yo mismo. Acto que se ve acompañado de las risas de mis compañeros, quienes no podrían estar más de acuerdo con el “gestito” espontáneo de mi maestro de tecnología.

Lejos de avergonzarme, decido dar el golpe en la mesa definitivo, y alzar temeroso la voz para dar los buenos días con sorna al perplejo grupo, acompañado por un atrevido intento de chiste, que sorprendentemente, mis compañeros parecen aceptar de buena gana. Momento en el cual, mi hermano se apodera remotamente de mis actos, teledirigiendo mi mirada hacia la tercera fila, justo a mi lado, la mesa en la cual se sienta algo dormida aún, su improvisada candidata a mujer del año.

El recorrido de mis ojos parece ralentizarse hasta casi detenerse por completo en su búsqueda ilusionada del objetivo. Cual es mi sorpresa, al encontrar frente a mi, dos preciosos ojos verdes, arropados por unas elegantes cejas y unas pobladas pestañas. Un festival de colores organizados bajo la batuta de una naturalidad impactante y una belleza que difícilmente podría describir con palabras. Un regalo del destino que parecía presentarse ante mí. Perplejo, me paralizo de arriba a abajo, con una estúpida sonrisa que decora mi impasible rostro.

Segundos con complejo de horas preceden al instante definitivo, el momento en el cual esos maravillosos ojos se cierran suavemente en su camino hacia el suelo, mientras su bello rostro evidencia un cierto tono sonrosado que acompaña una ínfima sonrisa que deja entrever sus tímidos dientes, todo ello bajo el inexplicable efecto del slow motion. Una mínima mueca que en mi cerebro es recibida como la mayor de las alegrías jamás anunciadas.

Supongo que para ella pudo ser un simple acto reflejo, pero he de reconocer que fueron necesarios algunos minutos más para permitir a mi cuerpo recuperar el control sobre una situación que hacía ya tiempo dejó de existir. El profesor llevaba un rato intentando despertar nuestras neuronas con una inexplicable perorata repleta de tecnicismos, capaz de domar a la más fiera de las criaturas que habitan este mundo. Sin embargo, harían falta toneladas del peor de los tranquilizantes para apagar el fuego que acababan de encender en mi interior. Y lo peor, que se lo debía a mi hermano, mi hermano pequeño. Tendría que decirle que sí, que tenía razón, que estaba en lo cierto. En fin, imagino que merece la pena y que, en el fondo, se lo merece.

Tecnología, matemáticas, informática, economía... un sin fin de asignaturas que esperan respetuosas en el porche de mi cabeza a que mi nueva inquietud abandone la casa y les permita entrar. No logro olvidar esa mirada, esas mejillas sonrojadas y perfiladas con maestría frente al mini espejo que toda chica parece llevar en su bolso, o quizás, la imagen que había decidido crearme de ellas. Ahora me parece increíble que durante todos estos días me hubiese podido perder tal espectáculo. Hasta qué punto podía estar obsesionado con fingir una normalidad forzada, que había obviado una de las mejores imágenes que podrían decorar ese tradicional mural en que se convierten los recuerdos.

Mi objetivo acababa de cambiar radicalmente. Llegar puntual, pasar desapercibido, integrarme, aprender; todo eso quedaba relegado a un meritorio segundo plano. Las veinticuatro horas del día en mi nueva vida, encontraban su sentido en tanto en cuanto contasen con la aportación de mi nueva musa. Cada movimiento parecía conducirme directamente hacia ella, del mismo modo en que los imanes se adhieren a la puerta de la nevera. Un fenómeno conocido pero inexplicable, asumido pero opaco.

Podría recrearme en todo ese rollo de las mariposas, las hormiguitas y demás cursiladas, pero mi pragmatismo me lleva a mostrar una realidad mucho más racional, más fría. Prefiero contar mi versión de lo que muchos denominan amor a primera vista. En mi opinión, es bastante más cercano a una tremenda obsesión, sólo que afortunadamente, desprendida de toda esa negatividad peyorativa. Una cariñosa obsesión por conocer cada íntimo detalle que configura su interesantísima existencia. Un deseo pasional por entregarle toda esa ternura y bondad contenidas bajo el telón de mi teatral impostura. Un sentimiento tan profundo como transparente, donde su felicidad ocupa el lugar más alto, en un inestable equilibrio entre alegría y tristeza, entre amor y odio.

Sé que no puedo contarle todo esto a mis amigos, si no, probablemente, empezarían por dudar de mi masculinidad y posteriormente, usarme para amenizar sus ratos de aburrimiento. Pero, por primera vez en mucho tiempo, me gustaría permitirme el lujo de desencadenar mis emociones, derrumbar el interminable dique con que sellé hace años todo un mar de pensamientos. Es el momento de liberarme, dejar fluir mis ideas, como si nadie las pudiera ver, sólo ella, sólo yo. Un rincón de total sinceridad en el cual depositar cada gramo de humanidad que aún respiro.

Soy consciente de que si ella pudiera leer mi mente, huiría despavorida ante tanta ilusión desproporcionada. Soy aún más consciente de que las probabilidades de que una chica como ella se fije siquiera en mí, son prácticamente nulas. Soy, a ratos, vagamente consciente de que, incluso, cabe la posibilidad de que me acerque a ella y sea yo quien decida alejarme poco a poco. No olvido mi inseparable don para alejarme de toda aquella persona que parece sentir por mí algo parecido a lo que acabo de expresar. Pero bueno, no hace falta ir tan deprisa. Como buen romántico utópico, lo único que me importa ahora mismo, es disfrutar de este peculiar cortejo. Este acercamiento tan sutil como intenso. Es como si me hubiesen devuelto a esos fatídicos quince años, cuando mi querida Sandra protagonizaba con tanto estilo cada episodio de mi recién descubierta adolescencia

Sólo puedo dar las gracias por todo esto. Por recuperar algo que pensaba perdido.

Pues sí, han pasado sólo diez años, ya han transcurrido más de tres mil quinientos días desde aquel. Pero, sin saber muy bien por qué, mi cuerpo salda conmigo una deuda generada tanto tiempo atrás. Por fin, puedo gritar en silencio que vuelvo a ser yo. ¡Sí! Estoy de nuevo aquí, y esta vez, vengo para quedarme, así que mejor que se preparen. No más psicólogos, no más complejos, no más excesos ni ausencias. Simplemente yo, en busca de un nuevo nosotros que me permita entenderlos mejor a ellos.

viernes, 8 de febrero de 2013

¿Por qué?


Desde hace ya algún tiempo me entristece descubrir cómo la negatividad se apodera de mi entorno profesional inmediato. Durante toda mi vida he intentado, en lo posible, no sólo convivir en armonía con mi lado más optimista, sino impregnar a mis allegados de tal alegría y ganas de seguir disfrutando de nuestro día a día. En definitiva, devolver todo lo bueno que he recibido para continuar esa altruista cadena de favores y pequeños detalles, en la cual se debería convertir esta vida. Sin embargo, jamás había sentido tan cercana la desilusión reinante en estos tiempos de crisis.

Más allá de la preocupación que todos tenemos ante la complejidad con que se presenta el futuro económico, me aterra ver que la reacción ante esta evidente adversidad se empieza a tornar, peligrosamente, en resignación.

Sin duda, el golpe definitivo me lo atestó una experiencia tan interesante como evocadora.

En una visita reciente a la Universidad, me encontré rodeado por futuros arquitectos que, lejos de exprimir su etapa académica para cimentar las bases de sus consiguientes carreras profesionales a partir de conceptos como el interés y la pasión propios de un gremio tan vocacional como el nuestro; se encontraban deambulando sin rumbo definido entre asignaturas vacías y noches repletas de tensión y excesos de cruda y desproporcionada realidad.

Mi primera reacción fue de asombro. Escasos segundos después, mi cabeza evidenció el por qué. Si aquellos que ya estamos integrados de lleno en este complicado gremio, que ya hemos saboreado las mieles de la creatividad, nos regocijamos en lo complicado de nuestro devenir, ¿qué esperamos que respiren quienes por definición se encuentran en pleno proceso de aprendizaje, en los albores de un viaje hacia lo que parece ninguna parte?

Siempre que me preguntan acerca de mi etapa universitaria, me cuesta cierto esfuerzo comenzar mi discurso con palabras positivas. Si me ciño a la experiencia personal, la sonrisa es inmediata y rotunda. La satisfacción se desprende con cada letra que rebasa ansiosa los límites de mi boca.

Si, por el contrario, la cuestión se redirige hacia el trasfondo más profesional, las anécdotas se suceden caóticas, mostrando un panorama agridulce repleto de situaciones extremas, al límite de lo que considero mi estado normal de bienestar.

Con esto, me gustaría trasladar un problema detectado entre los jóvenes que hace temblar todos los mimbres de mi conciencia.

Si desproveemos a los jóvenes de la ilusión, de su interés por mejorar lo presente, de su irreverencia, de su capacidad crítica, de sus inquietudes, de sus ganas... ¿qué les vamos a dejar? Y lo que es peor, ¿quién va a asumir ahora ese papel en la sociedad? ¿Cómo vamos a avanzar si no es a raíz del empuje de los que vienen por detrás?

Estas preguntas, evidentemente retóricas, no hacen sino mostrar mi estado de inquietud. Un rumor continuo y maleducado que se empeña desde hace tiempo en distorsionar e interrumpir mi realidad, lastrando poco a poco mi moral.

Por desgracia, lo único que puedo aportar a título personal, son mis humildes palabras de ánimo con las que arengar a estos jóvenes arquitectos, para que crean en lo que hacen, para que sepan que se puede y para que afronten lo que está por llegar con la energía que necesitan.

Sin embargo, cada vez es más frecuente descubrirme en mitad de una charla o conferencia ante jóvenes emprendedores o estudiantes, cual motivador de masas, cual inyección de moral, renunciando al discurso previamente preparado y con ello a la materia académica correspondiente, para centrarme en el lado más humano de mis apesadumbrados oyentes.

Lo siento, pero me niego a aceptar esta situación. No podemos dejarles esta herencia tan horrible. No podemos cruzarnos de brazos ante tal desidia, ante tal desastre social.

Me gustaría que los organismos que, afortunadamente, han asumido a lo largo de la historia este papel, se sacudieran el miedo y la pena, se liberaran de la pesada carga que parece posarse sobre nuestras espaldas, para esforzarse en preparar a estos jóvenes valientes desde un punto de vista activo y decidido. Atajar de raíz el más mínimo esbozo de duda y contribuir desde nuestro presente a allanar todo lo posible su futuro.

Dejémonos de cambios absurdos y entrópicos, para retomar valores ancestrales y recuperar el espíritu docente de los sistemas educativos. Está bien preparar a los alumnos de cara a una realidad difícil, pero sin olvidar que no es aún la suya, y que de ellos depende que nunca lo sea.

lunes, 14 de enero de 2013

Concurso, luego pienso (13/14)


11. Revestimientos y acabados

¿Qué debo pensar cuando dedico a trabajar más de doce horas diarias y encima me quejo porque no me da tiempo a comprar las cosas necesarias para seguir trabajando en las labores de casa? ¿Debería preocuparme? Lo sé. Son preguntas retóricas así que agradeceré el silencio.

Lo único que se te ocurre en las citadas circunstancias es optimizar tus trayectos en busca de supermercados y tiendas que no supongan un desvío excesivo de la ruta original.

Salir un poco antes para llegar un poco más tarde. No sé, como que no lo acabo de ver. Si antes no era capaz de cumplir mis horarios, esta nueva iniciativa no puede sino empeorar la situación. Eso sin olvidar el riesgo de recaer en el patinaje artístico sobre motocicleta, romper la cadena de frío de algún alimento u olvidar toda la compra en alguna de mis etapas intermedias, para descubrir al día siguiente los misterios de la caducidad prematura. En definitiva, si quiero poder comprar, deberé recurrir al método tradicional, a esa solución inspirada siglos atrás; y no, no me refiero al remedio típico de abuela. No.

Me refiero a la carta, la carta a los Reyes Magos.

Retomo la cordura tras ocho revitalizantes horas de sueño. Afortunadamente no es la cordura lo único que recupero a lo largo de la mañana. Comienzo la semana con un plus de adrenalina al recapacitar sobre lo que está por llegar. Un mes de gran intensidad. Un mes en el que no voy a poder ni añorar la sensación producida al percatarme de mis carencias en la despensa. Treinta días de comida preparada, ojeras, ausencias, molestias de cabeza (no me puedo ni permitir que lleguen a dolor), estrés, soledad, cansancio e ilusión.

Porque no me malinterpreten, soy consciente de mi voluntariedad en este sufrimiento. Sé que está ahí, pero también sé que merecerá la pena, porque se trata de hacer buena arquitectura. Progresar a nivel personal y profesional. Dar un paso al frente, enfrentarme a mis dudas, mis miedos, mi holgazanería, mi espíritu inquieto y crítico. Me alzo para acabar con su influencia sobre mis actos y decisiones. No puedo culpar a nadie de mi situación. De hecho, no debería ni usar esa palabra para referirme a la oportunidad que se me brinda. Estoy donde quiero, cuando quiero y con quienes quiero. El resto, pamplinas derivadas del cansancio acumulado.

Este mes, probablemente será uno de los pocos que recordaré en un tiempo. Y no por lo mal que lo pasé, sino por lo mismo que recuerdo ahora los tres anteriores, porque me han permitido volver a creer en la arquitectura, en mí y en la posibilidad de que esto cambie. En tres meses he pasado de mendigar una beca en cualquier rincón extranjero, a fortalecer mis idiomas para hacerme más competitivo en mi país. De rehuir de mis raíces, a luchar por lo que quede de ellas. De rendirme y escapar, a creer en que siempre queda una última oportunidad en la que confiar.

Esto no significa que haya desechado la idea de abandonar el país para abrir mi mente y conocer mundos y personas tan diferentes como interesantes, capaces de enriquecer mi propia percepción de la vida. No. Más bien, me ha dado el sustento necesario para encontrar mi espacio aquí y preparar desde él mi colaboración con otros profesionales en las mismas circunstancias que yo, sea donde sea que tengan su residencia.

Ser un ciudadano del mundo tiene un peligro oculto, no ser de ningún sitio. Ahora sé que quiero ser de aquí para viajar por el mundo.

Con el citado cansancio acumulado pero convencido del acierto que ha supuesto la decisión de embarcarme en esta aventura, recibo a mis compañeros en nuestro bar. Aparecen uno a uno, empezando por mi mentor, después el anfitrión y por último se espera la inminente llegada de nuestro eficaz intermediario, tanto con su propio equipo como con el de ingenieros. Entre bromas y silencios, pregunto por el ausente, para saber si viene o no. Si mejor lo esperamos en el estudio o para el café. La respuesta me deja algo perplejo. Con gran ambigüedad me anuncian su llegada, aunque con ciertas reservas acerca de lo que ello puede suponer. Me escama el misterio que ocultan sus palabras. No quiero insistir dado que contamos con la presencia de otros clientes y amigos. Me limito a sonreír y esperar.

Veinte minutos después, se confirman mis peores augurios. Parece que la carta a los Reyes ha surtido efecto. Nuestro compañero no viene a trabajar, sino a hablar con nosotros. Sereno nos presenta su discurso, sin duda, muy meditado. Evidencia preocupación y tristeza. Nos define un panorama atroz. Un cúmulo de circunstancias que le obligan a decidir entre el concurso y un proyecto que le ha sido encargado a su estudio.

El problema principal reside en la simultaneidad entre ambos trabajos. Este último, además, se trata de una oportunidad más real y con aires de compromiso. No puede rechazarlo ni derivar parte de sus recursos para continuar con nosotros. Muy a su pesar, debe retirarse. Nos anima a continuar y siente el desenlace, pero nos asegura que no tiene otra opción.

Conociéndolo como lo conocemos, no necesita darnos ninguna explicación para que le apoyemos en su decisión. Sabemos que el más afectado es él. Sólo nos queda aceptarlo y actuar en consecuencia. Ahora la pelota está sobre nuestro tejado. Reinventarnos sin él, o unirnos a su causa.

La deliberación ocupa escasos minutos. De hecho, para ser sincero, diría que ya desde el momento en que le vi entrar afligido al local, supe mi postura ante tal dilema. Sin necesidad de pronunciar sonido alguno, nuestras miradas se entrecruzan y entienden automáticamente.

El silencio se apodera de la mesa.

Un instante más tarde, desciende la tensión, de nuevo con las disculpas del pionero. Nos recalca la posibilidad de prescindir de él sin que ello modifique la dinámica del grupo. Pero, todos sabemos, que su acción ha sido el detonante de una explosión provocada ya hace semanas.

El ritmo no era el adecuado. El proyecto no acababa de arrancar con la fluidez deseada. La magnitud del ámbito era tal, que incluso con todos los integrantes al 100%, nos costaría alcanzar el objetivo. Eso sin mencionar, que las ausencias obligadas por nuestra parte, eran cada vez más frecuentes e inevitables.

Nuestro anfitrión se debatía entre sus clientes y nosotros. Mis fuerzas llevaban semanas al borde del abismo. Es decir, este último contratiempo suponía trasladar toda la responsabilidad hacia el culpable de que estuviésemos aquí. La persona que nos apuntó y nos convocó para que participáramos junto a él. Nuestro director de equipo. Era un mal modo de recompensarle por ello.

Así que, con la misma naturalidad con la que habíamos afrontado estos tres meses de reuniones y diseño, se cerraba la puerta del estudio.

Se acabó.

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Las sensaciones se confunden en mi cabeza. Pese a la tristeza y rabia que me consumen por el fracaso, debo reconocer una alegría oculta y amarga por la finalización de esta situación. El concurso era una grandísima oportunidad, pero el precio también empezaba a resultar alto.

Imagino que todos compartían tan agridulce momento, derrotados pero aliviados al mismo tiempo.

Sin embargo, como parte de la terapia de grupo, nos centramos en destacar el lado positivo de este varapalo. Hemos disfrutado lo acontecido. Abandonamos, sí, pero en un momento clave, justo antes del verdadero sprint. Hasta ahora hemos mantenido una frecuencia casi agradable y el desarrollo actual de la propuesta está aún en una fase muy precaria. Lo cual nos libera de parte de la pena asociada al trabajo desperdiciado.

Una cosa está clara: siempre podremos ver esta experiencia como un máster intensivo y express sobre urbanismo. Un curso magistral sobre nuestra propia ciudad. Esta visión, una vez más sintetizada por el precursor del abandono, resume perfectamente el sentir general en el equipo.

Y así, sin más, es como despedimos la reunión, el concurso, este equipo, este grupo de amigos trabajando juntos: entre risas y planteamientos futuros de cara a conservar, bajo el unánime y firme compromiso establecido, un núcleo de trabajo que hemos demostrado compatible y prometedor.



Continuará... (Parte 13/14)