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miércoles, 6 de marzo de 2013

El libro_p03


Capítulo 3

Al fin sólo. Me encantan estos ratos de risas con el sinvergüenza de mi hermano, pero después de un día tan largo, necesito enormemente este momento de tranquila soledad. Lo que son las cosas, quién me iba a decir a mí hace unos años que me alegraría este silencio. Con la de noches que pasé desesperado, sin nada que hacer. Noches repletas de pensamientos vacíos. Tan sólo mi pequeña linterna, la luz parpadeante de mi despertador digital y los coches noctámbulos bajo mi ventana. No sabría decir el número exacto de estas noches de insomnio, pero desde luego fueron muchas más de las que me hubiese gustado contar.

Horas y más horas de angustia contenida, lágrimas encerradas tras el dique de mi orgullo. Demasiadas emociones para un “niñato” de mi edad. Ahora recuerdo la pseudo madurez con que pretendía afrontar tantas noticias y sesiones. Resulta incluso irrisorio lo convencido que estaba de mi entereza, de mi avanzada edad. No podía estar más equivocado. Sólo era un chaval obligado a renunciar a mis pensamientos y decisiones de un niño de quince años, preocupado por el fallo en el último partido de fútbol, el dificilísimo examen de mates o el mensaje ambiguo e irritante de mi supuesta mejor amiga. En fin, lo típico a esa edad. En vez de eso, me tenía que sentar incómodo en el diván de mi psicólogo particular, para contarle cada ínfimo detalle de mis últimas cuarenta y ocho horas, o más bien fingir mi ansiada normalidad a través de los detalles observados en mis compañeros. Cuando lo que realmente me apetecía decirle, era que no podía pensar en nada más que sus estúpidas sesiones, sus jodidas terapias y sus insoportables ejercicios. Odiaba cada segundo que pasaba allí, cada rutinaria pregunta, cada uno se sus inútiles esfuerzos por convencerme del sencillo origen de mi desgracia y mis preocupaciones.

¡No! Soñar contigo no era sinónimo de apertura. No. Sufrir ataques de ansiedad en mitad de una clase no era ninguna muestra de avance. No. Verme cada vez más aislado, más alejado de mis amigos, no podía ser el resultado de mi inevitable salto de madurez. No.

La única razón de mis interminables minutos frente a la fría ventana de mi dormitorio, mis innumerables juegos imaginarios para distraer mi caótico cerebro, mis cambios desorbitados de ánimo y mi incipiente estrés infantil, no eran más que el resultado de aquel perverso descubrimiento. Un anuncio directo y conciso. Sencillo en su forma, pero increíblemente complejo en su fondo.
Siempre se habla de traumas como aquellos recuerdos que se anclan firmemente en nuestro cerebro, invadiendo cada milímetro de nuestro ser. Una imagen que representa miles, millones de sensaciones incontrolables, dispuestas a distorsionar nuestra realidad cada vez que le place. Un momento, una vida.

Mi caso resultó ser algo diferente, no surgió como un hecho puntual destinado a contagiar el resto de mi existencia, sino que el hecho en sí no significaba sino el anuncio de lo que estaba por llegar, un sórdido anticipo de un desastre mucho mayor. Las lapidarias palabras que sentencian toda una historia, la mía. Quince años son pocos, sí, pero los considero despreciables frente a una noticia de tal magnitud. No deseo a nadie que tenga que pasar por esto, y mucho menos a tan temprana edad. Evidentemente, sólo el tiempo te enseña a valorar que los hay que ni siquiera llegan a poder asimilarlo, a entender la otra cara de la moneda, a apreciar lo afortunado de su descubrimiento, a disfrutar de lo vivido de cara a lo que queda por vivir. Suena obvio, pero no es hasta que se experimenta algo así, que no aprendemos a dar gracias. Gracias por estar aquí. Gracias por tener a esos pesados chiquillos en los que se convirtieron tus amigos, gracias por poder aborrecer cada instante en familia, gracias por esas noches de tremenda soledad, en las cuales gozar de la mejor de las compañías posibles, la tuya. No sólo es momento de valorar lo realmente importante frente a las banalidades que nos rodean día a día. Esos sinsentidos que se empeñan en copar cada neurona de nuestra alocada cabecita. No. Se trata de mirar al futuro con la frente bien alta, con la humildad de quien reconoce sus errores pasados y el orgullo de quien se esfuerza por exprimir cada resquicio de presente.

No es que ahora me equivoque menos, no es que ahora haya encontrado por fin la felicidad absoluta, es simplemente que he aprendido a buscarla, incluso en los errores.

No calificaría de error precisamente aquella fiebre alta que me llevó directamente a la cama en aquella mañana de lunes. Es de esos momentos que parece que pudieras vivir infinitas veces, con todo lujo de detalles, como si nunca fuese tan real como la siguiente.

Estaba en clase de educación física, cuando Sandra se acercó preocupada a mí. Sus delicados ojos verdes se postraban ante mí con un ligero velo de lágrimas que convertía su belleza en un fulgor resplandeciente de ilusión. Su cariacontecida expresión me impactó más que el hecho de verme allí sobre el patio de mi colegio, sin fuerzas, derrotado, carente de toda intención por continuar el presente partido de fútbol en que resultaba hasta el momento perdedor. Hubiese rezado durante días por poder captar la atención de Sandra como lo hice. Sin embargo, ni su perfecta sonrisa ni sus divertidos rizos al viento, parecían retirarme del abismo en el que mi mañana parecía sumirse. Todo a mi alrededor se tornaba en desagradables muestras de un penoso día. El banco que tanto ansiaba parecía alejarse con paso firme y decidido, el calor sofocante que evidenciaba mi sudada camiseta se tornaba en un profundo frío que recorría irreverente los rincones más recónditos de mi adolescente cuerpo, incluso las sonrosadas mejillas de mi amada Sandra se iban desprendiendo de su inexplicable encanto. Pocos segundos después, la realidad que hasta ahora había considerado como única y coherente, parecía desvanecerse ante los retales histriónicos de una odisea mental que no lograda analizar. Los colores se entremezclaban con sueños extraños y espeluznantes, protagonistas de un entorno tan inestable como dinámico. Lo siguiente que recuerdo es un mareo como nunca había tenido y lo que, según me contaron, dio lugar a mi primer gran desmayo.

Cuando abrí los ojos, mi vida había cambiado por completo. No sabía dónde estaba, cómo había llegado hasta allí, ni por qué todos vestían esas inmaculadas batas de hospital, pero de lo que estaba completamente seguro es de que estaba ante un verdadero punto de inflexión en mi vida. No podría explicarlo, sólo es algo que sientes. No importa la pseudo-normalidad que todos se empeñan en transmitirte, las sonrisas forzadas que invaden tu habitación, las múltiples e hipócritas visitas repletas de pena y simpatía a partes iguales. Las caras eran las mismas de siempre, pero cubiertas por una nueva y desconocida fachada. En el fondo, todo me recordaba peligrosamente a aquellos momentos de distorsión y caos que precedieron a mi desvanecimiento repentino. Una realidad diferente, rara, convulsa, pero tremendamente familiar.

Tras varias semanas hospitalizado, convertido en un simple ratoncillo de laboratorio ante el desconcierto de mis médicos, las exigencias económicas del centro y la creciente demanda de espacio, acabaron conmigo en lo que en otros tiempos consideraba mi hogar. Las mismas sábanas, los mismos juguetes, cada muesca en el marco de mi puerta, los mismos muelles rotos, ese olor tan peculiar a, simplemente, casa. Un sin fin de recuerdos que sólo hacían acrecentar aún más mi desconexión. Todo me parecía lejano, desprovisto de todo cariño, todo calor. Por el contrario, ese recalcitrante conjunto de imágenes no representaba alegría ni tranquilidad alguna, no había seguridad en ellas. Mi existencia deambulaba entre las repetitivas calles del mayor de los laberintos. Sin rumbo, sin objetivos, sin el menor interés.

Mentiría si dijera que las semanas siguientes fueron asentando toda esta inestabilidad. Ni el tiempo ni los esfuerzos realizados por mi entorno, lograban reordenar las piezas de este desastroso puzzle en que parecía haberse convertido mi cabeza. La tremenda preocupación de mi madre no podía ser disimulada con una simple mueca de su boca, la ausencia de humor en mi padre evidenciaba mucho más que un fingido cansancio repentino y el desconcierto reflejado en los sorprendidos ojos de mi pequeño hermano no pasaban desapercibidos para nadie, y menos para mí. Pero, desgraciadamente, estas preocupantes señales se diluían en mis agotados pensamientos como simples e ínfimas partes de un todo inabarcable, inmenso.

Las semanas se sucedían obedientes e introvertidas, cual temida línea de procesionarias en su decidido camino entre pino y pino. Una serie indeterminada de días, horas, minutos, segundos, meses. En definitiva, muestras de una pesada carga teñida de rutinaria normalidad.

Interminables jornadas caseras, rodeado de una extraña nebulosa a la que todos se referían como mi nueva realidad y que, por el contrario, sólo parecía hacer honor a su nombre en aquellas desagradables visitas al diván. Por su parte, el mundo se mostraba ante mí convencido de que la mejor manera de afrontar este revés era obviarlo, en lo que supongo se derramaba a espuertas la inmensa fe depositada en el profesional habilitado y recomendado para tal fin. Conversaciones donde el sonido no hacía sino luchar por enmascarar las dolorosas palabras que vociferaban sus silencios.

No fue hasta aquel ansiado veinte de abril que la tortilla no completó su lenta y trabajada rotación. Un vuelco radical en lo que peligrosamente comenzaba a considerar mi vida. Un nuevo punto de inflexión, un nuevo fin en mi vida capaz de generar mi verdadero principio. Otra de esas experiencias inolvidables que, sin duda, decorarían divertidas el mural de fotos de mi existencia.

martes, 29 de enero de 2013

El libro_p02


Capítulo 2

De no ser por lo común de estos delirios momentáneos, me preocuparía descubrirme inmerso en tales recuerdos, más allá de los inútiles esfuerzos ejercidos por mi profesor por mantener mi atención al máximo nivel.

Desde hace años, mi psicólogo se había empeñado en explicarme como terapia de defensa ante mis momentos de bajón, que recurriera a aquellos recuerdos e imágenes que me evocaran sentimientos de alegría y satisfacción.

Por supuesto, asistir resignado a mi enésima reprimenda del director, tras un nuevo retraso en mi horario de llegada, no es precisamente lo que calificaría como una mañana perfecta. Tan sólo llevo dos semanas en mi nuevo reto docente y ya me siento en el despacho del mandamás como en mi propia casa. Desde luego, tantas incidencias y castigos no contribuyen a mi inserción social en un grupo tan numeroso como opaco.

Desde mi entrada en el aula el pasado lunes, todos mis compañeros han sabido sobreponerse a mi presencia con sorprendente pasividad. En ocasiones he llegado a maldecir mi suerte por no verme capaz de utilizar mi recién descubierto superpoder de la invisibilidad, en beneficio propio. Catorce compañeros y doce compañeras que, lejos de interesarse por el nuevo, continúan con sus respectivas rutinas sin siquiera saludarme en lo que, personalmente, considero mi propia hora de llegada.

Resulta paradójico que sea yo quien se queje de la aparente ceguera de quienes me rodean, pero desgraciadamente no encuentro el camino hacia sus respectivas circunstancias vitales, un sendero apacible hacia lo que me gustaría que fuera una relación de grupo normal. A lo largo de toda mi vida, las irregularidades sociales me han acompañado como al que más, aunque lo ocurrido en estos quince días de clase, no tiene parangón.

Reconozco que mi llegada tardía derivó en una entrada torcida en el colectivo, ya que los propios profesores recibieron mi osadía como una muestra hiriente de insultante prepotencia, una conducta rebelde que debía ser frenada de manera implacable frente al resto de los alumnos.

No resultó nada fácil convencer a mi hermano de que no necesitaba ayuda ni protección alguna frente a lo que considerábamos una injusticia importante. De hecho, este acontecimiento volvió a reabrir un concurrido debate familiar acerca de la idoneidad de mi reincorporación al sistema escolar. Mi padre, como solía hacer siempre, se posicionaba de mi lado, recurriendo al humor para despojar de hierro al asunto y recuperar su estado natural de bienestar. Por el contrario, mi madre asumía su rol protector, preocupada por todo aquello que pudiera llegar a representar el más mínimo inconveniente o amenaza en la idílica vida de su pequeño, por más que yo me reivindicara como un adulto de más de 25 años. Parece inevitable que una madre, independientemente de su edad, la de sus hijos y el estado civil en que se encuentren, actúe como la hembra responsable en que un día se convirtió, cuestionando cada decisión aparentemente arriesgada que pudiéramos tomar, así como confirmar a cada momento nuestro correcto equilibrio nutricional o la apropiada elección de ropa de abrigo (incluso en verano). Una madre, madre es. Y la mía no va a ser la excepción.

Hasta aquí todo parece seguir un guión de lo más coherente, de no ser por la inesperada reacción de mi hermano pequeño, quien tiende a erigirse en mi segunda madre, mi hermano mayor, cada vez que la conversación se tiñe de drama. Entiendo que le duela cualquier amago de ofensa sobre un miembro de su familia, especialmente desde que asimiló que mi caso era especial. Imagino que en ello tendrán algo que ver mis padres, que puede que, sin querer, lo hayan condicionado en algún modo con tanta preocupación. En el fondo no les culpo, por más que me puedan molestar esas muestras evidentes de desconfianza hacia mi persona, por más que me duela recordar que ni soy, ni puedo comportarme como uno más. Sin embargo, es parte de mi idiosincrasia el luchar por mi independencia y libertad de decisión. De no ser por ello, no estaría ahora donde estoy.

Acabada la tertulia y posterior sobremesa familiar, me encierro en mi dormitorio para analizar todo lo ocurrido hoy, destripar mis posibles errores y pulir mi recorrido de cara a un éxito que necesito como agua de mayo. Esta mañana el director había sido tajante: “un retraso más y me veré obligado a expulsarle una semana del centro. No me puedo permitir excepciones, más aún después de que usted mismo sea quien me ha solicitado expresamente ser tratado como uno más. Intento ponerme en su lugar y valoro su esfuerzo, pero como comprenderá, no puedo mostrar un doble rasero frente a sus compañeros”. Mis repetidas afirmaciones no eran ninguna impostura. Soy perfectamente consciente del problema y el primer interesado en solucionarlo. Lo importante ahora es definir mi estrategia para hacerlo. Por enésima vez, memorizo los horarios de autobuses, calculo los kilómetros exactos de trayecto y me cercioro de que no existe alternativa alguna. Seguro de mi planteamiento, decido madrugar aún más, pese a que ello suponga desayunar sólo en mi casa y renunciar por completo a la ayuda que suelen ofrecerme mi madre y mi hermano. Mi abuelo siempre me repetía aquello de que el que algo quiere, algo le cuesta. Así que el hecho de dormir media hora menos no debería suponer un obstáculo para mi ansiado objetivo. Con cierto resquemor me dirijo hacia mi querido despertador, dispuesto a adelantar la hora que dará comienzo a mi nuevo día, cuando mi hermano hace acto de presencia en el cuarto.

  • Oye, ¿qué tal? - me pregunta con cierto aire de preocupación reflejado en su cara.
  • Aquí, viendo a ver a qué hora me levanto mañana.
  • ¿No te habrá molestado algo de lo que te he dicho, no? Es que me he dado cuenta de que en cuanto has podido, te has desmarcado para encerrarte en tu cuarto.
  • No te preocupes, ya sé que todo lo que me decís es por mi bien. Pero hay veces que me resulta demasiado repetitivo escuchar, una y otra vez, lo inútil que puedo llegar a ser. Yo no me veo como vosotros lo hacéis. Sé que soy especial, pero me niego a pensar que lo único que me queda es resignarme y aguantar. Lo siento, pero no. Ya me conoces.
  • Y tanto que lo sé. Eres muy cabezón. Eso sí, puedes estar tranquilo, nosotros te queremos tal y cómo eres. Por más que nos duela ver cómo te empeñas en algo que te puede llegar a dañar. Cursiladas aparte, no pienso dejar que nadie se ría de ti o que el maldito director te trate como si no valieras nada.
  • No. No te equivoques. No tengo ningún problema con el director. No olvides que fui yo el que le pidió que me tratara así. Ahí fuera, la única forma de sobrevivir es coger al toro por los cuernos, ya lo sabes. Lo malo es que no te voy a negar que, a veces, me cuesta mantenerme en mi posición.
  • Me imagino. Sólo te lo voy a decir una vez, ¿vale? ¿Quieres venirte mañana conmigo para garantizar que llegas a tu hora? Creo que te vendría bien ganar algo de tiempo y que se relajen un poco los ánimos por el “insti”.
  • Tienes razón, pero ya he decidido que voy a madrugar más, precisamente para evitar cualquier riesgo.
  • Mira que eres, ¡eh! Como quieras. Si lo que quieres es poner las calles, bien. Pero, ¿por qué no me dejas, al menos, que te acompañe? Así podré ayudarte en un caso extremo.
  • Te lo agradezco, de verdad. Pero en eso he de mantenerme firme. Voy a llegar puntual y, además, voy a hacerlo sólo. No porque no quiera que vengas, que me encantaría, sino por demostrarme que soy capaz. Lo necesito. Aún así, valoro mucho todo lo que estás haciendo por mí. No sé si podré devolvértelo algún día, pero gracias.
  • No me seas “nenaza”. ¿Para qué estamos los hermanos pequeños? Ya me cansé de hacer el papel del hermano “tocapelotas”. Ahora prefiero ser el hermano confidente. Jaja. Por cierto, ahora que estamos solos. ¿Me ha parecido ver hoy en tu clase un “pivón”? No estarás haciendo todo esto para ganártela, ¿no? - momento en el cual su rostro abandona su versión más preocupada y maternal para tornarse en socarrona y desenfadada, propia del hermano pequeño que es.
  • Jajaja. ¡Qué tonto eres! No sé de quién me hablas. Te recuerdo que hasta ahora, las únicas personas que conozco en el instituto, son nuestro querido director y su simpática secretaria. La cual, por cierto, me gustaría señalar antes de que me digas nada, que tiene la edad de mamá. ¡Que ya te veía venir! - confío en que haya logrado disimular la vergüenza que mis mejillas se empeñan en revelar.
  • Lo que tu digas, pero la niña esa es como para que hagas un esfuerzo. Y si no, fíjate mañana y me dices. Jajaja. Bueno, te dejo que voy a hablar con Rocío. Me toca cumplir o seré yo mañana el que tenga problemas.
  • Valiente calzonazos estás hecho. ¡Anda sí! Mejor será que te largues. Jajaja. Buenas noches.
  • Buenas noches. - responde ofreciéndome como despedida un sentido y cálido abrazo, al cual correspondo orgulloso.

domingo, 30 de diciembre de 2012

El libro_p01


Capítulo 1

Austera navidad aquella en la que hace hoy más de 25 años decidí hacer acto de presencia en una fría y sobria sala del hospital materno de Málaga. La humedad penetrante del Mediterráneo se introducía por cada poro de piel de los expectantes familiares y amigos que abarrotaban una sala de espera tan preocupada como emocionada. Pequeñas muestras de cansancio lograban escabullirse entre tanta tensión y alegría contenida. Las ojeras comenzaban a protagonizar tan señalado momento.

Los móviles se erigieron en banda sonora obligada de un evento de tal magnitud. Desgraciadamente las respuestas se sucedían exactas entre los diferentes interlocutores, ansiosos por modificar el guion de este pequeño thriller familiar. Dos familias a punto de convertirse en tres. Más de una veintena de personas recluidas en los escasos quince metros cuadrados destinados a tal fin.

Un rectángulo sencillo y tímido, donde las menudas ventanas se encargaban de iluminar tan angosto espacio. Decorado en un blanco sucio, producto de un uso ininterrumpido a lo largo de sus abundantes años de vida, el acomodo correspondía a unos desgastados asientos de plástico verde, apoyados sobre una inhóspita estructura metálica. La altura libre interior rondaba lo dos metros y medio, pese a que con el paso de las horas, parecía descender amenazante hacia los absortos usuarios. En uno de sus extremos, el pasillo agonizaba hacia unas puertas abatibles que, sin duda, jamás habían sido tan observadas como aquel día. Cada silueta o indicio de sombra tras su umbral se apoderaba de las respiraciones de toda la sala al unísono.

Señalaban aproximadamente las 16:15h cuando un apuesto doctor acompañado de sus fieles enfermeras y un cariacontecido matrona se adentraron entre la multitud buscando a los intranquilos abuelos. La situación no hacía más que enrarecerse con cada nuevo paso del pálido séquito. Los asistentes acompasaban sus lentos movimientos de retirada con un gélido y desesperado silencio sepulcral. La distancia entre abuelos y médicos era inversamente proporcional a la cantidad de lágrimas contenidas por los primeros.

El doctor principal no era otro que el inseparable amigo de la infancia de mi padre. Sus treinta y dos años, recién cumplidos, le convertían en uno de los responsables más jóvenes de su departamento. Sin embargo, su cercanía a la familia y su más que consolidado curriculum le avalaban ante la importancia de lo que estaba a punto de comunicar. Su rostro no hacía sino reflejar la tensión vivida y las emociones que, evidentemente, se empeñaba en esconder tras un velo impasible de serena profesionalidad. Habían sido más de dos días de trabajo sin descanso, cincuenta y dos horas de ilusión y sufrimiento, iniciadas con la llamada insegura y temerosa de mi progenitor.

Para Juan, no podía existir mayor honor que el de ayudar en el parto de la mujer de su mejor amigo. Pese a ello, tantas horas contenían momentos de duda y orgullo por igual. Tanto sufrimiento cobraba ahora sentido. Era el momento de afrontar una conversación con la que había soñado innumerables veces en los últimos meses. Una escena inolvidable, allí plantado frente a Raúl, mi abuelo, su segundo padre. Rodeado por los más allegados a tan querida familia, en muchos casos, considerados también de su círculo más próximo. Con el firme convencimiento de que jamás podría haber imaginado tal desarrollo.

  • Raúl, Celia, buenas tardes.
  • Juan, por favor, ¿qué pasa? ¿A qué se debe tanto misterio?
  • Siento deciros que el parto se complicó hace algunas horas. Me hubiese gustado manteneros más informados, pero la situación me demandaba al cien por cien.
  • No me digas eso Juan. ¿Cómo están? Dime que todo ha salido bien.
  • Todo comenzó como esperábamos. Su nuera ha dilatado bien, teniendo en cuenta que se trataba de una primeriza. A las doce y cuarto de anoche nos preparamos para extraer al bebé conforme a lo que considerábamos un parto corriente. Por desgracia, el bebé no encontraba la posición correcta para su extracción sin daños, así que nos decantamos por preparar a Isabel para entrar en quirófano. Fueron minutos de mucha tensión, en los cuales dilucidar el futuro de todo el proceso. Nuestra prioridad siempre fue la de apoyar un parto natural. Sin embargo, nos veíamos obligados a pensar en la salud de ambos protagonistas. Muy a mi pesar, la única solución fue la de no alargar más esa agonía y atajar por el camino más seguro. Para ello, preparamos todo el equipo de trabajo, coordinamos a todos los profesionales y nos dispusimos al traslado con las mayor celeridad posible. Como sabéis los quirófanos se encuentran a tres plantas de donde nos encontrábamos, y el pasillo suele convertirse en una fiel recreación del Nueva York de mediodía. Sin más, abrigamos bien a su nuera y enviamos a un par de compañeros para que reservaran quirófano y prepararan todo el material. Durante dicho trayecto, no sabemos muy bien las razones, pero el proceso volvió a dar un giro radical. Entrando en el ascensor, su nuera anunció con un grito desgarrador lo que ninguno podíamos siquiera imaginar.
  • Juan, déjate de detalles y dinos cómo están todos.
  • Como te decía, el grito nos dejó sin palabras. Instantáneamente nos giramos hacia ella para averiguar qué era exactamente lo que iba mal. No estábamos preparados para ninguna complicación. De manera que nos apresuramos a seguir sus dolorosos gestos. Nos indicaba que algo iba mal en su útero. El primero en alcanzar la parte trasera de la camilla fue su hijo, quien ausente de todo color se precipitó inconsciente hacia el suelo. Acto seguido el matrona se contagió de tan inesperada reacción, contribuyendo al surrealismo reinante en la escena. No sabíamos por donde empezar entre tantos frentes abiertos. Mientras tanto la puerta del ascensor repetía una y otra vez el amago de cierre con el que impedía mi paso y el de dos de mis ayudantes. Sólo una de las enfermeras parecía estar en condiciones de informarnos. Se acercó temerosa hacia el centro de la escena. Irremediablemente no pudo articular palabra alguna antes de desplomarse. Los compañeros de planta se apresuraban a acudir al lugar y atender a los perjudicados. Mi perplejidad crecía a marchas forzadas mientras esquivaba los cuerpos e intentaba entender los balbuceos de su nuera. Sólo alcanzaba a descifrar algo parecido a “aquí”, instante en el cual su mano agarró la mía con una fuerza desmedida. El dolor era indescriptible. Con la otra mano, aún pudo encontrar a la única compañera que se mantenía erguida frente a mí. El caos aumentaba por momentos mientras algunos auxiliares gritaban desconcertados.
  • Juan, por dios.
  • Perdonadme, pero vuestro hijo ha hecho especial hincapié en que os preparara para esto antes de entrar a la habitación. ¿Por dónde iba?
  • La gente gritaba en el pasillo...
  • ¡Ah sí! Gracias. Efectivamente los gritos y peticiones de auxilio se sucedían a lo largo y ancho del citado pasillo. Mientras tanto, hacía un esfuerzo titánico por tranquilizar a Isabel e instarle a que me soltara, cuando un sentido quejido silenció a los más de doce empleados que se agolpaban alrededor. Todos nos miramos impactados. Logré zafarme de las afiladas uñas de Isabel para observar incrédulo la inaudita imagen que se presentaba ante mí. Una leve sonrisa se dibujaba en mi rostro conforme encajaba las desordenadas piezas en mi cabeza. Una satisfacción tan grande como efímera, dado que escasas décimas de segundo después me unía a la improvisada fiesta pijama que había organizado su nieto. Lo siguiente que recuerdo es a su hijo con la cabeza vendada, dirigiéndose socarrón a Isabel: “Muy pronto ha empezado este a darme quebraderos de cabeza, ¿no crees?” A lo cual Isabel respondió con su particular dulzura y su inigualable sonrisa: “Desde luego, es que en esta familia no podemos hacer nada como la gente normal”. Todo ello mientras las lágrimas de alegría se depositaban delicadas y cariñosas sobre su risueño nieto, quien tan sólo unos minutos antes había decidido darnos a todos la bienvenida con un llanto prematuro tras salir por si sólo del útero de su madre. Sin que ninguno de nosotros acertáramos a ayudarle en tal importante tarea, justo en el momento más inoportuno y complicado, pero, sin duda, en el mejor que jamás hubiese podido elegir.
  • Pero, entonces, ¿todo ha salido bien?
  • Bueno, si obviamos los cuatro puntos de sutura que ha recibido su hijo en la cabeza, algún que otro moratón entre mis compañeros, mi maltrecha mano y la vergüenza que mantiene callado aquí al gran matrona, se podría decir que sí. Que son ustedes abuelos de un fornido y cachondo "pequeñajo" que en vez de un pan ha preferido traer cientos de carcajadas y la mejor de las anécdotas que recuerdo, bajo su minúsculo brazo. Tres kilos seiscientos gramos de valentía e independencia, quinientos cuarenta y dos milímetros de pura felicidad.
  • Gracias. ¡Qué alegría más grande Juan! ¡Y que mal me lo has hecho pasar “cabrito”! Menos mal que conozco bien a mi hijo, y sé perfectamente que todo esto ha sido fruto de su peculiar sentido del humor. Si no...

Según me cuenta siempre mi padre, entre risas, en aquel momento toda la sala empezó a reír entre abrazos, soltando toda la adrenalina acumulada durante tantas horas de espera y especulaciones. Una fiesta improvisada con la que siempre había soñado. Un recital de carcajadas e inmejorables deseos, todos ellos aderezados por cariñosos insultos hacia su persona.

No me canso de escuchar esta historia, por más veces que pueda oírla. Me encanta cada vez que cuenta esta anécdota en presencia de mi madre, quien no puede sino reírse ante lo esperpéntico de mi nacimiento, mientras vuelve a mirarme con la ternura que sólo ella sabe transmitir. Al fin y al cabo, mi nacimiento es un fiel reflejo de mi existencia, un ejemplo más de mi especial condición. No hay mejor imagen que defina lo que hasta ahora ha resultado ser mi vida, que aquel cúmulo ecléctico de emociones y experiencias enfrentadas. Un recital de lágrimas, sonrisas, insultos y abrazos.

El libro_p00


Capítulo 0

  • Buenos días, ¿estás bien? Tienes mala cara.
  • Buenos días. Sí, aunque no he conseguido dormir nada esta noche. He tenido, de nuevo, ese sueño tan peculiar.
  • ¿Otra vez? Ya está bien. Déjate ya de tonterías y olvida ese tema. Además, deberías darte prisa o llegarás tarde.

Quizás tenga razón, debería olvidarme de estos sueños absurdos. Sin embargo, cada vez me parece más real todo lo ocurrido. No sé, puede que me esté volviendo loco. Desde luego, lo único seguro es que tengo todas las papeletas para llegar tarde y con ello arriesgarme a un nuevo castigo. Mejor será que me vaya.

Decidido, cojo mi mochila, una vez revisada, y me dispongo a abandonar la casa. Los mismos cinco pasos de siempre. De no ser por la oscuridad que me rodea y la inestimable aportación de mi familia, este trayecto sería tan sólo un ejemplo más de mi lamentable rutina. Logro esquivar los múltiples obstáculos que invaden el pasillo. No entiendo cómo se puede llegar a generar tanto caos. Entre tanta pregunta sin respuesta, la escalera se muestra ante mí tan peligrosa y traicionera como de costumbre. Sólo la cálida presencia de mi anciana vecina, logra amenizar este mal trago. Cada mañana se asoma a la puerta para darme los buenos días, perfumada con su característica esencia de rosas, que tanto me gusta.

Ocho tramos más tarde, alcanzo victorioso el portal, donde nuestro amable portero me recibe tan agradable y escueto como siempre. No necesito oírle para saber que su noche no ha sido menos ajetreada que la mía; de hecho, no dudo que su mañana debe estar siendo bastante peor, a juzgar por su alcohólico hedor.

Con el ruido del mecanismo de apertura de la puerta, abandono mi casa en todos los sentidos. Dejo atrás la seguridad que me proporciona el hogar, estático y tranquilo. El umbral de la puerta da paso a la jungla. Un universo de prisas, voces, mal olor y miedo. Por más veces que recorra este mismo trayecto, cada mañana parece tratarse de una nueva ciudad, una nueva avenida. Sólo los excrementos de perro y los restos de orín del pasado botellón, me confirman mi ubicación exacta. A escasos cincuenta pasos del quiosco de mi vecino, los vehículos fluyen endiablados, inconscientes. Ansiosos por alcanzar un objetivo que odian con todas sus fuerzas. Mi candidez me impide entender sus complejos comportamientos.

Resignado, espero con calma el cambio del semáforo. Pese a sentirme arropado por multitud de conciudadanos en este acto tan social, nadie parece recaer en mi presencia, ni en la de ningún otro. Las únicas voces que rompen el incómodo silencio, más allá del atronador ruido de fondo, son las pocas llamadas tempranas que acompañan a algunos en nuestro trayecto. Por suerte, me entretengo con la histriónica música que nos señala el verde. No sé muy bien por qué, pero debo de ser de las pocas personas en esta ciudad que se alegra al oír sus repetitivas notas. Sea como fuere, logra dibujar una leve sonrisa en mi cara.

Al otro lado de la vía, alcanzo esa paradisiaca panadería que adorna nuestro deambular. Un festival de olores diversos y apetitosos. Un placer para los sentidos, que me anuncia mi próximo giro, esta vez hacia la derecha, aproximadamente unos sesenta grados, para iniciar mi ascenso por la nueva vía. Su pronunciada pendiente, su deteriorada solería y alguna que otra humedad procedente de los madrugadores cubos de limpieza, convierten esta subida en un auténtico reto para mi integridad. Me imagino esos pobres ciclistas que agotados afrontan cada nueva ascensión, convencidos de que su competición depende de las próximas pedaladas, sea cual sea el estado de la carretera.

Por si todo esto no fuera suficiente, mi cautela parece molestar por igual a aquellos que estresados se disponen a arriesgarse en el ascenso, así como a nuestros opuestos, que animados por la pendiente descienden atropellados e imprecisos, como si no fuesen capaces de verme. Entre insultos me concentro en aunar todas mis fuerzas en cada paso. Con todos mis sentidos puestos en los obstáculos que, imprevistos, hacen acto de presencia en mi trayecto.

Son ya varios cientos de pasos, los que me recuerdan lo tarde que debe ser ya. Por desgracia no me equivoco y el reloj me marca algo más de las nueve. Dependo completamente de la puntualidad, o más bien impuntualidad, de mi querido autobús. Paciente y esperanzado, me sitúo junto a la marquesina. Los siguientes minutos transcurren entre un mar de dudas y desencantos. Cada autobús que pasa podría ser el mío, pero no. Aún no. Todos los intentos desesperados por reconocer mi nuevo medio de transporte, se saldan con un resultado igual de negativo, ya sea mediante la negación por parte de alguno de mis compañeros de espera, o en ocasiones, ante la ausencia de respuesta alguna.

Algo más de doce minutos más tarde, aparece en escena mi ansiado vehículo. Mi timidez, me origina siempre una estúpida sensación de inquietud, un miedo interior ante la posible equivocación que me llevara al otro extremo de la ciudad. La hora sí que esta clara, no cabe duda ante la escasez de oxígeno en este abarrotado autobús en el cual resulta imposible evadirse del eclecticismo aromático que caracteriza a la sociedad.

Varios empujones y cinco paradas más tarde, me apeo hacia la acera, sin antes tropezar con ese maldito bordillo que no debería estar ahí. Por suerte, una amable y recia señora me frena y evita el desastre. Este afortunado incidente, me deja alguna mínima esperanza de alcanzar en hora mi objetivo.

Podría haber sido así, de no contar con la inestimable ayuda de los operarios que han decidido vallar hoy la acera, para una inoportuna reparación de la fachada del ayuntamiento. El desagradable encontronazo, definitivamente, me devuelve a la realidad. Una vez más, voy a llegar tarde. No importa lo temprano que me despierte, o lo rápido que intente ir, siempre acabo retrasando mi llegada.

Otros cientos de pasos más, varios badenes de nueva creación, esas inexplicables farolas y bancos que invaden mi paso y alguna que otra losa suelta, culminan mi rutinaria odisea. Por fin, mi segundo hogar. De nuevo, la seguridad y sosiego se apoderan de mis aceleradas pulsaciones. Las próximas horas resultarán un placer para mis sentidos.

  • Ey!
  • Hola! ¿Qué tal?
  • Bien. Por lo que veo has vuelto a llegar tarde. Como de costumbre.
  • Ya, lo siento. No hay manera.
  • Es que sigo sin entender tu maldita manía de no venirte conmigo a clase, de verdad. Con lo fácil que sería salir los dos juntos en mi coche.
  • Ya lo sé. Pero te recuerdo, que es la única forma que tengo de sentirme plenamente independiente. ¿Qué haría si no, cuando tu no pudieses venir?
  • Pues lo que haces cada día.
  • Ya, pero entonces no me sería tan fácil, ¿no crees? Además, tengo la extraña sensación de que es la única forma de conseguir poco a poco a mi sueño.
  • Qué pesado con tu sueño. Ya te he dicho muchas veces que no hay manera de que accedas hasta aquí como los demás. Es más, ni siquiera sé porque te empeñas en venir. Si yo pudiera quedarme en casa, como tú...
  • Si estuvieras en mi situación, harías exactamente lo que hago yo. Del mismo modo que te despertarías en mitad de la noche, excitado por la inexplicable sensación de libertad que me invade cada vez que sueño con esa ciudad universalmente accesible de la que te hablé.

viernes, 23 de noviembre de 2012

¿Escribimos un libro?


Buenos días a todos, en este viernes antesala del fin de semana que nos espera, me gustaría anunciaros mi última iniciativa/locura creativa. Como sabéis, siempre se ha dicho que una de las cosas que todos deberíamos hacer en la vida, es escribir un libro.

Pues bien, tras muchas vueltas y miedos al respecto, he decidido afrontar ese reto, pero no me gustaría hacerlo sólo. Sé que muchos de vosotros pensáis como yo, aunque en algunos casos la ausencia de tiempo o la inseguridad literaria, os impiden adentraros en esta aventura.

Por ello, me gustaría compartir con vosotros esta oportunidad. En lo que considero una idea original y divertida, me gustaría adaptar el concepto del crowdfunding (financiación colectiva) hacia el mundo de la literatura para poner en valor el crowdwriting (escritura colectiva). No sé si existirá ya o no, seguro que sí. Pero lo importante es poder escribir un libro en base a mis carencias literarias, pero contando como inspiración con vuestros comentarios y sugerencias. Al fin y al cabo es un homenaje a vosotros.

¿Qué os parece? ¿Queréis escribir, por fin, un libro?

El capítulo 0 ya lo tenéis en mi blog, con el título de "2012: Odisea de la rutina". Este título no tiene por qué ser el definitivo, sólo fue un nombre con el que presentar el relato a un concurso. De hecho, el nombre debería ser resultado de este debate colectivo que planteo. Se trata de una historia inventada pero deliberadamente ambigua y creo que inspiradora. Lo suficiente como para permitir que entre todos le demos forma a una novela creativa, original y lo más importante, con una pequeña parte de todos!

Lo dicho, si os gusta la idea, animaros a comentar y aportar ideas. Compartidlo con vuestros amigos y enemigos! Mientras más seamos, más sorprendente y compleja será la historia.

Como sabéis, podéis seguir el proceso a través de este blog, facebook o twitter.

Gracias a todos por estar ahí y animarme a contar con vosotros! Vosotros hacéis realmente que este hobby tenga sentido!

Un saludo.