Mostrando entradas con la etiqueta odisea. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta odisea. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de abril de 2013

El libro_p04


Capítulo 4

Ansioso, expectante, incluso desesperado, ultimo los segundos que restan para el desagradable sonido de mi despertador. La presión ejercida por los recientes retrasos y posteriores reprimendas me pesan sobremanera en esta fría mañana.

Por fin, el parpadeo que precede al ruido infernal hace acto de presencia y mi mano reacciona rauda y veloz para frenar el proceso estándar. No me gustaría hacer partícipes a mis padres o mi hermano de mi surrealista plan. Este tremendo madrugón podría ser malentendido por mis preocupados parientes, quienes ya mostraron su descontento y consiguiente preocupación en la pasada cena.

Feliz por mi pronta reacción, me dirijo orgulloso hacia el pasillo, toalla en mano y rodeado por un halo de sorprendente optimismo. El reloj parece mi principal aliado en esta batalla tan personal como necesaria. El desayuno, la elección de mi vestimenta o, incluso el rasurado matinal parecen relegados a un sombrío segundo plano.

Jamás había sentido tanto el deambular del agua sobre mi cuerpo. Parece que cada gota se desprendiera de sus vecinas para reivindicar su inevitable individualidad en lo que se asemeja a una extraña celebración callejera. La temperatura perfecta me recuerda el por qué de todo esto, me dibuja distraída una leve pero intensa sonrisa en mi rostro. Un relajado suspiro que invade mi cuerpo, del mismo modo en que lo hace el líquido elemento, sutil pero contundente, eficaz.

El momento toalla, recupera su trivialidad original, negado frente a la celeridad de mis medidos movimientos. Cada nuevo hito en esta estudiada mañana, corrobora los plazos previstos y con ello, genera una nueva satisfacción que deriva en mayor efusividad y nerviosismo controlado. Uno de esos momentos en los que todo a tu alrededor demanda una sobriedad y silencio imposibles de alcanzar. Todo tu cuerpo emana adrenalina contenida, tus músculos se contraen impacientes, preparados.

La calle, por fin. Todo marcha. No sabría decir, para ser sincero, si los zapatos son realmente del mismo par, si los calcetines coinciden, si el peine ha llegado a ordenar mis húmedos cabellos, o si la mochila contiene alguno de los materiales que necesitaré más adelante. Sólo me preocupa una cosa, el paso firme e irremediable de mis suizas agujas. Y desde luego, es de lo poco que podría garantizar con seguridad, seguimos llevándonos bien.

La odisea diaria se presenta más amable que de costumbre, solitaria a la par que original. Los olores parecen similares, sin embargo el conjunto revela una pureza hasta ahora olvidada. Los ruidos, sin duda, no son sino una vaga muestra de mi anterior referencia. Mi alegría sigue en aumento y su representante hormonal, continua su lento pero constante llenado del vaso de mi autocontrol. Las buenas noticias se suceden y mi sonrisa comienza a tornarse en nerviosa.

8:59h. En pleno éxtasis emocional, reconozco la ansiada puerta de mi recién bautizado como querido instituto. No quepo en mi gozo. La hora cuadra, mi reloj corrobora tal triunfo y por si esto fuera poco, la voz aliviada de mi hermano resuena cual canto gregoriano en mis adentros. ¡Lo logré! Voy a oír el timbre por primera vez.

  •  Oye, lo has hecho. Me alegro.
  • Gracias. No podía permitirme un fallo más.
  • Pero bueno, ¿a qué hora te has levantado? Eres un auténtico personaje. Cuando me he levantado ya te habías ido. Y por lo que parece no has desayunado, ¿verdad?
  • A ver. Tampoco le vamos a pedir peras al olmo, ¿no? Jajaja. Déjame disfrutar de mi pequeño logro. Ya, si eso, mañana desayuno.
  • Anda, cómete esto que te he pillado en casa. ¡Cómo te conozco! Sabía que te habías venido en plan valiente.
  • Gracias tío, eres un máquina. Menos mal, porque ya empezaba el estómago a dirigir a la orquesta. Jajaja. Si es que te tengo que querer...
  • Déjate de rollos! Come y calla. Jajaja.
  • Vale, lo haré. Luego te veo.

Instante en el cual el sonido angelical del timbre interrumpe nuestra improvisada tertulia anunciando mi llegada triunfal. Confiado me dirijo hacia mi aula, consciente de mi tremenda valía. Mentiría si dijera que no me siento como un auténtico superhéroe. Las caras sorprendidas de mis compañeros, sólo son mejoradas por la peculiar sonrisa de mi director, quien me felicita entre dientes por mi pequeño éxito. Pese a mi timidez, me adentro en la clase feliz, observando al tendido, mientras el profesor me saluda casi tan sorprendido como yo mismo. Acto que se ve acompañado de las risas de mis compañeros, quienes no podrían estar más de acuerdo con el “gestito” espontáneo de mi maestro de tecnología.

Lejos de avergonzarme, decido dar el golpe en la mesa definitivo, y alzar temeroso la voz para dar los buenos días con sorna al perplejo grupo, acompañado por un atrevido intento de chiste, que sorprendentemente, mis compañeros parecen aceptar de buena gana. Momento en el cual, mi hermano se apodera remotamente de mis actos, teledirigiendo mi mirada hacia la tercera fila, justo a mi lado, la mesa en la cual se sienta algo dormida aún, su improvisada candidata a mujer del año.

El recorrido de mis ojos parece ralentizarse hasta casi detenerse por completo en su búsqueda ilusionada del objetivo. Cual es mi sorpresa, al encontrar frente a mi, dos preciosos ojos verdes, arropados por unas elegantes cejas y unas pobladas pestañas. Un festival de colores organizados bajo la batuta de una naturalidad impactante y una belleza que difícilmente podría describir con palabras. Un regalo del destino que parecía presentarse ante mí. Perplejo, me paralizo de arriba a abajo, con una estúpida sonrisa que decora mi impasible rostro.

Segundos con complejo de horas preceden al instante definitivo, el momento en el cual esos maravillosos ojos se cierran suavemente en su camino hacia el suelo, mientras su bello rostro evidencia un cierto tono sonrosado que acompaña una ínfima sonrisa que deja entrever sus tímidos dientes, todo ello bajo el inexplicable efecto del slow motion. Una mínima mueca que en mi cerebro es recibida como la mayor de las alegrías jamás anunciadas.

Supongo que para ella pudo ser un simple acto reflejo, pero he de reconocer que fueron necesarios algunos minutos más para permitir a mi cuerpo recuperar el control sobre una situación que hacía ya tiempo dejó de existir. El profesor llevaba un rato intentando despertar nuestras neuronas con una inexplicable perorata repleta de tecnicismos, capaz de domar a la más fiera de las criaturas que habitan este mundo. Sin embargo, harían falta toneladas del peor de los tranquilizantes para apagar el fuego que acababan de encender en mi interior. Y lo peor, que se lo debía a mi hermano, mi hermano pequeño. Tendría que decirle que sí, que tenía razón, que estaba en lo cierto. En fin, imagino que merece la pena y que, en el fondo, se lo merece.

Tecnología, matemáticas, informática, economía... un sin fin de asignaturas que esperan respetuosas en el porche de mi cabeza a que mi nueva inquietud abandone la casa y les permita entrar. No logro olvidar esa mirada, esas mejillas sonrojadas y perfiladas con maestría frente al mini espejo que toda chica parece llevar en su bolso, o quizás, la imagen que había decidido crearme de ellas. Ahora me parece increíble que durante todos estos días me hubiese podido perder tal espectáculo. Hasta qué punto podía estar obsesionado con fingir una normalidad forzada, que había obviado una de las mejores imágenes que podrían decorar ese tradicional mural en que se convierten los recuerdos.

Mi objetivo acababa de cambiar radicalmente. Llegar puntual, pasar desapercibido, integrarme, aprender; todo eso quedaba relegado a un meritorio segundo plano. Las veinticuatro horas del día en mi nueva vida, encontraban su sentido en tanto en cuanto contasen con la aportación de mi nueva musa. Cada movimiento parecía conducirme directamente hacia ella, del mismo modo en que los imanes se adhieren a la puerta de la nevera. Un fenómeno conocido pero inexplicable, asumido pero opaco.

Podría recrearme en todo ese rollo de las mariposas, las hormiguitas y demás cursiladas, pero mi pragmatismo me lleva a mostrar una realidad mucho más racional, más fría. Prefiero contar mi versión de lo que muchos denominan amor a primera vista. En mi opinión, es bastante más cercano a una tremenda obsesión, sólo que afortunadamente, desprendida de toda esa negatividad peyorativa. Una cariñosa obsesión por conocer cada íntimo detalle que configura su interesantísima existencia. Un deseo pasional por entregarle toda esa ternura y bondad contenidas bajo el telón de mi teatral impostura. Un sentimiento tan profundo como transparente, donde su felicidad ocupa el lugar más alto, en un inestable equilibrio entre alegría y tristeza, entre amor y odio.

Sé que no puedo contarle todo esto a mis amigos, si no, probablemente, empezarían por dudar de mi masculinidad y posteriormente, usarme para amenizar sus ratos de aburrimiento. Pero, por primera vez en mucho tiempo, me gustaría permitirme el lujo de desencadenar mis emociones, derrumbar el interminable dique con que sellé hace años todo un mar de pensamientos. Es el momento de liberarme, dejar fluir mis ideas, como si nadie las pudiera ver, sólo ella, sólo yo. Un rincón de total sinceridad en el cual depositar cada gramo de humanidad que aún respiro.

Soy consciente de que si ella pudiera leer mi mente, huiría despavorida ante tanta ilusión desproporcionada. Soy aún más consciente de que las probabilidades de que una chica como ella se fije siquiera en mí, son prácticamente nulas. Soy, a ratos, vagamente consciente de que, incluso, cabe la posibilidad de que me acerque a ella y sea yo quien decida alejarme poco a poco. No olvido mi inseparable don para alejarme de toda aquella persona que parece sentir por mí algo parecido a lo que acabo de expresar. Pero bueno, no hace falta ir tan deprisa. Como buen romántico utópico, lo único que me importa ahora mismo, es disfrutar de este peculiar cortejo. Este acercamiento tan sutil como intenso. Es como si me hubiesen devuelto a esos fatídicos quince años, cuando mi querida Sandra protagonizaba con tanto estilo cada episodio de mi recién descubierta adolescencia

Sólo puedo dar las gracias por todo esto. Por recuperar algo que pensaba perdido.

Pues sí, han pasado sólo diez años, ya han transcurrido más de tres mil quinientos días desde aquel. Pero, sin saber muy bien por qué, mi cuerpo salda conmigo una deuda generada tanto tiempo atrás. Por fin, puedo gritar en silencio que vuelvo a ser yo. ¡Sí! Estoy de nuevo aquí, y esta vez, vengo para quedarme, así que mejor que se preparen. No más psicólogos, no más complejos, no más excesos ni ausencias. Simplemente yo, en busca de un nuevo nosotros que me permita entenderlos mejor a ellos.

miércoles, 6 de marzo de 2013

El libro_p03


Capítulo 3

Al fin sólo. Me encantan estos ratos de risas con el sinvergüenza de mi hermano, pero después de un día tan largo, necesito enormemente este momento de tranquila soledad. Lo que son las cosas, quién me iba a decir a mí hace unos años que me alegraría este silencio. Con la de noches que pasé desesperado, sin nada que hacer. Noches repletas de pensamientos vacíos. Tan sólo mi pequeña linterna, la luz parpadeante de mi despertador digital y los coches noctámbulos bajo mi ventana. No sabría decir el número exacto de estas noches de insomnio, pero desde luego fueron muchas más de las que me hubiese gustado contar.

Horas y más horas de angustia contenida, lágrimas encerradas tras el dique de mi orgullo. Demasiadas emociones para un “niñato” de mi edad. Ahora recuerdo la pseudo madurez con que pretendía afrontar tantas noticias y sesiones. Resulta incluso irrisorio lo convencido que estaba de mi entereza, de mi avanzada edad. No podía estar más equivocado. Sólo era un chaval obligado a renunciar a mis pensamientos y decisiones de un niño de quince años, preocupado por el fallo en el último partido de fútbol, el dificilísimo examen de mates o el mensaje ambiguo e irritante de mi supuesta mejor amiga. En fin, lo típico a esa edad. En vez de eso, me tenía que sentar incómodo en el diván de mi psicólogo particular, para contarle cada ínfimo detalle de mis últimas cuarenta y ocho horas, o más bien fingir mi ansiada normalidad a través de los detalles observados en mis compañeros. Cuando lo que realmente me apetecía decirle, era que no podía pensar en nada más que sus estúpidas sesiones, sus jodidas terapias y sus insoportables ejercicios. Odiaba cada segundo que pasaba allí, cada rutinaria pregunta, cada uno se sus inútiles esfuerzos por convencerme del sencillo origen de mi desgracia y mis preocupaciones.

¡No! Soñar contigo no era sinónimo de apertura. No. Sufrir ataques de ansiedad en mitad de una clase no era ninguna muestra de avance. No. Verme cada vez más aislado, más alejado de mis amigos, no podía ser el resultado de mi inevitable salto de madurez. No.

La única razón de mis interminables minutos frente a la fría ventana de mi dormitorio, mis innumerables juegos imaginarios para distraer mi caótico cerebro, mis cambios desorbitados de ánimo y mi incipiente estrés infantil, no eran más que el resultado de aquel perverso descubrimiento. Un anuncio directo y conciso. Sencillo en su forma, pero increíblemente complejo en su fondo.
Siempre se habla de traumas como aquellos recuerdos que se anclan firmemente en nuestro cerebro, invadiendo cada milímetro de nuestro ser. Una imagen que representa miles, millones de sensaciones incontrolables, dispuestas a distorsionar nuestra realidad cada vez que le place. Un momento, una vida.

Mi caso resultó ser algo diferente, no surgió como un hecho puntual destinado a contagiar el resto de mi existencia, sino que el hecho en sí no significaba sino el anuncio de lo que estaba por llegar, un sórdido anticipo de un desastre mucho mayor. Las lapidarias palabras que sentencian toda una historia, la mía. Quince años son pocos, sí, pero los considero despreciables frente a una noticia de tal magnitud. No deseo a nadie que tenga que pasar por esto, y mucho menos a tan temprana edad. Evidentemente, sólo el tiempo te enseña a valorar que los hay que ni siquiera llegan a poder asimilarlo, a entender la otra cara de la moneda, a apreciar lo afortunado de su descubrimiento, a disfrutar de lo vivido de cara a lo que queda por vivir. Suena obvio, pero no es hasta que se experimenta algo así, que no aprendemos a dar gracias. Gracias por estar aquí. Gracias por tener a esos pesados chiquillos en los que se convirtieron tus amigos, gracias por poder aborrecer cada instante en familia, gracias por esas noches de tremenda soledad, en las cuales gozar de la mejor de las compañías posibles, la tuya. No sólo es momento de valorar lo realmente importante frente a las banalidades que nos rodean día a día. Esos sinsentidos que se empeñan en copar cada neurona de nuestra alocada cabecita. No. Se trata de mirar al futuro con la frente bien alta, con la humildad de quien reconoce sus errores pasados y el orgullo de quien se esfuerza por exprimir cada resquicio de presente.

No es que ahora me equivoque menos, no es que ahora haya encontrado por fin la felicidad absoluta, es simplemente que he aprendido a buscarla, incluso en los errores.

No calificaría de error precisamente aquella fiebre alta que me llevó directamente a la cama en aquella mañana de lunes. Es de esos momentos que parece que pudieras vivir infinitas veces, con todo lujo de detalles, como si nunca fuese tan real como la siguiente.

Estaba en clase de educación física, cuando Sandra se acercó preocupada a mí. Sus delicados ojos verdes se postraban ante mí con un ligero velo de lágrimas que convertía su belleza en un fulgor resplandeciente de ilusión. Su cariacontecida expresión me impactó más que el hecho de verme allí sobre el patio de mi colegio, sin fuerzas, derrotado, carente de toda intención por continuar el presente partido de fútbol en que resultaba hasta el momento perdedor. Hubiese rezado durante días por poder captar la atención de Sandra como lo hice. Sin embargo, ni su perfecta sonrisa ni sus divertidos rizos al viento, parecían retirarme del abismo en el que mi mañana parecía sumirse. Todo a mi alrededor se tornaba en desagradables muestras de un penoso día. El banco que tanto ansiaba parecía alejarse con paso firme y decidido, el calor sofocante que evidenciaba mi sudada camiseta se tornaba en un profundo frío que recorría irreverente los rincones más recónditos de mi adolescente cuerpo, incluso las sonrosadas mejillas de mi amada Sandra se iban desprendiendo de su inexplicable encanto. Pocos segundos después, la realidad que hasta ahora había considerado como única y coherente, parecía desvanecerse ante los retales histriónicos de una odisea mental que no lograda analizar. Los colores se entremezclaban con sueños extraños y espeluznantes, protagonistas de un entorno tan inestable como dinámico. Lo siguiente que recuerdo es un mareo como nunca había tenido y lo que, según me contaron, dio lugar a mi primer gran desmayo.

Cuando abrí los ojos, mi vida había cambiado por completo. No sabía dónde estaba, cómo había llegado hasta allí, ni por qué todos vestían esas inmaculadas batas de hospital, pero de lo que estaba completamente seguro es de que estaba ante un verdadero punto de inflexión en mi vida. No podría explicarlo, sólo es algo que sientes. No importa la pseudo-normalidad que todos se empeñan en transmitirte, las sonrisas forzadas que invaden tu habitación, las múltiples e hipócritas visitas repletas de pena y simpatía a partes iguales. Las caras eran las mismas de siempre, pero cubiertas por una nueva y desconocida fachada. En el fondo, todo me recordaba peligrosamente a aquellos momentos de distorsión y caos que precedieron a mi desvanecimiento repentino. Una realidad diferente, rara, convulsa, pero tremendamente familiar.

Tras varias semanas hospitalizado, convertido en un simple ratoncillo de laboratorio ante el desconcierto de mis médicos, las exigencias económicas del centro y la creciente demanda de espacio, acabaron conmigo en lo que en otros tiempos consideraba mi hogar. Las mismas sábanas, los mismos juguetes, cada muesca en el marco de mi puerta, los mismos muelles rotos, ese olor tan peculiar a, simplemente, casa. Un sin fin de recuerdos que sólo hacían acrecentar aún más mi desconexión. Todo me parecía lejano, desprovisto de todo cariño, todo calor. Por el contrario, ese recalcitrante conjunto de imágenes no representaba alegría ni tranquilidad alguna, no había seguridad en ellas. Mi existencia deambulaba entre las repetitivas calles del mayor de los laberintos. Sin rumbo, sin objetivos, sin el menor interés.

Mentiría si dijera que las semanas siguientes fueron asentando toda esta inestabilidad. Ni el tiempo ni los esfuerzos realizados por mi entorno, lograban reordenar las piezas de este desastroso puzzle en que parecía haberse convertido mi cabeza. La tremenda preocupación de mi madre no podía ser disimulada con una simple mueca de su boca, la ausencia de humor en mi padre evidenciaba mucho más que un fingido cansancio repentino y el desconcierto reflejado en los sorprendidos ojos de mi pequeño hermano no pasaban desapercibidos para nadie, y menos para mí. Pero, desgraciadamente, estas preocupantes señales se diluían en mis agotados pensamientos como simples e ínfimas partes de un todo inabarcable, inmenso.

Las semanas se sucedían obedientes e introvertidas, cual temida línea de procesionarias en su decidido camino entre pino y pino. Una serie indeterminada de días, horas, minutos, segundos, meses. En definitiva, muestras de una pesada carga teñida de rutinaria normalidad.

Interminables jornadas caseras, rodeado de una extraña nebulosa a la que todos se referían como mi nueva realidad y que, por el contrario, sólo parecía hacer honor a su nombre en aquellas desagradables visitas al diván. Por su parte, el mundo se mostraba ante mí convencido de que la mejor manera de afrontar este revés era obviarlo, en lo que supongo se derramaba a espuertas la inmensa fe depositada en el profesional habilitado y recomendado para tal fin. Conversaciones donde el sonido no hacía sino luchar por enmascarar las dolorosas palabras que vociferaban sus silencios.

No fue hasta aquel ansiado veinte de abril que la tortilla no completó su lenta y trabajada rotación. Un vuelco radical en lo que peligrosamente comenzaba a considerar mi vida. Un nuevo punto de inflexión, un nuevo fin en mi vida capaz de generar mi verdadero principio. Otra de esas experiencias inolvidables que, sin duda, decorarían divertidas el mural de fotos de mi existencia.

domingo, 30 de diciembre de 2012

El libro_p00


Capítulo 0

  • Buenos días, ¿estás bien? Tienes mala cara.
  • Buenos días. Sí, aunque no he conseguido dormir nada esta noche. He tenido, de nuevo, ese sueño tan peculiar.
  • ¿Otra vez? Ya está bien. Déjate ya de tonterías y olvida ese tema. Además, deberías darte prisa o llegarás tarde.

Quizás tenga razón, debería olvidarme de estos sueños absurdos. Sin embargo, cada vez me parece más real todo lo ocurrido. No sé, puede que me esté volviendo loco. Desde luego, lo único seguro es que tengo todas las papeletas para llegar tarde y con ello arriesgarme a un nuevo castigo. Mejor será que me vaya.

Decidido, cojo mi mochila, una vez revisada, y me dispongo a abandonar la casa. Los mismos cinco pasos de siempre. De no ser por la oscuridad que me rodea y la inestimable aportación de mi familia, este trayecto sería tan sólo un ejemplo más de mi lamentable rutina. Logro esquivar los múltiples obstáculos que invaden el pasillo. No entiendo cómo se puede llegar a generar tanto caos. Entre tanta pregunta sin respuesta, la escalera se muestra ante mí tan peligrosa y traicionera como de costumbre. Sólo la cálida presencia de mi anciana vecina, logra amenizar este mal trago. Cada mañana se asoma a la puerta para darme los buenos días, perfumada con su característica esencia de rosas, que tanto me gusta.

Ocho tramos más tarde, alcanzo victorioso el portal, donde nuestro amable portero me recibe tan agradable y escueto como siempre. No necesito oírle para saber que su noche no ha sido menos ajetreada que la mía; de hecho, no dudo que su mañana debe estar siendo bastante peor, a juzgar por su alcohólico hedor.

Con el ruido del mecanismo de apertura de la puerta, abandono mi casa en todos los sentidos. Dejo atrás la seguridad que me proporciona el hogar, estático y tranquilo. El umbral de la puerta da paso a la jungla. Un universo de prisas, voces, mal olor y miedo. Por más veces que recorra este mismo trayecto, cada mañana parece tratarse de una nueva ciudad, una nueva avenida. Sólo los excrementos de perro y los restos de orín del pasado botellón, me confirman mi ubicación exacta. A escasos cincuenta pasos del quiosco de mi vecino, los vehículos fluyen endiablados, inconscientes. Ansiosos por alcanzar un objetivo que odian con todas sus fuerzas. Mi candidez me impide entender sus complejos comportamientos.

Resignado, espero con calma el cambio del semáforo. Pese a sentirme arropado por multitud de conciudadanos en este acto tan social, nadie parece recaer en mi presencia, ni en la de ningún otro. Las únicas voces que rompen el incómodo silencio, más allá del atronador ruido de fondo, son las pocas llamadas tempranas que acompañan a algunos en nuestro trayecto. Por suerte, me entretengo con la histriónica música que nos señala el verde. No sé muy bien por qué, pero debo de ser de las pocas personas en esta ciudad que se alegra al oír sus repetitivas notas. Sea como fuere, logra dibujar una leve sonrisa en mi cara.

Al otro lado de la vía, alcanzo esa paradisiaca panadería que adorna nuestro deambular. Un festival de olores diversos y apetitosos. Un placer para los sentidos, que me anuncia mi próximo giro, esta vez hacia la derecha, aproximadamente unos sesenta grados, para iniciar mi ascenso por la nueva vía. Su pronunciada pendiente, su deteriorada solería y alguna que otra humedad procedente de los madrugadores cubos de limpieza, convierten esta subida en un auténtico reto para mi integridad. Me imagino esos pobres ciclistas que agotados afrontan cada nueva ascensión, convencidos de que su competición depende de las próximas pedaladas, sea cual sea el estado de la carretera.

Por si todo esto no fuera suficiente, mi cautela parece molestar por igual a aquellos que estresados se disponen a arriesgarse en el ascenso, así como a nuestros opuestos, que animados por la pendiente descienden atropellados e imprecisos, como si no fuesen capaces de verme. Entre insultos me concentro en aunar todas mis fuerzas en cada paso. Con todos mis sentidos puestos en los obstáculos que, imprevistos, hacen acto de presencia en mi trayecto.

Son ya varios cientos de pasos, los que me recuerdan lo tarde que debe ser ya. Por desgracia no me equivoco y el reloj me marca algo más de las nueve. Dependo completamente de la puntualidad, o más bien impuntualidad, de mi querido autobús. Paciente y esperanzado, me sitúo junto a la marquesina. Los siguientes minutos transcurren entre un mar de dudas y desencantos. Cada autobús que pasa podría ser el mío, pero no. Aún no. Todos los intentos desesperados por reconocer mi nuevo medio de transporte, se saldan con un resultado igual de negativo, ya sea mediante la negación por parte de alguno de mis compañeros de espera, o en ocasiones, ante la ausencia de respuesta alguna.

Algo más de doce minutos más tarde, aparece en escena mi ansiado vehículo. Mi timidez, me origina siempre una estúpida sensación de inquietud, un miedo interior ante la posible equivocación que me llevara al otro extremo de la ciudad. La hora sí que esta clara, no cabe duda ante la escasez de oxígeno en este abarrotado autobús en el cual resulta imposible evadirse del eclecticismo aromático que caracteriza a la sociedad.

Varios empujones y cinco paradas más tarde, me apeo hacia la acera, sin antes tropezar con ese maldito bordillo que no debería estar ahí. Por suerte, una amable y recia señora me frena y evita el desastre. Este afortunado incidente, me deja alguna mínima esperanza de alcanzar en hora mi objetivo.

Podría haber sido así, de no contar con la inestimable ayuda de los operarios que han decidido vallar hoy la acera, para una inoportuna reparación de la fachada del ayuntamiento. El desagradable encontronazo, definitivamente, me devuelve a la realidad. Una vez más, voy a llegar tarde. No importa lo temprano que me despierte, o lo rápido que intente ir, siempre acabo retrasando mi llegada.

Otros cientos de pasos más, varios badenes de nueva creación, esas inexplicables farolas y bancos que invaden mi paso y alguna que otra losa suelta, culminan mi rutinaria odisea. Por fin, mi segundo hogar. De nuevo, la seguridad y sosiego se apoderan de mis aceleradas pulsaciones. Las próximas horas resultarán un placer para mis sentidos.

  • Ey!
  • Hola! ¿Qué tal?
  • Bien. Por lo que veo has vuelto a llegar tarde. Como de costumbre.
  • Ya, lo siento. No hay manera.
  • Es que sigo sin entender tu maldita manía de no venirte conmigo a clase, de verdad. Con lo fácil que sería salir los dos juntos en mi coche.
  • Ya lo sé. Pero te recuerdo, que es la única forma que tengo de sentirme plenamente independiente. ¿Qué haría si no, cuando tu no pudieses venir?
  • Pues lo que haces cada día.
  • Ya, pero entonces no me sería tan fácil, ¿no crees? Además, tengo la extraña sensación de que es la única forma de conseguir poco a poco a mi sueño.
  • Qué pesado con tu sueño. Ya te he dicho muchas veces que no hay manera de que accedas hasta aquí como los demás. Es más, ni siquiera sé porque te empeñas en venir. Si yo pudiera quedarme en casa, como tú...
  • Si estuvieras en mi situación, harías exactamente lo que hago yo. Del mismo modo que te despertarías en mitad de la noche, excitado por la inexplicable sensación de libertad que me invade cada vez que sueño con esa ciudad universalmente accesible de la que te hablé.