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domingo, 18 de enero de 2015

Nadie como tú

Querida Asma,

Creo que ante lo importante de este acontecimiento ha llegado el momento de dedicarte unas bonitas palabras a la altura de nuestro compromiso, pese a ser consciente de lo complejo de tal hazaña.

Me resulta imposible obviar una fecha tan singular, un aniversario tan glorioso. Algunos lo llaman bodas de plata, otros un cuarto de siglo, pero para mí, es mucho más que todo eso. Toda una vida. Sí, eso es lo que llevamos juntos. Toda una vida repleta de buenos y malos momentos en la que he podido disfrutar de cada uno de tus peculiares gestos, cada uno de tus intensos abrazos, cada sutil caricia, cada interminable noche juntos.

En muchas ocasiones he dudado acerca de la existencia del amor verdadero, acerca del porqué de las cosas, del porqué de esta inesperada relación. Muchas han sido las dudas que han protagonizado mis alocados pensamientos. Muchas las ocasiones en que he llegado a maldecir lo azaroso del destino. Múltiples las quejas ahogadas, innumerables las decepciones, indescriptibles los miedos.

Sin embargo, todo ello ha supuesto para mí el paradigma de la vida, la única y verdadera razón de mi existencia. A lo largo de mi vida has sabido enseñarme lo trascendental de este don con que hemos sido bendecidos. He ido aprendiendo a valorar lo realmente importante, aquello que nos permite ser feliz por encima de todo. Un placer que he podido compartir durante más de veinticinco años, y que confío en que nos siga uniendo durante muchos más.

Probablemente a estas alturas muchos habrán recurrido a la locura como probable explicación a tal despropósito literario. Pero no. Nada más lejos de la realidad. Estas palabras responden a un agradecimiento tan sincero como intenso. Todo lo que soy, es gracias a ti. Todo lo que sé, lo aprendí de ti. Cada segundo contigo ha contribuido a definirme como persona y me ha ayudado a madurar, incluso antes de lo que en ocasiones hubiese deseado. Sé que fuera de contexto, pensar en alguien dispuesto a privarte del oxígeno fundamental para la vida, sería considerado como un cruel asesino, si no algo peor. Pero esta historia no trata acerca de la maldad.

Trata acerca de las lecciones que aporta la vida. Trata acerca de noches imborrables en las que apreciar hasta el más mínimo atisbo de aire penetrando mis perjudicados pulmones. Noches en las que cada luz de coche era entendida como un nuevo pasatiempo con el que aderezar el inmenso aburrimiento que se asomaba tras esa inminente preocupación. Saberte capaz de superar lo que algunos calificarían de agobiante, aterrador o indeseable, no hace sino convertirte en una persona mejor de lo que eras. Armarte de fuerza y valor para afrontar todo lo que esté por llegar. No es que te permita actuar como el superhéroe que nunca serás, pero sí que te aporta esa importantísima coherencia a través de la cual saber interpretar cada cosa en su justa medida.

Si tuviese que ponerte alguna pega como acompañante, mi más fiel y cercana amante, sería la de la impaciencia. Aquella que te impidió esperar hasta que nuestra relación fuese tan sólo cosa de dos. No implicar a tanta gente que no tenía por qué participar de nuestro improvisado e incomprendido amor. No era necesario hacer partícipes a aquellos que desde el desconocimiento sólo podían valorar la parte más negativa de tus intenciones. No necesitabas llegar tan pronto como lo hiciste, por más preparado que pudieras considerarme.

Por lo demás, agradezco cada minuto juntos. Nadie como tú ha sabido entenderme, acompañarme tanto en los buenos como en los malos momentos de mi vida. Nadie como tú ha sabido mostrarme el lado positivo de la vida, aquel que decora sutil cada matiz del mundo que nos rodea, y del cual tantas veces desearíamos desaparecer. Nadie como tú para enseñarme a vivir. Nadie como tú para enseñarme a valorar. Nadie como tú para enseñarme a reír. Nadie como tú para enseñarme a llorar.

Son tantas las escenas vinculadas a ti que me resultaría difícil destacar alguna. Aún recuerdo algunos de nuestros primeros encuentros, cuando aún no tenías siquiera nombre para mí. El inexplicable dolor de la aguja invadiendo mi cuerpo sin previo aviso. El miedo y la tensión como único denominador común en mi entorno familiar.

No quisiera siquiera imaginar lo que tuvo que significar todo aquello para ellos. Sólo confío en que sepan verlo ahora como he aprendido a verlo yo.

Más agradables y claros son los recuerdos asociados a mis incontables experiencias deportivas. Era el único a quien permitían jugar con ayuda extra y además terminar con una ansiada botella como premio. ¡Qué recuerdos! Cuántas fueron las mañanas en las que llevé mi cuerpo hasta su límite convencido de su invencibilidad. Cuántas las carreras agónicas hacia aquel inesperado pero glorioso despertar, ese instante inexplicable en que mis pulmones tan sólo decidían retomar su posición original, dejando con ello paso al sanador fluido de vida.

Irrepetible aquella fortuita visita al especialista cuando sobrepasaba ya las veinte primaveras y la normalidad parecía haberse instalado entre nosotros. Jamás olvidaré aquel rostro desencajado mientras me desvelaba el aterrador desenlace a las recién realizadas pruebas. Anecdótico descubrir como uno de mis pulmones había decidido unilateralmente emprender su propio camino, llevándose con él incluso a parte de su influenciable vecino. Una capacidad pulmonar que rondaba un lamentable cuarenta por ciento de la supuesta media teórica.

Es increíble cómo el tiempo ayuda a relativizar las cosas, cómo el optimismo nos transfiere esa fuerza tan inhumana, cómo la insensatez se erige en líder improvisado para hacerse cargo del resto.

Inolvidables los conciertos que amenizaban cada una de mis noches desde el anochecer hasta las primeras luces del alba, aquellos atrevidos agudos dispuestos a retar al más temible de los silencios. Un sutil sonido interior que supe transformar en melodía, en sinónimo de vitalidad. Un ruido atroz que me recordaba que aún seguías ahí, dispuesta a seguirme hasta la peor de mis pesadillas.

Nunca antes había sentido un amor tan incondicional, un amor tan desinteresado. Una pasión tan inquebrantable, por más que fueran los expertos dispuestos a separarnos. Por más innovaciones tecnológicas que surgieran para acallarte. Siempre has sabido estar ahí, latente, discreta, omnipresente, audaz, impertinente, atrevida, cariñosa, oportuna, cálida y vehemente.

Un regalo que no muchos saben apreciar. Una desgracia que no logran entender. Un referente que no todos alcanzan a seguir.

Pues sí, en mi caso no puedo sino agradecer tu presencia. De todas las enfermedades que podrían haber decidido protagonizar mi vida, estoy completamente seguro de que no podría haber ninguna mejor.

Nadie como tú para hacerme la vida tan complicada pero, en definitiva, tan fácil.

A todos vosotros, seáis conscientes o no, hayáis sucumbido a sus imperfectos encantos, o sean otros cercanos quienes lo hayan hecho. Sea reciente o ya veterana esta indudable relación, tan sólo puedo enviaros este peculiar mensaje de ánimo con el cual transmitiros mi particular experiencia, la cual espero sirva para mostrar a otros lo bonito que sin duda esconde esta gran oportunidad. Esta apasionante compañía que bien entendida, marcará el devenir de nuestros actos y nos convertirá en aquello que somos, en aquello que queramos ser.

                                                                                                          
Siempre tuyo,

                                                                                                               
El paciente in-ex

martes, 14 de mayo de 2013

Hasta mañana si Dios quiere


Hola a todos, esta vez me siento ante las teclas de mi ordenador con la inquietud de quien reconoce un gran momento en su vida, con el miedo de la responsabilidad que esto supone, y con el dolor de la pena que encierra.

Probablemente se trate del momento más difícil en mi corta carrera como pseudo-escritor. Sin duda, el más difícil como persona. Esta noche me enfrento a algo que llevaba años deseando hacer. Hoy, empieza mi homenaje a la persona más importante que jamás haya conocido, la persona que más me ha podido querer, o al menos, la que mejor me ha sabido transmitir su infinito amor.

Mi Abuela María.

Sé que a estas alturas, todos aquellos que la conocierais ya estaréis embargados por la emoción y la tristeza a partes iguales. Por ello me gustaría aclarar que no es mi intención darle un disgusto a nadie. Me conformo con ser capaz de sobrellevar el mío y con ello brindar un más que merecido homenaje a una mujer, MUJER, de las que no se olvidan. En otras palabras, la bondad en forma humana. No sólo abuela, sino madre, amiga, hermana, tía. Todos ellos, términos empleados en su máximo esplendor.

En ocasiones, creemos que una mujer que tiene un hijo, se convierte automáticamente en madre. Del mismo modo, si su hijo tiene una hija, alcanza el título de abuela. Pero no. A partir de ahora, estas palabras no van a ser la definición estricta y biológica que todos conocemos. En mi opinión, madre y abuela, son once escasas letras que esconden tras de sí una responsabilidad enorme. Muy pocas personas son merecedoras de este título más que nobiliario. Madre sólo es aquella capaz de transmitir su amor hacia un hijo sin titubeos, reproches ni excusas. Aquella dispuesta siempre a escuchar sin por ello dejar de educar. A consolar cuando la situación lo requiera, y a regañar cuando menos le apetezca. Una fuente infinita de ternura y madurez. Madre, al fin y al cabo.

Dicho esto, imagínense lo complejo de alcanzar el grado de abuela. Madres que superado el arduo proceso de la maternidad, saben asumir su nuevo rol, ese segundo plano tan injusto como necesario. Una madre en la sombra, a todas luces una amiga fiel.

Aprovecho el día de la madre para felicitar a la mejor madre que jamás haya conocido, mi abuela.

Veinticuatro años de auténtico placer. ¡Gracias!

Aún recuerdo como su cara sonrosada mostraba una tierna y humilde sonrisa al oír divertida la anécdota de mi nacimiento. Mi fealdad no pudo sino convertirme en el hazmerreír cariñoso de mis familiares más cercanos, en un intento por restar tensión al momento del parto. Escasos segundos después, ante el jolgorio generado a mi costa, mi abuela se armó de valor para superar su infranqueable respeto hacia los demás y su inigualable prudencia, para retirarme del centro de atención y defenderme cual leona entre sus brazos.

¡No le digáis eso a mi niño! ¡Con lo guapo que es!

Probablemente, mi familia estaba en lo cierto, ante mi escasa belleza infantil, pero no contaban con el desgarrador amor que mi abuela era capaz de generar. Apenas me conocía hacía unos segundos y ya me quería más que a su propia vida. Y no es una frase hecha. Os puedo garantizar que tuvo veinticuatro años para demostrármelo cada día.

Lo más increíble de todo esto, es que yo no era su único nieto. Siquiera el primero. Simplemente era de su equipo. Era un miembro más de su familia. Ese amplio pero acotado círculo en el cual algunos tuvimos la suerte de nacer. No sólo suerte por tenerla a nuestro lado, sino por poder decir abiertamente que conocemos lo que es el amor verdadero. Puro cariño escondido tras una de esas sonrisas que paralizan el mundo a sus pies.

Aún hoy me levanta el ánimo cuando más lo necesito.

No sabría expresar en palabras lo que mis lágrimas se empeñan en derrochar. Jamás pude devolverle un ápice de su incondicional y desproporcionado cariño. Curiosamente, mi racional comportamiento e impostura habitual, no fueron capaces de mantenerse firmes ante una avalancha de sensibilidad de este calibre.

Raro es el día que no recuerde alguna de sus múltiples virtudes. Raro es el día en que no la recuerdo sonriente y convencida al despedirse antes de dormir, con su característico:

Hasta mañana si Dios quiere. Que sueñes con los angelitos.

Cada noche nos despedíamos con una muestra de fe que jamás dudé en secundar, arropado por su inquebrantable creencia, no sólo en la religión, sino en la bondad de la gente en general. Lejos de abrigar debate cultural o religioso alguno, me quedo con su capacidad para querer a los demás, para creer en los demás, para confiar en todos ellos.

A veces pensamos que las personas mayores están algo perjudicadas por el paso de los años, y que nuestra juventud suple con euforia la falta de experiencia. Error. Mi abuela me enseñó que necesitaría más de cien años de vida, para llegar a entenderla en toda su magnitud. Me enseñó algunas de las lecciones más importantes que jamás aprenderé. Me enseñó a querer sin condiciones. Me enseñó a ser humilde. Me enseñó a ser bueno. Me enseñó a saber escuchar. Me enseñó, pese a todo, a afrontar con optimismo mis carencias más innatas. En pocas palabras, no paró de enseñarme.

De hecho, que esté aquí hoy a pecho descubierto, removiendo lo más profundo de mi ser, no es sino el resultado de su doctrina y enseñanzas. No podemos dejar de decir aquello que pensamos, ya sea la vergüenza o el orgullo quien nos coarte. No podemos dejar de agradecer lo que por fortuna nos es regalado.

¡GRACIAS! Donde quiera que estés, ¡GRACIAS! Gracias por estar siempre ahí sin que parecieras estar. Gracias por tus “rasquiñas”, tus abrazos, tus besos, tus miradas, tus palabras, tus silencios, tus sonrisas, tus lecciones, tus filetes empanados, tus... simplemente por ser como eras, por ser como fuiste, por ser como eres.

Jamás te olvidaré y lo único que siento, es no haberte dicho todo esto más a menudo. Siento que este descomunal pellizco me haya desprovisto de toda elocuencia. No ser capaz de mostrar al mundo todo lo que tú significabas. No saber decir lo que realmente pienso, lo mucho que te admiro, te quiero y te respeto.

A la mujer más importante de mi vida, porque sin ti, ninguno de mis seres más queridos serían quienes son hoy día. Sin ti, no sería ni la mitad de hombre, hijo y nieto de lo que soy ahora. Sin ti, jamás podría entender lo que supone que algún día me convierta en padre y puede que hasta abuelo.

Cada abrazo que doy, lo hago en tu honor. Cada vez que logro hacer feliz a alguien, sé que es parte de la deuda que mantengo contigo. Cada sonrisa que regalo, es el fiel reflejo de lo que supiste entregarme. Cada paso que avanzo, sé que estás a mi lado.

TE QUIERO Y SIEMPRE TE QUERRÉ.

Hasta mañana si Dios quiere. Que sueñes con tus iguales, abuela.