martes, 24 de septiembre de 2013

El libro_p07


Capítulo 7

El conserje nos despedía con sorna tras esperar nuestro reiterado retraso, ansioso por poder cerrar la cancela de entrada al edificio. Su sonrisa cómplice no sólo indicaba un secreto a voces sino que permitía observar orgulloso, cómo mi acompañante devolvía el gesto con gran elegancia y consciente de la situación, mientras apretaba orgullosa mi mano junto a su vientre. Paradojas de la vida, me veía de nuevo asociado a un retraso en el instituto, aunque en este caso mucho más agradable y esperanzador.

Mi imborrable sonrisa, sólo comparable a la de ella, evidenciaba lo especial de lo que acababa de ocurrir. La secuencia iniciada con gran tristeza, interrumpida por una inesperada sorpresa y continuada por una explosión nuclear de euforia, habían desembocado inevitablemente en lo que, desde ese mismo momento, sería bautizado como el mejor instante de mi vida. Conmovido por el surrealismo que acababa de acontecer y animado por la inmensa alegría que invadía cada poro de mi piel, me desprendía de toda timidez para afrontar confiado el mayor reto de mi vida. Era ese maravilloso momento con el que tantas veces había soñado. Aquel que siempre había tenido que vivir a través de la experiencia de mi hermano.

Mi primer beso. Mi primer muestra de amor verdadero. O lo que yo pensaba que lo sería.

Mis labios habían encontrado triunfales el ansiado objetivo. Su calidez se veía truncada ante su repentina y gélida respuesta. Nada. Ni el mas mínimo gesto. Ni la mas mínima muestra de alegría o enfado. Nada. Impaciente, los siguientes segundos me parecieron horas. De nuevo, mis peores augurios se apoderaban de mis pensamientos. Todo era miedo y enfado ante mi excesiva confianza, ante mi estúpido alarde de motivación extrema. Era consciente de que, como solíamos decir coloquialmente, “acababa de venirme arriba a tope”. Y lo que es peor, esa grandilocuente locura suponía tirar por la borda tantos días de preparativos y cuidados acercamientos, tantos días de coherente flirteo en busca de allanar un terreno hasta ahora puede que inexistente.

La tan temida “cobra”, expresión empleada para definir el rechazo y consiguiente huida de tu objetivo en el momento del beso, se apoderaba irremediablemente de mis pensamientos...

Segundos de amargura y desconsuelo que sólo podían terminar con una muestra más de mi rocambolesco día.

Sin mediar palabra, me apartó levemente de su boca para dedicarme una impenetrable y misteriosa mirada. Tras una inmensidad en silencio y esperándome lo peor, su sonrisa hizo de nuevo acto de presencia y noté como su mano se apoyaba con ternura en mi nuca, mientras sus dedos se enredaban con maestría entre mis cabellos. Un tremendo escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Con gran delicadeza y no menos decisión, su mano se aferro a mi y me inclino de nuevo hacia ella, esta vez sí, para corresponder mi apasionado atrevimiento con una descarga inexplicable de sensualidad. Sus labios, repletos de vida, se rozaban sutiles contra mis labios, a la espera de una correspondencia que indicara el momento de afianzar el contacto, en busca de que nuestras lenguas invadiera la recién generada caverna que nos separaba y unía a partes iguales. Sentir mi lengua junto a la suya, fue la señal definitiva de que aquel era el día, el día por el que tanto había luchado. La razón por la cual estaba ahí, desafiando a médicos y familiares.

Por fin, estaba vivo, completamente vivo.

Mientras nuestros labios saboreaban las mieles del éxito, mis manos lograron desprenderse del bloqueo inicial para adentrarse valientes y descaradas en el terreno de su fisonomía. Naturalmente, la primera reacción fue la de abrazar su cuerpo con delicadeza, sentir en las yemas de los dedos el calor que desprendía su espalda. Su sencillo top no era capaz de contener la infinidad de sensaciones que brotaban de su piel. Tras unos instantes, mis manos aprovecharon la creciente confianza adquirida en sí mismas, para separar sus caminos y abarcar el máximo terreno posible. Mientras mi mano izquierda emuló su gesto en busca del cuello, mi mano derecha recorrió en sentido contrario su espalda hasta encontrar victorioso el bolsillo trasero de sus vaqueros. Sentir sus glúteos tersos y bien formados bajo mi mano, fue algo que irremediablemente provocó un aumento de la intensidad en mis besos. Sin embargo, el culmen de esta experiencia lo encontré al retomar la posición original, esta vez levantando la camiseta que llevaba puesta, para poder disfrutar del suave y agradable tacto de su espalda. Curiosamente fue entonces ella, quien en respuesta a mi atrevimiento, reaccionó con decisión, apretando nuestros cuerpos mientras me transmitía entregada sus innegables muestras de pasión.

Todo lo que antes era timidez, dudas y miedo, se había convertido en pasión, adrenalina y un sin fin de sensaciones hasta entonces desconocidas, con sus correspondientes manifestaciones físicas.

Lamentablemente, nuestro retraso no hacía sino ir en aumento, y a pesar de que podría haber permanecido así durante toda mi vida, sabía que debíamos abandonar el edificio antes de que la situación empeorara; todo ello, claro está, gracias al hecho de que acababa de descubrir esa sorprendente seguridad en que aquello no podía ser flor de un día, sino que no era sino el primer paso de muchos.

Con la misma facilidad con que habíamos unidos nuestros cuerpos, estos se desprendieron el uno del otro, emplazando la alegría a cualquier otro momento.

Y así es como comenzó una nueva etapa en mi vida. En nuestra vida.

El resto del día se convirtió en una verdadera odisea para mí. Disimular todo lo que se cocía en mi interior frente a mis padres y mi hermano, era un objetivo tan necesario como complejo. No hay nada peor que simular una aparente normalidad cuando la realidad difiere tanto de ese estándar. Era consciente de que mis padres puede que hasta se alegraran de haberlo sabido. Sin duda, mi hermano hubiese explotado de ilusión. El problema era que de haberlo sabido, no me cabía la menor duda de que sería incapaz de mantener ese secreto.

Y que nadie se confunda, estaba deseando compartir todo lo ocurrido con él, incluso con mis padres. Pero había una pequeña parte de mí que me recordaba que existía la posibilidad de que ella pudiera arrepentirse, pensárselo mejor o por qué no, reaccionar de manera extraña. Sea cual fuere su reacción, prefería ser cauto y esperar al resultado, antes de iniciar un proceso de acercamiento a mi familia que pudiera desembocar nuevamente en un fracaso social. No creo que estuvieran preparados para un nuevo contratiempo. Era mejor dejarlo estar y que aprovechasen mi estado de felicidad anterior para ir recargando pilas.

Eso no quita que mi cerebro no fuese a cien mil por hora. Un día feliz que, sin embargo, ocultaba una tarde de lo más extensa. No veía el momento de irme a la cama y acelerar con ello el tiempo que me quedaba hasta volver a verla. Volver a sentir su cuerpo, disfrutar de su increíble sonrisa y de la satisfacción que supone saber que eres tú quien motiva tal obra de arte, tal muestra de alegría y belleza sin parangón.

Por si esto fuera poco, resolver el acertijo de mi querido profesor resultaba ahora de lo más difícil, ante mi evidente distracción. Cada número me recordaba a ella, cada operación matemática parecía llevar su nombre. Si avanzaba en la resolución, me acordaba de mi grandiosos triunfo. Si erraba, me animaba pensando en lo que me acababa de ocurrir.

Imposible. Hoy no soy capaz. Lo peor de todo es que me daba igual. En mi opinión estaba más que justificado y no me cabía la menor duda de que hasta el profesor lo entendería si le explicara el motivo que se escondía tras este fracaso matemático.

Mi fingida normalidad no pasó desapercibida ante nadie. Más bien, dio lugar a un verdadero interrogatorio.

  • ¿Se puede saber qué te pasa?
  • Nada, ¿por qué? Disfruto de este solomillo. Está muy bueno.

Desgraciadamente mi adulador intento por cambiar de tema y desviar la atención hacia la comida, no parecía dar resultado.

  • ¿Seguro que estás bien? No sé, te veo muy serio. Como distraído. ¿No te ha pasado nada en el colegio?
  • ¡Que no Mamá! - “Pobrecilla”. No sabía como acabar con esto sin cambiar el tono. Entiendo que se preocupe, pero ya he decidido que no es el momento de compartirlo con ellos. Desgraciadamente, se me olvidaba ese tremendo don que adquieren las mujeres en el parto, por el cual intuyen todo lo que ocurre en tu cabeza. Aquello de “te conozco como si te hubiese parido”, era algo muy real.
  • ¿No habrás vuelto a llegar tarde, no? Si te pasa algo en el instituto, me lo dirás, imagino. Ya sabes que no me pienso enfadar si tu director vuelve a hablar contigo. Prefiero estar al tanto de todo y lo sabes.
  • Tranquila mamá. - El estrés empezaba a apoderarse de mí. Me sentía acorralado y era incapaz de mentir a mi madre, después de todo lo que había hecho por mi. Entonces, cuando el desastre parecía mi única salida, mi cerebro retomó parte de su actividad intelectual y me iluminó el camino de huida. Por fin, una escapatoria decente. - Es sólo que estoy algo preocupado por lo que pase mañana.
  • ¿Ves? Lo sabía. ¿Qué pasa mañana?
  • Nada, me preocupa que las cosas no transcurran como yo esperaba.
  • ¿A qué te refieres? ¿Algo va mal? ¿No te gusta el curso o es que estás teniendo problemas con los compañeros? Mira que te lo dije.
  • Tranquila mujer. No es eso. El problema es que mi profesor me ha planteado un ejercicio de matemáticas que no logro resolver. Es un acertijo clásico que se supone que debería ser capaz de descifrar, pero no lo veo. Jaja. Qué paradoja, ¿no? - Esta casualidad, suponía el toque de humor que se convertiría en el detalle definitivo de mi elaborada trama de escape, con el que zanjar la conversación y cambiar de tema. En definitiva, sabía que mi madre no acababa de secundar mis bromas acerca de mi situación actual.
  • ¡Ah! Pues haberlo dicho. Seguro que tu padre puede echarte una mano.
  • No te ofendas papá, pero me temo que es algo bastante complejo. Lo que pasa es que el profesor me tiene muy bien valorado y confía en mí. Se ve que demasiado. Y, desde luego, no me gustaría perder ese trato preferencial y que se desilusione.
  • Bueno hijo, pero si es tan difícil, entenderá que te cueste solucionarlo. Vamos, digo yo. Lo único que tengo claro es que no quiero verte preocupado por algo así.
  • Mamá, ya está bien. Tengo que intentarlo y si no lo consigo, es normal que me enfade.
  • Pero...
  • Lo siento mamá, pero ya soy mayorcito y estoy decidido a hacer lo que me gusta, cueste lo que cueste. No te preocupes. Lo peor que puede pasar es que mañana me encuentre más cansado de lo normal. Eso es todo. Una más que probable noche sin dormir, y listo. Ya verás cómo lo logro. - Eso era seguro. Esa noche tenía claro que no iba a ser capaz de conciliar el sueño. Demasiadas emociones, demasiado en qué pensar. Aunque las matemáticas fueran lo de menos, quizá puede que se convirtieran en un socorrido entretenimiento para cuando la desesperación se apoderara de mí.
  • ¡Ay mi niño! ¡Que cabezón eres! A quién habrá salido, ¡eh!. - exclamó mi madre, mientras dedicaba una acusadora mirada a mi padre.
  • Ya sabía yo, que al final me salpicaba a mí. Con lo “calladito” que estaba yo aquí...
  • Déjate de tonterías. Ya sabes lo que dijo el médico...
  • Venga ya mujer. Vamos a comer antes de que reciba alguien más. No pasa nada. Está bien que el niño intente solucionar lo que el profesor le ha planteado. Si él cree que puede hacerlo, por algo será.
  • Desde luego, no será por tu habilidosa genética.
  • Ya está. Me tocó. Como el “Luisma” es tonto... Jajaja.

El comentario de mi padre, una vez más, desataba las risas de todos. Ese mar de carcajadas, inspirado en un célebre personaje de la televisión, no sólo zanjaba la discusión, sino que me permitía relajarme por fin. Objetivo conseguido. No sin esfuerzo, había superado la tormenta.

Mi madre, por el contrario, seguía preocupada y no olvidaría este tema tan fácilmente. Su mirada mostraba una incertidumbre e inquietud difíciles de esquivar. Puede que hubiese perdido esta batalla, pero no la guerra. Así que más me valía disimular mañana mi cansancio y hacer todo lo posible hoy por dormir lo suficiente como para lograrlo. Todos conocían lo incisiva que podía ser mi madre, cuando de la salud y bienestar de sus hijos se trataba. Y... la tenía que comprender.

Consciente de mi estrategia y con un leve atisbo de culpa que asomaba por mi subconsciente, me acerqué a mi madre, le di un cariñoso beso, le dediqué mi mejor sonrisa y me despedí de ella deseándole las buenas noches.

  • No te preocupes mamá. Te prometo que haré todo lo que pueda por resolverlo lo antes posible y dormir lo máximo, ¿vale?
  • Vale. - dijo mi madre con voz cansada. Resignada me devolvió el beso y me guiñó el ojo, cómplice a la par que consciente de mi testarudez.
Pese a la mini crisis a la que acababa de enfrentarme, me dirigía hacia mi cuarto con mi objetivo más que cumplido. Mis padres ya tenían tema de conversación para toda la noche y mi hermano no osaría siquiera a entrar en mi cuarto, dada su inexplicable alergia a todo lo relacionado con las matemáticas. De este modo, podría mantener mi secreto hasta mañana, cuando pudiera verla y confirmar hasta qué punto, lo que acababa de vivir esa tarde, era real.

La noche, curiosamente, transcurrió pesada entre los entresijos de mi coartada y mi inevitable realidad.

La frustración debida a mi incapacidad para dar con la clave del enigma matemático al que parecía enfrentarme, crecía de manera exponencial, conforme mi grado de cansancio iba del mismo modo en aumento. Todo ello, provocaba que mis pensamientos relacionados con los acontecimientos de esa misma tarde, se tornaran progresivamente hacia la negatividad más absoluta, resucitando esos viejos fantasmas que me alejaban de ella.

Agotado, derrotado y completamente abatido, el cansancio terminó por sobreponerse a mi mermada ilusión y a mi destrozado orgullo. Finalmente, mi querido despertador marcaba las 4:20 de la mañana cuando decidí sucumbir al desastre y rendirme ante la evidencia, adoptando la posición horizontal que me trasladaría directamente al tan ansiado mañana.

jueves, 12 de septiembre de 2013

El elitismo de los museos


Una vez más me siento aquí para compartir con vosotros mis inquietudes y pensamientos más íntimos, con el fin de trasladarles mis opiniones y críticas concretas acerca de todo aquello que nos rodea en nuestro día a día. Un alarde de cotidianidad y mediocridad intencionada, surgida desde la más sincera humildad e ignorancia.

Definido el contexto, aireo mis palabras en busca de posibles receptores dispuestos a compartir ideas. En este caso, el motivo de mis dudas, no es otro que la concepción de los museos contemporáneos. Apoyado en una tendencia muy clara adquirida por mi Málaga natal, me centro en entender el por qué de esta iniciativa y su consiguiente proliferación de espacios expositivos.

Cabe destacar, ante todo, que no pretendo en modo alguno juzgar este planteamiento, sino estudiar su evolución y analizar en lo posible, aquellos aspectos susceptibles de mejora o, en su defecto, pendientes de comprensión por mi parte.

Como auténtico ignorante en cuanto a Historia del Arte se refiere, y ciudadano tan inculto como inquieto, a partes iguales, me considero un ejemplar medio de estudio, bastante adecuado de cara al entendimiento de la labor efectuada por los museos como intermediarios culturales frente a la sociedad.

Es por ello que interesado en el factor didáctico y dinamizador de los museos, como referentes culturales por antonomasia, me he visto sorprendido en multitud de ocasiones, perplejo ante la magnificencia de determinados emblemas de este arte; así como embargado por el desconcierto, un irremediable cansancio, una intratable saturación visual y en ocasiones, incluso, aburrimiento, ante la desconexión existente entre estos importantísimos edificios, su contenido y yo.

Parto de la base, de que cuando alguien realiza el esfuerzo de acercarse a un museo para pagar la entrada y adentrarse en el recorrido planteado por su gestor a lo largo de su querida colección, lo mínimo que se merece es recibir una contrapartida cultural como recompensa. Con esto quiero decir, que todas esas burdas críticas orientadas a fustigar la incultura e ineptitud ciudadanas, pierden su valor y credibilidad en el mismo momento en que el visitante se acerca al edificio.

En mi opinión, ya ha realizado su parte, ha cumplido. Ha abandonado su cómoda y segura rutina para aprender, para disfrutar de lo desconocido y asimilarlo como conocido. Un proceso tan complejo como interesante.

Dicho esto, entiendo que en el mundo del Arte, como en cualquier otro sector, hay infinitos grados de conocimiento y sabiduría. Sin embargo, me preocupa que en los museos se parte de una base errónea. Si accedes a un museo por libre, sin haber investigado previamente su contenido, lo más probable es que no seas capaz de detectar las principales obras expuestas, ni aprender más allá del nombre del autor, año y nombre de la obra (sin olvidarnos del material con que se elabora). Esa es toda la información que nos ofrece un edificio cultural estándar. Ninguna aclaración del por qué de su instalación allí, ninguna pista acerca de los criterios que lo convierten en un elemento de máxima calidad artística; ni, por tanto, el más mínimo esfuerzo por acercarnos al Arte y con ello fomentar nuestro interés por volver o continuar en casa con nuestro proceso de aprendizaje.

Me temo que el museo se orienta preferentemente hacia aquellos visitantes cultos y/o formados, interesados en ampliar sus conocimientos previos.

En honor a la verdad, cabe dejar claro que cada vez son más las visitas guiadas ofrecidas por la mayoría de contenedores artísticos, en su afán por acercarse al ciudadano medio. No sólo es algo que debemos valorar, sino que podríamos incluso exigir. No en forma de una persona dedicada en cuerpo y alma a un grupo no siempre tan agradecido como debería. Sino como esfuerzo de apertura hacia la gente. No se necesita tanto, pero desde luego, es inapropiado pensar en un modelo tan extremista, en el cual existen dos versiones tan lejanas de museo. Una muy cerrada y opaca en la cual nadie te aporta nada, la diaria. Y una muy abierta y amable en la cual adornan las obras con anécdotas y aclaraciones del por qué de sus creaciones, la eventual.

Estoy seguro de que existen multitud de opciones intermedias que, sin perjudicar en modo alguno los deseos del autor, nos ayuden a encontrar el ansiado equilibrio y, en lo posible, lograr que resulte rentable a todos los niveles.

En una sociedad de la información, donde cada mínimo aspecto de nuestro entorno puede ser consultado en internet, me preocupa que cuente con museos de masas, orientados a unas masas a las cuales no responden, más allá de la instalación de una tienda de souvenirs. Como arquitecto, reconozco que me encuentro situado más bien en el lado de la balanza correspondiente a un espíritu minimalista, pero hay que tener claro que aquí el mínimo, siempre responde a un canon funcional, no estético.

Por desgracia, en ocasiones, me da la sensación de que existe un elitismo predominante en el Arte, que nos filtra a los visitantes en función de su cercanía a un mundo, culturalmente muy elevado. En mi opinión, el grado de cultura de una persona siempre radica no en lo elevado de sus maneras, sino en la habilidad para desenvolverse con la misma soltura sea cual sea el ambiente cultural en que se encuentre. Por ello, considerando los museos como el paradigma de la cultura, me encantaría que me demostraran que son igual de útiles e interesantes tanto para los eruditos o iniciados, como para los novatos e incluso despistados visitantes.

La cultura debería ser un producto turístico, académico o social, pero fácilmente accesible para todos los ciudadanos, sea cual sea su nivel cultural o su grado de interés.

Fácil, hagámoslo fácil.

martes, 3 de septiembre de 2013

El libro_p06


Capítulo 6

Un nuevo día se presenta ante nosotros con las mismas legañas y el mismo inexplicable cansancio con que tiene a bien recibirnos habitualmente.

Los días de gloriosa puntualidad se han ido sucediendo con gran maestría hasta el punto de que he logrado despojar a mis incrédulos compañeros de esa inevitable “sonrisilla” con la que se enfrentaban a mi llegada. Cada vez resultan más lejanos aquellos días fatídicos en los que mis retrasos me impedían acceder a ellos como el compañero que, sin duda, soy. Ahora son los deberes que pueblan nuestra pesada mochila quienes protagonizan nuestro ajetreado día a día.

No podría ocultar mi gran temor a ser nuevamente rechazado ante mi extrema dedicación al curso, mi obsesión por aprender y mantenerme al día en lo exigido. No sólo temía erigirme en el nuevo empollón del grupo sino evidenciar mi lamentable ausencia de entretenimientos extra escolares que pudieran alejarme en cierto modo de mi labor docente. Sin embargo, se ve que la edad nos situaba ante una realidad diferente a la que yo conocía. En este recién descubierto contexto, la sabiduría y obtención de buenos resultados, no implicaba en modo alguno motivo de burla entre mis compañeros, sino en la mayoría de los casos una gran indiferencia y, en determinados casos concretos, incluso algo de admiración e interés por mis conocimientos.

Mi recuperación alcanzaba ahora su cota más alta, al empezar a considerarme a mi mismo uno más, simplemente eso, un alumno del montón. Puede que algunos no entiendan esta afirmación, pero no sabría expresar mejor lo que desde aquel periodo vendría a llamarse satisfacción. Simple alegría por volver a sentir esa normalidad de la cual, hace años, fui despojado.

Hoy en día, mis preocupaciones volvían a centrarse en esas banalidades que nos hacen tan humanos. Olvidar mis objetivos de trivial para centrarme en lo trivial de mis objetivos.

Esto no esconde el desinterés cultural que mi madre parecía intuir. No. Por el contrario, mi vida reivindicaba su lugar preferente para deleitarme con esas pequeñas cosas que nos hacen tan especiales.

Mis nuevos compañeros comenzaban a recorrer el arduo camino hacia mi amistad, y lo más importante, me enseñaban el sendero por el cual acceder a la suya. Un deambular muy interesante e inspirador que hacía mucho que no experimentaba.

La única pega a tan delicioso avance personal, recaía sobre mi recién descubierta timidez. Esa inexplicable reacción que me impedía articular palabra alguna cuando mi interlocutor dejaba de ser alguno de mis compañeros para convertirse en ella, mi compañera, la chica de la tercera fila.

Mi miedo a que los demás notasen mi obsesivo interés, eclipsaba incluso mi temor a que ella pudiera descubrirme. Todo lo andado, en mi proceso de integración social en el grupo, no podía verse abandonado ante un falso movimiento hacia la que parecía candidata unánime a reina de la fiesta.

Entre líneas me esforzaba por obtener cualquier dato sobre ella o sus amigos, que pudiera acercarme a mi objetivo. El resultado: las muestras de admiración se completaban con celosos intentos por derrocar tan inminente reinado, entre sus supuestas iguales. Mientras el sector masculino coincidía orgulloso en un acuerdo absoluto sobre su belleza sin igual, las representantes del sector femenino se debatían entre una interesada amistad y sus incorruptibles enemigas, dispuestas a despreciar cada una de sus innegables virtudes.

Sea cual fuere la razón que motivaba a cada uno de ellos, mi conclusión resultaba cada vez más evidente. Si yo me consideraba aislado por deméritos propios, su situación no difería mucho de mi desgracia aunque por motivos bien diferentes. Su relación con la clase era bastante peculiar. Un mundo con dos caras muy alejadas. Por un lado, la sonriente mirada con que devolvían sus intentos de acercamiento; por otro lado, sus tardíos y amargos ecos de crítica con que eran posteriormente analizados sus actos.

En definitiva, empezaba a encontrar ciertas similitudes conmigo, salvando claramente las distancias.

Poco a poco, casi obligado por las amenazas del valiente de mi hermano, superaba a duras penas las barreras que me alejaban de ella. Cada mirada, cada intercambio de ideas, cada ejercicio en común se transformaba en mi principal fuente de energía de cara al próximo día, a mi próximo reto frente a ella. Una máquina algo oxidada y “fallona” que, por suerte, contaba con un motor que se realimentaba con cada nuevo logro.

He de reconocer que, no sé si fruto de mi gran ilusión o de su cierto aislamiento, mis acercamientos eran recibidos, desde mi punto de vista, con aparente alegría. Sería algo pretencioso decir que empezábamos a llevarnos bien, pero la realidad era que cada vez sucedían con mayor frecuencia esos “fortuitos” encuentros. Lo mejor de todo, era que ella comenzaba a sentirse parte de la ecuación, aportando inconscientemente su pequeño granito de arena a esta mega construcción que me había dispuesto a erigir.

Los intencionados retrasos con que forzaba ser el último en abandonar la clase con ella, daban lugar a unas interesantísimas conversaciones con las que aprender acerca de sus inquietudes y sus hobbies antes de abandonar el instituto y retomar cada uno nuestros respectivos caminos a casa.

Esta extraña costumbre no pasaba desapercibida en casa, ante las reprimendas de mi madre por mis cada vez más frecuentes y amplios descuidos frente a la hora estipulada para el almuerzo.

Mi hermano, que no era ni de lejos ajeno a mi cuidada e improvisada estrategia, supo ganarse mi confianza para contribuir como aliado en la consecución de tan trabajada conquista, acercándome en coche a casa y con ello suplir los retrasos derivados de aquellos extensos ratos de charla y flirteo con que cerrábamos distraídos el día de clase.

Cabe dejar claro, que su actitud, lejos de resultar altruista, escondía una estrategia no menos interesada por buscar aliados frente a posibles retrasos en los que él pudiera verse sumido en su intento por disfrutar al máximo de la compañía de su querida Rocío.

Como dos simples jóvenes de nuestra edad, nos utilizábamos mutuamente como coartadas frente a nuestros permisivos padres, quienes más que conscientes de nuestras sospechosas prácticas, se enorgullecían de la química con la que nos compenetrábamos mi hermano y yo.

Un nuevo hito en nuestra inmejorable relación que afianzaba con creces una amistad tan especial. Un apoyo sin igual en los malos momentos y, afortunadamente, no menos importante en los buenos.

Sin embargo, el apoyo de mi hermano no era mi principal alegría. Cada día, como si de una cita premeditada se tratara, el sonido del timbre de salida representaba para mi el inicio de mi verdadero día. La lenta y estudiada maniobra de recogida de la mochila, se veía correspondida por varias sonrisas pícaras entre mis apresurados compañeros, tan sólo eclipsadas por el fulgor de la más tierna y tranquila de todas. Aquella que paciente, esperaba mientras mantenía mi eficiente impostura.

Nuestro compromiso no hablado era total. No importaba quien se nos dirigiera o cuales fueran las circunstancias que precedieran al final de las clases, el resultado siempre era el mismo. Inmediatamente nuestras miradas se cruzaban inquietas en busca de esa confirmación silenciosa que nos permitiera relajarnos, conscientes de que una vez más, disfrutaríamos de nuestra ansiada tertulia. Era curioso ver cómo a lo largo del día nos evitábamos, confiados en el final de la jornada, como ese pequeño espacio de tiempo en el cual disfrutar el uno del otro, lejos de toda mirada indiscreta, lejos de todo cotilleo, lejos de todo. Solos ella y yo. Mi recién bautizado paraíso.

Como cada día, hoy no me gustaría encontrar esa famosa excepción que tiende a confirmar la regla. Nervioso, la última hora de clase transcurre entre ecuaciones matemáticas y algún que otro problema algo complejo de resolver. Más aún si el 90% de mis neuronas parecían dedicadas a una única operación matemática, tan sencilla como utópica. 1+1=X. Y ese era mi problema. Todo se resumía en la tremenda incógnita que habitaba esquiva pero omnipresente entre mis más ansiados sueños. Las dudas se multiplicaban sin control, fruto de la creciente ansiedad con que afrontaba la melodía que indicaba el fin del día académico y el inicio de mi principal tarea.

Apenas diez minutos antes del final de la clase, el profesor nos sorprendió con uno de esos problemas casi irresolubles, con que motivar a los alumnos más aventajados y fomentar entre el resto una sensación de envidia sana y admiración a partes iguales. Tras varias preguntas bastante incisivas emitidas al conjunto de la clase, el silencio más absoluto se apoderó de todo el aula. La tensión aumentaba descontrolada mientras mi intelecto mantenía su anunciada huelga indefinida. De este modo, transcurrieron los últimos instantes de clase, sin que ningún compañero mostrara el más mínimo interés en el pequeño reto planteado. Sin más, el tiempo llegó a su fin y con ello, la estampida general que solía suceder a tan añorada melodía.

La estúpida sonrisa se apoderaba irremediablemente de mí, pese a mis esfuerzos por esconder un secreto a voces. Totalmente inmerso en mi meditada actuación, centraba mis movimientos en un laborioso e intencionado proceso de organización de mi pupitre y mi mochila, cuando justo tras de mí, la sensación de alguien que se acercaba me obligó a girarme consciente de que esta premura no podía sino significar un manifiesto interés, por su parte, en contar con mi presencia. Incapaz ya de ocultar mi ilusión y pensando en ese ingenioso comentario que convirtiera ese momento en inolvidable, aprovechaba la ralentización de la escena para recrearme en su belleza. Sin embargo, donde esperaba encontrar sus maravillosos ojos verdes aderezados por una de sus innumerables y fascinantes muecas, resultó que se encontraban los fríos y profundos ojos marrones de mi profesor, cuyas lentes de contacto monopolizaron la escena ante la cercanía de mi inesperado interlocutor y el tremendo chasco asociado a él. Estupefacto y algo avergonzado, me dirigí a él con un saludo entrecortado que intenté disimular como un ingenuo gesto de sorpresa.

Este pequeño giro de los acontecimientos respondía a una sincera preocupación surgida en mi maestro, quien incapaz de ocultar su decepción, me reprendía por no haber manifestado ninguna opinión acerca del problema recién planteado. Confuso, me preguntaba si había algún problema que pudiera motivar tal falta de interés.

Mi repentina tartamudez no hacia sino aumentar. Inquieto me apresuré en encontrar una ingeniosa excusa que pudiera reconquistar su extinta confianza en mi, al tiempo que me permitiera resolver este contratiempo a la mayor brevedad posible. Todo ello, con la suficiente naturalidad como para alejar cualquier atisbo o sombra de duda acerca de mi entrega en su clase.

Con no pocos problemas, logré convencer a mi interlocutor de que no tenia por qué preocuparse, si no que se trataba simplemente de un conjunto de circunstancias puntuales, comandadas por una mala noche y un pico en mi gráfica de timidez.

Tras la consiguiente conversación improvisada de tipo matemático-social, todo parecía recobrar su normalidad. Afectuosos, nos despedimos, emplazándonos a nuestra próxima hora en común, con el firme compromiso por mi parte, de encontrar la solución a tan complejo ejercicio.

Capeado el temporal, mi cerebro se desprendía poco a poco de su espontánea tarea para centrarse en mi objetivo original. Un nuevo giro de cabeza, esta vez a “cámara superrápida”, acompañaba mi gran inquietud por el desafortunado e inapropiado imprevisto. La celeridad y brusquedad de mi gesto, no pudo evitar su fatídico resultado. La tercera fila se encontraba ya completamente vacía. A continuación, toda una serie de nerviosos y desesperados gestos vinieron a confirmar mis peores augurios. El fatídico día había llegado. Mi musa me había abandonado. Mi increíble racha triunfal había alcanzado su previsible final. La ausencia de compañero alguno, refrendaba una soledad aún mayor que se apoderaba a pasos agigantados de mi incrédulo y desolado cuerpo.

No me lo podía creer. Se había ido, sin más. Ni siquiera me había avisado de que tuviera prisa. Ni un mísero adiós.

No puede ser.

En realidad, es lógico que se haya ido. ¿Qué iba a hacer? ¿Se iba a quedar esperando que terminara de hablar con el profesor? Desde luego, ya le vale. Y todo por culpa del maldito problema. ¿A quién le importa ese estúpido acertijo? No me lo puedo creer, ¡qué mala suerte tengo!

Abatido termino mi proceso de empaquetado con inusual eficacia.

¿A quién quiero engañar? En el fondo, yo sabía que esto tenía que pasar. Una cosa es que fuera simpática, y otra muy diferente que estuviera interesada en mí. Esto me pasa por “flipado”. Ella es un “pivón” y yo soy un simple “don nadie”. ¿Qué esperaba? ¿Cómo he podido ser tan iluso? Hablaba conmigo porque no tenía nada mejor que hacer, y punto.

Ensimismado en mis tétricos pensamientos, abandonaba la clase y, con ella, un pedacito de mi recién descubierta ilusión. Triste y melancólico enfilaba la puerta en dirección a la escalera, cuando un inesperado golpe, acompañado de un grito de fingida indignación, interrumpían mi lamentable transcurrir.

  • ¡Hey! ¿Dónde vas con tanta prisa? ¿Pensabas irte así, sin más? - Esa voz. Desde lo más profundo de mi subconsciente, reconocía ese tono tan familiar. Inmediatamente mis cinco sentidos retomaban sus funciones para concentrarse en este nuevo imprevisto. Aún desconcertado, detenía mi marcha para dirigirme a él.
  • ¿Qué pasa? - Me esforzaba en decir, aún algo confundido. Mientras emitía esta inexpresiva expresión, mi tono cambiaba progresivamente desde la neutralidad inicial, hacia su máxima manifestación de felicidad, al descubrir atónito, cómo la culpable de tales acusaciones no era sino lo mas bonito de mi vida. Ella. Esta vez sí, sus penetrantes ojos y su impresionante mueca estaban ahí, sonrientes y juguetones.
  • ¡Hey! ¿Qué... Qué haces aquí? Pensaba que te habías ido.
  • ¿Cómo me iba a ir sin despedirme de ti? ¿Por quién me tomas? Esa es la imagen que tienes de mi... desde luego...

    Su saludo se acababa de convertir en la chispa que encendiera toda una explosión de júbilo y extrema satisfacción ante la sorpresa del día. La irrefutable confirmación de mis mejores deseos. Estaba ahí, me había esperado en la puerta del aula a que terminara. Eso solo podía significar una cosa.

    Y convencido de mi argumentación interior, me deje simplemente llevar por mi euforia, consciente de lo que se estaba cocinando en mi interior, aunque despojado de todo criterio. Con fuerzas renovadas y armado de un valor desconocido para mí, interrumpí su frase para rodear su esbelta figura con mi tembloroso brazo, en un gesto rápido y directo. Sin titubeos. Por primera vez desde que la conocía, las dudas se habían alejado de mí.

    Estaba completamente seguro de que era el momento, era el lugar. Ahora o nunca.

    Sin más, ordené a mis labios surcar el océano de incertidumbre que siempre nos había separado para atracar en la seguridad de sus carnosos e impactados labios. Un placer sin igual, que desgraciadamente, no parecía ser correspondido, a juzgar por su inerte reacción. Inmóvil, su boca mostraba el evidente contagio sufrido ante la parálisis de todo su cuerpo; sólo dos amplísimas cuencas colmatadas por sus atónitos ojos, evidenciaban restos de vida.

“¡¿En serio?! No puede ser”- pensé.

martes, 2 de julio de 2013

De bueno... tonto


Hoy me he levantado polémico, sí. En el buen sentido, como siempre, pero sí. Resulta que hoy es uno de esos días en los que me cuesta más mantenerme firme ante la adversidad. Harto de nadar contracorriente, me siento aquí para desahogarme y puede que incluso, alzar este canto desesperado en busca de posibles amigos que decidan unirse a esta triste pero necesaria queja.

Titulo este artículo como lo que soy. No os preocupéis. Estoy cada día más orgulloso de poder definirme así, de bueno tonto. Por más años que pasen, nadie es capaz de cambiar mi opinión al respecto. No soporto a la gente que huye de esta afirmación como si de un león se tratara.

Es que tú eres demasiado bueno.
De bueno es que eres tonto.
Tu problema es que la gente se ríe de ti en tu cara y no te enteras ....

Todas ellas expresiones tan crueles como reales. Pero, sin duda, la peor de todas:

¿De qué te sirve? ¿Tú te crees que lo van a valorar, que cuando llegue el momento no te la van a hacer? Tú lo que tienes que hacer es pensar más en ti.

Lo siento, pero no puedo más. ¿Cómo hemos podido llegar a esto? No me creo que haya nadie en este mundo al que le moleste que lo traten bien. Nada más. No estoy hablando de agasajar ni halagar a nadie. No hablo de hipocresía, no hablo de falsedad. Sólo hablo de naturalidad. Ser uno mismo y sacar lo mejor que tenemos dentro para hacer un poco más fácil la vida de quienes nos rodean. Y fijaos que no he empleado la palabra amigos o familia, siquiera conocidos. No necesito conocerte para tratarte bien. Evidentemente, mientras más te conozca y mayor sea el cariño que nos une, mejor será mi trato. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto asumir como punto de partida una visión optimista y alegre?

Es muy fácil quejarnos de nuestra mala suerte, nuestras desgracias y el mal ajeno sin pararse a analizar nuestras acciones y nuestro día a día. Yo no me considero perfecto, ni de lejos. Pero hago lo posible por aspirar a ello. La vida me pone en mi sitio y me enseña a diario que la perfección es un lejano tren en marcha, que se aleja progresivamente de mi, por más que yo intente correr. Imagino que una de las claves de la felicidad es asumir esta utopía, para entender la autoexigencia en su justa medida. Sin embargo, me preocupa que la inmensa mayoría de personas que lean estas palabras, sentirán vergüenza ajena, me tomarán por loco o algo peor, y con suerte sólo se referirán a mi para reírse entre amigos de mi estupidez. Pero eso, lógicamente, me da igual. Lo que me quita algo el sueño, es que estoy rodeado de gente dispuesta a exigir sin ofrecer. Me entristece saber que es más probable cruzarme con alguien egoísta que generoso, alguien ensimismado en sus únicos y exclusivos intereses que alguien capaz de hacerte partícipe de los suyos.

Hace algún tiempo, fui testigo indirecto de una de las historias más penosas que jamás haya podido escuchar. Uno de esos momentos en la vida, que marcan un antes y un después. De esos que te hacen pensar, pensar de verdad.

Una hija, afligida por la injusticia y el desazón, se dirige a su madre desconsolada, repleta de lágrimas. Su infortunio ha decidido volver a hacer acto de presencia para recordarle lo complejo que tiñe de ruina cada paso en su vida. Una vez más, lo que parecía un proyecto de futuro serio y consolidado, se torcía ante sí para mostrarle la más cruda de las realidades. No sólo estaba equivocada, sino que ahora era ella quien estaba ahí destrozada, mientras su inminente enemigo se regocijaba en su triunfo. No podía pasarle más que a ella. No aprendo, repetía entre llantos de amargura. En definitiva, uno de esos dramas tan difíciles de aceptar.

Su madre, impasible y paciente contertulia, escuchaba atentamente tan lamentable situación. Con ese cariño que sólo ellas son capaces de ofrecer, pañuelo en mano, secaba en silencio las lágrimas que bañaban las sonrosadas mejillas de su derrotada hija. Una mirada comprensiva y tierna, acompañaba sutil los pocos gestos puntuales de aprecio y ánimo con que demostraba su imperturbable atención. La tranquilidad propia de la sabiduría y la experiencia al servicio de su vehemente pequeña.

La razón por la que cuento esto no es otra que la impactante reacción de su madre.

Cuando su hija pareció vaciar el baúl de la tristeza, esta madre supo entender su momento y se dirigió a ella con voz pausada, afectiva y firme. Tu problema, hija mía, es que eres demasiado buena. No puedes ir por ahí así. La gente se aprovecha de ti. Tienes que pensar más en ti y tener un poco más de maldad.

¡Espectacular! Seguro que a ninguno os ha sorprendido, del mismo modo en que reaccioné yo. Sin embargo, el tiempo jugó su papel y asimilé lo peligroso de tal respuesta. No critico a una madre por querer lo mejor para su hija. No. Nos critico a todos, critico a la sociedad por permitir que esa sea la única reacción posible. Por acorralar a esa madre hasta el punto de desearle a su hija mayor maldad. ¿Somos conscientes de lo que ello supone? Puede que esta conclusión suene algo desproporcionada, pero os aseguro que no querría verme en esa situación. Y lo peor, es que estoy seguro de que la única razón por la cual aún no me he visto ahí, es porque no soy padre. Hubiese reaccionado exactamente igual, y eso es lo que me asusta y entristece a partes iguales.

Pues bien, a aquellos que hayan aguantado hasta el final de este lamentable conjunto de palabras, os diré algo. No os dejéis llevar por una sociedad infectada de negatividad y desleal competencia. Si vuestro interior os pide recibir al vecino con una sonrisa, desearle los buenos días en el ascensor o ayudar a la viejecita del quinto a bajar el carro de la compra... ¡Hacedlo! No os desaniméis si vuestros gestos son ignorados, malinterpretados o reprochados. No. Sabemos que lo realmente importante es la sonrisa con la cual uno se va a la cama. El silencio de conciencia necesario para dormir placenteramente. No sé por qué, pero sigo creyendo en que más allá de lo que la vida nos tenga previsto deparar, será mucho más llevadero si va acompañado de buenas sensaciones.

Haced una prueba, cuando vayáis a un comercio, dirigíos al dependiente como si lo conocierais, con una sincera sonrisa y un contundente saludo. Tratadlo como os gustaría que os trataran a vosotros. Sólo eso. Ni más ni menos. Con respeto, eso sí, y sin invadir la intimidad de nadie. En definitiva, con educación. Esa palabra casi obsoleta que, fruto de la evolución, ha derivado en una versión más madura y perversa de sí misma, maleducado. Una de las palabras más empleadas, curiosamente entre maleducados. Paradojas de la vida. Volviendo a mi sugerencia, mi experiencia personal es que, salvando algunas esporádicas excepciones, suelo salir del comercio con una sonrisa aún mayor que aquella con la que entré. Os lo recomiendo. Es una sensación brutal. ;-)

Dicho esto, confío en que estas reflexiones que deambulan en mi inquieta cabeza, nos sirvan a todos para pensar un poco más acerca de lo que representa nuestro día a día, aquello que nos convierte en lo que somos y en lo que nos gustaría realmente ser; que, con matices, nos une en torno a un mismo objetivo, ser felices.


miércoles, 26 de junio de 2013

El libro_p05


Capítulo 5

20 de Abril del 90.
Hola, chata, ¿cómo estás? 

¿Te sorprende que te escriba? 

Tanto tiempo es normal. 

Pues es que estaba aquí solo, 

me había puesto a recordar, 

me entró la melancolía 

y te tenía que hablar. (...)

Cantaban los Celtas Cortos en una de sus canciones más famosas. No podría decir que fuese una coincidencia, pero desde luego sí que se convirtió en uno de esos recuerdos que marcan una época de tu vida. Cada vez que sonaba tan curiosa melodía, no podía evitar el cúmulo de similitudes que asaltaban mi desordenada cabeza. Esa mezcla agridulce de melancolía y buenos deseos. Una carta dedicada a aquella bonita compañera que, con el paso del tiempo, había decidido abandonar su vida, sin dejar el más mínimo rastro. Un recuerdo amable destinado a cambiar un presente insuficiente y tornarlo en un futuro mejor. Un hito en el camino, una piedra angulosa capaz de frenarte para siempre o desviar tu sino hacia el destino que nunca soñaste, pero que siempre supiste anhelar.

Desde luego, este tipo de acontecimientos, suponen un riesgo excesivo en cualquier experiencia vital. Son situaciones tan intensas y emotivas que resultan difíciles de asimilar, y por tanto nos trasladan peligrosamente al mismísimo filo de la navaja, nos envían directamente a ese precipicio infinito en el cual, una delgada y tambaleante cuerda es nuestra única esperanza de mantenernos vivos. Tan sólo la paciencia, el equilibrio personal y el apoyo de nuestro entorno pueden acercarnos al milagro que nos aleje del desastre. Son momentos delicados en los cuales la más mínima racha de viento o contratiempo nos depararía una caída atroz.

Pues bien, quince años de aparente felicidad y una familia unida fueron mis únicos recursos defensivos ante la noticia que agitó todos los cimientos de mi recién iniciada existencia. Meses de pruebas médicas, analíticas varias, suposiciones, teorías tan diversas como erróneas, así como un compendio inabarcable de consejos de catálogo, sin fundamentos, se vieron derogados ante la fatídica decisión de mi equipo de diagnóstico.

Tras descartar desesperados todo tipo de enfermedades raras y desconocidas para mí, que incluso llegó a incluir entre risas una que llevara mi nombre, qué paradoja; por fin, la visita al hospital nos aportó algo más que dudas. La conclusión a la que pudieron llegar fue bastante sencilla y descorazonadora. Mis síntomas respondían inevitablemente a mi enfermedad. Sí, tal cual. Infinidad de similitudes pero ninguna coincidencia. Estaba ante una de las mayores incógnitas a las que jamás me había podido enfrentar. Sólo que en este caso, me resultaría bastante más complicado eso de despejarla.

Mis médicos no daban crédito a mi particular afección. Emplear palabras como frustración, dudas, cansancio, desazón, incluso la ausencia en todos los sentidos de crédito, sería poco para describir el ambiente reinante aquel día en mi habitación.

Nunca pensé que un homenaje pudiera tornarse en algo tan extraño como macabro. Mi nombre, mi historia, mis idas y venidas, todo yo... se veía de un día para otro asociado a aspectos tan negativos como dolorosos. Resulta muy difícil estar preparado para algo así, un duro golpe capaz de hundir al más fuerte, despojarte de toda esperanza y sumirte en el más cruel de los silencios. Un vasto vacío infinito en el cual parece no existir apoyo o descanso alguno, más que pura y desoladora soledad. Aislamiento, sin más.

Fueron muchos los días que permanecí en ese estado casi catatónico, intentando en vano escuchar las forzadas palabras de ánimo que se oían a mi alrededor, como un lejano susurro, débil, titubeante y triste.

Sin embargo, y de repente, la vida irrumpió en mí con tal fuerza que la oscuridad y el desierto emocional en el que me encontraba, se vieron inundados de una profunda y deslumbrante luz. La luz de la ilusión y el optimismo. En ese momento entendí que mi desgracia, escondía tras de sí mi principal esperanza. Si me enfrentaba a una enfermedad tan desconocida como imprevisible, contaba con una gran baza a mi favor, ¡todo es posible! Tanto lo peor como lo mejor. Y desde luego, mi vida no estaba ahora preparada para más desgracias, así que era el momento de creer en ese equilibrio que muchos defienden, para confiar en que de un modo u otro, me tocaba empezar a subir.

Una inmensa oportunidad para redescubrir el mundo, volver a empezar. Al fin y al cabo, ¿no es eso la vida? Un continuo aprendizaje en el cual comprender aquello que te rodea hasta entender aquello que te compone. Pues sí. Eso es. Nada había cambiado realmente, eran los demás quienes no podían asimilar lo que yo encerraba, pero nadie me había dicho nunca que mi existencia dependiera de ello, esa era una labor que me correspondía íntegramente a mí. Esa, afortunadamente, era mi responsabilidad, y era entonces cuando comenzaba a ejercerla.

Desde ese día, no habría más llantos melancólicos ni tristezas asociadas a lo que pudo ser y no fue. Cada sonrisa, cada lágrima, cada ojera y cada carcajada servirían, para siempre, a lo que estaba por venir. A aquello que me había sido permitido disfrutar. En definitiva, a vivir.

Lo primero que hice fue devolver a mi familia una de tantas muestras de cariño leal y desinteresado con que me habían agasajado durante todos estos meses. Me levanté de la cama de un salto, repleto de ganas y alegría, me adentré en el dormitorio de mis padres y de un certero brinco me planté entre sus brazos. Sólo mi emoción y una interminable sonrisa pudieron acallar el amago de infarto con que se despertaron mis atónitos progenitores. Se habían acostado con la amargura y zozobra como únicas compañeras de alcoba, para despertar al día siguiente rodeados de toneladas de ilusión y júbilo. Todo ello, sin olvidar lo que supone en su estado original que sean los ininteligibles gritos de su hijo quienes interrumpieran su obligado y esquivo idilio con Morfeo.

Escasos segundos de angustia dieron lugar a un festín de abrazos y lágrimas que no pudieron sino despertar al “empanado” de mi hermano, quien aún con los ojos pegados por sus inmensas legañas, se contagió de tal entusiasmo y felicidad emulando mi anterior acrobacia con igual puntería.

Desde aquel día, la congoja y la pena, darían paso a la mera incertidumbre, en el más amplio y optimista sentido de la palabra. En mi caso, mi principal motor, en el suyo, su mayor preocupación. Pero desde luego, sin duda, la mejor de las noticias.

Poco a poco, fui reencontrando mi bienestar previo a aquel fatídico desvanecimiento en el patio del colegio. Llevaba meses apartado del mundo que un día creí como mío. Por tanto, una de mis primeras tareas consistía en recuperar el tiempo perdido y ponerme al día con mis deberes. Nunca pensé que pudiera disfrutar tanto de esos ejercicios. Cada ecuación, cada fórmula, cada relato y cada vocablo extranjero suponían un nuevo peldaño en mi peculiar pero necesaria ascensión. No sin las correspondientes quejas de mi hermano, quien ajeno a todo lo que fluía por mi interior, se enfadaba ante el interés con que me enfrentaba a todo lo que él parecía odiar.

En paralelo a mi búsqueda del conocimiento infantil que se me presumía, la edad y el tiempo libre hicieron que me aficionara de nuevo a la lectura, eso sí, con las dificultades que eso suponía. La alimentación también jugaba un papel fundamental. Habían sido meses muy complicados en una etapa de crecimiento fundamental. Mi exagerada delgadez evidenciaba aún, aquellos problemas de los cuales mi mente ya había logrado desprenderse. Fue un verdadero placer recuperar el apetito voraz con que deleitaba a todos meses atrás. Sentir ese baile de sabores que amenizaba cada degustación. Consciente de cada centímetro de mi lengua, cada matiz aderezado por su correspondiente aroma. Un festival de sensaciones que nunca debí olvidar.

El proceso de regeneración mental dio lugar, poco a poco, a una recuperación ejemplar. Los días traían consigo fuerzas renovadas. La báscula confirmaba con exactitud lo que mi sonrisa ya anunciaba previamente. Las facciones de mi cara reivindicaban su hegemonía original. Mis ojos volvían a ser el fondo de una cavidad repleta de ilusión y alegría, que difícilmente compartía su lamentable pérdida de eficacia.

Afortunadamente, esa pérdida parcial de visión no me impedía observar con esperanza los grandes avances alcanzados en mi proceso de puesta a punto. El lado positivo de este tipo de evoluciones radica en la consciencia de un pasado fatal ante un presente más que prometedor. El dilema del vaso de agua, resulta más sencillo cuando el proceso es de llenado y a mitad de camino nos planteamos el estado del mismo.

Aún quedaba mucho recorrido por andar, pero la distancia alcanzada suponía un verdadero abismo para mis vigorosas facultades.

Este era mi momento y la impaciencia se apoderaba de mi con la vehemencia de un adolescente encerrado. Cada mañana, atormentaba sonriente a mi santa madre, ansioso por adentrarme nuevamente en la jungla urbana en la que me crié y en la que me recordaba con gran maestría. ¿Por qué no iba a poder valerme por mi mismo ahora? Mi inmadurez, más peligrosa que mi ceguera, me impedía ver peligro alguno tras el desafiante umbral de mi puerta. La rutina adquirida en los desplazamientos domésticos de mi controlada vivienda, acrecentaban aún más mi pletórica valentía, ajeno quizá al complejo mundo al cual pretendía enfrentarme.

  • Mamá, ¿cuánto queda?
  • No empecemos, ¡eh!
  • Vale. No te preocupes. No empiezo. Sólo era por saber si quedaba mucho. Nada más.
  • La madre que te parió, que soy yo. ¡Mira que eres pesado! - me decía mientras me dedicaba una de sus tiernas y cuidadosas sonrisas.
  • Bueno, tampoco es para ponerse así. Son ya casi las diez de la mañana y sólo te lo he preguntado un par de veces. - mi pícara mirada se cruzaba con su sorprendida expresión de paciencia infinita – Está bien, quizá más que un par, puedan ser varias docenas. Pero es que llevo ya más de dos horas en pleno ajetreo. Es normal que se me olvide algún que otro dato. Jajaja.
  • Jajaja. ¡Qué rollo tienes! Déjate de pamplinas, suelta el jamón de la nevera y ponte a estudiar, que es lo que tienes que hacer.
  • De verdad mamá, no sabes apreciar el placer de mi compañía.
  • Como no te sientes de una vez, vas a ser tu quien no disfrute más de mi presencia.
  • ¡Ofú! Pues nada, me voy. Solitario y abandonado me dirijo a mi tarea.
  • ¡Qué víctima eres! ¿A quién habrás salido? Porque está claro que a mi, que llevo todo el día sudando la gota gorda para levantar a esta familia, no. jajaja. - se reía mientras con un delicado guiño me invitaba cariñosamente a seguir con los deberes.

Y así, entre discusiones y carcajadas, nos hacíamos compañía mutuamente para llevar lo mejor posible un encierro tan agobiante como divertido. Un conjunto de paredes indisolubles que se erigía ante nosotros como la gran fortaleza que nos defendía de un entorno hostil y un miedo interno que se deslizaba sigiloso entre bambalinas.


lunes, 20 de mayo de 2013

De tapitas con... Jordi Vinyals


Un lunes más me encuentro ante uno de los principales referentes arquitectónicos que han condicionado mi carrera. No se trata de un afamado arquitecto, al menos todavía, pero sin duda aspira a convertirse en ello. Apunten bien este nombre: Jordi Vinyals.

La incredulidad podría apoderarse de algunos y desconfiar de tal afirmación, sin embargo, un simple vistazo a su curriculum, acallaría todo intento o amago de duda.

Veintisiete años, cinco idiomas fluidos, más de tres años de experiencia en los mejores estudios europeos del momento (incluidos Miralles, Nouvel y Kuma) y una carrera académica llena de logros, sólo podría verse ensombrecida por su gran trayectoria personal. La cara oculta de toda luna académica, tan importante como obviada en la mayoría de curriculum contemporáneos.

Un amante de la lectura, así como cualquier representación del arte, que no alardea de una cultura admirable y una madurez sorprendente. Humilde erudito, sorprende su aspecto más melómano.

Nuestra amistad surge como toda buena amistad debe surgir, sin querer. Casi de casualidad, nuestras trayectorias se encuentran en un lugar remoto, Berlín, atraídos por un interés común, la arquitectura de esta bella capital europea. Todo ello acompañado del consiguiente interés por el idioma alemán. Para ser completamente sincero, tampoco negaré que su ajetreada vida nocturna y su interminable oferta cultural influyeran en la elección de este destino Erasmus, al menos por mi parte.

Conviviendo en la misma residencia, a pocos meses de su demolición, amigos comunes nos recuerdan que compartimos la misma Escuela de Arquitectura (TUBerlin), lo cual deriva en lo que considero el inicio de todo esto:

Vagamente conocido, mi improvisado compañero de Proyectos, se dirige a mí a escasos segundos de comenzar la exposición con la cual introducirnos a nuestra profesora y futuros compañeros:
    - ¿Prefieres que nos presentemos en Inglés o en Alemán?
    - Ante tremenda tesitura, logro acallar la inmensa carcajada interna que invade mi interior. Sereno, respondo con un conciso: - Lo que prefieras. Empieza, que yo te sigo.

Lo que entendí como un acto de excelente superioridad, resultó ser una muestra más de su grandeza y de mi atrevida valentía. No me mentía un ápice al permitirse elegir entre ambas alternativas, de la misma forma en que mi sinceridad quedó presente al transmitir mi lamentable soltura en ambos idiomas por igual, así como mi garantizada capacidad para secundarle.

Así fue. Afortunadamente decidió iniciar con el inglés, la que sería la primera de muchas de las intervenciones más divertidas que, estoy seguro, ha vivido tan interesante universidad. Capaces de suplir nuestras carencias idiomáticas, especialmente en mi caso, con el desparpajo y simpatía propios de estas latitudes, logramos en pocos días evitar la indiferencia de nuestros asombrados espectadores.

Lo más importante, sin duda, ver que tras toda esa alocada fachada de sonrisas y diversión, se escondía una maravillosa pasión por nuestro trabajo.

A día de hoy, en plena visita por tierras andaluzas, este divertido catalán afincado en París demuestra una vez más su envidiable capacidad para disfrutar de la vida y hacer más fácil la de aquellos que le rodean.

Sin más, les dejo con el desarrollo de nuestra conversación.

Bueno, empecemos fuerte: ¿Que es para ti la arquitectura?
¡Demasiado fuerte! Creo que soy muy joven para dar definiciones, así que prefiero citar algo que leí ayer en un libro de Pallasmaa: “el proyecto moderno ha albergado el intelecto y el ojo, pero ha dejado sin hogar al cuerpo y al resto de los sentidos, así como a nuestros recuerdos, nuestros sueños y nuestra imaginación”. La apunté en mi cuaderno, creo que es una definición muy vigente si pensamos en las crecientes experiencias de distanciamiento y soledad en el mundo tecnológico actual.

Sí que empezamos fuerte, sí. Dicho esto, ¿cuándo decidiste ser arquitecto?
Pues tengo hermano y padre arquitectos, con eso ya te lo he dicho todo! Lo viví en casa desde pequeño, viajábamos mucho y con mi padre perseguíamos las piedras. Cuando empecé la universidad tuve la sensación de que era lo que siempre había querido estudiar.

Y ahora en serio, ¿con qué frecuencia te arrepientes?
Jajajaja. Si hubiera sabido la que venía mejor hubiera estudiado para inspector de hacienda que allí sobra trabajo, jaja. No, en serio, creo que arrepentimiento no es la palabra. Considero que los estudios de arquitectura son muy completos y de ellos aprendí a disfrutar de muchas cosas de dentro y fuera de la arquitectura. Hay pocas carreras que te den eso. Sin embargo, es cierto que después de unos estudios muy exigentes, el futuro profesional es menos esperanzador que nunca. Tengo amigos cercanos, ingenieros o abogados, que al menos pueden, con más o menos suerte, dedicarse a lo que han estudiado. En nuestro país, la mayoría de arquitectos de nuestra generación no pueden dedicarse a ser arquitectos y si lo hacen, aceptan unas condiciones laborales frecuentemente inaceptables.

Estoy de acuerdo, la verdad. ¿Cual consideras que es el proyecto más relevante que has hecho hasta ahora y cómo describirías la experiencia?
Sabes, al final cada proyecto en el que trabajas es relevante. De alguna manera entre el diseño de un mueble y un plan urbanístico, el ejercicio mental es el mismo, lo único que cambia es la escala. En Barcelona tuve la ocasión de llevar el diseño de una silla en mimbre, parece sencillo, pero el ejercicio de dominar un material es interesantísimo. Más tarde ya en Francia, pasé a trabajar en proyectos de gran escala y de urbanismo aprendiendo a coordinarme con toda la maquinaria de los grandes despachos. Enganché el Museo Louvre de Abu Dhabi en pleno desarrollo, me acuerdo la arquitecta americana que parametrizó la cúpula para reducir la temperatura exterior de 50 a 35 grados, y como los ingenieros británicos estudiaban como aguantar la cúpula de 180m de diámetro con 4 apoyos, puras virguerías! Después, mi paso a Kengo Kuma fue una vuelta al despacho familiar, aquí en París somos unos veinte, y uno puede participar plenamente y asumir más responsabilidades. Se respira el ambiente de equipo joven, con muchos proyectos por delante y con ganas de hacer bien las cosas. Justo ahora venimos de entregar un concurso para una filarmónica. Creo que la arquitectura japonesa tiene muy buena recepción en Francia y, ¡esperemos que dure!



¡Espectacular! Y a día de hoy, ¿qué le dirías a un estudiante de primero?
Que si quiere una vida fácil se vaya a la facultad de enfrente, jaja. No, es una buena pregunta. Recuerdo la primera frase que soltó Elías Torres en mi taller de Proyecto Final de Carrera: “A vuestra edad, yo tenía mucha menos idea de arquitectura que vosotros. No tengáis miedo a preguntar, no tengáis miedo a aprender”. Fue un año magnífico… Eso después de que pasara los primeros cursos de la universidad callando muchas peguntas a profesores que escondían su inseguridad intelectual con el descrédito directo al alumnado. A un alumno de primero le diría que pregunte cada frase, ¡cada palabra que no entienda! Solo un alumnado crítico puede cambiar las cosas.


Ojalá pudieras hacerlo, porque es uno de los mejores consejos que podrían recibir. Si tuvieses que escoger un proyecto ajeno, ¿cuál sería y por qué? Y puestos a elegir un arquitecto, ¿quién?
No tengo proyecto preferido, del mismo modo que no tengo arquitecto, color, libro o canción preferida. ¡¿Por qué quedarse con uno?! De cada buen arquitecto se sacan lecciones. Viviendo en París he tenido ocasión de descubrir edificios increíbles, pero tal vez, el último edificio que me impactó fue la casa-museo del arquitecto John Soane en una breve visita a Londres. No te sabría dibujar ni un alzado, ni una planta, ni una sección representativa del proyecto pero es uno de esos proyectos que no entran por el ojo, sino por el ambiente tan especial en que te sumerge. Pero volviendo a la pregunta, personalmente estoy satisfecho de que los últimos Pritzker hayan caído en manos de arquitectos suizos, portugueses y japoneses, creo que evidencia una autocrítica a la arquitectura icónica que ha predominado en los últimos años.

Interesante reflexión. De no haberte decidido por esta profesión, ¿cuál hubieses elegido?
Creo que periodista. ¿¿Aún estoy a tiempo, no?? ¡No lo he descartado! Jaja. Me gusta escribir y creo que los periodistas tienen la oportunidad de leer sobre infinitos temas con un contacto social mucho más cercano del que tenemos los arquitectos.

Siempre hay tiempo, aunque no creo que te haga falta. Jaja. Seamos sinceros, ¿cuál es tu mayor miedo?
Tengo la gran suerte de estar muy activo profesionalmente en estos momentos. Combinar el ritmo de concursos internacionales con calidad de vida personal es un tema que siempre me ha preocupado. La profesión de arquitecto es muy exigente y motivadora, saber encontrar el equilibrio con las demás parcelas de la vida lleva su tiempo.

Desde luego que sí. Bien, ahora que ya te conocemos, la pregunta estrella: ¿cuál es tu consejo para salir de la crisis?
Creo que no soy el más apropiado para dar una respuesta a la crisis española ya que la estoy viviendo desde el extranjero. Me preocupa pensar que un país que ha invertido y generado por primera vez una generación universitaria de las mejores de Europa, no tenga mecanismos para atraer o, al menos conservar, el talento generado. Las universidades españolas están muy bien consideradas en sectores como medicina, ingenierías o arquitectura. Yo mismo he vivido en distintos países y he experimentado este respeto internacional hacia la formación universitaria española. Parece absurdo que un país que hasta hace poco ha vivido años de gran crecimiento económico, no haya sido capaz de generar un tejido empresarial más diversificado, especializado e innovador. ¿Soluciones? Becas de retorno, campus de investigación, fomento a las empresas jóvenes, programas de intercambio… ¡hay que apostar por nuestra generación!

Di que sí, a ver si te oyen. Pero, ¿cómo entraste en esta crisis?¿Cómo puede afectar a esta profesión, y a ti como persona?
Cuando acabé la carrera en el 2010, el empleo de jóvenes arquitectos ya había tocado fondo. Trabajé de prácticas en Miralles&Tagliabue durante seis meses, pero mi objetivo ya estaba en partir al extranjero. Buscaba trabajar en cosas que me motivaran y en Barcelona, los despachos que admiraba ofrecían situaciones insostenibles. Puedo equivocarme, pero creo que en estos momentos es mejor arriesgarse a montar algo por uno mismo o irse al extranjero antes que aceptar determinadas condiciones o tareas de muy bajo aprendizaje. Admiro muchísimo a la gente que, como vosotros, estáis luchando la crisis desde Málaga y que en un contexto tan negativo habéis logrado haceros un hueco. Algunos compañeros arquitectos también lo están logrando en Barcelona, aunque cuesta. En mi caso, preferí irme al extranjero con una beca Leonardo. Francia es un país aún muy activo a nivel de concursos públicos y he tenido la oportunidad de trabajar en despachos donde he podido aprender mucho y evolucionar como arquitecto. Diría que la crisis también tiene sus efectos positivos, se esta gestando una generación mucho más flexible e internacionalizada que espero que luego pueda volver, aportar y cambiar las cosas en casa.


Me alegra saber que compartimos ese optimismo. Por último y más importante, ¿qué queda del joven que se adentró en esta carrera?
¡Las mismas ganas de siempre…que no hay que perderlas!

¡Olé! Puede que la gente piense que esto es un simple homenaje de amigo, pero me gustaría aclarar que es mucho más que eso. Se trata de una muestra inequívoca de admiración con la cual pretendo transmitirles una inyección tan necesaria como interesante de optimismo y humildad. Un placer que, una vez más, considero oportuno compartir para permitirles ser partícipes de un honor de este calibre. Confío en que les guste tanto como a mí. Por mi parte, eres siempre sinónimo de alegría, inteligencia y aprendizaje. Sin más, darte las gracias por tu tiempo y por dejarme disfrutar de tan agradable compañía. Te debo la visita. Sinceramente, un amigo. Un abrazo.

Y hasta aquí nuestro #LunesdeTapitas de hoy.

Un saludo.


De tapitas con...

Jordi Vinyals
Arquitecto