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miércoles, 20 de julio de 2016

Error fatal vs Incidencia de visado

Poco más que añadir, ¿no creéis? Si eres arquitecto, automáticamente habrás podido comprobar el macabro poder que ejercen estas simples palabras sobre nuestro bienestar. Irremediablemente, nuestras mentes se ven inundadas de infinitas anécdotas que lejos de resultar agradables, arrancan paradójicamente sinceras sonrisas en nuestros cariacontecidos rostros.

Dicen que es muy fina la línea que separa el amor del odio. Quizás sea esta la razón. Sin duda la prefiero ante la alternativa más lógica, la insinuada y no poco fundada locura del arquitecto.

Para los no familiarizados con tan “diabólicas” expresiones, intentaré acercaros un poco más a la realidad de nuestro gremio, a través de sus más simples y afiladas aristas.

“Error fatal” es una de esas expresiones que generan una interesante animadversión en su incrédulo lector. En un primer momento, es imposible no sentir una innombrable cantidad de furia contenida (salvo aquellos casos en los que lejos de ser filtrada, dicha fuerza de la naturaleza se vio abocada al elemento móvil más cercano en ese momento, véanse el ratón y el teclado como ejemplos más comunes), surgida de la frustración más irracional, fruto no sólo del cansancio al que suele preceder tan emblemático hito educativo, sino además del mensaje claro y conciso que es trasladado inmediatamente a tu cerebro: ¡no has guardado y lo sabes!

¿Cuántas horas de mi vida habré perdido?

Sin embargo, lo curioso de este momento radica en ese instante posterior en el cual analizas la situación desde la resignación del experto, para reconocer admirado la elocuencia y simplicidad del mensaje informático empleado: ERROR FATAL. Perdonad que recurra a las mayúsculas pero era importante transmitir la grandilocuencia de estas pocas letras.

En definitiva, estas palabras describen una realidad más común de lo que debería, en la cual los aplicados y desmotivados alumnos de arquitectura enfrentan su enésima noche sin dormir, una nueva velada dominada por el insomnio obligado, en la cual los automatismos de nuestro cuerpo aprovechan para delinear los recuerdos de lo que hace horas pareció una genial idea. Incontables horas sentado frente a la oscura pantalla del software CAD de turno, donde las líneas de colores parecen deambular ante la atenta mirada de un eje de coordenadas como único referente de la sensatez humana. Valiente referente, por cierto. Horas en las que tu mente ensaya comprometida los diferentes estados de ánimo atribuibles a todo ser humano, cual actor en prácticas. Una montaña rusa de sentimientos dominados por un único elemento común, esa impertérrita pantalla negra donde las líneas se entrelazan cual fiel recreación del mismísimo firmamento.

Puede que esta redacción os resulte caótica e incluso sin sentido, pero no sabría expresar de mejor modo ese maravilloso instante, normalmente asociado al amanecer, en que el reloj anuncia asustado la cercanía del tan temido límite de entrega con que nuestros queridos profesores habrían decidido condicionar nuestras vidas. En ese instante, sin dormir, sin comer y sin capacidad alguna ya para hablar (las únicas fuerzas restantes se centran en no destrozar el teclado con un somnoliento cabezazo), es cuando debemos afrontar la redacción del texto descriptivo que exprese el significado escondido tras el diseño definido durante tantas horas de altibajos. Es entonces, cuando la mayor cantidad posible de palabras debe inundar la pantalla bajo la dirección de un inexistente sentido literario y la inalcanzable estética coherente y cuidada que se espera de un texto de ese calibre. Una retahíla no filtrada destinada a rellenar con ahínco el hueco perfectamente previsto lustros atrás en su correspondiente panel. Una serie de párrafos enfundados en un elegante traje de seriedad, que sin embargo, jamás creo que hayan sido leídos por nadie (incluido el propio autor) pese a lo cómico y prometedor de su contenido.

Pues bien, situados ya en esa romántica estampa donde el rojizo destello del amanecer invade la insolente y desordenada habitación, centrados en hilar palabras con cierta dignidad; justo en ese instante, es cuando el ordenador, fruto del mismo cansancio reinante en la estancia cede definitivamente al agotamiento para deleitarte con un sincero y sutil SOS con el que anunciar su irremediable desconexión. Tal cual. Lo más maquiavélico de este hecho, es tan cruel anuncio de una muerte anunciada e inevitable. Unos segundos de pura incredulidad que vienen a desatar el clímax final de la exaltación sentimental sufrida. Un mensaje en una pantalla.

Ira, furia, odio, desesperación, depresión, resignación.

Un sencillo gesto asiente ante el detalle de aviso por parte del ordenador, dando así autorización al desastre. Cierre automático del programa, y con él, horas y más horas de ebullición intelectual, los últimos reductos de la esperanza ingenua del alumno fiel, trazos profundos de un diseño trasnochado, o un nuevo de ejemplo de creatividad desperdiciada sin más.

A partir de ahí, sólo queda descansar, aquello que deberíamos haber hecho siglos atrás, para afrontar una última batida, siempre surgida desde el peor de los escenarios previstos. Un ejercicio admirable de eficiencia y alarde mnemotécnico por el cual esbozar lo ya generado en pocos minutos, con idea de maquillar un hundimiento más que probable, con el recuerdo de lo que pudo ser y no fue.

Bendita la hora en que aprendimos a guardar a cada instante.

En ocasiones, cuando varios compañeros se reúnen en cónclave frente a algún ajeno al sector, suelen lograr en sus sorprendidos interlocutores las mayores muestras de pena y compasión ante tal grado de desgracia y crudeza.

No es ese mi objetivo, sino más bien permitir que tanto propios como ajenos contribuyan a la necesaria transformación de este tópico drama en la atípica parodia que debería ser.

Eso sí, error fatal, célebre y aventajado emisario de la desgracia, podría ser calificado de indefenso principiante ante nuestro siguiente protagonista.

Sí señores. La versión 2.0 del mismísimo Error Fatal. Ni más ni menos que la temida e inevitable “Incidencia de Visado”. Si el contexto anterior lo conformaban el insomnio, el cansancio y la presión académica; en este caso, los actores principales resultan ser nuevamente el cansancio, la infinita creatividad burocrática de este país y el innegable amor por el ayer que contagia al sector de los clientes. Una coctelera de estrés, agotamiento, frustración e incomprensión, aderezada con toneladas de desidia, que desemboca en la indescriptible espera desesperada en torno a un sencillo email. Aquel que marcará el destino de tu día, tu proyecto, tu cliente, y por qué no, el sustento de tu familia.

La agónica espera que antecede al mencionado email culmina, como no podía ser de otro modo, innumerables llamadas sin éxito mediante, con la llegada de un mensaje a tu bandeja de entrada. Mensaje recibido del Colegio de Arquitectos. Mientras tu cerebro procesa la información de tan esperado invitado para confirmar que es efectivamente quien dice ser, por fin, esta ceremonia precede al mensaje correcto, no como las múltiples experiencias fallidas anteriores en las que no se trataba más que del típico mensaje publicitario de la empresa de muebles de siempre.

Abres el mensaje con una mezcla sin igual de ilusión y pánico. Tus ojos recorren atropellados los contenidos inútiles que adornan toda comunicación. No puede ser. De un seco frenazo no sin derrapar, tu mirada se clava en la primera frase de tan esperado anuncio: Incidencia de visado.

A lo cual acompaña un ingenioso extracto de El Quijote, oportunamente mezclado con ciertos retales de literatura normativa del más alto nivel. Conclusión, una verborrea incomprensible que tan sólo sirve como condimento al plato principal, un suculento filete de negación por el cual se nos invita amablemente a corregir algún aspecto de suma importancia en la redacción de una memoria técnica repleta de datos, o la repetición de algún plano mal delineado o incluso mal impreso. Todos ellos aspectos formales, por pura definición del control documental asociado al visado, y en muchos casos fruto de una interpretación diversa en cuanto al modo en que expresar la misma información.

En definitiva, lejos de entrar en una crítica no ansiada en este artículo, un nuevo retraso que desde ese mismo instante nos vemos obligados a explicar a nuestro incrédulo cliente. Una nueva decepción atribuible a nuestro servicio. Uno más de los múltiples obstáculos que guían el camino del arquitecto moderno. Maestros de la psicología ante propios y ajenos, más bien los primeros. Un máster no académico acerca de las más extremas explosiones de tipo emocional.

Una incidencia más en tan agradable recorrido desde lo privado a lo público, para retornar henchido de ganas y fuerzas renovadas a nuestro privado incitador.

Muchas gracias a todos los que con vuestro esfuerzo diario pobláis nuestra vida de inolvidables lecciones profesionales capaces de trascender el límite de lo personal.


lunes, 20 de mayo de 2013

De tapitas con... Jordi Vinyals


Un lunes más me encuentro ante uno de los principales referentes arquitectónicos que han condicionado mi carrera. No se trata de un afamado arquitecto, al menos todavía, pero sin duda aspira a convertirse en ello. Apunten bien este nombre: Jordi Vinyals.

La incredulidad podría apoderarse de algunos y desconfiar de tal afirmación, sin embargo, un simple vistazo a su curriculum, acallaría todo intento o amago de duda.

Veintisiete años, cinco idiomas fluidos, más de tres años de experiencia en los mejores estudios europeos del momento (incluidos Miralles, Nouvel y Kuma) y una carrera académica llena de logros, sólo podría verse ensombrecida por su gran trayectoria personal. La cara oculta de toda luna académica, tan importante como obviada en la mayoría de curriculum contemporáneos.

Un amante de la lectura, así como cualquier representación del arte, que no alardea de una cultura admirable y una madurez sorprendente. Humilde erudito, sorprende su aspecto más melómano.

Nuestra amistad surge como toda buena amistad debe surgir, sin querer. Casi de casualidad, nuestras trayectorias se encuentran en un lugar remoto, Berlín, atraídos por un interés común, la arquitectura de esta bella capital europea. Todo ello acompañado del consiguiente interés por el idioma alemán. Para ser completamente sincero, tampoco negaré que su ajetreada vida nocturna y su interminable oferta cultural influyeran en la elección de este destino Erasmus, al menos por mi parte.

Conviviendo en la misma residencia, a pocos meses de su demolición, amigos comunes nos recuerdan que compartimos la misma Escuela de Arquitectura (TUBerlin), lo cual deriva en lo que considero el inicio de todo esto:

Vagamente conocido, mi improvisado compañero de Proyectos, se dirige a mí a escasos segundos de comenzar la exposición con la cual introducirnos a nuestra profesora y futuros compañeros:
    - ¿Prefieres que nos presentemos en Inglés o en Alemán?
    - Ante tremenda tesitura, logro acallar la inmensa carcajada interna que invade mi interior. Sereno, respondo con un conciso: - Lo que prefieras. Empieza, que yo te sigo.

Lo que entendí como un acto de excelente superioridad, resultó ser una muestra más de su grandeza y de mi atrevida valentía. No me mentía un ápice al permitirse elegir entre ambas alternativas, de la misma forma en que mi sinceridad quedó presente al transmitir mi lamentable soltura en ambos idiomas por igual, así como mi garantizada capacidad para secundarle.

Así fue. Afortunadamente decidió iniciar con el inglés, la que sería la primera de muchas de las intervenciones más divertidas que, estoy seguro, ha vivido tan interesante universidad. Capaces de suplir nuestras carencias idiomáticas, especialmente en mi caso, con el desparpajo y simpatía propios de estas latitudes, logramos en pocos días evitar la indiferencia de nuestros asombrados espectadores.

Lo más importante, sin duda, ver que tras toda esa alocada fachada de sonrisas y diversión, se escondía una maravillosa pasión por nuestro trabajo.

A día de hoy, en plena visita por tierras andaluzas, este divertido catalán afincado en París demuestra una vez más su envidiable capacidad para disfrutar de la vida y hacer más fácil la de aquellos que le rodean.

Sin más, les dejo con el desarrollo de nuestra conversación.

Bueno, empecemos fuerte: ¿Que es para ti la arquitectura?
¡Demasiado fuerte! Creo que soy muy joven para dar definiciones, así que prefiero citar algo que leí ayer en un libro de Pallasmaa: “el proyecto moderno ha albergado el intelecto y el ojo, pero ha dejado sin hogar al cuerpo y al resto de los sentidos, así como a nuestros recuerdos, nuestros sueños y nuestra imaginación”. La apunté en mi cuaderno, creo que es una definición muy vigente si pensamos en las crecientes experiencias de distanciamiento y soledad en el mundo tecnológico actual.

Sí que empezamos fuerte, sí. Dicho esto, ¿cuándo decidiste ser arquitecto?
Pues tengo hermano y padre arquitectos, con eso ya te lo he dicho todo! Lo viví en casa desde pequeño, viajábamos mucho y con mi padre perseguíamos las piedras. Cuando empecé la universidad tuve la sensación de que era lo que siempre había querido estudiar.

Y ahora en serio, ¿con qué frecuencia te arrepientes?
Jajajaja. Si hubiera sabido la que venía mejor hubiera estudiado para inspector de hacienda que allí sobra trabajo, jaja. No, en serio, creo que arrepentimiento no es la palabra. Considero que los estudios de arquitectura son muy completos y de ellos aprendí a disfrutar de muchas cosas de dentro y fuera de la arquitectura. Hay pocas carreras que te den eso. Sin embargo, es cierto que después de unos estudios muy exigentes, el futuro profesional es menos esperanzador que nunca. Tengo amigos cercanos, ingenieros o abogados, que al menos pueden, con más o menos suerte, dedicarse a lo que han estudiado. En nuestro país, la mayoría de arquitectos de nuestra generación no pueden dedicarse a ser arquitectos y si lo hacen, aceptan unas condiciones laborales frecuentemente inaceptables.

Estoy de acuerdo, la verdad. ¿Cual consideras que es el proyecto más relevante que has hecho hasta ahora y cómo describirías la experiencia?
Sabes, al final cada proyecto en el que trabajas es relevante. De alguna manera entre el diseño de un mueble y un plan urbanístico, el ejercicio mental es el mismo, lo único que cambia es la escala. En Barcelona tuve la ocasión de llevar el diseño de una silla en mimbre, parece sencillo, pero el ejercicio de dominar un material es interesantísimo. Más tarde ya en Francia, pasé a trabajar en proyectos de gran escala y de urbanismo aprendiendo a coordinarme con toda la maquinaria de los grandes despachos. Enganché el Museo Louvre de Abu Dhabi en pleno desarrollo, me acuerdo la arquitecta americana que parametrizó la cúpula para reducir la temperatura exterior de 50 a 35 grados, y como los ingenieros británicos estudiaban como aguantar la cúpula de 180m de diámetro con 4 apoyos, puras virguerías! Después, mi paso a Kengo Kuma fue una vuelta al despacho familiar, aquí en París somos unos veinte, y uno puede participar plenamente y asumir más responsabilidades. Se respira el ambiente de equipo joven, con muchos proyectos por delante y con ganas de hacer bien las cosas. Justo ahora venimos de entregar un concurso para una filarmónica. Creo que la arquitectura japonesa tiene muy buena recepción en Francia y, ¡esperemos que dure!



¡Espectacular! Y a día de hoy, ¿qué le dirías a un estudiante de primero?
Que si quiere una vida fácil se vaya a la facultad de enfrente, jaja. No, es una buena pregunta. Recuerdo la primera frase que soltó Elías Torres en mi taller de Proyecto Final de Carrera: “A vuestra edad, yo tenía mucha menos idea de arquitectura que vosotros. No tengáis miedo a preguntar, no tengáis miedo a aprender”. Fue un año magnífico… Eso después de que pasara los primeros cursos de la universidad callando muchas peguntas a profesores que escondían su inseguridad intelectual con el descrédito directo al alumnado. A un alumno de primero le diría que pregunte cada frase, ¡cada palabra que no entienda! Solo un alumnado crítico puede cambiar las cosas.


Ojalá pudieras hacerlo, porque es uno de los mejores consejos que podrían recibir. Si tuvieses que escoger un proyecto ajeno, ¿cuál sería y por qué? Y puestos a elegir un arquitecto, ¿quién?
No tengo proyecto preferido, del mismo modo que no tengo arquitecto, color, libro o canción preferida. ¡¿Por qué quedarse con uno?! De cada buen arquitecto se sacan lecciones. Viviendo en París he tenido ocasión de descubrir edificios increíbles, pero tal vez, el último edificio que me impactó fue la casa-museo del arquitecto John Soane en una breve visita a Londres. No te sabría dibujar ni un alzado, ni una planta, ni una sección representativa del proyecto pero es uno de esos proyectos que no entran por el ojo, sino por el ambiente tan especial en que te sumerge. Pero volviendo a la pregunta, personalmente estoy satisfecho de que los últimos Pritzker hayan caído en manos de arquitectos suizos, portugueses y japoneses, creo que evidencia una autocrítica a la arquitectura icónica que ha predominado en los últimos años.

Interesante reflexión. De no haberte decidido por esta profesión, ¿cuál hubieses elegido?
Creo que periodista. ¿¿Aún estoy a tiempo, no?? ¡No lo he descartado! Jaja. Me gusta escribir y creo que los periodistas tienen la oportunidad de leer sobre infinitos temas con un contacto social mucho más cercano del que tenemos los arquitectos.

Siempre hay tiempo, aunque no creo que te haga falta. Jaja. Seamos sinceros, ¿cuál es tu mayor miedo?
Tengo la gran suerte de estar muy activo profesionalmente en estos momentos. Combinar el ritmo de concursos internacionales con calidad de vida personal es un tema que siempre me ha preocupado. La profesión de arquitecto es muy exigente y motivadora, saber encontrar el equilibrio con las demás parcelas de la vida lleva su tiempo.

Desde luego que sí. Bien, ahora que ya te conocemos, la pregunta estrella: ¿cuál es tu consejo para salir de la crisis?
Creo que no soy el más apropiado para dar una respuesta a la crisis española ya que la estoy viviendo desde el extranjero. Me preocupa pensar que un país que ha invertido y generado por primera vez una generación universitaria de las mejores de Europa, no tenga mecanismos para atraer o, al menos conservar, el talento generado. Las universidades españolas están muy bien consideradas en sectores como medicina, ingenierías o arquitectura. Yo mismo he vivido en distintos países y he experimentado este respeto internacional hacia la formación universitaria española. Parece absurdo que un país que hasta hace poco ha vivido años de gran crecimiento económico, no haya sido capaz de generar un tejido empresarial más diversificado, especializado e innovador. ¿Soluciones? Becas de retorno, campus de investigación, fomento a las empresas jóvenes, programas de intercambio… ¡hay que apostar por nuestra generación!

Di que sí, a ver si te oyen. Pero, ¿cómo entraste en esta crisis?¿Cómo puede afectar a esta profesión, y a ti como persona?
Cuando acabé la carrera en el 2010, el empleo de jóvenes arquitectos ya había tocado fondo. Trabajé de prácticas en Miralles&Tagliabue durante seis meses, pero mi objetivo ya estaba en partir al extranjero. Buscaba trabajar en cosas que me motivaran y en Barcelona, los despachos que admiraba ofrecían situaciones insostenibles. Puedo equivocarme, pero creo que en estos momentos es mejor arriesgarse a montar algo por uno mismo o irse al extranjero antes que aceptar determinadas condiciones o tareas de muy bajo aprendizaje. Admiro muchísimo a la gente que, como vosotros, estáis luchando la crisis desde Málaga y que en un contexto tan negativo habéis logrado haceros un hueco. Algunos compañeros arquitectos también lo están logrando en Barcelona, aunque cuesta. En mi caso, preferí irme al extranjero con una beca Leonardo. Francia es un país aún muy activo a nivel de concursos públicos y he tenido la oportunidad de trabajar en despachos donde he podido aprender mucho y evolucionar como arquitecto. Diría que la crisis también tiene sus efectos positivos, se esta gestando una generación mucho más flexible e internacionalizada que espero que luego pueda volver, aportar y cambiar las cosas en casa.


Me alegra saber que compartimos ese optimismo. Por último y más importante, ¿qué queda del joven que se adentró en esta carrera?
¡Las mismas ganas de siempre…que no hay que perderlas!

¡Olé! Puede que la gente piense que esto es un simple homenaje de amigo, pero me gustaría aclarar que es mucho más que eso. Se trata de una muestra inequívoca de admiración con la cual pretendo transmitirles una inyección tan necesaria como interesante de optimismo y humildad. Un placer que, una vez más, considero oportuno compartir para permitirles ser partícipes de un honor de este calibre. Confío en que les guste tanto como a mí. Por mi parte, eres siempre sinónimo de alegría, inteligencia y aprendizaje. Sin más, darte las gracias por tu tiempo y por dejarme disfrutar de tan agradable compañía. Te debo la visita. Sinceramente, un amigo. Un abrazo.

Y hasta aquí nuestro #LunesdeTapitas de hoy.

Un saludo.


De tapitas con...

Jordi Vinyals
Arquitecto




jueves, 28 de junio de 2012

Concurso, luego pienso (3/14)


    1. Movimiento de tierras



El lunes trajo consigo la primera reunión del equipo, cuatro arquitectos de edades bastante dispares, dispuestos a transformar esta crisis en una propuesta decente e ilusionante para su ciudad. Una puerta de escape de la rutina pesimista en la que se habían convertido sus estudios. Una oportunidad para compartir cuatro meses de arquitectura y risas con sus amigos, y yo. Sí, y yo. Porque resulta que este maravilloso equipo estaba compuesto por tres arquitectos compañeros de promoción y amigos desde hace años, a los que se agrega un servidor, veinte años más joven pero con las mismas ganas de crear y disfrutar.

Sería un necio si negara que aquel día me encontraba lleno de ilusión e inquietud a partes iguales, con la previsible preocupación derivada de un equipo en el cual sólo conozco cómo trabaja uno de ellos y donde, sin lugar a dudas, soy la principal incógnita de la ecuación. No obstante, jamás he dejado que este tipo de inquietudes me frenen ante oportunidades de este calibre. Es preferible salir rechazado antes que evitar el desastre sin intentarlo.

Los primeros instantes de la reunión se centran en el acercamiento a las bases del concurso, previamente revisadas por cada uno de nosotros, y un debate acerca del posible calendario de trabajo que mejor se amolde a cada uno.

Puede que sea el único reflejo de seriedad que reina en la mesa, el resto del tiempo se centra en el recuerdo de anécdotas e historias varias que mis compañeros se animan a compartir conmigo, aderezadas con pequeñas muestras de mi corta experiencia, no sólo vital sino también profesional.

Evidentemente mi papel aquí es secundario, no me cuesta lo más mínimo mantenerme discreto ante su más que notable superioridad, vestido de humildad y respeto. Sin embargo, no renuncio a mi personalidad, tan osada a veces. Es por ello que me integro rápidamente en una dinámica en la cual me siento como pez en el agua, o quizás sean ellos los que me ayudan a sentirme así. Sea como fuere, desde el primer momento somos cuatro arquitectos en igualdad de condiciones, luchando por un bien común: disfrutar de la arquitectura. El resto, risas y buenos ratos entre el bar y el estudio de uno de los integrantes.

Finalmente decidimos imponernos una reunión semanal para ir avanzando poco a poco en el análisis global del concurso y la búsqueda de referencias internacionales. Nunca pensé lo difícil que puede llegar a resultar dimensionar tu propia ciudad, asimilar esas calles por las cuales hemos transitado infinidad de veces. No es hasta que las comparas con otras referencias también cotidianas o quizás impactantes, que no interiorizas realmente tu entorno. Si no, haced la prueba con los elementos de vuestra propia casa.

Como muestra un botón: aún me impresiona uno de los shocks más recientes que me ha tocado vivir, cuando en mitad del diseño de un bloque de viviendas aislado, con dos viviendas por planta en una pequeña parcela, decidí insertar una pista de pádel para dotar de mayor calidad a la idea y rellenar ese espacio que creía inmenso. Cuál fue mi sorpresa al comprobar que la pista no sólo no entraba, sino que era igual de grande que el citado bloque. No podía creerlo. Soy bastante aficionado a este deporte, y jamás pensé que pudiera vivir en una pista, menos aún dos viviendas y su correspondiente núcleo de comunicaciones.

Ahí fue cuando volví a analizar las dimensiones de una pista de pádel, las cuales sabía de memoria aunque permanecían por descifrar en mi cerebro, 20x10 metros. Sí, cada campo no es sino un área de 10 metros de lado, lo cual supone una superficie de 100 metros cuadrados. ¿Se dan cuenta? ¿Cuántas de sus viviendas miden más de 100 metros cuadrados? No creo que hayan olvidado la polémica de las viviendas para jóvenes integradas en 30 míseros metros cuadrados. Digo míseros, ya que supone vivir en un tercio de uno de los lados de la pista de pádel. Impactante.

En fin, volviendo a nuestra historia urbana, entenderán que este fenómeno se multiplicase exponencialmente conforme más nos adentrábamos en el análisis del ámbito del concurso. Necesitábamos no sólo conocer las dimensiones del elemento en cuestión, sino ser capaces de interiorizar dichos datos hasta el punto de poder actuar sobre ellos sin perder de vista el contexto global. No caer en algo tan común como suele ser, centrarse tanto en un punto concreto, que no te permite ver el resto. De ahí que el diseño en equipo suela funcionar bien; cada uno observa desde un prisma diferente y eso permite que siempre haya alguien dispuesto a analizar un problema con perspectiva, no cegado por los detalles, sino observando la realidad desde la distancia, considerando los aspectos primordiales.

Así fue como empezamos a aproximarnos a la ciudad, dando un paso hacia delante y otros dos hacia atrás. Profundizas, obtienes datos de interés y, posteriormente, te alejas para ponerlos en su lugar. A veces cada uno dirige sus vaivenes, otras son los compañeros los que te fuerzan a recapacitar. Una ciudad es un ente tan complejo como cotidiano. Lo cual supone que su análisis puede ser todo lo extenso que uno quiera. Es fundamental no perder de vista el objetivo final, no dejarse llevar por la curiosidad que implica encontrar novedades en una ciudad que vives a diario.

¿Cuántos de vosotros se han parado a pensar cómo afecta el sentido de circulación de su calle al funcionamiento global del tráfico de su ciudad? Hasta aquel día, yo era uno más, no se preocupen.

En este sentido, el tráfico fue uno de los primeros análisis que realizamos. Hoy día, poder desplazarnos con agilidad y libertad es una de las principales preocupaciones que nos supone la urbe. Es por ello que antes de realizar cualquier intervención sobre el eje de esta capital, debíamos entender su funcionamiento, sus carencias y virtudes, sus posibles mejoras.

Todo ello, salpicado de ejemplos y actuaciones previas que alguno había encontrado el pasado fin de semana o ese mismo día, porque resulta que en un concurso se acrecienta otro de los principales rasgos de la mente humana: basta que nos interesemos por algo para que parezca que el mundo se empeña en bombardearnos con referencias a ese aspecto concreto, independientemente de lo invisible que pudiera resultar anteriormente.

Es como cuando alguien cercano se queda embarazado, desde ese instante todo el mundo se pondrá de acuerdo para aumentar la población al mismo tiempo, o, al menos, eso nos parece, ¿no es así?.

Pues bien, entre carritos y preñadas, nuestras vidas se encuentran ineludiblemente rodeadas de continuas referencias al concurso. Todo parece alinearse para que cada noticia, comentario o imagen de nuestro entorno, suponga una oportunidad de cara a la creación de nuestra gran obra. Nunca más podremos disfrutar de un ignorante paseo por la calle, un rato de ocio en el parque o momentos de meditación en la playa. No. El concurso lo invade todo. La máquina se ha activado y no podrá detenerse a nuestro antojo. Incluso durmiendo parece que hay alguna neurona rebelde dispuesta a continuar con su ardua tarea. Dicho así, podría parecer algo negativo, y de hecho a veces lo es, pero no cabe duda que al final merece la pena. Es por ello que, tras un tiempo de desconexión, todos volvemos a adentrarnos en esta peculiar práctica profesional, sea cual sea el resultado obtenido.

Volviendo al trabajo, seguimos analizando calles, autovías, carriles bici y demás ejes estructurantes. Nos esforzamos por entender los entresijos de este complejo organismo.

No obstante, lo más complicado resulta ser la parte hidrológica, o quizás hidráulica. Sólo el término con el que referirnos a ello, ya supone un auténtico dilema. Imaginaos el resto. Debemos entender los por qué de nuestro río, sus crecidas y sus ausencias, su historia. Su pasado, presente y sus posibles futuros.

Ello podríamos lograrlo a través de años de aprendizaje con una carrera apropiada para tal fin, seguido de ciertos estudios empíricos, o aprender de los buenos que ya pasaron por ahí. Evidentemente nuestro masoquismo no alcanza tales cotas y decidimos por una vez atajar a través de la segunda de las opciones. Pese a ello, que nadie piense que basta con leer complejos informes al respecto, varias veces por cierto, sino que hace falta cambiar algo el chip y completar dichas lecturas con alguna que otra investigación auxiliar.

Más allá de esta aparente complejidad, el resultado es bien sencillo, no tenemos ni idea, por más que nos empeñemos en disfrazarnos de ingenieros. Así que la coherencia retorna al grupo y nos ayuda a sumar, interpretar a los ingenieros desde una perspectiva arquitectónica y urbanística tan diversa como necesaria. Es entonces cuando empieza a dar frutos este proceso. No pretendemos entender dichos informes, sino analizar su repercusión sobre la ciudad y de esta forma seleccionar la solución más apropiada conforme a nuestras aspiraciones. Zapatero a tus zapatos.

Para ello, no nos engañemos, resulta crucial la labor de nuestro equipo de ingenieros. Sí. Un concurso de este nivel no puede ser realizado exclusivamente por cuatro arquitectos aislados. Así es como entran en escena, nuestros siguientes protagonistas en la historia, un grupo de profesionales traídos a colación por uno de nuestros compañeros, para afianzar nuestras decisiones arquitectónicas y filtrar nuestros deslices técnicos, a la vez que guiar nuestras interpretaciones de los informes hidráulicos ya comentados.

Su más que probada experiencia y talento, se imponen a la distancia a la cual se encuentran, siendo las nuevas tecnologías las auténticas culpables de su participación. Una comunicación menos fluida demanda, por el contrario, una mayor eficiencia en nuestro diálogo, contribuyendo enormemente al análisis exhaustivo de la documentación técnica que nos facilitan. Cada duda planteada es el resultado de una meditada tormenta de ideas, donde el orgullo y el respeto se reparten el mérito de tan trabajada reflexión. Esto, pese al aparente incremento de los plazos, deriva en una efectividad sin precedentes. Analizamos más cada aspecto, permitiéndonos profundizar en las preguntas formuladas, facilitando la comprensión de sus respuestas y fomentando un diálogo inteligente y casi igualitario.

De sobra conocido es el eterno debate surgido entre ingenieros y arquitectos, que muchos se empeñan en convertir en rivalidad, y que a otros nos gustaría considerar más bien, una auténtica oportunidad de cara a posibles sinergias profesionales. Y es así como se enfocan las diferencias en el seno de nuestro equipo, cuando los ingenieros rebaten nuestros planteamientos o dilapidan nuestras ideas. No sin falta de razón, por cierto. Sin embargo, este debate es afortunadamente bidireccional y nosotros también aportamos argumentos positivos que ayudan a nuestros nuevos compañeros a entender el diseño como parte del proyecto.


Continuará... (Parte 3/14)

lunes, 28 de mayo de 2012

De tapitas con... Ángel Illescas


No es casual, ni mucho menos, empezar esta sección dedicada tanto a entrevistar compañeros como a homenajear amigos, con uno de los principales culpables de que a día de hoy, pueda llamarme arquitecto. Sí, porque nuestro protagonista aquí, no es sino mi compañero de batallas durante gran parte de la aventura universitaria, ese gaditano divertido y culto que supo aguantarme, si no sufrirme, durante todo el proceso académico.

Cuando pienso en la carrera, es imposible no recordar nuestras infinitas anécdotas en común, tantas noches de insomnio forzoso aderezadas con alguna que otra no tan obligada. Noches de creatividad sin límites, donde más allá de aspectos puramente arquitectónicos, nos fundíamos en interminables discusiones acerca del sentido de la vida y el lugar que se supone que debíamos ocupar en ella. Conversaciones tan interesantes como inapropiadas, teniendo en cuenta que siempre surgían en la noche previa a una entrega, que por más que nos esforzásemos en disimular, nos había vuelto a ganar la partida.

Polivalente hasta el punto de ser capaz de hacerte llorar de la risa o abrumarte con su retórica kafkiana. Ese iluminado capaz de sorprenderte con cada nuevo diseño. Un erudito aficionado al fútbol, un arquitecto con espíritu de humorista, un guitarrista apasionado con evidentes dotes de escritor; sin duda, una gran persona, brillante profesional y mejor amigo.

Son muchos los motivos que me llevan a profesarle el gran respeto y admiración que intento transmitir con estas humildes palabras. Pero por encima de todas, estarán siempre esos difíciles años en los cuales la edad nos pedía disfrutar el momento de un modo muy diferente al que lo tuvimos que hacer nosotros. En los más de cuatro años que compartimos irremediablemente juntos, ya fuese para preparar una entrega individual, de grupo, un examen o su correspondiente práctica, puedo decir orgulloso que jamás perdimos los papeles, jamás olvidamos al amigo que teníamos enfrente, por más que las situaciones nos invitaran a ello. Independientemente de las tensiones que pudieran surgir, nunca abandonamos esa sonrisa que acompañó nuestras andanzas, ese sentido del humor tan peculiar como efectivo, ese optimismo tan pragmático como crítico. Al fin y al cabo, nos empeñamos en llegar a ser lo que ahora somos, por más difícil que pudiera parecer, sin olvidar quienes éramos y lo que nos gustaba hacer.

Esta es la razón de que años después sigamos viéndonos, pese a los miles de kilómetros que separan nuestras respectivas vidas, y parezca que fue ayer cuando nos sentamos a estudiar aquel primer examen de Matemáticas II. Si alguien me pregunta por aquella etapa, sin dilación contestaré, que mereció sobradamente la pena.

No puedo sino agradecerle su apoyo durante estos años y permitiros el honor de compartir conmigo el placer de conocerle. Conocer a alguien que, permítanme esta licencia, está llamado a ser un auténtico referente; de hecho, su licenciatura, máster y futura tesis doctoral ya le avalan.

Bueno Ángel, ha llegado el momento, empecemos fuerte: ¿Que es para ti la arquitectura?
La arquitectura es el magnífico juego de los volúmenes bajo la luz… No, en serio, es muy difícil responder a esa pregunta.

Dicho esto, ¿cuándo decidiste ser arquitecto?
Sobre los 16 años, no recuerdo el día que se me ocurrió… A los 7 quería ser científico y a los 14 ingeniero de caminos. Me decidí finalmente por la arquitectura, me atraía ese lado creativo.

Me alegro de tal decisión. Y ahora en serio, ¿con qué frecuencia te arrepientes?
No me he arrepentido ni un solo segundo, en serio.

Me lo creo. ¿Cuál consideras que es el proyecto más relevante que has hecho hasta ahora?
Relevante ninguno. Para mi fueron importantes todos, aprendí mucho con cada uno.

¿Cómo describirías la experiencia de llevarlos a cabo?
Intensa, pasional. También extenuante, agotadora. Tú lo sabes bien.

Sí, algo me suena. ¿Cuál es el proyecto más ambicioso o loco en el que te has embarcado?
Locos casi todos. Ambiciosos también, pero en términos arquitectónicos, no económicos.

¿En qué momento fuiste consciente de estar inmerso en ellos?
La noche antes de la entrega.

Jajaja. ¿Tu anécdota más curiosa?
Hay cientos. Las noches en vela dan mucho de sí… Muchas las he pasado contigo. ¿Te acuerdas del campeonato de “goleítas” a las tantas de la madrugada? ¿En cuánto se quedó el récord?

La verdad es que no me acuerdo, de hecho, es una de esas cosas que me esfuerzo por olvidar. Jaja. No, fue bastante divertido. Permíteme aclararle a la gente que “goleítas” no es sino mantener la pelota en el aire a base de toques con el pie. Volviendo a la entrevista, ¿Cual sería tu cliente ideal?
El que respeta tu trabajo.

¿Has podido trabajar ya con él o es sólo una utopía?
Sí, los hay. Aunque también abunda lo contrario.

¿Qué le dirías a un estudiante de primero?
Que se lo pase lo mejor que pueda.

¿Qué te hubiese gustado escuchar a ti?
Lo mismo.

¿Qué fue lo que realmente escuchaste?
No recibí muchos consejos, la verdad. No tuve ningún “hermano mayor” arquitecto.

Si tuvieses que escoger un proyecto ajeno, ¿cuál sería y por qué?
Hoy te diría el Centro Gallego de Arte Contemporáneo de Siza. Es un edificio que estudio para mi tesis. Cuando lo visité tuve la sensación de estar en un lugar mágico… muy pocas veces he experimentado eso.

Y puestos a elegir un arquitecto, ¿quién?
Creo que lo he dejado claro… Admiro mucho a Siza.

Ya me hacía una idea, sí. Pero, de no haberte decidido por esta profesión, ¿cuál hubieses elegido?
Delantero centro del Cádiz. Empiezo a notar en el entrevistador cierto arrepentimiento o desencanto con la profesión… jajaja.

Para nada, jaja. Seamos sinceros, ¿cuál es tu mayor miedo?
Te refieres a lo profesional, ¿no? No tengo ningún miedo, tengo mucho que ganar y poco que perder.

Buena actitud. ¿Cuál crees que es tu mayor virtud como arquitecto?
Que me gusta mucho mi trabajo.

¿Cómo te definirías, pues, como arquitecto?
Comprometido.

¿Algo más que añadir?
Otra tapa de ensaladilla, por favor.

Bien, ahora que ya te conocemos, la pregunta estrella: ¿cuál es tu consejo para salir de la crisis?
Trabajar más duro.

¿Cómo entraste en ella?
De cabeza, nada más terminar la carrera.

¿Cómo piensas que saldrás?
Puede que la crisis haya venido para quedarse y haya que acostumbrarse. Pero la crisis tiene aspectos positivos. Hay más tiempo para reflexionar e investigar, y dicho sea de paso, para hacer las cosas mejor. Personalmente no creo que sea el fin del mundo…

Ya sabemos que es para ti la arquitectura, pero, ¿qué esperas que sea después de la crisis?
La profesión de arquitecto sigue siendo prácticamente la misma desde hace casi 50 siglos, es una profesión muy vieja. El primer arquitecto conocido se llamaba Imhotep, y vivió en torno el 2690 - 2610 a. C. en Egipto. No creo que haya cambiado mucho la profesión desde entonces. Después de la crisis, seguramente habrá muchos arquitectos haciendo otras cosas, pero lamentablemente no arquitectura.

Interesante respuesta. ¿Qué queda del joven que se adentró en esta carrera?
Encuentro la pregunta tendenciosa… ¿Tan viejo me ves ahora? Jajaja.

Ha sido un placer contestar estas preguntas, dime cuanto te debo por la terapia. Te felicito por la iniciativa. Hasta la próxima!
Sin lugar a dudas, el placer ha sido mío. Gracias a ti por prestarte a este interrogatorio improvisado. Mucha suerte con tus proyectos y para lo que necesites ya sabes donde encontrarme.
Un abrazo.


Y hasta aquí nuestro #LunesdeTapitas de hoy.

Un saludo.


De tapitas con...

Ángel Illescas
Arquitecto y Máster en Teoría y Práctica del Proyecto de Arquitectura


miércoles, 30 de noviembre de 2011

¡Basta ya!

Buenos días, sí, soy arquitecto. A mucha honra.

Soy uno de esos miles, que tras años de dedicación a mis estudios, ajeno a todo lo que representa la ansiada vida universitaria, y tras dar gracias por poder ejercer mi profesión por cuenta ajena, se encuentra en una situación bastante precaria e inquietante, o quizá no tanto.

Sin embargo, me gustaría salir a colación de este nuevo bombardeo mediático en el cual parece resultar morboso o atractivo, por no decir noticiable, el mal momento por el que pasa el sector. Agradezco la preocupación que parece reinar entre la sociedad acerca de nuestra situación laboral, es más, aprovecho la ocasión para denunciar y mostrar mi apoyo a todos aquellos que, desgraciadamente, no encuentran solución a esta encrucijada que se nos ha planteado.

Desde aquí, mi más sincera muestra de apoyo y ánimo.

Pese a ello, no estoy aquí para lamentarme y patalear, para echarme flores a la espalda por lo bien que lo estamos haciendo en una época tan dura y difícil. No. Se trata de destapar una realidad subyacente, daños colaterales de un periodo de bonanza sin igual. Una década de derroche y sinrazón que ha fraguado en una resaca difícil de asimilar.

Con ello no quiero criticar a mis compañeros por los posibles errores que hayan podido cometer, no nos engañemos, yo probablemente hubiese cometido muchos de ellos también. Más bien pretendo animar a todos aquellos implicados en tal penuria, a dedicar algo del mucho tiempo del que disponemos hoy día, a recapacitar acerca de dichos errores. Pensar en lo que realmente ha hecho mal cada uno. Algo tan simple y a la vez inusual como hacer autocrítica.

Efectivamente, los culpables de la mala situación que estamos viviendo somos los propios profesionales del sector que hemos permitido que esto ocurriera, cegados por el estado del bienestar en el que se ha vivido. Lo hecho, hecho está. Lamentarse o acusar a los demás no nos va a ayudar en nada. Sólo hay una cosa que nos queda por hacer: aprender de ello para evitar en lo posible que nos vuelva a ocurrir, y educar a los que están por llegar para ahorrarles este traspié.

Cimentar bien las bases del resurgir del sector y la profesión, asumiendo de antemano que no buscamos una vuelta al pasado, sino forjar un futuro esperanzador. Un futuro diferente pero no por ello peor. No debemos tener miedo a lo desconocido, o a rechazar modelos aparentemente muy rentables que han resultado ruinosos. Lo estúpido no está en equivocarse, sino en negar la evidencia.

Debemos retomar del pasado ciertos principios olvidados y devolver al arquitecto al lugar que le pertenece. El del profesional formado para ayudar a los ciudadanos a encontrar soluciones a uno de los problemas más antiguos del ser humano, el habitar. La necesidad innata de protegernos de la intemperie, pernoctar a cubierto, resguardar nuestros bienes, favorecer nuestra intimidad, optimizar nuestro trabajo o, lo más importante, simplemente disfrutar de una estancia agradable.

No debemos ser vistos como esos ricachones prepotentes que no osan manchar sus zapatos de marca en el barro de sus obras, ese impuesto desagradable y obligatorio asociado al molesto trámite administrativo, ese gasto innecesario y excesivo. No. Somos mucho más que todo eso. Ello no quita que haya ciertos momentos en los que se hayan dado innumerables razones para alimentar estos bulos. Pero no por ello debemos caer en el desánimo y aceptar ciertos prejuicios ya instaurados, o lo que es aún peor, contribuir a tal debacle desprestigiando nuestro trabajo y regalando los honorarios. No soy nadie para juzgar las acciones de otros compañeros, pero desde luego no nos hacemos ningún favor entrando en una batalla sin ley por la bajada desorbitada de precios, hasta el punto de que nos cueste dinero ejercer nuestro trabajo. La crisis está ahí, y hay que adaptarse. Pero sin cruzar determinados límites que no hacen sino infravalorar nuestro empeño.

Por todo ello, aprovecho para arengar a mis compañeros en estos momentos duros y a la vez bonitos, donde replantearse los errores y mejorar nuestras actitudes y aptitudes, a buscar nuevos caminos sin por ello abandonar esta bella profesión. Encontrar de nuevo nuestro espacio, ese pequeño rincón de felicidad desde el cual ayudar en lo posible a los demás y ganarnos la vida con orgullo. Nuevos puntos de vista desde los cuales observar a la arquitectura, y dejar que ella nos observe a nosotros. No me cabe duda, que hay ciertos claros entre las penumbras. Aún se puede hacer arquitectura, sólo que no de la forma que el tiempo nos ha enseñado a rechazar. Así lo hago, lo haré, y sé que no estaré solo.

Entiendo cuando ciertos jóvenes, rodeados de explotación y rechazo, deciden abandonar todo lo que tienen para emprender una nueva aventura más allá de nuestras fronteras. Es lógico y muy loable. Sin embargo, la única pega a tan lícita reacción, es la falta de recursos que amenaza al país. Por desgracia, que yo, individuo aislado, denuncie este riesgo nacional, no va a contribuir en nada. O quizá sí. Quizá la gente decida luchar por lo nuestro, por esos talentos formados con el dinero de nuestro esfuerzo, que en vez de afrontar lo que está por venir con frescura e ilusión, se ven obligados a huir en busca de ese reconocimiento perdido, dejando el cambio en otras manos, cansadas y acomodadas tras años de profesión.

Confío en que las instituciones educativas, colegiales y gubernamentales destinadas a tal fin, sepan lidiar con esta res, y encuentren soluciones coherentes y esperanzadoras.

Ánimo y suerte. No sólo a ellos, sino a nosotros y los más importantes, nuestros descendientes.


Es ahora, cuando leyendo esas historias de superación y humildad, me siento más arquitecto, más ciudadano.