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domingo, 30 de julio de 2017

El beso

En ocasiones, la conversación me ha llevado a debatir acerca de qué aspectos de cualquier relación son los más importantes. ¿Cuáles son las claves del éxito o el fracaso? ¿Qué nos lleva a encontrar en la otra persona lo que algunos denominan complicidad?

Pues bien, en mi opinión, la respuesta es clara. De hecho no creo q sea la primera vez que escribo sobre este tema, quizás sí la vez en que lo haga de forma más directa y explícita.

La clave de toda relación es la autenticidad.

Siempre se ha dicho que cuando más se liga es cuando menos se busca. ¿Por qué? ¿Mala suerte? ¿Broma del destino? ¿Tentación? No. Simplemente es cuando menos nos esforzamos en dejar de ser nosotros mismos.

Es por eso que la clave de toda relación no es la cama, ni el dinero, ni el físico. Todo eso ayuda, claro. Pero no es hasta que la abrazas que no sabes si puede ser la persona o no. No es hasta que la abrazas que no averiguas si merece la pena, si todo lo que ves y lo que te empeñas en ver tiene fundamento. Es sólo cuando sostienes a alguien en tus brazos que sientes su verdadera expresión.

Un abrazo es un instante infinito en el cual dos personas renuncian abiertamente a su individualidad para celebrar orgullosos el placer de la interrelación. Un gesto tan sumiso como dominante. La comunión perfecta entre dos personas. Y todo ello en un espacio tan corto de tiempo que solo queda lugar para la autenticidad. Nada de errores, nada de aciertos, nada de intentos por arreglar, nada de excusas, nada de arrepentimientos. Pensadlo. Probad a abrazar a alguien a quien no os apetece abrazar. Probad a dejaros abrazar por quien no os invita a hacerlo.

Pero desde luego, si importante es el abrazo, más aún lo es el beso.

Si el abrazo es la puerta por la cual acceder hacia personas valiosas, el beso es la ventana por la cual llegar hasta una pareja de verdad. Si el abrazo nos abre la vía de la amistad, es el beso quien nos define si dicho camino conduce hasta el amor o no.

Evidentemente, no todos los besos responden a un objetivo tan grandilocuente. Lo sé. Tan válido es quien se reconoce soltero y a gusto en su individualidad como quien se entrega a su pareja en busca de un nosotros mejor. Por mi parte, prefiero centrarme en el lado más romántico del beso.

Besos de amor, de pasión, de ira, de indiferencia, de ilusión, de tristeza, de cariño, de activación, de culminación, de atrevimiento, de confirmación, de despedida, de duda, de consolidación. Besos al fin y al cabo, ejerciendo su labor. Su incalculable misión.

Ese milagroso momento en el cual dos personas se mezclan, se encuentran, se reivindican y se entregan. Cuatro labios acompañados por dos lenguas contenidas en sus respectivas bocas, dispuestas a abandonar decididas y valientes su hogar, aunque sólo sea una vez, aunque esta sea la única vez. La vez que todo lo justifique, que todo lo cree, que todo lo afirme.

Esa mirada, seguida de un sentido abrazo que anuncie el inevitable beso a través del cual gritar bien alto lo que no nos atrevemos a decir.

Un beso es como el internet de toda persona. Una herramienta infinita capaz de conectarnos con personas de lo más dispar, por muy lejos que se encuentren, por muy diferente que piensen, por muy ajenos que nos puedan resultar. El beso es internacional, multilingüe, atemporal y gratuito. Libre en todos los sentidos. Un simple gesto con infinitos significados, infinitas interpretaciones. Un lugar en el mundo que es común a todos los hogares. Un recurso para el que todos venimos preconfigurados.

Un placer donde todos los sentidos se unen para homenajear el mas ínfimo y sencillo de los detalles, donde nuestras obedientes manos acompañan el gesto y amplifican su alcance, donde nuestros nervios se concentran en trasladar y traducir cada pequeño matiz, donde nuestra lengua renuncia a su poder para mostrar su lado más simple y explícito, donde nuestro oído se debate entre nuestros latidos y los suyos, donde nuestro olfato se esfuerza en traducir sus infinitos aromas a la par que acompasa nuestro nivel de pasión y deseo, y donde nuestra visión se empaña para evitar cualquier distracción mientras envía sus energías al resto de compañeros de batalla.

Un escenario perfecto sin más atrezo que el mensaje auténtico que necesitemos enviar.

Es por eso, que cada vez que beso a esa persona especial, el resto del mundo deja de existir. Tan sólo hay una sensación mejor en esta vida, y es cuando es esa otra persona quien inicia de motu proprio tan magnífica sinfonía con un único y afortunado espectador, yo.

¿Pero, si tan increíble es el beso o incluso el abrazo como medios de expresión, cómo es que recurro a tan extensa acumulación de vocablos? Fácil. No siempre se puede disfrutar físicamente de ese beso o de aquel abrazo. No siempre existe esa posibilidad tan evidente. En ocasiones la distancia, física o no, nos lo impide. Pero no por ello se ha de renunciar a ellos, ¿no creéis?

Un abrazo a todos. Si habéis entendido lo escrito, comprenderéis que no comparta nada más.

lunes, 17 de febrero de 2014

El libro_p12


Capítulo 12

Aún incrédulo por mi indudable fortuna, cada minuto de mi nueva vida era un instante más en mi deambular soñado, un nuevo paseo entre los pastos de la felicidad. No sé si sería mi edad, las ganas con que había afrontado este grandísimo reto o el morbo de pensar que quizás todo esto no era más que el resultado de mis ensoñaciones más creativas. Sea como fuere, una cosa tenía clara; deseaba con toda mi alma que no terminara jamás.

Los días transcurrían como de costumbre, con la única diferencia, de que en esta ocasión cada día suponía un nuevo descubrimiento, un nuevo acercamiento hacia mi otro yo. Sin embargo, parecía inevitable frenar el ritmo endiablado con que iba acelerándose mi vida. Conforme más a gusto estaba, más rápido parecía transcurrir todo. Los días ya habían dado lugar a semanas como unidad mínima de medida. Los meses se escapaban entre mis dedos. Con ellos comenzaban a surgir los primeros atisbos de duda, malentendidos, pseudo discusiones y desilusiones. Como no podía ser de otra manera, aquella a quien consideraba una verdadera diosa, se mostraba ante mí de lo más terrenal, rellenando con grandes dosis de realidad los vacíos anteriormente completados por mi imaginación. Evidentemente, pese a que en la mayoría de los casos la realidad superaba con creces a la ficción, entre otras cosas porque venia acompañada de un halo fundamental de naturalidad y mucha personalidad, en ocasiones descubríamos realidades no tan idílicas, incluso mediocres.

Recuerdo aquella época como un remolino bastante turbio y caótico, en el cual se mezclaba el agua cristalina que seguía llegando a raudales, con una silenciosa pero extrovertida presencia de imperfecciones suspendidas en el agua, cada vez en mayor proporción. Desgraciadamente, el ser humano nunca deja de ser humano y es por ello, que con el paso del tiempo puede verse sorprendido por la bruma hasta nublar la vista por completo, renunciando a todo aquello por lo que tanto luchamos para añorar un pasado que jamás quisimos.

No es algo que haya oído por ahí sino que es el resultado de lo vivido en aquel lamentable verano.

Los días se hacían cada vez más largos y con ellos parecía extenderse mi agonía. Las sonrisas, abrazos y miradas repletas de significado habían dado lugar a un silencio más que palpable, esquivas y vacías miradas, contactos físicos despreciables y una ausencia casi total de dientes en nuestras expresiones. Por momentos, llegué a creer que eso era lo que me esperaba con aquella mujer que osaba interrumpir mi gloriosa soledad con sus insoportables manías y su inexplicable obsesión por mí.

Ahogado, cohibido, presa de una claustrofóbica rutina, miraba hacia atrás con cierta desidia, y cuando rara vez miraba hacia adelante, no era más que otra mujer lo que se intuía tras la espesa neblina que protagonizaba mi día a día.

Lo peor, no era la sensación de apatía y hastío que emanaba cada poro de mi piel sino el hedor a aburrimiento y desgana que me transmitía mi nueva, aunque de sobra conocida, compañera de piso.

En esos momentos, muchos son los amigos y conocidos que se ofrecen altruistas a arreglar tu desarmada existencia, dispuestos a solucionar tus problemas desde la perspectiva de una experiencia tan lamentable o más que la tuya. Ajenos a su cotidiana amargura se vuelcan en tu desastre desesperados por encontrar en tu tristeza un nuevo sentido a su olvidado caminar. Incluso la familia, aquellos más allegados a ambos, empiezan a contagiarse de la pesadumbre global para centrarse en la evidente decadencia de nuestra relación. Frases como: - ¡Nadie merece tus lágrimas! ¡No os merecéis haceros tanto daño! ¡No puedes seguir así! ¿Se puede saber qué estás haciendo?- Y muchas otras que no sólo estoy seguro que todos hemos oído en alguna ocasión, sino que además la mayoría de nosotros habremos incluso empleado.

Esta pesada carga se acumula en la cabeza hasta vencer la resistencia de nuestro cuello para invadir, sin la mayor oposición, el resto de nuestro cuerpo hasta lograr, sorprendentemente, que lo que en su día fueron destellos de maravillosa alegría, hoy se conviertan en artefactos de lo más explosivos y dolorosos.

Afortunadamente, la vida no es tan cruel como llegué a pensar y supo ponerme, por enésima vez, en mi lugar. Dicen que tocar fondo es la mejor forma de coger nuevamente impulso. Ya sea esta teoría tan popular, o el cansancio extremo que sentía, pero recuerdo perfectamente como un día se presentó ante mi una realidad diferente, no menos oscura, pero sí quizás más fresca. Adormilado y presa de mi incesante agotamiento psicológico, me dirigí hacia el baño para iniciar mi indestructible protocolo de higiene y puesta a punto mañanero, cuando en mitad de la impenetrable oscuridad de mi dormitorio, un espectro se dirigió decidido hacia mí. Absorto por el pánico, sólo podía observar inmóvil como mi imagen especular calcaba mi tan lograda estupefacción. Incapaz de reconocer frente a mi rostro alguno, distinguía con total perfección las facciones del pánico. Durante unos segundos privados de oxígeno, en un intento inútil por expulsar el grito ahogado que se alojaba impaciente en mi estómago, una extraña visión se postró ante mi con total claridad. Lejos de poder respirar, hablar o activar el menor de mis músculos, mi cerebro trabajaba con inusual virulencia. Las imágenes se atropellaban confusas pero repletas de significado, un significado aún desconocido para el resto de mi ser.

Descompuesto, rendido a mi devenir y carente de toda esperanza, los primeros rayos de sol se adentraron caprichosos a través del minúsculo hueco generado entre la ventana y la cortina que la vestía. Esa tenue luminosidad vino a alumbrar cual explosión de luz cada centímetro de su piel, cada imperfección de su rostro, hasta presentar ante mí un recuerdo que debería conocer casi tanto como a mí mismo.

Forzado por mi insuficiencia respiratoria e impactado por esa nueva realidad presentada ante mí, no pude sino suspirar. Acto seguido, impaciente por inhalar todo el oxígeno que pudiera existir en la habitación alcé con entusiasmo la mirada para encontrar el fiel reflejo de mi sentir. Otro instante paralizador dio lugar a la primera sonrisa sincera en meses. La primera carcajada que me permitía compartir con mi supuesta enemiga. Una tregua improvisada, un paréntesis que me hizo pensar en aquel inolvidable nueve de noviembre del año ochenta y nueve en plena capital alemana. Un muro creado por nadie más que nosotros mostraba por fin su primera fisura, su primer esbozo de debilidad. Sin pensar, fruto de la ridiculez del momento y ante el cansancio reinante, nos fundimos en un abrazo infinito. No sabría precisar la duración real de aquel regalo vital, pero os puedo asegurar que tuve la oportunidad de analizar con detalle cada una de las imágenes que habían invadido mi cabeza unos instantes atrás. Besos, abrazos, caricias, miradas, pensamientos y sensaciones me atraían con una fuerza sin igual hacia mi oponente. Mientras más imágenes reconocía menor parecía resultar el espacio comprendido entre ambos. Como suele decirse que en el vacío no puede existir el ruido, el silencio continuaba como principal protagonista de la escena. Sin embargo, la orquesta que años atrás poblaba mi mente había recuperado a todos sus integrantes para acallar todas mis dudas con un ruido tan ensordecedor como agradable. La embriagadora melodía de la felicidad retumbaba en mis adentros mientras nuestros metrónomos encontraban su compás, como el DJ que cuadra sus dos vinilos por separado con el fin de liberar su mesa y deleitar a sus oyentes con la perfecta armonía del conjunto.

Y así fue. Nuestros latidos encontraron su ritmo común a la par que nuestros labios desafiaban las barreras creadas desde la distancia para irrumpir atrevidos en aquel lejano territorio de nuestros recuerdos. Trasladado a aquel impulso adolescente a las puertas de mi clase de instituto, recobré el sentido de todo lo que había logrado construir hasta entonces.

  • ¡Eres tú! - Resoplaba afligido. - ¡Gracias! ¿Se puede saber dónde diablos habías estado durante tanto tiempo? - Pregunté rabioso a mi sentido común, a esa coherencia de la que tanto presumía y que tan abandonado me había tenido.

Aquel beso-paradigma de la ilusión, se prolongó durante horas, acompañado por el fervor de dos amantes que se reencuentran tras meses distanciados por el miedo, la prepotencia y el orgullo. Nuestras separadas camas volvieron a rechinar al unísono, testigos de excepción de una pasión renovada y repleta de una furia cariñosa. Una lucha pacifica en la cual nos sabíamos vencedores de antemano. Una guerra donde los rehenes no sólo estaban permitidos sino que eran una de las premisas del recién acordado pacto final.

Sus dedos volvían a rezumar su indescriptible afrodisíaco, mi piel desatascaba sus sensores de placer para permitir la entrada de todo ese deseo enconado, esa insaciable necesidad de reciprocidad.

  • Cariño, ¡lo siento! Siento haber sido tan gilipollas de no ver lo afortunado que soy siquiera de tener la peor versión de ti. Esa marchita alegría con que iluminaste mi oscuridad y me enseñaste a ver más allá de mis limitaciones. Esa olvidada juventud que encendía cada rescoldo de optimismo y felicidad. Esa realidad que creí abandonada a su suerte y que es ahora cuando descubro que sigue ahí, intacta, atemporal, magnífica. Lo siento. Jamás podré recompensar el daño que te he podido hacer, jamás podré recuperar el tiempo perdido, pero si sirve de algo te diré, que todo lo ocurrido me ha servido para derrumbar todo resto de protección frente a ti, ya que, como sabrás, lo bueno de reavivar el pasado es reencontrarse con los cimientos de nuestra vida juntos, esos malditos miedos por perderte que no hacían sino alejarme precisamente de ti y mis complejos de inferioridad ante tu inestimable grandeza. Lo siento, cariño. - repetía entre lágrimas mientras concentraba mis esfuerzos en transmitirle sin palabras todo aquello que emanaba por fin desde mi sincera esencia.
  • Más lo siento yo, que no sólo te acompañé en tal lamentable baile, sino que dediqué mis escasas fuerzas a alimentar los obstáculos que me alejaban de ti. No tienes por qué disculparte, he sido yo quien ha olvidado que todo lo que soy te lo debo a ti, que eres tú quien me enseñó a ser feliz, a creer en alguien, a confiar en otra persona, a querer sin excepciones. Cariño, ¡gracias! ¡Gracias por ser como eres! Y por, incluso en los malos momentos, entender mis errores y mis defectos hasta hacerlos casi imperceptibles para mí. Gracias por enseñarme la senda hacia tu felicidad y permitirme que la hiciera mía.- intentaba decirme entre sollozos e interrupciones apasionadas.
  • ¡Gracias a ti! Te quiero.
  • Yo más.

En definitiva, podría decir que aquel fatídico periodo de nuestra vida, mi vida, supuso un gran aprendizaje y la confirmación de que es absurdo pensar en la vida como algo lineal, sino que se trata de un proceso cíclico en el cual, nosotros orbitamos alrededor de un gran astro atractor que es la vida como tal. Dicho de otro modo, afianzaba mi creencia de que nuestra existencia no es más que el transitar cíclico alrededor de nuestro sol, observando un mismo elemento desde diferentes puntos de vista y, con ello, las múltiples caras de que consta. Al igual que ocurre en nuestro sistema solar, orbitamos dentro de una vorágine indiscutible en la cual nuestros giros provocan que los enfoques y estados concretos tiendan a infinito, complejizando nuestro día a día hasta alcanzar cotas insospechadas.

Sin embargo, no debemos caer en el error de retomar una teoría egocéntrica de la vida, creyéndonos en el centro del universo y pensando en la vida como algo que nos rodea y que nos condiciona. Más bien, me gusta entender mi devenir como un camino interesante durante el cual marcar el ritmo y recorrer las diferentes etapas de que consta el trayecto disfrutando a cada momento de los múltiples paisajes que se ofrecen ante mí, consciente de que estos se repiten tanto en nuestro caminar como en el de nuestros iguales.

lunes, 3 de febrero de 2014

El libro _p11


Capítulo 11

Pocas cosas en mi vida podrían ser descritas con tanto lujo de detalles como aquella sonrisa perfecta. Un cúmulo de matices e imperfecciones capaz de conformar el mayor paradigma posible de la belleza, la perfección.

Tópicos aparte, cada instante con ella suponía un aluvión de emociones que invadían mis pensamientos hasta apoderarse de todo resquicio de duda o negatividad. Sé que en ocasiones se alude a la utopía, la ingenuidad fruto del amor o la ilusión del principio, pero me enorgullece poder decir que más allá de lo que pasase mañana, por destructivo que pudiera resultar, jamás podría desprenderme de esto. En tan sólo unos meses mi vida había pasado de convertirse en un reto diario por sobrevivir y alcanzar mi tan ansiada mediocridad, a una felicidad extrema ante la cual la única lucha posible es la de mantener los pies en la tierra y evitar desprenderme de una mediocridad casi olvidada.

Pensé que el tiempo se apoderaría de nuestra relación, que la ilusión inicial se desvanecería, incluso llegué a temer que haber logrado mi objetivo pudiera condicionar mi pasión. Meses más tarde, seguía emocionándome al recordar nuestro primer beso, los vellos aún se erizaban al visionar lo ocurrido. Y lo que es más importante, el pasado, lejos de ser un retal melancólico que me alejara de mi presente, se erguía en los cimientos de una realidad cada vez más prometedora.

Todos mis días contaban con un primer beso, una primera caricia, un primer abrazo y una primera sonrisa. De hecho, raro era el día que no contaba con múltiples primeros besos.

Sin embargo, la felicidad sentimental acabó atrayendo una inevitable bajada de mi rendimiento académico, fruto de la compartimentación de mi cerebro, donde mi relación ocupaba una superficie exponencialmente mayor. Afortunadamente, una de las máximas de la vida se cumplió sin excepciones y el hecho de estar contento y a gusto conmigo mismo vino a suplir dichas carencias, logrando una eficacia sin igual, optimizando el tiempo empleado para mis tareas al máximo con el fin de dedicar el mayor tiempo posible a ella, mi musa, mi otro yo.

En casa, desgraciadamente, no siempre entendieron las cosas como yo. A pesar de que mis esfuerzos por mantener mis resultados daban poco a poco sus frutos, mis padres mostraban una preocupación notoria sobre mi, en palabras de mi madre, obsesión por esa chica.

Quiero pensar, que aparte de luchar por el bienestar presente y futuro de su hijo, en el fondo no podían dejar de verme como ese chico desprotegido y condicionado, incapaz de realizar una vida normal e independiente. Por mi parte, la lectura era completamente opuesta. Encontrar a una persona tan increíble y enamorada de mi, suponía el broche de oro a mi integración social y me doctoraba en mi nueva vida, aquella en la que luchar exclusivamente por ser uno más. Un joven preocupado por sus estudios y sus amores, no precisamente en ese orden. Lo tenía. Tenía unos estudios que me interesaban mucho más de lo que podría haber pensado inicialmente y contaba con el apoyo y la compañía de alguien capaz de relegar ese interés a un distanciado pero meritorio segundo plano.

Tan sólo existía un “pero” en nuestra idílica relación. Seguía manteniendo un tabú que no me atrevía a tratar con franqueza. Ambos sabíamos que yo no era como los demás, pero en el fondo nunca habíamos hablado de ello. Probablemente por miedo a que ella pudiera asustarse o, en su caso, por evitarme un mal rato o generar cualquier tipo de malentendido que me alejara de ella. Era muy bonito sentir cómo ella se volcaba en mi sin miedos ni celos. Me hacía sentir la persona más afortunada del mundo, aunque al final siempre acabara apareciendo esa nimiedad que lo estropeaba. En mis adentros era consciente de que algún día tendría que armarme de valor y abrirle la última de mis puertas. Pero, sinceramente, aún no me sentía lo suficientemente seguro de mi mismo ni de nuestra relación como para acometer tan temible tarea. Y eso me entristecía. Por muy oculto que quedara tras toneladas de indudable felicidad, lograba asomar su presencia.

Como suele ocurrir, las mejores cosas de esta vida, ocurren casi sin querer.

Una mañana más, en mi paseo hacia el instituto, me encontré con ella a mitad de camino para disfrutar de los últimos momentos del trayecto junto a ella y deleitarnos con nuestro tradicional café de la esquina. Lejos quedaban ya aquellas aventuras estresantes y complicadas con las que alcanzar la esquiva puerta del centro. Aprovechando aquellos infinitos momentos de alegría, nuestra conversación giró en torno a uno de esos temas que no pasan desapercibidos.

Dado que aquel maravilloso e inolvidable beso había dado lugar a otros del mismo calibre y los momentos junto a ella pasaron de ser bonitas excepciones para convertirse en una placentera rutina, decidimos que no tenía sentido seguir ocultando la evidencia. No más caricias furtivas, no más imposturas mal fingidas, no más besos encarcelados. Ya habían pasado varias semanas y la satisfacción añadida a todo lo que se considera prohibido o desconocido ya carecía de sentido.

Firmes en nuestro recién definido acuerdo, coincidencias del destino, durante unas jornadas deportivas organizadas por el instituto en el que compartíamos equipo de voleibol, no pude evitar ajustar cuentas pendientes con mi pasado y reaccionar ante su acercamiento sonriente. Esta vez sí, esta vez la besaría y no dejaría pasar la oportunidad de compartir con ella mi deseo y mi admiración. Lo ocurrido con Sandra justo antes de iniciarse mi particular calvario no podía repetirse y pensé que no había mejor manera de cerrar esa etapa que cambiando las tornas de mi actitud frente a un instante peligrosamente parecido.

Inmerso en tales discusiones internas, Miriam pareció leer como tantas otras veces mis pensamientos y me guiñó cómplice uno de sus maravillosos ojos, indicando con ello su aprobación de lo que fuera estaba tramando en silencio.

Cual sensible robot, obedecí firme a su llamada y me dirigí a ella hasta alcanzar glorioso la comisura de sus labios. Mis brazos se adherían convencidos alrededor de los suyos, motivados por la euforia reinante.

Sin embargo, lo que para nosotros suponía una liberación definitiva, entre nuestros compañeros generó reacciones muy diversas. Y lo que es peor, ante los alumnos de otras clases, una sorpresa mayúscula. Nadie en el instituto era ajeno a los rumores que se oían acerca de nuestra relación pero, imagino que debido a lo que ella representaba dentro del escalafón de las niñas del “insti” y mis especiales circunstancias, nunca habían llegado a establecerse como una de las comidillas oficiales del mini pueblo en el que estudiábamos.

Por todo ello, ese beso y posterior derroche de cariño, no pudo sino desatar lo peor de cada uno, hasta descubrirnos lo cruel que podemos llegar a ser en ocasiones. Las risillas nerviosas dieron progresivamente lugar a carcajadas sarcásticas hasta que, en pocos minutos, la presión ejercida sobre nosotros desde todos los ángulos posibles era atroz, insoportable. La tensión fluía en torno a nuestro improvisado partido y no era precisamente el fin deportivo lo que motivaba tal ambiente. La competitividad, en este caso social, se apoderó de aquellos considerados como líderes de la manada y sus reacciones no se hicieron esperar. Las niñas que ostentaban el cetro de las más guapas se dirigían a ella como si su relación conmigo les confirmase su condición de fracasada. Mi beso se había convertido en su sentencia definitiva y en la excusa perfecta para desprestigiar a quien todas consideraban como una auténtica rival.

Por su parte, los niños, fieles a nuestra propia idiosincrasia, se decantaban más bien por la sorna y las bromas de mal gusto para ensalzarme al pódium de los héroes, desde el cual emplear la ironía para arrojarme al vacío.

Si fuese el único afectado en esta situación, he de reconocer que no me hubiese alterado lo más mínimo, dado que una de las cosas para las cuales me habían preparado con más ahínco en mi casa, era para la posible burla fácil de mis compañeros. Y no puedo engañar a nadie, cuando has pasado por tanto, cuanto menos aprendes a relativizar ciertas estupideces. Pero no. No estaba sólo en esto. Y era la primera vez en que no acompañaba esa frase con un rotundo “afortunadamente”. Todo ese entorno hostil despertó los peores fantasmas de mi cabeza, destapando mi principal duda acerca de nuestra relación: mi problema, mi maldito problema.

Avergonzado y algo incómodo, me derrumbé y me dejé llevar por el infante que puebla en cada uno de nosotros, abandonando la escena con el firme convencimiento de que eso acallaría las voces y alejaría a Miriam del tornado que se acababa de generar. Nada más lejos de la realidad. Como no podía ser de otro modo, aquello no hizo sino incentivar a los aburridos alumnos, hasta alcanzar al unísono toda una serie de cánticos hirientes hacia mi persona. Enfurecido y devastado, me dispuse a recoger mis pertenencias antes de retomar el camino de vuelta, huyendo más de mí mismo que de los presentes.

Preocupada, Miriam seguía mis pasos a escasa distancia, deseando alcanzarme para aclarar las cosas. Su estela no sólo no me ayudaba, sino que ejercía sobre mí una presión añadida difícil de afrontar. Era uno de esos momentos en los que la soledad parece erigirse en la única compañía posible. Todo esto era nuevo para mí y era consciente de que me estaba viendo superado por las circunstancias. Conforme más se acercaba el sonido de sus pasos, mayor era la energía con que aceleraba mi huida.

Recorrimos así casi todo el instituto hasta alcanzar por fin nuestro aula. Acorralado y sin ideas, la desesperación se hizo cargo de la situación reaccionando ante Miriam como si fuera ella la culpable de aquel desaguisado. Sin éxito, intenté persuadirla para que me dejara sólo y simplemente se olvidara de lo ocurrido.

  • Miriam, déjame en paz. Como verás, no es un buen momento.
  • Ven aquí.
  • ¡No!
  • Vamos a ver, ¿se puede saber que mosca te ha picado? ¿Me he perdido algo? ¿En serio vas a dejar que esta panda de gilipollas te amarguen la fiesta? No te ofendas, pero me niego a creer que el chico duro y luchador del que me enamoré vaya a derrumbarse ante cuatro “graciosillos” de poca monta.
  • Tú no lo entiendes, Miriam. Es mucho más complicado que todo eso.
  • Bien, sorpréndeme. Aquí me tienes. Deléitame con esa aparente complejidad que se permite el lujo de alejarme de la persona a la que más quiero en esta vida.
  • Miriam. Por favor, ya me conoces.
  • ¡Ni Miriam ni hostias! Tú también me conoces a mí y sabes que todos los payasos que están gritando ahí fuera me importan un bledo. Sólo estoy aquí por ti, porque jamás te había visto tan agobiado. Ni cuando recibías un aviso del director tras otro por tus reincidentes retrasos. Así que creo que merezco una explicación. Y no se te ocurra repetir eso de que es complicado. No me gusta ver como mi novio me huye por todo el instituto como si fuese la portadora de algún mal contagioso. Hasta donde yo sé, no he hecho nada que te haya podido molestar, ¿o sí?

Hundido y sin salida, no pude sino respirar hondo y pedirle que se sentara, pasando por alto uno de los momentos más especiales con que me había encontrado en todo el día. La emoción del momento le había llevado a referirse a mi como su novio. Un placer para mis oídos, un punto de inflexión en nuestra relación que me veía obligado a obviar ante lo delicado de nuestra conversación.

  • Está bien, si eso es lo que quieres, creo que tienes toda la razón. Te mereces una explicación.

miércoles, 30 de octubre de 2013

El libro_p09


Capítulo 9

En estos momentos de máxima alegría es cuando solemos recapacitar y pensar en lo acertado de nuestras decisiones y en lo enigmático del destino.

Embriagado por la emoción que me generaba mi amor, mi musa, mi vida; no hacía sino recordar lo cerca que había estado de renunciar a todo esto. Tan sólo mi testarudez y mi innegable valentía habían sido capaces de doblegar los contundentes miedos que atenazaban a mi querida madre. Bloqueada por un instinto maternal infranqueable, su inexplicable sentido de culpabilidad le impedía analizar las cosas con un mínimo de objetividad. Su único punto de vista posible era siempre el peor de los escenarios, y desde luego, no podía culparla por ello.

Fueron meses de gran dureza, aun cuando su impostura general me mostraba una máscara amable y tranquila, recubierta por un halo de forzada naturalidad. No podré jamás olvidar que por más que maldijera mi suerte, ello no me convertía ni de lejos en la única víctima de esta situación. Como en todo largometraje, unos personajes protagonistas son los encargados de guiar al espectador a lo largo de su deambular entre actores secundarios tan implicados o más que ellos en el desarrollo de la historia, mi historia. Todos igual de importantes, todos igual de imprescindibles. En este caso, me había tocado el papel principal, mientras que a mi madre le habían otorgado un ingrato segundo plano, incompatible por otra parte con su condición de madre. No existe circunstancia ni desgracia en la vida capaz de alejar a una madre de sus hijos. Y así fue.

Preocupada por mi devenir, decidió adoptar una solidaria posición de pseudo-enferma en la cual empatizar conmigo hasta el punto de convertirse en mi apoyo más fiable, sin por ello descuidar sus labores como esposa, madre y ama de casa. Eso sí, yo estaba enfermo y podía hacer, o dejar de hacer, todo lo que yo quisiera. Nadie osaba mentar mi apatía como posible motivo de discusión.

- Pobrecito, ya tiene bastante con lo que tiene-, decían.

Pasé de ser un niño normal, un hermano mayor paciente y “marginado” ante el protagonismo del pequeño, a convertirme en un mimado hijo único con tres exageradamente atentos padres.

Indudablemente mi reacción no se hizo esperar, y como ser humano que soy, comencé a creerme en el derecho de exigir tales privilegios, como si mi enfermedad tuviese que ser la de todos. Hasta el punto de olvidar quienes eran y por qué estaban ahí. Lejos quedaba ya aquel maravilloso 20 de abril en el que la euforia y unas inmensas ganas de vivir me enseñaron de nuevo el camino hacia la felicidad. Una muestra como tantas otras de mi inmadurez y de lo perverso de esta vida.

Afortunadamente, siempre hay una persona en tu entorno, lo suficientemente sincera como para obviar la estupidez reinante y reprochar una actitud para nada justificada con mis carencias visuales. Como no podía ser de otro modo, mi hermano, ese gracioso “pequeñajo” dispuesto a arruinar todo lo importante en mi inestable adolescencia, hacía uso de su incomparable maestría en las artes del chinchar, para acercarse a mí, abandonar su inapropiado traje de padre y hacer lo que mejor sabía hacer; sacarme de mis casillas hasta conseguir que lo viese todo desde una nueva perspectiva. La perspectiva de la madurez, para acabar retomando mi lugar original con los bolsillos llenos de sabiduría y fuerzas renovadas.

En ese momento, recordé lo bien que me sentaba el papel de hermano mayor, sermoneando al inexperto querubín en su histérica búsqueda del caos. Enseñándole el error cometido y su estúpida obsesión por amargarme la existencia. Nada que no hubiésemos hecho ya antes, cientos de veces.

Sin embargo, esta iba a ser diferente. En pleno momento álgido de mi reciclado discurso, me vi interrumpido por una versión sorprendente de mi hermano, una voz aparentemente experta y madura, con un tono hasta entonces desconocido, con los ojos ensangrentados sobre una sonrisa calmada y sincera. Un estado de furia en el cual el cariño se erigía en único intermediario fiable.

Impactado ante tal derroche de carisma, me mantuve perplejo, en silencio, ansioso por conocer el verdadero motivo que explicaría ese paso adelante. Con brusquedad, algo seco pero amable, parecía escoger las palabras con parsimonia y criterio. Firme frente a mí, apretaba su fornida mano sobre mi flacucho brazo, con la fuerza justa como para atraer todos mis sentidos sin despertar al dragón de dolor que todos escondemos en lo más profundo de nuestro ser. Sorprendentemente sereno, pronunciaba con dureza y calma uno de los mayores reveses que nadie me había asestado jamás.

  • Hermano, sabes que te quiero y que siempre lo haré. Que valoro todo lo que has hecho por mí y que lamento profundamente lo ocurrido. Pero ha llegado el momento de que te diga todo aquello que nadie parece dispuesto a decir.
  • Pero... - Con un leve pero amenazador movimiento de ojos acalló todo atisbo de duda o inquietud. Absorto en la escena, cerré la boca y me dispuse, resignado, a escuchar.
  • Hace ya muchos meses desde que la desgracia tornó tus días en noches. Muchos días de oscura rutina. Demasiados cambios para tan poca experiencia. Lo sé. Intento entenderte y créeme que lo hago. Convivo en esta casa las 24 horas del día. Y sabes que no me cuesta nada ayudar en todo lo que puedo, porque sé que tú harías lo mismo por mí. Sin embargo, hay algo más importante que todo esto. Tenemos la suerte de que no estamos solos en esta situación. Tenemos unos padres dispuestos a sacrificar sus vidas por nosotros. A dar todo lo que tienen y parte de lo que no, con tal de que veamos las cosas con algo más de luz.
    Imagino que estarás de acuerdo conmigo en que somos muy afortunados. Pero, nos guste o no, nuestros padres no son inmortales, ni perennes, ni van a estar siempre ahí para nosotros, como si nada les pudiera afectar.
    Hermano, papá y mamá están haciendo todo lo posible por evitarnos una realidad evidente. Si somos mayorcitos para hacer y decir lo que nos da la gana, también deberíamos serlo para apreciar estos detalles. Al menos, yo lo intento. Y sé que tú eres aún más listo que yo.
    Siento decirte esto, pero no pienso aguantar más esta farsa, apoyar esta gilipollez. No voy a dejar que te lleves a mis padres contigo. Estás jodido, sí. Es injusto, puede que sí. Pero de ninguna manera, voy a permitir que te conviertas en un impresentable consentido y déspota, capaz de enterrar en mierda todo aquello que le rodea, incluida su familia más cercana. Tienes un problema de visión, así que no hay razón alguna para comportarte como si no tuvieras cerebro. He hablado con tu médico y me ha dicho que la depresión puede ser una de las consecuencias directas de lo ocurrido. Que la negatividad y la desidia podrían apoderarse de ti. Que debo ser paciente y reírte las gracias como si de un loco te tratases. Pero no puedo – un nuevo parón, anunciaba unas lágrimas que seguro que debían estar ya asomando tras el brillo de sus ojos – me niego a aceptar que una puta enfermedad rara vaya a llevarse a mi hermano y arrebatármelo de mis propias manos. Me temo que no. No tengo ni idea de medicina, pero a ti te conozco lo suficiente como para saber que no es propio de ti actuar de un modo tan cobarde y desconsiderado. Durante años me has enseñado a ser un hombre, ¿para qué? ¿Para convertirte en una niñato atontado?
  • Pero...
  • ¡Ni peros ni hostias! Déjate ya de “victimeos”. Sabes que estoy aquí, pero no para malgastar mi tiempo en intentar ayudar a alguien que no quiere ser ayudado. Y lo que es peor, a alguien que ni siquiera reconozco.
    Te voy a decir una cosa, papá y mamá entiendo que te rían las gracias, pero conmigo has topado. Se acabó. Si de verdad te queda algo de dignidad, sabrás valorar estas palabras y entenderás que no son dagas lanzadas para herirte sin más, sino que es el último paso en mi penitencia, por fin he logrado sacar las dagas que desangraban mi ser para enseñártelas y que entiendas que eres tú quien las ha puesto ahí. No te culpo, pero no quieras que llegue a odiarme por ello.
    En aquel momento, no supe qué decir. Los sentimientos de furia y tristeza convivían en un frágil equilibrio que no sabía por donde podría acabar explotando. Mi cara era un auténtico poema. Hablar de cara de tonto, sería un eufemismo injusto. Abatido, veía como mi hermano abandonaba impotente mi habitación entre lagrimas, exigiéndome una respuesta que era incapaz de generar.

Aquella noche, los segundos se sucedieron con especial lentitud. Mi cabeza estaba repleta de pensamientos inconexos, siempre presididos por el telón de fondo de aquel diabólico rostro. Esa angelical muestra de cariño desesperado.

Cada intento por analizar sus palabras derivaba en una tremenda ofensa hacia mi recién descubierto orgullo. Los insultos retumbaban en mi cabeza como si de una tormenta se tratase. Truenos que impactaban con dureza en mi dolido corazoncito. Descargas de energía que penetraban hasta lo más profundo de mí, llevando mi sangre a ebullición. La tensión aumentaba exponencialmente en mi cabeza, siendo cada vez más frecuentes las respuestas de ira frente a los esfuerzos por comprender. El rencor creciente me armaba de valor de cara a lo que estaba por acontecer, una inevitable contienda en la cual aclarar los pormenores de tal falta de respeto, tal desfachatez, tal enorme equivocación.

Serían cerca de las cinco de la mañana cuando la temperatura de mi volcán alcanzó su cenit, momento en el cual todo mi cuerpo se encontraba carente de sangre. Adrenalina, nada más. Odio y adrenalina. Combustibles más que de sobra para acometer el necesario contraataque que devolviera la situación a su merecida normalidad.

De un salto, abandono las cálidas sábanas para adentrarme en la fría e inhóspita oscuridad que me separaba de mi enemigo. Convencido, cegado por la ira, sucedía los pasos con renovada energía. Cada movimiento reforzaba mi cuidada estrategia, mi incontestable derecho a defender mi honor.

Con la misma virulencia y agresividad con que me había alejado de la cama, me encontré con el quicio de la puerta, entornada tras la inesperada salida de mi hermano horas antes. La inercia debida a mi recién descubierto interés por luchar, se daba de bruces contra la impasible hoja de madera maciza. Apenas desplazada, me observaba ajena a mi ridícula aparición. Un golpe certero y seco, tan eficaz como para hacerme olvidar la herida superficial que teñía de rojo mi desconcertado rostro.

Ahí, tumbado, dolorido e incapaz de explicar este nuevo traspié en mi vida, descubrí con gran crudeza que mi mayor pesar no era el mapa que acababa de dibujar en mi cara, sino la enorme culpa que invadía progresivamente cada rincón de mi cuerpo. El cansancio y la pena se apoderaban de mis entumecidos músculos, mientras la sangre continuaba con su peculiar obra de arte.

No sabría contabilizar lo que imagino serían escasos minutos, pero puedo garantizar que mis penosos pasos de vuelta hacia la cama, siempre los recordaré como una de las mayores lecciones que jamás me ha dado la vida. Y todo gracias a mi hermano, quien no sólo acababa de sacudir mis cimientos hasta casi hacerlos caer, sino que además había contribuido de manera involuntaria en uno de los peores golpes que haya recibido. Su descuido al no cerrar la puerta, como tantas veces le habían reprochado mis padres, se había convertido en el improvisado colofón de tan inspiradora fiesta.

Avergonzado, humillado y arrepentido, arrastré mi equivocado orgullo hasta el descanso del guerrero, confiando en que esa necesaria fase de meditación y autocrítica me llenase de valor para afrontar todo lo que sin duda parecía asomar en un mañana que difícilmente pasaría a convertirse inmediatamente en ayer.

martes, 24 de septiembre de 2013

El libro_p07


Capítulo 7

El conserje nos despedía con sorna tras esperar nuestro reiterado retraso, ansioso por poder cerrar la cancela de entrada al edificio. Su sonrisa cómplice no sólo indicaba un secreto a voces sino que permitía observar orgulloso, cómo mi acompañante devolvía el gesto con gran elegancia y consciente de la situación, mientras apretaba orgullosa mi mano junto a su vientre. Paradojas de la vida, me veía de nuevo asociado a un retraso en el instituto, aunque en este caso mucho más agradable y esperanzador.

Mi imborrable sonrisa, sólo comparable a la de ella, evidenciaba lo especial de lo que acababa de ocurrir. La secuencia iniciada con gran tristeza, interrumpida por una inesperada sorpresa y continuada por una explosión nuclear de euforia, habían desembocado inevitablemente en lo que, desde ese mismo momento, sería bautizado como el mejor instante de mi vida. Conmovido por el surrealismo que acababa de acontecer y animado por la inmensa alegría que invadía cada poro de mi piel, me desprendía de toda timidez para afrontar confiado el mayor reto de mi vida. Era ese maravilloso momento con el que tantas veces había soñado. Aquel que siempre había tenido que vivir a través de la experiencia de mi hermano.

Mi primer beso. Mi primer muestra de amor verdadero. O lo que yo pensaba que lo sería.

Mis labios habían encontrado triunfales el ansiado objetivo. Su calidez se veía truncada ante su repentina y gélida respuesta. Nada. Ni el mas mínimo gesto. Ni la mas mínima muestra de alegría o enfado. Nada. Impaciente, los siguientes segundos me parecieron horas. De nuevo, mis peores augurios se apoderaban de mis pensamientos. Todo era miedo y enfado ante mi excesiva confianza, ante mi estúpido alarde de motivación extrema. Era consciente de que, como solíamos decir coloquialmente, “acababa de venirme arriba a tope”. Y lo que es peor, esa grandilocuente locura suponía tirar por la borda tantos días de preparativos y cuidados acercamientos, tantos días de coherente flirteo en busca de allanar un terreno hasta ahora puede que inexistente.

La tan temida “cobra”, expresión empleada para definir el rechazo y consiguiente huida de tu objetivo en el momento del beso, se apoderaba irremediablemente de mis pensamientos...

Segundos de amargura y desconsuelo que sólo podían terminar con una muestra más de mi rocambolesco día.

Sin mediar palabra, me apartó levemente de su boca para dedicarme una impenetrable y misteriosa mirada. Tras una inmensidad en silencio y esperándome lo peor, su sonrisa hizo de nuevo acto de presencia y noté como su mano se apoyaba con ternura en mi nuca, mientras sus dedos se enredaban con maestría entre mis cabellos. Un tremendo escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Con gran delicadeza y no menos decisión, su mano se aferro a mi y me inclino de nuevo hacia ella, esta vez sí, para corresponder mi apasionado atrevimiento con una descarga inexplicable de sensualidad. Sus labios, repletos de vida, se rozaban sutiles contra mis labios, a la espera de una correspondencia que indicara el momento de afianzar el contacto, en busca de que nuestras lenguas invadiera la recién generada caverna que nos separaba y unía a partes iguales. Sentir mi lengua junto a la suya, fue la señal definitiva de que aquel era el día, el día por el que tanto había luchado. La razón por la cual estaba ahí, desafiando a médicos y familiares.

Por fin, estaba vivo, completamente vivo.

Mientras nuestros labios saboreaban las mieles del éxito, mis manos lograron desprenderse del bloqueo inicial para adentrarse valientes y descaradas en el terreno de su fisonomía. Naturalmente, la primera reacción fue la de abrazar su cuerpo con delicadeza, sentir en las yemas de los dedos el calor que desprendía su espalda. Su sencillo top no era capaz de contener la infinidad de sensaciones que brotaban de su piel. Tras unos instantes, mis manos aprovecharon la creciente confianza adquirida en sí mismas, para separar sus caminos y abarcar el máximo terreno posible. Mientras mi mano izquierda emuló su gesto en busca del cuello, mi mano derecha recorrió en sentido contrario su espalda hasta encontrar victorioso el bolsillo trasero de sus vaqueros. Sentir sus glúteos tersos y bien formados bajo mi mano, fue algo que irremediablemente provocó un aumento de la intensidad en mis besos. Sin embargo, el culmen de esta experiencia lo encontré al retomar la posición original, esta vez levantando la camiseta que llevaba puesta, para poder disfrutar del suave y agradable tacto de su espalda. Curiosamente fue entonces ella, quien en respuesta a mi atrevimiento, reaccionó con decisión, apretando nuestros cuerpos mientras me transmitía entregada sus innegables muestras de pasión.

Todo lo que antes era timidez, dudas y miedo, se había convertido en pasión, adrenalina y un sin fin de sensaciones hasta entonces desconocidas, con sus correspondientes manifestaciones físicas.

Lamentablemente, nuestro retraso no hacía sino ir en aumento, y a pesar de que podría haber permanecido así durante toda mi vida, sabía que debíamos abandonar el edificio antes de que la situación empeorara; todo ello, claro está, gracias al hecho de que acababa de descubrir esa sorprendente seguridad en que aquello no podía ser flor de un día, sino que no era sino el primer paso de muchos.

Con la misma facilidad con que habíamos unidos nuestros cuerpos, estos se desprendieron el uno del otro, emplazando la alegría a cualquier otro momento.

Y así es como comenzó una nueva etapa en mi vida. En nuestra vida.

El resto del día se convirtió en una verdadera odisea para mí. Disimular todo lo que se cocía en mi interior frente a mis padres y mi hermano, era un objetivo tan necesario como complejo. No hay nada peor que simular una aparente normalidad cuando la realidad difiere tanto de ese estándar. Era consciente de que mis padres puede que hasta se alegraran de haberlo sabido. Sin duda, mi hermano hubiese explotado de ilusión. El problema era que de haberlo sabido, no me cabía la menor duda de que sería incapaz de mantener ese secreto.

Y que nadie se confunda, estaba deseando compartir todo lo ocurrido con él, incluso con mis padres. Pero había una pequeña parte de mí que me recordaba que existía la posibilidad de que ella pudiera arrepentirse, pensárselo mejor o por qué no, reaccionar de manera extraña. Sea cual fuere su reacción, prefería ser cauto y esperar al resultado, antes de iniciar un proceso de acercamiento a mi familia que pudiera desembocar nuevamente en un fracaso social. No creo que estuvieran preparados para un nuevo contratiempo. Era mejor dejarlo estar y que aprovechasen mi estado de felicidad anterior para ir recargando pilas.

Eso no quita que mi cerebro no fuese a cien mil por hora. Un día feliz que, sin embargo, ocultaba una tarde de lo más extensa. No veía el momento de irme a la cama y acelerar con ello el tiempo que me quedaba hasta volver a verla. Volver a sentir su cuerpo, disfrutar de su increíble sonrisa y de la satisfacción que supone saber que eres tú quien motiva tal obra de arte, tal muestra de alegría y belleza sin parangón.

Por si esto fuera poco, resolver el acertijo de mi querido profesor resultaba ahora de lo más difícil, ante mi evidente distracción. Cada número me recordaba a ella, cada operación matemática parecía llevar su nombre. Si avanzaba en la resolución, me acordaba de mi grandiosos triunfo. Si erraba, me animaba pensando en lo que me acababa de ocurrir.

Imposible. Hoy no soy capaz. Lo peor de todo es que me daba igual. En mi opinión estaba más que justificado y no me cabía la menor duda de que hasta el profesor lo entendería si le explicara el motivo que se escondía tras este fracaso matemático.

Mi fingida normalidad no pasó desapercibida ante nadie. Más bien, dio lugar a un verdadero interrogatorio.

  • ¿Se puede saber qué te pasa?
  • Nada, ¿por qué? Disfruto de este solomillo. Está muy bueno.

Desgraciadamente mi adulador intento por cambiar de tema y desviar la atención hacia la comida, no parecía dar resultado.

  • ¿Seguro que estás bien? No sé, te veo muy serio. Como distraído. ¿No te ha pasado nada en el colegio?
  • ¡Que no Mamá! - “Pobrecilla”. No sabía como acabar con esto sin cambiar el tono. Entiendo que se preocupe, pero ya he decidido que no es el momento de compartirlo con ellos. Desgraciadamente, se me olvidaba ese tremendo don que adquieren las mujeres en el parto, por el cual intuyen todo lo que ocurre en tu cabeza. Aquello de “te conozco como si te hubiese parido”, era algo muy real.
  • ¿No habrás vuelto a llegar tarde, no? Si te pasa algo en el instituto, me lo dirás, imagino. Ya sabes que no me pienso enfadar si tu director vuelve a hablar contigo. Prefiero estar al tanto de todo y lo sabes.
  • Tranquila mamá. - El estrés empezaba a apoderarse de mí. Me sentía acorralado y era incapaz de mentir a mi madre, después de todo lo que había hecho por mi. Entonces, cuando el desastre parecía mi única salida, mi cerebro retomó parte de su actividad intelectual y me iluminó el camino de huida. Por fin, una escapatoria decente. - Es sólo que estoy algo preocupado por lo que pase mañana.
  • ¿Ves? Lo sabía. ¿Qué pasa mañana?
  • Nada, me preocupa que las cosas no transcurran como yo esperaba.
  • ¿A qué te refieres? ¿Algo va mal? ¿No te gusta el curso o es que estás teniendo problemas con los compañeros? Mira que te lo dije.
  • Tranquila mujer. No es eso. El problema es que mi profesor me ha planteado un ejercicio de matemáticas que no logro resolver. Es un acertijo clásico que se supone que debería ser capaz de descifrar, pero no lo veo. Jaja. Qué paradoja, ¿no? - Esta casualidad, suponía el toque de humor que se convertiría en el detalle definitivo de mi elaborada trama de escape, con el que zanjar la conversación y cambiar de tema. En definitiva, sabía que mi madre no acababa de secundar mis bromas acerca de mi situación actual.
  • ¡Ah! Pues haberlo dicho. Seguro que tu padre puede echarte una mano.
  • No te ofendas papá, pero me temo que es algo bastante complejo. Lo que pasa es que el profesor me tiene muy bien valorado y confía en mí. Se ve que demasiado. Y, desde luego, no me gustaría perder ese trato preferencial y que se desilusione.
  • Bueno hijo, pero si es tan difícil, entenderá que te cueste solucionarlo. Vamos, digo yo. Lo único que tengo claro es que no quiero verte preocupado por algo así.
  • Mamá, ya está bien. Tengo que intentarlo y si no lo consigo, es normal que me enfade.
  • Pero...
  • Lo siento mamá, pero ya soy mayorcito y estoy decidido a hacer lo que me gusta, cueste lo que cueste. No te preocupes. Lo peor que puede pasar es que mañana me encuentre más cansado de lo normal. Eso es todo. Una más que probable noche sin dormir, y listo. Ya verás cómo lo logro. - Eso era seguro. Esa noche tenía claro que no iba a ser capaz de conciliar el sueño. Demasiadas emociones, demasiado en qué pensar. Aunque las matemáticas fueran lo de menos, quizá puede que se convirtieran en un socorrido entretenimiento para cuando la desesperación se apoderara de mí.
  • ¡Ay mi niño! ¡Que cabezón eres! A quién habrá salido, ¡eh!. - exclamó mi madre, mientras dedicaba una acusadora mirada a mi padre.
  • Ya sabía yo, que al final me salpicaba a mí. Con lo “calladito” que estaba yo aquí...
  • Déjate de tonterías. Ya sabes lo que dijo el médico...
  • Venga ya mujer. Vamos a comer antes de que reciba alguien más. No pasa nada. Está bien que el niño intente solucionar lo que el profesor le ha planteado. Si él cree que puede hacerlo, por algo será.
  • Desde luego, no será por tu habilidosa genética.
  • Ya está. Me tocó. Como el “Luisma” es tonto... Jajaja.

El comentario de mi padre, una vez más, desataba las risas de todos. Ese mar de carcajadas, inspirado en un célebre personaje de la televisión, no sólo zanjaba la discusión, sino que me permitía relajarme por fin. Objetivo conseguido. No sin esfuerzo, había superado la tormenta.

Mi madre, por el contrario, seguía preocupada y no olvidaría este tema tan fácilmente. Su mirada mostraba una incertidumbre e inquietud difíciles de esquivar. Puede que hubiese perdido esta batalla, pero no la guerra. Así que más me valía disimular mañana mi cansancio y hacer todo lo posible hoy por dormir lo suficiente como para lograrlo. Todos conocían lo incisiva que podía ser mi madre, cuando de la salud y bienestar de sus hijos se trataba. Y... la tenía que comprender.

Consciente de mi estrategia y con un leve atisbo de culpa que asomaba por mi subconsciente, me acerqué a mi madre, le di un cariñoso beso, le dediqué mi mejor sonrisa y me despedí de ella deseándole las buenas noches.

  • No te preocupes mamá. Te prometo que haré todo lo que pueda por resolverlo lo antes posible y dormir lo máximo, ¿vale?
  • Vale. - dijo mi madre con voz cansada. Resignada me devolvió el beso y me guiñó el ojo, cómplice a la par que consciente de mi testarudez.
Pese a la mini crisis a la que acababa de enfrentarme, me dirigía hacia mi cuarto con mi objetivo más que cumplido. Mis padres ya tenían tema de conversación para toda la noche y mi hermano no osaría siquiera a entrar en mi cuarto, dada su inexplicable alergia a todo lo relacionado con las matemáticas. De este modo, podría mantener mi secreto hasta mañana, cuando pudiera verla y confirmar hasta qué punto, lo que acababa de vivir esa tarde, era real.

La noche, curiosamente, transcurrió pesada entre los entresijos de mi coartada y mi inevitable realidad.

La frustración debida a mi incapacidad para dar con la clave del enigma matemático al que parecía enfrentarme, crecía de manera exponencial, conforme mi grado de cansancio iba del mismo modo en aumento. Todo ello, provocaba que mis pensamientos relacionados con los acontecimientos de esa misma tarde, se tornaran progresivamente hacia la negatividad más absoluta, resucitando esos viejos fantasmas que me alejaban de ella.

Agotado, derrotado y completamente abatido, el cansancio terminó por sobreponerse a mi mermada ilusión y a mi destrozado orgullo. Finalmente, mi querido despertador marcaba las 4:20 de la mañana cuando decidí sucumbir al desastre y rendirme ante la evidencia, adoptando la posición horizontal que me trasladaría directamente al tan ansiado mañana.

martes, 3 de septiembre de 2013

El libro_p06


Capítulo 6

Un nuevo día se presenta ante nosotros con las mismas legañas y el mismo inexplicable cansancio con que tiene a bien recibirnos habitualmente.

Los días de gloriosa puntualidad se han ido sucediendo con gran maestría hasta el punto de que he logrado despojar a mis incrédulos compañeros de esa inevitable “sonrisilla” con la que se enfrentaban a mi llegada. Cada vez resultan más lejanos aquellos días fatídicos en los que mis retrasos me impedían acceder a ellos como el compañero que, sin duda, soy. Ahora son los deberes que pueblan nuestra pesada mochila quienes protagonizan nuestro ajetreado día a día.

No podría ocultar mi gran temor a ser nuevamente rechazado ante mi extrema dedicación al curso, mi obsesión por aprender y mantenerme al día en lo exigido. No sólo temía erigirme en el nuevo empollón del grupo sino evidenciar mi lamentable ausencia de entretenimientos extra escolares que pudieran alejarme en cierto modo de mi labor docente. Sin embargo, se ve que la edad nos situaba ante una realidad diferente a la que yo conocía. En este recién descubierto contexto, la sabiduría y obtención de buenos resultados, no implicaba en modo alguno motivo de burla entre mis compañeros, sino en la mayoría de los casos una gran indiferencia y, en determinados casos concretos, incluso algo de admiración e interés por mis conocimientos.

Mi recuperación alcanzaba ahora su cota más alta, al empezar a considerarme a mi mismo uno más, simplemente eso, un alumno del montón. Puede que algunos no entiendan esta afirmación, pero no sabría expresar mejor lo que desde aquel periodo vendría a llamarse satisfacción. Simple alegría por volver a sentir esa normalidad de la cual, hace años, fui despojado.

Hoy en día, mis preocupaciones volvían a centrarse en esas banalidades que nos hacen tan humanos. Olvidar mis objetivos de trivial para centrarme en lo trivial de mis objetivos.

Esto no esconde el desinterés cultural que mi madre parecía intuir. No. Por el contrario, mi vida reivindicaba su lugar preferente para deleitarme con esas pequeñas cosas que nos hacen tan especiales.

Mis nuevos compañeros comenzaban a recorrer el arduo camino hacia mi amistad, y lo más importante, me enseñaban el sendero por el cual acceder a la suya. Un deambular muy interesante e inspirador que hacía mucho que no experimentaba.

La única pega a tan delicioso avance personal, recaía sobre mi recién descubierta timidez. Esa inexplicable reacción que me impedía articular palabra alguna cuando mi interlocutor dejaba de ser alguno de mis compañeros para convertirse en ella, mi compañera, la chica de la tercera fila.

Mi miedo a que los demás notasen mi obsesivo interés, eclipsaba incluso mi temor a que ella pudiera descubrirme. Todo lo andado, en mi proceso de integración social en el grupo, no podía verse abandonado ante un falso movimiento hacia la que parecía candidata unánime a reina de la fiesta.

Entre líneas me esforzaba por obtener cualquier dato sobre ella o sus amigos, que pudiera acercarme a mi objetivo. El resultado: las muestras de admiración se completaban con celosos intentos por derrocar tan inminente reinado, entre sus supuestas iguales. Mientras el sector masculino coincidía orgulloso en un acuerdo absoluto sobre su belleza sin igual, las representantes del sector femenino se debatían entre una interesada amistad y sus incorruptibles enemigas, dispuestas a despreciar cada una de sus innegables virtudes.

Sea cual fuere la razón que motivaba a cada uno de ellos, mi conclusión resultaba cada vez más evidente. Si yo me consideraba aislado por deméritos propios, su situación no difería mucho de mi desgracia aunque por motivos bien diferentes. Su relación con la clase era bastante peculiar. Un mundo con dos caras muy alejadas. Por un lado, la sonriente mirada con que devolvían sus intentos de acercamiento; por otro lado, sus tardíos y amargos ecos de crítica con que eran posteriormente analizados sus actos.

En definitiva, empezaba a encontrar ciertas similitudes conmigo, salvando claramente las distancias.

Poco a poco, casi obligado por las amenazas del valiente de mi hermano, superaba a duras penas las barreras que me alejaban de ella. Cada mirada, cada intercambio de ideas, cada ejercicio en común se transformaba en mi principal fuente de energía de cara al próximo día, a mi próximo reto frente a ella. Una máquina algo oxidada y “fallona” que, por suerte, contaba con un motor que se realimentaba con cada nuevo logro.

He de reconocer que, no sé si fruto de mi gran ilusión o de su cierto aislamiento, mis acercamientos eran recibidos, desde mi punto de vista, con aparente alegría. Sería algo pretencioso decir que empezábamos a llevarnos bien, pero la realidad era que cada vez sucedían con mayor frecuencia esos “fortuitos” encuentros. Lo mejor de todo, era que ella comenzaba a sentirse parte de la ecuación, aportando inconscientemente su pequeño granito de arena a esta mega construcción que me había dispuesto a erigir.

Los intencionados retrasos con que forzaba ser el último en abandonar la clase con ella, daban lugar a unas interesantísimas conversaciones con las que aprender acerca de sus inquietudes y sus hobbies antes de abandonar el instituto y retomar cada uno nuestros respectivos caminos a casa.

Esta extraña costumbre no pasaba desapercibida en casa, ante las reprimendas de mi madre por mis cada vez más frecuentes y amplios descuidos frente a la hora estipulada para el almuerzo.

Mi hermano, que no era ni de lejos ajeno a mi cuidada e improvisada estrategia, supo ganarse mi confianza para contribuir como aliado en la consecución de tan trabajada conquista, acercándome en coche a casa y con ello suplir los retrasos derivados de aquellos extensos ratos de charla y flirteo con que cerrábamos distraídos el día de clase.

Cabe dejar claro, que su actitud, lejos de resultar altruista, escondía una estrategia no menos interesada por buscar aliados frente a posibles retrasos en los que él pudiera verse sumido en su intento por disfrutar al máximo de la compañía de su querida Rocío.

Como dos simples jóvenes de nuestra edad, nos utilizábamos mutuamente como coartadas frente a nuestros permisivos padres, quienes más que conscientes de nuestras sospechosas prácticas, se enorgullecían de la química con la que nos compenetrábamos mi hermano y yo.

Un nuevo hito en nuestra inmejorable relación que afianzaba con creces una amistad tan especial. Un apoyo sin igual en los malos momentos y, afortunadamente, no menos importante en los buenos.

Sin embargo, el apoyo de mi hermano no era mi principal alegría. Cada día, como si de una cita premeditada se tratara, el sonido del timbre de salida representaba para mi el inicio de mi verdadero día. La lenta y estudiada maniobra de recogida de la mochila, se veía correspondida por varias sonrisas pícaras entre mis apresurados compañeros, tan sólo eclipsadas por el fulgor de la más tierna y tranquila de todas. Aquella que paciente, esperaba mientras mantenía mi eficiente impostura.

Nuestro compromiso no hablado era total. No importaba quien se nos dirigiera o cuales fueran las circunstancias que precedieran al final de las clases, el resultado siempre era el mismo. Inmediatamente nuestras miradas se cruzaban inquietas en busca de esa confirmación silenciosa que nos permitiera relajarnos, conscientes de que una vez más, disfrutaríamos de nuestra ansiada tertulia. Era curioso ver cómo a lo largo del día nos evitábamos, confiados en el final de la jornada, como ese pequeño espacio de tiempo en el cual disfrutar el uno del otro, lejos de toda mirada indiscreta, lejos de todo cotilleo, lejos de todo. Solos ella y yo. Mi recién bautizado paraíso.

Como cada día, hoy no me gustaría encontrar esa famosa excepción que tiende a confirmar la regla. Nervioso, la última hora de clase transcurre entre ecuaciones matemáticas y algún que otro problema algo complejo de resolver. Más aún si el 90% de mis neuronas parecían dedicadas a una única operación matemática, tan sencilla como utópica. 1+1=X. Y ese era mi problema. Todo se resumía en la tremenda incógnita que habitaba esquiva pero omnipresente entre mis más ansiados sueños. Las dudas se multiplicaban sin control, fruto de la creciente ansiedad con que afrontaba la melodía que indicaba el fin del día académico y el inicio de mi principal tarea.

Apenas diez minutos antes del final de la clase, el profesor nos sorprendió con uno de esos problemas casi irresolubles, con que motivar a los alumnos más aventajados y fomentar entre el resto una sensación de envidia sana y admiración a partes iguales. Tras varias preguntas bastante incisivas emitidas al conjunto de la clase, el silencio más absoluto se apoderó de todo el aula. La tensión aumentaba descontrolada mientras mi intelecto mantenía su anunciada huelga indefinida. De este modo, transcurrieron los últimos instantes de clase, sin que ningún compañero mostrara el más mínimo interés en el pequeño reto planteado. Sin más, el tiempo llegó a su fin y con ello, la estampida general que solía suceder a tan añorada melodía.

La estúpida sonrisa se apoderaba irremediablemente de mí, pese a mis esfuerzos por esconder un secreto a voces. Totalmente inmerso en mi meditada actuación, centraba mis movimientos en un laborioso e intencionado proceso de organización de mi pupitre y mi mochila, cuando justo tras de mí, la sensación de alguien que se acercaba me obligó a girarme consciente de que esta premura no podía sino significar un manifiesto interés, por su parte, en contar con mi presencia. Incapaz ya de ocultar mi ilusión y pensando en ese ingenioso comentario que convirtiera ese momento en inolvidable, aprovechaba la ralentización de la escena para recrearme en su belleza. Sin embargo, donde esperaba encontrar sus maravillosos ojos verdes aderezados por una de sus innumerables y fascinantes muecas, resultó que se encontraban los fríos y profundos ojos marrones de mi profesor, cuyas lentes de contacto monopolizaron la escena ante la cercanía de mi inesperado interlocutor y el tremendo chasco asociado a él. Estupefacto y algo avergonzado, me dirigí a él con un saludo entrecortado que intenté disimular como un ingenuo gesto de sorpresa.

Este pequeño giro de los acontecimientos respondía a una sincera preocupación surgida en mi maestro, quien incapaz de ocultar su decepción, me reprendía por no haber manifestado ninguna opinión acerca del problema recién planteado. Confuso, me preguntaba si había algún problema que pudiera motivar tal falta de interés.

Mi repentina tartamudez no hacia sino aumentar. Inquieto me apresuré en encontrar una ingeniosa excusa que pudiera reconquistar su extinta confianza en mi, al tiempo que me permitiera resolver este contratiempo a la mayor brevedad posible. Todo ello, con la suficiente naturalidad como para alejar cualquier atisbo o sombra de duda acerca de mi entrega en su clase.

Con no pocos problemas, logré convencer a mi interlocutor de que no tenia por qué preocuparse, si no que se trataba simplemente de un conjunto de circunstancias puntuales, comandadas por una mala noche y un pico en mi gráfica de timidez.

Tras la consiguiente conversación improvisada de tipo matemático-social, todo parecía recobrar su normalidad. Afectuosos, nos despedimos, emplazándonos a nuestra próxima hora en común, con el firme compromiso por mi parte, de encontrar la solución a tan complejo ejercicio.

Capeado el temporal, mi cerebro se desprendía poco a poco de su espontánea tarea para centrarse en mi objetivo original. Un nuevo giro de cabeza, esta vez a “cámara superrápida”, acompañaba mi gran inquietud por el desafortunado e inapropiado imprevisto. La celeridad y brusquedad de mi gesto, no pudo evitar su fatídico resultado. La tercera fila se encontraba ya completamente vacía. A continuación, toda una serie de nerviosos y desesperados gestos vinieron a confirmar mis peores augurios. El fatídico día había llegado. Mi musa me había abandonado. Mi increíble racha triunfal había alcanzado su previsible final. La ausencia de compañero alguno, refrendaba una soledad aún mayor que se apoderaba a pasos agigantados de mi incrédulo y desolado cuerpo.

No me lo podía creer. Se había ido, sin más. Ni siquiera me había avisado de que tuviera prisa. Ni un mísero adiós.

No puede ser.

En realidad, es lógico que se haya ido. ¿Qué iba a hacer? ¿Se iba a quedar esperando que terminara de hablar con el profesor? Desde luego, ya le vale. Y todo por culpa del maldito problema. ¿A quién le importa ese estúpido acertijo? No me lo puedo creer, ¡qué mala suerte tengo!

Abatido termino mi proceso de empaquetado con inusual eficacia.

¿A quién quiero engañar? En el fondo, yo sabía que esto tenía que pasar. Una cosa es que fuera simpática, y otra muy diferente que estuviera interesada en mí. Esto me pasa por “flipado”. Ella es un “pivón” y yo soy un simple “don nadie”. ¿Qué esperaba? ¿Cómo he podido ser tan iluso? Hablaba conmigo porque no tenía nada mejor que hacer, y punto.

Ensimismado en mis tétricos pensamientos, abandonaba la clase y, con ella, un pedacito de mi recién descubierta ilusión. Triste y melancólico enfilaba la puerta en dirección a la escalera, cuando un inesperado golpe, acompañado de un grito de fingida indignación, interrumpían mi lamentable transcurrir.

  • ¡Hey! ¿Dónde vas con tanta prisa? ¿Pensabas irte así, sin más? - Esa voz. Desde lo más profundo de mi subconsciente, reconocía ese tono tan familiar. Inmediatamente mis cinco sentidos retomaban sus funciones para concentrarse en este nuevo imprevisto. Aún desconcertado, detenía mi marcha para dirigirme a él.
  • ¿Qué pasa? - Me esforzaba en decir, aún algo confundido. Mientras emitía esta inexpresiva expresión, mi tono cambiaba progresivamente desde la neutralidad inicial, hacia su máxima manifestación de felicidad, al descubrir atónito, cómo la culpable de tales acusaciones no era sino lo mas bonito de mi vida. Ella. Esta vez sí, sus penetrantes ojos y su impresionante mueca estaban ahí, sonrientes y juguetones.
  • ¡Hey! ¿Qué... Qué haces aquí? Pensaba que te habías ido.
  • ¿Cómo me iba a ir sin despedirme de ti? ¿Por quién me tomas? Esa es la imagen que tienes de mi... desde luego...

    Su saludo se acababa de convertir en la chispa que encendiera toda una explosión de júbilo y extrema satisfacción ante la sorpresa del día. La irrefutable confirmación de mis mejores deseos. Estaba ahí, me había esperado en la puerta del aula a que terminara. Eso solo podía significar una cosa.

    Y convencido de mi argumentación interior, me deje simplemente llevar por mi euforia, consciente de lo que se estaba cocinando en mi interior, aunque despojado de todo criterio. Con fuerzas renovadas y armado de un valor desconocido para mí, interrumpí su frase para rodear su esbelta figura con mi tembloroso brazo, en un gesto rápido y directo. Sin titubeos. Por primera vez desde que la conocía, las dudas se habían alejado de mí.

    Estaba completamente seguro de que era el momento, era el lugar. Ahora o nunca.

    Sin más, ordené a mis labios surcar el océano de incertidumbre que siempre nos había separado para atracar en la seguridad de sus carnosos e impactados labios. Un placer sin igual, que desgraciadamente, no parecía ser correspondido, a juzgar por su inerte reacción. Inmóvil, su boca mostraba el evidente contagio sufrido ante la parálisis de todo su cuerpo; sólo dos amplísimas cuencas colmatadas por sus atónitos ojos, evidenciaban restos de vida.

“¡¿En serio?! No puede ser”- pensé.