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lunes, 3 de febrero de 2014

El libro _p11


Capítulo 11

Pocas cosas en mi vida podrían ser descritas con tanto lujo de detalles como aquella sonrisa perfecta. Un cúmulo de matices e imperfecciones capaz de conformar el mayor paradigma posible de la belleza, la perfección.

Tópicos aparte, cada instante con ella suponía un aluvión de emociones que invadían mis pensamientos hasta apoderarse de todo resquicio de duda o negatividad. Sé que en ocasiones se alude a la utopía, la ingenuidad fruto del amor o la ilusión del principio, pero me enorgullece poder decir que más allá de lo que pasase mañana, por destructivo que pudiera resultar, jamás podría desprenderme de esto. En tan sólo unos meses mi vida había pasado de convertirse en un reto diario por sobrevivir y alcanzar mi tan ansiada mediocridad, a una felicidad extrema ante la cual la única lucha posible es la de mantener los pies en la tierra y evitar desprenderme de una mediocridad casi olvidada.

Pensé que el tiempo se apoderaría de nuestra relación, que la ilusión inicial se desvanecería, incluso llegué a temer que haber logrado mi objetivo pudiera condicionar mi pasión. Meses más tarde, seguía emocionándome al recordar nuestro primer beso, los vellos aún se erizaban al visionar lo ocurrido. Y lo que es más importante, el pasado, lejos de ser un retal melancólico que me alejara de mi presente, se erguía en los cimientos de una realidad cada vez más prometedora.

Todos mis días contaban con un primer beso, una primera caricia, un primer abrazo y una primera sonrisa. De hecho, raro era el día que no contaba con múltiples primeros besos.

Sin embargo, la felicidad sentimental acabó atrayendo una inevitable bajada de mi rendimiento académico, fruto de la compartimentación de mi cerebro, donde mi relación ocupaba una superficie exponencialmente mayor. Afortunadamente, una de las máximas de la vida se cumplió sin excepciones y el hecho de estar contento y a gusto conmigo mismo vino a suplir dichas carencias, logrando una eficacia sin igual, optimizando el tiempo empleado para mis tareas al máximo con el fin de dedicar el mayor tiempo posible a ella, mi musa, mi otro yo.

En casa, desgraciadamente, no siempre entendieron las cosas como yo. A pesar de que mis esfuerzos por mantener mis resultados daban poco a poco sus frutos, mis padres mostraban una preocupación notoria sobre mi, en palabras de mi madre, obsesión por esa chica.

Quiero pensar, que aparte de luchar por el bienestar presente y futuro de su hijo, en el fondo no podían dejar de verme como ese chico desprotegido y condicionado, incapaz de realizar una vida normal e independiente. Por mi parte, la lectura era completamente opuesta. Encontrar a una persona tan increíble y enamorada de mi, suponía el broche de oro a mi integración social y me doctoraba en mi nueva vida, aquella en la que luchar exclusivamente por ser uno más. Un joven preocupado por sus estudios y sus amores, no precisamente en ese orden. Lo tenía. Tenía unos estudios que me interesaban mucho más de lo que podría haber pensado inicialmente y contaba con el apoyo y la compañía de alguien capaz de relegar ese interés a un distanciado pero meritorio segundo plano.

Tan sólo existía un “pero” en nuestra idílica relación. Seguía manteniendo un tabú que no me atrevía a tratar con franqueza. Ambos sabíamos que yo no era como los demás, pero en el fondo nunca habíamos hablado de ello. Probablemente por miedo a que ella pudiera asustarse o, en su caso, por evitarme un mal rato o generar cualquier tipo de malentendido que me alejara de ella. Era muy bonito sentir cómo ella se volcaba en mi sin miedos ni celos. Me hacía sentir la persona más afortunada del mundo, aunque al final siempre acabara apareciendo esa nimiedad que lo estropeaba. En mis adentros era consciente de que algún día tendría que armarme de valor y abrirle la última de mis puertas. Pero, sinceramente, aún no me sentía lo suficientemente seguro de mi mismo ni de nuestra relación como para acometer tan temible tarea. Y eso me entristecía. Por muy oculto que quedara tras toneladas de indudable felicidad, lograba asomar su presencia.

Como suele ocurrir, las mejores cosas de esta vida, ocurren casi sin querer.

Una mañana más, en mi paseo hacia el instituto, me encontré con ella a mitad de camino para disfrutar de los últimos momentos del trayecto junto a ella y deleitarnos con nuestro tradicional café de la esquina. Lejos quedaban ya aquellas aventuras estresantes y complicadas con las que alcanzar la esquiva puerta del centro. Aprovechando aquellos infinitos momentos de alegría, nuestra conversación giró en torno a uno de esos temas que no pasan desapercibidos.

Dado que aquel maravilloso e inolvidable beso había dado lugar a otros del mismo calibre y los momentos junto a ella pasaron de ser bonitas excepciones para convertirse en una placentera rutina, decidimos que no tenía sentido seguir ocultando la evidencia. No más caricias furtivas, no más imposturas mal fingidas, no más besos encarcelados. Ya habían pasado varias semanas y la satisfacción añadida a todo lo que se considera prohibido o desconocido ya carecía de sentido.

Firmes en nuestro recién definido acuerdo, coincidencias del destino, durante unas jornadas deportivas organizadas por el instituto en el que compartíamos equipo de voleibol, no pude evitar ajustar cuentas pendientes con mi pasado y reaccionar ante su acercamiento sonriente. Esta vez sí, esta vez la besaría y no dejaría pasar la oportunidad de compartir con ella mi deseo y mi admiración. Lo ocurrido con Sandra justo antes de iniciarse mi particular calvario no podía repetirse y pensé que no había mejor manera de cerrar esa etapa que cambiando las tornas de mi actitud frente a un instante peligrosamente parecido.

Inmerso en tales discusiones internas, Miriam pareció leer como tantas otras veces mis pensamientos y me guiñó cómplice uno de sus maravillosos ojos, indicando con ello su aprobación de lo que fuera estaba tramando en silencio.

Cual sensible robot, obedecí firme a su llamada y me dirigí a ella hasta alcanzar glorioso la comisura de sus labios. Mis brazos se adherían convencidos alrededor de los suyos, motivados por la euforia reinante.

Sin embargo, lo que para nosotros suponía una liberación definitiva, entre nuestros compañeros generó reacciones muy diversas. Y lo que es peor, ante los alumnos de otras clases, una sorpresa mayúscula. Nadie en el instituto era ajeno a los rumores que se oían acerca de nuestra relación pero, imagino que debido a lo que ella representaba dentro del escalafón de las niñas del “insti” y mis especiales circunstancias, nunca habían llegado a establecerse como una de las comidillas oficiales del mini pueblo en el que estudiábamos.

Por todo ello, ese beso y posterior derroche de cariño, no pudo sino desatar lo peor de cada uno, hasta descubrirnos lo cruel que podemos llegar a ser en ocasiones. Las risillas nerviosas dieron progresivamente lugar a carcajadas sarcásticas hasta que, en pocos minutos, la presión ejercida sobre nosotros desde todos los ángulos posibles era atroz, insoportable. La tensión fluía en torno a nuestro improvisado partido y no era precisamente el fin deportivo lo que motivaba tal ambiente. La competitividad, en este caso social, se apoderó de aquellos considerados como líderes de la manada y sus reacciones no se hicieron esperar. Las niñas que ostentaban el cetro de las más guapas se dirigían a ella como si su relación conmigo les confirmase su condición de fracasada. Mi beso se había convertido en su sentencia definitiva y en la excusa perfecta para desprestigiar a quien todas consideraban como una auténtica rival.

Por su parte, los niños, fieles a nuestra propia idiosincrasia, se decantaban más bien por la sorna y las bromas de mal gusto para ensalzarme al pódium de los héroes, desde el cual emplear la ironía para arrojarme al vacío.

Si fuese el único afectado en esta situación, he de reconocer que no me hubiese alterado lo más mínimo, dado que una de las cosas para las cuales me habían preparado con más ahínco en mi casa, era para la posible burla fácil de mis compañeros. Y no puedo engañar a nadie, cuando has pasado por tanto, cuanto menos aprendes a relativizar ciertas estupideces. Pero no. No estaba sólo en esto. Y era la primera vez en que no acompañaba esa frase con un rotundo “afortunadamente”. Todo ese entorno hostil despertó los peores fantasmas de mi cabeza, destapando mi principal duda acerca de nuestra relación: mi problema, mi maldito problema.

Avergonzado y algo incómodo, me derrumbé y me dejé llevar por el infante que puebla en cada uno de nosotros, abandonando la escena con el firme convencimiento de que eso acallaría las voces y alejaría a Miriam del tornado que se acababa de generar. Nada más lejos de la realidad. Como no podía ser de otro modo, aquello no hizo sino incentivar a los aburridos alumnos, hasta alcanzar al unísono toda una serie de cánticos hirientes hacia mi persona. Enfurecido y devastado, me dispuse a recoger mis pertenencias antes de retomar el camino de vuelta, huyendo más de mí mismo que de los presentes.

Preocupada, Miriam seguía mis pasos a escasa distancia, deseando alcanzarme para aclarar las cosas. Su estela no sólo no me ayudaba, sino que ejercía sobre mí una presión añadida difícil de afrontar. Era uno de esos momentos en los que la soledad parece erigirse en la única compañía posible. Todo esto era nuevo para mí y era consciente de que me estaba viendo superado por las circunstancias. Conforme más se acercaba el sonido de sus pasos, mayor era la energía con que aceleraba mi huida.

Recorrimos así casi todo el instituto hasta alcanzar por fin nuestro aula. Acorralado y sin ideas, la desesperación se hizo cargo de la situación reaccionando ante Miriam como si fuera ella la culpable de aquel desaguisado. Sin éxito, intenté persuadirla para que me dejara sólo y simplemente se olvidara de lo ocurrido.

  • Miriam, déjame en paz. Como verás, no es un buen momento.
  • Ven aquí.
  • ¡No!
  • Vamos a ver, ¿se puede saber que mosca te ha picado? ¿Me he perdido algo? ¿En serio vas a dejar que esta panda de gilipollas te amarguen la fiesta? No te ofendas, pero me niego a creer que el chico duro y luchador del que me enamoré vaya a derrumbarse ante cuatro “graciosillos” de poca monta.
  • Tú no lo entiendes, Miriam. Es mucho más complicado que todo eso.
  • Bien, sorpréndeme. Aquí me tienes. Deléitame con esa aparente complejidad que se permite el lujo de alejarme de la persona a la que más quiero en esta vida.
  • Miriam. Por favor, ya me conoces.
  • ¡Ni Miriam ni hostias! Tú también me conoces a mí y sabes que todos los payasos que están gritando ahí fuera me importan un bledo. Sólo estoy aquí por ti, porque jamás te había visto tan agobiado. Ni cuando recibías un aviso del director tras otro por tus reincidentes retrasos. Así que creo que merezco una explicación. Y no se te ocurra repetir eso de que es complicado. No me gusta ver como mi novio me huye por todo el instituto como si fuese la portadora de algún mal contagioso. Hasta donde yo sé, no he hecho nada que te haya podido molestar, ¿o sí?

Hundido y sin salida, no pude sino respirar hondo y pedirle que se sentara, pasando por alto uno de los momentos más especiales con que me había encontrado en todo el día. La emoción del momento le había llevado a referirse a mi como su novio. Un placer para mis oídos, un punto de inflexión en nuestra relación que me veía obligado a obviar ante lo delicado de nuestra conversación.

  • Está bien, si eso es lo que quieres, creo que tienes toda la razón. Te mereces una explicación.

martes, 24 de septiembre de 2013

El libro_p07


Capítulo 7

El conserje nos despedía con sorna tras esperar nuestro reiterado retraso, ansioso por poder cerrar la cancela de entrada al edificio. Su sonrisa cómplice no sólo indicaba un secreto a voces sino que permitía observar orgulloso, cómo mi acompañante devolvía el gesto con gran elegancia y consciente de la situación, mientras apretaba orgullosa mi mano junto a su vientre. Paradojas de la vida, me veía de nuevo asociado a un retraso en el instituto, aunque en este caso mucho más agradable y esperanzador.

Mi imborrable sonrisa, sólo comparable a la de ella, evidenciaba lo especial de lo que acababa de ocurrir. La secuencia iniciada con gran tristeza, interrumpida por una inesperada sorpresa y continuada por una explosión nuclear de euforia, habían desembocado inevitablemente en lo que, desde ese mismo momento, sería bautizado como el mejor instante de mi vida. Conmovido por el surrealismo que acababa de acontecer y animado por la inmensa alegría que invadía cada poro de mi piel, me desprendía de toda timidez para afrontar confiado el mayor reto de mi vida. Era ese maravilloso momento con el que tantas veces había soñado. Aquel que siempre había tenido que vivir a través de la experiencia de mi hermano.

Mi primer beso. Mi primer muestra de amor verdadero. O lo que yo pensaba que lo sería.

Mis labios habían encontrado triunfales el ansiado objetivo. Su calidez se veía truncada ante su repentina y gélida respuesta. Nada. Ni el mas mínimo gesto. Ni la mas mínima muestra de alegría o enfado. Nada. Impaciente, los siguientes segundos me parecieron horas. De nuevo, mis peores augurios se apoderaban de mis pensamientos. Todo era miedo y enfado ante mi excesiva confianza, ante mi estúpido alarde de motivación extrema. Era consciente de que, como solíamos decir coloquialmente, “acababa de venirme arriba a tope”. Y lo que es peor, esa grandilocuente locura suponía tirar por la borda tantos días de preparativos y cuidados acercamientos, tantos días de coherente flirteo en busca de allanar un terreno hasta ahora puede que inexistente.

La tan temida “cobra”, expresión empleada para definir el rechazo y consiguiente huida de tu objetivo en el momento del beso, se apoderaba irremediablemente de mis pensamientos...

Segundos de amargura y desconsuelo que sólo podían terminar con una muestra más de mi rocambolesco día.

Sin mediar palabra, me apartó levemente de su boca para dedicarme una impenetrable y misteriosa mirada. Tras una inmensidad en silencio y esperándome lo peor, su sonrisa hizo de nuevo acto de presencia y noté como su mano se apoyaba con ternura en mi nuca, mientras sus dedos se enredaban con maestría entre mis cabellos. Un tremendo escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Con gran delicadeza y no menos decisión, su mano se aferro a mi y me inclino de nuevo hacia ella, esta vez sí, para corresponder mi apasionado atrevimiento con una descarga inexplicable de sensualidad. Sus labios, repletos de vida, se rozaban sutiles contra mis labios, a la espera de una correspondencia que indicara el momento de afianzar el contacto, en busca de que nuestras lenguas invadiera la recién generada caverna que nos separaba y unía a partes iguales. Sentir mi lengua junto a la suya, fue la señal definitiva de que aquel era el día, el día por el que tanto había luchado. La razón por la cual estaba ahí, desafiando a médicos y familiares.

Por fin, estaba vivo, completamente vivo.

Mientras nuestros labios saboreaban las mieles del éxito, mis manos lograron desprenderse del bloqueo inicial para adentrarse valientes y descaradas en el terreno de su fisonomía. Naturalmente, la primera reacción fue la de abrazar su cuerpo con delicadeza, sentir en las yemas de los dedos el calor que desprendía su espalda. Su sencillo top no era capaz de contener la infinidad de sensaciones que brotaban de su piel. Tras unos instantes, mis manos aprovecharon la creciente confianza adquirida en sí mismas, para separar sus caminos y abarcar el máximo terreno posible. Mientras mi mano izquierda emuló su gesto en busca del cuello, mi mano derecha recorrió en sentido contrario su espalda hasta encontrar victorioso el bolsillo trasero de sus vaqueros. Sentir sus glúteos tersos y bien formados bajo mi mano, fue algo que irremediablemente provocó un aumento de la intensidad en mis besos. Sin embargo, el culmen de esta experiencia lo encontré al retomar la posición original, esta vez levantando la camiseta que llevaba puesta, para poder disfrutar del suave y agradable tacto de su espalda. Curiosamente fue entonces ella, quien en respuesta a mi atrevimiento, reaccionó con decisión, apretando nuestros cuerpos mientras me transmitía entregada sus innegables muestras de pasión.

Todo lo que antes era timidez, dudas y miedo, se había convertido en pasión, adrenalina y un sin fin de sensaciones hasta entonces desconocidas, con sus correspondientes manifestaciones físicas.

Lamentablemente, nuestro retraso no hacía sino ir en aumento, y a pesar de que podría haber permanecido así durante toda mi vida, sabía que debíamos abandonar el edificio antes de que la situación empeorara; todo ello, claro está, gracias al hecho de que acababa de descubrir esa sorprendente seguridad en que aquello no podía ser flor de un día, sino que no era sino el primer paso de muchos.

Con la misma facilidad con que habíamos unidos nuestros cuerpos, estos se desprendieron el uno del otro, emplazando la alegría a cualquier otro momento.

Y así es como comenzó una nueva etapa en mi vida. En nuestra vida.

El resto del día se convirtió en una verdadera odisea para mí. Disimular todo lo que se cocía en mi interior frente a mis padres y mi hermano, era un objetivo tan necesario como complejo. No hay nada peor que simular una aparente normalidad cuando la realidad difiere tanto de ese estándar. Era consciente de que mis padres puede que hasta se alegraran de haberlo sabido. Sin duda, mi hermano hubiese explotado de ilusión. El problema era que de haberlo sabido, no me cabía la menor duda de que sería incapaz de mantener ese secreto.

Y que nadie se confunda, estaba deseando compartir todo lo ocurrido con él, incluso con mis padres. Pero había una pequeña parte de mí que me recordaba que existía la posibilidad de que ella pudiera arrepentirse, pensárselo mejor o por qué no, reaccionar de manera extraña. Sea cual fuere su reacción, prefería ser cauto y esperar al resultado, antes de iniciar un proceso de acercamiento a mi familia que pudiera desembocar nuevamente en un fracaso social. No creo que estuvieran preparados para un nuevo contratiempo. Era mejor dejarlo estar y que aprovechasen mi estado de felicidad anterior para ir recargando pilas.

Eso no quita que mi cerebro no fuese a cien mil por hora. Un día feliz que, sin embargo, ocultaba una tarde de lo más extensa. No veía el momento de irme a la cama y acelerar con ello el tiempo que me quedaba hasta volver a verla. Volver a sentir su cuerpo, disfrutar de su increíble sonrisa y de la satisfacción que supone saber que eres tú quien motiva tal obra de arte, tal muestra de alegría y belleza sin parangón.

Por si esto fuera poco, resolver el acertijo de mi querido profesor resultaba ahora de lo más difícil, ante mi evidente distracción. Cada número me recordaba a ella, cada operación matemática parecía llevar su nombre. Si avanzaba en la resolución, me acordaba de mi grandiosos triunfo. Si erraba, me animaba pensando en lo que me acababa de ocurrir.

Imposible. Hoy no soy capaz. Lo peor de todo es que me daba igual. En mi opinión estaba más que justificado y no me cabía la menor duda de que hasta el profesor lo entendería si le explicara el motivo que se escondía tras este fracaso matemático.

Mi fingida normalidad no pasó desapercibida ante nadie. Más bien, dio lugar a un verdadero interrogatorio.

  • ¿Se puede saber qué te pasa?
  • Nada, ¿por qué? Disfruto de este solomillo. Está muy bueno.

Desgraciadamente mi adulador intento por cambiar de tema y desviar la atención hacia la comida, no parecía dar resultado.

  • ¿Seguro que estás bien? No sé, te veo muy serio. Como distraído. ¿No te ha pasado nada en el colegio?
  • ¡Que no Mamá! - “Pobrecilla”. No sabía como acabar con esto sin cambiar el tono. Entiendo que se preocupe, pero ya he decidido que no es el momento de compartirlo con ellos. Desgraciadamente, se me olvidaba ese tremendo don que adquieren las mujeres en el parto, por el cual intuyen todo lo que ocurre en tu cabeza. Aquello de “te conozco como si te hubiese parido”, era algo muy real.
  • ¿No habrás vuelto a llegar tarde, no? Si te pasa algo en el instituto, me lo dirás, imagino. Ya sabes que no me pienso enfadar si tu director vuelve a hablar contigo. Prefiero estar al tanto de todo y lo sabes.
  • Tranquila mamá. - El estrés empezaba a apoderarse de mí. Me sentía acorralado y era incapaz de mentir a mi madre, después de todo lo que había hecho por mi. Entonces, cuando el desastre parecía mi única salida, mi cerebro retomó parte de su actividad intelectual y me iluminó el camino de huida. Por fin, una escapatoria decente. - Es sólo que estoy algo preocupado por lo que pase mañana.
  • ¿Ves? Lo sabía. ¿Qué pasa mañana?
  • Nada, me preocupa que las cosas no transcurran como yo esperaba.
  • ¿A qué te refieres? ¿Algo va mal? ¿No te gusta el curso o es que estás teniendo problemas con los compañeros? Mira que te lo dije.
  • Tranquila mujer. No es eso. El problema es que mi profesor me ha planteado un ejercicio de matemáticas que no logro resolver. Es un acertijo clásico que se supone que debería ser capaz de descifrar, pero no lo veo. Jaja. Qué paradoja, ¿no? - Esta casualidad, suponía el toque de humor que se convertiría en el detalle definitivo de mi elaborada trama de escape, con el que zanjar la conversación y cambiar de tema. En definitiva, sabía que mi madre no acababa de secundar mis bromas acerca de mi situación actual.
  • ¡Ah! Pues haberlo dicho. Seguro que tu padre puede echarte una mano.
  • No te ofendas papá, pero me temo que es algo bastante complejo. Lo que pasa es que el profesor me tiene muy bien valorado y confía en mí. Se ve que demasiado. Y, desde luego, no me gustaría perder ese trato preferencial y que se desilusione.
  • Bueno hijo, pero si es tan difícil, entenderá que te cueste solucionarlo. Vamos, digo yo. Lo único que tengo claro es que no quiero verte preocupado por algo así.
  • Mamá, ya está bien. Tengo que intentarlo y si no lo consigo, es normal que me enfade.
  • Pero...
  • Lo siento mamá, pero ya soy mayorcito y estoy decidido a hacer lo que me gusta, cueste lo que cueste. No te preocupes. Lo peor que puede pasar es que mañana me encuentre más cansado de lo normal. Eso es todo. Una más que probable noche sin dormir, y listo. Ya verás cómo lo logro. - Eso era seguro. Esa noche tenía claro que no iba a ser capaz de conciliar el sueño. Demasiadas emociones, demasiado en qué pensar. Aunque las matemáticas fueran lo de menos, quizá puede que se convirtieran en un socorrido entretenimiento para cuando la desesperación se apoderara de mí.
  • ¡Ay mi niño! ¡Que cabezón eres! A quién habrá salido, ¡eh!. - exclamó mi madre, mientras dedicaba una acusadora mirada a mi padre.
  • Ya sabía yo, que al final me salpicaba a mí. Con lo “calladito” que estaba yo aquí...
  • Déjate de tonterías. Ya sabes lo que dijo el médico...
  • Venga ya mujer. Vamos a comer antes de que reciba alguien más. No pasa nada. Está bien que el niño intente solucionar lo que el profesor le ha planteado. Si él cree que puede hacerlo, por algo será.
  • Desde luego, no será por tu habilidosa genética.
  • Ya está. Me tocó. Como el “Luisma” es tonto... Jajaja.

El comentario de mi padre, una vez más, desataba las risas de todos. Ese mar de carcajadas, inspirado en un célebre personaje de la televisión, no sólo zanjaba la discusión, sino que me permitía relajarme por fin. Objetivo conseguido. No sin esfuerzo, había superado la tormenta.

Mi madre, por el contrario, seguía preocupada y no olvidaría este tema tan fácilmente. Su mirada mostraba una incertidumbre e inquietud difíciles de esquivar. Puede que hubiese perdido esta batalla, pero no la guerra. Así que más me valía disimular mañana mi cansancio y hacer todo lo posible hoy por dormir lo suficiente como para lograrlo. Todos conocían lo incisiva que podía ser mi madre, cuando de la salud y bienestar de sus hijos se trataba. Y... la tenía que comprender.

Consciente de mi estrategia y con un leve atisbo de culpa que asomaba por mi subconsciente, me acerqué a mi madre, le di un cariñoso beso, le dediqué mi mejor sonrisa y me despedí de ella deseándole las buenas noches.

  • No te preocupes mamá. Te prometo que haré todo lo que pueda por resolverlo lo antes posible y dormir lo máximo, ¿vale?
  • Vale. - dijo mi madre con voz cansada. Resignada me devolvió el beso y me guiñó el ojo, cómplice a la par que consciente de mi testarudez.
Pese a la mini crisis a la que acababa de enfrentarme, me dirigía hacia mi cuarto con mi objetivo más que cumplido. Mis padres ya tenían tema de conversación para toda la noche y mi hermano no osaría siquiera a entrar en mi cuarto, dada su inexplicable alergia a todo lo relacionado con las matemáticas. De este modo, podría mantener mi secreto hasta mañana, cuando pudiera verla y confirmar hasta qué punto, lo que acababa de vivir esa tarde, era real.

La noche, curiosamente, transcurrió pesada entre los entresijos de mi coartada y mi inevitable realidad.

La frustración debida a mi incapacidad para dar con la clave del enigma matemático al que parecía enfrentarme, crecía de manera exponencial, conforme mi grado de cansancio iba del mismo modo en aumento. Todo ello, provocaba que mis pensamientos relacionados con los acontecimientos de esa misma tarde, se tornaran progresivamente hacia la negatividad más absoluta, resucitando esos viejos fantasmas que me alejaban de ella.

Agotado, derrotado y completamente abatido, el cansancio terminó por sobreponerse a mi mermada ilusión y a mi destrozado orgullo. Finalmente, mi querido despertador marcaba las 4:20 de la mañana cuando decidí sucumbir al desastre y rendirme ante la evidencia, adoptando la posición horizontal que me trasladaría directamente al tan ansiado mañana.