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miércoles, 16 de octubre de 2013

El libro_p08


Capítulo 8

Asustado, el pánico me devuelve a este mundo. Con una inesperada agilidad me levanto de la cama de un salto y me dirijo desesperado hacia el despertador. ¡Marca las 7:45h! ¡Maldita sea! Me he quedado dormido. Anoche debí olvidar activar el despertador, y ahora pasan cuarenta y cinco minutos de mi hora prevista para comenzar mi rutina mañanera.

No sólo acabo de perder toda opción de llegar sólo al instituto, sino que restan tan sólo quince minutos para que mi hermano abandone la casa dirección al parking. Acabo de recordar que, desde hace una semana, se levanta un cuarto de hora antes para tener así tiempo de recoger a su novia e ir juntos hasta el instituto.

Repleto de adrenalina, mi cerebro empieza a actuar conforme a un protocolo de emergencias recién redactado. Lo primero, salir de la habitación y avisar a mi hermano de que sigo aquí. A continuación, necesito ducharme en menos de cinco minutos, elegir la ropa adecuada y vestirme lo más rápido posible. En ese momento, mi hermano invade mi cuarto para añadir un poco más de presión a la escena.

Con las zapatillas sin atar, los pelos de loco y un sin fin de libretas, libros y papeles mal metidos en la mochila, me despido de mi sorprendida madre con un rápido beso, a la vez que recojo un improvisado desayuno para el camino. Afortunadamente nuestras prisas me libran de la más que asegurada regañina que se gestaba en el interior de mi madre.

Dándole las gracias a mi hermano entre mis más sentidas disculpas, salimos corriendo hacia el aparcamiento. Es ahora cuando recuerdo mis limitaciones. Los tropiezos se suceden unos a otros, mientras mi preocupado acompañante no sabe si reírse o llorar ante lo esperpéntico de la situación.

Ya subidos al vehículo, me esfuerzo en cumplir y transcribir las estrictas órdenes que me trasladan desde el asiento del piloto. Aún a riesgo de marearme, tecleo en el móvil el conciso mensaje para Rocío, instándola a abandonar su casa y esperarnos en el cruce más cercano, ganando así unos minutos cruciales.

8:40h. Recogemos a nuestra invitada sin casi mediar palabra. Su reacción, lejos de echarnos en cara el cambio de planes, es recibirnos con una cálida sonrisa acompañada de una pregunta cómplice con la cual enterarse de quién había sido el dormilón y por qué me había unido por fin al equipo. Divertida, me daba la bienvenida con sorna, recordando mi puntería al elegir el día menos apropiado para unirme al viaje.

Tras explicar lo ocurrido y liberar a mi hermano de toda culpa, alcanzamos el instituto con cinco minutos de margen, gracias al favor del azar con el que logramos dejar el coche a escasos metros de la puerta de entrada.

Aún sobre excitado por lo angustioso del momento, aprovecho los minutos restantes para ingerir, más bien engullir, el desayuno que traía en la mano y descubrir decepcionado, cómo la entrada del instituto se mostraba ante mí desierta. Todos los compañeros parecían haber decidido acercarse a las aulas, y con ello, se esfumaba una de mis principales esperanzas. Poder aclarar todas mis dudas antes de que empezaran las clases. Pero una vez más, mi puntualidad brillaba por su ausencia cuando más la necesitaba.

Contrariado, recorría los pasillos con cierta premura, aunque preocupado por un encuentro no demasiado íntimo. A escasos metros de la puerta de mi clase, el timbre parece anunciar mi llegada, descubriendo al girar la esquina cómo era hoy mi tutora, quien se había reconciliado con el reloj.

En el umbral de la puerta, sostenía la hoja mientras me esperaba con ciertos aires de enfado. Forzado por las circunstancias acelero el paso hacia ella, esforzándome por mostrar la mejor de mis sonrisas antes de acceder al aula con una sentida disculpa.

En el trayecto hacia mi pupitre, no puedo evitar dirigir mi mirada hacia la tercera fila, donde, para mi sorpresa, encuentro un pupitre vacío. Lamentablemente, reacciono sin pensar y me freno en seco, analizando la totalidad del espacio en busca de mi apasionada amante.

Negativo. No hay rastro de ella. Apesadumbrado, obedezco a mi tutora, quien algo molesta insiste en que ocupe mi sitio para poder empezar su lección de hoy.

De todos los escenarios posibles a los que me había enfrentado la noche anterior, este no se asemejaba ni de lejos a ninguno de ellos. Era la primera vez, desde que la conocía, que no estaba allí a su hora. Nervioso, revisaba mi reloj cada minuto, no sé si deseando que apareciera o confiando en que en algún momento algo llamaría mi atención y me despertaría cansado en mi dormitorio.

Desgraciadamente los minutos pasaban y ni una ni otra sucedían. Seguía allí, oyendo distraído a mi tutora y observando cariacontecido la ausencia de la tercera fila.

Instintivamente, mis neuronas comenzaron a propiciar sus conexiones en busca de una explicación coherente que explicara tal infortunio. Sin embargo, todas las opciones barajadas respondían a planteamientos que no me acababan de gustar. Desde una fingida enfermedad que la alejara intencionadamente de mí, hasta una reacción desproporcionada de sus padres al descubrir nuestro pequeño desliz.

Y, por si esto fuera poco, mi ejercicio numérico seguía fustigando mi intelecto ante una solución imposible que supondría, con toda seguridad, una gran decepción para mi profesor, no tanto por mi fracaso, sino por incumplir mi promesa.

Las horas transcurrían impasibles, y todo se mantenía igual. No veía la luz por ninguna parte. En un intento por fomentar ese pragmatismo del cual solía enorgullecerme, decidí despejar ciertas incógnitas de la ecuación, dando por perdida toda opción de coincidir con ella hoy. De este modo, podría centrar mi intelecto en resolver el único enigma que parecía ofrecerme alguna posibilidad.

Absorto en operaciones y más operaciones, mis compañeros me observaban atónitos ante mi osadía. En plena teoría de inglés, no ocultaba en absoluto mis apuntes de última hora, redactando ecuaciones complejas, tachones, borrones y nuevas ecuaciones de manera impulsiva. Ajeno a todo contexto inmediato, me encontraba inmerso en un universo imaginario compuesto por números y signos que pretendían, sin éxito, ordenar el fatídico caos generado a mi alrededor. Hasta que, de repente, un signo de igual, gigante, se acercó hasta mí en actitud amenazante y de un golpe retiraba todos los apuntes de mi pupitre, devolviéndome abruptamente a mi cruda realidad. Una realidad compuesta por una profesora en estado de cólera y unos alumnos desternillados ante mi aparente pasividad.

Desde luego, mi expulsión de la clase no hizo sino empeorar la situación y convertir aquel día en una auténtica pesadilla. Por lo menos, todo ello me había permitido recuperar mi serenidad habitual y observar todo lo acontecido desde una nueva perspectiva.

Un nuevo sermón y el timbre del recreo, dieron luz verde a mi abatido deambular hacia el interior de la clase. Sin nada que comer y desprovisto de todo ánimo, me limité a apoyar la cabeza en mi incómodo pupitre y esperar así el paso de los minutos hasta el inicio de una nueva lección, que me acercara un paso más al final de la jornada, pese a que esta vez, el motivo de tal deseo fuese bastante alejado de aquel de los últimos días.

No sabría decir cuántos minutos habían pasado ya, pero a juzgar por el dolor de cuello que me ofrecía mi improvisada postura y el ruido de mis compañeros que parecía que iban ya volviendo a la clase, imagino que se habrían consumido los treinta minutos de rigor.

En ese mismo instante, alguien irrumpió en mi estado de soledad a través de la puerta del aula y con paso tranquilo pero decidido se dirigía hacia mí. Completamente alicaído no contaba ni con la curiosidad mínima necesaria como para alzar la cabeza, aunque sólo fuese por mantener mi dignidad frente a los compañeros.

Paradójicamente, mi incomodidad me hacía sentir bien. Me ayudaba a olvidar lo ocurrido y desconectar de un día que no podía ir a peor, ¿o sí?

Tal como meditaba acerca de mi mala suerte, noté como el visitante solitario se acercaba cada vez más a mí, como si mi lamentable situación fuese su principal objetivo. Inmediatamente, una única idea monopolizó mis pensamientos. ¡Mira que soy bocazas! Con la suerte que tengo, basta que diga que esto no puede ir a peor, para que alguien se acerque a mí a echarme en cara mi actitud o reprocharme mi reciente expulsión. Me daba miedo elevar el rostro ante lo que pudiera encontrarme, así que opté por la solución más cobarde y, sin embargo, más fácil. Mantenerme tal cual y con suerte, pasar desapercibido. Parecía uno de esos pequeños “animalitos” que fingen una muerte repentina frente a sus depredadores, salvo que en mi caso más que morir, pretendía evocar una “siestecita” mañanera.

Sentía perfectamente el aliento de mi acompañante, se mantenía erguido y firme junto a mí, convencido de que era conmigo con quien quería hablar y trasmitiéndome que no tendría problema alguno en esperar lo que hiciera falta para hacerlo. Era una guerra de paciencia, en la cual no creo que partiese como favorito. En tan sólo dos eternos minutos que llevaría ese ser anónimo en mi aula, ya había estado tentado de descubrir mi estratagema en un sin fin de ocasiones. Pero aguantaba. Estaba orgulloso de mí. Sí señor.

En cuestión de segundos, todo cambió. Mi desconocido depredador, cercaba cada vez más mi huida. Paciente, había decidido sentarse en mi pupitre, sorprendentemente cerca de mi cabeza. Esto tenía mala pinta. No podría mantener mi impostura mucho tiempo. Me debatía entre mis escasas opciones, cuando una atrevida mano hizo acto de presencia e invadió territorio enemigo. Como si de un DNI se tratara, no necesitaba ver sus huellas para saber a quién me enfrentaba. Tan sólo hacía falta seguir mis instintos más profundos para reconocer en ellos, sensaciones tan familiares como recientes. Un tremendo escalofrío recubierto de toneladas de miedo e ilusión, recorrían todo mi cuerpo. Por primera vez en todo el día, podría definir mis circunstancias como agradables.

Su suave voz culminó la bonita ascensión hasta el cielo. Con un leve susurro y una ternura indescriptible, se acercó hacia mí. - “Cómo está lo más bonito?”, ya he oído que has tenido un mal día, ¿no? - Lo cual acompañó de un beso espectacular en el cuello.

Deseando no despertar nunca de este innegable sueño, enfilé mis ojos hacia los suyos, mientras una sonrisa automática y sincera se dibujaba en mi maltrecha cara. No quería ni imaginar lo lamentable de mi “careto”, pero en aquel momento, todo parecía relegado a un meritorio segundo plano.

En cuanto nuestras miradas se encontraron, supe que pese a estar muy cerca, aquello no podía ser producto de mi imaginación. Estaba ahí, sonriente y preocupada. Sin la menor muestra de duda con respecto a mí, a nosotros. Un simple gesto había bastado para acallar todas mis vacilaciones y recelos. Una caricia certera que acababa de remover todos los palos de mi sombrajo.

Radiante, devolvía su beso con gran alegría. Manteniendo su tono de susurro, me acercaba a su oído para contestar su pregunta con un sencillo: -”ahora mucho mejor”. A lo cual adjuntaba un sutil besito junto a su oreja. El suspiro que provoqué, resultó más que suficiente para entender la magnitud de nuestra entrega.

Ya incorporado, y tras consultar el reloj, no dudé en aprovechar los diez minutos que aún restaban de recreo para compartir cada instante con ella, exprimir su presencia al máximo. Me moría por contarle mi día, el por qué de tan lamentable imagen. Pero, por otro lado, mi deseo era aún mayor por conocer la razón que motivaba su retraso. En un alarde de coherencia, cedí la palabra a ella, mientras memorizaba cada rasgo de su cara, cada gesto de su rostro, cada marca de su piel. Por primera vez en mi vida, parecía bendecido con la virtud de la “multitarea”. No perdía detalle de su imagen, mientras analizaba cuidadosamente cada matiz de su discurso, cada melódica variación en su voz. Todo ello, sin perder de vista el mensaje que se ocultaba tras todo aquel maravilloso atrezzo.

Un aluvión de felicidad recorrió con fuerza cada una de mis extremidades. Todo mi día daba un vuelco radical. Lo que antes era desazón y angustia, se tornaba ahora en ilusión y tranquilidad. Mi resignación, en pura inquietud. Por fin, quería más. Y ella se mostraba más que dispuesta a dármelo.

Cuando más interesante resultaban sus palabras, un imprevisto fogonazo interrumpió mi atención. Lo suficientemente fuerte como para abstraerme de ese espectacular estado de embriaguez en el que su presencia me sumía. Para mi sorpresa, toda aquella radiación de optimismo y pasión, acababan de derivar en un grado máximo de inspiración. Mientras sus delicados labios brillaban bajo el influjo de sus comentarios, mi cerebro volvió a codificar mi entorno en base a números, signos y operaciones matemáticas. En cuestión de segundos, el complicado dilema que había torturado mis últimas horas, se convertía en la cándida expresión de un conjunto de sumas y restas. Del mismo modo en que se observa desde la distancia el trayecto correcto en un laberinto, veía ahora todas aquellas tentativas erróneas sucumbir ante la evidencia.

Con un instintivo respingo me dirigí eufórico hacia la mochila para encontrar un papel y un boli. Como si de un poseído se tratase, comencé a transcribir toda aquella amalgama de números, ante la perplejidad de mi contertulia, quien sonriente y tranquila, esperaba su momento para aclarar este caos. Tras escasos segundos de frenesí, rescaté mi cordura de lo más profundo de la satisfacción, para recuperar el maravilloso diálogo interrumpido previamente.

Su expresión generó una carcajada cómplice que precedió a mis esfuerzos por suavizar y naturalizar lo ocurrido. Consciente de mi mala educación, notaba como aumentaba mi preocupación al analizar las posibles consecuencias de mi descontextualizada reacción. Afortunadamente, esta no fue sino una muestra más de su grandeza, respondiendo con gran comprensión a mis forzadas explicaciones.

Orgullosa, me abrazó y me felicitó por mi logro. Sin más.

No podía salir de mi asombro. Era tan perfecta, que daba hasta miedo. No podía ser real.

Ante el final del recreo, me apresuré en recuperar el estado de felicidad original, devolviendo una mínima parte de lo que acababa de regalarme. Serio y confiado, le agarré de la mano, cuando se disponía a ocupar y ordenar su pupitre, la atraje firmemente hacia mí, y le susurré al oído: “parece que ya puedo presumir de musa” - Tras lo cual, la besé con toda mi alma.

Sin palabras, me miró y no pudo más que sonreír, asomando un precioso atisbo de sonrojo en sus cálidas mejillas.

martes, 24 de septiembre de 2013

El libro_p07


Capítulo 7

El conserje nos despedía con sorna tras esperar nuestro reiterado retraso, ansioso por poder cerrar la cancela de entrada al edificio. Su sonrisa cómplice no sólo indicaba un secreto a voces sino que permitía observar orgulloso, cómo mi acompañante devolvía el gesto con gran elegancia y consciente de la situación, mientras apretaba orgullosa mi mano junto a su vientre. Paradojas de la vida, me veía de nuevo asociado a un retraso en el instituto, aunque en este caso mucho más agradable y esperanzador.

Mi imborrable sonrisa, sólo comparable a la de ella, evidenciaba lo especial de lo que acababa de ocurrir. La secuencia iniciada con gran tristeza, interrumpida por una inesperada sorpresa y continuada por una explosión nuclear de euforia, habían desembocado inevitablemente en lo que, desde ese mismo momento, sería bautizado como el mejor instante de mi vida. Conmovido por el surrealismo que acababa de acontecer y animado por la inmensa alegría que invadía cada poro de mi piel, me desprendía de toda timidez para afrontar confiado el mayor reto de mi vida. Era ese maravilloso momento con el que tantas veces había soñado. Aquel que siempre había tenido que vivir a través de la experiencia de mi hermano.

Mi primer beso. Mi primer muestra de amor verdadero. O lo que yo pensaba que lo sería.

Mis labios habían encontrado triunfales el ansiado objetivo. Su calidez se veía truncada ante su repentina y gélida respuesta. Nada. Ni el mas mínimo gesto. Ni la mas mínima muestra de alegría o enfado. Nada. Impaciente, los siguientes segundos me parecieron horas. De nuevo, mis peores augurios se apoderaban de mis pensamientos. Todo era miedo y enfado ante mi excesiva confianza, ante mi estúpido alarde de motivación extrema. Era consciente de que, como solíamos decir coloquialmente, “acababa de venirme arriba a tope”. Y lo que es peor, esa grandilocuente locura suponía tirar por la borda tantos días de preparativos y cuidados acercamientos, tantos días de coherente flirteo en busca de allanar un terreno hasta ahora puede que inexistente.

La tan temida “cobra”, expresión empleada para definir el rechazo y consiguiente huida de tu objetivo en el momento del beso, se apoderaba irremediablemente de mis pensamientos...

Segundos de amargura y desconsuelo que sólo podían terminar con una muestra más de mi rocambolesco día.

Sin mediar palabra, me apartó levemente de su boca para dedicarme una impenetrable y misteriosa mirada. Tras una inmensidad en silencio y esperándome lo peor, su sonrisa hizo de nuevo acto de presencia y noté como su mano se apoyaba con ternura en mi nuca, mientras sus dedos se enredaban con maestría entre mis cabellos. Un tremendo escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Con gran delicadeza y no menos decisión, su mano se aferro a mi y me inclino de nuevo hacia ella, esta vez sí, para corresponder mi apasionado atrevimiento con una descarga inexplicable de sensualidad. Sus labios, repletos de vida, se rozaban sutiles contra mis labios, a la espera de una correspondencia que indicara el momento de afianzar el contacto, en busca de que nuestras lenguas invadiera la recién generada caverna que nos separaba y unía a partes iguales. Sentir mi lengua junto a la suya, fue la señal definitiva de que aquel era el día, el día por el que tanto había luchado. La razón por la cual estaba ahí, desafiando a médicos y familiares.

Por fin, estaba vivo, completamente vivo.

Mientras nuestros labios saboreaban las mieles del éxito, mis manos lograron desprenderse del bloqueo inicial para adentrarse valientes y descaradas en el terreno de su fisonomía. Naturalmente, la primera reacción fue la de abrazar su cuerpo con delicadeza, sentir en las yemas de los dedos el calor que desprendía su espalda. Su sencillo top no era capaz de contener la infinidad de sensaciones que brotaban de su piel. Tras unos instantes, mis manos aprovecharon la creciente confianza adquirida en sí mismas, para separar sus caminos y abarcar el máximo terreno posible. Mientras mi mano izquierda emuló su gesto en busca del cuello, mi mano derecha recorrió en sentido contrario su espalda hasta encontrar victorioso el bolsillo trasero de sus vaqueros. Sentir sus glúteos tersos y bien formados bajo mi mano, fue algo que irremediablemente provocó un aumento de la intensidad en mis besos. Sin embargo, el culmen de esta experiencia lo encontré al retomar la posición original, esta vez levantando la camiseta que llevaba puesta, para poder disfrutar del suave y agradable tacto de su espalda. Curiosamente fue entonces ella, quien en respuesta a mi atrevimiento, reaccionó con decisión, apretando nuestros cuerpos mientras me transmitía entregada sus innegables muestras de pasión.

Todo lo que antes era timidez, dudas y miedo, se había convertido en pasión, adrenalina y un sin fin de sensaciones hasta entonces desconocidas, con sus correspondientes manifestaciones físicas.

Lamentablemente, nuestro retraso no hacía sino ir en aumento, y a pesar de que podría haber permanecido así durante toda mi vida, sabía que debíamos abandonar el edificio antes de que la situación empeorara; todo ello, claro está, gracias al hecho de que acababa de descubrir esa sorprendente seguridad en que aquello no podía ser flor de un día, sino que no era sino el primer paso de muchos.

Con la misma facilidad con que habíamos unidos nuestros cuerpos, estos se desprendieron el uno del otro, emplazando la alegría a cualquier otro momento.

Y así es como comenzó una nueva etapa en mi vida. En nuestra vida.

El resto del día se convirtió en una verdadera odisea para mí. Disimular todo lo que se cocía en mi interior frente a mis padres y mi hermano, era un objetivo tan necesario como complejo. No hay nada peor que simular una aparente normalidad cuando la realidad difiere tanto de ese estándar. Era consciente de que mis padres puede que hasta se alegraran de haberlo sabido. Sin duda, mi hermano hubiese explotado de ilusión. El problema era que de haberlo sabido, no me cabía la menor duda de que sería incapaz de mantener ese secreto.

Y que nadie se confunda, estaba deseando compartir todo lo ocurrido con él, incluso con mis padres. Pero había una pequeña parte de mí que me recordaba que existía la posibilidad de que ella pudiera arrepentirse, pensárselo mejor o por qué no, reaccionar de manera extraña. Sea cual fuere su reacción, prefería ser cauto y esperar al resultado, antes de iniciar un proceso de acercamiento a mi familia que pudiera desembocar nuevamente en un fracaso social. No creo que estuvieran preparados para un nuevo contratiempo. Era mejor dejarlo estar y que aprovechasen mi estado de felicidad anterior para ir recargando pilas.

Eso no quita que mi cerebro no fuese a cien mil por hora. Un día feliz que, sin embargo, ocultaba una tarde de lo más extensa. No veía el momento de irme a la cama y acelerar con ello el tiempo que me quedaba hasta volver a verla. Volver a sentir su cuerpo, disfrutar de su increíble sonrisa y de la satisfacción que supone saber que eres tú quien motiva tal obra de arte, tal muestra de alegría y belleza sin parangón.

Por si esto fuera poco, resolver el acertijo de mi querido profesor resultaba ahora de lo más difícil, ante mi evidente distracción. Cada número me recordaba a ella, cada operación matemática parecía llevar su nombre. Si avanzaba en la resolución, me acordaba de mi grandiosos triunfo. Si erraba, me animaba pensando en lo que me acababa de ocurrir.

Imposible. Hoy no soy capaz. Lo peor de todo es que me daba igual. En mi opinión estaba más que justificado y no me cabía la menor duda de que hasta el profesor lo entendería si le explicara el motivo que se escondía tras este fracaso matemático.

Mi fingida normalidad no pasó desapercibida ante nadie. Más bien, dio lugar a un verdadero interrogatorio.

  • ¿Se puede saber qué te pasa?
  • Nada, ¿por qué? Disfruto de este solomillo. Está muy bueno.

Desgraciadamente mi adulador intento por cambiar de tema y desviar la atención hacia la comida, no parecía dar resultado.

  • ¿Seguro que estás bien? No sé, te veo muy serio. Como distraído. ¿No te ha pasado nada en el colegio?
  • ¡Que no Mamá! - “Pobrecilla”. No sabía como acabar con esto sin cambiar el tono. Entiendo que se preocupe, pero ya he decidido que no es el momento de compartirlo con ellos. Desgraciadamente, se me olvidaba ese tremendo don que adquieren las mujeres en el parto, por el cual intuyen todo lo que ocurre en tu cabeza. Aquello de “te conozco como si te hubiese parido”, era algo muy real.
  • ¿No habrás vuelto a llegar tarde, no? Si te pasa algo en el instituto, me lo dirás, imagino. Ya sabes que no me pienso enfadar si tu director vuelve a hablar contigo. Prefiero estar al tanto de todo y lo sabes.
  • Tranquila mamá. - El estrés empezaba a apoderarse de mí. Me sentía acorralado y era incapaz de mentir a mi madre, después de todo lo que había hecho por mi. Entonces, cuando el desastre parecía mi única salida, mi cerebro retomó parte de su actividad intelectual y me iluminó el camino de huida. Por fin, una escapatoria decente. - Es sólo que estoy algo preocupado por lo que pase mañana.
  • ¿Ves? Lo sabía. ¿Qué pasa mañana?
  • Nada, me preocupa que las cosas no transcurran como yo esperaba.
  • ¿A qué te refieres? ¿Algo va mal? ¿No te gusta el curso o es que estás teniendo problemas con los compañeros? Mira que te lo dije.
  • Tranquila mujer. No es eso. El problema es que mi profesor me ha planteado un ejercicio de matemáticas que no logro resolver. Es un acertijo clásico que se supone que debería ser capaz de descifrar, pero no lo veo. Jaja. Qué paradoja, ¿no? - Esta casualidad, suponía el toque de humor que se convertiría en el detalle definitivo de mi elaborada trama de escape, con el que zanjar la conversación y cambiar de tema. En definitiva, sabía que mi madre no acababa de secundar mis bromas acerca de mi situación actual.
  • ¡Ah! Pues haberlo dicho. Seguro que tu padre puede echarte una mano.
  • No te ofendas papá, pero me temo que es algo bastante complejo. Lo que pasa es que el profesor me tiene muy bien valorado y confía en mí. Se ve que demasiado. Y, desde luego, no me gustaría perder ese trato preferencial y que se desilusione.
  • Bueno hijo, pero si es tan difícil, entenderá que te cueste solucionarlo. Vamos, digo yo. Lo único que tengo claro es que no quiero verte preocupado por algo así.
  • Mamá, ya está bien. Tengo que intentarlo y si no lo consigo, es normal que me enfade.
  • Pero...
  • Lo siento mamá, pero ya soy mayorcito y estoy decidido a hacer lo que me gusta, cueste lo que cueste. No te preocupes. Lo peor que puede pasar es que mañana me encuentre más cansado de lo normal. Eso es todo. Una más que probable noche sin dormir, y listo. Ya verás cómo lo logro. - Eso era seguro. Esa noche tenía claro que no iba a ser capaz de conciliar el sueño. Demasiadas emociones, demasiado en qué pensar. Aunque las matemáticas fueran lo de menos, quizá puede que se convirtieran en un socorrido entretenimiento para cuando la desesperación se apoderara de mí.
  • ¡Ay mi niño! ¡Que cabezón eres! A quién habrá salido, ¡eh!. - exclamó mi madre, mientras dedicaba una acusadora mirada a mi padre.
  • Ya sabía yo, que al final me salpicaba a mí. Con lo “calladito” que estaba yo aquí...
  • Déjate de tonterías. Ya sabes lo que dijo el médico...
  • Venga ya mujer. Vamos a comer antes de que reciba alguien más. No pasa nada. Está bien que el niño intente solucionar lo que el profesor le ha planteado. Si él cree que puede hacerlo, por algo será.
  • Desde luego, no será por tu habilidosa genética.
  • Ya está. Me tocó. Como el “Luisma” es tonto... Jajaja.

El comentario de mi padre, una vez más, desataba las risas de todos. Ese mar de carcajadas, inspirado en un célebre personaje de la televisión, no sólo zanjaba la discusión, sino que me permitía relajarme por fin. Objetivo conseguido. No sin esfuerzo, había superado la tormenta.

Mi madre, por el contrario, seguía preocupada y no olvidaría este tema tan fácilmente. Su mirada mostraba una incertidumbre e inquietud difíciles de esquivar. Puede que hubiese perdido esta batalla, pero no la guerra. Así que más me valía disimular mañana mi cansancio y hacer todo lo posible hoy por dormir lo suficiente como para lograrlo. Todos conocían lo incisiva que podía ser mi madre, cuando de la salud y bienestar de sus hijos se trataba. Y... la tenía que comprender.

Consciente de mi estrategia y con un leve atisbo de culpa que asomaba por mi subconsciente, me acerqué a mi madre, le di un cariñoso beso, le dediqué mi mejor sonrisa y me despedí de ella deseándole las buenas noches.

  • No te preocupes mamá. Te prometo que haré todo lo que pueda por resolverlo lo antes posible y dormir lo máximo, ¿vale?
  • Vale. - dijo mi madre con voz cansada. Resignada me devolvió el beso y me guiñó el ojo, cómplice a la par que consciente de mi testarudez.
Pese a la mini crisis a la que acababa de enfrentarme, me dirigía hacia mi cuarto con mi objetivo más que cumplido. Mis padres ya tenían tema de conversación para toda la noche y mi hermano no osaría siquiera a entrar en mi cuarto, dada su inexplicable alergia a todo lo relacionado con las matemáticas. De este modo, podría mantener mi secreto hasta mañana, cuando pudiera verla y confirmar hasta qué punto, lo que acababa de vivir esa tarde, era real.

La noche, curiosamente, transcurrió pesada entre los entresijos de mi coartada y mi inevitable realidad.

La frustración debida a mi incapacidad para dar con la clave del enigma matemático al que parecía enfrentarme, crecía de manera exponencial, conforme mi grado de cansancio iba del mismo modo en aumento. Todo ello, provocaba que mis pensamientos relacionados con los acontecimientos de esa misma tarde, se tornaran progresivamente hacia la negatividad más absoluta, resucitando esos viejos fantasmas que me alejaban de ella.

Agotado, derrotado y completamente abatido, el cansancio terminó por sobreponerse a mi mermada ilusión y a mi destrozado orgullo. Finalmente, mi querido despertador marcaba las 4:20 de la mañana cuando decidí sucumbir al desastre y rendirme ante la evidencia, adoptando la posición horizontal que me trasladaría directamente al tan ansiado mañana.