miércoles, 26 de junio de 2013

El libro_p05


Capítulo 5

20 de Abril del 90.
Hola, chata, ¿cómo estás? 

¿Te sorprende que te escriba? 

Tanto tiempo es normal. 

Pues es que estaba aquí solo, 

me había puesto a recordar, 

me entró la melancolía 

y te tenía que hablar. (...)

Cantaban los Celtas Cortos en una de sus canciones más famosas. No podría decir que fuese una coincidencia, pero desde luego sí que se convirtió en uno de esos recuerdos que marcan una época de tu vida. Cada vez que sonaba tan curiosa melodía, no podía evitar el cúmulo de similitudes que asaltaban mi desordenada cabeza. Esa mezcla agridulce de melancolía y buenos deseos. Una carta dedicada a aquella bonita compañera que, con el paso del tiempo, había decidido abandonar su vida, sin dejar el más mínimo rastro. Un recuerdo amable destinado a cambiar un presente insuficiente y tornarlo en un futuro mejor. Un hito en el camino, una piedra angulosa capaz de frenarte para siempre o desviar tu sino hacia el destino que nunca soñaste, pero que siempre supiste anhelar.

Desde luego, este tipo de acontecimientos, suponen un riesgo excesivo en cualquier experiencia vital. Son situaciones tan intensas y emotivas que resultan difíciles de asimilar, y por tanto nos trasladan peligrosamente al mismísimo filo de la navaja, nos envían directamente a ese precipicio infinito en el cual, una delgada y tambaleante cuerda es nuestra única esperanza de mantenernos vivos. Tan sólo la paciencia, el equilibrio personal y el apoyo de nuestro entorno pueden acercarnos al milagro que nos aleje del desastre. Son momentos delicados en los cuales la más mínima racha de viento o contratiempo nos depararía una caída atroz.

Pues bien, quince años de aparente felicidad y una familia unida fueron mis únicos recursos defensivos ante la noticia que agitó todos los cimientos de mi recién iniciada existencia. Meses de pruebas médicas, analíticas varias, suposiciones, teorías tan diversas como erróneas, así como un compendio inabarcable de consejos de catálogo, sin fundamentos, se vieron derogados ante la fatídica decisión de mi equipo de diagnóstico.

Tras descartar desesperados todo tipo de enfermedades raras y desconocidas para mí, que incluso llegó a incluir entre risas una que llevara mi nombre, qué paradoja; por fin, la visita al hospital nos aportó algo más que dudas. La conclusión a la que pudieron llegar fue bastante sencilla y descorazonadora. Mis síntomas respondían inevitablemente a mi enfermedad. Sí, tal cual. Infinidad de similitudes pero ninguna coincidencia. Estaba ante una de las mayores incógnitas a las que jamás me había podido enfrentar. Sólo que en este caso, me resultaría bastante más complicado eso de despejarla.

Mis médicos no daban crédito a mi particular afección. Emplear palabras como frustración, dudas, cansancio, desazón, incluso la ausencia en todos los sentidos de crédito, sería poco para describir el ambiente reinante aquel día en mi habitación.

Nunca pensé que un homenaje pudiera tornarse en algo tan extraño como macabro. Mi nombre, mi historia, mis idas y venidas, todo yo... se veía de un día para otro asociado a aspectos tan negativos como dolorosos. Resulta muy difícil estar preparado para algo así, un duro golpe capaz de hundir al más fuerte, despojarte de toda esperanza y sumirte en el más cruel de los silencios. Un vasto vacío infinito en el cual parece no existir apoyo o descanso alguno, más que pura y desoladora soledad. Aislamiento, sin más.

Fueron muchos los días que permanecí en ese estado casi catatónico, intentando en vano escuchar las forzadas palabras de ánimo que se oían a mi alrededor, como un lejano susurro, débil, titubeante y triste.

Sin embargo, y de repente, la vida irrumpió en mí con tal fuerza que la oscuridad y el desierto emocional en el que me encontraba, se vieron inundados de una profunda y deslumbrante luz. La luz de la ilusión y el optimismo. En ese momento entendí que mi desgracia, escondía tras de sí mi principal esperanza. Si me enfrentaba a una enfermedad tan desconocida como imprevisible, contaba con una gran baza a mi favor, ¡todo es posible! Tanto lo peor como lo mejor. Y desde luego, mi vida no estaba ahora preparada para más desgracias, así que era el momento de creer en ese equilibrio que muchos defienden, para confiar en que de un modo u otro, me tocaba empezar a subir.

Una inmensa oportunidad para redescubrir el mundo, volver a empezar. Al fin y al cabo, ¿no es eso la vida? Un continuo aprendizaje en el cual comprender aquello que te rodea hasta entender aquello que te compone. Pues sí. Eso es. Nada había cambiado realmente, eran los demás quienes no podían asimilar lo que yo encerraba, pero nadie me había dicho nunca que mi existencia dependiera de ello, esa era una labor que me correspondía íntegramente a mí. Esa, afortunadamente, era mi responsabilidad, y era entonces cuando comenzaba a ejercerla.

Desde ese día, no habría más llantos melancólicos ni tristezas asociadas a lo que pudo ser y no fue. Cada sonrisa, cada lágrima, cada ojera y cada carcajada servirían, para siempre, a lo que estaba por venir. A aquello que me había sido permitido disfrutar. En definitiva, a vivir.

Lo primero que hice fue devolver a mi familia una de tantas muestras de cariño leal y desinteresado con que me habían agasajado durante todos estos meses. Me levanté de la cama de un salto, repleto de ganas y alegría, me adentré en el dormitorio de mis padres y de un certero brinco me planté entre sus brazos. Sólo mi emoción y una interminable sonrisa pudieron acallar el amago de infarto con que se despertaron mis atónitos progenitores. Se habían acostado con la amargura y zozobra como únicas compañeras de alcoba, para despertar al día siguiente rodeados de toneladas de ilusión y júbilo. Todo ello, sin olvidar lo que supone en su estado original que sean los ininteligibles gritos de su hijo quienes interrumpieran su obligado y esquivo idilio con Morfeo.

Escasos segundos de angustia dieron lugar a un festín de abrazos y lágrimas que no pudieron sino despertar al “empanado” de mi hermano, quien aún con los ojos pegados por sus inmensas legañas, se contagió de tal entusiasmo y felicidad emulando mi anterior acrobacia con igual puntería.

Desde aquel día, la congoja y la pena, darían paso a la mera incertidumbre, en el más amplio y optimista sentido de la palabra. En mi caso, mi principal motor, en el suyo, su mayor preocupación. Pero desde luego, sin duda, la mejor de las noticias.

Poco a poco, fui reencontrando mi bienestar previo a aquel fatídico desvanecimiento en el patio del colegio. Llevaba meses apartado del mundo que un día creí como mío. Por tanto, una de mis primeras tareas consistía en recuperar el tiempo perdido y ponerme al día con mis deberes. Nunca pensé que pudiera disfrutar tanto de esos ejercicios. Cada ecuación, cada fórmula, cada relato y cada vocablo extranjero suponían un nuevo peldaño en mi peculiar pero necesaria ascensión. No sin las correspondientes quejas de mi hermano, quien ajeno a todo lo que fluía por mi interior, se enfadaba ante el interés con que me enfrentaba a todo lo que él parecía odiar.

En paralelo a mi búsqueda del conocimiento infantil que se me presumía, la edad y el tiempo libre hicieron que me aficionara de nuevo a la lectura, eso sí, con las dificultades que eso suponía. La alimentación también jugaba un papel fundamental. Habían sido meses muy complicados en una etapa de crecimiento fundamental. Mi exagerada delgadez evidenciaba aún, aquellos problemas de los cuales mi mente ya había logrado desprenderse. Fue un verdadero placer recuperar el apetito voraz con que deleitaba a todos meses atrás. Sentir ese baile de sabores que amenizaba cada degustación. Consciente de cada centímetro de mi lengua, cada matiz aderezado por su correspondiente aroma. Un festival de sensaciones que nunca debí olvidar.

El proceso de regeneración mental dio lugar, poco a poco, a una recuperación ejemplar. Los días traían consigo fuerzas renovadas. La báscula confirmaba con exactitud lo que mi sonrisa ya anunciaba previamente. Las facciones de mi cara reivindicaban su hegemonía original. Mis ojos volvían a ser el fondo de una cavidad repleta de ilusión y alegría, que difícilmente compartía su lamentable pérdida de eficacia.

Afortunadamente, esa pérdida parcial de visión no me impedía observar con esperanza los grandes avances alcanzados en mi proceso de puesta a punto. El lado positivo de este tipo de evoluciones radica en la consciencia de un pasado fatal ante un presente más que prometedor. El dilema del vaso de agua, resulta más sencillo cuando el proceso es de llenado y a mitad de camino nos planteamos el estado del mismo.

Aún quedaba mucho recorrido por andar, pero la distancia alcanzada suponía un verdadero abismo para mis vigorosas facultades.

Este era mi momento y la impaciencia se apoderaba de mi con la vehemencia de un adolescente encerrado. Cada mañana, atormentaba sonriente a mi santa madre, ansioso por adentrarme nuevamente en la jungla urbana en la que me crié y en la que me recordaba con gran maestría. ¿Por qué no iba a poder valerme por mi mismo ahora? Mi inmadurez, más peligrosa que mi ceguera, me impedía ver peligro alguno tras el desafiante umbral de mi puerta. La rutina adquirida en los desplazamientos domésticos de mi controlada vivienda, acrecentaban aún más mi pletórica valentía, ajeno quizá al complejo mundo al cual pretendía enfrentarme.

  • Mamá, ¿cuánto queda?
  • No empecemos, ¡eh!
  • Vale. No te preocupes. No empiezo. Sólo era por saber si quedaba mucho. Nada más.
  • La madre que te parió, que soy yo. ¡Mira que eres pesado! - me decía mientras me dedicaba una de sus tiernas y cuidadosas sonrisas.
  • Bueno, tampoco es para ponerse así. Son ya casi las diez de la mañana y sólo te lo he preguntado un par de veces. - mi pícara mirada se cruzaba con su sorprendida expresión de paciencia infinita – Está bien, quizá más que un par, puedan ser varias docenas. Pero es que llevo ya más de dos horas en pleno ajetreo. Es normal que se me olvide algún que otro dato. Jajaja.
  • Jajaja. ¡Qué rollo tienes! Déjate de pamplinas, suelta el jamón de la nevera y ponte a estudiar, que es lo que tienes que hacer.
  • De verdad mamá, no sabes apreciar el placer de mi compañía.
  • Como no te sientes de una vez, vas a ser tu quien no disfrute más de mi presencia.
  • ¡Ofú! Pues nada, me voy. Solitario y abandonado me dirijo a mi tarea.
  • ¡Qué víctima eres! ¿A quién habrás salido? Porque está claro que a mi, que llevo todo el día sudando la gota gorda para levantar a esta familia, no. jajaja. - se reía mientras con un delicado guiño me invitaba cariñosamente a seguir con los deberes.

Y así, entre discusiones y carcajadas, nos hacíamos compañía mutuamente para llevar lo mejor posible un encierro tan agobiante como divertido. Un conjunto de paredes indisolubles que se erigía ante nosotros como la gran fortaleza que nos defendía de un entorno hostil y un miedo interno que se deslizaba sigiloso entre bambalinas.


lunes, 20 de mayo de 2013

De tapitas con... Jordi Vinyals


Un lunes más me encuentro ante uno de los principales referentes arquitectónicos que han condicionado mi carrera. No se trata de un afamado arquitecto, al menos todavía, pero sin duda aspira a convertirse en ello. Apunten bien este nombre: Jordi Vinyals.

La incredulidad podría apoderarse de algunos y desconfiar de tal afirmación, sin embargo, un simple vistazo a su curriculum, acallaría todo intento o amago de duda.

Veintisiete años, cinco idiomas fluidos, más de tres años de experiencia en los mejores estudios europeos del momento (incluidos Miralles, Nouvel y Kuma) y una carrera académica llena de logros, sólo podría verse ensombrecida por su gran trayectoria personal. La cara oculta de toda luna académica, tan importante como obviada en la mayoría de curriculum contemporáneos.

Un amante de la lectura, así como cualquier representación del arte, que no alardea de una cultura admirable y una madurez sorprendente. Humilde erudito, sorprende su aspecto más melómano.

Nuestra amistad surge como toda buena amistad debe surgir, sin querer. Casi de casualidad, nuestras trayectorias se encuentran en un lugar remoto, Berlín, atraídos por un interés común, la arquitectura de esta bella capital europea. Todo ello acompañado del consiguiente interés por el idioma alemán. Para ser completamente sincero, tampoco negaré que su ajetreada vida nocturna y su interminable oferta cultural influyeran en la elección de este destino Erasmus, al menos por mi parte.

Conviviendo en la misma residencia, a pocos meses de su demolición, amigos comunes nos recuerdan que compartimos la misma Escuela de Arquitectura (TUBerlin), lo cual deriva en lo que considero el inicio de todo esto:

Vagamente conocido, mi improvisado compañero de Proyectos, se dirige a mí a escasos segundos de comenzar la exposición con la cual introducirnos a nuestra profesora y futuros compañeros:
    - ¿Prefieres que nos presentemos en Inglés o en Alemán?
    - Ante tremenda tesitura, logro acallar la inmensa carcajada interna que invade mi interior. Sereno, respondo con un conciso: - Lo que prefieras. Empieza, que yo te sigo.

Lo que entendí como un acto de excelente superioridad, resultó ser una muestra más de su grandeza y de mi atrevida valentía. No me mentía un ápice al permitirse elegir entre ambas alternativas, de la misma forma en que mi sinceridad quedó presente al transmitir mi lamentable soltura en ambos idiomas por igual, así como mi garantizada capacidad para secundarle.

Así fue. Afortunadamente decidió iniciar con el inglés, la que sería la primera de muchas de las intervenciones más divertidas que, estoy seguro, ha vivido tan interesante universidad. Capaces de suplir nuestras carencias idiomáticas, especialmente en mi caso, con el desparpajo y simpatía propios de estas latitudes, logramos en pocos días evitar la indiferencia de nuestros asombrados espectadores.

Lo más importante, sin duda, ver que tras toda esa alocada fachada de sonrisas y diversión, se escondía una maravillosa pasión por nuestro trabajo.

A día de hoy, en plena visita por tierras andaluzas, este divertido catalán afincado en París demuestra una vez más su envidiable capacidad para disfrutar de la vida y hacer más fácil la de aquellos que le rodean.

Sin más, les dejo con el desarrollo de nuestra conversación.

Bueno, empecemos fuerte: ¿Que es para ti la arquitectura?
¡Demasiado fuerte! Creo que soy muy joven para dar definiciones, así que prefiero citar algo que leí ayer en un libro de Pallasmaa: “el proyecto moderno ha albergado el intelecto y el ojo, pero ha dejado sin hogar al cuerpo y al resto de los sentidos, así como a nuestros recuerdos, nuestros sueños y nuestra imaginación”. La apunté en mi cuaderno, creo que es una definición muy vigente si pensamos en las crecientes experiencias de distanciamiento y soledad en el mundo tecnológico actual.

Sí que empezamos fuerte, sí. Dicho esto, ¿cuándo decidiste ser arquitecto?
Pues tengo hermano y padre arquitectos, con eso ya te lo he dicho todo! Lo viví en casa desde pequeño, viajábamos mucho y con mi padre perseguíamos las piedras. Cuando empecé la universidad tuve la sensación de que era lo que siempre había querido estudiar.

Y ahora en serio, ¿con qué frecuencia te arrepientes?
Jajajaja. Si hubiera sabido la que venía mejor hubiera estudiado para inspector de hacienda que allí sobra trabajo, jaja. No, en serio, creo que arrepentimiento no es la palabra. Considero que los estudios de arquitectura son muy completos y de ellos aprendí a disfrutar de muchas cosas de dentro y fuera de la arquitectura. Hay pocas carreras que te den eso. Sin embargo, es cierto que después de unos estudios muy exigentes, el futuro profesional es menos esperanzador que nunca. Tengo amigos cercanos, ingenieros o abogados, que al menos pueden, con más o menos suerte, dedicarse a lo que han estudiado. En nuestro país, la mayoría de arquitectos de nuestra generación no pueden dedicarse a ser arquitectos y si lo hacen, aceptan unas condiciones laborales frecuentemente inaceptables.

Estoy de acuerdo, la verdad. ¿Cual consideras que es el proyecto más relevante que has hecho hasta ahora y cómo describirías la experiencia?
Sabes, al final cada proyecto en el que trabajas es relevante. De alguna manera entre el diseño de un mueble y un plan urbanístico, el ejercicio mental es el mismo, lo único que cambia es la escala. En Barcelona tuve la ocasión de llevar el diseño de una silla en mimbre, parece sencillo, pero el ejercicio de dominar un material es interesantísimo. Más tarde ya en Francia, pasé a trabajar en proyectos de gran escala y de urbanismo aprendiendo a coordinarme con toda la maquinaria de los grandes despachos. Enganché el Museo Louvre de Abu Dhabi en pleno desarrollo, me acuerdo la arquitecta americana que parametrizó la cúpula para reducir la temperatura exterior de 50 a 35 grados, y como los ingenieros británicos estudiaban como aguantar la cúpula de 180m de diámetro con 4 apoyos, puras virguerías! Después, mi paso a Kengo Kuma fue una vuelta al despacho familiar, aquí en París somos unos veinte, y uno puede participar plenamente y asumir más responsabilidades. Se respira el ambiente de equipo joven, con muchos proyectos por delante y con ganas de hacer bien las cosas. Justo ahora venimos de entregar un concurso para una filarmónica. Creo que la arquitectura japonesa tiene muy buena recepción en Francia y, ¡esperemos que dure!



¡Espectacular! Y a día de hoy, ¿qué le dirías a un estudiante de primero?
Que si quiere una vida fácil se vaya a la facultad de enfrente, jaja. No, es una buena pregunta. Recuerdo la primera frase que soltó Elías Torres en mi taller de Proyecto Final de Carrera: “A vuestra edad, yo tenía mucha menos idea de arquitectura que vosotros. No tengáis miedo a preguntar, no tengáis miedo a aprender”. Fue un año magnífico… Eso después de que pasara los primeros cursos de la universidad callando muchas peguntas a profesores que escondían su inseguridad intelectual con el descrédito directo al alumnado. A un alumno de primero le diría que pregunte cada frase, ¡cada palabra que no entienda! Solo un alumnado crítico puede cambiar las cosas.


Ojalá pudieras hacerlo, porque es uno de los mejores consejos que podrían recibir. Si tuvieses que escoger un proyecto ajeno, ¿cuál sería y por qué? Y puestos a elegir un arquitecto, ¿quién?
No tengo proyecto preferido, del mismo modo que no tengo arquitecto, color, libro o canción preferida. ¡¿Por qué quedarse con uno?! De cada buen arquitecto se sacan lecciones. Viviendo en París he tenido ocasión de descubrir edificios increíbles, pero tal vez, el último edificio que me impactó fue la casa-museo del arquitecto John Soane en una breve visita a Londres. No te sabría dibujar ni un alzado, ni una planta, ni una sección representativa del proyecto pero es uno de esos proyectos que no entran por el ojo, sino por el ambiente tan especial en que te sumerge. Pero volviendo a la pregunta, personalmente estoy satisfecho de que los últimos Pritzker hayan caído en manos de arquitectos suizos, portugueses y japoneses, creo que evidencia una autocrítica a la arquitectura icónica que ha predominado en los últimos años.

Interesante reflexión. De no haberte decidido por esta profesión, ¿cuál hubieses elegido?
Creo que periodista. ¿¿Aún estoy a tiempo, no?? ¡No lo he descartado! Jaja. Me gusta escribir y creo que los periodistas tienen la oportunidad de leer sobre infinitos temas con un contacto social mucho más cercano del que tenemos los arquitectos.

Siempre hay tiempo, aunque no creo que te haga falta. Jaja. Seamos sinceros, ¿cuál es tu mayor miedo?
Tengo la gran suerte de estar muy activo profesionalmente en estos momentos. Combinar el ritmo de concursos internacionales con calidad de vida personal es un tema que siempre me ha preocupado. La profesión de arquitecto es muy exigente y motivadora, saber encontrar el equilibrio con las demás parcelas de la vida lleva su tiempo.

Desde luego que sí. Bien, ahora que ya te conocemos, la pregunta estrella: ¿cuál es tu consejo para salir de la crisis?
Creo que no soy el más apropiado para dar una respuesta a la crisis española ya que la estoy viviendo desde el extranjero. Me preocupa pensar que un país que ha invertido y generado por primera vez una generación universitaria de las mejores de Europa, no tenga mecanismos para atraer o, al menos conservar, el talento generado. Las universidades españolas están muy bien consideradas en sectores como medicina, ingenierías o arquitectura. Yo mismo he vivido en distintos países y he experimentado este respeto internacional hacia la formación universitaria española. Parece absurdo que un país que hasta hace poco ha vivido años de gran crecimiento económico, no haya sido capaz de generar un tejido empresarial más diversificado, especializado e innovador. ¿Soluciones? Becas de retorno, campus de investigación, fomento a las empresas jóvenes, programas de intercambio… ¡hay que apostar por nuestra generación!

Di que sí, a ver si te oyen. Pero, ¿cómo entraste en esta crisis?¿Cómo puede afectar a esta profesión, y a ti como persona?
Cuando acabé la carrera en el 2010, el empleo de jóvenes arquitectos ya había tocado fondo. Trabajé de prácticas en Miralles&Tagliabue durante seis meses, pero mi objetivo ya estaba en partir al extranjero. Buscaba trabajar en cosas que me motivaran y en Barcelona, los despachos que admiraba ofrecían situaciones insostenibles. Puedo equivocarme, pero creo que en estos momentos es mejor arriesgarse a montar algo por uno mismo o irse al extranjero antes que aceptar determinadas condiciones o tareas de muy bajo aprendizaje. Admiro muchísimo a la gente que, como vosotros, estáis luchando la crisis desde Málaga y que en un contexto tan negativo habéis logrado haceros un hueco. Algunos compañeros arquitectos también lo están logrando en Barcelona, aunque cuesta. En mi caso, preferí irme al extranjero con una beca Leonardo. Francia es un país aún muy activo a nivel de concursos públicos y he tenido la oportunidad de trabajar en despachos donde he podido aprender mucho y evolucionar como arquitecto. Diría que la crisis también tiene sus efectos positivos, se esta gestando una generación mucho más flexible e internacionalizada que espero que luego pueda volver, aportar y cambiar las cosas en casa.


Me alegra saber que compartimos ese optimismo. Por último y más importante, ¿qué queda del joven que se adentró en esta carrera?
¡Las mismas ganas de siempre…que no hay que perderlas!

¡Olé! Puede que la gente piense que esto es un simple homenaje de amigo, pero me gustaría aclarar que es mucho más que eso. Se trata de una muestra inequívoca de admiración con la cual pretendo transmitirles una inyección tan necesaria como interesante de optimismo y humildad. Un placer que, una vez más, considero oportuno compartir para permitirles ser partícipes de un honor de este calibre. Confío en que les guste tanto como a mí. Por mi parte, eres siempre sinónimo de alegría, inteligencia y aprendizaje. Sin más, darte las gracias por tu tiempo y por dejarme disfrutar de tan agradable compañía. Te debo la visita. Sinceramente, un amigo. Un abrazo.

Y hasta aquí nuestro #LunesdeTapitas de hoy.

Un saludo.


De tapitas con...

Jordi Vinyals
Arquitecto




martes, 14 de mayo de 2013

Hasta mañana si Dios quiere


Hola a todos, esta vez me siento ante las teclas de mi ordenador con la inquietud de quien reconoce un gran momento en su vida, con el miedo de la responsabilidad que esto supone, y con el dolor de la pena que encierra.

Probablemente se trate del momento más difícil en mi corta carrera como pseudo-escritor. Sin duda, el más difícil como persona. Esta noche me enfrento a algo que llevaba años deseando hacer. Hoy, empieza mi homenaje a la persona más importante que jamás haya conocido, la persona que más me ha podido querer, o al menos, la que mejor me ha sabido transmitir su infinito amor.

Mi Abuela María.

Sé que a estas alturas, todos aquellos que la conocierais ya estaréis embargados por la emoción y la tristeza a partes iguales. Por ello me gustaría aclarar que no es mi intención darle un disgusto a nadie. Me conformo con ser capaz de sobrellevar el mío y con ello brindar un más que merecido homenaje a una mujer, MUJER, de las que no se olvidan. En otras palabras, la bondad en forma humana. No sólo abuela, sino madre, amiga, hermana, tía. Todos ellos, términos empleados en su máximo esplendor.

En ocasiones, creemos que una mujer que tiene un hijo, se convierte automáticamente en madre. Del mismo modo, si su hijo tiene una hija, alcanza el título de abuela. Pero no. A partir de ahora, estas palabras no van a ser la definición estricta y biológica que todos conocemos. En mi opinión, madre y abuela, son once escasas letras que esconden tras de sí una responsabilidad enorme. Muy pocas personas son merecedoras de este título más que nobiliario. Madre sólo es aquella capaz de transmitir su amor hacia un hijo sin titubeos, reproches ni excusas. Aquella dispuesta siempre a escuchar sin por ello dejar de educar. A consolar cuando la situación lo requiera, y a regañar cuando menos le apetezca. Una fuente infinita de ternura y madurez. Madre, al fin y al cabo.

Dicho esto, imagínense lo complejo de alcanzar el grado de abuela. Madres que superado el arduo proceso de la maternidad, saben asumir su nuevo rol, ese segundo plano tan injusto como necesario. Una madre en la sombra, a todas luces una amiga fiel.

Aprovecho el día de la madre para felicitar a la mejor madre que jamás haya conocido, mi abuela.

Veinticuatro años de auténtico placer. ¡Gracias!

Aún recuerdo como su cara sonrosada mostraba una tierna y humilde sonrisa al oír divertida la anécdota de mi nacimiento. Mi fealdad no pudo sino convertirme en el hazmerreír cariñoso de mis familiares más cercanos, en un intento por restar tensión al momento del parto. Escasos segundos después, ante el jolgorio generado a mi costa, mi abuela se armó de valor para superar su infranqueable respeto hacia los demás y su inigualable prudencia, para retirarme del centro de atención y defenderme cual leona entre sus brazos.

¡No le digáis eso a mi niño! ¡Con lo guapo que es!

Probablemente, mi familia estaba en lo cierto, ante mi escasa belleza infantil, pero no contaban con el desgarrador amor que mi abuela era capaz de generar. Apenas me conocía hacía unos segundos y ya me quería más que a su propia vida. Y no es una frase hecha. Os puedo garantizar que tuvo veinticuatro años para demostrármelo cada día.

Lo más increíble de todo esto, es que yo no era su único nieto. Siquiera el primero. Simplemente era de su equipo. Era un miembro más de su familia. Ese amplio pero acotado círculo en el cual algunos tuvimos la suerte de nacer. No sólo suerte por tenerla a nuestro lado, sino por poder decir abiertamente que conocemos lo que es el amor verdadero. Puro cariño escondido tras una de esas sonrisas que paralizan el mundo a sus pies.

Aún hoy me levanta el ánimo cuando más lo necesito.

No sabría expresar en palabras lo que mis lágrimas se empeñan en derrochar. Jamás pude devolverle un ápice de su incondicional y desproporcionado cariño. Curiosamente, mi racional comportamiento e impostura habitual, no fueron capaces de mantenerse firmes ante una avalancha de sensibilidad de este calibre.

Raro es el día que no recuerde alguna de sus múltiples virtudes. Raro es el día en que no la recuerdo sonriente y convencida al despedirse antes de dormir, con su característico:

Hasta mañana si Dios quiere. Que sueñes con los angelitos.

Cada noche nos despedíamos con una muestra de fe que jamás dudé en secundar, arropado por su inquebrantable creencia, no sólo en la religión, sino en la bondad de la gente en general. Lejos de abrigar debate cultural o religioso alguno, me quedo con su capacidad para querer a los demás, para creer en los demás, para confiar en todos ellos.

A veces pensamos que las personas mayores están algo perjudicadas por el paso de los años, y que nuestra juventud suple con euforia la falta de experiencia. Error. Mi abuela me enseñó que necesitaría más de cien años de vida, para llegar a entenderla en toda su magnitud. Me enseñó algunas de las lecciones más importantes que jamás aprenderé. Me enseñó a querer sin condiciones. Me enseñó a ser humilde. Me enseñó a ser bueno. Me enseñó a saber escuchar. Me enseñó, pese a todo, a afrontar con optimismo mis carencias más innatas. En pocas palabras, no paró de enseñarme.

De hecho, que esté aquí hoy a pecho descubierto, removiendo lo más profundo de mi ser, no es sino el resultado de su doctrina y enseñanzas. No podemos dejar de decir aquello que pensamos, ya sea la vergüenza o el orgullo quien nos coarte. No podemos dejar de agradecer lo que por fortuna nos es regalado.

¡GRACIAS! Donde quiera que estés, ¡GRACIAS! Gracias por estar siempre ahí sin que parecieras estar. Gracias por tus “rasquiñas”, tus abrazos, tus besos, tus miradas, tus palabras, tus silencios, tus sonrisas, tus lecciones, tus filetes empanados, tus... simplemente por ser como eras, por ser como fuiste, por ser como eres.

Jamás te olvidaré y lo único que siento, es no haberte dicho todo esto más a menudo. Siento que este descomunal pellizco me haya desprovisto de toda elocuencia. No ser capaz de mostrar al mundo todo lo que tú significabas. No saber decir lo que realmente pienso, lo mucho que te admiro, te quiero y te respeto.

A la mujer más importante de mi vida, porque sin ti, ninguno de mis seres más queridos serían quienes son hoy día. Sin ti, no sería ni la mitad de hombre, hijo y nieto de lo que soy ahora. Sin ti, jamás podría entender lo que supone que algún día me convierta en padre y puede que hasta abuelo.

Cada abrazo que doy, lo hago en tu honor. Cada vez que logro hacer feliz a alguien, sé que es parte de la deuda que mantengo contigo. Cada sonrisa que regalo, es el fiel reflejo de lo que supiste entregarme. Cada paso que avanzo, sé que estás a mi lado.

TE QUIERO Y SIEMPRE TE QUERRÉ.

Hasta mañana si Dios quiere. Que sueñes con tus iguales, abuela.

lunes, 22 de abril de 2013

Berlín cum laude


Hace algún tiempo asistí a la lectura de una tesis doctoral en la Universidad de Málaga, no sólo la primera lectura a la que tengo el placer de asistir, sino la primera que se lee en la Escuela de Arquitectura de Málaga.

A priori, este dato podría resultar razón suficiente para inaugurar el casillero de asistencias a tesis de mi agenda profesional. Sin embargo, no fue este el principal motivo que me llevó al Salón de Actos. La citada tesis versaba sobre Berlín, sin duda la ciudad de mis amores. Para mayor interés, si cabe, el análisis de esta bella urbe se plantea desde una metodología tan personal como arriesgada, a partir del estudio de una película rodada en tal ciudad hace más de 25 años, “El cielo sobre Berlín”. Lo cual, no sólo integra una variable tan interesante como el cine en la ecuación, sino que nos traslada directamente a uno de los episodios más relevantes del pasado siglo en nuestro continente. La presencia caduca del Muro de Berlín no hace sino introducir la entropía en este complejo análisis urbano.

Por tanto, sentarme a escuchar un estudio detallado sobre la evolución de Berlín, desde finales de los setenta hasta nuestros días, les garantizo que es uno de los mejores planes, incluso placeres, que podría encontrar en mi búsqueda profesional de conocimientos.

El evocador título, nos muestra lugares olvidados de una ciudad que si son observados con atención pueden llegar a generar un itinerario no sólo por su presente sino por su historia pasada y futura.

De la extensa introducción realizada por la doctoranda, no puedo sino recaer en la bella definición empleada para referirse a los fragmentos de un todo, como muestras puntuales de la identidad de un conjunto. La belleza implícita en dicho acercamiento, no radica sólo en su potencia conceptual, sino en su acertado empleo para el caso de Berlín. Para todos aquellos que hayan gozado de la capital alemana post-muro, sabrán entender lo impregnada que queda cada visita, de estos infinitos fragmentos del urbanismo más interesante y único. Un sin fin de retales, vacíos y oportunidades que, dada su vasta extensión, sólo pueden ser recorridos a través de múltiples itinerarios aislados e inconexos, que generan poco a poco el mapa global de nuestra propia Berlín mental. El mayor ejemplo de este peculiar fenómeno se evidencia en el masivo uso del metro, un medio de transporte tan eficiente como “descontextualizador”. Podríamos transitar todas y cada una de las estaciones que decoran el extenso territorio de la capital, sin por ello conocer ni el 10% de la ciudad. Un ejercicio de acupuntura turística, con el cual conocer los lugares más emblemáticos y archiconocidos de cada distrito. Un catálogo de imágenes sugerentes que representa con mayor o menor acierto el barrio al cual representa. Pero sería absurdo imaginar que dicho catálogo pudiera reflejar el verdadero significado de una capital tan experimentada y castigada a lo largo de la historia.

Quizás la concepción urbana de todo ciudadano, no deja de ser eso, un álbum personal de los cientos posibles, en el cual colocar las principales imágenes de tu ciudad. Los principales rincones de tu entorno. Las visiones más concretas, sólo posibles desde una perspectiva igual de concreta. En definitiva, hablar de urbanismo es hablar de ciudadanos, de personas. Por tanto, afrontar un análisis aparentemente científico y objetivo desde una intencionada subjetividad, puede que se trate de uno de los mayores aciertos y ejercicios de humildad que podamos realizar.

Como saben, el mundo de la investigación, en ocasiones, responde a unos estrictos protocolos que apuestan por una ansiada garantía de éxito. Influencia del rigor científico, tendemos a buscar ecuaciones perfectas que nos devuelvan un resultado igual de perfecto.

Con lo cual, aprovecho estas líneas, para trasladarles un interesante debate surgido en aquella mañana de tesis, y que ronda a menudo mi cabeza en busca de batalla.

¡Debemos los humanos alejarnos de nuestra humanidad para entender el propio comportamiento humano? ¿Somos lo suficientemente inteligentes como para disociarnos de nuestro yo subjetivo en pro de un ejercicio académico correcto y objetivo? Jamás dudaré de la inteligencia de alguien capaz de dedicar tantísimas horas de su vida a la investigación de un hecho que no sólo considera relevante, sino que lo entiende lo bastante interesante como para contribuir humildemente en el complejo proceso del conocimiento. Sin embargo, no creo que la investigación deba ceñirse a un enfoque lineal y estandarizado, en tanto en cuanto, la vida, no actúa como tal, y los ciudadanos que le dan sentido, tampoco.

Por tanto, a modo de conclusión, me gustaría elaborar este pequeño alegato en favor de la subjetividad, no como paradigma de la investigación científica, sino como alternativa del devenir humano. En mi opinión, tan necesarios son los protocolos como las intuiciones, los reglamentos como la aleatoriedad, el conjunto como sus fragmentos, el rigor como la ilusión.

Investigadores, doctores, alumnos, catedráticos, profesionales, ciudadanos..., desde mi total y humilde desconocimiento, sea cual sea el campo de intervención en el cual decidamos adentrarnos, sea cual sea la labor en la cual nos volquemos, no olvidemos que somos lo que somos gracias a que nos fue permitido elegir. Conforme a determinados criterios, sí. En base a un razonamiento lógico, sí. Pero no en base a una lógica preestablecida, sino al resultado de un mecanismo de pensamiento capaz e intencionado.

Cualquier acercamiento es válido si el destino es atractivo, coherente y evocador. Dejemos a los humanos actuar como humanos, y a las ciudades evolucionar como ciudades.

lunes, 15 de abril de 2013

El síndrome del observador


Mucho se ha hablado acerca de la penosa situación que rodea a la sociedad actual. No menos han sido los intentos por descifrar los posibles motivos que han provocado tal crisis y con ello, entender las repercusiones sociales de tales circunstancias. Existen críticos que defienden una postura de tipo social, es decir, mantienen un discurso en el cual la sociedad en sí misma es la causante de tales males, como resultado de sus propios defectos: avaricia, codicia, ansia de poder...

Otros por el contrario, se postulan hacia una teoría más individualista, donde culpar de este declive a aquellos pocos apoderados que emplean sus influencias para enriquecerse, a costa del resto de la sociedad, potenciando a su vez los defectos sociales antes mencionados.

Ya sea de un modo o de otro, no cabe duda que los principales perjudicados somos los ciudadanos. Y que causa o efecto, existen aspectos sociales que convendría estudiar.

En mi opinión, son muchos los defectos sociales que podrían haber desembocado en este desastre, pero uno de ellos destaca por encima del resto, el síndrome del observador.

Por todos conocida la diferencia entre ver y observar, del mismo modo en que distinguimos oír de escuchar, existe un mal endémico que afecta peligrosamente a esta sociedad. La inmediatez derivada de un progreso tecnológico sin precedentes, una globalización cada vez más agresiva, o el monopolio del marketing, entre otros factores, han derivado en una saturación visual de lo más preocupante. El ciudadano medio se enfrenta cada día a un exceso de información brutal, una cantidad desorbitada de datos e imágenes que nuestro cerebro debe ser capaz de cribar, filtrar de cara a evitar un sobrecalentamiento del sistema. Este proceso evolutivo, está generando un nuevo ser humano, cada vez más “cortoplacista”, más superficial, acostumbrado a analizar las cosas desde un prisma tan lejano como eficiente.

Si nos fijamos en uno de los medios de comunicación visual más tradicionales, el periódico, podremos descubrir estos mismo síntomas. Los amplios periódicos de papel, han tenido que observar atónitos como sus virtuales semejantes se apoderan silenciosos de su cuota de mercado, ante la inmediatez de respuesta y la sencillez de filtrado. Una máquina perfectamente diseñada para el nuevo ser humano. Infinitos titulares decoran páginas en movimiento, rodeadas por tantos anuncios e imágenes como letras. Los artículos, casi escondidos, se mantienen tímidos al acecho, esperando al pobre lector desconcertado o aburrido, que decida acercarse a ellos.

Una evolución tan lógica como peligrosa. Nuestro ansia de conocimientos deriva, paradójicamente, en una ausencia total de cultura. Un exceso de noticias vacías, titulares inconexos y aislados que nos convierten en perfectos charlatanes de ascensor. Máquinas tan eficientes como incultas, capaces de tratar el más recóndito y lejano de los temas, con la misma inexactitud y levedad, con que afrontar la más cercana de las noticias. Expertos conocedores de aspectos que se desvanecen en el tiempo por simple adhesión de nuevos conocimientos. Un bucle infinito por el cual generar sabios de lo actual, actuales inútiles en la verdadera sabiduría.

Con motivo de este nuevo defecto social, la especie se está viendo afectada por una serie de daños colaterales, efectos secundarios que nos convierten en seres atemporales, sin sentimientos. Y no me refiero a la avaricia y ansia de poder que comentaba antes, estas características desgraciadamente se mantienen bien arraigadas, sino a las emociones derivadas de toda observación, entendida como resultado de una simple empatía. El placer de interactuar con la otra persona, intentar entenderla, disfrutar con ella, discutir, aprender, enseñar, divagar, incluso por qué no, compartir el silencio. De no ser así, puede que nos acerquemos irremediablemente a la tan manida invasión de las máquinas, no como resultado de una industrialización excesiva, sino como resultado de una eficiencia extrema. Una ausencia total de humanidad.

Lamentablemente, cada vez con más frecuencia, observo cómo mis semejantes dedican el menor tiempo posible a pensar, con tal de hacer simplemente las cosas como siempre lo han hecho, a ser posible a través de un proceso caótico y corrupto en el cual resultar más listo que los demás.

La crisis está ahí, los ciudadanos tenemos los defectos que tenemos, sin embargo, nuestra principal virtud es la posibilidad y capacidad para aprender de los errores. De nosotros depende, querer ejercer nuestro papel como humanos, o recuperar los rasgos animales más primitivos y emplear nuestra inteligencia para acallar nuestra pasión.

Por mi parte, como siempre digo, elijo seguir siendo como soy, con mis errores y mis escasas virtudes, pero consciente de mi existencia y orgulloso de mi devenir.

Apasionado, empático, débil y alegre, me enfrento cada día a una sociedad cada vez más alejada, perfecta pero plana. Una sociedad capaz y a la vez apocada, quejica pero conformista, prepotente pero manejada. Una sociedad que ninguno queremos pero que, lamentablemente, todos asumimos y aceptamos.  

lunes, 8 de abril de 2013

El libro_p04


Capítulo 4

Ansioso, expectante, incluso desesperado, ultimo los segundos que restan para el desagradable sonido de mi despertador. La presión ejercida por los recientes retrasos y posteriores reprimendas me pesan sobremanera en esta fría mañana.

Por fin, el parpadeo que precede al ruido infernal hace acto de presencia y mi mano reacciona rauda y veloz para frenar el proceso estándar. No me gustaría hacer partícipes a mis padres o mi hermano de mi surrealista plan. Este tremendo madrugón podría ser malentendido por mis preocupados parientes, quienes ya mostraron su descontento y consiguiente preocupación en la pasada cena.

Feliz por mi pronta reacción, me dirijo orgulloso hacia el pasillo, toalla en mano y rodeado por un halo de sorprendente optimismo. El reloj parece mi principal aliado en esta batalla tan personal como necesaria. El desayuno, la elección de mi vestimenta o, incluso el rasurado matinal parecen relegados a un sombrío segundo plano.

Jamás había sentido tanto el deambular del agua sobre mi cuerpo. Parece que cada gota se desprendiera de sus vecinas para reivindicar su inevitable individualidad en lo que se asemeja a una extraña celebración callejera. La temperatura perfecta me recuerda el por qué de todo esto, me dibuja distraída una leve pero intensa sonrisa en mi rostro. Un relajado suspiro que invade mi cuerpo, del mismo modo en que lo hace el líquido elemento, sutil pero contundente, eficaz.

El momento toalla, recupera su trivialidad original, negado frente a la celeridad de mis medidos movimientos. Cada nuevo hito en esta estudiada mañana, corrobora los plazos previstos y con ello, genera una nueva satisfacción que deriva en mayor efusividad y nerviosismo controlado. Uno de esos momentos en los que todo a tu alrededor demanda una sobriedad y silencio imposibles de alcanzar. Todo tu cuerpo emana adrenalina contenida, tus músculos se contraen impacientes, preparados.

La calle, por fin. Todo marcha. No sabría decir, para ser sincero, si los zapatos son realmente del mismo par, si los calcetines coinciden, si el peine ha llegado a ordenar mis húmedos cabellos, o si la mochila contiene alguno de los materiales que necesitaré más adelante. Sólo me preocupa una cosa, el paso firme e irremediable de mis suizas agujas. Y desde luego, es de lo poco que podría garantizar con seguridad, seguimos llevándonos bien.

La odisea diaria se presenta más amable que de costumbre, solitaria a la par que original. Los olores parecen similares, sin embargo el conjunto revela una pureza hasta ahora olvidada. Los ruidos, sin duda, no son sino una vaga muestra de mi anterior referencia. Mi alegría sigue en aumento y su representante hormonal, continua su lento pero constante llenado del vaso de mi autocontrol. Las buenas noticias se suceden y mi sonrisa comienza a tornarse en nerviosa.

8:59h. En pleno éxtasis emocional, reconozco la ansiada puerta de mi recién bautizado como querido instituto. No quepo en mi gozo. La hora cuadra, mi reloj corrobora tal triunfo y por si esto fuera poco, la voz aliviada de mi hermano resuena cual canto gregoriano en mis adentros. ¡Lo logré! Voy a oír el timbre por primera vez.

  •  Oye, lo has hecho. Me alegro.
  • Gracias. No podía permitirme un fallo más.
  • Pero bueno, ¿a qué hora te has levantado? Eres un auténtico personaje. Cuando me he levantado ya te habías ido. Y por lo que parece no has desayunado, ¿verdad?
  • A ver. Tampoco le vamos a pedir peras al olmo, ¿no? Jajaja. Déjame disfrutar de mi pequeño logro. Ya, si eso, mañana desayuno.
  • Anda, cómete esto que te he pillado en casa. ¡Cómo te conozco! Sabía que te habías venido en plan valiente.
  • Gracias tío, eres un máquina. Menos mal, porque ya empezaba el estómago a dirigir a la orquesta. Jajaja. Si es que te tengo que querer...
  • Déjate de rollos! Come y calla. Jajaja.
  • Vale, lo haré. Luego te veo.

Instante en el cual el sonido angelical del timbre interrumpe nuestra improvisada tertulia anunciando mi llegada triunfal. Confiado me dirijo hacia mi aula, consciente de mi tremenda valía. Mentiría si dijera que no me siento como un auténtico superhéroe. Las caras sorprendidas de mis compañeros, sólo son mejoradas por la peculiar sonrisa de mi director, quien me felicita entre dientes por mi pequeño éxito. Pese a mi timidez, me adentro en la clase feliz, observando al tendido, mientras el profesor me saluda casi tan sorprendido como yo mismo. Acto que se ve acompañado de las risas de mis compañeros, quienes no podrían estar más de acuerdo con el “gestito” espontáneo de mi maestro de tecnología.

Lejos de avergonzarme, decido dar el golpe en la mesa definitivo, y alzar temeroso la voz para dar los buenos días con sorna al perplejo grupo, acompañado por un atrevido intento de chiste, que sorprendentemente, mis compañeros parecen aceptar de buena gana. Momento en el cual, mi hermano se apodera remotamente de mis actos, teledirigiendo mi mirada hacia la tercera fila, justo a mi lado, la mesa en la cual se sienta algo dormida aún, su improvisada candidata a mujer del año.

El recorrido de mis ojos parece ralentizarse hasta casi detenerse por completo en su búsqueda ilusionada del objetivo. Cual es mi sorpresa, al encontrar frente a mi, dos preciosos ojos verdes, arropados por unas elegantes cejas y unas pobladas pestañas. Un festival de colores organizados bajo la batuta de una naturalidad impactante y una belleza que difícilmente podría describir con palabras. Un regalo del destino que parecía presentarse ante mí. Perplejo, me paralizo de arriba a abajo, con una estúpida sonrisa que decora mi impasible rostro.

Segundos con complejo de horas preceden al instante definitivo, el momento en el cual esos maravillosos ojos se cierran suavemente en su camino hacia el suelo, mientras su bello rostro evidencia un cierto tono sonrosado que acompaña una ínfima sonrisa que deja entrever sus tímidos dientes, todo ello bajo el inexplicable efecto del slow motion. Una mínima mueca que en mi cerebro es recibida como la mayor de las alegrías jamás anunciadas.

Supongo que para ella pudo ser un simple acto reflejo, pero he de reconocer que fueron necesarios algunos minutos más para permitir a mi cuerpo recuperar el control sobre una situación que hacía ya tiempo dejó de existir. El profesor llevaba un rato intentando despertar nuestras neuronas con una inexplicable perorata repleta de tecnicismos, capaz de domar a la más fiera de las criaturas que habitan este mundo. Sin embargo, harían falta toneladas del peor de los tranquilizantes para apagar el fuego que acababan de encender en mi interior. Y lo peor, que se lo debía a mi hermano, mi hermano pequeño. Tendría que decirle que sí, que tenía razón, que estaba en lo cierto. En fin, imagino que merece la pena y que, en el fondo, se lo merece.

Tecnología, matemáticas, informática, economía... un sin fin de asignaturas que esperan respetuosas en el porche de mi cabeza a que mi nueva inquietud abandone la casa y les permita entrar. No logro olvidar esa mirada, esas mejillas sonrojadas y perfiladas con maestría frente al mini espejo que toda chica parece llevar en su bolso, o quizás, la imagen que había decidido crearme de ellas. Ahora me parece increíble que durante todos estos días me hubiese podido perder tal espectáculo. Hasta qué punto podía estar obsesionado con fingir una normalidad forzada, que había obviado una de las mejores imágenes que podrían decorar ese tradicional mural en que se convierten los recuerdos.

Mi objetivo acababa de cambiar radicalmente. Llegar puntual, pasar desapercibido, integrarme, aprender; todo eso quedaba relegado a un meritorio segundo plano. Las veinticuatro horas del día en mi nueva vida, encontraban su sentido en tanto en cuanto contasen con la aportación de mi nueva musa. Cada movimiento parecía conducirme directamente hacia ella, del mismo modo en que los imanes se adhieren a la puerta de la nevera. Un fenómeno conocido pero inexplicable, asumido pero opaco.

Podría recrearme en todo ese rollo de las mariposas, las hormiguitas y demás cursiladas, pero mi pragmatismo me lleva a mostrar una realidad mucho más racional, más fría. Prefiero contar mi versión de lo que muchos denominan amor a primera vista. En mi opinión, es bastante más cercano a una tremenda obsesión, sólo que afortunadamente, desprendida de toda esa negatividad peyorativa. Una cariñosa obsesión por conocer cada íntimo detalle que configura su interesantísima existencia. Un deseo pasional por entregarle toda esa ternura y bondad contenidas bajo el telón de mi teatral impostura. Un sentimiento tan profundo como transparente, donde su felicidad ocupa el lugar más alto, en un inestable equilibrio entre alegría y tristeza, entre amor y odio.

Sé que no puedo contarle todo esto a mis amigos, si no, probablemente, empezarían por dudar de mi masculinidad y posteriormente, usarme para amenizar sus ratos de aburrimiento. Pero, por primera vez en mucho tiempo, me gustaría permitirme el lujo de desencadenar mis emociones, derrumbar el interminable dique con que sellé hace años todo un mar de pensamientos. Es el momento de liberarme, dejar fluir mis ideas, como si nadie las pudiera ver, sólo ella, sólo yo. Un rincón de total sinceridad en el cual depositar cada gramo de humanidad que aún respiro.

Soy consciente de que si ella pudiera leer mi mente, huiría despavorida ante tanta ilusión desproporcionada. Soy aún más consciente de que las probabilidades de que una chica como ella se fije siquiera en mí, son prácticamente nulas. Soy, a ratos, vagamente consciente de que, incluso, cabe la posibilidad de que me acerque a ella y sea yo quien decida alejarme poco a poco. No olvido mi inseparable don para alejarme de toda aquella persona que parece sentir por mí algo parecido a lo que acabo de expresar. Pero bueno, no hace falta ir tan deprisa. Como buen romántico utópico, lo único que me importa ahora mismo, es disfrutar de este peculiar cortejo. Este acercamiento tan sutil como intenso. Es como si me hubiesen devuelto a esos fatídicos quince años, cuando mi querida Sandra protagonizaba con tanto estilo cada episodio de mi recién descubierta adolescencia

Sólo puedo dar las gracias por todo esto. Por recuperar algo que pensaba perdido.

Pues sí, han pasado sólo diez años, ya han transcurrido más de tres mil quinientos días desde aquel. Pero, sin saber muy bien por qué, mi cuerpo salda conmigo una deuda generada tanto tiempo atrás. Por fin, puedo gritar en silencio que vuelvo a ser yo. ¡Sí! Estoy de nuevo aquí, y esta vez, vengo para quedarme, así que mejor que se preparen. No más psicólogos, no más complejos, no más excesos ni ausencias. Simplemente yo, en busca de un nuevo nosotros que me permita entenderlos mejor a ellos.

martes, 2 de abril de 2013

Mi alter ego en twitter


Probablemente muchos de vosotros hayáis llegado a este peculiar artículo a través de un tweet, o como poco, estéis familiarizados con términos como retweet, timeline, hashtag... Sea como fuere, me considero uno de los muchos millones de personas que dedican parte de su tiempo a deambular por ese extraño mundo virtual que alguien decidió inventar para nosotros. Sin embargo, no ha sido hasta ahora, tras muchos meses de experimentación y análisis empírico que me veo capacitado para descifrar el complejo código escondido tras esos escasos ciento cuarenta caracteres.

A lo largo de este post, intentaré plasmar el resultado de dicha investigación científico-social, un recorrido por los diferentes perfiles detectados en esta red, donde agrupar a los usuarios en función de sus comportamientos y actitudes. He aquí las diversas especies que pueblan nuestro nuevo mundo:

- El búho: todo usuario principiante decide adentrarse temeroso en este extraño pero interesante escenario, sólo por probar, guiado por la creciente curiosidad generada por su entorno más inmediato y potenciado por los medios de comunicación. Como no podía ser de otro modo, esta fase de adaptación y aprendizaje da lugar al tipo de usuario uno, el búho. Ese personaje dubitativo y algo tímido que comienza a seguir a aquellos famosos y usuarios más seguidos, con idea de entretener sus horas más aburridas del día, sin escribir nada por vergüenza y limitándose a observar desde la distancia en lo que parece la preparación infinita de su descomunal ataque, su primer tweet.

- El funcionario: la fase búho puede durar días o incluso meses, según el tiempo libre del individuo, su afición a la informática, si dispone de smartphone o no, etc. Pese a ello, llega el anunciado día en que rompe una de sus barreras mentales para adentrarse en ese mundo tan llamativo como absurdo, tomando parte en el infantil juego de los “mensajitos”. Desde ese mismo instante, se inicia la segunda fase del proceso, la fase funcionario. Sí. Ese periodo en el cual, nos vamos incorporando a la dinámica poco a poco. De cada tres días que vamos, trabajamos uno. El resto nos dedicamos a observar y justificar nuestra visita con un retweet esporádico, dicho de otro modo, aprovechar el trabajo de otros para aparentar que estamos ahí, “al pie del cañón”.

- La madre coraje: esta nueva fase surge tras un largo periodo de “funcionariado” en el cual encontramos el verdadero sentido de ese tipo de vida, cansarse. Efectivamente, todo cansa, y llega un momento en el que el usuario acaba detestando esa apatía para aventurarse a una etapa más activa y participativa. Es entonces cuando surge la madre coraje que todos llevamos dentro. Un ser defensor por naturaleza, convencido de que cada tweet es una muestra inequívoca de excelencia, un candidato indiscutible a trending topic por el cual merece la pena luchar “a capa y espada”.

La siguiente etapa comienza con un cruce de caminos. Nos encontramos ante un verdadero punto de inflexión en todo este proceso social. Los resultados obtenidos durante el periodo de madre coraje condicionarán nuestro futuro más inmediato. Podemos rendirnos ante la fatalidad en forma de ausencia de seguidores y volver a la fase búho, o incluso optar por acabar con nuestro perfil. O por el contrario derivar en una de las diferentes variantes de lo que denomino la cuarta fase, según sea el grado de “cansino” alcanzado:

- El locutor de radio: es aquel individuo empeñado en describir a sus fieles seguidores cada instante señalado en su vida, un espejo gigante diseñado para reflejar cada aspecto considerado interesante de su alrededor. Ciertos tweets resultan interesantes aunque pocas son las vidas lo suficientemente excitantes como para no resultar algo cansinas.

- El “monologuista”: todos reconocemos el típico perfil del humor, tweets infinitos repletos de frases graciosas y chistes malos, siempre dispuestos a alegrarnos el día y arrancarnos una sonrisa. Sin embargo, de vez en cuando cansa tanta comedia y falta de seriedad en lo relativo a determinados temas de actualidad.

- La Bridget Jones: probablemente una de las más cansinas de este entorno virtual. La protagonista de este estereotipo responde a una necesidad compulsiva por transcribir cada segundo de su vida como si de un diario se tratase. Frases como, en el coche al trabajo, saliendo de la ducha, o de vuelta a casa; son sólo algunos ejemplos de lo que su falta de discreción es capaz de ofrecernos como deleite cotilla.

- El científico: personaje aplicado y concienzudo que, lamentablemente, acaba por creerse su valía hasta el punto de pretender inventar la pólvora una y otra vez con cada uno de sus tweets. En su esfuerzo por destacar e impresionar a sus seguidores suelen aportar información sorprendente y actual muy entretenida. El problema, cuando no encuentran el ansiado trofeo y comienzan a rellenarnos el TL (timeline) con noticias de segundo nivel o demasiado rocambolescas.

- El monotema: generalmente asociados a comerciales y representantes de empresas o productos de una determinada marca, que confunden su interés profesional por vender, con nuestro interés personal por aprender o desconectar. Toda información puede resultar gratificante siempre que no se convierta en una saturación excesiva de noticias similares y con un objetivo tan banal.

- La estrella porno: se caracteriza por creerse actor, sin darse cuenta de que lo único que saber hacer, realmente, es dar por... En fin, cansino por definición, nos “deleita” con una insufrible retahíla de tweets sin sentido y faltos de todo decoro personal.

- El bombero-torero: suele aparecer vinculado a representantes del ámbito político nacional, especialmente entrenados para “marear la perdiz” y demostrar su maestría en el uso del capote. Todo ello aderezado con grandes dosis de “apaga-fuegos” en los cuales mejorar una imagen tan estudiada como frágil, asumiendo el riesgo de salir derrotados ante el desconocimiento de la tecnología y el exceso de intermediarios, con el único objetivo de cosechar alguna victoria parcial en forma de típica foto de éxito y cercanía.

En definitiva, simples estadios intermedios hacia lo que se denomina un buen “tuitero”, un referente de buen comportamiento que deriva en un gran número de seguidores convencidos y desinteresados, atraídos exclusivamente por la valía y calidad de la información facilitada. Dicho de otro modo, deambulamos entre los diferentes tipos de “tuitero” existentes, en nuestro afán por emplear esta oportunidad virtual para lograr convertirnos en las estrellas que no hemos podido ser en la realidad. Todo ello por olvidarnos de que en el fondo, no dejamos de ser personas jugando a ser otras personas, cuando lo único que realmente funciona es ser uno mismo y comportarse con la naturalidad con que lo haríamos en la calle. No necesitamos mayor oportunidad que la que nos brinda el día a día, si lográsemos desprendernos del orgullo, los prejuicios y los tabúes, como parece prometernos el teclado y sus escasos ciento cuarenta caracteres.

Con la sincera intención de que nadie se sienta ofendido por este ingenuo artículo de opinión y entretenimiento, me gustaría trasladarles ahora la patata caliente. Pasaros el turno y daros la oportunidad de mostrar vuestro desacuerdo.

¿En cual de estas fases os encontráis? #mialterego