lunes, 4 de febrero de 2013

Concurso, luego pienso (14/14)


12. Liquidación de obra

Las siguientes semanas, transcurren inmersas en las diferentes dinámicas que nos mantienen distraídos. No obstante, todos sabemos de este extraño vínculo capaz de unirnos en momentos puntuales. Conectados a través de la sensación de rabia que aumenta con cada nueva noticia, referencia, cita o imagen relacionada con el innombrable evento.

No puedo decir que me arrepienta de lo ocurrido, pero tampoco puedo engañarme y negar que, por más que me alejara de aquel día, no podía evitar pensar en qué hubiese pasado.

Sin apenas percatarme de su presencia, el fatídico día llegó, tranquilo y pausado. Consciente de su importancia y del efecto que en nosotros iba a suponer. No nos llamamos, pero no cabe duda que aquel día no paramos de hablar y pensar en el resto.

Meses más tarde, aún perdura esa inquietud. Ese regusto amargo que vaga a sus anchas entre sombras y rincones. Aunque a día de hoy, lo que crece sin cesar es el miedo a no olvidar, a arrepentirme algún día de todo lo sucedido. Crece la sensación de que existe una parte de mí, que no acaba de cerrar este capítulo de mi vida.

15 de abril de 2012.

Tras más de veinte mil palabras repletas de insensateces y erratas. Tras gran cantidad de horas frente a mi ordenador sin saber muy bien el por qué de este nuevo reto en el que me encuentro sumido. Tras noches sin dormir y días absorto en mis pensamientos literarios. Por fin, no necesito de un diccionario para entender lo que sucede aquí. No requiero ningún buscador de sinónimos para aparentar cierta elocuencia y rigor técnico.

No.

Acabo de entenderlo todo.

Esta maravillosa aventura, no es sino el cierre a una de las etapas más interesantes de mi vida. Una redención merecida del trauma y la vergüenza que residían en lo más profundo de mi ser.

Con estas lapidarias palabras, me despido con alegría de una pesada carga que he llevado conmigo durante meses.

Hoy, día quince de abril, abro una puerta para poder cerrar otra. Ahora entiendo, que la única razón por la cual me adentro en este nuevo territorio profesional, es por necesidad.

Sí.

Necesidad de compartir estas emociones con alguien, desconocidos o no. Necesidad de mostrar al ciudadano medio, la belleza que encierra su ciudad, sea cual sea esta. Necesidad de enseñar a la gente lo complejo que resulta un concurso público. Lo difícil que es pensar ciudad. Lo poco que se hace. Y lo bonito que puede llegar a ser, compartir con compañeros tan inquietos y entusiastas como tú, el amor hacia esta profesión, la pasión y respeto hacia su manifestación más conmovedora, la ciudad. Aquella en la que se esfuma cualquier duda o reticencia sobre el papel que juega la arquitectura en nuestro día a día.

La ciudad la piensan unos, pero tienden a vivirla otros. Ya es hora de que pensadores y usuarios se pongan de acuerdo y empiecen a trabajar en equipo.

¡Viva la ciudad pensada!


Continuará??? Seguro que sí. ;-) (Parte 14/14)

martes, 29 de enero de 2013

El libro_p02


Capítulo 2

De no ser por lo común de estos delirios momentáneos, me preocuparía descubrirme inmerso en tales recuerdos, más allá de los inútiles esfuerzos ejercidos por mi profesor por mantener mi atención al máximo nivel.

Desde hace años, mi psicólogo se había empeñado en explicarme como terapia de defensa ante mis momentos de bajón, que recurriera a aquellos recuerdos e imágenes que me evocaran sentimientos de alegría y satisfacción.

Por supuesto, asistir resignado a mi enésima reprimenda del director, tras un nuevo retraso en mi horario de llegada, no es precisamente lo que calificaría como una mañana perfecta. Tan sólo llevo dos semanas en mi nuevo reto docente y ya me siento en el despacho del mandamás como en mi propia casa. Desde luego, tantas incidencias y castigos no contribuyen a mi inserción social en un grupo tan numeroso como opaco.

Desde mi entrada en el aula el pasado lunes, todos mis compañeros han sabido sobreponerse a mi presencia con sorprendente pasividad. En ocasiones he llegado a maldecir mi suerte por no verme capaz de utilizar mi recién descubierto superpoder de la invisibilidad, en beneficio propio. Catorce compañeros y doce compañeras que, lejos de interesarse por el nuevo, continúan con sus respectivas rutinas sin siquiera saludarme en lo que, personalmente, considero mi propia hora de llegada.

Resulta paradójico que sea yo quien se queje de la aparente ceguera de quienes me rodean, pero desgraciadamente no encuentro el camino hacia sus respectivas circunstancias vitales, un sendero apacible hacia lo que me gustaría que fuera una relación de grupo normal. A lo largo de toda mi vida, las irregularidades sociales me han acompañado como al que más, aunque lo ocurrido en estos quince días de clase, no tiene parangón.

Reconozco que mi llegada tardía derivó en una entrada torcida en el colectivo, ya que los propios profesores recibieron mi osadía como una muestra hiriente de insultante prepotencia, una conducta rebelde que debía ser frenada de manera implacable frente al resto de los alumnos.

No resultó nada fácil convencer a mi hermano de que no necesitaba ayuda ni protección alguna frente a lo que considerábamos una injusticia importante. De hecho, este acontecimiento volvió a reabrir un concurrido debate familiar acerca de la idoneidad de mi reincorporación al sistema escolar. Mi padre, como solía hacer siempre, se posicionaba de mi lado, recurriendo al humor para despojar de hierro al asunto y recuperar su estado natural de bienestar. Por el contrario, mi madre asumía su rol protector, preocupada por todo aquello que pudiera llegar a representar el más mínimo inconveniente o amenaza en la idílica vida de su pequeño, por más que yo me reivindicara como un adulto de más de 25 años. Parece inevitable que una madre, independientemente de su edad, la de sus hijos y el estado civil en que se encuentren, actúe como la hembra responsable en que un día se convirtió, cuestionando cada decisión aparentemente arriesgada que pudiéramos tomar, así como confirmar a cada momento nuestro correcto equilibrio nutricional o la apropiada elección de ropa de abrigo (incluso en verano). Una madre, madre es. Y la mía no va a ser la excepción.

Hasta aquí todo parece seguir un guión de lo más coherente, de no ser por la inesperada reacción de mi hermano pequeño, quien tiende a erigirse en mi segunda madre, mi hermano mayor, cada vez que la conversación se tiñe de drama. Entiendo que le duela cualquier amago de ofensa sobre un miembro de su familia, especialmente desde que asimiló que mi caso era especial. Imagino que en ello tendrán algo que ver mis padres, que puede que, sin querer, lo hayan condicionado en algún modo con tanta preocupación. En el fondo no les culpo, por más que me puedan molestar esas muestras evidentes de desconfianza hacia mi persona, por más que me duela recordar que ni soy, ni puedo comportarme como uno más. Sin embargo, es parte de mi idiosincrasia el luchar por mi independencia y libertad de decisión. De no ser por ello, no estaría ahora donde estoy.

Acabada la tertulia y posterior sobremesa familiar, me encierro en mi dormitorio para analizar todo lo ocurrido hoy, destripar mis posibles errores y pulir mi recorrido de cara a un éxito que necesito como agua de mayo. Esta mañana el director había sido tajante: “un retraso más y me veré obligado a expulsarle una semana del centro. No me puedo permitir excepciones, más aún después de que usted mismo sea quien me ha solicitado expresamente ser tratado como uno más. Intento ponerme en su lugar y valoro su esfuerzo, pero como comprenderá, no puedo mostrar un doble rasero frente a sus compañeros”. Mis repetidas afirmaciones no eran ninguna impostura. Soy perfectamente consciente del problema y el primer interesado en solucionarlo. Lo importante ahora es definir mi estrategia para hacerlo. Por enésima vez, memorizo los horarios de autobuses, calculo los kilómetros exactos de trayecto y me cercioro de que no existe alternativa alguna. Seguro de mi planteamiento, decido madrugar aún más, pese a que ello suponga desayunar sólo en mi casa y renunciar por completo a la ayuda que suelen ofrecerme mi madre y mi hermano. Mi abuelo siempre me repetía aquello de que el que algo quiere, algo le cuesta. Así que el hecho de dormir media hora menos no debería suponer un obstáculo para mi ansiado objetivo. Con cierto resquemor me dirijo hacia mi querido despertador, dispuesto a adelantar la hora que dará comienzo a mi nuevo día, cuando mi hermano hace acto de presencia en el cuarto.

  • Oye, ¿qué tal? - me pregunta con cierto aire de preocupación reflejado en su cara.
  • Aquí, viendo a ver a qué hora me levanto mañana.
  • ¿No te habrá molestado algo de lo que te he dicho, no? Es que me he dado cuenta de que en cuanto has podido, te has desmarcado para encerrarte en tu cuarto.
  • No te preocupes, ya sé que todo lo que me decís es por mi bien. Pero hay veces que me resulta demasiado repetitivo escuchar, una y otra vez, lo inútil que puedo llegar a ser. Yo no me veo como vosotros lo hacéis. Sé que soy especial, pero me niego a pensar que lo único que me queda es resignarme y aguantar. Lo siento, pero no. Ya me conoces.
  • Y tanto que lo sé. Eres muy cabezón. Eso sí, puedes estar tranquilo, nosotros te queremos tal y cómo eres. Por más que nos duela ver cómo te empeñas en algo que te puede llegar a dañar. Cursiladas aparte, no pienso dejar que nadie se ría de ti o que el maldito director te trate como si no valieras nada.
  • No. No te equivoques. No tengo ningún problema con el director. No olvides que fui yo el que le pidió que me tratara así. Ahí fuera, la única forma de sobrevivir es coger al toro por los cuernos, ya lo sabes. Lo malo es que no te voy a negar que, a veces, me cuesta mantenerme en mi posición.
  • Me imagino. Sólo te lo voy a decir una vez, ¿vale? ¿Quieres venirte mañana conmigo para garantizar que llegas a tu hora? Creo que te vendría bien ganar algo de tiempo y que se relajen un poco los ánimos por el “insti”.
  • Tienes razón, pero ya he decidido que voy a madrugar más, precisamente para evitar cualquier riesgo.
  • Mira que eres, ¡eh! Como quieras. Si lo que quieres es poner las calles, bien. Pero, ¿por qué no me dejas, al menos, que te acompañe? Así podré ayudarte en un caso extremo.
  • Te lo agradezco, de verdad. Pero en eso he de mantenerme firme. Voy a llegar puntual y, además, voy a hacerlo sólo. No porque no quiera que vengas, que me encantaría, sino por demostrarme que soy capaz. Lo necesito. Aún así, valoro mucho todo lo que estás haciendo por mí. No sé si podré devolvértelo algún día, pero gracias.
  • No me seas “nenaza”. ¿Para qué estamos los hermanos pequeños? Ya me cansé de hacer el papel del hermano “tocapelotas”. Ahora prefiero ser el hermano confidente. Jaja. Por cierto, ahora que estamos solos. ¿Me ha parecido ver hoy en tu clase un “pivón”? No estarás haciendo todo esto para ganártela, ¿no? - momento en el cual su rostro abandona su versión más preocupada y maternal para tornarse en socarrona y desenfadada, propia del hermano pequeño que es.
  • Jajaja. ¡Qué tonto eres! No sé de quién me hablas. Te recuerdo que hasta ahora, las únicas personas que conozco en el instituto, son nuestro querido director y su simpática secretaria. La cual, por cierto, me gustaría señalar antes de que me digas nada, que tiene la edad de mamá. ¡Que ya te veía venir! - confío en que haya logrado disimular la vergüenza que mis mejillas se empeñan en revelar.
  • Lo que tu digas, pero la niña esa es como para que hagas un esfuerzo. Y si no, fíjate mañana y me dices. Jajaja. Bueno, te dejo que voy a hablar con Rocío. Me toca cumplir o seré yo mañana el que tenga problemas.
  • Valiente calzonazos estás hecho. ¡Anda sí! Mejor será que te largues. Jajaja. Buenas noches.
  • Buenas noches. - responde ofreciéndome como despedida un sentido y cálido abrazo, al cual correspondo orgulloso.

lunes, 14 de enero de 2013

Concurso, luego pienso (13/14)


11. Revestimientos y acabados

¿Qué debo pensar cuando dedico a trabajar más de doce horas diarias y encima me quejo porque no me da tiempo a comprar las cosas necesarias para seguir trabajando en las labores de casa? ¿Debería preocuparme? Lo sé. Son preguntas retóricas así que agradeceré el silencio.

Lo único que se te ocurre en las citadas circunstancias es optimizar tus trayectos en busca de supermercados y tiendas que no supongan un desvío excesivo de la ruta original.

Salir un poco antes para llegar un poco más tarde. No sé, como que no lo acabo de ver. Si antes no era capaz de cumplir mis horarios, esta nueva iniciativa no puede sino empeorar la situación. Eso sin olvidar el riesgo de recaer en el patinaje artístico sobre motocicleta, romper la cadena de frío de algún alimento u olvidar toda la compra en alguna de mis etapas intermedias, para descubrir al día siguiente los misterios de la caducidad prematura. En definitiva, si quiero poder comprar, deberé recurrir al método tradicional, a esa solución inspirada siglos atrás; y no, no me refiero al remedio típico de abuela. No.

Me refiero a la carta, la carta a los Reyes Magos.

Retomo la cordura tras ocho revitalizantes horas de sueño. Afortunadamente no es la cordura lo único que recupero a lo largo de la mañana. Comienzo la semana con un plus de adrenalina al recapacitar sobre lo que está por llegar. Un mes de gran intensidad. Un mes en el que no voy a poder ni añorar la sensación producida al percatarme de mis carencias en la despensa. Treinta días de comida preparada, ojeras, ausencias, molestias de cabeza (no me puedo ni permitir que lleguen a dolor), estrés, soledad, cansancio e ilusión.

Porque no me malinterpreten, soy consciente de mi voluntariedad en este sufrimiento. Sé que está ahí, pero también sé que merecerá la pena, porque se trata de hacer buena arquitectura. Progresar a nivel personal y profesional. Dar un paso al frente, enfrentarme a mis dudas, mis miedos, mi holgazanería, mi espíritu inquieto y crítico. Me alzo para acabar con su influencia sobre mis actos y decisiones. No puedo culpar a nadie de mi situación. De hecho, no debería ni usar esa palabra para referirme a la oportunidad que se me brinda. Estoy donde quiero, cuando quiero y con quienes quiero. El resto, pamplinas derivadas del cansancio acumulado.

Este mes, probablemente será uno de los pocos que recordaré en un tiempo. Y no por lo mal que lo pasé, sino por lo mismo que recuerdo ahora los tres anteriores, porque me han permitido volver a creer en la arquitectura, en mí y en la posibilidad de que esto cambie. En tres meses he pasado de mendigar una beca en cualquier rincón extranjero, a fortalecer mis idiomas para hacerme más competitivo en mi país. De rehuir de mis raíces, a luchar por lo que quede de ellas. De rendirme y escapar, a creer en que siempre queda una última oportunidad en la que confiar.

Esto no significa que haya desechado la idea de abandonar el país para abrir mi mente y conocer mundos y personas tan diferentes como interesantes, capaces de enriquecer mi propia percepción de la vida. No. Más bien, me ha dado el sustento necesario para encontrar mi espacio aquí y preparar desde él mi colaboración con otros profesionales en las mismas circunstancias que yo, sea donde sea que tengan su residencia.

Ser un ciudadano del mundo tiene un peligro oculto, no ser de ningún sitio. Ahora sé que quiero ser de aquí para viajar por el mundo.

Con el citado cansancio acumulado pero convencido del acierto que ha supuesto la decisión de embarcarme en esta aventura, recibo a mis compañeros en nuestro bar. Aparecen uno a uno, empezando por mi mentor, después el anfitrión y por último se espera la inminente llegada de nuestro eficaz intermediario, tanto con su propio equipo como con el de ingenieros. Entre bromas y silencios, pregunto por el ausente, para saber si viene o no. Si mejor lo esperamos en el estudio o para el café. La respuesta me deja algo perplejo. Con gran ambigüedad me anuncian su llegada, aunque con ciertas reservas acerca de lo que ello puede suponer. Me escama el misterio que ocultan sus palabras. No quiero insistir dado que contamos con la presencia de otros clientes y amigos. Me limito a sonreír y esperar.

Veinte minutos después, se confirman mis peores augurios. Parece que la carta a los Reyes ha surtido efecto. Nuestro compañero no viene a trabajar, sino a hablar con nosotros. Sereno nos presenta su discurso, sin duda, muy meditado. Evidencia preocupación y tristeza. Nos define un panorama atroz. Un cúmulo de circunstancias que le obligan a decidir entre el concurso y un proyecto que le ha sido encargado a su estudio.

El problema principal reside en la simultaneidad entre ambos trabajos. Este último, además, se trata de una oportunidad más real y con aires de compromiso. No puede rechazarlo ni derivar parte de sus recursos para continuar con nosotros. Muy a su pesar, debe retirarse. Nos anima a continuar y siente el desenlace, pero nos asegura que no tiene otra opción.

Conociéndolo como lo conocemos, no necesita darnos ninguna explicación para que le apoyemos en su decisión. Sabemos que el más afectado es él. Sólo nos queda aceptarlo y actuar en consecuencia. Ahora la pelota está sobre nuestro tejado. Reinventarnos sin él, o unirnos a su causa.

La deliberación ocupa escasos minutos. De hecho, para ser sincero, diría que ya desde el momento en que le vi entrar afligido al local, supe mi postura ante tal dilema. Sin necesidad de pronunciar sonido alguno, nuestras miradas se entrecruzan y entienden automáticamente.

El silencio se apodera de la mesa.

Un instante más tarde, desciende la tensión, de nuevo con las disculpas del pionero. Nos recalca la posibilidad de prescindir de él sin que ello modifique la dinámica del grupo. Pero, todos sabemos, que su acción ha sido el detonante de una explosión provocada ya hace semanas.

El ritmo no era el adecuado. El proyecto no acababa de arrancar con la fluidez deseada. La magnitud del ámbito era tal, que incluso con todos los integrantes al 100%, nos costaría alcanzar el objetivo. Eso sin mencionar, que las ausencias obligadas por nuestra parte, eran cada vez más frecuentes e inevitables.

Nuestro anfitrión se debatía entre sus clientes y nosotros. Mis fuerzas llevaban semanas al borde del abismo. Es decir, este último contratiempo suponía trasladar toda la responsabilidad hacia el culpable de que estuviésemos aquí. La persona que nos apuntó y nos convocó para que participáramos junto a él. Nuestro director de equipo. Era un mal modo de recompensarle por ello.

Así que, con la misma naturalidad con la que habíamos afrontado estos tres meses de reuniones y diseño, se cerraba la puerta del estudio.

Se acabó.

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Las sensaciones se confunden en mi cabeza. Pese a la tristeza y rabia que me consumen por el fracaso, debo reconocer una alegría oculta y amarga por la finalización de esta situación. El concurso era una grandísima oportunidad, pero el precio también empezaba a resultar alto.

Imagino que todos compartían tan agridulce momento, derrotados pero aliviados al mismo tiempo.

Sin embargo, como parte de la terapia de grupo, nos centramos en destacar el lado positivo de este varapalo. Hemos disfrutado lo acontecido. Abandonamos, sí, pero en un momento clave, justo antes del verdadero sprint. Hasta ahora hemos mantenido una frecuencia casi agradable y el desarrollo actual de la propuesta está aún en una fase muy precaria. Lo cual nos libera de parte de la pena asociada al trabajo desperdiciado.

Una cosa está clara: siempre podremos ver esta experiencia como un máster intensivo y express sobre urbanismo. Un curso magistral sobre nuestra propia ciudad. Esta visión, una vez más sintetizada por el precursor del abandono, resume perfectamente el sentir general en el equipo.

Y así, sin más, es como despedimos la reunión, el concurso, este equipo, este grupo de amigos trabajando juntos: entre risas y planteamientos futuros de cara a conservar, bajo el unánime y firme compromiso establecido, un núcleo de trabajo que hemos demostrado compatible y prometedor.



Continuará... (Parte 13/14)

domingo, 30 de diciembre de 2012

El libro_p01


Capítulo 1

Austera navidad aquella en la que hace hoy más de 25 años decidí hacer acto de presencia en una fría y sobria sala del hospital materno de Málaga. La humedad penetrante del Mediterráneo se introducía por cada poro de piel de los expectantes familiares y amigos que abarrotaban una sala de espera tan preocupada como emocionada. Pequeñas muestras de cansancio lograban escabullirse entre tanta tensión y alegría contenida. Las ojeras comenzaban a protagonizar tan señalado momento.

Los móviles se erigieron en banda sonora obligada de un evento de tal magnitud. Desgraciadamente las respuestas se sucedían exactas entre los diferentes interlocutores, ansiosos por modificar el guion de este pequeño thriller familiar. Dos familias a punto de convertirse en tres. Más de una veintena de personas recluidas en los escasos quince metros cuadrados destinados a tal fin.

Un rectángulo sencillo y tímido, donde las menudas ventanas se encargaban de iluminar tan angosto espacio. Decorado en un blanco sucio, producto de un uso ininterrumpido a lo largo de sus abundantes años de vida, el acomodo correspondía a unos desgastados asientos de plástico verde, apoyados sobre una inhóspita estructura metálica. La altura libre interior rondaba lo dos metros y medio, pese a que con el paso de las horas, parecía descender amenazante hacia los absortos usuarios. En uno de sus extremos, el pasillo agonizaba hacia unas puertas abatibles que, sin duda, jamás habían sido tan observadas como aquel día. Cada silueta o indicio de sombra tras su umbral se apoderaba de las respiraciones de toda la sala al unísono.

Señalaban aproximadamente las 16:15h cuando un apuesto doctor acompañado de sus fieles enfermeras y un cariacontecido matrona se adentraron entre la multitud buscando a los intranquilos abuelos. La situación no hacía más que enrarecerse con cada nuevo paso del pálido séquito. Los asistentes acompasaban sus lentos movimientos de retirada con un gélido y desesperado silencio sepulcral. La distancia entre abuelos y médicos era inversamente proporcional a la cantidad de lágrimas contenidas por los primeros.

El doctor principal no era otro que el inseparable amigo de la infancia de mi padre. Sus treinta y dos años, recién cumplidos, le convertían en uno de los responsables más jóvenes de su departamento. Sin embargo, su cercanía a la familia y su más que consolidado curriculum le avalaban ante la importancia de lo que estaba a punto de comunicar. Su rostro no hacía sino reflejar la tensión vivida y las emociones que, evidentemente, se empeñaba en esconder tras un velo impasible de serena profesionalidad. Habían sido más de dos días de trabajo sin descanso, cincuenta y dos horas de ilusión y sufrimiento, iniciadas con la llamada insegura y temerosa de mi progenitor.

Para Juan, no podía existir mayor honor que el de ayudar en el parto de la mujer de su mejor amigo. Pese a ello, tantas horas contenían momentos de duda y orgullo por igual. Tanto sufrimiento cobraba ahora sentido. Era el momento de afrontar una conversación con la que había soñado innumerables veces en los últimos meses. Una escena inolvidable, allí plantado frente a Raúl, mi abuelo, su segundo padre. Rodeado por los más allegados a tan querida familia, en muchos casos, considerados también de su círculo más próximo. Con el firme convencimiento de que jamás podría haber imaginado tal desarrollo.

  • Raúl, Celia, buenas tardes.
  • Juan, por favor, ¿qué pasa? ¿A qué se debe tanto misterio?
  • Siento deciros que el parto se complicó hace algunas horas. Me hubiese gustado manteneros más informados, pero la situación me demandaba al cien por cien.
  • No me digas eso Juan. ¿Cómo están? Dime que todo ha salido bien.
  • Todo comenzó como esperábamos. Su nuera ha dilatado bien, teniendo en cuenta que se trataba de una primeriza. A las doce y cuarto de anoche nos preparamos para extraer al bebé conforme a lo que considerábamos un parto corriente. Por desgracia, el bebé no encontraba la posición correcta para su extracción sin daños, así que nos decantamos por preparar a Isabel para entrar en quirófano. Fueron minutos de mucha tensión, en los cuales dilucidar el futuro de todo el proceso. Nuestra prioridad siempre fue la de apoyar un parto natural. Sin embargo, nos veíamos obligados a pensar en la salud de ambos protagonistas. Muy a mi pesar, la única solución fue la de no alargar más esa agonía y atajar por el camino más seguro. Para ello, preparamos todo el equipo de trabajo, coordinamos a todos los profesionales y nos dispusimos al traslado con las mayor celeridad posible. Como sabéis los quirófanos se encuentran a tres plantas de donde nos encontrábamos, y el pasillo suele convertirse en una fiel recreación del Nueva York de mediodía. Sin más, abrigamos bien a su nuera y enviamos a un par de compañeros para que reservaran quirófano y prepararan todo el material. Durante dicho trayecto, no sabemos muy bien las razones, pero el proceso volvió a dar un giro radical. Entrando en el ascensor, su nuera anunció con un grito desgarrador lo que ninguno podíamos siquiera imaginar.
  • Juan, déjate de detalles y dinos cómo están todos.
  • Como te decía, el grito nos dejó sin palabras. Instantáneamente nos giramos hacia ella para averiguar qué era exactamente lo que iba mal. No estábamos preparados para ninguna complicación. De manera que nos apresuramos a seguir sus dolorosos gestos. Nos indicaba que algo iba mal en su útero. El primero en alcanzar la parte trasera de la camilla fue su hijo, quien ausente de todo color se precipitó inconsciente hacia el suelo. Acto seguido el matrona se contagió de tan inesperada reacción, contribuyendo al surrealismo reinante en la escena. No sabíamos por donde empezar entre tantos frentes abiertos. Mientras tanto la puerta del ascensor repetía una y otra vez el amago de cierre con el que impedía mi paso y el de dos de mis ayudantes. Sólo una de las enfermeras parecía estar en condiciones de informarnos. Se acercó temerosa hacia el centro de la escena. Irremediablemente no pudo articular palabra alguna antes de desplomarse. Los compañeros de planta se apresuraban a acudir al lugar y atender a los perjudicados. Mi perplejidad crecía a marchas forzadas mientras esquivaba los cuerpos e intentaba entender los balbuceos de su nuera. Sólo alcanzaba a descifrar algo parecido a “aquí”, instante en el cual su mano agarró la mía con una fuerza desmedida. El dolor era indescriptible. Con la otra mano, aún pudo encontrar a la única compañera que se mantenía erguida frente a mí. El caos aumentaba por momentos mientras algunos auxiliares gritaban desconcertados.
  • Juan, por dios.
  • Perdonadme, pero vuestro hijo ha hecho especial hincapié en que os preparara para esto antes de entrar a la habitación. ¿Por dónde iba?
  • La gente gritaba en el pasillo...
  • ¡Ah sí! Gracias. Efectivamente los gritos y peticiones de auxilio se sucedían a lo largo y ancho del citado pasillo. Mientras tanto, hacía un esfuerzo titánico por tranquilizar a Isabel e instarle a que me soltara, cuando un sentido quejido silenció a los más de doce empleados que se agolpaban alrededor. Todos nos miramos impactados. Logré zafarme de las afiladas uñas de Isabel para observar incrédulo la inaudita imagen que se presentaba ante mí. Una leve sonrisa se dibujaba en mi rostro conforme encajaba las desordenadas piezas en mi cabeza. Una satisfacción tan grande como efímera, dado que escasas décimas de segundo después me unía a la improvisada fiesta pijama que había organizado su nieto. Lo siguiente que recuerdo es a su hijo con la cabeza vendada, dirigiéndose socarrón a Isabel: “Muy pronto ha empezado este a darme quebraderos de cabeza, ¿no crees?” A lo cual Isabel respondió con su particular dulzura y su inigualable sonrisa: “Desde luego, es que en esta familia no podemos hacer nada como la gente normal”. Todo ello mientras las lágrimas de alegría se depositaban delicadas y cariñosas sobre su risueño nieto, quien tan sólo unos minutos antes había decidido darnos a todos la bienvenida con un llanto prematuro tras salir por si sólo del útero de su madre. Sin que ninguno de nosotros acertáramos a ayudarle en tal importante tarea, justo en el momento más inoportuno y complicado, pero, sin duda, en el mejor que jamás hubiese podido elegir.
  • Pero, entonces, ¿todo ha salido bien?
  • Bueno, si obviamos los cuatro puntos de sutura que ha recibido su hijo en la cabeza, algún que otro moratón entre mis compañeros, mi maltrecha mano y la vergüenza que mantiene callado aquí al gran matrona, se podría decir que sí. Que son ustedes abuelos de un fornido y cachondo "pequeñajo" que en vez de un pan ha preferido traer cientos de carcajadas y la mejor de las anécdotas que recuerdo, bajo su minúsculo brazo. Tres kilos seiscientos gramos de valentía e independencia, quinientos cuarenta y dos milímetros de pura felicidad.
  • Gracias. ¡Qué alegría más grande Juan! ¡Y que mal me lo has hecho pasar “cabrito”! Menos mal que conozco bien a mi hijo, y sé perfectamente que todo esto ha sido fruto de su peculiar sentido del humor. Si no...

Según me cuenta siempre mi padre, entre risas, en aquel momento toda la sala empezó a reír entre abrazos, soltando toda la adrenalina acumulada durante tantas horas de espera y especulaciones. Una fiesta improvisada con la que siempre había soñado. Un recital de carcajadas e inmejorables deseos, todos ellos aderezados por cariñosos insultos hacia su persona.

No me canso de escuchar esta historia, por más veces que pueda oírla. Me encanta cada vez que cuenta esta anécdota en presencia de mi madre, quien no puede sino reírse ante lo esperpéntico de mi nacimiento, mientras vuelve a mirarme con la ternura que sólo ella sabe transmitir. Al fin y al cabo, mi nacimiento es un fiel reflejo de mi existencia, un ejemplo más de mi especial condición. No hay mejor imagen que defina lo que hasta ahora ha resultado ser mi vida, que aquel cúmulo ecléctico de emociones y experiencias enfrentadas. Un recital de lágrimas, sonrisas, insultos y abrazos.

El libro_p00


Capítulo 0

  • Buenos días, ¿estás bien? Tienes mala cara.
  • Buenos días. Sí, aunque no he conseguido dormir nada esta noche. He tenido, de nuevo, ese sueño tan peculiar.
  • ¿Otra vez? Ya está bien. Déjate ya de tonterías y olvida ese tema. Además, deberías darte prisa o llegarás tarde.

Quizás tenga razón, debería olvidarme de estos sueños absurdos. Sin embargo, cada vez me parece más real todo lo ocurrido. No sé, puede que me esté volviendo loco. Desde luego, lo único seguro es que tengo todas las papeletas para llegar tarde y con ello arriesgarme a un nuevo castigo. Mejor será que me vaya.

Decidido, cojo mi mochila, una vez revisada, y me dispongo a abandonar la casa. Los mismos cinco pasos de siempre. De no ser por la oscuridad que me rodea y la inestimable aportación de mi familia, este trayecto sería tan sólo un ejemplo más de mi lamentable rutina. Logro esquivar los múltiples obstáculos que invaden el pasillo. No entiendo cómo se puede llegar a generar tanto caos. Entre tanta pregunta sin respuesta, la escalera se muestra ante mí tan peligrosa y traicionera como de costumbre. Sólo la cálida presencia de mi anciana vecina, logra amenizar este mal trago. Cada mañana se asoma a la puerta para darme los buenos días, perfumada con su característica esencia de rosas, que tanto me gusta.

Ocho tramos más tarde, alcanzo victorioso el portal, donde nuestro amable portero me recibe tan agradable y escueto como siempre. No necesito oírle para saber que su noche no ha sido menos ajetreada que la mía; de hecho, no dudo que su mañana debe estar siendo bastante peor, a juzgar por su alcohólico hedor.

Con el ruido del mecanismo de apertura de la puerta, abandono mi casa en todos los sentidos. Dejo atrás la seguridad que me proporciona el hogar, estático y tranquilo. El umbral de la puerta da paso a la jungla. Un universo de prisas, voces, mal olor y miedo. Por más veces que recorra este mismo trayecto, cada mañana parece tratarse de una nueva ciudad, una nueva avenida. Sólo los excrementos de perro y los restos de orín del pasado botellón, me confirman mi ubicación exacta. A escasos cincuenta pasos del quiosco de mi vecino, los vehículos fluyen endiablados, inconscientes. Ansiosos por alcanzar un objetivo que odian con todas sus fuerzas. Mi candidez me impide entender sus complejos comportamientos.

Resignado, espero con calma el cambio del semáforo. Pese a sentirme arropado por multitud de conciudadanos en este acto tan social, nadie parece recaer en mi presencia, ni en la de ningún otro. Las únicas voces que rompen el incómodo silencio, más allá del atronador ruido de fondo, son las pocas llamadas tempranas que acompañan a algunos en nuestro trayecto. Por suerte, me entretengo con la histriónica música que nos señala el verde. No sé muy bien por qué, pero debo de ser de las pocas personas en esta ciudad que se alegra al oír sus repetitivas notas. Sea como fuere, logra dibujar una leve sonrisa en mi cara.

Al otro lado de la vía, alcanzo esa paradisiaca panadería que adorna nuestro deambular. Un festival de olores diversos y apetitosos. Un placer para los sentidos, que me anuncia mi próximo giro, esta vez hacia la derecha, aproximadamente unos sesenta grados, para iniciar mi ascenso por la nueva vía. Su pronunciada pendiente, su deteriorada solería y alguna que otra humedad procedente de los madrugadores cubos de limpieza, convierten esta subida en un auténtico reto para mi integridad. Me imagino esos pobres ciclistas que agotados afrontan cada nueva ascensión, convencidos de que su competición depende de las próximas pedaladas, sea cual sea el estado de la carretera.

Por si todo esto no fuera suficiente, mi cautela parece molestar por igual a aquellos que estresados se disponen a arriesgarse en el ascenso, así como a nuestros opuestos, que animados por la pendiente descienden atropellados e imprecisos, como si no fuesen capaces de verme. Entre insultos me concentro en aunar todas mis fuerzas en cada paso. Con todos mis sentidos puestos en los obstáculos que, imprevistos, hacen acto de presencia en mi trayecto.

Son ya varios cientos de pasos, los que me recuerdan lo tarde que debe ser ya. Por desgracia no me equivoco y el reloj me marca algo más de las nueve. Dependo completamente de la puntualidad, o más bien impuntualidad, de mi querido autobús. Paciente y esperanzado, me sitúo junto a la marquesina. Los siguientes minutos transcurren entre un mar de dudas y desencantos. Cada autobús que pasa podría ser el mío, pero no. Aún no. Todos los intentos desesperados por reconocer mi nuevo medio de transporte, se saldan con un resultado igual de negativo, ya sea mediante la negación por parte de alguno de mis compañeros de espera, o en ocasiones, ante la ausencia de respuesta alguna.

Algo más de doce minutos más tarde, aparece en escena mi ansiado vehículo. Mi timidez, me origina siempre una estúpida sensación de inquietud, un miedo interior ante la posible equivocación que me llevara al otro extremo de la ciudad. La hora sí que esta clara, no cabe duda ante la escasez de oxígeno en este abarrotado autobús en el cual resulta imposible evadirse del eclecticismo aromático que caracteriza a la sociedad.

Varios empujones y cinco paradas más tarde, me apeo hacia la acera, sin antes tropezar con ese maldito bordillo que no debería estar ahí. Por suerte, una amable y recia señora me frena y evita el desastre. Este afortunado incidente, me deja alguna mínima esperanza de alcanzar en hora mi objetivo.

Podría haber sido así, de no contar con la inestimable ayuda de los operarios que han decidido vallar hoy la acera, para una inoportuna reparación de la fachada del ayuntamiento. El desagradable encontronazo, definitivamente, me devuelve a la realidad. Una vez más, voy a llegar tarde. No importa lo temprano que me despierte, o lo rápido que intente ir, siempre acabo retrasando mi llegada.

Otros cientos de pasos más, varios badenes de nueva creación, esas inexplicables farolas y bancos que invaden mi paso y alguna que otra losa suelta, culminan mi rutinaria odisea. Por fin, mi segundo hogar. De nuevo, la seguridad y sosiego se apoderan de mis aceleradas pulsaciones. Las próximas horas resultarán un placer para mis sentidos.

  • Ey!
  • Hola! ¿Qué tal?
  • Bien. Por lo que veo has vuelto a llegar tarde. Como de costumbre.
  • Ya, lo siento. No hay manera.
  • Es que sigo sin entender tu maldita manía de no venirte conmigo a clase, de verdad. Con lo fácil que sería salir los dos juntos en mi coche.
  • Ya lo sé. Pero te recuerdo, que es la única forma que tengo de sentirme plenamente independiente. ¿Qué haría si no, cuando tu no pudieses venir?
  • Pues lo que haces cada día.
  • Ya, pero entonces no me sería tan fácil, ¿no crees? Además, tengo la extraña sensación de que es la única forma de conseguir poco a poco a mi sueño.
  • Qué pesado con tu sueño. Ya te he dicho muchas veces que no hay manera de que accedas hasta aquí como los demás. Es más, ni siquiera sé porque te empeñas en venir. Si yo pudiera quedarme en casa, como tú...
  • Si estuvieras en mi situación, harías exactamente lo que hago yo. Del mismo modo que te despertarías en mitad de la noche, excitado por la inexplicable sensación de libertad que me invade cada vez que sueño con esa ciudad universalmente accesible de la que te hablé.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Concurso, luego pienso (12/14)


10. Pinturas

El resto de la semana deambula entre el proyecto empresarial iniciado junto a mi socio y la representación de un concurso en su máximo apogeo. La base teórica adquirida en torno al estrato de la movilidad, comienza a dar sus frutos prácticos. Los dibujos van tejiendo una fina red destinada a recoger todos los aspectos asociados a una ciudad contemporánea de estas características, que son muchos, con la sencillez necesaria para pasar desapercibida.

Vivimos en una sociedad acostumbrada a la interacción virtual entre ciudadanos de todo tipo, ya se encuentren a unos pocos metros de distancia o a miles de kilómetros. La globalización ha traído consigo una inmediatez absoluta al plano social. Esto, entre la gran variedad de ventajas que conlleva, presenta un inconveniente, en mi opinión, preocupante. Nos estamos acostumbrando a acceder a los fines sin recaer en los medios que se requieren para ello, creciendo por tanto una impaciencia generalizada en cuanto a los trayectos intermedios se refiere.

En ocasiones, tardamos menos en cambiar de comunidad autónoma que de municipio. Los transportes, al igual que Internet, han revolucionado el concepto de distancia. La rapidez se ha apoderado de nuestras ciudades. Y más allá del discurso que defienden los partidarios del movimiento slow, se ha producido un cambio radical en la relación existente entre la ciudad y sus habitantes. Atrás quedan los elocuentes esquemas visuales ofrecidos por los integrantes de Barrio Sésamo, acerca de los conceptos de cerca y lejos.

Cada vez son más importantes los hitos, reclamos puntuales, y más irrelevantes los trayectos de servicio. Valga como símil, la comparativa entre una ciudad comunicada por metro y una conectada mediante el tradicional autobús. No cabe duda que en el caso de la ciudad más tradicional, el concepto global que adquiere el visitante de su identidad, en conjunto, es mucho más realista que el collage de postales inconexas ofrecido por la primera.

La ciudad no es sino el reflejo de sus ocupantes, y evoluciona conforme lo hacen sus usuarios, teniendo en cuenta el retardo asociado a la inercia de un ente tan masivo. Es como si intentásemos modificar el sentido de giro en un vaso de agua o en una piscina. El vaso reaccionará inmediatamente a nuestros intereses, mientras la piscina nos requerirá un esfuerzo mayor, o la participación de más compañeros.

Con todo esto, se justifica la actuación planteada en nuestros últimos bocetos. Debemos iniciar el proceso inverso de giro en la mega piscina que conforma nuestra urbe. Si no iniciamos el cambio, nunca lograremos que nuestra ciudad evolucione, ni por supuesto, contaremos con el apoyo necesario entre nuestros vecinos.

Convencidos, por tanto, de la idoneidad de nuestro planteamiento, planificamos la próxima semana como si no se tratase del periodo vacacional comprendido entre Nochebuena y Nochevieja. Una semana complicada para aquellos que tras disfrutar del milagro de la paternidad, observen sorprendidos cómo sus pequeños permanecen en casa a lo largo de la mañana, con la consiguiente demanda de actividades y entretenimientos diversos. Pese a ello alcanzamos un acuerdo bastante coherente, por el cual mantener la actividad del equipo, aunque cediendo cierta flexibilidad a aquellos más afectados por esta circunstancia.

Nuestros mejores deseos se trasmiten a través de cada abrazo de despedida, en vísperas de una festividad que supondrá, sin duda, un antes y un después en la vida de los impacientes menores. No obstante, es percibido desde un punto de vista completamente diferente cuando se observa desde la distancia que generan los años. Quizás las prisas se mantienen, aunque por motivos muy diferentes, pese a tratarse del mismo resultado.

Tras varias demostraciones empíricas de la inmediatez que nos permitimos demandar a la ciudad cuando nos aprieta el reloj, consigo cumplir con los objetivos marcados antes de la citada cena.

Los días de vacaciones aprovechados en familia, nos alejan del concurso lo suficiente como para renovar nuestras fuerzas, sin por ello diluir los logros obtenidos. Cinco días dedicados al avance paulatino y parsimonioso de un proyecto que podría durar años. Sin embargo, la calma aportada por los días de descanso, nos invita irremediablemente a recapacitar acerca de los plazos marcados en los inicios. Contamos con poco más de un mes y, pese a los avances, nos encontramos de nuevo caminando sobre la cuerda floja. El más mínimo error y habremos desperdiciado estos casi tres meses de trabajo.

Establecemos como límite para el proceso de diseño las tres últimas semanas que preceden al día diez de febrero, tatuado imborrable en nuestras cabezas. Entendemos como imprescindible el uso de estos días para la maquetación de los formatos, la correcta disposición y representación de los planos generados. Puede parecer excesivo destinar tres semanas para tal fin, pero la experiencia nos ha enseñado a ser precavidos en este sentido. Un buen proyecto mal presentado, es peor recibido que un proyecto mediocre o incompleto explicado con buenos dibujos y sugerentes imágenes. De ahí que hagamos especial hincapié en la documentación que será finalmente entregada. No nos podemos permitir centrar los recursos en un proceso infinito, como es el diseño de toda actuación, sin prever un plazo de seguridad en el cual redactar y perfeccionar los detalles.

Ya dicen eso de que “hombre precavido vale por dos”, pues en este caso, ocho.

El cuarto día de trabajo nos recuerda una reunión que se estableció la pasada semana y que, personalmente, he de reconocer que había olvidado por completo. Recibimos la visita de un compañero, también arquitecto, muy experimentado en materia de urbanismo, y especialmente, en el diseño de muchos de los enclaves principales de nuestra capital. Aprovechamos su amabilidad para interrogarle en cuanto a las tendencias que han condicionado la estructura en la que vivimos hoy día. Nos desvela grandes aspectos, que pasan desapercibidos a los ojos de un inexperto observador como yo, o incluso se resisten a ser delatados ante las educadas miradas de mis compañeros. Pero fundamentalmente nos ayuda a ver nuestro “problema” desde una perspectiva más amplia. Como gran estudioso de la ciudad, nos matiza muchos de nuestros razonamientos y redirige algunos de nuestros trayectos argumentales.

Sin duda, una nueva oportunidad para aprender de aquellos que saben más. Los arquitectos aparecemos vinculados socialmente al concepto de prepotencia. En mi caso, he de decir en favor de mis compañeros, ya que mi humildad no puede ser valorada como positiva sino como realista, que no responden para nada al prototipo de estirados profesionales preocupados exclusivamente por el bienestar de sus ombligos. Como en la mayoría de los casos, estaremos siendo afectados por los desafortunados actos de algunos pocos que hacen mal uso de sus funciones, desgastando la imagen de todo un sector.

En lo que a mí respecta, este concurso está constituyendo la confirmación de un gremio mayoritariamente profesional y humilde, consciente de sus limitaciones, hasta el punto de recurrir a sus iguales para darles la oportunidad de deleitarnos con su sabiduría. Estas reuniones me muestran un equipo dispar pero respetuoso. Grandes profesionales que lejos de mirarme por encima del hombro, me brindan el mayor de sus respetos, aún cuando sería comprensible lo contrario, ante la evidente desigualdad que nos precede.

En vez de perdernos en una batalla orgullosa por imponer nuestras creencias por encima del resto, asumimos las virtudes de cada uno, aprendiendo a valorar cada comentario con los matices que cada personalidad le imprime. Mantenemos un orden improvisado en cada momento de intervención, para exprimir cada aportación ajena hasta el punto de sopesar los diferentes pros y contras con total franqueza. Esta actitud, indispensable para el funcionamiento de un equipo, sólo se puede llevar a cabo partiendo de una premisa básica: cada pieza de la máquina es importante e imprescindible. Cada uno de nosotros sabe del bien que le aporta el consenso y las críticas del grupo. Así las acepta, las emite y las contrarresta. Siempre con el optimismo necesario para no perder de vista el carácter constructivo de las opiniones.

Como ya dije en su momento, mi compañero lo resumió con gran elocuencia:

- Ya sabemos que es muy fácil destruir, y extremadamente difícil ayudar a construir, así que escuchemos lo que tiene que decir, e intentemos valorar los aspectos positivos que, a buen seguro, su comentario encierra - Expresó uno de mis compañeros, a lo largo de uno de los múltiples debates surgidos.

Entenderán que considere este concurso, como una oportunidad única de cara al desarrollo de mi personalidad y mis aptitudes técnicas. Si algo he defendido desde hace años es que todas las personas pueden llegar a enseñarte algo, si eres capaz de escuchar y estás dispuesto a aprender. No me equivoqué.

Mi agradecimiento no podría ser más sincero, con cada nueva contribución a este bien común que nos hemos planteado.

Compromisos varios me obligan a abandonar apesadumbrado la reunión urbanística que acabamos de improvisar, molesto con la coincidencia temporal de ambos eventos, pero confiado en la acertada representación que suponen mis compañeros-maestros.

Me apresuro todo lo posible para reincorporarme rápidamente al coloquio. Algo más de una hora después, hago mi reaparición. Parece no haber cambiado nada, salvo el tono cada vez más distendido de los participantes. Compartimos inquietudes y anécdotas con la misma complicidad y relajación con que amenizamos cada periódica reunión.

La conclusión de este encuentro, aunque parcialmente ausente, la defino como muy positiva. Con la marcha del invitado, coincidimos en esta lectura y sintetizamos las claves aportadas.

El Año Nuevo nos aporta un merecido descanso, alguna que otra discreta confesión y un creciente interés por mejorar. Nada que no sepamos ya, tras tantos años de rutina similar. Todo son buenos propósitos que rara vez se materializan. Por ello, inauguramos la agenda con un planning estricto y detallado, que confiamos se convierta en el ingrediente secreto de una fórmula predestinada al éxito. Cinco semanas contadas. Tres de ellas, ya descartadas anteriormente. Eso hace un total de dos semanas, teniendo en cuenta que ésta trae una tara en forma de puente.

¿Se percibe el agobio?

Una de las respuestas más evidentes podría ser la de no secundar este puente. Pero, si el día de Nochebuena fue señalado por su relevancia infantil, no hará falta mencionar el papel que juega en todo esto la visita de los Tres Reyes Magos, por más que la Globalización y su correspondiente influencia americana se empeñen en imponer tradiciones lejanas. Santa Claus gana enteros entre los más pequeños, pero nuestro querido día seis de enero, sigue dispuesto a luchar por sus derechos sobre las costumbres y tradiciones populares de nuestro país.

A eso, debemos añadir las abarrotadas cabalgatas de la víspera, ya sean detrás de los Reyes y sus pajes, de los escurridizos caramelos, o tras la búsqueda de cualquier otro obsequio. Las circunstancias, de un modo u otro, nos obligan a descartar estos días de trabajo, tachando dos nuevos cuadros de nuestro particular almanaque.

Confiemos en que los Reyes sean benevolentes a la hora de valorar nuestro comportamiento durante el pasado año.



Continuará... (Parte 12/14)

jueves, 13 de diciembre de 2012

Concurso, luego pienso (11/14)


9. Cubierta

¡Buenos días! Parece decirme la habitación, al verme despertar mis músculos, desperezarme divertido entre bostezos y suspiros. Pronto descubro que el saludo más apropiado sería el de buenas tardes. Las manillas marcan unas preocupantes cuatro de la tarde. Pese a ello, me niego a romper la inmensa tranquilidad con la que he recibido este sábado. Consulto curioso el móvil en busca de algún reclamo social en forma de llamada o mensaje. Nada perturba mi soledad. Sólo un hambre que se erige en necesidad conforme avanza la mañana-tarde.

Tras la correspondiente visita de rigor, me adentro en territorio comanche. La mala cara que visto me impide salir a comprar algo de comer, así que me va a tocar improvisar algo con lo que tenga en casa. Es entonces cuando reparo en el poco tiempo libre que tengo durante la semana. No hay más que restos y recuerdos de un tiempo mejor. ¡Vaya! Parece que el sábado me va a requerir otro aporte de creatividad.

En nada comparable al desgaste mental de estos días, se hace aún más liviano por la presión fisiológica a la que me somete un creciente vacío estomacal. Parece mentira, hasta qué punto somos capaces de improvisar en situaciones de verdadera necesidad. Lo peor de todo, es que no puedo decir que sea la peor comida que he tenido a bien cocinarme en estos meses, desde mi emancipación definitiva. La juventud ya no es lo que era, cierto. Pero tampoco nos las apañamos tan mal.

Bajo este clima de autocompasión y motivación interna, se esfuma esquivo el ansiado fin de semana. Las películas, series y retransmisiones deportivas colmatan mis cuarenta y ocho horas de huelga personal. Cual recién nacido bebé, mi actividad vital se ciñe a dormir, comer, dormir, cenar y un sin fin de sinsentidos que me esfuerzo por disfrutar en los descansos entre una actividad y la siguiente. Dos ciclos vitales completos, que lejos de ayudarme en mi enriquecimiento personal, contribuyen a una desconexión total del entorno que habito. Encuentro el auténtico karma, donde quiera que esté. Un estado de paz y silencio neuronal sin precedentes. Terapia de choque.

El lunes, tan puntual como de costumbre, acude a su cita activo y competente, con ganas de transmitir su energía a todo aquel somnoliento que permanece anclado en un falso paraíso terrenal, donde las preocupaciones son argumentos vinculados al celuloide.

Hoy, tras un intenso mes de jornadas formativas diversas, recupero algo de tiempo libre, el suficiente como para pensar. Me detengo unos instantes a recuperar los mandos de una vida que parecía controlada por el azar, el estrés y sus respectivos secuaces.

Organizo mi agenda, mi casa, mis tareas y, para no perder el ritmo, preparo mi próxima reunión del grupo. La comida casera y una buena ducha, hacen el resto. Desprendo entusiasmo por los cuatro costados, un derroche de simpatía que no puede evitar afectar a mis conciudadanos. Así da gusto. Nada ha cambiado, salvo mi actitud.

Afronto las primeras conversaciones del equipo con total optimismo, dispuesto a contagiar a mis compañeros. No me hace falta insistir, dado que parece que hemos sufrido procesos similares. Sorprendentemente, el lunes acude con complejo de viernes. Levitamos desde el bar hasta el estudio con soltura. En escasos minutos, el único sonido predominante es el del suave deslizar del grafito sobre el preparado de celulosa. Cada integrante materializa sus inquietudes en forma de improvisada propuesta. Somos conscientes de las carencias que presentan nuestros ingenuos esbozos del pasado viernes. Progresivamente el discurso abandona el tono intimista para tornarse en público y rozar lo vulgar. Los turnos de palabra empiezan a superponerse ante un exceso de ímpetu que no logramos eludir. De soslayo se presentan candidaturas sólidas aunque todavía tímidas. El furor de nuestro intelecto eclipsa el indudable talento que atesoran estos cuatro sillones.

Nuestro lado más sereno colisiona con nuestro perfil más intrépido y osado. Por un lado surgen valientes propuestas decididas a revertir la dinámica de un barrio estancado, mientras su opuesto redunda en la austera realidad en que la crisis ha convertido las políticas de inversión. La necesidad de acción que evidencia este dramático escenario, se refugia bajo el paraguas protector de las deudas y la consiguiente conciencia social. Pese al deseo de mejora que invade nuestro espíritu profesional, debemos actuar con la suficiente responsabilidad como para otorgarle cierta viabilidad a un proyecto, de por sí, utópico.

Las pasarelas voladas y futuristas, contrastan con contenidos gestos de elegancia y sencillez. Nos desconcierta el eterno dilema entre forma y función, proyecto emblema o trampolín. La búsqueda de una imagen capaz de devolver la ilusión a los ciudadanos, o un paso intermedio que provoque un cambio meditado y sutil. Comparamos las tendencias americanas adoptadas por los países árabes basadas en el show business, con el reciclaje y sobriedad de la nueva sostenibilidad europea. Referentes icónicos como Gehry o el mismísimo Calatrava, frente a sus detractores conceptuales Lacaton y Vassal.

Ninguno oculta sus preferencias, del mismo modo, que ninguno condena sus descartes. En esta línea, continúa el progreso de las propuestas, obteniendo ordenaciones sugerentes de un barrio que de correcto, aburre. Una normalidad tan corriente como asumida, hasta el punto de no permitir reproche alguno. Las sugerencias se atisban como críticas, mientras un análisis más exhaustivo denota unas carencias a priori imperceptibles, casi inimaginables. Lo que tan acertadamente denominó el gran Jaime Lerner, como Acupuntura Urbana. Actuaciones ínfimas y puntuales que están pensadas para influenciar un barrio completo e invertir su evolución decadente.

Empleando una alegoría energética basada en el principio de acción-reacción y la delgada matriz que engloba los elementos de un determinado conjunto, aprovecha para recalcar la importancia de los pequeños detalles, los desapercibidos desajustes del sistema.

En pleno proceso creativo, una de las múltiples llamadas que “amenizan” la escena, responde a una de las peticiones que más hemos luchado por ejecutar. Desde hace ya varias semanas, el equipo se mantiene expectante acerca de la contribución de uno de los grandes entendidos en materia ferroviaria. Un referente en el sector que consideramos primordial de cara a la definición de una solución técnica factible para la mejora de este importante medio de transporte. Modificar su trazado actual, implementar el sistema con la incorporación de un metro ligero, o priorizar unas iniciativas frente a otras, son simples apuestas ingenuas, si no se cuenta con el respaldo adecuado. De ahí la alegría que brota de la sonrisa de mi mentor, antes de anunciar para mañana la confirmación de esta importante cita.

Su dilatada experiencia, unida a una indiscutible dedicación y entusiasmo, convierten a nuestro próximo invitado en una pieza clave de nuestro diseño.

El resto de la tarde parece transcurrir supeditada ante tal novedad. Con la impaciencia de un cándido infante en las horas previas a su cumpleaños, me mantengo absorto en la idealización de esta reunión, que sólo el tiempo y la amenaza permanente de fracaso han podido elevar a la categoría de especial. No sabría explicar racionalmente el por qué de esta emoción.

Tan lento, como cabría esperar, transcurre un nuevo día de curso, comida industrial y agitación innecesaria. Las cuatro y media señalan algo más que una simple combinación de horas y minutos. Proclaman el inicio de una clase magistral. Un placer incomprensible, que no me atrevo a negar. Más de cinco horas de investigación y deleite en materia ferroviaria. Un descubrimiento tras otro, que me despiertan un interés oculto sobre un medio de transporte tan tradicional como innovador. Un referente del pasado preocupado por condicionar el presente sin menospreciar al futuro. Una sólida oposición al tráfico aéreo, que aprendo a justificar con razones de peso. Un mundo nuevo para mí, capaz de captar mi atención hasta límites insospechados. Es en estos casos cuando mi corta edad se pone de manifiesto ante mis experimentados compañeros. No me preocupo de meditar mis preguntas por miedo a equivocarme, sólo me cercioro de evitar interrupciones innecesarias o molestas.

Cerca de las diez de la noche, mi mentor le recuerda a su amigo, que pese a que podríamos continuar esta conversación durante otras cinco horas, va llegando el momento de cerrar la sesión, si perdura su manifiesto interés por visionar el inminente partido de fútbol que enfrentará al principal representante de la ciudad con uno de los gigantes de la competición nacional. Un partidazo, que estaría dispuesto a sacrificar con tal de avanzar en una propuesta de tráfico que cada vez considero más arraigada a la ciudad, cimentada en sólidos fundamentos.

El proceso de agradecimientos, saludos y despedidas se precipita ante la premura con que se acerca el citado acontecimiento deportivo-social.

A continuación, preparamos nuestra marcha en pleno estado de júbilo y satisfacción por la realización de un buen trabajo, un paso en firme que no hace sino invitarnos a proseguir con la marcha. El aval que necesitábamos para afianzar el posicionamiento de nuestro nuevo campamento base. Ese lugar de aparente seguridad, desde el cual planificar la siguiente acometida con total libertad, sin los miedos generados por unos débiles soportes.

La rutina previa al merecido descanso es más placentera que de costumbre. Una agradable sensación me acompaña durante la cena. La comida encargada bajo mi casa no tiene nada que envidiarle al mejor de los manjares. Mi cansancio se oculta respetuoso ante una euforia contenida pero patente.

Todo son buenas noticias que se suceden como partes de un caso práctico de contagio positivo. El bienestar interior, una vez más, condiciona el entorno para envolverlo bajo un suave y estiloso telón que nos muestra sólo aquello destinado a ayudar.

Parece que estamos cerca de tocar techo, si es que no lo hemos hecho ya.

En cuanto al fútbol, digamos que mejor no hablar demasiado.


Continuará... (Parte 11/14)