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miércoles, 20 de julio de 2016

Error fatal vs Incidencia de visado

Poco más que añadir, ¿no creéis? Si eres arquitecto, automáticamente habrás podido comprobar el macabro poder que ejercen estas simples palabras sobre nuestro bienestar. Irremediablemente, nuestras mentes se ven inundadas de infinitas anécdotas que lejos de resultar agradables, arrancan paradójicamente sinceras sonrisas en nuestros cariacontecidos rostros.

Dicen que es muy fina la línea que separa el amor del odio. Quizás sea esta la razón. Sin duda la prefiero ante la alternativa más lógica, la insinuada y no poco fundada locura del arquitecto.

Para los no familiarizados con tan “diabólicas” expresiones, intentaré acercaros un poco más a la realidad de nuestro gremio, a través de sus más simples y afiladas aristas.

“Error fatal” es una de esas expresiones que generan una interesante animadversión en su incrédulo lector. En un primer momento, es imposible no sentir una innombrable cantidad de furia contenida (salvo aquellos casos en los que lejos de ser filtrada, dicha fuerza de la naturaleza se vio abocada al elemento móvil más cercano en ese momento, véanse el ratón y el teclado como ejemplos más comunes), surgida de la frustración más irracional, fruto no sólo del cansancio al que suele preceder tan emblemático hito educativo, sino además del mensaje claro y conciso que es trasladado inmediatamente a tu cerebro: ¡no has guardado y lo sabes!

¿Cuántas horas de mi vida habré perdido?

Sin embargo, lo curioso de este momento radica en ese instante posterior en el cual analizas la situación desde la resignación del experto, para reconocer admirado la elocuencia y simplicidad del mensaje informático empleado: ERROR FATAL. Perdonad que recurra a las mayúsculas pero era importante transmitir la grandilocuencia de estas pocas letras.

En definitiva, estas palabras describen una realidad más común de lo que debería, en la cual los aplicados y desmotivados alumnos de arquitectura enfrentan su enésima noche sin dormir, una nueva velada dominada por el insomnio obligado, en la cual los automatismos de nuestro cuerpo aprovechan para delinear los recuerdos de lo que hace horas pareció una genial idea. Incontables horas sentado frente a la oscura pantalla del software CAD de turno, donde las líneas de colores parecen deambular ante la atenta mirada de un eje de coordenadas como único referente de la sensatez humana. Valiente referente, por cierto. Horas en las que tu mente ensaya comprometida los diferentes estados de ánimo atribuibles a todo ser humano, cual actor en prácticas. Una montaña rusa de sentimientos dominados por un único elemento común, esa impertérrita pantalla negra donde las líneas se entrelazan cual fiel recreación del mismísimo firmamento.

Puede que esta redacción os resulte caótica e incluso sin sentido, pero no sabría expresar de mejor modo ese maravilloso instante, normalmente asociado al amanecer, en que el reloj anuncia asustado la cercanía del tan temido límite de entrega con que nuestros queridos profesores habrían decidido condicionar nuestras vidas. En ese instante, sin dormir, sin comer y sin capacidad alguna ya para hablar (las únicas fuerzas restantes se centran en no destrozar el teclado con un somnoliento cabezazo), es cuando debemos afrontar la redacción del texto descriptivo que exprese el significado escondido tras el diseño definido durante tantas horas de altibajos. Es entonces, cuando la mayor cantidad posible de palabras debe inundar la pantalla bajo la dirección de un inexistente sentido literario y la inalcanzable estética coherente y cuidada que se espera de un texto de ese calibre. Una retahíla no filtrada destinada a rellenar con ahínco el hueco perfectamente previsto lustros atrás en su correspondiente panel. Una serie de párrafos enfundados en un elegante traje de seriedad, que sin embargo, jamás creo que hayan sido leídos por nadie (incluido el propio autor) pese a lo cómico y prometedor de su contenido.

Pues bien, situados ya en esa romántica estampa donde el rojizo destello del amanecer invade la insolente y desordenada habitación, centrados en hilar palabras con cierta dignidad; justo en ese instante, es cuando el ordenador, fruto del mismo cansancio reinante en la estancia cede definitivamente al agotamiento para deleitarte con un sincero y sutil SOS con el que anunciar su irremediable desconexión. Tal cual. Lo más maquiavélico de este hecho, es tan cruel anuncio de una muerte anunciada e inevitable. Unos segundos de pura incredulidad que vienen a desatar el clímax final de la exaltación sentimental sufrida. Un mensaje en una pantalla.

Ira, furia, odio, desesperación, depresión, resignación.

Un sencillo gesto asiente ante el detalle de aviso por parte del ordenador, dando así autorización al desastre. Cierre automático del programa, y con él, horas y más horas de ebullición intelectual, los últimos reductos de la esperanza ingenua del alumno fiel, trazos profundos de un diseño trasnochado, o un nuevo de ejemplo de creatividad desperdiciada sin más.

A partir de ahí, sólo queda descansar, aquello que deberíamos haber hecho siglos atrás, para afrontar una última batida, siempre surgida desde el peor de los escenarios previstos. Un ejercicio admirable de eficiencia y alarde mnemotécnico por el cual esbozar lo ya generado en pocos minutos, con idea de maquillar un hundimiento más que probable, con el recuerdo de lo que pudo ser y no fue.

Bendita la hora en que aprendimos a guardar a cada instante.

En ocasiones, cuando varios compañeros se reúnen en cónclave frente a algún ajeno al sector, suelen lograr en sus sorprendidos interlocutores las mayores muestras de pena y compasión ante tal grado de desgracia y crudeza.

No es ese mi objetivo, sino más bien permitir que tanto propios como ajenos contribuyan a la necesaria transformación de este tópico drama en la atípica parodia que debería ser.

Eso sí, error fatal, célebre y aventajado emisario de la desgracia, podría ser calificado de indefenso principiante ante nuestro siguiente protagonista.

Sí señores. La versión 2.0 del mismísimo Error Fatal. Ni más ni menos que la temida e inevitable “Incidencia de Visado”. Si el contexto anterior lo conformaban el insomnio, el cansancio y la presión académica; en este caso, los actores principales resultan ser nuevamente el cansancio, la infinita creatividad burocrática de este país y el innegable amor por el ayer que contagia al sector de los clientes. Una coctelera de estrés, agotamiento, frustración e incomprensión, aderezada con toneladas de desidia, que desemboca en la indescriptible espera desesperada en torno a un sencillo email. Aquel que marcará el destino de tu día, tu proyecto, tu cliente, y por qué no, el sustento de tu familia.

La agónica espera que antecede al mencionado email culmina, como no podía ser de otro modo, innumerables llamadas sin éxito mediante, con la llegada de un mensaje a tu bandeja de entrada. Mensaje recibido del Colegio de Arquitectos. Mientras tu cerebro procesa la información de tan esperado invitado para confirmar que es efectivamente quien dice ser, por fin, esta ceremonia precede al mensaje correcto, no como las múltiples experiencias fallidas anteriores en las que no se trataba más que del típico mensaje publicitario de la empresa de muebles de siempre.

Abres el mensaje con una mezcla sin igual de ilusión y pánico. Tus ojos recorren atropellados los contenidos inútiles que adornan toda comunicación. No puede ser. De un seco frenazo no sin derrapar, tu mirada se clava en la primera frase de tan esperado anuncio: Incidencia de visado.

A lo cual acompaña un ingenioso extracto de El Quijote, oportunamente mezclado con ciertos retales de literatura normativa del más alto nivel. Conclusión, una verborrea incomprensible que tan sólo sirve como condimento al plato principal, un suculento filete de negación por el cual se nos invita amablemente a corregir algún aspecto de suma importancia en la redacción de una memoria técnica repleta de datos, o la repetición de algún plano mal delineado o incluso mal impreso. Todos ellos aspectos formales, por pura definición del control documental asociado al visado, y en muchos casos fruto de una interpretación diversa en cuanto al modo en que expresar la misma información.

En definitiva, lejos de entrar en una crítica no ansiada en este artículo, un nuevo retraso que desde ese mismo instante nos vemos obligados a explicar a nuestro incrédulo cliente. Una nueva decepción atribuible a nuestro servicio. Uno más de los múltiples obstáculos que guían el camino del arquitecto moderno. Maestros de la psicología ante propios y ajenos, más bien los primeros. Un máster no académico acerca de las más extremas explosiones de tipo emocional.

Una incidencia más en tan agradable recorrido desde lo privado a lo público, para retornar henchido de ganas y fuerzas renovadas a nuestro privado incitador.

Muchas gracias a todos los que con vuestro esfuerzo diario pobláis nuestra vida de inolvidables lecciones profesionales capaces de trascender el límite de lo personal.


miércoles, 16 de octubre de 2013

El libro_p08


Capítulo 8

Asustado, el pánico me devuelve a este mundo. Con una inesperada agilidad me levanto de la cama de un salto y me dirijo desesperado hacia el despertador. ¡Marca las 7:45h! ¡Maldita sea! Me he quedado dormido. Anoche debí olvidar activar el despertador, y ahora pasan cuarenta y cinco minutos de mi hora prevista para comenzar mi rutina mañanera.

No sólo acabo de perder toda opción de llegar sólo al instituto, sino que restan tan sólo quince minutos para que mi hermano abandone la casa dirección al parking. Acabo de recordar que, desde hace una semana, se levanta un cuarto de hora antes para tener así tiempo de recoger a su novia e ir juntos hasta el instituto.

Repleto de adrenalina, mi cerebro empieza a actuar conforme a un protocolo de emergencias recién redactado. Lo primero, salir de la habitación y avisar a mi hermano de que sigo aquí. A continuación, necesito ducharme en menos de cinco minutos, elegir la ropa adecuada y vestirme lo más rápido posible. En ese momento, mi hermano invade mi cuarto para añadir un poco más de presión a la escena.

Con las zapatillas sin atar, los pelos de loco y un sin fin de libretas, libros y papeles mal metidos en la mochila, me despido de mi sorprendida madre con un rápido beso, a la vez que recojo un improvisado desayuno para el camino. Afortunadamente nuestras prisas me libran de la más que asegurada regañina que se gestaba en el interior de mi madre.

Dándole las gracias a mi hermano entre mis más sentidas disculpas, salimos corriendo hacia el aparcamiento. Es ahora cuando recuerdo mis limitaciones. Los tropiezos se suceden unos a otros, mientras mi preocupado acompañante no sabe si reírse o llorar ante lo esperpéntico de la situación.

Ya subidos al vehículo, me esfuerzo en cumplir y transcribir las estrictas órdenes que me trasladan desde el asiento del piloto. Aún a riesgo de marearme, tecleo en el móvil el conciso mensaje para Rocío, instándola a abandonar su casa y esperarnos en el cruce más cercano, ganando así unos minutos cruciales.

8:40h. Recogemos a nuestra invitada sin casi mediar palabra. Su reacción, lejos de echarnos en cara el cambio de planes, es recibirnos con una cálida sonrisa acompañada de una pregunta cómplice con la cual enterarse de quién había sido el dormilón y por qué me había unido por fin al equipo. Divertida, me daba la bienvenida con sorna, recordando mi puntería al elegir el día menos apropiado para unirme al viaje.

Tras explicar lo ocurrido y liberar a mi hermano de toda culpa, alcanzamos el instituto con cinco minutos de margen, gracias al favor del azar con el que logramos dejar el coche a escasos metros de la puerta de entrada.

Aún sobre excitado por lo angustioso del momento, aprovecho los minutos restantes para ingerir, más bien engullir, el desayuno que traía en la mano y descubrir decepcionado, cómo la entrada del instituto se mostraba ante mí desierta. Todos los compañeros parecían haber decidido acercarse a las aulas, y con ello, se esfumaba una de mis principales esperanzas. Poder aclarar todas mis dudas antes de que empezaran las clases. Pero una vez más, mi puntualidad brillaba por su ausencia cuando más la necesitaba.

Contrariado, recorría los pasillos con cierta premura, aunque preocupado por un encuentro no demasiado íntimo. A escasos metros de la puerta de mi clase, el timbre parece anunciar mi llegada, descubriendo al girar la esquina cómo era hoy mi tutora, quien se había reconciliado con el reloj.

En el umbral de la puerta, sostenía la hoja mientras me esperaba con ciertos aires de enfado. Forzado por las circunstancias acelero el paso hacia ella, esforzándome por mostrar la mejor de mis sonrisas antes de acceder al aula con una sentida disculpa.

En el trayecto hacia mi pupitre, no puedo evitar dirigir mi mirada hacia la tercera fila, donde, para mi sorpresa, encuentro un pupitre vacío. Lamentablemente, reacciono sin pensar y me freno en seco, analizando la totalidad del espacio en busca de mi apasionada amante.

Negativo. No hay rastro de ella. Apesadumbrado, obedezco a mi tutora, quien algo molesta insiste en que ocupe mi sitio para poder empezar su lección de hoy.

De todos los escenarios posibles a los que me había enfrentado la noche anterior, este no se asemejaba ni de lejos a ninguno de ellos. Era la primera vez, desde que la conocía, que no estaba allí a su hora. Nervioso, revisaba mi reloj cada minuto, no sé si deseando que apareciera o confiando en que en algún momento algo llamaría mi atención y me despertaría cansado en mi dormitorio.

Desgraciadamente los minutos pasaban y ni una ni otra sucedían. Seguía allí, oyendo distraído a mi tutora y observando cariacontecido la ausencia de la tercera fila.

Instintivamente, mis neuronas comenzaron a propiciar sus conexiones en busca de una explicación coherente que explicara tal infortunio. Sin embargo, todas las opciones barajadas respondían a planteamientos que no me acababan de gustar. Desde una fingida enfermedad que la alejara intencionadamente de mí, hasta una reacción desproporcionada de sus padres al descubrir nuestro pequeño desliz.

Y, por si esto fuera poco, mi ejercicio numérico seguía fustigando mi intelecto ante una solución imposible que supondría, con toda seguridad, una gran decepción para mi profesor, no tanto por mi fracaso, sino por incumplir mi promesa.

Las horas transcurrían impasibles, y todo se mantenía igual. No veía la luz por ninguna parte. En un intento por fomentar ese pragmatismo del cual solía enorgullecerme, decidí despejar ciertas incógnitas de la ecuación, dando por perdida toda opción de coincidir con ella hoy. De este modo, podría centrar mi intelecto en resolver el único enigma que parecía ofrecerme alguna posibilidad.

Absorto en operaciones y más operaciones, mis compañeros me observaban atónitos ante mi osadía. En plena teoría de inglés, no ocultaba en absoluto mis apuntes de última hora, redactando ecuaciones complejas, tachones, borrones y nuevas ecuaciones de manera impulsiva. Ajeno a todo contexto inmediato, me encontraba inmerso en un universo imaginario compuesto por números y signos que pretendían, sin éxito, ordenar el fatídico caos generado a mi alrededor. Hasta que, de repente, un signo de igual, gigante, se acercó hasta mí en actitud amenazante y de un golpe retiraba todos los apuntes de mi pupitre, devolviéndome abruptamente a mi cruda realidad. Una realidad compuesta por una profesora en estado de cólera y unos alumnos desternillados ante mi aparente pasividad.

Desde luego, mi expulsión de la clase no hizo sino empeorar la situación y convertir aquel día en una auténtica pesadilla. Por lo menos, todo ello me había permitido recuperar mi serenidad habitual y observar todo lo acontecido desde una nueva perspectiva.

Un nuevo sermón y el timbre del recreo, dieron luz verde a mi abatido deambular hacia el interior de la clase. Sin nada que comer y desprovisto de todo ánimo, me limité a apoyar la cabeza en mi incómodo pupitre y esperar así el paso de los minutos hasta el inicio de una nueva lección, que me acercara un paso más al final de la jornada, pese a que esta vez, el motivo de tal deseo fuese bastante alejado de aquel de los últimos días.

No sabría decir cuántos minutos habían pasado ya, pero a juzgar por el dolor de cuello que me ofrecía mi improvisada postura y el ruido de mis compañeros que parecía que iban ya volviendo a la clase, imagino que se habrían consumido los treinta minutos de rigor.

En ese mismo instante, alguien irrumpió en mi estado de soledad a través de la puerta del aula y con paso tranquilo pero decidido se dirigía hacia mí. Completamente alicaído no contaba ni con la curiosidad mínima necesaria como para alzar la cabeza, aunque sólo fuese por mantener mi dignidad frente a los compañeros.

Paradójicamente, mi incomodidad me hacía sentir bien. Me ayudaba a olvidar lo ocurrido y desconectar de un día que no podía ir a peor, ¿o sí?

Tal como meditaba acerca de mi mala suerte, noté como el visitante solitario se acercaba cada vez más a mí, como si mi lamentable situación fuese su principal objetivo. Inmediatamente, una única idea monopolizó mis pensamientos. ¡Mira que soy bocazas! Con la suerte que tengo, basta que diga que esto no puede ir a peor, para que alguien se acerque a mí a echarme en cara mi actitud o reprocharme mi reciente expulsión. Me daba miedo elevar el rostro ante lo que pudiera encontrarme, así que opté por la solución más cobarde y, sin embargo, más fácil. Mantenerme tal cual y con suerte, pasar desapercibido. Parecía uno de esos pequeños “animalitos” que fingen una muerte repentina frente a sus depredadores, salvo que en mi caso más que morir, pretendía evocar una “siestecita” mañanera.

Sentía perfectamente el aliento de mi acompañante, se mantenía erguido y firme junto a mí, convencido de que era conmigo con quien quería hablar y trasmitiéndome que no tendría problema alguno en esperar lo que hiciera falta para hacerlo. Era una guerra de paciencia, en la cual no creo que partiese como favorito. En tan sólo dos eternos minutos que llevaría ese ser anónimo en mi aula, ya había estado tentado de descubrir mi estratagema en un sin fin de ocasiones. Pero aguantaba. Estaba orgulloso de mí. Sí señor.

En cuestión de segundos, todo cambió. Mi desconocido depredador, cercaba cada vez más mi huida. Paciente, había decidido sentarse en mi pupitre, sorprendentemente cerca de mi cabeza. Esto tenía mala pinta. No podría mantener mi impostura mucho tiempo. Me debatía entre mis escasas opciones, cuando una atrevida mano hizo acto de presencia e invadió territorio enemigo. Como si de un DNI se tratara, no necesitaba ver sus huellas para saber a quién me enfrentaba. Tan sólo hacía falta seguir mis instintos más profundos para reconocer en ellos, sensaciones tan familiares como recientes. Un tremendo escalofrío recubierto de toneladas de miedo e ilusión, recorrían todo mi cuerpo. Por primera vez en todo el día, podría definir mis circunstancias como agradables.

Su suave voz culminó la bonita ascensión hasta el cielo. Con un leve susurro y una ternura indescriptible, se acercó hacia mí. - “Cómo está lo más bonito?”, ya he oído que has tenido un mal día, ¿no? - Lo cual acompañó de un beso espectacular en el cuello.

Deseando no despertar nunca de este innegable sueño, enfilé mis ojos hacia los suyos, mientras una sonrisa automática y sincera se dibujaba en mi maltrecha cara. No quería ni imaginar lo lamentable de mi “careto”, pero en aquel momento, todo parecía relegado a un meritorio segundo plano.

En cuanto nuestras miradas se encontraron, supe que pese a estar muy cerca, aquello no podía ser producto de mi imaginación. Estaba ahí, sonriente y preocupada. Sin la menor muestra de duda con respecto a mí, a nosotros. Un simple gesto había bastado para acallar todas mis vacilaciones y recelos. Una caricia certera que acababa de remover todos los palos de mi sombrajo.

Radiante, devolvía su beso con gran alegría. Manteniendo su tono de susurro, me acercaba a su oído para contestar su pregunta con un sencillo: -”ahora mucho mejor”. A lo cual adjuntaba un sutil besito junto a su oreja. El suspiro que provoqué, resultó más que suficiente para entender la magnitud de nuestra entrega.

Ya incorporado, y tras consultar el reloj, no dudé en aprovechar los diez minutos que aún restaban de recreo para compartir cada instante con ella, exprimir su presencia al máximo. Me moría por contarle mi día, el por qué de tan lamentable imagen. Pero, por otro lado, mi deseo era aún mayor por conocer la razón que motivaba su retraso. En un alarde de coherencia, cedí la palabra a ella, mientras memorizaba cada rasgo de su cara, cada gesto de su rostro, cada marca de su piel. Por primera vez en mi vida, parecía bendecido con la virtud de la “multitarea”. No perdía detalle de su imagen, mientras analizaba cuidadosamente cada matiz de su discurso, cada melódica variación en su voz. Todo ello, sin perder de vista el mensaje que se ocultaba tras todo aquel maravilloso atrezzo.

Un aluvión de felicidad recorrió con fuerza cada una de mis extremidades. Todo mi día daba un vuelco radical. Lo que antes era desazón y angustia, se tornaba ahora en ilusión y tranquilidad. Mi resignación, en pura inquietud. Por fin, quería más. Y ella se mostraba más que dispuesta a dármelo.

Cuando más interesante resultaban sus palabras, un imprevisto fogonazo interrumpió mi atención. Lo suficientemente fuerte como para abstraerme de ese espectacular estado de embriaguez en el que su presencia me sumía. Para mi sorpresa, toda aquella radiación de optimismo y pasión, acababan de derivar en un grado máximo de inspiración. Mientras sus delicados labios brillaban bajo el influjo de sus comentarios, mi cerebro volvió a codificar mi entorno en base a números, signos y operaciones matemáticas. En cuestión de segundos, el complicado dilema que había torturado mis últimas horas, se convertía en la cándida expresión de un conjunto de sumas y restas. Del mismo modo en que se observa desde la distancia el trayecto correcto en un laberinto, veía ahora todas aquellas tentativas erróneas sucumbir ante la evidencia.

Con un instintivo respingo me dirigí eufórico hacia la mochila para encontrar un papel y un boli. Como si de un poseído se tratase, comencé a transcribir toda aquella amalgama de números, ante la perplejidad de mi contertulia, quien sonriente y tranquila, esperaba su momento para aclarar este caos. Tras escasos segundos de frenesí, rescaté mi cordura de lo más profundo de la satisfacción, para recuperar el maravilloso diálogo interrumpido previamente.

Su expresión generó una carcajada cómplice que precedió a mis esfuerzos por suavizar y naturalizar lo ocurrido. Consciente de mi mala educación, notaba como aumentaba mi preocupación al analizar las posibles consecuencias de mi descontextualizada reacción. Afortunadamente, esta no fue sino una muestra más de su grandeza, respondiendo con gran comprensión a mis forzadas explicaciones.

Orgullosa, me abrazó y me felicitó por mi logro. Sin más.

No podía salir de mi asombro. Era tan perfecta, que daba hasta miedo. No podía ser real.

Ante el final del recreo, me apresuré en recuperar el estado de felicidad original, devolviendo una mínima parte de lo que acababa de regalarme. Serio y confiado, le agarré de la mano, cuando se disponía a ocupar y ordenar su pupitre, la atraje firmemente hacia mí, y le susurré al oído: “parece que ya puedo presumir de musa” - Tras lo cual, la besé con toda mi alma.

Sin palabras, me miró y no pudo más que sonreír, asomando un precioso atisbo de sonrojo en sus cálidas mejillas.

domingo, 30 de diciembre de 2012

El libro_p01


Capítulo 1

Austera navidad aquella en la que hace hoy más de 25 años decidí hacer acto de presencia en una fría y sobria sala del hospital materno de Málaga. La humedad penetrante del Mediterráneo se introducía por cada poro de piel de los expectantes familiares y amigos que abarrotaban una sala de espera tan preocupada como emocionada. Pequeñas muestras de cansancio lograban escabullirse entre tanta tensión y alegría contenida. Las ojeras comenzaban a protagonizar tan señalado momento.

Los móviles se erigieron en banda sonora obligada de un evento de tal magnitud. Desgraciadamente las respuestas se sucedían exactas entre los diferentes interlocutores, ansiosos por modificar el guion de este pequeño thriller familiar. Dos familias a punto de convertirse en tres. Más de una veintena de personas recluidas en los escasos quince metros cuadrados destinados a tal fin.

Un rectángulo sencillo y tímido, donde las menudas ventanas se encargaban de iluminar tan angosto espacio. Decorado en un blanco sucio, producto de un uso ininterrumpido a lo largo de sus abundantes años de vida, el acomodo correspondía a unos desgastados asientos de plástico verde, apoyados sobre una inhóspita estructura metálica. La altura libre interior rondaba lo dos metros y medio, pese a que con el paso de las horas, parecía descender amenazante hacia los absortos usuarios. En uno de sus extremos, el pasillo agonizaba hacia unas puertas abatibles que, sin duda, jamás habían sido tan observadas como aquel día. Cada silueta o indicio de sombra tras su umbral se apoderaba de las respiraciones de toda la sala al unísono.

Señalaban aproximadamente las 16:15h cuando un apuesto doctor acompañado de sus fieles enfermeras y un cariacontecido matrona se adentraron entre la multitud buscando a los intranquilos abuelos. La situación no hacía más que enrarecerse con cada nuevo paso del pálido séquito. Los asistentes acompasaban sus lentos movimientos de retirada con un gélido y desesperado silencio sepulcral. La distancia entre abuelos y médicos era inversamente proporcional a la cantidad de lágrimas contenidas por los primeros.

El doctor principal no era otro que el inseparable amigo de la infancia de mi padre. Sus treinta y dos años, recién cumplidos, le convertían en uno de los responsables más jóvenes de su departamento. Sin embargo, su cercanía a la familia y su más que consolidado curriculum le avalaban ante la importancia de lo que estaba a punto de comunicar. Su rostro no hacía sino reflejar la tensión vivida y las emociones que, evidentemente, se empeñaba en esconder tras un velo impasible de serena profesionalidad. Habían sido más de dos días de trabajo sin descanso, cincuenta y dos horas de ilusión y sufrimiento, iniciadas con la llamada insegura y temerosa de mi progenitor.

Para Juan, no podía existir mayor honor que el de ayudar en el parto de la mujer de su mejor amigo. Pese a ello, tantas horas contenían momentos de duda y orgullo por igual. Tanto sufrimiento cobraba ahora sentido. Era el momento de afrontar una conversación con la que había soñado innumerables veces en los últimos meses. Una escena inolvidable, allí plantado frente a Raúl, mi abuelo, su segundo padre. Rodeado por los más allegados a tan querida familia, en muchos casos, considerados también de su círculo más próximo. Con el firme convencimiento de que jamás podría haber imaginado tal desarrollo.

  • Raúl, Celia, buenas tardes.
  • Juan, por favor, ¿qué pasa? ¿A qué se debe tanto misterio?
  • Siento deciros que el parto se complicó hace algunas horas. Me hubiese gustado manteneros más informados, pero la situación me demandaba al cien por cien.
  • No me digas eso Juan. ¿Cómo están? Dime que todo ha salido bien.
  • Todo comenzó como esperábamos. Su nuera ha dilatado bien, teniendo en cuenta que se trataba de una primeriza. A las doce y cuarto de anoche nos preparamos para extraer al bebé conforme a lo que considerábamos un parto corriente. Por desgracia, el bebé no encontraba la posición correcta para su extracción sin daños, así que nos decantamos por preparar a Isabel para entrar en quirófano. Fueron minutos de mucha tensión, en los cuales dilucidar el futuro de todo el proceso. Nuestra prioridad siempre fue la de apoyar un parto natural. Sin embargo, nos veíamos obligados a pensar en la salud de ambos protagonistas. Muy a mi pesar, la única solución fue la de no alargar más esa agonía y atajar por el camino más seguro. Para ello, preparamos todo el equipo de trabajo, coordinamos a todos los profesionales y nos dispusimos al traslado con las mayor celeridad posible. Como sabéis los quirófanos se encuentran a tres plantas de donde nos encontrábamos, y el pasillo suele convertirse en una fiel recreación del Nueva York de mediodía. Sin más, abrigamos bien a su nuera y enviamos a un par de compañeros para que reservaran quirófano y prepararan todo el material. Durante dicho trayecto, no sabemos muy bien las razones, pero el proceso volvió a dar un giro radical. Entrando en el ascensor, su nuera anunció con un grito desgarrador lo que ninguno podíamos siquiera imaginar.
  • Juan, déjate de detalles y dinos cómo están todos.
  • Como te decía, el grito nos dejó sin palabras. Instantáneamente nos giramos hacia ella para averiguar qué era exactamente lo que iba mal. No estábamos preparados para ninguna complicación. De manera que nos apresuramos a seguir sus dolorosos gestos. Nos indicaba que algo iba mal en su útero. El primero en alcanzar la parte trasera de la camilla fue su hijo, quien ausente de todo color se precipitó inconsciente hacia el suelo. Acto seguido el matrona se contagió de tan inesperada reacción, contribuyendo al surrealismo reinante en la escena. No sabíamos por donde empezar entre tantos frentes abiertos. Mientras tanto la puerta del ascensor repetía una y otra vez el amago de cierre con el que impedía mi paso y el de dos de mis ayudantes. Sólo una de las enfermeras parecía estar en condiciones de informarnos. Se acercó temerosa hacia el centro de la escena. Irremediablemente no pudo articular palabra alguna antes de desplomarse. Los compañeros de planta se apresuraban a acudir al lugar y atender a los perjudicados. Mi perplejidad crecía a marchas forzadas mientras esquivaba los cuerpos e intentaba entender los balbuceos de su nuera. Sólo alcanzaba a descifrar algo parecido a “aquí”, instante en el cual su mano agarró la mía con una fuerza desmedida. El dolor era indescriptible. Con la otra mano, aún pudo encontrar a la única compañera que se mantenía erguida frente a mí. El caos aumentaba por momentos mientras algunos auxiliares gritaban desconcertados.
  • Juan, por dios.
  • Perdonadme, pero vuestro hijo ha hecho especial hincapié en que os preparara para esto antes de entrar a la habitación. ¿Por dónde iba?
  • La gente gritaba en el pasillo...
  • ¡Ah sí! Gracias. Efectivamente los gritos y peticiones de auxilio se sucedían a lo largo y ancho del citado pasillo. Mientras tanto, hacía un esfuerzo titánico por tranquilizar a Isabel e instarle a que me soltara, cuando un sentido quejido silenció a los más de doce empleados que se agolpaban alrededor. Todos nos miramos impactados. Logré zafarme de las afiladas uñas de Isabel para observar incrédulo la inaudita imagen que se presentaba ante mí. Una leve sonrisa se dibujaba en mi rostro conforme encajaba las desordenadas piezas en mi cabeza. Una satisfacción tan grande como efímera, dado que escasas décimas de segundo después me unía a la improvisada fiesta pijama que había organizado su nieto. Lo siguiente que recuerdo es a su hijo con la cabeza vendada, dirigiéndose socarrón a Isabel: “Muy pronto ha empezado este a darme quebraderos de cabeza, ¿no crees?” A lo cual Isabel respondió con su particular dulzura y su inigualable sonrisa: “Desde luego, es que en esta familia no podemos hacer nada como la gente normal”. Todo ello mientras las lágrimas de alegría se depositaban delicadas y cariñosas sobre su risueño nieto, quien tan sólo unos minutos antes había decidido darnos a todos la bienvenida con un llanto prematuro tras salir por si sólo del útero de su madre. Sin que ninguno de nosotros acertáramos a ayudarle en tal importante tarea, justo en el momento más inoportuno y complicado, pero, sin duda, en el mejor que jamás hubiese podido elegir.
  • Pero, entonces, ¿todo ha salido bien?
  • Bueno, si obviamos los cuatro puntos de sutura que ha recibido su hijo en la cabeza, algún que otro moratón entre mis compañeros, mi maltrecha mano y la vergüenza que mantiene callado aquí al gran matrona, se podría decir que sí. Que son ustedes abuelos de un fornido y cachondo "pequeñajo" que en vez de un pan ha preferido traer cientos de carcajadas y la mejor de las anécdotas que recuerdo, bajo su minúsculo brazo. Tres kilos seiscientos gramos de valentía e independencia, quinientos cuarenta y dos milímetros de pura felicidad.
  • Gracias. ¡Qué alegría más grande Juan! ¡Y que mal me lo has hecho pasar “cabrito”! Menos mal que conozco bien a mi hijo, y sé perfectamente que todo esto ha sido fruto de su peculiar sentido del humor. Si no...

Según me cuenta siempre mi padre, entre risas, en aquel momento toda la sala empezó a reír entre abrazos, soltando toda la adrenalina acumulada durante tantas horas de espera y especulaciones. Una fiesta improvisada con la que siempre había soñado. Un recital de carcajadas e inmejorables deseos, todos ellos aderezados por cariñosos insultos hacia su persona.

No me canso de escuchar esta historia, por más veces que pueda oírla. Me encanta cada vez que cuenta esta anécdota en presencia de mi madre, quien no puede sino reírse ante lo esperpéntico de mi nacimiento, mientras vuelve a mirarme con la ternura que sólo ella sabe transmitir. Al fin y al cabo, mi nacimiento es un fiel reflejo de mi existencia, un ejemplo más de mi especial condición. No hay mejor imagen que defina lo que hasta ahora ha resultado ser mi vida, que aquel cúmulo ecléctico de emociones y experiencias enfrentadas. Un recital de lágrimas, sonrisas, insultos y abrazos.