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domingo, 30 de diciembre de 2012

El libro_p01


Capítulo 1

Austera navidad aquella en la que hace hoy más de 25 años decidí hacer acto de presencia en una fría y sobria sala del hospital materno de Málaga. La humedad penetrante del Mediterráneo se introducía por cada poro de piel de los expectantes familiares y amigos que abarrotaban una sala de espera tan preocupada como emocionada. Pequeñas muestras de cansancio lograban escabullirse entre tanta tensión y alegría contenida. Las ojeras comenzaban a protagonizar tan señalado momento.

Los móviles se erigieron en banda sonora obligada de un evento de tal magnitud. Desgraciadamente las respuestas se sucedían exactas entre los diferentes interlocutores, ansiosos por modificar el guion de este pequeño thriller familiar. Dos familias a punto de convertirse en tres. Más de una veintena de personas recluidas en los escasos quince metros cuadrados destinados a tal fin.

Un rectángulo sencillo y tímido, donde las menudas ventanas se encargaban de iluminar tan angosto espacio. Decorado en un blanco sucio, producto de un uso ininterrumpido a lo largo de sus abundantes años de vida, el acomodo correspondía a unos desgastados asientos de plástico verde, apoyados sobre una inhóspita estructura metálica. La altura libre interior rondaba lo dos metros y medio, pese a que con el paso de las horas, parecía descender amenazante hacia los absortos usuarios. En uno de sus extremos, el pasillo agonizaba hacia unas puertas abatibles que, sin duda, jamás habían sido tan observadas como aquel día. Cada silueta o indicio de sombra tras su umbral se apoderaba de las respiraciones de toda la sala al unísono.

Señalaban aproximadamente las 16:15h cuando un apuesto doctor acompañado de sus fieles enfermeras y un cariacontecido matrona se adentraron entre la multitud buscando a los intranquilos abuelos. La situación no hacía más que enrarecerse con cada nuevo paso del pálido séquito. Los asistentes acompasaban sus lentos movimientos de retirada con un gélido y desesperado silencio sepulcral. La distancia entre abuelos y médicos era inversamente proporcional a la cantidad de lágrimas contenidas por los primeros.

El doctor principal no era otro que el inseparable amigo de la infancia de mi padre. Sus treinta y dos años, recién cumplidos, le convertían en uno de los responsables más jóvenes de su departamento. Sin embargo, su cercanía a la familia y su más que consolidado curriculum le avalaban ante la importancia de lo que estaba a punto de comunicar. Su rostro no hacía sino reflejar la tensión vivida y las emociones que, evidentemente, se empeñaba en esconder tras un velo impasible de serena profesionalidad. Habían sido más de dos días de trabajo sin descanso, cincuenta y dos horas de ilusión y sufrimiento, iniciadas con la llamada insegura y temerosa de mi progenitor.

Para Juan, no podía existir mayor honor que el de ayudar en el parto de la mujer de su mejor amigo. Pese a ello, tantas horas contenían momentos de duda y orgullo por igual. Tanto sufrimiento cobraba ahora sentido. Era el momento de afrontar una conversación con la que había soñado innumerables veces en los últimos meses. Una escena inolvidable, allí plantado frente a Raúl, mi abuelo, su segundo padre. Rodeado por los más allegados a tan querida familia, en muchos casos, considerados también de su círculo más próximo. Con el firme convencimiento de que jamás podría haber imaginado tal desarrollo.

  • Raúl, Celia, buenas tardes.
  • Juan, por favor, ¿qué pasa? ¿A qué se debe tanto misterio?
  • Siento deciros que el parto se complicó hace algunas horas. Me hubiese gustado manteneros más informados, pero la situación me demandaba al cien por cien.
  • No me digas eso Juan. ¿Cómo están? Dime que todo ha salido bien.
  • Todo comenzó como esperábamos. Su nuera ha dilatado bien, teniendo en cuenta que se trataba de una primeriza. A las doce y cuarto de anoche nos preparamos para extraer al bebé conforme a lo que considerábamos un parto corriente. Por desgracia, el bebé no encontraba la posición correcta para su extracción sin daños, así que nos decantamos por preparar a Isabel para entrar en quirófano. Fueron minutos de mucha tensión, en los cuales dilucidar el futuro de todo el proceso. Nuestra prioridad siempre fue la de apoyar un parto natural. Sin embargo, nos veíamos obligados a pensar en la salud de ambos protagonistas. Muy a mi pesar, la única solución fue la de no alargar más esa agonía y atajar por el camino más seguro. Para ello, preparamos todo el equipo de trabajo, coordinamos a todos los profesionales y nos dispusimos al traslado con las mayor celeridad posible. Como sabéis los quirófanos se encuentran a tres plantas de donde nos encontrábamos, y el pasillo suele convertirse en una fiel recreación del Nueva York de mediodía. Sin más, abrigamos bien a su nuera y enviamos a un par de compañeros para que reservaran quirófano y prepararan todo el material. Durante dicho trayecto, no sabemos muy bien las razones, pero el proceso volvió a dar un giro radical. Entrando en el ascensor, su nuera anunció con un grito desgarrador lo que ninguno podíamos siquiera imaginar.
  • Juan, déjate de detalles y dinos cómo están todos.
  • Como te decía, el grito nos dejó sin palabras. Instantáneamente nos giramos hacia ella para averiguar qué era exactamente lo que iba mal. No estábamos preparados para ninguna complicación. De manera que nos apresuramos a seguir sus dolorosos gestos. Nos indicaba que algo iba mal en su útero. El primero en alcanzar la parte trasera de la camilla fue su hijo, quien ausente de todo color se precipitó inconsciente hacia el suelo. Acto seguido el matrona se contagió de tan inesperada reacción, contribuyendo al surrealismo reinante en la escena. No sabíamos por donde empezar entre tantos frentes abiertos. Mientras tanto la puerta del ascensor repetía una y otra vez el amago de cierre con el que impedía mi paso y el de dos de mis ayudantes. Sólo una de las enfermeras parecía estar en condiciones de informarnos. Se acercó temerosa hacia el centro de la escena. Irremediablemente no pudo articular palabra alguna antes de desplomarse. Los compañeros de planta se apresuraban a acudir al lugar y atender a los perjudicados. Mi perplejidad crecía a marchas forzadas mientras esquivaba los cuerpos e intentaba entender los balbuceos de su nuera. Sólo alcanzaba a descifrar algo parecido a “aquí”, instante en el cual su mano agarró la mía con una fuerza desmedida. El dolor era indescriptible. Con la otra mano, aún pudo encontrar a la única compañera que se mantenía erguida frente a mí. El caos aumentaba por momentos mientras algunos auxiliares gritaban desconcertados.
  • Juan, por dios.
  • Perdonadme, pero vuestro hijo ha hecho especial hincapié en que os preparara para esto antes de entrar a la habitación. ¿Por dónde iba?
  • La gente gritaba en el pasillo...
  • ¡Ah sí! Gracias. Efectivamente los gritos y peticiones de auxilio se sucedían a lo largo y ancho del citado pasillo. Mientras tanto, hacía un esfuerzo titánico por tranquilizar a Isabel e instarle a que me soltara, cuando un sentido quejido silenció a los más de doce empleados que se agolpaban alrededor. Todos nos miramos impactados. Logré zafarme de las afiladas uñas de Isabel para observar incrédulo la inaudita imagen que se presentaba ante mí. Una leve sonrisa se dibujaba en mi rostro conforme encajaba las desordenadas piezas en mi cabeza. Una satisfacción tan grande como efímera, dado que escasas décimas de segundo después me unía a la improvisada fiesta pijama que había organizado su nieto. Lo siguiente que recuerdo es a su hijo con la cabeza vendada, dirigiéndose socarrón a Isabel: “Muy pronto ha empezado este a darme quebraderos de cabeza, ¿no crees?” A lo cual Isabel respondió con su particular dulzura y su inigualable sonrisa: “Desde luego, es que en esta familia no podemos hacer nada como la gente normal”. Todo ello mientras las lágrimas de alegría se depositaban delicadas y cariñosas sobre su risueño nieto, quien tan sólo unos minutos antes había decidido darnos a todos la bienvenida con un llanto prematuro tras salir por si sólo del útero de su madre. Sin que ninguno de nosotros acertáramos a ayudarle en tal importante tarea, justo en el momento más inoportuno y complicado, pero, sin duda, en el mejor que jamás hubiese podido elegir.
  • Pero, entonces, ¿todo ha salido bien?
  • Bueno, si obviamos los cuatro puntos de sutura que ha recibido su hijo en la cabeza, algún que otro moratón entre mis compañeros, mi maltrecha mano y la vergüenza que mantiene callado aquí al gran matrona, se podría decir que sí. Que son ustedes abuelos de un fornido y cachondo "pequeñajo" que en vez de un pan ha preferido traer cientos de carcajadas y la mejor de las anécdotas que recuerdo, bajo su minúsculo brazo. Tres kilos seiscientos gramos de valentía e independencia, quinientos cuarenta y dos milímetros de pura felicidad.
  • Gracias. ¡Qué alegría más grande Juan! ¡Y que mal me lo has hecho pasar “cabrito”! Menos mal que conozco bien a mi hijo, y sé perfectamente que todo esto ha sido fruto de su peculiar sentido del humor. Si no...

Según me cuenta siempre mi padre, entre risas, en aquel momento toda la sala empezó a reír entre abrazos, soltando toda la adrenalina acumulada durante tantas horas de espera y especulaciones. Una fiesta improvisada con la que siempre había soñado. Un recital de carcajadas e inmejorables deseos, todos ellos aderezados por cariñosos insultos hacia su persona.

No me canso de escuchar esta historia, por más veces que pueda oírla. Me encanta cada vez que cuenta esta anécdota en presencia de mi madre, quien no puede sino reírse ante lo esperpéntico de mi nacimiento, mientras vuelve a mirarme con la ternura que sólo ella sabe transmitir. Al fin y al cabo, mi nacimiento es un fiel reflejo de mi existencia, un ejemplo más de mi especial condición. No hay mejor imagen que defina lo que hasta ahora ha resultado ser mi vida, que aquel cúmulo ecléctico de emociones y experiencias enfrentadas. Un recital de lágrimas, sonrisas, insultos y abrazos.

El libro_p00


Capítulo 0

  • Buenos días, ¿estás bien? Tienes mala cara.
  • Buenos días. Sí, aunque no he conseguido dormir nada esta noche. He tenido, de nuevo, ese sueño tan peculiar.
  • ¿Otra vez? Ya está bien. Déjate ya de tonterías y olvida ese tema. Además, deberías darte prisa o llegarás tarde.

Quizás tenga razón, debería olvidarme de estos sueños absurdos. Sin embargo, cada vez me parece más real todo lo ocurrido. No sé, puede que me esté volviendo loco. Desde luego, lo único seguro es que tengo todas las papeletas para llegar tarde y con ello arriesgarme a un nuevo castigo. Mejor será que me vaya.

Decidido, cojo mi mochila, una vez revisada, y me dispongo a abandonar la casa. Los mismos cinco pasos de siempre. De no ser por la oscuridad que me rodea y la inestimable aportación de mi familia, este trayecto sería tan sólo un ejemplo más de mi lamentable rutina. Logro esquivar los múltiples obstáculos que invaden el pasillo. No entiendo cómo se puede llegar a generar tanto caos. Entre tanta pregunta sin respuesta, la escalera se muestra ante mí tan peligrosa y traicionera como de costumbre. Sólo la cálida presencia de mi anciana vecina, logra amenizar este mal trago. Cada mañana se asoma a la puerta para darme los buenos días, perfumada con su característica esencia de rosas, que tanto me gusta.

Ocho tramos más tarde, alcanzo victorioso el portal, donde nuestro amable portero me recibe tan agradable y escueto como siempre. No necesito oírle para saber que su noche no ha sido menos ajetreada que la mía; de hecho, no dudo que su mañana debe estar siendo bastante peor, a juzgar por su alcohólico hedor.

Con el ruido del mecanismo de apertura de la puerta, abandono mi casa en todos los sentidos. Dejo atrás la seguridad que me proporciona el hogar, estático y tranquilo. El umbral de la puerta da paso a la jungla. Un universo de prisas, voces, mal olor y miedo. Por más veces que recorra este mismo trayecto, cada mañana parece tratarse de una nueva ciudad, una nueva avenida. Sólo los excrementos de perro y los restos de orín del pasado botellón, me confirman mi ubicación exacta. A escasos cincuenta pasos del quiosco de mi vecino, los vehículos fluyen endiablados, inconscientes. Ansiosos por alcanzar un objetivo que odian con todas sus fuerzas. Mi candidez me impide entender sus complejos comportamientos.

Resignado, espero con calma el cambio del semáforo. Pese a sentirme arropado por multitud de conciudadanos en este acto tan social, nadie parece recaer en mi presencia, ni en la de ningún otro. Las únicas voces que rompen el incómodo silencio, más allá del atronador ruido de fondo, son las pocas llamadas tempranas que acompañan a algunos en nuestro trayecto. Por suerte, me entretengo con la histriónica música que nos señala el verde. No sé muy bien por qué, pero debo de ser de las pocas personas en esta ciudad que se alegra al oír sus repetitivas notas. Sea como fuere, logra dibujar una leve sonrisa en mi cara.

Al otro lado de la vía, alcanzo esa paradisiaca panadería que adorna nuestro deambular. Un festival de olores diversos y apetitosos. Un placer para los sentidos, que me anuncia mi próximo giro, esta vez hacia la derecha, aproximadamente unos sesenta grados, para iniciar mi ascenso por la nueva vía. Su pronunciada pendiente, su deteriorada solería y alguna que otra humedad procedente de los madrugadores cubos de limpieza, convierten esta subida en un auténtico reto para mi integridad. Me imagino esos pobres ciclistas que agotados afrontan cada nueva ascensión, convencidos de que su competición depende de las próximas pedaladas, sea cual sea el estado de la carretera.

Por si todo esto no fuera suficiente, mi cautela parece molestar por igual a aquellos que estresados se disponen a arriesgarse en el ascenso, así como a nuestros opuestos, que animados por la pendiente descienden atropellados e imprecisos, como si no fuesen capaces de verme. Entre insultos me concentro en aunar todas mis fuerzas en cada paso. Con todos mis sentidos puestos en los obstáculos que, imprevistos, hacen acto de presencia en mi trayecto.

Son ya varios cientos de pasos, los que me recuerdan lo tarde que debe ser ya. Por desgracia no me equivoco y el reloj me marca algo más de las nueve. Dependo completamente de la puntualidad, o más bien impuntualidad, de mi querido autobús. Paciente y esperanzado, me sitúo junto a la marquesina. Los siguientes minutos transcurren entre un mar de dudas y desencantos. Cada autobús que pasa podría ser el mío, pero no. Aún no. Todos los intentos desesperados por reconocer mi nuevo medio de transporte, se saldan con un resultado igual de negativo, ya sea mediante la negación por parte de alguno de mis compañeros de espera, o en ocasiones, ante la ausencia de respuesta alguna.

Algo más de doce minutos más tarde, aparece en escena mi ansiado vehículo. Mi timidez, me origina siempre una estúpida sensación de inquietud, un miedo interior ante la posible equivocación que me llevara al otro extremo de la ciudad. La hora sí que esta clara, no cabe duda ante la escasez de oxígeno en este abarrotado autobús en el cual resulta imposible evadirse del eclecticismo aromático que caracteriza a la sociedad.

Varios empujones y cinco paradas más tarde, me apeo hacia la acera, sin antes tropezar con ese maldito bordillo que no debería estar ahí. Por suerte, una amable y recia señora me frena y evita el desastre. Este afortunado incidente, me deja alguna mínima esperanza de alcanzar en hora mi objetivo.

Podría haber sido así, de no contar con la inestimable ayuda de los operarios que han decidido vallar hoy la acera, para una inoportuna reparación de la fachada del ayuntamiento. El desagradable encontronazo, definitivamente, me devuelve a la realidad. Una vez más, voy a llegar tarde. No importa lo temprano que me despierte, o lo rápido que intente ir, siempre acabo retrasando mi llegada.

Otros cientos de pasos más, varios badenes de nueva creación, esas inexplicables farolas y bancos que invaden mi paso y alguna que otra losa suelta, culminan mi rutinaria odisea. Por fin, mi segundo hogar. De nuevo, la seguridad y sosiego se apoderan de mis aceleradas pulsaciones. Las próximas horas resultarán un placer para mis sentidos.

  • Ey!
  • Hola! ¿Qué tal?
  • Bien. Por lo que veo has vuelto a llegar tarde. Como de costumbre.
  • Ya, lo siento. No hay manera.
  • Es que sigo sin entender tu maldita manía de no venirte conmigo a clase, de verdad. Con lo fácil que sería salir los dos juntos en mi coche.
  • Ya lo sé. Pero te recuerdo, que es la única forma que tengo de sentirme plenamente independiente. ¿Qué haría si no, cuando tu no pudieses venir?
  • Pues lo que haces cada día.
  • Ya, pero entonces no me sería tan fácil, ¿no crees? Además, tengo la extraña sensación de que es la única forma de conseguir poco a poco a mi sueño.
  • Qué pesado con tu sueño. Ya te he dicho muchas veces que no hay manera de que accedas hasta aquí como los demás. Es más, ni siquiera sé porque te empeñas en venir. Si yo pudiera quedarme en casa, como tú...
  • Si estuvieras en mi situación, harías exactamente lo que hago yo. Del mismo modo que te despertarías en mitad de la noche, excitado por la inexplicable sensación de libertad que me invade cada vez que sueño con esa ciudad universalmente accesible de la que te hablé.

viernes, 23 de noviembre de 2012

¿Escribimos un libro?


Buenos días a todos, en este viernes antesala del fin de semana que nos espera, me gustaría anunciaros mi última iniciativa/locura creativa. Como sabéis, siempre se ha dicho que una de las cosas que todos deberíamos hacer en la vida, es escribir un libro.

Pues bien, tras muchas vueltas y miedos al respecto, he decidido afrontar ese reto, pero no me gustaría hacerlo sólo. Sé que muchos de vosotros pensáis como yo, aunque en algunos casos la ausencia de tiempo o la inseguridad literaria, os impiden adentraros en esta aventura.

Por ello, me gustaría compartir con vosotros esta oportunidad. En lo que considero una idea original y divertida, me gustaría adaptar el concepto del crowdfunding (financiación colectiva) hacia el mundo de la literatura para poner en valor el crowdwriting (escritura colectiva). No sé si existirá ya o no, seguro que sí. Pero lo importante es poder escribir un libro en base a mis carencias literarias, pero contando como inspiración con vuestros comentarios y sugerencias. Al fin y al cabo es un homenaje a vosotros.

¿Qué os parece? ¿Queréis escribir, por fin, un libro?

El capítulo 0 ya lo tenéis en mi blog, con el título de "2012: Odisea de la rutina". Este título no tiene por qué ser el definitivo, sólo fue un nombre con el que presentar el relato a un concurso. De hecho, el nombre debería ser resultado de este debate colectivo que planteo. Se trata de una historia inventada pero deliberadamente ambigua y creo que inspiradora. Lo suficiente como para permitir que entre todos le demos forma a una novela creativa, original y lo más importante, con una pequeña parte de todos!

Lo dicho, si os gusta la idea, animaros a comentar y aportar ideas. Compartidlo con vuestros amigos y enemigos! Mientras más seamos, más sorprendente y compleja será la historia.

Como sabéis, podéis seguir el proceso a través de este blog, facebook o twitter.

Gracias a todos por estar ahí y animarme a contar con vosotros! Vosotros hacéis realmente que este hobby tenga sentido!

Un saludo.

lunes, 8 de octubre de 2012

Braza a braza


Una vez más, me veo incapaz de disfrutar de unos instantes de paz y armonía. Esta vez es, paradójicamente, el agua quien me impide adentrarme ingrávido en el placer del nadar.

No hace mucho que me considero aficionado a este espectacular deporte, aunque he de reconocer que fue un flechazo que ha tardado años en consumarse. Desde siempre, mi perfil deportista y asmático me han enfocado inevitablemente hasta este fin. Sin embargo, han sido años de desencuentros y malentendidos. Discusiones lejanas que nos han distanciado más de lo deseado.

Curiosamente todas estas desavenencias se olvidaron el día menos pensado, casi sin darme cuenta. Un día cualquiera, en un momento cualquiera y en un lugar no menos azaroso, surge en mí un inexplicable y sutil deseo por conocer una experiencia tan cotidiana como desconocida para mí.

Convencido me dirijo a las instalaciones deportivas cercanas a mi residencia donde la oferta de gimnasio más piscina, evocaron mi inquietud. Una vez obtenido mi carnet y apoyado por la compañía de mi amigo, me enfrento al primero de muchos días de interacción acuática.

La jornada laboral amenaza mi debut, desplazando mi partida peligrosamente hacia el cierre de las instalaciones. Ese inconsciente empuje que surge de mi interior, me da fuerzas para combatir cada contrariedad. La primera de todas, supongo, descubrir sorprendido que no dispongo de las necesarias gafas, lo cual me lleva inevitablemente a la ausencia de gorro protector. La hazaña empieza a llamar a la heroicidad. Tenemos una hora escasa para lograr el equipamiento necesario, desplazarnos a las instalaciones y vestirnos para la ocasión.

Entre inoportunas llamadas y urgentes emails, comienzo a preparar otra de las mochilas que marcarán mi existencia, una vez más. Toalla, chanclas, bañador, ¿bañador? No me lo puedo creer. No he caído en comprarme un bañador corto para no tener que usar el bañador que estoy a punto de lucir. En fin, el tiempo apremia. No estamos para connotaciones estéticas. Mientras reúno todo lo necesario, mi amigo sigue inmerso en la aventura de la compra del gorro, que hace minutos acometió. Por fin, tengo todo preparado. Me desprendo de los zapatos, la camisa y el pantalón de vestir, para recurrir a una vestimenta más acorde. Chandal, zapatillas, camiseta y... ¡el portero! "Phelps" ya está aquí. Raudo y veloz, abro la puerta mientras me coloco la mochila, el casco de la moto y todos los añadidos que forman parte indivisible de nuestras vidas.

Llave en mano, me faltan manos. Míster Bean a mi lado, resultaría el más diestro de los malabaristas. Tras varias caídas y recogidas, logro cerrar la puerta y guardar a buen recaudo el llavero.

Mientras descendemos incautos las escaleras, recordamos lamentablemente la ausencia de gafas con las que afronto mi primera experiencia acuática. Entre risas, mi amigo “Phelps” me insta a apelar a la épica y encontrar en el camino una tienda tardía que nos proporcione el ansiado objeto. Todo ello, acompañado de una tesis doctoral acerca de gorros sintéticos y de tela, que definitivamente convergía en la adquisición textil que tan orgulloso porta. No puedo más que pensar en la imagen que supondrá ser los únicos en años que no visten el tradicional gorro sintético.

Alcanzamos nuestro vehículo, aquel destinado a obrar el milagro. Cada segundo nos aleja estrepitosamente del objetivo. Sin embargo, el estrés se convierte en risas y esperanza, ese positivismo que nos caracteriza. A escasos metros de casa, "Phelps" sortea el ruido del tráfico y los acolchados cascos que nos protegen, para recordarme con sorna, que mis dichosas gafas son el menor de nuestros problemas. Se acababa de acordar de que los técnicos del polideportivo nos habían avisado que era necesario disponer de un mini candado para poder guardar las cosas en la taquilla.

¡No me lo creo!

La contundencia de mi respuesta, entre carcajadas, se ve interrumpida ante el frenazo que precede a la primera de nuestras carambolas. Un establecimiento regentado por asiáticos se planta ante nosotros como agua de mayo. Un haz de luz entre la oscuridad ilumina nuestra solución. En un acto de fe sin precedentes, el "Phelps" de Málaga me abandona para iniciar la búsqueda del candado. En menos de veinte segundos, vuelve eufórico con dos candados enanos.

¡Estos chinos son unos máquinas! Tienen de todo! Es lo único que alcanzo a comentar entre lágrimas, provocadas por el viento y la risa a partes iguales.

Cincuenta metros más adelante, se repite la escena, con tintes cómicas ante las innumerables similitudes. Lo empujo casi en marcha para acometer su siguiente y definitiva proeza. Mis gafas.

Esta vez, son cuarenta los segundos empleados, y su imagen de felicidad es sólo comparable a mi cara de asombro e ilusión. Trae orgulloso unas gafas con tapones y opresor nasal.

¡Que tiemble la Mengual! Ya hasta sincronizados. Jajajaja.

Continuamos el camino entre carcajadas y la compra de papeletas para el gran desastre. Zigzagueando entre coches y motos por igual, logramos sortear obstáculos que ni yo mismo logro explicar. Sólo puedo confiar en las fuerzas del destino que nos conducen a nuestro gran momento.

Sorprendentemente alcanzamos victoriosos el lugar. Corriendo, hacemos un esfuerzo por no perder ninguno de los recién adquiridos accesorios.

  • Hola, buenas noches.
  • Buenas noches, ¿nado libre?
  • Sí.
  • Lo siento, tienen que esperar. Está completo. Deben esperar que salga alguien y entren los tres caballeros que están ahí sentados.

El desánimo se apodera de nosotros. Son instantes de gran tristeza que preceden una reacción de igual intensidad pero sentido contrario. Entre asombradas miradas, nos desternillamos con flojera.

Todo lo realizado puede quedar en nada. No hay palabras que describan ese sentimiento.

A los diez minutos, las conversaciones teñidas de queja y ruego con el encargado, culminan con Phelps y un servidor, solos en la sala de espera. Todos nuestros predecesores se marchan derrotados ante lo improbable de nuestro acceso. Pero nosotros, una vez más, nos vemos inexplicablemente inducidos al fracaso, con una sonrisa en la cara. No sé aún por qué, pero nos mantuvimos impasibles ante la adversidad. Sólo cinco minutos después, nuestra insistencia da sus frutos. El pitido que anuncia la liberación del torno que nos impide el acceso, resuena en mis adentros como la mayor de las orquestas. Los siguientes pasos parecen levitar entre oleadas de ilusión.

Ya estamos ahí, cruzamos cual gladiadores romanos el umbral de la puerta abatible que nos separa de la gloria. Es en ese justo momento cuando me doy cuenta de lo cómico de mi indumentaria. Chanclas, bañador surfero, gafas marca “la Juani” y gorro de spa. Todo ello acompañado de una molesta mini llave que no puedo perder por nada del mundo aunque parezca que estoy a punto de sacar mi diario bajo la almohada para confesar mis secretos más ingenuos.
Afortunadamente, la euforia me ayuda a olvidar el ridículo que me rodea, para dirigirme impaciente a la obligada ducha previa. Muy en mi papel, me dirijo a la monitora muy seguro, cual "Thorpe" en los preparativos de su gran final.

  • Perdone, ¿las calles para nado libre?
  • Las dos últimas.
  • Gracias, muy amable.

Con la misma seguridad, hago una seña de confirmación al “Phelps de la Bahía”, ya equipado con sus gafas de diseño vintage y gorro afeminado. Las risas se acrecientan al descubrirle como imagen especular mejorada de mi lamentable impronta.

Más gente que en la guerra espera en las calles señaladas. No saben si reír o llorar ante lo esperpéntico de nuestra aparición. Con el fin de superar este embarazoso momento, nos adentramos rápidos en la piscina. Sería deshonesto obviar las dificultades encontradas para descender por una escalera sin peldaños, antipáticamente situados dentro del muro lateral. Todo ello, después de que mi escudero, me frenara ante mi primera intención de emular al mejor de los saltadores, en mi acceso directo a la calle dos.

Por fin, estamos en el agua. Pero, ¿ahora qué? Ya hemos superado todos los obstáculos que nos impedían venir aquí. Pero no contábamos con el peor de ellos. No sabemos nadar.

Pese a que nuestra integridad no peligra, no podría decir lo mismo de la poca dignidad que aún aguanta el chaparrón de hoy.

Pero bueno, ¡que nos quiten lo bailao!, que suelen decir por estas tierras.

Así, confiados y ansiosos, enviamos nuestro primer brazo en parábola escultural hacia el horizonte de la calle, con lo que en nuestra mente parece resultar el deambular de un cisne entre las aguas. La realidad, bastante menos poética, se presenta cruda y salvaje, al encontrar impasible el plástico infernal que señala el límite de la calle que no debería haber rebasado. De no ser porque llevaba escasos segundos en este nuevo mundo, me hubiese salido a gritar y maldecir al amable inventor de tan lindo deporte. Porque, queridos lectores, sí. Las colchonetas de colores que tan simpáticas parecen indicar el final de la calle, resulta que son afilados círculos de plástico mal terminado, alrededor de un cable rugoso y afilado, que parecen más bien señalar el inicio de un gran sufrimiento.

Cuatro infinitos largos más tarde, me reencuentro con mi pecho, el cual parece de nuevo habitado por un corazón y dos pulmones.

Lo avanzado en la noche, deriva en una huida progresiva de nuestros vecinos. De este modo, los últimos cinco minutos de la noche, los realizamos solos en la inmensidad de una piscina olímpica. No sabía de lo grandioso que se esconde tras este complicado ejercicio. Con todo el cuerpo cansado y repleto de la sangre que demuestra el trabajo bien realizado, me dejo llevar por el impulso de mis piernas, en silencio, arropado por miles de litros de agua cristalina, en perfecta armonía con mi temperatura corporal y de lo más sincera en su traslado de la luz ambiente. Por un momento, mi cuerpo se deprende de mi mente, o puede que al revés. Todo es felicidad, relax y paz. Un segundo que justifica de lejos, otros tantos de estrés y dudas.

Victoriosos y derrotados a partes iguales, abandonamos el edificio que difícilmente borraremos de nuestro recuerdo.

Pero, no se engañen aún queda el último detalle de la natación hacia nuestras personas.

En la puerta del recinto, descubrimos absortos una curiosa máquina de vending, para la compra de agua, gorros, candados y gafas de natación. ¿Qué les parece?

Pues imagínense que la razón por la cual me siento hoy aquí frente a ustedes, es que la lluvia ha decidido hacer acto de presencia alrededor de mi casa, justo en los veinte minutos en los que me he visto en pantalón corto con mi querida mochila y mi casco, incrédulo frente a la manta de agua que sirve de telón de fondo a la enternecedora escena que genera mi derrota.

¿Saben lo peor? Pese a todo, sigo teniendo ganas de nadar.