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lunes, 3 de febrero de 2014

El libro _p11


Capítulo 11

Pocas cosas en mi vida podrían ser descritas con tanto lujo de detalles como aquella sonrisa perfecta. Un cúmulo de matices e imperfecciones capaz de conformar el mayor paradigma posible de la belleza, la perfección.

Tópicos aparte, cada instante con ella suponía un aluvión de emociones que invadían mis pensamientos hasta apoderarse de todo resquicio de duda o negatividad. Sé que en ocasiones se alude a la utopía, la ingenuidad fruto del amor o la ilusión del principio, pero me enorgullece poder decir que más allá de lo que pasase mañana, por destructivo que pudiera resultar, jamás podría desprenderme de esto. En tan sólo unos meses mi vida había pasado de convertirse en un reto diario por sobrevivir y alcanzar mi tan ansiada mediocridad, a una felicidad extrema ante la cual la única lucha posible es la de mantener los pies en la tierra y evitar desprenderme de una mediocridad casi olvidada.

Pensé que el tiempo se apoderaría de nuestra relación, que la ilusión inicial se desvanecería, incluso llegué a temer que haber logrado mi objetivo pudiera condicionar mi pasión. Meses más tarde, seguía emocionándome al recordar nuestro primer beso, los vellos aún se erizaban al visionar lo ocurrido. Y lo que es más importante, el pasado, lejos de ser un retal melancólico que me alejara de mi presente, se erguía en los cimientos de una realidad cada vez más prometedora.

Todos mis días contaban con un primer beso, una primera caricia, un primer abrazo y una primera sonrisa. De hecho, raro era el día que no contaba con múltiples primeros besos.

Sin embargo, la felicidad sentimental acabó atrayendo una inevitable bajada de mi rendimiento académico, fruto de la compartimentación de mi cerebro, donde mi relación ocupaba una superficie exponencialmente mayor. Afortunadamente, una de las máximas de la vida se cumplió sin excepciones y el hecho de estar contento y a gusto conmigo mismo vino a suplir dichas carencias, logrando una eficacia sin igual, optimizando el tiempo empleado para mis tareas al máximo con el fin de dedicar el mayor tiempo posible a ella, mi musa, mi otro yo.

En casa, desgraciadamente, no siempre entendieron las cosas como yo. A pesar de que mis esfuerzos por mantener mis resultados daban poco a poco sus frutos, mis padres mostraban una preocupación notoria sobre mi, en palabras de mi madre, obsesión por esa chica.

Quiero pensar, que aparte de luchar por el bienestar presente y futuro de su hijo, en el fondo no podían dejar de verme como ese chico desprotegido y condicionado, incapaz de realizar una vida normal e independiente. Por mi parte, la lectura era completamente opuesta. Encontrar a una persona tan increíble y enamorada de mi, suponía el broche de oro a mi integración social y me doctoraba en mi nueva vida, aquella en la que luchar exclusivamente por ser uno más. Un joven preocupado por sus estudios y sus amores, no precisamente en ese orden. Lo tenía. Tenía unos estudios que me interesaban mucho más de lo que podría haber pensado inicialmente y contaba con el apoyo y la compañía de alguien capaz de relegar ese interés a un distanciado pero meritorio segundo plano.

Tan sólo existía un “pero” en nuestra idílica relación. Seguía manteniendo un tabú que no me atrevía a tratar con franqueza. Ambos sabíamos que yo no era como los demás, pero en el fondo nunca habíamos hablado de ello. Probablemente por miedo a que ella pudiera asustarse o, en su caso, por evitarme un mal rato o generar cualquier tipo de malentendido que me alejara de ella. Era muy bonito sentir cómo ella se volcaba en mi sin miedos ni celos. Me hacía sentir la persona más afortunada del mundo, aunque al final siempre acabara apareciendo esa nimiedad que lo estropeaba. En mis adentros era consciente de que algún día tendría que armarme de valor y abrirle la última de mis puertas. Pero, sinceramente, aún no me sentía lo suficientemente seguro de mi mismo ni de nuestra relación como para acometer tan temible tarea. Y eso me entristecía. Por muy oculto que quedara tras toneladas de indudable felicidad, lograba asomar su presencia.

Como suele ocurrir, las mejores cosas de esta vida, ocurren casi sin querer.

Una mañana más, en mi paseo hacia el instituto, me encontré con ella a mitad de camino para disfrutar de los últimos momentos del trayecto junto a ella y deleitarnos con nuestro tradicional café de la esquina. Lejos quedaban ya aquellas aventuras estresantes y complicadas con las que alcanzar la esquiva puerta del centro. Aprovechando aquellos infinitos momentos de alegría, nuestra conversación giró en torno a uno de esos temas que no pasan desapercibidos.

Dado que aquel maravilloso e inolvidable beso había dado lugar a otros del mismo calibre y los momentos junto a ella pasaron de ser bonitas excepciones para convertirse en una placentera rutina, decidimos que no tenía sentido seguir ocultando la evidencia. No más caricias furtivas, no más imposturas mal fingidas, no más besos encarcelados. Ya habían pasado varias semanas y la satisfacción añadida a todo lo que se considera prohibido o desconocido ya carecía de sentido.

Firmes en nuestro recién definido acuerdo, coincidencias del destino, durante unas jornadas deportivas organizadas por el instituto en el que compartíamos equipo de voleibol, no pude evitar ajustar cuentas pendientes con mi pasado y reaccionar ante su acercamiento sonriente. Esta vez sí, esta vez la besaría y no dejaría pasar la oportunidad de compartir con ella mi deseo y mi admiración. Lo ocurrido con Sandra justo antes de iniciarse mi particular calvario no podía repetirse y pensé que no había mejor manera de cerrar esa etapa que cambiando las tornas de mi actitud frente a un instante peligrosamente parecido.

Inmerso en tales discusiones internas, Miriam pareció leer como tantas otras veces mis pensamientos y me guiñó cómplice uno de sus maravillosos ojos, indicando con ello su aprobación de lo que fuera estaba tramando en silencio.

Cual sensible robot, obedecí firme a su llamada y me dirigí a ella hasta alcanzar glorioso la comisura de sus labios. Mis brazos se adherían convencidos alrededor de los suyos, motivados por la euforia reinante.

Sin embargo, lo que para nosotros suponía una liberación definitiva, entre nuestros compañeros generó reacciones muy diversas. Y lo que es peor, ante los alumnos de otras clases, una sorpresa mayúscula. Nadie en el instituto era ajeno a los rumores que se oían acerca de nuestra relación pero, imagino que debido a lo que ella representaba dentro del escalafón de las niñas del “insti” y mis especiales circunstancias, nunca habían llegado a establecerse como una de las comidillas oficiales del mini pueblo en el que estudiábamos.

Por todo ello, ese beso y posterior derroche de cariño, no pudo sino desatar lo peor de cada uno, hasta descubrirnos lo cruel que podemos llegar a ser en ocasiones. Las risillas nerviosas dieron progresivamente lugar a carcajadas sarcásticas hasta que, en pocos minutos, la presión ejercida sobre nosotros desde todos los ángulos posibles era atroz, insoportable. La tensión fluía en torno a nuestro improvisado partido y no era precisamente el fin deportivo lo que motivaba tal ambiente. La competitividad, en este caso social, se apoderó de aquellos considerados como líderes de la manada y sus reacciones no se hicieron esperar. Las niñas que ostentaban el cetro de las más guapas se dirigían a ella como si su relación conmigo les confirmase su condición de fracasada. Mi beso se había convertido en su sentencia definitiva y en la excusa perfecta para desprestigiar a quien todas consideraban como una auténtica rival.

Por su parte, los niños, fieles a nuestra propia idiosincrasia, se decantaban más bien por la sorna y las bromas de mal gusto para ensalzarme al pódium de los héroes, desde el cual emplear la ironía para arrojarme al vacío.

Si fuese el único afectado en esta situación, he de reconocer que no me hubiese alterado lo más mínimo, dado que una de las cosas para las cuales me habían preparado con más ahínco en mi casa, era para la posible burla fácil de mis compañeros. Y no puedo engañar a nadie, cuando has pasado por tanto, cuanto menos aprendes a relativizar ciertas estupideces. Pero no. No estaba sólo en esto. Y era la primera vez en que no acompañaba esa frase con un rotundo “afortunadamente”. Todo ese entorno hostil despertó los peores fantasmas de mi cabeza, destapando mi principal duda acerca de nuestra relación: mi problema, mi maldito problema.

Avergonzado y algo incómodo, me derrumbé y me dejé llevar por el infante que puebla en cada uno de nosotros, abandonando la escena con el firme convencimiento de que eso acallaría las voces y alejaría a Miriam del tornado que se acababa de generar. Nada más lejos de la realidad. Como no podía ser de otro modo, aquello no hizo sino incentivar a los aburridos alumnos, hasta alcanzar al unísono toda una serie de cánticos hirientes hacia mi persona. Enfurecido y devastado, me dispuse a recoger mis pertenencias antes de retomar el camino de vuelta, huyendo más de mí mismo que de los presentes.

Preocupada, Miriam seguía mis pasos a escasa distancia, deseando alcanzarme para aclarar las cosas. Su estela no sólo no me ayudaba, sino que ejercía sobre mí una presión añadida difícil de afrontar. Era uno de esos momentos en los que la soledad parece erigirse en la única compañía posible. Todo esto era nuevo para mí y era consciente de que me estaba viendo superado por las circunstancias. Conforme más se acercaba el sonido de sus pasos, mayor era la energía con que aceleraba mi huida.

Recorrimos así casi todo el instituto hasta alcanzar por fin nuestro aula. Acorralado y sin ideas, la desesperación se hizo cargo de la situación reaccionando ante Miriam como si fuera ella la culpable de aquel desaguisado. Sin éxito, intenté persuadirla para que me dejara sólo y simplemente se olvidara de lo ocurrido.

  • Miriam, déjame en paz. Como verás, no es un buen momento.
  • Ven aquí.
  • ¡No!
  • Vamos a ver, ¿se puede saber que mosca te ha picado? ¿Me he perdido algo? ¿En serio vas a dejar que esta panda de gilipollas te amarguen la fiesta? No te ofendas, pero me niego a creer que el chico duro y luchador del que me enamoré vaya a derrumbarse ante cuatro “graciosillos” de poca monta.
  • Tú no lo entiendes, Miriam. Es mucho más complicado que todo eso.
  • Bien, sorpréndeme. Aquí me tienes. Deléitame con esa aparente complejidad que se permite el lujo de alejarme de la persona a la que más quiero en esta vida.
  • Miriam. Por favor, ya me conoces.
  • ¡Ni Miriam ni hostias! Tú también me conoces a mí y sabes que todos los payasos que están gritando ahí fuera me importan un bledo. Sólo estoy aquí por ti, porque jamás te había visto tan agobiado. Ni cuando recibías un aviso del director tras otro por tus reincidentes retrasos. Así que creo que merezco una explicación. Y no se te ocurra repetir eso de que es complicado. No me gusta ver como mi novio me huye por todo el instituto como si fuese la portadora de algún mal contagioso. Hasta donde yo sé, no he hecho nada que te haya podido molestar, ¿o sí?

Hundido y sin salida, no pude sino respirar hondo y pedirle que se sentara, pasando por alto uno de los momentos más especiales con que me había encontrado en todo el día. La emoción del momento le había llevado a referirse a mi como su novio. Un placer para mis oídos, un punto de inflexión en nuestra relación que me veía obligado a obviar ante lo delicado de nuestra conversación.

  • Está bien, si eso es lo que quieres, creo que tienes toda la razón. Te mereces una explicación.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Concurso, luego pienso (11/14)


9. Cubierta

¡Buenos días! Parece decirme la habitación, al verme despertar mis músculos, desperezarme divertido entre bostezos y suspiros. Pronto descubro que el saludo más apropiado sería el de buenas tardes. Las manillas marcan unas preocupantes cuatro de la tarde. Pese a ello, me niego a romper la inmensa tranquilidad con la que he recibido este sábado. Consulto curioso el móvil en busca de algún reclamo social en forma de llamada o mensaje. Nada perturba mi soledad. Sólo un hambre que se erige en necesidad conforme avanza la mañana-tarde.

Tras la correspondiente visita de rigor, me adentro en territorio comanche. La mala cara que visto me impide salir a comprar algo de comer, así que me va a tocar improvisar algo con lo que tenga en casa. Es entonces cuando reparo en el poco tiempo libre que tengo durante la semana. No hay más que restos y recuerdos de un tiempo mejor. ¡Vaya! Parece que el sábado me va a requerir otro aporte de creatividad.

En nada comparable al desgaste mental de estos días, se hace aún más liviano por la presión fisiológica a la que me somete un creciente vacío estomacal. Parece mentira, hasta qué punto somos capaces de improvisar en situaciones de verdadera necesidad. Lo peor de todo, es que no puedo decir que sea la peor comida que he tenido a bien cocinarme en estos meses, desde mi emancipación definitiva. La juventud ya no es lo que era, cierto. Pero tampoco nos las apañamos tan mal.

Bajo este clima de autocompasión y motivación interna, se esfuma esquivo el ansiado fin de semana. Las películas, series y retransmisiones deportivas colmatan mis cuarenta y ocho horas de huelga personal. Cual recién nacido bebé, mi actividad vital se ciñe a dormir, comer, dormir, cenar y un sin fin de sinsentidos que me esfuerzo por disfrutar en los descansos entre una actividad y la siguiente. Dos ciclos vitales completos, que lejos de ayudarme en mi enriquecimiento personal, contribuyen a una desconexión total del entorno que habito. Encuentro el auténtico karma, donde quiera que esté. Un estado de paz y silencio neuronal sin precedentes. Terapia de choque.

El lunes, tan puntual como de costumbre, acude a su cita activo y competente, con ganas de transmitir su energía a todo aquel somnoliento que permanece anclado en un falso paraíso terrenal, donde las preocupaciones son argumentos vinculados al celuloide.

Hoy, tras un intenso mes de jornadas formativas diversas, recupero algo de tiempo libre, el suficiente como para pensar. Me detengo unos instantes a recuperar los mandos de una vida que parecía controlada por el azar, el estrés y sus respectivos secuaces.

Organizo mi agenda, mi casa, mis tareas y, para no perder el ritmo, preparo mi próxima reunión del grupo. La comida casera y una buena ducha, hacen el resto. Desprendo entusiasmo por los cuatro costados, un derroche de simpatía que no puede evitar afectar a mis conciudadanos. Así da gusto. Nada ha cambiado, salvo mi actitud.

Afronto las primeras conversaciones del equipo con total optimismo, dispuesto a contagiar a mis compañeros. No me hace falta insistir, dado que parece que hemos sufrido procesos similares. Sorprendentemente, el lunes acude con complejo de viernes. Levitamos desde el bar hasta el estudio con soltura. En escasos minutos, el único sonido predominante es el del suave deslizar del grafito sobre el preparado de celulosa. Cada integrante materializa sus inquietudes en forma de improvisada propuesta. Somos conscientes de las carencias que presentan nuestros ingenuos esbozos del pasado viernes. Progresivamente el discurso abandona el tono intimista para tornarse en público y rozar lo vulgar. Los turnos de palabra empiezan a superponerse ante un exceso de ímpetu que no logramos eludir. De soslayo se presentan candidaturas sólidas aunque todavía tímidas. El furor de nuestro intelecto eclipsa el indudable talento que atesoran estos cuatro sillones.

Nuestro lado más sereno colisiona con nuestro perfil más intrépido y osado. Por un lado surgen valientes propuestas decididas a revertir la dinámica de un barrio estancado, mientras su opuesto redunda en la austera realidad en que la crisis ha convertido las políticas de inversión. La necesidad de acción que evidencia este dramático escenario, se refugia bajo el paraguas protector de las deudas y la consiguiente conciencia social. Pese al deseo de mejora que invade nuestro espíritu profesional, debemos actuar con la suficiente responsabilidad como para otorgarle cierta viabilidad a un proyecto, de por sí, utópico.

Las pasarelas voladas y futuristas, contrastan con contenidos gestos de elegancia y sencillez. Nos desconcierta el eterno dilema entre forma y función, proyecto emblema o trampolín. La búsqueda de una imagen capaz de devolver la ilusión a los ciudadanos, o un paso intermedio que provoque un cambio meditado y sutil. Comparamos las tendencias americanas adoptadas por los países árabes basadas en el show business, con el reciclaje y sobriedad de la nueva sostenibilidad europea. Referentes icónicos como Gehry o el mismísimo Calatrava, frente a sus detractores conceptuales Lacaton y Vassal.

Ninguno oculta sus preferencias, del mismo modo, que ninguno condena sus descartes. En esta línea, continúa el progreso de las propuestas, obteniendo ordenaciones sugerentes de un barrio que de correcto, aburre. Una normalidad tan corriente como asumida, hasta el punto de no permitir reproche alguno. Las sugerencias se atisban como críticas, mientras un análisis más exhaustivo denota unas carencias a priori imperceptibles, casi inimaginables. Lo que tan acertadamente denominó el gran Jaime Lerner, como Acupuntura Urbana. Actuaciones ínfimas y puntuales que están pensadas para influenciar un barrio completo e invertir su evolución decadente.

Empleando una alegoría energética basada en el principio de acción-reacción y la delgada matriz que engloba los elementos de un determinado conjunto, aprovecha para recalcar la importancia de los pequeños detalles, los desapercibidos desajustes del sistema.

En pleno proceso creativo, una de las múltiples llamadas que “amenizan” la escena, responde a una de las peticiones que más hemos luchado por ejecutar. Desde hace ya varias semanas, el equipo se mantiene expectante acerca de la contribución de uno de los grandes entendidos en materia ferroviaria. Un referente en el sector que consideramos primordial de cara a la definición de una solución técnica factible para la mejora de este importante medio de transporte. Modificar su trazado actual, implementar el sistema con la incorporación de un metro ligero, o priorizar unas iniciativas frente a otras, son simples apuestas ingenuas, si no se cuenta con el respaldo adecuado. De ahí la alegría que brota de la sonrisa de mi mentor, antes de anunciar para mañana la confirmación de esta importante cita.

Su dilatada experiencia, unida a una indiscutible dedicación y entusiasmo, convierten a nuestro próximo invitado en una pieza clave de nuestro diseño.

El resto de la tarde parece transcurrir supeditada ante tal novedad. Con la impaciencia de un cándido infante en las horas previas a su cumpleaños, me mantengo absorto en la idealización de esta reunión, que sólo el tiempo y la amenaza permanente de fracaso han podido elevar a la categoría de especial. No sabría explicar racionalmente el por qué de esta emoción.

Tan lento, como cabría esperar, transcurre un nuevo día de curso, comida industrial y agitación innecesaria. Las cuatro y media señalan algo más que una simple combinación de horas y minutos. Proclaman el inicio de una clase magistral. Un placer incomprensible, que no me atrevo a negar. Más de cinco horas de investigación y deleite en materia ferroviaria. Un descubrimiento tras otro, que me despiertan un interés oculto sobre un medio de transporte tan tradicional como innovador. Un referente del pasado preocupado por condicionar el presente sin menospreciar al futuro. Una sólida oposición al tráfico aéreo, que aprendo a justificar con razones de peso. Un mundo nuevo para mí, capaz de captar mi atención hasta límites insospechados. Es en estos casos cuando mi corta edad se pone de manifiesto ante mis experimentados compañeros. No me preocupo de meditar mis preguntas por miedo a equivocarme, sólo me cercioro de evitar interrupciones innecesarias o molestas.

Cerca de las diez de la noche, mi mentor le recuerda a su amigo, que pese a que podríamos continuar esta conversación durante otras cinco horas, va llegando el momento de cerrar la sesión, si perdura su manifiesto interés por visionar el inminente partido de fútbol que enfrentará al principal representante de la ciudad con uno de los gigantes de la competición nacional. Un partidazo, que estaría dispuesto a sacrificar con tal de avanzar en una propuesta de tráfico que cada vez considero más arraigada a la ciudad, cimentada en sólidos fundamentos.

El proceso de agradecimientos, saludos y despedidas se precipita ante la premura con que se acerca el citado acontecimiento deportivo-social.

A continuación, preparamos nuestra marcha en pleno estado de júbilo y satisfacción por la realización de un buen trabajo, un paso en firme que no hace sino invitarnos a proseguir con la marcha. El aval que necesitábamos para afianzar el posicionamiento de nuestro nuevo campamento base. Ese lugar de aparente seguridad, desde el cual planificar la siguiente acometida con total libertad, sin los miedos generados por unos débiles soportes.

La rutina previa al merecido descanso es más placentera que de costumbre. Una agradable sensación me acompaña durante la cena. La comida encargada bajo mi casa no tiene nada que envidiarle al mejor de los manjares. Mi cansancio se oculta respetuoso ante una euforia contenida pero patente.

Todo son buenas noticias que se suceden como partes de un caso práctico de contagio positivo. El bienestar interior, una vez más, condiciona el entorno para envolverlo bajo un suave y estiloso telón que nos muestra sólo aquello destinado a ayudar.

Parece que estamos cerca de tocar techo, si es que no lo hemos hecho ya.

En cuanto al fútbol, digamos que mejor no hablar demasiado.


Continuará... (Parte 11/14)