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lunes, 17 de febrero de 2014

El libro_p12


Capítulo 12

Aún incrédulo por mi indudable fortuna, cada minuto de mi nueva vida era un instante más en mi deambular soñado, un nuevo paseo entre los pastos de la felicidad. No sé si sería mi edad, las ganas con que había afrontado este grandísimo reto o el morbo de pensar que quizás todo esto no era más que el resultado de mis ensoñaciones más creativas. Sea como fuere, una cosa tenía clara; deseaba con toda mi alma que no terminara jamás.

Los días transcurrían como de costumbre, con la única diferencia, de que en esta ocasión cada día suponía un nuevo descubrimiento, un nuevo acercamiento hacia mi otro yo. Sin embargo, parecía inevitable frenar el ritmo endiablado con que iba acelerándose mi vida. Conforme más a gusto estaba, más rápido parecía transcurrir todo. Los días ya habían dado lugar a semanas como unidad mínima de medida. Los meses se escapaban entre mis dedos. Con ellos comenzaban a surgir los primeros atisbos de duda, malentendidos, pseudo discusiones y desilusiones. Como no podía ser de otra manera, aquella a quien consideraba una verdadera diosa, se mostraba ante mí de lo más terrenal, rellenando con grandes dosis de realidad los vacíos anteriormente completados por mi imaginación. Evidentemente, pese a que en la mayoría de los casos la realidad superaba con creces a la ficción, entre otras cosas porque venia acompañada de un halo fundamental de naturalidad y mucha personalidad, en ocasiones descubríamos realidades no tan idílicas, incluso mediocres.

Recuerdo aquella época como un remolino bastante turbio y caótico, en el cual se mezclaba el agua cristalina que seguía llegando a raudales, con una silenciosa pero extrovertida presencia de imperfecciones suspendidas en el agua, cada vez en mayor proporción. Desgraciadamente, el ser humano nunca deja de ser humano y es por ello, que con el paso del tiempo puede verse sorprendido por la bruma hasta nublar la vista por completo, renunciando a todo aquello por lo que tanto luchamos para añorar un pasado que jamás quisimos.

No es algo que haya oído por ahí sino que es el resultado de lo vivido en aquel lamentable verano.

Los días se hacían cada vez más largos y con ellos parecía extenderse mi agonía. Las sonrisas, abrazos y miradas repletas de significado habían dado lugar a un silencio más que palpable, esquivas y vacías miradas, contactos físicos despreciables y una ausencia casi total de dientes en nuestras expresiones. Por momentos, llegué a creer que eso era lo que me esperaba con aquella mujer que osaba interrumpir mi gloriosa soledad con sus insoportables manías y su inexplicable obsesión por mí.

Ahogado, cohibido, presa de una claustrofóbica rutina, miraba hacia atrás con cierta desidia, y cuando rara vez miraba hacia adelante, no era más que otra mujer lo que se intuía tras la espesa neblina que protagonizaba mi día a día.

Lo peor, no era la sensación de apatía y hastío que emanaba cada poro de mi piel sino el hedor a aburrimiento y desgana que me transmitía mi nueva, aunque de sobra conocida, compañera de piso.

En esos momentos, muchos son los amigos y conocidos que se ofrecen altruistas a arreglar tu desarmada existencia, dispuestos a solucionar tus problemas desde la perspectiva de una experiencia tan lamentable o más que la tuya. Ajenos a su cotidiana amargura se vuelcan en tu desastre desesperados por encontrar en tu tristeza un nuevo sentido a su olvidado caminar. Incluso la familia, aquellos más allegados a ambos, empiezan a contagiarse de la pesadumbre global para centrarse en la evidente decadencia de nuestra relación. Frases como: - ¡Nadie merece tus lágrimas! ¡No os merecéis haceros tanto daño! ¡No puedes seguir así! ¿Se puede saber qué estás haciendo?- Y muchas otras que no sólo estoy seguro que todos hemos oído en alguna ocasión, sino que además la mayoría de nosotros habremos incluso empleado.

Esta pesada carga se acumula en la cabeza hasta vencer la resistencia de nuestro cuello para invadir, sin la mayor oposición, el resto de nuestro cuerpo hasta lograr, sorprendentemente, que lo que en su día fueron destellos de maravillosa alegría, hoy se conviertan en artefactos de lo más explosivos y dolorosos.

Afortunadamente, la vida no es tan cruel como llegué a pensar y supo ponerme, por enésima vez, en mi lugar. Dicen que tocar fondo es la mejor forma de coger nuevamente impulso. Ya sea esta teoría tan popular, o el cansancio extremo que sentía, pero recuerdo perfectamente como un día se presentó ante mi una realidad diferente, no menos oscura, pero sí quizás más fresca. Adormilado y presa de mi incesante agotamiento psicológico, me dirigí hacia el baño para iniciar mi indestructible protocolo de higiene y puesta a punto mañanero, cuando en mitad de la impenetrable oscuridad de mi dormitorio, un espectro se dirigió decidido hacia mí. Absorto por el pánico, sólo podía observar inmóvil como mi imagen especular calcaba mi tan lograda estupefacción. Incapaz de reconocer frente a mi rostro alguno, distinguía con total perfección las facciones del pánico. Durante unos segundos privados de oxígeno, en un intento inútil por expulsar el grito ahogado que se alojaba impaciente en mi estómago, una extraña visión se postró ante mi con total claridad. Lejos de poder respirar, hablar o activar el menor de mis músculos, mi cerebro trabajaba con inusual virulencia. Las imágenes se atropellaban confusas pero repletas de significado, un significado aún desconocido para el resto de mi ser.

Descompuesto, rendido a mi devenir y carente de toda esperanza, los primeros rayos de sol se adentraron caprichosos a través del minúsculo hueco generado entre la ventana y la cortina que la vestía. Esa tenue luminosidad vino a alumbrar cual explosión de luz cada centímetro de su piel, cada imperfección de su rostro, hasta presentar ante mí un recuerdo que debería conocer casi tanto como a mí mismo.

Forzado por mi insuficiencia respiratoria e impactado por esa nueva realidad presentada ante mí, no pude sino suspirar. Acto seguido, impaciente por inhalar todo el oxígeno que pudiera existir en la habitación alcé con entusiasmo la mirada para encontrar el fiel reflejo de mi sentir. Otro instante paralizador dio lugar a la primera sonrisa sincera en meses. La primera carcajada que me permitía compartir con mi supuesta enemiga. Una tregua improvisada, un paréntesis que me hizo pensar en aquel inolvidable nueve de noviembre del año ochenta y nueve en plena capital alemana. Un muro creado por nadie más que nosotros mostraba por fin su primera fisura, su primer esbozo de debilidad. Sin pensar, fruto de la ridiculez del momento y ante el cansancio reinante, nos fundimos en un abrazo infinito. No sabría precisar la duración real de aquel regalo vital, pero os puedo asegurar que tuve la oportunidad de analizar con detalle cada una de las imágenes que habían invadido mi cabeza unos instantes atrás. Besos, abrazos, caricias, miradas, pensamientos y sensaciones me atraían con una fuerza sin igual hacia mi oponente. Mientras más imágenes reconocía menor parecía resultar el espacio comprendido entre ambos. Como suele decirse que en el vacío no puede existir el ruido, el silencio continuaba como principal protagonista de la escena. Sin embargo, la orquesta que años atrás poblaba mi mente había recuperado a todos sus integrantes para acallar todas mis dudas con un ruido tan ensordecedor como agradable. La embriagadora melodía de la felicidad retumbaba en mis adentros mientras nuestros metrónomos encontraban su compás, como el DJ que cuadra sus dos vinilos por separado con el fin de liberar su mesa y deleitar a sus oyentes con la perfecta armonía del conjunto.

Y así fue. Nuestros latidos encontraron su ritmo común a la par que nuestros labios desafiaban las barreras creadas desde la distancia para irrumpir atrevidos en aquel lejano territorio de nuestros recuerdos. Trasladado a aquel impulso adolescente a las puertas de mi clase de instituto, recobré el sentido de todo lo que había logrado construir hasta entonces.

  • ¡Eres tú! - Resoplaba afligido. - ¡Gracias! ¿Se puede saber dónde diablos habías estado durante tanto tiempo? - Pregunté rabioso a mi sentido común, a esa coherencia de la que tanto presumía y que tan abandonado me había tenido.

Aquel beso-paradigma de la ilusión, se prolongó durante horas, acompañado por el fervor de dos amantes que se reencuentran tras meses distanciados por el miedo, la prepotencia y el orgullo. Nuestras separadas camas volvieron a rechinar al unísono, testigos de excepción de una pasión renovada y repleta de una furia cariñosa. Una lucha pacifica en la cual nos sabíamos vencedores de antemano. Una guerra donde los rehenes no sólo estaban permitidos sino que eran una de las premisas del recién acordado pacto final.

Sus dedos volvían a rezumar su indescriptible afrodisíaco, mi piel desatascaba sus sensores de placer para permitir la entrada de todo ese deseo enconado, esa insaciable necesidad de reciprocidad.

  • Cariño, ¡lo siento! Siento haber sido tan gilipollas de no ver lo afortunado que soy siquiera de tener la peor versión de ti. Esa marchita alegría con que iluminaste mi oscuridad y me enseñaste a ver más allá de mis limitaciones. Esa olvidada juventud que encendía cada rescoldo de optimismo y felicidad. Esa realidad que creí abandonada a su suerte y que es ahora cuando descubro que sigue ahí, intacta, atemporal, magnífica. Lo siento. Jamás podré recompensar el daño que te he podido hacer, jamás podré recuperar el tiempo perdido, pero si sirve de algo te diré, que todo lo ocurrido me ha servido para derrumbar todo resto de protección frente a ti, ya que, como sabrás, lo bueno de reavivar el pasado es reencontrarse con los cimientos de nuestra vida juntos, esos malditos miedos por perderte que no hacían sino alejarme precisamente de ti y mis complejos de inferioridad ante tu inestimable grandeza. Lo siento, cariño. - repetía entre lágrimas mientras concentraba mis esfuerzos en transmitirle sin palabras todo aquello que emanaba por fin desde mi sincera esencia.
  • Más lo siento yo, que no sólo te acompañé en tal lamentable baile, sino que dediqué mis escasas fuerzas a alimentar los obstáculos que me alejaban de ti. No tienes por qué disculparte, he sido yo quien ha olvidado que todo lo que soy te lo debo a ti, que eres tú quien me enseñó a ser feliz, a creer en alguien, a confiar en otra persona, a querer sin excepciones. Cariño, ¡gracias! ¡Gracias por ser como eres! Y por, incluso en los malos momentos, entender mis errores y mis defectos hasta hacerlos casi imperceptibles para mí. Gracias por enseñarme la senda hacia tu felicidad y permitirme que la hiciera mía.- intentaba decirme entre sollozos e interrupciones apasionadas.
  • ¡Gracias a ti! Te quiero.
  • Yo más.

En definitiva, podría decir que aquel fatídico periodo de nuestra vida, mi vida, supuso un gran aprendizaje y la confirmación de que es absurdo pensar en la vida como algo lineal, sino que se trata de un proceso cíclico en el cual, nosotros orbitamos alrededor de un gran astro atractor que es la vida como tal. Dicho de otro modo, afianzaba mi creencia de que nuestra existencia no es más que el transitar cíclico alrededor de nuestro sol, observando un mismo elemento desde diferentes puntos de vista y, con ello, las múltiples caras de que consta. Al igual que ocurre en nuestro sistema solar, orbitamos dentro de una vorágine indiscutible en la cual nuestros giros provocan que los enfoques y estados concretos tiendan a infinito, complejizando nuestro día a día hasta alcanzar cotas insospechadas.

Sin embargo, no debemos caer en el error de retomar una teoría egocéntrica de la vida, creyéndonos en el centro del universo y pensando en la vida como algo que nos rodea y que nos condiciona. Más bien, me gusta entender mi devenir como un camino interesante durante el cual marcar el ritmo y recorrer las diferentes etapas de que consta el trayecto disfrutando a cada momento de los múltiples paisajes que se ofrecen ante mí, consciente de que estos se repiten tanto en nuestro caminar como en el de nuestros iguales.

lunes, 4 de febrero de 2013

Concurso, luego pienso (14/14)


12. Liquidación de obra

Las siguientes semanas, transcurren inmersas en las diferentes dinámicas que nos mantienen distraídos. No obstante, todos sabemos de este extraño vínculo capaz de unirnos en momentos puntuales. Conectados a través de la sensación de rabia que aumenta con cada nueva noticia, referencia, cita o imagen relacionada con el innombrable evento.

No puedo decir que me arrepienta de lo ocurrido, pero tampoco puedo engañarme y negar que, por más que me alejara de aquel día, no podía evitar pensar en qué hubiese pasado.

Sin apenas percatarme de su presencia, el fatídico día llegó, tranquilo y pausado. Consciente de su importancia y del efecto que en nosotros iba a suponer. No nos llamamos, pero no cabe duda que aquel día no paramos de hablar y pensar en el resto.

Meses más tarde, aún perdura esa inquietud. Ese regusto amargo que vaga a sus anchas entre sombras y rincones. Aunque a día de hoy, lo que crece sin cesar es el miedo a no olvidar, a arrepentirme algún día de todo lo sucedido. Crece la sensación de que existe una parte de mí, que no acaba de cerrar este capítulo de mi vida.

15 de abril de 2012.

Tras más de veinte mil palabras repletas de insensateces y erratas. Tras gran cantidad de horas frente a mi ordenador sin saber muy bien el por qué de este nuevo reto en el que me encuentro sumido. Tras noches sin dormir y días absorto en mis pensamientos literarios. Por fin, no necesito de un diccionario para entender lo que sucede aquí. No requiero ningún buscador de sinónimos para aparentar cierta elocuencia y rigor técnico.

No.

Acabo de entenderlo todo.

Esta maravillosa aventura, no es sino el cierre a una de las etapas más interesantes de mi vida. Una redención merecida del trauma y la vergüenza que residían en lo más profundo de mi ser.

Con estas lapidarias palabras, me despido con alegría de una pesada carga que he llevado conmigo durante meses.

Hoy, día quince de abril, abro una puerta para poder cerrar otra. Ahora entiendo, que la única razón por la cual me adentro en este nuevo territorio profesional, es por necesidad.

Sí.

Necesidad de compartir estas emociones con alguien, desconocidos o no. Necesidad de mostrar al ciudadano medio, la belleza que encierra su ciudad, sea cual sea esta. Necesidad de enseñar a la gente lo complejo que resulta un concurso público. Lo difícil que es pensar ciudad. Lo poco que se hace. Y lo bonito que puede llegar a ser, compartir con compañeros tan inquietos y entusiastas como tú, el amor hacia esta profesión, la pasión y respeto hacia su manifestación más conmovedora, la ciudad. Aquella en la que se esfuma cualquier duda o reticencia sobre el papel que juega la arquitectura en nuestro día a día.

La ciudad la piensan unos, pero tienden a vivirla otros. Ya es hora de que pensadores y usuarios se pongan de acuerdo y empiecen a trabajar en equipo.

¡Viva la ciudad pensada!


Continuará??? Seguro que sí. ;-) (Parte 14/14)

jueves, 27 de diciembre de 2012

Concurso, luego pienso (12/14)


10. Pinturas

El resto de la semana deambula entre el proyecto empresarial iniciado junto a mi socio y la representación de un concurso en su máximo apogeo. La base teórica adquirida en torno al estrato de la movilidad, comienza a dar sus frutos prácticos. Los dibujos van tejiendo una fina red destinada a recoger todos los aspectos asociados a una ciudad contemporánea de estas características, que son muchos, con la sencillez necesaria para pasar desapercibida.

Vivimos en una sociedad acostumbrada a la interacción virtual entre ciudadanos de todo tipo, ya se encuentren a unos pocos metros de distancia o a miles de kilómetros. La globalización ha traído consigo una inmediatez absoluta al plano social. Esto, entre la gran variedad de ventajas que conlleva, presenta un inconveniente, en mi opinión, preocupante. Nos estamos acostumbrando a acceder a los fines sin recaer en los medios que se requieren para ello, creciendo por tanto una impaciencia generalizada en cuanto a los trayectos intermedios se refiere.

En ocasiones, tardamos menos en cambiar de comunidad autónoma que de municipio. Los transportes, al igual que Internet, han revolucionado el concepto de distancia. La rapidez se ha apoderado de nuestras ciudades. Y más allá del discurso que defienden los partidarios del movimiento slow, se ha producido un cambio radical en la relación existente entre la ciudad y sus habitantes. Atrás quedan los elocuentes esquemas visuales ofrecidos por los integrantes de Barrio Sésamo, acerca de los conceptos de cerca y lejos.

Cada vez son más importantes los hitos, reclamos puntuales, y más irrelevantes los trayectos de servicio. Valga como símil, la comparativa entre una ciudad comunicada por metro y una conectada mediante el tradicional autobús. No cabe duda que en el caso de la ciudad más tradicional, el concepto global que adquiere el visitante de su identidad, en conjunto, es mucho más realista que el collage de postales inconexas ofrecido por la primera.

La ciudad no es sino el reflejo de sus ocupantes, y evoluciona conforme lo hacen sus usuarios, teniendo en cuenta el retardo asociado a la inercia de un ente tan masivo. Es como si intentásemos modificar el sentido de giro en un vaso de agua o en una piscina. El vaso reaccionará inmediatamente a nuestros intereses, mientras la piscina nos requerirá un esfuerzo mayor, o la participación de más compañeros.

Con todo esto, se justifica la actuación planteada en nuestros últimos bocetos. Debemos iniciar el proceso inverso de giro en la mega piscina que conforma nuestra urbe. Si no iniciamos el cambio, nunca lograremos que nuestra ciudad evolucione, ni por supuesto, contaremos con el apoyo necesario entre nuestros vecinos.

Convencidos, por tanto, de la idoneidad de nuestro planteamiento, planificamos la próxima semana como si no se tratase del periodo vacacional comprendido entre Nochebuena y Nochevieja. Una semana complicada para aquellos que tras disfrutar del milagro de la paternidad, observen sorprendidos cómo sus pequeños permanecen en casa a lo largo de la mañana, con la consiguiente demanda de actividades y entretenimientos diversos. Pese a ello alcanzamos un acuerdo bastante coherente, por el cual mantener la actividad del equipo, aunque cediendo cierta flexibilidad a aquellos más afectados por esta circunstancia.

Nuestros mejores deseos se trasmiten a través de cada abrazo de despedida, en vísperas de una festividad que supondrá, sin duda, un antes y un después en la vida de los impacientes menores. No obstante, es percibido desde un punto de vista completamente diferente cuando se observa desde la distancia que generan los años. Quizás las prisas se mantienen, aunque por motivos muy diferentes, pese a tratarse del mismo resultado.

Tras varias demostraciones empíricas de la inmediatez que nos permitimos demandar a la ciudad cuando nos aprieta el reloj, consigo cumplir con los objetivos marcados antes de la citada cena.

Los días de vacaciones aprovechados en familia, nos alejan del concurso lo suficiente como para renovar nuestras fuerzas, sin por ello diluir los logros obtenidos. Cinco días dedicados al avance paulatino y parsimonioso de un proyecto que podría durar años. Sin embargo, la calma aportada por los días de descanso, nos invita irremediablemente a recapacitar acerca de los plazos marcados en los inicios. Contamos con poco más de un mes y, pese a los avances, nos encontramos de nuevo caminando sobre la cuerda floja. El más mínimo error y habremos desperdiciado estos casi tres meses de trabajo.

Establecemos como límite para el proceso de diseño las tres últimas semanas que preceden al día diez de febrero, tatuado imborrable en nuestras cabezas. Entendemos como imprescindible el uso de estos días para la maquetación de los formatos, la correcta disposición y representación de los planos generados. Puede parecer excesivo destinar tres semanas para tal fin, pero la experiencia nos ha enseñado a ser precavidos en este sentido. Un buen proyecto mal presentado, es peor recibido que un proyecto mediocre o incompleto explicado con buenos dibujos y sugerentes imágenes. De ahí que hagamos especial hincapié en la documentación que será finalmente entregada. No nos podemos permitir centrar los recursos en un proceso infinito, como es el diseño de toda actuación, sin prever un plazo de seguridad en el cual redactar y perfeccionar los detalles.

Ya dicen eso de que “hombre precavido vale por dos”, pues en este caso, ocho.

El cuarto día de trabajo nos recuerda una reunión que se estableció la pasada semana y que, personalmente, he de reconocer que había olvidado por completo. Recibimos la visita de un compañero, también arquitecto, muy experimentado en materia de urbanismo, y especialmente, en el diseño de muchos de los enclaves principales de nuestra capital. Aprovechamos su amabilidad para interrogarle en cuanto a las tendencias que han condicionado la estructura en la que vivimos hoy día. Nos desvela grandes aspectos, que pasan desapercibidos a los ojos de un inexperto observador como yo, o incluso se resisten a ser delatados ante las educadas miradas de mis compañeros. Pero fundamentalmente nos ayuda a ver nuestro “problema” desde una perspectiva más amplia. Como gran estudioso de la ciudad, nos matiza muchos de nuestros razonamientos y redirige algunos de nuestros trayectos argumentales.

Sin duda, una nueva oportunidad para aprender de aquellos que saben más. Los arquitectos aparecemos vinculados socialmente al concepto de prepotencia. En mi caso, he de decir en favor de mis compañeros, ya que mi humildad no puede ser valorada como positiva sino como realista, que no responden para nada al prototipo de estirados profesionales preocupados exclusivamente por el bienestar de sus ombligos. Como en la mayoría de los casos, estaremos siendo afectados por los desafortunados actos de algunos pocos que hacen mal uso de sus funciones, desgastando la imagen de todo un sector.

En lo que a mí respecta, este concurso está constituyendo la confirmación de un gremio mayoritariamente profesional y humilde, consciente de sus limitaciones, hasta el punto de recurrir a sus iguales para darles la oportunidad de deleitarnos con su sabiduría. Estas reuniones me muestran un equipo dispar pero respetuoso. Grandes profesionales que lejos de mirarme por encima del hombro, me brindan el mayor de sus respetos, aún cuando sería comprensible lo contrario, ante la evidente desigualdad que nos precede.

En vez de perdernos en una batalla orgullosa por imponer nuestras creencias por encima del resto, asumimos las virtudes de cada uno, aprendiendo a valorar cada comentario con los matices que cada personalidad le imprime. Mantenemos un orden improvisado en cada momento de intervención, para exprimir cada aportación ajena hasta el punto de sopesar los diferentes pros y contras con total franqueza. Esta actitud, indispensable para el funcionamiento de un equipo, sólo se puede llevar a cabo partiendo de una premisa básica: cada pieza de la máquina es importante e imprescindible. Cada uno de nosotros sabe del bien que le aporta el consenso y las críticas del grupo. Así las acepta, las emite y las contrarresta. Siempre con el optimismo necesario para no perder de vista el carácter constructivo de las opiniones.

Como ya dije en su momento, mi compañero lo resumió con gran elocuencia:

- Ya sabemos que es muy fácil destruir, y extremadamente difícil ayudar a construir, así que escuchemos lo que tiene que decir, e intentemos valorar los aspectos positivos que, a buen seguro, su comentario encierra - Expresó uno de mis compañeros, a lo largo de uno de los múltiples debates surgidos.

Entenderán que considere este concurso, como una oportunidad única de cara al desarrollo de mi personalidad y mis aptitudes técnicas. Si algo he defendido desde hace años es que todas las personas pueden llegar a enseñarte algo, si eres capaz de escuchar y estás dispuesto a aprender. No me equivoqué.

Mi agradecimiento no podría ser más sincero, con cada nueva contribución a este bien común que nos hemos planteado.

Compromisos varios me obligan a abandonar apesadumbrado la reunión urbanística que acabamos de improvisar, molesto con la coincidencia temporal de ambos eventos, pero confiado en la acertada representación que suponen mis compañeros-maestros.

Me apresuro todo lo posible para reincorporarme rápidamente al coloquio. Algo más de una hora después, hago mi reaparición. Parece no haber cambiado nada, salvo el tono cada vez más distendido de los participantes. Compartimos inquietudes y anécdotas con la misma complicidad y relajación con que amenizamos cada periódica reunión.

La conclusión de este encuentro, aunque parcialmente ausente, la defino como muy positiva. Con la marcha del invitado, coincidimos en esta lectura y sintetizamos las claves aportadas.

El Año Nuevo nos aporta un merecido descanso, alguna que otra discreta confesión y un creciente interés por mejorar. Nada que no sepamos ya, tras tantos años de rutina similar. Todo son buenos propósitos que rara vez se materializan. Por ello, inauguramos la agenda con un planning estricto y detallado, que confiamos se convierta en el ingrediente secreto de una fórmula predestinada al éxito. Cinco semanas contadas. Tres de ellas, ya descartadas anteriormente. Eso hace un total de dos semanas, teniendo en cuenta que ésta trae una tara en forma de puente.

¿Se percibe el agobio?

Una de las respuestas más evidentes podría ser la de no secundar este puente. Pero, si el día de Nochebuena fue señalado por su relevancia infantil, no hará falta mencionar el papel que juega en todo esto la visita de los Tres Reyes Magos, por más que la Globalización y su correspondiente influencia americana se empeñen en imponer tradiciones lejanas. Santa Claus gana enteros entre los más pequeños, pero nuestro querido día seis de enero, sigue dispuesto a luchar por sus derechos sobre las costumbres y tradiciones populares de nuestro país.

A eso, debemos añadir las abarrotadas cabalgatas de la víspera, ya sean detrás de los Reyes y sus pajes, de los escurridizos caramelos, o tras la búsqueda de cualquier otro obsequio. Las circunstancias, de un modo u otro, nos obligan a descartar estos días de trabajo, tachando dos nuevos cuadros de nuestro particular almanaque.

Confiemos en que los Reyes sean benevolentes a la hora de valorar nuestro comportamiento durante el pasado año.



Continuará... (Parte 12/14)