miércoles, 16 de octubre de 2013

El libro_p08


Capítulo 8

Asustado, el pánico me devuelve a este mundo. Con una inesperada agilidad me levanto de la cama de un salto y me dirijo desesperado hacia el despertador. ¡Marca las 7:45h! ¡Maldita sea! Me he quedado dormido. Anoche debí olvidar activar el despertador, y ahora pasan cuarenta y cinco minutos de mi hora prevista para comenzar mi rutina mañanera.

No sólo acabo de perder toda opción de llegar sólo al instituto, sino que restan tan sólo quince minutos para que mi hermano abandone la casa dirección al parking. Acabo de recordar que, desde hace una semana, se levanta un cuarto de hora antes para tener así tiempo de recoger a su novia e ir juntos hasta el instituto.

Repleto de adrenalina, mi cerebro empieza a actuar conforme a un protocolo de emergencias recién redactado. Lo primero, salir de la habitación y avisar a mi hermano de que sigo aquí. A continuación, necesito ducharme en menos de cinco minutos, elegir la ropa adecuada y vestirme lo más rápido posible. En ese momento, mi hermano invade mi cuarto para añadir un poco más de presión a la escena.

Con las zapatillas sin atar, los pelos de loco y un sin fin de libretas, libros y papeles mal metidos en la mochila, me despido de mi sorprendida madre con un rápido beso, a la vez que recojo un improvisado desayuno para el camino. Afortunadamente nuestras prisas me libran de la más que asegurada regañina que se gestaba en el interior de mi madre.

Dándole las gracias a mi hermano entre mis más sentidas disculpas, salimos corriendo hacia el aparcamiento. Es ahora cuando recuerdo mis limitaciones. Los tropiezos se suceden unos a otros, mientras mi preocupado acompañante no sabe si reírse o llorar ante lo esperpéntico de la situación.

Ya subidos al vehículo, me esfuerzo en cumplir y transcribir las estrictas órdenes que me trasladan desde el asiento del piloto. Aún a riesgo de marearme, tecleo en el móvil el conciso mensaje para Rocío, instándola a abandonar su casa y esperarnos en el cruce más cercano, ganando así unos minutos cruciales.

8:40h. Recogemos a nuestra invitada sin casi mediar palabra. Su reacción, lejos de echarnos en cara el cambio de planes, es recibirnos con una cálida sonrisa acompañada de una pregunta cómplice con la cual enterarse de quién había sido el dormilón y por qué me había unido por fin al equipo. Divertida, me daba la bienvenida con sorna, recordando mi puntería al elegir el día menos apropiado para unirme al viaje.

Tras explicar lo ocurrido y liberar a mi hermano de toda culpa, alcanzamos el instituto con cinco minutos de margen, gracias al favor del azar con el que logramos dejar el coche a escasos metros de la puerta de entrada.

Aún sobre excitado por lo angustioso del momento, aprovecho los minutos restantes para ingerir, más bien engullir, el desayuno que traía en la mano y descubrir decepcionado, cómo la entrada del instituto se mostraba ante mí desierta. Todos los compañeros parecían haber decidido acercarse a las aulas, y con ello, se esfumaba una de mis principales esperanzas. Poder aclarar todas mis dudas antes de que empezaran las clases. Pero una vez más, mi puntualidad brillaba por su ausencia cuando más la necesitaba.

Contrariado, recorría los pasillos con cierta premura, aunque preocupado por un encuentro no demasiado íntimo. A escasos metros de la puerta de mi clase, el timbre parece anunciar mi llegada, descubriendo al girar la esquina cómo era hoy mi tutora, quien se había reconciliado con el reloj.

En el umbral de la puerta, sostenía la hoja mientras me esperaba con ciertos aires de enfado. Forzado por las circunstancias acelero el paso hacia ella, esforzándome por mostrar la mejor de mis sonrisas antes de acceder al aula con una sentida disculpa.

En el trayecto hacia mi pupitre, no puedo evitar dirigir mi mirada hacia la tercera fila, donde, para mi sorpresa, encuentro un pupitre vacío. Lamentablemente, reacciono sin pensar y me freno en seco, analizando la totalidad del espacio en busca de mi apasionada amante.

Negativo. No hay rastro de ella. Apesadumbrado, obedezco a mi tutora, quien algo molesta insiste en que ocupe mi sitio para poder empezar su lección de hoy.

De todos los escenarios posibles a los que me había enfrentado la noche anterior, este no se asemejaba ni de lejos a ninguno de ellos. Era la primera vez, desde que la conocía, que no estaba allí a su hora. Nervioso, revisaba mi reloj cada minuto, no sé si deseando que apareciera o confiando en que en algún momento algo llamaría mi atención y me despertaría cansado en mi dormitorio.

Desgraciadamente los minutos pasaban y ni una ni otra sucedían. Seguía allí, oyendo distraído a mi tutora y observando cariacontecido la ausencia de la tercera fila.

Instintivamente, mis neuronas comenzaron a propiciar sus conexiones en busca de una explicación coherente que explicara tal infortunio. Sin embargo, todas las opciones barajadas respondían a planteamientos que no me acababan de gustar. Desde una fingida enfermedad que la alejara intencionadamente de mí, hasta una reacción desproporcionada de sus padres al descubrir nuestro pequeño desliz.

Y, por si esto fuera poco, mi ejercicio numérico seguía fustigando mi intelecto ante una solución imposible que supondría, con toda seguridad, una gran decepción para mi profesor, no tanto por mi fracaso, sino por incumplir mi promesa.

Las horas transcurrían impasibles, y todo se mantenía igual. No veía la luz por ninguna parte. En un intento por fomentar ese pragmatismo del cual solía enorgullecerme, decidí despejar ciertas incógnitas de la ecuación, dando por perdida toda opción de coincidir con ella hoy. De este modo, podría centrar mi intelecto en resolver el único enigma que parecía ofrecerme alguna posibilidad.

Absorto en operaciones y más operaciones, mis compañeros me observaban atónitos ante mi osadía. En plena teoría de inglés, no ocultaba en absoluto mis apuntes de última hora, redactando ecuaciones complejas, tachones, borrones y nuevas ecuaciones de manera impulsiva. Ajeno a todo contexto inmediato, me encontraba inmerso en un universo imaginario compuesto por números y signos que pretendían, sin éxito, ordenar el fatídico caos generado a mi alrededor. Hasta que, de repente, un signo de igual, gigante, se acercó hasta mí en actitud amenazante y de un golpe retiraba todos los apuntes de mi pupitre, devolviéndome abruptamente a mi cruda realidad. Una realidad compuesta por una profesora en estado de cólera y unos alumnos desternillados ante mi aparente pasividad.

Desde luego, mi expulsión de la clase no hizo sino empeorar la situación y convertir aquel día en una auténtica pesadilla. Por lo menos, todo ello me había permitido recuperar mi serenidad habitual y observar todo lo acontecido desde una nueva perspectiva.

Un nuevo sermón y el timbre del recreo, dieron luz verde a mi abatido deambular hacia el interior de la clase. Sin nada que comer y desprovisto de todo ánimo, me limité a apoyar la cabeza en mi incómodo pupitre y esperar así el paso de los minutos hasta el inicio de una nueva lección, que me acercara un paso más al final de la jornada, pese a que esta vez, el motivo de tal deseo fuese bastante alejado de aquel de los últimos días.

No sabría decir cuántos minutos habían pasado ya, pero a juzgar por el dolor de cuello que me ofrecía mi improvisada postura y el ruido de mis compañeros que parecía que iban ya volviendo a la clase, imagino que se habrían consumido los treinta minutos de rigor.

En ese mismo instante, alguien irrumpió en mi estado de soledad a través de la puerta del aula y con paso tranquilo pero decidido se dirigía hacia mí. Completamente alicaído no contaba ni con la curiosidad mínima necesaria como para alzar la cabeza, aunque sólo fuese por mantener mi dignidad frente a los compañeros.

Paradójicamente, mi incomodidad me hacía sentir bien. Me ayudaba a olvidar lo ocurrido y desconectar de un día que no podía ir a peor, ¿o sí?

Tal como meditaba acerca de mi mala suerte, noté como el visitante solitario se acercaba cada vez más a mí, como si mi lamentable situación fuese su principal objetivo. Inmediatamente, una única idea monopolizó mis pensamientos. ¡Mira que soy bocazas! Con la suerte que tengo, basta que diga que esto no puede ir a peor, para que alguien se acerque a mí a echarme en cara mi actitud o reprocharme mi reciente expulsión. Me daba miedo elevar el rostro ante lo que pudiera encontrarme, así que opté por la solución más cobarde y, sin embargo, más fácil. Mantenerme tal cual y con suerte, pasar desapercibido. Parecía uno de esos pequeños “animalitos” que fingen una muerte repentina frente a sus depredadores, salvo que en mi caso más que morir, pretendía evocar una “siestecita” mañanera.

Sentía perfectamente el aliento de mi acompañante, se mantenía erguido y firme junto a mí, convencido de que era conmigo con quien quería hablar y trasmitiéndome que no tendría problema alguno en esperar lo que hiciera falta para hacerlo. Era una guerra de paciencia, en la cual no creo que partiese como favorito. En tan sólo dos eternos minutos que llevaría ese ser anónimo en mi aula, ya había estado tentado de descubrir mi estratagema en un sin fin de ocasiones. Pero aguantaba. Estaba orgulloso de mí. Sí señor.

En cuestión de segundos, todo cambió. Mi desconocido depredador, cercaba cada vez más mi huida. Paciente, había decidido sentarse en mi pupitre, sorprendentemente cerca de mi cabeza. Esto tenía mala pinta. No podría mantener mi impostura mucho tiempo. Me debatía entre mis escasas opciones, cuando una atrevida mano hizo acto de presencia e invadió territorio enemigo. Como si de un DNI se tratara, no necesitaba ver sus huellas para saber a quién me enfrentaba. Tan sólo hacía falta seguir mis instintos más profundos para reconocer en ellos, sensaciones tan familiares como recientes. Un tremendo escalofrío recubierto de toneladas de miedo e ilusión, recorrían todo mi cuerpo. Por primera vez en todo el día, podría definir mis circunstancias como agradables.

Su suave voz culminó la bonita ascensión hasta el cielo. Con un leve susurro y una ternura indescriptible, se acercó hacia mí. - “Cómo está lo más bonito?”, ya he oído que has tenido un mal día, ¿no? - Lo cual acompañó de un beso espectacular en el cuello.

Deseando no despertar nunca de este innegable sueño, enfilé mis ojos hacia los suyos, mientras una sonrisa automática y sincera se dibujaba en mi maltrecha cara. No quería ni imaginar lo lamentable de mi “careto”, pero en aquel momento, todo parecía relegado a un meritorio segundo plano.

En cuanto nuestras miradas se encontraron, supe que pese a estar muy cerca, aquello no podía ser producto de mi imaginación. Estaba ahí, sonriente y preocupada. Sin la menor muestra de duda con respecto a mí, a nosotros. Un simple gesto había bastado para acallar todas mis vacilaciones y recelos. Una caricia certera que acababa de remover todos los palos de mi sombrajo.

Radiante, devolvía su beso con gran alegría. Manteniendo su tono de susurro, me acercaba a su oído para contestar su pregunta con un sencillo: -”ahora mucho mejor”. A lo cual adjuntaba un sutil besito junto a su oreja. El suspiro que provoqué, resultó más que suficiente para entender la magnitud de nuestra entrega.

Ya incorporado, y tras consultar el reloj, no dudé en aprovechar los diez minutos que aún restaban de recreo para compartir cada instante con ella, exprimir su presencia al máximo. Me moría por contarle mi día, el por qué de tan lamentable imagen. Pero, por otro lado, mi deseo era aún mayor por conocer la razón que motivaba su retraso. En un alarde de coherencia, cedí la palabra a ella, mientras memorizaba cada rasgo de su cara, cada gesto de su rostro, cada marca de su piel. Por primera vez en mi vida, parecía bendecido con la virtud de la “multitarea”. No perdía detalle de su imagen, mientras analizaba cuidadosamente cada matiz de su discurso, cada melódica variación en su voz. Todo ello, sin perder de vista el mensaje que se ocultaba tras todo aquel maravilloso atrezzo.

Un aluvión de felicidad recorrió con fuerza cada una de mis extremidades. Todo mi día daba un vuelco radical. Lo que antes era desazón y angustia, se tornaba ahora en ilusión y tranquilidad. Mi resignación, en pura inquietud. Por fin, quería más. Y ella se mostraba más que dispuesta a dármelo.

Cuando más interesante resultaban sus palabras, un imprevisto fogonazo interrumpió mi atención. Lo suficientemente fuerte como para abstraerme de ese espectacular estado de embriaguez en el que su presencia me sumía. Para mi sorpresa, toda aquella radiación de optimismo y pasión, acababan de derivar en un grado máximo de inspiración. Mientras sus delicados labios brillaban bajo el influjo de sus comentarios, mi cerebro volvió a codificar mi entorno en base a números, signos y operaciones matemáticas. En cuestión de segundos, el complicado dilema que había torturado mis últimas horas, se convertía en la cándida expresión de un conjunto de sumas y restas. Del mismo modo en que se observa desde la distancia el trayecto correcto en un laberinto, veía ahora todas aquellas tentativas erróneas sucumbir ante la evidencia.

Con un instintivo respingo me dirigí eufórico hacia la mochila para encontrar un papel y un boli. Como si de un poseído se tratase, comencé a transcribir toda aquella amalgama de números, ante la perplejidad de mi contertulia, quien sonriente y tranquila, esperaba su momento para aclarar este caos. Tras escasos segundos de frenesí, rescaté mi cordura de lo más profundo de la satisfacción, para recuperar el maravilloso diálogo interrumpido previamente.

Su expresión generó una carcajada cómplice que precedió a mis esfuerzos por suavizar y naturalizar lo ocurrido. Consciente de mi mala educación, notaba como aumentaba mi preocupación al analizar las posibles consecuencias de mi descontextualizada reacción. Afortunadamente, esta no fue sino una muestra más de su grandeza, respondiendo con gran comprensión a mis forzadas explicaciones.

Orgullosa, me abrazó y me felicitó por mi logro. Sin más.

No podía salir de mi asombro. Era tan perfecta, que daba hasta miedo. No podía ser real.

Ante el final del recreo, me apresuré en recuperar el estado de felicidad original, devolviendo una mínima parte de lo que acababa de regalarme. Serio y confiado, le agarré de la mano, cuando se disponía a ocupar y ordenar su pupitre, la atraje firmemente hacia mí, y le susurré al oído: “parece que ya puedo presumir de musa” - Tras lo cual, la besé con toda mi alma.

Sin palabras, me miró y no pudo más que sonreír, asomando un precioso atisbo de sonrojo en sus cálidas mejillas.

martes, 24 de septiembre de 2013

El libro_p07


Capítulo 7

El conserje nos despedía con sorna tras esperar nuestro reiterado retraso, ansioso por poder cerrar la cancela de entrada al edificio. Su sonrisa cómplice no sólo indicaba un secreto a voces sino que permitía observar orgulloso, cómo mi acompañante devolvía el gesto con gran elegancia y consciente de la situación, mientras apretaba orgullosa mi mano junto a su vientre. Paradojas de la vida, me veía de nuevo asociado a un retraso en el instituto, aunque en este caso mucho más agradable y esperanzador.

Mi imborrable sonrisa, sólo comparable a la de ella, evidenciaba lo especial de lo que acababa de ocurrir. La secuencia iniciada con gran tristeza, interrumpida por una inesperada sorpresa y continuada por una explosión nuclear de euforia, habían desembocado inevitablemente en lo que, desde ese mismo momento, sería bautizado como el mejor instante de mi vida. Conmovido por el surrealismo que acababa de acontecer y animado por la inmensa alegría que invadía cada poro de mi piel, me desprendía de toda timidez para afrontar confiado el mayor reto de mi vida. Era ese maravilloso momento con el que tantas veces había soñado. Aquel que siempre había tenido que vivir a través de la experiencia de mi hermano.

Mi primer beso. Mi primer muestra de amor verdadero. O lo que yo pensaba que lo sería.

Mis labios habían encontrado triunfales el ansiado objetivo. Su calidez se veía truncada ante su repentina y gélida respuesta. Nada. Ni el mas mínimo gesto. Ni la mas mínima muestra de alegría o enfado. Nada. Impaciente, los siguientes segundos me parecieron horas. De nuevo, mis peores augurios se apoderaban de mis pensamientos. Todo era miedo y enfado ante mi excesiva confianza, ante mi estúpido alarde de motivación extrema. Era consciente de que, como solíamos decir coloquialmente, “acababa de venirme arriba a tope”. Y lo que es peor, esa grandilocuente locura suponía tirar por la borda tantos días de preparativos y cuidados acercamientos, tantos días de coherente flirteo en busca de allanar un terreno hasta ahora puede que inexistente.

La tan temida “cobra”, expresión empleada para definir el rechazo y consiguiente huida de tu objetivo en el momento del beso, se apoderaba irremediablemente de mis pensamientos...

Segundos de amargura y desconsuelo que sólo podían terminar con una muestra más de mi rocambolesco día.

Sin mediar palabra, me apartó levemente de su boca para dedicarme una impenetrable y misteriosa mirada. Tras una inmensidad en silencio y esperándome lo peor, su sonrisa hizo de nuevo acto de presencia y noté como su mano se apoyaba con ternura en mi nuca, mientras sus dedos se enredaban con maestría entre mis cabellos. Un tremendo escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Con gran delicadeza y no menos decisión, su mano se aferro a mi y me inclino de nuevo hacia ella, esta vez sí, para corresponder mi apasionado atrevimiento con una descarga inexplicable de sensualidad. Sus labios, repletos de vida, se rozaban sutiles contra mis labios, a la espera de una correspondencia que indicara el momento de afianzar el contacto, en busca de que nuestras lenguas invadiera la recién generada caverna que nos separaba y unía a partes iguales. Sentir mi lengua junto a la suya, fue la señal definitiva de que aquel era el día, el día por el que tanto había luchado. La razón por la cual estaba ahí, desafiando a médicos y familiares.

Por fin, estaba vivo, completamente vivo.

Mientras nuestros labios saboreaban las mieles del éxito, mis manos lograron desprenderse del bloqueo inicial para adentrarse valientes y descaradas en el terreno de su fisonomía. Naturalmente, la primera reacción fue la de abrazar su cuerpo con delicadeza, sentir en las yemas de los dedos el calor que desprendía su espalda. Su sencillo top no era capaz de contener la infinidad de sensaciones que brotaban de su piel. Tras unos instantes, mis manos aprovecharon la creciente confianza adquirida en sí mismas, para separar sus caminos y abarcar el máximo terreno posible. Mientras mi mano izquierda emuló su gesto en busca del cuello, mi mano derecha recorrió en sentido contrario su espalda hasta encontrar victorioso el bolsillo trasero de sus vaqueros. Sentir sus glúteos tersos y bien formados bajo mi mano, fue algo que irremediablemente provocó un aumento de la intensidad en mis besos. Sin embargo, el culmen de esta experiencia lo encontré al retomar la posición original, esta vez levantando la camiseta que llevaba puesta, para poder disfrutar del suave y agradable tacto de su espalda. Curiosamente fue entonces ella, quien en respuesta a mi atrevimiento, reaccionó con decisión, apretando nuestros cuerpos mientras me transmitía entregada sus innegables muestras de pasión.

Todo lo que antes era timidez, dudas y miedo, se había convertido en pasión, adrenalina y un sin fin de sensaciones hasta entonces desconocidas, con sus correspondientes manifestaciones físicas.

Lamentablemente, nuestro retraso no hacía sino ir en aumento, y a pesar de que podría haber permanecido así durante toda mi vida, sabía que debíamos abandonar el edificio antes de que la situación empeorara; todo ello, claro está, gracias al hecho de que acababa de descubrir esa sorprendente seguridad en que aquello no podía ser flor de un día, sino que no era sino el primer paso de muchos.

Con la misma facilidad con que habíamos unidos nuestros cuerpos, estos se desprendieron el uno del otro, emplazando la alegría a cualquier otro momento.

Y así es como comenzó una nueva etapa en mi vida. En nuestra vida.

El resto del día se convirtió en una verdadera odisea para mí. Disimular todo lo que se cocía en mi interior frente a mis padres y mi hermano, era un objetivo tan necesario como complejo. No hay nada peor que simular una aparente normalidad cuando la realidad difiere tanto de ese estándar. Era consciente de que mis padres puede que hasta se alegraran de haberlo sabido. Sin duda, mi hermano hubiese explotado de ilusión. El problema era que de haberlo sabido, no me cabía la menor duda de que sería incapaz de mantener ese secreto.

Y que nadie se confunda, estaba deseando compartir todo lo ocurrido con él, incluso con mis padres. Pero había una pequeña parte de mí que me recordaba que existía la posibilidad de que ella pudiera arrepentirse, pensárselo mejor o por qué no, reaccionar de manera extraña. Sea cual fuere su reacción, prefería ser cauto y esperar al resultado, antes de iniciar un proceso de acercamiento a mi familia que pudiera desembocar nuevamente en un fracaso social. No creo que estuvieran preparados para un nuevo contratiempo. Era mejor dejarlo estar y que aprovechasen mi estado de felicidad anterior para ir recargando pilas.

Eso no quita que mi cerebro no fuese a cien mil por hora. Un día feliz que, sin embargo, ocultaba una tarde de lo más extensa. No veía el momento de irme a la cama y acelerar con ello el tiempo que me quedaba hasta volver a verla. Volver a sentir su cuerpo, disfrutar de su increíble sonrisa y de la satisfacción que supone saber que eres tú quien motiva tal obra de arte, tal muestra de alegría y belleza sin parangón.

Por si esto fuera poco, resolver el acertijo de mi querido profesor resultaba ahora de lo más difícil, ante mi evidente distracción. Cada número me recordaba a ella, cada operación matemática parecía llevar su nombre. Si avanzaba en la resolución, me acordaba de mi grandiosos triunfo. Si erraba, me animaba pensando en lo que me acababa de ocurrir.

Imposible. Hoy no soy capaz. Lo peor de todo es que me daba igual. En mi opinión estaba más que justificado y no me cabía la menor duda de que hasta el profesor lo entendería si le explicara el motivo que se escondía tras este fracaso matemático.

Mi fingida normalidad no pasó desapercibida ante nadie. Más bien, dio lugar a un verdadero interrogatorio.

  • ¿Se puede saber qué te pasa?
  • Nada, ¿por qué? Disfruto de este solomillo. Está muy bueno.

Desgraciadamente mi adulador intento por cambiar de tema y desviar la atención hacia la comida, no parecía dar resultado.

  • ¿Seguro que estás bien? No sé, te veo muy serio. Como distraído. ¿No te ha pasado nada en el colegio?
  • ¡Que no Mamá! - “Pobrecilla”. No sabía como acabar con esto sin cambiar el tono. Entiendo que se preocupe, pero ya he decidido que no es el momento de compartirlo con ellos. Desgraciadamente, se me olvidaba ese tremendo don que adquieren las mujeres en el parto, por el cual intuyen todo lo que ocurre en tu cabeza. Aquello de “te conozco como si te hubiese parido”, era algo muy real.
  • ¿No habrás vuelto a llegar tarde, no? Si te pasa algo en el instituto, me lo dirás, imagino. Ya sabes que no me pienso enfadar si tu director vuelve a hablar contigo. Prefiero estar al tanto de todo y lo sabes.
  • Tranquila mamá. - El estrés empezaba a apoderarse de mí. Me sentía acorralado y era incapaz de mentir a mi madre, después de todo lo que había hecho por mi. Entonces, cuando el desastre parecía mi única salida, mi cerebro retomó parte de su actividad intelectual y me iluminó el camino de huida. Por fin, una escapatoria decente. - Es sólo que estoy algo preocupado por lo que pase mañana.
  • ¿Ves? Lo sabía. ¿Qué pasa mañana?
  • Nada, me preocupa que las cosas no transcurran como yo esperaba.
  • ¿A qué te refieres? ¿Algo va mal? ¿No te gusta el curso o es que estás teniendo problemas con los compañeros? Mira que te lo dije.
  • Tranquila mujer. No es eso. El problema es que mi profesor me ha planteado un ejercicio de matemáticas que no logro resolver. Es un acertijo clásico que se supone que debería ser capaz de descifrar, pero no lo veo. Jaja. Qué paradoja, ¿no? - Esta casualidad, suponía el toque de humor que se convertiría en el detalle definitivo de mi elaborada trama de escape, con el que zanjar la conversación y cambiar de tema. En definitiva, sabía que mi madre no acababa de secundar mis bromas acerca de mi situación actual.
  • ¡Ah! Pues haberlo dicho. Seguro que tu padre puede echarte una mano.
  • No te ofendas papá, pero me temo que es algo bastante complejo. Lo que pasa es que el profesor me tiene muy bien valorado y confía en mí. Se ve que demasiado. Y, desde luego, no me gustaría perder ese trato preferencial y que se desilusione.
  • Bueno hijo, pero si es tan difícil, entenderá que te cueste solucionarlo. Vamos, digo yo. Lo único que tengo claro es que no quiero verte preocupado por algo así.
  • Mamá, ya está bien. Tengo que intentarlo y si no lo consigo, es normal que me enfade.
  • Pero...
  • Lo siento mamá, pero ya soy mayorcito y estoy decidido a hacer lo que me gusta, cueste lo que cueste. No te preocupes. Lo peor que puede pasar es que mañana me encuentre más cansado de lo normal. Eso es todo. Una más que probable noche sin dormir, y listo. Ya verás cómo lo logro. - Eso era seguro. Esa noche tenía claro que no iba a ser capaz de conciliar el sueño. Demasiadas emociones, demasiado en qué pensar. Aunque las matemáticas fueran lo de menos, quizá puede que se convirtieran en un socorrido entretenimiento para cuando la desesperación se apoderara de mí.
  • ¡Ay mi niño! ¡Que cabezón eres! A quién habrá salido, ¡eh!. - exclamó mi madre, mientras dedicaba una acusadora mirada a mi padre.
  • Ya sabía yo, que al final me salpicaba a mí. Con lo “calladito” que estaba yo aquí...
  • Déjate de tonterías. Ya sabes lo que dijo el médico...
  • Venga ya mujer. Vamos a comer antes de que reciba alguien más. No pasa nada. Está bien que el niño intente solucionar lo que el profesor le ha planteado. Si él cree que puede hacerlo, por algo será.
  • Desde luego, no será por tu habilidosa genética.
  • Ya está. Me tocó. Como el “Luisma” es tonto... Jajaja.

El comentario de mi padre, una vez más, desataba las risas de todos. Ese mar de carcajadas, inspirado en un célebre personaje de la televisión, no sólo zanjaba la discusión, sino que me permitía relajarme por fin. Objetivo conseguido. No sin esfuerzo, había superado la tormenta.

Mi madre, por el contrario, seguía preocupada y no olvidaría este tema tan fácilmente. Su mirada mostraba una incertidumbre e inquietud difíciles de esquivar. Puede que hubiese perdido esta batalla, pero no la guerra. Así que más me valía disimular mañana mi cansancio y hacer todo lo posible hoy por dormir lo suficiente como para lograrlo. Todos conocían lo incisiva que podía ser mi madre, cuando de la salud y bienestar de sus hijos se trataba. Y... la tenía que comprender.

Consciente de mi estrategia y con un leve atisbo de culpa que asomaba por mi subconsciente, me acerqué a mi madre, le di un cariñoso beso, le dediqué mi mejor sonrisa y me despedí de ella deseándole las buenas noches.

  • No te preocupes mamá. Te prometo que haré todo lo que pueda por resolverlo lo antes posible y dormir lo máximo, ¿vale?
  • Vale. - dijo mi madre con voz cansada. Resignada me devolvió el beso y me guiñó el ojo, cómplice a la par que consciente de mi testarudez.
Pese a la mini crisis a la que acababa de enfrentarme, me dirigía hacia mi cuarto con mi objetivo más que cumplido. Mis padres ya tenían tema de conversación para toda la noche y mi hermano no osaría siquiera a entrar en mi cuarto, dada su inexplicable alergia a todo lo relacionado con las matemáticas. De este modo, podría mantener mi secreto hasta mañana, cuando pudiera verla y confirmar hasta qué punto, lo que acababa de vivir esa tarde, era real.

La noche, curiosamente, transcurrió pesada entre los entresijos de mi coartada y mi inevitable realidad.

La frustración debida a mi incapacidad para dar con la clave del enigma matemático al que parecía enfrentarme, crecía de manera exponencial, conforme mi grado de cansancio iba del mismo modo en aumento. Todo ello, provocaba que mis pensamientos relacionados con los acontecimientos de esa misma tarde, se tornaran progresivamente hacia la negatividad más absoluta, resucitando esos viejos fantasmas que me alejaban de ella.

Agotado, derrotado y completamente abatido, el cansancio terminó por sobreponerse a mi mermada ilusión y a mi destrozado orgullo. Finalmente, mi querido despertador marcaba las 4:20 de la mañana cuando decidí sucumbir al desastre y rendirme ante la evidencia, adoptando la posición horizontal que me trasladaría directamente al tan ansiado mañana.

jueves, 12 de septiembre de 2013

El elitismo de los museos


Una vez más me siento aquí para compartir con vosotros mis inquietudes y pensamientos más íntimos, con el fin de trasladarles mis opiniones y críticas concretas acerca de todo aquello que nos rodea en nuestro día a día. Un alarde de cotidianidad y mediocridad intencionada, surgida desde la más sincera humildad e ignorancia.

Definido el contexto, aireo mis palabras en busca de posibles receptores dispuestos a compartir ideas. En este caso, el motivo de mis dudas, no es otro que la concepción de los museos contemporáneos. Apoyado en una tendencia muy clara adquirida por mi Málaga natal, me centro en entender el por qué de esta iniciativa y su consiguiente proliferación de espacios expositivos.

Cabe destacar, ante todo, que no pretendo en modo alguno juzgar este planteamiento, sino estudiar su evolución y analizar en lo posible, aquellos aspectos susceptibles de mejora o, en su defecto, pendientes de comprensión por mi parte.

Como auténtico ignorante en cuanto a Historia del Arte se refiere, y ciudadano tan inculto como inquieto, a partes iguales, me considero un ejemplar medio de estudio, bastante adecuado de cara al entendimiento de la labor efectuada por los museos como intermediarios culturales frente a la sociedad.

Es por ello que interesado en el factor didáctico y dinamizador de los museos, como referentes culturales por antonomasia, me he visto sorprendido en multitud de ocasiones, perplejo ante la magnificencia de determinados emblemas de este arte; así como embargado por el desconcierto, un irremediable cansancio, una intratable saturación visual y en ocasiones, incluso, aburrimiento, ante la desconexión existente entre estos importantísimos edificios, su contenido y yo.

Parto de la base, de que cuando alguien realiza el esfuerzo de acercarse a un museo para pagar la entrada y adentrarse en el recorrido planteado por su gestor a lo largo de su querida colección, lo mínimo que se merece es recibir una contrapartida cultural como recompensa. Con esto quiero decir, que todas esas burdas críticas orientadas a fustigar la incultura e ineptitud ciudadanas, pierden su valor y credibilidad en el mismo momento en que el visitante se acerca al edificio.

En mi opinión, ya ha realizado su parte, ha cumplido. Ha abandonado su cómoda y segura rutina para aprender, para disfrutar de lo desconocido y asimilarlo como conocido. Un proceso tan complejo como interesante.

Dicho esto, entiendo que en el mundo del Arte, como en cualquier otro sector, hay infinitos grados de conocimiento y sabiduría. Sin embargo, me preocupa que en los museos se parte de una base errónea. Si accedes a un museo por libre, sin haber investigado previamente su contenido, lo más probable es que no seas capaz de detectar las principales obras expuestas, ni aprender más allá del nombre del autor, año y nombre de la obra (sin olvidarnos del material con que se elabora). Esa es toda la información que nos ofrece un edificio cultural estándar. Ninguna aclaración del por qué de su instalación allí, ninguna pista acerca de los criterios que lo convierten en un elemento de máxima calidad artística; ni, por tanto, el más mínimo esfuerzo por acercarnos al Arte y con ello fomentar nuestro interés por volver o continuar en casa con nuestro proceso de aprendizaje.

Me temo que el museo se orienta preferentemente hacia aquellos visitantes cultos y/o formados, interesados en ampliar sus conocimientos previos.

En honor a la verdad, cabe dejar claro que cada vez son más las visitas guiadas ofrecidas por la mayoría de contenedores artísticos, en su afán por acercarse al ciudadano medio. No sólo es algo que debemos valorar, sino que podríamos incluso exigir. No en forma de una persona dedicada en cuerpo y alma a un grupo no siempre tan agradecido como debería. Sino como esfuerzo de apertura hacia la gente. No se necesita tanto, pero desde luego, es inapropiado pensar en un modelo tan extremista, en el cual existen dos versiones tan lejanas de museo. Una muy cerrada y opaca en la cual nadie te aporta nada, la diaria. Y una muy abierta y amable en la cual adornan las obras con anécdotas y aclaraciones del por qué de sus creaciones, la eventual.

Estoy seguro de que existen multitud de opciones intermedias que, sin perjudicar en modo alguno los deseos del autor, nos ayuden a encontrar el ansiado equilibrio y, en lo posible, lograr que resulte rentable a todos los niveles.

En una sociedad de la información, donde cada mínimo aspecto de nuestro entorno puede ser consultado en internet, me preocupa que cuente con museos de masas, orientados a unas masas a las cuales no responden, más allá de la instalación de una tienda de souvenirs. Como arquitecto, reconozco que me encuentro situado más bien en el lado de la balanza correspondiente a un espíritu minimalista, pero hay que tener claro que aquí el mínimo, siempre responde a un canon funcional, no estético.

Por desgracia, en ocasiones, me da la sensación de que existe un elitismo predominante en el Arte, que nos filtra a los visitantes en función de su cercanía a un mundo, culturalmente muy elevado. En mi opinión, el grado de cultura de una persona siempre radica no en lo elevado de sus maneras, sino en la habilidad para desenvolverse con la misma soltura sea cual sea el ambiente cultural en que se encuentre. Por ello, considerando los museos como el paradigma de la cultura, me encantaría que me demostraran que son igual de útiles e interesantes tanto para los eruditos o iniciados, como para los novatos e incluso despistados visitantes.

La cultura debería ser un producto turístico, académico o social, pero fácilmente accesible para todos los ciudadanos, sea cual sea su nivel cultural o su grado de interés.

Fácil, hagámoslo fácil.

martes, 3 de septiembre de 2013

El libro_p06


Capítulo 6

Un nuevo día se presenta ante nosotros con las mismas legañas y el mismo inexplicable cansancio con que tiene a bien recibirnos habitualmente.

Los días de gloriosa puntualidad se han ido sucediendo con gran maestría hasta el punto de que he logrado despojar a mis incrédulos compañeros de esa inevitable “sonrisilla” con la que se enfrentaban a mi llegada. Cada vez resultan más lejanos aquellos días fatídicos en los que mis retrasos me impedían acceder a ellos como el compañero que, sin duda, soy. Ahora son los deberes que pueblan nuestra pesada mochila quienes protagonizan nuestro ajetreado día a día.

No podría ocultar mi gran temor a ser nuevamente rechazado ante mi extrema dedicación al curso, mi obsesión por aprender y mantenerme al día en lo exigido. No sólo temía erigirme en el nuevo empollón del grupo sino evidenciar mi lamentable ausencia de entretenimientos extra escolares que pudieran alejarme en cierto modo de mi labor docente. Sin embargo, se ve que la edad nos situaba ante una realidad diferente a la que yo conocía. En este recién descubierto contexto, la sabiduría y obtención de buenos resultados, no implicaba en modo alguno motivo de burla entre mis compañeros, sino en la mayoría de los casos una gran indiferencia y, en determinados casos concretos, incluso algo de admiración e interés por mis conocimientos.

Mi recuperación alcanzaba ahora su cota más alta, al empezar a considerarme a mi mismo uno más, simplemente eso, un alumno del montón. Puede que algunos no entiendan esta afirmación, pero no sabría expresar mejor lo que desde aquel periodo vendría a llamarse satisfacción. Simple alegría por volver a sentir esa normalidad de la cual, hace años, fui despojado.

Hoy en día, mis preocupaciones volvían a centrarse en esas banalidades que nos hacen tan humanos. Olvidar mis objetivos de trivial para centrarme en lo trivial de mis objetivos.

Esto no esconde el desinterés cultural que mi madre parecía intuir. No. Por el contrario, mi vida reivindicaba su lugar preferente para deleitarme con esas pequeñas cosas que nos hacen tan especiales.

Mis nuevos compañeros comenzaban a recorrer el arduo camino hacia mi amistad, y lo más importante, me enseñaban el sendero por el cual acceder a la suya. Un deambular muy interesante e inspirador que hacía mucho que no experimentaba.

La única pega a tan delicioso avance personal, recaía sobre mi recién descubierta timidez. Esa inexplicable reacción que me impedía articular palabra alguna cuando mi interlocutor dejaba de ser alguno de mis compañeros para convertirse en ella, mi compañera, la chica de la tercera fila.

Mi miedo a que los demás notasen mi obsesivo interés, eclipsaba incluso mi temor a que ella pudiera descubrirme. Todo lo andado, en mi proceso de integración social en el grupo, no podía verse abandonado ante un falso movimiento hacia la que parecía candidata unánime a reina de la fiesta.

Entre líneas me esforzaba por obtener cualquier dato sobre ella o sus amigos, que pudiera acercarme a mi objetivo. El resultado: las muestras de admiración se completaban con celosos intentos por derrocar tan inminente reinado, entre sus supuestas iguales. Mientras el sector masculino coincidía orgulloso en un acuerdo absoluto sobre su belleza sin igual, las representantes del sector femenino se debatían entre una interesada amistad y sus incorruptibles enemigas, dispuestas a despreciar cada una de sus innegables virtudes.

Sea cual fuere la razón que motivaba a cada uno de ellos, mi conclusión resultaba cada vez más evidente. Si yo me consideraba aislado por deméritos propios, su situación no difería mucho de mi desgracia aunque por motivos bien diferentes. Su relación con la clase era bastante peculiar. Un mundo con dos caras muy alejadas. Por un lado, la sonriente mirada con que devolvían sus intentos de acercamiento; por otro lado, sus tardíos y amargos ecos de crítica con que eran posteriormente analizados sus actos.

En definitiva, empezaba a encontrar ciertas similitudes conmigo, salvando claramente las distancias.

Poco a poco, casi obligado por las amenazas del valiente de mi hermano, superaba a duras penas las barreras que me alejaban de ella. Cada mirada, cada intercambio de ideas, cada ejercicio en común se transformaba en mi principal fuente de energía de cara al próximo día, a mi próximo reto frente a ella. Una máquina algo oxidada y “fallona” que, por suerte, contaba con un motor que se realimentaba con cada nuevo logro.

He de reconocer que, no sé si fruto de mi gran ilusión o de su cierto aislamiento, mis acercamientos eran recibidos, desde mi punto de vista, con aparente alegría. Sería algo pretencioso decir que empezábamos a llevarnos bien, pero la realidad era que cada vez sucedían con mayor frecuencia esos “fortuitos” encuentros. Lo mejor de todo, era que ella comenzaba a sentirse parte de la ecuación, aportando inconscientemente su pequeño granito de arena a esta mega construcción que me había dispuesto a erigir.

Los intencionados retrasos con que forzaba ser el último en abandonar la clase con ella, daban lugar a unas interesantísimas conversaciones con las que aprender acerca de sus inquietudes y sus hobbies antes de abandonar el instituto y retomar cada uno nuestros respectivos caminos a casa.

Esta extraña costumbre no pasaba desapercibida en casa, ante las reprimendas de mi madre por mis cada vez más frecuentes y amplios descuidos frente a la hora estipulada para el almuerzo.

Mi hermano, que no era ni de lejos ajeno a mi cuidada e improvisada estrategia, supo ganarse mi confianza para contribuir como aliado en la consecución de tan trabajada conquista, acercándome en coche a casa y con ello suplir los retrasos derivados de aquellos extensos ratos de charla y flirteo con que cerrábamos distraídos el día de clase.

Cabe dejar claro, que su actitud, lejos de resultar altruista, escondía una estrategia no menos interesada por buscar aliados frente a posibles retrasos en los que él pudiera verse sumido en su intento por disfrutar al máximo de la compañía de su querida Rocío.

Como dos simples jóvenes de nuestra edad, nos utilizábamos mutuamente como coartadas frente a nuestros permisivos padres, quienes más que conscientes de nuestras sospechosas prácticas, se enorgullecían de la química con la que nos compenetrábamos mi hermano y yo.

Un nuevo hito en nuestra inmejorable relación que afianzaba con creces una amistad tan especial. Un apoyo sin igual en los malos momentos y, afortunadamente, no menos importante en los buenos.

Sin embargo, el apoyo de mi hermano no era mi principal alegría. Cada día, como si de una cita premeditada se tratara, el sonido del timbre de salida representaba para mi el inicio de mi verdadero día. La lenta y estudiada maniobra de recogida de la mochila, se veía correspondida por varias sonrisas pícaras entre mis apresurados compañeros, tan sólo eclipsadas por el fulgor de la más tierna y tranquila de todas. Aquella que paciente, esperaba mientras mantenía mi eficiente impostura.

Nuestro compromiso no hablado era total. No importaba quien se nos dirigiera o cuales fueran las circunstancias que precedieran al final de las clases, el resultado siempre era el mismo. Inmediatamente nuestras miradas se cruzaban inquietas en busca de esa confirmación silenciosa que nos permitiera relajarnos, conscientes de que una vez más, disfrutaríamos de nuestra ansiada tertulia. Era curioso ver cómo a lo largo del día nos evitábamos, confiados en el final de la jornada, como ese pequeño espacio de tiempo en el cual disfrutar el uno del otro, lejos de toda mirada indiscreta, lejos de todo cotilleo, lejos de todo. Solos ella y yo. Mi recién bautizado paraíso.

Como cada día, hoy no me gustaría encontrar esa famosa excepción que tiende a confirmar la regla. Nervioso, la última hora de clase transcurre entre ecuaciones matemáticas y algún que otro problema algo complejo de resolver. Más aún si el 90% de mis neuronas parecían dedicadas a una única operación matemática, tan sencilla como utópica. 1+1=X. Y ese era mi problema. Todo se resumía en la tremenda incógnita que habitaba esquiva pero omnipresente entre mis más ansiados sueños. Las dudas se multiplicaban sin control, fruto de la creciente ansiedad con que afrontaba la melodía que indicaba el fin del día académico y el inicio de mi principal tarea.

Apenas diez minutos antes del final de la clase, el profesor nos sorprendió con uno de esos problemas casi irresolubles, con que motivar a los alumnos más aventajados y fomentar entre el resto una sensación de envidia sana y admiración a partes iguales. Tras varias preguntas bastante incisivas emitidas al conjunto de la clase, el silencio más absoluto se apoderó de todo el aula. La tensión aumentaba descontrolada mientras mi intelecto mantenía su anunciada huelga indefinida. De este modo, transcurrieron los últimos instantes de clase, sin que ningún compañero mostrara el más mínimo interés en el pequeño reto planteado. Sin más, el tiempo llegó a su fin y con ello, la estampida general que solía suceder a tan añorada melodía.

La estúpida sonrisa se apoderaba irremediablemente de mí, pese a mis esfuerzos por esconder un secreto a voces. Totalmente inmerso en mi meditada actuación, centraba mis movimientos en un laborioso e intencionado proceso de organización de mi pupitre y mi mochila, cuando justo tras de mí, la sensación de alguien que se acercaba me obligó a girarme consciente de que esta premura no podía sino significar un manifiesto interés, por su parte, en contar con mi presencia. Incapaz ya de ocultar mi ilusión y pensando en ese ingenioso comentario que convirtiera ese momento en inolvidable, aprovechaba la ralentización de la escena para recrearme en su belleza. Sin embargo, donde esperaba encontrar sus maravillosos ojos verdes aderezados por una de sus innumerables y fascinantes muecas, resultó que se encontraban los fríos y profundos ojos marrones de mi profesor, cuyas lentes de contacto monopolizaron la escena ante la cercanía de mi inesperado interlocutor y el tremendo chasco asociado a él. Estupefacto y algo avergonzado, me dirigí a él con un saludo entrecortado que intenté disimular como un ingenuo gesto de sorpresa.

Este pequeño giro de los acontecimientos respondía a una sincera preocupación surgida en mi maestro, quien incapaz de ocultar su decepción, me reprendía por no haber manifestado ninguna opinión acerca del problema recién planteado. Confuso, me preguntaba si había algún problema que pudiera motivar tal falta de interés.

Mi repentina tartamudez no hacia sino aumentar. Inquieto me apresuré en encontrar una ingeniosa excusa que pudiera reconquistar su extinta confianza en mi, al tiempo que me permitiera resolver este contratiempo a la mayor brevedad posible. Todo ello, con la suficiente naturalidad como para alejar cualquier atisbo o sombra de duda acerca de mi entrega en su clase.

Con no pocos problemas, logré convencer a mi interlocutor de que no tenia por qué preocuparse, si no que se trataba simplemente de un conjunto de circunstancias puntuales, comandadas por una mala noche y un pico en mi gráfica de timidez.

Tras la consiguiente conversación improvisada de tipo matemático-social, todo parecía recobrar su normalidad. Afectuosos, nos despedimos, emplazándonos a nuestra próxima hora en común, con el firme compromiso por mi parte, de encontrar la solución a tan complejo ejercicio.

Capeado el temporal, mi cerebro se desprendía poco a poco de su espontánea tarea para centrarse en mi objetivo original. Un nuevo giro de cabeza, esta vez a “cámara superrápida”, acompañaba mi gran inquietud por el desafortunado e inapropiado imprevisto. La celeridad y brusquedad de mi gesto, no pudo evitar su fatídico resultado. La tercera fila se encontraba ya completamente vacía. A continuación, toda una serie de nerviosos y desesperados gestos vinieron a confirmar mis peores augurios. El fatídico día había llegado. Mi musa me había abandonado. Mi increíble racha triunfal había alcanzado su previsible final. La ausencia de compañero alguno, refrendaba una soledad aún mayor que se apoderaba a pasos agigantados de mi incrédulo y desolado cuerpo.

No me lo podía creer. Se había ido, sin más. Ni siquiera me había avisado de que tuviera prisa. Ni un mísero adiós.

No puede ser.

En realidad, es lógico que se haya ido. ¿Qué iba a hacer? ¿Se iba a quedar esperando que terminara de hablar con el profesor? Desde luego, ya le vale. Y todo por culpa del maldito problema. ¿A quién le importa ese estúpido acertijo? No me lo puedo creer, ¡qué mala suerte tengo!

Abatido termino mi proceso de empaquetado con inusual eficacia.

¿A quién quiero engañar? En el fondo, yo sabía que esto tenía que pasar. Una cosa es que fuera simpática, y otra muy diferente que estuviera interesada en mí. Esto me pasa por “flipado”. Ella es un “pivón” y yo soy un simple “don nadie”. ¿Qué esperaba? ¿Cómo he podido ser tan iluso? Hablaba conmigo porque no tenía nada mejor que hacer, y punto.

Ensimismado en mis tétricos pensamientos, abandonaba la clase y, con ella, un pedacito de mi recién descubierta ilusión. Triste y melancólico enfilaba la puerta en dirección a la escalera, cuando un inesperado golpe, acompañado de un grito de fingida indignación, interrumpían mi lamentable transcurrir.

  • ¡Hey! ¿Dónde vas con tanta prisa? ¿Pensabas irte así, sin más? - Esa voz. Desde lo más profundo de mi subconsciente, reconocía ese tono tan familiar. Inmediatamente mis cinco sentidos retomaban sus funciones para concentrarse en este nuevo imprevisto. Aún desconcertado, detenía mi marcha para dirigirme a él.
  • ¿Qué pasa? - Me esforzaba en decir, aún algo confundido. Mientras emitía esta inexpresiva expresión, mi tono cambiaba progresivamente desde la neutralidad inicial, hacia su máxima manifestación de felicidad, al descubrir atónito, cómo la culpable de tales acusaciones no era sino lo mas bonito de mi vida. Ella. Esta vez sí, sus penetrantes ojos y su impresionante mueca estaban ahí, sonrientes y juguetones.
  • ¡Hey! ¿Qué... Qué haces aquí? Pensaba que te habías ido.
  • ¿Cómo me iba a ir sin despedirme de ti? ¿Por quién me tomas? Esa es la imagen que tienes de mi... desde luego...

    Su saludo se acababa de convertir en la chispa que encendiera toda una explosión de júbilo y extrema satisfacción ante la sorpresa del día. La irrefutable confirmación de mis mejores deseos. Estaba ahí, me había esperado en la puerta del aula a que terminara. Eso solo podía significar una cosa.

    Y convencido de mi argumentación interior, me deje simplemente llevar por mi euforia, consciente de lo que se estaba cocinando en mi interior, aunque despojado de todo criterio. Con fuerzas renovadas y armado de un valor desconocido para mí, interrumpí su frase para rodear su esbelta figura con mi tembloroso brazo, en un gesto rápido y directo. Sin titubeos. Por primera vez desde que la conocía, las dudas se habían alejado de mí.

    Estaba completamente seguro de que era el momento, era el lugar. Ahora o nunca.

    Sin más, ordené a mis labios surcar el océano de incertidumbre que siempre nos había separado para atracar en la seguridad de sus carnosos e impactados labios. Un placer sin igual, que desgraciadamente, no parecía ser correspondido, a juzgar por su inerte reacción. Inmóvil, su boca mostraba el evidente contagio sufrido ante la parálisis de todo su cuerpo; sólo dos amplísimas cuencas colmatadas por sus atónitos ojos, evidenciaban restos de vida.

“¡¿En serio?! No puede ser”- pensé.

martes, 2 de julio de 2013

De bueno... tonto


Hoy me he levantado polémico, sí. En el buen sentido, como siempre, pero sí. Resulta que hoy es uno de esos días en los que me cuesta más mantenerme firme ante la adversidad. Harto de nadar contracorriente, me siento aquí para desahogarme y puede que incluso, alzar este canto desesperado en busca de posibles amigos que decidan unirse a esta triste pero necesaria queja.

Titulo este artículo como lo que soy. No os preocupéis. Estoy cada día más orgulloso de poder definirme así, de bueno tonto. Por más años que pasen, nadie es capaz de cambiar mi opinión al respecto. No soporto a la gente que huye de esta afirmación como si de un león se tratara.

Es que tú eres demasiado bueno.
De bueno es que eres tonto.
Tu problema es que la gente se ríe de ti en tu cara y no te enteras ....

Todas ellas expresiones tan crueles como reales. Pero, sin duda, la peor de todas:

¿De qué te sirve? ¿Tú te crees que lo van a valorar, que cuando llegue el momento no te la van a hacer? Tú lo que tienes que hacer es pensar más en ti.

Lo siento, pero no puedo más. ¿Cómo hemos podido llegar a esto? No me creo que haya nadie en este mundo al que le moleste que lo traten bien. Nada más. No estoy hablando de agasajar ni halagar a nadie. No hablo de hipocresía, no hablo de falsedad. Sólo hablo de naturalidad. Ser uno mismo y sacar lo mejor que tenemos dentro para hacer un poco más fácil la vida de quienes nos rodean. Y fijaos que no he empleado la palabra amigos o familia, siquiera conocidos. No necesito conocerte para tratarte bien. Evidentemente, mientras más te conozca y mayor sea el cariño que nos une, mejor será mi trato. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto asumir como punto de partida una visión optimista y alegre?

Es muy fácil quejarnos de nuestra mala suerte, nuestras desgracias y el mal ajeno sin pararse a analizar nuestras acciones y nuestro día a día. Yo no me considero perfecto, ni de lejos. Pero hago lo posible por aspirar a ello. La vida me pone en mi sitio y me enseña a diario que la perfección es un lejano tren en marcha, que se aleja progresivamente de mi, por más que yo intente correr. Imagino que una de las claves de la felicidad es asumir esta utopía, para entender la autoexigencia en su justa medida. Sin embargo, me preocupa que la inmensa mayoría de personas que lean estas palabras, sentirán vergüenza ajena, me tomarán por loco o algo peor, y con suerte sólo se referirán a mi para reírse entre amigos de mi estupidez. Pero eso, lógicamente, me da igual. Lo que me quita algo el sueño, es que estoy rodeado de gente dispuesta a exigir sin ofrecer. Me entristece saber que es más probable cruzarme con alguien egoísta que generoso, alguien ensimismado en sus únicos y exclusivos intereses que alguien capaz de hacerte partícipe de los suyos.

Hace algún tiempo, fui testigo indirecto de una de las historias más penosas que jamás haya podido escuchar. Uno de esos momentos en la vida, que marcan un antes y un después. De esos que te hacen pensar, pensar de verdad.

Una hija, afligida por la injusticia y el desazón, se dirige a su madre desconsolada, repleta de lágrimas. Su infortunio ha decidido volver a hacer acto de presencia para recordarle lo complejo que tiñe de ruina cada paso en su vida. Una vez más, lo que parecía un proyecto de futuro serio y consolidado, se torcía ante sí para mostrarle la más cruda de las realidades. No sólo estaba equivocada, sino que ahora era ella quien estaba ahí destrozada, mientras su inminente enemigo se regocijaba en su triunfo. No podía pasarle más que a ella. No aprendo, repetía entre llantos de amargura. En definitiva, uno de esos dramas tan difíciles de aceptar.

Su madre, impasible y paciente contertulia, escuchaba atentamente tan lamentable situación. Con ese cariño que sólo ellas son capaces de ofrecer, pañuelo en mano, secaba en silencio las lágrimas que bañaban las sonrosadas mejillas de su derrotada hija. Una mirada comprensiva y tierna, acompañaba sutil los pocos gestos puntuales de aprecio y ánimo con que demostraba su imperturbable atención. La tranquilidad propia de la sabiduría y la experiencia al servicio de su vehemente pequeña.

La razón por la que cuento esto no es otra que la impactante reacción de su madre.

Cuando su hija pareció vaciar el baúl de la tristeza, esta madre supo entender su momento y se dirigió a ella con voz pausada, afectiva y firme. Tu problema, hija mía, es que eres demasiado buena. No puedes ir por ahí así. La gente se aprovecha de ti. Tienes que pensar más en ti y tener un poco más de maldad.

¡Espectacular! Seguro que a ninguno os ha sorprendido, del mismo modo en que reaccioné yo. Sin embargo, el tiempo jugó su papel y asimilé lo peligroso de tal respuesta. No critico a una madre por querer lo mejor para su hija. No. Nos critico a todos, critico a la sociedad por permitir que esa sea la única reacción posible. Por acorralar a esa madre hasta el punto de desearle a su hija mayor maldad. ¿Somos conscientes de lo que ello supone? Puede que esta conclusión suene algo desproporcionada, pero os aseguro que no querría verme en esa situación. Y lo peor, es que estoy seguro de que la única razón por la cual aún no me he visto ahí, es porque no soy padre. Hubiese reaccionado exactamente igual, y eso es lo que me asusta y entristece a partes iguales.

Pues bien, a aquellos que hayan aguantado hasta el final de este lamentable conjunto de palabras, os diré algo. No os dejéis llevar por una sociedad infectada de negatividad y desleal competencia. Si vuestro interior os pide recibir al vecino con una sonrisa, desearle los buenos días en el ascensor o ayudar a la viejecita del quinto a bajar el carro de la compra... ¡Hacedlo! No os desaniméis si vuestros gestos son ignorados, malinterpretados o reprochados. No. Sabemos que lo realmente importante es la sonrisa con la cual uno se va a la cama. El silencio de conciencia necesario para dormir placenteramente. No sé por qué, pero sigo creyendo en que más allá de lo que la vida nos tenga previsto deparar, será mucho más llevadero si va acompañado de buenas sensaciones.

Haced una prueba, cuando vayáis a un comercio, dirigíos al dependiente como si lo conocierais, con una sincera sonrisa y un contundente saludo. Tratadlo como os gustaría que os trataran a vosotros. Sólo eso. Ni más ni menos. Con respeto, eso sí, y sin invadir la intimidad de nadie. En definitiva, con educación. Esa palabra casi obsoleta que, fruto de la evolución, ha derivado en una versión más madura y perversa de sí misma, maleducado. Una de las palabras más empleadas, curiosamente entre maleducados. Paradojas de la vida. Volviendo a mi sugerencia, mi experiencia personal es que, salvando algunas esporádicas excepciones, suelo salir del comercio con una sonrisa aún mayor que aquella con la que entré. Os lo recomiendo. Es una sensación brutal. ;-)

Dicho esto, confío en que estas reflexiones que deambulan en mi inquieta cabeza, nos sirvan a todos para pensar un poco más acerca de lo que representa nuestro día a día, aquello que nos convierte en lo que somos y en lo que nos gustaría realmente ser; que, con matices, nos une en torno a un mismo objetivo, ser felices.


miércoles, 26 de junio de 2013

El libro_p05


Capítulo 5

20 de Abril del 90.
Hola, chata, ¿cómo estás? 

¿Te sorprende que te escriba? 

Tanto tiempo es normal. 

Pues es que estaba aquí solo, 

me había puesto a recordar, 

me entró la melancolía 

y te tenía que hablar. (...)

Cantaban los Celtas Cortos en una de sus canciones más famosas. No podría decir que fuese una coincidencia, pero desde luego sí que se convirtió en uno de esos recuerdos que marcan una época de tu vida. Cada vez que sonaba tan curiosa melodía, no podía evitar el cúmulo de similitudes que asaltaban mi desordenada cabeza. Esa mezcla agridulce de melancolía y buenos deseos. Una carta dedicada a aquella bonita compañera que, con el paso del tiempo, había decidido abandonar su vida, sin dejar el más mínimo rastro. Un recuerdo amable destinado a cambiar un presente insuficiente y tornarlo en un futuro mejor. Un hito en el camino, una piedra angulosa capaz de frenarte para siempre o desviar tu sino hacia el destino que nunca soñaste, pero que siempre supiste anhelar.

Desde luego, este tipo de acontecimientos, suponen un riesgo excesivo en cualquier experiencia vital. Son situaciones tan intensas y emotivas que resultan difíciles de asimilar, y por tanto nos trasladan peligrosamente al mismísimo filo de la navaja, nos envían directamente a ese precipicio infinito en el cual, una delgada y tambaleante cuerda es nuestra única esperanza de mantenernos vivos. Tan sólo la paciencia, el equilibrio personal y el apoyo de nuestro entorno pueden acercarnos al milagro que nos aleje del desastre. Son momentos delicados en los cuales la más mínima racha de viento o contratiempo nos depararía una caída atroz.

Pues bien, quince años de aparente felicidad y una familia unida fueron mis únicos recursos defensivos ante la noticia que agitó todos los cimientos de mi recién iniciada existencia. Meses de pruebas médicas, analíticas varias, suposiciones, teorías tan diversas como erróneas, así como un compendio inabarcable de consejos de catálogo, sin fundamentos, se vieron derogados ante la fatídica decisión de mi equipo de diagnóstico.

Tras descartar desesperados todo tipo de enfermedades raras y desconocidas para mí, que incluso llegó a incluir entre risas una que llevara mi nombre, qué paradoja; por fin, la visita al hospital nos aportó algo más que dudas. La conclusión a la que pudieron llegar fue bastante sencilla y descorazonadora. Mis síntomas respondían inevitablemente a mi enfermedad. Sí, tal cual. Infinidad de similitudes pero ninguna coincidencia. Estaba ante una de las mayores incógnitas a las que jamás me había podido enfrentar. Sólo que en este caso, me resultaría bastante más complicado eso de despejarla.

Mis médicos no daban crédito a mi particular afección. Emplear palabras como frustración, dudas, cansancio, desazón, incluso la ausencia en todos los sentidos de crédito, sería poco para describir el ambiente reinante aquel día en mi habitación.

Nunca pensé que un homenaje pudiera tornarse en algo tan extraño como macabro. Mi nombre, mi historia, mis idas y venidas, todo yo... se veía de un día para otro asociado a aspectos tan negativos como dolorosos. Resulta muy difícil estar preparado para algo así, un duro golpe capaz de hundir al más fuerte, despojarte de toda esperanza y sumirte en el más cruel de los silencios. Un vasto vacío infinito en el cual parece no existir apoyo o descanso alguno, más que pura y desoladora soledad. Aislamiento, sin más.

Fueron muchos los días que permanecí en ese estado casi catatónico, intentando en vano escuchar las forzadas palabras de ánimo que se oían a mi alrededor, como un lejano susurro, débil, titubeante y triste.

Sin embargo, y de repente, la vida irrumpió en mí con tal fuerza que la oscuridad y el desierto emocional en el que me encontraba, se vieron inundados de una profunda y deslumbrante luz. La luz de la ilusión y el optimismo. En ese momento entendí que mi desgracia, escondía tras de sí mi principal esperanza. Si me enfrentaba a una enfermedad tan desconocida como imprevisible, contaba con una gran baza a mi favor, ¡todo es posible! Tanto lo peor como lo mejor. Y desde luego, mi vida no estaba ahora preparada para más desgracias, así que era el momento de creer en ese equilibrio que muchos defienden, para confiar en que de un modo u otro, me tocaba empezar a subir.

Una inmensa oportunidad para redescubrir el mundo, volver a empezar. Al fin y al cabo, ¿no es eso la vida? Un continuo aprendizaje en el cual comprender aquello que te rodea hasta entender aquello que te compone. Pues sí. Eso es. Nada había cambiado realmente, eran los demás quienes no podían asimilar lo que yo encerraba, pero nadie me había dicho nunca que mi existencia dependiera de ello, esa era una labor que me correspondía íntegramente a mí. Esa, afortunadamente, era mi responsabilidad, y era entonces cuando comenzaba a ejercerla.

Desde ese día, no habría más llantos melancólicos ni tristezas asociadas a lo que pudo ser y no fue. Cada sonrisa, cada lágrima, cada ojera y cada carcajada servirían, para siempre, a lo que estaba por venir. A aquello que me había sido permitido disfrutar. En definitiva, a vivir.

Lo primero que hice fue devolver a mi familia una de tantas muestras de cariño leal y desinteresado con que me habían agasajado durante todos estos meses. Me levanté de la cama de un salto, repleto de ganas y alegría, me adentré en el dormitorio de mis padres y de un certero brinco me planté entre sus brazos. Sólo mi emoción y una interminable sonrisa pudieron acallar el amago de infarto con que se despertaron mis atónitos progenitores. Se habían acostado con la amargura y zozobra como únicas compañeras de alcoba, para despertar al día siguiente rodeados de toneladas de ilusión y júbilo. Todo ello, sin olvidar lo que supone en su estado original que sean los ininteligibles gritos de su hijo quienes interrumpieran su obligado y esquivo idilio con Morfeo.

Escasos segundos de angustia dieron lugar a un festín de abrazos y lágrimas que no pudieron sino despertar al “empanado” de mi hermano, quien aún con los ojos pegados por sus inmensas legañas, se contagió de tal entusiasmo y felicidad emulando mi anterior acrobacia con igual puntería.

Desde aquel día, la congoja y la pena, darían paso a la mera incertidumbre, en el más amplio y optimista sentido de la palabra. En mi caso, mi principal motor, en el suyo, su mayor preocupación. Pero desde luego, sin duda, la mejor de las noticias.

Poco a poco, fui reencontrando mi bienestar previo a aquel fatídico desvanecimiento en el patio del colegio. Llevaba meses apartado del mundo que un día creí como mío. Por tanto, una de mis primeras tareas consistía en recuperar el tiempo perdido y ponerme al día con mis deberes. Nunca pensé que pudiera disfrutar tanto de esos ejercicios. Cada ecuación, cada fórmula, cada relato y cada vocablo extranjero suponían un nuevo peldaño en mi peculiar pero necesaria ascensión. No sin las correspondientes quejas de mi hermano, quien ajeno a todo lo que fluía por mi interior, se enfadaba ante el interés con que me enfrentaba a todo lo que él parecía odiar.

En paralelo a mi búsqueda del conocimiento infantil que se me presumía, la edad y el tiempo libre hicieron que me aficionara de nuevo a la lectura, eso sí, con las dificultades que eso suponía. La alimentación también jugaba un papel fundamental. Habían sido meses muy complicados en una etapa de crecimiento fundamental. Mi exagerada delgadez evidenciaba aún, aquellos problemas de los cuales mi mente ya había logrado desprenderse. Fue un verdadero placer recuperar el apetito voraz con que deleitaba a todos meses atrás. Sentir ese baile de sabores que amenizaba cada degustación. Consciente de cada centímetro de mi lengua, cada matiz aderezado por su correspondiente aroma. Un festival de sensaciones que nunca debí olvidar.

El proceso de regeneración mental dio lugar, poco a poco, a una recuperación ejemplar. Los días traían consigo fuerzas renovadas. La báscula confirmaba con exactitud lo que mi sonrisa ya anunciaba previamente. Las facciones de mi cara reivindicaban su hegemonía original. Mis ojos volvían a ser el fondo de una cavidad repleta de ilusión y alegría, que difícilmente compartía su lamentable pérdida de eficacia.

Afortunadamente, esa pérdida parcial de visión no me impedía observar con esperanza los grandes avances alcanzados en mi proceso de puesta a punto. El lado positivo de este tipo de evoluciones radica en la consciencia de un pasado fatal ante un presente más que prometedor. El dilema del vaso de agua, resulta más sencillo cuando el proceso es de llenado y a mitad de camino nos planteamos el estado del mismo.

Aún quedaba mucho recorrido por andar, pero la distancia alcanzada suponía un verdadero abismo para mis vigorosas facultades.

Este era mi momento y la impaciencia se apoderaba de mi con la vehemencia de un adolescente encerrado. Cada mañana, atormentaba sonriente a mi santa madre, ansioso por adentrarme nuevamente en la jungla urbana en la que me crié y en la que me recordaba con gran maestría. ¿Por qué no iba a poder valerme por mi mismo ahora? Mi inmadurez, más peligrosa que mi ceguera, me impedía ver peligro alguno tras el desafiante umbral de mi puerta. La rutina adquirida en los desplazamientos domésticos de mi controlada vivienda, acrecentaban aún más mi pletórica valentía, ajeno quizá al complejo mundo al cual pretendía enfrentarme.

  • Mamá, ¿cuánto queda?
  • No empecemos, ¡eh!
  • Vale. No te preocupes. No empiezo. Sólo era por saber si quedaba mucho. Nada más.
  • La madre que te parió, que soy yo. ¡Mira que eres pesado! - me decía mientras me dedicaba una de sus tiernas y cuidadosas sonrisas.
  • Bueno, tampoco es para ponerse así. Son ya casi las diez de la mañana y sólo te lo he preguntado un par de veces. - mi pícara mirada se cruzaba con su sorprendida expresión de paciencia infinita – Está bien, quizá más que un par, puedan ser varias docenas. Pero es que llevo ya más de dos horas en pleno ajetreo. Es normal que se me olvide algún que otro dato. Jajaja.
  • Jajaja. ¡Qué rollo tienes! Déjate de pamplinas, suelta el jamón de la nevera y ponte a estudiar, que es lo que tienes que hacer.
  • De verdad mamá, no sabes apreciar el placer de mi compañía.
  • Como no te sientes de una vez, vas a ser tu quien no disfrute más de mi presencia.
  • ¡Ofú! Pues nada, me voy. Solitario y abandonado me dirijo a mi tarea.
  • ¡Qué víctima eres! ¿A quién habrás salido? Porque está claro que a mi, que llevo todo el día sudando la gota gorda para levantar a esta familia, no. jajaja. - se reía mientras con un delicado guiño me invitaba cariñosamente a seguir con los deberes.

Y así, entre discusiones y carcajadas, nos hacíamos compañía mutuamente para llevar lo mejor posible un encierro tan agobiante como divertido. Un conjunto de paredes indisolubles que se erigía ante nosotros como la gran fortaleza que nos defendía de un entorno hostil y un miedo interno que se deslizaba sigiloso entre bambalinas.