viernes, 14 de septiembre de 2012

Concurso, luego pienso (7/14)


5. Saneamiento

Ante la fallida embestida con la que afronté el día anterior, esta vez decido asegurar, centrarme en recopilar los pasos que hasta ahora podríamos considerar en firme, enumerar las ideas que hemos establecido ya como nuestra verdad y que deben ser aceptadas por el grupo como campamento base; un punto de partida sobre el cual avanzar, desechando todo aquello que podemos considerar prescindible.

Es entonces cuando me descubro sorprendido y orgulloso a partes iguales, consciente de que este tiempo atrás no ha resultado para nada en balde. Cuando enumero los hitos de proyecto que hemos detectado y debatido en las pasadas reuniones, empiezo a constatar algo que ya sospechaba al inicio de esta aventura: estoy aprendiendo a marchas forzadas sobre mi ciudad y mi profesión. Un curso avanzado e intensivo. Ese descubrimiento hace que todo lo demás merezca la pena.

Los citados hitos se definen como sigue:

Hitos de proyecto.

1- Puerto.
Sin duda una de las claves de esta ciudad y por ende del proyecto. No sólo supone un extremo en nuestro ámbito de estudio, siendo por tanto origen y final al mismo tiempo de una actuación que cambiaría la esencia de toda una urbe, sino que su localización y su influencia histórica han condicionado durante muchos años la identidad ciudadana. Con origen en la fundación fenicia de la ciudad, se le atribuye esta componente mercantil ya desde el siglo X a.C. Por tanto, cualquier iniciativa que nos planteemos deberá contar con la zona portuaria como eje principal de la propuesta.

2- Soterramientos.
Una de las soluciones más interesantes de cara a la reordenación del tráfico es aprovechar una idea ya testada en estas mismas condiciones y que nos permitiría facilitar la entrada y salida de los usuarios, sin por ello perjudicar la estancia de aquellos que permanezcan en sus calles. Parece fundamental ofrecer un nuevo espacio público en la orilla del río para invitar a los ciudadanos a apropiarse de un área tan suyo como el resto, derribando así barreras históricas y no siempre tan psicológicas.

3- Punto de inflexión.
Hablar de soterramiento supone hablar de un punto de inserción y otro de salida. Es decir, analizar en qué punto se supone que deberíamos acometer el enlace viario con la superficie. Esta conexión deberá respetar en lo posible la estructura viaria existente para no interrumpir los flujos correctos ya existentes. Además, la longitud exacta de soterramiento deberá ser analizada con especial interés, dado que a mayor longitud mayor serán las necesidades de implementar el número de entradas y salidas intermedias, con los consiguientes nudos de circulación que se generan en cada punto.

4- Punto de ruptura.
Actualmente la ciudad presenta una peculiaridad muy característica a la par que inapreciable por la mayoría de visitantes. La entrada principal desde la autovía se realiza de forma intuitiva y directa a través de un bulevar de doble carril por sentido de circulación. Sin embargo, a partir del estadio de fútbol, este bulevar se bifurca e invade ambas orillas, mediante una transición no tan intuitiva y por tanto conflictiva. Para que nos entendamos, es como si viniésemos por una cremallera cerrada, hasta que alcanzamos un punto en el cual la cremallera aparece abierta sin previo aviso. Para mayor desconcierto, se da la circunstancia, además, de que el viario intuitivo y agradable por el que circulamos continúa traicionero hacia el mismísimo caos, adentrándose peligroso en el seno del centro histórico, calles laberínticas mediante.

5- Jardín botánico.
Si antes hablábamos del puerto como uno de los extremos de esta actuación, podríamos aplicar sin duda la misma definición para este referente urbano, este atractivo turístico agraviado por una localización alejada y unos accesos tan complejos como poco promocionados. Por tanto, parece evidente que una de las principales bazas de esta actuación debe ser la integración del aclamado vergel. Un oasis de vegetación entre tanto asfalto y hormigón que, desgraciadamente, no logra formar parte del quehacer diario de nuestros vecinos.

6- Presa.
La contundente imagen que supone un muro de casi cien metros de altura en las inmediaciones de una ciudad tan plana como la que nos atañe, podría llegar a convertirse en un símbolo del miedo aterrador hacia los crecientes desastres naturales que arrasan, cada vez con más frecuencia, la corteza terrestre. Pese a los estudios técnicos que afirman la sobrada seguridad encerrada tras la muralla, no son pocas las voces que recuerdan accidentes similares que podrían justificar su eliminación o, al menos, incitar su reducción para disminuir con ello el riesgo asumido con su creación. Más allá del dilema técnico, no cabe duda que su reducción podría ofrecer grandes recompensas a la ciudad; entre otras, la creación de un nuevo parque a modo de balcón-mirador hacia el horizonte urbano y el lago natural que se generaría.

7- Alternativa técnica.
Otra de las opciones que se han barajado a lo largo de estos años de análisis y discusiones, es la restitución de la antigua presa, cauce arriba, permitiendo con ello un control previo que facilitara el funcionamiento de la nueva presa reducida. Para ello, se plantea también la posibilidad de generar otras dos presas intermedias para lograr un descenso gradual del agua embalsada. Dejando nuevamente de lado los pormenores técnicos de esta afirmación, se trataría de una atractiva concatenación de pequeños embalses que, dado en el entorno en el que se situarían, supondrían un nuevo reclamo para los usuarios de esta ciudad.

8- Reforestación.
Cuando uno analiza la historia del problema que nos atañe, la principal conclusión en la que todos coinciden, es en la causa. Las ciudades antiguas fueron siempre inevitablemente asociadas a un aporte de agua natural, en forma de río o embalse. La nuestra no fue diferente, de ahí su conexión al mencionado trayecto fluvial. Hasta aquí todo parece seguir un guión tan común como estándar. Es cuando mencionamos la evolución territorial del entorno inmediato, cuando detectamos una pequeña mella en el discurso. A raíz del reparto de tierras entre los conquistadores, acontecido en los inicios del siglo XVI, se comenzó una modificación masiva de la estructura superficial de la cuenca del río. Los extensos cultivos escondían una deforestación igual de extensa y agresiva. Sin recapacitar acerca de sus posibles consecuencias, se fueron eliminando hectáreas de arboleda con la excusa de alimentar a los ciudadanos. El uso del término excusa no es gratuito ni azaroso, sino que refleja un interés individual de enriquecimiento, ánimo de lucro, por parte de los terratenientes, que fomentaron con su imprudencia la impermeabilidad de una cuenca cada vez más deteriorada y peligrosa. La falta de absorción de unas tierras devastadas, supone un creciente aumento del caudal del río, así como de la virulencia de este. Los torrentes se volvieron cada vez más frecuentes y los días de lluvia no podían ser amortiguados por una tierra absorbente ni una amalgama de copas de árboles.

Por el contrario, las precipitaciones continuadas derivaron en un cauce descontrolado y sobrepasado. Las inundaciones no tardaron en llegar. Y con ello las tragedias. Por tanto, revertir esta situación debe llevar adherido la reforestación como emblema de campaña. No puede ser una solución inmediata ni cortoplacista, pero sí debe acompañar las reacciones que se generen para aportar cierta duración a estas iniciativas. Pensar en corto plazo sin prever el medio y largo plazo, es hipotecar el futuro de nuestras ideas. Condenarlas al fracaso antes de darles, siquiera, la oportunidad de triunfar.

9- Parque.
Una vez recorrido todo el ámbito de actuación, resolviendo los problemas tangenciales que en él acontecen, es momento de acometer el principal dilema del concurso. Intervenir sobre el cauce bajo la presa para contribuir a su integración urbana. Todos coincidimos en que la oferta de espacios públicos y vegetación es la mejor de las opciones para una ciudad acusada de adolecer de mayor cantidad de áreas con estas características, especialmente en la zona centro. Sin embargo, esto no es sino el principio de una ardua tarea. Definir este espacio como parque, sólo nos invita a pensar en una determinada dirección, sin por ello establecer las claves del ansiado diseño. Las dudas se mantienen en aspectos tan importantes como la cota, la presencia o ausencia de agua, el límite variable o invariable de cada sector, etc.

Al analizar el devenir del río por la ciudad, se detectan diferentes contextos, perfectamente reconocibles, que invitan a una solución cambiante pero unitaria. Una manera de absorber tales diferencias e inducir a una integración global, tan necesaria como compleja. De hecho, este se ha convertido en uno de los principales motivos para el fracaso reiterado de nuestras propuestas. Las ideas podían responder positivamente al área concreta en el que había surgido pero empezaban a mostrar sus deficiencias conforme las trasladábamos a lo largo de los seis kilómetros que debemos ordenar. No nos engañemos, sabíamos de lo complicado de este concurso antes de aceptar el reto. Desgraciadamente eso no nos exime de sufrir sus consecuencias. Necesitamos una idea tan ecléctica como su motivo, pero sin olvidar que una de las premisas de partida era lograr la unificación de este accidente geográfico heredado por la trama urbana.

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Como cabría esperar, con los argumentos redactados se escapa parte de mi vitalidad. El cansancio extremo que oprime mis sienes me recuerda lo extenso del día que comienza a expirar. Una señal que no puedo obviar. Necesito continuar la meditación desde una horizontalidad que me permita compartir mis pensamientos con la calidez de mis sábanas y el placentero soporte que me proporciona la almohada.
En este tipo de carreras de fondo, tan importante es el ritmo de trabajo como la frecuencia y duración de los descansos. Suena a frase hecha, pero es una de las múltiples verdades que uno aprende en nuestra bella carrera. Las noches sin dormir son sólo soluciones extremas a problemas ya inalcanzables. Lo correcto, sin duda, aprovechar las horas de concentración y resetear el sistema para retomar nuestra tarea con más fuerza e ilusión.


Continuará... (Parte 7/14)

viernes, 7 de septiembre de 2012

Concurso, luego pienso (6/14)


4. Albañilería


Entre pensamientos, dudas y ojeras transcurre una semana crucial. Han llegado el día “D” y la hora “H”. Estamos todos ahí, menos uno. La verdad es que la puntualidad nunca fue una de nuestras grandes virtudes, de ahí que el retraso se asuma con total normalidad. Pese a ello, somos perfectamente conscientes de que se trata de un día especial, no podemos continuar con el plan marcado, salvo que estemos los cuatro. Por esta razón, decidimos llamar al cuarto integrante, el cual tras un sin fin de disculpas, nos confirma que no podrá asistir hoy. Un malentendido telefónico y una inoportuna reunión se han convertido en las causantes de este nuevo contratiempo. Sólo el buen rollo reinante nos permite aceptar la noticia con una sincera sonrisa y un par de bromas hirientes hacia el inesperado ausente.

Ante las nuevas circunstancias, el equipo decide avanzar en el análisis de la ciudad y plantear las alternativas propuestas por cada uno de los tres asistentes hoy, de cara a un primer intento por encontrar un acuerdo global.

En esta línea, vamos exponiendo nuestras ideas, con la firme esperanza de coincidir en nuestros argumentos y facilitar con ello el desarrollo de la reunión.

Tres horas más tarde, la principal sorpresa reside en que estamos completamente de acuerdo: no tenemos ni idea de qué hacer aún. Todo se nos va en buenas intenciones. Pero nos faltan muchos datos para poder descartar alternativas.

Aunque esta tarde me deja una frase que intentaré recordar siempre, una afirmación tan simple como real, una gran verdad que ayuda a entender mejor las cosas. Una revelación que nos brinda uno de nuestros compañeros y que se une al conjunto de lecciones que consigo extraer de esta inspiradora experiencia.

Esta vez me enseña que no debemos anular la ilusión de los demás, por muy en desacuerdo que estemos, sino empatizar con ellos para juntos encontrar la mejor solución, ayudarles a pulir su planteamiento en función de nuestra crítica:

Es muy fácil destruir pero muy complicado ayudar a construir.

Así que, tras horas de deliberación y buenos ratos, aderezados como de costumbre con divagaciones varias, podríamos decir que estamos casi como empezamos. Sólo hay una diferencia fundamental, tenemos aún más claro que debemos seguir investigando acerca de la ciudad en su conjunto, sus relaciones históricas y actuales con el río, las peculiaridades técnicas implícitas en cada propuesta de futuro. Sin olvidar que un día completo de trabajo produce grandes esbozos que, siempre y cuando seamos capaces de aislar entre la morralla, nos proporcionan algo de luz entre la supuesta oscuridad en la que abandonamos el estudio.

Más de doce horas de trabajo empiezan a pesar en el interior de una cabeza a punto de estallar, eso sí, por voluntad propia. Es decir, hemos renunciado al derecho al pataleo de antemano. Sólo queda dormir y confiar en que mañana el amanecer venga acompañado de un poco de inspiración y un mucho de ilusión y ganas.

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Sin duda es así, el alba no defrauda a nadie. Las legañas aprovechan unas más que evidentes ojeras como trincheras en el campo de batalla en que se convierte el lavabo. No encuentro la manera de abrir por completo mis ojos. Entre el sueño, el cansancio y los escasos minutos que llevo en este nuevo día, todo parece dispuesto para evitarme el primer sobresalto de este sábado, o quizás domingo, desde luego confío que no lunes. No sabría decir siquiera si es de día o de noche. Mis necesidades fisiológicas han decidido interrumpir mi idilio con Morfeo.

Evidentemente se trata de una decisión unilateral en la cual no me siento más que un mero intermediario, un medio para lograr un fin tan necesario como inapropiado. De hecho, sigo pensando que hay una parte de mí que continua entre sábanas y almohadas. Los intentos en vano por ver algo más que luces borrosas que me taladran el cerebro e incentivan mi creciente desorientación, me invitan amablemente a hacer uso de una de las mayores lecciones aprendidas a lo largo de mi periodo académico: cuando veamos el mismo muro una y otra vez frente a nuestro camino, es momento de alejarse para encontrar las fuerzas requeridas para franquearlo.

Conclusión: Morfeo, ¿dónde lo habíamos dejado?

Ahora sí, mis párpados recuperan su ligereza habitual, mis ojos parecen filtrar adecuadamente la luz y el agua del grifo ha abandonado su repentina acidez.

- Esto marcha - me digo convencido.

Mi velocidad de movimientos recuerda al autentico rey de la selva, ¡qué espectáculo!. No, no me refiero al león africano. Por desgracia, me centro más bien en la selva sudamericana, y en vez del poderoso felino depredador, un parsimonioso perezoso. Así es, cada trayecto que realizo transforma mi diminuto apartamento en la mayor de las mansiones victorianas. A veces me encantaría poder huir de mi cuerpo para observarme incrédulo a lo largo de mi majestuosa hazaña: un pasillo de cinco metros en más de quince minutos. Probablemente tendría tiempo incluso de ir a comprar una cámara de video para constatar tan lamentable cualidad, antes de detectar mi peculiar disociación.

Por suerte, la disociación voluntaria no es una de mis escasas virtudes, así que me conformo con el reloj como única prueba de mi preocupante lentitud. Afortunadamente, son veintisiete años ya los que he compartido conmigo mismo, así que es difícil sorprenderme.

Mi esfuerzo ímprobo da resultado y alcanzo victorioso la habitación del ordenador. Me dispongo a leer el periódico, consultar la actualidad de mis redes sociales y vagar libremente por la red mientras mi cuerpo termina de espabilarse. Me plantearía desayunar algo antes de ducharme, pero si no me fallan las cuentas, ya llego tarde al almuerzo, así que mejor me planteo cómo nutrirme.

El deambular virtual se antoja menos aleatorio que de costumbre. El standby en que se mantienen mis neuronas a lo largo de la noche se evidencia en una búsqueda intencionada de lo que entiendo, puede contribuir a la constitución de una estrategia proyectual en el río. Varios artículos interesantes, un par de imágenes de ciudades concretas y un artista inspirado, acaban por transportarme hasta un bosque del noroeste norteamericano. Un conjunto de piedras alineadas y milimétricamente colocadas que evocan un río inexistente pero conceptual. Un acto repleto de arte y simbolismo que despierta mi lado más abstracto, ese capaz de teorizar sobre elementos tan cotidianos como inverosímiles.

Los siguientes minutos transcurren con mi cuerpo entre los fogones, aunque mi mente continúa colocando piedras manualmente canteadas a lo largo de una línea tan imaginaria como esta propia acción. En un primer momento puede resultar trivial, gratuito o excesivamente artificioso, pero en el fondo esconde una deslumbrante brillantez, la capacidad de invitarme a pensar, soñar, diseñar.

Empiezo a tejer mi tela de araña de nuevos horizontes. Creo un nuevo hilo conductor sobre el que fundamentar mi discurso conceptual. Ofrecer a los ciudadanos el río que tanto añoran sin necesidad de inundar su cauce. Sanar una herida sin necesidad de taparla, sin recurrir a la sutura como mecanismo de cierre. Ante estos casos, lo más peligroso es dejarse llevar por la inmediatez que trae consigo la reacción definida como el acercamiento de orillas. Cuando se abre una brecha de cualquier tipo entre dos elementos previamente unidos, lo primero es intentar recuperar su estabilidad y cohesión anteriores. Para ello, volver a juntar sus extremos o rellenar el nuevo vacío para recuperar el continuo original, son las dos alternativas que podríamos plantearnos.

Sin embargo, una nueva opción acaba de llamar a mi puerta. ¿Por qué no recurrir a una intervención dirigida, por el contrario, a la brecha social, emocional, sin necesidad de ocultar una deformación natural nada vergonzosa? Si objetivizamos esta cuestión, descubrimos que el problema reside en su componente más subjetiva, dado que un accidente geológico no es más que otra característica natural de las muchas que conforman nuestro territorio. Es lo que esta aparente imperfección genera en la conciencia colectiva lo que realmente podríamos calificar como un problema. Por tanto, quizás no sea tan surrealista o desacertado centrarse en la manera de entender la fisonomía de la ciudad por parte de sus usuarios. Atacar sus emociones y su forma de mirar.

No tengo claro si debo actuar de una forma o de otra, pero me alegra haber encontrado un objetivo claro, solucionar un trauma social que afecta a la percepción ciudadana del entorno. Para empezar, acabo de definir la meta, un fin. Sólo falta dilucidar cuales son los medios más apropiados y eficientes para llegar hasta él. La sonrisa reaparece triunfal, mezcla de la satisfacción asociada a este descubrimiento y a la imagen que supone verme devorando la causa del festival de olores surgido con el abandono de la cocina.

¿Qué mejor manera de alimentar mi intelecto que con un cóctel de inspiración y nutrientes?

Desconecto temporalmente, gracias a la inestimable ayuda de lo que algunos denominan la “caja tonta” mientras yo he de reconocerla, inevitablemente, como parte de mi vida. No creo en la estupidez de los elementos, sino en la de sus usuarios. En mi caso, esta pseudo-estupidez me aporta el necesario “descanso del guerrero”. Un apetecible parón en el cual alejarme, una vez más, de mis pensamientos para volver en breve con más fuerza.

Lo prometido es deuda, ha llegado la hora de reavivar las cenizas candentes para afrontar un nuevo asalto en el combate que libro por una ciudad mejor.

Una vez definido mi objetivo, sanar un trauma social bien arraigado en nuestra memoria, prosigo con el enfoque simbólico del proyecto. Aprovechando la investigación generada para la ejecución de mi Proyecto Final de Carrera, activo mi cerebro en clave abstracta. Si algo he aprendido en este tiempo, es que quizás la mejor manera de hacer frente a aspectos de tipo psicológico, es actuar del mismo modo en que se producen los problemas, solventarlos a través de una actuación física capaz de generar emociones.

Empiezo a pensar en el río como un elemento de separación urbana, un muro horizontal que deprimido se eleva por encima de todos los ciudadanos. En esta línea argumental, me empieza a resultar de gran interés recurrir a su antihéroe, erigir un autentico muro que desde su evidente verticalidad genere un efecto de horizontalidad en las mentes de sus usuarios. Un muro que simbolice esta vez la unión entre dos mundos ubicados tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Se suceden los bocetos sin sentido, sin orden ni concierto. Intento que el lápiz transmita unas sensaciones tan sugerentes como esotéricas.

Como no podía ser de otro modo, al cabo de un rato me descubro exhausto y absorto en ideas irrealizables. Pese a que el fondo de mi razonamiento pueda resultar inspirador, no es un camino coherente para alcanzar un proyecto tangible y físicamente realizable. Como poco, puede reforzar el discurso generador del diseño definitivo. Así que abandono este planteamiento, para albergar nuevas esperanzas de éxito.

Reviso actuaciones similares ya debatidas anteriormente en el seno del equipo. Esta vez, analizo aspectos más banales pero igual de importantes. ¿Cómo resuelven el tránsito entre río natural y río modificado en el ejemplo de Niza? Ellos han optado por el embovedamiento, y he de reconocerme a favor de esta iniciativa. La pega: actualmente supondría un coste tan alto como innecesario. Pese a que desde el principio fue una de las ideas que resonó con más fuerza en mi interior, me mantengo fiel a mi compromiso profesional de valorar todas las opciones por igual.

Llego a pensar, incluso, que esta solución debería llevar años ya ejecutada. Es más, no creo que pertenezca a un equipo de arquitectos la responsabilidad de acometer una actuación tan técnica como justificable. Es el tratamiento superficial de dicho embovedamiento lo que debería recaer sobre nuestro gremio. La capa ciudad nos afecta en tanto en cuanto suponga la interacción entre hombre e infraestructura. Lo que ocurra bajo nuestros pies, debe ser tenido en cuenta, sí, pero no me considero, como arquitecto, el más adecuado para interceder en su planificación. Preferiría intervenir exclusivamente en su fachada urbana, aquella capaz de cambiar nuestro día a día.

El cansancio hace mella, este tipo de pseudo-razonamiento con claras trazas de pesimismo y rechazo no muestran sino una necesidad clara de descanso. Puede que refleje, además, un atisbo de frustración, signos de cierta desesperación ante un problema, en ocasiones, demasiado grande para un simple arquitecto. Es entonces cuando se debe parar, recapacitar acerca del trabajo realizado y destacar los aspectos positivos que éste nos ha supuesto. Siempre los hay, más o menos numerosos, pero igual de esperanzadores. Lo suficiente como para dejarnos con buen sabor de boca y animarnos posteriormente a proseguir el camino, con miras a un éxito ansiado y posible.

Una vez más, la noche trae consigo un placentero vacío que genera la organización de ideas meditadas, la negación de los desánimos y la creación de espacio vacante dispuesto a ser cubierto por nuevos debates internos, nuevos planteamientos.



Continuará... (Parte 6/14)

lunes, 3 de septiembre de 2012

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-ur--te el prese-te rel-to i-te-t-ré tr-sl---rles mi i-evit-ble i-terés por ----, es- complej- emoción que surge tr-s l- i--b-rc-ble -use-ci- que -os i--uce, irremedi-bleme-te, - resolver el i-explic-ble --helo por descubrir, e-te--er qué se esco--e tr-s ese v-cío repleto -e -u--s.

U- discurso -eg--o que esco--e u- me-it--o --´lisis sobre el p-pel -e l- ---- e- -uestr-s vi--s. T-- prese-te como ig-or--a, -u-c- est´ -i se l- esper-.

Mie-tr-s m´s sep-mos -e to-o, me-os s-bremos -e ----. M-yor ser´ l- i-quietu- por descifr-r este co-ju-to i-fi-ito -e ----.

¿Qué es l- ---- e- cie- p-l-br-s, si-o cie- p-l-br-s -e ----?

-i-gu-o -i-gu-e- - l- ----, s-lvo que -o h-y- ---- que -i-gu-e-r por -i-gu-o.

´lv-ro Fer-´--ez
“Sólo sé que no sé ----”

domingo, 2 de septiembre de 2012

De vuelta al cole


- Mamá, mamá, ya sé lo que quiero ser de mayor.

- Dime hijo. ¿Qué te gustaría ser? ¿Médico, astronauta, futbolista, policía?

- Que va mamá, yo de mayor quiero ser egoísta, apático, caprichoso, egocéntrico y listo.

- Pero, ¿qué dices hijo? ¿Por qué?

- Porque estoy harto de ser el raro.

Le he estado dando muchas vueltas y me he dado cuenta de que lo más inteligente es potenciar mi estupidez.

En el cole he aprendido que ser inteligente es sinónimo de empollón. Mientras más sabes, más se ríen de ti. Lo importante no es aprender cosas nuevas, sino ser el mejor en fingir que lo haces. En definitiva, ser listo, no inteligente. No eres el más respetado por tus logros sino por tus fracasos. El único acierto que se valora es aquel que proviene de un engaño. Porque claro, si tardo lo mismo en ser honrado que en engañar, es mejor lo segundo ya que no sólo me alza al mejor puesto sino que automáticamente me sitúa por encima de mi responsable.

De hecho, una vez que aprendes a engañar, parece que todo es mucho más fácil. Es más rápido hacer las cosas mal que bien. Además, la inseguridad que implica ese riesgo le aporta algo de picante a la vida y la hace más interesante. Es así como se disfruta la vida, ¿no? Yo no quiero que digan que no he aprovechado la mía.

- Pero hijo, ¿de verdad serías capaz de vivir esa farsa?

- Claro que sí. Al fin y al cabo se trata simplemente de ser feliz. ¿No es por eso, por lo que me dijisteis que luchamos toda la vida?

- Sí, la verdad es que sí.

- Pues ya está. Sólo voy a buscar el camino más corto que conozco. Mientras antes lo logre, mejor.

No pienso dejarme llevar por mis inquietudes, mis ilusiones, mis esperanzas... No. Voy a ser simplemente uno más. Feliz. Normal.

Nunca más me sentiré diferente, nunca más me plantearé por qué. Por fin podré dejar de intentar entender a los demás, dejar de sufrir ante las desgracias ajenas, dejar de frustrarme por mis carencias. Ya nunca más dudaré de mí mismo por la lamentable mayoría que me rodea. Se acabaron los reproches, juicios morales y cargos de conciencia.

De ahora en adelante, me limitaré a pensar en mí. Hacer lo que me convenga en cada momento. Sentirme superior, aunque sea a base de hundir a los demás.

- No puedo creer que estés diciéndome esto, hijo. ¿Qué hemos hecho mal?

- Nada, mamá. Papá y tú, sólo habéis hecho vuestro trabajo. Y muy bien, por cierto. Pero eso no quita que quiera ser feliz. Tengo derecho, como los demás, a ser feliz, ¿no?

- Desde luego que tienes derecho. Pero, ¿qué hay de tus deberes?

- ¿Ves? Como yo te decía, es mejor no pensar.

- Bueno hijo, sigo sin entender qué tiene que ver la estupidez con la felicidad.

- Muy fácil, mamá. Una persona inteligente es temida por unos, envidiada por otros y odiada por el resto.

- Anda ya, hijo. Además, ¿qué más te da a ti lo que piensen los demás? Tú preocúpate por ti mismo.

- Pues eso es lo que quiero mamá, ser egoísta.

- No, hijo. No tiene nada que ver que te olvides de los que te critican, con que seas un egoísta. Es simplemente que no hagas caso a los que intenten cambiarte.

- Ya, mamá. Eso también, apático.

- No. Apático es otra cosa, es no tener ilusión por nada. Dejarte llevar por la vagancia y la falta de interés. ¡Será porque no hay cosas que hacer! Puedes hacer todo lo que quieras, cuando quieras y como quieras.

- Pues eso, mamá, caprichoso.

- ¡Que no, hijo! Se trata de que vales mucho como para malgastar tu talento. Eres muy bueno. El mejor. Es por ello que puedes permitirte dirigir tu vida, sin necesidad de pensar en los demás.

- Claro, mamá. Egocéntrico.

- ¡Anda hijo, que estás tonto! Desde luego no hay quien hable contigo. Será mejor que lo dejemos.

- ¿Ves, mamá? Al final, lo más inteligente es no pensar, no discutir. Por eso, he decidido, a partir de ahora, volverme todo lo estúpido que pueda. Listo.

martes, 31 de julio de 2012

Concurso, luego pienso (5/14)


3. Estructura


Esta semana, como podrían imaginar, transcurre lenta pero esquiva. Los argumentos se entrelazan y alejan sin motivo aparente. Cada nueva variable nos adentra un poco más en el caos en que se están convirtiendo nuestras mentes. Esporádicamente nuestro orgullo lidera a nuestros principales mecanismos de autodefensa, para alumbrar aleatoriamente nuestras ideas, destacando la más insospechada de ellas entre sus tímidas compañeras. No parecemos encontrar el foco adecuado en esta oscuridad.

La desesperación nos guía hacia lo más profundo de nuestro bagaje personal e incluso profesional. Pretendemos que la experiencia ya adquirida nos muestre la senda apropiada. En mi caso, recurro al recuerdo como vía de escape. Sondeo mi memoria en busca de una oportunidad. Me remonto a mi etapa de estudiante para buscar referencias similares que me ayuden en esta nueva peripecia. Un examen rápido entre la infinidad de datos almacenados a lo largo de mis cinco años de carrera. Nada. Seguimos como al principio. Aunque algo más cansados, eso sí.

Ahora es la palabra “Erasmus” quien aparece en escena, seguida de otro bello vocablo “Berlín”, ambos inseparables e inolvidables. Once meses para los cuales necesitaría más del doble de ellos en tratar de explicarlos, siquiera narrarlos, y puede que más de una vida para volver a vivirlos. Un cúmulo de sensaciones positivas y enriquecedoras que asocio inevitablemente a una trama urbana tan peculiar como atormentada, tan tradicional como innovadora, tan cercana como espectacular. Un conjunto de calles que marcará el resto de mi vida.

Intento buscar similitudes y diferencias entre ambas urbes, tarea complicada pero interesante, claro está. Cualquier excusa para retornar a aquellos más de trescientos días, resulta sin duda convincente.

Primer traspié, la ausencia total de medianeras. Hubo una central pero afortunadamente, pasó a formar parte de su extensa e inquietante historia. Podríamos considerar esta lamentable actuación, una versión horrible de nuestra cicatriz aunque tardo pocos segundos en desechar esta vinculación. A todos los efectos excesiva, no hace sino señalarme el segundo candidato a tan peculiar honor.

El río Spree, un caudaloso cauce que recorre la ciudad temeroso de ser descubierto, si bien podría afirmarse sobre él que separa nuevamente esta ciudad y que genera una curiosa e inexplicable animadversión de la traza urbana, no me atrevería a calificarla como herida. De hecho sus más de cien metros de anchura en algunas zonas, su gran cantidad de agua, sus “playas” artificiales incrustadas entre sus estáticas riberas, sus múltiples canales, y una postal que jamás conocí pero todos se empeñaron en transmitirme, como una infinita extensión helada en el frío invierno, invitan a que nos refiramos a él como una gran oportunidad, quizás algo desaprovechada, pero nunca como algo del todo negativo.

El caso es que su pasado sigue perenne en la impronta de esta ciudad con dos mitades que pese a que se hayan logrado entrelazar físicamente, necesitarán muchos más años para disimular sus diferentes orígenes. En este caso, se trata de dos ciudades que aparecen urbanísticamente unidas, contra todo pronóstico. Mientras que, en el otro extremo de Europa, nuestra ciudad podría definirse como una misma estructura que se resquebraja con el paso del tiempo, cual falla entre placas tectónicas. Visto así, me preocupa más la tendencia divergente de mi ciudad frente a la convergencia forzada y ansiada por mi otra ciudad. Así que dejo atrás la euforia impuesta por mi melancolía.

Vuelvo a la cruda realidad. Retomo la búsqueda de referencias que me ayuden a tomar tan difícil decisión.

En esta ocasión, mi caprichosa memoria me traslada a mi paso por la capital inglesa. Algo más de dos meses que contribuyeron tanto a la ampliación de mi bagaje como al fomento de mi admiración hacia la capital alemana. Sí, Londres es una ciudad espectacular y de gran interés arquitectónico y cultural, pero no puedo evitar compararla con mi otra ciudad. Lamentablemente la balanza se desequilibra tremendamente hacia una Berlín en pleno proceso de desarrollo.

Por el contrario, Londres me transmite mayor estabilidad y menor ilusión. No puedo negar la magnificencia de la city, o el esplendor de la nueva zona de negocios. Sin comentarios ante el maravilloso Big Ben, la Tate Modern Gallery o el London Bridge. Grandes actuaciones que conforman un conjunto no menos plausible. No obstante, habrán podido apreciar cómo la manera en que me refiero a ambas ciudades es completamente diferente. Mientras Berlín es descrita por un cúmulo de sensaciones y generalidades positivas, Londres resulta de la acumulación de admiraciones puntuales. Y no es casual, ya que probablemente es en esta diferente percepción donde radica el fondo de mi preferencia. Berlín es una ciudad muy extensa pero tremendamente local, compuesta por infinidad de pequeños barrios conectados pero autosuficientes, que nos invitan a disfrutar lo íntimo sin descuidar lo global. Londres sin embargo, no fue capaz de ocultarme en ningún momento su aura de gran ciudad. No digo que sea un aspecto negativo, pero desde luego sí lastra, en mi opinión, la experiencia de vivir en ella. Este tipo de ciudades son grandes oportunidades para un viaje o estancia temporal, pero desvelan ciertas debilidades a la hora de establecer tu cotidianeidad en ella.

A nivel de estructura urbana, creo que la mejor definición sería la de islotes segregados e inconexos que la propia dinámica de la ciudad se empeña en conectar sin gran éxito. En cuanto a la labor del río, una vez más, aparece como un valor añadido a la ciudad, un separador físico pero no emocional. Un elemento en sí mismo, que hace honor a su dimensión y protagonismo en la trama, absorbiendo gran parte del interés turístico de la capital.

Dicho esto, debo reconocer que me parecería del todo injusto hacer una comparativa más exhaustiva dada la evidente diferencia temporal entre mis dos estancias.

Más allá de estos dos grandes ejemplos de gran ciudad, se me vienen a la memoria todas aquellas ciudades que algún día decidí visitar, incluidas Ámsterdam, Roma, Gantes, Florencia, Brujas, Bruselas, y un largo etcétera alrededor del continente europeo. Es entonces cuando caigo en La Habana, Varadero, Tánger, muestras diversas de procedencia lejana. Cada una responde a un momento concreto de mi vida, sin embargo, es ahora cuando se analizan desde un punto de vista urbanístico. Cada ciudad es revisada bajo un prisma profesional, e intentando asociar estos conceptos técnicos a sus correspondientes reacciones personales, emociones y sensaciones atribuidas a las circunstancias, pero que, sin lugar a dudas, están condicionadas por la arquitectura del lugar.

Quizás en el momento en que viví y disfruté de tan bellos parajes, no era consciente de tal afirmación. Es ahora cuando me traslado de nuevo a esos lugares, consciente de la importancia de esta nueva variable. Muchos consideran esto como un “defecto profesional”, yo, en cambio, prefiero denominarlo una mejora gradual. De hecho, invito a todos a entender las ciudades, en lo posible, como un conjunto de capas independientes pero interconectadas. Es el único modo que conozco de pensar dos veces antes de criticar un alejado parking, una maldita calle peatonal o un interminable semáforo.


Continuará... (Parte 5/14)

lunes, 16 de julio de 2012

Creer en el crear


Con motivo del concurso de microrrelatos publicado por Reeditor (Red de publicación y opinión profesional en la cual colaboro periódicamente), he intentado sintetizar en menos de 100 palabras la esencia de mi profesión.

Confío en que os guste.

Un saludo.

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Creer en el crear

Cien palabras, un relato; cien relatos, un libro; cien libros, una biblioteca; cien bibliotecas, una ciudad...

Mi profesión consiste en ser creativo: lo suficientemente loco como para llamar tu atención aunque lo bastante serio como para mantenerla. Pequeños detalles destinados a formar un todo. Crear todos repletos de detalles.

Por pocas palabras que puedan parecer, no se trata tanto del número como de la intención. Estas noventa y nueve, no son sino una inmensa oportunidad para crear. Dejemos que cada uno elija su palabra número cien: el inicio de su propio proceso creativo.

Mi elección: “arquitectura”. ¿La tuya?

viernes, 13 de julio de 2012

Concurso, luego pienso (4/14)


    2. Cimentación

Los días transcurren sin pena ni gloria, repletos de sorpresas y curiosidades que nos invitan a seguir adentrándonos en las entrañas de nuestra ciudad. Asimismo, cada día supone para mí una clase magistral de arquitectura en estado puro. Mis compañeros adornan las múltiples horas de trabajo con experiencias personales y profesionales que hacen más amena la tarea.

Logramos que nuestro río, ocupe su lugar dentro del territorio nacional, estableciendo una comparativa entre este y sus equivalentes más relevantes. Por ejemplo, fijamos el ancho medio para nuestro objeto de estudio en torno a los ochenta metros, mientras que ciudades como Valencia, Almería y Barcelona, nos ofrecen en esta línea entornos fluviales ya modificados de, aproximadamente, ciento setenta, sesenta y treinta metros, respectivamente. Esto nos facilita el esfuerzo de escalar nuestras ideas a la hora de compararlas con el parque valenciano, el bulevar almeriense o la rambla barcelonesa.

Tras casi un mes de trabajo, el equipo decide hacer recuento de nuestras ideas, con la firme intención de colocar el primer testigo en nuestro proceso creativo, un hito que nos permita recapacitar acerca de la viabilidad del concurso. Uno de los ya mencionados vaivenes que nos muestran la realidad objetivizada y nos invita a la toma de decisiones. Estas se enfocan hacia el calendario que preside la mesa. Nuestro ritmo, algo lento, amenaza debacle si no empezamos a sintetizar las ideas, organizarlas y plasmarlas en papel.

Es el momento de crear un organigrama específico, un reparto de tareas conciso y premeditado. Multiplicamos nuestra efectividad por cuatro. Cada integrante deberá analizar gráficamente uno de los estratos en que se divide toda ciudad y explicar al resto los pormenores de tal estudio.

Definimos cinco esquemas primordiales a estudiar y representar. Por un lado nos centraremos en el tráfico rodado y el metro como principales medios de transporte en la ciudad, sin olvidar los flujos peatonales. En segundo lugar, los flujos peatonales nos guían hacia un análisis de la población, contabilizando el número de habitantes y su zonificación. Posteriormente, reconocemos también como primordial el análisis hidráulico. Esto nos acerca al objeto del concurso, atrayendo las miradas hacia el entorno fluvial: bordes, barrios límite y fachadas urbanas. Por último, decidimos observar las estrategias establecidas por el planeamiento, los objetivos e intenciones inducidas por la normativa aplicable.

En mi caso, es el estudio demográfico quien motiva mis próximos siete días. Evidentemente mi vida continúa, siendo el concurso una de las múltiples tareas que oprimen mi tiempo libre y protagonizan mi agenda. Cada rato que puedo liberar de mi trabajo cotidiano lo dedico a investigar a la población que habita la ciudad. El primer paso, definir las divisiones existentes en el tejido urbano. Concretar los once distritos que ocupan la trama y que incluyen a su vez multitud de barrios, formados por otras tantas calles, manzanas y edificios. Por tanto, el acercamiento se realiza desde la unidad hacia sus componentes. Un asedio bien estudiado, donde la estrategia consiste en la conquista progresiva de capas exteriores hasta lograr acceder al núcleo central, el ciudadano de a pie.

Estos distritos constan de una superficie determinada, que me revela una escala. A su vez, cada uno de ellos se encuentra habitado por un número concreto de ciudadanos. Este dato, unido al de la superficie, nos permite descifrar la densidad que reina en dicho ámbito. Lo cual acomete en una segunda lectura: una densidad mayor nos indica una arquitectura de tipo residencial plurifamiliar en altura, o lo que coloquialmente se denominan bloques o colmenas. Zonas por lo general habitadas por una población de renta media-baja, asociada a la clase obrera. Capaces de afrontar una vivienda en la capital, pero sin plantearse la posibilidad de invertir en áreas más horizontales y, por tanto, elitistas. Como bien saben, el valor del suelo condiciona nuestra localización en el seno de una ciudad. Y puestos a generalizar, un barrio de alta densidad implica un determinado tipo de negocio, equipamientos acordes y una jerarquía vial bien estructurada ante las exigencias existentes en materia de desplazamientos diarios.

Otra de las grandes sorpresas acontecidas, fue descubrir que mi ciudad contaba con uno de los barrios más densos de Europa, con mayor número de habitantes por metro cuadrado.

Por el contrario, el otro extremo de la ciudad responde a un modelo igualmente opuesto.

La clase media-alta se distribuye entre pequeñas vías de poco tránsito, donde la tranquilidad y el silencio reinan por encima del caos urbano que caracterizaba nuestra anterior protagonista. Pequeñas actuaciones residenciales aisladas, destacan por sus verdes jardines, zonas privativas con un mantenimiento exquisito. Un alarde de poderío al alcance de muy pocos. Un contexto social reflejado en su equivalente arquitectónico. Destaca la ausencia casi total de equipamientos y negocios. Sólo unos pocos reductos de ciudad permanecen entre sus calles.

Como pueden imaginar, dos extremos tan diversos, deben equilibrarse en torno a un elemento común, conciliador. Una zona central en pleno proceso de gentrificación parcial de su territorio, capaz de aunar los barrios más tradicionales y pobres de la ciudad, con los rincones más selectos y envidiados de la metrópoli. Un entorno ecléctico pero acogedor, donde los negocios y equipamientos cobran un papel primordial, el tráfico se resigna ante la supremacía, cada vez mayor, del peatón. Una estructura tan antigua como enrevesada, una muestra fiel del pasado histórico de esta región. Fachadas colindantes pero tremendamente alejadas. Ruinas constructivas flanqueadas por modernas remodelaciones y reinterpretaciones pseudo-respetuosas de un melancólico apogeo.

Todo ello, completado por los muy escasos espacios libres que ofrecen cierto respiro a una ciudad ensimismada en su complejidad y carente de orden urbanístico alguno.
Una ciudad entre medianeras. La primera natural, un territorio encrespado y abrupto que conforma el skyline de la periferia; el otro, tan urbano como social, integrado en la memoria histórica de un territorio costero, que lejos de entender su linde marítima como una oportunidad de expansión emocional y espiritual, lejos de ofrecer la tan ansiada vía de escape que toda aglomeración requiere, ha visto como el uso industrial se ha apoderado de todo vestigio de ocio y esparcimiento que esta ribera pudiera ofrecer.

El sistema se cierra con la aparición de barrios dispersos, a caballo entre la zonificación mencionada, entre los espacios intersticiales surgidos tras la clasificación anterior. Una amalgama de calles y edificios sin identidad que sólo el tiempo ha conseguido adherir a una población orgullosa pero crítica. Pequeños islotes de ciudadanía que ocupan el resto del territorio a menor escala, intercalando zonas de gran poderío con los suburbios más desfavorecidos.

Sin embargo, este eclecticismo con complejo de caos y alma de ciudad, podría ser simplemente la radiografía crítica de un sin fin de aglomeraciones urbanas a lo largo del territorio español, de no ser por la principal característica que la define y motivo, a su vez, del presente concurso. Esta estructura urbana definida, presenta una particularidad muy especial, se encuentra dividida, literalmente sesgada, por una inmensa cicatriz resultado de una ruptura histórica, una herida transversal que recorre su territorio cual grieta entre medianeras. Se trata del río, o lo que queda de él. Un cauce seco e inhóspito cuya existencia se justifica ante los grandes desastres del pasado, una vergonzosa secuela que nos recuerda tragedias de nuestros antepasados a la vez que nos ofrece la seguridad ansiada de un futuro mejor. Una herramienta hidráulica de escape, un desagüe de proporciones desmesuradas. Una alcantarilla natural erigida por la erosión y la mano humana a partes iguales. El reguero de miedo y respeto que desciende cauteloso pero confiado desde la medianera escarpada.

Con origen en el embalse artificial generado años antes para ocultar una realidad evidente a la ciudadanía, protegerla de una amenaza sutil pero devastadora, transcurre esta fisura atroz. Un muro curvo de casi cien metros de altura (equivalente a un edificio de más de 30 plantas) que se eleva artificial entre sus gemelos geológicos, para frenar las avenidas generadas a lo largo del cauce fluvial y controlar la evacuación progresiva y voluntaria del líquido embalsado, sin olvidar el aporte de agua potable que supone para la población. A partir de ahí, el deambular casi divertido de un lecho sin agua, un caudal previsto pero ausente, temido pero añorado. Seis largos kilómetros que condicionan la fisonomía de su ciudad hasta llegar a formar parte indivisible de su idiosincrasia.

Es entonces cuando nos surge la primera duda, ¿qué hacer con algo tan peligroso como arraigado a nuestros orígenes? ¿Cómo eliminar un elemento de seguridad de tales dimensiones sin poner en peligro nuevamente la integridad de nuestros vecinos?

Son preguntas complejas pero inspiradoras. Empezamos a leer multitud de propuestas anteriores, teorías que defienden actuaciones diametralmente opuestas, soluciones que no acaban de convencer a nuestros “yo” empíricos y pragmáticos.

Por un lado el deseo casi infantil e ingenuo de recuperar un río que hace siglos que no existe, la envidia de otras ciudades. En contraposición surgen ideas más bien basadas en la inmediatez conceptual, cubrir aquello que nos desagrada para seguir nuestras vidas sin más, “ojos que no ven corazón que no siente” dicen, ¿no?

No obstante, esta decisión, lejos de ser tan sencilla, conforma los cimientos de nuestros próximos tres meses de trabajo. No es una decisión que podamos tomar a la ligera. Ni siquiera una alternativa que exploramos para ver la viabilidad de sus consecuencias. No. Es mucho más complejo que todo eso. Tres meses son aparentemente un plazo de trabajo bastante amplio y sosegado, pero no es así. Estos noventa días deben ser meticulosamente programados para evitar un desplome prematuro. Pese a que gozamos de un margen suficiente como para no tener por qué preocuparnos aún, no contamos con la masa crítica requerida ni con su equivalente en forma de excedente temporal, como para diversificar esfuerzos y recursos en varias direcciones hasta encontrar el camino correcto. Es el momento de reunirnos y precipitar una decisión tan importante como dura, debemos elegir la senda que nos ha de llevar hasta el objetivo final. De no ser así, habrá que hacer todo lo posible porque lo parezca, o abandonar la aventura a las primeras de cambio.

Por un momento, la responsabilidad nos abruma, no estamos preparados para tal acontecimiento. No podemos hipotecar un mes de trabajo y sus consiguientes tres meses de desarrollo en función de una primera impresión. Ahora o nunca, son palabras que se diluyen en nuestras mentes, en plena negociación consigo mismas en aras de ampliar un plazo apretado pero sin cerrar. Finalmente, acordamos una semana de reflexión, meditación y vicisitudes.


Continuará... (Parte 4/14)