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domingo, 2 de septiembre de 2012

De vuelta al cole


- Mamá, mamá, ya sé lo que quiero ser de mayor.

- Dime hijo. ¿Qué te gustaría ser? ¿Médico, astronauta, futbolista, policía?

- Que va mamá, yo de mayor quiero ser egoísta, apático, caprichoso, egocéntrico y listo.

- Pero, ¿qué dices hijo? ¿Por qué?

- Porque estoy harto de ser el raro.

Le he estado dando muchas vueltas y me he dado cuenta de que lo más inteligente es potenciar mi estupidez.

En el cole he aprendido que ser inteligente es sinónimo de empollón. Mientras más sabes, más se ríen de ti. Lo importante no es aprender cosas nuevas, sino ser el mejor en fingir que lo haces. En definitiva, ser listo, no inteligente. No eres el más respetado por tus logros sino por tus fracasos. El único acierto que se valora es aquel que proviene de un engaño. Porque claro, si tardo lo mismo en ser honrado que en engañar, es mejor lo segundo ya que no sólo me alza al mejor puesto sino que automáticamente me sitúa por encima de mi responsable.

De hecho, una vez que aprendes a engañar, parece que todo es mucho más fácil. Es más rápido hacer las cosas mal que bien. Además, la inseguridad que implica ese riesgo le aporta algo de picante a la vida y la hace más interesante. Es así como se disfruta la vida, ¿no? Yo no quiero que digan que no he aprovechado la mía.

- Pero hijo, ¿de verdad serías capaz de vivir esa farsa?

- Claro que sí. Al fin y al cabo se trata simplemente de ser feliz. ¿No es por eso, por lo que me dijisteis que luchamos toda la vida?

- Sí, la verdad es que sí.

- Pues ya está. Sólo voy a buscar el camino más corto que conozco. Mientras antes lo logre, mejor.

No pienso dejarme llevar por mis inquietudes, mis ilusiones, mis esperanzas... No. Voy a ser simplemente uno más. Feliz. Normal.

Nunca más me sentiré diferente, nunca más me plantearé por qué. Por fin podré dejar de intentar entender a los demás, dejar de sufrir ante las desgracias ajenas, dejar de frustrarme por mis carencias. Ya nunca más dudaré de mí mismo por la lamentable mayoría que me rodea. Se acabaron los reproches, juicios morales y cargos de conciencia.

De ahora en adelante, me limitaré a pensar en mí. Hacer lo que me convenga en cada momento. Sentirme superior, aunque sea a base de hundir a los demás.

- No puedo creer que estés diciéndome esto, hijo. ¿Qué hemos hecho mal?

- Nada, mamá. Papá y tú, sólo habéis hecho vuestro trabajo. Y muy bien, por cierto. Pero eso no quita que quiera ser feliz. Tengo derecho, como los demás, a ser feliz, ¿no?

- Desde luego que tienes derecho. Pero, ¿qué hay de tus deberes?

- ¿Ves? Como yo te decía, es mejor no pensar.

- Bueno hijo, sigo sin entender qué tiene que ver la estupidez con la felicidad.

- Muy fácil, mamá. Una persona inteligente es temida por unos, envidiada por otros y odiada por el resto.

- Anda ya, hijo. Además, ¿qué más te da a ti lo que piensen los demás? Tú preocúpate por ti mismo.

- Pues eso es lo que quiero mamá, ser egoísta.

- No, hijo. No tiene nada que ver que te olvides de los que te critican, con que seas un egoísta. Es simplemente que no hagas caso a los que intenten cambiarte.

- Ya, mamá. Eso también, apático.

- No. Apático es otra cosa, es no tener ilusión por nada. Dejarte llevar por la vagancia y la falta de interés. ¡Será porque no hay cosas que hacer! Puedes hacer todo lo que quieras, cuando quieras y como quieras.

- Pues eso, mamá, caprichoso.

- ¡Que no, hijo! Se trata de que vales mucho como para malgastar tu talento. Eres muy bueno. El mejor. Es por ello que puedes permitirte dirigir tu vida, sin necesidad de pensar en los demás.

- Claro, mamá. Egocéntrico.

- ¡Anda hijo, que estás tonto! Desde luego no hay quien hable contigo. Será mejor que lo dejemos.

- ¿Ves, mamá? Al final, lo más inteligente es no pensar, no discutir. Por eso, he decidido, a partir de ahora, volverme todo lo estúpido que pueda. Listo.

miércoles, 22 de febrero de 2012

La arquitectura de la vida



Como arquitectos, nos sentimos atraídos por el hecho de generar algo de la nada, esa ilusión implícita en la creatividad que caracteriza un proyecto. Partir de unas premisas para inventar un nuevo elemento capaz de mejorar el anterior y con ello facilitar la vida a alguien.

Pues bien, hoy estoy aquí para alejarme de este principio, a base de llevarlo hasta el final de sus consecuencias. Pretendo por un día abandonar la temática puramente arquitectónica con la que suelo enfocar cada post, para hacer un homenaje a la vida, como súmmum mismo de la arquitectura.

Recientemente he presenciado uno de los momentos más bonitos e interesantes que he podido vivir hasta ahora. Una explosión de júbilo e ilusión altamente contagiosa. Un simple hecho capaz de emular al más complejo de los milagros. Una de las principales razones por las cuales entiendo que estamos aquí.

Todo esto, no es sino un homenaje a mi tocayo, ese “personajillo” indefenso y debilucho, capaz de traer consigo toneladas de felicidad. Pese a su corta edad, en escasas horas logró aquello por lo cual todos luchamos y probablemente jamás conseguiremos. Fue capaz de alegrar la vida a infinidad de personas, simplemente con su presencia. El más mínimo gesto de su pequeño rostro actúa como fuente infinita de luz, iluminando hasta el ultimo rincón de su entorno, hasta el último centímetro de piel ajena.

Ni que decir tiene que se trata de actos incomparables; sin embargo, puede ser un buen ejemplo que ayude a entender y admirar la profesión, esa satisfacción indescriptible asociada a la realización de un diseño, la creación de una idea, el parto de un hijo.

En ocasiones nuestro gremio se ha visto perjudicado ante las críticas reiteradas que nos tachan de utópicos, prepotentes o pseudoartistas. No seré yo quien les reste razón. Pese a ello, entiendo que no es la profesión la culpable de nuestros defectos sino la propia condición humana que nos caracteriza. Esta es la razón por la cual me gustaría describir el por qué de nuestro día a día, cuando los trámites burocráticos, reuniones y demás actividades puramente empresariales nos lo permiten.

La creatividad, también conocida como inspiración artística, es esa extraña y tímida amante que decide visitarnos sin previo aviso, ya sea en mitad de la noche o en el tumulto de un bar. Su grandeza recae precisamente en la arbitrariedad aparentemente asociada a su llegada. Un simple clic que protagoniza y esclaviza nuestros sentidos. Un escalofrío que recorre cada una de nuestras neuronas para llamarlas a filas y requerir su presencia. Un toque de corneta que nos anuncia el inicio de las más dura y bella de todas las batallas. Una explosión nuclear de ideas en cuya onda expansiva se recrean nuestros pensamientos e inquietudes. Ese momento mágico en el cual la luz invade cada rincón de las entrañas, mientras se esfuerza en absorber cada vestigio luminoso del exterior, logrando mostrarnos una realidad oculta tras un velo de incertidumbre. Es entonces cuando no existe otra opción que la de centrarnos en resolver la gran cantidad de ecuaciones hasta ahora complejas, todas ellas de resultado incierto pero emocionante.

Realmente podríamos decir que se trata de un proceso en el cual el cuerpo se ve bombardeado por infinidad de sensaciones y emociones contrapuestas que no hacen sino eclipsar nuestro entorno, en una mezcla de júbilo y cierto estrés. Como su símil natural, todo proceso creativo requiere de un encargo (aunque no precise dos personas) y un periodo de gestación de la idea en el cual investigar acerca de los múltiples aspectos que componen la situación, así como la búsqueda de referentes tanto en nuestro entorno más inmediato como en opiniones más académicas y literarias. Este proceso puede ser más largo o menos, pero siempre está. Se trata de un requisito imprescindible. No es hasta que se considera asimilado por nuestra mente, cuando la sabia naturaleza nos invita a intervenir.

Lo bueno ha llegado. Sólo queda disfrutar y exprimir cada instante.

Tras dicha explosión viene la calma, un merecido descanso en el cual aún inmersos en un cóctel de cambios, la realidad enmascarada se esconde esta vez ante una felicidad aun no asimilada pero ya digerida. Es ahora cuando debemos desconectar levemente y prepararnos para el proceso de maduración de la idea, en el cual ordenar las pinceladas de genialidad que se ven ya esbozadas entre tanto alboroto. Lo más recomendable, una buena cabezada que permita a nuestra mente reorganizarse y volver a ver la realidad desde la perspectiva habitual, a una distancia prudencial, suficiente como para recuperar la capacidad de elegir y guiar los acontecimientos y pasos a seguir por nuestra idea.

Si ahora os digo que esa idea se llama Álvaro y que más que un edificio es un potencial usuario, no cambia más que la perfección del resultado y la identidad de sus creadores, pero la alegría, orgullo y satisfacción son los mismos; eso sí, elevados a la enésima potencia. Sin más, deciros, afortunados padres, que como arquitecto, así como hermano y tío, me enorgullece escribir que sois un ejemplo a seguir en mi profesión, y que venga cuando venga la inspiración, siempre procuraré estar preparado y dispuesto para recibirla, se llame como se llame.


A aquellos padres no vinculados al proceso creativo, confío esto os sirva para encontrar con mayor facilidad el camino hasta entender y disfrutar de la arquitectura. A los compañeros que ya hayan pasado por dicha experiencia paternal, confío que vuestros proyectos, independientemente de su grandeza, representen tan sólo una mínima muestra de lo que ese hijo puede llegar a significar.