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miércoles, 21 de diciembre de 2022

Oslo, el placer de lo bien hecho

Como era de esperar, el viaje a la capital noruega se podría definir como un auténtico éxito. En primer lugar lo justo sería establecer las condiciones de partida. Puente en España, cuatro días libres para descubrir nuevos lugares. Saliendo desde Málaga, la compañía Flyr se ofrece como una oportunidad con vuelo directo. No la conocía pero se ha convertido en una de mis compañías favoritas, por detalles tan sencillos como la botella de agua con la que obsequian a todos los pasajeros. Puede parecer absurdo, pero dadas las múltiples dificultades asociadas a la posesión de líquidos en un aeropuerto así como el elevado coste de los productos a bordo, me parece cuanto menos plausible que se piense en el usuario a ese nivel. 

Embarcamos con tiempo de sobra y sin protocolos absurdos. La mascarilla, un vago recuerdo de tiempos pasados. Los tiempos, clavados. La salida del avión, con la misma fluidez que el embarque, nos dirige sin remedio hasta nuestro destino. Un aeropuerto cómodo e intuitivo desde el que coger un tren hacia la estación central de la ciudad. Dos alternativas, versión express y cada cinco minutos o versión regional cada treinta, aproximadamente. Por la diferencia de precio, nos decantamos por el regional. Diez euros menos, tan solo cuesta once, y diez minutos más de trayecto, para un total de veintiocho. 

La estación central se ubica en pleno corazón de la urbe, convirtiendo este desplazamiento en altamente eficiente. De ahí, nos acercamos a nuestro hotel, citibox, a escasos cuatro minutos a pie de la estación. Una manzana completa repleta de habitaciones pequeñas pero bien diseñadas, donde se optimizan los procesos para abaratar la factura final y simplificar cada estancia. Todo funciona, es un placer. Soltamos las maletas y nos lanzamos a la calle. 

Nos reciben el frío, una limpieza exquisita, además de esa amable sensación de confianza y seguridad que no nos abandonará en todo el viaje. Los noruegos nos deleitan con un derroche de educación y simpatía con el que no contábamos. Si todo parecía fácil ya de por sí, ellos se encargan de garantizar el resultado. La única pega, nos ha costado encontrar restaurantes en los que degustar la comida típica del lugar, aunque imagino que este es un mal propio de las grandes ciudades europeas, plagadas de franquicias atractivas y reconocidas que han terminado por erradicar al local de su propio ecosistema. 

Dicho lo anterior, el precio se erige en principal protagonista de la escena. Sin queja alguna sobre la calidad de los alimentos, cabe destacar la elevada suma a abonar en cada sentada. Menús desorbitados aunque adaptados al entorno. No significa que no se pueda comer barato, sino que es necesario redefinir el concepto de barato. Pese a todo, este mínimo inconveniente, más que nada por esperable, se oculta tras la belleza de una ciudad moderna y acogedora, donde caminar durante horas y disfrutar de un sinfín de ejemplos maravillosos de diseño. Un recital de edificios dominados por el eclecticismo contemporáneo del acero, el cristal, la piedra y la madera, bajo el imponente influjo de esas majestuosas avenidas peatonales o de tráfico casi inexistente en las que perderse sin miedo alguno. 

En tres días completos de turismo, pudimos visitar las principales atracciones de la zona, adentrarnos en algún que otro museo e incluso hacer senderismo por uno de los múltiples parques cercanos. Kilómetros de recorrido donde la única máxima que se repite es la pulcritud. Todo luce perfecto pese a la aparente naturalidad y desenfado con que el día transcurre a tu paso. Ni rastro de la rigidez que cabría esperar ante semejante alarde de perfeccionismo. Los niños abarrotan los parques ataviados con sus monos todoterreno mediante los cuales restregarse sin tapujos por el suelo, ante la atenta pero divertida mirada de sus progenitores. Un ejemplo más de lo familiar que resulta está ciudad a ojos de cualquiera que se digne a visitarla. 

Me llevo el recuerdo de fachadas majestuosas y bien rehabilitadas, en contraste con la simplicidad de algunos barrios periféricos o el esplendor de cristal que inunda las áreas más céntricas de Oslo. Una de esas visitas que ya apetece repetir. Y por si esto fuera poco, me siento de nuevo en el vehículo de Flyr que se dispone a traernos de vuelta, botella de agua en mano, mientras observo atónito cómo los operarios del aeropuerto lavan a presión el avión para garantizar el correcto funcionamiento de su fuselaje. Aquí todo funciona. El auténtico placer de lo bien hecho. 

Gracias Oslo, volveremos.

martes, 20 de octubre de 2020

Momentos

 ¿Cómo podemos mantenernos al margen de nuestro entorno cuando la realidad externa nos condiciona a cada paso?

¿Cómo podemos aislar a nuestro entorno inmediato de nuestros propios sentimientos para evitar que ese entorno se vea irremediablemente modificado o, cuanto menos, condicionado por nuestra actitud, reacciones o estado de ánimo?

Es difícil huir del egoísmo implícito en gestionar nuestros momentos sin pensar el modo en que estos afectan a los de los demás. E igualmente, somos partícipes indiscutibles e inevitables del proceso contrario o recíproco. Cuando son los demás quienes se encuentran en pleno proceso de autogestión y la situación ya ha comenzado a afectarnos, la única vía de escape sería la ausencia total de empatía o el distanciamiento físico. Sin embargo, estas dos soluciones no siempre son factibles, por motivos bien distintos.

En primer lugar, la empatía me temo que es algo que no se elige sino que se matiza. Es decir, uno no puede decidir ser empático si no lo lleva dentro. Del mismo modo en que aquellos que lo llevan en su ADN, se esfuerzan por minimizar los efectos de esta peligrosa virtud en cuanto detectan que el riesgo supera las líneas rojas, esos límites considerados como aceptables. En este sentido, lograr la ausencia total de empatía es algo que puede llegar a resultar inviable para este selecto grupo de personas que no saben vivir de otra forma. Personas que deambulan entre los distintos debates morales que les generan sus propias vivencias, así como las de los demás.

En segundo lugar, cabe destacar que si bien es complejo alejarse sentimentalmente de quienes nos rodean, más aún puede resultar la creación de espacio físico entre una determinada persona y nosotros. No sólo porque en ocasiones las circunstancias nos obligan a interactuar con quienquiera que sea en mayor medida de la deseada, sino porque es más que común que la persona a la que deseamos evitar es precisamente la que con más eficacia nos atrae. Un bucle extenuante del que no siempre logramos salir. Por más que nosotros o nuestros allegados nos alienten a hacerlo. No hay que olvidar que quienes más nos hieren son quienes más nos importan. Dicho de una forma menos tremendista, o incluso optimista, diría que los sentimientos se retroalimentan para bien o para mal hasta que alcanzan un punto de no retorno desde el cual la única intriga es hacia qué lado de la balanza se inclinarán esas emociones hoy.

En definitiva, más allá de la evidente verborrea, podríamos concluir que las personas somos como barcos de papel que nos desplazamos con mayor o menor ahínco, no sólo en función del rumbo inicial adquirido o las cualidades implícitas en nuestra propia identidad, sino entregados al devenir de los agentes externos y las condiciones de la superficie por la cual nos desplazamos. Un conjunto de variables ajenas que interactúan por igual con nuestra embarcación y la de nuestros vecinos, aunque en distinta medida según las características concretas de cada estructura.

Por todo ello, animo a que cuando detectemos que aquella graciosa “barquita” que nos acompañaba anteriormente en esta bella regata que es la vida, de repente parezca cambiar drásticamente su rumbo sin motivo aparente, nos centremos primero en entender qué aspectos concretos de la realidad universal que nos rodea le han podido afectar más y por qué. Quizás así logremos evitar infinidad de silencios incómodos y discusiones tan infructuosas como innecesarias. No estamos solos en esta emocionante carrera hacia la felicidad, así que mejor será aceptarlo, y dejar de comportarnos como si realmente lo estuviéramos.

No cabe duda que este consejo dista enormemente de la sencillez, en tanto en cuanto, se ha obviado deliberadamente uno de los actores protagonistas de toda escena: el orgullo. Ese torrente interior de emociones sin control que surgen como mecanismo interior de autodefensa, el cual nos obliga a luchar por aquello que nos convierte en lo que somos. En ocasiones se manifiesta a través del despotismo, la timidez, la rabia o el individualismo. Diversas caras de una misma moneda. Uno de los aspectos más inherentes a nuestro ser que, sin duda, supone uno de los aspectos más arriesgados de toda existencia. Cuanto mayor sea nuestra sumisión ante estos arrebatos, mayor será nuestra soledad. No sólo en términos físicos, sino morales.

Todos hemos sucumbido ante lo estúpido de semejantes comportamientos, sin por ello renunciar en lo más mínimo a sus servicios. En parte porque este sistema recurre siempre al camino más fácil, aquel que nos resulta más natural, para acabar con los conflictos y debates de los cuales no sabemos salir. En parte porque hemos nacido con un código de conducta básico que nos marca el camino cuando la razón o el sentido común pierden sus argumentos o el control de la situación. Es ahí cuando, de forma instintiva, reacciona el orgullo para reconducirnos a la senda preestablecida. Y romper este código tan personal como inalienable, es sin duda uno de los retos más salvajes y ambiciosos a los que podamos siquiera enfrentarnos. No hay nada más complejo que contradecirnos a nosotros mismos y poner en crisis nuestros pensamientos más arraigados, especialmente cuando el agotamiento o la frustración merman considerablemente nuestras habilidades. Nada tan desolador como frenar la arrolladora explosión de emociones que desata la entrada en acción del orgullo. Nada más humillante que renunciar a nuestra hombría (entendida como muestra representativa de lo que caracteriza al hombre o ser humano por encima de otros seres vivos) para hacer lo que reconoces como correcto, pese a las múltiples alarmas que te invitan a desechar semejante idea.

No obstante, nadie dijo que esto fuera fácil. Cada cual que decida si prefiere ser feliz en sus contradicciones o contradecir felizmente sus más arriesgadas inquietudes.

Buen viaje!


domingo, 9 de noviembre de 2014

El libro_p15

Capítulo 15

Eran las siete de la tarde cuando la noche ya cerrada enmarcó nuestro curioso deambular por aquella maravillosa calle, un continuo de tiendas lujosas donde la ostentación más exagerada convivía en aparente normalidad con productos igualmente exclusivos e inasequibles pero que podrían ser definidos como elegantes. Un esplendor basado en el diseño, los brillos, llamativos colores y máxima calidad.

Friedrichstrasse, o algo así la llamaban. Lejos de convertirse en un referente de moda para nosotros, sí que contenía ese grado necesario de extravagancia, tanto en los contenidos como en sus brillantes envoltorios, suficiente para erigirse como un objetivo interesante y capaz de generar infinidad de conversaciones banales pero divertidas. Un buen rato repleto de quejas y llantos amargos en los cuales simular un deseo inexistente por lucir esa inexplicable excelencia.

A escasos metros de allí, en un desvío muy recomendado y casi obligatorio, se encontraba el paraíso del dulce, haciendo esquina junto a la famosa Gendarmenmarkt. Una tienda tradicional donde los monumentos más emblemáticos se rendían a la delicadeza del chocolate mejor moldeado. Desde la puerta de Brandemburgo al mejor de los museos, todas estas enormes y detalladas maquetas sucumbían ante un sencillo pero inolvidable volcán en constante actividad. Una erupción de sabores inducidos. Un reclamo insuperable. Uno de esos locales que poseen la envidiada virtud de acoger a vecinos y extraños por igual, con la misma naturalidad e interés.

Como humilde sustitutivo orientado a saciar la sed generada por dichas carísimas obras de arte gastronómico, salimos equipados con varios de los bombones de la casa, clasificados en función de su contenido en cacao, alegrándonos así la noche entre risas manchadas pero orgullosas. Ese puntito de picardía tan importante, un capricho fundamental, un regalo vital irresistible. Continuamos nuestro aleatorio vagar por la ciudad, recorriendo la citada avenida en dirección norte, donde la estación del S-Bahn a la cual daba nombre, también denominada estación de metro rápido, garantizaba un tránsito peatonal ininterrumpido a su alrededor. Oleadas de personas que descendían en manada y accedían en grupos más irregulares pero no menos numerosos. Un flujo enorme de personas anónimas unidas por su indudable rutina.

Un espectáculo propio de grandes ciudades como esta, que ya sea por suerte o por desgracia, quienes procedíamos de ciudades más pequeñas como Málaga desconocíamos por completo. Esa belleza implícita en el estrés propio de tal transferencia. Las prisas asociadas al acto de subir o bajar del metro. Un protocolo casi ceremonial en el cual los viajeros esperan impacientes la apertura de las puertas desde ambos lados del umbral. Unos estáticos, otros en movimiento descendiente hasta alcanzar la parada frente a los primeros. Unos instantes tensos e impersonales en los cuales nadie parece percatarse de su imagen especular. Absortos en su rutina, realizan la misma acción una y otra vez. Desde el metro, esperan la llegada del momento en que las puertas se desbloqueen para poder abandonar el vagón entre la multitud que espera educadamente que finalice el proceso de salida para acelerar con disimulo y optar a los mejores asientos vacantes. Un transbordo más, una nueva experiencia.

Tras las imponentes vías elevadas que empleaban las principales líneas asociadas a esta importante parada, se escondía en el silencio de la oscuridad más introvertida un flujo no menos importante pero mucho más discreto. Un movimiento más tranquilo y sutil que condicionaba a la ciudad en igual medida, pese a que lograra pasar desapercibido para la gran mayoría. El abundante río Spree recorría la ciudad siempre a la espalda de los diferentes rincones de esta gran capital. Uno de esos elementos fundamentales, que al igual que ocurría con los innumerables canales que recorrían la ciudad, no acababan de recibir el reconocimiento que merecían.

El puente del cual procedíamos se posaba con suavidad sobre la intersección con Oranienburger Strasse, una calle de menor rango pero perfectamente equiparable en cuanto a su fama. El número de locales, así como el glamour de estos, se reducía considerablemente. Las tiendas más relevantes daban lugar a desconocidas cervecerías, restaurantes y modestas viviendas. Como complemento a esta nueva realidad urbana, un elenco de portentosas féminas, todas rubias, altas, esbeltas y ataviadas por ceñidos atuendos cuyo único denominador común parecía ser el plumón corto blanco, aderezaban sonrientes y respetuosas el caminar de los abundantes y sorprendidos visitantes.

A unos cuantos cientos de metros, la ligera curva que presentaba el trazado viario nos dirigió hacia nuestro ansiado objetivo. Frente a nosotros se alzaba el Kunsthaus Tacheles. Una casa okupa, más bien considerada como bloque de viviendas, donde las diferentes plantas se abrían a turistas e invitados con el mayor de los descaros. Entre un sin fin de grafitis variados, emanaban unas primeras plantas más opacas que custodiaban a las plantas altas donde los espacios expositivos y talleres de trabajo, se alternaban con tiendas de souvenirs de fabricación propia y un interesante bar-cafetería en la cima, no apto para víctimas del vértigo. Por su parte, la trasera del edificio destacaba por el vacío del gran patio medianero, en el cual un indescriptible biergarten ofrecía una alternativa más terrenal en la cual disfrutar del entorno entre amigos y actuaciones improvisadas.

Aquella decadencia controlada, aquel paradigma del arte urbano más reivindicativo y polémico, yacía desde hacía años entre los principales emblemas oficiales de la ciudad. Un eterno rumor de derrumbe que contrastaba con su indestructible éxito turístico y social. Sea como fuere, aquel ruinoso edificio representaba una gran parte del Berlín más auténtico, justo al lado del lujo más recalcitrante y prometedor de la capital.

Por su parte, ejemplos como Cassiopeia (en el barrio de Friedrichshain), establecían una alternativa menos mediática al movimiento diferenciador de esa otra Berlín. Esa capaz de sacar pecho en la peor de las situaciones y enorgullecerse de las carencias con ingenio y simple libertad. La East Side Gallery, la Iglesia del Recuerdo, Check Point Charlie, el Oberbaumbrücke, Hauptbahnhof o la renovada Alexander Platz formaban parte indiscutible de ese peculiar encanto basado en una esencia única. Un homenaje sincero y bien resuelto al contraste más extremo como reclamo y referente ciudadano. Una ciudad basada en los llenos más brillantes rodeados por los vacíos más prometedores. Sonidos diversos en perfecta armonía con la intensa melodía de silencios. Una maravillosa clase magistral sobre el respeto al pasado como principal medio para soñar el futuro.

Aún recuerdo su magia, su particular identidad. Aquella que permite al visitante disfrutar de la melancólica postal retratada en un genial parque de atracciones abandonado en pleno parque urbano, con la misma intensidad con que goza ante una pista de esquí artificial erigida de la noche a la mañana en plena Potsdamer Platz. Discotecas surgidas del encanto encerrado entre las cuatro paredes de un antiguo matadero o un indestructible búnker, enfrentadas a un espacio de ocio de lo más tecnológico y vanguardista.

Un paseo infinito desde lo moderno a lo tradicional, de lo destruido a lo reconstruido, de lo deseado a lo encontrado, ilusión y respeto, admiración y osadía como ingredientes fundamentales de esta receta espectacular.

Todo ese amor por la diferencia, ese recital fuera de lo común, no pudo sino fomentar en nosotros un sentimiento de agradecimiento y bienestar ante nuestra situación. Un vínculo innegable con nuestras peculiaridades como pareja, que nos ayudó a entender como claves de nuestra atracción y nuestro rebosante valor añadido.

Grandes momentos que desembocaron en un verdadero homenaje a nuestra relación, nuestro porvenir, una alfombra roja que no pensábamos desaprovechar. Serían muchos los años que pasasen, las ciudades que pudiésemos visitar, las personas que apareciesen en nuestras vidas, pero sin duda, una cosa permanecía inamovible en nuestras memorias, en nuestros corazones. Una frase capaz de revertir cualquier atisbo de tristeza o duda en nuestras vidas. Un resorte frenético que provocaba inmediatamente la más sincera e inevitable de nuestras sonrisas.

“Siempre nos quedará Berlín, cariño”.


miércoles, 22 de octubre de 2014

El libro_p14

Capítulo 14

Pasión, cariño, deseo, ilusión, felicidad... aquello que algunos se empeñaban en definir como una maravillosa segunda oportunidad. A juzgar por nuestra edad entonces y tras todo lo ocurrido, más bien me referiría a ello como el logro pleno de nuestra joven relación, a pesar de aquel periodo de cierta inestabilidad.

Afortunadamente todo aquello pasó, y como suelen decir, no pudo con nosotros sino que consiguió hacernos más fuertes. Nuestra relación dio un paso definitivo hacia la total confianza que nos guiaba al uno hacia el otro. Meses de pura alegría ante el ambiente de optimismo y empatía que nos rodeaba.

El cenit de una complicidad sin parangón, que alcanzó su grado más elevado en aquella inolvidable semana primaveral. Un viaje soñado que nos permitió afianzar desde la experiencia esta nueva realidad. Un momento que pertenecía exclusivamente a nosotros, y que, independientemente de que pudiesen aparecer otros bajones, permanecería en nuestros recuerdos para siempre.

Como no podía ser de otro modo, un evento de tal importancia, vino inevitablemente acompañado de un cierto estrés impropio de un objetivo tan alegre y divertido. Desde la elección del destino, la estancia y el horario de vuelo, hasta la organización de las distintas rutas previstas por la ciudad. Un debate constante recubierto de cierta tensión, pero amortiguado por la ilusión que nos mantenía enganchados a lo que imaginábamos que sería una gran aventura.

He de reconocer que parte de aquellas dudas podrían estar motivadas por una de esas grandes frases que a todos nos han dicho alguna vez, fruto de la experiencia de nuestros allegados, y que decía tal que así:

“Cuidadito con estos viajes, que no tienen término medio. O salen muy bien, o volvéis sin hablaros. Son muchas horas juntos y se darán múltiples situaciones a las que no os habéis enfrentado antes. De vuestra complicidad dependerá el resultado final. Pero bueno, ya me contarás, tampoco quiero fastidiarte las vacaciones”.

Son de esos consejos, que por más que intenten acabar con un enfoque positivo y alentador, no dejan de minar nuestra pasión y contagiarnos de los miedos adquiridos por otros a lo largo de sus vidas. A día de hoy puedo decir que no le faltaba razón, pero no sé si supe agradecerlo como quizás merecía.

Volviendo a nuestro ansiado trayecto, las dudas se convirtieron en decisiones y las opciones en tan sólo alternativas, como debería ser. Todo parecía encajado, el trabajo previo estaba resuelto. A partir de entonces, dependería de nosotros disfrutar de ello, o dejarnos llevar por la aleatoriedad asociada a la suerte.

El destino finalmente resultó ser Berlín, esa grandiosa ciudad repleta de historia y modernidad a partes iguales. La capital alemana se había deshecho de grandes candidatas como el tópico romanticismo de París, la historia imborrable de Roma o el exotismo de Praga y Budapest.

Finalmente, nos vimos seducidos por esa extraña combinación entre oferta cultural y fiesta, todo ello como parte de un marco incomparable, considerado referente europeo de contemporaneidad. Como no podía ser de otra manera, nuestros escasos recursos nos obligaban a recurrir al low cost como solución más asequible, lo cual indudablemente derivó en un conjunto de horarios poco agradables, dejémoslo ahí. Llegar de noche a una ciudad desconocida siempre genera cierta tensón, más aún si el idioma oficial se aleja tanto de lo que podríamos definir como conocido. Pese a ello, éramos conscientes de que estas eran las cosas que realmente convertían a este viaje en una excitante aventura. Superadas las inevitables preocupaciones y objeciones trasmitidas por ambas familias, nos despedimos de ellos con sensaciones enfrentadas, por un lado nuestra ilusión y nerviosismo, propios de una decisión así, mientras que en su lado de la orilla el protagonista no era otro que el miedo. Supongo que no podía haber sido de otro modo, pero he de reconocer que en aquel momento no le di demasiada importancia. Mi única preocupación era el avión, tres horas que temía resultaran eternas. Como consuelo, música, sueño y la tranquilizadora sonrisa de Miriam.

El reloj superaba escasamente las doce de la noche, cuando ese incomprensible piloto decidió deleitarnos con un speech que bien podía haber inspirado uno de esos graciosísimos sketch televisivos. Decir que no entendimos ni una sola palabra, sería quedarnos demasiado cortos. El desconcierto general nos tranquilizó, mientras que una amable azafata se dirigía a nosotros para aclarar con una leve sonrisa que se iba a comenzar con la maniobra de aterrizaje, conforme al horario previsto y que la temperatura en Berlín era de 2ºC.

Tras agradecer con enorme sinceridad su ayuda, nos miramos sorprendidos, intentando sin éxito disimular nuestra reacción ante el dato tan impactante que nos acababa de mencionar. 2ºC. ¿En serio? Lo único que pude decir en aquel momento, introduciendo las palabras con calzador entre las carcajadas encerradas tras mi avergonzada mano, fue:

- Cariño, pues igual ibas a tener razón con que lo de venir en pantalón corto y camiseta no era lo más apropiado.

Evidentemente, la última palabra sirvió como luz verde para las múltiples carcajadas que se agolpaban en mis adentros. Perdido todo atisbo de vergüenza o discreción, no pudimos sino reír al compás de los cariñosos golpes que me propinaba Miriam, mientras contenía sin éxito las carcajadas y sus consiguientes lágrimas. Tal fue el escándalo, que fueron varios los vecinos de asiento que se contagiaron de nuestra risa nerviosa y se unieron a la recién inaugurada fiesta del humor y el frío.

Acto seguido, tras toda una serie de cruces de miradas cómplices, se apagaron poco a poco los ánimos y el silencio volvió a apoderarse del pasaje, mientras Miriam me susurraba al oído:

- ¡Qué vergüenza cariño! No te puedes estar callado, ¿verdad? Seguro que ya somos oficialmente los catetos del avión. Jajaja.
- ¡Anda ya! Si estaban todos muertos de risa. A ver si te vas a pensar que somos los únicos gilipollas en manga corta. Jajaja. Todos lo habían pensado, pero igual he sido yo el único dispuesto a compartirlo. Al final, es tan sólo un tema de generosidad y sinceridad, cariño, nada más.- le guiñé el ojo con tierna complicidad.
- Ya, eso va a ser. ¡Qué rollo que tienes! Jajaja.

Abrazados e incómodos, como no podía ser de otro modo en aquellos diabólicos asientos, nos disponíamos a afrontar mi miedo a aterrizar. Salvo por aquellas pequeñas turbulencias al final, no pude justificar mis miedos, hasta el punto de participar entusiasmado en el momento “aplauso final” con que se despide todo vuelo satisfactorio. Es entonces cuando el miedo se convierte en alegría y cansancio a partes iguales. Las prisas de repente invaden la cabina y todos se impacientan ante la proximidad a abandonar el aparato.

Confirmando que no dejábamos atrás ninguna de nuestras pertenencias, como buen caballero, me aseguraba de llevar conmigo la gran mayoría de bultos que, sin duda, no me pertenecían más que en un ínfimo y respetuoso porcentaje. Dos maletas de mano, un “bolsito” y una pequeña mochila con las pertenencias de mayor valor. Todo eso, mientras Miriam se ponía precavida la rebeca y yo me esforzaba por no perder mi jersey. Preocupaciones que se desmoronaron súbitamente ante la sorpresa mayor, el aeropuerto de Berlín, algo así como Schönefeld decían que se llamaba, se caracterizaba por carecer de fingers de recogida. Sí señores. Esa fue la broma final del viaje. 2ºC que se sentían como si el mercurio hubiese decidido ir en busca del centro de la Tierra, y se presentaban ante nosotros de lo más cariñosos nada más cruzar el umbral de la puerta. No era bastante con evitar cualquier extravío, no desprenderse al vacío a través de aquella minúscula e incómoda escalerilla, sino que además había que hacerlo sobreponiéndose a la más espeluznante de las tiritonas. Un temblor sin precedentes me indicaba lo peligroso de aquella inesperada hazaña. Miriam, escondida tras la manga de su fina rebeca, me gritaba con la mirada que me pusiera mi jersey inmediatamente. La ralentización de mis actos, fruto de un frio tan aterrador, contribuyó a que cruzara los escasos metros que me separaban del edificio de bienvenida, con tan sólo una manga debidamente introducida, y el muestrario de equipajes de mano arrastrados de mala manera por la terminal.

Sin más, nos acercamos algo perdidos y aún tiritando al puesto de información, por aquello de consultar la dirección exacta que debíamos tomar hacia el metro y posteriormente hasta la parada más cercana a nuestro hostel. Fue entonces cuando la “frialdad alemana” quedó más que patente, en el momento en que aquella seria mujer nos espetó con dureza:

“Lo siento pero hoy no va a ser posible utilizar el metro debido a la huelga anunciada esta misma mañana”.

Parecía imposible, pero sí, aún cabía sufrir los efectos de un jarro de agua fría sobre nosotros. En aquel momento no podíamos ocultar el pánico. Hasta tal punto, que la “frialdad alemana” dio paso a su no menos característica educación. Preocupada nos recomendó el uso de un taxi para evitar cualquier riesgo y alcanzar nuestro alojamiento a la mayor brevedad posible, puesto que la alternativa parecía ser exclusivamente un autobús que nos dejaba a varias líneas de distancia de nuestra ansiada cama.

La desilusión era ahora la gran protagonista, dinero o tiempo. Ambos los teníamos reducidos. Más de lo que nos hubiese gustado. Así que resignados nos dirigimos con paciencia hacia la línea de taxis que se postraba ante nosotros.

Presa de la indecisión, nos debatíamos entre dos malas soluciones que no acababan de convencernos. En aquel instante, fue cuando la “educación alemana” se tornó con sorpresa en la tremenda “amabilidad alemana”. Fuera tópicos. Todos aquellos mitos tradicionales se derrumbaban. Una alegre pareja alemana, algo más mayor que nosotros, se acercó para ofrecernos su coche en un perfecto español. Estupefacto me giré en busca de la aprobación de Miriam, quien respondió anticipadamente con su evidente sonrisa. Sin dudarlo, agradecimos aquel detalle con tintes de regalo divino y nos apresuramos por presentarnos y entablar conversación con nuestros recién descubiertos salvadores.

Ella, profesora de español en un instituto de las afueras de Berlín y él, ejecutivo de una conocida marca de coches. Su amor por España les venía de lejos. Sus padres, en ambos casos alemanes, habían forjado sus respectivas relaciones en nuestro país. Aquel curioso acontecimiento no sólo había cautivado a esta familia, sino que los había unido por completo a la esencia que emana de nuestro territorio. Para ellos, cada día de vacaciones era una oportunidad para retornar a sus orígenes y disfrutar de unas jornadas de sol y playa en la mejor de las compañías. Por un lado, ella, rubia de pelo liso, alta y muy sonriente, sentía especial devoción por Mallorca, donde hacía ya casi cuarenta años se habían conocido sus padres, él de Brandemburgo y ella de Hamburgo. Por su parte, él, más precario con el español aunque igualmente solvente, destacaba por su altura, anchura, y un pelo semi-largo castaño perfectamente cuidado. El caso de sus padres, ambos originarios de Hannover, respondía más a la típica pareja de estudiantes que en su momento decidieron aventurarse a España en su primer viaje juntos para descubrir la Costa del Sol, la Axarquía y terminar entendiendo el estilo de vida propio de La Alpujarra granadina.



Tan sólo fue la primera de sus múltiples visitas al sur de Europa, pero tras casi más de cincuenta años seguían hablando de ello como si hubiese transcurrido en ese mismo verano. De hecho, aquel era el motivo del viaje que los había dirigido directamente a nosotros en aquella fría noche berlinesa. Sin saberlo, habíamos compartido el vuelo desde Málaga, resultando el fin de su idílico viaje, con el cual cedernos el testigo de cara a nuestra soñada visita. Enamorados de Andalucía como nosotros, y en especial de Málaga, no nos fue difícil cimentar una sincera amistad basada en intereses comunes, edades similares y el tremendo afecto y agradecimiento generado. También imagino, que el largo trayecto que nos separaba del alojamiento, fue otro factor determinante.