domingo, 18 de enero de 2015

Nadie como tú

Querida Asma,

Creo que ante lo importante de este acontecimiento ha llegado el momento de dedicarte unas bonitas palabras a la altura de nuestro compromiso, pese a ser consciente de lo complejo de tal hazaña.

Me resulta imposible obviar una fecha tan singular, un aniversario tan glorioso. Algunos lo llaman bodas de plata, otros un cuarto de siglo, pero para mí, es mucho más que todo eso. Toda una vida. Sí, eso es lo que llevamos juntos. Toda una vida repleta de buenos y malos momentos en la que he podido disfrutar de cada uno de tus peculiares gestos, cada uno de tus intensos abrazos, cada sutil caricia, cada interminable noche juntos.

En muchas ocasiones he dudado acerca de la existencia del amor verdadero, acerca del porqué de las cosas, del porqué de esta inesperada relación. Muchas han sido las dudas que han protagonizado mis alocados pensamientos. Muchas las ocasiones en que he llegado a maldecir lo azaroso del destino. Múltiples las quejas ahogadas, innumerables las decepciones, indescriptibles los miedos.

Sin embargo, todo ello ha supuesto para mí el paradigma de la vida, la única y verdadera razón de mi existencia. A lo largo de mi vida has sabido enseñarme lo trascendental de este don con que hemos sido bendecidos. He ido aprendiendo a valorar lo realmente importante, aquello que nos permite ser feliz por encima de todo. Un placer que he podido compartir durante más de veinticinco años, y que confío en que nos siga uniendo durante muchos más.

Probablemente a estas alturas muchos habrán recurrido a la locura como probable explicación a tal despropósito literario. Pero no. Nada más lejos de la realidad. Estas palabras responden a un agradecimiento tan sincero como intenso. Todo lo que soy, es gracias a ti. Todo lo que sé, lo aprendí de ti. Cada segundo contigo ha contribuido a definirme como persona y me ha ayudado a madurar, incluso antes de lo que en ocasiones hubiese deseado. Sé que fuera de contexto, pensar en alguien dispuesto a privarte del oxígeno fundamental para la vida, sería considerado como un cruel asesino, si no algo peor. Pero esta historia no trata acerca de la maldad.

Trata acerca de las lecciones que aporta la vida. Trata acerca de noches imborrables en las que apreciar hasta el más mínimo atisbo de aire penetrando mis perjudicados pulmones. Noches en las que cada luz de coche era entendida como un nuevo pasatiempo con el que aderezar el inmenso aburrimiento que se asomaba tras esa inminente preocupación. Saberte capaz de superar lo que algunos calificarían de agobiante, aterrador o indeseable, no hace sino convertirte en una persona mejor de lo que eras. Armarte de fuerza y valor para afrontar todo lo que esté por llegar. No es que te permita actuar como el superhéroe que nunca serás, pero sí que te aporta esa importantísima coherencia a través de la cual saber interpretar cada cosa en su justa medida.

Si tuviese que ponerte alguna pega como acompañante, mi más fiel y cercana amante, sería la de la impaciencia. Aquella que te impidió esperar hasta que nuestra relación fuese tan sólo cosa de dos. No implicar a tanta gente que no tenía por qué participar de nuestro improvisado e incomprendido amor. No era necesario hacer partícipes a aquellos que desde el desconocimiento sólo podían valorar la parte más negativa de tus intenciones. No necesitabas llegar tan pronto como lo hiciste, por más preparado que pudieras considerarme.

Por lo demás, agradezco cada minuto juntos. Nadie como tú ha sabido entenderme, acompañarme tanto en los buenos como en los malos momentos de mi vida. Nadie como tú ha sabido mostrarme el lado positivo de la vida, aquel que decora sutil cada matiz del mundo que nos rodea, y del cual tantas veces desearíamos desaparecer. Nadie como tú para enseñarme a vivir. Nadie como tú para enseñarme a valorar. Nadie como tú para enseñarme a reír. Nadie como tú para enseñarme a llorar.

Son tantas las escenas vinculadas a ti que me resultaría difícil destacar alguna. Aún recuerdo algunos de nuestros primeros encuentros, cuando aún no tenías siquiera nombre para mí. El inexplicable dolor de la aguja invadiendo mi cuerpo sin previo aviso. El miedo y la tensión como único denominador común en mi entorno familiar.

No quisiera siquiera imaginar lo que tuvo que significar todo aquello para ellos. Sólo confío en que sepan verlo ahora como he aprendido a verlo yo.

Más agradables y claros son los recuerdos asociados a mis incontables experiencias deportivas. Era el único a quien permitían jugar con ayuda extra y además terminar con una ansiada botella como premio. ¡Qué recuerdos! Cuántas fueron las mañanas en las que llevé mi cuerpo hasta su límite convencido de su invencibilidad. Cuántas las carreras agónicas hacia aquel inesperado pero glorioso despertar, ese instante inexplicable en que mis pulmones tan sólo decidían retomar su posición original, dejando con ello paso al sanador fluido de vida.

Irrepetible aquella fortuita visita al especialista cuando sobrepasaba ya las veinte primaveras y la normalidad parecía haberse instalado entre nosotros. Jamás olvidaré aquel rostro desencajado mientras me desvelaba el aterrador desenlace a las recién realizadas pruebas. Anecdótico descubrir como uno de mis pulmones había decidido unilateralmente emprender su propio camino, llevándose con él incluso a parte de su influenciable vecino. Una capacidad pulmonar que rondaba un lamentable cuarenta por ciento de la supuesta media teórica.

Es increíble cómo el tiempo ayuda a relativizar las cosas, cómo el optimismo nos transfiere esa fuerza tan inhumana, cómo la insensatez se erige en líder improvisado para hacerse cargo del resto.

Inolvidables los conciertos que amenizaban cada una de mis noches desde el anochecer hasta las primeras luces del alba, aquellos atrevidos agudos dispuestos a retar al más temible de los silencios. Un sutil sonido interior que supe transformar en melodía, en sinónimo de vitalidad. Un ruido atroz que me recordaba que aún seguías ahí, dispuesta a seguirme hasta la peor de mis pesadillas.

Nunca antes había sentido un amor tan incondicional, un amor tan desinteresado. Una pasión tan inquebrantable, por más que fueran los expertos dispuestos a separarnos. Por más innovaciones tecnológicas que surgieran para acallarte. Siempre has sabido estar ahí, latente, discreta, omnipresente, audaz, impertinente, atrevida, cariñosa, oportuna, cálida y vehemente.

Un regalo que no muchos saben apreciar. Una desgracia que no logran entender. Un referente que no todos alcanzan a seguir.

Pues sí, en mi caso no puedo sino agradecer tu presencia. De todas las enfermedades que podrían haber decidido protagonizar mi vida, estoy completamente seguro de que no podría haber ninguna mejor.

Nadie como tú para hacerme la vida tan complicada pero, en definitiva, tan fácil.

A todos vosotros, seáis conscientes o no, hayáis sucumbido a sus imperfectos encantos, o sean otros cercanos quienes lo hayan hecho. Sea reciente o ya veterana esta indudable relación, tan sólo puedo enviaros este peculiar mensaje de ánimo con el cual transmitiros mi particular experiencia, la cual espero sirva para mostrar a otros lo bonito que sin duda esconde esta gran oportunidad. Esta apasionante compañía que bien entendida, marcará el devenir de nuestros actos y nos convertirá en aquello que somos, en aquello que queramos ser.

                                                                                                          
Siempre tuyo,

                                                                                                               
El paciente in-ex

miércoles, 19 de noviembre de 2014

El libro_p16

Capítulo 16

¡Y tanto que nos quedó!

Aquellos días repletos de buenos momentos e inolvidables recuerdos, se fueros diluyendo sutilmente en nuestra aceptada rutina hasta el punto de protagonizar gran parte de nuestros recursos como pareja. Todo giraba en torno a esa determinada anécdota junto al río, ese extraño peatón que tanto nos llamó la atención en la plaza, o la bella mujer a la que igual no debía haber observado tanto rato durante la cena. Cualquier excusa parecía perfecta para rememorar algún aspecto concreto de tan maravillosa semana.

Tanto es así, que cuando Miriam se acercó cariacontecida, con un rictus hasta ahora desconocido, un semblante del todo desfigurado y un temblor imparable, no pude sino pensar en que nuestra tremenda alegría alemana acababa de finalizar, cualquiera que fuese la razón para ello.

Estupefacto, me dirigí hacia ella, convencido de que no podía ser sino una trabajada broma con la que poder reírse de mí durante semanas. Sin embargo, algo en mi interior me decía que esta vez era diferente. No era su mirada la que se escondía en su bello rostro. No era su sonrisa la que protegía su dulce boca, ni su pelo el que decoraba su escultural cabeza. Todo su ser rezumaba un aroma diferente, nuevo para mi. Fue entonces cuando renuncié a mi estúpido orgullo y me centré en ella, más allá de que pudiese estar cayendo en su jocosa trampa. No me sentía capaz de arriesgarme. Había logrado transmitirme una inquietud, que hacía rato que había dejado de resultarme siquiera soportable.

Tan ligera que casi resultaba irreal, se desprendió hacia mis brazos desconsolada. La preocupación se hacía cargo de mí, bloqueando cualquier atisbo de capacidad comunicativa. Las palabras de atascaban una tras otra en espera de la valiente frase que se atreviera a guiarlas. No sabía qué hacer. Era la primera vez que me mostraba ese lado. La fuerte y estable Miriam había dado lugar a una frágil y vulnerable joven que no encontraba fin a su pánico.

El desconcierto no hacía sino crecer, mientras su cabeza se fundía en mi pecho. Inerte, sin alma. Su abrazo parecía más bien una llamada de socorro que la inmensa felicidad con que solía recibirme. Atónito, mi sentido protector logró zafarse del miedo inicial para, sin no pocas dificultades, cuestionarle el por qué de tan peculiar comportamiento.

Su respuesta fue tan concisa como elocuente:
- No sé qué decir. No sé si alegrarme o llorar. Y eso que aún no lo he compartido contigo.
- Miriam, relájate. No sé de qué me estás hablando, pero necesito que te calmes y me lo expliques tranquilamente. Seguro que no es para tanto. - espeté sin la menor convicción. Sabía que Miriam no era de ese tipo de mujeres que hacen una montaña de un grano de arena o que se ahogan en un vaso de agua.
- Eso intento, pero no creas que es fácil. - Incapaz de acabar la frase, sus lágrimas eran cada vez más numerosas.
- Bueno, mujer. - la abracé con todas mis fuerzas. - Habrá que intentarlo con más fuerza, ¿no? ¿O nos vamos a quedar así toda la tarde?
- Ojalá. -musitó entre sollozos.
- Vale, Miriam. Ya está. - La aparté suavemente de mí para poder ver su humedecido rostro. - Venga, cuéntame. ¿Qué es lo que ha pasado?
- ¿Recuerdas la noche del club que estaba en la orilla del río?
- ¿Te refieres a la noche del Watergate? Pues claro, cómo voy a olvidarla. Sabes que aún no he olvidado ni un sólo instante del viaje. Aunque, he de reconocer que ya empiezo a tener ciertas ganas de hacerlo. Hace casi tres meses que volvimos, y aún seguimos hablando de todo aquello como si fuese ayer.
- Diez semanas.
- ¿Qué?
- Diez semanas, eso es lo que hace que volvimos. Diez semanas exactas. Algo más de setenta días. Poco más de dos meses.
- Ufff, qué precisión. Desde luego no se te escapa una. Menos mal que nuestro aniversario lo tengo ya memorizado, si no la presión ahora mismo sería total. - Intenté sin éxito que mi sonrisa aliviase un poco la tensión que se había generado.
- Tranquilo. No he sido yo quien lo ha recordado. Sabes que soy casi tan mala como tú para esto de las fechas. Pero se ve que en esto no hay demasiado lugar a dudas.
- Bueno, Miriam, déjate de rollos y ve al grano, que me vas a poner de los nervios.
- Pues eso, como te decía. Imagino que recuerdas aquella noche.

Sin duda, mi afirmación era del todo sincera. Era imposible olvidar aquella noche. Lo que comenzó con una sencilla cena “de paso”, en aquel curioso puesto de kebab de la esquina de la estación de Alexander Platz, como entretenimiento gastronómico durante la espera del tren que debía llevarnos a la famosa discoteca que tantas veces nos habían recomendado, culminó en la habitación del hotel a altas horas de la noche, en una mezcla explosiva de amor y atracción a partes iguales. Un cúmulo de sensaciones que, por fin, habíamos logrado canalizar más allá del inevitable cansancio derivado de las interminables caminatas diarias. Aquella noche, no sé si sería el kebab, la humedad del río o el ritmazo de aquel innombrable dj, pero la llegada al hotel en el taxi fue apoteósica. En cuanto el vehículo se paró frente a la puerta de nuestro humilde hostal, la mirada de Miriam cambió por completo. No hacía falta mucho más, conocía perfectamente esa mirada cruzada. Me apresuré a abonar la carrera, sin preocuparme por si el redondeo sería apropiado o no, lo cual a juzgar por su sonrisa debía significar que sí. Mi intento por guardar la cartera de nuevo en el bolsillo resultó en vano, puesto que un destello de fogosidad interceptó mi mano con decisión y me dirigió sin discusión hacia nuestra habitación. No sabría decir cómo llegué exactamente hasta nuestra tercera planta, pero desde luego he de decir que me encantó la sensación.

Una vez en la habitación, tuve la genial idea de intentar preguntar el porqué de aquella reacción. Acto fallido que ella se apresuró a abortar con un elocuente susurro, que seguido de un beso indescriptible, eliminaron cualquier arrebato comunicador que pudiera existir en mí. Desde aquel delicioso gesto, toda la noche pasó a ser un animoso ejemplo de obediencia en el cual quedaba terminantemente prohibido sonreír, dado que era lo único que parecía interrumpir su cortejo. El clásico “¿de qué te ríes?, de nada”, me impedía disfrutar al máximo de un acontecimiento, que sin ser único (no sería del todo justo calificarlo como tal), empezaba a sentir como si lo fuera.

Los minutos precedían a las horas, y tan sólo los primeros rayos de luz pudieron zanjar tan improvisada polémica. Una discusión de lo más agitada en la que afortunadamente, ambos estábamos completamente de acuerdo.

- ¡Pues claro! - se me escapó una risilla traviesa.- ¿Cómo olvidar algo así, cariño?
- Pues eso digo yo. Para mi también fue algo inolvidable. Aunque hasta hoy no había sido consciente de cuanto. ¿Recuerdas que esta mañana te dije que me había levantado con el cuerpo raro? Pues no era la primera vez. Llevo toda la semana con el cuerpo cortado, el estómago levantado, en fin, ¿en serio no te has dado cuenta de nada? - a lo cual evidentemente preferí no contestar. Haciendo del silencio mi mejor aliado. - ¡Joder! Lorenzo, ¡qué difícil me lo pones! Me sentía mal y decidí ir al médico a ver si es que había pillado el virus ese que tiene ahora todo el mundo. Pero el médico, muy gracioso por cierto, me ha dicho que no. Que no exactamente. Que sí que había pillado algo, pero que no lo llamaría aún virus.
- … - Su mirada inquisitiva me ejercía una presión brutal. Todo mi cuerpo estaba inmóvil. Algo en mi interior empezaba a construir una imagen mental que, inmediatamente, anulaba toda habilidad para pensar o, incluso, hablar.
- ¡¿Cariño?! Por favor, dime algo. Por esto es por lo que no me veía capaz de venir a casa. No encontraba la fuerza para contártelo y esperar tu respuesta. Lo siento.
- ¿Qué sientes? ¿De qué se supone que estamos hablando exactamente?
- ¿En serio? - A lo cual respondí con un gesto afirmativo algo burlón. - Estoy embarazada, me acaban de confirmar que ha salido positivo. - Cualquier unidad de tiempo que intentara emplear para describir aquel instante se quedaría corto. No existe expresión alguna capaz de relatar el atemporal periodo que prosiguió a su descomunal anuncio. ¿Horas, días, años? No sé. Tan sólo el crecimiento exponencial, a modo de protuberancia, de sus ojos sobre las cuencas evidenciaban el transcurrir del tiempo en mi cerebro. Todo se volvió silencio, pausa, infinidad. - ¿Hola? Dime algo, por favor. Yo tampoco me lo esperaba. Ni siquiera lo podía imaginar, me decía “No Miriam, ni te lo plantees”, “eso no te puede pasar a ti”. Pero se ve que sí, me ha pasado, bueno, nos ha pasado. Lo siento, de verdad, aún podemos evitar que pase, pero necesito que me hables, por favor.
- ¿Cómo?
- ¿Cómo qué? No pretenderás que lo repita, ¿no? - Sin dejarle terminar la frase, todo el silencio acumulado se tornó en pasión y cariño. Un amor sin límites se apoderó de mí, sin el más mínimo beneficio a la duda. Una felicidad incontrolable me invadía por dentro. El más elocuente de mis abrazos se encargó de responder sus preguntas con tinte de plegaria. Nada más, un abrazo, una mirada, lágrimas y un beso eterno. No hizo falta más.

Tan sólo nueve meses después de nuestro ansiado viaje a tierras berlinesas, la vida nos deleitó con uno de esos regalos que jamás llegaremos a entender, que jamás podremos agradecer, que jamás dejaremos de querer. No sólo nos convirtió en la pareja más feliz del mundo, sino que trajo consigo a un espléndido “bebote” con cara de sinvergüenza. Un mini yo, con la preciosa mirada de su madre.



Álex, fue el nombre elegido. No podía ser otro. En honor a la famosa plaza, a la estación donde todo empezó, al rincón del que nunca me gustaría volver. Un homenaje al viaje que nos unió, al hostal que nos acogió, a aquel extraño reloj que nos situó, y aquel irrepetible kebab que nos nutrió. Un “gracias” transformado en nombre. Un nombre que representara su gracia. Un emblema de la ciudad, trasladado al símbolo de nuestra felicidad. Por aquel hostal que supo ocultar una maravillosa plaza que, por deseo del destino, formaría desde aquel día parte indivisible de nuestras vidas.

domingo, 9 de noviembre de 2014

El libro_p15

Capítulo 15

Eran las siete de la tarde cuando la noche ya cerrada enmarcó nuestro curioso deambular por aquella maravillosa calle, un continuo de tiendas lujosas donde la ostentación más exagerada convivía en aparente normalidad con productos igualmente exclusivos e inasequibles pero que podrían ser definidos como elegantes. Un esplendor basado en el diseño, los brillos, llamativos colores y máxima calidad.

Friedrichstrasse, o algo así la llamaban. Lejos de convertirse en un referente de moda para nosotros, sí que contenía ese grado necesario de extravagancia, tanto en los contenidos como en sus brillantes envoltorios, suficiente para erigirse como un objetivo interesante y capaz de generar infinidad de conversaciones banales pero divertidas. Un buen rato repleto de quejas y llantos amargos en los cuales simular un deseo inexistente por lucir esa inexplicable excelencia.

A escasos metros de allí, en un desvío muy recomendado y casi obligatorio, se encontraba el paraíso del dulce, haciendo esquina junto a la famosa Gendarmenmarkt. Una tienda tradicional donde los monumentos más emblemáticos se rendían a la delicadeza del chocolate mejor moldeado. Desde la puerta de Brandemburgo al mejor de los museos, todas estas enormes y detalladas maquetas sucumbían ante un sencillo pero inolvidable volcán en constante actividad. Una erupción de sabores inducidos. Un reclamo insuperable. Uno de esos locales que poseen la envidiada virtud de acoger a vecinos y extraños por igual, con la misma naturalidad e interés.

Como humilde sustitutivo orientado a saciar la sed generada por dichas carísimas obras de arte gastronómico, salimos equipados con varios de los bombones de la casa, clasificados en función de su contenido en cacao, alegrándonos así la noche entre risas manchadas pero orgullosas. Ese puntito de picardía tan importante, un capricho fundamental, un regalo vital irresistible. Continuamos nuestro aleatorio vagar por la ciudad, recorriendo la citada avenida en dirección norte, donde la estación del S-Bahn a la cual daba nombre, también denominada estación de metro rápido, garantizaba un tránsito peatonal ininterrumpido a su alrededor. Oleadas de personas que descendían en manada y accedían en grupos más irregulares pero no menos numerosos. Un flujo enorme de personas anónimas unidas por su indudable rutina.

Un espectáculo propio de grandes ciudades como esta, que ya sea por suerte o por desgracia, quienes procedíamos de ciudades más pequeñas como Málaga desconocíamos por completo. Esa belleza implícita en el estrés propio de tal transferencia. Las prisas asociadas al acto de subir o bajar del metro. Un protocolo casi ceremonial en el cual los viajeros esperan impacientes la apertura de las puertas desde ambos lados del umbral. Unos estáticos, otros en movimiento descendiente hasta alcanzar la parada frente a los primeros. Unos instantes tensos e impersonales en los cuales nadie parece percatarse de su imagen especular. Absortos en su rutina, realizan la misma acción una y otra vez. Desde el metro, esperan la llegada del momento en que las puertas se desbloqueen para poder abandonar el vagón entre la multitud que espera educadamente que finalice el proceso de salida para acelerar con disimulo y optar a los mejores asientos vacantes. Un transbordo más, una nueva experiencia.

Tras las imponentes vías elevadas que empleaban las principales líneas asociadas a esta importante parada, se escondía en el silencio de la oscuridad más introvertida un flujo no menos importante pero mucho más discreto. Un movimiento más tranquilo y sutil que condicionaba a la ciudad en igual medida, pese a que lograra pasar desapercibido para la gran mayoría. El abundante río Spree recorría la ciudad siempre a la espalda de los diferentes rincones de esta gran capital. Uno de esos elementos fundamentales, que al igual que ocurría con los innumerables canales que recorrían la ciudad, no acababan de recibir el reconocimiento que merecían.

El puente del cual procedíamos se posaba con suavidad sobre la intersección con Oranienburger Strasse, una calle de menor rango pero perfectamente equiparable en cuanto a su fama. El número de locales, así como el glamour de estos, se reducía considerablemente. Las tiendas más relevantes daban lugar a desconocidas cervecerías, restaurantes y modestas viviendas. Como complemento a esta nueva realidad urbana, un elenco de portentosas féminas, todas rubias, altas, esbeltas y ataviadas por ceñidos atuendos cuyo único denominador común parecía ser el plumón corto blanco, aderezaban sonrientes y respetuosas el caminar de los abundantes y sorprendidos visitantes.

A unos cuantos cientos de metros, la ligera curva que presentaba el trazado viario nos dirigió hacia nuestro ansiado objetivo. Frente a nosotros se alzaba el Kunsthaus Tacheles. Una casa okupa, más bien considerada como bloque de viviendas, donde las diferentes plantas se abrían a turistas e invitados con el mayor de los descaros. Entre un sin fin de grafitis variados, emanaban unas primeras plantas más opacas que custodiaban a las plantas altas donde los espacios expositivos y talleres de trabajo, se alternaban con tiendas de souvenirs de fabricación propia y un interesante bar-cafetería en la cima, no apto para víctimas del vértigo. Por su parte, la trasera del edificio destacaba por el vacío del gran patio medianero, en el cual un indescriptible biergarten ofrecía una alternativa más terrenal en la cual disfrutar del entorno entre amigos y actuaciones improvisadas.

Aquella decadencia controlada, aquel paradigma del arte urbano más reivindicativo y polémico, yacía desde hacía años entre los principales emblemas oficiales de la ciudad. Un eterno rumor de derrumbe que contrastaba con su indestructible éxito turístico y social. Sea como fuere, aquel ruinoso edificio representaba una gran parte del Berlín más auténtico, justo al lado del lujo más recalcitrante y prometedor de la capital.

Por su parte, ejemplos como Cassiopeia (en el barrio de Friedrichshain), establecían una alternativa menos mediática al movimiento diferenciador de esa otra Berlín. Esa capaz de sacar pecho en la peor de las situaciones y enorgullecerse de las carencias con ingenio y simple libertad. La East Side Gallery, la Iglesia del Recuerdo, Check Point Charlie, el Oberbaumbrücke, Hauptbahnhof o la renovada Alexander Platz formaban parte indiscutible de ese peculiar encanto basado en una esencia única. Un homenaje sincero y bien resuelto al contraste más extremo como reclamo y referente ciudadano. Una ciudad basada en los llenos más brillantes rodeados por los vacíos más prometedores. Sonidos diversos en perfecta armonía con la intensa melodía de silencios. Una maravillosa clase magistral sobre el respeto al pasado como principal medio para soñar el futuro.

Aún recuerdo su magia, su particular identidad. Aquella que permite al visitante disfrutar de la melancólica postal retratada en un genial parque de atracciones abandonado en pleno parque urbano, con la misma intensidad con que goza ante una pista de esquí artificial erigida de la noche a la mañana en plena Potsdamer Platz. Discotecas surgidas del encanto encerrado entre las cuatro paredes de un antiguo matadero o un indestructible búnker, enfrentadas a un espacio de ocio de lo más tecnológico y vanguardista.

Un paseo infinito desde lo moderno a lo tradicional, de lo destruido a lo reconstruido, de lo deseado a lo encontrado, ilusión y respeto, admiración y osadía como ingredientes fundamentales de esta receta espectacular.

Todo ese amor por la diferencia, ese recital fuera de lo común, no pudo sino fomentar en nosotros un sentimiento de agradecimiento y bienestar ante nuestra situación. Un vínculo innegable con nuestras peculiaridades como pareja, que nos ayudó a entender como claves de nuestra atracción y nuestro rebosante valor añadido.

Grandes momentos que desembocaron en un verdadero homenaje a nuestra relación, nuestro porvenir, una alfombra roja que no pensábamos desaprovechar. Serían muchos los años que pasasen, las ciudades que pudiésemos visitar, las personas que apareciesen en nuestras vidas, pero sin duda, una cosa permanecía inamovible en nuestras memorias, en nuestros corazones. Una frase capaz de revertir cualquier atisbo de tristeza o duda en nuestras vidas. Un resorte frenético que provocaba inmediatamente la más sincera e inevitable de nuestras sonrisas.

Siempre nos quedará Berlín, cariño”.


miércoles, 22 de octubre de 2014

El libro_p14

Capítulo 14

Pasión, cariño, deseo, ilusión, felicidad... aquello que algunos se empeñaban en definir como una maravillosa segunda oportunidad. A juzgar por nuestra edad entonces y tras todo lo ocurrido, más bien me referiría a ello como el logro pleno de nuestra joven relación, a pesar de aquel periodo de cierta inestabilidad.

Afortunadamente todo aquello pasó, y como suelen decir, no pudo con nosotros sino que consiguió hacernos más fuertes. Nuestra relación dio un paso definitivo hacia la total confianza que nos guiaba al uno hacia el otro. Meses de pura alegría ante el ambiente de optimismo y empatía que nos rodeaba.

El cenit de una complicidad sin parangón, que alcanzó su grado más elevado en aquella inolvidable semana primaveral. Un viaje soñado que nos permitió afianzar desde la experiencia esta nueva realidad. Un momento que pertenecía exclusivamente a nosotros, y que, independientemente de que pudiesen aparecer otros bajones, permanecería en nuestros recuerdos para siempre.

Como no podía ser de otro modo, un evento de tal importancia, vino inevitablemente acompañado de un cierto estrés impropio de un objetivo tan alegre y divertido. Desde la elección del destino, la estancia y el horario de vuelo, hasta la organización de las distintas rutas previstas por la ciudad. Un debate constante recubierto de cierta tensión, pero amortiguado por la ilusión que nos mantenía enganchados a lo que imaginábamos que sería una gran aventura.

He de reconocer que parte de aquellas dudas podrían estar motivadas por una de esas grandes frases que a todos nos han dicho alguna vez, fruto de la experiencia de nuestros allegados, y que decía tal que así:

Cuidadito con estos viajes, que no tienen término medio. O salen muy bien, o volvéis sin hablaros. Son muchas horas juntos y se darán múltiples situaciones a las que no os habéis enfrentado antes. De vuestra complicidad dependerá el resultado final. Pero bueno, ya me contarás, tampoco quiero fastidiarte las vacaciones”.

Son de esos consejos, que por más que intenten acabar con un enfoque positivo y alentador, no dejan de minar nuestra pasión y contagiarnos de los miedos adquiridos por otros a lo largo de sus vidas. A día de hoy puedo decir que no le faltaba razón, pero no sé si supe agradecerlo como quizás merecía.

Volviendo a nuestro ansiado trayecto, las dudas se convirtieron en decisiones y las opciones en tan sólo alternativas, como debería ser. Todo parecía encajado, el trabajo previo estaba resuelto. A partir de entonces, dependería de nosotros disfrutar de ello, o dejarnos llevar por la aleatoriedad asociada a la suerte.

El destino finalmente resultó ser Berlín, esa grandiosa ciudad repleta de historia y modernidad a partes iguales. La capital alemana se había deshecho de grandes candidatas como el tópico romanticismo de París, la historia imborrable de Roma o el exotismo de Praga y Budapest.

Finalmente, nos vimos seducidos por esa extraña combinación entre oferta cultural y fiesta, todo ello como parte de un marco incomparable, considerado referente europeo de contemporaneidad. Como no podía ser de otra manera, nuestros escasos recursos nos obligaban a recurrir al low cost como solución más asequible, lo cual indudablemente derivó en un conjunto de horarios poco agradables, dejémoslo ahí. Llegar de noche a una ciudad desconocida siempre genera cierta tensón, más aún si el idioma oficial se aleja tanto de lo que podríamos definir como conocido. Pese a ello, éramos conscientes de que estas eran las cosas que realmente convertían a este viaje en una excitante aventura. Superadas las inevitables preocupaciones y objeciones trasmitidas por ambas familias, nos despedimos de ellos con sensaciones enfrentadas, por un lado nuestra ilusión y nerviosismo, propios de una decisión así, mientras que en su lado de la orilla el protagonista no era otro que el miedo. Supongo que no podía haber sido de otro modo, pero he de reconocer que en aquel momento no le di demasiada importancia. Mi única preocupación era el avión, tres horas que temía resultaran eternas. Como consuelo, música, sueño y la tranquilizadora sonrisa de Miriam.

El reloj superaba escasamente las doce de la noche, cuando ese incomprensible piloto decidió deleitarnos con un speech que bien podía haber inspirado uno de esos graciosísimos sketch televisivos. Decir que no entendimos ni una sola palabra, sería quedarnos demasiado cortos. El desconcierto general nos tranquilizó, mientras que una amable azafata se dirigía a nosotros para aclarar con una leve sonrisa que se iba a comenzar con la maniobra de aterrizaje, conforme al horario previsto y que la temperatura en Berlín era de 2ºC.

Tras agradecer con enorme sinceridad su ayuda, nos miramos sorprendidos, intentando sin éxito disimular nuestra reacción ante el dato tan impactante que nos acababa de mencionar. 2ºC. ¿En serio? Lo único que pude decir en aquel momento, introduciendo las palabras con calzador entre las carcajadas encerradas tras mi avergonzada mano, fue:

- Cariño, pues igual ibas a tener razón con que lo de venir en pantalón corto y camiseta no era lo más apropiado.

Evidentemente, la última palabra sirvió como luz verde para las múltiples carcajadas que se agolpaban en mis adentros. Perdido todo atisbo de vergüenza o discreción, no pudimos sino reír al compás de los cariñosos golpes que me propinaba Miriam, mientras contenía sin éxito las carcajadas y sus consiguientes lágrimas. Tal fue el escándalo, que fueron varios los vecinos de asiento que se contagiaron de nuestra risa nerviosa y se unieron a la recién inaugurada fiesta del humor y el frío.

Acto seguido, tras toda una serie de cruces de miradas cómplices, se apagaron poco a poco los ánimos y el silencio volvió a apoderarse del pasaje, mientras Miriam me susurraba al oído:

- ¡Qué vergüenza cariño! No te puedes estar callado, ¿verdad? Seguro que ya somos oficialmente los catetos del avión. Jajaja.
- ¡Anda ya! Si estaban todos muertos de risa. A ver si te vas a pensar que somos los únicos gilipollas en manga corta. Jajaja. Todos lo habían pensado, pero igual he sido yo el único dispuesto a compartirlo. Al final, es tan sólo un tema de generosidad y sinceridad, cariño, nada más.- le guiñé el ojo con tierna complicidad.
- Ya, eso va a ser. ¡Qué rollo que tienes! Jajaja.

Abrazados e incómodos, como no podía ser de otro modo en aquellos diabólicos asientos, nos disponíamos a afrontar mi miedo a aterrizar. Salvo por aquellas pequeñas turbulencias al final, no pude justificar mis miedos, hasta el punto de participar entusiasmado en el momento “aplauso final” con que se despide todo vuelo satisfactorio. Es entonces cuando el miedo se convierte en alegría y cansancio a partes iguales. Las prisas de repente invaden la cabina y todos se impacientan ante la proximidad a abandonar el aparato.

Confirmando que no dejábamos atrás ninguna de nuestras pertenencias, como buen caballero, me aseguraba de llevar conmigo la gran mayoría de bultos que, sin duda, no me pertenecían más que en un ínfimo y respetuoso porcentaje. Dos maletas de mano, un “bolsito” y una pequeña mochila con las pertenencias de mayor valor. Todo eso, mientras Miriam se ponía precavida la rebeca y yo me esforzaba por no perder mi jersey. Preocupaciones que se desmoronaron súbitamente ante la sorpresa mayor, el aeropuerto de Berlín, algo así como Schönefeld decían que se llamaba, se caracterizaba por carecer de fingers de recogida. Sí señores. Esa fue la broma final del viaje. 2ºC que se sentían como si el mercurio hubiese decidido ir en busca del centro de la Tierra, y se presentaban ante nosotros de lo más cariñosos nada más cruzar el umbral de la puerta. No era bastante con evitar cualquier extravío, no desprenderse al vacío a través de aquella minúscula e incómoda escalerilla, sino que además había que hacerlo sobreponiéndose a la más espeluznante de las tiritonas. Un temblor sin precedentes me indicaba lo peligroso de aquella inesperada hazaña. Miriam, escondida tras la manga de su fina rebeca, me gritaba con la mirada que me pusiera mi jersey inmediatamente. La ralentización de mis actos, fruto de un frio tan aterrador, contribuyó a que cruzara los escasos metros que me separaban del edificio de bienvenida, con tan sólo una manga debidamente introducida, y el muestrario de equipajes de mano arrastrados de mala manera por la terminal.

Sin más, nos acercamos algo perdidos y aún tiritando al puesto de información, por aquello de consultar la dirección exacta que debíamos tomar hacia el metro y posteriormente hasta la parada más cercana a nuestro hostel. Fue entonces cuando la “frialdad alemana” quedó más que patente, en el momento en que aquella seria mujer nos espetó con dureza:

Lo siento pero hoy no va a ser posible utilizar el metro debido a la huelga anunciada esta misma mañana”.

Parecía imposible, pero sí, aún cabía sufrir los efectos de un jarro de agua fría sobre nosotros. En aquel momento no podíamos ocultar el pánico. Hasta tal punto, que la “frialdad alemana” dio paso a su no menos característica educación. Preocupada nos recomendó el uso de un taxi para evitar cualquier riesgo y alcanzar nuestro alojamiento a la mayor brevedad posible, puesto que la alternativa parecía ser exclusivamente un autobús que nos dejaba a varias líneas de distancia de nuestra ansiada cama.

La desilusión era ahora la gran protagonista, dinero o tiempo. Ambos los teníamos reducidos. Más de lo que nos hubiese gustado. Así que resignados nos dirigimos con paciencia hacia la línea de taxis que se postraba ante nosotros.

Presa de la indecisión, nos debatíamos entre dos malas soluciones que no acababan de convencernos. En aquel instante, fue cuando la “educación alemana” se tornó con sorpresa en la tremenda “amabilidad alemana”. Fuera tópicos. Todos aquellos mitos tradicionales se derrumbaban. Una alegre pareja alemana, algo más mayor que nosotros, se acercó para ofrecernos su coche en un perfecto español. Estupefacto me giré en busca de la aprobación de Miriam, quien respondió anticipadamente con su evidente sonrisa. Sin dudarlo, agradecimos aquel detalle con tintes de regalo divino y nos apresuramos por presentarnos y entablar conversación con nuestros recién descubiertos salvadores.

Ella, profesora de español en un instituto de las afueras de Berlín y él, ejecutivo de una conocida marca de coches. Su amor por España les venía de lejos. Sus padres, en ambos casos alemanes, habían forjado sus respectivas relaciones en nuestro país. Aquel curioso acontecimiento no sólo había cautivado a esta familia, sino que los había unido por completo a la esencia que emana de nuestro territorio. Para ellos, cada día de vacaciones era una oportunidad para retornar a sus orígenes y disfrutar de unas jornadas de sol y playa en la mejor de las compañías. Por un lado, ella, rubia de pelo liso, alta y muy sonriente, sentía especial devoción por Mallorca, donde hacía ya casi cuarenta años se habían conocido sus padres, él de Brandemburgo y ella de Hamburgo. Por su parte, él, más precario con el español aunque igualmente solvente, destacaba por su altura, anchura, y un pelo semi-largo castaño perfectamente cuidado. El caso de sus padres, ambos originarios de Hannover, respondía más a la típica pareja de estudiantes que en su momento decidieron aventurarse a España en su primer viaje juntos para descubrir la Costa del Sol, la Axarquía y terminar entendiendo el estilo de vida propio de La Alpujarra granadina.



Tan sólo fue la primera de sus múltiples visitas al sur de Europa, pero tras casi más de cincuenta años seguían hablando de ello como si hubiese transcurrido en ese mismo verano. De hecho, aquel era el motivo del viaje que los había dirigido directamente a nosotros en aquella fría noche berlinesa. Sin saberlo, habíamos compartido el vuelo desde Málaga, resultando el fin de su idílico viaje, con el cual cedernos el testigo de cara a nuestra soñada visita. Enamorados de Andalucía como nosotros, y en especial de Málaga, no nos fue difícil cimentar una sincera amistad basada en intereses comunes, edades similares y el tremendo afecto y agradecimiento generado. También imagino, que el largo trayecto que nos separaba del alojamiento, fue otro factor determinante.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Inmaduros e inseguros, ¿es así como queremos ser?

Muchos son los foros en los cuales se debate acerca del preocupante devenir de nuestra sociedad y no menos las veces en que me he encontrado a mi mismo meditando sobre el por qué de esta involución social.

No cabe duda que como todo aspecto relacionado con un proceso tan complejo como el evolutivo, son múltiples los aspectos que condicionan una determinada actitud poblacional y amplísimas las consecuencias culturales y educativas de dichos matices.

Sin embargo, en mi afán por entender el origen, comprender el fin último de este debate, me decanto por una explicación bastante sencilla, capaz no sólo de invertir el proceso evolutivo sino fomentar un desarrollo negativo del ser humano.

Mientras algunos apuntan hacia la maldad o el egoísmo como posibles causantes de tal debacle, yo prefiero atribuir estos defectos a todos y cada uno de nosotros, como consecuencia de actos más comunes y tangibles.

En mi opinión, la principal razón por la cual nos horrorizamos cada día con las anécdotas que nos rodean, es la falta de principios de la que adolece nuestra sociedad.

Evidentemente, este macro-motivo genera a su vez infinidad de motivos secundarios, como la creación de un sistema basado en ensalzar al menos capaz, un modelo de comunicación basado en el morbo derivado de lo negativo, una pseudo libertad que nos aleja de lo más importante, nuestra propia intimidad y su consiguiente habilidad para decidir. La globalización, en lugar de desembocar en un esquema social desde el cual poner en valor el potencial colectivo a partir de las diferentes virtudes individuales, nos limita cada día más mediante la anulación del valor individual en pro de un colectivo curiosamente más individualista y ajeno precisamente al colectivo del que procede. La preocupación por el bienestar de los demás ha cedido su lugar a la preocupación por la imagen trasladada públicamente a nuestros semejantes, mientras nos importa un pimiento su auténtico bienestar o incluso el nuestro.

Valores tan importantes como la amistad, el compañerismo o el disfrute y enriquecimiento personal derivado del altruismo, se han convertido en banales símbolos de la cursilería más recalcitrante y de la obsolescencia social.

Con todos mis respetos, no debemos permitir que esto ocurra, no podemos quedarnos impasibles mientras renunciamos abiertamente al “hoy por ti mañana por mi”, a cambio de una suscripción no solicitada para el “doble rasero” o el famoso “es que no es lo mismo”.

Una de las cosas más detestables de la sociedad actual es algo tan antiguo como hacer a los demás aquello que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros mismos. Esta ausencia total de empatía nos introduce irremediablemente en una espiral que se retroalimenta y nos arma de excusas para justificar nuestras más lamentables decisiones. El doble rasero implícito en la típica respuesta “no es lo mismo” viene a resolver los resquicios de conciencia social que aún permanecen en nuestras modernas mentalidades.

Por último, se tiende a vincular esta tendencia con el indudable egoísmo que caracteriza al ser humano, aportando así unas connotaciones negativas no pertenecientes al concepto objetivo original. Hacer las cosas por nuestro bien, no tiene absolutamente nada que ver con que el motivo de ese bienestar sea el bien o mal ajeno. Ahí es donde se esconde la verdadera conciencia social, en saber elegir la forma de disfrutar sin molestar a los demás, sin perjudicarles a ellos para evitar así sentirnos perjudicados por sus respectivos actos. En definitiva, empatizar para fomentar en los demás lo que nos gustaría que nos hicieran a nosotros.

Pero, sin duda, estos razonamientos podrían ser acusados de una excesiva generalidad. Es por ello, que haría falta analizar el problema con mayor detalle, llegando a una conclusión fundamental, el principal causante de todo esto es tan sencillo como el desarrollo desmesurado de dos de los principales problemas de la sociedad:

La inmadurez y la inseguridad.

La inmadurez de no ser capaz de asumir las consecuencias de nuestros actos, no ser capaces de afrontar los esfuerzos que requieren muchos de ellos. La inmadurez intrínseca en la búsqueda de lo bueno sin aceptar lo menos bueno. Siempre se ha dicho que “el que algo quiere algo le cuesta”, sin embargo, este refrán tradicional cada vez carece de más sentido. Si algo nos cuesta verdadero esfuerzo, ya no lo queremos. Y si aún así lo seguimos queriendo por su importancia dentro del nuevo status social impuesto, entonces parece que alguien nos ha delegado inmediatamente el derecho a tenerlo, y ya que otros se hagan cargo de aquello que nosotros ni podemos ni queremos encarar. Es así como surge la otra gran palabra clave, por no decir mágica. El favor. El favor es esa maravillosa acción por la cual puedes llegar a solicitar a los demás todo aquello que necesites o no quieras aceptar, sin que se genere derecho alguno de reciprocidad y desde la evidente convicción de que es un arma secreta que puedo usar en mi propio beneficio con el único límite que nos llegue a imponer nuestro interlocutor. Porque claro está, en este caso, los valores sociales tradicionales sí son de lo más importantes e inevitables.

El otro gran mal que asola nuestra sociedad es la inseguridad como medio de impulsión humana. La inseguridad es una virtud humana que desemboca irremediablemente en el miedo a sentirnos menos que nuestro vecino, con lo importante que ello resulta dentro de ese nuevo status del que os hablaba. Hemos creado una sociedad en la cual parece que todos debemos ser igual de buenos e importantes, independientemente de nuestra capacidad innata, nuestra preparación o nuestro esfuerzo. Ya no premiamos la excelencia, sino que, una vez más, fomentamos la mediocridad para así lograr que nadie se sienta menospreciado o minusvalorado. Nadie desea esa sensación en sus iguales, evidentemente, pero no acabo de entender en qué momento, el hecho de ser peor que alguien debe constituir una amenaza a mi valía. Lo siento, pero no puedo estar de acuerdo con esta afirmación ni esta nueva filosofía social. Ya está bien.

Basta de igualdades forzadas, mediocridades inducidas, luchemos por ser mejores, para lo cual es fundamental que haya referentes sociales que nos ayuden a avistar nuevos horizontes culturales e intelectuales, que nos inviten a seguir aprendiendo, en definitiva que nos ayuden a mejorar. Para lo cual, es fundamental volver a la madurez y la seguridad como principales referentes de cara a la culminación de estos principios. La generosidad implícita en compartir. Compartir los conocimientos adquiridos para así lograr que sean más los que alcancen nuestro nivel, la humildad necesaria para entender que lo que yo he comprendido sin más, puede que genere nuevos avances desde la perspectiva de otros. Creer en la capacidad de los demás, entender lo importante de un trabajo en equipo. La importancia de perpetuar el saber colectivo a través de la educación como transmisión de conocimiento. Todo lo que sabemos nos viene heredado por lo que, sinceramente, no creo que queramos destrozar en esto también el principio del “hoy por ti, mañana por mi”. Es el momento de recordar todos los avances que hemos podido disfrutar gracias a la generosidad de grandes mentes del pasado.


En definitiva, es fundamental que la sociedad actual luche por recuperar logros pasados para reinterpretarlos en clave contemporánea y seguir aportando nuestro granito de arena de cara a generaciones futuras. No rompamos la cadena social. Asumamos nuestra responsabilidad para con nuestros descendientes, pues no es nuestro presente con lo que estamos jugando, sino que es el futuro lo que realmente hipotecamos.

martes, 7 de octubre de 2014

La “desmitificación” admirada

Este enigmático título no responde sino a uno de los principales procesos evolutivos a los que, inevitablemente, se enfrenta todo ser humano. Concretamente se trata de la transformación progresiva que todos experimentamos a lo largo de nuestra vida, vinculada irremediablemente al proceso de madurez.

Cuando nacemos, necesitamos de unos años para apropiarnos de nuestros actos y hacer uso de la razón. Desde ese mismo instante, nuestros padres se erigen en las figuras idolatradas y fascinantes con que compartimos la infancia. Esos superhéroes capaces de todo, menos de equivocarse.

Personas mitificadas por nuestra ingenuidad y una muestra desproporcionada de cariño familiar.

Inexplicablemente el tiempo nos reconduce hacia una postura más fría e independiente en la cual nuestros padres se van desprendiendo de toda virtud extraordinaria para verse rodeados de mediocridad e incluso defectos. Una metamorfosis tan sorprendente como inevitable. Popularmente aceptada, evidencia la complejidad de la mente humana.

La pubertad y posterior juventud se escapa de nuestras manos al mismo tiempo en que el bucle de cariño hacia nuestros padres nos devuelve a una posición positiva en la cual reconocer más los méritos que los errores. La edad hace el resto y lo que antes era un fanatismo desprovisto de toda razón, se torna en simple admiración.


Un recorrido vital de ida y vuelta, sólo tamizado por la madurez, herramienta empleada por la naturaleza para prepararnos con ayuda del tiempo de cara a las diferentes etapas del bucle en que nos sume la vida, pasando de niños a padres y posteriormente a abuelos. Repetidos giros a través de ese bucle infinito en el cual nos desplazamos por los distintos puntos de vista hasta que dejamos nuestro lugar a los que están por llegar. Un aprendizaje constante y divertido en el cual observar el mismo hecho, al que llamamos vida, desde infinitas perspectivas.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

La silueta

Hoy he sido testigo de excepción de una de esas escenas que no dejan indiferente a nadie, o por lo menos a mi. En un viaje que calificaría como trivial, típico trayecto doméstico en el cual recorres casi por inercia los escasos kilómetros que te separan de tu hogar, me he encontrado absorto en mis pensamientos ante una de esas imágenes tan bonitas como tristes, que inundan nuestro día a día.

Una vez más, la creatividad se muestra como lo que es, una maquinaria algo oxidada que no siempre se activa cuando la accionamos, sino que en la mayoría de los casos decide sorprendernos en el momento más insospechado.

Como decía, el fotograma de la mencionada escena se componía como sigue. Una pronta noche de verano, una ciudad en su fase de adaptación al cambio, calles de recogida, paseantes rezagados en sus indefinidos deambulares. En ese instante concreto, decido emplear mi coche particular para incurrir en la vía pública y recorrer distraído las inmediaciones de mi casa. Al llegar al semáforo de la esquina, no puedo evitar fijarme en el motivo de estas líneas.

Un caminante se postra erguido, inmóvil, concentrado en su objetivo. Una silueta en mitad de la noche, retroiluminada por el escaparate de un concesionario. Una silueta inanimada incapaz de separar su mirada de ese bello objeto que parece erigirse en algo más que una simple coincidencia. Un individuo capaz de recrear el sentimiento de toda una sociedad.

Un ejemplo inmejorable de ese espíritu tan alentador como preocupante que caracteriza nuestro devenir. El paradigma de la ilusión por lograr un objetivo ansiado en la vida, que encierra tras de sí una triste y cruel realidad: el observador obsesionado por lograr lo que no tiene, no encuentra luz alguna que le permita ver todo aquello que le rodea y que sí que tiene a su alcance.

Desde la soledad de mi vehículo no he podido sino recapacitar acerca del simbolismo de esta estampa, una silueta anónima en mitad de la oscuridad fruto de la única luz que parece interesarle, gracias a su innegable capacidad para negar todo aquello que le rodea.