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domingo, 9 de noviembre de 2014

El libro_p15

Capítulo 15

Eran las siete de la tarde cuando la noche ya cerrada enmarcó nuestro curioso deambular por aquella maravillosa calle, un continuo de tiendas lujosas donde la ostentación más exagerada convivía en aparente normalidad con productos igualmente exclusivos e inasequibles pero que podrían ser definidos como elegantes. Un esplendor basado en el diseño, los brillos, llamativos colores y máxima calidad.

Friedrichstrasse, o algo así la llamaban. Lejos de convertirse en un referente de moda para nosotros, sí que contenía ese grado necesario de extravagancia, tanto en los contenidos como en sus brillantes envoltorios, suficiente para erigirse como un objetivo interesante y capaz de generar infinidad de conversaciones banales pero divertidas. Un buen rato repleto de quejas y llantos amargos en los cuales simular un deseo inexistente por lucir esa inexplicable excelencia.

A escasos metros de allí, en un desvío muy recomendado y casi obligatorio, se encontraba el paraíso del dulce, haciendo esquina junto a la famosa Gendarmenmarkt. Una tienda tradicional donde los monumentos más emblemáticos se rendían a la delicadeza del chocolate mejor moldeado. Desde la puerta de Brandemburgo al mejor de los museos, todas estas enormes y detalladas maquetas sucumbían ante un sencillo pero inolvidable volcán en constante actividad. Una erupción de sabores inducidos. Un reclamo insuperable. Uno de esos locales que poseen la envidiada virtud de acoger a vecinos y extraños por igual, con la misma naturalidad e interés.

Como humilde sustitutivo orientado a saciar la sed generada por dichas carísimas obras de arte gastronómico, salimos equipados con varios de los bombones de la casa, clasificados en función de su contenido en cacao, alegrándonos así la noche entre risas manchadas pero orgullosas. Ese puntito de picardía tan importante, un capricho fundamental, un regalo vital irresistible. Continuamos nuestro aleatorio vagar por la ciudad, recorriendo la citada avenida en dirección norte, donde la estación del S-Bahn a la cual daba nombre, también denominada estación de metro rápido, garantizaba un tránsito peatonal ininterrumpido a su alrededor. Oleadas de personas que descendían en manada y accedían en grupos más irregulares pero no menos numerosos. Un flujo enorme de personas anónimas unidas por su indudable rutina.

Un espectáculo propio de grandes ciudades como esta, que ya sea por suerte o por desgracia, quienes procedíamos de ciudades más pequeñas como Málaga desconocíamos por completo. Esa belleza implícita en el estrés propio de tal transferencia. Las prisas asociadas al acto de subir o bajar del metro. Un protocolo casi ceremonial en el cual los viajeros esperan impacientes la apertura de las puertas desde ambos lados del umbral. Unos estáticos, otros en movimiento descendiente hasta alcanzar la parada frente a los primeros. Unos instantes tensos e impersonales en los cuales nadie parece percatarse de su imagen especular. Absortos en su rutina, realizan la misma acción una y otra vez. Desde el metro, esperan la llegada del momento en que las puertas se desbloqueen para poder abandonar el vagón entre la multitud que espera educadamente que finalice el proceso de salida para acelerar con disimulo y optar a los mejores asientos vacantes. Un transbordo más, una nueva experiencia.

Tras las imponentes vías elevadas que empleaban las principales líneas asociadas a esta importante parada, se escondía en el silencio de la oscuridad más introvertida un flujo no menos importante pero mucho más discreto. Un movimiento más tranquilo y sutil que condicionaba a la ciudad en igual medida, pese a que lograra pasar desapercibido para la gran mayoría. El abundante río Spree recorría la ciudad siempre a la espalda de los diferentes rincones de esta gran capital. Uno de esos elementos fundamentales, que al igual que ocurría con los innumerables canales que recorrían la ciudad, no acababan de recibir el reconocimiento que merecían.

El puente del cual procedíamos se posaba con suavidad sobre la intersección con Oranienburger Strasse, una calle de menor rango pero perfectamente equiparable en cuanto a su fama. El número de locales, así como el glamour de estos, se reducía considerablemente. Las tiendas más relevantes daban lugar a desconocidas cervecerías, restaurantes y modestas viviendas. Como complemento a esta nueva realidad urbana, un elenco de portentosas féminas, todas rubias, altas, esbeltas y ataviadas por ceñidos atuendos cuyo único denominador común parecía ser el plumón corto blanco, aderezaban sonrientes y respetuosas el caminar de los abundantes y sorprendidos visitantes.

A unos cuantos cientos de metros, la ligera curva que presentaba el trazado viario nos dirigió hacia nuestro ansiado objetivo. Frente a nosotros se alzaba el Kunsthaus Tacheles. Una casa okupa, más bien considerada como bloque de viviendas, donde las diferentes plantas se abrían a turistas e invitados con el mayor de los descaros. Entre un sin fin de grafitis variados, emanaban unas primeras plantas más opacas que custodiaban a las plantas altas donde los espacios expositivos y talleres de trabajo, se alternaban con tiendas de souvenirs de fabricación propia y un interesante bar-cafetería en la cima, no apto para víctimas del vértigo. Por su parte, la trasera del edificio destacaba por el vacío del gran patio medianero, en el cual un indescriptible biergarten ofrecía una alternativa más terrenal en la cual disfrutar del entorno entre amigos y actuaciones improvisadas.

Aquella decadencia controlada, aquel paradigma del arte urbano más reivindicativo y polémico, yacía desde hacía años entre los principales emblemas oficiales de la ciudad. Un eterno rumor de derrumbe que contrastaba con su indestructible éxito turístico y social. Sea como fuere, aquel ruinoso edificio representaba una gran parte del Berlín más auténtico, justo al lado del lujo más recalcitrante y prometedor de la capital.

Por su parte, ejemplos como Cassiopeia (en el barrio de Friedrichshain), establecían una alternativa menos mediática al movimiento diferenciador de esa otra Berlín. Esa capaz de sacar pecho en la peor de las situaciones y enorgullecerse de las carencias con ingenio y simple libertad. La East Side Gallery, la Iglesia del Recuerdo, Check Point Charlie, el Oberbaumbrücke, Hauptbahnhof o la renovada Alexander Platz formaban parte indiscutible de ese peculiar encanto basado en una esencia única. Un homenaje sincero y bien resuelto al contraste más extremo como reclamo y referente ciudadano. Una ciudad basada en los llenos más brillantes rodeados por los vacíos más prometedores. Sonidos diversos en perfecta armonía con la intensa melodía de silencios. Una maravillosa clase magistral sobre el respeto al pasado como principal medio para soñar el futuro.

Aún recuerdo su magia, su particular identidad. Aquella que permite al visitante disfrutar de la melancólica postal retratada en un genial parque de atracciones abandonado en pleno parque urbano, con la misma intensidad con que goza ante una pista de esquí artificial erigida de la noche a la mañana en plena Potsdamer Platz. Discotecas surgidas del encanto encerrado entre las cuatro paredes de un antiguo matadero o un indestructible búnker, enfrentadas a un espacio de ocio de lo más tecnológico y vanguardista.

Un paseo infinito desde lo moderno a lo tradicional, de lo destruido a lo reconstruido, de lo deseado a lo encontrado, ilusión y respeto, admiración y osadía como ingredientes fundamentales de esta receta espectacular.

Todo ese amor por la diferencia, ese recital fuera de lo común, no pudo sino fomentar en nosotros un sentimiento de agradecimiento y bienestar ante nuestra situación. Un vínculo innegable con nuestras peculiaridades como pareja, que nos ayudó a entender como claves de nuestra atracción y nuestro rebosante valor añadido.

Grandes momentos que desembocaron en un verdadero homenaje a nuestra relación, nuestro porvenir, una alfombra roja que no pensábamos desaprovechar. Serían muchos los años que pasasen, las ciudades que pudiésemos visitar, las personas que apareciesen en nuestras vidas, pero sin duda, una cosa permanecía inamovible en nuestras memorias, en nuestros corazones. Una frase capaz de revertir cualquier atisbo de tristeza o duda en nuestras vidas. Un resorte frenético que provocaba inmediatamente la más sincera e inevitable de nuestras sonrisas.

Siempre nos quedará Berlín, cariño”.


lunes, 30 de junio de 2014

El libro_p13


Capítulo 13

  • Ufff.- Era la única palabra que me sentía capaz de articular. Sin duda, mi estado de angustia había logrado superar la barrera de mi piel, en forma de un gélido sudor.
  • Cariño, me estás empezando a asustar. Por favor, dime lo que tengas que decir. Sea lo que sea lo entenderé pero, por favor, no me hagas esto más difícil.
  • Lo siento Miriam. De verdad que lo siento. Pero creo que no tienes ni idea de lo que es estar realmente asustado. Esa es la clave de todo esto. El susto y el miedo han dado lugar a un terror indescriptible, puro pánico irracional. Mi cerebro se bloquea y no encuentro salida alguna. Verte ahí, seria, callada y expectante, no hace sino empeorar una situación que ya de por sí resulta insoportable, créeme.- Inevitablemente los sentimientos fluían sin remedio. Cada palabra rasgaba mi garganta como si de un alambre de espino se tratase. Por si esto fuese poco, sus lágrimas decidieron hacer acto de presencia e invadir con descaro esas mejillas que tantas veces había admirado.- Por favor, no me hagas esto. Sabes que no puedo verte llorar.
  • Lo siento, pero la primera vez que hablamos me pediste que siempre te fuese sincera.
  • Ufff.- Nuevamente, recurrí a la palabra mágica para intentar armarme de valor y afrontar una situación que me sobrepasaba de largo. Respiré hondo, me limpié la cara y clavé mi derrotada mirada en ella.- Miriam, ven aquí.- Obediente me ofreció su mano y se dirigió hacia mi pecho como un obediente “animalillo”. La abracé con ternura. Sentir de nuevo como su alma se desprendía de su cuerpo para entregarse completamente a mí, me dio la energía extra que necesitaba. La sostuve firme frente a mí y proseguí con mi recién descubierto discurso.- Te quiero. Lo sabes. Sabes que jamás haría nada que pudiese entristecer lo más mínimo tu existencia. No podría soportar hacerte daño. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida y he tenido la suerte de darme cuenta a tiempo. Sin embargo, como siempre, existe una cara oculta que nos hace temblar de miedo. Un miedo atroz a perderte, a despertar y que todo esto no haya sido más que un sueño. No cambiaría nada de mi vida, nada que pudiera alejarme de ti. Pero, por más que haya intentado ocultarlo, hay algo de mí que me avergüenza, algo que me hace sentir la persona más insegura del mundo. Un complejo físico que se ha erigido en un tremendo lastre anímico.
    Cada mañana me levanto contando los minutos para verte y me acuesto, imaginando cada segundo hasta tu regreso. Veinticuatro horas, los trescientos sesenta y cinco días del año. Tan sólo un instante ínfimo e insignificante es capaz de enturbiar todo esto. Ese asqueroso instante que se empeñaba en trasladarme a este fatídico momento. El momento en el que tú y yo, afrontaríamos la realidad. Esa realidad que nos muestra un escenario en el cual una chica como tú jamás podría estar con un tullido como yo.
  • Shhhh.- Condescendiente se lanzó hacia mí, decidida a acallar mis palabras con su dedo. Esta vez no, era el momento de hablarlo. Lo que tuviese que ser, sería. No había marcha atrás. Eran muchas, quizás demasiadas, las veces que habíamos evitado esta transcendental conversación, pero ya no más.
  • Miriam, déjame acabar. Me lo has pedido tú. Tú también me pediste que fuese honesto contigo y creo que no lo he sido del todo. No quiero soportar esta carga ni un día más.
  • Está bien, pero no digas esas cosas. No pienso dejar que nadie hable así de ti, ni siquiera tú mismo.- Esbozó una tímida sonrisa a la cual no pude corresponder.
  • Como decía, ambos sabemos que no soy el novio perfecto. Son muchas las razones que me llevan a creer esto, pero sin duda hay una que destaca por encima de todas. Miriam, ¡joder!, eres la más guapa e inteligente de todo el maldito instituto, y yo casi no recuerdo ya como era mi puñetero rostro.
    ¡Nunca he sido un lince o un modelo de excepción, pero es que ahora encima me estoy quedando ciego!

Mientras que las palabras abandonaban orgullosas mi cuerpo para inundar cada centímetro de mi entorno como si del mejor antídoto contra la tristeza se tratase, el efecto parecía convertirse en su opuesto al encuentro con Miriam. Todo lo que en mí resultaba tranquilidad y alivio, en ella parecía tornarse en una opresión difícil de ocultar.
Por diferentes motivos pero la misma razón, ambos nos descubrimos sumidos en un infinito silencio que ni la presencia de algunos despistados compañeros parecía romper.
Sólo existía ella, yo, la nada, retales de un dolor que desgarraba mi ser por última vez.

Desgraciadamente, ese instante duró más de lo deseado y su impasible cara de asombro y pena comenzó a generar en mí una tensión que recordaba peligrosamente a aquella de la que creía haberme desprendido para siempre. Agobiado, dolido, desconcertado. La impaciencia acabó apoderándose de mí.

  • Miriam, ¿estás bien? Por favor, dime algo.
  • ¡¿En serio?! ¡¿Cómo quieres que esté bien si mi novio, la persona a la que he admirado durante todo este tiempo, ha resultado ser un completo idiota, un inepto incapaz de ver más allá de su propio ego?!- aquella reacción me dejó completamente sorprendido, absorto en un lenguaje corporal hasta entonces desconocido.-
    Sé lo difícil que esto ha debido ser para ti. Soy consciente de que no puedo, ni podré jamás, entender lo que debes haber pasado. Todo eso está muy bien. Pero una cosa es perder la visión y otra muy diferente es que me hayas tenido todo este tiempo ahí y no hayas aprendido una mierda sobre mí. Mi vida ha sido mucho mejor que la tuya, al menos aparentemente. Pero sabes lo frustrante que ha sido siempre para mí, no poder ser la niña perfecta que todos esperaban que fuera. Cada error, cada duda, cada acierto, todo parecía volverse en mi contra. Si era guapa, por serlo, si era lista, por serlo. Nunca era suficiente para lo que podría ser. Cuando lo único verdaderamente importante para mí, era ser simplemente normal, una más. Poder equivocarme y aprender de ello sin sentirme juzgada a cada paso. Como ves, no somos tan diferentes como crees. Yo también he vuelto a nacer a tu lado. Yo también me he reencontrado en tus brazos, tu sonrisa y tu mirada.
    Me ofendes si crees realmente que no soy capaz de ver más allá de tus ojos. Me importa un comino que no vayas a poder ser piloto, no necesitas la vista para seguir guiando mi camino. Siento ser tan dura contigo, pero ya basta de pena e inseguridades. Si algo he aprendido de ti es a valorar lo que tengo en vez de añorar lo que nunca tuve ni tendré. Te tengo a ti, me haces feliz, y estoy segura de que ni en la peor de las oscuridades dejarías de verlo. Me sobra con saber que estás ahí, eso es todo.
    No te digo por donde me paso los comentarios y cuchicheos de nuestros queridos compañeros. No me importa si me creen merecedora de ti o no. No me importan las bromas que hagan sobre nosotros, los menosprecios que decoren sus atentas miradas. Todo eso me da igual, pero para ello necesito saber que estás conmigo en esto. Que vas a ser ese chico valiente y seguro de sí mismo del que me enamoré. Hace mucho que superé tus defectos y no voy a dejar que me traslades nuevamente a un barro del que hace tiempo que salimos.
    Amor, te quiero. Ciego o no. Sordo o no. Gordo, flaco, alto o bajo. Te quiero a ti, por lo que eres, por lo que representas para mi, por cómo me haces sentir. Eso es todo lo que necesitas saber. Sé que llevabas demasiado aguantando esa carga que habías decidido auto-imponerte, pero necesito que lo superes. Ya te dije en su día que no dejaría que nada ni nadie se interpusiera entre nosotros, así que más te vale ponerte las pilas.- Una nueva sonrisa decoró la maravillosa escena. El primer impacto había dado lugar en mí a un sentimiento de orgullo inexplicable. No sólo fui incapaz de no responder a su sonrisa, sino que tampoco pude evitar que nuestros pechos se fundieran con pasión.
  • Miriam, lo siento. Tienes razón, creo que no he estado a la altura.
  • No te preocupes cariño. El miedo suele obligarnos a actuar como estúpidos.
  • Lo sé, pero este miedo era demasiado fuerte. Ni cuando me dijeron que podía perder totalmente la visión, sentí ese vacío infranqueable que me prometía la posibilidad de perderte.
  • No seas tonto. Estoy aquí y mientras así lo desees, aquí seguiré.
  • Gracias Miriam. En serio, por todo. Hasta para dar hostias tienes estilo. Jajaja.
  • Un placer. Jajaja.

Entre risas fuimos recuperando, poco a poco, esa normalidad perdida, aunque una cosa había cambiado, algo que jamás volvería a ser igual. No habría más dudas ni más miedos o, al menos, eso era lo que pensaba en aquel momento.

lunes, 3 de febrero de 2014

El libro _p11


Capítulo 11

Pocas cosas en mi vida podrían ser descritas con tanto lujo de detalles como aquella sonrisa perfecta. Un cúmulo de matices e imperfecciones capaz de conformar el mayor paradigma posible de la belleza, la perfección.

Tópicos aparte, cada instante con ella suponía un aluvión de emociones que invadían mis pensamientos hasta apoderarse de todo resquicio de duda o negatividad. Sé que en ocasiones se alude a la utopía, la ingenuidad fruto del amor o la ilusión del principio, pero me enorgullece poder decir que más allá de lo que pasase mañana, por destructivo que pudiera resultar, jamás podría desprenderme de esto. En tan sólo unos meses mi vida había pasado de convertirse en un reto diario por sobrevivir y alcanzar mi tan ansiada mediocridad, a una felicidad extrema ante la cual la única lucha posible es la de mantener los pies en la tierra y evitar desprenderme de una mediocridad casi olvidada.

Pensé que el tiempo se apoderaría de nuestra relación, que la ilusión inicial se desvanecería, incluso llegué a temer que haber logrado mi objetivo pudiera condicionar mi pasión. Meses más tarde, seguía emocionándome al recordar nuestro primer beso, los vellos aún se erizaban al visionar lo ocurrido. Y lo que es más importante, el pasado, lejos de ser un retal melancólico que me alejara de mi presente, se erguía en los cimientos de una realidad cada vez más prometedora.

Todos mis días contaban con un primer beso, una primera caricia, un primer abrazo y una primera sonrisa. De hecho, raro era el día que no contaba con múltiples primeros besos.

Sin embargo, la felicidad sentimental acabó atrayendo una inevitable bajada de mi rendimiento académico, fruto de la compartimentación de mi cerebro, donde mi relación ocupaba una superficie exponencialmente mayor. Afortunadamente, una de las máximas de la vida se cumplió sin excepciones y el hecho de estar contento y a gusto conmigo mismo vino a suplir dichas carencias, logrando una eficacia sin igual, optimizando el tiempo empleado para mis tareas al máximo con el fin de dedicar el mayor tiempo posible a ella, mi musa, mi otro yo.

En casa, desgraciadamente, no siempre entendieron las cosas como yo. A pesar de que mis esfuerzos por mantener mis resultados daban poco a poco sus frutos, mis padres mostraban una preocupación notoria sobre mi, en palabras de mi madre, obsesión por esa chica.

Quiero pensar, que aparte de luchar por el bienestar presente y futuro de su hijo, en el fondo no podían dejar de verme como ese chico desprotegido y condicionado, incapaz de realizar una vida normal e independiente. Por mi parte, la lectura era completamente opuesta. Encontrar a una persona tan increíble y enamorada de mi, suponía el broche de oro a mi integración social y me doctoraba en mi nueva vida, aquella en la que luchar exclusivamente por ser uno más. Un joven preocupado por sus estudios y sus amores, no precisamente en ese orden. Lo tenía. Tenía unos estudios que me interesaban mucho más de lo que podría haber pensado inicialmente y contaba con el apoyo y la compañía de alguien capaz de relegar ese interés a un distanciado pero meritorio segundo plano.

Tan sólo existía un “pero” en nuestra idílica relación. Seguía manteniendo un tabú que no me atrevía a tratar con franqueza. Ambos sabíamos que yo no era como los demás, pero en el fondo nunca habíamos hablado de ello. Probablemente por miedo a que ella pudiera asustarse o, en su caso, por evitarme un mal rato o generar cualquier tipo de malentendido que me alejara de ella. Era muy bonito sentir cómo ella se volcaba en mi sin miedos ni celos. Me hacía sentir la persona más afortunada del mundo, aunque al final siempre acabara apareciendo esa nimiedad que lo estropeaba. En mis adentros era consciente de que algún día tendría que armarme de valor y abrirle la última de mis puertas. Pero, sinceramente, aún no me sentía lo suficientemente seguro de mi mismo ni de nuestra relación como para acometer tan temible tarea. Y eso me entristecía. Por muy oculto que quedara tras toneladas de indudable felicidad, lograba asomar su presencia.

Como suele ocurrir, las mejores cosas de esta vida, ocurren casi sin querer.

Una mañana más, en mi paseo hacia el instituto, me encontré con ella a mitad de camino para disfrutar de los últimos momentos del trayecto junto a ella y deleitarnos con nuestro tradicional café de la esquina. Lejos quedaban ya aquellas aventuras estresantes y complicadas con las que alcanzar la esquiva puerta del centro. Aprovechando aquellos infinitos momentos de alegría, nuestra conversación giró en torno a uno de esos temas que no pasan desapercibidos.

Dado que aquel maravilloso e inolvidable beso había dado lugar a otros del mismo calibre y los momentos junto a ella pasaron de ser bonitas excepciones para convertirse en una placentera rutina, decidimos que no tenía sentido seguir ocultando la evidencia. No más caricias furtivas, no más imposturas mal fingidas, no más besos encarcelados. Ya habían pasado varias semanas y la satisfacción añadida a todo lo que se considera prohibido o desconocido ya carecía de sentido.

Firmes en nuestro recién definido acuerdo, coincidencias del destino, durante unas jornadas deportivas organizadas por el instituto en el que compartíamos equipo de voleibol, no pude evitar ajustar cuentas pendientes con mi pasado y reaccionar ante su acercamiento sonriente. Esta vez sí, esta vez la besaría y no dejaría pasar la oportunidad de compartir con ella mi deseo y mi admiración. Lo ocurrido con Sandra justo antes de iniciarse mi particular calvario no podía repetirse y pensé que no había mejor manera de cerrar esa etapa que cambiando las tornas de mi actitud frente a un instante peligrosamente parecido.

Inmerso en tales discusiones internas, Miriam pareció leer como tantas otras veces mis pensamientos y me guiñó cómplice uno de sus maravillosos ojos, indicando con ello su aprobación de lo que fuera estaba tramando en silencio.

Cual sensible robot, obedecí firme a su llamada y me dirigí a ella hasta alcanzar glorioso la comisura de sus labios. Mis brazos se adherían convencidos alrededor de los suyos, motivados por la euforia reinante.

Sin embargo, lo que para nosotros suponía una liberación definitiva, entre nuestros compañeros generó reacciones muy diversas. Y lo que es peor, ante los alumnos de otras clases, una sorpresa mayúscula. Nadie en el instituto era ajeno a los rumores que se oían acerca de nuestra relación pero, imagino que debido a lo que ella representaba dentro del escalafón de las niñas del “insti” y mis especiales circunstancias, nunca habían llegado a establecerse como una de las comidillas oficiales del mini pueblo en el que estudiábamos.

Por todo ello, ese beso y posterior derroche de cariño, no pudo sino desatar lo peor de cada uno, hasta descubrirnos lo cruel que podemos llegar a ser en ocasiones. Las risillas nerviosas dieron progresivamente lugar a carcajadas sarcásticas hasta que, en pocos minutos, la presión ejercida sobre nosotros desde todos los ángulos posibles era atroz, insoportable. La tensión fluía en torno a nuestro improvisado partido y no era precisamente el fin deportivo lo que motivaba tal ambiente. La competitividad, en este caso social, se apoderó de aquellos considerados como líderes de la manada y sus reacciones no se hicieron esperar. Las niñas que ostentaban el cetro de las más guapas se dirigían a ella como si su relación conmigo les confirmase su condición de fracasada. Mi beso se había convertido en su sentencia definitiva y en la excusa perfecta para desprestigiar a quien todas consideraban como una auténtica rival.

Por su parte, los niños, fieles a nuestra propia idiosincrasia, se decantaban más bien por la sorna y las bromas de mal gusto para ensalzarme al pódium de los héroes, desde el cual emplear la ironía para arrojarme al vacío.

Si fuese el único afectado en esta situación, he de reconocer que no me hubiese alterado lo más mínimo, dado que una de las cosas para las cuales me habían preparado con más ahínco en mi casa, era para la posible burla fácil de mis compañeros. Y no puedo engañar a nadie, cuando has pasado por tanto, cuanto menos aprendes a relativizar ciertas estupideces. Pero no. No estaba sólo en esto. Y era la primera vez en que no acompañaba esa frase con un rotundo “afortunadamente”. Todo ese entorno hostil despertó los peores fantasmas de mi cabeza, destapando mi principal duda acerca de nuestra relación: mi problema, mi maldito problema.

Avergonzado y algo incómodo, me derrumbé y me dejé llevar por el infante que puebla en cada uno de nosotros, abandonando la escena con el firme convencimiento de que eso acallaría las voces y alejaría a Miriam del tornado que se acababa de generar. Nada más lejos de la realidad. Como no podía ser de otro modo, aquello no hizo sino incentivar a los aburridos alumnos, hasta alcanzar al unísono toda una serie de cánticos hirientes hacia mi persona. Enfurecido y devastado, me dispuse a recoger mis pertenencias antes de retomar el camino de vuelta, huyendo más de mí mismo que de los presentes.

Preocupada, Miriam seguía mis pasos a escasa distancia, deseando alcanzarme para aclarar las cosas. Su estela no sólo no me ayudaba, sino que ejercía sobre mí una presión añadida difícil de afrontar. Era uno de esos momentos en los que la soledad parece erigirse en la única compañía posible. Todo esto era nuevo para mí y era consciente de que me estaba viendo superado por las circunstancias. Conforme más se acercaba el sonido de sus pasos, mayor era la energía con que aceleraba mi huida.

Recorrimos así casi todo el instituto hasta alcanzar por fin nuestro aula. Acorralado y sin ideas, la desesperación se hizo cargo de la situación reaccionando ante Miriam como si fuera ella la culpable de aquel desaguisado. Sin éxito, intenté persuadirla para que me dejara sólo y simplemente se olvidara de lo ocurrido.

  • Miriam, déjame en paz. Como verás, no es un buen momento.
  • Ven aquí.
  • ¡No!
  • Vamos a ver, ¿se puede saber que mosca te ha picado? ¿Me he perdido algo? ¿En serio vas a dejar que esta panda de gilipollas te amarguen la fiesta? No te ofendas, pero me niego a creer que el chico duro y luchador del que me enamoré vaya a derrumbarse ante cuatro “graciosillos” de poca monta.
  • Tú no lo entiendes, Miriam. Es mucho más complicado que todo eso.
  • Bien, sorpréndeme. Aquí me tienes. Deléitame con esa aparente complejidad que se permite el lujo de alejarme de la persona a la que más quiero en esta vida.
  • Miriam. Por favor, ya me conoces.
  • ¡Ni Miriam ni hostias! Tú también me conoces a mí y sabes que todos los payasos que están gritando ahí fuera me importan un bledo. Sólo estoy aquí por ti, porque jamás te había visto tan agobiado. Ni cuando recibías un aviso del director tras otro por tus reincidentes retrasos. Así que creo que merezco una explicación. Y no se te ocurra repetir eso de que es complicado. No me gusta ver como mi novio me huye por todo el instituto como si fuese la portadora de algún mal contagioso. Hasta donde yo sé, no he hecho nada que te haya podido molestar, ¿o sí?

Hundido y sin salida, no pude sino respirar hondo y pedirle que se sentara, pasando por alto uno de los momentos más especiales con que me había encontrado en todo el día. La emoción del momento le había llevado a referirse a mi como su novio. Un placer para mis oídos, un punto de inflexión en nuestra relación que me veía obligado a obviar ante lo delicado de nuestra conversación.

  • Está bien, si eso es lo que quieres, creo que tienes toda la razón. Te mereces una explicación.