miércoles, 8 de octubre de 2014

Inmaduros e inseguros, ¿es así como queremos ser?

Muchos son los foros en los cuales se debate acerca del preocupante devenir de nuestra sociedad y no menos las veces en que me he encontrado a mi mismo meditando sobre el por qué de esta involución social.

No cabe duda que como todo aspecto relacionado con un proceso tan complejo como el evolutivo, son múltiples los aspectos que condicionan una determinada actitud poblacional y amplísimas las consecuencias culturales y educativas de dichos matices.

Sin embargo, en mi afán por entender el origen, comprender el fin último de este debate, me decanto por una explicación bastante sencilla, capaz no sólo de invertir el proceso evolutivo sino fomentar un desarrollo negativo del ser humano.

Mientras algunos apuntan hacia la maldad o el egoísmo como posibles causantes de tal debacle, yo prefiero atribuir estos defectos a todos y cada uno de nosotros, como consecuencia de actos más comunes y tangibles.

En mi opinión, la principal razón por la cual nos horrorizamos cada día con las anécdotas que nos rodean, es la falta de principios de la que adolece nuestra sociedad.

Evidentemente, este macro-motivo genera a su vez infinidad de motivos secundarios, como la creación de un sistema basado en ensalzar al menos capaz, un modelo de comunicación basado en el morbo derivado de lo negativo, una pseudo libertad que nos aleja de lo más importante, nuestra propia intimidad y su consiguiente habilidad para decidir. La globalización, en lugar de desembocar en un esquema social desde el cual poner en valor el potencial colectivo a partir de las diferentes virtudes individuales, nos limita cada día más mediante la anulación del valor individual en pro de un colectivo curiosamente más individualista y ajeno precisamente al colectivo del que procede. La preocupación por el bienestar de los demás ha cedido su lugar a la preocupación por la imagen trasladada públicamente a nuestros semejantes, mientras nos importa un pimiento su auténtico bienestar o incluso el nuestro.

Valores tan importantes como la amistad, el compañerismo o el disfrute y enriquecimiento personal derivado del altruismo, se han convertido en banales símbolos de la cursilería más recalcitrante y de la obsolescencia social.

Con todos mis respetos, no debemos permitir que esto ocurra, no podemos quedarnos impasibles mientras renunciamos abiertamente al “hoy por ti mañana por mi”, a cambio de una suscripción no solicitada para el “doble rasero” o el famoso “es que no es lo mismo”.

Una de las cosas más detestables de la sociedad actual es algo tan antiguo como hacer a los demás aquello que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros mismos. Esta ausencia total de empatía nos introduce irremediablemente en una espiral que se retroalimenta y nos arma de excusas para justificar nuestras más lamentables decisiones. El doble rasero implícito en la típica respuesta “no es lo mismo” viene a resolver los resquicios de conciencia social que aún permanecen en nuestras modernas mentalidades.

Por último, se tiende a vincular esta tendencia con el indudable egoísmo que caracteriza al ser humano, aportando así unas connotaciones negativas no pertenecientes al concepto objetivo original. Hacer las cosas por nuestro bien, no tiene absolutamente nada que ver con que el motivo de ese bienestar sea el bien o mal ajeno. Ahí es donde se esconde la verdadera conciencia social, en saber elegir la forma de disfrutar sin molestar a los demás, sin perjudicarles a ellos para evitar así sentirnos perjudicados por sus respectivos actos. En definitiva, empatizar para fomentar en los demás lo que nos gustaría que nos hicieran a nosotros.

Pero, sin duda, estos razonamientos podrían ser acusados de una excesiva generalidad. Es por ello, que haría falta analizar el problema con mayor detalle, llegando a una conclusión fundamental, el principal causante de todo esto es tan sencillo como el desarrollo desmesurado de dos de los principales problemas de la sociedad:

La inmadurez y la inseguridad.

La inmadurez de no ser capaz de asumir las consecuencias de nuestros actos, no ser capaces de afrontar los esfuerzos que requieren muchos de ellos. La inmadurez intrínseca en la búsqueda de lo bueno sin aceptar lo menos bueno. Siempre se ha dicho que “el que algo quiere algo le cuesta”, sin embargo, este refrán tradicional cada vez carece de más sentido. Si algo nos cuesta verdadero esfuerzo, ya no lo queremos. Y si aún así lo seguimos queriendo por su importancia dentro del nuevo status social impuesto, entonces parece que alguien nos ha delegado inmediatamente el derecho a tenerlo, y ya que otros se hagan cargo de aquello que nosotros ni podemos ni queremos encarar. Es así como surge la otra gran palabra clave, por no decir mágica. El favor. El favor es esa maravillosa acción por la cual puedes llegar a solicitar a los demás todo aquello que necesites o no quieras aceptar, sin que se genere derecho alguno de reciprocidad y desde la evidente convicción de que es un arma secreta que puedo usar en mi propio beneficio con el único límite que nos llegue a imponer nuestro interlocutor. Porque claro está, en este caso, los valores sociales tradicionales sí son de lo más importantes e inevitables.

El otro gran mal que asola nuestra sociedad es la inseguridad como medio de impulsión humana. La inseguridad es una virtud humana que desemboca irremediablemente en el miedo a sentirnos menos que nuestro vecino, con lo importante que ello resulta dentro de ese nuevo status del que os hablaba. Hemos creado una sociedad en la cual parece que todos debemos ser igual de buenos e importantes, independientemente de nuestra capacidad innata, nuestra preparación o nuestro esfuerzo. Ya no premiamos la excelencia, sino que, una vez más, fomentamos la mediocridad para así lograr que nadie se sienta menospreciado o minusvalorado. Nadie desea esa sensación en sus iguales, evidentemente, pero no acabo de entender en qué momento, el hecho de ser peor que alguien debe constituir una amenaza a mi valía. Lo siento, pero no puedo estar de acuerdo con esta afirmación ni esta nueva filosofía social. Ya está bien.

Basta de igualdades forzadas, mediocridades inducidas, luchemos por ser mejores, para lo cual es fundamental que haya referentes sociales que nos ayuden a avistar nuevos horizontes culturales e intelectuales, que nos inviten a seguir aprendiendo, en definitiva que nos ayuden a mejorar. Para lo cual, es fundamental volver a la madurez y la seguridad como principales referentes de cara a la culminación de estos principios. La generosidad implícita en compartir. Compartir los conocimientos adquiridos para así lograr que sean más los que alcancen nuestro nivel, la humildad necesaria para entender que lo que yo he comprendido sin más, puede que genere nuevos avances desde la perspectiva de otros. Creer en la capacidad de los demás, entender lo importante de un trabajo en equipo. La importancia de perpetuar el saber colectivo a través de la educación como transmisión de conocimiento. Todo lo que sabemos nos viene heredado por lo que, sinceramente, no creo que queramos destrozar en esto también el principio del “hoy por ti, mañana por mi”. Es el momento de recordar todos los avances que hemos podido disfrutar gracias a la generosidad de grandes mentes del pasado.


En definitiva, es fundamental que la sociedad actual luche por recuperar logros pasados para reinterpretarlos en clave contemporánea y seguir aportando nuestro granito de arena de cara a generaciones futuras. No rompamos la cadena social. Asumamos nuestra responsabilidad para con nuestros descendientes, pues no es nuestro presente con lo que estamos jugando, sino que es el futuro lo que realmente hipotecamos.

martes, 7 de octubre de 2014

La “desmitificación” admirada

Este enigmático título no responde sino a uno de los principales procesos evolutivos a los que, inevitablemente, se enfrenta todo ser humano. Concretamente se trata de la transformación progresiva que todos experimentamos a lo largo de nuestra vida, vinculada irremediablemente al proceso de madurez.

Cuando nacemos, necesitamos de unos años para apropiarnos de nuestros actos y hacer uso de la razón. Desde ese mismo instante, nuestros padres se erigen en las figuras idolatradas y fascinantes con que compartimos la infancia. Esos superhéroes capaces de todo, menos de equivocarse.

Personas mitificadas por nuestra ingenuidad y una muestra desproporcionada de cariño familiar.

Inexplicablemente el tiempo nos reconduce hacia una postura más fría e independiente en la cual nuestros padres se van desprendiendo de toda virtud extraordinaria para verse rodeados de mediocridad e incluso defectos. Una metamorfosis tan sorprendente como inevitable. Popularmente aceptada, evidencia la complejidad de la mente humana.

La pubertad y posterior juventud se escapa de nuestras manos al mismo tiempo en que el bucle de cariño hacia nuestros padres nos devuelve a una posición positiva en la cual reconocer más los méritos que los errores. La edad hace el resto y lo que antes era un fanatismo desprovisto de toda razón, se torna en simple admiración.


Un recorrido vital de ida y vuelta, sólo tamizado por la madurez, herramienta empleada por la naturaleza para prepararnos con ayuda del tiempo de cara a las diferentes etapas del bucle en que nos sume la vida, pasando de niños a padres y posteriormente a abuelos. Repetidos giros a través de ese bucle infinito en el cual nos desplazamos por los distintos puntos de vista hasta que dejamos nuestro lugar a los que están por llegar. Un aprendizaje constante y divertido en el cual observar el mismo hecho, al que llamamos vida, desde infinitas perspectivas.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

La silueta

Hoy he sido testigo de excepción de una de esas escenas que no dejan indiferente a nadie, o por lo menos a mi. En un viaje que calificaría como trivial, típico trayecto doméstico en el cual recorres casi por inercia los escasos kilómetros que te separan de tu hogar, me he encontrado absorto en mis pensamientos ante una de esas imágenes tan bonitas como tristes, que inundan nuestro día a día.

Una vez más, la creatividad se muestra como lo que es, una maquinaria algo oxidada que no siempre se activa cuando la accionamos, sino que en la mayoría de los casos decide sorprendernos en el momento más insospechado.

Como decía, el fotograma de la mencionada escena se componía como sigue. Una pronta noche de verano, una ciudad en su fase de adaptación al cambio, calles de recogida, paseantes rezagados en sus indefinidos deambulares. En ese instante concreto, decido emplear mi coche particular para incurrir en la vía pública y recorrer distraído las inmediaciones de mi casa. Al llegar al semáforo de la esquina, no puedo evitar fijarme en el motivo de estas líneas.

Un caminante se postra erguido, inmóvil, concentrado en su objetivo. Una silueta en mitad de la noche, retroiluminada por el escaparate de un concesionario. Una silueta inanimada incapaz de separar su mirada de ese bello objeto que parece erigirse en algo más que una simple coincidencia. Un individuo capaz de recrear el sentimiento de toda una sociedad.

Un ejemplo inmejorable de ese espíritu tan alentador como preocupante que caracteriza nuestro devenir. El paradigma de la ilusión por lograr un objetivo ansiado en la vida, que encierra tras de sí una triste y cruel realidad: el observador obsesionado por lograr lo que no tiene, no encuentra luz alguna que le permita ver todo aquello que le rodea y que sí que tiene a su alcance.

Desde la soledad de mi vehículo no he podido sino recapacitar acerca del simbolismo de esta estampa, una silueta anónima en mitad de la oscuridad fruto de la única luz que parece interesarle, gracias a su innegable capacidad para negar todo aquello que le rodea.

lunes, 30 de junio de 2014

El libro_p13


Capítulo 13

  • Ufff.- Era la única palabra que me sentía capaz de articular. Sin duda, mi estado de angustia había logrado superar la barrera de mi piel, en forma de un gélido sudor.
  • Cariño, me estás empezando a asustar. Por favor, dime lo que tengas que decir. Sea lo que sea lo entenderé pero, por favor, no me hagas esto más difícil.
  • Lo siento Miriam. De verdad que lo siento. Pero creo que no tienes ni idea de lo que es estar realmente asustado. Esa es la clave de todo esto. El susto y el miedo han dado lugar a un terror indescriptible, puro pánico irracional. Mi cerebro se bloquea y no encuentro salida alguna. Verte ahí, seria, callada y expectante, no hace sino empeorar una situación que ya de por sí resulta insoportable, créeme.- Inevitablemente los sentimientos fluían sin remedio. Cada palabra rasgaba mi garganta como si de un alambre de espino se tratase. Por si esto fuese poco, sus lágrimas decidieron hacer acto de presencia e invadir con descaro esas mejillas que tantas veces había admirado.- Por favor, no me hagas esto. Sabes que no puedo verte llorar.
  • Lo siento, pero la primera vez que hablamos me pediste que siempre te fuese sincera.
  • Ufff.- Nuevamente, recurrí a la palabra mágica para intentar armarme de valor y afrontar una situación que me sobrepasaba de largo. Respiré hondo, me limpié la cara y clavé mi derrotada mirada en ella.- Miriam, ven aquí.- Obediente me ofreció su mano y se dirigió hacia mi pecho como un obediente “animalillo”. La abracé con ternura. Sentir de nuevo como su alma se desprendía de su cuerpo para entregarse completamente a mí, me dio la energía extra que necesitaba. La sostuve firme frente a mí y proseguí con mi recién descubierto discurso.- Te quiero. Lo sabes. Sabes que jamás haría nada que pudiese entristecer lo más mínimo tu existencia. No podría soportar hacerte daño. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida y he tenido la suerte de darme cuenta a tiempo. Sin embargo, como siempre, existe una cara oculta que nos hace temblar de miedo. Un miedo atroz a perderte, a despertar y que todo esto no haya sido más que un sueño. No cambiaría nada de mi vida, nada que pudiera alejarme de ti. Pero, por más que haya intentado ocultarlo, hay algo de mí que me avergüenza, algo que me hace sentir la persona más insegura del mundo. Un complejo físico que se ha erigido en un tremendo lastre anímico.
    Cada mañana me levanto contando los minutos para verte y me acuesto, imaginando cada segundo hasta tu regreso. Veinticuatro horas, los trescientos sesenta y cinco días del año. Tan sólo un instante ínfimo e insignificante es capaz de enturbiar todo esto. Ese asqueroso instante que se empeñaba en trasladarme a este fatídico momento. El momento en el que tú y yo, afrontaríamos la realidad. Esa realidad que nos muestra un escenario en el cual una chica como tú jamás podría estar con un tullido como yo.
  • Shhhh.- Condescendiente se lanzó hacia mí, decidida a acallar mis palabras con su dedo. Esta vez no, era el momento de hablarlo. Lo que tuviese que ser, sería. No había marcha atrás. Eran muchas, quizás demasiadas, las veces que habíamos evitado esta transcendental conversación, pero ya no más.
  • Miriam, déjame acabar. Me lo has pedido tú. Tú también me pediste que fuese honesto contigo y creo que no lo he sido del todo. No quiero soportar esta carga ni un día más.
  • Está bien, pero no digas esas cosas. No pienso dejar que nadie hable así de ti, ni siquiera tú mismo.- Esbozó una tímida sonrisa a la cual no pude corresponder.
  • Como decía, ambos sabemos que no soy el novio perfecto. Son muchas las razones que me llevan a creer esto, pero sin duda hay una que destaca por encima de todas. Miriam, ¡joder!, eres la más guapa e inteligente de todo el maldito instituto, y yo casi no recuerdo ya como era mi puñetero rostro.
    ¡Nunca he sido un lince o un modelo de excepción, pero es que ahora encima me estoy quedando ciego!

Mientras que las palabras abandonaban orgullosas mi cuerpo para inundar cada centímetro de mi entorno como si del mejor antídoto contra la tristeza se tratase, el efecto parecía convertirse en su opuesto al encuentro con Miriam. Todo lo que en mí resultaba tranquilidad y alivio, en ella parecía tornarse en una opresión difícil de ocultar.
Por diferentes motivos pero la misma razón, ambos nos descubrimos sumidos en un infinito silencio que ni la presencia de algunos despistados compañeros parecía romper.
Sólo existía ella, yo, la nada, retales de un dolor que desgarraba mi ser por última vez.

Desgraciadamente, ese instante duró más de lo deseado y su impasible cara de asombro y pena comenzó a generar en mí una tensión que recordaba peligrosamente a aquella de la que creía haberme desprendido para siempre. Agobiado, dolido, desconcertado. La impaciencia acabó apoderándose de mí.

  • Miriam, ¿estás bien? Por favor, dime algo.
  • ¡¿En serio?! ¡¿Cómo quieres que esté bien si mi novio, la persona a la que he admirado durante todo este tiempo, ha resultado ser un completo idiota, un inepto incapaz de ver más allá de su propio ego?!- aquella reacción me dejó completamente sorprendido, absorto en un lenguaje corporal hasta entonces desconocido.-
    Sé lo difícil que esto ha debido ser para ti. Soy consciente de que no puedo, ni podré jamás, entender lo que debes haber pasado. Todo eso está muy bien. Pero una cosa es perder la visión y otra muy diferente es que me hayas tenido todo este tiempo ahí y no hayas aprendido una mierda sobre mí. Mi vida ha sido mucho mejor que la tuya, al menos aparentemente. Pero sabes lo frustrante que ha sido siempre para mí, no poder ser la niña perfecta que todos esperaban que fuera. Cada error, cada duda, cada acierto, todo parecía volverse en mi contra. Si era guapa, por serlo, si era lista, por serlo. Nunca era suficiente para lo que podría ser. Cuando lo único verdaderamente importante para mí, era ser simplemente normal, una más. Poder equivocarme y aprender de ello sin sentirme juzgada a cada paso. Como ves, no somos tan diferentes como crees. Yo también he vuelto a nacer a tu lado. Yo también me he reencontrado en tus brazos, tu sonrisa y tu mirada.
    Me ofendes si crees realmente que no soy capaz de ver más allá de tus ojos. Me importa un comino que no vayas a poder ser piloto, no necesitas la vista para seguir guiando mi camino. Siento ser tan dura contigo, pero ya basta de pena e inseguridades. Si algo he aprendido de ti es a valorar lo que tengo en vez de añorar lo que nunca tuve ni tendré. Te tengo a ti, me haces feliz, y estoy segura de que ni en la peor de las oscuridades dejarías de verlo. Me sobra con saber que estás ahí, eso es todo.
    No te digo por donde me paso los comentarios y cuchicheos de nuestros queridos compañeros. No me importa si me creen merecedora de ti o no. No me importan las bromas que hagan sobre nosotros, los menosprecios que decoren sus atentas miradas. Todo eso me da igual, pero para ello necesito saber que estás conmigo en esto. Que vas a ser ese chico valiente y seguro de sí mismo del que me enamoré. Hace mucho que superé tus defectos y no voy a dejar que me traslades nuevamente a un barro del que hace tiempo que salimos.
    Amor, te quiero. Ciego o no. Sordo o no. Gordo, flaco, alto o bajo. Te quiero a ti, por lo que eres, por lo que representas para mi, por cómo me haces sentir. Eso es todo lo que necesitas saber. Sé que llevabas demasiado aguantando esa carga que habías decidido auto-imponerte, pero necesito que lo superes. Ya te dije en su día que no dejaría que nada ni nadie se interpusiera entre nosotros, así que más te vale ponerte las pilas.- Una nueva sonrisa decoró la maravillosa escena. El primer impacto había dado lugar en mí a un sentimiento de orgullo inexplicable. No sólo fui incapaz de no responder a su sonrisa, sino que tampoco pude evitar que nuestros pechos se fundieran con pasión.
  • Miriam, lo siento. Tienes razón, creo que no he estado a la altura.
  • No te preocupes cariño. El miedo suele obligarnos a actuar como estúpidos.
  • Lo sé, pero este miedo era demasiado fuerte. Ni cuando me dijeron que podía perder totalmente la visión, sentí ese vacío infranqueable que me prometía la posibilidad de perderte.
  • No seas tonto. Estoy aquí y mientras así lo desees, aquí seguiré.
  • Gracias Miriam. En serio, por todo. Hasta para dar hostias tienes estilo. Jajaja.
  • Un placer. Jajaja.

Entre risas fuimos recuperando, poco a poco, esa normalidad perdida, aunque una cosa había cambiado, algo que jamás volvería a ser igual. No habría más dudas ni más miedos o, al menos, eso era lo que pensaba en aquel momento.

miércoles, 4 de junio de 2014

El placer de disfrutar


La inteligencia, como la cultura, no depende del grado máximo que somos capaces de alcanzar sino de nuestra capacidad para adaptarnos en cada momento al entorno que nos rodea.

Esta reflexión, lejos de resultar gratuita, responde a una inquietud personal que me acecha hace tiempo: 

¿Soy menos inteligente si disfruto por igual de un buen partido de fútbol y de una buena obra de arte? ¿Se supone que debo considerarme menos culto por no gozar exclusivamente con placeres de primer nivel?

Cuando uno analiza la situación que genera lo que nos empeñamos en llamar vida, se da cuenta que no deja de ser un cúmulo de circunstancias que nos rodean y nos dibujan un contexto concreto en cada momento, unas veces considerado más culto y otras menos. Así que, si partimos de la base de que el objetivo en la vida es indiscutible, ser feliz, no nos queda otra respuesta que la de aprovechar cada instante, independientemente de las características que lo configuren.

Dicho esto, será más inteligente y culto aquel capaz de adaptarse mejor a la diversidad reinante, aquel cuya cintura permita una mayor flexibilidad social.

¿Como puede el “culto” considerarse culto si no sabe disfrutar de los placeres más simples?

Desde que tengo uso de razón he aprendido que la complejidad es una gráfica que surge de la ausencia total de esta, la sencillez, y va aumentando progresivamente hasta alcanzar su grado máximo. Por lo tanto, como en una etapa de montaña, no es más importante el último esfuerzo sino entender que a cada pedalada avanzamos un poco más hacia nuestro destino, debiendo acometer los retos uno a uno, sin conquistar una cima hasta no haber superado la anterior.

Del mismo modo, los grados máximos de inteligencia y cultura se basan en la superación de aquellos niveles que los preceden. Y un error muy habitual es el de alcanzar la cima para acabar olvidando el camino recorrido hasta ella.

Por todo ello, entiendo que la inteligencia no depende de la “altura” en la que nos movamos sino de la conciencia global que nos exige cada situación, nuestra capacidad para entender cada sorpresa que nos depare la vida, nuestra capacidad para afrontarla en su justa medida, y lo más importante, nuestra capacidad para disfrutar a lo largo de todo el proceso.

Aún ahora, os estaréis preguntando qué ha podido motivar tan peculiar retahíla de pensamientos inconexos. Quizás sea el último partido acontecido, o más bien, puede que sea el último concierto que escuché. O puede que sea la última exposición de arte que vi publicada hace unos días.

Pero la verdad es que la respuesta es más bien de tipo holística, lo cual podría haber definido fácilmente como “general o global”, pero claro, entonces no sería un texto tan culto. En fin, como decía, se trata del conjunto de supuestos planteados los que originan este deambular conceptual.

Cuando uno analiza sus últimos días y descubre un panorama cultural tan diverso, se encuentra con que la riqueza de su vida no depende del valor que otros se empeñan en asignarle a cada una de esas experiencias, sino que la clave está en el, exitoso o no, intento por mantener una constante fundamental, la satisfacción personal.

Esta incógnita depende sólo de la ilusión, las emociones, la alegría o la felicidad, todas ellas intangibles que sin embargo se pueden palpar fácilmente en una simple mirada, una sincera sonrisa o un fortuito gesto. No nos hace falta mayor tesis doctoral que un ojo crítico dispuesto a dedicar un instante a los demás.

Ser feliz es tan complejo como nosotros queramos que sea. Oportunidades para serlo inundan cada segundo de nuestras vidas. Un buen partido de fútbol, una tertulia entre amigos, una buena cena en compañía, un rincón de soledad, un abanico de frescura, un derroche de aventura, un concierto del grupo que supo arrancar aquella sonrisa, una exposición del artista al cual no conoces ni conocerás pero que sin embargo invade tus pensamientos más íntimos...

Todas ellas, situaciones muy diferentes que generan una sensación muy similar a cuando una película traspasa la barrera del cine para adentrarse en lo más profundo de tu ser, ese libro desconocido que parece haber robado las palabras que describían tu anhelada infancia, un beso irrepetible que siempre pareció estar ahí; en definitiva, múltiples caras de una misma moneda, la más importante, la emoción.

Hace falta haber practicado deporte para entender la emoción de celebrar un gol, una derecha definitiva a la línea, una canasta en el último segundo. Haber intentado cantar para apreciar los matices de una bonita voz empeñada en remover cada uno de tus órganos internos. Haber intentado pensar, para valorar una obra de arte capaz de desmontar todas tus creencias tatuadas a fuego.

Ser feliz pasa por valorar lo inmenso que rodea a cada instante, entender todo lo que encierra tras su fachada de sencillez y naturalidad, pues no es hasta entonces que no se aprecia lo bueno que, sin duda, forma parte de todo momento vital.

En este sentido, puedo decir orgulloso, que más allá de la inteligencia que esto denote frente a los grandes sabios que juzgan desde el desconocimiento de sus pseudo-tronos sociales, en un sólo fin de semana he logrado disfrutar plenamente de un concierto de música, de una derrota en un partido de fútbol entre amigos, de una victoria ajena en la final de la Champions, de la presentación de una exposición de arte, del último capítulo de una serie de moda, o de una barbacoa sencilla en familia.

Con todo mi respeto, ¿no es más inteligente quien aprende a disfrutar de aquello que le rodea que quien se esfuerza en negar determinados aspectos de su vida para centrarse sólo en aquellos que a priori define como dignos o adecuados?

Lo siento, pero una vez más, en la variedad y la sencillez está el gusto.

A todos los que me lean, por favor, aprovechad la oportunidad de gozar con los placeres que se presenten ante vosotros, aunque estos vengan en forma de texto incoherente y sin rigor literario.

Muchas gracias por contribuir a que mi entorno sea tan variado como interesante.

Un abrazo a todos.

martes, 25 de marzo de 2014

La Bola


  • Hola Juan, ¿cómo estás? ¡Qué alegría de verte!
  • Desde luego. Hay que ver que no nos vemos nunca y nos vamos a ver ahora todos lo días.
  • Lo que son las cosas Juan. Aunque tampoco pareces muy contento.
  • ¡Qué va! Calla, que no sabes bien el disgusto que tengo encima.
  • ¿Y eso?
  • ¿Cómo que “y eso” chiquillo? Pero, ¿tú en que mundo vives? ¿No viste el partido de ayer?
  • ¡Ah! Es verdad, que había ayer Champions. Si te soy sincero no lo vi, estoy cada vez más desconectado del fútbol.
  • ¡¿Cómo?! No te digo yo a ti, encima esto. No me digas eso, me cago en todo lo que se menea. Pero, ¿tú no tienes sangre o qué? ¿Qué puede haber más importante a esa hora que los octavos de final de la Champions League? Así nos va.
  • Venga ya Juan, que eres muy exagerado.
  • ¿Exagerado? No me calientes, no me calientes. Que ya tuve bastante ayer con tener que acostarme sin cenar ni nada. A mi mujer no le dejé ni que me diera las buenas noches, así que imagínate el panorama.
  • Pero... ¿por qué? ¿Qué más te da si ganan o no?
  • Vamos a ver, ¿cómo puedes decirme algo así? Esos partidos hay que ganarlos sí o sí, y más con lo que cobra esa gente.
  • Pues eso mismo digo yo. Si cobran tanto es porque sois unos fanáticos y lo permitís.
  • ¡Uffff! Va a ser mejor que cambiemos de tema, si no al final te la llevas.
  • Sí, será mejor, que no tengo yo ganas de conflicto. Oye lo que quería yo preguntarte, aparte del disgusto del fútbol, ¿cómo llevas lo de tu empresa? Eso sí que ha tenido que ser duro, ¿no?
  • ¿De qué estás hablando? ¿Qué pasa con mi empresa?
  • Me contaron que habíais perdido el concurso aquel en el que estuviste trabajando tantos meses.
  • ¡Ah sí! ¿Y qué más da?
  • ¿Perdona? Fueron muchos los esfuerzos que se hicieron para que ahora la empresa haya sido rechazada. Ha tenido que ser un drama para ti.
  • ¡Ni de coña! ¿Estamos locos? Por mi a la empresa le pueden dar mucho por ahí. A mi me da lo mismo, ¿no ves que yo voy a cobrar lo mismo a final de mes tanto si se gana como si no? Que se joda mi jefe, que ya gana bastante.
  • Pero bueno Juan, ¿eso cómo va a ser? Así que la empresa a la cual dedicas la mayoría de tu tiempo y de la cual dependen tantas familias a las que conoces... te da igual; pero que un equipo con el cual no tienes relación alguna pierda un partido al cual ni siquiera has asistido, te amarga la noche y el resto de la semana. Lo tuyo no es muy normal, lo siento.
  • ¡Ostia! No te digo yo a ti que al final me dabas tú el día. Por cosas como esta es por lo que estoy yo amargado. Desde luego que siempre fuiste un raro. Me vas a perdonar, yo me alegro mucho de verte, pero va a ser mejor que me vaya, directamente. Porque lo que está claro es que no tienes ni puñetera idea de nada.
  • Pues nada Juan, que te sea leve. Ya nos vemos. A ver si la próxima vez te pillo algo más animado, o como poco, un día en el que no hayas tenido fútbol la noche anterior.
  • Nos vemos. Hay que ver las cosas que deseas. Desde luego, como perdamos la vuelta, más te vale no cruzarte conmigo.
  • Sin duda. Estaré atento. Jajaja.
  • Déjate de coñas, que esto es muy serio.
  • ¿Serio? Lo tuyo sí que es de coña.
  • ¡Anda ya! ¡Ten cuidadito y aprende a disfrutar de la vida! Que falta te hace.

martes, 11 de marzo de 2014

Le llaman Coach


  • Hola Juan. ¡Cuanto tiempo! ¿Cómo vas?
  • Muy bien man, no me puedo quejar. Estoy a full con mi nuevo trabajo.
  • ¡¿Ah sí?! ¿Qué estás haciendo ahora?
  • Soy coach.
  • ¿Eso qué es, Juan?
  • ¡Qué cateto eres! Eso es lo último, una profesión super chic entre las celebrities, basada en la motivación y la enseñanza de técnicas para el desarrollo personal y laboral.
  • Oye, pues suena bien.
  • Desde luego. Es de lo más fashion hoy día. Al principio me resultó algo heavy, pero ahora estoy hecho un verdadero pro. Ahora me lo tomo todo en plan relax, tú sabes.
  • Desde luego que eres un máquina.
  • ¡Tú si que eres un crack! ¿Sigues tan crazy como siempre?
  • ¡Qué va, tío! Ya estoy echando cabeza. Ahora me ha dado por aprender inglés.
  • ¿Inglés? ¿Inglés para qué? ¡Y dice que está mejor el tío! Jaja. ¡Te estás quedando charlie! ¿Para qué quieres tú aprender inglés? Con lo bien que se vive aquí, ¡que aprendan ellos!
  • No hombre, pero seguro que me abre alguna puerta y así puedo seguir mejorando profesionalmente.
  • ¡Anda ya!
  • Pero bueno, ¿tú no te dedicas a eso? No me creo que no hables inglés.
  • ¿Yo? ¡Ni de coña, bro! Yo paso del inglés. A mi no se me ha perdido nada en Inglaterra. Ya sabes, es como el deporte, eso no es para mí. Como mucho en la play. Jaja.
  • Jajaja. ¿Sigues sin hacer nada de deporte?
  • ¡Qué va! Pasando. Yo sólo hago tumbing.
  • ¡Vaya tela!
  • Eso es así. Yo soy más de irme de fiesta y desde que tengo este curro, me harto de copas by the face.
  • ¿Y eso?
  • Desde que me dedico a esto del coaching, conozco a un montón de gente y no hay manera de llegar a un pub y que no me conozca alguien.
  • ¡Qué nivelazo!
  • ¡Es lo que tiene pertenecer a la jet set! Jaja.
  • ¡Eso va a ser!
  • Of course, niño. Eso es así.
  • ¡Di que sí!
  • Pues nada, me alegro de verte. Te dejo que tengo clases de inglés y al final voy a llegar tarde.
  • Hazme caso. El español es el idioma más hablado después del chino. Déjate de inglés y aprende otras cosas más importantes.
  • Pero es que es importante para encontrar trabajo y poder conocer y entender a gente de todos sitios.
  • ¡Pamplinas! Yo soy español, de pura cepa.
  • Yo también, pero eso no quita que quiera abrirme un poco a los demás.
  • Pues no te abras tanto, ¡que eres muy opening tú!