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miércoles, 7 de febrero de 2018

Cuestion-ando mi vida_Azafatas machistas

Efectivamente, como no podía ser de otro modo, ha llegado el momento de plantearme un tema de rabiosa actualidad como este, pese a lo polémico que reconozco que resulta.

Sin duda, este escrito tan sólo va dirigido a aquellos de mi entorno que me conocen, no porque no quiera compartir mis ideas con el resto, sino porque son los únicos que me atrevo a garantizar que sabrán entender estas reflexiones desde el respeto y la sinceridad con que son emitidas.

Últimamente, los medios nos bombardean a diario con múltiples noticias relacionadas con el hecho de que la sociedad parece seguir siendo un ente machista en el que la mujer no logra alcanzar la igualdad por la que tanto ha luchado a lo largo de la historia.

Pues bien, sin negar esta realidad que desconozco en profundidad, me gustaría dar una opinión al respecto, la mía. La de alguien que afortunadamente se ha criado en un núcleo familiar donde estos eran aspectos que no formaban parte de nuestro día a día. No cabe duda que el machismo en muchos casos se ha fundido con la tradición hasta el punto de no saber dónde empieza el uno y dónde acaba la otra. Aspectos como que en casa era la mujer la que se encargaba de la casa y la crianza de los niños, mientras el hombre se dedicaba a trabajar para aportar el soporte económico necesario en el hogar. En esta muestra de tradición indiscutible, muchos parecen ver una falta de respeto a la mujer, por negar sus instintos más naturales y merecidos.

Sin embargo, llamadme ingenuo, personalmente siempre he entendido este hecho como un sacrificio familiar compartido. Jamás le negaré a mi madre haber renunciado a su desarrollo profesional para centrar todos sus esfuerzos en el trabajo personal que supone hilvanar los cimientos de una familia. Jamás le negaré las cantidades incontables de cariño y cuidados que nos ha profesado desde entonces. Es más, aplaudo su decisión desde el amor que ha sabido transmitirme.

De igual modo, jamás podré negarle a mi padre el sacrificio que debió suponer el renunciar al desarrollo personal implícito en la crianza y cercanía de unos hijos, no sólo deseados sino queridos, en favor del arduo trabajo diario que lo alejaba cada mañana de su familia hasta que la noche lo recibía tan cansado como mostraban sus indudables facciones.

Desde mi punto de vista, se trata del mejor ejemplo de trabajo en equipo, basado en la responsabilidad más comprometida y convencida de las decisiones tomadas. Decisiones tomadas libremente, ahí radica la verdadera diferencia entre tradición y machismo. Un acto consecuente con la felicidad que insta cada día a muchas personas a seguir perpetuando la especie, pero que en ocasiones se enfoca desde el malinterpretado hedonismo egoísta que se esconde tras conceptos tan manidos como el machismo, el feminismo, o incluso el “hembrismo” (como algunos deciden denominarlo ahora).

Entonces me pregunto, ¿hubiese sido distinto si el encargado del hogar resultase ser mi padre? ¿Sería mi madre mejor persona por haberse dedicado a sus inquietudes profesionales? Jamás lo sabremos, pero no por ello debemos desprestigiar tan plausible labor con la sencillez con que algunos deciden manchar una actitud que debería ser más bien tachada de heroica.

Bajo mi punto de vista, me parece absurdo que la sociedad se empeñe en calificarnos como iguales, cuando es evidente que los hombres y las mujeres no lo somos. Eso no significa que ellas sean mejores o peores, que nosotros seamos los más válidos o los menos. Simplemente somos distintos, con nuestras virtudes y nuestros defectos. De la misma manera en que los hombres son diferentes entre sí, y las mujeres entre ellas.

Cada uno goza del privilegio de la individualidad y no podemos arrebatarle tales circunstancias. La clave, más bien, está en entender que todos debemos partir con las mismas oportunidades. Igualdad, sí, pero de oportunidades. Cada ser humano ha de optar en igualdad de condiciones de partida frente a cualquier trabajo, labor o aspecto vital al cual pretenda acceder, para dejar que sean posteriormente sus valores personales los que decanten la balanza en su favor o no. Se trata, al fin y al cabo, de garantizar que todos por igual, tengamos las mismas oportunidades para decidir, las mismas libertades, y las mismas exigencias.

Me niego a pensar que las mujeres cobren menos por el simple hecho de que pertenecen al sexo femenino. Lo siento, no digo que no ocurra. Digo que no lo quiero pensar, no quiero ni imaginarme que la sociedad pueda estar tan enferma. Del mismo modo en que la raza o la religión jamás deberían preceder a lo realmente importante, que es lo que cada persona puede aportar a sus iguales.

Si esto está ocurriendo, debe ser erradicado inmediatamente, pero permitidme que siga viviendo ajeno a esta cruda realidad que algunos me intentan mostrar. Mi mundo, el único que conozco, gira en torno a hombres y mujeres que luchan a diario por desarrollar sus vidas de la mejor manera posible, aprovechando aquellos aspectos que las convierten en más competitivas en determinados aspectos del día a día. Mujeres y hombres, capaces de reunir tantos éxitos como sean merecedores de alcanzar, independientemente del género que los abrigue.

Además, creo que hemos perdido algo mucho más importante, y es el derecho a decidir.

Efectivamente, en los últimos tiempos, parece que existe una especie de jurado superior que es quien establece qué profesiones son dignas y cuáles no. En qué profesiones debe incurrir el hombre y en cuales no. En qué labores se debe enfocar la mujer digna y en cuáles no. Pero esto sin duda, me parece una auténtica aberración.

Me niego a que haya gente capaz de desvirtuar los enormes logros que aportaron tantas mujeres hasta el día de hoy, por más machista que pudiera resultar su entorno entonces; pues desgraciadamente, la injusticia siempre existirá entre nosotros, pero no por ello, tenemos menos mérito a la hora de seguir avanzando a través.

Ojalá algún día podamos desprendernos de estos sinsentidos, estos debates carentes de significado que continúan abarrotando aparentemente las barras de bar, los debates políticos y las noticias más mediáticas.

Hay hombres que no merecen ser tratados como tal. Sin duda. Hombres que han decidido unilateralmente desprender a las mujeres de todo valor personal para intentar someterlas a su antojo. Me repugna, pero desgraciadamente sí que existen. Sin embargo, eso no me convierte a mí en peor persona. Menos aún por compartir con él la estructura de mis genes. Me gustaría que mis actos fueran juzgados por lo que son, exclusivamente míos, más allá de lo que otros puedan o quieran hacer.

Me gustaría que salieran los medios a rechazar con la misma fuerza en que yo rechazo estos inhumanos comportamientos, cuando sean mujeres igualmente enfermas sus protagonistas, por más infrecuentes que sean. Estos actos han de ser repudiados independientemente desde el primero hasta el último de los ejemplos, y me niego a justificarlos en modo alguno; no me importa el sexo, la raza o la religión tras la que se escondan estos monstruosos especímenes.

Por todo ello, por favor, dejemos de decidir por las mujeres, pues no hay mayor acto de respeto hacia ellas que el de dejarles decidir por sí mismas. El de permitirles ganarse sus logros y aprender de sus errores. Nadie está por encima de los demás, ni debe sentirse legitimado para negarle sus voluntades.

En los últimos días me he visto sorprendido por un titular, que sin haberme visto atraído como para leer más allá, me ha generado una intranquilidad que me ha obligado a sentarme aquí hoy:

“Las mujeres azafatas son despedidas de la Formula 1”. Al parecer, alguien ha decidido que la profesión de esas mujeres que deciden libremente sujetar con maestría y elegancia los paraguas mientras aprovechan para promocionar las marcas que las patrocinan, ha dejado de ser digna para ellas al convertirlas, en ojos de otras, en mujeres objeto. Algo inaceptable puesto que supondría aceptar la cosificación sexual de la mujer, al desprenderla de su auténtica valía personal como simple objeto sexual.

Lo peor de todo es que la solución a esta barbaridad, no parece haberse quedado atrás. Por lo visto, la mejor forma de poner en valor su personalidad, pasa por negarlas por completo a nivel individual. Es decir, para proteger su igualdad de oportunidades se ha decidido privarlas de dichas oportunidades. Curioso, cuanto menos. No voy a entrar en si el concepto de la azafata (para algunos mujer paraguas) es más o menos válido, pero lo que sí que tengo claro es que me parece bien que si una sola mujer decide ganarse la vida de esa manera, se le permita hacerlo pues no sólo no hace daño a nadie, sino que se trata de una labor tan aceptable como cualquiera; mejor dicho, tan aceptable como la que más. ¿O debemos prohibir a los niños que participen como recogepelotas en un torneo de tenis, para evitar la explotación infantil? Sé que suena extremo, pero basta ya de gestos ejemplarizantes que no hacen sino empeorar la situación. De hecho, parece ser que los rumores apuntan hacia precisamente los niños, como dignos sucesores de tan indigna profesión. ¡Qué miedo!

Por favor, abandonemos la hipocresía reinante, para aplacar con fuerza los ejemplos de desigualdad que realmente existen en este mundo. Pues la clave no radica en la dignidad del trabajo en sí, sino en la libre elección que lleve a la persona hasta él. Cualquier trabajo que sea resultado de una voluntad sincera y convencida, que no invada el bienestar de los demás y que no surja desde la forzada obligación que amenaza a muchos, en mi opinión no sólo ha de ser permitido, sino además respetado por todos.

Lo siento, pero hay verdades objetivas que no debemos olvidar por más políticamente incorrectas que puedan sonar. Claro que rechazo los abusos, pero me niego a englobarlos todos bajo el mismo rasero, pues como suele ocurrir con casi todo en la vida, existirán distintos niveles y circunstancias, y como tal han de ser juzgados. No me vale que el “me too” se olvide de que no todos los hombres son culpables hasta que se demuestre lo contrario. Y que incluso, dentro de su posible culpabilidad, merecen el privilegio de ser juzgados por lo que realmente cometieron, no por lo que otros se empeñen en adjudicarles. A partir de ahí, desde la objetividad y la seriedad, deberán enfrentarse a las consecuencias legales de sus actos, como cualquier hijo de vecino.

Más allá de todo esto, pero continuando en la misma línea, me niego igualmente a duplicar mis escritos por el simple hecho de que alguien haya decidido que el lenguaje español es machista, en tanto en cuanto, el género masculino plural se decidió que englobara a ambos sexos. Me parece una auténtica estupidez centrar en esas nimiedades las luchas en contra de un tema tan serio. ¿He de sentirme menospreciado cuando la gente (femenina) se refiera a mí como parte de la sociedad (igualmente femenina)? ¿Mi profesión acaba de ser un ataque a mi virilidad por el simple hecho de responder al género femenino que la precede? Mi respuesta es clara, no. No. Y mil veces no. Cada uno que piense lo que quiera, que yo seguiré siendo fiel a mis principios y valores. Intentaré seguir analizando los comportamientos ajenos desde la asexualidad que los motiva.

Sé que igual esto puede llegar a ofender a alguien, pero es que no lo entiendo y como tal lo reflejo sin ningún tipo de acritud, lo siento. Imagino que puedo estar pecando de demagogo al tratar estos temas desde un enfoque tan simplista, pero creo que debemos evitar que la única forma de luchar contra cualquier tipo de desigualdad sea mediante el fomento de la desigualdad opuesta. Que la única solución ante la discriminación negativa, pase por apoyar el desarrollo de discriminaciones positivas. En mi opinión, la cual quiero considerar como constructiva, humilde y de total apoyo a la mujer; debemos tener cuidado de no convertir esto en una guerra entre sexos que nos aleje irremediablemente de la ansiada igualdad. Es labor de todos, no sólo de las mujeres ni sólo de los hombres, luchar a diario para que esto no se nos vaya de las manos.

Siempre recurro al mismo ejemplo, en el cual no hace mucho, un tenista de primer nivel, fue atacado porque algunos tachaban al deporte de machista desde el momento en que una mujer que liderara la lista mundial, a día de hoy cobraría menos que su equivalente masculino. Su respuesta fue tan polémica como acertada. Desde su punto de vista, el deporte no entiende de sexos, el deporte se basa en la competitividad sana por la cual se reconoce en mayor medida a aquel que demuestre ser mejor que los demás. Así es, ha sido y será siempre el deporte. Por tanto, más allá de que se decida hacer una clasificación para hombres y otra para mujeres para intentar buscar la justicia entre iguales, no entiendo que alguien olvide que la mejor de las mujeres seguirá estando tremendamente alejada del mejor de los hombres en lo que a términos estrictamente deportivos se refiere. El día que una mujer sea capaz de ganar al mejor hombre, o en aquellas disciplinas donde han demostrado con creces ser mejores, entiendo que deberá ganar sin dudarlo más que él, en base a los principios que rigen el deporte desde tiempos inmemoriales.

Las carreras de fondo son un gran ejemplo de ello. Todos salen por igual con el sonido del disparo inicial, y terminan sus carreras cuando atraviesan del mismo modo la línea establecida como meta. Esto es un dato objetivo. El mismo recorrido, las mismas condiciones climatológicas y las mismas normas de partida. Independiente de ello, una vez que todos han traspasado la meta, cada uno en su lugar, se establecen clasificaciones en función de la categoría en que compita cada corredor en concreto. Así, el atleta clasificado en la posición ciento cincuenta y dos en la línea de meta, puede ser galardonado como primer clasificado en la categoría de mayores de cuarenta años. Pero eso no quita ni el mérito que tiene por lo que acaba de hacer, ni el hecho indiscutible de que han llegado ciento cincuenta y un corredores antes que él; personas que independientemente de su categoría han recorrido el trayecto en menor tiempo.

Con esto no quiero decir, más allá del concepto de premio, que se cometa el error de no fomentar por igual el deporte entre hombres y mujeres. Los principios y valores que es capaz de transmitir son tan incuestionables como importantes, de ahí la idea de que deba ser apoyada y promocionada su práctica entre todas las personas, independientemente de su sexo; lo cual redunda, una vez más, en el fomento de la igualdad de oportunidades.

Por tanto, dejemos de manipular la realidad a nuestro antojo, y disfrutemos de la diversidad en su justa medida, centrándonos en lo meritorio de cada esfuerzo, más allá del sexo, la raza o la religión que abanderen en sus adentros.

Huyamos de la prohibición como solución universal, por mucho que se empeñen en maquillarla bajo el paraguas hipócrita del eterno protector. Si para proteger a una mujer que no ha pedido ser protegida, en modo alguno se limitan, coartan o cohíben sus libertades, mi respuesta ante esta injusticia en forma de prohibición será siempre NO.

domingo, 4 de febrero de 2018

De qué hablo cuando hablo de leer

Efectivamente, estas letras tratan sobre el último libro que acabo de leer, una obra maestra de Haruki Murakami que seguramente muchos habréis leído y que casi todos reconoceréis.

Se trata de uno de esos libros que surgen como cariñosa y acertada recomendación de una persona cercana, a quien no puedes sino obedecer. A priori, el autor ya suponía para mí razón más que suficiente como para recorrer tan interesantes páginas. He de reconocer que tras leer tres de sus obras, necesité un tiempo de desconexión y lejanía para acercarme a otros autores que me animaran, a su debido tiempo, a volver a pasear por “tierras” niponas. De hecho, es curioso que fue precisamente mi viaje a tan atractivo país lo que me terminó de alentar frente a este nuevo reto literario.

Más allá de su autor, el tema de fondo que motiva este libro, no podía ser más acorde a mis gustos e intereses. Aunar deporte y escritura suponía para mí una especie de indescriptible coincidencia. Pues no cabe duda, que mis principales aficiones a día de hoy pasan por la práctica del deporte y el maltrato de mi teclado. No obstante he de reconocer que el “correr” como tal, nunca ha sido una de mis disciplinas favoritas, y definitivamente, jamás ha sido una de mis principales virtudes. No obstante, siempre he defendido que quien realmente ama y disfruta del deporte, lo hace más allá de la especialidad a la que decida dedicar su tiempo. Por ello, este libro suponía para mí una oportunidad para descifrar los entresijos de una persona tan aclamada, y de paso entender sus motivaciones, sus miedos y sus más profundas razones para dedicar su vida a la literatura, sin por ello abandonar jamás su compromiso con el duro entrenamiento que suponen las carreras de larga distancia. Resulta curioso, que alguien probablemente acostumbrado a encontrarse en la cúspide de la pirámide en su sector, se atreva a dedicar tanto tiempo a una actividad en la cual él mismo se reconoce como mediocre, por el simple hecho de mejorar y hacerse mejor persona.

Por todo ello, sin entrar en detalles sobre esta obra que no me gustaría desvelar, sino más bien ensalzarla para animar a todos a compartir sus confesiones; me he decidido a confesar mis propias reflexiones surgidas durante el proceso de lectura.

Sin duda, considero esta obra como un verdadero homenaje a mis más queridas aficiones. Pero, lo que más me ha animado a escribir estas líneas, es el hecho de que me he sentido aún más identificado de lo que esperaba con esta obra. Y además, por algo que a priori no podía imaginar.

La forma en que Murakami se refiere al hecho de “correr”, resulta tremendamente similar a mis sentimientos acerca del “leer”. Me ha sorprendido gratamente descubrir como el autor parecía describir mis sensaciones mejor de lo que lo hubiese podido hacer yo mismo. Ese firme convencimiento adquirido quizás a una edad avanzada, y como resultado más bien de un acercamiento racional, en lugar de visceral.

No puedo decir que leer para mí haya sido nunca una pasión. De hecho, me adentré antes en lo más recóndito del escribir, cuando aún no podría definirme siquiera como algo similar a lo que debería suponer un lector. Este hecho siempre ha resultado algo sorprendente, incluso para mí. Aún hoy día, leer sigue siendo para mí una actividad que, pese a gustarme y disfrutar de ella, sigo necesitando de una pequeña dosis de obligación para establecer unos objetivos mínimos que me permitan ampliar mis conocimientos, abrir mi mente, y por qué no, mejorar mis habilidades en esto del escribir.

Un ejercicio necesario desde el cual dedicarme el tiempo suficiente como para seguir aprendiendo no sólo del mundo en el que vivo, sino de mí mismo.

Del mismo modo, comparto con el autor esas inevitables rachas en las cuales la motivación fluye más suelta, mientras en otras ocasiones reconozco que me cuesta más encontrar la ilusión y por tanto el tiempo necesario para adentrarme en otros mundos. Es por ello, que en ciertos periodos del año soy capaz de leer varios ejemplares, para posteriormente pasar meses sin ampliar en modo alguno mis registros.

Como conclusión, no puedo sino terminar este artículo con el firme convencimiento que me aporta el compartir muchas de las razones que argumenta el autor, para seguir afrontando mis maratones literarias personales, sin por ello aspirar siquiera a convertirme en algo parecido a un lector. Seguiré siendo un humilde aficionado que con cierta frecuencia, abandonará el papel de pseudo mensajero, para dejar que otros que realmente pueden considerarse como tal, me iluminen con sus incuestionables muestras de talento.


Muchas gracias Murakami.

miércoles, 4 de junio de 2014

El placer de disfrutar


La inteligencia, como la cultura, no depende del grado máximo que somos capaces de alcanzar sino de nuestra capacidad para adaptarnos en cada momento al entorno que nos rodea.

Esta reflexión, lejos de resultar gratuita, responde a una inquietud personal que me acecha hace tiempo: 

¿Soy menos inteligente si disfruto por igual de un buen partido de fútbol y de una buena obra de arte? ¿Se supone que debo considerarme menos culto por no gozar exclusivamente con placeres de primer nivel?

Cuando uno analiza la situación que genera lo que nos empeñamos en llamar vida, se da cuenta que no deja de ser un cúmulo de circunstancias que nos rodean y nos dibujan un contexto concreto en cada momento, unas veces considerado más culto y otras menos. Así que, si partimos de la base de que el objetivo en la vida es indiscutible, ser feliz, no nos queda otra respuesta que la de aprovechar cada instante, independientemente de las características que lo configuren.

Dicho esto, será más inteligente y culto aquel capaz de adaptarse mejor a la diversidad reinante, aquel cuya cintura permita una mayor flexibilidad social.

¿Como puede el “culto” considerarse culto si no sabe disfrutar de los placeres más simples?

Desde que tengo uso de razón he aprendido que la complejidad es una gráfica que surge de la ausencia total de esta, la sencillez, y va aumentando progresivamente hasta alcanzar su grado máximo. Por lo tanto, como en una etapa de montaña, no es más importante el último esfuerzo sino entender que a cada pedalada avanzamos un poco más hacia nuestro destino, debiendo acometer los retos uno a uno, sin conquistar una cima hasta no haber superado la anterior.

Del mismo modo, los grados máximos de inteligencia y cultura se basan en la superación de aquellos niveles que los preceden. Y un error muy habitual es el de alcanzar la cima para acabar olvidando el camino recorrido hasta ella.

Por todo ello, entiendo que la inteligencia no depende de la “altura” en la que nos movamos sino de la conciencia global que nos exige cada situación, nuestra capacidad para entender cada sorpresa que nos depare la vida, nuestra capacidad para afrontarla en su justa medida, y lo más importante, nuestra capacidad para disfrutar a lo largo de todo el proceso.

Aún ahora, os estaréis preguntando qué ha podido motivar tan peculiar retahíla de pensamientos inconexos. Quizás sea el último partido acontecido, o más bien, puede que sea el último concierto que escuché. O puede que sea la última exposición de arte que vi publicada hace unos días.

Pero la verdad es que la respuesta es más bien de tipo holística, lo cual podría haber definido fácilmente como “general o global”, pero claro, entonces no sería un texto tan culto. En fin, como decía, se trata del conjunto de supuestos planteados los que originan este deambular conceptual.

Cuando uno analiza sus últimos días y descubre un panorama cultural tan diverso, se encuentra con que la riqueza de su vida no depende del valor que otros se empeñan en asignarle a cada una de esas experiencias, sino que la clave está en el, exitoso o no, intento por mantener una constante fundamental, la satisfacción personal.

Esta incógnita depende sólo de la ilusión, las emociones, la alegría o la felicidad, todas ellas intangibles que sin embargo se pueden palpar fácilmente en una simple mirada, una sincera sonrisa o un fortuito gesto. No nos hace falta mayor tesis doctoral que un ojo crítico dispuesto a dedicar un instante a los demás.

Ser feliz es tan complejo como nosotros queramos que sea. Oportunidades para serlo inundan cada segundo de nuestras vidas. Un buen partido de fútbol, una tertulia entre amigos, una buena cena en compañía, un rincón de soledad, un abanico de frescura, un derroche de aventura, un concierto del grupo que supo arrancar aquella sonrisa, una exposición del artista al cual no conoces ni conocerás pero que sin embargo invade tus pensamientos más íntimos...

Todas ellas, situaciones muy diferentes que generan una sensación muy similar a cuando una película traspasa la barrera del cine para adentrarse en lo más profundo de tu ser, ese libro desconocido que parece haber robado las palabras que describían tu anhelada infancia, un beso irrepetible que siempre pareció estar ahí; en definitiva, múltiples caras de una misma moneda, la más importante, la emoción.

Hace falta haber practicado deporte para entender la emoción de celebrar un gol, una derecha definitiva a la línea, una canasta en el último segundo. Haber intentado cantar para apreciar los matices de una bonita voz empeñada en remover cada uno de tus órganos internos. Haber intentado pensar, para valorar una obra de arte capaz de desmontar todas tus creencias tatuadas a fuego.

Ser feliz pasa por valorar lo inmenso que rodea a cada instante, entender todo lo que encierra tras su fachada de sencillez y naturalidad, pues no es hasta entonces que no se aprecia lo bueno que, sin duda, forma parte de todo momento vital.

En este sentido, puedo decir orgulloso, que más allá de la inteligencia que esto denote frente a los grandes sabios que juzgan desde el desconocimiento de sus pseudo-tronos sociales, en un sólo fin de semana he logrado disfrutar plenamente de un concierto de música, de una derrota en un partido de fútbol entre amigos, de una victoria ajena en la final de la Champions, de la presentación de una exposición de arte, del último capítulo de una serie de moda, o de una barbacoa sencilla en familia.

Con todo mi respeto, ¿no es más inteligente quien aprende a disfrutar de aquello que le rodea que quien se esfuerza en negar determinados aspectos de su vida para centrarse sólo en aquellos que a priori define como dignos o adecuados?

Lo siento, pero una vez más, en la variedad y la sencillez está el gusto.

A todos los que me lean, por favor, aprovechad la oportunidad de gozar con los placeres que se presenten ante vosotros, aunque estos vengan en forma de texto incoherente y sin rigor literario.

Muchas gracias por contribuir a que mi entorno sea tan variado como interesante.

Un abrazo a todos.

lunes, 8 de octubre de 2012

Braza a braza


Una vez más, me veo incapaz de disfrutar de unos instantes de paz y armonía. Esta vez es, paradójicamente, el agua quien me impide adentrarme ingrávido en el placer del nadar.

No hace mucho que me considero aficionado a este espectacular deporte, aunque he de reconocer que fue un flechazo que ha tardado años en consumarse. Desde siempre, mi perfil deportista y asmático me han enfocado inevitablemente hasta este fin. Sin embargo, han sido años de desencuentros y malentendidos. Discusiones lejanas que nos han distanciado más de lo deseado.

Curiosamente todas estas desavenencias se olvidaron el día menos pensado, casi sin darme cuenta. Un día cualquiera, en un momento cualquiera y en un lugar no menos azaroso, surge en mí un inexplicable y sutil deseo por conocer una experiencia tan cotidiana como desconocida para mí.

Convencido me dirijo a las instalaciones deportivas cercanas a mi residencia donde la oferta de gimnasio más piscina, evocaron mi inquietud. Una vez obtenido mi carnet y apoyado por la compañía de mi amigo, me enfrento al primero de muchos días de interacción acuática.

La jornada laboral amenaza mi debut, desplazando mi partida peligrosamente hacia el cierre de las instalaciones. Ese inconsciente empuje que surge de mi interior, me da fuerzas para combatir cada contrariedad. La primera de todas, supongo, descubrir sorprendido que no dispongo de las necesarias gafas, lo cual me lleva inevitablemente a la ausencia de gorro protector. La hazaña empieza a llamar a la heroicidad. Tenemos una hora escasa para lograr el equipamiento necesario, desplazarnos a las instalaciones y vestirnos para la ocasión.

Entre inoportunas llamadas y urgentes emails, comienzo a preparar otra de las mochilas que marcarán mi existencia, una vez más. Toalla, chanclas, bañador, ¿bañador? No me lo puedo creer. No he caído en comprarme un bañador corto para no tener que usar el bañador que estoy a punto de lucir. En fin, el tiempo apremia. No estamos para connotaciones estéticas. Mientras reúno todo lo necesario, mi amigo sigue inmerso en la aventura de la compra del gorro, que hace minutos acometió. Por fin, tengo todo preparado. Me desprendo de los zapatos, la camisa y el pantalón de vestir, para recurrir a una vestimenta más acorde. Chandal, zapatillas, camiseta y... ¡el portero! "Phelps" ya está aquí. Raudo y veloz, abro la puerta mientras me coloco la mochila, el casco de la moto y todos los añadidos que forman parte indivisible de nuestras vidas.

Llave en mano, me faltan manos. Míster Bean a mi lado, resultaría el más diestro de los malabaristas. Tras varias caídas y recogidas, logro cerrar la puerta y guardar a buen recaudo el llavero.

Mientras descendemos incautos las escaleras, recordamos lamentablemente la ausencia de gafas con las que afronto mi primera experiencia acuática. Entre risas, mi amigo “Phelps” me insta a apelar a la épica y encontrar en el camino una tienda tardía que nos proporcione el ansiado objeto. Todo ello, acompañado de una tesis doctoral acerca de gorros sintéticos y de tela, que definitivamente convergía en la adquisición textil que tan orgulloso porta. No puedo más que pensar en la imagen que supondrá ser los únicos en años que no visten el tradicional gorro sintético.

Alcanzamos nuestro vehículo, aquel destinado a obrar el milagro. Cada segundo nos aleja estrepitosamente del objetivo. Sin embargo, el estrés se convierte en risas y esperanza, ese positivismo que nos caracteriza. A escasos metros de casa, "Phelps" sortea el ruido del tráfico y los acolchados cascos que nos protegen, para recordarme con sorna, que mis dichosas gafas son el menor de nuestros problemas. Se acababa de acordar de que los técnicos del polideportivo nos habían avisado que era necesario disponer de un mini candado para poder guardar las cosas en la taquilla.

¡No me lo creo!

La contundencia de mi respuesta, entre carcajadas, se ve interrumpida ante el frenazo que precede a la primera de nuestras carambolas. Un establecimiento regentado por asiáticos se planta ante nosotros como agua de mayo. Un haz de luz entre la oscuridad ilumina nuestra solución. En un acto de fe sin precedentes, el "Phelps" de Málaga me abandona para iniciar la búsqueda del candado. En menos de veinte segundos, vuelve eufórico con dos candados enanos.

¡Estos chinos son unos máquinas! Tienen de todo! Es lo único que alcanzo a comentar entre lágrimas, provocadas por el viento y la risa a partes iguales.

Cincuenta metros más adelante, se repite la escena, con tintes cómicas ante las innumerables similitudes. Lo empujo casi en marcha para acometer su siguiente y definitiva proeza. Mis gafas.

Esta vez, son cuarenta los segundos empleados, y su imagen de felicidad es sólo comparable a mi cara de asombro e ilusión. Trae orgulloso unas gafas con tapones y opresor nasal.

¡Que tiemble la Mengual! Ya hasta sincronizados. Jajajaja.

Continuamos el camino entre carcajadas y la compra de papeletas para el gran desastre. Zigzagueando entre coches y motos por igual, logramos sortear obstáculos que ni yo mismo logro explicar. Sólo puedo confiar en las fuerzas del destino que nos conducen a nuestro gran momento.

Sorprendentemente alcanzamos victoriosos el lugar. Corriendo, hacemos un esfuerzo por no perder ninguno de los recién adquiridos accesorios.

  • Hola, buenas noches.
  • Buenas noches, ¿nado libre?
  • Sí.
  • Lo siento, tienen que esperar. Está completo. Deben esperar que salga alguien y entren los tres caballeros que están ahí sentados.

El desánimo se apodera de nosotros. Son instantes de gran tristeza que preceden una reacción de igual intensidad pero sentido contrario. Entre asombradas miradas, nos desternillamos con flojera.

Todo lo realizado puede quedar en nada. No hay palabras que describan ese sentimiento.

A los diez minutos, las conversaciones teñidas de queja y ruego con el encargado, culminan con Phelps y un servidor, solos en la sala de espera. Todos nuestros predecesores se marchan derrotados ante lo improbable de nuestro acceso. Pero nosotros, una vez más, nos vemos inexplicablemente inducidos al fracaso, con una sonrisa en la cara. No sé aún por qué, pero nos mantuvimos impasibles ante la adversidad. Sólo cinco minutos después, nuestra insistencia da sus frutos. El pitido que anuncia la liberación del torno que nos impide el acceso, resuena en mis adentros como la mayor de las orquestas. Los siguientes pasos parecen levitar entre oleadas de ilusión.

Ya estamos ahí, cruzamos cual gladiadores romanos el umbral de la puerta abatible que nos separa de la gloria. Es en ese justo momento cuando me doy cuenta de lo cómico de mi indumentaria. Chanclas, bañador surfero, gafas marca “la Juani” y gorro de spa. Todo ello acompañado de una molesta mini llave que no puedo perder por nada del mundo aunque parezca que estoy a punto de sacar mi diario bajo la almohada para confesar mis secretos más ingenuos.
Afortunadamente, la euforia me ayuda a olvidar el ridículo que me rodea, para dirigirme impaciente a la obligada ducha previa. Muy en mi papel, me dirijo a la monitora muy seguro, cual "Thorpe" en los preparativos de su gran final.

  • Perdone, ¿las calles para nado libre?
  • Las dos últimas.
  • Gracias, muy amable.

Con la misma seguridad, hago una seña de confirmación al “Phelps de la Bahía”, ya equipado con sus gafas de diseño vintage y gorro afeminado. Las risas se acrecientan al descubrirle como imagen especular mejorada de mi lamentable impronta.

Más gente que en la guerra espera en las calles señaladas. No saben si reír o llorar ante lo esperpéntico de nuestra aparición. Con el fin de superar este embarazoso momento, nos adentramos rápidos en la piscina. Sería deshonesto obviar las dificultades encontradas para descender por una escalera sin peldaños, antipáticamente situados dentro del muro lateral. Todo ello, después de que mi escudero, me frenara ante mi primera intención de emular al mejor de los saltadores, en mi acceso directo a la calle dos.

Por fin, estamos en el agua. Pero, ¿ahora qué? Ya hemos superado todos los obstáculos que nos impedían venir aquí. Pero no contábamos con el peor de ellos. No sabemos nadar.

Pese a que nuestra integridad no peligra, no podría decir lo mismo de la poca dignidad que aún aguanta el chaparrón de hoy.

Pero bueno, ¡que nos quiten lo bailao!, que suelen decir por estas tierras.

Así, confiados y ansiosos, enviamos nuestro primer brazo en parábola escultural hacia el horizonte de la calle, con lo que en nuestra mente parece resultar el deambular de un cisne entre las aguas. La realidad, bastante menos poética, se presenta cruda y salvaje, al encontrar impasible el plástico infernal que señala el límite de la calle que no debería haber rebasado. De no ser porque llevaba escasos segundos en este nuevo mundo, me hubiese salido a gritar y maldecir al amable inventor de tan lindo deporte. Porque, queridos lectores, sí. Las colchonetas de colores que tan simpáticas parecen indicar el final de la calle, resulta que son afilados círculos de plástico mal terminado, alrededor de un cable rugoso y afilado, que parecen más bien señalar el inicio de un gran sufrimiento.

Cuatro infinitos largos más tarde, me reencuentro con mi pecho, el cual parece de nuevo habitado por un corazón y dos pulmones.

Lo avanzado en la noche, deriva en una huida progresiva de nuestros vecinos. De este modo, los últimos cinco minutos de la noche, los realizamos solos en la inmensidad de una piscina olímpica. No sabía de lo grandioso que se esconde tras este complicado ejercicio. Con todo el cuerpo cansado y repleto de la sangre que demuestra el trabajo bien realizado, me dejo llevar por el impulso de mis piernas, en silencio, arropado por miles de litros de agua cristalina, en perfecta armonía con mi temperatura corporal y de lo más sincera en su traslado de la luz ambiente. Por un momento, mi cuerpo se deprende de mi mente, o puede que al revés. Todo es felicidad, relax y paz. Un segundo que justifica de lejos, otros tantos de estrés y dudas.

Victoriosos y derrotados a partes iguales, abandonamos el edificio que difícilmente borraremos de nuestro recuerdo.

Pero, no se engañen aún queda el último detalle de la natación hacia nuestras personas.

En la puerta del recinto, descubrimos absortos una curiosa máquina de vending, para la compra de agua, gorros, candados y gafas de natación. ¿Qué les parece?

Pues imagínense que la razón por la cual me siento hoy aquí frente a ustedes, es que la lluvia ha decidido hacer acto de presencia alrededor de mi casa, justo en los veinte minutos en los que me he visto en pantalón corto con mi querida mochila y mi casco, incrédulo frente a la manta de agua que sirve de telón de fondo a la enternecedora escena que genera mi derrota.

¿Saben lo peor? Pese a todo, sigo teniendo ganas de nadar.