martes, 31 de julio de 2012

Concurso, luego pienso (5/14)


3. Estructura


Esta semana, como podrían imaginar, transcurre lenta pero esquiva. Los argumentos se entrelazan y alejan sin motivo aparente. Cada nueva variable nos adentra un poco más en el caos en que se están convirtiendo nuestras mentes. Esporádicamente nuestro orgullo lidera a nuestros principales mecanismos de autodefensa, para alumbrar aleatoriamente nuestras ideas, destacando la más insospechada de ellas entre sus tímidas compañeras. No parecemos encontrar el foco adecuado en esta oscuridad.

La desesperación nos guía hacia lo más profundo de nuestro bagaje personal e incluso profesional. Pretendemos que la experiencia ya adquirida nos muestre la senda apropiada. En mi caso, recurro al recuerdo como vía de escape. Sondeo mi memoria en busca de una oportunidad. Me remonto a mi etapa de estudiante para buscar referencias similares que me ayuden en esta nueva peripecia. Un examen rápido entre la infinidad de datos almacenados a lo largo de mis cinco años de carrera. Nada. Seguimos como al principio. Aunque algo más cansados, eso sí.

Ahora es la palabra “Erasmus” quien aparece en escena, seguida de otro bello vocablo “Berlín”, ambos inseparables e inolvidables. Once meses para los cuales necesitaría más del doble de ellos en tratar de explicarlos, siquiera narrarlos, y puede que más de una vida para volver a vivirlos. Un cúmulo de sensaciones positivas y enriquecedoras que asocio inevitablemente a una trama urbana tan peculiar como atormentada, tan tradicional como innovadora, tan cercana como espectacular. Un conjunto de calles que marcará el resto de mi vida.

Intento buscar similitudes y diferencias entre ambas urbes, tarea complicada pero interesante, claro está. Cualquier excusa para retornar a aquellos más de trescientos días, resulta sin duda convincente.

Primer traspié, la ausencia total de medianeras. Hubo una central pero afortunadamente, pasó a formar parte de su extensa e inquietante historia. Podríamos considerar esta lamentable actuación, una versión horrible de nuestra cicatriz aunque tardo pocos segundos en desechar esta vinculación. A todos los efectos excesiva, no hace sino señalarme el segundo candidato a tan peculiar honor.

El río Spree, un caudaloso cauce que recorre la ciudad temeroso de ser descubierto, si bien podría afirmarse sobre él que separa nuevamente esta ciudad y que genera una curiosa e inexplicable animadversión de la traza urbana, no me atrevería a calificarla como herida. De hecho sus más de cien metros de anchura en algunas zonas, su gran cantidad de agua, sus “playas” artificiales incrustadas entre sus estáticas riberas, sus múltiples canales, y una postal que jamás conocí pero todos se empeñaron en transmitirme, como una infinita extensión helada en el frío invierno, invitan a que nos refiramos a él como una gran oportunidad, quizás algo desaprovechada, pero nunca como algo del todo negativo.

El caso es que su pasado sigue perenne en la impronta de esta ciudad con dos mitades que pese a que se hayan logrado entrelazar físicamente, necesitarán muchos más años para disimular sus diferentes orígenes. En este caso, se trata de dos ciudades que aparecen urbanísticamente unidas, contra todo pronóstico. Mientras que, en el otro extremo de Europa, nuestra ciudad podría definirse como una misma estructura que se resquebraja con el paso del tiempo, cual falla entre placas tectónicas. Visto así, me preocupa más la tendencia divergente de mi ciudad frente a la convergencia forzada y ansiada por mi otra ciudad. Así que dejo atrás la euforia impuesta por mi melancolía.

Vuelvo a la cruda realidad. Retomo la búsqueda de referencias que me ayuden a tomar tan difícil decisión.

En esta ocasión, mi caprichosa memoria me traslada a mi paso por la capital inglesa. Algo más de dos meses que contribuyeron tanto a la ampliación de mi bagaje como al fomento de mi admiración hacia la capital alemana. Sí, Londres es una ciudad espectacular y de gran interés arquitectónico y cultural, pero no puedo evitar compararla con mi otra ciudad. Lamentablemente la balanza se desequilibra tremendamente hacia una Berlín en pleno proceso de desarrollo.

Por el contrario, Londres me transmite mayor estabilidad y menor ilusión. No puedo negar la magnificencia de la city, o el esplendor de la nueva zona de negocios. Sin comentarios ante el maravilloso Big Ben, la Tate Modern Gallery o el London Bridge. Grandes actuaciones que conforman un conjunto no menos plausible. No obstante, habrán podido apreciar cómo la manera en que me refiero a ambas ciudades es completamente diferente. Mientras Berlín es descrita por un cúmulo de sensaciones y generalidades positivas, Londres resulta de la acumulación de admiraciones puntuales. Y no es casual, ya que probablemente es en esta diferente percepción donde radica el fondo de mi preferencia. Berlín es una ciudad muy extensa pero tremendamente local, compuesta por infinidad de pequeños barrios conectados pero autosuficientes, que nos invitan a disfrutar lo íntimo sin descuidar lo global. Londres sin embargo, no fue capaz de ocultarme en ningún momento su aura de gran ciudad. No digo que sea un aspecto negativo, pero desde luego sí lastra, en mi opinión, la experiencia de vivir en ella. Este tipo de ciudades son grandes oportunidades para un viaje o estancia temporal, pero desvelan ciertas debilidades a la hora de establecer tu cotidianeidad en ella.

A nivel de estructura urbana, creo que la mejor definición sería la de islotes segregados e inconexos que la propia dinámica de la ciudad se empeña en conectar sin gran éxito. En cuanto a la labor del río, una vez más, aparece como un valor añadido a la ciudad, un separador físico pero no emocional. Un elemento en sí mismo, que hace honor a su dimensión y protagonismo en la trama, absorbiendo gran parte del interés turístico de la capital.

Dicho esto, debo reconocer que me parecería del todo injusto hacer una comparativa más exhaustiva dada la evidente diferencia temporal entre mis dos estancias.

Más allá de estos dos grandes ejemplos de gran ciudad, se me vienen a la memoria todas aquellas ciudades que algún día decidí visitar, incluidas Ámsterdam, Roma, Gantes, Florencia, Brujas, Bruselas, y un largo etcétera alrededor del continente europeo. Es entonces cuando caigo en La Habana, Varadero, Tánger, muestras diversas de procedencia lejana. Cada una responde a un momento concreto de mi vida, sin embargo, es ahora cuando se analizan desde un punto de vista urbanístico. Cada ciudad es revisada bajo un prisma profesional, e intentando asociar estos conceptos técnicos a sus correspondientes reacciones personales, emociones y sensaciones atribuidas a las circunstancias, pero que, sin lugar a dudas, están condicionadas por la arquitectura del lugar.

Quizás en el momento en que viví y disfruté de tan bellos parajes, no era consciente de tal afirmación. Es ahora cuando me traslado de nuevo a esos lugares, consciente de la importancia de esta nueva variable. Muchos consideran esto como un “defecto profesional”, yo, en cambio, prefiero denominarlo una mejora gradual. De hecho, invito a todos a entender las ciudades, en lo posible, como un conjunto de capas independientes pero interconectadas. Es el único modo que conozco de pensar dos veces antes de criticar un alejado parking, una maldita calle peatonal o un interminable semáforo.


Continuará... (Parte 5/14)

lunes, 16 de julio de 2012

Creer en el crear


Con motivo del concurso de microrrelatos publicado por Reeditor (Red de publicación y opinión profesional en la cual colaboro periódicamente), he intentado sintetizar en menos de 100 palabras la esencia de mi profesión.

Confío en que os guste.

Un saludo.

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Creer en el crear

Cien palabras, un relato; cien relatos, un libro; cien libros, una biblioteca; cien bibliotecas, una ciudad...

Mi profesión consiste en ser creativo: lo suficientemente loco como para llamar tu atención aunque lo bastante serio como para mantenerla. Pequeños detalles destinados a formar un todo. Crear todos repletos de detalles.

Por pocas palabras que puedan parecer, no se trata tanto del número como de la intención. Estas noventa y nueve, no son sino una inmensa oportunidad para crear. Dejemos que cada uno elija su palabra número cien: el inicio de su propio proceso creativo.

Mi elección: “arquitectura”. ¿La tuya?

viernes, 13 de julio de 2012

Concurso, luego pienso (4/14)


    2. Cimentación

Los días transcurren sin pena ni gloria, repletos de sorpresas y curiosidades que nos invitan a seguir adentrándonos en las entrañas de nuestra ciudad. Asimismo, cada día supone para mí una clase magistral de arquitectura en estado puro. Mis compañeros adornan las múltiples horas de trabajo con experiencias personales y profesionales que hacen más amena la tarea.

Logramos que nuestro río, ocupe su lugar dentro del territorio nacional, estableciendo una comparativa entre este y sus equivalentes más relevantes. Por ejemplo, fijamos el ancho medio para nuestro objeto de estudio en torno a los ochenta metros, mientras que ciudades como Valencia, Almería y Barcelona, nos ofrecen en esta línea entornos fluviales ya modificados de, aproximadamente, ciento setenta, sesenta y treinta metros, respectivamente. Esto nos facilita el esfuerzo de escalar nuestras ideas a la hora de compararlas con el parque valenciano, el bulevar almeriense o la rambla barcelonesa.

Tras casi un mes de trabajo, el equipo decide hacer recuento de nuestras ideas, con la firme intención de colocar el primer testigo en nuestro proceso creativo, un hito que nos permita recapacitar acerca de la viabilidad del concurso. Uno de los ya mencionados vaivenes que nos muestran la realidad objetivizada y nos invita a la toma de decisiones. Estas se enfocan hacia el calendario que preside la mesa. Nuestro ritmo, algo lento, amenaza debacle si no empezamos a sintetizar las ideas, organizarlas y plasmarlas en papel.

Es el momento de crear un organigrama específico, un reparto de tareas conciso y premeditado. Multiplicamos nuestra efectividad por cuatro. Cada integrante deberá analizar gráficamente uno de los estratos en que se divide toda ciudad y explicar al resto los pormenores de tal estudio.

Definimos cinco esquemas primordiales a estudiar y representar. Por un lado nos centraremos en el tráfico rodado y el metro como principales medios de transporte en la ciudad, sin olvidar los flujos peatonales. En segundo lugar, los flujos peatonales nos guían hacia un análisis de la población, contabilizando el número de habitantes y su zonificación. Posteriormente, reconocemos también como primordial el análisis hidráulico. Esto nos acerca al objeto del concurso, atrayendo las miradas hacia el entorno fluvial: bordes, barrios límite y fachadas urbanas. Por último, decidimos observar las estrategias establecidas por el planeamiento, los objetivos e intenciones inducidas por la normativa aplicable.

En mi caso, es el estudio demográfico quien motiva mis próximos siete días. Evidentemente mi vida continúa, siendo el concurso una de las múltiples tareas que oprimen mi tiempo libre y protagonizan mi agenda. Cada rato que puedo liberar de mi trabajo cotidiano lo dedico a investigar a la población que habita la ciudad. El primer paso, definir las divisiones existentes en el tejido urbano. Concretar los once distritos que ocupan la trama y que incluyen a su vez multitud de barrios, formados por otras tantas calles, manzanas y edificios. Por tanto, el acercamiento se realiza desde la unidad hacia sus componentes. Un asedio bien estudiado, donde la estrategia consiste en la conquista progresiva de capas exteriores hasta lograr acceder al núcleo central, el ciudadano de a pie.

Estos distritos constan de una superficie determinada, que me revela una escala. A su vez, cada uno de ellos se encuentra habitado por un número concreto de ciudadanos. Este dato, unido al de la superficie, nos permite descifrar la densidad que reina en dicho ámbito. Lo cual acomete en una segunda lectura: una densidad mayor nos indica una arquitectura de tipo residencial plurifamiliar en altura, o lo que coloquialmente se denominan bloques o colmenas. Zonas por lo general habitadas por una población de renta media-baja, asociada a la clase obrera. Capaces de afrontar una vivienda en la capital, pero sin plantearse la posibilidad de invertir en áreas más horizontales y, por tanto, elitistas. Como bien saben, el valor del suelo condiciona nuestra localización en el seno de una ciudad. Y puestos a generalizar, un barrio de alta densidad implica un determinado tipo de negocio, equipamientos acordes y una jerarquía vial bien estructurada ante las exigencias existentes en materia de desplazamientos diarios.

Otra de las grandes sorpresas acontecidas, fue descubrir que mi ciudad contaba con uno de los barrios más densos de Europa, con mayor número de habitantes por metro cuadrado.

Por el contrario, el otro extremo de la ciudad responde a un modelo igualmente opuesto.

La clase media-alta se distribuye entre pequeñas vías de poco tránsito, donde la tranquilidad y el silencio reinan por encima del caos urbano que caracterizaba nuestra anterior protagonista. Pequeñas actuaciones residenciales aisladas, destacan por sus verdes jardines, zonas privativas con un mantenimiento exquisito. Un alarde de poderío al alcance de muy pocos. Un contexto social reflejado en su equivalente arquitectónico. Destaca la ausencia casi total de equipamientos y negocios. Sólo unos pocos reductos de ciudad permanecen entre sus calles.

Como pueden imaginar, dos extremos tan diversos, deben equilibrarse en torno a un elemento común, conciliador. Una zona central en pleno proceso de gentrificación parcial de su territorio, capaz de aunar los barrios más tradicionales y pobres de la ciudad, con los rincones más selectos y envidiados de la metrópoli. Un entorno ecléctico pero acogedor, donde los negocios y equipamientos cobran un papel primordial, el tráfico se resigna ante la supremacía, cada vez mayor, del peatón. Una estructura tan antigua como enrevesada, una muestra fiel del pasado histórico de esta región. Fachadas colindantes pero tremendamente alejadas. Ruinas constructivas flanqueadas por modernas remodelaciones y reinterpretaciones pseudo-respetuosas de un melancólico apogeo.

Todo ello, completado por los muy escasos espacios libres que ofrecen cierto respiro a una ciudad ensimismada en su complejidad y carente de orden urbanístico alguno.
Una ciudad entre medianeras. La primera natural, un territorio encrespado y abrupto que conforma el skyline de la periferia; el otro, tan urbano como social, integrado en la memoria histórica de un territorio costero, que lejos de entender su linde marítima como una oportunidad de expansión emocional y espiritual, lejos de ofrecer la tan ansiada vía de escape que toda aglomeración requiere, ha visto como el uso industrial se ha apoderado de todo vestigio de ocio y esparcimiento que esta ribera pudiera ofrecer.

El sistema se cierra con la aparición de barrios dispersos, a caballo entre la zonificación mencionada, entre los espacios intersticiales surgidos tras la clasificación anterior. Una amalgama de calles y edificios sin identidad que sólo el tiempo ha conseguido adherir a una población orgullosa pero crítica. Pequeños islotes de ciudadanía que ocupan el resto del territorio a menor escala, intercalando zonas de gran poderío con los suburbios más desfavorecidos.

Sin embargo, este eclecticismo con complejo de caos y alma de ciudad, podría ser simplemente la radiografía crítica de un sin fin de aglomeraciones urbanas a lo largo del territorio español, de no ser por la principal característica que la define y motivo, a su vez, del presente concurso. Esta estructura urbana definida, presenta una particularidad muy especial, se encuentra dividida, literalmente sesgada, por una inmensa cicatriz resultado de una ruptura histórica, una herida transversal que recorre su territorio cual grieta entre medianeras. Se trata del río, o lo que queda de él. Un cauce seco e inhóspito cuya existencia se justifica ante los grandes desastres del pasado, una vergonzosa secuela que nos recuerda tragedias de nuestros antepasados a la vez que nos ofrece la seguridad ansiada de un futuro mejor. Una herramienta hidráulica de escape, un desagüe de proporciones desmesuradas. Una alcantarilla natural erigida por la erosión y la mano humana a partes iguales. El reguero de miedo y respeto que desciende cauteloso pero confiado desde la medianera escarpada.

Con origen en el embalse artificial generado años antes para ocultar una realidad evidente a la ciudadanía, protegerla de una amenaza sutil pero devastadora, transcurre esta fisura atroz. Un muro curvo de casi cien metros de altura (equivalente a un edificio de más de 30 plantas) que se eleva artificial entre sus gemelos geológicos, para frenar las avenidas generadas a lo largo del cauce fluvial y controlar la evacuación progresiva y voluntaria del líquido embalsado, sin olvidar el aporte de agua potable que supone para la población. A partir de ahí, el deambular casi divertido de un lecho sin agua, un caudal previsto pero ausente, temido pero añorado. Seis largos kilómetros que condicionan la fisonomía de su ciudad hasta llegar a formar parte indivisible de su idiosincrasia.

Es entonces cuando nos surge la primera duda, ¿qué hacer con algo tan peligroso como arraigado a nuestros orígenes? ¿Cómo eliminar un elemento de seguridad de tales dimensiones sin poner en peligro nuevamente la integridad de nuestros vecinos?

Son preguntas complejas pero inspiradoras. Empezamos a leer multitud de propuestas anteriores, teorías que defienden actuaciones diametralmente opuestas, soluciones que no acaban de convencer a nuestros “yo” empíricos y pragmáticos.

Por un lado el deseo casi infantil e ingenuo de recuperar un río que hace siglos que no existe, la envidia de otras ciudades. En contraposición surgen ideas más bien basadas en la inmediatez conceptual, cubrir aquello que nos desagrada para seguir nuestras vidas sin más, “ojos que no ven corazón que no siente” dicen, ¿no?

No obstante, esta decisión, lejos de ser tan sencilla, conforma los cimientos de nuestros próximos tres meses de trabajo. No es una decisión que podamos tomar a la ligera. Ni siquiera una alternativa que exploramos para ver la viabilidad de sus consecuencias. No. Es mucho más complejo que todo eso. Tres meses son aparentemente un plazo de trabajo bastante amplio y sosegado, pero no es así. Estos noventa días deben ser meticulosamente programados para evitar un desplome prematuro. Pese a que gozamos de un margen suficiente como para no tener por qué preocuparnos aún, no contamos con la masa crítica requerida ni con su equivalente en forma de excedente temporal, como para diversificar esfuerzos y recursos en varias direcciones hasta encontrar el camino correcto. Es el momento de reunirnos y precipitar una decisión tan importante como dura, debemos elegir la senda que nos ha de llevar hasta el objetivo final. De no ser así, habrá que hacer todo lo posible porque lo parezca, o abandonar la aventura a las primeras de cambio.

Por un momento, la responsabilidad nos abruma, no estamos preparados para tal acontecimiento. No podemos hipotecar un mes de trabajo y sus consiguientes tres meses de desarrollo en función de una primera impresión. Ahora o nunca, son palabras que se diluyen en nuestras mentes, en plena negociación consigo mismas en aras de ampliar un plazo apretado pero sin cerrar. Finalmente, acordamos una semana de reflexión, meditación y vicisitudes.


Continuará... (Parte 4/14)

jueves, 28 de junio de 2012

Concurso, luego pienso (3/14)


    1. Movimiento de tierras



El lunes trajo consigo la primera reunión del equipo, cuatro arquitectos de edades bastante dispares, dispuestos a transformar esta crisis en una propuesta decente e ilusionante para su ciudad. Una puerta de escape de la rutina pesimista en la que se habían convertido sus estudios. Una oportunidad para compartir cuatro meses de arquitectura y risas con sus amigos, y yo. Sí, y yo. Porque resulta que este maravilloso equipo estaba compuesto por tres arquitectos compañeros de promoción y amigos desde hace años, a los que se agrega un servidor, veinte años más joven pero con las mismas ganas de crear y disfrutar.

Sería un necio si negara que aquel día me encontraba lleno de ilusión e inquietud a partes iguales, con la previsible preocupación derivada de un equipo en el cual sólo conozco cómo trabaja uno de ellos y donde, sin lugar a dudas, soy la principal incógnita de la ecuación. No obstante, jamás he dejado que este tipo de inquietudes me frenen ante oportunidades de este calibre. Es preferible salir rechazado antes que evitar el desastre sin intentarlo.

Los primeros instantes de la reunión se centran en el acercamiento a las bases del concurso, previamente revisadas por cada uno de nosotros, y un debate acerca del posible calendario de trabajo que mejor se amolde a cada uno.

Puede que sea el único reflejo de seriedad que reina en la mesa, el resto del tiempo se centra en el recuerdo de anécdotas e historias varias que mis compañeros se animan a compartir conmigo, aderezadas con pequeñas muestras de mi corta experiencia, no sólo vital sino también profesional.

Evidentemente mi papel aquí es secundario, no me cuesta lo más mínimo mantenerme discreto ante su más que notable superioridad, vestido de humildad y respeto. Sin embargo, no renuncio a mi personalidad, tan osada a veces. Es por ello que me integro rápidamente en una dinámica en la cual me siento como pez en el agua, o quizás sean ellos los que me ayudan a sentirme así. Sea como fuere, desde el primer momento somos cuatro arquitectos en igualdad de condiciones, luchando por un bien común: disfrutar de la arquitectura. El resto, risas y buenos ratos entre el bar y el estudio de uno de los integrantes.

Finalmente decidimos imponernos una reunión semanal para ir avanzando poco a poco en el análisis global del concurso y la búsqueda de referencias internacionales. Nunca pensé lo difícil que puede llegar a resultar dimensionar tu propia ciudad, asimilar esas calles por las cuales hemos transitado infinidad de veces. No es hasta que las comparas con otras referencias también cotidianas o quizás impactantes, que no interiorizas realmente tu entorno. Si no, haced la prueba con los elementos de vuestra propia casa.

Como muestra un botón: aún me impresiona uno de los shocks más recientes que me ha tocado vivir, cuando en mitad del diseño de un bloque de viviendas aislado, con dos viviendas por planta en una pequeña parcela, decidí insertar una pista de pádel para dotar de mayor calidad a la idea y rellenar ese espacio que creía inmenso. Cuál fue mi sorpresa al comprobar que la pista no sólo no entraba, sino que era igual de grande que el citado bloque. No podía creerlo. Soy bastante aficionado a este deporte, y jamás pensé que pudiera vivir en una pista, menos aún dos viviendas y su correspondiente núcleo de comunicaciones.

Ahí fue cuando volví a analizar las dimensiones de una pista de pádel, las cuales sabía de memoria aunque permanecían por descifrar en mi cerebro, 20x10 metros. Sí, cada campo no es sino un área de 10 metros de lado, lo cual supone una superficie de 100 metros cuadrados. ¿Se dan cuenta? ¿Cuántas de sus viviendas miden más de 100 metros cuadrados? No creo que hayan olvidado la polémica de las viviendas para jóvenes integradas en 30 míseros metros cuadrados. Digo míseros, ya que supone vivir en un tercio de uno de los lados de la pista de pádel. Impactante.

En fin, volviendo a nuestra historia urbana, entenderán que este fenómeno se multiplicase exponencialmente conforme más nos adentrábamos en el análisis del ámbito del concurso. Necesitábamos no sólo conocer las dimensiones del elemento en cuestión, sino ser capaces de interiorizar dichos datos hasta el punto de poder actuar sobre ellos sin perder de vista el contexto global. No caer en algo tan común como suele ser, centrarse tanto en un punto concreto, que no te permite ver el resto. De ahí que el diseño en equipo suela funcionar bien; cada uno observa desde un prisma diferente y eso permite que siempre haya alguien dispuesto a analizar un problema con perspectiva, no cegado por los detalles, sino observando la realidad desde la distancia, considerando los aspectos primordiales.

Así fue como empezamos a aproximarnos a la ciudad, dando un paso hacia delante y otros dos hacia atrás. Profundizas, obtienes datos de interés y, posteriormente, te alejas para ponerlos en su lugar. A veces cada uno dirige sus vaivenes, otras son los compañeros los que te fuerzan a recapacitar. Una ciudad es un ente tan complejo como cotidiano. Lo cual supone que su análisis puede ser todo lo extenso que uno quiera. Es fundamental no perder de vista el objetivo final, no dejarse llevar por la curiosidad que implica encontrar novedades en una ciudad que vives a diario.

¿Cuántos de vosotros se han parado a pensar cómo afecta el sentido de circulación de su calle al funcionamiento global del tráfico de su ciudad? Hasta aquel día, yo era uno más, no se preocupen.

En este sentido, el tráfico fue uno de los primeros análisis que realizamos. Hoy día, poder desplazarnos con agilidad y libertad es una de las principales preocupaciones que nos supone la urbe. Es por ello que antes de realizar cualquier intervención sobre el eje de esta capital, debíamos entender su funcionamiento, sus carencias y virtudes, sus posibles mejoras.

Todo ello, salpicado de ejemplos y actuaciones previas que alguno había encontrado el pasado fin de semana o ese mismo día, porque resulta que en un concurso se acrecienta otro de los principales rasgos de la mente humana: basta que nos interesemos por algo para que parezca que el mundo se empeña en bombardearnos con referencias a ese aspecto concreto, independientemente de lo invisible que pudiera resultar anteriormente.

Es como cuando alguien cercano se queda embarazado, desde ese instante todo el mundo se pondrá de acuerdo para aumentar la población al mismo tiempo, o, al menos, eso nos parece, ¿no es así?.

Pues bien, entre carritos y preñadas, nuestras vidas se encuentran ineludiblemente rodeadas de continuas referencias al concurso. Todo parece alinearse para que cada noticia, comentario o imagen de nuestro entorno, suponga una oportunidad de cara a la creación de nuestra gran obra. Nunca más podremos disfrutar de un ignorante paseo por la calle, un rato de ocio en el parque o momentos de meditación en la playa. No. El concurso lo invade todo. La máquina se ha activado y no podrá detenerse a nuestro antojo. Incluso durmiendo parece que hay alguna neurona rebelde dispuesta a continuar con su ardua tarea. Dicho así, podría parecer algo negativo, y de hecho a veces lo es, pero no cabe duda que al final merece la pena. Es por ello que, tras un tiempo de desconexión, todos volvemos a adentrarnos en esta peculiar práctica profesional, sea cual sea el resultado obtenido.

Volviendo al trabajo, seguimos analizando calles, autovías, carriles bici y demás ejes estructurantes. Nos esforzamos por entender los entresijos de este complejo organismo.

No obstante, lo más complicado resulta ser la parte hidrológica, o quizás hidráulica. Sólo el término con el que referirnos a ello, ya supone un auténtico dilema. Imaginaos el resto. Debemos entender los por qué de nuestro río, sus crecidas y sus ausencias, su historia. Su pasado, presente y sus posibles futuros.

Ello podríamos lograrlo a través de años de aprendizaje con una carrera apropiada para tal fin, seguido de ciertos estudios empíricos, o aprender de los buenos que ya pasaron por ahí. Evidentemente nuestro masoquismo no alcanza tales cotas y decidimos por una vez atajar a través de la segunda de las opciones. Pese a ello, que nadie piense que basta con leer complejos informes al respecto, varias veces por cierto, sino que hace falta cambiar algo el chip y completar dichas lecturas con alguna que otra investigación auxiliar.

Más allá de esta aparente complejidad, el resultado es bien sencillo, no tenemos ni idea, por más que nos empeñemos en disfrazarnos de ingenieros. Así que la coherencia retorna al grupo y nos ayuda a sumar, interpretar a los ingenieros desde una perspectiva arquitectónica y urbanística tan diversa como necesaria. Es entonces cuando empieza a dar frutos este proceso. No pretendemos entender dichos informes, sino analizar su repercusión sobre la ciudad y de esta forma seleccionar la solución más apropiada conforme a nuestras aspiraciones. Zapatero a tus zapatos.

Para ello, no nos engañemos, resulta crucial la labor de nuestro equipo de ingenieros. Sí. Un concurso de este nivel no puede ser realizado exclusivamente por cuatro arquitectos aislados. Así es como entran en escena, nuestros siguientes protagonistas en la historia, un grupo de profesionales traídos a colación por uno de nuestros compañeros, para afianzar nuestras decisiones arquitectónicas y filtrar nuestros deslices técnicos, a la vez que guiar nuestras interpretaciones de los informes hidráulicos ya comentados.

Su más que probada experiencia y talento, se imponen a la distancia a la cual se encuentran, siendo las nuevas tecnologías las auténticas culpables de su participación. Una comunicación menos fluida demanda, por el contrario, una mayor eficiencia en nuestro diálogo, contribuyendo enormemente al análisis exhaustivo de la documentación técnica que nos facilitan. Cada duda planteada es el resultado de una meditada tormenta de ideas, donde el orgullo y el respeto se reparten el mérito de tan trabajada reflexión. Esto, pese al aparente incremento de los plazos, deriva en una efectividad sin precedentes. Analizamos más cada aspecto, permitiéndonos profundizar en las preguntas formuladas, facilitando la comprensión de sus respuestas y fomentando un diálogo inteligente y casi igualitario.

De sobra conocido es el eterno debate surgido entre ingenieros y arquitectos, que muchos se empeñan en convertir en rivalidad, y que a otros nos gustaría considerar más bien, una auténtica oportunidad de cara a posibles sinergias profesionales. Y es así como se enfocan las diferencias en el seno de nuestro equipo, cuando los ingenieros rebaten nuestros planteamientos o dilapidan nuestras ideas. No sin falta de razón, por cierto. Sin embargo, este debate es afortunadamente bidireccional y nosotros también aportamos argumentos positivos que ayudan a nuestros nuevos compañeros a entender el diseño como parte del proyecto.


Continuará... (Parte 3/14)

martes, 26 de junio de 2012

Otra generación perdida


Mucho se ha hablado en estos últimos tiempos acerca de la difícil situación por la que atravesamos los jóvenes de este país. Un sin fin de referencias a los innumerables titulados que ante la ausencia de trabajo se ven forzados a embarcar en una nueva aventura más allá de la frontera. Un viaje tan desesperado como necesario. La alternativa, deambular sin rumbo aparente entre trabajos mal remunerados, cortoplacistas e incapaces de ilusionarnos.

La crítica generada al respecto, radica en la inversión fallida realizada por el país, al formar la mayor cantidad de jóvenes de su historia, para ahora ver, impotente, su huida hacia tierras más fértiles. Un desastre sin precedentes que podría derivar en una pérdida real de mano de obra y población activa, empeorada ante el riesgo de que estos aventureros no encuentren ocupación alguna y en cuestión de años se vean rechazados por la dura competencia que supondrán los jóvenes del momento, tan preparados como ellos, con la misma escasez de experiencia, pero sin los requisitos económicos asociados a alguien de mayor edad, ni las lagunas surgidas tras años de inactividad.

En definitiva, una amenaza desoladora que, si no actuamos, puede que se convierta en realidad antes de lo esperado.

Sin embargo, no es para tratar este tema por lo que me siento hoy aquí. Es evidente que son muchos los que, como yo, han tratado tal situación, y otros tantos los que han profundizado en ella. En mi caso, el motivo de este post, no es sino trasladar este problema a mi terreno. Defecto profesional, lo siento. Presentaros una amenaza similar, pero no tan importante. Una generación perdida que puede hacerse realidad entre nuestro parque inmobiliario nacional. Un riesgo, más material, pero no por ello menos preocupante.

Del mismo modo que ocurre con la población licenciada, son muchos los edificios de nueva construcción realizados en los últimos años. El famoso boom nacional ha dado lugar a gran cantidad de proyectos-inversión, donde la oferta no responde a demanda alguna, sino que se genera con la firme intención de crear una demanda nueva, hasta entonces inexistente.

Durante los años del progreso, la segunda residencia se ha visto multiplicada exponencialmente ante el aumento de ingresos y, por consiguiente, de la calidad media de vida. Todo ello, acrecentado por un sector financiero dispuesto a prestar los recursos necesarios para acometer tales inversiones.

La conclusión a este escenario, es más que conocida por todos. Grandes promociones ahogadas por los altos costes derivados de la especulación y la fe escondida tras una inminente negación de la apremiante crisis. Esqueletos de hormigón que, en mayor o menor grado de desarrollo, decoran nuestras laderas, playas, colinas y ciudades. Un nuevo paisaje semi-urbano que, lejos de ser temporal, se consolida cada día como nueva imagen de ciudad.

Desgraciadamente el país no parece ser capaz de revertir tal situación, ni hacer frente a esta herida. Pues dichos edificios incompletos o inutilizados, no son sino heridas abiertas por las cuales se escapan los pocos recursos de los que aún disponen sus promotores. Una vez desangrados, recurren a la única salida posible, cederlos a sus acreedores, los cuales se enfrentan a un exceso de mercancía sin precedentes. Por lógica, aquellas promociones mejor conservadas, o más avanzadas en su desarrollo, deberían ser colocadas poco a poco dentro de un mercado inmobiliario tan hundido como imprescindible. Es evidente que los citados jóvenes, pese a su escasez de recursos, deberán acceder a viviendas para continuar sus vidas y dar cobijo a sus familias.

Lo problemático, si no basta con lo ya expuesto, es el deterioro que sufre una vivienda o construcción deshabitada. Este abandono deriva en una falta evidente del mantenimiento y cuidados necesarios para el correcto funcionamiento de cualquier edificio. Por ello, corremos el riesgo de ver atónitos como este periodo de soledad se prolonga a lo largo de varios años, desembocando en un deterioro excesivo. Dicho de otro modo, alcanzar un grado de desperfectos tal, que sea más caro acometer su reforma, que su demolición y posterior reconstrucción. Por tanto, nos encontramos ante la posibilidad de perder un conjunto extenso de inmuebles, sin usar. Un derroche que, cuanto menos, debería resultarnos chocante en los tiempos que corren.

La solución al problema se me antoja complicada, pero, sin duda, me uno a aquellos que conscientes del problema, hacen por encontrarla, o, como poco, denunciarla.

No dejemos que nuestros jóvenes se cansen de intentar vivir con normalidad, ni permitamos el abandono gradual de recursos, a base de hipotecar los recursos futuros.



jueves, 21 de junio de 2012

Concurso, luego pienso (2/14)


0. Trabajos previos




Todos habremos escuchado hablar alguna vez de profesionales que deciden presentarse a un concurso público para la realización de un determinado edificio o una determinada actuación. Pues bien, pese a ello, pocos saben lo que esto realmente significa y lo que para dichos aspirantes supone.

Normalmente este tipo de ideas surgen a raíz de un comentario escuchado o alguna noticia leída en el periódico. En un primer momento no es más que otra muestra más de información esquiva, una de cien.

Sin embargo, esta vez hay una pequeña diferencia, apenas perceptible e incluso difícil de explicar, esta vez hemos prestado atención al mensaje. Nuestro cerebro ha decidido no desechar automáticamente la noticia, sino que la almacena en lo más recóndito de nuestra mente, para desde ahí, a modo de infección viral, ir contagiando poco a poco las neuronas vecinas hasta descifrar ese ínfimo detalle que ha perdonado su vida. Es entonces cuando empezamos involuntariamente a analizar el anuncio y enfrentar sus posibles pros frente a sus más que probables contras. Lo siguiente es buscar personalmente de qué se trata el concurso y destripar los aspectos y requisitos primordiales, en un intento desesperado de nuestro subconsciente por encontrar esa mínima cláusula que nos impide participar o que nos sugiere un posible agravio comparativo o injusticia premeditada.

Un 99% de los concursos se quedan en esta fase de análisis previo, permaneciendo para la eternidad en la papelera de reciclaje de un pobre ordenador repleto de archivos. ¿Qué ocurre con el otro 1% restante? He ahí el motivo de este relato y la causa de la experiencia que me aventuro a compartir.

En este caso, la historia en cuestión comenzó con una simple llamada de teléfono:

- Ey, ¿qué tal?

- Buenas, muy bien, la verdad. Sigo buscando trabajo y liado con el inglés, pero bien. No me quejo. ¿Y tu?

- Pues algo parecido, supongo. Pero esta mañana he decidido hacer algo para cambiar mi situación. Me acabo de inscribir en el concurso ese del que estuvimos hablando. Creo que puede ser una buena oportunidad de aportar algo a esta ciudad y poner nuestro granito de arena para que mejore.

- Me alegro, ese concurso es muy interesante, engloba casi toda la ciudad y es posiblemente el gran proyecto pendiente.

- Totalmente de acuerdo. Por eso, es el momento de dejar de quejarse y dar un paso al frente. Ofrecer alternativas a nuestra ciudad. Así que, no se como estarás de tiempo ahora, pero somos tres en el equipo y había pensado que tú podrías ser el cuarto. A los otros dos ya los conoces y te puedo asegurar que como poco vamos a pasar un buen rato.

- Suena bien. Yo por mí me apunto del tirón, aunque creo recordar que teníamos cuatro meses hasta la fecha de entrega, y si todo va bien, me gustaría salir de aquí antes de esa fecha.

- Yo estoy igual, pero cuatro meses no son tantos y desde luego no es fácil encontrar algo fuera tan pronto. Métete en el equipo y después ya veremos cómo evoluciona la cosa.

- Perfecto. ¿Por qué no? Ojalá mi mayor problema sea tener que dejarlo por un buen trabajo que me haya salido, ¿no? Jajaja.

- Así me gusta. Pásate el lunes y lo vemos, ¿vale? Buen fin de semana.

- Gracias, igualmente. Te veo el lunes.

Nunca pensé que una conversación aparentemente tan trivial fuese a condicionar tanto los próximos cuatro meses de mi vida.



Continuará... (Parte 2/14)

jueves, 14 de junio de 2012

Concurso, luego pienso (1/14)


Concurso, luego pienso


A todos los amantes de la buena arquitectura

Sin retos no es posible avanzar, sin pensar no sabremos hacia donde hacerlo




ÍNDICE

Prólogo

  1. Trabajos previos
  2. Movimiento de tierras
  3. Cimentación
  4. Estructura
  5. Albañilería
  6. Saneamiento
  7. Instalaciones
  8. Carpinterías
  9. Vidrios
  10. Cubierta
  11. Pinturas
  12. Revestimientos y acabados
  13. Liquidación de obra



Historia de un concurso urbanístico

Prólogo

¿Qué lleva a un escritor a enfrentarse al reto que supone la redacción de un libro?

Supongo no ser el único que, durante el proceso de una lectura determinada, se ha planteado esta cuestión. No cabe duda que un libro es un trabajo tedioso y un ejercicio de creatividad e imaginación sin parangón. Sin embargo, se trata de una misión donde la recompensa debe ser, ante todo, personal. El éxito entre sus posibles lectores reside en aspectos tan subjetivos como incontrolables.

Por mi parte, la respuesta es tan sencilla como ambigua:

No lo sé.

No tengo la menor idea acerca de qué les motiva a escribir. Por tanto, en mi caso, respuesta y pregunta se funden en una única intención. Para encontrar el motivo, no se me ocurre mejor solución que empatizar con ellos y experimentar su experiencia en mis propias carnes.

Confiado en la idoneidad de este razonamiento, comienzo un nuevo reto profesional y vital, donde averiguar si soy capaz de afrontarlo, desarrollarlo y, sobre todo, culminarlo. Si todo va bien, encontraré el camino hacia las respuestas. Si no, podré al menos desprenderme de esta inquietud que me persigue desde hace años.

En este sentido, se supone que el prólogo es el encargado de explicar el por qué de enfrentarse a esta aventura e incitar a los lectores a continuar e involucrarse en él. En mi caso, el prólogo, como el resto del libro, no es sino de una de las múltiples conversaciones internas en las que me he visto sumido recientemente.

Al fin y al cabo, no me creo capaz de escribir más que de aquello sobre lo que sé, mi vida, y hacia aquello sobre lo que no sé, los por qué. Como hilo conductor la arquitectura, a medio camino entre mi sabiduría y mi ignorancia, y como objetivo final, la ciudad, tan cotidiana como desconocida.

Que sea bueno o no, ya llegará el momento de juzgarlo. Mientras tanto, confío disfruten de ello y de las múltiples circunstancias que puedan llegar a rodearlo.

No me considero, ni de lejos, escritor, siquiera un gran lector. Pero de lo único que estoy seguro es de que la mejor forma de resolver mis inquietudes es afrontarlas, vivir la experiencia y aprender de ello. Sólo lograrlo ya será recompensa suficiente.

Sin embargo, confío que esta satisfacción no sea la única.

En cuanto a mí, me gusta definirme como un “ar” con complejo de “quitecto”, en tanto en cuanto, pese a que mi título académico me define como arquitecto, mi temprana edad y mi corta experiencia, no me suponen un lastre sino una virtud; la virtud de ser humilde y entender que una profesión tan especial como ésta no se aprende en cinco años de carrera.

Siquiera en los diez años que llevo ya dedicado a ello, podría forjarse un auténtico arquitecto. Con esto no quiero decir que no me vea capaz aún de ejercer mi profesión. Todo lo contrario. De lo que no me veo capaz es de conformarme con lo ya conseguido. Más bien, me gusta enfocarlo como una oportunidad continua de seguir aprendiendo.

De este modo, enfoco el presente texto, como la redacción de una vivencia concreta y muy personal. El desarrollo de un concurso de arquitectura, concretamente urbanístico, del cual me siento tan orgulloso como frustrado. Una buena muestra de lo que significan estas licitaciones para los profesionales que deciden invertir su tiempo con la esperanza de lograr un buen resultado, o, como poco, seguir formándose y mejorar.

Para muchos, este formato de trabajo será desconocido y para otros, una realidad muy cercana; no obstante, para la inmensa mayoría de la población, creo que es una conversación típica pero lejana.

Así que aprovecho para mostrar las sensaciones que me evocó esta aventura profesional e invitaros a compartirlas conmigo.

Para poder entender su estructura, cabe destacar que este libro se organiza conforme a diferentes capítulos que estructuran cronológicamente la historia, aprovechando un símil muy arquitectónico: la distribución de una obra en partidas.

Otro aspecto fundamental de esta obra, es la intencionada ambigüedad con que se afronta la historia. Una consciente y deseada perspectiva genérica, en busca de la implicación del lector, pudiendo construir su propia ciudad, poner nombres a los protagonistas y comparar esta experiencia con sus propias vivencias tanto personales como urbanas. Una invitación formal a estudiar el contexto inmediato que nos rodea y condiciona nuestro día a día.