lunes, 28 de mayo de 2012

De tapitas con... Ángel Illescas


No es casual, ni mucho menos, empezar esta sección dedicada tanto a entrevistar compañeros como a homenajear amigos, con uno de los principales culpables de que a día de hoy, pueda llamarme arquitecto. Sí, porque nuestro protagonista aquí, no es sino mi compañero de batallas durante gran parte de la aventura universitaria, ese gaditano divertido y culto que supo aguantarme, si no sufrirme, durante todo el proceso académico.

Cuando pienso en la carrera, es imposible no recordar nuestras infinitas anécdotas en común, tantas noches de insomnio forzoso aderezadas con alguna que otra no tan obligada. Noches de creatividad sin límites, donde más allá de aspectos puramente arquitectónicos, nos fundíamos en interminables discusiones acerca del sentido de la vida y el lugar que se supone que debíamos ocupar en ella. Conversaciones tan interesantes como inapropiadas, teniendo en cuenta que siempre surgían en la noche previa a una entrega, que por más que nos esforzásemos en disimular, nos había vuelto a ganar la partida.

Polivalente hasta el punto de ser capaz de hacerte llorar de la risa o abrumarte con su retórica kafkiana. Ese iluminado capaz de sorprenderte con cada nuevo diseño. Un erudito aficionado al fútbol, un arquitecto con espíritu de humorista, un guitarrista apasionado con evidentes dotes de escritor; sin duda, una gran persona, brillante profesional y mejor amigo.

Son muchos los motivos que me llevan a profesarle el gran respeto y admiración que intento transmitir con estas humildes palabras. Pero por encima de todas, estarán siempre esos difíciles años en los cuales la edad nos pedía disfrutar el momento de un modo muy diferente al que lo tuvimos que hacer nosotros. En los más de cuatro años que compartimos irremediablemente juntos, ya fuese para preparar una entrega individual, de grupo, un examen o su correspondiente práctica, puedo decir orgulloso que jamás perdimos los papeles, jamás olvidamos al amigo que teníamos enfrente, por más que las situaciones nos invitaran a ello. Independientemente de las tensiones que pudieran surgir, nunca abandonamos esa sonrisa que acompañó nuestras andanzas, ese sentido del humor tan peculiar como efectivo, ese optimismo tan pragmático como crítico. Al fin y al cabo, nos empeñamos en llegar a ser lo que ahora somos, por más difícil que pudiera parecer, sin olvidar quienes éramos y lo que nos gustaba hacer.

Esta es la razón de que años después sigamos viéndonos, pese a los miles de kilómetros que separan nuestras respectivas vidas, y parezca que fue ayer cuando nos sentamos a estudiar aquel primer examen de Matemáticas II. Si alguien me pregunta por aquella etapa, sin dilación contestaré, que mereció sobradamente la pena.

No puedo sino agradecerle su apoyo durante estos años y permitiros el honor de compartir conmigo el placer de conocerle. Conocer a alguien que, permítanme esta licencia, está llamado a ser un auténtico referente; de hecho, su licenciatura, máster y futura tesis doctoral ya le avalan.

Bueno Ángel, ha llegado el momento, empecemos fuerte: ¿Que es para ti la arquitectura?
La arquitectura es el magnífico juego de los volúmenes bajo la luz… No, en serio, es muy difícil responder a esa pregunta.

Dicho esto, ¿cuándo decidiste ser arquitecto?
Sobre los 16 años, no recuerdo el día que se me ocurrió… A los 7 quería ser científico y a los 14 ingeniero de caminos. Me decidí finalmente por la arquitectura, me atraía ese lado creativo.

Me alegro de tal decisión. Y ahora en serio, ¿con qué frecuencia te arrepientes?
No me he arrepentido ni un solo segundo, en serio.

Me lo creo. ¿Cuál consideras que es el proyecto más relevante que has hecho hasta ahora?
Relevante ninguno. Para mi fueron importantes todos, aprendí mucho con cada uno.

¿Cómo describirías la experiencia de llevarlos a cabo?
Intensa, pasional. También extenuante, agotadora. Tú lo sabes bien.

Sí, algo me suena. ¿Cuál es el proyecto más ambicioso o loco en el que te has embarcado?
Locos casi todos. Ambiciosos también, pero en términos arquitectónicos, no económicos.

¿En qué momento fuiste consciente de estar inmerso en ellos?
La noche antes de la entrega.

Jajaja. ¿Tu anécdota más curiosa?
Hay cientos. Las noches en vela dan mucho de sí… Muchas las he pasado contigo. ¿Te acuerdas del campeonato de “goleítas” a las tantas de la madrugada? ¿En cuánto se quedó el récord?

La verdad es que no me acuerdo, de hecho, es una de esas cosas que me esfuerzo por olvidar. Jaja. No, fue bastante divertido. Permíteme aclararle a la gente que “goleítas” no es sino mantener la pelota en el aire a base de toques con el pie. Volviendo a la entrevista, ¿Cual sería tu cliente ideal?
El que respeta tu trabajo.

¿Has podido trabajar ya con él o es sólo una utopía?
Sí, los hay. Aunque también abunda lo contrario.

¿Qué le dirías a un estudiante de primero?
Que se lo pase lo mejor que pueda.

¿Qué te hubiese gustado escuchar a ti?
Lo mismo.

¿Qué fue lo que realmente escuchaste?
No recibí muchos consejos, la verdad. No tuve ningún “hermano mayor” arquitecto.

Si tuvieses que escoger un proyecto ajeno, ¿cuál sería y por qué?
Hoy te diría el Centro Gallego de Arte Contemporáneo de Siza. Es un edificio que estudio para mi tesis. Cuando lo visité tuve la sensación de estar en un lugar mágico… muy pocas veces he experimentado eso.

Y puestos a elegir un arquitecto, ¿quién?
Creo que lo he dejado claro… Admiro mucho a Siza.

Ya me hacía una idea, sí. Pero, de no haberte decidido por esta profesión, ¿cuál hubieses elegido?
Delantero centro del Cádiz. Empiezo a notar en el entrevistador cierto arrepentimiento o desencanto con la profesión… jajaja.

Para nada, jaja. Seamos sinceros, ¿cuál es tu mayor miedo?
Te refieres a lo profesional, ¿no? No tengo ningún miedo, tengo mucho que ganar y poco que perder.

Buena actitud. ¿Cuál crees que es tu mayor virtud como arquitecto?
Que me gusta mucho mi trabajo.

¿Cómo te definirías, pues, como arquitecto?
Comprometido.

¿Algo más que añadir?
Otra tapa de ensaladilla, por favor.

Bien, ahora que ya te conocemos, la pregunta estrella: ¿cuál es tu consejo para salir de la crisis?
Trabajar más duro.

¿Cómo entraste en ella?
De cabeza, nada más terminar la carrera.

¿Cómo piensas que saldrás?
Puede que la crisis haya venido para quedarse y haya que acostumbrarse. Pero la crisis tiene aspectos positivos. Hay más tiempo para reflexionar e investigar, y dicho sea de paso, para hacer las cosas mejor. Personalmente no creo que sea el fin del mundo…

Ya sabemos que es para ti la arquitectura, pero, ¿qué esperas que sea después de la crisis?
La profesión de arquitecto sigue siendo prácticamente la misma desde hace casi 50 siglos, es una profesión muy vieja. El primer arquitecto conocido se llamaba Imhotep, y vivió en torno el 2690 - 2610 a. C. en Egipto. No creo que haya cambiado mucho la profesión desde entonces. Después de la crisis, seguramente habrá muchos arquitectos haciendo otras cosas, pero lamentablemente no arquitectura.

Interesante respuesta. ¿Qué queda del joven que se adentró en esta carrera?
Encuentro la pregunta tendenciosa… ¿Tan viejo me ves ahora? Jajaja.

Ha sido un placer contestar estas preguntas, dime cuanto te debo por la terapia. Te felicito por la iniciativa. Hasta la próxima!
Sin lugar a dudas, el placer ha sido mío. Gracias a ti por prestarte a este interrogatorio improvisado. Mucha suerte con tus proyectos y para lo que necesites ya sabes donde encontrarme.
Un abrazo.


Y hasta aquí nuestro #LunesdeTapitas de hoy.

Un saludo.


De tapitas con...

Ángel Illescas
Arquitecto y Máster en Teoría y Práctica del Proyecto de Arquitectura


lunes, 21 de mayo de 2012

Málaga vs Barcelona


Recientemente he podido disfrutar de una visita tan interesante como instructiva a la capital catalana, actual referente del litoral mediterráneo nacional. La admiración suscitada ha derivado en una mirada crítica hacia el caso de Málaga, como ciudad mediterránea de similares características, fundamentalmente geográficas, que sin embargo alberga a sólo un tercio de la población condal.

Lejos de cualquier apreciación o lectura política, me gustaría valorar una estructura urbana ejemplar. Una muestra evidente del buen hacer de una ciudad. Un hito nacional que refleja una creencia incuestionable en la importancia del diseño.

Porque más allá de las circunstancias concretas que rodean a cada una de las metrópolis mediterráneas, la principal diferencia, en mi opinión, radica en la importancia que cada sociedad dedica al valor de la arquitectura. Dicho de otro modo, en Barcelona el ciudadano medio asume la arquitectura como una muestra necesaria de diseño, en el más amplio sentido de esta palabra; en cambio, en Málaga parece que el término arquitectura se encuentra asociado más al concepto de construcción, especulación y riqueza.

Fue sorprendente descubrir como un barcelonés, no vinculado al sector, se interesó por mi profesión desde el respeto y admiración que entiendo que cualquier profesional se merece. Me impactó cómo se refirió a su vida cotidiana en términos de diseño, declarando como evidente que sus amigos llamaran a un arquitecto para reformar su cocina. Esta aparente trivialidad, supuso para mí una increíble alegría, ya que me justificó tal decisión apoyándose en la necesidad de recurrir a un técnico capaz de pensar y optimizar el espacio, velando en todo momento por su correcta ejecución. Para todos aquellos que, como yo, os hayáis decidido a ejercer esta bella profesión en la capital de la Costa del Sol, entenderéis la inmensa diferencia existente.

Los malagueños recurrimos en todo momento al amigo de un amigo, capaz de hacerte “lo mismo” por menos. Ese “manitas” que es capaz de montarte una cocina entera sin despeinarse, independientemente del diseño que pueda llevar asociada.

Que nadie malinterprete mis palabras. Admiro la capacidad que tienen algunos para abordar los retos constructivos más complejos. Es más, envidio a aquellos bendecidos por el don de la destreza y la habilidad necesarias para realizar tal hazaña. Sin embargo, no entiendo, ni entenderé, como alguien puede renunciar a la idoneidad de los espacios que conforman su vivienda, por ahorrarse algo de dinero. A veces creo que no somos conscientes de la cantidad de horas que pasamos en casa. Sin duda, entendemos la cuantía económica asociada a este derecho fundamental, pero no lo valoramos lo suficiente.

Por ello, me gustaría poner de manifiesto que son actividades complementarias, para nada incompatibles. Podemos contar con los servicios de ambos profesionales sin por ello renunciar a ningún privilegio.

De hecho, el por qué de este alegato se refleja en cada calle de la ciudad condal. Un respeto por los edificios histórico-turísticos que la conforman y caracterizan, que, por el contrario, no se malinterpreta hacia un estatismo excesivo e insensato. Más allá de los gustos, no cabe duda que Barcelona es una ciudad en constante evolución, asumiendo los aciertos y errores cometidos en el proceso creativo de la ciudad.

Ya desde el planeamiento de Cerdá se apostaba por una estructura coherente y de largo recorrido. Un llamamiento a la arquitectura contemporánea para que ocupe el rol que hasta ahora han sabido evidenciar sus predecesores. Al igual que en cualquier otro sector de la vida, el aprendizaje continuo se basa en la selección de referentes y la improvisación de nuevos modelos, conforme a las necesidades concretas de la nueva ciudadanía.

Cuando uno deambula a través de su retícula, se percata de que cada pequeño rincón presenta una muestra inconfundible de diseño, un intento valiente y descarado por destacar y mejorar su entorno. Si os animáis a visitar la ciudad, probablemente no os dediquéis a tal análisis de sus entresijos, pero sin duda, aquellos interesados en la ciudad y su arquitectura, regresaréis tan sorprendidos como yo. Cansados de tanto caminar y mirar en infinitas direcciones. Agotados por el esfuerzo que supone absorber toda la información posible, exprimir la visita para aprender todo lo posible.

Como malagueño orgulloso e inconformista, confío en las posibilidades de esta espectacular urbe, mi casa, capaz no sólo de igualar el poderío catalán, sino incluso superarlo. De hecho, soy más bien partidario de la posibilidad de ofrecer una alternativa propia e irrepetible. No pretendo crear una versión sureña de Barcelona, ni entrar en competencia con ella, sino aprender de sus errores y aciertos para crear la Málaga que a todos nos gustaría tener.



lunes, 2 de abril de 2012

Demasiados apellidos para un único nombre


No sé si estarán familiarizados con el mundo de la arquitectura, o si conocerán los diferentes aspectos que encierra esta profesión. Yo aún sigo intentando entenderlos.

Pese a ello, habrán oído en infinidad de ocasiones cómo la gente se refiere a la arquitectura como un nombre propio seguido de multitud de apellidos diversos, todos ellos de corte populista e interesado, vinculados a las diversas tendencias existentes. Por ejemplo, conceptos como bioclimática, sostenible, accesible, moderna, vernácula, funcional, minimalista, tecnológica, son algunos de los compañeros de viaje que custodian a nuestra profesión a lo largo de su carrera, unas veces con mayor acierto que en otras.

No estoy aquí para criticar los adjetivos que caracterizan la arquitectura, ni para negar determinadas características que, sin duda, definen esta inabarcable e interesante profesión. No. Más bien estoy aquí para matizar algo muy simple pero fundamental. ¡Señores! La arquitectura, me van a perdonar, jamás podrá ser definida por estos calificativos que nos empeñamos en añadir a la ecuación para ganarnos el favor de un determinado colectivo social. No. Me niego a aceptar que alguien se permita el lujo innecesario de referirse a su arquitectura como bioclimática, cuando, con todos mis respetos, la clave de este debate es aclarar que el citado apellido (bioclimática) no es más que un factor inherente a la propia arquitectura, una característica tan importante como evidente.

Y déjenme que les explique esta afirmación. Cuando alguien apoya lo que ciertos visionarios decidieron calificar de tendencia innovadora, no hace sino calificar al resto de actuaciones del sector como no bioclimáticas. Es decir, deja abierto un hueco de paso por el cual la mala arquitectura es invitada a entrar a nuestras ciudades. Definir algo tan obvio e incuestionable como innovador, no hace sino asumir que la arquitectura previa no tiene por qué barajar cuestiones bioclimáticas. Esto no es como la alimentación, donde el término BIO responde a una serie de requisitos químicos asociados al proceso de creación de los nutrientes. No. La arquitectura es un arte, una ciencia, dedicada a la creación de espacios al servicio del ser humano y sus necesidades vitales. Dicho de otra forma, la arquitectura no bioclimática, en mi opinión, no es merecedora de este nombre propio, no es arquitectura. Y como tal, debemos dar un paso fundamental en el proceso de renovación y actualización de la profesión, debemos retirar las cimbras que sostienen la estructura, para permitir que sea la nueva creación la que se estabilice y ejerza la función para la cual fue creada. Debemos avanzar, negar lo intolerable para consagrar lo asumido y pensar en lo deseable.

Me enerva que la gente hable de arquitectura accesible, yo el primero, en un plausible esfuerzo por concienciar a la sociedad de una evidencia pasmosa, la arquitectura debe responder a las necesidades de los seres humanos, a todos por igual, sean cuales sean sus cualidades.

Poco a poco, empezamos a incluir los resultados de esta preocupante actitud, dentro de la normativa que afecta a la profesión en global, como uno de los múltiples aspectos a regular dentro de toda actuación arquitectónica.

Es por ello, que deberíamos entender como superado el primer hito de esta importante tarea, mostrar a la sociedad aquello por lo que debe preguntar, aquello que debe exigir, aquello que no puede jamás aceptar.

¿Saben por qué escribo esto hoy, tras años de investigación autodidacta en materia de accesibilidad? Muy sencillo, he aprendido que somos los técnicos quienes debemos marcar el camino del desarrollo en nuestra profesión. Somos nosotros quienes dedicamos nuestro día a día a estudiar e investigar acerca de la arquitectura, y por tanto, somos nosotros quienes debemos guiar a la sociedad en lo relativo a nuestro sector, del mismo modo que son los médicos quienes nos informan y aconsejan en materia de salud. En este sentido, hemos logrado la primera base, ahora es momento de empezar a esbozar la segunda, para permitir que el grueso de la sociedad la vea. 

No hace mucho, cometí uno de los más hirientes, lamentables y por el contrario, ilusionantes errores que he tenido que reconocer desde que me licencié. No hace mucho, durante el proceso inicial de diseño de una vivienda particular, olvidé dibujar la rampa de acceso a la vivienda que garantizaba la accesibilidad universal en la misma. ¿Saben lo que eso supone para alguien interesado en autodenominarse experto? Un desastre. Sin embargo, este preocupante incidente, dio lugar a una de las mayores alegrías que jamás pensé que viviría. No fui yo quien detectó tal error. No. Fue mi cliente quien, tranquilamente, esperó a que terminara de explicar mis bocetos, para decirme:

- Me encanta la idea, pero, ¿cómo se supone que accede a la vivienda la gente?

-   Por este acceso, señalé ignorante.

- No, me refiero al acceso universal, aquel por el cual pueda acceder cualquiera, incluidos nuestros mayores.

Entonces, en ese mismo instante, mi mente sufrió un huracán de sensaciones contrapuestas. Acababan de exigirme que la vivienda fuese accesible. No había necesitado explicarlo. No había necesitado convencerlos de que no era un gasto innecesario. No. Simplemente me demandaron algo tan obvio como la necesidad de contar con un dormitorio. Con la relajación de quien sabe que no puede ser sino un error.

Y así es, señores, sin duda, este fue uno de los errores más instructivos y esperanzadores que nunca he cometido. Un hilo de esperanza que me invita a pensar que la gente ya está preparada para el siguiente paso. 

Debemos ya olvidarnos de lo comercial y lo políticamente correcto. Debemos dejar de vender obviedades. Debemos dejar de dar cobijo a los irresponsables, a base de añadir coletillas con el afán de valorar a los que han hecho bien su trabajo como aparente recompensa por ser responsables y competentes, enmascarando un interés personal muy humano pero intolerable.

Dejemos de tachar lo normal como algo bueno, para empezar a considerar que es lo bueno lo que realmente deberíamos considerar como normal.

miércoles, 22 de febrero de 2012

La arquitectura de la vida



Como arquitectos, nos sentimos atraídos por el hecho de generar algo de la nada, esa ilusión implícita en la creatividad que caracteriza un proyecto. Partir de unas premisas para inventar un nuevo elemento capaz de mejorar el anterior y con ello facilitar la vida a alguien.

Pues bien, hoy estoy aquí para alejarme de este principio, a base de llevarlo hasta el final de sus consecuencias. Pretendo por un día abandonar la temática puramente arquitectónica con la que suelo enfocar cada post, para hacer un homenaje a la vida, como súmmum mismo de la arquitectura.

Recientemente he presenciado uno de los momentos más bonitos e interesantes que he podido vivir hasta ahora. Una explosión de júbilo e ilusión altamente contagiosa. Un simple hecho capaz de emular al más complejo de los milagros. Una de las principales razones por las cuales entiendo que estamos aquí.

Todo esto, no es sino un homenaje a mi tocayo, ese “personajillo” indefenso y debilucho, capaz de traer consigo toneladas de felicidad. Pese a su corta edad, en escasas horas logró aquello por lo cual todos luchamos y probablemente jamás conseguiremos. Fue capaz de alegrar la vida a infinidad de personas, simplemente con su presencia. El más mínimo gesto de su pequeño rostro actúa como fuente infinita de luz, iluminando hasta el ultimo rincón de su entorno, hasta el último centímetro de piel ajena.

Ni que decir tiene que se trata de actos incomparables; sin embargo, puede ser un buen ejemplo que ayude a entender y admirar la profesión, esa satisfacción indescriptible asociada a la realización de un diseño, la creación de una idea, el parto de un hijo.

En ocasiones nuestro gremio se ha visto perjudicado ante las críticas reiteradas que nos tachan de utópicos, prepotentes o pseudoartistas. No seré yo quien les reste razón. Pese a ello, entiendo que no es la profesión la culpable de nuestros defectos sino la propia condición humana que nos caracteriza. Esta es la razón por la cual me gustaría describir el por qué de nuestro día a día, cuando los trámites burocráticos, reuniones y demás actividades puramente empresariales nos lo permiten.

La creatividad, también conocida como inspiración artística, es esa extraña y tímida amante que decide visitarnos sin previo aviso, ya sea en mitad de la noche o en el tumulto de un bar. Su grandeza recae precisamente en la arbitrariedad aparentemente asociada a su llegada. Un simple clic que protagoniza y esclaviza nuestros sentidos. Un escalofrío que recorre cada una de nuestras neuronas para llamarlas a filas y requerir su presencia. Un toque de corneta que nos anuncia el inicio de las más dura y bella de todas las batallas. Una explosión nuclear de ideas en cuya onda expansiva se recrean nuestros pensamientos e inquietudes. Ese momento mágico en el cual la luz invade cada rincón de las entrañas, mientras se esfuerza en absorber cada vestigio luminoso del exterior, logrando mostrarnos una realidad oculta tras un velo de incertidumbre. Es entonces cuando no existe otra opción que la de centrarnos en resolver la gran cantidad de ecuaciones hasta ahora complejas, todas ellas de resultado incierto pero emocionante.

Realmente podríamos decir que se trata de un proceso en el cual el cuerpo se ve bombardeado por infinidad de sensaciones y emociones contrapuestas que no hacen sino eclipsar nuestro entorno, en una mezcla de júbilo y cierto estrés. Como su símil natural, todo proceso creativo requiere de un encargo (aunque no precise dos personas) y un periodo de gestación de la idea en el cual investigar acerca de los múltiples aspectos que componen la situación, así como la búsqueda de referentes tanto en nuestro entorno más inmediato como en opiniones más académicas y literarias. Este proceso puede ser más largo o menos, pero siempre está. Se trata de un requisito imprescindible. No es hasta que se considera asimilado por nuestra mente, cuando la sabia naturaleza nos invita a intervenir.

Lo bueno ha llegado. Sólo queda disfrutar y exprimir cada instante.

Tras dicha explosión viene la calma, un merecido descanso en el cual aún inmersos en un cóctel de cambios, la realidad enmascarada se esconde esta vez ante una felicidad aun no asimilada pero ya digerida. Es ahora cuando debemos desconectar levemente y prepararnos para el proceso de maduración de la idea, en el cual ordenar las pinceladas de genialidad que se ven ya esbozadas entre tanto alboroto. Lo más recomendable, una buena cabezada que permita a nuestra mente reorganizarse y volver a ver la realidad desde la perspectiva habitual, a una distancia prudencial, suficiente como para recuperar la capacidad de elegir y guiar los acontecimientos y pasos a seguir por nuestra idea.

Si ahora os digo que esa idea se llama Álvaro y que más que un edificio es un potencial usuario, no cambia más que la perfección del resultado y la identidad de sus creadores, pero la alegría, orgullo y satisfacción son los mismos; eso sí, elevados a la enésima potencia. Sin más, deciros, afortunados padres, que como arquitecto, así como hermano y tío, me enorgullece escribir que sois un ejemplo a seguir en mi profesión, y que venga cuando venga la inspiración, siempre procuraré estar preparado y dispuesto para recibirla, se llame como se llame.


A aquellos padres no vinculados al proceso creativo, confío esto os sirva para encontrar con mayor facilidad el camino hasta entender y disfrutar de la arquitectura. A los compañeros que ya hayan pasado por dicha experiencia paternal, confío que vuestros proyectos, independientemente de su grandeza, representen tan sólo una mínima muestra de lo que ese hijo puede llegar a significar.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Entropía normativa


Entropía
Medida del desorden de un sistema / Medida de la incertidumbre existente ante un conjunto de mensajes, de los cuales se va a recibir uno solo.

Normativa
Conjunto de normas aplicables a una determinada materia o actividad.

(Real Academia Española)


Es importante situarnos ante una realidad profesional donde los trabajos escasean y los clientes miran por su dinero hasta límites insospechados. No juzgo la situación, solo la defino. De hecho, hay algo muy positivo en todo esto, y es precisamente el cariño que se está dedicando al dinero invertido en arquitectura, lo cual confío repercuta en una mejora de la calidad en las actuaciones que marcan esta profesión.

Como ya se dijo en uno de los post iniciales, esta profesión es una ciencia inexacta con infinitas soluciones para un mismo problema, siendo la normativa la encargada de acotar ese espectro inmenso de posibilidades. Estamos de acuerdo en que la creatividad no se puede frenar, pero sí direccionar hacia un fin determinado, logrando una eficiencia mayor en cada uno de nuestros actos. A su vez, es primordial para establecer unos estándares de calidad que garanticen al usuario unos mínimos, ya impuestos por la máxima representante del marco normativo nacional.


Articulo 47 de la Constitución Española.

Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos.


Sin embargo, esta tendencia normativa, pese a surgir con muy buenas intenciones, ha sido fagocitada por una costumbre muy española pero poco plausible, aquella destinada a complejizar los procesos legales hasta un punto tal, que la ley pasa a estar en un segundo plano, tan lejano a la realidad que parece menos flagrante incumplirla, o cuanto menos esquivarla.

Parecía que nuestra profesión iba a verse reforzada ante la creación de una normativa única y universal, aquella capaz de regular todos los aspectos asociados a la construcción y la actividad arquitectónica como tal, facilitando el acceso a un documento exclusivo con validez en el conjunto del territorio nacional. Lo cual tenía sentido en una Europa donde se aboga por el libre mercado internacional y la supresión de barreras. Sin embargo, cuando uno se sumerge en la cruda realidad, descubre un mundo repleto de fronteras, incluso municipales, donde el CTE transita sin pena ni gloria, flanqueado por innumerables decretos y ordenanzas de ámbito regional, provincial o incluso municipal, que distorsionan aún más su percepción. En fin, una muestra más del caos en que nos encontramos sumidos por la simultaneidad de administraciones sin competencias exclusivas y organizadas.

El CTE, con sus aciertos y sus defectos, para empezar, debería ser el único texto normativo al que acudir, centrando los esfuerzos en perfeccionarlo hasta alcanzar una ley coherente y actualizada. A partir de ahí, delegar en las diferentes administraciones aspectos más vinculados al urbanismo, en el cual las condiciones específicas del lugar juegan, esta vez sí, un papel fundamental.

Lo que me niego a aceptar, son los agravios comparativos que se crean entre ciudadanos de pueblos vecinos, donde la ordenanza en vigor permite a uno lo considerado impensable por el otro. No puede ser, que en temas tan serios como la accesibilidad, un malagueño se enfrente a tres normativas diferentes, las cuales regulan sin orden ni concierto, debiendo elegir en cada aspecto lo más restrictivo. ¿No sería mejor realizar un compendio con lo mejor de cada una de ellas?

Asimismo, me pregunto, ¿tiene menos derecho a una vivienda digna un gallego que un madrileño? ¿Un valenciano que un andaluz? En mi opinión, es evidente que no. ¿Por qué, entonces, debemos permitir que se pierda el tiempo en generar nuevas normativas, cuando ya existe una general que se supone que lo regula todo? ¿Realmente esas ordenanzas aumentan la dignidad de la arquitectura? Y si es así, ¿por qué mantenerlo a nivel local, privando al resto de ello?

Quizás me equivoque, pero dudo ser el único que se ha encontrado ante este laberinto de leyes, en un intento por emplear la arquitectura para simplificar y mejorar la calidad de vida de nuestros clientes y por ende, de los ciudadanos. Es por ello, que aprovecho para compartir mis inquietudes con el fin de emplear esta crisis, para resetear el sistema y mejorar todo aquello que esté en nuestras manos. En esta vida, es cuestión de ser positivo y tomarse los problemas desde un punto de vista constructivo y valiente, ¿no creéis? 

lunes, 23 de enero de 2012

El valor de la orientación


Que nadie se asuste, no voy a hablar de política (ni de sexo). Prefiero hablar mejor de aquello de lo que se supone que sé.

Si todos hiciésemos lo mismo... en fin, nada que no sepáis ya.

Sin embargo en esta gélida tarde me dirijo a vosotros para hablaros de lo importante que es la labor que desempeñamos los arquitectos, y más importante aún la experiencia adquirida en primera persona, dicho de otra forma, las consecuencias derivadas de nuestros diseños y decisiones.

¿Por qué os comento esto? Pues supongo que porque tras años de estudios universitarios en la materia, otros tantos de experiencia profesional y un proceso continuo de formación, me enfrento cada día con una de las mayores representantes docentes que existen en la actualidad, la vida.

Voy a intentar situaros: son aproximadamente las 20h de un 20 de enero de 2012, mi ubicación ronda los 36º de latitud Norte, y me encuentro en una habitación de aproximadamente 6 metros cuadrados. El ordenador, como principal fuente de calor se esfuerza en compensar el desequilibrio térmico existente, mientras mi cuerpo decide en una actitud algo más realista, rendirse a la evidencia y observar impasible el flujo negativo de calor. Podríamos pensar que el invierno, con pleno derecho, ha decidido hacer su aparición, tardía pero implacable. Pero no. No es el invierno quien provoca esta desazón. A través de la ventana diviso a insensatos transeúntes que se enfrentan a la intemperie sin mayor protección que un estiloso abrigo de entretiempo. La imagen me escama, mientras me empeño en estirar mi jersey para evitar la visita de los vientos polares que alguien parece haber invitado al interior de mi vivienda.

[Parón inevitable debido a la necesidad indiscutible de reforzar mis vestiduras]

De no ser por mi deformación profesional, achacaría mis temblores nerviosos, mi tensión mandibular y el dolor en mis manos a cuestiones de salud. Sin embargo, intento combatir dichas bajas temperaturas con la prenda térmica de snowboard que he decidido vestir mientras escribía el párrafo anterior, como única arma defensiva ante la más que posible hipotermia que me espera tranquila y confiada, a sabiendas de que es la historia de una muerte anunciada, una lucha en la cual sólo falta por determinar la fecha exacta de la derrota. Ello me demuestra que se trata de una realidad más que tangible e independiente de la condición física de cada individuo.

Pese a ello, parece que una parte remota de mi ser, cerca del cerebro, se muestra aún revolucionaria, logrando constatar que hay una explicación más objetiva y evitable. La única razón por la cual me veo sentado en la silla con un chaquetón de invierno de máximo aislamiento, es la herencia maquiavélica de mi profesión. El resultado de una tipología fallida, revestida por cerramientos mal diseñados y ajenos a su contexto, confiados en la benevolencia de un clima que, aunque sólo sea de vez en cuando, se presenta tímido y cabizbajo para traernos lo que por lógica nos tenía guardado y que no ha podido retener más.

Estoy harto de escuchar eso de: en la arquitectura... está ya todo inventado.

Tienen razón, está todo inventado, hasta lo malo, y es por ello que no podemos excusarnos en la ignorancia para permitir ciertas atrocidades. Vivo en una de las cuatro viviendas situadas en un bloque aislado, tipo torre, frente a una vía urbana transitada, habitada y de anchura considerable. Sin embargo, el azar, unido a un equipo de profesionales tiranizado por el valor del dinero, me han deparado una inmensa sorpresa, resulta que mi vivienda ha sido la afortunada en el reparto de orientaciones y me ha tocado disfrutar de unas maravillosas vistas al norte, al noroeste, para ser más exactos.

Quizás a algunos esta afirmación no les diga nada, así que lo voy a traducir: resulta que vivo en un habitáculo situado de tal manera que no recibe el sol durante los meses de invierno, mientras que en verano se esfuerza en acoger todos los rayos de sol tardío que existen; de hecho, mis facturas de la luz pueden confirmar que no se le escapa ninguno. Es como vivir en un país nórdico pero sin aurora boreal y con conexión directa al verano saharaui. Además, los cerramientos tienen tan poco espesor y aislamiento que no son capaces de suavizar este desequilibrio o almacenar energía de cara a la noche. Eso sí, acabar con las técnicas constructivas que crearon nuestros antepasados tras años de ensayo-error, nos permite disfrutar de la magnificencia de un ventanal amplio y valiente orientado hacia el paradigma de la belleza urbana, un bloque igual de temerario que el tuyo y repleto de máquinas horrendas destinadas a suplir las citadas deficiencias térmicas de la envolvente.

Por todo ello me aventuro a deciros, queridos compañeros, que no existe mayor aprendizaje que el sufrido en carnes propias, lo cual me anima a compartir mi vivencia con la firme intención de evitaros este mal trago y transmitir un mensaje claro y conciso:

No somos arquitectos porque lo diga nuestro título, somos arquitectos porque la sociedad necesita que alguien se encargue de diseñar los recursos habitacionales requeridos para el desempeño de las diferentes actividades vitales que componen nuestra cotidianeidad actual. Es por ello, que debemos ser profesionales y asumir esta responsabilidad desde la concienciación ciudadana. Nuestras decisiones son disfrutadas o sufridas por terceras personas que invierten gran parte de sus vidas en pagar estos bienes que algún día decidimos firmar. El matiz positivo o negativo en esas experiencias depende únicamente de nosotros, las excusas de tipo económico no son más que eso, excusas. Igual que debemos educar a la sociedad para que aprendan a valorar la buena arquitectura y rechacen todo lo que no lo sea, debemos predicar con el ejemplo y no aceptar encargos o soluciones arquitectónicas insostenibles, por muy rentables que puedan resultar para sus promotores o nuestros propios estudios.


martes, 20 de diciembre de 2011

Muelle Uno, el gran futurible de Málaga

Futurible: adj. Se dice de lo futuro condicionado, que no será con seguridad, sino que sería si se diese una condición determinada. U. t. c. s.

(Real Academia Española de la Lengua)

Pues sí, ese es el principal calificativo que podríamos otorgar a la nueva iniciativa de Málaga, el muelle uno, espectacular proyecto en fase de construcción. Puede que hayan oído que está abierto, sí, pero eso no evita que siga aún inacabado.

Es probable que muchos, como yo, hayan decidido en los últimos días acercarse a esta zona portuaria plenos de ilusión y esperanza, en lo que entendían como un viaje al futuro de la ciudad, una travesía que representa el auténtico progreso de la capital. Sin embargo, lo primero que nos regala este nuevo centro comercial y recreativo, en nuestro intento por acceder a través del paseo de las Farolas, es una entrada provisional mal señalizada, a la cual se accede tras las indicaciones de los amables trabajadores que, aparte de trabajar a destajo en la terminación de este proyecto, se empeñan en ayudar a los pobres ciudadanos que se enfrentan perplejos a la incertidumbre creada al intentar acceder. 

Pues bien, una vez en calle Vélez-Málaga la emoción se dispara, estamos a punto de descubrir unos de los mayores aciertos de los últimos tiempos, dar un final decente a esta calle y emplearlo para derribar las barreras ancestrales del puerto, ofreciendo este espacio al ciudadano. Una maravilla. Pero no, la emoción se desvanece instantáneamente al descubrir que tan especial momento se ve distorsionado ante el empleado de la obra que, realizando fielmente su trabajo, se encuentra perforando el asfalto de la calle para poder introducir algún tipo de instalación urbana en un futuro muy próximo, sin reparar en la polvareda que genera a su alrededor y el estrecho paso que deja para los pocos transeúntes que continuamos convencidos de acceder. Tras la nube de material disperso, nos adentramos en el paso bajo el paseo de las Farolas, custodiados por un ejercito de obreros que se apresuran en terminar los diferentes frentes abiertos en la obra, tras las múltiples vallas que nos protegen, afortunadamente, de un peligro evidente. 

Ya estamos ahí, acabamos de realizar una acción histórica para la ciudad, estamos en el puerto, en el muelle uno. Ese espacio habilitado para el recreo y disfrute ciudadano que hace las veces de arco de entrada para los miles de turistas que alcanzan nuestras orillas a bordo de los múltiples cruceros que atracan diariamente en la ciudad. 

Desgraciadamente, no creo ser el único que se haya enfrentado con tan agridulce sensación, ver truncada parcialmente su ilusión ante la sorpresa desagradable que supone asumir que la gran obra de Málaga, no es mas que eso, una obra habitada. 

En ese momento, mi raciocinio entra en acción para recordarme la penosa tradición malagueña que parece asociar cada idea al fracaso, ese lastre que nos lleva a entender nuestra ciudad como una débil representante de la costa del sol. Más una estrategia mental que una realidad, sin duda, pero que nos permite continuar el día como si nada hubiese ocurrido y con ello evitar una tarde apesadumbrado.

Los siguientes metros de vuelta a mi vehículo se tornan en tragedia, cada paso se convierte en un esfuerzo inhumano provocado por el enorme peso adquirido repentinamente por mis piernas, como si llevásemos a nuestros hombros la carga de nuestra estática urbe.

Pocos semáforos más allá, me encuentro en el otro extremo del puerto, en la otra ribera del río, flanqueado por el nuevo edificio de la Gerencia, que parece erguir la barbilla ante la desolación que le rodea, para decir orgulloso: ¡Aquí estoy! 

Es entonces cuando contagiado por tal actitud, me reconozco observando la entrada del puerto, invadida por camiones esperando el momento de soltar su pesada carga. Y decido hacer lo mismo, alejarme de mi propia concepción para analizar la situación desde fuera, un nuevo punto de vista hasta ahora ausente. Sí señor, desde aquí no parece tan malo lo que acabo de experimentar. Comparado con esta entrada opaca del puerto, una barrera urbana hacia el mar, principal privilegio de la ciudad, resulta que muelle uno es la panacea. Una autentica apertura social al mar, un nuevo halo de esperanza que se le brinda a los ciudadanos, perplejos y algo desconfiados aún. Incapaces de reconocer la tremenda concesión que les acaba de ofrecer la autoridad portuaria, un regalo de navidad indescriptible. Nos permite transitar las mismísimas entrañas de esta infraestructura, recordando a las imágenes turísticas de otros municipios costeros, en los que el puerto se convierte en un espacio más para sus visitantes, un lugar atractivo y peculiar en el cual disfrutar de un ambiente marítimo puro y tradicional que se agarra confiado al tren de la evolución urbanística.

Una iniciativa en la línea de las grandes ciudades mediterráneas, una oportunidad sin igual, un paso al frente de toda una sociedad. Un acto aparentemente simple y con tintes comerciales que representa mucho más que todo eso, el primer paso hacia una Málaga en contacto directo con su mar, un final de ensueño para el descenso desde Gibralfaro, pasando por la Alcazaba, abandonando el centro histórico junto a la catedral, para cruzar, tras deambular divertido entre la frondosa vegetación que colma el parque, el nuevo Palmeral y encontrar sorprendidos un final abierto, un folio en blanco que nos permite escribir la nueva historia de Málaga, ante la infinidad de opciones que se nos abren ante nosotros. La caída de la valla, nos enseña un nuevo entorno vital, un lugar donde disfrutar del asombrado que recién llegado, admira atónito como la ciudad se despliega ante sí, invitándole decidida a formar parte de su estructura.

Señores, si he aprendido algo a lo largo de estos años, es que en la vida es muy fácil criticar y muy difícil apoyar, muy fácil hundir en vez de animar, destruir en vez de crear; así que, por una vez hagamos el esfuerzo de hacer las cosas bien y apoyar, animar, esta creación. Muelle uno, más allá de los errores cometidos para su apertura, la imagen inacabada actual y los posibles reparos que aún se instalen en nuestra memoria, es la mejor noticia que ha tenido Malaga en años, y es ese el sabor dulce con el que prefiero continuar recorriendo mi regreso, dejando lo agrio atrás. Ofreciendo un voto de confianza a esta, nuestra casa, nuestra ciudad. Sin por ello olvidar lo ocurrido, como experiencia de la que aprender, una lección más que nos da la vida. Sin duda, merece la pena tan plausible iniciativa.