miércoles, 24 de julio de 2024

La Universidad post-pandemia

No hace mucho, tuvimos el placer de ser invitados a la Escuela de Arquitectura, en el seno de un Festival dedicado a la difusión de nuestra profesión y a la interacción con los alumnos que ansían forjar su futuro al amparo de nuestro gremio. Sobra decir que nos encanta participar en este tipo de iniciativas destinadas a garantizar la continuidad y mejora de la figura del arquitecto, gracias a la creación de nuevos compañeros destinados a superar con creces los logros actuales.

 

Dentro de esta premisa conceptual en la que entender la Universidad como el recipiente perfecto donde cocinar a fuego lento ese caldo de cultivo que suponen los jóvenes aspirantes, parecía lógico imaginar un espacio docente en ebullición, repleto de estudiantes disfrutando de una de las etapas más importantes de su formación. Por desgracia, la estampa distaba bastante de nuestra expectativa inicial. En el fondo, contábamos con el referente de nuestra propia experiencia, hace ya un tiempo, así como las anteriores visitas organizadas a este mismo centro años atrás.

 

En lugar de encontrar un centro caótico y lleno de vida, nos sorprendió descubrir un espacio de trabajo idílico y muy mejorado, en el que faltaba lo más importante, el usuario. Lejos de intentar estimar la cifra exacta de personas que habitaban la Escuela, muy escasa, preferimos ceñirnos a la percepción en la que todos coincidimos. La Escuela parecía haber cambiado dramáticamente, y no lográbamos entender la razón. Preocupados por esta imagen inicial, y aprovechando el motivo de nuestra visita, nos interesamos en comprender los motivos que habrían podido provocar semejante “tragedia”. A priori, la única explicación que nos pudieron trasladar, responde al efecto surgido a raíz de la pandemia. Lo cual tiene sentido y concuerda con los síntomas detectados en la primera inspección. El centro ha seguido evolucionando en pro del bienestar del alumno, pero no ha sabido o podido evitar, precisamente, su marcha.

 

Originalmente obligados a recurrir a la tecnología para cumplir con las medidas de distanciamiento requeridas por una situación tan extrema, resulta que tras la recuperación de tan ansiada normalidad, la realidad no ha vuelto a ser la misma que esperábamos. La interacción implícita en un ente académico tan importante, ha quedado relegada simplemente al uso de las plataformas virtuales habilitadas para tal fin. Por tanto, el espacio físico se ha convertido en un segundo plano al cual solo acudir en caso de que sea estrictamente necesario.

 

Una primera conclusión podría ser la de aceptar esta herencia como una evolución social lógica e inevitable. Sin embargo, como arquitectos, nos parece que este cambio podría llevar aparejadas ciertas carencias en lo que a los principios básicos de la profesión se refiere. Por supuesto, la tecnología es una herramienta fundamental en la que apoyarse, pero no deberíamos olvidar que nuestra función consiste en manejar dicha tecnología al servicio de nuestros clientes, con el fin de comprender sus necesidades, resolverlas técnicamente, y aportar la confianza necesaria para que todos los agentes intervinientes contribuyan a mejorar su calidad de vida. En todo este proceso, tan relevante es el dominio de la técnica como la habilidad social inherente a la comunicación. Por más que podamos modernizar la profesión, si hay algo irrefutable, es que cada vez son más los profesionales implicados en un proyecto. El concepto de equipo es más importante que nunca, ante la creciente especialización que nutre nuestra labor. Si en ese escenario multidisciplinar, no fomentamos la interacción social más básica, creemos que el sistema educativo actual podría estar perdiendo definitivamente el rumbo.

 

Damos la bienvenida a cuantos avances puedan contribuir a la mejora de nuestro trabajo, pero sin por ello olvidar que al mando de todas esas tecnologías siguen estando las mismas personas que han formado parte fundamental del sector de la construcción durante siglos.

 

No cabe duda que la pandemia supuso un revés difícil de digerir para nuestra sociedad, y que sus consecuencias directas e indirectas no hacen sino comenzar a percibirse. En este mismo blog, ya hemos intentado reflexionar acerca de cómo este giro de los acontecimientos podría afectar a la arquitectura, ya sea mediante la creación de un nuevo concepto de vivienda, o por la influencia del teletrabajo en los posibles movimientos migratorios fuera de las ciudades. No obstante, no habíamos sido conscientes hasta ahora de su efecto en los cimientos mismos de nuestra profesión. Lejos de erigirnos en la solución a este posible problema, nos limitamos a alzar la voz para denunciar una realidad que solo el tiempo dirá si desemboca en un cambio de tendencia definitivo o en una desviación puntual y puramente anecdótica. Es más, quizá siente las bases de una nueva universidad más eficiente y productiva.

 

No obstante, desde nuestra humilde opinión, se está perdiendo la esencia de lo que durante años ha supuesto el espíritu universitario de cuántos hemos discurrido por el ámbito académico de este país. Nadie duda de la necesidad de un cambio, pero nos preocupa que este surja a partir de la eliminación del alumno como pieza clave y presencial en las aulas. Lo virtual resulta útil y prometedor, pero siempre como alternativa a una realidad que no deberíamos descuidar.

 

Sin más, confiamos en que este pequeño apunte contribuya a animar un interesante debate del cual deberían surgir las estrategias necesarias para garantizar en todo momento el fin último de nuestro sistema educativo: preparar al máximo a nuestros jóvenes en pro de un futuro lo más gratificante posible.

jueves, 18 de julio de 2024

El tamaño importa

Hace un tiempo nos encontramos en el estudio con una noticia acerca de la que denominaban como “La casa más angosta del mundo”. Según explicaba, la vivienda se había construido en una pequeña parcela surgida entre dos edificaciones existentes, con dos fachadas cuyas dimensiones eran de 72cm y 122cm, respectivamente. Sin embargo, no es el único ejemplo de vivienda estrecha que se puede encontrar. Más allá del alarde técnico que este tipo de vivienda tan extrema supone, nos valió para fomentar un interesante debate acerca de las limitaciones que impone la normativa actual en nuestro entorno y si se debería contemplar la posibilidad de analizar estos casos tan especiales con un extra de flexibilidad bajo el prisma de singularidad que conlleva.

 

En otras palabras, la duda fundamental que nos gustaría trasladar a quien quiera recoger el guante, es si la normativa debe priorizar o poner el foco más en la cantidad o en la calidad. En muchos otros ámbitos profesionales, este es un debate constante donde es posible que en el equilibrio resida la virtud. Sin embargo, dentro del marco normativo actual, ese ansiado equilibrio es directamente, ilegal. La normativa, en su afán por defender los derechos de los ciudadanos y unos mínimos de habitabilidad asociados a ellos, se ha centrado tradicionalmente en la definición de unas superficies mínimas pensadas para garantizar la calidad de los espacios en base, fundamentalmente, a la cantidad de metros cuadrados y sus dimensiones. Hasta aquí, todo correcto. Donde surge la duda es cuando la ciudad, fruto de un crecimiento en muchos casos orgánico, durante décadas, provoca irregularidades, o fallos en la matriz, para los cuales la única solución posible parece ser la arquitectura, en el sentido más amplio de la palabra. Es decir, cuando cumplir la normativa resulte imposible y la única opción viable sea descartar por completo su uso, ¿tendría quizá sentido darle una oportunidad al intelecto, en forma de diseño, para encontrar formas de suplir esas carencias mediante un derroche de talento?

 

Mi respuesta es clara. Sí, por supuesto que sí. Personalmente, creo que vivimos en una época dominada por la tendencia a regular lo máximo posible una realidad a todos los efectos imperfecta. Me explico. La ciudad no es sino el resultado de la evolución de cientos de años de intervenciones diversas, bajo el influjo de culturas y tendencias normativas igualmente diferentes. Actualmente, el urbanismo parece convencido de controlar ese aparente caos bajo una red creciente de leyes, decretos y ordenanzas cada vez más complejas, mediante las cuales proteger, regular y direccionar esta evolución. Controlar pasado, presente y futuro de nuestras ciudades a través del establecimiento de límites que no se deben sobrepasar. Lejos de juzgar el acierto implícito en esta filosofía, me gustaría poner el acento sobre el riesgo inherente a una estrategia basada en limitar la creatividad. Si algo me atrajo de esta profesión, fue siempre su capacidad para mejorar la vida de las personas usando nuestra imaginación como herramienta principal. Parece lógico que cuando algo tan difuso como la imaginación de cada cual se encuentra con un futuro usuario anónimo, surja la necesidad de generar unas reglas del juego con las que evitar injusticias derivadas de la priorización de los intereses personales frente a las necesidades de los demás. No obstante, el terreno de juego no siempre es tan idílico como nos gustaría pensar y es ahí cuando la normativa se convierte en irreal, inútil y contraproducente. 

 

No todos los casos son iguales, ni de lejos, pero sí la normativa que los regula. Bien. La igualdad es algo evidente y los agravios algo a erradicar. Estamos de acuerdo. Pero, pongamos ahora un ejemplo similar al que dio origen a este pequeño artículo. En mi barrio cuento con una parcela muy por debajo de los mínimos exigidos por la ordenanza en cuestión, que además no cumple con las dimensiones mínimas exigidas al uso residencial, pero que podría dar lugar a una vivienda digna de diseño con la que solucionar mi necesidad imperante de habitar, al amparo de un derecho tan básico como el que establece la Constitución. Por tanto, ¿quién establece los límites de la dignidad en lo que a una vivienda se refiere? ¿Qué ocurre si mi sueño consiste en vivir en una vivienda diferente? Si mi única intención es la de cumplir dicho sueño sin que por ello afecte negativamente a ningún otro ciudadano, ¿qué sentido tiene prohibirlo sin más? Recordemos que hablamos de un derecho, no una obligación. Es decir, si no hay negocio alguno implicado en esta idea, ¿por qué se impide la posibilidad de defenderla? Como todos sabemos, la normativa ya permite a día de hoy construir de forma extraordinaria en suelos no urbanizables bajo unas premisas muy concretas, entre las que destaca por encima de todas el interés público de la actuación planteada. Me pregunto si sería muy insensato considerar la investigación y la innovación como un interés público legítimo. ¿Se podrían considerar estos casos extremos como un lugar para la experimentación, siempre que el promotor y usuario sean la misma persona y no exista coacción alguna de por medio? 

 

Soy consciente de que alguien podría llevar esto al extremo: ¿Qué ocurre si yo, un ciudadano más, decido que quiero vivir en un sótano? ¿La ley me lo permite? La respuesta es no. Pero, ¿podría apelar igualmente a mi libertad de decisión? Y su reacción opuesta: ¿Dónde está el límite, entonces, de la creación consentida de infraviviendas?

 

Como arquitecto me veo incapaz de resolver estos dilemas, pero me puedo permitir el lujo de opinar acerca de lo que a mi parecer podría resultar positivo para nuestro gremio. Sin duda, reconozco que me atrae sobremanera el escenario utópico en el cual defender mis ideas de diseño hasta el punto de sobrepasar ciertos límites en pro de una evolución infinita. No creo que nadie dude que para avanzar, muchas veces, es necesario renunciar a lo que hay. Me seduce la idea de contar con un escenario controlado en el cual empujar los límites para seguir mejorando la calidad de vida de las personas. Al fin y al cabo, ¿qué otra forma nos queda para poner en crisis las leyes que nos condicionan? Con esto no pretendo fomentar la revolución ni nada parecido. La radicalidad de este argumento no es otra que la de cuestionarme la autoridad normativa cuando esta no ofrezca solución a la realidad que nos rodea, siempre proporcionando los instrumentos y protocolos necesarios para que este proceso de diseño sufra los mismos controles de calidad que cualquier otro proyecto. De hecho, todo esto surge desde la premisa de que cuando la cantidad no sea suficiente, parece lógico decantar la balanza hacia el lado de la calidad para suplir las carencias detectadas. A priori, me parece una medida coherente que podría ayudarnos a abrir nuevos horizontes muy interesantes. Por desgracia, nos encontramos muy lejos de esta pequeña ensoñación, pero no está de más dedicar un segundo de nuestro tiempo al debate.

miércoles, 21 de diciembre de 2022

Oslo, el placer de lo bien hecho

Como era de esperar, el viaje a la capital noruega se podría definir como un auténtico éxito. En primer lugar lo justo sería establecer las condiciones de partida. Puente en España, cuatro días libres para descubrir nuevos lugares. Saliendo desde Málaga, la compañía Flyr se ofrece como una oportunidad con vuelo directo. No la conocía pero se ha convertido en una de mis compañías favoritas, por detalles tan sencillos como la botella de agua con la que obsequian a todos los pasajeros. Puede parecer absurdo, pero dadas las múltiples dificultades asociadas a la posesión de líquidos en un aeropuerto así como el elevado coste de los productos a bordo, me parece cuanto menos plausible que se piense en el usuario a ese nivel. 

Embarcamos con tiempo de sobra y sin protocolos absurdos. La mascarilla, un vago recuerdo de tiempos pasados. Los tiempos, clavados. La salida del avión, con la misma fluidez que el embarque, nos dirige sin remedio hasta nuestro destino. Un aeropuerto cómodo e intuitivo desde el que coger un tren hacia la estación central de la ciudad. Dos alternativas, versión express y cada cinco minutos o versión regional cada treinta, aproximadamente. Por la diferencia de precio, nos decantamos por el regional. Diez euros menos, tan solo cuesta once, y diez minutos más de trayecto, para un total de veintiocho. 

La estación central se ubica en pleno corazón de la urbe, convirtiendo este desplazamiento en altamente eficiente. De ahí, nos acercamos a nuestro hotel, citibox, a escasos cuatro minutos a pie de la estación. Una manzana completa repleta de habitaciones pequeñas pero bien diseñadas, donde se optimizan los procesos para abaratar la factura final y simplificar cada estancia. Todo funciona, es un placer. Soltamos las maletas y nos lanzamos a la calle. 

Nos reciben el frío, una limpieza exquisita, además de esa amable sensación de confianza y seguridad que no nos abandonará en todo el viaje. Los noruegos nos deleitan con un derroche de educación y simpatía con el que no contábamos. Si todo parecía fácil ya de por sí, ellos se encargan de garantizar el resultado. La única pega, nos ha costado encontrar restaurantes en los que degustar la comida típica del lugar, aunque imagino que este es un mal propio de las grandes ciudades europeas, plagadas de franquicias atractivas y reconocidas que han terminado por erradicar al local de su propio ecosistema. 

Dicho lo anterior, el precio se erige en principal protagonista de la escena. Sin queja alguna sobre la calidad de los alimentos, cabe destacar la elevada suma a abonar en cada sentada. Menús desorbitados aunque adaptados al entorno. No significa que no se pueda comer barato, sino que es necesario redefinir el concepto de barato. Pese a todo, este mínimo inconveniente, más que nada por esperable, se oculta tras la belleza de una ciudad moderna y acogedora, donde caminar durante horas y disfrutar de un sinfín de ejemplos maravillosos de diseño. Un recital de edificios dominados por el eclecticismo contemporáneo del acero, el cristal, la piedra y la madera, bajo el imponente influjo de esas majestuosas avenidas peatonales o de tráfico casi inexistente en las que perderse sin miedo alguno. 

En tres días completos de turismo, pudimos visitar las principales atracciones de la zona, adentrarnos en algún que otro museo e incluso hacer senderismo por uno de los múltiples parques cercanos. Kilómetros de recorrido donde la única máxima que se repite es la pulcritud. Todo luce perfecto pese a la aparente naturalidad y desenfado con que el día transcurre a tu paso. Ni rastro de la rigidez que cabría esperar ante semejante alarde de perfeccionismo. Los niños abarrotan los parques ataviados con sus monos todoterreno mediante los cuales restregarse sin tapujos por el suelo, ante la atenta pero divertida mirada de sus progenitores. Un ejemplo más de lo familiar que resulta está ciudad a ojos de cualquiera que se digne a visitarla. 

Me llevo el recuerdo de fachadas majestuosas y bien rehabilitadas, en contraste con la simplicidad de algunos barrios periféricos o el esplendor de cristal que inunda las áreas más céntricas de Oslo. Una de esas visitas que ya apetece repetir. Y por si esto fuera poco, me siento de nuevo en el vehículo de Flyr que se dispone a traernos de vuelta, botella de agua en mano, mientras observo atónito cómo los operarios del aeropuerto lavan a presión el avión para garantizar el correcto funcionamiento de su fuselaje. Aquí todo funciona. El auténtico placer de lo bien hecho. 

Gracias Oslo, volveremos.

domingo, 19 de junio de 2022

Mallorca

Las primeras veces siempre son las más auténticas, emocionantes y sorprendentes de todas. En este caso, ha sido Mallorca. Mi primera visita a la isla. No puedo decir que acudiera sin el más mínimo conocimiento al respecto, pues se trata de uno de los destinos turísticos por excelencia en nuestro país y eso implica que soy de los pocos que aún no había estado por allí. Los tópicos acerca de la mayoría de población de origen alemán o el color turquesa del mar no me han decepcionado para nada. El coche de alquiler venía con todos los menús en la lengua de la Merkel. La primera foto indiscutible, esas aguas transparentes que decoran el perímetro insular, en su mayoría escarpado. 

Superadas las novatadas propias de estos casos, me llevo algunas reflexiones interesantes. Por un lado, la invasión ciclista que caracteriza cada rincón. No se tarda demasiado en entender el por qué. Carreteras sinuosas, recorridos llanos de bastante longitud combinados con ascensiones con gran desnivel y hermosas vistas. Contrastes interesantes que enamoran a los amantes de las dos ruedas. Amplío este abanico deliberadamente a raíz de la enorme presencia de motocicletas que imagino responden a los mismos incentivos ya mencionados para sus hermanas pequeñas. Como tercer ingrediente de este curioso y ajetreado ejemplo de tráfico, aparecen, aparecemos, los innumerables coches de alquiler que serpentean erráticos por estos lares, más preocupados por alcanzar el desconocido destino que por cumplir con las exigencias establecidas por la DGT. Resultado de este curioso cocktail: nada que no pudiéramos prever. Caos. Un riesgo innecesario pero al parecer inevitable, tan solo reducido por la evidente componente de buenrollismo asociado al viajero que se desplaza por diversión. Pese a todo, un peligro omnipresente que igual se debería intentar evitar, aunque a ver quién es el guapo que se atreve a eliminar alguno de estos factores de la ecuación. 

Por otro lado, me ha llamado la atención una arquitectura de calidad, en cuanto a la vivienda unifamiliar se refiere, y una masificación hotelera importante en determinadas localizaciones. A diferencia de su vecina Menorca, creo que me he sentido atraído por muchas más casas privilegiadas de las que esperaba. Cada acantilado es una nueva oportunidad para compartir orgullosos el preciado tesoro turquesa que decora con seguridad sus generosos ventanales. Pizcas del lujo más incontestable que flirtean, sin embargo, con una gran variedad de escalas y estilos. Villas modernas, entendidas como cubitos blancos plagados de cristal, se codean con robustas mansiones de piedra que bien podrían haber habitado los antiguos romanos o algún ciudadano castellano del interior peninsular. Quizás la clave de todo este eclecticismo serían las contraventanas, de diversos colores pero enorme protagonismo. Hogares de hormigón y piedra que reflejan con maestría a sus homólogos acuáticos. Un sinfín de yates que, manteniendo esa amalgama de estilos y escalas, anuncian con descaro la existencia de los mejores spots, que dirían los modernos. En este caso, igual de simples y blancos pero con algo menos de cristal.

Resulta casi insultante los ejemplares que navegan por la isla, repletos de anónimos millonarios, famosos en racha y ostentosos sin blanca. Todos ellos convencidos de lo acertado de su perspectiva y lo afortunado de su flexibilidad. Pues si algo envidio de sus ocupantes, es la facilidad para deambular entre las calas sin necesidad de acumular kilómetros de riesgo y calor a sus vehículos. Supongo que lo valoran. Quizás ellos anhelen igualmente lo entretenido de estos vaivenes de asfalto. Sea como fuere, una razón más para alargar los incisivos de aquellos humildes visitantes que nos conformamos con la crítica fácil y la foto de la vergüenza. Siempre hubo clases, que dirían los tiesos. Haber estudiado, que dirían los sabios. Como si algo de esto tuviera realmente que ver con la educación o la cultura. Dinero, dinero y más dinero. Un turismo de pasta, no precisamente gastronómica. Iba a decir de nivel, pero no me atrevería a emplear este término, después de haber oído hablar de Magaluf, donde todo vale menos mejorar. Algo parecido a este blog, que puede que estéis pensando muchos. De ser así, invitados quedáis a cerrar esta ventana para continuar desperdiciando petroleo en vuestras esqueléticas barcazas. 

Por mi parte, prefiero centrarme en mi particular aventura: seguir conociendo mundo, aprendiendo realidades y acumulando momentos. Gracias por llegar hasta el final, y si no has estado aún en Mallorca, confío en que estas torpes palabras sean el revulsivo definitivo para tachar esta bella isla de la lista. 

Volveré, como todo lo malo. Volveré.

jueves, 16 de junio de 2022

Vete a cagar

Cuando uno lee o escucha una expresión tan castiza cómo ésta, lo primero que hace es ponerse en posición de guerra. Una llamada a la violencia en toda regla. Los niveles de tensión se disparan, la adrenalina entra en escena, la ira comienza a crecer y los aires de venganza se convierten en un auténtico torrente descontrolado. Un torbellino de emociones que no suele traer más que ruina y caos. No falla. Como ya estableció Newton en su día, se trata de una acción que desata inevitablemente una reacción que no difiere mucho de lo descrito, independientemente de lo pacífico que seas. Pacífico, que no pacifista. Pues el primero rehúye cualquier conflicto, el segundo simplemente lucha para evitarlo. En fin, curiosidades del lenguaje. Anécdotas aparte, enviar a alguien a cagar es una falta de educación importante, una ofensa que recomiendo no efectuar, por más merecida que pueda parecer. Un ataque indiscriminado hacia la persona que lo recibe, no importa la relación que se tenga con ella o los esfuerzos realizados por suavizar su significado. “Vete a cagar” es un insulto con todas las letras. Sin embargo, y aquí viene la reflexión surrealista de hoy, quizás no nos hemos parado lo suficiente a analizar el verdadero sentido de esta expresión. Como tantas otras veces, hemos optado por dar por hecho cosas sin siquiera preguntarnos los motivos que podrían existir para justificarlas. Me explico. Cagar como tal, entendido como el acto de defecar o eliminar los residuos generados por nuestro cuerpo, en sí mismo no es algo malo o despreciable. Es algo común y necesario que supone la culminación a un proceso de nutrición fundamental para sobrevivir. Es cierto que lidera el ranking de lo escatológico pero no por ello se le puede asignar el título de antihéroe por definición. En definitiva es tan antiguo como el comer. Y tan necesario o más, si me lo permitís. Sin duda, más educado. 

Recurriendo a un debate más conceptual, por todos es sabido que se considera como norma de buena conducta que antes de entrar, siempre antes, se ha de dejar salir. Sé que el símil no es demasiado sutil pero sí efectivo. Lo correcto es salir para luego poder entrar. Por tanto, defecar antes de comer, sería lo más apropiado. Ahora bien, sea educado o no, todos tendemos a evitar conversaciones como esta. La razón, evidente. Es una imagen desagradable. Lo cual nos lleva a la segunda gran reflexión. No voy a entrar en si lo bello es lo único que merece ser valorado, dejando fuera de todo debate lo menos agraciado. Sería muy oportunista por mi parte. No. La reflexión gira más bien en torno a la privacidad. Es decir, cuando reconocemos algo como habitual pero intentamos por todos los medios que no sea conocido por los demás, eso no es más que recelo, un deseo gigantesco de intimidad. Lo cual sitúa al acto de expulsar los excrementos como uno de los momentos más privados y por tanto personales que alguien puede tener. En un mundo donde la globalización y la libertad de expresión se han asociado para garantizar la total transparencia social, por no decir exposición ilimitada, de cada rincón de nuestra vida, parecería coherente valorar en su justa medida que aún existan recovecos en los que reclamar nuestra individualidad más recalcitrante. Punto positivo, diría yo. Si a eso, le añadimos un contexto familiar donde el susodicho comparte hogar con su esposa, cuatro hijos, la suegra, dos perros, el novio espabilado de la mayor, el gatito de la menor y las tortugas del mediano, igual se nos presenta algo más placentero el hecho de evadirnos con excusa, acudiendo precisamente al excusado. Otra expresión, cargada de significado, aunque interpretada desde un prisma muy diferente al que da origen a esta reflexión. 

Por tanto, recapitulando, tenemos que "soltar lastre" es un acto caracterizado por un ejercicio de educación extremo, en el que el afortunado protagonista se permite el lujo de desconectar de todo y de todos. Un acto casi de misericordia con nosotros mismos, dadas las circunstancias. Interesante giro de los acontecimientos. Que no el único. Aún nos queda el argumento definitivo en este “alegato de mierda”. Está bien, un poco duro, puede que hasta soez. Pero como ya sabemos, lo soez no quita lo valiente. En fin. 

En una sociedad de la inmediatez como esta en la que vivimos, donde la sobreexcitación de nuestros sentidos está a la orden del día, podría parecer hasta sensato pensar que en los momentos de paz es donde mejor nos desarrollamos como seres humanos, alejados del mundano ruido que nos rodea a diario. Sin ir más lejos, hace poco me decían que la meditación no es más que la capacidad para concentrarse en una única cosa. Algo casi imposible estos días. Por tanto, encontrarnos en un lugar donde nadie más debería molestarnos, donde el ruido está controlado, la luz optimizada y el objetivo bien definido, podría ser catalogado de idóneo. Idóneo para enfocar todos nuestros sentidos a aquello que nos atañe exclusivamente y por completo, durante el periodo que se precise. Tanto es así, que del máster en etiquetas del champú, no son pocos los que se han aficionado a la lectura de "sobreváter", empleando ese silencio para culturizarse y aprender cosas que requieran de un mínimo de tranquilidad y calma. Un momento de exaltación de la amistad con uno mismo, en el que agasajarnos con el privilegio de la cultura. Un ejercicio de crecimiento personal de lo más significativo. Una oportunidad para liberarnos de nuestros tabúes más afianzados, nuestras barreras más altas y nuestras cargas más pesadas. Si a todo esto le sumamos el hecho de lo que muchos estaréis pensando, que hoy día ni cagar le dejan a uno. Pues nos encontramos con la baza definitiva: la exclusividad. 

Cualquiera no se puede permitir el lujo de cagar a gusto. Sólo algunos privilegiados saben a lo que me refiero. Y, para más inri, resulta que es gratis. ¿A quién no le gusta un verdadero regalo gratuito con el que enderezar hasta el día más torcido? Pues eso. Lo que yo os decía. Que llevamos años mirando hacia otro lado cuando la respuesta a todos nuestros problemas estaba justo enfrente de nuestras narices, o más bien tras ellas. Y todo por un malentendido del lenguaje. Probablemente, un ejemplo más de la eficacia, en este caso negativa, del juego del teléfono. Cada vez estoy más seguro de que esta expresión surgió como un cumplido que tan solo las envidias, el paso del tiempo, la testarudez de las personas y la falta de perspectiva han convertido en esta enorme injusticia. El inodoro ha sido maltratado socialmente durante años, lustros, decenios; me atrevería a decir. Un disparate sin igual. Ya lo dejó entrever Duchamp, un visionario de los que ya no quedan. 

Cagar es vivir, pero además vivir en el lado educado, tranquilo, culto y exclusivo de la vida. Y por cero euros. Qué maravilla. Por todo esto, como podréis imaginar y seguro entenderéis, no me queda más opción que enviaros a todos a cagar. 

Sí, tú, ¡vete a cagar!

viernes, 10 de junio de 2022

La magia del Viajar

En lo que podemos denominar como el inicio de la era post-covid, no tanto por haber alcanzado el fin de esta pandemia sino por el reinicio de la normalidad, me alegra poder retomar una costumbre del todo olvidada: aprovechar el tiempo de vuelo para escribir. Sé que puede parecer una estupidez pero lo considero un avance considerable, teniendo en cuenta la Edad Media moderna de la que provenimos. Meses de limitaciones, precauciones, desconfianza y preocupación. Meses donde hemos hipotecado parte de nuestra libertad, de nuestra capacidad para socializar y de nuestra existencia más elemental. Podrá sonar exagerado, pero no puedo evitar pensar en esos adolescentes que han vistos sus 18 años condicionados por esta anomalía, aquellos abuelos que han vivido los primeros meses de sus nietos por zoom o quiénes han sufrido meses de forzada soledad. Por fortuna, todos esos recuerdos empiezan a sonar obsoletos, antiguos, olvidados. Tanto es así, que el hecho de colocar nuevamente una mascarilla sobre mi rostro ha supuesto una situación tan molesta como novedosa. Retales de una vida pasada a la que confiamos en no retornar jamás, pese a las múltiples cosas buenas que sin duda ha podido igualmente traer. Con todo esto, más alla de la reflexión ñoña e innecesaria que acabo de describir, quería dedicar unos minutos a celebrar la inmensa felicidad que supone viajar. Doblar con cariño y esmero la ropa justa con la que, junto a los inevitables "por si acaso", colmatar la mochila de viaje. Sí, mochila, pues las maletas parecen haber pasado a mejor vida. Otro de los grandes cambios surgidos con el COVID y que parecen haber llegado para quedarse. Mochilas en las que apretar tus pertenencias más queridas, por miedo a superar las estrictas medidas impuestas por la compañía de turno. En este caso, Aireuropa nos deleita con una generosidad inaudita en estos tiempos, permitiendo el uso de mochila y maleta de mano. Un lujo extremo que se agradece muchísimo, de no ser porque la vuelta la gestiona Vueling, quien ha optado por dejar la generosidad para un pasado no tan lejano. No obstante, la mochila parece gigante al comprobar la enorme cantidad de ilusión que es capaz de acoger. La ilusión de un viajero habitual que comienza a pensar con frecuencia en los próximos destinos. Un viajero que, pese a los inalienables miedos derivados del COVID, se atreve a planificar nuevamente los fines de semana como leves paréntesis en los que continuar descubriendo mundo sin otro objetivo que disfrutar de la maravillosa compañía que se aferra a mi mano y que inunda su teléfono de instantáneas de ese precioso atardecer que nos acompaña en nuestro camino. Por todo ello, me siento en esta incómoda estancia en la que tatuar un nuevo respaldo sobre mi rodilla, para dar las gracias por poder soportar una vez más estás minúsculas incomodidades que preceden a la magia del viajar.

domingo, 31 de enero de 2021

Maldita soledad

En la peor pandemia de las últimas décadas, son muchas las preguntas que surgen y muy pocas las respuestas creíbles, o suficientemente convincentes. Creo que somos cada vez más numerosos los ciudadanos que nos vemos obligados a recapacitar sobre todo lo que nos rodea. No cabe duda que la situación sanitaria es preocupante, el panorama social frustrante, y la estabilidad emocional una utopía. No me malinterpretéis, no soy uno de esos que denominan negacionistas. Simplemente me siento a ver lo que está ocurriendo y me invade una enorme tristeza al descubrir que después de un año, seguimos en una situación crítica y sin la más mínima esperanza de cambio. 

Soy consciente de que en este punto serán muchos los que se indignen bajo el paraguas de una vacuna tan esperada como tardía. Ojalá sea esa la solución. De hecho, durante meses ha sido el único clavo al que agarrarnos. Sin embargo, han llegado las fechas señaladas para su puesta en marcha, y parece que, una vez más, son más las dudas que las certezas en torno a este gran avance de la medicina.

Desde hace meses, la única herramienta efectiva parece ser la limitación más o menos radical de nuestra libertad. Lo entiendo. Me da mucha pena que así sea, pero no se puede negar la evidencia. Y como no soy ningún experto sanitario desconozco alternativa alguna que ofrecer. Así que lejos de alimentar un sentimiento de frustración tan extendido entre la mayoría de nosotros, prefiero centrarme en analizar sin más esta cruda realidad.

El aislamiento. El bendito aislamiento. Sí, ha demostrado que mejora unos números más que alarmantes. Eso se lo concedo. Pero, de ahí a considerarlo como una solución válida me parece un salto un poco arriesgado. Creo que es importante hacer una lectura más humana que médica, en este caso. Imagino que es fruto de mis carencias, claro está.

Aislar a la población es una medida tremendamente extrema. Confío en que coincidáis conmigo en esto. No me considero una persona quejica, de hecho me considero muy afortunado. Pero me gustaría empatizar con todos aquellos que no pueden quizás decir lo mismo. 

Intento ponerme en el lugar de alguien a quien esta pandemia le haya venido en mal momento. Sí, a todos nos ha llegado por sorpresa y a nadie agrada un varapalo como este. Pero pensad en todas esas personas que se encuentran en un momento crítico de sus vidas, cualquiera que sea la razón. Pensemos, por ejemplo, en esas personas mayores a las que tanto nos afanamos en proteger, que en sus últimos años de vida quizás están viendo mermada su única esperanza vital, su alegría de vivir, su familia y amigos. Y todo ello bajo una premisa que no siempre ha de cumplirse, la aparente necesidad y deseo de ser protegidos. Pero nadie se ha sentado con todos y cada uno de ellos a preguntarles si realmente están dispuestos a pagar tan alto precio por una salud en muchos casos ya bastante delicada, haya covid o no.

Hagamos un pequeño inciso para alejar a los idiotas. Tengo personas mayores en mi familia y haría lo que fuera por ellos. Que nadie lo dude.

Sin embargo, la cuestión aquí es qué pasa con aquellos que no quieran proteger su salud. Aquellos que ya no tengan nada que proteger. ¿Qué pasa con esas personas que en plena certeza acerca de su final, acaban de descubrir atónitos que es la incertidumbre la principal protagonista de lo que les queda de vida? El miedo, su único compañero de viaje. Miedo a lo desconocido. Miedo al olvido. Miedo a no volver a disfrutar de los suyos. Miedo a que esta nueva realidad haya venido para quedarse. Como decía antes, soy una persona bastante optimista y me niego a creer en estas afirmaciones. No obstante, les invito a encender la televisión media hora y valorar por sí mismos estas palabras. Ante la falta de mejoría, se ha optado por aceptar el miedo y la culpa como únicos recursos con los que encerrar a la gente en sus viviendas. 

Lo sé, son solo unos meses. Y eso es lo que pienso a diario. No pasa nada por quedarse encerrado un periodo determinado. ¿Qué supone este tiempo en el conjunto de una vida? Probablemente, nada. Pero cuidado con ese tipo de conclusiones. Unos meses pueden suponer un suspiro para algunos y una odisea para otros. No se puede generalizar. No me vale el argumento de que nuestros antepasados o los más mayores lo pasaron peor. No lo dudo, pero no me consuela lo más mínimo. E imagino que a ellos, mucho menos. ¿No han pasado ya bastante como para verse de nuevo afectados por todo esto?

Cuando alguien recibe una noticia dramática en cuanto a su salud, imagino que la única esperanza que les alienta es la posibilidad de decidir al menos dónde y con quién pasar esos últimos momentos. Pues ahora mismo, esa opción ha sido eliminada. De raíz.

Cruel, ¿no creéis? A mí me lo parece. Y la solución no sabría describirla. Pero no por ello me puedo permitir el lamentable lujo de obviarlo y borrarlo egoístamente de mi mente. Se trata de un debate moral devastador. Hay personas que se encuentran en un momento fatídico y a ello se han visto obligados a sumar la soledad. 

La maldita soledad. 

Esa penosa acompañante capaz de absorber la energía de cualquiera. Lo siento, pero me niego a renunciar a mi humanidad, por muy hijo de puta que sea este virus. No puedo sino enviar un sentido abrazo a todos aquellos que lo puedan necesitar. Ojalá pudiera acudir en persona a cumplir mi palabra. Ojalá pudierais elegir a la persona más adecuada para ello y compartir con ellos tanto tiempo como quisierais. Os diría que esto pasará, pero no lo sé. Nadie lo sabe. Así que me conformo con reconocer la única verdad que me atrevo a defender. Esto no es igual para todos. Ni lo va a ser. Así que, ánimo.

Mucho ánimo a todos.

sábado, 21 de noviembre de 2020

OJO

Imagínense sentados en una maravillosa terraza al sol. 

Frente a ustedes, la imponente presencia del mar. Magnífico, infinito, imperturbable. La superficie en calma le confiere un grado de atracción insuperable. El reflejo del sol, el complemento perfecto a la escena. En su terraza, una mesa les separa del murete que les protege de la caída. Dicho muro no alcanza más allá de los ochenta centímetros de altura para permitir un mayor ángulo de visión. Sobre él, una barandilla blanca se posa con delicadeza para conferir mayor confianza al elemento de seguridad del que forma parte. Entre ambos, tan solo aire y algunos apoyos aislados. 

En definitiva, su visión se ve interrumpida tan solo por un perfil metálico de gran esbeltez. Tanto es así, que cuando deciden ubicarse en su silla favorita, frente a la mesa y las vistas, no existe nada más en este mundo que la perfecta estampa descrita. Un continuo azulado con tintes más claros y brillantes se presenta orgulloso ante ustedes. Algunos barcos en la lejanía compiten con las gaviotas por su escasa pero merecida cuota de protagonismo. 

Con asombro se descubren reconociendo variedades de azul que ni siquiera pensaban que existieran. La brisa confiere a la superficie un movimiento tan agradable como discreto. Miles de ondas navegan divertidas por la inmensidad que invade convencida el horizonte hasta fundirse con él. En ese mismo instante, el cielo y el mar se contagian de su belleza y tonalidad hasta hacer imperceptible sus respectivos límites. Toda esa belleza es perfecta, sin más. Carece de errores o defectos. No cabe crítica alguna. 

Tanto es así, que pasados unos minutos añoramos toda esa parte de la postal que nos es negada por el necesario pero inoportuno muro. Su altura nos molesta cada vez más. La barandilla, nos enfurece sobremanera. Qué necesidad había de interrumpir una imagen así. Es como añadirle deliberadamente una tara a tan excelsa creación. Un rayón en la más nueva e impoluta de las carrocerías. Un mosquito inquieto en la oscuridad del dormitorio. Una alarma accionada a las tres de la mañana. 

No se equivoquen. No les doy más de treinta segundos antes de que sus miradas se tuerzan. En menos de un minuto no podrán dejar de pensar en esa línea sutil que cruza con excesivo descaro el bellísimo lienzo en que se había convertido su vista. Ya nada importan esas graciosillas aves que juguetean con las corrientes térmicas generadas en la orilla. Ni los elegantes veleros con los que antes competían. Las distintas tonalidades de azul se postran ante el blanco dominante de la barrera que le precede. La otrora esbeltez se erige ahora en grosera e innecesaria prominencia. Sus ojos hace tiempo ya que dejaron de prestar atención a aquello que les contaba. Sus mentes analizan las distintas posibilidades que les permitirían apropiarse de toda la escena. Formas de desprenderse de ese molesto e insensato elemento que osa interrumpir sus vistas. Por más que perdure esa imagen, hace ya rato que ha desaparecido para ustedes. Y lo más probable, es que para cuando quieran darse cuenta, ya sea demasiado tarde. 

Los veleros habrán avanzado más allá de su alcance, las aves huirán a encontrar cobijo y descanso a partes iguales. Las nubes acudirán a reclamar su lugar. El sol, en su incesante movimiento, habrá abandonado la vertical para proseguir su trayecto. Todo aquello que una vez existió, jamás volverá a repetirse. Podrán ocurrir escenas similares, pero no como esta. Nunca más se darán las circunstancias idóneas para recrear lo que acabamos de obviar.

Y ahora les pregunto, ¿tan importante era la maldita barandilla? No. Pero las vistas eran tan perfectas que resulta inevitable no ansiar todo de ella. Resulta imposible no encontrar defectos cuando comparamos nuestro entorno con semejante ejemplo de pureza, de armonía, de gracia.

Lo sé, resulta absurdo. Pero no es más que el resultado de nuestra ambición. Somos incapaces de evitarlo.

martes, 20 de octubre de 2020

Momentos

 ¿Cómo podemos mantenernos al margen de nuestro entorno cuando la realidad externa nos condiciona a cada paso?

¿Cómo podemos aislar a nuestro entorno inmediato de nuestros propios sentimientos para evitar que ese entorno se vea irremediablemente modificado o, cuanto menos, condicionado por nuestra actitud, reacciones o estado de ánimo?

Es difícil huir del egoísmo implícito en gestionar nuestros momentos sin pensar el modo en que estos afectan a los de los demás. E igualmente, somos partícipes indiscutibles e inevitables del proceso contrario o recíproco. Cuando son los demás quienes se encuentran en pleno proceso de autogestión y la situación ya ha comenzado a afectarnos, la única vía de escape sería la ausencia total de empatía o el distanciamiento físico. Sin embargo, estas dos soluciones no siempre son factibles, por motivos bien distintos.

En primer lugar, la empatía me temo que es algo que no se elige sino que se matiza. Es decir, uno no puede decidir ser empático si no lo lleva dentro. Del mismo modo en que aquellos que lo llevan en su ADN, se esfuerzan por minimizar los efectos de esta peligrosa virtud en cuanto detectan que el riesgo supera las líneas rojas, esos límites considerados como aceptables. En este sentido, lograr la ausencia total de empatía es algo que puede llegar a resultar inviable para este selecto grupo de personas que no saben vivir de otra forma. Personas que deambulan entre los distintos debates morales que les generan sus propias vivencias, así como las de los demás.

En segundo lugar, cabe destacar que si bien es complejo alejarse sentimentalmente de quienes nos rodean, más aún puede resultar la creación de espacio físico entre una determinada persona y nosotros. No sólo porque en ocasiones las circunstancias nos obligan a interactuar con quienquiera que sea en mayor medida de la deseada, sino porque es más que común que la persona a la que deseamos evitar es precisamente la que con más eficacia nos atrae. Un bucle extenuante del que no siempre logramos salir. Por más que nosotros o nuestros allegados nos alienten a hacerlo. No hay que olvidar que quienes más nos hieren son quienes más nos importan. Dicho de una forma menos tremendista, o incluso optimista, diría que los sentimientos se retroalimentan para bien o para mal hasta que alcanzan un punto de no retorno desde el cual la única intriga es hacia qué lado de la balanza se inclinarán esas emociones hoy.

En definitiva, más allá de la evidente verborrea, podríamos concluir que las personas somos como barcos de papel que nos desplazamos con mayor o menor ahínco, no sólo en función del rumbo inicial adquirido o las cualidades implícitas en nuestra propia identidad, sino entregados al devenir de los agentes externos y las condiciones de la superficie por la cual nos desplazamos. Un conjunto de variables ajenas que interactúan por igual con nuestra embarcación y la de nuestros vecinos, aunque en distinta medida según las características concretas de cada estructura.

Por todo ello, animo a que cuando detectemos que aquella graciosa “barquita” que nos acompañaba anteriormente en esta bella regata que es la vida, de repente parezca cambiar drásticamente su rumbo sin motivo aparente, nos centremos primero en entender qué aspectos concretos de la realidad universal que nos rodea le han podido afectar más y por qué. Quizás así logremos evitar infinidad de silencios incómodos y discusiones tan infructuosas como innecesarias. No estamos solos en esta emocionante carrera hacia la felicidad, así que mejor será aceptarlo, y dejar de comportarnos como si realmente lo estuviéramos.

No cabe duda que este consejo dista enormemente de la sencillez, en tanto en cuanto, se ha obviado deliberadamente uno de los actores protagonistas de toda escena: el orgullo. Ese torrente interior de emociones sin control que surgen como mecanismo interior de autodefensa, el cual nos obliga a luchar por aquello que nos convierte en lo que somos. En ocasiones se manifiesta a través del despotismo, la timidez, la rabia o el individualismo. Diversas caras de una misma moneda. Uno de los aspectos más inherentes a nuestro ser que, sin duda, supone uno de los aspectos más arriesgados de toda existencia. Cuanto mayor sea nuestra sumisión ante estos arrebatos, mayor será nuestra soledad. No sólo en términos físicos, sino morales.

Todos hemos sucumbido ante lo estúpido de semejantes comportamientos, sin por ello renunciar en lo más mínimo a sus servicios. En parte porque este sistema recurre siempre al camino más fácil, aquel que nos resulta más natural, para acabar con los conflictos y debates de los cuales no sabemos salir. En parte porque hemos nacido con un código de conducta básico que nos marca el camino cuando la razón o el sentido común pierden sus argumentos o el control de la situación. Es ahí cuando, de forma instintiva, reacciona el orgullo para reconducirnos a la senda preestablecida. Y romper este código tan personal como inalienable, es sin duda uno de los retos más salvajes y ambiciosos a los que podamos siquiera enfrentarnos. No hay nada más complejo que contradecirnos a nosotros mismos y poner en crisis nuestros pensamientos más arraigados, especialmente cuando el agotamiento o la frustración merman considerablemente nuestras habilidades. Nada tan desolador como frenar la arrolladora explosión de emociones que desata la entrada en acción del orgullo. Nada más humillante que renunciar a nuestra hombría (entendida como muestra representativa de lo que caracteriza al hombre o ser humano por encima de otros seres vivos) para hacer lo que reconoces como correcto, pese a las múltiples alarmas que te invitan a desechar semejante idea.

No obstante, nadie dijo que esto fuera fácil. Cada cual que decida si prefiere ser feliz en sus contradicciones o contradecir felizmente sus más arriesgadas inquietudes.

Buen viaje!


domingo, 21 de junio de 2020

BAUTIZO DE VUELO

Son las cinco de la tarde de un sábado cualquiera de primavera. Mi habitual soledad se ve interrumpida por una presencia difícil de definir. No se trata de una persona, o ser vivo en concreto. Es más bien una sensación de inquietud y emoción que me solivianta sin descanso. La hora es importante, quizás más que nunca. Sé que es preferible esperar a que te esperen. Sin embargo, una hora de trayecto me separa de mi ansiado objetivo, lo cual añade gran cantidad de variables asociadas al tráfico y al simple hecho de conducir un vehículo propio. Todas estas inseguridades no hacen sino acrecentar esa peculiar desazón que me domina desde dentro. 

Intento organizar mis movimientos conforme a un estudiado plan. Una hoja de ruta a través de la cual controlar el origen, los preparativos, el destino y las alternativas. Todas las fases previstas se han ido cumpliendo con matemática precisión. Almuerzo satisfactorio. Siesta reparadora completada. Preparación de la casa para la marcha, realizada. Llega el momento de ducharse y preparar la ropa para lo que está por venir. Hay tiempo. La ducha puede prolongarse un poco más de lo recomendado. Sentir el agua deslizando por el cuerpo se convierte en un bálsamo de lo más eficiente. Aseado y perfumado, el vestidor me saluda con su habitual sumisión, ofreciendo sus mejores galas a mi servicio. Algo cómodo, sin duda. Pantalones vaqueros y camiseta negra. Un clásico. Sin embargo, el tejido no cae hoy como esperaba. Decido modificar mi decisión. Mejor será un polo del mismo color. Algo más ajustado y probablemente apropiado para contrarrestar el viento que sin duda me espera con vehemencia acumulada. Zapatillas del mismo color y chaqueta motera a juego. No es algo que busque, más bien, es algo que me encuentra a mí. No suelo mirar este tipo de cosas, pues los colores moteros suelen estar bastante limitados. Más aún en mi armario.

Sea como fuere, me armo de casco, gafas de sol y mascarilla. Estoy listo. Son las seis de la tarde. Sí, lo sé. Una hora suena excesiva. Pero, he preferido ahorrar algunas circunstancias irrelevantes para la historia, como el cuidado de plantas, y la colocación de algunas prendas desordenadas. En fin, quehaceres diarios que todo el mundo comparte, pero difícilmente divulga.

Lo dicho, son las seis. Recibo respuesta a mi mensaje de control: “Tranquilo, no necesitas traer nada que no sea a ti mismo”. Todo correcto. Ha llegado el momento. Lanzo convencido mi pierna sobre la montura retro que me recibe. Como siempre, se encuentra dispuesta a seguir acumulando kilómetros conmigo. Su depósito lleno. Sus neumáticos en perfecto estado. Arranca obediente al primer intento. Ruge con rabia y alegría. Se sabe preparada. Conoce lo que le espera. Carretera y viento. ¿Qué más se puede pedir? Con cariño le indico que ha llegado el momento de disfrutar. Piso con firmeza la palanca y me devuelve un chasquido metálico repleto de fuerza y potencia. El embrague me entrega toda su furia con enorme suavidad. Solo tengo que relajar la mano para que los más de setenta caballos se alineen bajo mis piernas. La temperatura se eleva gradualmente como resultado de su propia emoción. Cruzo victorioso la puerta del garaje y comienza oficialmente mi viaje. Dedico los primeros metros de recorrido a calentar. Cada cosa necesita su tiempo, y el entorno urbano que me rodea se muestra perfecto para ello. Alcanzo una de las vías interurbanas que me guían hacia la carretera principal. Aumenta la velocidad y con ello la vibración que envía la máquina en todas direcciones. Me reconozco nervioso y feliz. Sentimientos sencillos pero tremendamente profundos. Segunda rotonda de mi camino. Una ambulancia decide interponerse en mi camino, sin luces ni señales que la autoricen a ello. Primer susto. No sabría decir si debería interpretarlo como algún tipo de aviso, pero no puedo negar que la duda surca divertida mi cabeza durante unos instantes. Un posible conductor despistado podría haber terminado con esta historia antes de la cuenta. Pero afortunadamente, todos nos mantenemos en ese estado de relax que solo un sábado por la tarde nos puede aportar.

Ahí está. La autovía ha llegado. Segundo susto. Me vengo algo arriba en la incorporación y casi adelanto mi entrada en el carril adecuado. Nada que lamentar aún. Mis guantes se adentran decididos en esa nube de insectos en que se ha convertido el aire primaveral que me refresca y balancea a partes iguales. La moto ruge cada vez con más orgullo. Se sabe grande. Ha nacido para ello.

Son las siete menos cuarto de la tarde. Tras algunas incertidumbres en el tramo final, puedo confirmar que mis notas mentales han sido correctas y me han traído directamente hasta aquí. El aeródromo se erige frente a mí como un edificio humilde que anuncia una inmensa extensión de asfalto y naves. Para alguien acostumbrado a viajar no destaca por su tamaño. Pero para alguien que no ha volado en un privado jamás, diría que impresiona su dimensión. El lugar se recrea en este hecho. Nada más llegar, una avioneta se presenta ante mí en lo que parece una maniobra de mantenimiento cotidiana. Un par de personas parlotean distraídas con un empleado concentrado en sus labores. Quedan quince minutos para mi teórica llegada, pero decido avisar de mi adelanto por si eso ayuda a facilitar en modo alguno las cosas.

Desciendo con suavidad de mi montura y observo con gran sorpresa cómo cada apéndice de mi cuerpo recupera su sensibilidad original. La sangre reconquista aquellos rincones hasta ese momento negados por la postura, la velocidad y las vibraciones. Mis manos se reencuentran a sí mismas. Las piernas recuerdan su función primigenia. Mi espalda se coloca donde debe. Una cremallera me separa del frescor que mi torso comienza a reclamar. El sudor se asoma tímido a mis poros, pero logro frenar el proceso justo a tiempo. La brisa que decora la escena contribuye a una sensación de confort inesperada. La cercanía al evento no me disuade de continuar. Ni siquiera las alas que se acercan a mí. Me alegra ver que me mantengo firme en mi objetivo. Resuenan aún las palabras de quien advirtió el riesgo implícito en un acto que no puedo controlar de ninguna de las maneras. Una vez abandone la conocida normalidad del suelo que piso o los asientos que frecuento, estaré solo. Sin más esperanza que la experiencia de un desconocido en quien sin embargo confío hasta el punto de cederle mi seguridad sin reservas. Curiosa la mentalidad humana.

En ese instante, una voz me desconecta de mis pensamientos. Mi anfitrión me saluda desde lejos. Acaba de leer mi mensaje. Ya está todo listo. Me invita a cruzar la puerta y aparcar mi motocicleta junto a la pista. Una imagen de singular belleza. Lástima no dedicarle un instante más. Cuestión de prioridades, imagino. Me dirijo diligente hacia mi recién descubierto seguro de vida. Amable y extrovertido, me presenta a nuestro nuevo medio de transporte y me anuncia la compañía de una amigo que vendrá con nosotros. Acepto sin rechistar, con cierta alegría. Me gusta conocer gente y me relaja que la situación no dependa exclusivamente de mis habilidades sociales para lograr el éxito.

No obstante, solo un porcentaje ínfimo de mis neuronas se centra en la conversación trivial que nos atañe. Gran parte de mi cerebro sigue ensimismado en ese corcel brillante que se postra elegante ante nosotros. Una esbelta figura que parece diseñada al detalle. Es más, es precisamente así como está fabricada. Sus curvas se moldean bajo el influjo de ese caprichoso viento que ha de guiar y mantener sus movimientos. Algo menos de diez metros de envergadura y sabiduría. Un contenedor de conocimientos que no solo la hacen posible, sino que acumulan anécdotas y lecciones diarias. Varios cientos de horas de vuelo la avalan. Más de ochocientas a mi anfitrión. Confianza más que merecida. Nada que objetar. Como parte del proceso, intervienen las bromas para calmar los nervios y regodearnos en la inexperiencia que emano a cada paso. Me presenta al tercer pasajero. Ahora sí, retomo la dedicación total de mi atención. Bueno, casi total. Una parte de mí sigue inmerso en la ardua tarea de gestionar mis emociones.

Nos acompaña un experto piloto que ha decidido hoy volver a su segunda casa, tras muchos meses de desconexión. Al final, no cabe duda de que las aficiones son algo difícil de olvidar. Pocas son las frases que intercambiamos antes de que me anuncien su pasado. Dotado de gran experiencia se enorgullece de haber sobrevivido a una de las más complicadas de todas las que acumula. Una de esas que nadie querría tener que superar, pero que cualquiera se alegraría de contar. No sé si es el momento, al menos para mí. Pese a todo, hace rato ya que me entregué a la escena, y me intriga muchísimo su currículum. Puede parecer temible, pero reconforta de un modo extraño que la persona que se sienta tras de mí sepa todo lo que implica un vuelo de estas características. Un error inexplicable frenó su maniobra de despegue con gran virulencia hasta alcanzar una verticalidad tan pausada como letal. Carente de potencia, su cuerpo se veía abocado al desastre como parte de un fuselaje sentenciado. Afortunadamente, alguna extraña habilidad ha sabido borrar de su mente los peores momentos vividos. Lo siguiente, declaraciones de amigos afanados en su búsqueda. Un aparato destrozado pero fiel, capaz de no sucumbir a la tremenda inflamabilidad de un tanque repleto de gasolina con plomo de cien octanos. Una bomba que jamás culminó su activación. Múltiples fracturas por todo el cuerpo, un rostro renovado y una partida de nacimiento reiniciada por completo, avalan a un agradecido “jovencito” que acaba de alcanzar la mayoría de edad por segunda vez en su vida. No puedo sino celebrar su triunfo y compartir su nivel de agradecimiento.

Hechas las presentaciones, es momento de despegar. Todo lo comentado hasta entonces ocupa un lugar secundario pero imperturbable. Cinturón abrochado y cascos colocados. El piloto comienza a hacerse cargo de la situación. Yo incluido. Con profesionalidad va radiando lo que ocurre para hacerme partícipe de cada paso. Los chequeos de rigor me devuelven a lo único importante, esa realidad tan llamativa. Nivel de potencia ajustado. Botones diversos, apropiadamente accionados. Revoluciones en su punto. Pruebas de recuperación y fallo asimétrico del motor, superadas. Posición de espera en pista, alcanzada. Pedimos permiso por radio para despegar. Nadie nos avisa de su presencia. No obstante, este avión se considera de manipulación visual y hacemos gala de ello. Pese al silencio radiofónico, avistamos un aparato en plena maniobra de despegue. Bien visto. Su acción recibe el educado reproche pertinente, y nos devuelven la disculpa de rigor. Ahora sí. Pista libre. El viento se presenta caprichoso. Tanto es así que nos disponemos a despegar en la dirección contraria a la que acaban de emplear nuestros inesperados predecesores. No pregunto. No quiero resultar impertinente, y además, carezco del criterio necesario siquiera para dudar. Motor a tope de revoluciones, una velocidad aproximada de ciento treinta kilómetros por hora y nuestro tren se separa finalmente del asfalto. Estamos volando. El avión se mueve ligeramente, pero lo justo para dotar de veracidad al momento. El miedo sigue ahí, controlado, dentro de los límites permitidos. Es la adrenalina la que va ganando con calma la batalla. La belleza de las imágenes acaba por acallar cualquier muestra de sentimientos encontrados. Solo placer. Una perspectiva nueva, doméstica y palpable. Recorremos con delicadeza los alrededores de la pista, hasta cruzarla en su vertical a más de mil quinientos pies. La belleza de un pantano cercano, la cresta de la montaña en que se posa habilidosa una peculiar urbe y el sol de tarde que nos golpea sin descanso. Las escenas se suceden en nuestro camino de vuelta hacia la costa. Volvemos a superar el aeródromo. El mar se acerca estrepitosamente. Desde la torre de control del aeropuerto más cercano nos indican la presencia de una aeronave en nuestras inmediaciones, por lo que nos recomiendan mantener una altitud de mil pies. Desde mi asiento, la costa se muestra aún más atractiva que de costumbre. Los acantilados se superponen con las calas tan características de la zona. El mar, tranquilo, sosegado, aporta un extra de calma a mis intrépidos ojos. Es entonces cuando el vuelo se transforma en maravilloso. La sensación de surcar el aire tan cerca de la costa, y a la vez tan lejos. Un sutil movimiento de mano, y el avión responde obediente. Un leve tirón y recuperamos altura. Un suave empujón, y descendemos nuevamente a la barrera indicada. Los distintos instrumentos contribuyen al objetivo. Son muchos, pero me centro solo en aquellos que parecen importantes para mí en este preciso instante. Altitud y deriva. El resto, vistas y diversión.

La vuelta se hace más llevadera, al dejar que sea el piloto automático el que nos dirija de vuelta a casa. Esto nos permite centrar nuestros sentidos en la conversación, la admiración del paisaje que surge ahora junto a mi ventana y la búsqueda de compañeros que nos anuncian su presencia por radio.

La pista se vislumbra nuevamente bajo nuestros pies. La recorremos en busca del extremo apropiado para iniciar la maniobra de aterrizaje. Viramos con gran virulencia y disponemos todos los instrumentos para este interesante procedimiento. Reducimos velocidad, ubicamos el morro en la dirección adecuada con los pedales, y nos enfrentamos al viento con respeto y descaro. En lo que definirían como una pasada en baja, o quizás, un motor al aire, recorremos la pista a escasos metros de altura para retomar de repente el máximo de potencia hasta recuperar con violencia la altura deseada. Una sensación de vacío sin precedentes se apropia de mi estómago. Nada que temer. Tan solo una sensación nueva y del todo impactante. Un alarde de fuerza y potencia desatada.

Esta vez sí, enfilamos la pista a la velocidad adecuada y controlando la escasa incidencia del viento lateral, así como el correcto posicionamiento del avión, nos acercamos al suelo. Esto se acaba. Pero antes, varios segundos de silencio en los que esperar el impacto. Una tensa calma en la que disfrutar del aterrizaje con todas sus letras. Con gran suavidad, tomamos tierra e iniciamos el proceso de frenado, para dirigirnos directamente al hangar, donde abandonar la avioneta y con ello, una de las mejores experiencias de mi vida.

No sé si he sabido expresar adecuadamente algo tan grandioso, pero os garantizo que merece la pena.

Ya en tierra, pero aún dentro de la cabina, compartimos una agradable conversación acerca de tan noble afición y un sinfín de anécdotas que me acercan a mis compañeros y me inducen un mayor interés por el aire, si cabe. Una envidia sana corroe mis adentros. Me alegro por ellos. Han encontrado la alegría de vivir en tan atractivo ejercicio. Y lo mejor de todo, me han permitido formar parte de ello. Gracias. No puedo decir más, muchas gracias.

Victoriosos, compartimos una conversación más mundana frente a unos refrescos. Sin duda, estoy ante alguien distinto, especial. Jamás me cansaré de conocer a gente capaz de llenar una conversación con sentido.

Finalmente, ya de noche, nos despedimos y retomo el control de mi motocicleta. Casi una hora de vuelta me separa de la casa, pero la adrenalina aún me domina, y podría conducir durante horas. No quiero que esto se acabe. Y a juzgar por lo intenso de lo vivido, dudo mucho que lo haga.

Gracias amigo por la invitación. Me alegro de haberte tomado la palabra. 

domingo, 7 de junio de 2020

Cuestion-ando mi vida_COVID

Desde que empezó toda esta vorágine desatada por el famoso virus que nos amenaza sin piedad, me propuse no caer en la tendencia generalizada de opinar sobre una materia de la que no dispongo conocimiento alguno. No subirme a la ola del populismo para aprovechar el morbo que implica tratar cualquier aspecto relacionado con el tema de moda, para alcanzar una mayor difusión o notoriedad.

Me equivoqué. No he sido capaz de mantener mi promesa. Sí, he cometido un error. Lo acepto y lo reconozco. Estoy dispuesto a recorrer el fatídico trayecto de la vergüenza y deshonra nacional. Contradecir a un país que ha servido durante años de soporte a toda una clase política convencida de que errar es humano, pero que no alcanza a sus divinas personalidades.

Yo sí me equivoco, independientemente de mi ideología. Independientemente de las suyas.

Por eso, me gustaría trasladar una pregunta que me atormenta a diario, fruto de mi indudable estupidez. ¿Alguien ha visto en algún momento si el puñetero virus este es de derechas o de izquierdas? ¿Alguien ha tenido la oportunidad de preguntárselo?

Sí, lo sé. Es una pregunta absurda.

Pero, en ese caso, ¿me podría alguien explicar por qué todo nuestro país sigue enfrascado en un conflicto ideológico basado en el color de cada discurso? ¿Cómo puede ser que hayamos politizado también esto, un problema meramente sanitario? ¿No hay nadie más que se despierte fruto del hastío provocado por la inoperancia de unos gestores que se limitan a defender sus asientos, sin importarles lo más mínimo las consecuencias de sus decisiones, de cada una de sus manifestaciones públicas? ¿Tan corrupto está este sistema en el que vivimos? ¿Cuándo se acaba todo esto?

Y no me salgan con esas de que los políticos no son sino el reflejo de la sociedad a la que representan. No me jodan. Este país se encuentra en la cúspide de la “titulitis”, tras alcanzar un nivel académico sin precedentes en la historia. ¿Y me van a decir que estos ineptos sin estudios, cuya única virtud consiste en la escalada sin reglas que supone cualquier partido hoy día, nos representan? ¿A cuántas personas conocen ustedes que se ganen la vida dando lecciones sin experiencia alguna que los respalde? Sí, lo sé, los bares están llenos de ellos. Pero no olvidemos que todas esas personas que juegan a líderes sociales, no dejan de ser trabajadores que llenan sus buches y los de sus familias ejerciendo una profesión que nada tiene que ver con la gestión del país. Así que dejemos de una vez por todas de justificar lo injustificable. España no merece una clase política tan indigna. Lo siento.

Lo digo porque ha llegado el momento de que alguien me ayude a entenderlo, para ver si así logro alcanzar un estado mental parecido a la calma, desde el que recobrar las fuerzas para salir a la calle y ganar el dinero suficiente como para poder pagar a todos estos impresentables, y que aún así me quede algo para cuidar de los míos, contribuir a unos servicios públicos eficientes y de calidad, y por último, comer.

¿De verdad soy el único cansado de este conflicto? No me digan eso. No me creo que sigan pensando que la solución a todos nuestros problemas, sean de la índole que sean, pasa por demostrar que nuestra ideología es mejor que la de nuestros vecinos. ¿No lo piensan, verdad? Ser mejor que el otro, bajo mi único criterio, no me va a proteger frente a amenazas sanitarias como esta. ¿Por qué seguimos entonces recurriendo al “tú más” como defensa fundamental en momentos de crisis como este? ¿Será que nos hemos quedado sin argumentos? Confío en que no.

Si voy al hospital afectado, me da igual a quién vote o cómo piense el sanitario que ha de salvarme. Es libre de ejercer su derecho de la mejor manera que considere. Exactamente igual que yo. Lo único que me preocupa es que cada uno dé lo mejor de sí mismo, llegado el momento. Yo haré lo mismo. Que esa persona cuente con los medios necesarios y se le deje trabajar en condiciones. Del resto se encargan ellos. Ya lo han demostrado. ¿Hay alguien que se niegue a ser atendido por el color que se le presupone a una persona? Lo dudo. Si es que sí, creo que deberíamos mirárnoslo.

Gracias.

Por cierto, no se molesten en buscarle una ideología a estas palabras. Es tan solo un sentimiento. Nada más. Bueno, puede que un grito desesperado de socorro. Quizás, no sé.

lunes, 23 de marzo de 2020

#YoMeQuedoEnCasa

Mucho se ha visto últimamente esta curiosa etiqueta que decora divertida cada una de nuestras muestras públicas de vida. Bien para expresar el chiste de turno con que destacar y rebajar la evidente tensión del momento, bien para reforzar nuestras más firmes convicciones acerca de lo trascendental de este periodo y lo fundamental de nuestra solidaridad al respecto.

En mi caso, me niego a hablar sobre el virus o la manera en que debemos enfrentarlo, porque me considero un total inepto en la materia. Creo que ya tenemos demasiadas aportaciones en tal sentido, y me preocupa que ante tanto ruido se nos escapen los acordes principales de tan fatídica melodía. Por ello, lejos de quedarme callado ante un cúmulo tan atroz de silencios impuestos por este estado de alarma, he preferido dedicar las pocas neuronas que aún se mantienen activas a estas horas, para analizar lo sucedido desde un punto de vista diferente. Un acercamiento arquitectónico, fruto de la deformación profesional innegable que adereza cada uno de mis actos.

Existe un matiz en todo esto que me resulta aún más interesante y mundano que la erradicación de la pandemia, lo cual por desgracia escapa a mi capacidad de comprensión. Estamos ante una oportunidad única para poner en crisis la tipología de vivienda que parece que estamos convirtiendo en referente del siglo XXI. Sí, sé que suena algo decepcionante, puesto que hoy día la gente dedica sus palabras a objetivos mucho más grandilocuentes o incluso heroicos, pero por mi parte prefiero centrarme en buscarle un lado positivo a lo que nos ocurre. No me cabe duda que la gran mayoría de las personas que puedan leer esto, si alguien lo hace, estarán a estas alturas bastante cansados de esas mismas cuatro paredes que nos obligan a permanecer sitiados contra nuestra voluntad. Sin embargo, siendo pragmáticos, jamás nos hemos visto ante una convivencia tan intensa con nuestra vivienda, y lo que es más importante, con toda la familia. Por tanto, estamos ante una oportunidad inmejorable para aprender de ello.

Creo que entre las múltiples tareas o retos que nos imponemos estos días, deberíamos analizar la forma en que interactuamos con nuestra casa y con cada una de sus estancias, si es que cuenta con más de una. Plantearnos qué zonas de la vivienda estamos usando más y cuáles menos. Qué zonas se podrían utilizar más, o qué ámbitos se han visto más modificados desde que estamos en este confinamiento. Estoy seguro de que muchos salones y comedores se habrán visto desarmados para dar paso a parques infantiles, talleres de manualidades o salas de conciertos improvisados. Quiero pensar que la sala de cine no estará ocupando la totalidad del tiempo del que disponemos, y por desgracia, dudo mucho que las casas se hayan convertido masivamente en bibliotecas dedicadas a la lectura y el aprendizaje. Al menos, no por gusto. Sea como fuere, me interesa enormemente como arquitecto, conocer la realidad que se debe estar manifestando tras cada una de las vivencias que os definen. Ojalá pudiera ir casa por casa para entrevistar a cada uno de vosotros y establecer así las conclusiones pertinentes que desembocaran en la vivienda perfecta, o al menos, nos permitieran establecer una serie de alternativas válidas.

Seamos realistas, tampoco espero una afluencia descontrolada de comentarios y aportaciones anónimas en tal sentido, pero no por ello debo renunciar a la posibilidad de que algunos allegados dediquen un rato de este encierro a compartir sus opiniones o sugerencias al respecto. Como os decía, me encantaría saber la nota que saca vuestra casa ahora que está siendo sometida a un examen tan exhaustivo. Muchos memes hablan de lo arriesgado de conocer a nuestras parejas o familias ahora que estamos obligados a pasar tanto tiempo con ellas. Pues bien, del mismo modo, y desde un planteamiento mucho más serio y constructivo, me encantaría aprovechar la oportunidad implícita siempre en momentos de crisis como este.

En aras de ayudar al estudio me he planteado una serie de preguntas básicas, a modo de ejemplo, que nos permitan iniciar un borrador de informe en esta materia; siempre teniendo en cuenta que tan importante son las respuestas como las premisas de partida de cada caso en particular:

  1. ¿Cuántos dormitorios tenemos en casa? ¿Cuántos somos en la familia? ¿Número de baños?
  2. Llevamos días conviviendo durante 24 horas con nuestra casa. ¿Qué estancia es la más concurrida? ¿Es esa estancia la más grande?
  3. ¿Se ha convertido esa estancia en la más diáfana, o flexible?
  4. ¿Hemos aumentado el tiempo empleado en el dormitorio, con respecto a una semana normal?
  5. ¿Qué papel juegan los niños en esta nueva realidad y qué proporción del diseño de la vivienda está enfocado a ellos o consensuado con ellos?
  6. ¿Ha vuelto la cocina a ocupar un lugar central dentro de la estructura familiar, ahora que tenemos tiempo que dedicar a nuestra alimentación, pero sin los formalismos de eventos puntuales o épocas caseras como las Navidades?
  7. ¿Hemos echado en falta la chimenea como representante histórica del hogar?
  8. ¿Seguimos orgullosos de haber cerrado la terraza para ganarle espacio al salón?
  9. ¿Sigue siendo ridículo ese balcón que nunca habíamos usado hasta ahora?
  10. ¿Hemos conseguido que la familia coma unida en el comedor, alejada de las pantallas y los estímulos visuales propios de esta generación?
  11. ¿Se han convertido en un aliciente las escaleras, en caso de que las tengamos?
  12. ¿Pensamos que las ventanas de nuestra casa deberían ser más grandes o más pequeñas que las que tenemos?
  13. ¿Nos hemos hartado de algún elemento o aspecto en concreto? ¿Se nos ha quedado pequeño el televisor?
  14. ¿Echamos en falta espacios más abiertos? ¿O por el contrario nos gustaría tener más privacidad?
  15. ¿Está nuestra casa preparada para poder trabajar en ella?
  16. ¿Echamos en falta más estancias independientes para poder separar las distintas actividades o hobbies entre los integrantes de la familia?
  17. ¿En qué medida las mascotas han influido en la convivencia familiar de los distintos espacios?
  18. ¿Qué es lo primero que cambiaríamos de nuestra casa si pudieramos reformarla mañana?
  19. ¿Qué es lo último que tocaríamos en tal caso?
  20. ¿Qué nota le daríamos a nuestra casa, del 1 al 10?

Podríamos seguir así durante horas, pero creo que lo importante no es responder cuestiones concretas o preestablecidas, sino que cada uno analice y sea consciente de las características que definen a su vivienda, y a partir de ahí establezca un mínimo listado de pros y contras que nos permitan mejorarla en un futuro. O en su defecto, contribuya a descifrar los entresijos de nuestras necesidades específicas de cara a la búsqueda de nuestra siguiente casa, bien sea en alquiler o en propiedad.

De hecho, creo que esta última cuestión es otra de las grandes preguntas que deberíamos hacernos. ¿Pensáis que vuestra próxima vivienda sería en propiedad o de alquiler? Y si no es mucho preguntar, ¿por qué?

En fin, estoy seguro de que aquellos que sigáis leyendo este artículo habréis captado perfectamente la idea que se esconde tras estos párrafos. Así que confío en que hayan sido capaces de evocar en vosotros un mínimo de inquietud por los espacios que condicionan, ahora más que nunca, vuestro día a día y el de vuestras familias. En definitiva, un ejercicio de reflexión a través del cual entender el posible valor de la arquitectura y el diseño en nuestras vidas. No con el objetivo de halagar a nuestra profesión, sino con el fin de exigirle mucho más.

Los arquitectos siempre nos hemos definido como una herramienta fundamental para la sociedad. Es momento de que os lo creáis y empecéis a ayudarnos a resolver los complejos dilemas espaciales asociados a una sociedad cambiante y en constante e intrépida evolución.

Muchas gracias de antemano por vuestra colaboración.

Ánimo y mucha salud!

#YoAnalizoMiCasa

domingo, 15 de marzo de 2020

Artefactos Nefastos_Semáforos

Tras multitud de trayectos en los cuales reflexionar sobre las cosas más absurdas pero a la vez cotidianas de nuestra existencia, surgió esta nueva sección del blog denominada “Artefactos Nefastos”. Un sentido homenaje a esos pequeños inventos concebidos para mejorar humildemente nuestras vidas, pero que con el paso del tiempo, se han acabado convirtiendo en protagonistas inesperados de nuestros peores pensamientos.

Quizás sea mejor comenzar con un ejemplo sencillo, para facilitar así la comprensión de este objetivo y de paso animar a aquellos que terminen por leerlo, a proponer sus propios candidatos a “Artefacto Nefasto” del mes.

Como era de esperar, no se me podría ocurrir una mejor manera de iniciar este nuevo reto, que con ese maravilloso adelanto tecnológico que permitió a nuestra sociedad desenmarañar un tejido urbano cada vez más dinámico y complejo. Un catalizador capaz de organizar el mismísimo caos mediante un sencillo código audiovisual que años más tarde forma sin duda parte del imaginario colectivo, hasta el punto de resultar impensable o incluso inadmisible, su ausencia.

Efectivamente, estas palabras se dedican a la señal de tráfico por excelencia. Sí. El semáforo.

¡Qué grandiosa excelencia la suya! Con un mínimo cambio de tono, logra paralizar los más feroces motores sin la más mínima discusión. Un sencillo elemento que, reproducido de forma exponencial, se erige en complejo sistema de coordinación, a través del cual organizar las comunicaciones entre las distintas vías públicas que componen toda ciudad. Un juez inanimado que establece con total eficacia los turnos concretos entre vehículos y peatones. Entre paralelas y perpendiculares. Entre ciertos inmuebles e inciertas carreteras.

Una idea sin precedentes, que sin embargo, ha dado lugar a innumerables consiguientes. Casi me atrevería a decir que demasiados. Tantos que nos resulta imposible contarlos en nuestras calles. Tantos, que llega un momento en que casi somos capaces de obviarlos. Pero no.

El ser humano cuenta con los recursos necesarios para adaptarse a los más incómodos condicionantes, en tanto en cuanto, estas circunstancias se repitan con una mínima frecuencia. Mientras nuestro oído logra silenciar el paso reiterativo de un tren, o incluso habituarse al ruido atroz de un aeropuerto cercano, aún no conozco humano alguno que haya encontrado la fórmula para ningunear la aportación lamentable de estos nefastos artefactos.

¿Quién no se ha visto alguna vez absorto frente al volante, contando de forma inconsciente los segundos que le separan de esa ansiada luz verde que nos permite avanzar los escasos metros que nos separan del próximo representante de tan diabólico despliegue tecnológico?

En mi caso, me enerva descubrir la inmensa y valiosa cantidad de tiempo que destino, obligado, a tan rutinaria penitencia. No es que pretenda circular sin límites por las calles que me rodean. No. Más bien, soy de los que piensa que no es necesario programar estos malditos “cacharros” para que se vayan sucediendo matemáticamente hacia el fatídico rojo, conforme nos vamos acercando a la velocidad permitida hasta sus inmediaciones. No logro entender el verdadero objetivo que podría justificar que el técnico de turno que los regula, se empeñe en fastidiar nuestras vidas de semejante manera. Así que prefiero pensar que ha de existir alguna razón. Simplemente, no he disfrutado aún de los semáforos necesarios para descubrirlo.

Se podría llegar a pensar que el primer objetivo es permitir que fluya el tráfico para evitar accidentes o incidentes en la urbe. Creo que sobra explicar que en este caso se está intentando denunciar precisamente la ausencia total de fluidez. Dicho esto, otra alternativa sería la intención coherente de controlar la velocidad media del tráfico rodado. No esta mal. Sin embargo, ¿nadie les ha comentado que la mencionada sucesión de paradas injustificadas no hace sino desesperar al conductor y, por tanto, fomentar que acelere su marcha para evitar que tan temido bucle de interrupciones se pueda llegar a cebar con ellos?

En esta misma línea, mejor me ahorro el argumento del calentamiento global y la reducción de las emisiones, ¿verdad?

Por favor, aprovecho estas palabras para recordarle a estos eficientes empleados, que bajo esos puntitos que decoran divertidos sus monitores, nos encontramos personas normales con la firme intención de cumplir con nuestros objetivos más inocuos, sin otra intención que cumplir con las normas sin que ello suponga renunciar a nuestra paciencia o incluso felicidad.

Puede que suene exagerado o innecesario, pero no veo razón alguna para que un tramo de vía de aproximadamente dos mil metros, entendida como trayecto principal sin desvíos ni incorporaciones desde o hacia vías secundarias, nos deleite con la friolera de diecisiete semáforos consecutivos y tres rotondas como divertidos silencios en tan molesta melodía. Estamos hablando de uno de estos artefactos por cada poco más de ciento quince metros; no más de cien, si consideramos las rotondas como detenciones o interrupciones equivalentes. ¿Son conscientes de que, a una media de treinta segundos por semáforo, esto supone un total de ocho minutos y medio de desesperante espera?

Para que se hagan una idea, es más de lo que tardaría un maratoniano en recorrer la totalidad del trayecto a pie. Es decir, si pudiéramos acumular el tiempo detenidos, nuestro rival alcanzaría la meta sin que nosotros hubiésemos podido siquiera iniciar nuestro camino. ¿Radical?

Pues esa es mi realidad cotidiana, y puede que la de muchos de vosotros.

No me malinterpreten, no defiendo el caos ni la anarquía rodada. No. Tan sólo reclamo un poco de sensatez. La justa y necesaria para recordar el verdadero motivo por el que se inventaron estos artefactos, hasta el punto de recobrar la merecida cordura que los aleje de tan nefasto resultado.

Muchas gracias por su tiempo. Piensen que en lo que tardan en leer este artículo, podrían haber disfrutado de unos diez o doce semáforos.

Caminante, se hace camino al andar. No al esperar a que la maldita lucecita se torne finalmente en verde.

Un placer.