miércoles, 7 de febrero de 2018

Cuestion-ando mi vida_Azafatas machistas

Efectivamente, como no podía ser de otro modo, ha llegado el momento de plantearme un tema de rabiosa actualidad como este, pese a lo polémico que reconozco que resulta.

Sin duda, este escrito tan sólo va dirigido a aquellos de mi entorno que me conocen, no porque no quiera compartir mis ideas con el resto, sino porque son los únicos que me atrevo a garantizar que sabrán entender estas reflexiones desde el respeto y la sinceridad con que son emitidas.

Últimamente, los medios nos bombardean a diario con múltiples noticias relacionadas con el hecho de que la sociedad parece seguir siendo un ente machista en el que la mujer no logra alcanzar la igualdad por la que tanto ha luchado a lo largo de la historia.

Pues bien, sin negar esta realidad que desconozco en profundidad, me gustaría dar una opinión al respecto, la mía. La de alguien que afortunadamente se ha criado en un núcleo familiar donde estos eran aspectos que no formaban parte de nuestro día a día. No cabe duda que el machismo en muchos casos se ha fundido con la tradición hasta el punto de no saber dónde empieza el uno y dónde acaba la otra. Aspectos como que en casa era la mujer la que se encargaba de la casa y la crianza de los niños, mientras el hombre se dedicaba a trabajar para aportar el soporte económico necesario en el hogar. En esta muestra de tradición indiscutible, muchos parecen ver una falta de respeto a la mujer, por negar sus instintos más naturales y merecidos.

Sin embargo, llamadme ingenuo, personalmente siempre he entendido este hecho como un sacrificio familiar compartido. Jamás le negaré a mi madre haber renunciado a su desarrollo profesional para centrar todos sus esfuerzos en el trabajo personal que supone hilvanar los cimientos de una familia. Jamás le negaré las cantidades incontables de cariño y cuidados que nos ha profesado desde entonces. Es más, aplaudo su decisión desde el amor que ha sabido transmitirme.

De igual modo, jamás podré negarle a mi padre el sacrificio que debió suponer el renunciar al desarrollo personal implícito en la crianza y cercanía de unos hijos, no sólo deseados sino queridos, en favor del arduo trabajo diario que lo alejaba cada mañana de su familia hasta que la noche lo recibía tan cansado como mostraban sus indudables facciones.

Desde mi punto de vista, se trata del mejor ejemplo de trabajo en equipo, basado en la responsabilidad más comprometida y convencida de las decisiones tomadas. Decisiones tomadas libremente, ahí radica la verdadera diferencia entre tradición y machismo. Un acto consecuente con la felicidad que insta cada día a muchas personas a seguir perpetuando la especie, pero que en ocasiones se enfoca desde el malinterpretado hedonismo egoísta que se esconde tras conceptos tan manidos como el machismo, el feminismo, o incluso el “hembrismo” (como algunos deciden denominarlo ahora).

Entonces me pregunto, ¿hubiese sido distinto si el encargado del hogar resultase ser mi padre? ¿Sería mi madre mejor persona por haberse dedicado a sus inquietudes profesionales? Jamás lo sabremos, pero no por ello debemos desprestigiar tan plausible labor con la sencillez con que algunos deciden manchar una actitud que debería ser más bien tachada de heroica.

Bajo mi punto de vista, me parece absurdo que la sociedad se empeñe en calificarnos como iguales, cuando es evidente que los hombres y las mujeres no lo somos. Eso no significa que ellas sean mejores o peores, que nosotros seamos los más válidos o los menos. Simplemente somos distintos, con nuestras virtudes y nuestros defectos. De la misma manera en que los hombres son diferentes entre sí, y las mujeres entre ellas.

Cada uno goza del privilegio de la individualidad y no podemos arrebatarle tales circunstancias. La clave, más bien, está en entender que todos debemos partir con las mismas oportunidades. Igualdad, sí, pero de oportunidades. Cada ser humano ha de optar en igualdad de condiciones de partida frente a cualquier trabajo, labor o aspecto vital al cual pretenda acceder, para dejar que sean posteriormente sus valores personales los que decanten la balanza en su favor o no. Se trata, al fin y al cabo, de garantizar que todos por igual, tengamos las mismas oportunidades para decidir, las mismas libertades, y las mismas exigencias.

Me niego a pensar que las mujeres cobren menos por el simple hecho de que pertenecen al sexo femenino. Lo siento, no digo que no ocurra. Digo que no lo quiero pensar, no quiero ni imaginarme que la sociedad pueda estar tan enferma. Del mismo modo en que la raza o la religión jamás deberían preceder a lo realmente importante, que es lo que cada persona puede aportar a sus iguales.

Si esto está ocurriendo, debe ser erradicado inmediatamente, pero permitidme que siga viviendo ajeno a esta cruda realidad que algunos me intentan mostrar. Mi mundo, el único que conozco, gira en torno a hombres y mujeres que luchan a diario por desarrollar sus vidas de la mejor manera posible, aprovechando aquellos aspectos que las convierten en más competitivas en determinados aspectos del día a día. Mujeres y hombres, capaces de reunir tantos éxitos como sean merecedores de alcanzar, independientemente del género que los abrigue.

Además, creo que hemos perdido algo mucho más importante, y es el derecho a decidir.

Efectivamente, en los últimos tiempos, parece que existe una especie de jurado superior que es quien establece qué profesiones son dignas y cuáles no. En qué profesiones debe incurrir el hombre y en cuales no. En qué labores se debe enfocar la mujer digna y en cuáles no. Pero esto sin duda, me parece una auténtica aberración.

Me niego a que haya gente capaz de desvirtuar los enormes logros que aportaron tantas mujeres hasta el día de hoy, por más machista que pudiera resultar su entorno entonces; pues desgraciadamente, la injusticia siempre existirá entre nosotros, pero no por ello, tenemos menos mérito a la hora de seguir avanzando a través.

Ojalá algún día podamos desprendernos de estos sinsentidos, estos debates carentes de significado que continúan abarrotando aparentemente las barras de bar, los debates políticos y las noticias más mediáticas.

Hay hombres que no merecen ser tratados como tal. Sin duda. Hombres que han decidido unilateralmente desprender a las mujeres de todo valor personal para intentar someterlas a su antojo. Me repugna, pero desgraciadamente sí que existen. Sin embargo, eso no me convierte a mí en peor persona. Menos aún por compartir con él la estructura de mis genes. Me gustaría que mis actos fueran juzgados por lo que son, exclusivamente míos, más allá de lo que otros puedan o quieran hacer.

Me gustaría que salieran los medios a rechazar con la misma fuerza en que yo rechazo estos inhumanos comportamientos, cuando sean mujeres igualmente enfermas sus protagonistas, por más infrecuentes que sean. Estos actos han de ser repudiados independientemente desde el primero hasta el último de los ejemplos, y me niego a justificarlos en modo alguno; no me importa el sexo, la raza o la religión tras la que se escondan estos monstruosos especímenes.

Por todo ello, por favor, dejemos de decidir por las mujeres, pues no hay mayor acto de respeto hacia ellas que el de dejarles decidir por sí mismas. El de permitirles ganarse sus logros y aprender de sus errores. Nadie está por encima de los demás, ni debe sentirse legitimado para negarle sus voluntades.

En los últimos días me he visto sorprendido por un titular, que sin haberme visto atraído como para leer más allá, me ha generado una intranquilidad que me ha obligado a sentarme aquí hoy:

“Las mujeres azafatas son despedidas de la Formula 1”. Al parecer, alguien ha decidido que la profesión de esas mujeres que deciden libremente sujetar con maestría y elegancia los paraguas mientras aprovechan para promocionar las marcas que las patrocinan, ha dejado de ser digna para ellas al convertirlas, en ojos de otras, en mujeres objeto. Algo inaceptable puesto que supondría aceptar la cosificación sexual de la mujer, al desprenderla de su auténtica valía personal como simple objeto sexual.

Lo peor de todo es que la solución a esta barbaridad, no parece haberse quedado atrás. Por lo visto, la mejor forma de poner en valor su personalidad, pasa por negarlas por completo a nivel individual. Es decir, para proteger su igualdad de oportunidades se ha decidido privarlas de dichas oportunidades. Curioso, cuanto menos. No voy a entrar en si el concepto de la azafata (para algunos mujer paraguas) es más o menos válido, pero lo que sí que tengo claro es que me parece bien que si una sola mujer decide ganarse la vida de esa manera, se le permita hacerlo pues no sólo no hace daño a nadie, sino que se trata de una labor tan aceptable como cualquiera; mejor dicho, tan aceptable como la que más. ¿O debemos prohibir a los niños que participen como recogepelotas en un torneo de tenis, para evitar la explotación infantil? Sé que suena extremo, pero basta ya de gestos ejemplarizantes que no hacen sino empeorar la situación. De hecho, parece ser que los rumores apuntan hacia precisamente los niños, como dignos sucesores de tan indigna profesión. ¡Qué miedo!

Por favor, abandonemos la hipocresía reinante, para aplacar con fuerza los ejemplos de desigualdad que realmente existen en este mundo. Pues la clave no radica en la dignidad del trabajo en sí, sino en la libre elección que lleve a la persona hasta él. Cualquier trabajo que sea resultado de una voluntad sincera y convencida, que no invada el bienestar de los demás y que no surja desde la forzada obligación que amenaza a muchos, en mi opinión no sólo ha de ser permitido, sino además respetado por todos.

Lo siento, pero hay verdades objetivas que no debemos olvidar por más políticamente incorrectas que puedan sonar. Claro que rechazo los abusos, pero me niego a englobarlos todos bajo el mismo rasero, pues como suele ocurrir con casi todo en la vida, existirán distintos niveles y circunstancias, y como tal han de ser juzgados. No me vale que el “me too” se olvide de que no todos los hombres son culpables hasta que se demuestre lo contrario. Y que incluso, dentro de su posible culpabilidad, merecen el privilegio de ser juzgados por lo que realmente cometieron, no por lo que otros se empeñen en adjudicarles. A partir de ahí, desde la objetividad y la seriedad, deberán enfrentarse a las consecuencias legales de sus actos, como cualquier hijo de vecino.

Más allá de todo esto, pero continuando en la misma línea, me niego igualmente a duplicar mis escritos por el simple hecho de que alguien haya decidido que el lenguaje español es machista, en tanto en cuanto, el género masculino plural se decidió que englobara a ambos sexos. Me parece una auténtica estupidez centrar en esas nimiedades las luchas en contra de un tema tan serio. ¿He de sentirme menospreciado cuando la gente (femenina) se refiera a mí como parte de la sociedad (igualmente femenina)? ¿Mi profesión acaba de ser un ataque a mi virilidad por el simple hecho de responder al género femenino que la precede? Mi respuesta es clara, no. No. Y mil veces no. Cada uno que piense lo que quiera, que yo seguiré siendo fiel a mis principios y valores. Intentaré seguir analizando los comportamientos ajenos desde la asexualidad que los motiva.

Sé que igual esto puede llegar a ofender a alguien, pero es que no lo entiendo y como tal lo reflejo sin ningún tipo de acritud, lo siento. Imagino que puedo estar pecando de demagogo al tratar estos temas desde un enfoque tan simplista, pero creo que debemos evitar que la única forma de luchar contra cualquier tipo de desigualdad sea mediante el fomento de la desigualdad opuesta. Que la única solución ante la discriminación negativa, pase por apoyar el desarrollo de discriminaciones positivas. En mi opinión, la cual quiero considerar como constructiva, humilde y de total apoyo a la mujer; debemos tener cuidado de no convertir esto en una guerra entre sexos que nos aleje irremediablemente de la ansiada igualdad. Es labor de todos, no sólo de las mujeres ni sólo de los hombres, luchar a diario para que esto no se nos vaya de las manos.

Siempre recurro al mismo ejemplo, en el cual no hace mucho, un tenista de primer nivel, fue atacado porque algunos tachaban al deporte de machista desde el momento en que una mujer que liderara la lista mundial, a día de hoy cobraría menos que su equivalente masculino. Su respuesta fue tan polémica como acertada. Desde su punto de vista, el deporte no entiende de sexos, el deporte se basa en la competitividad sana por la cual se reconoce en mayor medida a aquel que demuestre ser mejor que los demás. Así es, ha sido y será siempre el deporte. Por tanto, más allá de que se decida hacer una clasificación para hombres y otra para mujeres para intentar buscar la justicia entre iguales, no entiendo que alguien olvide que la mejor de las mujeres seguirá estando tremendamente alejada del mejor de los hombres en lo que a términos estrictamente deportivos se refiere. El día que una mujer sea capaz de ganar al mejor hombre, o en aquellas disciplinas donde han demostrado con creces ser mejores, entiendo que deberá ganar sin dudarlo más que él, en base a los principios que rigen el deporte desde tiempos inmemoriales.

Las carreras de fondo son un gran ejemplo de ello. Todos salen por igual con el sonido del disparo inicial, y terminan sus carreras cuando atraviesan del mismo modo la línea establecida como meta. Esto es un dato objetivo. El mismo recorrido, las mismas condiciones climatológicas y las mismas normas de partida. Independiente de ello, una vez que todos han traspasado la meta, cada uno en su lugar, se establecen clasificaciones en función de la categoría en que compita cada corredor en concreto. Así, el atleta clasificado en la posición ciento cincuenta y dos en la línea de meta, puede ser galardonado como primer clasificado en la categoría de mayores de cuarenta años. Pero eso no quita ni el mérito que tiene por lo que acaba de hacer, ni el hecho indiscutible de que han llegado ciento cincuenta y un corredores antes que él; personas que independientemente de su categoría han recorrido el trayecto en menor tiempo.

Con esto no quiero decir, más allá del concepto de premio, que se cometa el error de no fomentar por igual el deporte entre hombres y mujeres. Los principios y valores que es capaz de transmitir son tan incuestionables como importantes, de ahí la idea de que deba ser apoyada y promocionada su práctica entre todas las personas, independientemente de su sexo; lo cual redunda, una vez más, en el fomento de la igualdad de oportunidades.

Por tanto, dejemos de manipular la realidad a nuestro antojo, y disfrutemos de la diversidad en su justa medida, centrándonos en lo meritorio de cada esfuerzo, más allá del sexo, la raza o la religión que abanderen en sus adentros.

Huyamos de la prohibición como solución universal, por mucho que se empeñen en maquillarla bajo el paraguas hipócrita del eterno protector. Si para proteger a una mujer que no ha pedido ser protegida, en modo alguno se limitan, coartan o cohíben sus libertades, mi respuesta ante esta injusticia en forma de prohibición será siempre NO.

domingo, 4 de febrero de 2018

De qué hablo cuando hablo de leer

Efectivamente, estas letras tratan sobre el último libro que acabo de leer, una obra maestra de Haruki Murakami que seguramente muchos habréis leído y que casi todos reconoceréis.

Se trata de uno de esos libros que surgen como cariñosa y acertada recomendación de una persona cercana, a quien no puedes sino obedecer. A priori, el autor ya suponía para mí razón más que suficiente como para recorrer tan interesantes páginas. He de reconocer que tras leer tres de sus obras, necesité un tiempo de desconexión y lejanía para acercarme a otros autores que me animaran, a su debido tiempo, a volver a pasear por “tierras” niponas. De hecho, es curioso que fue precisamente mi viaje a tan atractivo país lo que me terminó de alentar frente a este nuevo reto literario.

Más allá de su autor, el tema de fondo que motiva este libro, no podía ser más acorde a mis gustos e intereses. Aunar deporte y escritura suponía para mí una especie de indescriptible coincidencia. Pues no cabe duda, que mis principales aficiones a día de hoy pasan por la práctica del deporte y el maltrato de mi teclado. No obstante he de reconocer que el “correr” como tal, nunca ha sido una de mis disciplinas favoritas, y definitivamente, jamás ha sido una de mis principales virtudes. No obstante, siempre he defendido que quien realmente ama y disfruta del deporte, lo hace más allá de la especialidad a la que decida dedicar su tiempo. Por ello, este libro suponía para mí una oportunidad para descifrar los entresijos de una persona tan aclamada, y de paso entender sus motivaciones, sus miedos y sus más profundas razones para dedicar su vida a la literatura, sin por ello abandonar jamás su compromiso con el duro entrenamiento que suponen las carreras de larga distancia. Resulta curioso, que alguien probablemente acostumbrado a encontrarse en la cúspide de la pirámide en su sector, se atreva a dedicar tanto tiempo a una actividad en la cual él mismo se reconoce como mediocre, por el simple hecho de mejorar y hacerse mejor persona.

Por todo ello, sin entrar en detalles sobre esta obra que no me gustaría desvelar, sino más bien ensalzarla para animar a todos a compartir sus confesiones; me he decidido a confesar mis propias reflexiones surgidas durante el proceso de lectura.

Sin duda, considero esta obra como un verdadero homenaje a mis más queridas aficiones. Pero, lo que más me ha animado a escribir estas líneas, es el hecho de que me he sentido aún más identificado de lo que esperaba con esta obra. Y además, por algo que a priori no podía imaginar.

La forma en que Murakami se refiere al hecho de “correr”, resulta tremendamente similar a mis sentimientos acerca del “leer”. Me ha sorprendido gratamente descubrir como el autor parecía describir mis sensaciones mejor de lo que lo hubiese podido hacer yo mismo. Ese firme convencimiento adquirido quizás a una edad avanzada, y como resultado más bien de un acercamiento racional, en lugar de visceral.

No puedo decir que leer para mí haya sido nunca una pasión. De hecho, me adentré antes en lo más recóndito del escribir, cuando aún no podría definirme siquiera como algo similar a lo que debería suponer un lector. Este hecho siempre ha resultado algo sorprendente, incluso para mí. Aún hoy día, leer sigue siendo para mí una actividad que, pese a gustarme y disfrutar de ella, sigo necesitando de una pequeña dosis de obligación para establecer unos objetivos mínimos que me permitan ampliar mis conocimientos, abrir mi mente, y por qué no, mejorar mis habilidades en esto del escribir.

Un ejercicio necesario desde el cual dedicarme el tiempo suficiente como para seguir aprendiendo no sólo del mundo en el que vivo, sino de mí mismo.

Del mismo modo, comparto con el autor esas inevitables rachas en las cuales la motivación fluye más suelta, mientras en otras ocasiones reconozco que me cuesta más encontrar la ilusión y por tanto el tiempo necesario para adentrarme en otros mundos. Es por ello, que en ciertos periodos del año soy capaz de leer varios ejemplares, para posteriormente pasar meses sin ampliar en modo alguno mis registros.

Como conclusión, no puedo sino terminar este artículo con el firme convencimiento que me aporta el compartir muchas de las razones que argumenta el autor, para seguir afrontando mis maratones literarias personales, sin por ello aspirar siquiera a convertirme en algo parecido a un lector. Seguiré siendo un humilde aficionado que con cierta frecuencia, abandonará el papel de pseudo mensajero, para dejar que otros que realmente pueden considerarse como tal, me iluminen con sus incuestionables muestras de talento.


Muchas gracias Murakami.

martes, 9 de enero de 2018

La poca educación


- ¿Qué pasa Juan? ¡Cuánto tiempo sin verte!

- Pues la verdad es que sí. Es que he estado un poco perdido. Llevo varios meses encerrado.

- ¿Y eso? Por fin te has mirado en el espejo, ¿no? Jajaja.

- ¡Eres un cachondo! Jaja. Habló el “Brad Pitt de la Bahía”, no te jodes. Pues no, llevo meses estudiando una oposición y mi preparador solo me deja descansar un día a la semana. Es super jodida y me lo tengo que tomar en serio.

- ¿Una oposición? ¿A tu edad? Pues sí que está la cosa mala, ¿no? 

- Pues sí. No queda otra. Así que te puedes imaginar lo aburrida que se ha vuelto mi vida. Nada que contar, más allá del menú de la cafetería o la increíble aventura que supuso la última avería de la máquina de café. Jaja.

- ¿Y a qué te presentas?

- Es una oposición un poco rara que he encontrado.

- Ah, vale. ¿Y para cuándo tienes los exámenes?

- Pues empiezo el mes que viene, así que hoy me he “rallado” un poco y he decidido salir a dar una vuelta porque me voy a quedar tonto de tanta biblioteca.

- ¡Ufff, es que eso debe de ser una locura! Yo no podría.

- Ya, eso dicen todos. Yo también lo pensaba, pero bueno, al final es ponerse. A mí me costó volver a coger el ritmo de estudio después de tantos años.

- Me imagino. Desde que acabamos la universidad no cogías unos apuntes, ¿no?

- Tal cual.

- ¡Qué crack! ¿Y te ves preparado para aprobar?

- Mi preparador dice que sí, aunque yo creo que esta primera vez es un poco precipitada. Me veo muy justo.

- Bueno, si él te dice que sí...

- Ya, claro, ¿qué me va a decir?

- Puede ser, también es verdad. ¿Y de qué van los temas de la oposición?

- Pues nada, lo mismo de siempre, memorizar un montón de temas y luego cantarlos delante de un tribunal.

- ¿Cantarlos? ¿Qué dices Juan?

- Jaja, sí, se le dice así. Tengo que recitar en voz alta el tema completo de pe a pa. 

- ¡Hostia! ¿Y eso para qué vale? ¿No sería más fácil leerlo y ya está? Jaja. No te lo tomes a mal Juan, pero yo pensaba que os hacían aplicar la teoría para que demostréis que os la sabéis y la habéis entendido.

- Ya, claro. Eso sería lo lógico. ¿Pero desde cuando se ha hecho lo lógico en este puñetero país? Ya sabemos que aquí lo de hacer las cosas bien no se lleva.

- Vale, en eso tienes razón. ¿Pero en la carrera nos hacían aplicar las cosas no?

- Bueno, entre comillas, pero sí. Si lo piensas, desde pequeñitos nos han enseñado tan solo a memorizar. ¡Hasta las matemáticas había que sabérselas de memoria!

- ¡Joder Juan! Pues ahora que lo dices...

- ¡Claro! En este país no nos enseñan a aprender. ¿Para qué? Nadie nos enseña a pensar, ni siquiera a estudiar. Aquí lo que se lleva es lo de ponernos a repetir como loros lo que pone en los libros, sin más.

- Hombre es que, visto así, igual es hasta mejor. Desde luego se ahorran que la gente tenga una opinión propia.

- ¡Exacto! Esa es la cruda realidad. Nos prefieren como borregos.

- ¡Qué duro Juan! Pobres niños, ¿no? ¡Me dan ganas de sacar a mi niño del colegio y enseñarle yo!

- ¡Ojalá! Jaja. Seguro que lo harías mejor.

- ¡”Es o no”! Bueno Juan, me alegro mucho de verte. Y suerte con los exámenes. ¡Que sé que tú eres un crack! ¡Seguro que te lo sacas! ¡Y después, a vivir del cuento toda la vida!

- Jajaja. ¡Di que sí! Igual hasta podría hacer algo, una vez dentro, por mejorar las cosas. Jajaja. ¡Qué gilipollez! ¿No te digo yo que me estoy quedando tonto?


domingo, 12 de noviembre de 2017

Arquitectura nipona


Si hace unas semanas dedicaba mis teclas a escribir sobre la maravillosa experiencia vivida en Japón, hoy ha llegado el momento de realizar un merecido homenaje a su arquitectura.

Sin duda, estamos ante uno de los países con mayor tradición en materia de diseño y son muchos quienes recurren a sus múltiples referentes a la hora de afrontar un nuevo proyecto.

Mi caso no es que sea diferente. Sin llegar a considerarme un erudito de su arquitectura, reconozco que siempre me ha llamado la atención lo minimalista de sus espacios, lo armonioso de sus jardines y lo esbelto de sus fachadas.

Pero ahora que he podido disfrutar estas virtudes en primera persona, no puedo sino confirmar su indudable talento.

Empezaría quizás con la verticalidad de sus líneas horizontales, o más bien la horizontalidad que se esconde tras esas grandes estructuras verticales que generan.

No cabe duda que ser uno de los países más poblados, y a la vez ricos, del mundo ha condicionado la manera en que apropiarse del territorio. La elevada densidad necesaria, unido a lo reducido y limitado de su superficie, ha derivado en ciudades muy verticales, que sin embargo, destacan por sus múltiples niveles de horizontalidad. Hoy día son muchas las ciudades modernas que recurren a la verticalidad para acoger al mayor número de habitantes posible, pero en Japón me ha sorprendido que cuanto mayor es la densidad, mayor es el número de capas horizontales que la organizan.

Niveles que se pueden apreciar especialmente en la red viaria de ciudades como Tokyo, donde en algunos barrios se pueden apreciar hasta 3 niveles distintos en los que el vehículo se apropia de la ciudad, o convive al menos con ella.

Este curioso contraste, o interesante recurso, se aprecia ya en sus edificaciones más tradicionales, donde los principales hitos religiosos destacan por sus imponentes alturas, pero bajo el influjo de las múltiples plantas que son especialmente remarcadas mediante tejados con grandes vuelos. Un claro intento por marcar su horizontalidad, pero que en comparación con el estilo europeo, integra una elevación en el extremo de esos vuelos creando tejados muy horizontales pero con tendencia vertical, como si al llegar a su extremo se hubiesen arrepentido de renunciar a la ansiada esbeltez.

Un aspecto tan llamativo como holístico. Desde las acumulaciones infinitas de toriis en Kyoto, hasta las infinitas fachadas medianeras separadas entre sí por escasos centímetros. Un desarrollo meramente horizontal en su conjunto, pero que cuando la cercanía nos permite apreciar sus detalles, destaca por su espectacular esbeltez. Fachadas de dos y tres metros de ancho que se elevan por encima de las diez plantas. Unas proporciones tan descompensadas como elegantes.
Quizás el paradigma de esta característica podría ser la monumentalidad del monte Fuji, o la forma en que se erige en el barrio de Asakusa una pagoda de cinco plantas junto al templo de Senso-ji en mitad de una amalgama de quioscos concatenados a su alrededor.

Pero supongo que esos contrastes que tanto llamaron mi atención no son más que el resultado del choque cultural y profesional que supone esta merecida visita al país nipón.

Y si llamativo resulta su dominio de la esbeltez más sutil, lugar aparte merece su forma de afrontar el arte del paisajismo, la jardinería, y la integración entre espacios interiores y exteriores. Si en el sudeste asiático se podría destacar la forma en que se diluye este límite mediante la disolución de la fachada (aspecto sobre el cual ojalá algún día tenga tiempo de escribir), en Japón es más bien un complejo ejercicio de detalle. Si bien los edificios podrían recordar al estándar europeo en la composición de su envolvente, la compartimentación en sí es la que se “desmaterializa” parcialmente para generar una infinidad de filtros, o veladuras con las que tamizar los espacios entre sí, pero configurados como una indivisible unidad. Y esta es la forma en que parecen definir sus fachadas, no como un límite frente al exterior, sino como una veladura más en el continuo espacial que conforma la ciudad.

Es así como quizás cobra especial importancia el uso de los suelos. Son los pavimentos los que contribuyen a una zonificación más efectiva quizás que la generada por uno de nuestros tabiques.
Desde el asfalto de sus múltiples vías rodadas hasta la tradicional tarima de sus habitaciones, pasando por las múltiples texturas diferentes que son capaces de emplear en un jardín. Sorprende especialmente su capacidad para dominar el agua, la piedra, la arena, y por supuesto la vegetación.

Una vez más, la magnificencia de sus árboles, tan altos como horizontales. Una especie de arce cuya hoja recuerda al icono de la marihuana, pero que destaca porque sus ramas invaden en horizontal el aire que los rodea, como si cada rama tuviese un único nivel en el que existir y su objetivo consistiese en ocuparlo al máximo, mientras sus ramas colindantes acatan con la misma obediencia este requisito.

Como resultado, esos característicos ejemplares de postal que muchos imaginaréis en su versión reducida de los bonsáis, pero que colmatan con gran belleza los jardines y parques más famosos del país. Un magnífico equilibrio entre naturaleza y artificio, entre respeto y artesanía.

Pero si hemos hablado de su dominio de las alturas, de las veladuras y de la naturaleza, parece evidente que no queda otra que sentarse y disfrutar del papel que juega la luz en todo esto, la variedad de escenas lumínicas distintas con que te deleita este irrepetible entorno. Un entorno donde el agua contrasta con las montañas y el verde inconfundible de sus paisajes, bajo el respetuoso pero masivo influjo de la madera y el hormigón. Reflejos embriagadores, sombras llenas de vida, caóticas masas de luminosos, y el más cálido fulgor con que llenar cada estancia, cada rincón, cada espacio, por gigantesco o minúsculo que pueda resultar.

Porque, sí, el último de los contrastes no es otro que el de las escalas. Ciudades enormes repletas de mínimos jardines en sus innumerables accesos a edificios tan estrechos como anónimos. Paisajes interminables conquistados por mantas infinitas de musgo. Estanques casi domésticos inundados de majestuosas y más que crecidas carpas. Monumentos grandiosos formados por la repetición seriada de incontables pórticos de madera que no permiten el paso de más de dos personas. Un edificio de un planta capaz de albergar una estatua de más de veinte metros en su interior.

Por todo ello, me quedo con los contrastes de Japón: ese estrés que nos conduce a la calma del onsen; los baños termales interiores comunicados con estanques exteriores hirviendo; las calles más abarrotadas y modernas a las que acometen tradicionales perpendiculares casi desiertas; lo inmenso de sus ciudades, lo pequeño de sus espacios; lo contenido y organizado de sus días en contraposición con lo escandaloso, extravagante y excesivo de sus noches; o lo natural de sus urbes frente a lo artificial de su naturaleza.


Vivan los contrastes, por dejarnos aprender, por dejarnos dudar, por dejarnos pensar.



domingo, 15 de octubre de 2017

El individuo colectivo

Viajar a Japón supone un salto cultural sin precedentes, pero esto es algo que no sorprenderá a nadie. Al menos, no hasta que vaya personalmente al país nipón.

Más allá de todo lo que hayáis podido oír ya, puesto que este viaje no sólo está de moda sino que se ha convertido en visita obligada entre los más inquietos, me quedaría con:

Su abarrotada y extravagante capital, donde el occidental, diría casi más el europeo, se siente trasladado a otra dimensión en la cual conviven la más absoluta educación, esa implícita elegancia y la innata solemnidad de sus movimientos dentro de un orden inquebrantable, con los barrios más estrafalarios en los que el manga se convierte en la realidad y los humanos somos el cómic que los entretiene;

El cercano parque natural de Nikko en el cual todo queda relegado a un merecido segundo plano dominado por la magnificencia de la naturaleza en estado puro, con cascadas inabarcables, lagos infinitos y senderos embriagadores;

La melancólica contemporaneidad de kioto, en la cual los templos invaden la trama urbana para recordar a sus habitantes aquel esplendor que los engendró, bajo la atenta mirada del río que deambula sin alardes por uno de sus laterales, puesto que es en Arashiyama donde reivindica su auténtico protagonismo para regar el bosque de bambú y deleitar al visitante con su imponente estampa;

La naturaleza salvaje y casi virgen de Miyajima, una isla abrupta y acogedora donde los ciervos y los humanos se funden con su vegetación, sus ríos y sus playas;

La ancestral ruta entre Magome y Tsumago que nos traslada a épocas pasadas donde los trayectos eran una experiencia en sí mismos, en los que disfrutar de la frondosa arboleda bañada de torrentes y cascadas naturales bajo la constante amenaza del oso como posible e inesperada compañía;

El atrevimiento y la liberación de Osaka donde parece relajarse la influencia del Tokio más estricto;

O las aguas termales de Hakone, donde disfrutar de ese calor indescriptible que tan sólo es capaz de generar la naturaleza desatada de sus humeantes y a la vez frondosas laderas, bajo el influjo del esquivo monte Fuji, a través de uno de los mejores momentos del día, aquel en el cual recuperar el culto al cuerpo, pero no desde la nueva tendencia a moldearlo, sino desde el punto de vista del onsen, el baño más profundo y relajante donde aislarse del mundo y su endiablado ritmo para concentrarse en el cuidado y aseo de nuestra piel, nuestro pelo, nuestras uñas, nuestra mente.

En definitiva, un recorrido tan variado como enriquecedor, a través del cual descubrir nuestras más negadas virtudes y recordar nuestros más que laureados defectos. Un ejercicio de autocrítica de lo más placentero. Una “master class” de lo más sobrecogedora.

Todo ello bajo el telón imperturbable que impregna cada rincón de este maravilloso país. Un contexto continuo generado por sus infinitas delicias gastronómicas, demostrando que hay mucha vida detrás del sushi; esa comodísima eficiencia que permite que el mundo gire siempre al mismo ritmo, sin fallos, sin retrasos, sin desidia, sin faltas, sin reproches, sin malas caras, sin alardes. Porque, sí, una de las cosas quizás más impactantes es que la amabilidad extrema es tan sólo lo normal, que ser servicial no es algo que requiera el mayor reconocimiento, que la actitud y las ganas de trabajar resultan indiscutibles, que el error no siempre es aceptable; un mundo aparte en el cual la tecnología y la naturaleza no son incompatibles, donde la limpieza y el orden acaban por pasar desapercibidas, donde lo extremadamente moderno convive con lo más tradicional e histórico, donde lo vernáculo se potencia, lo innovador se admira, y lo necesario se inventa.

Un país del cual me traigo un sinfín de sorpresas agradables, comandadas por esa impecable sensación de seguridad, en el sentido más amplio de la palabra. Seguridad que se traduce en tranquilidad. Tranquilidad que se traduce en disfrute. Disfrute que se traduce en respeto. Respeto que se traduce en admiración.

Admiración por sus múltiples virtudes y respeto por sus escasos defectos. No dudo que los tendrán, por mi parte tan sólo puedo mencionar su incapacidad para comunicarse, para compartir sus inquietudes, sus opiniones, su atractiva cultura, sus interesantísimas costumbres. Defecto compartido por ellos como anfitriones, y por nosotros como maleducados invitados incapaces de aprender ni el más sencillo de sus vocablos. Esa triste sensación de haber perdido una oportunidad única de abrir un poco más nuestras mentes. Un mundo complejo en el cual contrasta la saturación más absoluta de mensajes y señales con la ausencia total de información. Infinidad de símbolos ininteligibles e imposibles siquiera de adivinar. Un ejercicio de intimismo forzado que nos obliga a dar un paso al frente y aprender a marchas forzadas, más por intuición y ganas de ayudar, que por la existencia de útiles referencias que nos puedan guiar.

Como ejemplo el metro de Tokio, el cual destaca por su caótica red de líneas entrelazadas bajo una paleta de colores tan extensa como, en ocasiones, imperceptible. Dos empresas encubiertas bajo el mismo plano de líneas, que nos guían a través de un sinfín de trayectos de transición e innumerables tornos de control.

Un placer para los amantes de la accesibilidad universal, si es que hay alguno más como yo. Un alarde humilde y sin excesos que todo lo baña, que todo lo alcanza.

Un conjunto perfectamente ordenado en el cual destacan las hordas de personas aparentemente iguales, cumpliendo a rajatabla el estricto código de vestimenta laboral, escrito o no. Un grupo homogéneo y mimetizado en el cual los matices son tan sutiles como obligados. Esa necesidad de destacar dentro del guión establecido. Un afán por encontrarse y valorarse a uno mismo sin por ello abandonar su aceptado anonimato.

Pero donde más me han sorprendido es en su forma de entender el espacio, un espacio abarrotado de gente, pero donde tu ámbito vital es casi sagrado, del mismo modo en que los edificios de estrechas fachadas colmatan la trama urbana sin por ello tocarse. Esbeltas medianeras separadas tan sólo unos centímetros, lo suficiente para diferenciarse de sus vecinos, pero no como para destruir la armoniosa melodía de sus iguales. Un individualismo de lo más colectivo, una colectividad de lo más individual.

Un país que en ocasiones parece trazado bajo el influjo de esas enormes plumas estilográficas que con determinación y suavidad recorren el mejor de los lienzos para recrearse en la sencillez más compleja, en la complejidad más sencilla, que se esconde tras su espectacular caligrafía.

Me quedo con ese peculiar concepto de masa, su orden, esos característicos y comunes matices diferenciadores, su magnífica gastronomía, sus onsen, su simpatía, su seguridad, y su ejemplo imborrable de pacífico respeto.

Muchas gracias Japón, por esta inolvidable invitación a volver.

domingo, 30 de julio de 2017

El beso

En ocasiones, la conversación me ha llevado a debatir acerca de qué aspectos de cualquier relación son los más importantes. ¿Cuáles son las claves del éxito o el fracaso? ¿Qué nos lleva a encontrar en la otra persona lo que algunos denominan complicidad?

Pues bien, en mi opinión, la respuesta es clara. De hecho no creo q sea la primera vez que escribo sobre este tema, quizás sí la vez en que lo haga de forma más directa y explícita.

La clave de toda relación es la autenticidad.

Siempre se ha dicho que cuando más se liga es cuando menos se busca. ¿Por qué? ¿Mala suerte? ¿Broma del destino? ¿Tentación? No. Simplemente es cuando menos nos esforzamos en dejar de ser nosotros mismos.

Es por eso que la clave de toda relación no es la cama, ni el dinero, ni el físico. Todo eso ayuda, claro. Pero no es hasta que la abrazas que no sabes si puede ser la persona o no. No es hasta que la abrazas que no averiguas si merece la pena, si todo lo que ves y lo que te empeñas en ver tiene fundamento. Es sólo cuando sostienes a alguien en tus brazos que sientes su verdadera expresión.

Un abrazo es un instante infinito en el cual dos personas renuncian abiertamente a su individualidad para celebrar orgullosos el placer de la interrelación. Un gesto tan sumiso como dominante. La comunión perfecta entre dos personas. Y todo ello en un espacio tan corto de tiempo que solo queda lugar para la autenticidad. Nada de errores, nada de aciertos, nada de intentos por arreglar, nada de excusas, nada de arrepentimientos. Pensadlo. Probad a abrazar a alguien a quien no os apetece abrazar. Probad a dejaros abrazar por quien no os invita a hacerlo.

Pero desde luego, si importante es el abrazo, más aún lo es el beso.

Si el abrazo es la puerta por la cual acceder hacia personas valiosas, el beso es la ventana por la cual llegar hasta una pareja de verdad. Si el abrazo nos abre la vía de la amistad, es el beso quien nos define si dicho camino conduce hasta el amor o no.

Evidentemente, no todos los besos responden a un objetivo tan grandilocuente. Lo sé. Tan válido es quien se reconoce soltero y a gusto en su individualidad como quien se entrega a su pareja en busca de un nosotros mejor. Por mi parte, prefiero centrarme en el lado más romántico del beso.

Besos de amor, de pasión, de ira, de indiferencia, de ilusión, de tristeza, de cariño, de activación, de culminación, de atrevimiento, de confirmación, de despedida, de duda, de consolidación. Besos al fin y al cabo, ejerciendo su labor. Su incalculable misión.

Ese milagroso momento en el cual dos personas se mezclan, se encuentran, se reivindican y se entregan. Cuatro labios acompañados por dos lenguas contenidas en sus respectivas bocas, dispuestas a abandonar decididas y valientes su hogar, aunque sólo sea una vez, aunque esta sea la única vez. La vez que todo lo justifique, que todo lo cree, que todo lo afirme.

Esa mirada, seguida de un sentido abrazo que anuncie el inevitable beso a través del cual gritar bien alto lo que no nos atrevemos a decir.

Un beso es como el internet de toda persona. Una herramienta infinita capaz de conectarnos con personas de lo más dispar, por muy lejos que se encuentren, por muy diferente que piensen, por muy ajenos que nos puedan resultar. El beso es internacional, multilingüe, atemporal y gratuito. Libre en todos los sentidos. Un simple gesto con infinitos significados, infinitas interpretaciones. Un lugar en el mundo que es común a todos los hogares. Un recurso para el que todos venimos preconfigurados.

Un placer donde todos los sentidos se unen para homenajear el mas ínfimo y sencillo de los detalles, donde nuestras obedientes manos acompañan el gesto y amplifican su alcance, donde nuestros nervios se concentran en trasladar y traducir cada pequeño matiz, donde nuestra lengua renuncia a su poder para mostrar su lado más simple y explícito, donde nuestro oído se debate entre nuestros latidos y los suyos, donde nuestro olfato se esfuerza en traducir sus infinitos aromas a la par que acompasa nuestro nivel de pasión y deseo, y donde nuestra visión se empaña para evitar cualquier distracción mientras envía sus energías al resto de compañeros de batalla.

Un escenario perfecto sin más atrezo que el mensaje auténtico que necesitemos enviar.

Es por eso, que cada vez que beso a esa persona especial, el resto del mundo deja de existir. Tan sólo hay una sensación mejor en esta vida, y es cuando es esa otra persona quien inicia de motu proprio tan magnífica sinfonía con un único y afortunado espectador, yo.

¿Pero, si tan increíble es el beso o incluso el abrazo como medios de expresión, cómo es que recurro a tan extensa acumulación de vocablos? Fácil. No siempre se puede disfrutar físicamente de ese beso o de aquel abrazo. No siempre existe esa posibilidad tan evidente. En ocasiones la distancia, física o no, nos lo impide. Pero no por ello se ha de renunciar a ellos, ¿no creéis?

Un abrazo a todos. Si habéis entendido lo escrito, comprenderéis que no comparta nada más.

miércoles, 28 de junio de 2017

Bien Málaga, Bien

Aunque sólo sea para variar, hoy me gustaría aprovechar estas letras para poner en valor una actuación tan ínfima como ilusionante, la mejora de la avenida de Andalucía.

Probablemente se trate de una intervención que esté pasando bastante desapercibida, incluso carezca de todo interés para la mayoría de la sociedad, pero personalmente creo importante reconocer lo interesante de este cambio en la ciudad.

Como muchos estarán pensando, soy consciente de que aún no se encuentra terminada en el momento de escribir estas palabras y por tanto, es algo arriesgado celebrar su ejecución. Pero este artículo no va de resultados, va de intenciones.

Como bien sabéis, Málaga en los últimos años ha pecado de falta de iniciativa, exceso de perfeccionismo o más bien de excusas. Sea como fuere, son múltiples los ejemplos que demuestran que en ocasiones necesitamos más de un empujón para lanzarnos y acometer nuevos proyectos en la ciudad. Más bien, somos de esperar a que nuestro “príncipe azul” venga y nos deleite con su magnífica habilidad para engrandecer esa “Super Málaga” que todos queremos.

Ahora que tanto se habla del conflicto del Astoria-Victoria, de si el elegido era más o menos loable, más o menos acertado, más o menos mediático, creo que es fundamental mirar un poco más allá, para entender el verdadero problema que se esconde tras toda esa absurda e interesada polémica. El dilema, o puede que gran error de este núcleo urbano, radica en la falta de interés por hacer cosas, aún a riesgo de equivocarnos. Málaga necesita que ocurran cosas, necesita que se intenten cosas, acertadas o no. Y sí, sé que muchos criticarán estas palabras porque pueden llevar a engaños y poner en riesgo la imagen idílica de esta ciudad. Pero la realidad es bastante explícita.

Lo grave del Astoria-Victoria no es lo ocurrido en el fallo del concurso, no. Lo grave se remonta más atrás, cuando la ciudad adquiere uno de los suelos más interesantes y valiosos de nuestro entorno, urbanísticamente hablando, para nada. Sí, para nada. Se adquieren los terrenos sin saber para qué se van a destinar. Al no tener un destino claro, su único fin es el abandono y la desidia, cuyo resultado no puede ser otro que la ruina, con el peligro que ello conlleva.

Han sido múltiples las ideas que han ido surgiendo alrededor de este entorno, muchas de corte cultural, algunas más humildes, otras más ambiciosas, pero al parecer, ninguna lo suficientemente apropiada o pomposa como para decorar uno de los rincones más agraciados de la Plaza de la Merced. Por ello, la mejor solución no es otra que cerrar a cal y canto este recurso de Málaga hasta que alguien sea capaz de salvarlo de su maldición.

Como este caso, podríamos hablar de La Mundial y Moneo, o la Plaza de Camas, entre otros ejemplos de lo más actuales. El fondo siempre es el mismo, lejos de encontrar al ejecutor perfecto, preferimos dejar que el tiempo y el desuso hagan su trabajo para, llegado el fatídico momento de su inevitable desaparición, resurgir desde un inexplicable interés póstumo, una equivocada añoranza, un desacertado sentido de la protección, para defender lo ya indefendible. No porque no lo valiera, sino porque desgraciadamente ya no lo puede valer.

Por ello, y lejos de convertir este escrito en una crítica destructiva y sin fundamento más, de las que tanto abundan hoy día, prefiero poner el foco en esa otra Málaga, esa Málaga alejada de los flashes, alejada de los “Metros” y los “Balnearios”, esa otra Málaga desgraciadamente olvidada, pese a su evidente importancia en el imaginario colectivo de la ciudad.

Lejos de valorar el resultado final, me centro en la intención que algún día lo provocará. Ya llegará el momento de analizar si se trata de un acierto o un error. Si podríamos haber encontrado una opción mejor, si deberíamos haber hecho aquello otro... Seguro que existirán muchas alternativas, todas válidas, pero desde luego debemos agradecer que se empiece por alguna de ellas.

La avenida de Andalucía no sólo es una de las principales arterias de Málaga, sino que además supone la principal puerta de entrada a la ciudad, al menos para el tráfico rodado. Sin embargo, durante años ha sido abandonada a su suerte hasta convertirse en una imagen deteriorada y algo desaliñada de esa gran urbe que nos empeñamos en vender. Podría parecer que su sino sería convertirse en otro más de esos ejemplos destinados a acumular “mega proyectos” de reforma integral no realizados, hasta que su evidente decadencia nos obligara a actuar sin criterio ni tiempo.

Pero no, en esta ocasión la ciudad ha sabido entender la realidad de este entorno, recurriendo a una intervención sutil y puntual, más propia del urbanismo acuñado por el archiconocido Jaime Lerner en su Curitiba natal, la acupuntura urbana, que de los starchitects que parecen dominar el panorama europeo contemporáneo. Y una vez más, como se suele decir, hay lugar para todos. Así que si esta leve mejora de los márgenes de la avenida, mediante el tratamiento de los alcorques y su alrededor, supone ese primer revulsivo capaz de regenerar poco a poco esta vía de entrada, bienvenida sea. Ya habrá tiempo de decidir si es más o menos acertada estéticamente, más o menos acertada en su concepto, o incluso más o menos acertada económicamente.

Desconozco por completo el origen de esta intervención, su promotor, su creador o su presupuesto, pero mientras esperamos que el tiempo la ponga en su lugar, no nos queda otra que aplaudir que por fin, en nuestra Málaga, nos permitimos el lujo de intentar cosas, más allá de su escala o su grandilocuencia. Tan sólo por el simple hecho de querer aportar un granito de arena hacia la ansiada mejora urbana que todos apoyamos y demandamos.

Gracias Jaime por enseñarnos ese otro camino hacia el éxito, tan alejado del glamour y las fiestas, tan alejado del poder y los medios, gracias por pensar tan sólo en un fin a medio-largo plazo que repercuta en el bien de todos, ya sea de forma directa o indirecta. Gracias.


Y a mi ciudad, gracias. Por intentarlo, por despojarte de ese miedo tradicional a equivocarte, de ese miedo incontrolable a la crítica, de ese miedo inexplicable a la incomprensión. Gracias por iniciar el verdadero camino hacia esa otra Málaga que tanto tiempo llevamos frenando.