miércoles, 28 de junio de 2017

Bien Málaga, Bien

Aunque sólo sea para variar, hoy me gustaría aprovechar estas letras para poner en valor una actuación tan ínfima como ilusionante, la mejora de la avenida de Andalucía.

Probablemente se trate de una intervención que esté pasando bastante desapercibida, incluso carezca de todo interés para la mayoría de la sociedad, pero personalmente creo importante reconocer lo interesante de este cambio en la ciudad.

Como muchos estarán pensando, soy consciente de que aún no se encuentra terminada en el momento de escribir estas palabras y por tanto, es algo arriesgado celebrar su ejecución. Pero este artículo no va de resultados, va de intenciones.

Como bien sabéis, Málaga en los últimos años ha pecado de falta de iniciativa, exceso de perfeccionismo o más bien de excusas. Sea como fuere, son múltiples los ejemplos que demuestran que en ocasiones necesitamos más de un empujón para lanzarnos y acometer nuevos proyectos en la ciudad. Más bien, somos de esperar a que nuestro “príncipe azul” venga y nos deleite con su magnífica habilidad para engrandecer esa “Super Málaga” que todos queremos.

Ahora que tanto se habla del conflicto del Astoria-Victoria, de si el elegido era más o menos loable, más o menos acertado, más o menos mediático, creo que es fundamental mirar un poco más allá, para entender el verdadero problema que se esconde tras toda esa absurda e interesada polémica. El dilema, o puede que gran error de este núcleo urbano, radica en la falta de interés por hacer cosas, aún a riesgo de equivocarnos. Málaga necesita que ocurran cosas, necesita que se intenten cosas, acertadas o no. Y sí, sé que muchos criticarán estas palabras porque pueden llevar a engaños y poner en riesgo la imagen idílica de esta ciudad. Pero la realidad es bastante explícita.

Lo grave del Astoria-Victoria no es lo ocurrido en el fallo del concurso, no. Lo grave se remonta más atrás, cuando la ciudad adquiere uno de los suelos más interesantes y valiosos de nuestro entorno, urbanísticamente hablando, para nada. Sí, para nada. Se adquieren los terrenos sin saber para qué se van a destinar. Al no tener un destino claro, su único fin es el abandono y la desidia, cuyo resultado no puede ser otro que la ruina, con el peligro que ello conlleva.

Han sido múltiples las ideas que han ido surgiendo alrededor de este entorno, muchas de corte cultural, algunas más humildes, otras más ambiciosas, pero al parecer, ninguna lo suficientemente apropiada o pomposa como para decorar uno de los rincones más agraciados de la Plaza de la Merced. Por ello, la mejor solución no es otra que cerrar a cal y canto este recurso de Málaga hasta que alguien sea capaz de salvarlo de su maldición.

Como este caso, podríamos hablar de La Mundial y Moneo, o la Plaza de Camas, entre otros ejemplos de lo más actuales. El fondo siempre es el mismo, lejos de encontrar al ejecutor perfecto, preferimos dejar que el tiempo y el desuso hagan su trabajo para, llegado el fatídico momento de su inevitable desaparición, resurgir desde un inexplicable interés póstumo, una equivocada añoranza, un desacertado sentido de la protección, para defender lo ya indefendible. No porque no lo valiera, sino porque desgraciadamente ya no lo puede valer.

Por ello, y lejos de convertir este escrito en una crítica destructiva y sin fundamento más, de las que tanto abundan hoy día, prefiero poner el foco en esa otra Málaga, esa Málaga alejada de los flashes, alejada de los “Metros” y los “Balnearios”, esa otra Málaga desgraciadamente olvidada, pese a su evidente importancia en el imaginario colectivo de la ciudad.

Lejos de valorar el resultado final, me centro en la intención que algún día lo provocará. Ya llegará el momento de analizar si se trata de un acierto o un error. Si podríamos haber encontrado una opción mejor, si deberíamos haber hecho aquello otro... Seguro que existirán muchas alternativas, todas válidas, pero desde luego debemos agradecer que se empiece por alguna de ellas.

La avenida de Andalucía no sólo es una de las principales arterias de Málaga, sino que además supone la principal puerta de entrada a la ciudad, al menos para el tráfico rodado. Sin embargo, durante años ha sido abandonada a su suerte hasta convertirse en una imagen deteriorada y algo desaliñada de esa gran urbe que nos empeñamos en vender. Podría parecer que su sino sería convertirse en otro más de esos ejemplos destinados a acumular “mega proyectos” de reforma integral no realizados, hasta que su evidente decadencia nos obligara a actuar sin criterio ni tiempo.

Pero no, en esta ocasión la ciudad ha sabido entender la realidad de este entorno, recurriendo a una intervención sutil y puntual, más propia del urbanismo acuñado por el archiconocido Jaime Lerner en su Curitiba natal, la acupuntura urbana, que de los starchitects que parecen dominar el panorama europeo contemporáneo. Y una vez más, como se suele decir, hay lugar para todos. Así que si esta leve mejora de los márgenes de la avenida, mediante el tratamiento de los alcorques y su alrededor, supone ese primer revulsivo capaz de regenerar poco a poco esta vía de entrada, bienvenida sea. Ya habrá tiempo de decidir si es más o menos acertada estéticamente, más o menos acertada en su concepto, o incluso más o menos acertada económicamente.

Desconozco por completo el origen de esta intervención, su promotor, su creador o su presupuesto, pero mientras esperamos que el tiempo la ponga en su lugar, no nos queda otra que aplaudir que por fin, en nuestra Málaga, nos permitimos el lujo de intentar cosas, más allá de su escala o su grandilocuencia. Tan sólo por el simple hecho de querer aportar un granito de arena hacia la ansiada mejora urbana que todos apoyamos y demandamos.

Gracias Jaime por enseñarnos ese otro camino hacia el éxito, tan alejado del glamour y las fiestas, tan alejado del poder y los medios, gracias por pensar tan sólo en un fin a medio-largo plazo que repercuta en el bien de todos, ya sea de forma directa o indirecta. Gracias.


Y a mi ciudad, gracias. Por intentarlo, por despojarte de ese miedo tradicional a equivocarte, de ese miedo incontrolable a la crítica, de ese miedo inexplicable a la incomprensión. Gracias por iniciar el verdadero camino hacia esa otra Málaga que tanto tiempo llevamos frenando.

jueves, 9 de febrero de 2017

¿Dos tontos muy tontos?

  • ¡Qué pasada de plaza Juan! ¡Qué cosa tan bonita! No pensaba que pudiese haber un sitio tan agradable en un pueblo como este. Desde luego, vaya “lujazo”.
  • Totalmente. Para que veas que no hace falta demasiado para conseguir que la gente esté a gusto.
  • Pues sí. En eso tienes toda la razón.
  • Sin embargo, fíjate. No se permite jugar a la pelota, ni patinar. ¿No te parece un poco absurdo evitar que la gente disfrute de un sitio como este?
  • Sí, pero eso ya sabemos que es lo normal. Ya no dejan que se juegue en ningún sitio.
  • ¡Qué triste! Luego nos quejamos de que los niños estén todo el día con las consolas esas. No entiendo cómo pueden hacer algo así. ¿A quién se le ocurre?
  • Yo que sé Juan, imagino que los que toman las decisiones tendrán sus razones.
  • Pues no sé yo, la verdad. Si las hay, yo no las veo.
  • Ya Juan, pero las cosas son como son. Es más fácil curarse en salud y evitar las posibles quejas de algún vecino. Hoy día nadie se quiere arriesgar a que pase algo y lo puedan señalar.
  • Vale, pero ese riesgo siempre está ahí. Lo que hay que hacer es que la gente aprenda a convivir y minimizar ese riesgo. Además, si pasa algo pues que cada uno asuma su responsabilidad, ¿no? No me parece tan difícil.
  • Vamos a ver, Juan. ¡Que pareces nuevo! Ya sabes que en este país preferimos prohibir antes que ponernos a enseñar.
  • Desde luego, qué razón tienes. Así nos va. Eso sí, luego nos quejaremos cuando tengamos un país de borregos.
  • No te pongas tremendista tampoco, que eso es así de toda la vida.
  • ¡Anda ya! no me digas eso. Tú y yo nos hemos criado jugando en la calle y no nos ha pasado nada. Y seguro que los que han puesto esos carteles ahí, también. Me jode que los mismos que ahora prohíben a los niños jugar en la plaza, sean quienes tuvieron la oportunidad de criarse en la calle.
  • Ya bueno, Juan. Pero las cosas cambian.
  • ¿En qué quedamos? ¿No decías que esto era algo de toda la vida?
  • ¡Ay! Yo que sé Juan. ¡Qué sabremos tú y yo! Nosotros no somos más que unos don nadie que seguro que no sabemos de la misa la mitad.
  • En eso tienes razón. ¿Qué sabremos tú y yo?

martes, 30 de agosto de 2016

En vida... mister Yuan

Desde pequeños se nos ha inculcado que la vida nos tiene preparadas un montón de lecciones que debemos aprender. Y que son los malos momentos los que más nos enseñan. En mi opinión no es la vida la que nos proporciona lecciones, sino las personas que en ella tenemos la oportunidad de conocer. Personas dispuestas a compartir sus vivencias con nosotros. Y personalmente, siento decir que estoy más interesado en las lecciones positivas que otros puedan aportarme.

Ya esta bien de centrarnos siempre en lo negativo, como si uno no estuviese completo hasta que no confirmase la maldad que nos rodea.

Pues bien, recientemente he podido disfrutar de un interesante viaje en el cual he aprendido muchas cosas, en su mayoría buenas aunque otras desgraciadamente no tanto. Sin embargo, hay una de ellas que, sin llegar aún a comprenderla en su totalidad, destaca por encima del resto: pensar del modo en que lo haría mister Yuan.

Si recurro a él es porque he tenido el enorme placer de conocer algo más a una de esas pocas personas especiales que tenemos la suerte de encontrar. Una de esas personas que destacan por su habilidad para hacer sentir especiales a todos quienes le rodean, y además con esa asombrosa naturalidad que parece no requerir esfuerzo. Personas tan acostumbradas a preocuparse por aquellos que conforman su entorno, que llegan a convertirlo en algo normal, razón por la cual imagino que acaban por no darse cuenta de lo grandes que son y lo mucho que les tenemos que agradecer.

Cuando alguien es capaz de sacar lo mejor de sí mismo, incluso en el peor de sus momentos, no es sólo que tenga un don especial, sino que además es capaz de anteponer el bienestar de los demás al suyo propio. No se trata de altruismo, no se trata de un ejercicio oportunista a través del cual ganarse el favor de otros, tan sólo es el resultado de una determinada condición. Hay personas que cuentan con esa condición y que, incluso aunque quisieran, no podrían librarse de ella.

Una habilidad, que cada vez más, tengo claro que he de exigir a aquellos que considero referentes en mi vida. Un requisito fundamental que me lleva irremediablemente a admirarlos.

Por desgracia, esta sociedad se vanagloria de admirar a seres desconocidos que otros encumbran bajo criterios puramente comerciales, mientras que nos cuesta reconocer en los más cercanos habilidad alguna, digna de ser destacada. Nos hemos creado un estado global de hipocresía por el cual valorar más a quienes menos conocemos. Al fin y al cabo, resulta menos vergonzoso sincerarse frente a alguien a quien no tenemos por qué volver a ver.

Personalmente hace años que entendí, que sin renunciar a posibles referentes externos, mi vida ha de ser guiada por aquellos a quienes más cerca tengo, pues serán quienes podrán mostrarme el camino en toda su extensión, no sólo en aquellos momentos puntuales que les interese compartir. Son los únicos capaces de ser sencillamente tal y como son, para así entender su grandeza en toda su magnitud.

Muchas veces me he referido ya a la importancia de lo sencillo. No todas las carcajadas expresan más que una simple sonrisa. Con los años he aprendido a valorar esos pequeños detalles que nos convierten en lo que somos.

Por supuesto que a todos nos encantan los deportivos, los áticos de lujo, o incluso los yates repletos de buenas compañías. Sin duda. Pero la vida está en ese primer Clio que tanto nos aportó, ese “murete” del paseo que tantas noches nos acogió, esa sutil compañía de un buen Murakami, esas escuetas y traviesas miradas que tanto nos supieron decir.

Los grandes héroes de nuestro entorno suelen recorrer nuestras vidas casi de puntillas, sin apoyar sus talones para no interrumpir ninguna de nuestras vivencias, con la agilidad de quien sabe cuando estar y cuando no, con la habilidad para trasladar el protagonismo a otros cuando son ellos quienes sin duda lo merecen. Aquellos quienes no dudan en compartir lo que tienen y saben, convencidos de que así contribuyen a que lo bueno siga fluyendo. Aquellos capaces de anteponer su interesante silencio al absurdo bullicio que los rodea.

Esos quienes no requieren más que una llamada para que los que de verdad lo merecen acudan raudos a su rescate, no por que se lo deban, sino porque realmente entienden a quien han de priorizar.

Es por ello, que de todas las múltiples vivencias adquiridas, de todos los paisajes visitados, de todas las grandezas descubiertas, me vais a permitir que me quede con la que realmente las ha motivado a todas, quien ha sabido compartirlas y permitir siquiera que pudieran existir en nuestras mentes, aquel quien aún en la distancia, se siente más cercano que muchos de los seres cuasi anónimos con los que me cruzo a diario.

Muchas gracias mister Yuan, no sólo por lo vivido, sino por dejarme entender un poco más tu grandeza, por enseñarme el camino por el cual descubrir una nueva persona a la que poder admirar, por transmitirme esa inmensa humildad que sólo los grandes sabéis derrochar.

Gracias.

Ojalá todas esas personas especiales que se ocultan tras los fuegos artificiales de esta hipócrita sociedad, no olviden nunca su verdadera importancia. ¡Qué sería de nosotros sin estos auténticos héroes de lo cotidiano!

Confío en que sepáis valorar a aquellos que lo merecen, más allá de vergüenzas y orgullos que poco nos van a aportar.




viernes, 26 de agosto de 2016

El poder de la fotogenia

En los últimos años todos hemos sufrido una enorme transformación vital, aparentemente sin ser siquiera conscientes. Cada momento de nuestra vida ha de estar asociado a una imagen que lo corrobore. Al fin y al cabo, todo lo que no se registra, directamente no existe. Sé que suena exagerado, pero cada día esta realidad es mayor, hasta el punto de que si un momento no es fotogénico en sí mismo, deja de tener valor social para nosotros. Si no nos genera una cierta cantidad de interacciones socio-virtuales, no merece la pena retratarla, y ni mucho menos vivirla.

Acabo de regresar de un viaje donde la gente acudía a playas paradisíacas para acercarse con cuidado a la orilla e intentar inmortalizar una instantánea de lo mas veraniega, cuando el contexto real nos devuelve una realidad paralela bien diferente.

Si pudiésemos acceder a cualquiera de esas imágenes probablemente veríamos a una persona feliz, disfrutando de un lugar casi virgen sin más compañía que el supuesto realizador de la foto, si es que este es necesario ya. Un agua cristalina, una arena blanca y fina, un sol espléndido y radiante. Síntomas todos de un excepcional día de playa.

Sin embargo, la verdadera escena es algo más cutre, triste y preocupante. Segundos antes de tan preciosa imagen, el protagonista de la escena ha acudido a su enésimo photocall del día, en un barco moderno donde le acompañan decenas de iguales con la misma intención que él. Aterrados ante la idea de que el sol los roce siquiera, se protegen bajo el techo de la embarcación, como segunda piel que superponer a sus sombreros, gafas, prendas largas y en algunos casos incluso parasoles.

Ante el miedo al agua o incluso la incapacidad para nadar, asisto atónito al despropósito que genera la embarcación en su intento por alcanzar la arena, un lugar en el cual garantizar un desembarco seco y seguro para los teóricos bañistas.

Alcanzada la ubicación deseada tras una serie de innumerables y complejas maniobras, hordas de turistas alocados acuden raudos hasta el mejor “spot” posible. Ese en el cual evitar a sus compañeros de viaje, sin acercarse demasiado al agua y sin alejarse en exceso de la sombra mas cercana.

Empieza el show con una secuencia indescriptible de posturas y “saltitos” sacados del auténtico manual del viajero moderno, en la cual plasmar toda la felicidad que les proporciona tan bellísima estampa. Los más presumidos incluso desafían la incidencia del sol durante varios minutos bajo la atenta y sorprendida mirada de sus compañeros de viaje, quienes en gran número esperan ya ansiosos, agazapados bajo la sombra, a que su barco les lleve a su siguiente atrezo, previa maniobra aún mas arriesgada del obediente capitán.

Ante esta realidad, me asaltan las siguientes dudas:

- ¿Qué significa esa foto para ellos? ¿Qué sentido tiene destrozar el escenario con legiones de barcos que infectan e infestan tan paradisiacos paisajes? ¿Por qué fingir una experiencia a cambio de estropear la de aquellos que sí intentan vivirla?

- ¿Qué les impide recurrir a un póster como verdadero photocall de sus próximas vacaciones? En el fondo eso sí resultaría un engaño, ¿no? ¿Estaremos cerca de llegar a eso? Como poco les resultaría más barato.

- ¿Para cuándo las fotos de los catálogos con los paisajes reales, llenos de hoteles y atestados de gente?

- ¿Seríamos capaces de viajar hoy día si nos prohibieran hacer fotos, o como poco compartirlas?

Veréis, no tengo nada en contra de la fotografía, la cual considero un arte que muchos nos empeñamos en trivializar y desprestigiar. También soy consciente de que para poder disfrutar de los sitios, se requieren unas mínimas infraestructuras, y que si se pretende que estas estén al alcance de la mayoría, se necesita una gran cantidad de ellas para no caer en un lujo basado en la exclusividad. Incluso que todos tenemos derecho a vivir nuestra vida como queramos. Vale.

¿Pero hasta qué punto hipotecamos el producto para poder venderlo? ¿Hasta qué punto lo privamos de su verdadero valor añadido en pro de masas inconscientes en busca desesperada de imágenes que simulen experiencias inolvidables? ¿Hasta qué punto merece la pena universalizar lugares tan vírgenes y salvajes?

Igual es que no deberíamos acudir a estos lugares en masa. Igual no deberíamos tener la oportunidad de acudir a estos rincones tan remotos, sino disfrutar de aquellos que realmente estén a nuestro alcance.

Y lo que es peor, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llevar la mentira con tal de ser socialmente aceptados?




domingo, 24 de julio de 2016

Finally, thanks

Today my words are specially written for all those people that suddenly appear in your life with no reason but making you happy.

I am pretty sure we all have someone like this in our lives. If this is your case, you will enjoy this post and will understand why I am thinking about them.

This kind of person is, by definition, people that have no real interest in you or anybody else, they are just trying to walk their way and you, whatever the reason, simply get yourself involved in it. People that think about nothing but being happier, probably because they really need it, and invite you to enjoy this process with them. People basically free, whose attitude is simple and funny, no worries, no problems, no deep thoughts.

When you find this person, everything seem to be better. In some way, you think that this is the one. The perfect match. The one that you have been looking for your whole life. But they are not. They are just someone that came to go through, and then keep going. Nothing else, nothing less.

The worst part of these people:

Being able to understand their temporary role in your life.

I once (or maybe twice) had the opportunity of meeting some girl like this. She was amazingly pretty, funny, nice, sexy... attractive herself.

We spent some days together and made me happy, maybe happier than ever before. Maybe not. But I felt completely fine with her. Every kiss was like a trip to paradise. Every hug, an awaken dream. Every smile, the clear expression of happyness. Every look, an invitation to have fun.

But please, do not misunderstand my words, there is no love behind this kind of relationship. I would never say these feelings I am explaining were a lie. I truly believe that everything I felt was real. But, as I said, the worst part of this kind of story, is to understand that it does not need to end, because it has never begun.

Until I got this, I felt crazily attracted to her. To what she meant for me. Probably it was not about her, it was more about what I became myself when I was next to her. My best version of myself. And everything made sense as an adventure that should simply pass through. The big mistake was the try of changing this reality, of going further; of seeing on her, signs that never existed.

Yes, she was there with you, but that's all. That moment would never happen again, and it is quite sad to realize that instead of enjoying everything she brought for you, you are worried of what could have happened if things would have occured in a different way. But remember, if it would have been different, it would have not been so special. At the end, you wanted to change her, you wanted to change everything that made her special in order to get what you think you need. But this is not fair, and of course, make no sense at all.

I did need a lot of time to understand this, I am afraid. Her kisses were not better, her sights were not sexier, her hugs were not warmer, she was not better, she was just different. That is what made her special. And once you realized how special she was, everything that happened with her was amazing. Thus, the only way she could remain like this, is as a temporary present that life decided to make for you.

Enjoy it, the same way I have learnt to do.

Regarding you, I am pretty sure you know exactly who you are, and will appreciate to remain anonymous:

Finally, thanks. For all you did. For everything we lived. For being yourself. For letting me be part of this special period of your life. For understanding that I needed more time to get what happened. For being honest, even when I wanted to see ghosts where no one was. For teaching me how to enjoy. For teaching me that is not about people, is just about feelings.

No worries, just fun. No lies, just ways. No past, just today. No plans, just enjoy. No regrets, just memories of a great joy.

miércoles, 20 de julio de 2016

Error fatal vs Incidencia de visado

Poco más que añadir, ¿no creéis? Si eres arquitecto, automáticamente habrás podido comprobar el macabro poder que ejercen estas simples palabras sobre nuestro bienestar. Irremediablemente, nuestras mentes se ven inundadas de infinitas anécdotas que lejos de resultar agradables, arrancan paradójicamente sinceras sonrisas en nuestros cariacontecidos rostros.

Dicen que es muy fina la línea que separa el amor del odio. Quizás sea esta la razón. Sin duda la prefiero ante la alternativa más lógica, la insinuada y no poco fundada locura del arquitecto.

Para los no familiarizados con tan “diabólicas” expresiones, intentaré acercaros un poco más a la realidad de nuestro gremio, a través de sus más simples y afiladas aristas.

“Error fatal” es una de esas expresiones que generan una interesante animadversión en su incrédulo lector. En un primer momento, es imposible no sentir una innombrable cantidad de furia contenida (salvo aquellos casos en los que lejos de ser filtrada, dicha fuerza de la naturaleza se vio abocada al elemento móvil más cercano en ese momento, véanse el ratón y el teclado como ejemplos más comunes), surgida de la frustración más irracional, fruto no sólo del cansancio al que suele preceder tan emblemático hito educativo, sino además del mensaje claro y conciso que es trasladado inmediatamente a tu cerebro: ¡no has guardado y lo sabes!

¿Cuántas horas de mi vida habré perdido?

Sin embargo, lo curioso de este momento radica en ese instante posterior en el cual analizas la situación desde la resignación del experto, para reconocer admirado la elocuencia y simplicidad del mensaje informático empleado: ERROR FATAL. Perdonad que recurra a las mayúsculas pero era importante transmitir la grandilocuencia de estas pocas letras.

En definitiva, estas palabras describen una realidad más común de lo que debería, en la cual los aplicados y desmotivados alumnos de arquitectura enfrentan su enésima noche sin dormir, una nueva velada dominada por el insomnio obligado, en la cual los automatismos de nuestro cuerpo aprovechan para delinear los recuerdos de lo que hace horas pareció una genial idea. Incontables horas sentado frente a la oscura pantalla del software CAD de turno, donde las líneas de colores parecen deambular ante la atenta mirada de un eje de coordenadas como único referente de la sensatez humana. Valiente referente, por cierto. Horas en las que tu mente ensaya comprometida los diferentes estados de ánimo atribuibles a todo ser humano, cual actor en prácticas. Una montaña rusa de sentimientos dominados por un único elemento común, esa impertérrita pantalla negra donde las líneas se entrelazan cual fiel recreación del mismísimo firmamento.

Puede que esta redacción os resulte caótica e incluso sin sentido, pero no sabría expresar de mejor modo ese maravilloso instante, normalmente asociado al amanecer, en que el reloj anuncia asustado la cercanía del tan temido límite de entrega con que nuestros queridos profesores habrían decidido condicionar nuestras vidas. En ese instante, sin dormir, sin comer y sin capacidad alguna ya para hablar (las únicas fuerzas restantes se centran en no destrozar el teclado con un somnoliento cabezazo), es cuando debemos afrontar la redacción del texto descriptivo que exprese el significado escondido tras el diseño definido durante tantas horas de altibajos. Es entonces, cuando la mayor cantidad posible de palabras debe inundar la pantalla bajo la dirección de un inexistente sentido literario y la inalcanzable estética coherente y cuidada que se espera de un texto de ese calibre. Una retahíla no filtrada destinada a rellenar con ahínco el hueco perfectamente previsto lustros atrás en su correspondiente panel. Una serie de párrafos enfundados en un elegante traje de seriedad, que sin embargo, jamás creo que hayan sido leídos por nadie (incluido el propio autor) pese a lo cómico y prometedor de su contenido.

Pues bien, situados ya en esa romántica estampa donde el rojizo destello del amanecer invade la insolente y desordenada habitación, centrados en hilar palabras con cierta dignidad; justo en ese instante, es cuando el ordenador, fruto del mismo cansancio reinante en la estancia cede definitivamente al agotamiento para deleitarte con un sincero y sutil SOS con el que anunciar su irremediable desconexión. Tal cual. Lo más maquiavélico de este hecho, es tan cruel anuncio de una muerte anunciada e inevitable. Unos segundos de pura incredulidad que vienen a desatar el clímax final de la exaltación sentimental sufrida. Un mensaje en una pantalla.

Ira, furia, odio, desesperación, depresión, resignación.

Un sencillo gesto asiente ante el detalle de aviso por parte del ordenador, dando así autorización al desastre. Cierre automático del programa, y con él, horas y más horas de ebullición intelectual, los últimos reductos de la esperanza ingenua del alumno fiel, trazos profundos de un diseño trasnochado, o un nuevo de ejemplo de creatividad desperdiciada sin más.

A partir de ahí, sólo queda descansar, aquello que deberíamos haber hecho siglos atrás, para afrontar una última batida, siempre surgida desde el peor de los escenarios previstos. Un ejercicio admirable de eficiencia y alarde mnemotécnico por el cual esbozar lo ya generado en pocos minutos, con idea de maquillar un hundimiento más que probable, con el recuerdo de lo que pudo ser y no fue.

Bendita la hora en que aprendimos a guardar a cada instante.

En ocasiones, cuando varios compañeros se reúnen en cónclave frente a algún ajeno al sector, suelen lograr en sus sorprendidos interlocutores las mayores muestras de pena y compasión ante tal grado de desgracia y crudeza.

No es ese mi objetivo, sino más bien permitir que tanto propios como ajenos contribuyan a la necesaria transformación de este tópico drama en la atípica parodia que debería ser.

Eso sí, error fatal, célebre y aventajado emisario de la desgracia, podría ser calificado de indefenso principiante ante nuestro siguiente protagonista.

Sí señores. La versión 2.0 del mismísimo Error Fatal. Ni más ni menos que la temida e inevitable “Incidencia de Visado”. Si el contexto anterior lo conformaban el insomnio, el cansancio y la presión académica; en este caso, los actores principales resultan ser nuevamente el cansancio, la infinita creatividad burocrática de este país y el innegable amor por el ayer que contagia al sector de los clientes. Una coctelera de estrés, agotamiento, frustración e incomprensión, aderezada con toneladas de desidia, que desemboca en la indescriptible espera desesperada en torno a un sencillo email. Aquel que marcará el destino de tu día, tu proyecto, tu cliente, y por qué no, el sustento de tu familia.

La agónica espera que antecede al mencionado email culmina, como no podía ser de otro modo, innumerables llamadas sin éxito mediante, con la llegada de un mensaje a tu bandeja de entrada. Mensaje recibido del Colegio de Arquitectos. Mientras tu cerebro procesa la información de tan esperado invitado para confirmar que es efectivamente quien dice ser, por fin, esta ceremonia precede al mensaje correcto, no como las múltiples experiencias fallidas anteriores en las que no se trataba más que del típico mensaje publicitario de la empresa de muebles de siempre.

Abres el mensaje con una mezcla sin igual de ilusión y pánico. Tus ojos recorren atropellados los contenidos inútiles que adornan toda comunicación. No puede ser. De un seco frenazo no sin derrapar, tu mirada se clava en la primera frase de tan esperado anuncio: Incidencia de visado.

A lo cual acompaña un ingenioso extracto de El Quijote, oportunamente mezclado con ciertos retales de literatura normativa del más alto nivel. Conclusión, una verborrea incomprensible que tan sólo sirve como condimento al plato principal, un suculento filete de negación por el cual se nos invita amablemente a corregir algún aspecto de suma importancia en la redacción de una memoria técnica repleta de datos, o la repetición de algún plano mal delineado o incluso mal impreso. Todos ellos aspectos formales, por pura definición del control documental asociado al visado, y en muchos casos fruto de una interpretación diversa en cuanto al modo en que expresar la misma información.

En definitiva, lejos de entrar en una crítica no ansiada en este artículo, un nuevo retraso que desde ese mismo instante nos vemos obligados a explicar a nuestro incrédulo cliente. Una nueva decepción atribuible a nuestro servicio. Uno más de los múltiples obstáculos que guían el camino del arquitecto moderno. Maestros de la psicología ante propios y ajenos, más bien los primeros. Un máster no académico acerca de las más extremas explosiones de tipo emocional.

Una incidencia más en tan agradable recorrido desde lo privado a lo público, para retornar henchido de ganas y fuerzas renovadas a nuestro privado incitador.

Muchas gracias a todos los que con vuestro esfuerzo diario pobláis nuestra vida de inolvidables lecciones profesionales capaces de trascender el límite de lo personal.


domingo, 17 de julio de 2016

Not the right time

"It was not the right time, I am afraid".

How many times have you heard this expression as a way of explaining some decision or failure?

Probably, many times, and lots of them from yourself. So do I.

For years I have thought about time as one of the main reasons that made some choices unacceptable or even impossible. Unfortunately, I was wrong. Finally I realized that I was using this expression not as an explanation, but as an excuse.

Yes. An excuse created to hide some other reasons that made this decision maybe acceptable but too difficult. Could be fear of doing what I have to do and fail? Or just fear of a change?

But why? Why am I thinking this way?

First of all, because I have understood that I was analysing the wrong topic. Decisions are not about time but about choices. The right choice will be always right. And the wrong one, would simply change but not become right, because we change as well after time, and so do our needs and thoughts.

That's the reason why, when we said "not the right time", we were trying to tell ourselves that the choice was good but we had nothing to do about. It means, we did not want to answer the main question:

Is it the right choice? Is it the right person?

If it is not, don't worry, it is not, it was not and it won't be. Easy. But if it is, do not think about time, because maybe later you could realise that you did destroy the right one, the one that was, but it is not and it won't be. Just because you did not want to accept that it really was.

On the other hand, if it could be the right one, forget about the efforts we will need to make, because happyness is always behind right choices and attempts. Time will be endless if we do not have the answer of this main and simple question.

Please, next time you need to decide, just decide among choices. Time is just time. Today is the perfect day to change your tomorrow.

There is no choice of deciding time, so find always the time to think about the choice.

This way, you could always be proud of what you did, what you do and what you probably will do.

Anyway, we have all heard that trains just pass once, right? (something like "opportunity knocks but once").

Remember, it is the right time!