lunes, 23 de marzo de 2020

#YoMeQuedoEnCasa

Mucho se ha visto últimamente esta curiosa etiqueta que decora divertida cada una de nuestras muestras públicas de vida. Bien para expresar el chiste de turno con que destacar y rebajar la evidente tensión del momento, bien para reforzar nuestras más firmes convicciones acerca de lo trascendental de este periodo y lo fundamental de nuestra solidaridad al respecto.

En mi caso, me niego a hablar sobre el virus o la manera en que debemos enfrentarlo, porque me considero un total inepto en la materia. Creo que ya tenemos demasiadas aportaciones en tal sentido, y me preocupa que ante tanto ruido se nos escapen los acordes principales de tan fatídica melodía. Por ello, lejos de quedarme callado ante un cúmulo tan atroz de silencios impuestos por este estado de alarma, he preferido dedicar las pocas neuronas que aún se mantienen activas a estas horas, para analizar lo sucedido desde un punto de vista diferente. Un acercamiento arquitectónico, fruto de la deformación profesional innegable que adereza cada uno de mis actos.

Existe un matiz en todo esto que me resulta aún más interesante y mundano que la erradicación de la pandemia, lo cual por desgracia escapa a mi capacidad de comprensión. Estamos ante una oportunidad única para poner en crisis la tipología de vivienda que parece que estamos convirtiendo en referente del siglo XXI. Sí, sé que suena algo decepcionante, puesto que hoy día la gente dedica sus palabras a objetivos mucho más grandilocuentes o incluso heroicos, pero por mi parte prefiero centrarme en buscarle un lado positivo a lo que nos ocurre. No me cabe duda que la gran mayoría de las personas que puedan leer esto, si alguien lo hace, estarán a estas alturas bastante cansados de esas mismas cuatro paredes que nos obligan a permanecer sitiados contra nuestra voluntad. Sin embargo, siendo pragmáticos, jamás nos hemos visto ante una convivencia tan intensa con nuestra vivienda, y lo que es más importante, con toda la familia. Por tanto, estamos ante una oportunidad inmejorable para aprender de ello.

Creo que entre las múltiples tareas o retos que nos imponemos estos días, deberíamos analizar la forma en que interactuamos con nuestra casa y con cada una de sus estancias, si es que cuenta con más de una. Plantearnos qué zonas de la vivienda estamos usando más y cuáles menos. Qué zonas se podrían utilizar más, o qué ámbitos se han visto más modificados desde que estamos en este confinamiento. Estoy seguro de que muchos salones y comedores se habrán visto desarmados para dar paso a parques infantiles, talleres de manualidades o salas de conciertos improvisados. Quiero pensar que la sala de cine no estará ocupando la totalidad del tiempo del que disponemos, y por desgracia, dudo mucho que las casas se hayan convertido masivamente en bibliotecas dedicadas a la lectura y el aprendizaje. Al menos, no por gusto. Sea como fuere, me interesa enormemente como arquitecto, conocer la realidad que se debe estar manifestando tras cada una de las vivencias que os definen. Ojalá pudiera ir casa por casa para entrevistar a cada uno de vosotros y establecer así las conclusiones pertinentes que desembocaran en la vivienda perfecta, o al menos, nos permitieran establecer una serie de alternativas válidas.

Seamos realistas, tampoco espero una afluencia descontrolada de comentarios y aportaciones anónimas en tal sentido, pero no por ello debo renunciar a la posibilidad de que algunos allegados dediquen un rato de este encierro a compartir sus opiniones o sugerencias al respecto. Como os decía, me encantaría saber la nota que saca vuestra casa ahora que está siendo sometida a un examen tan exhaustivo. Muchos memes hablan de lo arriesgado de conocer a nuestras parejas o familias ahora que estamos obligados a pasar tanto tiempo con ellas. Pues bien, del mismo modo, y desde un planteamiento mucho más serio y constructivo, me encantaría aprovechar la oportunidad implícita siempre en momentos de crisis como este.

En aras de ayudar al estudio me he planteado una serie de preguntas básicas, a modo de ejemplo, que nos permitan iniciar un borrador de informe en esta materia; siempre teniendo en cuenta que tan importante son las respuestas como las premisas de partida de cada caso en particular:

  1. ¿Cuántos dormitorios tenemos en casa? ¿Cuántos somos en la familia? ¿Número de baños?
  2. Llevamos días conviviendo durante 24 horas con nuestra casa. ¿Qué estancia es la más concurrida? ¿Es esa estancia la más grande?
  3. ¿Se ha convertido esa estancia en la más diáfana, o flexible?
  4. ¿Hemos aumentado el tiempo empleado en el dormitorio, con respecto a una semana normal?
  5. ¿Qué papel juegan los niños en esta nueva realidad y qué proporción del diseño de la vivienda está enfocado a ellos o consensuado con ellos?
  6. ¿Ha vuelto la cocina a ocupar un lugar central dentro de la estructura familiar, ahora que tenemos tiempo que dedicar a nuestra alimentación, pero sin los formalismos de eventos puntuales o épocas caseras como las Navidades?
  7. ¿Hemos echado en falta la chimenea como representante histórica del hogar?
  8. ¿Seguimos orgullosos de haber cerrado la terraza para ganarle espacio al salón?
  9. ¿Sigue siendo ridículo ese balcón que nunca habíamos usado hasta ahora?
  10. ¿Hemos conseguido que la familia coma unida en el comedor, alejada de las pantallas y los estímulos visuales propios de esta generación?
  11. ¿Se han convertido en un aliciente las escaleras, en caso de que las tengamos?
  12. ¿Pensamos que las ventanas de nuestra casa deberían ser más grandes o más pequeñas que las que tenemos?
  13. ¿Nos hemos hartado de algún elemento o aspecto en concreto? ¿Se nos ha quedado pequeño el televisor?
  14. ¿Echamos en falta espacios más abiertos? ¿O por el contrario nos gustaría tener más privacidad?
  15. ¿Está nuestra casa preparada para poder trabajar en ella?
  16. ¿Echamos en falta más estancias independientes para poder separar las distintas actividades o hobbies entre los integrantes de la familia?
  17. ¿En qué medida las mascotas han influido en la convivencia familiar de los distintos espacios?
  18. ¿Qué es lo primero que cambiaríamos de nuestra casa si pudieramos reformarla mañana?
  19. ¿Qué es lo último que tocaríamos en tal caso?
  20. ¿Qué nota le daríamos a nuestra casa, del 1 al 10?

Podríamos seguir así durante horas, pero creo que lo importante no es responder cuestiones concretas o preestablecidas, sino que cada uno analice y sea consciente de las características que definen a su vivienda, y a partir de ahí establezca un mínimo listado de pros y contras que nos permitan mejorarla en un futuro. O en su defecto, contribuya a descifrar los entresijos de nuestras necesidades específicas de cara a la búsqueda de nuestra siguiente casa, bien sea en alquiler o en propiedad.

De hecho, creo que esta última cuestión es otra de las grandes preguntas que deberíamos hacernos. ¿Pensáis que vuestra próxima vivienda sería en propiedad o de alquiler? Y si no es mucho preguntar, ¿por qué?

En fin, estoy seguro de que aquellos que sigáis leyendo este artículo habréis captado perfectamente la idea que se esconde tras estos párrafos. Así que confío en que hayan sido capaces de evocar en vosotros un mínimo de inquietud por los espacios que condicionan, ahora más que nunca, vuestro día a día y el de vuestras familias. En definitiva, un ejercicio de reflexión a través del cual entender el posible valor de la arquitectura y el diseño en nuestras vidas. No con el objetivo de halagar a nuestra profesión, sino con el fin de exigirle mucho más.

Los arquitectos siempre nos hemos definido como una herramienta fundamental para la sociedad. Es momento de que os lo creáis y empecéis a ayudarnos a resolver los complejos dilemas espaciales asociados a una sociedad cambiante y en constante e intrépida evolución.

Muchas gracias de antemano por vuestra colaboración.

Ánimo y mucha salud!

#YoAnalizoMiCasa

domingo, 15 de marzo de 2020

Artefactos Nefastos_Semáforos

Tras multitud de trayectos en los cuales reflexionar sobre las cosas más absurdas pero a la vez cotidianas de nuestra existencia, surgió esta nueva sección del blog denominada “Artefactos Nefastos”. Un sentido homenaje a esos pequeños inventos concebidos para mejorar humildemente nuestras vidas, pero que con el paso del tiempo, se han acabado convirtiendo en protagonistas inesperados de nuestros peores pensamientos.

Quizás sea mejor comenzar con un ejemplo sencillo, para facilitar así la comprensión de este objetivo y de paso animar a aquellos que terminen por leerlo, a proponer sus propios candidatos a “Artefacto Nefasto” del mes.

Como era de esperar, no se me podría ocurrir una mejor manera de iniciar este nuevo reto, que con ese maravilloso adelanto tecnológico que permitió a nuestra sociedad desenmarañar un tejido urbano cada vez más dinámico y complejo. Un catalizador capaz de organizar el mismísimo caos mediante un sencillo código audiovisual que años más tarde forma sin duda parte del imaginario colectivo, hasta el punto de resultar impensable o incluso inadmisible, su ausencia.

Efectivamente, estas palabras se dedican a la señal de tráfico por excelencia. Sí. El semáforo.

¡Qué grandiosa excelencia la suya! Con un mínimo cambio de tono, logra paralizar los más feroces motores sin la más mínima discusión. Un sencillo elemento que, reproducido de forma exponencial, se erige en complejo sistema de coordinación, a través del cual organizar las comunicaciones entre las distintas vías públicas que componen toda ciudad. Un juez inanimado que establece con total eficacia los turnos concretos entre vehículos y peatones. Entre paralelas y perpendiculares. Entre ciertos inmuebles e inciertas carreteras.

Una idea sin precedentes, que sin embargo, ha dado lugar a innumerables consiguientes. Casi me atrevería a decir que demasiados. Tantos que nos resulta imposible contarlos en nuestras calles. Tantos, que llega un momento en que casi somos capaces de obviarlos. Pero no.

El ser humano cuenta con los recursos necesarios para adaptarse a los más incómodos condicionantes, en tanto en cuanto, estas circunstancias se repitan con una mínima frecuencia. Mientras nuestro oído logra silenciar el paso reiterativo de un tren, o incluso habituarse al ruido atroz de un aeropuerto cercano, aún no conozco humano alguno que haya encontrado la fórmula para ningunear la aportación lamentable de estos nefastos artefactos.

¿Quién no se ha visto alguna vez absorto frente al volante, contando de forma inconsciente los segundos que le separan de esa ansiada luz verde que nos permite avanzar los escasos metros que nos separan del próximo representante de tan diabólico despliegue tecnológico?

En mi caso, me enerva descubrir la inmensa y valiosa cantidad de tiempo que destino, obligado, a tan rutinaria penitencia. No es que pretenda circular sin límites por las calles que me rodean. No. Más bien, soy de los que piensa que no es necesario programar estos malditos “cacharros” para que se vayan sucediendo matemáticamente hacia el fatídico rojo, conforme nos vamos acercando a la velocidad permitida hasta sus inmediaciones. No logro entender el verdadero objetivo que podría justificar que el técnico de turno que los regula, se empeñe en fastidiar nuestras vidas de semejante manera. Así que prefiero pensar que ha de existir alguna razón. Simplemente, no he disfrutado aún de los semáforos necesarios para descubrirlo.

Se podría llegar a pensar que el primer objetivo es permitir que fluya el tráfico para evitar accidentes o incidentes en la urbe. Creo que sobra explicar que en este caso se está intentando denunciar precisamente la ausencia total de fluidez. Dicho esto, otra alternativa sería la intención coherente de controlar la velocidad media del tráfico rodado. No esta mal. Sin embargo, ¿nadie les ha comentado que la mencionada sucesión de paradas injustificadas no hace sino desesperar al conductor y, por tanto, fomentar que acelere su marcha para evitar que tan temido bucle de interrupciones se pueda llegar a cebar con ellos?

En esta misma línea, mejor me ahorro el argumento del calentamiento global y la reducción de las emisiones, ¿verdad?

Por favor, aprovecho estas palabras para recordarle a estos eficientes empleados, que bajo esos puntitos que decoran divertidos sus monitores, nos encontramos personas normales con la firme intención de cumplir con nuestros objetivos más inocuos, sin otra intención que cumplir con las normas sin que ello suponga renunciar a nuestra paciencia o incluso felicidad.

Puede que suene exagerado o innecesario, pero no veo razón alguna para que un tramo de vía de aproximadamente dos mil metros, entendida como trayecto principal sin desvíos ni incorporaciones desde o hacia vías secundarias, nos deleite con la friolera de diecisiete semáforos consecutivos y tres rotondas como divertidos silencios en tan molesta melodía. Estamos hablando de uno de estos artefactos por cada poco más de ciento quince metros; no más de cien, si consideramos las rotondas como detenciones o interrupciones equivalentes. ¿Son conscientes de que, a una media de treinta segundos por semáforo, esto supone un total de ocho minutos y medio de desesperante espera?

Para que se hagan una idea, es más de lo que tardaría un maratoniano en recorrer la totalidad del trayecto a pie. Es decir, si pudiéramos acumular el tiempo detenidos, nuestro rival alcanzaría la meta sin que nosotros hubiésemos podido siquiera iniciar nuestro camino. ¿Radical?

Pues esa es mi realidad cotidiana, y puede que la de muchos de vosotros.

No me malinterpreten, no defiendo el caos ni la anarquía rodada. No. Tan sólo reclamo un poco de sensatez. La justa y necesaria para recordar el verdadero motivo por el que se inventaron estos artefactos, hasta el punto de recobrar la merecida cordura que los aleje de tan nefasto resultado.

Muchas gracias por su tiempo. Piensen que en lo que tardan en leer este artículo, podrían haber disfrutado de unos diez o doce semáforos.

Caminante, se hace camino al andar. No al esperar a que la maldita lucecita se torne finalmente en verde.

Un placer.

martes, 23 de julio de 2019

Cuestion-ando mi vida_Alcohol

No bebo.
-No, no bebo.
Pausa.
Expresión indescriptible de asombro.
-Alcohol, se entiende. Por motivos vitales básicos, líquidos sí que ingiero. Pero alcohol, no.
-¿Nada de nada?
-Casi.
Pausa.
Ahora sí, podemos seguir.
Jamas pensé que una frase tan sencilla pudiera dar lugar a tantas preguntas y en tan numerosas ocasiones.
Si me dieran un euro por cada vez que me he visto enfrentado ante el reto de explicarle a alguien los motivos por los cuales no me gusta ingerir alcohol, me temo que a día de hoy sería rico. Al menos podría decir que mi condición de abstemio me ha servido para algo. Pero no. Desgraciadamente no ha sido así. Cuidado, la parte en que lo explicaba sí; y en varios idiomas. Pero la parte en que esa repentina e incontrolable curiosidad pudiera llegar de algún modo a monetizarse es la que ha fallado estrepitosamente.
Ya sé que resultaría absurdo o incluso ingenuo albergar semejante esperanza con seriedad, sin embargo basta con observar detenidamente la expresión de felicidad que se dibuja automáticamente en el rostro de mis incrédulos interlocutores, en cuanto alcanzan a vislumbrar su próximo reto:
-Pero conmigo una copa te tomas,¿no? Ya verás como al final consigo que te emborraches.
No soy persona de grandes afirmaciones ni tajantes respuestas, sin embargo al amparo de la experiencia me permito humildemente dudar de tan repetida afirmación, pues sinceramente no entiendo qué razones podrían convertir a este osado en el elegido, por encima de todos sus insistentes predecesores. No obstante, ¿quién soy yo para destruir sueños ajenos? Prefiero mantener viva esa llama, ante el firme convencimiento de que no habrá presencia alguna de alcohol.
Es por ello que, a juzgar por la gran cantidad de personas a las que he colmado de objetivos e ilusión a partes iguales, me plantee (no sin ciertas reticencias) como una lejana posibilidad tan inestimable aportación económica. Mejor volver a la realidad. Me temo que va a ser que no. Al menos, jamás ha dado lugar a ello. ¿Por qué debería ser diferente esta vez?
Sea como fuere, pasan los años y me mantengo impertérrito ante el inmovilismo que domina a mi alcohólica tentación, apesadumbrado por mi incapacidad para contentar a tantos y tantos embriagados compañeros.
Sirva esta confesión como disculpa y como aviso a futuros navegantes que, fruto del desconocimiento, pudieran verse irremediablemente atrapados bajo el influjo de un reto tan complejo como atractivo. Y una vez más, que conste que esto no lo digo yo, sino la enorme cantidad de ejemplos que a día de hoy atesoro.
Un brindis (con agua) para todos aquellos que os sintáis identificados o aludidos por el presente relato.
P.D. Basado en hechos reales, cualquier parecido con la realidad deberá de ser resultado del azaroso ejercicio creativo del novelista.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Cuestion-ando mi vida_DEP


Tras meses algo alejado de este blog, hoy me siento frente al teclado para trasladaros una pregunta importante que me tortura desde hace unos días.

¿Qué se le dice a alguien que acaba de perder uno de los pilares mas importantes de su vida?

¿Alguien que acaba de perderlo simplemente todo? 

Y lo que es peor, ¿qué se nos dice a tantas y tantas personas que inevitablemente nos sentimos hoy así?

Si alguien tiene la respuesta, por favor que me lo diga. Me será de gran ayuda, sin duda.

No obstante, tengo la sensación de que la respuesta es mucho más sencilla de lo que cabría esperar.

NADA.

No se nos dice nada.

Basta con que se nos recuerde lo afortunados que somos de haber conocido a una persona tan generosa y especial, la suerte que hemos tenido de poder disfrutar de su compañía y su infinita hospitalidad; y por encima de todo, lo privilegiados que nos hemos de sentir por haber tenido la enorme oportunidad de aprender con tan numerosas como valiosas lecciones de vida de una verdadera maestra.

¡Muchas gracias!

martes, 27 de febrero de 2018

Cuestion-ando mi vida_Divagaciones

¿Qué nos atrae tanto de los secretos? ¿Qué es lo que nos envía directamente hacia el misterio como si no hubiese nada más en el mundo? ¿Por qué la mentira nos embelesa infinitamente más que la verdad? ¿Qué convierte a la realidad en aburrida? ¿Por qué los sueños dejan de tener valor cuando nos acercamos a cumplirlos?

¿Por qué la imaginación siempre es capaz de superar a lo real? ¿Cómo puede ser tan sencillo dejar atrás algo tan complejo y elaborado? Especialmente cuando la alternativa es tan sugerente como inconsistente, incluso frágil.

En ocasiones me enfrento a tales pensamientos ante la perplejidad que me supone aceptar que la gente prefiere una mentira adornada que una verdad a secas. Cuando descubro que la honestidad, la sinceridad y la palabra han dejado de tener valor alguno. Cuando observo a diario cómo la gente se empeña en construir mundos paralelos que les permitan esconder el único que realmente conocen.

¿Por qué lo malo viaja más rápido que lo bueno? ¿Qué significa en realidad el morbo? ¿Por qué nos acerca a todo aquello que, sin embargo, rechazamos? Y lo más perturbador, ¿por qué yo también me veo arrastrado por esta silenciosa pero embaucadora corriente?

Todas estas cuestiones sin sentido, podrían dar lugar a un interesante debate, cuyo único objetivo resultara del puro placer de compartir opiniones sin ningún fin concreto, sin ánimo de lucro, sin afán de protagonismo, sin deseos de convencer o manipular; tan sólo el inocente acto de conversar en torno a un tema tan complejo como banal.

Pero, ¿cómo hemos podido convertir esta sencilla idea en la más insensata de las locuras? ¿Por qué el simple hecho de escribirlo ya me genera un cierto sentido del pudor, la vergüenza e inquietud propias de ese ingenuo niño que se adentra sin permiso en la habitación prohibida, atraído por las preguntas sin responder y a la vez temeroso por lo que ello pueda traer consigo?

No sé, imagino que aquello de conversar pasó directamente a mejor vida. Ahora se lleva más lo de hablar sin decir nada, pues así lograremos el ruido necesario para destacar, sin por ello arriesgarnos a cometer el fatídico error de equivocarnos.

Me conformaré con compartir este humilde ensayo, con la vaga esperanza, de que la ansiada equivocación sea tan sugerente, inspiradora y elocuente como debería.


Buenas noches.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Cuestion-ando mi vida_¿Por qué?

En serio, ¿por qué?

¿Por qué nos empeñamos en hacer las cosas tan difíciles?

¿Por qué nos empeñamos en generar normativas creadas para obligar y prohibir en lugar de fomentar aquello que supuestamente las motiva?

Llamadme iluso, llamadme utópico, llamadme crítico, pero cada día estoy más convencido de que las normativas se alejan irremediablemente de la realidad hasta dejar de ser útiles e incluso convertirse en contraproducentes. Un despropósito tras otro que lo único que consiguen es allanar el camino a quienes se basan en la ilegalidad como medio de vida, mientras aquellos idealistas o responsables profesionales que aún creemos en hacer las cosas bien por el simple hecho de aportar algo al conjunto, nos quemamos en laberintos legales irresolubles.

Laberintos incomprensibles plagados de erráticos caminos sin salida, donde además las pocas señales de orientación que nos alientan, no hacen sino confundir aún más al sufrido viajero. Ese viajero que llega a aburrirse de una mesa pública a otra, mientras los cambiantes y ajenos enfoques desde los que interpretar la ambigua normativa, siguen impasibles en sus acomodados sillones para favorecer exclusivamente a quienes gozan del respaldo adecuado.

Lo siento, pero no logro entender que no haya profesionales realistas y conocedores del mercado actual, capaces de mediar entre el caos para establecer unas reglas del juego prácticas, coherentes y eficaces. No. En lugar de eso, se centran en redactar más y más ininteligibles textos cuyos objetivos principales no hacen sino contradecirse reiteradamente bajo el deleite del más político uso de las palabras.

En España no funcionamos por obligación, y dudo mucho que ocurra en ningún lugar del mundo. Me creo que funcionemos por aquello de aparentar ser mejores, por ambición, por conveniencia o por moda, pero no por obligación; y desde luego, confío en que no acabemos por funcionar por miedo. No me gustaría formar parte de una sociedad comandada por el miedo. Ya estamos sufriendo los resultados de ser dirigidos por la desidia, la ineptitud y la teorización extrema. No me quiero imaginar, lo que podríamos obtener del pánico, el temor y el instinto de supervivencia más animal.

No nos engañemos, no sale nada bueno de alguien que decide olvidarlo todo para centrarse exclusivamente en que algo concreto no le pase, en lugar de emplear todos sus sentidos en alcanzar el camino hacia aquello que realmente ansía o desea.

Me entristece enormemente descubrir cómo, cada vez con mayor frecuencia, el desempeño de nuestro trabajo se centra en intentar convencer al sistema de que algo bueno, puede llegar a ser adecuado. De que no necesariamente hemos venido a engañarlos. De que no somos unos delincuentes. Dedicar las horas a encontrar el enrevesado camino que la ley parece no acabar de prohibir. Esquivar las aberraciones que nos asaltan cual astas de toro embravecido, sin por ello caer en la resignación. Sin por ello renunciar a intentar hacerlo bien. Sin por ello rendirnos y formar parte del estado del malfacer en que hemos decidido convertir el ejercicio de nuestra profesión.

¿Qué sentido tiene formar a la gente si luego no nos fiamos de dejarlos ejercer?

¿Dónde han quedado la pasión, la coherencia, la sensatez, la ilusión por avanzar, la innovación, el derecho a equivocarse por una buena causa, el deber de intentar mejorar; en definitiva, el sentido de la responsabilidad profesional?


Imagino que atrapados en alguna de las múltiples normativas cuyos complejos enunciados alardean de la holística búsqueda de la potenciación de la igualdad y el libre mercado profesional sostenible.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Cuestion-ando mi vida_Azafatas machistas

Efectivamente, como no podía ser de otro modo, ha llegado el momento de plantearme un tema de rabiosa actualidad como este, pese a lo polémico que reconozco que resulta.

Sin duda, este escrito tan sólo va dirigido a aquellos de mi entorno que me conocen, no porque no quiera compartir mis ideas con el resto, sino porque son los únicos que me atrevo a garantizar que sabrán entender estas reflexiones desde el respeto y la sinceridad con que son emitidas.

Últimamente, los medios nos bombardean a diario con múltiples noticias relacionadas con el hecho de que la sociedad parece seguir siendo un ente machista en el que la mujer no logra alcanzar la igualdad por la que tanto ha luchado a lo largo de la historia.

Pues bien, sin negar esta realidad que desconozco en profundidad, me gustaría dar una opinión al respecto, la mía. La de alguien que afortunadamente se ha criado en un núcleo familiar donde estos eran aspectos que no formaban parte de nuestro día a día. No cabe duda que el machismo en muchos casos se ha fundido con la tradición hasta el punto de no saber dónde empieza el uno y dónde acaba la otra. Aspectos como que en casa era la mujer la que se encargaba de la casa y la crianza de los niños, mientras el hombre se dedicaba a trabajar para aportar el soporte económico necesario en el hogar. En esta muestra de tradición indiscutible, muchos parecen ver una falta de respeto a la mujer, por negar sus instintos más naturales y merecidos.

Sin embargo, llamadme ingenuo, personalmente siempre he entendido este hecho como un sacrificio familiar compartido. Jamás le negaré a mi madre haber renunciado a su desarrollo profesional para centrar todos sus esfuerzos en el trabajo personal que supone hilvanar los cimientos de una familia. Jamás le negaré las cantidades incontables de cariño y cuidados que nos ha profesado desde entonces. Es más, aplaudo su decisión desde el amor que ha sabido transmitirme.

De igual modo, jamás podré negarle a mi padre el sacrificio que debió suponer el renunciar al desarrollo personal implícito en la crianza y cercanía de unos hijos, no sólo deseados sino queridos, en favor del arduo trabajo diario que lo alejaba cada mañana de su familia hasta que la noche lo recibía tan cansado como mostraban sus indudables facciones.

Desde mi punto de vista, se trata del mejor ejemplo de trabajo en equipo, basado en la responsabilidad más comprometida y convencida de las decisiones tomadas. Decisiones tomadas libremente, ahí radica la verdadera diferencia entre tradición y machismo. Un acto consecuente con la felicidad que insta cada día a muchas personas a seguir perpetuando la especie, pero que en ocasiones se enfoca desde el malinterpretado hedonismo egoísta que se esconde tras conceptos tan manidos como el machismo, el feminismo, o incluso el “hembrismo” (como algunos deciden denominarlo ahora).

Entonces me pregunto, ¿hubiese sido distinto si el encargado del hogar resultase ser mi padre? ¿Sería mi madre mejor persona por haberse dedicado a sus inquietudes profesionales? Jamás lo sabremos, pero no por ello debemos desprestigiar tan plausible labor con la sencillez con que algunos deciden manchar una actitud que debería ser más bien tachada de heroica.

Bajo mi punto de vista, me parece absurdo que la sociedad se empeñe en calificarnos como iguales, cuando es evidente que los hombres y las mujeres no lo somos. Eso no significa que ellas sean mejores o peores, que nosotros seamos los más válidos o los menos. Simplemente somos distintos, con nuestras virtudes y nuestros defectos. De la misma manera en que los hombres son diferentes entre sí, y las mujeres entre ellas.

Cada uno goza del privilegio de la individualidad y no podemos arrebatarle tales circunstancias. La clave, más bien, está en entender que todos debemos partir con las mismas oportunidades. Igualdad, sí, pero de oportunidades. Cada ser humano ha de optar en igualdad de condiciones de partida frente a cualquier trabajo, labor o aspecto vital al cual pretenda acceder, para dejar que sean posteriormente sus valores personales los que decanten la balanza en su favor o no. Se trata, al fin y al cabo, de garantizar que todos por igual, tengamos las mismas oportunidades para decidir, las mismas libertades, y las mismas exigencias.

Me niego a pensar que las mujeres cobren menos por el simple hecho de que pertenecen al sexo femenino. Lo siento, no digo que no ocurra. Digo que no lo quiero pensar, no quiero ni imaginarme que la sociedad pueda estar tan enferma. Del mismo modo en que la raza o la religión jamás deberían preceder a lo realmente importante, que es lo que cada persona puede aportar a sus iguales.

Si esto está ocurriendo, debe ser erradicado inmediatamente, pero permitidme que siga viviendo ajeno a esta cruda realidad que algunos me intentan mostrar. Mi mundo, el único que conozco, gira en torno a hombres y mujeres que luchan a diario por desarrollar sus vidas de la mejor manera posible, aprovechando aquellos aspectos que las convierten en más competitivas en determinados aspectos del día a día. Mujeres y hombres, capaces de reunir tantos éxitos como sean merecedores de alcanzar, independientemente del género que los abrigue.

Además, creo que hemos perdido algo mucho más importante, y es el derecho a decidir.

Efectivamente, en los últimos tiempos, parece que existe una especie de jurado superior que es quien establece qué profesiones son dignas y cuáles no. En qué profesiones debe incurrir el hombre y en cuales no. En qué labores se debe enfocar la mujer digna y en cuáles no. Pero esto sin duda, me parece una auténtica aberración.

Me niego a que haya gente capaz de desvirtuar los enormes logros que aportaron tantas mujeres hasta el día de hoy, por más machista que pudiera resultar su entorno entonces; pues desgraciadamente, la injusticia siempre existirá entre nosotros, pero no por ello, tenemos menos mérito a la hora de seguir avanzando a través.

Ojalá algún día podamos desprendernos de estos sinsentidos, estos debates carentes de significado que continúan abarrotando aparentemente las barras de bar, los debates políticos y las noticias más mediáticas.

Hay hombres que no merecen ser tratados como tal. Sin duda. Hombres que han decidido unilateralmente desprender a las mujeres de todo valor personal para intentar someterlas a su antojo. Me repugna, pero desgraciadamente sí que existen. Sin embargo, eso no me convierte a mí en peor persona. Menos aún por compartir con él la estructura de mis genes. Me gustaría que mis actos fueran juzgados por lo que son, exclusivamente míos, más allá de lo que otros puedan o quieran hacer.

Me gustaría que salieran los medios a rechazar con la misma fuerza en que yo rechazo estos inhumanos comportamientos, cuando sean mujeres igualmente enfermas sus protagonistas, por más infrecuentes que sean. Estos actos han de ser repudiados independientemente desde el primero hasta el último de los ejemplos, y me niego a justificarlos en modo alguno; no me importa el sexo, la raza o la religión tras la que se escondan estos monstruosos especímenes.

Por todo ello, por favor, dejemos de decidir por las mujeres, pues no hay mayor acto de respeto hacia ellas que el de dejarles decidir por sí mismas. El de permitirles ganarse sus logros y aprender de sus errores. Nadie está por encima de los demás, ni debe sentirse legitimado para negarle sus voluntades.

En los últimos días me he visto sorprendido por un titular, que sin haberme visto atraído como para leer más allá, me ha generado una intranquilidad que me ha obligado a sentarme aquí hoy:

“Las mujeres azafatas son despedidas de la Formula 1”. Al parecer, alguien ha decidido que la profesión de esas mujeres que deciden libremente sujetar con maestría y elegancia los paraguas mientras aprovechan para promocionar las marcas que las patrocinan, ha dejado de ser digna para ellas al convertirlas, en ojos de otras, en mujeres objeto. Algo inaceptable puesto que supondría aceptar la cosificación sexual de la mujer, al desprenderla de su auténtica valía personal como simple objeto sexual.

Lo peor de todo es que la solución a esta barbaridad, no parece haberse quedado atrás. Por lo visto, la mejor forma de poner en valor su personalidad, pasa por negarlas por completo a nivel individual. Es decir, para proteger su igualdad de oportunidades se ha decidido privarlas de dichas oportunidades. Curioso, cuanto menos. No voy a entrar en si el concepto de la azafata (para algunos mujer paraguas) es más o menos válido, pero lo que sí que tengo claro es que me parece bien que si una sola mujer decide ganarse la vida de esa manera, se le permita hacerlo pues no sólo no hace daño a nadie, sino que se trata de una labor tan aceptable como cualquiera; mejor dicho, tan aceptable como la que más. ¿O debemos prohibir a los niños que participen como recogepelotas en un torneo de tenis, para evitar la explotación infantil? Sé que suena extremo, pero basta ya de gestos ejemplarizantes que no hacen sino empeorar la situación. De hecho, parece ser que los rumores apuntan hacia precisamente los niños, como dignos sucesores de tan indigna profesión. ¡Qué miedo!

Por favor, abandonemos la hipocresía reinante, para aplacar con fuerza los ejemplos de desigualdad que realmente existen en este mundo. Pues la clave no radica en la dignidad del trabajo en sí, sino en la libre elección que lleve a la persona hasta él. Cualquier trabajo que sea resultado de una voluntad sincera y convencida, que no invada el bienestar de los demás y que no surja desde la forzada obligación que amenaza a muchos, en mi opinión no sólo ha de ser permitido, sino además respetado por todos.

Lo siento, pero hay verdades objetivas que no debemos olvidar por más políticamente incorrectas que puedan sonar. Claro que rechazo los abusos, pero me niego a englobarlos todos bajo el mismo rasero, pues como suele ocurrir con casi todo en la vida, existirán distintos niveles y circunstancias, y como tal han de ser juzgados. No me vale que el “me too” se olvide de que no todos los hombres son culpables hasta que se demuestre lo contrario. Y que incluso, dentro de su posible culpabilidad, merecen el privilegio de ser juzgados por lo que realmente cometieron, no por lo que otros se empeñen en adjudicarles. A partir de ahí, desde la objetividad y la seriedad, deberán enfrentarse a las consecuencias legales de sus actos, como cualquier hijo de vecino.

Más allá de todo esto, pero continuando en la misma línea, me niego igualmente a duplicar mis escritos por el simple hecho de que alguien haya decidido que el lenguaje español es machista, en tanto en cuanto, el género masculino plural se decidió que englobara a ambos sexos. Me parece una auténtica estupidez centrar en esas nimiedades las luchas en contra de un tema tan serio. ¿He de sentirme menospreciado cuando la gente (femenina) se refiera a mí como parte de la sociedad (igualmente femenina)? ¿Mi profesión acaba de ser un ataque a mi virilidad por el simple hecho de responder al género femenino que la precede? Mi respuesta es clara, no. No. Y mil veces no. Cada uno que piense lo que quiera, que yo seguiré siendo fiel a mis principios y valores. Intentaré seguir analizando los comportamientos ajenos desde la asexualidad que los motiva.

Sé que igual esto puede llegar a ofender a alguien, pero es que no lo entiendo y como tal lo reflejo sin ningún tipo de acritud, lo siento. Imagino que puedo estar pecando de demagogo al tratar estos temas desde un enfoque tan simplista, pero creo que debemos evitar que la única forma de luchar contra cualquier tipo de desigualdad sea mediante el fomento de la desigualdad opuesta. Que la única solución ante la discriminación negativa, pase por apoyar el desarrollo de discriminaciones positivas. En mi opinión, la cual quiero considerar como constructiva, humilde y de total apoyo a la mujer; debemos tener cuidado de no convertir esto en una guerra entre sexos que nos aleje irremediablemente de la ansiada igualdad. Es labor de todos, no sólo de las mujeres ni sólo de los hombres, luchar a diario para que esto no se nos vaya de las manos.

Siempre recurro al mismo ejemplo, en el cual no hace mucho, un tenista de primer nivel, fue atacado porque algunos tachaban al deporte de machista desde el momento en que una mujer que liderara la lista mundial, a día de hoy cobraría menos que su equivalente masculino. Su respuesta fue tan polémica como acertada. Desde su punto de vista, el deporte no entiende de sexos, el deporte se basa en la competitividad sana por la cual se reconoce en mayor medida a aquel que demuestre ser mejor que los demás. Así es, ha sido y será siempre el deporte. Por tanto, más allá de que se decida hacer una clasificación para hombres y otra para mujeres para intentar buscar la justicia entre iguales, no entiendo que alguien olvide que la mejor de las mujeres seguirá estando tremendamente alejada del mejor de los hombres en lo que a términos estrictamente deportivos se refiere. El día que una mujer sea capaz de ganar al mejor hombre, o en aquellas disciplinas donde han demostrado con creces ser mejores, entiendo que deberá ganar sin dudarlo más que él, en base a los principios que rigen el deporte desde tiempos inmemoriales.

Las carreras de fondo son un gran ejemplo de ello. Todos salen por igual con el sonido del disparo inicial, y terminan sus carreras cuando atraviesan del mismo modo la línea establecida como meta. Esto es un dato objetivo. El mismo recorrido, las mismas condiciones climatológicas y las mismas normas de partida. Independiente de ello, una vez que todos han traspasado la meta, cada uno en su lugar, se establecen clasificaciones en función de la categoría en que compita cada corredor en concreto. Así, el atleta clasificado en la posición ciento cincuenta y dos en la línea de meta, puede ser galardonado como primer clasificado en la categoría de mayores de cuarenta años. Pero eso no quita ni el mérito que tiene por lo que acaba de hacer, ni el hecho indiscutible de que han llegado ciento cincuenta y un corredores antes que él; personas que independientemente de su categoría han recorrido el trayecto en menor tiempo.

Con esto no quiero decir, más allá del concepto de premio, que se cometa el error de no fomentar por igual el deporte entre hombres y mujeres. Los principios y valores que es capaz de transmitir son tan incuestionables como importantes, de ahí la idea de que deba ser apoyada y promocionada su práctica entre todas las personas, independientemente de su sexo; lo cual redunda, una vez más, en el fomento de la igualdad de oportunidades.

Por tanto, dejemos de manipular la realidad a nuestro antojo, y disfrutemos de la diversidad en su justa medida, centrándonos en lo meritorio de cada esfuerzo, más allá del sexo, la raza o la religión que abanderen en sus adentros.

Huyamos de la prohibición como solución universal, por mucho que se empeñen en maquillarla bajo el paraguas hipócrita del eterno protector. Si para proteger a una mujer que no ha pedido ser protegida, en modo alguno se limitan, coartan o cohíben sus libertades, mi respuesta ante esta injusticia en forma de prohibición será siempre NO.