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sábado, 15 de diciembre de 2018

Cuestion-ando mi vida_DEP


Tras meses algo alejado de este blog, hoy me siento frente al teclado para trasladaros una pregunta importante que me tortura desde hace unos días.

¿Qué se le dice a alguien que acaba de perder uno de los pilares mas importantes de su vida?

¿Alguien que acaba de perderlo simplemente todo? 

Y lo que es peor, ¿qué se nos dice a tantas y tantas personas que inevitablemente nos sentimos hoy así?

Si alguien tiene la respuesta, por favor que me lo diga. Me será de gran ayuda, sin duda.

No obstante, tengo la sensación de que la respuesta es mucho más sencilla de lo que cabría esperar.

NADA.

No se nos dice nada.

Basta con que se nos recuerde lo afortunados que somos de haber conocido a una persona tan generosa y especial, la suerte que hemos tenido de poder disfrutar de su compañía y su infinita hospitalidad; y por encima de todo, lo privilegiados que nos hemos de sentir por haber tenido la enorme oportunidad de aprender con tan numerosas como valiosas lecciones de vida de una verdadera maestra.

¡Muchas gracias!

martes, 27 de febrero de 2018

Cuestion-ando mi vida_Divagaciones

¿Qué nos atrae tanto de los secretos? ¿Qué es lo que nos envía directamente hacia el misterio como si no hubiese nada más en el mundo? ¿Por qué la mentira nos embelesa infinitamente más que la verdad? ¿Qué convierte a la realidad en aburrida? ¿Por qué los sueños dejan de tener valor cuando nos acercamos a cumplirlos?

¿Por qué la imaginación siempre es capaz de superar a lo real? ¿Cómo puede ser tan sencillo dejar atrás algo tan complejo y elaborado? Especialmente cuando la alternativa es tan sugerente como inconsistente, incluso frágil.

En ocasiones me enfrento a tales pensamientos ante la perplejidad que me supone aceptar que la gente prefiere una mentira adornada que una verdad a secas. Cuando descubro que la honestidad, la sinceridad y la palabra han dejado de tener valor alguno. Cuando observo a diario cómo la gente se empeña en construir mundos paralelos que les permitan esconder el único que realmente conocen.

¿Por qué lo malo viaja más rápido que lo bueno? ¿Qué significa en realidad el morbo? ¿Por qué nos acerca a todo aquello que, sin embargo, rechazamos? Y lo más perturbador, ¿por qué yo también me veo arrastrado por esta silenciosa pero embaucadora corriente?

Todas estas cuestiones sin sentido, podrían dar lugar a un interesante debate, cuyo único objetivo resultara del puro placer de compartir opiniones sin ningún fin concreto, sin ánimo de lucro, sin afán de protagonismo, sin deseos de convencer o manipular; tan sólo el inocente acto de conversar en torno a un tema tan complejo como banal.

Pero, ¿cómo hemos podido convertir esta sencilla idea en la más insensata de las locuras? ¿Por qué el simple hecho de escribirlo ya me genera un cierto sentido del pudor, la vergüenza e inquietud propias de ese ingenuo niño que se adentra sin permiso en la habitación prohibida, atraído por las preguntas sin responder y a la vez temeroso por lo que ello pueda traer consigo?

No sé, imagino que aquello de conversar pasó directamente a mejor vida. Ahora se lleva más lo de hablar sin decir nada, pues así lograremos el ruido necesario para destacar, sin por ello arriesgarnos a cometer el fatídico error de equivocarnos.

Me conformaré con compartir este humilde ensayo, con la vaga esperanza, de que la ansiada equivocación sea tan sugerente, inspiradora y elocuente como debería.


Buenas noches.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Cuestion-ando mi vida_¿Por qué?

En serio, ¿por qué?

¿Por qué nos empeñamos en hacer las cosas tan difíciles?

¿Por qué nos empeñamos en generar normativas creadas para obligar y prohibir en lugar de fomentar aquello que supuestamente las motiva?

Llamadme iluso, llamadme utópico, llamadme crítico, pero cada día estoy más convencido de que las normativas se alejan irremediablemente de la realidad hasta dejar de ser útiles e incluso convertirse en contraproducentes. Un despropósito tras otro que lo único que consiguen es allanar el camino a quienes se basan en la ilegalidad como medio de vida, mientras aquellos idealistas o responsables profesionales que aún creemos en hacer las cosas bien por el simple hecho de aportar algo al conjunto, nos quemamos en laberintos legales irresolubles.

Laberintos incomprensibles plagados de erráticos caminos sin salida, donde además las pocas señales de orientación que nos alientan, no hacen sino confundir aún más al sufrido viajero. Ese viajero que llega a aburrirse de una mesa pública a otra, mientras los cambiantes y ajenos enfoques desde los que interpretar la ambigua normativa, siguen impasibles en sus acomodados sillones para favorecer exclusivamente a quienes gozan del respaldo adecuado.

Lo siento, pero no logro entender que no haya profesionales realistas y conocedores del mercado actual, capaces de mediar entre el caos para establecer unas reglas del juego prácticas, coherentes y eficaces. No. En lugar de eso, se centran en redactar más y más ininteligibles textos cuyos objetivos principales no hacen sino contradecirse reiteradamente bajo el deleite del más político uso de las palabras.

En España no funcionamos por obligación, y dudo mucho que ocurra en ningún lugar del mundo. Me creo que funcionemos por aquello de aparentar ser mejores, por ambición, por conveniencia o por moda, pero no por obligación; y desde luego, confío en que no acabemos por funcionar por miedo. No me gustaría formar parte de una sociedad comandada por el miedo. Ya estamos sufriendo los resultados de ser dirigidos por la desidia, la ineptitud y la teorización extrema. No me quiero imaginar, lo que podríamos obtener del pánico, el temor y el instinto de supervivencia más animal.

No nos engañemos, no sale nada bueno de alguien que decide olvidarlo todo para centrarse exclusivamente en que algo concreto no le pase, en lugar de emplear todos sus sentidos en alcanzar el camino hacia aquello que realmente ansía o desea.

Me entristece enormemente descubrir cómo, cada vez con mayor frecuencia, el desempeño de nuestro trabajo se centra en intentar convencer al sistema de que algo bueno, puede llegar a ser adecuado. De que no necesariamente hemos venido a engañarlos. De que no somos unos delincuentes. Dedicar las horas a encontrar el enrevesado camino que la ley parece no acabar de prohibir. Esquivar las aberraciones que nos asaltan cual astas de toro embravecido, sin por ello caer en la resignación. Sin por ello renunciar a intentar hacerlo bien. Sin por ello rendirnos y formar parte del estado del malfacer en que hemos decidido convertir el ejercicio de nuestra profesión.

¿Qué sentido tiene formar a la gente si luego no nos fiamos de dejarlos ejercer?

¿Dónde han quedado la pasión, la coherencia, la sensatez, la ilusión por avanzar, la innovación, el derecho a equivocarse por una buena causa, el deber de intentar mejorar; en definitiva, el sentido de la responsabilidad profesional?


Imagino que atrapados en alguna de las múltiples normativas cuyos complejos enunciados alardean de la holística búsqueda de la potenciación de la igualdad y el libre mercado profesional sostenible.