No bebo.
-No, no bebo.
Pausa.Expresión indescriptible de asombro.
-Alcohol, se entiende. Por motivos vitales básicos, líquidos sí que ingiero. Pero alcohol, no.
-¿Nada de nada?
-Casi.Pausa.
Ahora sí, podemos seguir.
Jamas pensé que una frase tan sencilla pudiera dar lugar a tantas preguntas y en tan numerosas ocasiones.
Si me dieran un euro por cada vez que me he visto enfrentado ante el reto de explicarle a alguien los motivos por los cuales no me gusta ingerir alcohol, me temo que a día de hoy sería rico. Al menos podría decir que mi condición de abstemio me ha servido para algo. Pero no. Desgraciadamente no ha sido así. Cuidado, la parte en que lo explicaba sí; y en varios idiomas. Pero la parte en que esa repentina e incontrolable curiosidad pudiera llegar de algún modo a monetizarse es la que ha fallado estrepitosamente.
Ya sé que resultaría absurdo o incluso ingenuo albergar semejante esperanza con seriedad, sin embargo basta con observar detenidamente la expresión de felicidad que se dibuja automáticamente en el rostro de mis incrédulos interlocutores, en cuanto alcanzan a vislumbrar su próximo reto:
-Pero conmigo una copa te tomas,¿no? Ya verás como al final consigo que te emborraches.
No soy persona de grandes afirmaciones ni tajantes respuestas, sin embargo al amparo de la experiencia me permito humildemente dudar de tan repetida afirmación, pues sinceramente no entiendo qué razones podrían convertir a este osado en el elegido, por encima de todos sus insistentes predecesores. No obstante, ¿quién soy yo para destruir sueños ajenos? Prefiero mantener viva esa llama, ante el firme convencimiento de que no habrá presencia alguna de alcohol.
Es por ello que, a juzgar por la gran cantidad de personas a las que he colmado de objetivos e ilusión a partes iguales, me plantee (no sin ciertas reticencias) como una lejana posibilidad tan inestimable aportación económica. Mejor volver a la realidad. Me temo que va a ser que no. Al menos, jamás ha dado lugar a ello. ¿Por qué debería ser diferente esta vez?
Sea como fuere, pasan los años y me mantengo impertérrito ante el inmovilismo que domina a mi alcohólica tentación, apesadumbrado por mi incapacidad para contentar a tantos y tantos embriagados compañeros.
Sirva esta confesión como disculpa y como aviso a futuros navegantes que, fruto del desconocimiento, pudieran verse irremediablemente atrapados bajo el influjo de un reto tan complejo como atractivo. Y una vez más, que conste que esto no lo digo yo, sino la enorme cantidad de ejemplos que a día de hoy atesoro.
Un brindis (con agua) para todos aquellos que os sintáis identificados o aludidos por el presente relato.
P.D. Basado en hechos reales, cualquier parecido con la realidad deberá de ser resultado del azaroso ejercicio creativo del novelista.
martes, 23 de julio de 2019
Cuestion-ando mi vida_Alcohol
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sábado, 15 de diciembre de 2018
Cuestion-ando mi vida_DEP
Tras meses algo alejado de este blog, hoy me siento frente al teclado para trasladaros una pregunta importante que me tortura desde hace unos días.
¿Qué se le dice a alguien que acaba de perder uno de los pilares mas importantes de su vida?
¿Alguien que acaba de perderlo simplemente todo?
No obstante, tengo la sensación de que la respuesta es mucho más sencilla de lo que cabría esperar.
NADA.
No se nos dice nada.
Basta con que se nos recuerde lo afortunados que somos de haber conocido a una persona tan generosa y especial, la suerte que hemos tenido de poder disfrutar de su compañía y su infinita hospitalidad; y por encima de todo, lo privilegiados que nos hemos de sentir por haber tenido la enorme oportunidad de aprender con tan numerosas como valiosas lecciones de vida de una verdadera maestra.
martes, 27 de febrero de 2018
Cuestion-ando mi vida_Divagaciones
¿Qué nos atrae tanto de los secretos?
¿Qué es lo que nos envía directamente hacia el misterio como si no
hubiese nada más en el mundo? ¿Por qué la mentira nos embelesa
infinitamente más que la verdad? ¿Qué convierte a la realidad en
aburrida? ¿Por qué los sueños dejan de tener valor cuando nos
acercamos a cumplirlos?
¿Por qué la imaginación siempre es
capaz de superar a lo real? ¿Cómo puede ser tan sencillo dejar
atrás algo tan complejo y elaborado? Especialmente cuando la
alternativa es tan sugerente como inconsistente, incluso frágil.
En ocasiones me enfrento a tales
pensamientos ante la perplejidad que me supone aceptar que la gente
prefiere una mentira adornada que una verdad a secas. Cuando descubro
que la honestidad, la sinceridad y la palabra han dejado de tener
valor alguno. Cuando observo a diario cómo la gente se empeña en
construir mundos paralelos que les permitan esconder el único que
realmente conocen.
¿Por qué lo malo viaja más rápido
que lo bueno? ¿Qué significa en realidad el morbo? ¿Por qué nos
acerca a todo aquello que, sin embargo, rechazamos? Y lo más
perturbador, ¿por qué yo también me veo arrastrado por esta
silenciosa pero embaucadora corriente?
Todas estas cuestiones sin sentido,
podrían dar lugar a un interesante debate, cuyo único objetivo
resultara del puro placer de compartir opiniones sin ningún fin
concreto, sin ánimo de lucro, sin afán de protagonismo, sin deseos
de convencer o manipular; tan sólo el inocente acto de conversar en
torno a un tema tan complejo como banal.
Pero, ¿cómo hemos podido convertir
esta sencilla idea en la más insensata de las locuras? ¿Por qué el
simple hecho de escribirlo ya me genera un cierto sentido del pudor,
la vergüenza e inquietud propias de ese ingenuo niño que se adentra
sin permiso en la habitación prohibida, atraído por las preguntas
sin responder y a la vez temeroso por lo que ello pueda traer
consigo?
No sé, imagino que aquello de
conversar pasó directamente a mejor vida. Ahora se lleva más lo de
hablar sin decir nada, pues así lograremos el ruido necesario para
destacar, sin por ello arriesgarnos a cometer el fatídico error de
equivocarnos.
Me conformaré con compartir este
humilde ensayo, con la vaga esperanza, de que la ansiada equivocación
sea tan sugerente, inspiradora y elocuente como debería.
Buenas noches.
miércoles, 14 de febrero de 2018
Cuestion-ando mi vida_¿Por qué?
En serio, ¿por qué?
¿Por qué nos empeñamos en hacer las
cosas tan difíciles?
¿Por qué nos empeñamos en generar
normativas creadas para obligar y prohibir en lugar de fomentar
aquello que supuestamente las motiva?
Llamadme iluso, llamadme utópico,
llamadme crítico, pero cada día estoy más convencido de que las
normativas se alejan irremediablemente de la realidad hasta dejar de
ser útiles e incluso convertirse en contraproducentes. Un
despropósito tras otro que lo único que consiguen es allanar el
camino a quienes se basan en la ilegalidad como medio de vida,
mientras aquellos idealistas o responsables profesionales que aún
creemos en hacer las cosas bien por el simple hecho de aportar algo
al conjunto, nos quemamos en laberintos legales irresolubles.
Laberintos incomprensibles plagados de
erráticos caminos sin salida, donde además las pocas señales de
orientación que nos alientan, no hacen sino confundir aún más al
sufrido viajero. Ese viajero que llega a aburrirse de una mesa
pública a otra, mientras los cambiantes y ajenos enfoques desde los
que interpretar la ambigua normativa, siguen impasibles en sus
acomodados sillones para favorecer exclusivamente a quienes gozan del
respaldo adecuado.
Lo siento, pero no logro entender que
no haya profesionales realistas y conocedores del mercado actual,
capaces de mediar entre el caos para establecer unas reglas del juego
prácticas, coherentes y eficaces. No. En lugar de eso, se centran en
redactar más y más ininteligibles textos cuyos objetivos
principales no hacen sino contradecirse reiteradamente bajo el
deleite del más político uso de las palabras.
En España no funcionamos por
obligación, y dudo mucho que ocurra en ningún lugar del mundo. Me
creo que funcionemos por aquello de aparentar ser mejores, por
ambición, por conveniencia o por moda, pero no por obligación; y
desde luego, confío en que no acabemos por funcionar por miedo. No
me gustaría formar parte de una sociedad comandada por el miedo. Ya
estamos sufriendo los resultados de ser dirigidos por la desidia, la
ineptitud y la teorización extrema. No me quiero imaginar, lo que
podríamos obtener del pánico, el temor y el instinto de
supervivencia más animal.
No nos engañemos, no sale nada bueno
de alguien que decide olvidarlo todo para centrarse exclusivamente en
que algo concreto no le pase, en lugar de emplear todos sus sentidos
en alcanzar el camino hacia aquello que realmente ansía o desea.
Me entristece enormemente descubrir
cómo, cada vez con mayor frecuencia, el desempeño de nuestro
trabajo se centra en intentar convencer al sistema de que algo bueno,
puede llegar a ser adecuado. De que no necesariamente hemos venido a
engañarlos. De que no somos unos delincuentes. Dedicar las horas a
encontrar el enrevesado camino que la ley parece no acabar de
prohibir. Esquivar las aberraciones que nos asaltan cual astas de
toro embravecido, sin por ello caer en la resignación. Sin por ello
renunciar a intentar hacerlo bien. Sin por ello rendirnos y formar
parte del estado del malfacer en que hemos decidido convertir el
ejercicio de nuestra profesión.
¿Qué sentido tiene formar a la gente
si luego no nos fiamos de dejarlos ejercer?
¿Dónde han quedado la pasión, la
coherencia, la sensatez, la ilusión por avanzar, la innovación, el
derecho a equivocarse por una buena causa, el deber de intentar
mejorar; en definitiva, el sentido de la responsabilidad profesional?
Imagino que atrapados en alguna de las
múltiples normativas cuyos complejos enunciados alardean de la
holística búsqueda de la potenciación de la igualdad y el libre
mercado profesional sostenible.
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miércoles, 7 de febrero de 2018
Cuestion-ando mi vida_Azafatas machistas
Efectivamente, como no podía ser de
otro modo, ha llegado el momento de plantearme un tema de rabiosa
actualidad como este, pese a lo polémico que reconozco que resulta.
Sin duda, este escrito tan sólo va
dirigido a aquellos de mi entorno que me conocen, no porque no quiera
compartir mis ideas con el resto, sino porque son los únicos que me
atrevo a garantizar que sabrán entender estas reflexiones desde el
respeto y la sinceridad con que son emitidas.
Últimamente, los medios nos bombardean
a diario con múltiples noticias relacionadas con el hecho de que la
sociedad parece seguir siendo un ente machista en el que la mujer no
logra alcanzar la igualdad por la que tanto ha luchado a lo largo de
la historia.
Pues bien, sin negar esta realidad que
desconozco en profundidad, me gustaría dar una opinión al respecto,
la mía. La de alguien que afortunadamente se ha criado en un núcleo
familiar donde estos eran aspectos que no formaban parte de nuestro
día a día. No cabe duda que el machismo en muchos casos se ha
fundido con la tradición hasta el punto de no saber dónde empieza
el uno y dónde acaba la otra. Aspectos como que en casa era la mujer
la que se encargaba de la casa y la crianza de los niños, mientras
el hombre se dedicaba a trabajar para aportar el soporte económico
necesario en el hogar. En esta muestra de tradición indiscutible,
muchos parecen ver una falta de respeto a la mujer, por negar sus
instintos más naturales y merecidos.
Sin embargo, llamadme ingenuo,
personalmente siempre he entendido este hecho como un sacrificio
familiar compartido. Jamás le negaré a mi madre haber renunciado a
su desarrollo profesional para centrar todos sus esfuerzos en el
trabajo personal que supone hilvanar los cimientos de una familia.
Jamás le negaré las cantidades incontables de cariño y cuidados
que nos ha profesado desde entonces. Es más, aplaudo su decisión
desde el amor que ha sabido transmitirme.
De igual modo, jamás podré negarle a
mi padre el sacrificio que debió suponer el renunciar al desarrollo
personal implícito en la crianza y cercanía de unos hijos, no sólo
deseados sino queridos, en favor del arduo trabajo diario que lo
alejaba cada mañana de su familia hasta que la noche lo recibía tan
cansado como mostraban sus indudables facciones.
Desde mi punto de vista, se trata del
mejor ejemplo de trabajo en equipo, basado en la responsabilidad más
comprometida y convencida de las decisiones tomadas. Decisiones
tomadas libremente, ahí radica la verdadera diferencia entre
tradición y machismo. Un acto consecuente con la felicidad que insta
cada día a muchas personas a seguir perpetuando la especie, pero que
en ocasiones se enfoca desde el malinterpretado hedonismo egoísta
que se esconde tras conceptos tan manidos como el machismo, el
feminismo, o incluso el “hembrismo” (como algunos deciden
denominarlo ahora).
Entonces me pregunto, ¿hubiese sido
distinto si el encargado del hogar resultase ser mi padre? ¿Sería
mi madre mejor persona por haberse dedicado a sus inquietudes
profesionales? Jamás lo sabremos, pero no por ello debemos
desprestigiar tan plausible labor con la sencillez con que algunos
deciden manchar una actitud que debería ser más bien tachada de
heroica.
Bajo mi punto de vista, me parece
absurdo que la sociedad se empeñe en calificarnos como iguales,
cuando es evidente que los hombres y las mujeres no lo somos. Eso no
significa que ellas sean mejores o peores, que nosotros seamos los
más válidos o los menos. Simplemente somos distintos, con nuestras
virtudes y nuestros defectos. De la misma manera en que los hombres
son diferentes entre sí, y las mujeres entre ellas.
Cada uno goza del privilegio de la
individualidad y no podemos arrebatarle tales circunstancias. La
clave, más bien, está en entender que todos debemos partir con las
mismas oportunidades. Igualdad, sí, pero de oportunidades. Cada ser
humano ha de optar en igualdad de condiciones de partida frente a
cualquier trabajo, labor o aspecto vital al cual pretenda acceder,
para dejar que sean posteriormente sus valores personales los que
decanten la balanza en su favor o no. Se trata, al fin y al cabo, de
garantizar que todos por igual, tengamos las mismas oportunidades
para decidir, las mismas libertades, y las mismas exigencias.
Me niego a pensar que las mujeres
cobren menos por el simple hecho de que pertenecen al sexo femenino.
Lo siento, no digo que no ocurra. Digo que no lo quiero pensar, no
quiero ni imaginarme que la sociedad pueda estar tan enferma. Del
mismo modo en que la raza o la religión jamás deberían preceder a
lo realmente importante, que es lo que cada persona puede aportar a
sus iguales.
Si esto está ocurriendo, debe ser
erradicado inmediatamente, pero permitidme que siga viviendo ajeno a
esta cruda realidad que algunos me intentan mostrar. Mi mundo, el
único que conozco, gira en torno a hombres y mujeres que luchan a
diario por desarrollar sus vidas de la mejor manera posible,
aprovechando aquellos aspectos que las convierten en más
competitivas en determinados aspectos del día a día. Mujeres y
hombres, capaces de reunir tantos éxitos como sean merecedores de
alcanzar, independientemente del género que los abrigue.
Además, creo que hemos perdido algo
mucho más importante, y es el derecho a decidir.
Efectivamente, en los últimos tiempos,
parece que existe una especie de jurado superior que es quien
establece qué profesiones son dignas y cuáles no. En qué
profesiones debe incurrir el hombre y en cuales no. En qué labores
se debe enfocar la mujer digna y en cuáles no. Pero esto sin duda,
me parece una auténtica aberración.
Me niego a que haya gente capaz de
desvirtuar los enormes logros que aportaron tantas mujeres hasta el
día de hoy, por más machista que pudiera resultar su entorno
entonces; pues desgraciadamente, la injusticia siempre existirá
entre nosotros, pero no por ello, tenemos menos mérito a la hora de
seguir avanzando a través.
Ojalá algún día podamos
desprendernos de estos sinsentidos, estos debates carentes de
significado que continúan abarrotando aparentemente las barras de
bar, los debates políticos y las noticias más mediáticas.
Hay hombres que no merecen ser tratados
como tal. Sin duda. Hombres que han decidido unilateralmente
desprender a las mujeres de todo valor personal para intentar
someterlas a su antojo. Me repugna, pero desgraciadamente sí que
existen. Sin embargo, eso no me convierte a mí en peor persona.
Menos aún por compartir con él la estructura de mis genes. Me
gustaría que mis actos fueran juzgados por lo que son,
exclusivamente míos, más allá de lo que otros puedan o quieran
hacer.
Me gustaría que salieran los medios a
rechazar con la misma fuerza en que yo rechazo estos inhumanos
comportamientos, cuando sean mujeres igualmente enfermas sus
protagonistas, por más infrecuentes que sean. Estos actos han de ser
repudiados independientemente desde el primero hasta el último de
los ejemplos, y me niego a justificarlos en modo alguno; no me
importa el sexo, la raza o la religión tras la que se escondan estos
monstruosos especímenes.
Por todo ello, por favor, dejemos de
decidir por las mujeres, pues no hay mayor acto de respeto hacia
ellas que el de dejarles decidir por sí mismas. El de permitirles
ganarse sus logros y aprender de sus errores. Nadie está por encima
de los demás, ni debe sentirse legitimado para negarle sus
voluntades.
En los últimos días me he visto
sorprendido por un titular, que sin haberme visto atraído como para
leer más allá, me ha generado una intranquilidad que me ha obligado
a sentarme aquí hoy:
“Las mujeres azafatas son despedidas
de la Formula 1”. Al parecer, alguien ha decidido que la profesión
de esas mujeres que deciden libremente sujetar con maestría y
elegancia los paraguas mientras aprovechan para promocionar las
marcas que las patrocinan, ha dejado de ser digna para ellas al
convertirlas, en ojos de otras, en mujeres objeto. Algo inaceptable
puesto que supondría aceptar la cosificación sexual de la mujer, al
desprenderla de su auténtica valía personal como simple objeto
sexual.
Lo peor de todo es que la solución a
esta barbaridad, no parece haberse quedado atrás. Por lo visto, la
mejor forma de poner en valor su personalidad, pasa por negarlas por
completo a nivel individual. Es decir, para proteger su igualdad de
oportunidades se ha decidido privarlas de dichas oportunidades.
Curioso, cuanto menos. No voy a entrar en si el concepto de la
azafata (para algunos mujer paraguas) es más o menos válido, pero
lo que sí que tengo claro es que me parece bien que si una sola
mujer decide ganarse la vida de esa manera, se le permita hacerlo
pues no sólo no hace daño a nadie, sino que se trata de una labor
tan aceptable como cualquiera; mejor dicho, tan aceptable como la que
más. ¿O debemos prohibir a los niños que participen como
recogepelotas en un torneo de tenis, para evitar la explotación
infantil? Sé que suena extremo, pero basta ya de gestos
ejemplarizantes que no hacen sino empeorar la situación. De hecho,
parece ser que los rumores apuntan hacia precisamente los niños,
como dignos sucesores de tan indigna profesión. ¡Qué miedo!
Por favor, abandonemos la hipocresía
reinante, para aplacar con fuerza los ejemplos de desigualdad que
realmente existen en este mundo. Pues la clave no radica en la
dignidad del trabajo en sí, sino en la libre elección que lleve a
la persona hasta él. Cualquier trabajo que sea resultado de una
voluntad sincera y convencida, que no invada el bienestar de los
demás y que no surja desde la forzada obligación que amenaza a
muchos, en mi opinión no sólo ha de ser permitido, sino además
respetado por todos.
Lo siento, pero hay verdades objetivas
que no debemos olvidar por más políticamente incorrectas que puedan
sonar. Claro que rechazo los abusos, pero me niego a englobarlos
todos bajo el mismo rasero, pues como suele ocurrir con casi todo en
la vida, existirán distintos niveles y circunstancias, y como tal
han de ser juzgados. No me vale que el “me too” se olvide de que
no todos los hombres son culpables hasta que se demuestre lo
contrario. Y que incluso, dentro de su posible culpabilidad, merecen
el privilegio de ser juzgados por lo que realmente cometieron, no por
lo que otros se empeñen en adjudicarles. A partir de ahí, desde la
objetividad y la seriedad, deberán enfrentarse a las consecuencias
legales de sus actos, como cualquier hijo de vecino.
Más allá de todo esto, pero
continuando en la misma línea, me niego igualmente a duplicar mis
escritos por el simple hecho de que alguien haya decidido que el
lenguaje español es machista, en tanto en cuanto, el género
masculino plural se decidió que englobara a ambos sexos. Me parece
una auténtica estupidez centrar en esas nimiedades las luchas en
contra de un tema tan serio. ¿He de sentirme menospreciado cuando la
gente (femenina) se refiera a mí como parte de la sociedad
(igualmente femenina)? ¿Mi profesión acaba de ser un ataque a mi
virilidad por el simple hecho de responder al género femenino que la
precede? Mi respuesta es clara, no. No. Y mil veces no. Cada uno que
piense lo que quiera, que yo seguiré siendo fiel a mis principios y
valores. Intentaré seguir analizando los comportamientos ajenos
desde la asexualidad que los motiva.
Sé que igual esto puede llegar a
ofender a alguien, pero es que no lo entiendo y como tal lo reflejo
sin ningún tipo de acritud, lo siento. Imagino que puedo estar
pecando de demagogo al tratar estos temas desde un enfoque tan
simplista, pero creo que debemos evitar que la única forma de luchar
contra cualquier tipo de desigualdad sea mediante el fomento de la
desigualdad opuesta. Que la única solución ante la discriminación
negativa, pase por apoyar el desarrollo de discriminaciones
positivas. En mi opinión, la cual quiero considerar como
constructiva, humilde y de total apoyo a la mujer; debemos tener
cuidado de no convertir esto en una guerra entre sexos que nos aleje
irremediablemente de la ansiada igualdad. Es labor de todos, no sólo
de las mujeres ni sólo de los hombres, luchar a diario para que esto
no se nos vaya de las manos.
Siempre recurro al mismo ejemplo, en el
cual no hace mucho, un tenista de primer nivel, fue atacado porque
algunos tachaban al deporte de machista desde el momento en que una
mujer que liderara la lista mundial, a día de hoy cobraría menos
que su equivalente masculino. Su respuesta fue tan polémica como
acertada. Desde su punto de vista, el deporte no entiende de sexos,
el deporte se basa en la competitividad sana por la cual se reconoce
en mayor medida a aquel que demuestre ser mejor que los demás. Así
es, ha sido y será siempre el deporte. Por tanto, más allá de que
se decida hacer una clasificación para hombres y otra para mujeres
para intentar buscar la justicia entre iguales, no entiendo que
alguien olvide que la mejor de las mujeres seguirá estando
tremendamente alejada del mejor de los hombres en lo que a términos
estrictamente deportivos se refiere. El día que una mujer sea capaz
de ganar al mejor hombre, o en aquellas disciplinas donde han
demostrado con creces ser mejores, entiendo que deberá ganar sin
dudarlo más que él, en base a los principios que rigen el deporte
desde tiempos inmemoriales.
Las carreras de fondo son un gran
ejemplo de ello. Todos salen por igual con el sonido del disparo
inicial, y terminan sus carreras cuando atraviesan del mismo modo la
línea establecida como meta. Esto es un dato objetivo. El mismo
recorrido, las mismas condiciones climatológicas y las mismas normas
de partida. Independiente de ello, una vez que todos han traspasado
la meta, cada uno en su lugar, se establecen clasificaciones en
función de la categoría en que compita cada corredor en concreto.
Así, el atleta clasificado en la posición ciento cincuenta y dos en
la línea de meta, puede ser galardonado como primer clasificado en
la categoría de mayores de cuarenta años. Pero eso no quita ni el
mérito que tiene por lo que acaba de hacer, ni el hecho indiscutible
de que han llegado ciento cincuenta y un corredores antes que él;
personas que independientemente de su categoría han recorrido el
trayecto en menor tiempo.
Con esto no quiero decir, más allá
del concepto de premio, que se cometa el error de no fomentar por
igual el deporte entre hombres y mujeres. Los principios y valores
que es capaz de transmitir son tan incuestionables como importantes,
de ahí la idea de que deba ser apoyada y promocionada su práctica
entre todas las personas, independientemente de su sexo; lo cual
redunda, una vez más, en el fomento de la igualdad de oportunidades.
Por tanto, dejemos de manipular la
realidad a nuestro antojo, y disfrutemos de la diversidad en su justa
medida, centrándonos en lo meritorio de cada esfuerzo, más allá
del sexo, la raza o la religión que abanderen en sus adentros.
Huyamos de la prohibición como
solución universal, por mucho que se empeñen en maquillarla bajo el
paraguas hipócrita del eterno protector. Si para proteger a una
mujer que no ha pedido ser protegida, en modo alguno se limitan,
coartan o cohíben sus libertades, mi respuesta ante esta injusticia
en forma de prohibición será siempre NO.
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domingo, 4 de febrero de 2018
De qué hablo cuando hablo de leer
Efectivamente, estas letras tratan
sobre el último libro que acabo de leer, una obra maestra de Haruki
Murakami que seguramente muchos habréis leído y que casi todos
reconoceréis.
Se trata de uno de esos libros que
surgen como cariñosa y acertada recomendación de una persona
cercana, a quien no puedes sino obedecer. A priori, el autor ya
suponía para mí razón más que suficiente como para recorrer tan
interesantes páginas. He de reconocer que tras leer tres de sus
obras, necesité un tiempo de desconexión y lejanía para acercarme
a otros autores que me animaran, a su debido tiempo, a volver a
pasear por “tierras” niponas. De hecho, es curioso que fue
precisamente mi viaje a tan atractivo país lo que me terminó de
alentar frente a este nuevo reto literario.
Más allá de su autor, el tema de
fondo que motiva este libro, no podía ser más acorde a mis gustos e
intereses. Aunar deporte y escritura suponía para mí una especie de
indescriptible coincidencia. Pues no cabe duda, que mis principales
aficiones a día de hoy pasan por la práctica del deporte y el
maltrato de mi teclado. No obstante he de reconocer que el “correr”
como tal, nunca ha sido una de mis disciplinas favoritas, y
definitivamente, jamás ha sido una de mis principales virtudes. No
obstante, siempre he defendido que quien realmente ama y disfruta del
deporte, lo hace más allá de la especialidad a la que decida
dedicar su tiempo. Por ello, este libro suponía para mí una
oportunidad para descifrar los entresijos de una persona tan
aclamada, y de paso entender sus motivaciones, sus miedos y sus más
profundas razones para dedicar su vida a la literatura, sin por ello
abandonar jamás su compromiso con el duro entrenamiento que suponen
las carreras de larga distancia. Resulta curioso, que alguien
probablemente acostumbrado a encontrarse en la cúspide de la
pirámide en su sector, se atreva a dedicar tanto tiempo a una
actividad en la cual él mismo se reconoce como mediocre, por el
simple hecho de mejorar y hacerse mejor persona.
Por todo ello, sin entrar en detalles
sobre esta obra que no me gustaría desvelar, sino más bien
ensalzarla para animar a todos a compartir sus confesiones; me he
decidido a confesar mis propias reflexiones surgidas durante el
proceso de lectura.
Sin duda, considero esta obra como un
verdadero homenaje a mis más queridas aficiones. Pero, lo que más
me ha animado a escribir estas líneas, es el hecho de que me he
sentido aún más identificado de lo que esperaba con esta obra. Y
además, por algo que a priori no podía imaginar.
La forma en que Murakami se refiere al
hecho de “correr”, resulta tremendamente similar a mis
sentimientos acerca del “leer”. Me ha sorprendido gratamente
descubrir como el autor parecía describir mis sensaciones mejor de
lo que lo hubiese podido hacer yo mismo. Ese firme convencimiento
adquirido quizás a una edad avanzada, y como resultado más bien de
un acercamiento racional, en lugar de visceral.
No puedo decir que leer para mí haya
sido nunca una pasión. De hecho, me adentré antes en lo más
recóndito del escribir, cuando aún no podría definirme siquiera
como algo similar a lo que debería suponer un lector. Este hecho
siempre ha resultado algo sorprendente, incluso para mí. Aún hoy
día, leer sigue siendo para mí una actividad que, pese a gustarme y
disfrutar de ella, sigo necesitando de una pequeña dosis de
obligación para establecer unos objetivos mínimos que me permitan
ampliar mis conocimientos, abrir mi mente, y por qué no, mejorar mis
habilidades en esto del escribir.
Un ejercicio necesario desde el cual
dedicarme el tiempo suficiente como para seguir aprendiendo no sólo
del mundo en el que vivo, sino de mí mismo.
Del mismo modo, comparto con el autor
esas inevitables rachas en las cuales la motivación fluye más
suelta, mientras en otras ocasiones reconozco que me cuesta más
encontrar la ilusión y por tanto el tiempo necesario para adentrarme
en otros mundos. Es por ello, que en ciertos periodos del año soy
capaz de leer varios ejemplares, para posteriormente pasar meses sin
ampliar en modo alguno mis registros.
Como conclusión, no puedo sino
terminar este artículo con el firme convencimiento que me aporta el
compartir muchas de las razones que argumenta el autor, para seguir
afrontando mis maratones literarias personales, sin por ello aspirar
siquiera a convertirme en algo parecido a un lector. Seguiré siendo
un humilde aficionado que con cierta frecuencia, abandonará el papel
de pseudo mensajero, para dejar que otros que realmente pueden
considerarse como tal, me iluminen con sus incuestionables muestras
de talento.
Muchas gracias Murakami.
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martes, 9 de enero de 2018
La poca educación
- ¿Qué pasa Juan? ¡Cuánto tiempo sin verte!
- Pues la verdad es que sí. Es que he estado un poco perdido. Llevo varios meses encerrado.
- ¿Y eso? Por fin te has mirado en el espejo, ¿no? Jajaja.
- ¡Eres un cachondo! Jaja. Habló el “Brad Pitt de la Bahía”, no te jodes. Pues no, llevo meses estudiando una oposición y mi preparador solo me deja descansar un día a la semana. Es super jodida y me lo tengo que tomar en serio.
- ¿Una oposición? ¿A tu edad? Pues sí que está la cosa mala, ¿no?
- Pues sí. No queda otra. Así que te puedes imaginar lo aburrida que se ha vuelto mi vida. Nada que contar, más allá del menú de la cafetería o la increíble aventura que supuso la última avería de la máquina de café. Jaja.
- ¿Y a qué te presentas?
- Es una oposición un poco rara que he encontrado.
- Ah, vale. ¿Y para cuándo tienes los exámenes?
- Pues empiezo el mes que viene, así que hoy me he “rallado” un poco y he decidido salir a dar una vuelta porque me voy a quedar tonto de tanta biblioteca.
- ¡Ufff, es que eso debe de ser una locura! Yo no podría.
- Ya, eso dicen todos. Yo también lo pensaba, pero bueno, al final es ponerse. A mí me costó volver a coger el ritmo de estudio después de tantos años.
- Me imagino. Desde que acabamos la universidad no cogías unos apuntes, ¿no?
- Tal cual.
- ¡Qué crack! ¿Y te ves preparado para aprobar?
- Mi preparador dice que sí, aunque yo creo que esta primera vez es un poco precipitada. Me veo muy justo.
- Bueno, si él te dice que sí...
- Ya, claro, ¿qué me va a decir?
- Puede ser, también es verdad. ¿Y de qué van los temas de la oposición?
- Pues nada, lo mismo de siempre, memorizar un montón de temas y luego cantarlos delante de un tribunal.
- ¿Cantarlos? ¿Qué dices Juan?
- Jaja, sí, se le dice así. Tengo que recitar en voz alta el tema completo de pe a pa.
- ¡Hostia! ¿Y eso para qué vale? ¿No sería más fácil leerlo y ya está? Jaja. No te lo tomes a mal Juan, pero yo pensaba que os hacían aplicar la teoría para que demostréis que os la sabéis y la habéis entendido.
- Ya, claro. Eso sería lo lógico. ¿Pero desde cuando se ha hecho lo lógico en este puñetero país? Ya sabemos que aquí lo de hacer las cosas bien no se lleva.
- Vale, en eso tienes razón. ¿Pero en la carrera nos hacían aplicar las cosas no?
- Bueno, entre comillas, pero sí. Si lo piensas, desde pequeñitos nos han enseñado tan solo a memorizar. ¡Hasta las matemáticas había que sabérselas de memoria!
- ¡Joder Juan! Pues ahora que lo dices...
- ¡Claro! En este país no nos enseñan a aprender. ¿Para qué? Nadie nos enseña a pensar, ni siquiera a estudiar. Aquí lo que se lleva es lo de ponernos a repetir como loros lo que pone en los libros, sin más.
- Hombre es que, visto así, igual es hasta mejor. Desde luego se ahorran que la gente tenga una opinión propia.
- ¡Exacto! Esa es la cruda realidad. Nos prefieren como borregos.
- ¡Qué duro Juan! Pobres niños, ¿no? ¡Me dan ganas de sacar a mi niño del colegio y enseñarle yo!
- ¡Ojalá! Jaja. Seguro que lo harías mejor.
- ¡”Es o no”! Bueno Juan, me alegro mucho de verte. Y suerte con los exámenes. ¡Que sé que tú eres un crack! ¡Seguro que te lo sacas! ¡Y después, a vivir del cuento toda la vida!
- Jajaja. ¡Di que sí! Igual hasta podría hacer algo, una vez dentro, por mejorar las cosas. Jajaja. ¡Qué gilipollez! ¿No te digo yo que me estoy quedando tonto?
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